Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 110. Objetivo Asegurado

17 de abril del 2022


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 110.
Objetivo Asegurado

A pesar de la fuerte lluvia que seguía cayendo, los tres helicópteros negros del DIC sobrevolaban la ciudad en formación, dirigiéndose hacia su destino, ocultos en las sombras de la noche. Transportaban entre los tres alrededor de treinta elementos, incluidos dos pilotos en cada uno. Y, por supuesto, a los dos agentes “invitados” del Nido.

Durante todo ese trayecto, Gorrión Blanco estuvo observando maravillada por su ventanilla hacia las luces de la ciudad. Aunque el viaje en avión igualmente le había resultado impresionante, al mirar hacia afuera sólo había nubes hasta donde alcanzaba a ver. Era igual una vista extraordinaria, pero no se comparaba a ver tan cerca (y a la vez tan lejos) una ciudad tan grande, iluminada y concurrida como Los Ángeles.

Además de la impresión inicial, todo eso le hacía ver que su memoria debía estar más distorsionada de lo que creía, pues todo eso lo sentía como si fuera la primera vez que lo veía. Pero ella sabía bien que no podía ser el caso; de seguro había viajado en aviones y helicópteros como ese muchas veces antes, en otras misiones.

Conforme se iban acercando, los nervios se fueron acumulando en el pecho de Gorrión Blanco. ¿Estaría realmente lista para enfrentar lo que fuera que se encontrarían una vez que llegaran? Se sentía aún tan fuera de lugar en todo ese ambiente…

—Estén preparados, ya tenemos visibilidad del edificio —sonó la voz del Sargento Lewis en los audífonos que todos traían puestos, para así ponerlos en aviso.

Carrie, por mero reflejo, se hizo un poco al frente en su asiento, intentando ver a través de la ventanilla delantera el edificio de departamentos al que se dirigían. Batalló un poco para diferenciarlo entre todos los demás rascacielos en el panorama, pero al final lo reconoció; justo como venía en la foto del expediente. Y apenas lo había vislumbrado con claridad, cuando unos segundos después ella, y todos los demás tripulantes de los tres helicópteros, vieron la tremenda llamarada que surgió desde el pent-house, y llegó incluso llegó hasta ellos el estruendo de los muros siendo derribados, y los cristales botándose de sus marcos.

Gorrión Blanco se sobresaltó asustada, haciéndose hacia atrás y pegándose contra su asiento. Por su parte, instintivamente los pilotos de los helicópteros hicieron una maniobra evasiva hacia un lado, lo que sacudió un poco a los ocupantes.

—¡¿Qué fue eso?! —exclamó el Sargento Lewis, inclinándose hacia el frente para poder ver mejor.

—No lo sé, señor —le respondió el piloto, claramente confundido—. Algún tipo de explosión, al parecer.

Francis y Gorrión Blanco igualmente observaban pegados a sus ventanillas. El helicóptero se aproximó un poco más, pero manteniendo su distancia en caso de que se suscitara alguna otra explosión. En los siguientes segundos no ocurrió nada más, y desde sus posiciones sólo podían ver como un pedazo del departamento y la terraza parecía haber sencillamente desaparecido, y un incendio había comenzado. La lluvia era posiblemente lo único que evitaba que el fuego se propagara por toda la terraza.

—¿Fuimos nosotros? —cuestionó Lewis, molesto pero también preocupado—. ¿Algún proyectil disparado por otro de los helicópteros?

El piloto rápidamente utilizó el micrófono incorporado a sus audífonos para comunicarse a los otros dos transportes. Ambos confirmaron que no habían sido ninguno de ellos.

—Negativo, señor —respondió el piloto como conclusión—. Lo que haya sido, parece que se originó directamente en el departamento.

Lewis contempló pensativo el escenario, ya en esos momentos prácticamente debajo de ellos.

—Sargento, ¿cuáles son sus órdenes? —se escuchó en sus auriculares que los hombres de los otros helicópteros le preguntaban.

—¿El objetivo sigue ahí dentro? —cuestionó con voz templada.

—Los observadores confirman que no ha salido del edificio —respondió alguien más en la línea—. Pero también informan que la seguridad privada del complejo reportó otra irrupción forzada hace sólo unos minutos.

—¿Alguien más fue tras el objetivo? —musitó Gorrión Blanco en voz baja.

No tenían suficiente información para responder ese cuestionamiento de forma acertada, pero era lo más probable. La pregunta importante era quién había sido, y si dicho individuo, o individuos, seguían ahí abajo.

Tras unos segundos de reflexión, Lewis volvió a activar su comunicador para que todos pudieran oírlo claro:

—El plan sigue en marcha. Prepárense para a bajar.

Todos le respondieron de manera afirmativa sin la menor vacilación. Todos, menos la resucitada Carrie White, pues la idea no le convencía del todo.

Se retiró con cuidado sus auriculares y se inclinó hacia Francis sentado a su lado, para hablarle únicamente a él.

—¿Será aconsejable hacerlo sin saber qué ocurre allá abajo? —le preguntó dubitativa, e incluso un poco temerosa.

El rostro de piedra de Francis no reflejaba emoción alguna, como era usual. Aun así, en el fondo, lo cierto era que compartía esa misma inquietud. Pero a diferencia de Gorrión Blanco que era un soldado únicamente porque le habían implantado la idea mientras dormía, él lo había sido durante la mayor parte de su vida. Y su entrenamiento le impedía dejarse llevar por simples inquietudes.

—Ya tenemos nuestras órdenes, Gorrión Blanco —le respondió con sequedad—. Así que prepárate.

Carrie no respondió con ningún “sí, señor” ni nada parecido, y ciertamente no le nacía en esos momentos hacerlo. Pero igual hizo lo que le indicaron. Se abrochó hasta arriba su chaqueta, se cerró el chaleco antibalas sobre el torso, y se colocó por último la máscara táctica color negro y gris, igual al traje que traía. A diferencia de los demás solados, ella no llevaba ningún arma de fuego consigo; ella era el arma…

— — — —

Charlie no pudo sostenerse más de pie y cayó irremediablemente de rodillas, golpeándose duramente con el suelo. Pero el dolor que menos le importó en esos momentos fue el de sus rodillas. Toda la fuerza y adrenalina que había generado al momento de dejar salir todo su poder, se había escapado de su cuerpo junto con toda aquella oleada de energía con la que había golpeado a su enemigo. Ahora, lo único que sentía era el tremendo dolor proveniente de sus heridas de bala; incluso respirar se había vuelto un verdadero suplicio.

Alzó su mirada al frente, contemplando todo esa elegante sala consumida por las llamas, aunque aplacadas un poco por el agua que caía por el pedazo de techo que se había derrumbado, y que además encharcaba el suelo.

Mientras venía de camino a ese lugar, una parte de ella había decidido, aunque fuera a un nivel inconsciente, que moriría justo ahí tras cumplir su misión. Por lo mismo, no tenía previsto ningún plan de escape claro. Así que por un lado, tenía la opción de continuar con esa idea y quedarse ahí arrodillada a lamerse las heridas, y muy seguramente terminar consumida por el fuego, o aplastada por más pedazos del techo que se desprendieran. O podía también tomar una decisión rápida y esforzarse por sobrevivir un día más.

