Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 111. Mi poder es mío

2 de mayo del 2022

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 111. Mi poder es mío

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 111.
Mi poder es mío

La clínica gratuita de San Miguel estaba teniendo una noche bastante tranquila, hasta el momento en que el Honda Accord conducido por Karina se abrió camino en la lluvia y se estacionó en la parte trasera del complejo, trayendo consigo a cuatro personas que ocupaban atención; dos de ellos de emergencia. Carl ya les había notificado con anticipación de su inminente llegada, así como un resumen rápido de la situación, por lo que ya un par de doctores y enfermeros los esperaban para recibirlos.

Abra y Cole fueron colocados cada uno en una silla de ruedas, e ingresados de inmediato a la clínica para dirigirse a paso veloz a donde serían atendidos, pero haciéndoles la revisión rápida de su estado mientras avanzaban.

Abra apenas y seguía consciente cuando llegaron, y su cuerpo entero se había puesto muy frío. Carl tuvo que bajarla prácticamente cargada en brazos al serle imposible moverse por sí sola debido a lo débil que se encontraba. Y al retirarla del asiento trasero, todos notaron una nada discreta mancha roja que había quedado impregnada en la tela.

Cole no sangraba demasiado, o al menos no hacia el exterior. Pero el dolor que sentía se había vuelto casi insoportable, y estuvo también a punto de perder la consciencia en un par de ocasiones. Sólo la voz de Matilda hablándole constantemente lo pudo mantener despierto.

Mientras los dos heridos de mayor gravedad eran ingresados, Matilda y Samara fueron pasadas a un consultorio en donde ambas fueron revisadas.

Además del roce de una bala en su brazo izquierdo, la psiquiatra sólo había recibido algunos golpes, en especial uno muy fuerte en las costillas, cortesía de un puntapié de James la Sombra mientras estaba paralizada. Su herida de bala de hace unos días la ardía, pero no parecía haberse abierto. Así que fuera de eso, al parecer había salido bien librada de la horrible experiencia por la que habían pasado en esa bodega.

Samara había recibido algunos golpes durante su forcejeo con Mabel la Doncella, además de que tenía el cuello lastimado por qué ésta intentó asfixiarla. Pero todo parecía indicar que también estaba bien. Y en menos de media hora, ambas estaban ya atendidas. Abra y Cole, por otro lado, tardarían bastante más.

Matilda y Samara tomaron asiento en la sala de espera, aunque quizás llamarla de esa forma era exagerar un poco. Eran en realidad tres sillas cerca del área de la recepción de la clínica y de las puertas automáticas de la entrada principal. Les indicaron que tomaran asiento y aguardaran a que alguien viniera a darles más información, y así lo hicieron; no es que les quedara de otra, en realidad.

Pasaron los minutos, quizás las horas; Matilda no estaba del todo segura. Se sentía cansada y algo somnolienta por los medicamentos. Samara, a pesar de haber estado bastante tiempo inconsciente, al parecer no se encontraba muy diferente a ella, y tras un rato comenzó a cabecear. Matilda le hizo una almohada improvisada con el saco de su atuendo, y la colocó sobre sus piernas. Samara recostó entonces su cabeza contra ella, y el resto de su cuerpo hecho ovillo en su silla.

La psiquiatra contempló atenta su carita aletargada mientras pasaba su mano lentamente por su cabello y susurraba despacio una pequeña y suave tonada. La Srta. Honey hacía eso a veces para ayudarle a conciliar el sueño, y siempre funcionaba. Samara no tardó mucho en quedarse profundamente dormida y se veía bastante tranquila; ninguna pesadilla la acosaba al parecer.

Estando ahí en ese pasillo, sentada en esa silla cerca del módulo de recepción, y el sonido de lluvia apenas siendo percibido del otro lado de las puertas automáticas de cristal, Matilda tuvo de pronto un déjà vu de una noche y un escenario muy similares a ese. La noche en que todo eso comenzó, que se sentía en ese momento a años de distancia aunque había ocurrido hace sólo… ¿unas semanas atrás?, ¿un mes? Y recostada en sus piernas tenía justo a la misma niña que había ido a conocer en ese entonces.

Pero claro, todo era en ese momento muy diferente; ella misma incluida.

El sonido de las puertas automáticas abriéndose atrajo su atención de pronto. Todo había estado demasiado calmado, pero no le sorprendería que dada la hora y la lluvia algunos pacientes nocturnos comenzaran a hacer acto de presencia. Al virarse, sin embargo, vio a dos personas entrando por las puertas, pero una de ellas no le era del todo desconocida. Era aquella misma mujer afroamericana que los había llevado hasta ahí. Se había casi olvidado de ella y su compañero, suponiendo que se habían ido para no involucrarse de más en ese asunto.

El hombre que la acompañaba, sin embargo, no le resultó del todo familiar. Era bajo y robusto, de cabeza calva. Caminaba cojeando, apoyado en un bastón. La mujer, que le parecía recordar que Cole la había llamado Karina, sostenía un paraguas sobre su cabeza para protegerlo del agua, pero cuando ingresaron lo cerró y escurrió un poco. El hombre del bastón siguió avanzando, y en cuanto la vio se dirigió directo hacia ella, esbozando una amplia y gentil sonrisa. El cuello clerical que portaba se volvió bastante evidente para Matilda al estar lo suficientemente cerca.

—¿Dra. Honey? —inquirió aquel hombre, parándose a su lado y extendiéndole la mano con la que no sujetaba su bastón—. Encantado de conocerla. Soy el padre Frederic Babatos.

Matilda lo contempló en silencio unos segundos, pero por mero reflejo su mano se dirigió a la que aquel hombre le ofrecía, y la estrechó firmemente justo como él lo deseaba.

—Babatos —repitió Matilda en voz baja—. Es uno de los amigos sacerdotes de Cole, ¿cierto?

—Me gusta pensar que sí —respondió Frederic con voz risueña.

En cuanto se soltaron las manos, los ojos pequeños del sacerdote se fijaron en la niña recostada en las piernas de la psiquiatra.

—Y ella debe ser Samara, ¿no?

En cuanto aquel hombre mencionó su nombre, Matilda reaccionó un tanto aprensiva, colocando una mano sobre el rostro de Samara casi como si quisiera inconscientemente ocultarla de él.

—Cole me contó lo que ustedes piensan de ella —le respondió Matilda con tono cortante.

Frederic respingó un poco al escuchar aquella casi acusación, aunque se esforzó por mantener su sonrisa.

—Creo que esa conversación será mejor dejarla para otro momento —murmuró con precaución en su tono—. Por lo pronto, estoy contento de que hayan salido a salvo de esa horrible situación. ¿Le molesta si me siento? —preguntó a continuación, señalando con una mano a la silla libre a un lado de Matilda.

