Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 112. Si lo deseas con la suficiente fuerza

13 de mayo del 2022


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 112.
Si lo deseas con la suficiente fuerza

Hace 10 años…

La pequeña niña de cabellos rubios y mejillas regordetas pecosas, salió presurosa por la puerta de su casa y se encaminó hacia la barda que rodeaba la propiedad. A cada paso que daba, sus chanclas chocaban contra sus talones y resonaban con fuerza en la quietud que reinaba en esa calurosa tarde de verano. En algún momento la voz de su madre (adoptiva) resonó desde el interior, pero ella la ignoró. Siguió andando hasta la barda, y apoyó sus brazos en ella, y su mentón sobre estos. Y ahí se quedó, con su mirada fija a la casa de enfrente, al otro lado del camino, y nada más.

El clima estaba más caliente de lo que pensó en un inicio, y sólo le tomó unos segundos sentir su rostro acalorado por los rayos del sol. Aun así, su orgullo (o algo que se le parecía bastante) le impidió mirar hacia atrás, mucho menos volver al interior relativamente más fresco. Y si acaso su madre (adoptiva) se paró tras la puerta de mosquitero para verla, ella no lo supo. Pero en efecto no le volvió a hablar, y para ella fue mejor así.

En aquel entonces tenía casi nueve años. Su casa, o al menos la única que había conocido desde que tenía memoria, era una pequeña pero lujosa residencia, construida sobre un camino al este de Montepulciano, en la Toscana. Era un lugar tranquilo y bonito para vivir. Sus padres (adoptivos) siempre habían sido muy buenos y cariñosos con ella. Nunca le había faltado ni ropa, ni juguetes, ni comida. Tenía incluso una linda perrita llamada Luca como mascota, y varias amigas en la escuela con la que solía jugar. Tenía todo lo que una niña podría pedir.

Y, aun así, siempre se había sentido bastante infeliz…

¿Qué tan mal tenía que estar alguien para sentir ese vacío en el pecho a los nueve años? Sentir simplemente que te faltaba una parte importante de ti; como un brazo, una pierna o toda la cabeza. Y tener en el fondo la certeza de que si no conseguías de alguna forma eso que te completaba, no podrías nunca ser feliz de verdad.

¿Todos los niños adoptados se sentirían de la misma forma?, ¿o era algo que sólo hostigaba a Verónica Selvaggio?

La niña se encontraba tan sumida en aquellos pensamientos, que no reparó en la persona que se aproximaba caminando por el solitario camino. Con una mano sujetaba una amplia sombrilla azul, que usaba por supuesto para cubrirse del sol pues no había ni una sola nube en el cielo, y con la otra cargaba a un costado una bolsa de víveres. Verónica sólo se volvió consciente de su presencia cuando la sombrilla se colocó justo sobre su cabeza, protegiéndola con su sombra de los abrasadores rayos del sol.

—¿Por qué esa cara larga, linda? —le murmuró despacio aquella persona con voz suave, como un canturreo.

Verónica se sobresaltó y alzó su mirada hacia ella, un poco exaltada. En cuanto escuchó su voz había adivinado quién era, pero lo confirmó al ver su rostro afilado, sus ojos azules adormilados, y esa amplia sonrisa de labios rojos.

—Gema —murmuró despacio, parándose derecha y dejando escapar justo después un pesado suspiro—. La Sra. Selvaggio volvió a regañarme por no rezar con ellos durante la comida.

—¿Y por qué no lo hiciste? —le preguntó la mujer con un tono curioso casi inocente.

—¿Cuál es el caso? —farfulló Verónica con molestia—. Tú misma me lo dijiste. —Se hizo entonces un poco hacia atrás, saliendo montamente de la protección de la sombrilla para poder mirar el cielo enteramente azul sobre ellas—. No hay nadie allá arriba que los esté escuchando de todas formas…

Y a sus palabras le siguió el silencio. Una pequeña brisa sopló en ese momento, aunque no tan fresca como a su rostro acalorado le hubiera gustado.

Gema, aquella hermosa mujer de cabellos rubios rizados, vivía sola a dos casas de la de Verónica, y a veces iba a tomar el café con su madre (adoptiva). Y todos los que las conocían pensaban por igual que su trato se limitaba únicamente a eso. Sin embargo, entre la pequeña Verónica Selvaggio y la extraña mujer llamada Gema, había surgido de hecho una relación de bastante amistad y confianza durante el último año y medio que llevaban de conocerse.

Verónica podía compartir con Gema cosas que nunca le diría a nadie, sobre todo lo que respectaba a ese vacío que le invadía el pecho todo el tiempo. Y Gema no sólo la escuchó y la compendió, sino que encima le dio lo que nadie podía: el motivo y la solución a su malestar.

—¿Cuándo podré irme de aquí y conocer a mis verdaderos padres? —cuestionó la niña, volviendo a colocarse bajo la sombra de la sombrilla.

—Pronto, pequeña; pronto —le respondió Gema con un tono dulce y calmado.

—Siempre dices lo mismo —masculló Verónica con molestia, inflando un poco sus cachetes.

Una risilla divertida surgió de los labios de Gema, y Verónica no supo identificar si acaso se estaba burlando de ella de alguna forma. Pero una vez que dejó de reír, colocó su bolsa con víveres en el suelo y posó su mano ahora libre sobre la cabeza de la niña, pasándola lentamente por sus cabellos.

—Hay un momento para todo, y el tuyo aún no ha llegado —le susurró despacio, como si le recitara alguna pequeña poesía—. Pero confía en mí, Verónica; ya llegará. Y cuando ocurra, al fin podrás cumplir tu único y especial destino; aquel por el que existes en este mundo.

—También dices siempre lo mismo —balbuceó la niña, volteándola a ver desde abajo con súplica—. ¿Cuál es ese destino especial que tengo que cumplir? Dime.

Gema volvió a reír como antes, y ahora Verónica estaba casi segura de que sí se burlaba de ella.

—Si te lo dijera, se arruinaría la magia —respondió la mujer rubia, picándole su nariz de forma juguetona a la pequeña con un dedo—. Como cuando pides algo al soplar las velas de tu pastel de cumpleaños, ¿entiendes?

Verónica arrugó ligeramente su entrecejo, al parecer meditando de más sobre esa última frase.

—¿Lo de pedir un deseo al soplar las velas es real? —inquirió con marcado escepticismo. Pero si alguien sabía de magia en ese sitio, esa era Gema Calabresi. No por nada muchos por ahí hablaban a sus espaldas y la llamaban bruja.

La sonrisa en los labios de Gema se ensanchó un poco más, y entonces agachó un poco el cuerpo para poder ver a la niña fijamente a sus grandes y brillantes ojos; tan jóvenes y aún llenos de infinitas posibilidades. Y con la voz clara y neutra que solía usar cuando le explicaba algo importante, le respondió:

—En nuestro caso, todo puede ser real si lo deseas con la suficiente fuerza…

* * * *

Todo se volvió bastante confuso para Jaime Alfaro una vez que las puertas del elevador se cerraron y comenzó a descender. Mientras los números del tablero iban bajando, el padre español se debatía entre la consciencia y la inconsciencia, siendo ésta última la ganadora.

No sabría cuánto tiempo había estado desmayado, pero de seguro había sido bastante. Cuando reaccionó, sintió su espalda recostada contra el suelo, y su visión se encontraba borrosa. Veía algunas siluetas y luces moviéndose a su alrededor, y unas voces casi lejanas que murmuraban.

—Quemadura en el área del abdomen.

—Creo que es una herida cauterizada. Qué extraño.

—Parece haber sangrado interno.

—Sus ropas están empapadas, ha perdido mucha sangre.

Poco a poco fue capaz de mover ligeramente sus brazos, agitando uno como si buscara algo en qué sostenerse para no caer.

—Está reaccionando —pronunció una de esas voces con alarma.

Sintió como unas manos lo sujetaban, y una de esas personas se colocó justo a un costado de su cabeza.

—Señor, ¿puede oírme? —murmuró despacio, y justo después sintió como lo forzaba a abrir sus ojos para pasar una luz enceguecedora por ellos—. No hay señal de contusión. ¿Cuál es su nombre, señor?

Cuando quitó la luz de sus ojos, el sacerdote logró ver un poco mejor a quién le hablaba. Era un hombre joven de piel morena, con una camisa azul oscuro de mangas cortas. Y virando su cabeza sólo un poco más, pudo ver cocido en sus ropas el emblema del Servicio de Emergencias Médicas. Eran paramédicos.

—Jaime… —respondió con debilidad.

—Jaime —repitió el paramédico con asombrosa calma—. Bien, escúcheme. Está herido, pero ya lo estamos estabilizando, ¿de acuerdo?

—La mujer… —masculló Jaime de golpe, de nuevo agitando su mano en el aire.

—¿Qué mujer?

—En el último piso… necesita ayuda…

—Los bomberos ya se dirigen para allá, descuide.

No le entendían, y aunque lo intentara era posible que no fuera capaz de explicarse con claridad. Sólo podía rezar para que aquella mujer saliera con bien de aquel infierno. Le debía la vida a ella, y no podía dejar que su sacrificio fuera en vano.