Sobrevivir por sus padres, por Eleven, y por Kali…

Rápidamente, o lo más rápido que le era posible, se retiró su chaqueta, dejándola en el suelo  un lado. Luego se bajó como pudo su camiseta negra de tirantes para descubrir el área de su pecho en donde aquel chico le había disparado. Era difícil verla, pero claramente la sentía. No estaba sangrando demasiado, pero el dolor era asfixiante.

Concentrando un poco de las reservas que le quedaban en ese punto en específico, comenzó de nuevo a quemar su propia carne. Durante el proceso un par de quejidos de dolor se escaparon de sus labios, pero logró resistir hasta el final. No le orgullecía lo mucho que al parecer estaba acostumbrada a la sensación de quemazón en sí misma.

—No puede ser —escuchó de pronto que una voz débil murmuraba desde un costado, colocándola rápidamente en alerta. Incluso ese repentino estimulo le ayudó a ponerse de nuevo de pie.

Al virarse hacia donde aquella voz se había hecho presente, vislumbró en el pasillo, con su espalda apoyada contra el muro, a aquel hombre de ropas negras, cabello oscuro con canas y bigote. Observaba en su dirección, respirando débilmente. Sus manos se presionaban lo más firmes que podían contra su abdomen. Un hilo de sangre roja corría por la comisura de su boca.

—¿Lo mataste…? —masculló aquel hombre, perplejo, aunque por su aparente debilidad no mostraba en realidad ni una fracción de lo que en verdad sentía.

Charlie mantuvo su distancia, algo reticente. Haciendo un poco de memoria, recordaba haberlo visto fugazmente cuando ingresó al departamento. Thorn lo tenía amenazado con su pistola, así que era seguro decir que no era uno de sus amigos. Además que Kali, Abra y ella estuvieron día y noche observando ese edificio, y nunca lo vieron por ahí.

—Lo aniquilé por completo, eso fue lo que hice —respondió Charlie, queriendo sonar firme pero apenas logrando un espejismo de eso.

Comenzó entonces a caminar en su dirección con paso lento, su mano aferrada contra el lado derecho de su pecho donde yacía su última herida. Definitivamente ya estaba vieja para esas cosas…

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, prácticamente se dejó caer por sí sola de nuevo al suelo, justo delante del desconocido. Por un momento casi se cayó del todo de bruces al piso, pero se apresuró a poner una mano para evitarlo. Sabía que si se recostaba ahí por lo menos un segundo, ya no podría volver a alzarse.

—¿Quién es usted y qué hace aquí exactamente? —le cuestionó tajante a aquel extraño, mirándolo de reojo a través de los mechones rubios desorganizados que caían sobre su rostro.

Aquel hombre respiró profundamente, y cerró sus ojos fuerza, quizás en un intento de aclarar su mente lo suficiente para responder.

—Mi nombre es Jaime Alfaro —murmuró lentamente, y con bastante claridad pese a la situación—. Soy… sacerdote…

—¿Sacerdote? —soltó Charlie, algo desubicada por ese último dato. Definitivamente no podía ser una coincidencia—. ¿De casualidad es amigo de una mujer negra malhumorada y un hombre alto calvo?

—¿Karina y Carl…? —masculló el padre Alfaro, arrugando levemente su entrecejo—. ¿Quién eres? ¿Eres acaso amiga del Detective Sears?

—Algo así…

Sus palabras fueron cortadas cuando el estruendo de un pedazo desprendiéndose del techo, y cayendo no muy lejos de ellos, los distrajo.

—Pero mejor hablemos de eso después. Déjeme echar un vistazo.

Charlie tomó entonces con delicadeza las manos de Jaime y las retiró lentamente para poder ver su herida. Sus ropas estaban empapadas, y tuvo que rasgar un poco la camisa para poder ver mejor el agujero de entrada; un pequeño orificio en el centro de su torso… muy parecido al que había recibido Kali.

Charlie respiró lentamente, intentando aclarar su mente y percibir si aún quedaba algo dentro de ella para hacer un poco más. En el fondo de su cabeza, en lo que se ocultaba detrás de sus ojos, pudo percibir que sí; aún había algo de combustible.

—Bien, esto no será agradable —le advirtió algo tajante, justo antes de enfocar su concentración en ese pequeño orificio en su abdomen. La piel de Jaime comenzó a chamuscarse y éste brincó en su sitio, soltando un pequeño alarido; al menos eso lo había despertado.

Tras unos segundos, la herida del cura español estaba cerrada. No se desangraría por fuera, pero no podía hablar por lo que ocurriría por dentro.

—Es lo mejor que puedo hacer por ahora —masculló Charlie tras terminar, tallándose sus ojos y frente con una mano. Encima de todo lo demás, ahora comenzaba a ser víctima de una fuerte migraña, muy seguramente derivada de haber abusado demasiado de sus poderes ese día, y de su cuerpo en general.

Virando su atención hacia su izquierda, Charlie notó que el pasillo que llevaba a la salida del departamento y a los elevadores aún estaba libre de fuego o destrozos. Así que si querían escapar por ahí, era mejor hacerlo de una buena vez.

—Lo sacaré de aquí —dijo en voz baja, e hizo el intento en ese momento de ponerse de pie. Y en efecto, fue un intento, pues apenas se alzó un poco antes de volver a caer de rodillas al suelo. Sintió de golpe como si su cuerpo entero le pesara una tonelada.

—Tú también estás malherida —indicó Jaime con voz comprensiva—. Tendrás suerte si logras salir tú sola. Vete, hija mía; yo estaré bien.

—Estará muerto —le respondió Charlie con brusquedad.

—Yo solo me metí en esto por todas las malas decisiones que he tomado. Ahora me corresponde hacer las paces con el Creador.

—Un pensamiento muy válido, padre. Pero ya abandoné a alguien hoy… y no quiero hacerlo de nuevo.

Usando toda su fuerza de voluntad, que en ese momento era prácticamente la única que le quedaba, plantó sus dos pies en el suelo y se levantó lentamente, apoyada contra la pared. Tomó entonces a Jaime de un brazo e intentó alzarlo, pero el esfuerzo de volvió casi sobrehumano. Sin embargo, al ver cómo esa desconocida se esforzaba de esa forma por ayudarlo, Jaime pensó que quizás todo aquello era una respuesta de Dios mismo. Quizás, en efecto, no le tocaba morir aún; no ahí, no en ese momento.

Jaime hizo también un esfuerzo por su parte, apoyándose para poder levantarse. De alguna forma entre los dos lo lograron, y el sacerdote casi moribundo logró pararse en sus pies, aunque apoyado contra la pared para no caerse.

—Eso es, eso es… —murmuró Charlie despacio, respirando agitada por el tremendo esfuerzo, que encima había hecho que sus heridas le ardieran horriblemente—. Ahora, sé que dicen que no uses el elevador en un incendio, pero…

En ese momento, algo moviéndose entre las llamas captó la atención de Charlie, y la hizo virarse de nuevo hacia la sala. Los segundos siguientes no notó nada extraño, e incluso llegó a pensar que quizás lo había imaginado. Sin embargo, poco después lo divisó de nuevo: una figura oscura arrastrándose por el suelo lentamente, como un gusano abriéndose paso entre las llamas para salir del tremendo infierno que yacía detrás de él.

No era un movimiento natural de algo siendo agitado por el fuego o el viento. Era algo consciente; era una persona…

—¿Qué demonios? —murmuró Charlie, totalmente incrédula—. No pude seguir vivo.

Jaime igualmente vio lo mismo que ella, pero su reacción fue un poco distinta. Más que incredulidad, el sacerdote se sentía tremendamente… aterrado.

