Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 108. Terminar la misión

8 de febrero del 2022

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 108. Terminar la misión

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 108.
Terminar la misión

El tan esperado momento de Mabel fue interrumpido abruptamente, cuando de nuevo el sonido de disparos cortó de tajo el embriagante silencio en el que se habían sumido todos. La Doncella se sobresaltó, y se giró por instinto hacia atrás, justo para ver cómo el último de esos repentinos disparos le daba directo a James a sus espaldas. El verdadero soltó un fuerte gemido de dolor, y su cuerpo se balanceó hacia un lado, quedando de espaldas contra una de las cajas de madera. Con una de sus manos se agarraba firmemente la parte derecha de su pecho, para cubrirse la horrible y repentina herida de bala.

Mabel miró todo aquello completamente aturdida y confundida. ¿Qué había ocurrido? ¿Quién había hecho eso?

—Arroja tu arma, ahora —escuchó como alguien exclamaba con fuerza, su voz resonando como trueno en el eco de la bodega. Se giró entonces hacia un lado, a la misma entrada frontal que ellos habían usado para ingresar. Y ahí los vio: dos personas, salidas de la nada, cada uno con armas de fuego en mano, apuntando en dirección a James y ella.

Eran un hombre fornido de cabeza calva, y una mujer de piel oscura y cabello rizado. Ambos de mirada intensa y desafiante, y sostenían sus armas sin la menor vacilación o temblor en sus manos. Se aproximaron en su dirección, comenzando a separarse para rodearlos, pero sin bajar sus armas ni un instante.

—Que arrojes tu arma —ordenó la mujer de nuevo, teniendo el cañón de su pistola apuntando justo al rostro de James—. No lo repetiré una tercera vez…

—Karina, tenga cuidado —se escuchó pronunciar con debilidad a Cole Sear desde el suelo, a los pies de James—. Tiene el poder de paralizarle el cuerpo entero si lo desea, ¡no le dé oportunidad!

Aquello desconcertó un poco a la mujer recién llegada. Notó entonces como aquel hombre, ahora herido, la miraba intensamente mientras sujetaba firmemente su herida con una mano, y con en la otra tenía su rifle de asalto colgando de su costado. No supo que le provocaba más alarma: el arma o esos intensos ojos. Cualquiera de las dos que fuera, bastó para que sin pensárselo dos veces le disparara una vez más, pero ahora a su pierna derecha.

James soltó un fuerte chillido al aire, y cayó al suelo sobre su costado. Su rifle se soltó de su mano, y rodó por el suelo lejos de él.

—James… —susurró Mabel, sorprendida y también un poco asustada por el cambio tan repentino que había ocurrido. ¿Quiénes eran esas dos personas? ¿Qué hacían ahí?

—¡Tú también suelta ese cuchillo!, ¡ahora! —gritó justo después el hombre de cabeza rapada, él teniendo su atención y su mira fija en Mabel. La verdadera lo volteó a ver sobre su hombro, y percibió rápidamente el cañón en su arma apuntándole a la espalda.

La quijada de la Doncella se tensó. Y en lugar de que sus dedos dejaran libre el mango del cuchillo, estos de hecho se apretaron aún más a éste, hasta ponerse blancos.

Desvió su vista de nuevo a Abra, recostada en el suelo y totalmente a su merced. Sólo que ahora el miedo en su mirada había menguado un poco, y más que nada estaba ahí, quieta y expectante, esperando ver qué era lo siguiente que ocurriría, aunque el dolor de su herida aún permanecía vivido en la mueca de su boca.

Estaba tan cerca; ¡la tenía ya ahí en sus manos! El dulce sabor de su vapor aún jugueteaba en su interior, y su cuerpo le incitaba a que le diera más. ¿Cómo podían exigirle que la dejara ir? ¿Cómo podían esperar que soltara su arma estando tan cerca de completar lo que tanto tiempo estuvo esperando? ¿Cómo podría seguir viviendo luego de probar ese delicioso vapor y simplemente dejarlo ir?

Incitada por su rabia y su deseo, más que por su propio raciocinio, Mabel ignoró por completo la advertencia y jaló el cuchillo hacia atrás con la intención de encajarlo de una sola puñalada en el centro del pecho de esa mocosa de una vez por todas. Y por ese pequeño instante de tiempo, pudo ver el terror volviendo a la mirada de su víctima, y sólo eso hizo que todo valiera la pena.

Pero no duró mucho.

Era difícil determinar qué sonó primero: el estruendo del primer disparo del arma de Carl, o el imponente “¡NO!” que surgió de la boca de James al darse cuenta de lo que estaba por ocurrir. Quizás ambos habían ocurrido al mismo tiempo. Como fuera, ese primer disparo le dio directo a la verdadera en el hombro izquierdo, entrando por su espalda y saliendo al frente. Su sangre brotó de su herida manchando el rostro de Abra debajo de ella; un grito de espanto de la joven fue un sonido más que acompañó esa sinfonía discorde de confusión.

Mabel arqueó su espalda, y sus ojos desorbitados si fijaron en el techo. Sus dedos se abrieron, y el cuchillo cayó al suelo a un lado de la cara de Abra. Y mientras el cuerpo de la mujer se desplomaba lentamente hacia el frente, se suscitaron tres disparos más; uno más de Carl, y dos de Karina, ambos habiendo reaccionando a la par cómo su entrenamiento así se los exigía. Y esas tres balas iban también en dirección a la misma persona. Sin embargo, ninguna dio en su blanco como la primera.

De alguna forma que resultaría imposible para una persona común, en la escasa fracción de segundos que se suscitó entre el primero y el segundo disparo, y aún a pesar de sus dos heridas, James logró sobreponerse, pararse, y prácticamente de un salto colocarse en el camino. Los tres disparos adicionales le dieron justo en su torso, sirviendo como un gran escudo humano para proteger a su mujer.

Todo fue tan rápido que ni siquiera los dos tiradores se dieron cuenta de lo ocurrido, hasta que el estruendo de las ráfagas se aplacó, y pudieron contemplar el cuerpo grande de la Sombra, cayendo de rodillas al suelo con ahora cuatro horribles heridas de bala en su pecho y abdomen, además de aquella en su pierna.

Ignorante aún de lo que había ocurrido, Mabel quedó prácticamente recostada contra el cuerpo de Abra tras ese primer disparo. La joven, asqueada y alterada, usó todas las fuerzas que pudo para quitársela de encima con un empujón, causándole el esfuerzo un dolor punzante en su herida. Mabel quedó tendida a su lado, poco a poco recuperando de nuevo el sentido. Abra intentó alejarse de ella, pero recibió rápidamente apoyo de Carl, que se le aproximó, la tomó con uno de sus fuertes brazos, mientras con el otro apuntaba a Mabel.

—¡No!, ¡suéltame! —gimoteó Abra asustada al sentir que la tomaban de esa forma.

