Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 106. Nuestra única oportunidad

15 de enero del 2022

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 106. Nuestra única oportunidad

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 106.
Nuestra única oportunidad

El descanso de Cole fue tranquilo, al menos al inicio. Pero conforme pasaba el tiempo ahí recostado en la camilla plegable, la intranquilidad lo consumía cada vez más, volviéndose incluso palpable desde el exterior. Su rostro sudaba un poco, pequeños quejidos de molestia y miedo se escapaban de su garganta, y su cabeza se sacudía un poco hacia los lados, y en menor medida también el resto de su cuerpo.

Una horrible pesadilla había empezado a acosar al policía de Filadelfia. Cualquiera podría quizás intuirlo con sólo ver sus reacciones, pero no serían capaces de adivinar del todo lo realmente horrible que ésta era.

En su mente, Cole se encontraba de nuevo en el suelo de ese pent-house. Matilda no estaba con él, pero no estaba solo. A su alrededor había decenas de sombras oscuras sin forma que lo miraban y se reían de él. ¿Eran Damien Thorn y los demás individuos que estaban con él?; era difícil decirlo. Pero la angustia y el temor que lo invadían eran bastante parecidos a lo que sintió cuando estuvo ahí tirado, indefenso y a su merced.

Distinguió entonces sólo una silueta con una forma definida entre ellos, pero esto estuvo lejos de ser más tranquilizador, pues era… ella… La niña de vestido blanco sucio y desgastado, con cabellos negros largos desalineados, y rostro gris demacrado; la Otra Samara. Ésta avanzaba hacia él arrastrando sus pies, dejando marcadas huellas húmedas en el suelo. Cole intentaba retroceder y alejarse de ella, pero sus piernas parecían pesar como si fueran de plomo, y era incapaz de siquiera arrastrarlas.

Aquel espectro, uno de los más horripilantes que había visto en todos sus años, se paró abruptamente delante de él, inclinando el cuerpo en su dirección para que su rostro quedara cerca del suyo; demasiado cerca… Cole tuvo que apreciar con detenimiento los rasgos pálidos y arrugados de aquel ser, como lo había hecho por primera vez en aquella sala en Eola. Y sintió de nuevo toda esa rabia inhumana que surgía de ella como el calor abrazador de una llama.

El único ojo visible de la niña se desvió de pronto hacia un lado, y Cole miró en la misma dirección por mero reflejo. Ambos miraron entonces hacia la mano de Cole presionada contra el suelo, pero ésta también sujetaba algo más entre sus dedos: un largo y afilado pedazo de vidrio…

Cole lo contempló ensimismado, de la misma forma que quizás el Dr. Scott había visto aquel pedazo de porcelana de su taza rota hace tiempo; como si fuera algo extraño, curioso, y de cierta forma hermoso. Y sin siquiera cuestionárselo ni un poco, tomó firmemente aquel pedazo de vidrio, y lo dirigió directo al costado de su cuello, hundiéndolo casi hasta la mitad de una sola puñalada fuerte y directa.

Sintió vívidamente el filo del vidrio abriéndole carne, y al instante la sangre caliente bañándole todas sus ropas, cayendo por su cuerpo como una pequeña cascada. Pero una vez no fue suficiente. Sacó el vidrio de un jalón y volvió a apuñalarse a sí mismo con fuerza una vez más, dos veces más, tres veces más… Comenzó a sentir como también se atragantaba, y la sangre comenzó inevitable a surgir de su boca.

Era un sueño, y una parte de él lo sabía. Pero podía sentirlo todo por completo; absolutamente todo…

Y mientras se provocaba a sí mismo esa mortal herida, los ojos de Cole se encontraban fijos en el rostro de la Otra Samara, que observaba todo quizás complacida. Y por más que una parte de la mente de Cole intentaba ordenarle a su mano que se detuviera, ésta parecía simplemente haber obtenido conciencia propia. O, más correcto, la conciencia de alguien más la movía por él…

En el mundo real, mientras Cole estaba sumido en su terror, Matilda se le aproximó sosteniendo en sus manos sus medicinas. Notó de inmediato lo inquieto que se encontraba, incluso retorciéndose un poco en el catre. Matilda se agachó a su lado y acercó con cuidado una mano a él para agitarlo sólo lo suficientemente fuerte para lograr despertarlo.