—Dios santo —murmuró despacio, y rápidamente extendió una mano, estrechándola firmemente a uno de los brazos de Charlie—. Vayámonos, cuánto antes.

—No, aguarde —le respondió la mujer rubia tajantemente. Y soltándose de su agarre, comenzó a avanzar cautelosa en dirección a las llamas—. No me iré sin acabar con esto por completo.

—No, no lo entiende… —masculló Jaime, e intentó seguirla, pero el dolor de su herida lo inmovilizó. Permaneció ahí contra la pared, sólo viendo impotente cómo se aproximaba a aquel bulto calcinado.

Mientras más se aproximaba, más Charlie se dio cuenta de que en efecto era una persona. Tras avanzar fuera de la llamas, se encontraba ahora inmóvil, tirado bocabajo contra un charco de agua que se había formado en el suelo. No había quedado ni un rastro de ropa o cabello en él. Todo su cuerpo estaba calcinado; un bulto de carne chamuscada roja y oscura, difícilmente reconocible como un ser humano. Pero aquello por sí solo le resultó… insólito.

Charlie tenía pleno conocimiento del alcance de sus poderes, y sabía muy bien que considerando la cantidad de calor que había arrojado… ni siquiera debería haber quedado eso, mucho menos debería haber sido capaz de moverse.

Pero como fuera, ahora estaba quieto en su sitio. Así que quizás, si acaso le quedaba un poco de vida encima, ésta ya se le había escurrido. Pero no tomaría riesgos.

No creía tener la fuerza mental o física para volver a usar sus poderes, por lo que buscó rápidamente alrededor algo más que pudiera usar. Divisó no muy lejos de sus pies un pedazo de madera suelta, quizás de algún mueble, lo suficientemente largo y duro; como un bate.

Se aproximó al arma improvisada, la tomó firmemente entre sus manos y se viró de regreso a aquella masa de carne quemada en forma de persona, dispuesta a aplastarle por completo la cabeza con ella. Se paró delante de él, alzó el pedazo de madera sobre su cabeza y… entonces notó algo que la dejó anonada.

Lentamente, la piel chamuscada estaba comenzando a cambiar de forma y color en algunas secciones; era casi como si alguien pasara una esponja sobre él, y poco a poco estuviera limpiando la suciedad para revelar debajo la piel real. Incluso en su cabeza comenzaba igualmente a surgir nuevo cabello oscuro y lacio. Era una visión extraña, casi surreal, pero todo parecía indicar que de alguna forma… se estaba curando.

—No puede… —masculló atónita, pero no fue capaz de terminar su frase pues en ese mismo momento, de un parpadeo a otro, aquella figura inmóvil se puso abruptamente de pie, justo delante de ella.

Charlie soltó un alarido de susto, retrocediendo con su arma improvisada aún en sus manos. Y miró horrorizada aquel rostro quemado, con piel carbonizada colgando de él, y dos cuencas vacías y negras en donde deberían estar sus ojos. E igual que en el resto del cuerpo, en pequeñas secciones de su rostro comenzaba a materializarse de nuevo piel sana, como pequeños lunares abriéndose paso.

Detrás de él, las llamas se alzaron con más fuerza, haciendo con todo que aquella visión pareciera sacada de las más horribles pesadillas del infierno.

—Felicidades… —murmuró aquel ser con voz carrasposa mientras avanzaba hacia ella lentamente, arrastrando un poco los pies por el suelo—. Ese ha sido por mucho… el mejor truco del día… —añadió del mismo modo que antes, aunque incluso se permitió sonar un tanto irónico.

Charlie comenzó a retroceder, horrorizada, pero siendo incapaz de desviar siquiera su mirada hacia otro lado. Y poco a poco también pudo ver, casi de forma hipnótica, como las cuencas de su cara volvían rellenarse, y aquellos fríos e intensos ojos azules volvieron a mirarla de regreso desde detrás de aquel rostro inhumano.

Desde su posición en el pasillo, Jaime igualmente vislumbró totalmente pasmado y petrificado como aquel muchacho casi literalmente se levantaba de entre los muertos. Pero, en lo que más se enfocaron sus cansados ojos y que no fueron capaces de ignorar, fue la parte trasera de su cabeza, aún casi descubierta sin nada de cabello. En general parecía sólo un montón de carne abrasada y sin forma. Pero entre toda esa superficie magullada… él lo vio; ahí, justo en su cabeza, casi brillando reluciente para que no se lo perdiera.

Y Jaime en ese momento tuvo la completa certeza.

—Oh, Dios mío… —soltó en voz baja, siendo las únicas palabras que podía usar para exteriorizar todo el horror que lo carcomía por dentro.

Sólo hasta ese momento Charlie pudo reaccionar de nuevo y recordar que tenía aquel trozo de madera en las manos. Sobreponiéndose como le fue posible a la impresión, se lanzó hacia el frente, jalando su arma con todas las fuerzas que tenía directo a la cabeza de Thorn, o lo que fuera esa cosa. No llegó a tocarlo donde quería, pues la mano izquierda del joven se alzó rápidamente y detuvo el pedazo de madera en pleno movimiento. Y con un fuerte tirón se lo arrebató de las manos, y luego lo jaló de nuevo al frente, siendo ahora él quien la golpeaba a ella directo a costado de su cabeza.

El cuerpo entero de Charlie dio un giro de ciento ochenta grados, y luego se desplomó de bruces al piso mojado. Su mente comenzó a dar vueltas, y estuvo realmente a nada de perder la consciencia ahí mismo; y de hecho, la opción le parecía incluso tentadora.

Se sentía ya tan cansada y tan adolorida… La sola idea de seguir luchando le resultaba agotadora. Pero algo, o alguien, dentro de ella le gritaba que no lo hiciera; que debía intentarlo un poco más… sólo un poco más.

Se apoyó en sus manos para alzarse y voltear a ver al peligro inminente que se acercaba. Lo vio en efecto caminando lentamente hacia ella; ya más de su piel había vuelto a la normalidad, igual que parte de su cabello. Charlie intentó arrastrarse por el suelo para alejarse de él. Notó de pronto que Damien se detenía, caía de rodillas al piso y agachaba su cuerpo hacia el frente, soltando un fuerte grito al aire, claramente de sufrimiento. Charlie se quedó paralizada, observándolo expectante.

Damien respiraba agitadamente. Alzó sus manos y las contempló fijamente, un poco absorto al ver cómo la piel dañada se iba recuperando a pedazos.

—Esto sí es fascinante… —masculló despacio, incluso acompañado por una risa irónica—. Así que ni siquiera algo como esto puede matarme… Pero quizás la muerte hubiera sido mejor opción… Mierda, cómo duele…

Se dobló hacia el frente, su frente casi tocando el piso. Más quejidos de dolor surgieron de su boca. Justo como su apariencia lo demostraba, no estaba precisamente en óptimas condiciones. Pero estaba vivo… y cada segundo que pasaba, se encontraba también un poco mejor.

En todos sus años, Charlie nunca había visto algo como eso. ¿Quién era ese chico en realidad? No podía ser sólo un resplandeciente más. Pero si no se trataba de eso, ¿qué era entonces…?

El sonido de motores acercándose y las hélices rotando opacó por unos momentos el sonido de la lluvia. Las luces de varios reflectores enfocaron desde arriba a través del hueco de la pared y el techo, cegándolos un poco.