—Está bien, está bien. Vinimos a ayudar —le murmuró Carl despacio mientras la ayudaba a sentarse con su espalda contra otra caja. Sacó entonces un pañuelo grueso de su pantalón y lo presionó contra la herida de su costado—. Sujeta esto, presiónalo lo más fuerte que puedas.

Abra, sollozando un poco y respirando con agitación, hizo lo que aquel hombre le decía sin cuestionárselo.

—Es una herida fea, pero sobrevivirás —le indicó Carl, intentando sonar animado. Y Abra, de hecho, se sintió ligeramente animada de escuchar eso.

Mientras Carl revisaba a Abra, Karina se aproximó a Cole, colocándose de cuclillas a su lado para revisarlo rápidamente con la mirada.

—¿Se encuentra aún con nosotros, detective? —le preguntó con voz estoica.

—Apenas… —murmuró Cole con un tono irónico que apenas se hacía notar—. No lo tome a mal, Karina, pero es la primera vez que estoy sinceramente contento de verlos. Creo que debo agradecerle a Dios de que hayan llegado justo a tiempo.

—Sí, debería hacerlo —le respondió la mujer con algo de sequedad—. Tenemos mucho de qué hablar usted y yo; mucho que contar y explicar.

—Supongo que sí…

Karina se puso de pie y se aproximó hacia las otras personas. Primero revisó a Samara, tomándole el pulso y revisando si no tenía alguna herida. La niña estaba bien; parecía simplemente dormida, a pesar de todo el ajetreo que había ocurrido ante ella.

Luego se aproximó a la mujer de piel oscura y cabello pintado, tendida en el suelo a su lado. La herida en su pecho era bastante visible, y algo de sangre se había comenzado a encharcar en el suelo debajo de ella. Karina se agachó y le tomó el pulso en su cuello. Su rostro frío no dejó muy claro su veredicto, pero era de hecho bastante esperable…

—¿James? —se escuchó de pronto que murmuraba Mabel con debilidad. Carl y Karina se pusieron alerta al oírla, y rápidamente se incorporaron y apuntaron sus armas hacia ella. La mujer se había alzado apenas un poco, y contemplaba estupefacta a su compañero, tirado en el suelo empapado de sangre—. No, ¡no! —exclamó Mabel aturdida, y rápidamente gateó hacia donde el otro verdadero yacía. Se sentó a su lado y recostó su cabeza sobre las piernas de ella. Los ojos oscuros de la Sombra se pasaron vacilantes en ella—. James, mírame… escúchame…

La boca de James se abrió, aspirando un poco de aire, sonando como un silbido carrasposo y doloroso.

—Estás… herida… —masculló entrecortado—. Estos… paletos… se atrevieron a herirte… de nuevo… los…

—No hables, mi amor —murmuró Mabel entre sollozos, mientras le acariciaba dulcemente el rostro con sus manos—. Por favor, mejor no hables…

Abra observó y escuchó todo eso desde su posición con una extraña mezcla de sentimientos. El dolor y el coraje que se percibía en la voz de Mabel eran tan desgarradores, que quizás en otro contexto, quizás si no supiera lo que esos dos eran en realidad, podría incluso sentir lastima por ellos.

Pero no era así.

Y lo único que Abra sentía era una tremenda ira; de esas que a veces la dominaban y era incapaz de moderar.

—¡No les den oportunidad! —les gritó Abra con fuerza a Carl y Karina—. ¡Mátenlos antes de que sea tarde!

—Ya están sometidos, tranquila… —intentó decirle Carl, pero a Abra no le importó.

—¡Ustedes no entienden! No son personas, ¡son monstruos! Si les dan oportunidad, ¡nos matarán a todos de una u otra forma! ¡Dispárenles!

Aquello no tenía sentido para Carl y Karina. ¿Cómo lo tendría?; ellos no habían vivido lo mismo que la Abra de doce había vivido; ni siquiera habían visto por completo lo que la Abra de diecisiete había visto en esa bodega sólo unos minutos atrás. Y esa vacilación fue la que le dio una última oportunidad a James la Sombra.

Estando ya rodeados, el verdadero hizo un último esfuerzo. Y usando las últimas fuerzas que le quedaban, volcó enteramente su mente en Karina, Carl, Cole y Abra al mismo tiempo. Los primeros dos cedieron casi de inmediato, y se quedaron de golpe congelados, de pie en su sitio sin moverse o siquiera bajar sus armas. Cole les siguió un poco después, quedando de nuevo tirado en el suelo. Y Abra, aunque al inicio se resistió, en su debilidad su mente poco a poco igual fue cediendo, quedando totalmente flácida contra la caja en la que se estaba apoyando.

Terminada su última acción, James tosió con fuerza, se inclinó hacia un lado y escupió algo de sangre en el suelo. Y justo después, su cuerpo comenzó a ciclar… a desaparecer por fracciones de segundos, y luego a reaparecer.

Mabel retrocedió un poco, aterrada por esa visión. Había visto a tantos de sus hermanos pasar por eso, en especial desde el contagio del mortal sarampión. Pero nunca, nunca ni en sus más catastróficos escenarios mentales, consideró la posibilidad de que algún día le tocaría ver a James, a su James, en ese estado…

—Huye… vete… —le murmuró la Sombra con debilidad.

—No, no te dejaré aquí solo… —le respondió Mabel, vacilante.

—Estoy muy débil, ya no podré sostenerlos por mucho… —le señaló James, pero Mabel siguió sin reaccionar—. Vete… ¡Ya! —le gritó con más fuerza acompañado de otro ataque de tos; más sangre surgió de su boca, y de nuevo cicló.

A como le fue posible, logró recostarse sobre su espalda y fijar su vista en ella; deseaba verla al menos una vez más. Su rostro atemorizado y ojos llenos de lágrimas no era el último recuerdo que quería tener de ella, pero pese a todo le resultaba una imagen mucho más hermosa que cualquier otra.

Estrechó su mano entre sus dedos, apretándolos con apenas una fracción de la fuerza que sus grandes manos solían tener. Mabel lo sujetó con firmeza, y le besó dulcemente su mano, mojándola igualmente con unas cuantas de sus lágrimas.

—Somos el Nudo Verdadero —murmuró Mabel despacio entre sollozos.

—Nosotros… perduramos… —le respondió James con apenas un escaso hilo de voz.

Mabel se inclinó de inmediato sobre él, dándole un beso con los labios que pudiera de alguna forma transmitirle todo el amor y toda la gratitud que sentía por él.

Sólo hasta entonces Mabel fue capaz de comprender por completo todo lo que Hugo debió haber sentido en aquel tortuoso momento en el que tuvo que despedirse de la persona que más amaba, de una forma bastante parecida a esa.

