Original El Manto de Zarkon – Capítulo 41. Ganarse de nuevo su confianza

17 de enero del 2022

El Manto de Zarkon - Capítulo 41. Ganarse de nuevo su confianza

Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 41.
Ganarse de nuevo su confianza

A la mañana siguiente, más tranquila, y sobre todo sobria, Isabelleta le relató lo sucedido a su esposo. La actitud de la emperatriz segunda al realizar su relato fue de hecho bastante calmada, algo que desconcertó a Frederick apenas un poco más de lo que lo hacían los hechos que contaba. Quizás el rato que había pasado sentada en la oscuridad  bebiendo, le había ayudado a reflexionar al respecto. Pero Frederick, por otro lado, estaba totalmente pasmado, y bastante confundido sobre cómo debía reaccionar a continuación.

—No seas duro con Mina—le había solicitado su esposa, quizás al notar su reacción aversiva en su rostro. Aquello sí resultaba insólito, pues en cualquier otro momento habría sido ella misma cuyo primer reflejo hubiera sido reprender a la pequeña duramente.

Como fuera, Frederick no tenía pensado regañar a su hija, pero sí quería hablar con ella directamente para al menos conocer su punto de vista. Y lo mejor sería hacerlo solo, pues tampoco estaba muy seguro de cuánto le duraría a Isabelleta aquella actitud sosegada. La emperatriz segunda no se opuso a ello, y antes del mediodía se retiró del camarote para dejarle la habitación libre para dicha plática. En el palacio de Marik, cuando quería hablar seriamente con alguna de sus hijas, se la llevaba a su estudio privado, y ahí a solas conversaban sobre el asunto en cuestión. No tenía un estudio en ese barco, por lo que tendrían que usar su camarote con ese fin.

El nivel de enojo que el príncipe solía reflejar en esas pláticas con sus hijas dependía, obviamente, de la gravedad de lo sucedido. En esa ocasión, sin embargo, no tenía claro si estaba molesto o no; y, además, con quién. Aunque sí tenía clara una cosa: justo después de Mina, necesitaba urgentemente hablar con alguien más. Así que además de a su hija menor, había hecho llamar a esa otra persona, con unos cuantos minutos de diferencia.

Frederick aguardaba a que la primera de sus dos citas llegara, sentado en la silla del escritorio del camarote. En sus manos sujetaba el sable que Isabelleta con tanto interés observaba la noche anterior, moviéndolo un poco hacia adelante y hacia atrás, viendo su propio reflejo en la hoja gastada, además de rudimentaria y opaca; muy diferente a la hoja limpia y brillante de su propia arma, que en esos momentos reposaba contra la pared a un lado del escritorio, aguardando dentro de su vaina. Cuando Isabelleta le contó lo sucedido, dicha arma, a pesar de ser tan común, obtuvo también otro sentido para el príncipe Rimentos.

El sonido de unos nudillos delgados llamando a la puerta lo sacó de sus pensamientos, y de la contemplación a la espada en sus manos en la que se había sumido.

—Adelante —indicó el emperador segundo con voz cauta. Cuando la puerta se abrió, no le sorprendió ver del otro lado a la pequeña princesa Mina, acompañada por su dama de compañía—. Hola, cariño—le saludó intentando que su voz sonara lo más calmada posible, y colocó entonces la espada sobre el escritorio a su lado—. Acércate.

La princesa ingresó cabizbaja al camarote, con sus dedos aferrados a la falda de su vestido. Lukrecya también ingresó, cerrando la puerta con cuidado detrás de ella, y manteniéndose de pie con firmeza delante de ésta como un guardia.

A pesar de la petición de su padre para que se le acercara, Mina permaneció de pie en su sitio, no muy separada de su dama y con sus ojos agachados puestos en los tablones de madera del piso.

—¿Qué ocurre? —Cuestionó Frederick—. ¿Estás asustada, acaso?

Mina balbuceó un poco de forma inentendible, antes de lograr articular sus palabras de la mejor forma.

—¿Me vas a regañar?

—No, Mina —respondió Frederick con estoicidad—. No esta vez.

Frederick le extendió una mano gentil, de nuevo invitándole a aproximarse. Mina así lo hizo, avanzando hacia él con pasos pequeños, hasta colocar su manita sobre la suya. El tacto de sus dedos grandes y fuertes de su padre tuvo un efecto reconfortante en la princesa, y le permitió alzar un poco su mirada del suelo con menor temor.

