Original El Manto de Zarkon – Capítulo 46. Una noche, más de veinte años atrás

19 de febrero del 2022

El Manto de Zarkon - Capítulo 46. Una noche, más de veinte años atrás

Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 46.
Una noche, más de veinte años atrás

Los seis caballos y sus jinetes avanzaron con velocidad moderada por el angosto paso de Verut, en las montañas Rotaks; un camino que de por sí era peligroso recorrer de día, no se diga de noche. Tres de los jinetes (dos al frente, uno atrás) sostenían linternas de aceite, alzadas sobre sus cabezas para alumbrar, mientras con su otra mano maniobraban las riendas. La luz de las llamas era débil, pero debía bastarles de momento para no caer por la orilla del barranco, hacia la absoluta oscuridad que se cernía a sus pies.

Aquello ocurrió en un tiempo ya lejano; más de veinte años antes de que Frederick e Isabelleta emprendieran aquel viaje a Volkinia Astonia. Ambos eran apenas unos pequeños niños risueños y felices, viviendo en sus respectivas naciones y separados por miles de kilómetros de mar. Pero en un punto entre esas densas y escabrosas montañas, un sitio que en aquel momento ninguno podría siquiera señalar en un mapa, sucedió un hecho importante. Tan importante que durante los años posteriores, aquella fría noche de finales de invierno seguiría viviendo con fuerza en la mente de todos los que estuvieron presentes. Aun así, parecería que cada uno de ellos la recordaba de forma diferente.

Algunos afirmaron que la Diosa Lusin hizo que una hermosa luna llena alumbrara las montañas, posándose justo sobre aquel pequeño poblado como si de su propio ojo se tratase, y deseara observar todo lo que ocurría con detenimiento.

Otros describirían lo contrario: que de hecho no hubo luna, y que en su lugar Lusin cubrió el cielo de un hermoso manto de estrellas, como si quisiera abrigar y calentar al recién llegado con él.

Unos pocos, y quizás los más acertados, dirían que el cielo estaba totalmente cerrado, y no hubo ni luz de luna ni estrellas, sino una casi agobiante penumbra.

Pero poco importaba realmente el estado del cielo en aquel momento, pues posiblemente ninguno de ellos lo volteó a ver siquiera. Tendrían la atención puesta más que nada en lo que pasaba justo frente a sus ojos, y no sobre sus cabezas.

Kisha, cabeza de la Tribu de la Serpiente, llegó al lugar muy entrada la madrugada montada en su hermosa yegua blanca de crin negra, y acompañada de cinco de sus mejores guerreros. La corpulenta zarkonia de cabello oscuro y piel grisácea, se acercó a toda velocidad a la entrada del poblado, compuesto por no más de veinte casas de adobe y madera, y rodeadas casi por completo por altos riscos. Frenó de golpe al estar ya frente a la primera casa, y sus acompañantes la imitaron.

Alumbrados por diferentes antorchas encendidas y colocadas a lo largo de la calle principal, logró distinguir las siluetas de tal vez cuarenta o más de sus hermanos; prácticamente todo el pueblo, despierto a pesar de lo tarde que era. Algunos iban y venían de un lado otro con alarma en su andar, pero la mayoría se encontraba justo frente a una casa en especial; la tercera del lado izquierdo. Y algunos de ellos, además, se encontraban arrodillados en el suelo, con sus ojos cerrados y sus manos juntas frente a ellos, lanzando alabanzas al cielo en forma de inaudibles susurros.

La casa en cuestión era pequeña, cuadrada, y sólo tenía una manta púrpura y roja colgada al frente como puerta. Dos hombres altos y armados con espadas se encontraban de pie a cada lado del umbral. Al parecer eran guerreros del pueblo, y alguien les había asignado la misión de no dejar que nadie entrara; o quizás ellos mismos se habían dado dicho deber (u honor).

Sin duda, ese debía ser el lugar que buscaba.

Kisha desmontó rápidamente sin esperar siquiera a que alguien se le acercara, y caminó con pasos apresurados hacia la masa de gente. Sus pesadas botas de piel, igual que el grueso abrigo que la cubría, resonaban contra la nieve en el suelo. En cuanto los más alejados de la casa sintieron su presencia, se pusieron de pie y se le acercaron apresurados, notándoseles un sin número de emociones en el rostro.