La psiquiatra no pensó en ningún motivo de peso para negárselo, en especial siendo un hombre mayor con un bastón, y cuya pierna derecha claramente no era un sostén confiable.

—Adelante.

Frederic avanzó hacia el asiento vacío, soltando un pequeño quejido de alivio cuando al fin pudo sentarse. Karina permaneció un tanto alejada, como si quisiera darles cierta privacidad. Aun así, sus profundos ojos no se apartaban de ellos, en especial de Matilda. Ésta no sintió como tal una amenaza viniendo de aquella mujer, aunque tampoco le inspiraba del todo tranquilidad.

—¿Ya le dieron alguna noticia los médicos? —cuestionó el sacerdote italiano, jalando de nuevo la atención de la doctora.

—Aún nada —respondió Matilda, negando con la cabeza.

—¿Y usted está bien? ¿Fue también herida?

—Ya nos revisaron. Ambas estamos bien; nada de cuidado de momento.

Matilda respiró profundamente por su nariz, mientras pasaba su mano cuidadosamente por la cabeza de Samara. La niña no parecía haberse perturbado ni un poco por la presencia repentina de esas dos personas, ni por sus voces.

—A pesar de todo, tengo que agradecerles —murmuró la mujer castaña tras un rato, sin mirar directamente al hombre a su lado—. Si no hubieran ido a ayudarnos en el momento justo… las cosas podrían haber terminado peor.

—No hay nada que agradecer —respondió Frederic con voz grave, algo apagada—. Pero nos hubiera gustado poder llegar antes. —Hizo una pequeña pausa reflexiva, y entonces añadió—: Karina me dijo que una mujer murió en aquel sitio.

Matilda soltó un largo suspiro al escuchar aquella afirmación. Acercó su mano a su rostro, tallándolo un poco son sus dedos. Entre su preocupación por Cole, Samara, y esa jovencita de nombre Abra, apenas y se había permitido pensar en Kali. La imagen de su cuerpo tirado y abandonado en esa bodega aún impregnaba su mente.

—Yo… apenas la conocí en persona este día —murmuró Matilda despacio, algo distraída—. Pero sé que era muy importante para alguien que conozco. Y sé también que a ella le dolerá mucho enterarse de lo sucedido… cuando le sea posible.

—Qué el Señor la guíe al descanso de los justos —murmuró el sacerdote de golpe, tomándola un poco por sorpresa. Al mirarlo de regreso, lo vio pasando su mano frente a él, terminando una rápida persignación—. Amén…

Al terminar, tomó el pequeño crucifijo que colgaba de su cuello, lo acercó a sus labios y lo besó. Cuando se giró de nuevo hacia ella, algo de desconcierto debió ser evidente en su rostro.

—¿Le incomodan mis rezos, doctora? —murmuró con voz baja, casi juguetona.

Matilda negó sin vacilación.

—Sólo no sé si la persona de la que habló desearía que rezaran por ella o no.

—Todos necesitamos que alguien rece por nosotros en alguna ocasión, incluso los no creyentes. Algunos de mis compañeros dirían que especialmente los no creyentes.

Concluyó su comentario con una pequeña risa animada. Matilda no pensó que aquello hubiera sido con mala intención, pero ciertamente le resultó un poco fuera de lugar. Como fuera, no pudo pensar mucho en eso pues de golpe su atención fue jalada hacia Samara al sentir como la pequeña comenzaba a moverse, soltaba un par de quejidos, y luego poco a poco se incorporaba para sentarse en su silla.

—Hey, ¿cómo te sientes, pequeña? —le susurró Matilda con suavidad, rodeando sus hombros con un brazo para sostenerla—. ¿Tuviste alguna pesadilla?

Samara pasó sus manos por sus ojos, tallándolos con algo de pereza.

—Creo que no… —respondió despacio, seguida justo después por un largo bostezo.

Cuando al fin pudo abrir sus ojos por completo, se viró hacia la otra silla a lado de Matilda. Desde ésta, aquel hombre regordete de atuendo negro la miraba de regreso con una sonrisa muy grande que le recorría todo su rostro. Su apariencia le resultaba un poco chistosa; como un extraño personaje de caricaturas.

—Él es padre Babatos, amigo de Cole —le explicó Matilda.

—Es un gusto conocerte, Samara —añadió el sacerdote justo después, extendiendo su mano hacia ella a modo de saludo.

Samara permaneció en silencio, contemplando aquella mano redonda con dedos gruesos. Luego alzó de nuevo sus ojos oscuros hacia él, mirándolo tan fijamente que el cura no pudo esconder por mucho el atavismo de nervios que aquello le causaba. 

—¿Me tiene miedo? —preguntó Samara de golpe. Frederic respingó un poco al escuchar tal cuestionamiento.

—¿Por qué dices eso? —respondió el sacerdote, sin romper su sonrisa aunque su voz se notaba un tanto inestable. Se vio forzado también a retirar su mano, al ser evidente que Samara no la estrecharía de regreso.

Matilda sólo observó aquello en silencio. Según lo que había observado tras su tiempo juntas, Samara siempre había sido buena para percibir las intenciones de las personas desde la primera vez que las veía. Y, en parte, ella también.

El hombre religioso pareció ya no ser tanto del interés de Samara, pues tras un rato se viró hacia el piso, arrugando un poco el entrecejo como si se encontrara pensando en algo muy complicado.

—¿Qué pasa? —le preguntó Matilda con ligera preocupación.

—No lo sé —le respondió la niña despacio, algo distante—. Siento… como si algo malo estuviera pasando.

—¿Algo cómo qué?

—No lo sé —repitió negando rápidamente con su cabeza—. Quizás… aún sigo un poco dormida.

Matilda guardó silencio. En verdad esperaba que fuera eso, y no algún indicio de que malas noticias se aproximaban.

Y como invocado por el pensamiento de Samara (o bien podría haber sido al revés), los pasos del médico encargado se escucharon aproximándose por el pasillo. Era un hombre alto y delgado con gruesos anteojos. Vestía un atuendo de cirugía totalmente azul, con varias apreciables manchas de sangre en el área del torso, esperables si había estado realizando algún procedimiento.

—Isaías —pronunció Frederic, y se puso de pie rápidamente antes que Matilda. El doctor fue directo hacia él y le estrechó firmemente su mano.

—Padre Babatos, qué gusto verlo —le murmuró con tono serio, pero respetuoso.

A Matilda no le sorprendió mucho ver que lo conocían en ese sitio. Y no sólo por ser una clínica católica, sino por lo que habían comentado el hombre y la mujer que los habían traído sobre que era un sitio seguro para los miembros de su organización; la que fuera ésta con exactitud.