Charlie, Damien y Jaime se viraron hacia la terraza al mismo tiempo, y lograron ver las figuras oscuras de al menos tres helicópteros sobrevolando y descendiendo en dicha área. De cada uno, justo después, vieron como por unas sogas comenzaron a bajar rápidamente varias personas, sumando quizás veinte en total, y comenzaron a aproximarse al interior del departamento, atravesando incluso las llamas. Todos usaban trajes negros, mascarillas protectoras, y la mayoría iban armados con rifles largos que sostenían y apuntaban al frente.

Era un escuadrón de asalto. Y Charlie supo de inmediato de dónde venían.

—No puede ser… —masculló por igual incrédula, sorprendida y, por primera vez, también un poco aliviada.

Damien logró en ese momento recuperarse lo suficiente para ponerse de pie y virarse hacia los recién llegados. Estos lo alumbraron con las linternas añadidas a sus armas, y su apariencia ciertamente los desconcertó bastante, e incluso hizo que algunos de ellos, siendo aún soldados entrenados, retrocedieran un paso. Ante ellos se erguía un muchacho totalmente desnudo, con varias partes de su cuerpo y cara seriamente quemadas o a carne viva, pero que seguía ahí de pie y los miraba de regreso.

—¿Qué demonios es esto? —masculló uno de los soldados, su voz apenas reflejando un poco de la impresión que lo envolvía.

—¿Es el objetivo? —murmuró el Sargento Lewis al comunicador incorporado en su careta.

—La lectura biométrica lo confirma —le informó uno de los elementos en los helicópteros por su altavoz—. ¿Pero qué le pasó?

Lewis ni nadie tenían una respuesta directa a ello. Viendo el escenario a su alrededor, parecía que una bomba hubiera explotado, y evidentemente el muchacho había sido víctima de ésta. Pero… ¿cómo es que teniendo esas quemaduras tan graves estaba ahí de pie como si nada? Debería estar muerto, o al menos inconsciente.

—Sargento —murmuraron con fuerza de nuevo por su comunicador—. Es Charlie McGee.

La atención del líder del escuadrón se enfocó en la mujer justo detrás del chico, que intentaba en esos momentos ponerse de pie. Y a diferencia de Thorn, su apariencia era fácilmente más reconocible. Eso resolvía un poco el misterio; aquello al parecer no había sido precisamente una bomba.

—Las órdenes siguen en pie, ¡andando! —exclamó Lewis con firmeza, y rápidamente les hizo con una mano el ademán a sus hombres para que avanzaran.

—¡¿Ahora que putas es esto?! —espetó Damien con fuerza, totalmente consumido por la ira, y por el dolor que lo invadían—. ¡¿Se pusieron todos de acuerdo para venir a joderme el día de hoy?!

Dos de los soldados se adelantaron rápidamente, apuntándolo directamente con sus rifles.

—¡De rodillas! —le gritó uno de ellos con voz de mando—. ¡Tus manos atrás de la cabeza!

—Púdranse… —le respondió Damien con brusquedad, agitando con desdén una de sus manos en el aire.

Ante ese gesto por parte del muchacho, y una sola mirada directa de éste, los dos soldados se detuvieron en seco en su sitio, se quedaron paralizados unos segundos, y luego abruptamente se viraron el uno al otro, apuntándose con sus armas de fuego. Esto dejó pasmados a todos los demás.

—¡No! —exclamó Gorrión Blanco, e instintivamente usando su telequinesis los quiso separar en direcciones contrarias. Pero fue muy tarde. Los gatillos fueron presionados un instante antes, y se dispararon el uno al otro repetidas veces, aun cuando sus cuerpos iban volando por el aire. Los primeros fueron a quemarropa contra el chaleco, atravesándolos irremediablemente y terminando heridos de gravedad.

Ambos cayeron en puntos contrarios de la habitación, totalmente inmóviles.

Aquello llamó poderosamente la atención de Damien, y su mirada se fijó directo en la única de ese grupo que no traía armas y que, a todas luces, había sido la que había empujado a los dos soldados de esa forma. Y la imagen de aquella mujer que esa tarde había entrado a su departamento, y lo había arrojado contra la alberca, se le vino rápidamente a la mente.

—¿Otro más…? —masculló con molestia.

—¡Bomba de humo! —ordenó Lewis, y rápidamente al menos tres de los soldados arrojaron al suelo latas de las que comenzó a surgir una densa neblina blanca que comenzó a cubrir todo aquel espacio.

Antes de que su visibilidad se cortara por completo, Charlie comenzó a andar, casi cojeando, hacia el pasillo en donde Jaime observaba todo, aún contra la pared.

—Esos no son policías, ¿o sí? —comentó nervioso el sacerdote.

—Son algo mucho peor —le respondió Charlie con sequedad. Y como pudo, aún cansada y adolorida pro todas sus heridas y golpes, se colocó el brazo de Jaime sobre los hombros para que pudiera apoyarse en ella—. Vamos, tenemos que irnos…

Ninguno estaba precisamente en la mejor condición, pero entre ambos de alguna forma lograron sostenerse mutuamente para no caer y salir por la puerta principal del departamento. A sus espaldas, los sonidos de combate, disparos y gritos no tardaron en volverse presentes, pero ninguno se viró a ver en lo absoluto.

—Me estoy enojado… ¡en serio…! —escucharon gritar con fuerza a Damien, y le siguió un fuerte estruendo que lo sacudió todo un poco.

—No saben contra lo que se enfrentan —musitó Jaime con voz un tanto divagante.

—Si son quienes creo, saben lo suficiente, se lo aseguro —le respondió Charlie con brusquedad, justo cuando estaban ya frente a los ascensores. Presionó entonces repetidas veces el botón de estos para mandar a llamar a cualquiera.

—No, tú tampoco lo entiendes —soltó Jaime, casi como una reprimenda. La tomó entonces de su brazo con todas las fuerzas que tenía (que no eran en realidad muchas), y mirándola fijamente a los ojos le murmuró despacio—. No sabes lo que ese chico es en realidad.

Charlie lo miró, un tanto turbada por su extraña declaración. Aunque, de cierta forma no tanto. Ella misma ya se había dado cuenta de que lo ocurrido en ese sitio no era como lo que había visto hasta entonces. El tal Damien Thorn… no era un resplandeciente cualquiera; ni siquiera estaba segura de que esa expresión sería adecuada para nombrarlo.

—¡Alto ahí! —escucharon de pronto que alguien gritaba detrás de ellos. Y al virarse de regreso al departamento, vieron a un grupo de cuatro soldados que venían por el pasillo justo en su dirección, sus armas en alto apuntando hacia ellos—. ¡Charlene McGee, no intentes nada! ¡Al suelo de rodillas!

Si acaso le quedaba alguna duda de que estos repentinos intrusos eran sus viejos amigos de la Tienda, que la llamaran justo por nombre y apellido se lo terminó de aclarar. En cualquier otra situación estaría encantada de enfrentarse a ellos, pero en su condición actual era evidente que no sería competencia alguna ni siquiera contra uno de ellos. Esperaba que al menos en realidad estuvieran yendo directo por Damien y eso le permitiera escabullirse, pero todo parecía indicar que Lucas Sinclair tenía tanto interés en vengar a Eleven como en atraparla.

El sonido del ascensor anunciando su llegada se hizo presente en ese momento, y un segundo después las puertas de éste se abrieron justo a su lado.

