Original El Manto de Zarkon – Capítulo 43. Tus últimos días como noble respetable

4 de febrero del 2022

El Manto de Zarkon - Capítulo 43. Tus últimos días como noble respetable

Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 43.
Tus últimos días como noble respetable

Tras la repentina, aunque no sorpresiva, partida de Erios, su madre y hermana permanecieron en silencio en sus asientos, sin siquiera tocar sus platos. La antigua emperatriz segunda se sujetaba su cabeza entre sus dedos, intentando mitigar ese punzante dolor que le había surgido en las sienes, y Katherine sólo contemplaba en silencio a su desayuno a la mitad.

—Dios, que bochornoso es intentar hablar con ese idiota —soltó Marinka con marcado enojo, pero rápidamente comenzó a respirar lentamente, intentando calmarse—. Katherine, si Frederick decide que lo mejor es que ustedes dejen el palacio, las puertas de Vertun por supuesto que están abiertas para ti. Y hablo también por tu tío al decirlo.

—¿Y Erios? —Inquirió la princesa, dudosa—. ¿Lo dejarás a su suerte? Sabes que si me voy, terminará muerto en una semana; o menos.

—¿Aún después de las cosas que te dijo lo sigues defendiendo? —Le cuestionó su madre con severidad, a lo que Katherine sólo pudo agachar la mirada con cierta vergüenza—. Tu hermano claramente ya tomó sus decisiones. Ahora debes sólo pensar en intentar salvar lo mejor que puedas tu propio futuro.

—Lo sé, pero de todas formas no quisiera irme de Zarkon. Todas mis amigas y conocidos están aquí. Quizás… —hizo una pausa reflexiva, mientras centraba su mirada en la lejana vista de la ventana a las espaldas de su madre—. Quizás me pueda quedar como ayuda y apoyo para Isabelleta.

—¿Ayuda y apoyo? —Repitió Marinka, casi como si aquellas palabras le provocaran asco—. Ninguna hija mía se volverá dama de compañía de una Vons Kalisma. Estamos muy por encima de eso.

—No hablaba de ser su dama, sino… su amiga, o algo así. Piénsalo, ella no conoce cómo es la vida en la corte de Zarkon. Aquí las cosas no son como en Marik. Necesitará a alguien que la guíe y la ayude, y yo puedo ser esa persona.

—¿Y qué ganarás con eso a la larga? Ya no eres una jovencita, Katherine; tienes que enfocarte en lo que realmente necesitas. A esta edad ya deberías estar casada, y de preferencia ya haber tenido un primer hijo, o al menos estarlo esperando.

—¡Me recriminas como si lo de Alexei hubiera sido mi culpa! —Exclamó Katherine, alzando la voz sin darse cuenta pero intentando moderarse justo después—. Yo no fui la que se metió a la cama de otra mujer, ni quien recibió la bala; ni siquiera quien disparó, aunque claramente hubiera tenido todo el derecho. Yo fui una buena prometida hasta el último momento.

—Tan buena que te acostaste con él cuando aún ni estaban casados —respondió Marinka tajantemente, provocando una notable reacción adversa en su hija.

—Mamá —susurró despacio, mirando alrededor temiendo que algún sirviente los oyera; aun sabiendo que quizás no escucharían nada que no hubieran oído ya entre los múltiples chismes que rondaban—. Lo dices como si me hubiera ido a revolcar con cualquiera en la calle como lo hace Erios. Lo hice con mi prometido, porque lo amaba.

—Y aun así fue a buscar el consuelo de otra mujer —señaló Marinka con desdén, provocando un enojo palpable en Katherine, pero que de nuevo contuvo, limitándose sólo a beber lentamente de su copa de agua—. ¿Crees que no he intentado encontrarte algún otro prometido todo este tiempo? ¿Cuántos hombres decentes crees que están dispuestos a casarse con alguien de tu edad, y con el peso de todas esas habladurías?; no sólo las tuyas, sino también las de tu… hermano —aquello último lo pronunció con un rastro de la misma rabia que tenía encima cuando Erios seguía sentado ahí—.  Si al menos hubiera sido nombrado emperador segundo, pudiéramos haber resuelto algo; pero por eso ya no vale la pena llorar, ¿verdad? Seamos sinceras, lo único de valor que te queda por ofrecer es tu apellido Rimentos, e incluso éste ya no será suficiente en cuanto las dos hijas de Frederick lleguen, y se vuelvan candidatas Rimentos más idóneas para cualquier compromiso.

—Por Dios, mamá… Tienen siete y nueve años.

—Y aun así todas las familias nobles de Volkinia Astonia se pelearán por presentarles a sus hijos…

Marinka soltó un profundo suspiro, y comenzó a tallarse su frente, de nuevo intentando mitigar el dolor de cabeza.

—Escucha, sin importar cómo haya sido lo de Alexei, la realidad es que la vida de una mujer sin esposo o hijos siempre es muy difícil, y expuesta a la crítica de la gente. Incluso la de una mujer noble, o más bien en especial la de una mujer noble. Es obvio que ni siquiera puedes esperar que tu hermano cuide de ti, y aferrarte a la caridad de Frederick e Isabelleta no te traerá ningún beneficio a la larga.