“Conocí a dos padres católicos que trabajan directamente para el Vaticano. Me contaron de una orden secreta que se ha llevado a cabo desde el año 2000 para dar… con el Anticristo.”

La manera en la que Cole se lo había descrito la noche anterior sonaba como sacado de una loca novela de suspenso. Sin embargo, todo lo que había vivido ese día la obligaba a darse cuenta de que, en efecto, estaba prácticamente viviendo en el epicentro de una novela; y una no muy buena para su gusto.

Le indicó a Samara que aguardara en su asiento, mientras ella hablaba con el doctor. La niña sólo asintió y se quedó quieta, observándola.

—¿Cómo están los pacientes? —alcanzó a escuchar Matilda que el padre Babatos inquirió mientras ella se aproximaba; justo la pregunta que ella misma quería hacer.

—La chica perdió mucha sangre —respondió el Dr. Isaías sin muchos rodeos—, pero logramos estabilizarla. Estará bien, pero lo más importante ahora es que repose.

—Son buenas noticias —asintió Frederic con optimismo, y miró hacia Matilda, quizás en busca de su confirmación. Ella en efecto también asintió, feliz de escucharlo. Sin embargo, no podía estar del todo tranquila aún…

—¿Y Cole? —preguntó la psiquiatra rápidamente.

El semblante del doctor se tornó aún más serio y reacio de lo que ya se encontraba. Matilda notó cómo miraba de reojo a Frederic, casi como si le estuviera pidiendo su autorización para hablar. Y en efecto, no dijo nada hasta que ese sacerdote le indicó con un ligero movimiento de su cabeza que podía hacerlo.

¿Quién era ese hombre en realidad?

El doctor suspiró con pesadez, se ajustó las gafas, y respondió la pregunta de Matilda de la forma más directa que su profesión le exigía:

—Hicimos todo lo que podíamos hacer por nuestra cuenta. De momento ya no está en peligro… pero el daño a su pierna es bastante grave. Necesita de un cirujano especializado urgentemente. Y, aun así… me temo que es muy probable que pierda la pierna.

El rostro de Matilda palideció al instante, y su mirada se cubrió de un desconcierto total.

Se cruzó de brazos, y sin decir nada se alejó un par de pasos, mirando fijamente hacia el muro. Si era honesta consigo misma, no era una noticia que la tomara completamente por sorpresa; ella misma había visto la herida, profundamente… y había sido parte de la forma tan rudimentaria en la que había sido atendida.

—Lo siento —pronunció Isaías un momento después; una frase rutinaria en ese campo, pero que pocas veces servía de algo de en realidad

—¿Él ya lo sabe? —inquirió Matilda despacio, virándose de nuevo hacia el médico. Éste se limitó a sólo asentir.

Frederic soltó un pesado suspiro. Su mirada también se había vuelto un poco apagada. A pesar de no llevar demasiado de conocerlo, parecía que también la suerte de Cole le afectaba un poco.

—Me temo que el momento de mantenerse fuera del foco ha terminado —indicó con seriedad, mirando a Matilda; de nuevo, quizás buscando su confirmación, aunque ésta no le dijo nada—. Isaías —pronunció girándose de regreso al doctor—, prepara por favor su traslado al Hospital General.

Isaías asintió como respuesta, y se dispuso de inmediato a cumplir el encargo. Sin embargo, antes de que se alejara por completo, la voz de Matilda resonó en el eco del pasillo.

—No, esperen —pronunció con fuerza, haciendo que el médico se detuviera y se girara hacia ella, al igual que Frederic. Matilda, sin embargo, no miraba a ninguno de ellos, sino a la niña de largos cabellos negros, aún sentada en la misma silla—. Samara —pronunció con voz cauta, y se aproximó hacia ella, colocándose de cuclillas justo a su lado. La pequeña la miró de regreso con sus ojos oscuros bien abiertos—. ¿Tú… podrías hacer algo para ayudarlo? Lo que hiciste en su mano, ¿crees poder hacer lo mismo con su pierna?

Aquellas palabras ciertamente desconcertaron a los tres oyentes que las rodeaban, en especial al médico encargado que era el que menos contexto tenía como para entender qué significaba aquello.

—Déjanos solos un momento, Isaías —le indicó Frederic con una sonrisa despreocupada—. Te notificamos en un segundo lo siguiente que haremos.

Quizás tratándose de alguien más, su respuesta hubiera sido diferente. Pero al parecer el tal padre Babatos tenía suficiente importancia en ese sitio para que el Dr. Isaías únicamente asintiera y se alejara sin hacer más preguntas.

Samara se mantuvo callada hasta que estuvieron al fin solas, a excepción de Frederic y Karina que mantenían su prudente distancia.

—No lo sé… —respondió en voz baja, agachando su mirada—. O más bien, creo que sí podría; curé la pierna de Lily también. Pero me da miedo…

El cuerpo de Samara comenzó a temblar en ese momento, como si tuviera frío, obligándola a abrazarse a sí misma en un intento de calmarse.

—Cada vez que uso estos poderes, siento que le abro más la puerta… a ella. La última vez me encerró en un lugar oscuro y alejado, del que no sé si podré volver a salir.

Matilda sintió una pequeña punzada al verla así; tan aterrada e indefensa. Se dio cuenta en el momento que su petición había sido demasiado egoísta, influenciada únicamente por su preocupación hacia Cole. Al parecer le era bastante difícil ser objetiva con ese asunto; no cuando se trataba de Samara… y al parecer tampoco con Cole.

Tomó en ese momento su chaqueta de regreso, y la desdobló para colocársela a la niña sobre sus hombros y calentarla un poco. Samara alzó su mirada, casi temerosa, aunque sus manos tomaron la chaqueta y la jaló para poder cubrirse mejor con ella. Casi de inmediato se sintió más tranquila.

—Lo siento mucho, Samara —susurró la psiquiatra con voz suave y calmada. Extendió entonces sus manos hacia ella, tomando dulcemente las de la niña. Éstas se sentían en efecto frías, pero intentó rodarlas por completo para así intentar calentarlas—. Me temo que no soy la más capacitada para decirte cómo lidiar con esa criatura. Quizás de haberle hecho caso a Cole desde el inicio, podría haberte ayudado mejor. Y por eso te pido que me perdones, pequeña.

—No… tienes que disculparte —respondió Samara rápidamente, negando con su cabeza—. Tú no debes disculparte por nada…

—Quisiera que eso fuera cierto —murmuró Matilda, esbozando una leve sonrisa—. Pero aunque no sepa de fantasmas y demonios, sí hay algo que sé muy bien, y que ya te había dicho anteriormente.

Los ojos de Matilda se tornaron firmes y serios, y se fijaron directo en los de la pequeña.