—Hey, Cole, despierta —le murmuró alzando un poco la voz.

Cole despertó alarmado, estremeciéndose y casi cayéndose de su lecho si no fuera porque Matilda se lo impidió.

—¿Qué? —exclamó Cole con debilidad, mirando a su alrededor aturdido como si no reconociera en dónde estaba. Además de todo, el movimiento tan repentino le causó un irremediable choque de dolor en su pierna, que nubló aún más su mente.

—Soy yo, tranquilo —murmuró Matilda con un tono mucho más moderado, mientras lo acomodaba de regreso en el catre. Bajó rápidamente a revisar la herida cauterizada, temerosa de que se hubiera vuelto a abrir; de momento todo se veía bien—. ¿Tenías una pesadilla?

—No… Bueno, tal vez —respondió Cole, su respiración aún agitada pero poco a poco volviendo a la normalidad. Sin embargo, tenía una mano presionada contra el costado de su cuello, temeroso de que aquella herida imaginaria fuera a materializarse espontáneamente.

—Tranquilo, todo está bien —le susurró la psiquiatra con un tono suave y lento, mientras colocaba su mano derecha sobre su brazo—. Respira, profundo y lento.

El dulce sonido de su voz, así como el delicado tacto de sus dedos, fueron una combinación ganadora para que la cabeza del policía se despejara, y fuera sacado por completo de aquella horrible pesadilla y traído de regreso al presente; incluso se atrevió a apartar su mano de su cuello, sin que hubiera derramamiento de sangre en el proceso.

—Estoy bien, gracias —musitó despacio, y bastante más calmado. Se permitió sonreírle a su salvadora de manera despreocupada y noble, como solía hacerlo.

—Ven, siéntate —le pidió Matilda, ayudándolo a sentarse en la camilla—. Necesito que te tomes unas pastillas. Ésta cada ocho horas, y ésta cada doce —indicó justo después, mostrándole los empaques del antinflamatorio y del antibiótico respectivamente—. Y sólo si el dolor se vuelve insoportable, te daré un analgésico fuerte. Pero espero que antes de llegar a eso ya hayamos podido llevarte a un lugar donde te puedan tratar de forma apropiada.

—Yo espero lo mismo —respondió Cole con tono irónico. Al parecer estaba de muchísimo mejor humor.

Matilda le acercó también una botella de agua para que pudiera pasarse ambas pastillas. Cole tomó una y luego la otra, soltando un pequeño quejido que era difícil decir si era de alivio o dolor. Se recostó de nuevo justo después con la ayuda de Matilda.

—¿Cómo te sientes?

—Lo mejor que puedo estar, supongo. Siento la pierna como si me hubiera pasado una aplanadora encima y me la hubiera hecho puré.

—¿Y tu mano?

Al oír esa pregunta, Cole alzó su mano derecha y la aproximó a su rostro para contemplarla mejor. La gran mancha negra sin forma definida decoraba aún su palma y dorso, en el sitio mismo en el que estuvo alguna ocasión aquel horrible agujero de bala.

Aproximó los dedos de su otra mano al área oscurecida, presionándolos contra ésta con algo de fuerza. No sólo no sintió dolor al hacerlo: no sintió nada en lo absoluto.

—Ésta no me duele nada —comentó en voz baja, prefiriendo no dar más detalles de momento. Su atención se viró entonces por sí sola en dirección a los otros dos catres, en específico al ocupado por la niña de la Isla Moesko—. ¿Samara aún no despierta?