—Déjanos solos unos momentos, por favor —le indicó el príncipe a la dama de compañía, que se sobresaltó ligeramente al sentirse observada directamente por él.

—Sí, alteza —pronunció Lukrecya con aparente calma, aunque en el fondo estaba bastante contenta con poder salir de ese sitio y no ser parte de lo que claramente sería una conversación incómoda. Así que luego de ofrecer una pequeña reverencia al emperador segundo, salió de la habitación para aguardar en el corredor.

—Ven, cariño, siéntate aquí conmigo —pronunció Frederick una vez que estuvieron solos, y tomó entonces a su hija de los costados y la alzó para justo después sentarla sobre su pierna izquierda. Mina aún no pesaba tanto como Isabelleta, pero era claro que más pronto de lo que le gustaría le resultaría menos cómodo tenerlas sentadas en su regazo de esa forma.

Una vez que la tuvo casi frente a frente, Frederick la observó fijamente, y Mina por mero reflejo volvió a agachar la cabeza en un intento evidente de esquivar su mirada.

—Tu madre me contó lo que ocurrió anoche —dijo Frederick sin muchos rodeos—. ¿Por qué estabas despierta tan tarde? —Mina no pronunció nada, casi como si no lo hubiera oído en lo absoluto—. Anda, puedes contarme. Te prometo que no estás en problemas; ¿cuándo te he mentido?

Mina arrugó un poco el entrecejo, al parecer meditando un poco sobre la respuesta a esa pregunta. Con cualquier otra persona Frederick se hubiera sentido ofendido de que dudaran de ello, pero siendo Mina supuso que genuinamente estaba intentando recordar algún momento en el que ella se hubiera enterado que le mentía. Al parecer no se le había ocurrido uno, pues tras un rato dijo algo al fin, aunque más como un pequeño y distante murmullo:

—Tuve una pesadilla… y sólo quería caminar un poco.

—¿Sigues teniendo pesadillas? —Cuestionó Frederick, preocupado.

La niña asintió lentamente con su cabeza como respuesta.

—¿Tu charla con la sacerdotisa de Malakin no te ayudó con eso?

Ahora Mina negó con su cabeza, más efusiva que el asentimiento anterior.

—Entiendo. Tu madre me dijo también que te encontraste con el soldado Rubelker y la prisionera anoche, ¿es eso verdad?

En esa ocasión no hubo respuesta, ni hablada ni tampoco ningún movimiento de su cabeza. Aunque Frederick sí notó que su hija apretaba fuerte sus labios entre sí, como un gesto de incomodidad.

—¿Qué estaban haciendo?

—Entrenando… —murmuró Mina, algo vacilante—. Creo que le está enseñando a pelear como él.

—¿El soldado Rubelker a la prisionera?

De nuevo Mina asintió, aunque ahora no se vio del todo convencida con su propia respuesta.

Frederick tomó entonces la espada del escritorio y la sujetó con una mano hacia un lado, a una distancia segura de Mina. Aun así, la niña rápidamente levantó su mirada hacia el arma, contemplándola con los ojos bien abiertos, casi brillando.

—Cuando tu madre te encontró, tenías esta espada en tus manos, ¿cierto? ¿Ellos te la dieron?

—Yo les dije que quería intentarlo —se apresuró Mina a responder, y por primera vez desde que comenzaron su charla la niña giró hacia él para verlo directamente a su rostro—. Los vi… y quise saber cómo era. No fue su culpa, yo se los pedí. Yo… quisiera aprender a usar la espada como esa señorita.

Frederick se quedó perplejo por ese cambio tan repentino en su pequeña. Además de que había comenzado a hablar más fluidamente de la nada, ¿estaba demostrando mayor preocupación por el hecho de que esos dos individuos estuvieran en problemas por encima de que ella misma lo esté? Eso sí era algo nuevo…

—Mina —comenzó a responderle con serenidad—, esa mujer es parte del grupo que te atacó a ti, a tu madre y a tu hermana. Es una criminal. ¿Recuerdas el juicio que se le hizo?

—Pero tú le perdonaste la vida —señaló Mina, sonando como si dicha declaración fuera lo más obvio del mundo.

—Eso no significa que le haya perdonado sus crímenes. Hizo cosas muy malas a nuestra familia y a nuestra guardia, y debe pagar por ello…

—Ella no mató a ninguno de los soldados —exclamó Mina rápidamente, interrumpiendo de pronto.