—Esas habilidades que tienes, Samara, no son buenas o malas. Son tuyas, y de nadie más. Y tú eres la única que puede decidir qué hacer con ellas. Y como te dije esta tarde, yo sé que en ti siempre ha existido bondad. Así que sin importar cuál sea su verdadero origen, sé que con el tiempo les darás un buen uso.

Se permitió en ese momento acercar las manos de Samara a su rostro, y darle a cada una un pequeño beso. Ese acto pareció desconcertar un poco a la pequeña. Era uno de los pocos actos de cariño sincero que alguien había tenido hacia ella en mucho, mucho tiempo… Tanto fue el efecto que sintió por un momento que pequeñas lágrimas brotarían de sus ojos, pero se contuvo como le fue posible.

—Y no te forzaré a hacer nada para lo que no te sientas preparada —añadió Matilda, sonriéndole de nuevo llena de comprensión. Colocó entonces las manos de Samara de regreso sobre su regazo y se puso de pie—. Y sé que Cole opinaría igual que yo. Así que estate tranquila, ¿sí?

Dicho eso, se aproximó de regreso al sacerdote italiano con la intención de seguir adelante con su propuesta inicial.

—Padre Babatos, creo que será mejor…

—Matilda —murmuró Samara en ese momento para llamar de nuevo su atención. Se paró justo entonces de la silla, dejando detrás la chaqueta—. Quiero intentarlo.

—No, pequeña —murmuró Matilda rápidamente—. No te sientas obligada…

—Él salió herido por mi culpa, por querer ayudarme —señaló Samara de golpe, con tono casi tajante—. Yo… quiero empezar a ser buena. Así como tú dijiste.

Matilda se aproximó cautelosa de regreso, y se puso de cuclillas delante de ella para que sus rostros quedaran de nuevo a la misma altura y pudieran verse a los ojos mutuamente.

—¿Estás segura? —le preguntó directamente sin ningún tipo de recriminación en su voz.

Samara asintió levemente.

—Tengo miedo… pero si tú estás conmigo…

—Lo estaré —respondió Matilda rápidamente, permitiéndose entonces rodear a la pequeña y abrazarla gentilmente—. Siempre estaré contigo cuando me necesites…

Samara tuvo un poco de reticencia para devolverle el abrazo, pero al final lo hizo, incluso apoyando su frente contra su hombro. De nuevo sintió que lloraría, pero pudo evitarlo. No era momento para llorar…

Frederic contempló todo aquello desde su posición, pasando por su mente una serie de dudas, pero también de preocupaciones. ¿Estaban diciendo acaso que esa niña podía curar la herida del detective Sear? No debía ser un experto para saber que aquella no era una habilidad usual en estos niños con habilidades psíquicas. Eso sólo reforzaba aún más su teoría inicial sobre esa niña. Y, a pesar de lo que la Dra. Honey había dicho hace un momento sobre que sus habilidades no eran ni buenas ni malas… él no estaba del todo seguro de eso.

Aun así, su opinión en ese asunto parecía no ser requerida. Al final sería decisión del detective arriesgarse o no; aún a sabiendas de que él fue quien planteó la verdadera naturaleza de esa niña en primer lugar.

—Karina —murmuró con seriedad, girándose hacia su ayudante. Ésta no necesitó más instrucción para comprender lo que se ocupaba.

—Las llevaré con el detective —murmuró con voz árida, aproximándose hacia Matilda y Samara—. Síganme, por favor.

Matilda asintió y se incorporó de nuevo. Ambas comenzaron a andar detrás de la mujer de abrigo negro. Samara instintivamente tomó la mano de Matilda, y ésta no se la negó.

— — — —

Las camillas de la sala de emergencias se encontraban casi vacías. Matilda no sabía decir si aquello era una buena o mala señal para una clínica gratuita. Pasaron en su recorrido justo delante de la camilla de Abra, que en esos momentos se encontraba totalmente dormida; de seguro bastante sedada. Como el Dr. Isaías bien dijo, lo importante ahora era que reposara. Quizás tendría que quedarse ahí toda la noche para observación.

Un par de camillas más adelante, se encontraron con la de Cole. A diferencia de Abra, el detective se encontraba totalmente despierto, con sus ojos bien abiertos fijos y pensativos en el techo. De seguro la noticia de su pierna lo tenía bastante inquieto y expectante de lo que vendría a continuación. Su pierna se encontraba descubierta, un poco alzada por encima de la camilla, y el área de la herida había sido propiamente vendada. Había varias manchas rojizas en las sábanas a su lado.

Cole vio primero a Karina delante de su camilla, pero su rostro se iluminó notablemente cuando detrás de ella aparecieron Matilda y Samara.

—Hey, dichosos los ojos que las ven —pronunció extrañamente animado, sonriendo ampliamente—. ¿Están las dos bien?

—Estamos bien —le respondió Matilda pronta y directamente. Ambas se aproximaron entonces a un lado de la camilla, mientras Karina permaneció en su posición como mera espectadora—. Cole, el doctor nos dijo lo de tu pierna.

La sonrisa en los labios de Cole se ensanchó aún más, y por consiguiente se sintió incluso más falsa.

—Sí, bueno —comenzó a hablar con tono indiferente, incluso encogiéndose de hombros—. Lo más lamentable de todo esto es descubrir que las películas no son siempre tan ciertas, ¿no? Uno llega a creer que un disparo en el brazo o en la pierna siempre saldrá bien, pero la realidad es un poco distinta. Pero está bien; aunque esta chica ya no esté, hoy en día hacen maravillas con las prótesis, ¿cierto? Muy seguramente tendré que hacer trabajo de escritorio a partir de ahora, pero no me sentará mal luego de esta loca aventura.

A Matilda esa repentina actitud despreocupada le resultaba bastante familiar. De nuevo se ponía esa máscara de payaso, de policía imperturbable y siempre calmado. Quizás lo hacía para no preocuparles a ellas, o quizás para convencerse a sí mismo de lo que decía.

Matilda se aproximó un poco más a él, colocando cuidadosamente una mano sobre su brazo. Y mirándolo fijamente a los ojos le murmuró:

—No hay nada de malo con estar asustado. Lo sabes, ¿cierto?

La sonrisa de Cole se hizo un poco más pequeña, aunque no desapareció por completo.

—Lo sé —asintió con un voz un poco más apagada, quizás más cerca de lo que realmente sentía por dentro.

—Aún hay algo que podemos intentar —indicó Matilda—, pero sólo si tú estás de acuerdo.

Aquello desconcertó un poco al policía.

—¿Qué cosa?

Matilda se viró en ese momento hacia su pequeña acompañante, quien también se aproximó a la camilla. Cole pareció en ese momento darse una ligera idea de a qué se referían.

—¿Samara?