Tenía que avisar sobre lo que vio, antes de que fuera demasiado tarde.

—¿Ya lo podemos mover? —preguntó el paramédico a uno de sus compañeros, y aunque Jaime no escuchó la respuesta sintió como todos los rodeaban y lo sujetaban—. Bien, a la camilla en uno, dos, tres…

Todos lo alzaron al mismo tiempo, y por unos segundos sintió que flotaba como una pluma, aunque agradeció sentir el confort de la camilla una vez que estuvo sobre ella. Luego lo aseguraron a ésta con unas correas de las piernas y la cintura, y alguien le colocó la mascarilla de un respirador artificial en el rostro, cubriéndole la nariz y boca. Un segundo después sintió como la camilla comenzaba a moverse. Alcanzó a ver de forma fugaz como atravesaban la puerta principal y salían al exterior. Aún llovía, y había muchas luces azules y rojas tintineando.

—No se preocupe, lo llevaremos al hospital —le indicó el mismo paramédico joven a su lado.

—Un teléfono… —murmuró Jaime con todas las fuerzas que lograba sacar.

—¿Cómo dice?

Un poco insistente, agitó su mano sobre su rostro, hasta poder quitarse la mascarilla del respirador y poder hablar aunque fuera un poco más claro.

—Necesito hacer… una llamada…

—En el hospital nos comunicaremos con algún contacto, descuide.

—No, necesito… —Extendió entonces una mano, apretando fuerte sus dedos en el brazo del paramédico; bastante fuerte, considerando su estado—. Necesito… hablar ahora… por favor…

Aquello desconcertó un poco al hombre joven. Se sentía desesperación en su voz, y no por el estado de sus propias heridas. Sus ojos se posaron de nuevo en el crucifijo dorado que colgaba del cuello del paciente, y que ahora reposaba sobre su pecho descubierto pues le habían abierto por completo la camisa para revisarlo. Era bastante parecido al que él mismo traía en esos momentos.

La camilla llegó a la parte trasera de la ambulancia estacionada justo afuera del edificio, y los paramédicos lo subieron con cuidado. El interior era lo suficientemente grande para llevar a dos pacientes a la vez. De hecho, a su diestra se encontraba otra camilla como la suya, aún vacía.

—Oigan —exclamó la voz de un policía desde el exterior de la ambulancia—. Hay una señora con una fea herida en la cabeza, y está histérica. ¿Alguien puede venir a revisarla?

Los paramédicos se apresuraron a bajarse, excepto aquel más joven que siguió a lado de Jaime.

—Vigílalo —le indicó uno de sus compañeros—. Si ves cualquier cambio, avísanos. Recuerda tu entrenamiento, Miguel.

El chico asintió con confianza, y se sentó a un lado de Jaime. Miró de nuevo aquel crucifijo en el pecho del paciente. No era nada fuera de lo común, pero aun así algo le decía que aquello era casi como una señal que no debía ignorar. ¿Otro de sus usuales presentimientos, quizás?

Miró de reojo a las puertas de la ambulancia para asegurarse de que no hubiera nadie cerca. Se aproximó rápido a éstas y las cerró. Se tomó un par de segundos para repensarse las cosas, llegando sin embargo a la misma conclusión.

—De acuerdo —indicó el paramédico Miguel, sacando de su bolsillo su teléfono móvil—. Pero no le diga a nadie, ¿está bien?

—Dios te bendiga —murmuró Jaime, esbozando una amplia sonrisa.

Miguel se sentó a su lado, con el teléfono en sus manos.

—¿Qué número necesita que marque?

— — — —

Justo como habían dicho, Carl y el padre Babatos se pusieron en marcha en dirección al edificio Monarch lo más rápido que la lluvia les permitía. Sin embargo, a mitad de su camino su avance se fue deteniendo debido al cada vez más concurrido embotellamiento que se iba formando una vez que entraron a Beverly Hills, hasta el punto en el que prácticamente quedaron detenido a mitad de la calle.

Dios no estaba de su lado, al parecer.

—El tráfico está emporando —señaló Carl con frustración, asomando su cabeza por la ventanilla de su lado. Al frente sólo se veía una fila casi interminable de luces de vehículos—. De seguro tienen bloqueada toda la zona por cualquier explosión o derrumbe que pudiera ocurrir. Quizás no podremos acercarnos. ¡Maldición! —exclamó molesto, golpeando el volante con una mano.

—Carl —murmuró Frederic con voz de reprimenda.

—Lo lamento, padre —murmuró apenado el hombre de cabeza cala, agachando la mirada—. Sólo estoy preocupado…

—Lo sé, hijo. Lo sé…

Frederic observó pensativo por su ventanilla, contemplando las gotas de lluvia que resbalaban por el vidrio. Quizás no había motivo para preocuparse tanto. Ni siquiera estaban seguros de que Jaime estuviera en aquel sitio. Quizás incluso ya estaba en la casa parroquial tomando un café y un poco de pan, mientras ellos se encontraban tan angustiados. Quizás debería llamar para preguntar. De no haber reaccionado tan abrupto, quizás hubiera podido pensar en ello primero.

Justo pensaba en sacar el teléfono de su bolsillo, cuando sintió que éste vibraba y luego sonaba con fuerza. Eso sí era una coincidencia.

Creyó que quizás era Karina, y esperaba que no fuera para darle alguna otra mala noticia. Sin embargo, al revisar la pantalla del teléfono, el número en cuestión era uno desconocido. Aunque, por la naturaleza misma de ese teléfono en especial, sabía que quien fuera que le estuviera llamando, tenía que atenderlo.

—¿Hola? —murmuro cauteloso con el celular en su oído.

—Hola, buenas noches —escuchó del otro lado la voz de un hombre, un poco aguda—. Soy un paramédico del servicio de emergencias de la ciudad. Tengo a un hombre herido que me pidió hablar con usted.

—¿Un hombre? —preguntó Frederic con alarma—. ¿Quién?

—Permítame…

Hubo un tiempo de silencio, mientras la persona al otro lado de la línea posiblemente le pasaba el teléfono a alguien más. Tras unos segundos, escuchó una voz carrasposa y cansada murmurar:

—Frederic…

—¡¿Jaime?! —exclamó el sacerdote, reconociendo de inmediato la voz de su amigo. Eso puso también en alerta a Carl. Frederic rápidamente colocó el teléfono en altavoz, para que así ambos pudieran oírlo—. Jaime, ¿me oyes? ¿Estás bien?

Por un rato sólo se escuchó su respiración agitada. Cuando fue al fin capaz de hablar, Carl pudo dar fe de que en efecto era justo el hombre que habían ido a buscar. Pero… se le escuchaba muy mal.

—Escúchame, no sé cuánto tiempo me queda, pero tengo que decírtelo…

—¿Decirme qué? —musitó el padre Babatos—. Jaime, ¿estás bien? ¿Qué te pasó?

—Tenías razón, Frederic… tenías razón.

—Tranquilo, Jaime. ¿De qué estás hablando?

—La vi, Frederic…  ¡Vi la marca de la bestia en el cuerpo de Thorn!

Tanto Frederic como Carl se estremecieron al oír tales palabras, pronunciadas casi como un rugido por el altavoz del teléfono. Ambos se miraron el uno al otro, preguntándose con la pura mirada si habían oído lo mismo. En efecto, así había sido.

—Está en su cabeza, oculta entre su cabello —prosiguió el padre español—. Pero yo la vi. Fue completamente calcinado vivo, pero en su carne quemada la marca se mantuvo intacta. Y pude verla claramente… Es la marca, la marca del Anticristo. Tan perdurable que ni siquiera el fuego mismo la borró…

—Jaime, ¿estás seguro de lo que dices? —masculló Frederic, intentando mantener lo más posible la calma, algo que su oyente parecía no lograr.

—¡Qué sí! ¡Te digo que la vi! ¡Escúchame, por Dios! Damien Thorn es el Anticristo, yo vi con mis propios ojos de lo que es capaz. Se levantó de entre los muertos como si nada… ni siquiera algo como eso logró matarlo. Debes avisar de inmediato… La Orden Papal 13118 debe ser ejecutada… cuánto antes…

Sus palabras callaron de golpe, y le siguieron en su lugar varios quejidos de dolor, seguidos de un par de tosidos, y luego un golpe fuerte del teléfono chocando contra el suelo.

—¿Jaime? ¿Jaime? —espetó Frederic repetidas veces, inquieto.

Tras un rato, alguien volvió a tomar el teléfono y la voz del paramédico del inicio volvió a sonar.

—¿Hola? Su amigo está bastante alterado. Lo transportaremos al hospital en cuánto podamos.

—¿Están en el Edificio Monarch? —preguntó Frederic rápidamente—. ¿A dónde lo llevarán?

—A Saint John’s en Santa Mónica. Tengo que irme.

La llamada se cortó justo en ese instante.

Todo había sido tan repentino y apresurado que Frederic se cuestionaba si acaso aquello había sido real. Pero no podía dejar que la incertidumbre lo hiciera vacilar; no en un momento como ese.

—Cambio de planes, Carl —le indicó a su asistente con seriedad, y éste comprendió de inmediato.