—Gran Kisha —dijo de golpe una mujer zarkonia de piel gris como la suya—, es un milagro, un verdadero milagro. ¡El Rash ha nacido! ¡Nuestro salvador está aquí!

—Yo ya lo vi con mis propios ojos —añadió justo después un hombre delgado y alto, igual de piel grisácea aunque un poco más oscura—. Tiene que ser una señal, Gran Kisha. La Diosa nos ha enviado a un nuevo Rash justo en estos momentos de desesperación. ¡Algo grande debe de estarse acercando!

Kisha no reaccionó de forma muy notable ante aquellos comentarios, y prefirió en su lugar seguir avanzando. La mayoría le abrió paso sin que siquiera necesitara pedirlo, pero con otros más fue necesario hacerlos a un lado de forma más brusca. Varios se le acercaron y murmuraron frases parecidas a aquellas primeras. Hablaban de milagros, regalos del cielo, señales divinas, y, sobre todo, repetían seguido la misma palabra: “Rash.”

La guerrera zarkonia siguió sin ponerles atención, y continuó andando en línea recta hacia la casa sin importarle quien estuviera de pie o arrodillado en su camino.

«¡Callen sus estúpidas bocas, todos ustedes! Si alguien vuelve a mencionar la palabra Rash, juro por Lusin que le partiré su cabezota en dos» pensaba Kisha con bastante ira contenida, además de intensas ganas de gritarlo en voz alta. Pero ella sabía que no le convenía expresar tan abiertamente su opinión. No aún, al menos; no hasta que tuviera toda la información.

Todo el camino se había estado diciendo a sí misma que aquello debía ser sólo un malentendido, un chisme, o una mera confusión por parte de esos pueblerinos supersticiosos que veían señales divinas hasta en su estofado. Lo que afirmaba aquel mensaje que le habían enviado atado a la pata de un halcón, era simplemente una tontería, y de inmediato lo había descartado como tal. Y, sin embargo… ahí se encontraba. A pesar de su reticencia, ese dichoso mensaje la había hecho salir disparada de inmediato desde la Gran Ciudadela de Lacksen, hasta ese poblado ubicado a diez kilómetros de distancia.

¿Qué decía eso de ella? ¿Sería acaso que no estaba del todo segura de que se tratara de una mera histeria colectiva de esas personas?

Como cualquier otro miembro del sagrado pueblo de Zarkon, Kisha se consideraba por completo una creyente de Lusin; quizás más de lo que ella misma se atrevía a aceptar. Pero su fe tenía ciertos límites, y eso incluía el creer ciegamente en algunas historias que no estaban muy lejos de ser meros cuentos para niños. Y la dichosa leyenda del Rash era quizás el principal de esos cuentos, que incluso su padre le había llegado a contar varias veces cuando era pequeña, y los niños solían hablar y jugar que eran él. Pero los adultos, en su mayoría, comentaban al respecto más como una anécdota divertida o curiosa. Los únicos que sí solían tomarlo totalmente en serio eran los ancianos, los más arraigados a las viejas costumbres y que tomaban dicha leyenda como una verdad incuestionable, y una profecía que habría de cumplirse.

Y, según todo ese pueblo, la dichosa profecía se acababa de cumplir justo en ese lugar y momento. Y todos esos adultos hablaban de pronto como niños, soñando y fantaseando con que aquello fuera real. Incluso sus propios guerreros que la habían escoltado se reservaron el dar alguna opinión directa en su presencia, pero supo con sólo ver sus miradas que el contenido del papel les había llegado, y que ideas que no se atrevían (aún) a decir con palabras se acumulaban en sus cabezas.

Kisha se sentía abrumada y confundida por todo eso. ¿Podría existir la remota posibilidad de que fuera cierto? ¿Sería plausible que esa absurda y vieja leyenda resultara ser cierta? Y si lo era, ¿qué significaba exactamente?; en especial considerando el momento justo en que ocurría que, dependiendo de en qué ángulo lo viera, no podría ser un momento mejor… o peor…

La guerrera zarkonia se paró firme justo enfrente de la manta que cubría la entrada. Respiró hondo, intentando calmarse lo mejor posible antes de entrar. Aproximó su mano con la intención de hacer la manta hacia a un lado, pero su intento se detuvo cuando el sonido de otro grupo de caballos aproximándose captó su atención y la de todos los presentes.