—Ella está dispuesta a sobreponerse a sus miedos e intentar ayudarte —explicó Matilda—. Pero la realidad es que ninguno de nosotros entiende del todo cómo funcionan sus poderes, o la naturaleza real de estos. Por ello, cualquier intento de que haga con tu pierna lo mismo que hizo con tu mano, representaría un riesgo.

—Lo entiendo —respondió Cole en voz baja, e instintivamente alzó su mano, contemplando pensativo esa mancha negra que se había formado en su palma y dorso. La sola presencia de ésta en el sitio en donde había estado aquel horrible agujero de bala, le hacía llegar fácilmente a la misma conclusión que Matilda hacía.

Además, aún seguía en su mente aquella horrible pesadilla que había tenido mientras descansaba, junto con esa sensación helada y dolorosa de su propia sangre recorriéndole el cuello, a pesar de que aquello no había ocurrido en realidad. Temía que lo que fuera que aquella criatura le hubiera hecho siguiera ahí en su mente, esperando germinar lo suficiente para obligarlo a terminar lo que no pudo esa tarde con aquel vidrio. Y aun así, ¿estaba dispuesto a seguir jugando a la ruleta rusa con eso?

Miró entonces a Samara, que lo observaba de regreso con bastante angustia en su rostro. ¿Percibía las dudas o miedos que albergaba en esos momentos? Era probable que sí.

—Hey, pequeña —le murmuró con tono más natural y relajado—. ¿Tienes miedo? —Samara asintió lentamente—. De esa “Otra” Samara, ¿cierto? —Samara en esa ocasión no respondió, pero sus ojos lo dijeron todo—. Dime, ¿viste lo que hice en ese pent-house con todos mis amigos?

—¿Los fantasmas? —cuestionó Samara, curiosa.

—¿Fantasmas? —masculló Matilda, más confundida que curiosa, pero de momento era mejor no meterse de más en la plática.

Cole se movió sólo un poco por la camilla para acercarse a la orilla e inclinar un poco más su rostro hacia Samara.

—Te voy a decir un secreto —le susurró despacio—. Sólo entre nosotros, ¿de acuerdo? —Samara volvió a asentir—. La realidad es que lo que estos seres, humanos o no, pueden hacer en nuestro mundo es muy limitado. Siempre necesitan de uno de nosotros para poder hacer sus fechorías. Se apoderan de nuestros cuerpos o nublan nuestras mentes; se alimentan de nuestra energía, de nuestro miedo, de nuestro odio, de nuestras inseguridades… y de nuestro resplandor. Pero al final, sin eso, no pueden hacer nada. Y sin importar lo que nos quieran hacer creer, lo cierto es que los que son como nosotros tenemos siempre la sartén por el mango en esta situación. ¿Sabes lo que eso significa?

—No estoy segura —respondió Samara un tanto vacilante.

—Significa que nosotros somos los que decidimos qué les damos y qué no. Si nosotros no se los permitimos, no pueden tomar nada de nosotros. Están a nuestra merced. ¿Entiendes?

—Mis poderes son mío, no de ella —murmuró la niña despacio, como repitiendo un viejo mantra—. Matilda me dijo algo parecido hace rato.

—Bueno —murmuró Cole risueño, mirando de reojo a la psiquiatra—, creo que todos estamos de acuerdo en que Matilda es la persona más inteligente de este cuarto. Así que debe ser cierto, ¿no?

Aquello ruborizó un poco las mejillas de la mujer, e instintivamente se giró hacia otro lado.

—Entonces… ¿sí quieres que lo intente? —inquirió Samara, volteando levemente hacia su pierna herida—. ¿No te preocupa que pueda empeorarlo?

—Confío en ti, y en que harás lo que sientas que sea mejor. Si no, bueno, como dije hay prótesis muy buenas en estos días.

Aquel comentario risueño no pareció provocarle mucha gracia a la niña.

—Sólo bromeo, Samara —aclaró el detective rápidamente—. Todo saldrá bien; yo lo sé.

La decisión estaba al parecer tomada. Ya fuera porque en verdad Cole deseaba intentar salvar su pierna, o sólo un intento de darle a Samara una oportunidad para hacer las cosas bien. Lo que fuera, todo llevaba al mismo resultado.

La niña respiró lentamente por su nariz varias veces, intentando tranquilizarse por completo. Se viró entonces hacia Matilda y asintió lentamente, indicando que estaba lista. Ésta se aproximó entonces al gabinete de suplementos ahí en el área de la camilla, buscando unas tijeras quirúrgicas para cortar el vendaje de la herida. Esperaba que eso en verdad funcionara, o sería un poco complicado explicar qué había ocurrido en ese sitio.

Matilda cortó con cuidado las vendas. Cole respingó ligeramente un par de veces, pero en general logró mantenerse quieto lo suficiente para que hiciera su labor. Debajo se asomó de nuevo la herida; aquella íntima amiga de Matilda. Los doctores habían tenido que abrirla de nuevo para intentar tratarla mejor, y la habían de momento sólo cerrado lo suficiente para evitar que siguiera sangrando, pero preparada para que el cirujano especializado que el Dr. Isaías había comentado pudiera hacer su trabajo. Si supiera que dicho cirujano resultaría ser una niña de doce años, y no sería precisamente una cirugía lo que haría.

La psiquiatra se hizo a un lado para dejarle el campo libre a Samara. Ésta se paró justo delante de la herida, contemplándola atentamente con sus ojos oscuros. Para esos momentos ese tipo de cosas ya no le causaban tanta impresión como antes. Tristemente, parecía ya haberse acostumbrado un poco…

Samara volvió a respirar lentamente, sin apartar su mirada del objetivo. Necesitaba tener su mente lo más despejada posible. Aún recordaba lo que le había hecho al rompecabezas que Matilda le había regalado, o al muñeco de madera que Cody había llevado a Eola, o todos los dibujos retorcidos que siempre hacía sin proponerselo. Pero también recordaba la pierna de Lily y la mano de Cole. Ella podía de alguna forma materializar lo que veía en su mente, ella lo sabía. Sólo necesitaba concentrarse y estar segura de lo que quería…

Pero el miedo seguía presente, y fue evidente conforme su respiración se fue agitando un poco, y una pequeña lágrima le recorrió la mejilla.

—No te asustes, nena —escuchó que Matilda le pronunciaba, y sintió justo después que colocaba una mano sobre su hombro—. ¿Recuerdas el truco que te enseñé aquella noche cuando no lograbas controlar tus poderes?

Samara se viró a verla, al inicio un poco confundida. Sin embargo, el recuerdo de la noche a la que se refería no tardó en hacerse presente. Aquel momento en su habitación en Eola, atada a su cama, mientras todo a su alrededor se había sumido en tinieblas.

—¿El de la estufa? —murmuró Samara.