Rápidamente se metió al carril de al lado, casi chocando con un vehículo que venía, pero logrando sortear. Todo para poder tomar la siguiente salida y ponerse en camino a Saint John’s. Con el tráfico en ese estado, quizás podrían ellos llegar antes que la ambulancia.

Mientras Carl hacía sus maniobras con el volante, Frederic comenzó a marcar rápidamente un número en su teléfono.

—¿Va a llamar a Karina? —preguntó Carl, observándolo de reojo.

—No —respondió el cura con voz fría. Una vez que terminó de marcar, colocó el teléfono en su oído—. Espero encontrar a alguien ya despierto en Roma.

Carl se sorprendió un poco al oírlo decir eso.

—¿Va a notificar lo que dijo el padre Alfaro al teléfono? ¿No deberíamos de tener más información primero?

—No hay tiempo que perder —declaró Frederic, casi con agresividad—. Ésta es justo la pieza que nos hacía falta. Tenemos que movilizarnos lo antes posible.

Y antes de que Carl pudiera replicarle algo, alguien en efecto sí estaba lo suficientemente despierto al otro lado de la línea para atender su llamada, y comenzó entonces a hablar en italiano con aquella persona. Carl no hablaba mucho italiano, pero lo poco que logró entender de su conversación lo puso muy inquieto…

— — — —

El paramédico Miguel colgó el teléfono, y se apresuró a acomodar a Jaime en la camilla, así como la mascarilla del respirador en su rostro. De paso también le inyectó rápidamente un calmante leve. Poco a poco Jaime volvió a respirar con normalidad y a calmarse.

—Gracias —le susurró despacio.

—No hay de qué —murmuró Miguel, aunque se le veía un tanto confundido. Para bien o para mal, le había tocado oír todo lo que dijo por teléfono, acerca del Anticristo, personas calcinadas y demás. Era obvio que estaba muy confundido, quizás incluso delirando un poco. Eso debía ser—. Nos iremos pronto, ¿de acuerdo? —le indicó con gentileza, tomando su mano. Jaime asintió, agradecido.

El paramédico bajó de la ambulancia, buscando a sus compañeros. Uno seguía revisando a la señora con la herida en la cabeza, sentada en la acera. Se veía más calmada. Su otra compañera se aproximaba hacia él, pasando su antebrazo por su frente para secarla.

—No es nada grave —le indicó con voz cansada—. ¿Cómo sigue el hombre de la herida en el vientre?

—Estable —respondió Miguel con tranquilidad.

—Será mejor que lo llevemos de una vez antes de que…

Un grito de conmoción a sus espaldas llamó su atención, y los hizo girarse al mismo tiempo en dirección al edificio. Los policías y las personas cercanas miraban atónitos hacia las puertas principales. Miguel y su compañera se aproximaron rápidamente, y no tardaron en ver lo mismo que las demás personas, y que había causado tal reacción.

Una chica estaba saliendo por las puertas del lobby, cojeando y prácticamente arrastrando su pierna izquierda, dejando un rastro de sangre en el suelo al avanzar. Sus manos estaban aferradas fuertemente a su costado; claramente también estaba herida de ahí. Su cabello estaba desalineado, y su rostro manchado de hollín y tierra. Sus ojos desorbitados y nebulosos parecían resentir el tintinear de las luces de las patrullas, como si acabara de salir de un sitio totalmente oscuro.

—Auxilio… ayúdenme… —logró susurrar con suma debilidad, antes de dar sólo unos cuantos pasos fuera del edificio, y entonces desplomarse por completo al suelo.

—¡Rápido! —escuchó Miguel que su compañera exclamaba, y de inmediato ambos se abalanzaron hacia la chica, colocándose a su costado—. Volteémosla.

Entre los dos le dieron la vuelta para que quedara recostada sobre su espalda. Seguía consciente, apenas. Y sollozaba de dolor, pero también de miedo. La compañera de Miguel tomó sus manos y las retiró lentamente de su costado para ver directamente a qué se enfrentaban. El agujero en la ropa y en su piel se volvió evidente de inmediato.

—Esto es una herida de bala —señaló con asombro. Notó también su suéter y blusa empapados de sangre. Se viró para ver el largo rastro de sangre que había dejado a su paso, desde donde se desplomó hacia el interior y terminando en uno de los elevadores—. Ha perdido mucha sangre. No sé cómo sigue consciente, mucho menos cómo hizo para llegar hasta aquí.

En situaciones extremas, el cuerpo humano hacía maravillas. O de eso estaba convencido Miguel.

Tomó entonces una de las manos de la joven con fuerza, mientras su compañera empezaba a darle los primeros auxilios en su fea herida. La policía se encargaba de mantener a todos alejados para darles espacio.

—¿Me escuchas? —le preguntó con firmeza. La joven asintió lentamente—. ¿Cuál es tu nombre?

—Me llamo… Verónica… —tartamudeó despacio, apenas siendo capaz de hacer que su voz se oyera—. Por favor, ayúdenme…

* * * *

Hace 5 años…

En los primeros días de enero del 2013, se convocó en carácter de urgente a toda la junta directiva de Thorn Industries. Sólo una semana atrás las fiestas decembrinas habían sido teñidas de pena y dolor tras la repentina muerte de Mark Thorn, y el aún más extraño asesinato doble y suicidio cometido por Richard Thorn. Y aunque se habían tomado de inmediato medidas para mitigar los daños lo mejor posible, lo cierto era que la imagen de la empresa había sido fuertemente afectada. Y con ello en mente, se tenían que tomar decisiones inmediatas sobre el futuro.

Aunque claro, dichas decisiones en realidad ya se encontraban tomadas desde antes de que la primera persona pusiera un pie en esa sala de juntas. Tan fue así que Ann se había encargado de citar a John Lyons en el corporativo de Thorn Industries ese mismo día, atendiéndolo justamente en la oficina de Richard; o, más correcto en ese momento, la que ahora era la oficina de ella.

—¿Qué tontería estás diciendo? —espetó Lyons con ahínco desde su posición de pie frente al fino escritorio de caoba, tras el cual una sonriente y muy orgullosa Ann lo observaba de regreso.

—No es ninguna tontería —declaró con suficiencia la mujer de brillante cabellera negra—. Se hizo oficial en la junta de esta mañana. Con la muerte de Marion, Richard y Mark, el sesenta y un por ciento de las acciones de esta empresa pasaron a ser propiedad de Damien y mías. Y como su tutora legal, tengo poder absoluto para manejar las acciones de Damien como mejor me parezca. Así que ahora no sólo soy la protectora del Salvador, sino de facto la accionista mayoritaria de esta empresa. Y, por votación, su directora ejecutiva desde hace unas horas.

Los ojos de Lyons estaban inyectados de confusión, asombro y, por supuesto, enojo. No olvidaba ni por un segundo que esa era la pequeña niña estúpida a la que tuvo que salvar para que Baylock no la moliera a golpes sólo unos años atrás. Y ahora se atrevía a hacer un movimiento como ese, totalmente fuera del plan, y encima a sus espaldas y sin consultarlo con absolutamente nadie…

Bueno, quizás no precisamente con nadie. Después de todo, en esa oficina también se encontraba Paul Buher, gerente general de Thorn Industries, y un Apóstol de la Bestia, igual que él. Estaba ahí sentado en una de las sillas frente al escritorio con sus piernas cruzadas, bastante calmado, casi indiferente a la conversación que se estaba suscitando justo  delante de él.

—¿Tú permitiste esto? —le cuestionó Lyons con un tono casi violento. Paul, sin embargo, sólo se encogió de hombros con confianza.

—Dada la situación actual, es bueno para el negocio que haya un Thorn a la cabeza, aunque sea de nombre —aclaró el gerente general con su usual tono jovial y elocuente—. Al menos hasta que Damien tenga la edad para hacerlo él mismo. Y yo estaré a lado de Ann para apoyarla en todo, y juntos preparar el camino para cuando el chico pueda reclamar su puesto.

—Gracias, Paul —murmuró Ann, aún más sonriente que antes—. Sabía que podía contar contigo.

Lyons soltó un bufido de fastidio al aire.

—Qué fácil cambias de amo a tu conveniencia —exclamó de golpe, observando a Paul con ojo de acusación.

Paul no pareció intimidado por el comentario o por su mirada. De hecho, incluso soltó una ligera risa despreocupada.

—¿Por qué esto te molesta tanto? —le cuestionó divertido, extendiendo en ese momento su mano hacia el tazón de dulces sobre el escritorio y tomando uno al azar sin mirar—. Lo importante de esto es que logramos surcar la ola en una sola pieza. Las habladurías sobre lo de Richard aún continúan, pero en poco tiempo todo esto se olvidará. Y bajo este nuevo panorama, tenemos completo control de Thorn Industries, y de la vida del Salvador, sin tener que lidiar más con el resto de la tediosa familia Thorn. —Una vez que logró quitarle la envoltura al caramelo, se lo lanzó con bastante precisión directo en su boca—. De acuerdo, quizás las cosas no ocurrieron tal cual fueron escritas hace cincuenta años. Pero adaptarse o morir es la clave de esto. ¿No lo crees, John?

Y terminó su alegato con una afable y galante sonrisa, mientras con su lengua paseaba el caramelo por su boca.