—No dije que me aferraría a su caridad —alegó la princesa con pesar—. Sólo considero que si no es posible para mí encontrar un esposo, quizás les puedo ser de utilidad a mis primos y a Volkinia Astonia de otra forma. Soy una mujer muy capaz, y lo sabes.

Marinka volvió a suspirar, y luego se encogió de hombros, resignada.

—Bueno, en tres días lo sabremos.

— — — —

Justo como era de esperarse, Erios salió del palacio después de aquel agradable desayuno, tomando apenas un pequeño desvío para ponerse su abrigo negro antes de salir al frío de las calles de Zarkon. Reparó un poco después en que quizás algunas personas pensarían que iba de negro también por el luto de su padre, pero la verdad era que no; ese abrigo llevaba con él bastante tiempo, y había sido testigo de muchas cosas en el proceso.

Era muy temprano para los estándares de sus amigos, por lo que pasó todo el resto de la mañana e inicios de la tarde en la Cantina de Samuel; ese era el nombre del lugar, aunque el dueño se llamara Erick. Estuvo sentado en la barra bebiendo solo, platicándole a Erick la novedad exclusiva sobre la próxima llegada de su primo Frederick, y cantando algunas canciones acompañado de los pocos clientes que entraban y salían.

—¡Por Frederick Rimentos!, nuestro nuevo emperador segundo —propuso a modo de brindis alzando su tarro, justo cuando las campanas de la catedral del centro sonaron al mediodía, llamando a los fieles—. Y que Yhvalus se apiade de ese pobre desgraciado.

Erick y los cinco clientes que había en esos momentos le correspondieron sus palabras, aunque con un sentimiento menos irónico que el suyo.

Dos horas después, al parecer la noticia de su presencia en ese sitio ya se había dado a conocer, pues en ese momento tres de sus amigos más cercanos hicieron acto de presencia por la puerta y se dirigieron alegres hacia el príncipe en la barra. Éste los recibió contento, como si no los hubiera visto en bastante tiempo. Los cuatro se sentaron juntos en una mesa a beber, fumar y jugar algunas manos de cartas vilantes, un juego bastante popular para apuestas entre la clase baja y media, y que la nobleza fingía simplemente desconocer.

Mientras jugaban y reían entre todo el aroma de los cigarrillos y el licor, Erios le contó las nuevas noticias.

—¿Así que el nuevo emperador segundo llega en tres días? —Cuestionó Hilbert, hijo menor de una familia con una empresa dedicada a la pesca desde hace tres generaciones atrás, siendo el único de todos ellos que odiaba el pescado—. Eso de seguro será una gran fiesta, ¿verdad?

—Quizás —respondió Erios con indiferencia, exhalando por su boca el humo oscuro de sus cigarrillos, y colocando en la mesa una de las cartas de su mano—. Pero no te emociones mucho. No sé siquiera si yo estoy invitado, mucho menos ustedes.

—¿Y qué harás entonces, Erios? —Preguntó con curiosidad Anatole, un joven noble hijo de un conde francoisiano con bastantes negocios en esas tierras—. ¿Te irás a vivir con tu tío?

Erios soltó una risilla irónica.

—Prefiero encajarme fierros hirviendo en mis ojos. Quizás tenga que depender de la buena voluntad de mis amigos de aquí en adelante —comentó con tono burlón, extendiendo sus brazos hacia los sentados con él.

Todos rieron hirientes a tal propuesta.

—A buen árbol te arrimas —comentó Karline, el agraciado hijo menor del regente local de Higen, y que se suponía estaba en Zarkon estudiando y haciendo contactos, sin mucho logro en ninguna de las dos cosas—. Tenemos incluso menos dinero que tú, alteza.

—Quizás ahora debamos empezar a salir de juerga con el primo Frederick —propuso Hilbert a modo de juego, y de nuevo todos respondieron con una notable risa burlona.

—Mucha suerte con eso —dijo Erios al tiempo que apagaba en el cenicero lo que quedaba de su cigarrillo, justo para después encender otro—. Es bien sabido que es un estirado puritano, como todos los nobles de Marik. Apuesto a que el sólo hecho de ver a otra mujer que no sea su esposa, lo hace sentir sucio; aunque tengo que decir que la Vons Kalisma que se consiguió como esposa no está nada, pero nada mal, pero dudo que la aproveche demasiado. No se sorprendan si decide cerrar todos los prostíbulos de Zarkon para convertirlos en iglesias

Y terminada su acusación, bajó en ese momento todas sus cartas a la mesa, para que todos vieran los dos pares, uno de espadas y el otro de escudos, y la tercia de lobos que tenía, dándole la victoria indiscutible de esa mano. Sus tres amigos soltaron un quejido de inconformidad, y dos de ellos azotaron sus cartas contra la mesa. A pesar de sus quejas, Erios estiró sus manos y jaló todas las uprias sobre la mesa hacia él. A pesar de la horrible mañana, parecía que aún le quedaba un poco de suerte al príncipe Rimentos.