Se viró de nuevo, con su mano aferrada a la empuñadura de la espada de hoja curva en el costado izquierdo de su cintura. Los guerreros que la acompañaron hicieron justo lo mismo. Su alarma se calmó (al menos un poco) cuando el nuevo grupo de jinetes aparcó justo al lado de los guerreros de Tribu de la Serpiente, y estuvieron lo suficientemente cerca para que el fuego de las antorchas iluminara las túnicas plateadas y doradas que cubrían prácticamente todo su cuerpo, incluidos sus rostros y cabezas.

«Maldito sea el katoh» pensó Kisha con frustración al reconocer, al igual que todos los otros, a los cuatro jiroths; los sacerdotes y chamanes de Lusin.

A Kisha no le extrañó que les hubieran avisado también; algunos opinarían que el asunto les concernía más a ellos, aunque Kisha no compartía esa misma opinión. Lo que en realidad sorprendía y confundía a la guerrera zarkonia, era que hubieran llegado tan rápido; prácticamente unos minutos después de ellos, cuando el templo de Lusin más cercano del que Kisha tuviera conocimiento se encontraba a lo menos una hora más de camino que Lacksen.

Pero si aquello no era suficiente, a su asombro inicial se le sumó el momento en el que los sacerdotes comenzaron a bajarse de los caballos, y uno en especial pareció tener algunos problemas debido a lo pequeña de su estatura.

—Ayúdenme a bajarme, ¡vamos! —se escuchó como el pequeño jiroth pronunciaba con una voz chillona. Su caballo parecía ser también relativamente más chico, acorde al jinete.

—No puede ser —soltó Kisha de pronto, sin darse cuenta de que en verdad lo había dicho en voz alta. Aquel individuo sólo podía tratarse del Fah Jiroth Attso, el sumo sacerdote de Lusin y máximo líder de la religión zarkonia. ¿Había venido él en persona?

«Esto tiene que ser un chiste» se dijo Kisha a sí misma, aún incrédula de la situación que se cernía ante ella, y cuidando en esa ocasión de no pronunciarlo con su boca.

¿Qué hacía Attso en persona tan lejos del Templo Mayor, para empezar? Quizás por primera vez el maldecir al katoh, la voluntad de Lusin de que algo pase aunque uno no lo quiera, nunca había sido tan atinado.

Dos de los otros hombres de túnicas plateadas se dirigieron apresurados al sacerdote pequeño y lo ayudaron a bajarse, tomándolo cada uno de un costado y colocando sus pies en la nieve. Una vez en el suelo, su estatura se mostró incluso menor de lo que parecía; a lo mucho medía un metro y medio, casi como un niño. Sin embargo, su complexión regordeta, su voz chillona y áspera, y sus movimientos lentos dejaban en evidencia que en efecto era mucho más grande.

Usaba la misma túnica plateada y dorada que el resto, pero él además traía un sombrero alto con una luna dorada en la parte superior; distintivo claro del Fah Jiroth. Adicionalmente, de la montura de su caballo tomó un largo bastón de madera, incluso más alto que él, y se apoyó en éste para avanzar en el terreno irregular y húmedo, dando pequeñas zancadas. Los otros tres monjes avanzaron detrás de él.

El sumo sacerdote se retiró entonces el velo plateado que le tapaba la cara, revelando el rostro de un anciano, de piel gris oscura y arrugada, y con un largo bigote blanco que caía hasta la altura de su pecho. Si a Kisha le quedaba alguna duda de que era Attso, aquello terminó por despejársela.

Mientras avanzaba entre la multitud, ésta se congregaba  alrededor del recién llegado. Las personas agachaban sus cabezas con respeto, y extendían sus manos para rozar aunque fuera un poco su túnica, mientras vitoreaban su nombre. Era claro que el viejo sacerdote disfrutaba de la atención, pues sonreía de oreja a oreja y extendía sus manos hacia las personas, tocando sus frentes y pronunciado bendiciones en el antiguo lenguaje zarkonio.

Eso era malo, muy malo. Aunque lo que fueran a encontrar en el interior de esa casa terminara siendo sólo un fraude o una equivocación, la sola presencia del Fah Jiroth y la Cabeza de la Tribu Serpiente en el sitio al mismo tiempo, despertaría rumores, y la gente terminaría haciendo sus propias conclusiones sin importar lo que ahí ocurriera realmente.