—Adaptarse o morir, Lyons —repitió Ann con elocuencia, y por supuesto algo de jactancia—. Ya lo oíste.

Al parecer no había nada que el viejo Apóstol pudiera decir o hacer al respecto. La decisión ya estaba tomada, y sólo había sido citado a ese sitio para que se lo restregaran en su cara. Cuánta confianza había tomado esa chiquilla impertinente cuyo mayor logro había sido meterse en la cama de los hombres correctos.

—Bien, así son las cosas —apuntó Lyons, con una calma que claramente escondía detrás su aún inherente molestia—. Disfruta tus segundos de gloria mientras te duren, discípula —soltó son tosquedad, virándose en ese momento a la puerta para retirarse con paso presuroso.

—Aún no hemos terminado —advirtió Ann alzando marcadamente la voz para que pudiera oírla—, y justo de eso quería hablarte.

Lyons se detuvo a medio camino de su partida, y se giró hacia ella un tanto confundido. Ann apoyó sus manos sobre el escritorio, y se paró de su silla, observando atenta al viejo Apóstol.

—Me parece que en vista de los recientes cambios, mi posición en la Hermandad también debe de cambiar a partir de ahora.

—¿De qué estás hablando? —inquirió Lyons con brusquedad.

—¿No es obvio? —murmuró Ann con un tono casi juguetón—. Quiero una corona.

Lyons no pudo evitar soltar una fuerte y nada discreta carcajada sarcástica al aire.

—¿Has perdido la razón?

—¿Por qué lo dices? —respondió Ann con tranquilidad—. Baylock murió hace siete años, y Spiletto está confinado a una silla de ruedas en… Ve tú a saber en qué montaña congelada de Europa. Si las cuentas no me fallan, luego de Paul, aún queda un lugar vacante en la mesa. Y creo que he hecho los méritos suficientes para que sea mío.

Era claro que Ann estaba bastante convencida de lo que decía, pero Lyons no compartía en lo absoluto la misma opinión.

—Podrás quedarte con todo Thorn y la mitad del continente si quieres —le advirtió tajante, señalándola—. Pero el convertirte en Apóstol no es decisión tuya, ni siquiera mía.

—¿Entonces de quién?, ¿de Adrián? —soltó Ann de golpe sin más, sabiendo de antemano lo que pronunciar aquel nombre provocaba—. Preguntémosle a Adrián ahora mismo, entonces —propuso a continuación, tomando el auricular del teléfono de su escritorio y extendiéndoselo—. O preguntémosle a todos los demás Apóstoles, mejor. Pero sólo quiero que tengan en cuenta quién es la única persona en la que Damien confía en estos momentos. ¿En verdad quieren estar en mi lado malo? Y, por consiguiente, ¿en el suyo?

El rostro de Lyons se había enrojecido del coraje, incluso más de lo que ya estaba hasta ese punto. Y aun así, su boca no dijo nada. Por qué claro, ¿qué podía decir? Sabía que ella tenía razón. En esos momentos, si querían seguir teniendo bajo control al muchacho… ella era su mejor opción.

—Yo pienso que no hay ningún problema con eso —añadió Paul de pronto con ligereza—. Haría las cosas más claras, ¿no te parece?

Y volvió a terminar su comentario con otra de sus malditas sonrisas. Por supuesto que estaba de acuerdo con ella; era claro qué bando había tomado en eso desde el inicio.

Antes de que Lyons pudiera decir algo más, escucharon como alguien llamaba a la puerta de la oficina, rompiendo de cierta forma el aire tenso que los había asfixiado. Ann colocó de nuevo la bocina del teléfono en su lugar y entonces pronunció con tono prudente:

—Adelante.

La puerta de la oficina se abrió, y del otro lado surgió el rostro alargado y de anteojos cuadrados de Tom, asistente personal de Ann y que acababa al parecer de obtener su respectivo ascenso a asistente de director ejecutivo.

—Lo siento, Sra. Thorn —se disculpó el hombre joven, acomodándose sus anteojos. Debajo de su brazo traía una pequeña tableta digital—. Su cita de las tres está aquí.

—Por supuesto —asintió Ann, y comenzó a caminar rodeando el escritorio. Sus tacones altos resonaban contra el fino suelo de madera debajo de ellos—. Si me disculpan, caballeros. Pero incluso en su primer día, la nueva Directora Ejecutiva tiene una agenda ocupada.

Paul se puso de pie en cuanto ella se retiraba como gesto de respeto. Lyons, por su parte, ni siquiera la miró.

—Tom, el Sr. Lyons ya se iba —le informó a su asistente al pasar a su lado—. Que lo acompañen a la puerta, por favor. Es un poco mayor, y no queremos que se confunda y se pierda.

El tono con el que lo había dicho era por completo de provocación, y eso no hizo más que hervir aún más la sangre de su receptor.

—Yo salgo solo, gracias —respondió secamente, saliendo de la oficina detrás de ellos, aunque tomando una dirección totalmente diferente.

El enojo de Lyons, o lo que le fuera a decir a Adrián como puchero en cuanto saliera de ahí, le preocupaban muy poco a Ann. De hecho, lo disfrutaba bastante.

Mientras caminaba radiante y erguida por las oficinas, sentía las miradas de todos en ella. Para ese momento el comunicado ya se habría hecho oficial entre todos los empleados, y si no el rumor de seguro ya se había esparcido. O, de alguna manera, todos lo sabían con sólo mirarla. Después de todo lo que había hecho, de todo lo que había sacrificado, al fin obtenía su merecida recompensa. Al fin tenía al alcance de su mano todo lo que siempre había deseado.

Bueno, casi todo…

Al pasar frente a su escritorio, una de las secretarias, una veinteañera de anteojos y cabellos despeinados, cortó de tajo la llamada que estaba atendiendo y se paró rápido de la silla para alcanzarla.

—Sra. Thorn —pronunció fuerte para llamar su atención—. Buenas tardes.

—Buenas tardes, Melinda —respondió Ann sin voltear a verla, y sin aminorar su paso. La joven se esforzó por caminar a su lado al mismo ritmo.

—Es Melissa… pero no importa. Quería felicitarla por su nombramiento, y decirle que es una verdadera inspiración.

—Muchas gracias, querida —murmuró la nueva directora ejecutiva, mirándola y sonriéndole con gentileza por sólo un par de segundos—. Espero estar a la altura de esa inspiración.

—Lo estará, yo sé que sí.

—Gracias por tus palabras.

Y dicho eso, Ann y su asistente Tom se apresuraron aún más hacia el elevador. Melissa por mero reflejo se giró con la intención de volver a su escritorio, pero se detuvo al instante.

—¡Ah! —exclamó alarmada, virándose de regreso a la mujer y apresurándose para alcanzarla de nuevo—. Lo siento, soy una tonta despistada. Eso no era todo lo que quería decirle. Hay una mujer en la sala de espera que la busca.

—¿Tiene cita? —preguntó Ann con cierto desinterés, mirando a su asistente.

—No lo creo, madame —le respondió Tom rápidamente, revisando en su tableta—. No me parece.

—Entonces que haga una cita y vuelva otro día, Melinda. No puedo atender a nadie así como así, en especial ahora que tengo tantos pendientes por resolver.

—Lo sé y se lo dije —se excusó la joven secretaria, agachando la cabeza—. Pero ella insistió en que definitivamente usted la atendería, incluso sin cita.

—¿En serio? Cuánta confianza —masculló Ann con ironía, estando ya los tres frente a los elevadores—. Llama al ascensor, Tom —le indicó a su asistente, y éste se apresuró a obedecer. Sólo hasta entonces la directora ejecutiva se tomó un momento para detenerse y mirar directamente a la chica que la había estado siguiendo todo ese rato—. ¿Quién es y qué asunto tiene conmigo?

—Su asunto no lo dijo claramente, sólo que era algo personal. Es una mujer italiana, al parecer recién llegada al país, y dice que la refirió con usted una amiga que tienen en común.

—¿Amiga en común? —musitó Ann, aún claramente desinteresada en el tema—. ¿Qué amiga?

Melissa hizo el intento de pronunciarlo de memoria, pero fue evidente tras unos segundos de silencio que el nombre se le había escapado.

—Lo anoté por aquí —indicó presurosa, comenzando a hurgar en los bolsillos de su suéter y pantalón.

Ann no dijo nada, pero aunque su rostro reflejaba calma, por dentro se preguntaba quién había contratado a esa chiquilla tan inútil que la molestaba con una pequeñez como esa, justo ese día tan importante. Diría que quizás estaba ahí únicamente porqué se acostaba con Bill Atherton, o incluso con Richard, sino fuera porque los dos eran un par de viejos puritanos demasiado aburridos como para que ese fuera el caso. Como fuera, con ella al mando, no le quedaba mucho tiempo a Melissa, Melinda o como se llamara por ahí, por más que intentará besarle el trasero.

Las puertas del ascensor se abrieron en ese momento, así que el tiempo de Melissa se había acabado. Ann y Tom avanzaron hacia el interior con completa calma

—¡Espere! —exclamó la secretaria con fuerza, teniendo en su mano ya el post-it amarillo en donde había anotado la información—. Ah, Martina Ricci, ese es el nombre de la persona que mencionó.

