Original El Manto de Zarkon – Capítulo 45. No se me permite soñar

16 de febrero del 2022

El Manto de Zarkon - Capítulo 44. No se me permite soñar

Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 45.
No se me permite soñar

No reparó en qué momento las manos audaces de Aqua le retiraron de encima su abrigo, y siguieron justo después con su camisa. No estaba acostumbrado a que las chicas de ese lugar tuvieran ese tipo de empuje, pues normalmente solían esperar que él hiciera lo que le pareciera mejor; era un Rimentos, después de todo. Pero debía aceptar que ese cambio no le desagradaba.

Erios hizo lo suyo, tomando el vestido de la chica y jalándolo hacia arriba para retirárselo; quizás con algo menos de delicadeza que ella. Cuando su atuendo estuvo fuera, Aqua se hizo lentamente hacia atrás, recostándose en la cama, y dejando expuesto ante él su cuerpo desnudo sin cohibirse ni un poco. A Erios le resultó incluso más increíble una vez que la vio ahí tendida, y se sintió fascinado por el paisaje gris de su piel que se extendía delante de él, y por el lento movimiento de su hermoso y firme busto al ritmo de su respiración.

Aqua no tuvo que decir nada, pues su sola mirada lo invitó a acercarse a ella, sin el menor miedo. Y la verdad era que Erios sí se había sentido un poco intimidado. Por un segundo, mientras la contemplaba ahí tendida, le pareció una imagen tan etérea, como una hermosa pintura que podía ver pero no tocar. Aun así, sus ansias pudieron más, y casi sin que él lo pensara sus manos comenzaron a abrirse su pantalón.

No tardó en estar sobre ella, y volvieron a abrazarse y a besarse, pero de una forma bastante más desinhibida, y con sus carnes expuestas frotándose con cada roce o mínimo movimiento que hacían. Ambos recorrieron todo lo que alcanzaban del cuerpo del otro con sus manos, sintiendo como sus pieles se calentaban.

Cuando Erios estuvo al fin dentro de ella, Aqua lo recibió con gusto y anhelo. El príncipe no era ningún novato en eso. Sabía muy bien que gran parte del trabajo en ese sitio se basaba en un juego que ambas partes aceptaban jugar; como dos actores fingiendo ser amantes en un escenario. Pero al menos él la sintió bastante sincera, tanto en la forma en la que reaccionaba su cuerpo como por los sonidos y pequeñas palabras que salían de sus labios. Quizás simplemente era una actriz bastante convincente, pero Erios prefería pensar que era algo más; eso era parte del juego, después de todo.

Aquello era simplemente increíble, pero una parte del Rimentos sentía que había un poco de erróneo en todo ello. Aquel ser debajo de él, que gemía y se aferraba a sus cabellos y espalda con sus uñas, le resultaba aún tan irreal y hermoso, que estarle haciendo tales cosas parecía casi algún tipo de herejía. Y normalmente era un hombre que disfrutaba de las herejías, pero no ese día. Además de eso, a mitad de su jornada aquel desastroso desayuno de la mañana se le vino vívidamente a la mente; y lo que menos deseaba al momento de estar cogiendo con una mujer tan hermosa, era pensar en su hermana y en su madre, y en su constante desaprobación.

Al final parecía que la fascinación que le había provocado la enigmática Aqua no terminó por compensar su falta de ánimo. Y aunque su cabeza inferior estaba más que puesta y dispuesta, la superior sencillamente se negó a continuar.

Erios se detuvo entonces abruptamente, tomando por sorpresa a su acompañante. Sin decir nada, se retiró de dentro de ella, y se dejó caer a su lado en la cama. Estaba agitado y sudado, pero claramente no había llegado a terminar.

—Lo siento, creo que hasta aquí llegué —indicó con tono burlón, mientras contemplaba al techo.

—¿Está bien, alteza? —preguntó Aqua, preocupada.

—Sí, sí, descuida. Les dije a mis amigos que no estaba de humor, pero ellos insistieron en que viniéramos.

—Permítame entonces ayudarlo con eso —indicó la mujer con inusitada decisión. Se sentó entonces cerca de su miembro aún palpitante, tomándolo entre sus dedos y comenzando a acariciarlo de arriba hacia debajo de forma rítmica. Y aunque al inicio aquel contacto y el esfuerzo aplicado le parecieron agradables al Rimentos, no tardó mucho en darse cuenta de que eso tampoco funcionaría para ahuyentar sus fantasmas.

—Descuida, déjalo así —le indicó, tomando suavemente su mano para detenerla.