—¿Dónde está? —cuestionó el monje de pronto hacia la multitud, con un tono gentil que intentaba disfrazar su apuro (sin mucho éxito).

—Está dentro de la casa con su madre, su grandeza —le respondió una mujer mayor con júbilo en su voz. Sin embargo, al escucharla, los ojos del anciano se abrieron de par en par y detuvo abruptamente sus pasos, casi provocando que sus acompañantes chocaran contra él. Lentamente giró su cabeza en la dirección en la que dichas palabras habían sonado, clavando su intensa mirada en aquella pobre mujer.

—¿Su qué? —Pronunció Attso con un tono ya para nada gentil, sino grave y serio, casi amenazante.

—Yo, lo siento… —Se disculpó la mujer, agachando lo más que le era posible su cabeza, y estando a nada de caer de rodillas a la nieve y besarle los pies al sacerdote.

Kisha sintió que se le revolvía el estómago al ver aquello. Se dio cuenta entonces que sus dedos se habían apretado aún más contra el mango de su arma, y que de hecho no había apartado su mano ni siquiera cuando reconoció a los  sacerdotes.

El Fah Jiroth contempló a la mujer por unos segundos más sin decir nada, pero al final pareció restarle importancia y continuó su camino. Aún de pie afuera de la casa, se encontró con Kisha. Attso la reconoció de inmediato, así como ella lo había hecho con él, y rio ligeramente de manera poco disimulada.

—Miren a quién tenemos aquí, chicos —comentó el sacerdote de forma burlona—. ¿Qué haces aquí, pequeña Kisha? No pensabas entrar a verlo sin que llegáramos, ¿o sí?

Kisha no contestó. Sólo lo miró fijamente por unos instantes, y luego se hizo a un lado de mala gana para dejarle el camino libre. Y, sólo para guardar un poco las apariencias frente a los demás, agachó su cabeza con (falsa) obediencia. Notó amargamente como una sonrisa de satisfacción se dejaba ver por debajo del largo bigote del sacerdote. Kisha apretó sus puños con frustración, y miró a otro lado.

—Ustedes aguarden aquí —le indicó Attso a los otros sacerdotes que lo acompañaban, y estos obedecieron. No le dio la misma instrucción a Kisha, pero ésta supuso que así lo hubiera preferido él; pero, por supuesto, ella no haría tal cosa.

La guerrera pasó justo detrás del Fah Jiroth al interior de la pequeña choza. Por dentro, era mucho más pequeña de lo que se veía por fuera. Básicamente se componía de una sola habitación cuadrada, con mantas y almohadones, vasijas para comida y agua, y ropa y pañuelos tendidos en hilos que se extendían de pared a pared. Una hoguera cálida ardía en el centro, no sólo iluminando el interior sino además manteniendo la temperatura bastante más agradable que en el exterior.

En el costado izquierdo de la habitación, recostada sobre amplios almohadones colocados en el suelo, se encontraba una mujer zarkonia, de cabello grisáceo corto hasta los hombros, piel apenas un tono más claro que su cabello, y unos inusuales ojos verdes. Vestía una túnica larga de color blanco. Estaba tapada con una manta azul del vientre para abajo, y en los brazos cargaba un bulto, envuelto en un manto blanco, el cual miraba y acariciaba con mucho cuidado. Acompañándola estaba una mujer algo mayor y otros dos guerreros, armados también con espadas como los de afuera.

Todos los presentes agacharon la cabeza con respeto al verlos entrar, sin indicar claramente si ese gesto era hacia Kisha o hacia el viejo sacerdote.

—Fah Jiroth Attso, es un honor —saludó la mujer mayor, inclinando su cuerpo hacia el frente. Kisha intuyó que se trataba de la comadrona del pueblo.

Attso avanzó con pasos cortados directo hacia la mujer de blanco, prácticamente ignorando a todas las demás personas presentes. Kisha, por su parte, se quedó de pie a lado de la puerta. Con un sólo movimiento de su cabeza, les indicó a los dos guardias que se retiraran, y así lo hicieron, al igual que la comadrona. Al final, en el interior de la casa se quedaron únicamente el anciano sacerdote, aquella mujer recostada, y ella.

Y claro, aquello que sujetaba con tanta delicadeza en sus brazos también.

—Déjame verlo, querida —dijo Attso abruptamente.