Un segundo antes de que las puertas del elevador se cerraran por completo, Ann alargó pronta su brazo hacia el tablero, presionando el botón para que las puertas se abrieran de nuevo. Y cuando estuvo otra vez a la vista de la secretaria, el semblante de Ann había cambiado por completo. El seguro, calmado e indiferente de hace unos segundos se había borrado casi por completo, y en su lugar ahora sólo se le veía confusión y sorpresa. Y aun así, estaba usando todo su entrenamiento para que su reacción no mostrará por completo todo lo que le cruzaba por la mente en esos momentos.

—¿Martina Ricci? —pronunció con voz cauta, saliendo lentamente del elevador, aunque manteniendo un brazo adentro para que éste no se fuera todavía—. ¿Dijo que la refirió conmigo Martina Ricci?

—Sí, eso dijo —asintió Melissa rápidamente.

Ann se tomó unos segundos de reflexión para intentar entender qué es lo que eso podría significar. Aquel era un nombre que no había escuchado en mucho, mucho tiempo, pero que recordaba muy bien. Pero el único que lo conocía además de ella, o más bien que sabía qué relación guardaba con dicho nombre, era Lyons o alguno de sus subordinados directos. Y considerando que lo acababa de ver, dudaba que tuviera que ver con él. ¿Una coincidencia, entonces?, difícil de creer.

—¿Sra. Thorn? —le preguntó Tom desde el interior del ascensor, aun aguardando por ella para ir a su reunión. Aunque claro, en ese momento la mente de Ann estaba muy lejos de esa sala de juntas a la que se dirigían.

—¿Cómo se llama esa mujer? —le cuestionó a Melissa, sonando incluso un poco agresiva al hacerlo.

Nerviosa, la joven secretaria volvió a revisar el post-it en sus dedos. Por suerte también había anotado el nombre la persona.

—Se presentó como Gema Calabresi.

De nuevo, Ann fue capaz de contener la mayor parte de su reacción, pero no ocultó del todo el marcado asombro reflejado en sus ojos. El apellido Calabresi no le decía gran cosa, pero el nombre de Gema era todo lo contrario.

Decidida en lo que sería su siguiente paso de acción, salió por completo del elevador para permitir que éste se cerrara.

—Tom, pídele a Paul que te acompañe a atender a la gente de Winston Motors, ¿quieres? —le indicó con seriedad a su asistente—. Y cancela mis siguientes dos citas, por favor. Gracias.

El joven asistente se quedó en blanco ante el repentino cambio de planes.

—¡Espere…! —intentó decirle algo, pero las puertas se cerraron al instante, dejando sus palabras en el aire.

No era justo para Tom ponerlo en esa situación, pero de momento le importaba un comino. Sería una buena forma de demostrar si tenía lo que se necesitaba para ser asistente de una directora ejecutiva. De momento le interesaba por completo otra cosa.

—¿Dónde está esa mujer?

Melissa la guio hacia la sala de espera en ese piso. Había unas cuatro personas sentadas esperando que los dejaran pasar a su respectiva cita. Pero de todas, una llamó la atención de Ann, aunque desde su perspectiva no le veía el rostro; sólo el amplio sombrero que le cubría la cabeza, a pesar de ya estar adentro, y unos cuantos de sus rizos rubios que se asomaban debajo de éste, cubriéndole la nuca.

Sin ningún motivo que resultara lógico a simple vista, supo que esa era la persona.

—Eso es todo, Melinda —le indicó secamente a la secretaria, indicándole con cierta sutileza que se retirara.

—Sí, con su permiso —asintió ésta a su vez, y sin demora se apresuró a alejarse, quizás agradeciéndolo de cierta forma.

Ann contempló en la distancia aquel sombrero blanco por unos instantes. Con sus dedos retiró un mechón de su frente y se aproximó con paso seguro a la sala de espera.

—¿Señorita Calabresi? —pronunció en alto, de pie atrás de su asiento.

La mujer del sombrero se sobresaltó, se paró de su silla y se giró hacia ella, bajando un poco los anteojos oscuros que portaba (también a pesar de estar adentro), para echarle una rápida mirada con sus profundos ojos azules.

—Esa soy yo —exclamó aquella mujer con una amplia y reluciente sonrisa, con unos labios pintados de un rojo intenso… bastante similar al que Ann usaba ese día.

Ann nunca la vio sin su velo, pero el rostro era justo el mismo que ella recordaba. Claro, con sus respectivos años encima, pero en general todo era lo mismo… y a la vez era totalmente diferente. Su cabello rubio un poco rizado caía libre sobre sus hombros, brillante y sedoso. No usaba el atuendo de monja, por supuesto, sino en su lugar un traje estilo ejecutivo con falda entubada, de un color blanco tan pulcro que parecía irreal. Al juego traía igualmente unos tacones blancos, altos aunque lo suficiente para seguir viéndose profesionales.

—Un gusto, signora —pronunció la mujer de blanco con un perfecto y fluido italiano, rodeando el sillón para aproximarse a ella y poder extenderle de frente su mano como saludo—. Gema Calabresi, piacere di conoscerti.

—Ann Thorn, Il piacere è tutto mio —le respondió a su vez, estrechando su mano e igualmente respondiéndole en italiano—. Me dicen que viene de parte de… ¿Martina Ricci?

—Sí, de la buena, buena Martina —suspiró con voz melancólica—. La conocí hace algunos años en Marsala. ¿Ha estado en Marsala, signora Thorn?

La sonrisa pícara que adornaba sus labios dejaba claro que sabía la respuesta a esa pregunta.

—¿Por qué no hablamos en mi oficina? —indicó Ann a continuación, extendiendo su mano en dirección al lugar propuesto—. Creo que sería mucho más cómodo.

Come desidera. La sigo.

Ambas mujeres se dirigieron en absoluto silencio al que sería el nuevo despacho de Ann. La extraña mujer cubierta de un blanco reluciente llamó bastante la atención de muchos mientras avanzaba detrás de la nueva Directora Ejecutiva; en especial por su sombrero, y ese marcado contoneo de caderas que la acompañaba a cada paso.

Sólo hasta que estuvieron solas y con la puerta cerrada, la invitada se tomó la libertad de quitarse su sombrero y lentes oscuros, para después echarle un vistazo rápido a todo aquel espacio.

—Qué bonita oficina —exclamó con moderado júbilo—. Pero la decoración de seguro es aún la de tu difunto esposo, ¿no? Todavía huele a hombre blanco, viejo y rico.

—Fui nombrada directora apenas hace unas horas —le indicó Ann, aproximándose al escritorio—. Aún no busco un decorador.

Ann tomó asiento de regreso en su silla, la misma en la que unos minutos atrás estaba sentada mientras hablaba con Lyons y Paul. La mujer de blanco se aproximó también, tomando asiento en una de las sillas para visitantes.

—Estás tan diferente, Martina —indicó con tono juguetón—. Por poco y no te reconozco.

—Ni yo a ti, Gema —le respondió Ann, moderando como siempre su reacción—. No es precisamente el atuendo que esperaría ver en una monja.

—Esa vida ya quedó atrás —pronunció la mujer de blanco, como si aquello fuera en realidad un mal chiste—. Muy atrás.

—Me lo imaginé. Hace unos años fui a Santa Engracia, y ya no te encontré. Y de hecho, casi nadie te recordaba.

—Supongo que no soy alguien que deja una gran impresión en las personas. Salvo en ti, Martina.

Ann no lo describiría de esa forma, pero ciertamente había llegado a pensar en ella en un par de ocasiones en ese tiempo. O al menos en la persona que era en aquel entonces, pues la que estaba sentada frente a ella le resultaba una totalmente diferente. Aunque claro, como ella bien había indicado, Ann Thorn y la chiquilla temblorosa que había llegado a aquel hospital religioso bajo el nombre de “Martina Ricci” eran dos personas muy distintas.

—¿Qué quieres, Gema? —inquirió sin más rodeos—. ¿Y cómo es que me encontraste?

—No fue difícil —respondió la ex monja, encogiéndose de hombros—. Siempre supe quién eras en realidad; desde la primera vez que nos vimos.

—Por supuesto —masculló Ann, soltando una pequeña risa irónica justo después—. Eso tiene bastante sentido. Trabajabas para Lyons en aquel entonces, ¿cierto?

—¿John Lyons? —murmuró Gema con confusión, arrugando un poco su entrecejo. No cómo si el nombre no le resultara conocido, sino más bien como si no entendiera por qué lo sacaba a colación en ese momento—. No, claro que no. Mi lealtad está en otro lado, aunque no muy lejos.

Ann no sabía decir de momento si lo que decía era cierto o no. Pero cualquiera de las opciones que fuera, tendría que irse con cuidado. Ann sabía que Richard guardaba un arma para protección en el segundo cajón del lado izquierdo del escritorio. Estaba bajo llave, pera ella la tenía justo en el bolsillo de su saco. Así que aquella era una salida rápida, si Gema Calaloquesea se pasaba de lista. Sería un dolor de cabeza intentar explicar porque le había disparado, así que esperaba realmente no tener que llegar a eso.