—Ese mismo —asintió Matilda—. Quiero que respires lentamente como te enseñé esa noche. Inhala por la nariz, exhala por la boca. Con calma…

Samara hizo justo lo que Matilda le indicaba, inhalando y exhalando con ritmo constante.

—Ahora cierra tus ojos, y visualiza de nuevo esa misma estufa. Y quiero que te imagines a ti misma girando la perilla de la flama con mucho cuidado, y sólo lo que necesites; no más y no menos, ¿de acuerdo?

La niña asintió, y cerró lentamente sus ojos. Se esforzó para en efecto dibujar la imagen completa de aquella estufa, justo como lo había hecho esa noche. Enfocó su mente en la flama de la hornilla de enfrente a la izquierda. La flama no estaba en su máximo como lo había estado cuando se descontroló; de hecho, se encontraba un poco baja. Necesitaba subirla un poco, sólo un poco…

En la imagen mental que estaba formando, extendía su mano hacia la manija de la hornilla y comenzaba a abrirla lentamente. La flama subía de intensidad, pero no más de lo que ella quería. Lo tenía claro en ese momento; ella podía controlarlo.

—Cuando la flama esté en el punto que quieres, abre los ojos… y sigue adelante —le murmuró Matilda cerca de su oído. Y un segundo después hizo justo lo que le indicó.

En cuanto Samara observó de nuevo la herida rojiza en la piel de Cole, pudo visualizarla en su mente justo como quería. Y sin quitarle los ojos de encima, acercó rápidamente los dedos de su mano izquierda, y los presionó fuerte contra la piel.

Similar a como había ocurrido las veces anteriores, ramificaciones venosas oscuras comenzaron a extenderse de sus dedos hacia la herida, comenzando a rodearla y a consumirla poco a poco. E igual que esa tarde en el pent-house, la misma sensación agobiante de ardor invadió el cuerpo de Cole, aunque era incluso un poco mayor a la vez pasada. Y si pensó que la operación improvisada de Matilda había sido incómoda y dolorosa, no tenía comparación con lo que sentía en esos momentos. Era como si cientos de pequeñas agujas ardientdo le rasgaran la piel desde adentro.

Cole se dejó caer de espaldas contra la camilla. Su frente se llenó de pequeñas perlas de sudor, y sus ojos casi desorbitados se fijaron en el techo. Sus quejidos de dolor se convirtieron en pequeños alaridos.

—¿Qué le está haciendo? —cuestionó Karina con inquietud, aproximándose.

—No se acerque —le indicó Matilda con voz de mando, y Karina por mero reflejo se detuvo. La psiquiatra entonces se colocó justo a un lado de Cole, y estrechó fuertemente su mano entre las suyas—. Hey, Cole. Todo está bien, todo está bien, ¿me escuchas? Pasará rápido, y entonces estarás bien.

Al inicio el detective no reaccionaba en lo absoluto. Sin embargo, Matilda sintió de pronto como su mano se apretaba contra las suyas. Y, justo después, viró su rostro hacia ella. El sufrimiento claramente lo invadía, pero aun así le sonrió de regreso.

—Si tomo tu mano mientras te miró a los ojos… casi puedo creerlo… —logró decirle entre quejido y quejido.

Las mejillas de Matilda se ruborizaron de nuevo al oírlo. Miró apenada por reflejo hacia Karina, que observaba aquello un tanto confundida. Aunque en lugar de intervenir, decidió retroceder.

Matilda volvió a enfocarse en Cole, en sostenerlo, mirarlo y hablarle para que él se concentrara sólo en ella.

El proceso fue largo y tortuoso. Nadie tomó el tiempo, pero Matilda estaba segura de que habían sido cerca de diez minutos. En todo ese tiempo, Samara estuvo quieta e inexpresiva, con su atención totalmente fija en su labor. Ni siquiera pestañeaba o movía un dedo. Era como si su cuerpo se hubiera quedado ahí, pero su mente entera se hubiera transportado a otro sitio.

Poco a poco, la piel alrededor del agujero de bala se fue oscureciendo, y desde adentro hacia afuera se fue cerrando, milímetro a milímetro. Al final de todo, se formó otra mancha negra sobre la piel del muslo, muy similar en tamaño y forma a la de la mano. Y justo en este momento Samara reaccionó, haciendo su cuerpo hacia atrás e inhalando aire con fuerza por su boca, como si en realidad no hubiera respirado en lo absoluto durante todo ese tiempo.

La niña cayó de sentón al suelo, tosiendo un poco. Las luces de la sala tintinearon un poco, y se escuchó además el pitido de varios de los aparatos médicos. Matilda no tardó en agacharse a su lado, sujetándola firmemente con sus manos.

—¿Estás bien, pequeña? —le susurraba despacio, mientras retiraba lentamente sus cabellos de su rostro—. Eso es, respira, respira. Ya estás bien, ya puedes apagar la flama. Ya estás bien…

Samara tuvo problemas para calmarse, pero lo fue logrando paulatinamente. En su imagen mental, pudo volver a girar la perilla, y la flama de su estufa se fue opacando poco a poco hasta desaparecer. Y justo al mismo tiempo, las luces y el ruido se calmaron, y todo volvió a la quietud anterior.

Mientras Matilda calmaba a Samara, Karina se aproximó cautelosa a Cole, parándose al otro costado de su camilla. El detective parecía bastante aturdido. Sudaba abundantemente, respiraba con algo de debilidad, y parecía estar a nada de desmayarse, sino fuera quizás por su propia terquedad.

—¿Funcionó? —preguntó con reserva.

Cole reaccionó apenas lo suficiente para dar a entender que le había escuchado. Intentó entonces sentarse, pero resultó una tarea complicada por lo que Karina se apresuró a ayudarlo. Una vez erguido, aproximó una mano a su muslo y la presionó sobre el área donde anteriormente se encontraba la herida.

—Ya… no duele… —murmuró despacio, algo incrédulo. Y sin espera intentó ponerse de pie con el deseo de probarlo mejor.

—Oye, despacio —señaló Matilda desde el suelo, sin soltar aún a Samara—. Estás muy débil.

Cole asintió, pero prosiguió con su intento. Karina quiso ayudarlo, pero Cole le indicó con un ademán de su mano que no era necesario. Él mismo plantó sus dos pies descalzos en el suelo, sintiendo de inmediato el frío de éste. Luego se alzó de la camilla lentamente, parándose al fin por su propia cuenta. Estaba de pie, y su pierna no le dolía…

Una risa de alivio surgió abruptamente de sus labios, antes de que la misma debilidad que le habían advertido lo hizo desbalancear y caer de rodillas al suelo, a lado de Matilda y Samara.