 Temblorosa y adolorida por el disparo que había recibido, Mabel se paró y se encaminó a la salida trasera. Sin embargo, apenas dio dos pasos y se detuvo. Viró su atención hacia un lado, hacia donde Abra reposaba aún paralizada. El cuchillo estaba a unos metros de ella; podría tomarlo y terminar lo que había comenzado…

No, no había suficientemente tiempo; y mientras vacilaba este tiempo se iría acortando. Aunque pudiera cortarle el cuello y dejarla para que se desangrara, no podría obtener de ella ni siquiera el vapor suficiente para curarse esa horrible herida, en especial si estaba prácticamente dormida mientras lo hacía.

«Dormida…»

Se viró entonces hacia un lado, en donde Samara reposaba aún inconsciente.

Sin importar qué, no se iría de ahí con las manos vacías.

—¿Qué esperas…? —masculló James con voz apagada desde el suelo. Su cuerpo iba y venía, cada vez más constante dejando incluso en una ocasión sólo a la vista la forma de sus nervios y venas—. Debes irte… no… duraré mucho más…

—Tu sacrificio no será en vano, mi amor —declaró Mabel con beligerante decisión. Se aproximó entonces a Samara y la tomó firmemente en sus brazos. El cuello de la niña colgó hacia un lado sin oposición, al igual que sus largos cabellos.

—Mabel, no… —murmuró James—. No vale… la pena…

—Te lo juro —soltó Mabel con fuerza, mientras estrujaba a la niña en sus brazos contra ella—. Todos estos paletos, todos ellos pagarán por lo que nos hicieron. Empezando por esta mocosa…

Y sin esperar más, comenzó a correr a la salida con su botín.

James sólo pudo contemplar en su lecho como la mujer se alejaba, hasta perderla de vista en la puerta, y sólo ver cómo se internaba en la noche lluviosa que se había cernido. Ella no se giró a mirarlo de nuevo durante su huida, pero no importaba. Al menos estaba a salvo; había cumplido su deber como su protector y su amante, hasta el último momento.

James se recostó por completo en el suelo, y fijo su mirada en el techo sobre él. No sentía miedos o remordimientos como pensó que sentiría cuando ese momento llegara. Estaba en paz, sabiendo que había hecho todo lo que debía hasta el último momento, y de que quizás lo habría hecho todo exactamente igual de tener la oportunidad.

Estaba listo para irse…

—Adiós… mi amor… —murmuró despacio entre ciclos, cerrando justo después sus ojos por última vez.

Su cuerpo se sacudió dolorosamente en los últimos segundos, y soltó un fuerte grito al aire que dejó salir gran parte del vapor que su propio cuerpo guardaba. Cicló repetidas veces en cuestión de segundos, y de uno de esos estados simplemente ya no volvió…

Todo su cuerpo físico se convirtió en vapor blanquizco, y comenzó a elevarse en el aire. James la Sombra había dejado de existir, y en el sitio donde hasta hace poco yacía sólo quedaron tiradas sus ropas. Los agujeros de bala habían quedado marcados en las prendas, pero ni siquiera la sangre se quedó como evidencia de que alguien las hubiera usado.

Unos segundos después, el efecto de su choque mental comenzó poco a poco desvanecerse en sus últimas víctimas. Las primeras en reaccionar fueron Matilda y Charlie, que aturdidas y adoloridas comenzaron a sacudirse en el suelo delante de la camioneta. El silencio que las envolvía al despertarse (aunque llamarlo de esa forma no se sentía correcto) les resultó bastante intranquilizador.

—¿Qué ocurrió? —masculló la psiquiatra, claramente alarmada. Se puso de pie, tambaleándose un poco—. ¿Dónde están…?

Charlie no tenía una respuesta a sus preguntas, y tampoco intentó inventarse alguna. Simplemente cuando pudo al fin pararse, corrió apresurada hacia donde los demás se suponían se habían ocultado.

—¡Kali!, ¡Abra! —gritó con fuerza mientras se aproximaba, con su mente más que lista para dejar salir su energía contra el que fuera.

Al virarse detrás de las cajas, lo primero que la reportera vio fue a Carl y Karina, que recién habían reaccionado también, y miraban confundidos el montón de ropas en el piso donde, hasta hace un instante en su perspectiva, se encontraba un hombre herido.

—¡¿Quiénes son ustedes?! —les gritó Charlie con amenaza al verlos. Los dos desconocidos se viraron al mismo tiempo hacia ella, apuntándola con sus armas. Eso por mero reflejo puso en alerta a Charlie, y un segundo más y quizás ambos hubieran terminado calcinados igual que Kurt, y quizás peor…

—¡No, espere! —exclamó Cole desde el suelo, alzando una mano para intentar llamar su atención—. ¡Están de nuestro lado!, ¡vienen a ayudarnos!

Al oír eso, Charlie se tranquilizó un poco… pero no demasiado. Sus ojos seguían fijos en esos dos, y los de estos en ella. Las cosas no se calmaron del todo hasta que Karina bajó lentamente su arma, seguida por Carl un rato después, y Charlie igualmente lo hizo (aunque no de forma literal).

Su preocupación por los dos extraños se hizo de lado cuando su atención se fijó más atrás de ellos, en el cuerpo de Kali tendido e inmóvil.

—¿Kali? Oh, no… —masculló despacio con voz quebrada. Sacándole la vuelta a Cole y a los otros dos, se dirigió directo a ella, agachándose a su lado. Sin embargo, aún antes de acercarse, aún antes de colocar sus manos en su cuello o en su rostro, ella ya lo sabía…

El rostro de la poderosa y fuerte mujer que en alguna ocasión fue conocida como Eight, reposaba inclinado hacia un lado, quieto y, de cierta forma, tranquilo; con sus ojos cerrados, como si durmiera. Aunque, con algo de humor, Charlie pensó que en tantos años nunca la había visto dormir tan tranquila.

Sollozos comenzaron a surgir de su boca, convirtiéndose poco después en pequeños gemidos. Intentó evitarlo al inicio, pero al final las lágrimas comenzaron a resbalarse por sus mejillas.

—Vieja estúpida —murmuró con dolor en su voz, mientras dejaba caer una mano sobre el pecho de su amiga, sin importarle si se manchaba de su sangre—. ¿No dijiste que me enterrarías tú a mí? Dios…

Alzó su mirada hacia otro lado, cubriéndose su boca con una mano, y comenzó a respirar lentamente en un vago intento de tranquilizarse. Sin importar qué, no era el momento ni el lugar para quebrarse así.

Matilda se había aproximado unos instantes después detrás de Charlie, y había contemplado aquello en silencio. Pensó en acercarse y revisar a Kali, pero supo casi al momento que sería inútil. Pensó también en quizás en su lugar aproximarse a Charlie, decirle algo… pero tampoco lo sintió correcto; no de momento.