—¿Y a qué viniste entonces? —le cuestionó, ya dejando de lado la cortesía fingida—. ¿A chantajearme? ¿A sacarme dinero? ¿Lyons quiere amenazarme con esto para que no tome la dirección de Thorn Industries o mi corona?

—¿Por qué haría tal cosa? ¿Por lo de tu hija? Creo que la persona a la que más le interesaría saber al respecto es el antiguo dueño de esta oficina, y él ya no está disponible; ¿no? Y no sabía lo de tu corona. Felicidades; nadie se lo merece más que tú.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres?

—¡Relájate, Martina! —exclamó Gema con ímpetu, soltando una aguda carcajada—. Mírate, pareciera que estuvieras intentando decidir en donde meterme la bala.

Aquel comentario desconcertó un poco a Ann, pero lo disimuló bastante bien. ¿Lo decía sólo al azar o sabía lo del arma?

Ignorando de momento aquello, Gema tomó su sobrero y lo volteó para poder hurgar con sus dedos en su interior, buscando algo entre los pliegues de la tela.

—No vengo a nada malo como eso —declaró con bastante calma—. De hecho, todo lo contrario. Sé por qué fuiste a Santa Engracia en aquel entonces, y sé que no obtuviste lo que querías, a pesar de lo mucho que… presionaste. Así que ahora que las cosas están un poco más despejadas, vine a entregarte justo lo que tanto estabas buscando.

La respiración de Ann se cortó de golpe. Sin que ella se diera cuenta, poco a poco había sido arrastrada por las palabras de aquella mujer, casi perdiéndose en ellas.

—¿Qué? —murmuró despacio—. ¿Qué cosa…?

—No qué, sino quién —señaló Gema, sacando en ese momento al igual que un mago algo de su sombrero, para luego colocarlo sobre el escritorio, justo delante de Ann—. Quiero presentarte a Verónica. Verónica Selvaggio, por el apellido de su familia adoptiva.

Ann no pudo mantener más su máscara de hierro. Su emoción fue palpable en sus ojos cuando vio aquella pequeña fotografía, de una niña de catorce, de rostro afilado, nariz ligeramente sobresaliente, cabello rubio largo y lacio, y unos ojos azules pensativos, además de una media sonrisa. Tenía un poco de acné en la frente, y en general no era precisamente una chica muy atractiva. Pero, ya fuera por sus ojos, sus pómulos, o sus labios… algo en ella le recordó de golpe a sí misma, un poco menor, mucho antes de ser la mujer que era ahora. Y también de cierta forma, le recordaba a él

—¿Verónica? —susurró despacio mientras tomaba la fotografía para poder verla de más cerca—. ¿Ella es…?

—Tu hija —se apresuró a completar Gema—. La que te arrebataron aquel horrible día. Es una niña muy inteligente y bien portada. Su familia la trata bien, y no le ha faltado nada. Pero… desde siempre ha sentido que no encaja con ellos; ni un poco. Yo he estado cerca de ella durante estos últimos años. La he cuidado, le he enseñado, y le he hablado de ti.

—¿Sabe de mí? —inquirió Ann, con una combinación por igual de emoción y preocupación.

—Lo suficiente. Ha esperado muy paciente el momento de poder conocerte en persona. Y entiendo que con tu posición actual, ya no habría nadie que pudiera negarse a que lo hicieras. ¿O sí?

Ann contempló una vez la fotografía. Sí, ahora las cosas serían diferentes. Ya no sería sólo una discípula menor teniendo que obedecer las órdenes de todos, temerosa de que se le reprenda. Ahora tendría una de las Diez Coronas; sería una Apóstol de la Bestia, tanto como Lyons, Paul o el propio Adrián. Si quisiera, podría traerla con ella, como le prometió aquel día hace catorce años.

Pero, ¿era eso verdad? ¿Era esa niña el bebé que le quitaron de sus brazos aquel día? ¿Era su hija y la de Adrián? Algo en su interior le decía que sí, pero podría estar sólo siendo influenciada por sus emociones. Y hacer justo lo contrario fue una de las primeras y más severas lecciones que Agatha Baylock le había enseñado.

—¿Por qué haces esto? —cuestionó tajante, colocando la foto de nuevo sobre el escritorio—. ¿Qué quieres de mí en realidad?

—Cuánta desconfianza —masculló Gema con sarcasmo. Cruzó entonces sus piernas y apoyó por completo su espalda contra el respaldo de su silla—. Creí que éramos amigas, Martina. Pero, si te resulta más creíble, la verdad es que no lo hago por ti, sino por ella. Esa niña debe estar aquí… con su verdadera familia.

Y terminó su comentario con una amplia sonrisa que a Ann le resultó un tanto… incómoda.

A pesar de sus dudas iniciales, el reencuentro madre e hija se llevaría a cabo no mucho después de ese momento. Y Verónica, por primera vez en su vida, se sentiría en casa…

* * * *

Similar a como le había ocurrido a Carl y Frederic, el vehículo que transportaba a Andy terminó atorado en el tráfico, así que no le fue posible acercarse mucho al lugar de los hechos. Por suerte en su caso esto ocurrió relativamente cerca, o al menos lo suficiente para que la impaciencia de Adrián lo llevara a bajarse por su cuenta del vehículo y correr lo último que quedaba de distancia por su cuenta. Ni siquiera pensó de momento en la maleta aún en la cajuela del vehículo, pero ya se preocuparía por eso después.

En el camino había estado revisando las noticias en su teléfono, y no había tardado mucho en encontrar una que hablara sobre la misteriosa explosión en el último piso del edificio Monarch. Y supo de inmediato que de “misterioso” aquello no tenía nada en realidad.

Al llegar, se sintió abrumado por toda la confusión reinante. Había menos gente de fisgona que esa tarde, pero había más patrullas, ambulancias, camiones de bomberos, y camionetas de reporteros. En la cima del edificio las llamaradas del incendio brillaban intensamente en la noche, y parecía estarse propagando. Los bomberos de seguro aún no lograban llegar hasta ahí.

Intentó acercarse lo suficiente para ver si lograba al menos ver algo o a alguien. Quizás, con algo de suerte, a Damien o a alguno de sus guardaespaldas siendo atendido por los paramédico, o quizás respondiendo las preguntas de los policías. Había mucha gente, en su mayoría residentes y trabajadores del edificio. Sin embargo, ninguna de las personas que buscaba… salvo una.

Tras unos infructíferos minutos, no muy lejos de dónde él estaba parado vio a unos paramédicos empujando una camilla con apuro hacia una de las ambulancias. En ésta transportaban a alguien; una chica joven de desalineados cabellos rubios, a la que habían conectado a un suero en su brazo, y colocado una mascarilla con oxígeno en su rostro.

—Verónica —pronunció en voz baja, y de inmediato se apresuró a intentar pasar la línea policiaca.

—No puede pasar… —le intentó detener uno de los oficiales, pero en esa ocasión Adrián no tenía humor (ni tiempo) para sutilezas como la de esa tarde.

—Hazte a un lado —exclamó con severidad, presionando una mano contra el pecho del oficial. Éste, con sus ojos desorbitados y confundidos, simplemente retrocedió tambaleándose con rapidez, hasta quedar prácticamente recostado de espadas contra el cofre de una de las patrullas.

Con el camino libre, se acercó rápidamente hacia la camilla, y con algo de agresividad la tomó para detener su avance, ante las miradas confundidas de los paramédicos.

—Verónica —pronunció despacio, inclinándose sobre la joven en la camilla. Ésta abrió débilmente sus parpados, apenas dejando lo mínimo visibles sus ojos claros y nebulosos

—Sr. Woodhouse… —pronunció despacio a través de la mascarilla de oxígeno.

—Señor, tenemos que irnos —le indicó uno de los paramédicos, intentando hacerlo a un lado. Adrián, sin embargo, apartó sus manos de él con algo de brusquedad.

—Necesito hablar con ella —pronunció de inmediato algo tajante. No parecía en lo absoluto ser un comentario al aire, mucho menos una petición: era una orden.

—Por favor, su estado es muy delicado —añadió otro de los paramédicos, una mujer de cabellos oscuros—. Tenemos que llevarla al hospital cuánto antes… Un momento, ¿usted no es…?

—¡Déjenos solos sólo un minuto! —pronunció alzando la voz.

Los tres paramédicos se sobresaltaron, como si una descarga de electricidad les recorriera el cuerpo entero. Y sin decir nada, ni mirarse entre ellos, los tres comenzaron a caminar en sincronía, alejándose de la camilla.

Una vez que los dejaron solos, volvió a inclinarse sobre Verónica, acercando su rostro al suyo para poder hablarle en voz baja, pero que aun así sus palabras le llegaran con claridad.

—Verónica, ¿dónde está Damien?

La joven intentó hablar, pero su falta de aire provocó que sus palabras salieran de su boca como simples quejidos dolorosos. Respiró lentamente, intentando recobrar el aliento lo suficiente para poder hablar. Adrián la observaba con impaciencia, resistiéndose el deseo de gritare que dijera algo de una maldita vez.