Frederick destanteó un poco ante esa repentina afirmación.

—¿Qué dices?

—Bueno… —musitó despacio la pequeña, agachando de nuevo su mirada poco a poco—. No mató a los dos que yo vi. Fueron otros hombres, yo los vi. Ella se mantuvo alejada mientras los otros lo hacían.

El príncipe sintió un ligero escalofrío recorriéndole la espalda. A pesar de estar consciente de que tanto ella como Isabelleta habían estado ahí y presenciado todo, se sorprendió a sí mismo al reparar que no había meditado del todo en qué tanto habían visto sus pequeñas niñas en realidad, en especial Mina. Escuchar lo que Isabelleta había declarado en el juicio era ya de por sí bastante alarmante, a pesar de que no había sido por completo descriptiva.

—¿Tú viste como los otros mataban a dos de los soldados? —preguntó Frederick, indeciso.

—A tres —corrigió Mina con insólita normalidad—. A uno le encajaron una flecha en el cuello, pero no vi quién fue. Pero ella no tenía un arco consigo, así que no creo que haya sido ella.

Frederick pasó una mano por su bigote y mentón, inquieto por lo que escuchaba. Aunque igualmente le llamaba la atención la seguridad con la que relataba que la mujer no había sido responsable de forma directa de la muerte de los soldados. Durante su testimonio, el juez había interrogado a Isabelleta al respecto, pero ella no había podido afirmar o negar con toda seguridad la participación de alguno de los dos acusados en lo que había ocurrido. Pero, ¿Mina sí? ¿Acaso ella sí se había percatado más claramente de lo ocurrido? ¿O sólo lo decía por decir?

—Papá… —pronunció Mina despacio tras un rato, atrayendo de nuevo su atención—. ¿Puedo aprender a usar la espada también? Prometo que no lo dejaré como las clases de piano… o pintura… o bordado…

—Tú no necesitas aprender a usar una espada, Mina —le respondió con voz templada—. Tienes a tus padres y a tu guardia para protegerte de cualquier mal.

—Eso siempre dices. Pero no me protegieron en el bosque.

—Eso no es cierto, Mina —le reprendió Frederick con ligera dureza—. Los soldados pelearon para protegerte, y… —dudó un instante, como si el nombre que debía pronunciar se le atorara en la garganta, pero al final logró empujarlo lo suficiente para que saliera—. Y el soldado Rubelker te salvó, ¿recuerdas?

—Pero él no siempre estará ahí para cuidarme —masculló Mina, sonando como un doloroso lamento—. Y mi madre no quería que fuera con nosotras. Si el capitán le hubiera hecho caso, ¿quién nos hubiera salvado entonces?

Frederick no tenía una respuesta a eso, más allá de que tenía fe en que Dios las hubiera protegido de alguna u otra forma, y no creía que el tal Rubelker fuera su única alternativa para tener a su familia a salvo.

Mina lo miró de nuevo, y esta vez juntó sus manos al frente en un claro gesto de súplica.

—Por favor, por favor, papá —murmuró la pequeña—. Te prometo que me portaré bien, y ya no caminaré de noche. Sólo déjame aprender a usar la espada. ¿Puedo?

De nuevo a Frederick se le dificultó un poco reconocer a su propia hija. No le parecía familiar verla hablar tan efusivamente de algo, al tiempo que le sostenía la mirada de esa forma sin apartarla. ¿Era ese asunto realmente tan importante para ella?

Alguien más llamó en ese momento a la puerta. Y en esta ocasión no eran nudillos delgados, sino fuertes y gruesos que hacían que el sonido de la madera resonara con más fuerza. Esa debía ser su siguiente reunión de la mañana.

 —Adelante —indicó Frederick en alto.

La puerta se abrió, y justo como había previsto el capitán Armientos se asomó del otro lado, y un poco más atrás la hija de barón de Yandul que aguardaba en el corredor también se asomó, aunque no tan directamente.

—Lamento la interrupción, alteza —se disculpó el capitán. ¿Pidió verme?

—Sí, pasa Armientos —le respondió Frederick, acompañando de un ademán de su mano para que se aproximara.

Mientras el soldado avanzaba al interior del cuarto, Frederick tomó a su hija y la bajó de su pierna, colocándola de pie en el suelo.

—Hablaremos después de esto, Mina —le informó el príncipe Rimentos a la pequeña, dándole justo después un pequeño beso en su frente—. Ve y termina tus lecciones. Y no te acerques de nuevo a esa mujer, o ahora sí me enojaré contigo. ¿Está claro?