“A las chicas rudas como nosotras nos es difícil pedirle ayuda a alguien más, ¿cierto?” le acababa de decir hace poco en realidad.

En su lugar, Matilda se aproximó a Cole, agachándose a su lado.

—No me preguntes si estoy bien, por favor —le murmuró el detective, aún antes de que la psiquiatra abriera la boca.

—De acuerdo —respondió Matilda con voz apagada, pero igual posó su atención en su pierna. De nuevo sangraba, y además ahora tenía algunos nuevos golpes. No le dijo nada, pero su mirada de preocupación fue suficientemente reveladora para el oficial.

—Así de mal, ¿eh?

Matilda guardó silencio.

—¿Dónde están el hombre y la mujer? —preguntó tras un rato, cambiando un poco el tema.

—Él… creo que está ahí —respondió Cole, señalando con su mirada hacia las ropas de James en el suelo—. Y la mujer, no lo sé. Creo que él nos paralizó para que ella pudiera escapar.

Antes de que Matilda se animara a decir algo más, la voz de alguien más se hizo notar.

—Roberta —escuchó la reportera a sus espaldas pronunciar a Abra. Y aún con sus ojos empapados, Charlie se viró rápidamente hacia ella. Se sintió aliviada de ver que ella estaba bien; aunque no tanto al ver que en realidad no lo estaba del todo “bien”, pues se sujetaba su costado con ambas manos, en un punto justo en donde su suéter se había teñido de rojo.

—Oh, por Dios —musitó Charlie, acercándosele rápidamente para sujetarla; justo a tiempo pues Abra casi se precipitaba al suelo—. Tranquila, siéntate…

—Me duele —musitó la joven despacio.

—Lo sé, lo sé… no te preocupes —le susurraba Charlie, obligándose a recuperarse más rápido, mientras la ayudaba a sentarse en el piso—. ¡Doctora!, ¡venga por favor!

Matilda reaccionó en cuanto se sintió aludida.

—Enseguida vuelvo —le indicó a Cole mientras se alzaba. Éste agitó su mano en señal de aprobación. Igual mientras se alejaba, Karina ya se le había aproximado para ayudarlo a levantarse.

—Lo siento —murmuraba Abra con pesar, mientras miraba a Kali en suelo a unos cuantos metros de ellas—. No pude protegerla, lo siento… soy una inútil, soy una tonta. Ellos vinieron aquí por mí… Todo esto es mi culpa…

—No digas tonterías —le contestó Charlie, sonando casi como un duro regaño—. Ambas sabemos bien quién es el único culpable de toda esta mierda.

Abra guardó silencio, asintiendo. Por supuesto que lo sabía.

Matilda se aproximó en ese momento y se agachó a un lado de Abra.

—Permíteme —le indicó la psiquiatra, y con delicadeza alzó el suéter y la blusa de la joven para poder ver directamente la herida. Tras inspeccionarla un rato, e incluso tocar alrededor de ella con sus dedos, de nuevo su expresión no pareció alentadora—. Bien, síguela presionando —le indicó y guio sus manos con el pañuelo de regreso a la herida—. Necesita atención de inmediato —señaló con firmeza, dirigiéndose ahora a Charlie—, y Cole también. Es momento de ir a un hospital real, y que pase lo que tenga que pasar.

—Nosotros sabemos de un lugar al que podemos llevarlos —oyeron como intervenía Karina. En ese momento se encontraba ayudando a Cole a sentarse sobre una caja—. Es una clínica a cargo de la iglesia, cerca del centro. Es parte de una red de sitios similares que ayuda a nuestra organización con situaciones como ésta. No es un hospital sofisticado, pero servirá de momento. Y es discreto.

—¿Y cuál es su organización exactamente? —cuestionó Charlie, un tanto desconfiada.

—Hablemos de eso después —se adelantó Cole a responder—. Por favor, llévenos. Estamos en sus manos…

Karina asintió, y se apuró entonces a ayudarlo a pararse de nuevo.

—El auto está afuera. Movámonos rápido.

Carl acató la indicación y se aproximó a Abra para ayudarla también a alzarse.

Todos estaban más que listos y dispuestos a irse de ese sitio de una vez por todas.

El siguiente reflejo de Matilda fue virarse hacia Samara y cargarla, esperando verla aún dormida en el mismo sitio en el que la había dejado. Sin embargo, justo hasta ese momento se dio cuenta de que ella en realidad ya no estaba ahí. Y echando una mirada rápida a su alrededor, contempló con horror que no había rastro alguno de ella.

—¿Dónde está Samara? —soltó de pronto al aire, totalmente alarmada.

Su pregunta llamó la atención de todos, que por instinto también miraron a su alrededor en su búsqueda con el mismo resultado.

—Ella estaba justo… —indicó Cole señalando a donde la había visto recostada. Y entonces su atención se fijó en la puerta trasera, abierta—. La mujer del sombrero… ella debió…

—No, no… —pronunció Matilda con espanto, interrumpiendo sus palabras—. Dios, no…

Sin dudarlo ni un instante más, comenzó a correr despavorida hacia a puerta. El dolor de la herida en su brazo la dobló un instante, pero de inmediato se apresuró a recuperarse y seguir corriendo.

—Matilda, ¡no vayas sola! —le gritó Cole a sus espaldas, e hizo incluso el intento de querer seguirla, olvidándose de su deplorable estado por un momento.

—Será mejor que no intente moverse más, detective —le indicó Karina, que lo sujetó firmemente contra ella para que no cayera.

—Tienen que ayudarla, ¡no pueden dejarla ir sola! Por favor…

Karina lo observó con atención. Se veía realmente consternado por esa mujer, quien quiera que fuera.

—Carl —murmuró despacio, mirando a su compañero. Éste asintió, entendiendo rápidamente.

El hombre de cabeza calva le pasó entonces Abra a Charlie para que ella la sujetara, y se apresuró a ir detrás de la doctora, con su arma en mano.

— — — —

Afuera el sol acababa de meterse, y la lluvia que había estado amenazando toda la tarde con caer lo había hecho al fin, con tanta fuerza desde el mero comienzo que incluso las aguas del canal que corría detrás del área de bodegas habían comenzado a arreciar.

Una vez que salió de la bodega, Mabel comenzó a avanzar paralela a la barda del canal, con paso moderadamente acelerado considerando que cargaba a una niña de unos treinta kilos, y que la herida en su hombro le ardía. La lluvia ciertamente le resultaba molesta, y los cabellos de su fleco se le pegaban al rostro; y ni siquiera tenía tiempo de cuestionarse dónde había quedado su sombrero.