—Llegó su ascensor, padre —musitó Charlie con seriedad, y sin más tomó al sacerdote y lo empujó hacia el interior.

Jaime cayó de costado en el piso del ascensor. Y confundido y adolorido, alzó su mirada sólo para ver cómo Charlie no ingresaba, sino que sólo presionaba el botón de la planta baja, y luego se volvía a encarar a los soldados.

—¡No!, ¡espera…! —exclamó Jaime alarmado, mientras observaba impotente como las puertas volvían a cerrarse, y su misteriosa salvadora desaparecía de su vista.

Charlie escuchó las puertas cerrándose a sus espaldas, y el elevador comenzando a descender. Su atención, sin embargo, estaba fija en los cuatro soldados delante de ella, que no habían hecho intento de dispararle ni nada parecido en ese lapso de tiempo. De hecho, los cuatro permanecían de pie en su posición. Y aunque no les veía sus caras debido a las caretas que traían puestas, sus posturas mostraban evidente vacilación.

Bien, parecía que habían sido advertidos desde un inicio de lo que podía hacer; y el estado actual de la sala y la terraza al parecer se los había confirmado. Pero la triste realidad era que estaba gravemente herida, débil y cansada. Pero, al menos de momento, ninguno de ellos lo sabía.

Intentó mantenerse lo más firme y decidida posible, aunque mentalmente su cuerpo ya estaba desplomado en el suelo.

—¿Qué pasa, chicos? —musitó con tono jocoso, dando un paso hacia ellos—. ¿Los pongo nerviosos?

Los cuatro saltaron claramente alarmados, pero alzaron de inmediato más sus armas.

—¡Dije de rodillas!

—Será mejor que me hables más bonito, chico —le advirtió Charlie, e hizo entonces su última jugada enfocando en ese sujeto lo poco de fuerzas que le quedaban.

El resultado fue un poco vergonzoso. De haber estado en mejor condición, podría haber calcinado a los cuatro en una marejada de fuego. En su lugar, sin embargo, el chaleco de aquel en el que se había enfocado apenas y se había prendido en pequeñas llamas. El soldado retrocedió alarmado, palmeándose repetidamente con una mano para intentar apagar el fuego. Al mismo tiempo, sin embargo, otro más tuvo el valor de reaccionar, apuntar a la pierna izquierda de Charlie, y disparar. La bala la atravesó desde el frente hasta la parte trasera del muslo.

—¡Ah! —gimió la mujer con fuerza, y un instante después cayó al suelo. Y una vez ahí, justo como lo predijo, le resultó imposible volver a levantarse.

Su nueva herida apenas y le resultaba palpable en comparación con todas las demás; un grano de arena en todas las dolencias que inundaban su cuerpo.

Hasta ahí había llegado por esa noche…

Alzando con debilidad su mirada, pudo ver a los soldados aproximándose hacia ella, ya evidentemente más envalentonados.

—Los veré en el infierno, bastardos… —masculló llena de amargura mientras miraba a cada uno de ellos, como si pudiera de alguna forma ver sus rostros a través de sus máscaras.

Uno de ellos tomó su arma y la dejó caer con fuerza en contra de ella, golpeándola directo en la cara con la culata del rifle. Charlie fue empujada por completo de cara al suelo por tal golpe, y ahí se quedó, totalmente inmóvil.

Pero no iban a tomar ningún riesgo.

—¡El sedante!, ¡rápido! —gritó uno de ellos rápidamente, y sin espera otro más se aproximó a la mujer en el suelo. De uno de los compartimientos de su cinturón, sacó un pequeño dardo con líquido que de inmediato presionó y encajó contra la piel del cuello de Charlie. Y si acaso quedaba un poco de consciencia en ella, el confiable ASP-55 se encargó de arrebatárselo.

Para ese entonces, aquel que había recibido una dosis de calor logró ya aplacar las llamas de su chaleco, saliendo aparentemente ileso.

Los cuatro permanecieron quietos, aguardando a ver si su objetivo volvía a mover aunque fuera un dedo. Tras un rato, sin embargo, fue bastante evidente que no haría tal cosa; no en un buen rato.

—La tenemos —murmuró uno de ellos con alivio, bajando su arma.

—Al final no fue la gran cosa que decían todos, ¿no? —añadió uno de ellos con bastante orgullo, e incluso con algo de sorna. Sin embargo, el sentimiento no pareció ser compartido por sus compañeros, así que decidió mejor guardar silencio.

—¿Quién era el otro hombre? —preguntó otro más, mirando curioso hacia las puertas del ascensor cerradas.

—No importa —le respondieron con algo de brusquedad—. Tenemos que sacarla de aquí, rápido.

Dos de los soldados tomaron a la desmayada Charlie McGee de sus brazos, y sin mucha delicadeza comenzaron a jalarla de regreso al interior del departamento, y después hacia afuera en la terraza. Los helicópteros seguían sobrevolando, listos para la extracción en cuanto fuera conveniente. Pero antes de eso, debían encargarse de su objetivo principal.

— — — —

Todo alrededor de Gorrión Blanco se sumió en completa confusión y caos. En cuanto bajó del helicóptero y tuvo que pasar por esas llamaradas de fuego, todo su cuerpo se tensó inexplicablemente. Sintió de golpe que estaba en otro lugar, en otro momento. A su alrededor escuchaba los gritos de los demás soldados, pero escuchaba también algo más. Había música retumbando en su cabeza, y también voces que reían estridentemente… y luego gritaban de horror mientras todo se cubría de llamas.

Apenas logró reaccionar un poco al ver a aquellos dos soldados a punto de dispararse.

Luego soltaron las bombas de humo, y todo se volvió aún más confuso. Escuchaba los disparos y los gritos de sus compañeros, y se mezclaban con las voces en su cabeza. ¿Quiénes eran esas otras personas? ¿Por qué la atormentaban en ese mismo momento?

Mientras todos avanzaban e intentaban someter al objetivo, ella no pudo dar demasiados pasos antes de caer de rodillas y sujetarse su adolorida cabeza con ambas manos.

¿En dónde estaba? ¿Qué era lo que estaba ocurriendo a su alrededor? ¿Quién era ella realmente…?

—¡Gorrión Blanco! —escuchó la voz de Francis a su lado, y justo después sintió como la tomaba de un hombro y la sacudía. Se viró a verlo, notablemente agitada, logrando apenas distinguir sus ojos a través del visor de su máscara—. ¡Reacciona!, ¡tenemos que movernos!

La jaló con algo de brusquedad para obligarla a pararse y avanzar con él más adentro en la cortina de humo. Carrie escuchaba su propia respiración agitada resonando en el interior de su careta.

Se fueron acercando cada vez más al origen de los disparos, y a poco logró ver entre la neblina blanca a un grupo de soldados intentando dispararle al objetivo. Pero a pesar de sus visores térmicos, parecía como si no lograran enfocarlo como es debido, y de un parpadeo a otro desaparecía de sus vistas sin que pudieran entender qué pasaba.

En un momento, vieron surgir de la neblina el cuerpo de uno de los soldados, volando como proyectil en su dirección. Francis se lanzó al suelo, tumbándola también a ella para así evitar ser golpeados. La cabeza de Gorrión Blanco se goleó un poco al caer, y al abrir los ojos por unos momentos vio un sitio totalmente diferente.

Había muchas luces, personas al frente riéndose, y debajo de ella…

Había sangre.