Aqua lo miró a los ojos un tanto confundida. Lentamente apartó su mano de él, y retrocedió un poco en la cama; casi como si le temiera.

—¿Hice algo malo…? —preguntó la mujer de piel grisácea, claramente consternada.

—¿Qué? No, no —respondió apresurado, alzándose un poco apoyado en sus codos—. Tú eres fantástica, en serio.

Erios le ofreció una de sus mejores sonrisas de júbilo, aunque en ese momento no se sintiera precisamente de esa forma. Normalmente eso le bastaba para tranquilizar a cualquiera, pero en esa ocasión no funcionó. La mujer, que hasta ese momento se había presentado tan segura de sí misma y con ese aire tan majestuoso casi divino, había cambiado por completo su semblante. Bajó su mirada con aflicción, pareciendo incluso un poco asustada.

—Hey, ¿qué pasa? —le preguntó con voz calmada, tomándola de su barbilla para hacer que lo volteara a ver. Aqua intentó mirarlo con firmeza, pero ésta fluctuaba un poco.

—Por favor, no le diga al señor Monty que no… —murmuró casi suplicante, aunque de inmediato bajó su vista de nuevo, avergonzada—. Si él se entera que no cumplí con mi trabajo…

—Hey, hey, ¿qué cosa te hará ese enano?, ¿eh? —Inquirió Erios con notorio enojo, sentándose rápidamente. Aqua no le respondió, y en su lugar seguía con su mirada agachada, y algunos de sus mechones le cubrían el rostro. Había alzado además su brazo para cubrirse tímidamente su busto, quizás sin darse cuenta.

Erios no era inocente. Quizás no conocía en carne propia cómo era la vida de las mujeres de ese lugar o similares. Pero sabía muy bien que detrás de toda esa opulencia, elegancia y sensualidad que demostraban de frente, tras la cortina de seguro las cosas resultaban mucho menos agradables para ellas. Pero aun sabiéndolo, o creyendo que lo sabía, esa era la primera vez que alguna de las chicas de ese sitio se permitía reaccionar de esa forma enfrente de él. Claro, también era la primera vez que se sentía incapacitado para terminar lo que suponía que había ido a hacer, pero no creía que fuera esa la causa.

Quizás realmente toda esa seguridad e iniciativa que había desbordado eran en efecto sólo un acto como había pensado. Y esa que mostraba ahora era más cercana a la chica real detrás de Aqua.

—Oye, no te preocupes —comentó Erios, bastante más relajado. Extendió entonces su mano hacia su rostro, retirándole un par de cabellos de éste para poder verlo mejor—. Éste será nuestro secreto, ¿de acuerdo? Te prometo que saldré por esa puerta sonriendo como si hubiera tenido el mejor orgasmo de mi vida. Y tú les dirás lo mismo a las otras chicas, ¿bien?

Aqua lo miró de reojo, aún un poco escéptica al parecer.

Erios se estiró entonces hacia un lado de la cama, extendiendo su mano para alcanzar su abrigo en el suelo. Sacó del bolsillo de éste uno de sus cigarrillos, y lo encendió con el fuego de una de las velas sobre el buró.

—Pero tú tendrás que hacer algo por mí a cambio.

—Lo que usted desee, alteza.

Erios se recostó de nuevo en la cama a un lado de ella, poniéndose lo más cómodo posible. Dio una bocanada de su cigarrillo, y soltó la densa nube de humo sobre ellos.

—Cuéntame sobre ti —indicó de pronto, tomando desprevenida a la mujer—. ¿Cómo una zarkonia pura terminó en un sitio como éste? Yo creería que en la lista de todas las cosas que su religión les prohíbe, hacer justo esto estaría en los primeros lugares.

Aqua lo observó callada, quizás dubitativa ante qué responder exactamente a ese cuestionamiento. Poco a poco esa incomodidad pareció irse calmando, e incluso se permitió descubrirse los pechos de nuevo, y recostarse sobre su costado a un lado de él como si en verdad hubieran concluido de forma satisfactoria el acto de hace un minuto.

—No sé nada de eso, en realidad —le respondió pensativa, comenzando a recorrer sus dedos lentamente por el abdomen y pecho desnudo del príncipe—. Yo nunca fui criada en las enseñanzas de los zarkonios. De hecho… nunca he conocido a otros como yo.