—No, ni tampoco la otra chica —respondió Matilda con moderada calma—. Físicamente me parece que están bien. Creo que con lo que sea que pelearon las dejó agotadas.

—Yo no me preocuparía —añadió en ese momento la efusiva voz de Charlie, que se aproximó por un costado de la camilla. Antes de que Cole pudiera verla, lo primero que sintió fue su pesada mano dándole un par de palmadas en su hombro—. ¿Estás mejor, vaquero?

—Algo así —respondió Cole con sequedad, mirándola de reojo. Traía en su mano una caja de comida china, con unos palillos de madera encajados en su contenido—. Disculpe, ¿su nombre era…?

Charlie se dejó caer en el sillón cerca de ellos, adoptando una postura bastante relajada. Tomó los palillos de manera y comenzó a comer tranquilamente de su caja.

—Llámame Roberta —le respondió con normalidad—. ¿Tienes hambre? Traje varias de éstas.

—No mucha, en realidad —contestó Cole con desánimo.

—Será mejor que comas algo, para que los medicamentos no te caigan pesados —añadió Kali justo en ese momento, acercando su silla hacia ellos. Sobre sus piernas llevaba tres cajas más de comida, y le extendió una de ellas a Cole—. ¿Cierto, doctora?

Desvió su mirada hacia Matilda en busca de su confirmación.

—Sí —asintió—, por esa y otras razones más, lo recomendable es que intentes comer aunque sea un poco.

—Ya la oíste —remató Kali, colocando la caja sobre el regazo del hombre herido.

Cole sentía su estómago un poco revuelto, además de que seguía débil. Aun así no le quedaban muchas opciones más que obedecer. Así que resignado, volvió a intentar sentarse en el catre para comer, lográndolo únicamente con la ayuda de Matilda.

Mientras tanto, Kali aproximó su silla hacia el sillón, no sin antes dejarle en el suelo a un lado a Matilda la cajita que le correspondía, pese a que ella no parecía del todo interesada en comer en ese momento. En su lugar, pareció elegir mejor tomar la caja de Cole y los palillos, e intentar ayudarlo a comer para que no hiciera tanto esfuerzo. Tomaba los pedazos grandes de carne o verduras entre los palillos y los aproximaba a la boca de Cole con cuidado. El policía pareció un poco desconcertado al principio, pero al final aceptó el gesto con gusto.

—¿No son adorables? —musitó Charlie con ironía mientras veía fijamente aquella escena.

Matilda sólo la miró sobre su hombro unos instantes, pero de inmediato siguió con lo suyo ignorando el comentario. Si acaso la había hecho sentir apenada, lo había disimulado muy bien.

Kali comió un bocado de su caja, y luego de masticar y tragar comentó:

—Ahora que todos estamos calmados y somos amigos… tenemos que decidir qué hacer a continuación. La policía de seguro los estará buscando, o a dos que se parecen mucho a ustedes. Y bajo esas circunstancias no habrá forma de acercarnos de nuevo a Thorn. Al menos no a corto plazo.

—¿Acercársele? —comentó Cole un poco desconcertado, aún con un bocado a medio masticar. Miró a Matilda, esperando ver si ella podía darle una explicación más clara de a qué se referían con eso. Lamentablemente, sí podía.

—Ellas vinieron a Los Ángeles… para matar al chico —murmuró la psiquiatra sin muchos rodeos, tomando un poco por sorpresa al policía.

—¿Matarlo? —murmuró despacio, mirando ahora hacia las dos mujeres del lado del sillón. Aquella que se había nombrado como Roberta no tuvo mucho reparo en responderle.

—Sí, matarlo; por lo que le hizo a El. Es obviamente una amenaza para todos, y no una con la que puedes dialogar, ¿o sí? Me parece que tú lo intentaste, y mira cómo terminó eso.

Al hacer el último comentario, señaló directo a la pierna herida de Cole, intentando dejar más claro su punto.