Al bajar su mirada al suelo, lo que vio fue puro rojo; un gran charco rojo que se extendía en sus rodillas. Y en éste, logró ver el reflejo de un rostro; ¿su rostro…?

Algo de nuevo la sacudió, y al mirar otra vez volvió a estar envuelta en el humo. Al alzar su mirada, contempló a un soldado a unos metros de ella, sujetando nervioso su arma, mientras miraba en todas direcciones.

Y de un segundo a otro, la figura de aquel chico desnudo y quemado surgió justo delante de él, como si se hubiera materializado en la neblina. El soldado exclamó con sorpresa, y se dispuso a disparar. Pero justo antes de que pudiera accionar el gatillo, Damien tomó firmemente el cañón del arma y lo desvió hacia otro lado. Los disparos que surgieron terminaron dándole a otro soldado que se aproximaba por un costado, y éste cayó al suelo, no muy lejos de dónde Gorrión Blanco se encontraba.

El muchacho le arrebató justo después el arma de un jalón, y golpeó al soldado justo en la cara con la culata, rompiendo su visor. El soldado cayó al suelo de espaldas, totalmente aturdido. Y antes de que pudiera levantarse de nuevo, el chico pegó el cañón del arma contra su cara, y de varios disparos le terminó de destrozar su máscara, y su cara de paso.

Carrie desvió su mirada hacia otro lado por mero reflejo, horrorizada por lo que acababa de ver. Respiró hondo, se calmó lo mejor que pudo, y entonces se apresuró a mirar de nuevo e intentar usar sus poderes; que justo para eso la habían traído. Pero en cuanto se volteó, el objetivo había desaparecido, y sólo quedaba el soldado muerto tirado en el piso.

Miró hacia su lado. Francis tampoco estaba ahí. ¿En qué momento se había ido?

Se apresuró a pararse lo más rápido que pudo, pero sus piernas le temblaban.

“******, déjame ayuda…”

Escuchó de pronto que alguien pronunciaba justo delante de ella. Y al mirar de nuevo, pudo ver a alguien extendiéndole una mano, ofreciéndosela para ayudarla a pararse. ¿Quién era? Parecía una mujer adulta en un vestido de fiesta. No le pudo ver bien el rostro, pues justo en ese momento el cuerpo de aquella visión fue abruptamente jalado hacia atrás, perdiéndose en la neblina.

Vio justo entonces a un grupo de tres soldados, acercándose apuntando al frente con sus armas. Gritaron algo, pero a Carrie no llegaron dichas palabras; todo era como un intenso silbido en sus oídos.

La figura de aquel chico se materializó poco a poco en el humo delante de ellos. Los tres soldados intentaron dispararle, pero sus armas por algún motivo se atoran al mismo tiempo y ninguno logró dar ni un solo disparo. Y cuando intentaron vislumbrar a Damien por sus visores, su imagen se distorsionó y cambió, y ante ellos parecía más bien estar una enorme bestia de varios metros, alzándose sobre ellos. Eso los dejó helados, e incapaces de moverse para el instante en el que él, aún con el rifle que le había quitado al otro soldado, comenzó a dispararles repetidas veces, hasta que el arma se quedó totalmente vacía. Los tres cayeron al suelo, al menos dos de ellos al parecer muertos, y uno más apenas moviéndose.

Damien tiró entonces el arma con desdén hacia un lado, y comenzó a avanzar. El soldado herido se arrastraba por el suelo intentando alejarse, pero cuando vio a Damien cerca de él, sacó un cuchillo de combate de su cinturón, e intentó apuñalarlo con él directo en el abdomen. Su intento se quedó sólo en eso cuando el chico lo tomó firmemente de su muñeca, y la hoja del cuchillo ni siquiera lo tocó. Le torció entonces la muñeca con fuerza, haciéndolo gritar de dolor, y a su vez que soltara el cuchillo. Lo golpeó justo después con su otro puño, haciendolo caer de espaldas al suelo con el resto de los caídos. Y ya ahí, su atacante se paró a su lado, alzó su pie derecho, y lo dejó caer con tremenda fuerza contra su cabeza, comenzando a golpearlo repetidas veces, aplastando su careta y su cara…

Sólo hasta ese momento Gorrión Blanco logró al fin reaccionar. Su mente se asentó en el presente, y se enfocó en la horrible amenaza que se alzaba justo delante de ella.

—¡Basta! —gritó la chica con fuerza, enfocando todas su fuerzas justo al frente.

Y de la nada, no sólo Damien, sino toda la neblina, los escombros, los rastros de muebles… todo fue empujado por aquella energía invisible, cruzando todo aquel espacio e incluso atravesando el muro que separaba la cocina de la sala.

El cuerpo de Damien cayó en el suelo de la cocina rodando sobre éste y quedando tirado bocabajo, bastante aturdido. Carrie avanzó con paso firme hacia él, parándose en el agujero que se había abierto en el muro. Y antes de que pudiera recuperarse lo volvió a alzar, haciendo que se golpeara fuertemente contra la lámpara del techo, saltando varias chispas cuando ésta estalló. Luego lo hizo caer al piso una vez más, sólo para justo después aventarlo con aún más fuerza hacia un lado, golpeando fuertemente el refrigerador, abollándolo.

Damien cayó entonces de nuevo al pie de la nevera, quedándose ahí tirado. Rastros de leche y agua comenzaron a filtrarse de la puerta averiada, comenzando a mojar el piso.

Gorrión Blanco se sintió agotada de golpe, y un pequeño dolor comenzó a palpitarle en el costado derecho de su cabeza. Pero nada de eso era lo suficientemente fuerte para detenerla. Ingresó entonces cautelosa a la cocina, aproximándose al chico caído, siempre lista para mandarlo a volar al primer signo de peligro. Y éste justamente se hizo presente, cuando ante su mirada casi atónita comenzó a alzarse, apoyándose como le era posible en la puerta casi caída del refrigerador.

Carrie se apresuró a volver a someterlo con su telequinesis. Sin embargo, él abruptamente se viró hacia ella. Y en cuanto sus profundos ojos azules se posaron en ella, sintió como todo su cuerpo se quedaba estático, y su mente se ponía en blanco, dificultándole lograr pensar en cualquier cosa con claridad… ¿Qué era lo que estaba por hacer exactamente?

No sabía qué le ocurría, pero no pudo hacer nada más que quedarse ahí quieta, viendo impotente como aquel sujeto se volvía a poner de pie como si nada hubiera ocurrido. Y justo cuando él se levantó, ella cayó abruptamente de rodillas, como si le fuera imposible sostener su propio peso.

Aquel chico comenzó a avanzar lentamente, y ella continuaba sin ser capaz de mover ni un sólo dedo. Cada paso que él se aproximaba, comenzaba a invadirla un profundo y agobiante terror. Su corazón se agitaba con fuerza, y la respiración que resonaba en el interior de su careta se volvía más y más presente.

—¿Y tú quién demonio eres? —masculló aquel chico con furia, y rápidamente colocó una mano sobre su cabeza, apretando sus dedos fuertemente contra su cráneo—. No importa…

El dolor que comenzó a invadirla en ese momento fue simplemente indescriptible; algo que ni siquiera podía concebir que un ser humano fuera capaz de sentir. Era como si varias manos invisibles comenzaran a apretarle su cabeza con fuerza por todos lados, y a su vez lo que estaba dentro de ella empujaba hacia afuera como queriendo salirse. Y todos los huesos de su cuerpo vibraban por la misma sensación, y en su mente podía visualizarlos desquebrajándose como las grietas de una pared.