No tenía un plan fijo, ni una ruta de escape marcada, o algún lugar claro a dónde ir más allá de su casa rodante ubicada al otro extremo de la ciudad, y a la que difícilmente podría llegar ella sola a pie. Lo único que le quedaba era buscar un lugar seguro, alejado y solitario, en donde pudiera darse el tiempo de exprimir a esa mocosa en sus brazos, y sacarle hasta la última gota de vida. Y por lo que sentía en ella, sería más que suficiente para curarse, recuperar sus fuerzas y luego…

Luego decidiría qué hacer.

Pero la promesa que le había hecho a su amado James antes de irse no había sido sólo palabras vacías. Y ya fuera ese día o dentro de mil más, terminaría vengándose de todos los que le hicieron daño. Y sufrirían por cien lo que les hicieron a ella y a sus hermanos.

Sólo necesitaba primero encargarse de esa mocosa…

Pero cuando ya se había alejado una distancia significativa de la bodega, sin que Mabel se percatara al inicio los ojos de Samara se habían abierto lentamente. Y lo primero que había percibido al estar consciente de nuevo, fue la sensación del agua fría golpeándole la cara, y el olor a hierro de la sangre que brotaba de la herida de Mabel en su hombro. Y una vez que la somnolencia se esfumó por completo de su mente, se viró a intentando ver quién la estaba cargando. Su primer pensamiento fue que era Matilda. Sin embargo, cuando se agitó y le advirtió a su captora que estaba despierta, ésta se detuvo y la volteó a ver, y le dejó claro que no lo era.

Los ojos de Samara se abrieron por completo con alarma, y comenzó a agitarse confundida y asustada, intentando liberarse.

—¡Estate quieta! —le ordenó Mabel con voz beligerante—. Todo está bien, soy tu amiga, ¿recuerdas? —le murmuró, intentando fingir una sonrisa amistosa—. Te llevaré con Thorn. Él me envió por ti…

—¡No!, ¡suéltame! —le gritó Samara con fuerza, empujándose con sus manos y agitando sus pies. Mabel intentó sujetarla lo mejor posible, pero terminó soltándose de sus manos y cayendo de fauces al suelo.

El rostro de Samara chocó contra el concreto mojado, lastimándola un poco. Aun así, intentó arrastrarse por el agua encharcada para alejarse de ella, y luego intentar levantarse. Pero antes de que se alzara por completo, Mabel se lanzó sobre ella, aplastándola con su cuerpo entero para someterla.

—¡No!, ¡déjame! ¡Déjame! —le gritaba Samara con desesperación, mientras se sacudía debajo de ella—. ¡No quiero volver ahí!

—¡Perfecto!, ¡por qué yo no quiero llevarte tampoco! —declaró Mabel colérica, y rápidamente la tomó y la volteó de un jalón violento, recostándola contra el suelo y sentándose sobre ella para que no se moviera.

Ambas estaban empapadas y sucias. La niña de cabellos negros la miraba desde abajo, sollozando asustada y confundida. Mabel estaba de nuevo en la misma posición en la que había estado con Abra hace sólo un rato atrás. Pero ahora no tenía su cuchillo, ni ninguna otra arma más allá de sus propias manos…

Y su herida le dolía aún más que antes debido a todo el ajetreo.

No era la situación óptima que se había imaginado, pero le sería imposible llevársela muy lejos así. Tendría que encargarse rápido, sacarle al menos lo suficiente para curarse su horrible herida, y entonces poder huir por su cuenta.

Rápidamente extendió sus manos directo hacia el delgado cuello de la niña, comenzando a apretarlo fuertemente. Samara se estremeció, y de inmediato llevó sus pequeñas manitas contra las de Mabel, intentando con desesperación quitárselas de encima, pero la fuerza física de la verdadera era superior.

Los ojos bien abiertos y aterrados de Samara, miraban fijamente al frente, mientras de su boca surgían varios quejidos dolorosos.

—No lo hagas… no lo hagas… —llegó a pronunciar la niña, apenas logrando sonar como algo más que un molesto sonido gutural.

—Cállate —le ordenó Mabel mientras la seguía apretando.

—Por favor… no lo hagas…

—¡Cállate, puta paleta! ¡Todos ustedes no han sido más que una enfermedad en mi vida! ¡Mataron al hombre que amaba! ¡No merecen vivir…!

Los dedos de Mabel se apretaron más fuerte contra el cuello de Samara, y la voz de ésta se cortó por completo ante la tajante falta de aire. Sin embargo, sus ojos desorbitados seguían fijos en el mismo punto, que no era de hecho el rostro de la verdadera. En realidad, su mirada y su súplica no eran directamente para su atacante, sino para algo más atrás de ella: aquel ser opaco de sus pesadillas, envuelto en oscuridad y en humedad, y que se le aproximaba por detrás paso a paso, extendiendo su larga y pálida mano a su cabeza.

Samara no quería morir; ese era un miedo latente y fuerte en ella. Pero… si la alternativa era sumirse a la oscuridad, a someterse a lo que esa criatura deseara con tal de que la salvara una vez más… igual que había pasado con su madre…

¿Valía eso la pena?

No quería ser ese monstruo.

No quería matar a más gente…

Sin embargo, antes de que la Otra Samara pudiera alcanzar a su presa, un estruendo similar a un relámpago se hizo sentir por encima de la lluvia o del agua del canal corriendo. Pero no era un relámpago, sino otro disparo más, como tantos que se habían suscitado en ese rato.

—¡Agh! —gimió Mabel adolorida, y su cuerpo entero se ladeó hacia un lado, cayendo en el concreto a lado Samara.

Una vez libre, la niña de Moesko comenzó a toser con fuerza, y a inhalar aire con fuerza de regreso a sus pulmones. Se giró en el suelo, intentando levantarse un poco aunque aún no había recuperado de todo el aliento. Escuchó entonces los pasos de alguien chapoteando, y supo de inmediato que no eran los de la Otra Samara.

Alzó su mirada, y contempló para su sorpresa una figura pequeña aproximándose en la lluvia, con su brazo extendido al frente y un arma de fuego en su mano.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Samara la reconoció.

—Esther… —murmuró despacio, con su voz apenas volviendo a la normalidad.

La mujer de Estonia sonreía complacida.

—Siempre tengo que estarte salvando el pellejo, ¿verdad? —musitó una vez que estuvo de pie a lado de Samara.

Retiró en ese momento el cartucho de la pistola para revisar cuantas balas le quedaban. La había tomado de la bolsa de Kurt en el auto, y al parecer tenía la carga completa, salvo por el disparo que acababa de hacer. Colocó de nuevo el cartucho en el arma, en el momento justo en el que Mabel hacía el intento de volver a levantarse. El disparo le había dado justo en el brazo derecho, y al parecer la bala se había quedado ahí alojada.

Antes de que pudiera levantarse del todo, Esther disparó una vez más, haciendo que Samara a su lado reaccionara tapándose los oídos y cerrando ojos. La bala le dio a Mabel ahora en la parte trasera de su muslo derecho. La verdadera volvió a soltar un alarido al aire y cayó de nuevo, golpeándose la cara contra el duro el suelo.