—Les dije que yo no tengo deseos de participar en eso —aclaró Matilda rápidamente—. Y que Eleven tampoco querría que lo hicieran, y menos por ella.

—Te sorprenderías de las cosas que Eleven querría o no hacer, dadas las circunstancias —comentó Charlie, acompañada de una pequeña sonrisa irónica—. Pero, está bien. Es evidente que no tienen el estómago suficiente para eso.

—A usted le sorprendería saber lo mucho que aguanta mi estómago —le respondió Cole, claramente a la defensiva.

—Tranquilo, vaquero. Estamos del mismo lado, aunque no lo crean.

Los cuatro se quedaron en silencio, sólo mirándose el uno al otro como si estuvieran a mitad de un duelo, salvo que de vez en cuando alguno tomaba un bocado de su respectiva caja de comida china.

—Les diría que pueden quedarse aquí el tiempo que quieran —murmuró Charlie tras un rato—, pero no creo siquiera que este sitio siga siendo muy seguro dentro de poco. ¿Tienen a alguien a quién puedan llamar para que los ayude a ponerse a salvo? ¿Alguien de la Fundación, quizás?

—Yo no conozco a nadie de la Fundación de este lado del país, salvo Cody —comentó Cole sin pensárselo mucho—. Y no creo que pueda hacer mucho por nosotros desde Seattle. Tampoco tengo precisamente amigos en la policía de aquí. Podría llamar a mi capitán o a mi compañero en Filadelfia para que me contacten con alguien, pero quisiera dejarlo como el último recurso. Fue bastante difícil explicar hace unos días por qué quería reunirme con el Jefe de Policía para preguntar sobre Leena Klammer, y lo sería mucho más el cómo es que terminé en esta situación. Eso incluso podría empeorar las cosas. ¿Qué hay de ti, Matilda?

La atención de todos se fijó en la psiquiatra, expectantes. La mujer castaña agachó su mirada pensativa hacia el suelo, posiblemente meditando en la mejor respuesta que pudiera dar. Aunque, en realidad, no tenía que pensarlo demasiado, pues ella tampoco conocía a alguien de la Fundación por esos lares. Pero eso no significaba que no tuviera a nadie, pues después de todo tenía familia y amigos cerca de ahí, a una llamada de distancia. Sin embargo… eran su familia y amigos, y la situación en la que se encontraba sobrepasaba cualquier cosa en la que alguno de ellos pudiera echarle una mano.

—Nadie a quien desee meter en esta locura —susurró despacio tras un rato, casi como si doliera—. No sé siquiera si sería buena idea ir a mi casa en estos momentos. Aunque de seguro mi madre empezará a preguntarse en cualquier momento en dónde rayos me metí.

Y de nuevo todo volvió al silencio, entrecortado en ocasiones únicamente por el sonido de los palillos raspando el cartón de alguna de las cajas de comida.

—Ahora que lo pienso —musitó Cole tras un rato de meditación—, yo quizás sí conozco a alguien que nos podría echar una mano.

—¿Alguien de la policía? —cuestionó Matilda, curiosa.

—Sin policías —se apresuró Charlie a señalar tajantemente.

—No son policías —aclaró Cole—, pero son algo quizás peor. Unos padres.

—¿Padres? —farfulló Kali, curiosa.

—Sacerdotes. Son los mismos que me contaron de…

Hizo una pausa, y fijó su atención en Matilda, esperando que su sola expresión le dejara claro lo que intentaba decir. Y, al parecer, así fuera.

—¿Del Anticristo? —musitó Matilda, insegura.

Charlie tosió con fuerza, pues al parecer por la impresión de ese último comentario un poco de arroz se le había ido por otro lado.

—¿Dijiste Anticristo? —inquirió la mujer rubia, intrigada.