La mujer de blanco volteó a ver el bulto con duda, y luego volvió a ver al hombre con el mismo sentimiento. Su apariencia, su mirada, su voz… nada en él le hacía suponer siquiera que tenía opción a negarse. Resignada, apartó ligeramente el manto para revelar lo que se ocultaba debajo de éste: un pequeño bebé, recién nacido… de piel blanca.

Pero no como la piel clara de los invasores, sino de un blanco tan puro que casi se confundía con el manto que lo tapaba. Y el escaso cabello que se asomaba por su calva era de un extraño tono rubio claro, pudiéndose confundir con blanco en aquella escasa iluminación. Tenía los ojos cerrados, y estaba plácidamente dormido respirando con lentitud.

Attso se sobresaltó escabrosamente, tanto que incluso retrocedió un poco hacia atrás ante la visión que se le presentaba, y tuvo que apoyarse en su bastón para no caer. Su mano se aferró al colgante de Lusin que se presionaba contra su pecho, y sus labios se movieron despacio sin pronunciar alguna palabra que fuera audible para los demás. Desde su posición, Kisha también fue capaz de ver al bebé, y su reacción no fue del todo diferente.

Luego de darse un momento para procesarlo todo y calmarse, Attso se volvió a acercar y analizó con más cuidado el rostro de la criatura. Sus facciones eran claramente zarkonias, lo cual era de esperarse sin en efecto había nacido de una sierva de Lusin. Incluso aquellos que nacían de la repudiable mezcla de sangre con los invasores, seguían viéndose claramente como zarkonios debajo de la piel sonrosada y pálida. Pero lo que estaba viendo en ese momento, era algo que sólo había leído en textos antiguos, o escuchado en historias y leyendas. Pero ahora se hacía presente ante él de verdad. No era un cuento, sino un ser vivo de carne y hueso que podía ver y tocar por su propia cuenta. Era algo hermoso.

Attso sentía que su pecho se llenaba de un sinfín de emociones que lo sobrecogían, tanto que incluso sentía deseos de llorar, reír, o incluso tirarse de rodillas al suelo y empezar a rezar como las personas de afuera hacían. Pero se contuvo, pues no era el momento de hacer ninguna de esas cosas. Si alguien debía mostrar compostura en una situación como esa, era justo el Fah Jiroth. Además, aún había algo más que debía revisar antes de cantar victoria.

Acercó su mano de dedos regordetes hacia la manta blanca, apartándola poco a poco para descubrir su torso. El bebé se quejó y se revolvió, quizás resintiendo el frío contra su piel, pero se quedó quieto poco después. Una vez que se calmó, Attso lo revisó y no tardó mucho en encontrar lo que buscaba: una marca en forma de luna, como una cicatriz, adornando el lado izquierdo de su pecho.

—Bendito sea el ketah —exclamó Attso con notable emoción. Aproximó entonces su mano hacia la cabecita del pequeño, y la acarició con cuidado, incluso con algo de temor.

Kisha se aproximó vacilante, mirando hacia la criatura por encima de la cabeza del sacerdote y notando también de inmediato la luna en su pecho. Ella no pronunció ninguna palabra, pero su rostro, más lleno de miedo que de júbilo, mostraba que tenía deseos de volver a maldecir al katoh, en lugar de agradecer el ketah como como el viejo jiroth había hecho.

No podía ser cierto. La piel y los cabellos eran una cosa, ¿pero la marca de la luna? ¿Era eso real? ¿Ese niño era…?

No, no podía dejarse llevar. Eso tenía que ser un truco, un malentendido. El niño debía de ser hijo de un invasor, y sólo por mera perspectiva o azares su piel se veía un poco más clara de lo usual. Y la luna era sólo una extraña marca de nacimiento. Eso debía ser… Pero ella parecía ser la única en esa habitación, o en todo ese poblado, que lo pensaba así.

Attso tomó con cuidado al niño, prácticamente arrebatándolo de los brazos de su madre. Siguió viéndolo y analizándolo de arriba abajo por largo rato, y la excitación en su rostro se volvía cada más grande.

—Lusin ha escuchado al fin las plegarias de nuestro pueblo —indicó el jiroth, alzando ligeramente al bebé sobre su cabeza—. Y nos ha mandado la más grande de las bendiciones. ¡El Rash ha reencarnado entre nosotros para guiarnos a una nueva era de esplendor y gloria!

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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