—Para ser seres supuestamente tan antiguos y peligrosos, no son en realidad muy listos, ¿verdad? —comentó Esther con tono burlón mientras se le aproximaba—. ¿Qué es lo que te proponías exactamente?

—¡Librarme de todos ustedes de una vez por todas! —soltó Mabel llena de ira, virándose en el piso a verla. Su nariz y labio le sangraban por el último golpe, sin contar los dos disparos—. Todos ustedes no son más que una peste, que han venido a destruir todo lo que yo amo. Desde el imbécil niño del béisbol y su sarampión, la estúpida Abra, y en especial el maldito de Damien Thorn. Consumir a todos ustedes era la única opción para poder acabar con él de una vez por todas.

Mientras hablaba, se había ido arrastrando por el suelo con sus brazos y piernas hasta la barda baja que separaba el camino del canal. Se apoyó como le fue posible en ésta para alzarse y ponerse de pie, posada contra la barda para no caerse de nuevo. Al mirar hacia atrás, contempló a Esther a unos metros de ella. La observaba fijamente con expresión estoica y fría; y su arma ahora apuntaba al suelo.

—Tú… tú debes de entenderme, ¿o no? —musitó Mabel, extendiendo una mano amable hacia ella—. Sabes que lo digo es cierto; ¡el mocoso Thorn debe morir! —Esther siguió en silencio—. Aún estamos a tiempo… déjame alimentarme… de ella… —indicó señalando a Samara, que se exaltó al oírla—. Será suficiente para que me cure. Y entonces acabaremos juntas con Abra y los otros. Y así tendré la fuerza suficiente para acabar con él, y seremos libres; las dos lo seremos…

Esther la contempló en silencio por un rato. Entre las tres sólo se percibía el piqueteó de la lluvia cayendo. Tras un rato, una sonrisa gentil se dibujó en los labios de la mujer de Estonia.

Alzó su arma justo entonces, le apuntó con ella, y al instante siguiente volvió a disparar, dándole ahora directo en el costado izquierdo de su torso.

Mabel gritó despavorida. Su cuerpo se giró por completo contra la barda, quedando casi por completo sobre ésta.

—Suelo tener mejor puntería —comentó Esther con tono jocoso, y comenzó caminar tranquilamente la distancia que las separaba—. Ha de ser la luz y la lluvia, lo siento.

—¡¿Cuál es tu maldito problema?! —espetó Mabel furiosa, virándose hacia ella como pudo—. ¿Acaso en verdad le eres leal a ese bastardo? ¡Tú también deberías querer verlo muerto!

—Sería lo esperado, ¿cierto? —respondió Esther entre risillas—. Pero, por extraño que parezca… no; no tengo interés en que muera. Y no porque le sea leal ni nada parecido. Simplemente él y yo teníamos un trato; yo cumplí mi parte, y él cumplió la suya. No hay resentimientos ni nada parecido. De hecho, ya no hay nada entre él y yo. Sólo me quedé un poco más para conocerlos a ustedes dos, y saber si podía obtener un poco más de información sobre… esto que me pasó. Pero ya veo que no, así que mis asuntos aquí han terminado.

—¿Entonces por qué haces esto…?

Estando ya de pie justo delante de ella, Esther le volvió a sonreír con la misma morbosa ternura de antes. Alzó su arma una vez más, pegando la punta de ésta contra la frente de la herida y desconcertada Doncella.

—Bueno, creo que me caes mal —declaró Esther de pronto con una aterradora naturalidad, esbozando una sonrisa alegre aún más amplia, y que incluso enseñaba un poco de sus dientes.

—¡Samara! —gritó la voz de alguien a sus espaldas, distrayendo un momento a Esther y obligándola a virarse hacia atrás en busca de su origen.

Mabel aprovechó ese instante; James no se había sacrificado por ella para que muriera ahí sin pelear. Alzó en ese momento su pierna sana, y con una patada alejó a Esther de ella, empujándola con fuerza hacia atrás y haciéndola caer de espaldas al piso. La patada también sirvió de impulso para Mabel, pues su cuerpo se ladeó hacia atrás, pasando por encima de la barda de protección y cayendo hacia el otro lado.

El cuerpo de la verdadera se precipitó hacia abajo, golpeándose una vez contra la pared del canal, y luego sumergiéndose en las embravecidas aguas, desapareciendo a simple vista.

En cuanto pudo, Esther se paró de un salto y se dirigió a la barda, apuntando con su arma hacia el canal. En la oscuridad, le fue imposible divisar a la mujer, y tras unos segundos le fue más que obvio que el agua se la había llevado.

—Maldición… —soltó molesta, volviendo a colocar sus pies en suelo seguro.

Cuando se viró de regreso, pudo ver aproximándose por el camino a dos personas bajo la lluvia; una mujer y un hombre.

—Matilda —musitó Samara, con júbilo desborrando de su voz. Reconocer a la psiquiatra aproximándose a ella, fue lo que le bastó a la pequeña para poder pararse al fin y caminar presurosa a su encuentro.

—¡Samara! —exclamó Matilda, aliviada aunque aun claramente preocupada. Se agachó delante de ella sin dudar, y la abrazó fuertemente, dándole además unos pequeños besos en la corona de su cabeza—. ¿Estás bien, pequeña? ¿Estás herida?

Samara también la abrazó, y negó rápidamente con su cabeza como respuesta, aunque ciertamente su cuello le dolía. Pero eso no importaba de momento; ahora todo estaba bien. Y al abrir sus ojos y mirar alrededor, se sintió aún más aliviada de no ver rastro alguno de la Otra Samara. 

—Qué conmovedor —musitó Esther irónica desde su posición, jalándose de inmediato la atención de Matilda. La había visto en la lejanía, pero sólo hasta ese momento su identidad le fue clara.

Rápidamente se colocó delante de Samara de forma protectora, alzando una mano como amenaza en su dirección. Carl, detrás de ella, la apuntó con su arma. No se sentía muy cómodo con la idea de apuntarle a una niña, pero las cosas que había visto en los últimos años le habían enseñado a no juzgar a nadie por su sola apariencia.

—Suelta esa arma, niña —le ordenó Carl con voz tosca.

Esther se mantuvo quieta, dejando a la deriva cuál sería su siguiente acción.

—No, no le hagan daño —pidió Samara, saliendo de detrás de Matilda para colocarse delante de ella—. Ella me salvó… —Alzó su mirada en ese momento hacia Esther, asintiendo lentamente—. Gracias…

Matilda la miró, confundida por tal declaración. Y al ver de nuevo a Esther, ésta sólo sonrió y se encogió de hombros. Aunque igual, quizás en un intento de tranquilizar un poco las cosas, y de que ese gigantón dejara de apuntarle, tiró su arma al piso. Carl tomó con buena voluntad este acto, y bajó su pistola; Matilda no estaba segura de darle la misma oportunidad.