—Se lo llevaron, Sr. Woodhouse… —logró mascullar al fin, dejándolo helado—. Unos hombres armados… en helicópteros… No pude hacer nada…

Verónica alzó su mano con debilidad hacia él, colocándola contra su brazo derecho. Sus dedos intentaron cerrarse y tomar la tela de su saco, pero no logró siquiera curvearlos un poco.

—Tiene que salvarlo, Sr. Woodhouse… —musitó con apenas un hilo perceptible de voz—. Por favor… sálvelo…

Adrián la contempló en silencio unos segundos. Necesitaba saber más sobre lo que había ocurrido allá arriba, pero era obvio que sería incapaz de sacarle algo más. Al menos de momento ya podía deducir suficiente de lo poco que le había dicho.

El DIC se había llevado a su Anticristo bajo sus narices, y no fueron capaces de hacer  absolutamente nada para protegerlo. Y lo peor era que esos idiotas no tenían ni idea de a quién se habían llevado con ellos, ni en qué enorme problema se acababan de meter.

—Lo haré, estate tranquila —le respondió a Verónica con voz cauta, tomando su mano para retirarla de su brazo y posarla con cuidado en el regazo de la joven.

Debería quizás sentir algún tipo de preocupación por ver a su supuesta hija en ese estado. Querer incluso venganza contra cualquiera que le hubiera provocado ese mal, como lo haría si alguien lastimara a su madre o a Sebastián. Pero no era así. De hecho, salvo por el hecho de que necesitaba hacerle más preguntas cuando estuviera recuperada, llegó a pensar incluso que si se muriera de una vez le haría la vida mucho más sencilla.

Ann de seguro lo castraría si supiera que dicho pensamiento le había siquiera cruzado por la cabeza. Y más que preocupación, aquella idea le provocó algo de gracia.

Se alejó entonces de la camilla, dirigiéndose hacia los paramédicos.

—Llévensela ya —les indicó con cierto desinterés, pasándolos de largo. Los tres parecieron despertar de golpe del extraño trance en el que se habían sumido, y de inmediato se dirigieron a la camilla de Verónica para seguir con su labor. Todo como si aquel extraño individuo, tan parecido al famoso Andy Woohouse, no hubiera estado ahí en realidad.

Adrián cruzó de regreso la línea policíaca y se alejó de la multitud por la acera. Cuando la conmoción de los policías, reporteros y bomberos quedó lo suficientemente atrás, sacó su teléfono y comenzó rápidamente a regresarle la llamada a Lyons. Éste debería estar muriéndose de la angustia luego de haberle colgado de esa forma, preguntándose qué estaba pensando. Adrián en efecto estaba molesto porque no hubiera podido evitar esa situación a tiempo, pero de momento eso no era lo que le importaba.

—Adrián… —respondió Lyons al otro lado de la línea con cautela.

—Lo tienen —pronunció el Apóstol Supremo sin menor rodeo—. Ellos lo tienen.

—No puede ser —exclamó Lyons, lleno de frustración, y por supuesto de miedo.

—Necesito que averigües de inmediato a dónde lo llevaron. No importa a quién tengas que sobornar, amenazar o asesinar: necesitamos saberlo, ¡ahora! Y reúne a todos los Apóstoles como habíamos acordado. Esto es guerra, John. ¿Me oyes?

Lyons no estaba en posición de expresar alguna objeción a sus indicaciones. Lo que pasaría a continuación resultaba a simplemente vista inevitable.

— — — —

Jaime se debatía de nuevo entre la consciencia y la inconsciencia. Su mirada borrosa estaba fija en el techo de la ambulancia, que parecía mecerse sobre él de un lado a otro, como si el vehículo entero estuviera siendo movido por el viento. Sentía su cuerpo muy ligero, casi como si flotara en el agua. Ya no había dolor, de seguro gracias a las drogas que le habían inyectado, y eso era bueno.

En verdad esperaba que sus palabras le hubieran llegado a Frederic, y que éste decidiera tomarlas en serio; Dios sabía que él mismo quizás no lo haría en su lugar.

Dios… era un momento bastante interesante para pensar en Él. Quizás nunca en su vida hasta ese momento había necesitado sentirlo con él, o escuchar su voz clara para decirle que todo estaría bien, y que había hecho un buen trabajo. Pero en su lugar, se sentía abrumadoramente solo en aquel espacio cerrado. Como si el mundo entero lo hubiera hecho a un lado, escondiéndolo, indicándole de cierta forma que ya no era necesario. Aquello le causaba por igual desconsuelo, aunque también un poco de paz.

«Cumplí con mi deber» se dijo a sí mismo. «Ahora puedo aceptar lo que sea que tenga que pasar a continuación…»

Las puertas de la ambulancia se abrieron en ese momento, haciéndolo salir sólo un poco de su aletargamiento, aunque no lo suficiente para voltear a ver en esa dirección.

—Arriba —escuchó pronunciar al paramédico Miguel, y luego escuchó un poco de ajetreo.

Incluso en su casi inconsciencia, fue capaz de percibir como subían otra camilla más y la colocaban justo a su lado. Alguien venía en ésta; otra persona herida, de seguro. ¿Sería aquella mujer? ¿Habían logrado sacarla de ahí? Jaime quería en serio voltearse hacia un lado para verificarlo, pero su cuerpo simplemente no le respondió.

—No se preocupen, enseguida nos iremos —indicó de nuevo la voz de Miguel. Jaime sólo movió levemente su cabeza, apenas logrando un atavismo de asentimiento.

Los paramédicos bajaron del vehículo, dejándolo de nuevo solo. Bueno, no solo en realidad, pues ahora tenía un compañero de viaje ahí con él, quien quiera que fuera.

Necesitaba descansar, así que al fin se permitió cerrar los ojos lentamente, relajar el cuerpo, y dejarse llevar por el tan anhelado sueño. Esperaba que al abrir los ojos de nuevo, todo estuviera bien. Quizás lo haría en una habitación de hospital, y Frederic, Karina o Carl estarían a su lado. De seguro estarían jubilosos de verlo bien, aunque Frederic igualmente lo reprendería por haber sido tan imprudente. Tendría que confesarle todo acerca de por qué había ido a ese sitio. Y eso incluía, por supuesto, una incómoda y complicada conversación sobre eso que había estado viendo; sobre el extraño ser con la forma de…

—Hola, guapo —escuchó de pronto que esas dos palabras eran pronunciadas con asombrosa claridad, justo a su lado, abriéndose paso entre el inminente sueño como una bala, hasta impactarlo de frente en su cabeza.

Jaime abrió abruptamente sus ojos, y forzando de forma casi sobrehumana a su cuello a moverse para virarse a su lado. En el espacio cerrado de aquella ambulancia, no había rastro aparente de aquel ser de vestido blanco. Sólo estaban él, y la muchacha de la otra camilla… que lo miraba de regreso desde su lecho.

El padre español la reconoció de inmediato. Era la misma joven a la que había obligado a punta de pistola a que lo llevara hacia el pent-house. Pero… había algo diferente. Lo sintió al percibir la mirada en sus ojos, y en espacial cuando con una mano se retiró la mascarilla para oxígeno de su rostro, dejando a la vista la amplia y torcida sonrisa que le recorría el rostro.

—¿Qué sucede? —le murmuró aquella chica con tono burlón—. Parece que viste un fantasma…

Esa mirada, esa sonrisa, esa manera de hablar…

Jaime no podía creerlo, aunque en realidad no había ni una pizca de su ser que tuviera duda al respecto.

—¿Ge… ma…? —murmuró despacio con voz débil y cansada.

—Ahora me llamo… Verónica… —le respondió la joven de la otra camilla, guiñándole un ojo de forma coqueta justo después.

* * * *

Hace unos minutos…

Verónica no entendía lo que veía. Estando ahí tirada, rodeada de esos escombros, el agua y el fuego, y sumida en la completa soledad, aquella imagen de su antigua amiga y mentora Gema Calabresi se aparecía ante ella. ¿Era acaso una alucinación provocada por la pérdida de sangre?, ¿un sueño quizás? Si era alguna de las dos, no recordaba haber tenido uno tan nítido y claro.

Esa Gema, o lo que fuera, tenía la misma apariencia exacta de la última vez que la vio; incluso el mismo vestido blanco e impecable, y esa misma sonrisa burlona que te hacía pensar que siempre sabía algo que tú no.

—¿Cómo es posible…? —murmuró azorada la joven italiana, apenas logrando que su voz fuera oída—. Tú estás…

—¿Muerta? —comentó aquella imagen de Gema con tono irónico—. Pues no estamos tan alejadas una de la otra en estos momentos, linda.

Aquella lúgubre declaración dejó a Verónica atónita. ¿De eso se trataba? ¿Se presentaba ante ella de esta forma porqué estaba… muriendo? ¿Era este tipo de experiencias que la gente describía cuando estaba cerca de la muerte…?

—No, no… —repitió Verónica rápidamente. Comenzó de nuevo a sollozar, pero con más fuerza, con más desesperación—. Yo no quiero… no quiero morir así… Esto no debería de terminar así…

—Pero parece que así será —murmuró Gema con tranquilidad, incluso encogiéndose de hombros.

—¡No! —espetó Verónica con fuerza, llegando incluso a golpear el suelo con una mano, salpicando en el agua encharcada debajo de ella—. ¡Tú me prometiste que llegado el momento cumpliría… un gran destino!, ¡algo para lo que sólo yo nací…!