—Bueno —pronunció Hilbert, parándose de su silla y frotándose las manos—, entonces antes de que se convierta en casa de oración, ¿por qué no vamos al Colibrí?

—¿Tan temprano? —Inquirió Anatole, evidentemente no muy convencido por la propuesta.

—¿Qué?,  ¿acaso tu pene tiene hora específica para levantarse? —bromeó Hilbert, dándole un par de golpes en su brazo a su colega francoisiano, que se limitó a sólo reír—. ¿Qué dices, Erios?

Erios estaba algo callado, guardando sus últimas ganancias. Se retiró entonces su cigarrillo actual de sus labios, exhalando una densa nube oscura delante de su rostro, mientras miraba pensativo a la mesa.

—No lo sé —musitó despacio, agitando la mano que sujetaba el cigarrillo, provocando que el humo dibujara su trayecto en el aire—. Creo que no estoy de humor.

—Tú siempre estás de humor, vamos —insistió Hilbert, palpablemente el más urgido por que aceptaran su propuesta.

—Piensa que estos podrían ser tus últimos días como noble respetable, Erios —añadió Karline al intento de convencimiento—. Bueno, aunque eso de respetable…

Los tres chicos rieron burlones al último comentario. Erios no los acompañó en sus risas, pero sí sonrió ligeramente.

—Está bien, vamos —respondió al final, y sus amigos lo festejaron con una pequeña ovación.

Luego de pagar su cuenta, los cuatro salieron de la Cantina de Samuel y se dirigieron andando por las calles hacia el Colibrí, el burdel de alta categoría más respetable, y costoso, de todo Zarkon. Era el tipo de lugar que todo el mundo sabía que los nobles frecuentaban, pero que muy pocos admitían siquiera saber qué era cuando alguien se los mencionaba. Erios y su grupo de descarados eran parte de esos pocos.

La noche anterior había nevado, pero había hombres contratados especialmente para limpiar las calles prontamente, y ya para esas horas sólo quedaban algunos vestigios. Aun así, el clima seguía siendo frío y el empedrado de las calles estaba húmedo y resbaladizo.

—Siempre podrías intentar sentar cabeza de una vez —comentó Anatole mientras caminaban, siguiendo con la cuestión sobre qué pensaba Erios hacer una vez que el nuevo emperador segundo llegara—. El puro apellido Rimentos vale demasiado para cualquiera.

—Si fuera cualquier otro, quizás —respondió Hilbert antes de que Erios tuviera oportunidad—. Pero, ¿qué familia que se respete querría casar a una hija con éste loco después de todo lo que se sabe de él?

—Sin mencionar el escándalo de su hermana… —añadió Karline justo después entre risas. Sin embargo, Erios no compartió su humor pues en ese momento se detuvo y se viró hacia él, colocando una mano sobre su pecho para detenerlo.

—Oye —exclamó el príncipe molesto, mirando a su amigo con un visible enojo en sus ojos—. De mí digan lo que les dé la gana, pero con Katherine no se metan. Además de que ese asunto no fue su culpa, sino del maldito bastardo de Alexei, que Yhvalus no lo ayude a descansar ni un poco, porque si no estuviera muerto yo mismo lo hubiera castrado.

—De acuerdo, lo siento —murmuró Karline, un poco confundido por su exabrupto.

Erios retiró su mano de su compañero y siguió avanzando con todos. Debía admitir que él mismo estaba sorprendido de su reacción, en especial considerando las cosa que le había dicho a Katherine esa mañana. Pero la verdad era que, aunque se pelearan de vez en cuando, le tenía gran cariño y respeto a su hermana menor, y ciertamente no se merecía ese maltrato por parte de nadie. Suponía que simplemente así funcionaban los lazos entre hermano mayor y hermana menor; entre ellos podrían casi matarse, pero que nadie más se atreviera siquiera a mirarlos de mala manera sin querer afrontar las consecuencias…

—En todo caso —prosiguió Erios, dejando el tema de su hermana de lado—, yo no me pienso arrastrar a rogarle a alguien para que me permita casarme con su hijita linda. El matrimonio es una basura, y no empujaría a nadie a eso.

—Concuerdo, pero no se lo digas a mi madre porque me colgaría vivo de uno de sus ganchos de pesca —le susurró Hilbert despacio, rodeando el cuello del príncipe con un brazo—. Pero podrías entonces buscarte a una de esas viudas interesadas en adoptarte como su juguete sexual. Sólo tendrías que aguantar algunos pellejos viejos.

—No creo que eso sea problema para Erios Rimentos, ¿cierto? —Comentó Karline bromista, aunque un poco más recatado que en su último comentario.

Erios no pareció divertido por el comentario, pero para su suerte tampoco volvió a reaccionar negativamente como antes.

—Sí… tal vez —fue lo único que respondió, aunque fue tan distante que ni siquiera sonaba a que fuera una respuesta para ellos.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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