Al sonido de la lluvia se le sumó algo más: las sirenas lejanas de la policía, aproximándose en su dirección. Aquello no sorprendió mucho a ninguno; se habían suscitado tantos disparos en tan corto tiempo, que era esperable que esto llamara demasiado la atención de alguien, incluso considerando la zona en la que se encontraban.

—Mi canción favorita —musitó Esther escéptica. Miró entonces de nuevo directo hacia Samara—. Hora de elegir. ¿Vienes conmigo o te quedas?

Samara se sobresaltó un poco. Se viró a ver a Matilda un instante y luego de regreso a Esther. Matildda percibió por un momento que podría estar dudando. Sin embargo, la decisión era de hecho bastante evidente; lo fue incluso para Esther, y lo dejó ver con la media sonrisa que dibujó en sus labios.

—Buena suerte, lela —soltó la mujer de Estonia con elocuencia, y comenzó entonces a andar tranquilamente en la dirección contraria a la que venían las sirenas—. Ahora te toca cuidarte sola…

—Leena Klammer —espetó Matilda ferviente, dando un paso hacia ella—. ¿Crees que puedes sólo irte luego de todo el daño que has hecho? ¿Y de todas las personas que has matado…?

—No seas una puta resentida —soltó Esther con normalidad sin detenerse—. Tienes cosas más importantes de qué ocuparte, ¿no crees? Ya nos arreglaremos en otra ocasión.

Matilda sentía en lo más hondo que no podía dejar que se fuera así nada más. Aunque fuera cierto que el chico Thorn fuera la mente detrás de todo, esa locura había comenzado directamente por las acciones de esa mujer; debía pagar por eso, y por todo lo que había hecho en el pasado antes de ello.

Sin embargo, algo era cierto: su prioridad en ese momento era poner a salvo a Samara, Cole, y Abra; y no contaba con el tiempo como para hacer ambas cosas a la vez. Así que, aunque le dolía y enojaba hasta lo más hondo… sólo podía quedarse ahí, viendo cómo se alejaba en la lluvia hasta desaparecer de su vista. Y claro, esperar que esa última advertencia que le había dado se cumpliera (o no).

—Tenemos que irnos —le advirtió Carl con aprensión.

—Lo sé —respondió Matilda en voz baja, y por mero reflejo atrajo a Samara contra ella, como si temiera que si se separaba sólo un poco desaparecería de nuevo de su vista—. Vamos, Samara. Vamos a casa…

—A casa… —susurró la niña despacio, como si esas palabras le resultaran de alguna forma extrañas. Pero demostró estar de acuerdo con el plan, tomando firmemente la mano la mujer castaña y asintiendo.

Matilda la alzó rápidamente, sujetándola firmemente en sus brazos, y los tres se dirigieron presurosos de regreso a la bodega para reunirse con los demás.

— — — —

Carl y Karina habían estacionado fugazmente su vehículo al frente de la bodega, antes de tener que salir presurosos de éste al oír los disparos. Ahora que se retiraban, tenían que hacerlo con más cuidado por los heridos, pero quizás con la misma prisa o mayor.

Charlie había llevado a Abra a los asientos traseros, y la había ayudado a sentarse de la forma más cómoda posible. Una vez que lo hizo, volvió rápidamente a adentro de la bodega sin decir mucho. Karina se las había arreglado a su vez para sentar a Cole detrás también, aunque difícilmente podría ir cómodo sin importar la posición que lo pusiera.

Una vez que los dos heridos más graves estuvieron arriba, Karina revisó de mirada el espacio disponible. Aún faltaba acomodar al menos tres personas más, además de Carl. Al parecer tendrían que ir un poco apretados, pero no podían ponerse quisquillosos; y menos cuando el sonido de las sirenas de policía en la lejanía se hizo presente.

—Debemos irnos ahora —indicó Karina, dirigiéndose a la parte delantera del vehículo.

—No —exclamó Cole, casi dispuesto a bajarse del vehículo de un salto—. Yo no me iré sin…

Antes de que terminara su alegato, los tres observaron cómo Charlie salía de la bodega, pero ahora empujando consigo su motocicleta.

—¿Roberta? —masculló Abra desde el vehículo, asomando un poco su cabeza por la ventanilla—. ¿A dónde vas?

—¿Qué piensa hacer? —añadió Cole, igual de desconcertado.

Charlie colocó la motocicleta cerca del camino y de inmediato se montó en ella. La herida de su hombro le caló un poco y la hizo detenerse unos segundos, pero logró recuperarse rápidamente y proseguir.

—Lo que vine a hacer aquí —les respondió secamente, extendiendo en sus dedos un objeto alargado que sujetaba entre ellos: una tarjeta blanca de acceso, la misma que había visto más temprano ese día que Kurt tenía consigo para acceder al ascensor privado; y que, al revisar en los bolsillos de su cadáver hace un momento, encontró con gusto que no se había dañado—. Iré a terminar con esta misión de una vez por todas.

Introdujo la tarjeta en un bolsillo de su chaqueta, y sin más encendió el motor de la motocicleta, lista para salir disparada de ahí de inmediato.

—No, ¡no lo hagas! —declaró Abra llena de inquietud, y sin importarle su dolor o su debilidad abrió la puerta de su lado y se bajó del vehículo, cojeando hacia la reportera. Karina fue detrás de ella, sujetándola a último momento antes de que cayera—. No enfrentes a Damien tú sola, ¡te matará! Por favor, espera a que me recupere, e iremos las dos y lo acabaremos; juntas.

—No, nena —respondió Roberta con abrumadora seriedad. Se viró en ese momento hacia ella, colocó una mano detrás de su cabeza y pegó su frente a la suya, tomándola un poco por sorpresa—. Kali tenía razón; ni siquiera debí haberte traído aquí en primer lugar. Discúlpame con tu tío, por favor.

Dicho eso, se separó de nuevo, y miró con seriedad a Karina.

—Pónganla a salvo —indicó como últimas palabras, antes de presionar el acelerador de su moto, y comenzar a alejarse rápidamente por el camino.

—¡No! —exclamó Abra alarmada, y de nuevo estuvo a punto de caerse si no fuera porque Karina la sostenía.

Cuando Roberta iba saliendo, se cruzó fugazmente con Matilda, Samara y Carl que ya venían de regreso. La reportera ni siquiera volteó a verlos, pero Matilda sí a ella.  Y al verla alejarse de esa forma, una desagradable sensación le invadió el estómago.

Siguieron avanzando hasta llegar a la entrada de la bodega. Karina ya estaba en ese momento colocando de nuevo a Abra en la parte trasera.

—Matilda —musitó Cole aliviado al verla, en especial acompañada de Samara.