—Hey, ¿estás bien? —le preguntó Matilda con consternación. Se había golpeado un poco al caer, pero en esos momentos eso parecía no importarle en lo absoluto. Estaba feliz, y lo demostraba con una amplia sonrisa que le adornaba el rostro.

—Lo hiciste, pequeña —masculló Cole despacio, colocando una mano sobre la cabeza de Samara—. Gracias…

Ya un poco más calmada, y logrando respirar con más normalidad, la niña de cabellos negros alzó su rostro agotado hacia él, e igualmente le sonrió. Estaba, para variar, contenta…

Sin embargo, eso se apaciguó un poco cuando por el rabillo del ojo pudo percibir la presencia de alguien más… Se giró lentamente, y a unos metros de la camilla ahí la vio de pie, con su largo cabello negro cubriéndole enteramente el rostro, y esa aura de suciedad humeda que la envolvía.

Samara soltó un pequeño gemido de espanto, e instintivamente se pegó más a Matilda, aferrándose a ella.

—¿Qué? —murmuró la psiquiatra, turbada por tan repentino cambio. Miró en la dirección que Samara observaba, pero ella no percibió lo mismo. Pero, de alguna forma, aun así lo supo—. ¿Ella está aquí? —preguntó despacio, rodeando a Samara con sus brazos y apretándola un poco más contra ella de forma protectora.

—Sí, aquí está… —murmuró Cole, mirando también en la misma dirección. Él, por supuesto, sí la veía.

Quien no era en lo absoluto consciente de la presencia extraña tan cerca de ella, era Karina. Al ver la reacción de aprensión de todos, por mero reflejo había acercado su mano al arma que traía oculta en su cintura, pero era incapaz de ver a qué se suponía debía dispararle.

Cole se arrastró un poco por el suelo, hasta colocarse justo al lado de Matilda y Samara, pero en especial para poder hablarle más directamente a esta última.

—Pero, ¿ves lo mismo que yo? —le susurró despacio a la pequeña—. Puedes sentirlo, ¿cierto? Está muy débil; apenas y se encuentra presente. Es más como una sombra borrosa en la pared.

Samara alzó su mirada desde el regazo de Matilda para poder echarle un vistazo de nuevo a aquella criatura. Al principio no lo entendió, pero conforme más la observaba más claro se volvió. Sí, no la percibía como siempre, como una persona en la misma habitación, o un reflejo vivido en el espejo o en el agua. Era más como una imagen traslúcida sobre un vidrio, a través de la cuál podía incluso ver la otra camilla.

—Eso… no es cierto… —murmuró aquel espíritu, y aún a pesar de su apariencia su voz sí que le sonó clara y contundente a Samara, y la hizo respingar de nuevo. En especial cuando vio con horror cómo comenzó a avanzar hacia ellos, arrastrando sus pies húmedos por el suelo.

—No le temas, Samara —le indicó Cole con firmeza—. Eso es justo lo que quiere. Dile que se detenga. ¡Díselo!

—¡Detente! —gritó Samara de golpe con fuerza. Y, ante sus ojos asombrados y atónitos… La “Otra” Samara se detuvo en seco, justo en su sitio. Sus cabellos se ladearon ligeramente hacia un lado, revelando uno de sus ojos grises que miraba de regreso, tan incrédula como la propia Samara.

—¿Lo ves? —murmuró Cole con mayor seguridad—. Es sólo una molesta sombra; no puede hacer nada que tú no le permitas.

—¡No es cierto…! —repitió el espíritu, pero Cole la ignoró y siguió hablándole únicamente a Samara.

—Ahora, cierra los ojos, muy fuerte, e imagina que ya no está. Visualiza eso con todas tus fuerzas. Tu mente es increíblemente poderosa, Samara. Puede hacer todo lo que tú así desees.

Samara apretó fuertemente los ojos como pudo, e hizo justo lo que Cole le indicaba. Así como hace unos momentos había logrado visualizar la estufa y la flama, o la herida de Cole cerrándose, intentó ahora dibujar en su mente justo la imagen de esa sala sin esa criatura en ella. La imaginó de hecho en ese mismo pozo oscuro en dónde ella misma había intentado encerrarla.

—No sabes lo que estás haciendo —escuchaba su voz carrasposa exclamando con ímpetu—.  ¡Sin mí tú terminarás…!

—No la escuches —pronunció Cole, haciendo que su voz sobresaltara por encima del espíritu—. Sus palabras son vacías, tan irrelevantes como el zumbido de una mosca.

—No lo entiendes… —insistió aquel ser, notándose en ese momento ya incluso algo desesperada—. ¡¿Es que no viste lo que me hicieron?! ¡¿Es que no has entendido lo que te pasará a ti también…?! Sólo quiero protegerte…

—No es cierto —respondió Samara con abrumadora calma, sin abrir aún sus ojos—. Y no te necesito…

Y de un segundo a otro, su voz, su presencia, la sensación pesada que siempre la acompañaba… todo se esfumó.

Al abrir sus ojos de nuevo, Samara observó llena de alivio que, en efecto, ya no había rastro alguno de ella. Ni siquiera había dejado en el suelo las usuales marcas de agua. Comenzó entonces a sollozar sin poder contenerse; pero era por alegría y emoción, ya no por miedo.

—¿Se fue? —murmuró Matilda, rodeando de nuevo a Samara con sus brazos. Ésta se aferró fuerte a ella de regreso.

—Sí, se fue —respondió Cole con seriedad, mirando fijamente al punto en donde hasta hace un momento la figura de aquella criatura había estado presente—. Por ahora. Volverá, lo sé; no será tan simple deshacernos de ella. Y si no puede obtener fuerzas de Samara, las obtendrá de otro lado. —Se viró de regreso a la niña en los brazos de Matilda, colocando una mano sobre su espalda de forma reconfortante—. Pero cuando eso pase, tú estarás lista. Los tres lo estaremos, ¿de acuerdo?

Samara apartó su rostro de Matilda, y pasó sus manos por su rostro para tallarse las lágrimas. Asintió después rápidamente como respuesta a las palabras de Cole.

—Gracias… a ambos —murmuró entre sollozos, sonriendo plena de alegría.

Matilda igualmente sonrió, y la volvió a abrazar cariñosamente. Volteó a ver a Cole fijamente, y moviendo sus labios lentamente le compartió un silencioso: “gracias”. Éste no respondió nada con palabras, pero entre ellos estaba de más decir algo.

Y estando ahí los tres, aunque fuera el suelo de una sala de emergencias, por primera vez en ese día (o quizás en muchos días) pudieron sentirse tranquilos al fin. Y, pese a todo lo malo que había ocurrido, podían tener la esperanza de que todo saldría bien.