—Está bien… —contestó Mina de forma desganada, y se dirigió a la puerta casi arrastrando los pies. Lukrecya la recibió en la puerta, la tomó de la mano y cerró con cuidado una vez que salieron, no sin antes ofrecerle un pequeño asentimiento de su cabeza como reverencia y despedida al príncipe.

Armientos se paró firme delante de la silla de Frederick, juntando sus manos detrás de su espalda.

—Alteza —pronunció el soldado con su voz gruesa.

El emperador segundo sostuvo de regreso el sable de la armería frente a él para que Armientos pudiera verlo con claridad.

—Capitán, ¿tiene alguna idea de en dónde encontró mi esposa esta espada anoche? —le preguntó con seriedad. Armientos lo miró visiblemente confundido por la pregunta—. En las manos de mi hija, Mina.

—¿Cómo dice?

—Se encontró con su soldado favorito y la prisionera, anoche en la cubierta del barco. Y según ella, y también mi esposa, al parecer él la estaba entrenando. Y cuando mi hija les preguntó si podía también intentarlo, le dieron esta espada para que la tomara y la usara. A una niña de siete años, una princesa Rimentos, y mi hija por encima de todo eso.

Frederick guardó silencio, no esperando en realidad una respuesta de momento, sino simplemente para contemplar la evidente mezcla de emociones que se iba formando en el rostro de aquel hombre mientras iba relatando todo aquello.

—¿Ahora qué justificación va a dar por él esta vez, capitán?

—Alteza… —intentó hablar Armientos, pero Frederick no se lo permitió de momento.

—¿Hace cuánto que lo está haciendo? Y,  ¿por qué? ¿O me va a decir acaso que él lo hizo sin que usted lo supiera?

Armientos respiró lentamente por su nariz. Le había dicho a Rubelker que si acaso lo sorprendían en esto, él lo negaría por completo. Sin embargo, estando ya de pie en ese momento que tanto temía, el capitán supo muy bien que no haría tal cosa.

—No, la verdad es que él sí me pidió autorización para hacerlo —explicó con voz cauta, pero firme.

—¿Y usted se la dio?

—Mi respuesta supongo podría haber… estado abierta a la interpretación. —Esa contestación tan críptica dejó a Frederick aún más confundido de lo que ya se sentía en un inicio—. Le recuerdo, alteza, que usted me autorizó a manejar el asunto de los dos prisioneros como mejor me pareciera.

—¿Y lo que mejor le pareció es dejar que ese soldado le enseñe a pelear a esa mujer? ¿Cómo eso nos beneficia? ¿Le debo recordar que esa mujer confesó ser parte de un atentado contra mi vida y la de mi familia?

—Lo recuerdo muy bien, alteza —respondió Armientos sin perder su templanza—. Pero también es cierto que usted le perdonó la vida, y la condenó a una vida de servicio a usted. Y con ese fin, y considerando los peligros desconocidos que nos rodean, es importante tener a los soldados más preparados y hábiles con nosotros.

—¿Está en serio considerando a esta mujer como uno de sus soldados, capitán?

Esa pregunta le resultó un tanto más complicada de responder.

—Rubelker… él opina que tiene el potencial suficiente para ser una hábil guerrera, y muy útil para usted, alteza.

La respuesta no pareció satisfacer las expectativas de Frederick. Bufó con molestia, y se viró hacia otro lado. Pegó la punta de la espada contra el piso, meciéndola impaciente hacia un lado y hacia el otro.

—Rubelker, Rubelker… —murmuró el emperador segundo con desdén—. Me estoy cansando de escuchar ese nombre. ¿Quién es este sujeto realmente que puede hacer lo que se le da la gana como si fuera él el capitán de mi guardia? O incluso el propio príncipe. ¿Y por qué usted lo defiende tanto? Por menos que las cosas que ha hecho o dicho, a cualquier otro se le hubiera expulsado, degradado, o hasta hecho corte marcial.