—Roberta… —murmuró Matilda despacio, mirando en dirección a donde la mujer rubia se había ido. Ni Cole ni nadie le respondieron, pero para ella resultó evidente a dónde se dirigía en realidad.

—Suban, rápido —les apremió Karina, prácticamente empujando a Matilda y a Samara adentro. La psiquiatra se sentó a lado de Cole, sentando a Samara en sus piernas—. ¿Y la mujer? —le cuestionó Karina justo después a su compañero.

—Se tiró al canal —respondió Carl, aunque no del todo seguro—. Pero estaba muy herida. Lo más seguro es que no sobreviviera.

—Yo no apostaría por eso —declaró Abra con brusquedad desde el asiento trasero. Tenía su frente contra la ventanilla, y pequeñas lágrimas comenzaban a humedecerle el rostro. 

Una vez que todos estaban arriba del auto y con Karina al volante, éste giró rápidamente sobre sí para poder enfilarse al camino. Mientras giraba, Matilda pudo echar un último vistazo al interior de la bodega. A lo lejos, pudo distinguir el cuerpo de Eight, tirado entre las cajas, abandonado como si no fuera nada; como si no fuera una persona…

Matilda tuvo que desviar su mirada, avergonzada. Sólo podía pensar en lo decepcionada que estaría Eleven de que la dejaran de esa forma. Pero ya no estaba en sus manos hacer mucho más.

«Lo siento» pensó sin estar segura de con quién se disculpaba en realidad. Y al momento, ella también comenzó a llorar.

Aquel había sido un día largo, agotador, y muy doloroso. Pero mientras se alejaban a toda velocidad, Matilda sintió por primera vez en todas esas horas que al fin estaban a salvo…

— — — —

Esther también emprendía la retirada de la escena del crimen, aunque con bastante más cautela y calma que Matilda y sus acompañantes. Después de todo, de seguro la atención de la policía se enfocaría justo en aquella bodega, a la cual ella ni siquiera había entrado o acercado. Y aunque algunos de esos oficiales estuvieran enterados de que ciertas ramas de la ley buscaban a alguien con su descripción única, no había de momento nada que relacionara a Leena Klammer con ese misterioso tiroteo en la bodega, por lo que esperaba que ninguno tuviera en primera instancia la iniciativa de buscarla.

Aun así, lo que sí sería difícil de explicar era por qué una niña iba caminando sola en un área industrial bajo la lluvia, así que sería mucho mejor si no se cruzaba con ningún uniformado en su camino. Y si acaso lo hacía… bueno, a pesar de que había tirado su arma atrás como muestra de buena voluntad hacia aquellos dos, la realidad era que tenía dos más ocultas en la mochila que colgaba de su espalda. Así que, dado el momento, vería que sería mejor.

Al salir de un pequeño callejón y dar vuelta en una calle que en teoría la sacaría de esa zona, la soledad casi absoluta de la calle se vio interrumpida cuando distinguió la figura de una persona de pie más adelante, justo debajo de la única luz de la calle que parecía funcionar, y protegiéndose de la lluvia debajo de un amplio paraguas rosa y amarillo. Aquella persona la miró de regreso, sonriéndole de una forma bastante prepotente, aunque viniendo de quien venía tampoco era del todo inusual.

—¿Sigues aquí? —murmuró Esther con indiferencia, avanzando tranquilamente en su dirección—. Creí que ya te habías ido.

Lily Sullivan se encogió de hombros, y le respondió con profunda calma:

—Quería estar cerca para ver en primera fila si te convertían en queso gruyere.

—Lamento decepcionarte —le respondió Esther impasible, y la pasó de largo, continuando con su camino. Para su sorpresa (o quizás no tanta), Lily comenzó a avanzar a su lado, sujetando el paraguas sobre ellas.

—¿Y ahora qué harás? —le preguntó Lily con una ingenua curiosidad, que se antojaba demasiado falsa.

—De entrada, salir de esta apestosa ciudad para nunca volver.

—¿Significa que renunciaste ya a tu deseo de ser actriz?

Esther se detuvo en seco unos momentos al oírla decir eso, y se viró a ella lentamente. Lily se detuvo también, y le sostuvo sin mucho problema la mirada, y en especial sin borrar su sonrisa engreída. Tras unos segundos, Esther también le sonrió de regreso.

—¿Por qué tanto interés? —soltó de forma juguetona—. ¿Quieres venir conmigo?

—Tal vez voy en la misma dirección.

—Lo dudo, porque ni siquiera yo sé qué dirección es esa.

—Sí lo sabes —señaló Lily mordaz, comenzando a jugar un poco con el paraguas en sus dedos, haciéndolo girar sobre ellas—. Ya te lo había dicho, ¿recuerdas? Tenemos que ir a buscar a tus hermanitos… Los niños que sobrevivieron

Esther soltó en ese momento una sonora carcajada como respuesta inmediata.

—¿En serio acabas de hacer una referencia a Harry Potter? —soltó la mujer de Estonia incrédula; Lily simplemente se volvió a encoger de hombros—. Y entonces, ¿eso significaba que sigue en pie lo de ayudarme con eso?

—Yo no diría ayudarte, exactamente —reveló Lily con incógnita en su tono—. Más bien quiero buscar el mejor método de hacer tu vida un miserable infierno. Y la mejor forma de hacerlo, es estando cerca cuando metas la pata; y por supuesto que lo harás.

—Lo que tú digas, mi linda hermana menor —masculló Esther traviesa, y de pronto le rodeó el cuello a la niña de Portland con su brazo, atrayéndola hacia ella y haciendo que ambas comenzaran a avanzar de ese modo.

—No me llames así, que me harás vomitar —masculló Lily con desagrado, e hizo el intento de empujarla lejos de ella, aunque Esther no se lo permitió.

Igual Lily tampoco se esforzó demasiado en ello, así que les tocó ir caminando todo el camino bajo la lluvia, una a lado de la otra.

—¿Dónde conseguiste este paraguas?

—¿Qué eres?, ¿policía…?

FIN DEL CAPÍTULO 108

Notas del Autor:

¿Me creerían que yo ingenuamente pensé que este capítulo y el anterior podrían ser uno solo? Bueno, no es la primera vez que me equivoco con eso.

En fin, estos dos últimos capítulos fueron muy importante pues, además de que tuvimos un par de muertes trascendentales, conforme se va acabando este “Arco de Los Ángeles”, las tramas de algunos personajes se van cerrando; al menos de momento, pues de algunos es obvio que no es la última vez que los veremos. Pero esto aún no termina, pues como pudieron ver hay un enfrentamiento final que se ha estado fraguando y que ya toca ir a ver antes de cerrar con este arco. ¿Emocionados?, por qué al menos yo sí lo estoy.

Quédense al pendiente, porque los capítulos que vienen serán explosivos (o al menos intentaré que lo sean).

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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