—¿Eso dije? —murmuró aquel espectro con voz risueña, mirando hacia otro lado de forma disimulada.

¿Se estaba burlando de ella? ¿Le divertía acaso verla en ese estado? Gema Calabresi siempre fue una mujer extraña, pero siempre creyó que al menos se preocupaba por ella. Gracias a ella había descubierto la verdad sobre quién era, y sobre su verdadera madre. Ella había arreglado que la conociera, había hecho que se involucrara con Damien, con la Hermandad, y con toda esa locura. Si estaba en ese momento y lugar, y en ese estado… era todo por ella y sus promesas.

—Por favor… ayúdame… —exclamó suplicante entre sollozos, alzando una mano hacia ella. Quería alcanzarla, pero su vista se nubló y le parecía como si estuviera demasiado lejos—. Ayúdame, Gema… por favor…

La imagen de aquella mujer se viró de nuevo hacia ella lentamente. Por primera vez ya no sonreía, y en sus ojos se percibía una inusual y casi agresiva frialdad. Se aproximó entonces más hacia ella, inclinando un poco el cuerpo sobre la joven italiana. Su rostro quedó suspendido a escasos centímetros del suyo.

—¿En verdad quieres vivir? —le susurró lento con voz grave—. ¿En verdad lo deseas con ímpetu?

—Sí… —respondió Verónica rápidamente, asintiendo—. Sí lo deseo… por favor… por favor…

Gema volvió a sonreír en ese momento, pero no fue para nada parecida a la anterior. Sus labios se estiraron hacia los lados, incluso más allá de su rostro, dibujando una mueca grande y amplia que parecía más propia de una grotesca caricatura que una sonrisa humana. Sus ojos a su vez se abrieron grandes y desorbitados, tornándose enrojecidos, con sus pupilas contraídas.

Verónica se hizo instintivamente hacia atrás, y sintió como un tremendo miedo le recorría el cuerpo entero, paralizándola incluso más que el dolor o la debilidad.

De un parpadeo a otro, aquel ser se movió de estar de rodillas a su lado, a colocarse justo sobre ella. Verónica sintió el peso entero de su cuerpo presionándole el vientre, y provocando un fuerte respingo de dolor por su herida de bala. Soltó un fuerte alarido al aire, y desvió su rostro hacia un lado. Pero sintió al instante como las manos de Gema la tomaban con fuerza y la obligaban a girarse de nuevo hacia ella. Pero ahora sus dedos eran alargados, y sus uñas puntiagudas le lastimaban el rostro.

¿Cómo era posible que pudiera sentir todo eso tan vívidamente? ¿Acaso eso era real? ¿Ella realmente estaba ahí?

—Entonces, recuerda lo que te dije hace mucho, linda —pronunció Gema despacio, inclinando su cuerpo entero hacia ella mientras la sujetaba firmemente de rostro. Su voz sonaba extraña, con un eco como si varias personas hablaran al mismo tiempo—. No lo has olvidado, ¿o sí? Te dije que para nosotras todo se puede ser realidad… si lo deseas con la suficiente fuerza… Así que hazlo, ¡desea vivir! ¡Deséalo con todas tus fuerzas! Y yo haré realidad… el deseo de ambas…

Verónica notó que su vista comenzaba a fallar, y el rostro del ser ante ella comenzaba a deformarse, a estirarse hacia los lados como una caricaturesca pintura abstracta. Estaba tan confundida y asustada. No entendía si todo eso era real o sólo una mala jugada de su mente. Aun así, hizo justo lo que esa Gema le dijo: deseó con todas sus fuerzas vivir, salir de eso para poder cumplir el añorado destino que se le había prometido desde que era una niña. Lo deseó tan, pero tan fuerte que en efecto se le concedió.

Aunque… no cómo ella esperaba…

* * * *

Y ahora, los ojos que miraban a Jaime eran los de Verónica. Los labios que le sonreían eran los de Verónica. Y la voz que le hablaba sí, también era la de Verónica. Pero ya no era la misma chica que él había conocido y apuntado con su arma. Ni siquiera era la jovencita que Ann Thorn había visto por primera vez hace cinco años a través de una foto, ni tampoco la que había acompañado a Damien en su estancia en Los Ángeles. Ahora se había convertido en alguien diferente; en algo diferente…

—Gracias por tu ayuda, Jaime —pronunció con tono jovial—. No podría haber logrado esto sin ti.

—¿Qué…? —masculló el sacerdote español totalmente confundido.

Verónica dejó salir entonces una aguda y sonora risa burlona. Jaime comenzaba a sentir que su respiración se agitaba, y su corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, presa del horror.

—Mírate, tan confundido y asustado —señaló Verónica con ironía—. Tantos años y sigues siendo el mismo y predecible… imbécil. Hiciste justo lo que esperaba que hicieras. Aunque no fue muy difícil; sólo tuve que avivar el fuego de tu arrepentimiento, ese que no has podido apagar con tanto alcohol. Sabía que en cuanto vieras a tu adorable Gema, vendrías corriendo dejando de lado toda tu lógica y deber.

—¿Por qué…?

—¿Por qué? —pronunció Verónica, volviendo a reír un poco—. ¿No es obvio? Querías una prueba irrefutable de que Damien era a quién buscaban, ¿no? Pues te la di. De nada…

Jaime se quedó sin aliento al escucharla decir eso. La Marca de la Bestia… ¿Ella quería que la viera? ¿Quería que fuera testigo de todo lo que pasó en aquel sitio? ¿Quería que lo reportara?

Su cabeza comenzó a dar vueltas. Inconscientemente intentó ponerse de pie, pero seguía sujeto a la camilla con las correas. Además, la debilidad y el efecto de las drogas apenas le permitían moverse lo mínimo.

—Y Adrián —murmuró Verónica justo después mirando hacia las puertas de la ambulancia, como si aún fuera capaz de ver al Sr. Woodhouse. No estaba a la vista, aunque sabía que no se encontraba demasiado lejos—. Bueno, ese es otro caso divertido. Él y tú tienen demasiado en común, ¿sabes? Pero ahora, gracias a los dos, todo está caminando justo como debe caminar. Ahora todos nuestros enemigos saldrán a la luz y se revelarán solos. Y, ¿sabes una cosa?

La mano de Verónica se extendió en una fracción de segundos hacia él, apretando su mano entre sus dedos con tanta fuerza que Jaime sintió que sus huesos se comprimían entre sí. Intentó gritar de dolor, pero apenas y logró pronunciar un quejido.

—Los aplastaré a todos y cada uno de ellos —declaró Verónica con voz belicosa y agresiva—. Incluyendo a tu linda y ramera angelita.

Jaime comenzó a sentir una fuerte punzada de dolor en el pecho, como si le acabaran de apuñalar directo y hasta el fondo. Su respiración se cortó, y comenzó rápidamente a asfixiarse. Pero a pesar de todo, tuvo la suficiente claridad mental y fuerza para pronunciar con debilidad:

—Loren…

—Sí, esa misma —rio Verónica de forma mordaz—. Pero no te alteres tanto por eso. Después de todo —sus dedos se apretaron aún más contra su mano—, tú ya no estarás aquí para verlo…

Jaime sintió de inmediato como la poca vida que le quedaba abandonaba su cuerpo. Le fue imposible seguir hablando, seguir respirando, o incluso pensar. De un segundo a otro, todo se fue apagando en su cabeza, hasta que no quedó nada. Y cuando Verónica soltó al fin su mano, su cuerpo se desplomó por completo en la camilla. Sus ojos, aún abiertos y vacíos, contemplaban el techo encima de él. Y una pequeña y última lágrima se resbalaba de su ojo izquierdo por su mejilla.

Verónica se recostó de nuevo cómodamente en su camilla, y se colocó de regreso su mascarilla como si nada hubiera pasado, y cerró después los ojos.

—¡¿Qué pasó?! —escuchó que exclamaba espantado uno de los paramédicos al volver al interior de la ambulancia.

—No sé, entró en shock —comentó uno más.

—No tiene pulso.

—¡Rápido!, ¡el desfibrilador…!

Hubo mucho movimiento y ruido justo después, mientras muy seguramente intentaban regresarle la vida al pobre, pobre sacerdote español. Y aunque Verónica sabía de antemano que resultaría siendo inútil, no les quitaría al menos la oportunidad de intentarlo.

Por su parte, pese a toda la conmoción que ocurría justo ahí a su lado, terminó quedándose dormida con bastante facilidad.

Después de tanto trabajo, podría al fin tomarse un pequeño momento de descanso.

FIN DEL CAPÍTULO 112

Notas del Autor:

No sé qué más decir en este punto. Mejor lo dejaré así, dejando que se digiera todo lo ocurrido y narrado. Como prometí, éste fue un capítulo muy importante para lo que será nuestro siguiente arco. Espero que lo hayan disfrutado, pues esperaba desde hace mucho poder escribirlo. Espero sus comentarios y dudas. Y como siempre, esperen el siguiente capítulo que será en parte algo así como un “epílogo” de este arco que va terminando. Nos leemos pronto.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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