Al estar ante una imagen tan conmovedora, y algo confusa, Karina comenzó a sentir que en verdad sobraba en ese lugar. Así que sin que nadie se lo dijera, y sin tampoco anunciarlo demasiado, salió cautelosa del área de la camilla, e incluso se permitió cerrar la cortina a su alrededor para darles un poco de privacidad.

No tenía idea de qué había ocurrido ahí con exactitud, pero logró compartir la misma sensación de que todo saldría bien. Al menos así era, hasta que ya estaba prácticamente en la puerta del área de emergencias, y su teléfono comenzó a vibrar abruptamente en el bolsillo de su pantalón. Se detuvo un momento, sacó su celular, y en cuanto vio el nombre en la pantalla contestó de inmediato sin vacilación.

—Padre Babatos —pronunció rápidamente como saludo—. Buenas noticias, parece que todo salió… —su explicación fue interrumpida al escuchar la voz un tanto alterada del sacerdote al otro lado de la línea—. ¿Qué…? Voy para allá…

Colgó de inmediato, y salió presurosa del área de emergencias.

— — — —

Si no fuera una clínica, se hubiera dirigido corriendo para allá. En su lugar, sólo avanzó con pasó presuroso hacia una de las oficinas administrativas del sitio. Al ingresar, los únicos que estaban dentro eran Carl y Frederic. El primero se encontraba sentado en una silla de la esquina, hablando un poco exaltado por su teléfono. El padre Babatos, por su parte, se encontraba apoyado contra el escritorio de la oficina, mirando atento a una televisión potrada en la pared. En ésta parecían estar transmitiendo las noticias de la noche.

—¿Qué ocurre? —preguntó Karina claramente consternada. Cerró entonces la puerta detrás de ella y se adentró a la oficina.

Frederic sólo señaló con su mano hacia el televisor. En éste se veía a una reportera con micrófono en una mano, con un paraguas en la otra para protegerse de la lluvia. Estaba de pie en una calle con varias patrullas y personas a sus espaldas. Y más atrás se apreciaba la fachada de un edificio que… a Karina le resultó conocido.

—Es el edificio de Thorn —indicó con asombro. ¿Eso estaba pasando en esos momentos? Cuando se fueron esa tarde, la policía y la multitud ya se habían retirado también.

Frederic le había bajado un poco el volumen al televisor para que Carl hiciera sus llamadas. Sin embargo, tomó el control remoto en ese momento y le subió el volumen para que ambos pudieran oír mejor la noticia que, al parecer, era importante.

—…seguimos reportando aquí desde el Edificio Monarch, en Bervely Hills, donde una fuerte explosión en el último piso sacudió a todos los residentes. Los bomberos y la policía se encuentran evacuando a todos, y hasta ahora sólo se han reportado personas con lesiones leves. Los equipos de rescate, sin embargo, aún no han podido alcanzar los pisos superiores. Sigue además sin darse ninguna declaración oficial sobre el origen de la explosión. Esto ocurriría horas después de que se reportara la irrupción forzada de dos personas al edificio más temprano esta tarde. Las autoridades, sin embargo, no han indicado si ambos hechos se encuentran o no relacionados…

—¿Una explosión? —musitó Karina totalmente confundida—. ¿Qué pasó?

—Carl está intentando averiguarlo en este momento —indicó Frederic, mirando a su otro asistente en la esquina, aún en su acalorada llamada.

—Una de las mujeres que estaba con el detective Sear se fue por su cuenta —indicó Karina, recordando a Charlie alejándose de la bodega en su motocicleta—. Quizás ella tuvo algo que ver.

—Quizás —susurró Frederic despacio, aunque evidentemente había más cosas que lo inquietaban—. ¿Dónde está Jaime? —preguntó de pronto, tomando a Karina por sorpresa.

—Cuando fuimos a reunirnos con el detective, él dijo que volvería a la casa parroquial por su cuenta.

—No había vuelto cuando yo vine para acá. Supuse que seguía con ustedes.

Esa noticia dejó helada a la asistente. Su mirada se enfocó de nuevo en el televisor, que ahora mostraba una toma hacia arriba del edificio, desde el cual aún surgía una cortina de humo.

—¿No creerá que él…? —murmuró Karina despacio, sin terminar del todo su pregunta.

Carl colgó poco después, guardó su teléfono y se puso de pie.

—Mis contactos aún no saben nada —indicó con seriedad—. Al parecer, la versión oficial por el momento es que se trató de una fuga de gas en el pent-house. Sin embargo, extraoficialmente se rumorea que hubo un segundo allanamiento minutos antes de que ocurriera la explosión Adicionalmente, hay un par de testigos que afirman haber visto helicópteros sobrevolando esa área de la ciudad aproximadamente al mismo tiempo. Y si acaso esto último es cierto, no tienen ningún dato de quién podría haber sido. Según los planes de vuelo, nadie debería estar volando a esa hora, en especial con el clima cómo está.

—El segundo allanamiento pudo haber sido aquella mujer —indicó Karina con voz reflexiva—. Pero, esos helicópteros que mencionan… ¿habrá sido la Hermandad?

—Tal vez —respondió Frederic—. Pero también se me ocurren un par más de sospechosos.

Pero por encima de quién había sido el responsable, o qué había hecho exactamente, le preocupaba un poco más si Jaime podría o no haber estado involucrado en ello. Había estado muy raro esa mañana luego de la llamada con los cardenales. Y si acaso había bebido… no quería ni suponer de qué locura podría ser capaz.

—Karina, encárgate de que la Dra. Honey llegue con bien a su casa, ¿de acuerdo? —ordenó con severidad mientras comenzaba a avanzar hacia la puerta de la oficina—. Carl y yo iremos para allá.

Carl se apresuró a seguirlo, aunque lo alcanzó relativamente rápido debido al paso algo más pausado del sacerdote.

—Padre Babatos —pronunció Karina con angustia—. El padre Alfaro…

—Descuida —le respondió con sequedad estando ya en la puerta—. De seguro está bien.

Pero Karina supo de inmediato de que en realidad él no estaba tan seguro de dicha afirmación. Y, en el fondo, ella tampoco…

FIN DEL CAPÍTULO 111

Notas del Autor:

Un capítulo tranquilo, luego de tanto capítulo lleno de disparos y explosiones que tuvimos anteriormente. Pero era necesario para así mostrar qué fue de nuestros personajes principales, y dar un poco de optimismo entre tanta amargura que nos ha venido siguiendo. Y en lo personal me gustó mucho escribir a Matilda, Samara y Cole en este contexto un poco más feliz… mientras dure.

El siguiente capítulo también podría parecer muy tranquilo al inicio, pero será quizás uno de los más importantes de esta historia, y que mostrará un poco la base de lo que será nuestro siguiente arco. Así que espérenlo, que no tardará mucho. Lo prometo.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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