Pero nada de eso era real; sólo estaba pasando en su cabeza, ¿cierto?

Pero eso no importaba. El dolor era real; endemoniadamente real…

Comenzó a gritar desesperada, y gruesas lágrimas comenzaron a recorrerle el rostro. Quería tirarse al suelo y ahí quedarse, pero su cuerpo seguía aún inmovilizado por esa fuerza invisible. Ni siquiera parecía tener permitido desviar su mirada hacia otro lado, y sólo podía tenerla fija en aquel rostro chamuscado y frío, que la miraba de regreso con absoluta indiferencia mientras las destrozaba por dentro.

Entre un choque de dolor y otro, su mente comenzó a divagar de nuevo. Pequeños destellos de otro tiempo y sitio llegaban a su mente, cegándola como las luces intermitentes de un vehículo.

De nuevo esas personas con trajes y vestidos elegantes, esa música, esas luces… Las risas, los gritos, el fuego…

“¡Que lo tape!, ¡que lo tape!, ¡que lo tape!”

“******, yo no…”

“¡¿Qué hicieron?! ¡¿Quién hizo esto…?!”

“¡Que lo tape!, ¡que lo tape!, ¡que lo tape!”

“******, espera…”

“******, déjame ayuda…”

“¡Que lo tape!, ¡que lo tape!, ¡que lo tape!”

“******, tranquilízate, por favor.”

“No me obligues a lastimarte… No quiero hacerlo…”

“¡Que lo tape!, ¡que lo tape!, ¡que lo tape!”

«Por favor, ******… no me lastimes…»

“******”

“¡Carrie!”

—¡¡AAAAAAAAAh!! —gritó Gorrión Blanco en ese momento con todas las fuerzas que su garganta y pecho eran capaces de generar. Y al mismo tiempo, dejó salir todo lo que tenía guardado en su interior, y absolutamente todo a su alrededor fue empujado en todas direcciones lejos de ella.

Los bancos de la barra, casi la barra entera, el refrigerador, las puertas de los anaqueles fueron arrancados de sus bisagras, los mosaicos del piso se hicieron pedazos, los muros de la cocina… Todo fue golpeado con la energía generada por su cuerpo y arrojado por los aires. Y, por supuesto, el chico delante de ella también lo hizo. Su cuerpo entero voló hacia atrás, chocando de nuevo contra el muro con tanta fuerza que cualquier otra persona de seguro se hubiera hecho pedazos por el impacto. Él, sin embargo, sólo cayó de narices al piso, rebotando un poco contra éste.

Pero Gorrión Blanco no había terminado.

Se puso rápidamente de pie, y concentrando todo ese golpe de energías renovadas alzó a aquel sujeto por los aires y lo volvió a estrellar contra la pared. Lo estrelló una, dos, tres, cuatro… repetidas veces, una y otra vez, hasta que el muro cedió y terminó atravesándolo, cayendo en la habitación que se encontraba al otro lado.

No hubo ningún segundo de descanso.

Gorrión Blanco de inmediato corrió hacia el agujero en el muro, y en cuanto contempló al chico en el suelo, lo alzó una vez más arrojándolo contra la pared de un lado, luego contra la otra, y luego contra el techo, zarandeándolo por todo ese espacio como una simple pelota.

Ya ni siquiera recordaba con claridad qué estaba haciendo ahí, quién era ese chico, o por qué estaba haciendo todo eso. Simplemente la ira se había apoderado de ella, y se desbordaba sin control, como las llamas incontenibles de un incendio consumiéndolo todo a su paso.

Pero poco a poco ese combustible se fue agotando. El dolor que hasta hace poco la había invadido fue volviendo gradualmente. Sus piernas comenzaron a flaquear, y su cabeza se sentía casi como si estuviera a punto de explotarle por completo. Lo último que pudo hacer fue estrellar a Damien contra el techo, y luego simplemente soltarlo para que cayera por mero efecto de la gravedad al suelo.

Gorrión Blanco ya no pudo sostenerse más justo después de eso. Cayó sobre sus rodillas, y luego se desplomó sobre su costado, inmóvil. Aun así, logró escuchar fugazmente como aquel sujeto soltaba un fuerte alarido de dolor… o quizás de enojo.

—¡Maldita… perra! —exclamó Damien con voz entrecortada, mientras se giraba sobre su espalda. Además de sus quemaduras, ahora tenía marcas y raspones de golpes por varias partes de su cuerpo. Pero seguía con vida y, de cierta forma, en una sola pieza—. Voy… a matarte… voy a…

Lentamente de viró para colocarse de nuevo pecho a tierra, y empezó entonces a arrastrarse por la alfombra hacia donde Gorrión Blanco yacía. Le resultaba difícil mover cualquier parte de su cuerpo sin ser presa de un choque de dolor, pero siguió adelante sobreponiéndose a ello, alimentado quizás únicamente por el odio desbordándose por sus venas.

Estando ya a una distancia adecuada, extendió su mano temblorosa y lacerada hacia ella para tomarla de nuevo de su cabeza, y así terminar de una maldita vez con ella; aunque tuviera que estrellarle su cara contra el piso repetidas veces como ella lo había hecho con él.

Estuvo a nada de alcanzarla, y su atención estaba tan puesta en ese único objetivo, que no se dio cuenta en lo absoluto de que alguien ingresa a sus espaldas por la puerta de cuarto y se le aproximaba rápidamente por detrás. Y cuando logró ser consciente de ello, dicha persona ya estaba prácticamente sobre él. Y antes de que pudiera siquiera voltear a mirarlo, el extraño aproximó de golpe su mano hacia su cuello, encajándole algo. Y de entre todo el dolor que lo invadía, Damien sintió el claro piquete de una pequeña aguja.

—¿Qué me…? —musitó despacio, perplejo. Las palabras se volvieron borrosas en su mente, pues casi de golpe comenzó a sentir que todo le daba vueltas, y su visión se volvía borrosa, hasta teñirse de negro—. Bastardo…

Su cuerpo cayó por completo al suelo, y ahí se quedó. El ASP-55 surtió efecto tan rápido y preciso como prometía.

Una vez que el objetivo se quedó quieto, el soldado se paró rápidamente, alejándose unos pasos. Con una mano se arrebató su careta para poder respirar con mayor facilidad. Debajo se mostró el agotado y agobiado rostro del Sargento Francis Schur. El soldado siguió sujetando su arma firmemente en dirección al chico, esperando que en cualquier momento se moviera. Tras unos segundos fue capaz de calmarse un poco al ver que eso no pasaría.

Francis bajó su arma y acercó su careta a su boca únicamente para poder hablar por el comunicador de ésta.

—El objetivo está asegurado —reportó con la mayor serenidad posible—. Realicen extracción, ¡ahora!

No se detuvo a escuchar si alguien le confirmaba, pero en verdad deseaba que alguien le hubiera oído. En su lugar, se aproximó rápidamente a Carrie en el suelo, se agachó a su lado y comenzó a alzarla para que se sentara. En cuanto la tocó, la joven comenzó a reaccionar poco a poco.

—Gorrión Blanco, ¿estás bien? ¿Me escuchas? —Le murmuraba despacio mientras la sujetaba, y con una mano le retiró rápidamente su careta. Al hacerlo, Francis miró con cierto asombro que su rostro estaba cubierto de sangre…

Había sangrado por su nariz, oídos, boca e incluso sus ojos… ¿Había sido debido a lo que ese sujeto le había hecho? ¿O era acaso un efecto secundario del uso desmedido de sus propios poderes?