—¿Hablas enserio? —preguntó Erios sorprendido, a lo que Aqua simplemente asintió—. ¿Eres huérfana, entonces? —La chica volvió a asentir—. Entiendo… Bueno, eso es de hecho bastante usual en este tipo de lugares. Casi todas las chicas de aquí deben de tener una historia parecida.

Dio otra profunda aspirada de su cigarrillo, volviendo a expulsar el humo por completo sobre él, haciendo que flotara en el aire como una pequeña nube.

—Lo creas o no —prosiguió el príncipe—, tuviste suerte de ser acogida por Madame Winks, y no haber terminado en… otro sitio similar, pero de mucha menor categoría.

—Es lo que las otras chicas me han dicho.

Erios se viró sólo un poco hacia ella para contemplar su rostro, dándose cuenta con un simple vistazo del escepticismo que inundaba su última aseveración.

—Pero no estás de acuerdo, ¿cierto? —señaló Erios inquisitivo. Ella al parecer quería decir algo, pero al final lo evitó y mantuvo sus labios cerrados —. No tienes que decirlo, yo te entiendo.

Extendió entonces su caja de cigarrillos hacia ella para que tomara uno. Ella los miró un poco extrañada, como si fuera la primera vez que los veía, aunque seguramente era más bien la primera vez que un cliente le ofrecía uno. Igual al final acercó sus manos dudosas, tomando uno entre sus dedos.

—No es muy comparable —continuó explicando Erios mientras ella se aproximaba a la misma vela que él había usado para encender su cigarrillo—, pero todo el mundo me dice que soy un privilegiado suertudo por haber nacido como un Rimentos. Que soy un soldado elegido de Dios y bla, bla, bla… Pero mi familia es un asco, mucho más de lo que la gente ya sabe. Y nunca me he sentido ni un poco suertudo de pertenecer a ella.

Mientras él pronunciaba todo aquello, Aqua había acercado su cigarrillo a la flama de la vela, encendido su punta, para colocar el otro extremo en sus labios para sorber como si fuera una bebida de un vaso. En cuanto el humo llegó a su boca, comenzó a toser descontroladamente. Erios la contempló, sonriendo divertido por su reacción; ¿quién lo diría?, en efecto sí era su primera vez.

—Si pudieras haberte dedicado a otra cosa en tu vida que no fuera esto, ¿qué hubieras elegido? —le preguntó Erios de pronto a mitad de su ataque de tos.

—¿Qué…? —preguntó Aqua una vez que pudo calmarse lo suficiente, pero continuando aún un poco aturdida.

—Ya sabes, ¿a qué te hubiera gustado dedicarte de haber tenido la posibilidad? Por qué no me vas a decir que éste era tu trabajo soñado, ¿o sí?

No, por supuesto que no lo era, y su sola mirada lo dejó en evidencia.

—No creo que hubiera podido tener alguna otra posibilidad, alteza —le respondió con voz apagada, sentándose de nuevo en la cama a su lado. Intentó una segunda aspiración de su cigarrillo. Volvió a toser, aunque ahora con menos intensidad que la vez pasada.

—No te pongas tan seria —exclamó Erios, riendo un poco—. Sólo estamos imaginando y soñando un poco.

—A mí no se me permite soñar —sentenció Aqua, agachando la mirada—. Eso es algo muy doloroso…

Erios bufó, un tanto agotado por lo difícil que había resultado ser la verdadera Aqua. Comenzó a extrañar un poco a la segura de sí misma de antes.

—Yo hubiera querido ser pintor —comentó el Rimentos de pronto, rompiendo el incómodo silencio que se había suscitado. Aqua lo volteó a ver, al parecer sorprendida por esa repentina confesión. Erios continuó hablando mientras miraba al techo—. Claro, muchos nobles pintan por pasatiempo. Se sientan en su jardín, lanzan unas pinceladas sobre un lienzo, y el resultado lo cuelgan en su sala y lo presumen como arte. Yo me refiero a ser un pintor de verdad, viajar por el mundo, buscando paisajes nuevos, y no sólo el que alcances a ver por tu ventana. Y también hermosos modelos nuevos, mujeres y hombres por igual, que me permitan plasmar sus figuras y verdaderos colores. Pero claro, la vida de un artista trotamundos no es precisamente lo que se espera de un Rimentos. Aunque, ahora que mi padre murió, y he destruido tanto mi imagen que parece que ya absolutamente nadie espera nada de mí, quizás ya no importe mucho si lo hago.

—¿En verdad se iría y dejaría su vida como príncipe para cumplir ese sueño? —le cuestionó Aqua, claramente incrédula.