Armientos respiró profundo, y guardó silencio. Se sintió tentado, precisamente, a salir en defensa de su soldado, y argumentar que, pese a ser bastante descuidado con su boca, y no pensar lo suficiente en las consecuencias de sus acciones antes de hacerlas, en realidad no había de momento cometido ningún crimen que ameritara ninguna de las acciones que listaba. Claro, su conducta tampoco era meritoria de un premio, pero mucho de ese asunto podría haberse evitado sí el príncipe simplemente se hubiera rehusado a acatar su petición y dejado que la justicia siguiera su curso. Todos habrían preferido ello, incluso Rubelker a la larga hubiera entendido que fue lo mejor. Y aun él había hecho lo que hizo, y sin que nadie abiertamente lo forzara a ello. Pero claro, no se permitiría expresar dicha idea en voz alta.

—¿Acaso es su hijo bastardo o algo así? —cuestionó Frederick con dureza, tras el prolongado silencio del capitán.

—No, claro que no —respondió Armientos rápidamente, incluso riéndose un poco ante la idea, pese a la seriedad de la situación—. No en un sentido convencional, al menos. Sólo es… un hombre con excepcionales habilidades, que se ha ganado con el pasar de los años mi cariño, mi respeto, y también mi confianza.

—¿Y eso es todo lo que piensa decirme de él?

—Si me lo ordena, alteza, me veré forzado a decirle todo lo que sé, como su leal sirviente que soy. Pero, con mucha humildad, le suplicaría que por favor no lo hiciera.

—¿Y por qué me suplicaría usted tal cosa? —inquirió Frederick, bastante perdido por tan extraña petición.

Armientos dejó escapar un pesado y agotador suspiro.

—Bueno, si me permite hablar con libertad —profirió en voz baja—, su opinión de él en estos momentos está algo sesgada por los acontecimientos más recientes, y con justa razón. Y no quisiera que al conocer su pasado, estos sentimientos negativos que tienen nublaran un poco su juicio final de él…

—¿Es decir que tiene un pasado aún más preocupante de lo que ya sé de él? —Exclamó Frederick, incluso sonando divertido por lo hilarante que todo eso le comenzaba a parecer—. ¿Está consciente de que lo que acaba de decir hace que me preocupe aún más de lo que ya estaba?

—Ciertamente entiendo que podría ser así.

—¿Y aun así me pide, con mucha humildad, que no le cuestione más sobre este individuo?

—De manera personal se lo agradecería, alteza. Quisiera primero que le diera oportunidad a Rubelker de ganarse de nuevo su confianza.

—Pues no está haciendo un gran esfuerzo con estas cosas —indicó Frederick, sujetando una vez más el sable frente a su rostro. Lo giró una vez con su muñeca, y luego lo volteó para tomarlo de la hoja y extenderle la empuñadura al capitán—. ¿Le molestaría regresar esto a la armería por mí?

—Será un placer, alteza —respondió Armientos con solemnidad, y se aproximó para tomar el arma a su cuidado—. Con respecto a Rubelker y la prisionera…

—Como bien señaló hace poco —comenzó a pronunciar el príncipe, adelantándose en su respuesta—, yo mismo le dije que manejara el asunto de los prisioneros como mejor le pareciera, así que supongo que no me corresponde meterme en si esa mujer debería ser entrenada, o no. Sólo me queda confiar en su criterio, que al parecer es el del soldado Rubelker. —Eso último lo había pronunciado con marcada ironía—. Sólo dígale a ambos que no los quiero ver de nuevo cerca de ninguna de mis hijas. Y menos que pongan una de esas en sus manos otra vez —indicó por último señalando al arma, ahora en manos de Armientos.

—Lo haré, alteza. Y si me permite preguntarlo, ¿acaso a la princesa Mina le interesa aprender esgrima?

—Eso parece —respondió Frederick, dubitativo—. Hasta me lo pidió “por favor”. Admito que nunca la había visto tan interesada en… bueno, creo que nunca la había visto genuinamente interesada en nada antes.

Hizo una pausa, e inclinó su rostro hacia un lado. Pasó sus dedos inquietos por su bigote, al parecer meditando profundamente en la cuestión. Armientos permaneció de pie, aguardando si acaso deseaba decirle otra cosa o quizás ya podía retirarse. Tras unos segundos, Frederick se sentó de nuevo derecho en su silla, y lo contempló con más calma.

—Es obvio que lo ocurrido en el bosque la tiene muy afectada —concluyó para sí mismo—. Se le pasará una vez que lleguemos a Volkinia Astonia y se entretenga con otras cosas. ¿No lo cree?

—Sí, por supuesto, alteza —asintió Armientos—. Con su permiso.

Y dada por terminada su charla, el capitán salió del camarote, con todo y la espada prestada.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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