—Esa es historia para otro día —aclaró Cole—. Aunque suene raro, no son los religiosos habituales, y tienen a un par de ayudantes que… me atrevería a decir que parecen bastante acostumbrados a situaciones como ésta. Creo que ellos podrían darnos refugio en algún lado, o quizás sacarnos de la ciudad.

—Sacerdotes traficantes, ¿eh? —asintió Kali—. Claro, me he cruzado con un par de esos.

—Yo no dije que fueran…

—¿Y cómo te pondrás en contacto con ellos? —le interrumpió Charlie, curiosa—. ¿Tienes su número para emergencias?

Cole caviló un segundo.

—No, en realidad siempre son ellos los que me encuentran a mí… de alguna forma. Pero conozco a alguien que de seguro tiene cómo comunicarse con ellos. ¿Puedes pasarme mi teléfono, Matilda? Por favor —pidió señalando con su dedo hacia la mesa, en donde habían colocado su teléfono y billetera.

Matilda se paró rápidamente y se aproximó hacia la mesa. Se le notaba cierto apuro en su paso, y claro la situación en sí era lo suficientemente apremiante para merecerlo. Tomó el teléfono con una mano y se giró de regreso a la camilla. Al hacerlo, sin embargo, su mano terminó empujando la billetera de Cole, y ésta se cayó de la mesa abriéndose.

—Lo siento, toma —señaló apresuradamente, extendiéndole el teléfono a Cole. Cuando éste lo tomó, ella regresó a la billetera para levantarla.

La psiquiatra se agachó al suelo y recogió la billetera. La giró en sus manos con la intención de cerrarla y volverla a poner en su lugar. Sin embargo, al momento de echarle ese pequeño vistazo a su interior, sus ojos se fijaron de inmediato en algo que la dejó perpleja, y la obligó a quedarse viéndola mucho más tiempo del que quería en un inicio.

La billetera tenía un apartado a un lado, especial para poner una fotografía pequeña que era visible a través de una película transparente. En éste, Cole tenía la fotografía de una mujer, de cabello castaño oscuro quebrado suelto hasta sus hombros, y unos hermosos ojos verdes. Sonreía afable hacia la cámara.

Ese rostro, ese peinado, esos ojos…

Matilda la reconoció casi de inmediato.

—Hola, Padre Michael, ¿cómo está? —escuchó la voz de Cole pronunciar a sus espaldas, lo que le provocó un repentino respingo y la hizo cerrar de inmediato la billetera como si pudiera de alguna forma esconder su crimen.

Se viró entonces al catre, en donde Cole ya se encontraba hablando por teléfono con alguien.

—Me alegro, sí… —murmuraba como respuesta por el celular—. Yo, bueno… he estado mejor. ¿Recuerda ese asunto que le conté hace unos días? Bueno, se ha complicado un poco más de lo esperado, y necesito un poco de apoyo. ¿Cree que pudiera pasarme el contacto del padre Babato o del padre Alfaro? —Hubo una pausa en la que al parecer la persona al otro lado de la línea le hizo una pregunta—. Sí, creo que su nombre era Jaime, Jaime Alfaro. Supuse que también era amigo suyo; se ve que comparten su gusto por el vino… pero no es el momento, lo siento. Sería preferible que yo me comunicara directo con ellos. La situación es un poco complicada de explicar a un tercero.

Hubo una pausa más, en la que quizás la otra persona se encontraba debatiéndose entre aceptar o no la petición. Al final pareció acceder.

—Muchas gracias, padre. No se preocupe, estaré bien. No estoy solo. —Al comentar ello, se giró hacia Matilda, que ya se le había aproximado a él unos cuantos pasos con la billetera entre sus manos—. Lo mantendré informado de cualquier cosa, gracias.

Cole cortó la llamada en ese momento y colocó el teléfono sobre la camilla a su lado.

—Listo, me pasará el contacto de uno de ellos en unos minutos.