Como fuera, aún respiraba, y eso era lo que contaba de momento.

—Lo hiciste bien; lo tenemos —le informó Francis con inusual optimismo. Los ojos de Gorrión Blanco se abrieron débilmente y lo miraron con confusión—. Ven, tenemos que salir de aquí.

Francis la ayudó a pararse, y colocó un brazo de ella alrededor de su cuello para ayudarla a caminar. Los siguientes minutos fueron muy confusos para Gorrión Blanco, pues sentía que iba y venía de la inconsciencia. En un momento notó a algunos soldados entrando al cuarto mientras ellos salían, y al mirar hacia atrás los vio rodeando el cuerpo de aquel muchacho, y al parecer comenzaban a cargarlo entre varios.

En otro momento, al volver a abrir los ojos, pasaron caminando entre los cuerpos de al menos cinco soldados caídos. Entre ellos, reconoció a uno. Aquel que intentó apuñalar al objetivo y terminó con su cara aplastada… Y lo que quedó de ésta, dejaba claramente a la vista que era el Sargento Lewis, que la miraba desde el piso con uno de sus ojos, ligeramente sobresaliendo de su cuenca de una forma grotesca.

De nuevo unos segundos de negrura, tras los que sólo pudo volver a reaccionar por el estridente sonido de los helicópteros. Ya estaban en la terraza. Dos personas estaban siendo transportaos en camillas, y estaban siendo subidos con bandas a uno de los helicópteros. ¿Heridos? No, cuando logró enfocar lo suficiente se dio cuenta de que uno era el muchacho con quemaduras, y la otra era una mujer rubia; ambos inconsciente. El rostro de ella le pareció fugazmente conocida por su foto en el expediente.

Los ojos de Gorrión Blanco volvieron a cerrarse en ese instante, y no volvieron a abrirse en un largo rato…

— — — —

Todo ocurrió en cuestión de un par de segundos. Aquella explosión que la arrojó hacia atrás, haciendo que se golpeara la cabeza y perdiera el conocimiento por… ¿por cuánto tiempo había sido? No lo sabía, pero cuando Verónica al fin logró despertar, todo era un completo caos sin sentido a su alrededor.

Había fuego a lo lejos, una densa neblina blanca flotando a su al redor, y el lejano sonido de pasos y voces. Sentía la lluvia caer sobre su cara que entraba por un prominente hueco que se había formado en el techo justo sobre ella. ¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaban aquel hombre y aquella mujer? ¿Dónde estaba Damien…?

En cuanto intentó moverse y levantarse, su cuerpo entero le ordenó que no lo hiciera, y terminó cayendo de nuevo sobre su espalda. La herida de su costado se volvió a hacer presente, y en cuanto dirigió su mano a esa área, la sintió totalmente empapada. ¿De agua?, ¿de sangre?; quizás de ambas.

Y no era lo único. Cuando intentó mover su pierna izquierda, ésta igualmente le dolió horriblemente, y la sentía enganchada con algo. Se alzó sólo un poco para poder verla mejor, y vio con espanto cono a la altura de su pantorrilla, una varilla de acero sobresalía, atravesándola desde atrás hacia adelante.

—Oh, Dios… —exclamó entrecortada, no pensando en la ironía de que esa fuera justo la expresión elegida por ella.

Intentó sentarse de nuevo, sobreponiéndose un poco al dolor de su costado.

—Damien… Damien… —pronunció repetidas veces. En su cabeza creía que gritaba, pero en realidad sus palabras apenas y surgían como un débil hilo de voz de su boca.

El sonido de los helicópteros se hizo presente en sus oídos. Se giró cómo le fue posible en dirección a la terraza, o a donde creía que estaba la terraza pues todo era tan confuso que ni siquiera estaba segura de en qué punto se encontraba. Ahí pudo notar las largas figuras negras que poco a poco iban elevándose, alejándose en el aire.

—A… Auxilio… ¡Auxilio! Por favor, ayúdenme…

De nuevo su voz no llegó a nadie en lo absoluto. Desde su lecho, sólo pudo ver impotente como aquellos helicópteros se alejaban, dejándola atrás totalmente sola.

—No… no… —pronunció despacio. Su cuerpo se dejó caer hacia atrás de nuevo, terminando recostada contra los duros escombros que le lastimaban la espalda—. No puede terminar así… No… no quiero que termine así…

Sin proponérselo, comenzó a sollozar, y pequeñas lágrimas comenzaron a recorrerle el rostro… O quizás era sólo el agua de lluvia. Sentía su cuerpo tan apagado que dudaba que fuera capaz de producir alguna lágrima. Y tenía tanto frío, tanto dolor, tanto miedo…

¿Ahí terminaba su glorioso destino? ¿Hasta ahí llegaban las grandes cosas que estaban preparadas para ella? ¿Eso había sido todo? Tanto esfuerzo, tanto que había soportado, tantas veces que se había levantado tras caer… ¿para qué? ¿Qué había logrado u obtenido? ¿Sólo tener una horrible y solitaria muerte en ese sitio derruido en dónde nadie siquiera lloraría por ella?

—No quiero… no quiero morir así… —murmuró despacio entre sollozos—. Mamá… ayúdame por favor…

Y en ese momento sintió una mano cálida colocándose sobre su cabeza, acariciándole dulcemente sus cabellos mojados. Verónica se sobresaltó asustada, y se giró lentamente hacia un lado. Su vista borrosa no le dejó al inicio ver con claridad quién era, y por un instante su mente divagante en verdad creyó que se trataba de su madre. Pero cuando logró enfocarse lo suficiente, pudo distinguir mejor aquel rostro afilado, esos cabellos rubios rizados, y los ojos azules que la miraban de regreso.

—Tranquila, tranquila —murmuró despacio aquella mujer en un impecable vestido blanco, sin ninguna mancha o rastro de humedad en él—. No llores, querida. Las niñas grandes no lloran, ¿recuerdas?

Verónica sintió un nudo en la garganta que le cortó por completo la respiración. Aquello que se aparecía ante ella no podía ser real. Tenía que ser una alucinación… o algo mucho peor.

—No… puede ser… —susurró despacio, aún presa de su agobiante debilidad—. ¿Gema…?

La mujer de blanco le sonrió ampliamente de regreso, de una forma que quizás intentaba parecer reconfortante, sin lograrlo en realidad…

FIN DEL CAPÍTULO 110

Notas del Autor:

¡Uff!, al fin salió esto. No tienen idea de lo complicado que fue escribir este capítulo; creo que de hecho ha sido de los que más dificultad me ha dado recientemente. Esto debido a todo lo que tenía que pasar, todas las secuencias de acción, las reacciones y descripciones… En fin, fue bastante complicado. Espero no haya terminado demasiado confuso y raro y se haya entendido todo lo que pasó. Igual ya saben, cualquier duda o algo que no haya quedado claro, me pueden preguntar en los comentarios.

Ya casi terminamos con este arco de Los Ángeles. ¿Qué les ha parecido todo hasta ahora? Estoy muy emocionado por las cosas que vienen. Espero en verdad les agrade, pues ha sido una tarea ardua llegar hasta este punto. Pero espero todo valga la pena al final. ¡Nos seguimos leyendo!

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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