—¿Acaso no me crees? —Rio Erios, un poco sarcástico—. Sí, eso sería una locura, ¿verdad? Quizás no sé qué estoy diciendo. Mejor olvida que lo dije…

De nuevo los dos volvieron a quedarse en silencio, excepto por un par más de tosidos por parte de Aqua al insistir con su intento de fumar; quizás intentaba demostrarse algo a sí misma.

—Cuando era joven quería ser bailarina —comentó la prostituta abruptamente, destanteando un poco a Erios que prácticamente ya se había olvidado del tema—. Una vez me metí a un teatro por una puerta trasera —continuó Aqua—, y vi a las bailarinas en el escenario tras el telón. Fue como ver a verdaderos ángeles flotando en el aire. Fue hermoso… Y yo quería ser como ellas. Pero eso fue sólo un sueño…

Bailarina… sonaba realmente como un bello sueño. A pesar de su gusto secreto por la pintura, Erios aceptaba que a modo personal le faltaba cierta capacidad de apreciar la gracia y la belleza del baile. Aunque claro, belleza sí podía ver bastante en la forma en la que el cuerpo de una mujer se movía al son de la música, pero dudaba que la mayoría de aquellos que apreciaban dicho arte lo vieran con los mismos ojos con los que él lo hacía.

—Baila para mí —pidió abruptamente, haciendo que Aqua se sobresaltara, casi asustada—. Baila como lo hacían esos ángeles que viste de niña.

—Pero… yo no sé hacerlo —respondió la mujer zarkonia con cierto temor en su voz.

—Si es tu verdadero sueño, apuesto que has practicado tú sola en más de una ocasión, repitiendo en tu cabeza una y otra vez lo que ellas hacían. ¿O me equivoco?

Aqua dudó unos momentos. Sus dedos movieron inquietos el cigarrillo que sujetaba, y miraba con temor hacia una de las plantas en la esquina.

Luego de un rato, apagó su cigarrillo frotando la punta contra la superficie de su buró, y dejó el resto ahí mismo. Respiró hondo, y se puso entonces de pie, y caminó hacia el frente de la cama, donde había un espacio más amplio, vistiendo únicamente las medias blancas en sus piernas, y ni una prenda más. Erios se sentó rápidamente en la cama, contemplándola con mucha atención.

Aqua se paró justo delante, dándole espalda. Su cabello verde caía ahora libremente sobre su espalda, llegando a cubrirla casi por completo hasta sus glúteos. Cerró sus ojos, intentando darle forma a la música, y que los instrumentos de su cabeza la entonaran con la misma fuerza y claridad con la que ella la había escuchado aquella lejana noche de su niñez.

Extendió sus brazos hacia los lados, y lentamente los fue subiendo dibujando el círculo completo. Juntó las puntas de sus dedos sobre su cabeza y alzó justo después su pierna derecha hacia un lado, hasta dejar todo su peso sostenido en un único pie, manteniéndose aún así en perfecto equilibrio. Aquello resultó bastante sorprendente para Erios. No esperaba tal demostración de control y fuerza.

Abruptamente la mujer comenzó a moverse por el reducido espacio, deslizando sus pies por la alfombra, casi como si flotara; justo como ella lo había descrito hace unos momentos. Giraba su cuerpo, daba pequeños saltos, y acompañaba los gráciles movimientos de sus piernas con los de sus brazos, que dibujaban formas invisibles en el aire. Aunque la música sólo existía en la cabeza de Aqua, Erios casi era capaz de escucharla él mismo. Era como si los movimientos de su cuerpo desnudo justo entonaran esa melodía para él, como los ágiles dedos de un músico sobre las cuerdas de un piano.

A pesar de que él la había alentado a hacerlo, estaba preparado para verla hacer el ridículo o no tener idea de lo que hacía. Pero, la verdad era que lo estaba haciendo muy bien. Aunque claro, incluso sin ser un experto podía darse cuenta de lo tosco y poco precisos que eran algunos de sus movimientos. Pero, aun así, fue la primera vez que logró entender un poco la belleza que otros eran capaces de ver en ese acto. Hubo algo en ver ese cuerpo gris moviéndose con tanta elegancia y delicadeza a su alrededor, que lo dejó sencillamente exhorto. Había claro una fuerte energía erótica en todo aquello que no podía negar. Pero no se trataba sólo de eso, sino de mucho más.

Erios se quedó en silencio todo ese rato contemplándola, y poco a poco Aqua se sintió mucho más libre y segura con su baile.

Al final, esas uprias gastadas habían valido por completo la pena.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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