Matilda por supuesto tenía bastante curiosidad por saber más sobre esos sacerdotes y el asunto del Anticristo. Sin embargo, de momento había algo más apremiante en su mente.

—Cole —murmuró la castaña, aproximándose por un costado. Cuando Cole se viró hacia ella, Matilda le extendió la billetera abierta, señalando con su dedo a la fotografía en su interior—. ¿Quién es esta mujer?

Cole echó un vistazo rápido a la foto, más por reflejo pues por supuesto sabía muy bien de qué mujer hablaba.

—Es mi madre —respondió el policía con una afable sonrisa—, la encantadora Lynn Sear.

—¿Tu madre? —exclamó Matilda pasmada; su rostro pareció incluso palidecer un poco.

Sin darse cuenta del todo de la reacción aversiva de su compañera, Cole tomó su billetera e inspeccionó de cerca la fotografía. Era raro, si lo pensaba bien. Se había acostumbrado tanto a tenerla ahí, pero sentía como si en realidad no la hubiera visto en mucho tiempo.

—Esto fue un tiempo antes de que comenzara las quimioterapias —añadió, sin rastro de amargura o tristeza en su voz—. Una de las últimas fotos que aceptó tomarse… Y así es como me gusta recordarla, en verdad.

—Espera… —masculló Matilda, un tanto alterada—. Pero tú me dijiste… que tu madre… que ella…

—¿Que murió? —complementó Cole—. Sí, así es. De cáncer, ya hace algunos años.

Matilda retrocedió lentamente, se giró hacia la mesa y se apoyó contra ésta con sus dos manos. Respiraba lentamente, como si intentara calmar sus nervios, al igual que el pequeño temblor que le había surgido en las piernas.

Esa mujer en la foto, la madre de Cole… era la misma que se había aparecido ante ella en el vestíbulo de aquel edificio; la que le había ayudado a subir al ascensor.

“No permitas que nada malo le pase a Cole. Protégelo por mí…”

Había pensado que se había tratado de algún tipo de proyección de alguien en algún lugar, pero… ¿un fantasma? ¿Lo que acababa de ver en ese sitio había sido un fantasma de verdad…? Aunque, si era honesta consigo misma, si acaso la visión que tuvo de la Otra Samara era real, significaría que entonces había visto dos fantasmas ese día en realidad…

—¿Todo bien, Maty? —le preguntó Charlie desde su asiento. Al virarse hacia atrás, Matilda notó que los tres la miraban con una mezcla de confusión y preocupación en sus rostros.

—Sí, sí… —se apresuró a responder, enderezándose y arreglándose sus ropas con apuro—. Es sólo que ha sido un día bastante largo… Discúlpenme un momento.

Y con paso aparentemente tranquilo, empezó a marchar en dirección al baño del lugar, ante la mirada curiosa de las tres personas despiertas.

Matilda no sabía cómo interpretar lo que había visto. ¿Aquella mujer había sido el fantasma de la madre de Cole, ayudándola a subir para poder rescatarlo? Luego de lo que había visto y sentido al momento de tocar a la supuesta “Otra Samara”, se sentía casi obligada a abrir su mente a las posibilidades. Pero, quizás, no estaba del todo lista para abrirla del todo.

— — — —

Los ojos de Mabel se abrieron en ese mismo momento, siendo jalada de regreso al asiento del copiloto de la camioneta, y su mirada se posó en la calle por la que Kurt iba conduciendo. Pero sólo un segundo antes, había estado ahí parada a mitad de la bodega que servía como escondite de sus presas. Los vio y los sintió, a pesar de que ninguno se percató de su presencia. Y aún sentada en ese vehículo, los seguía sintiendo con total claridad.

—Los encontré —murmuró despacio, pero lo suficientemente alto para que todos los demás ocupantes del vehículo la escucharan—. Da vuelta aquí y sigue derecho —le indico a Kurt señalando con su dedo a la siguiente calle. El guardaespaldas se apresuró a hacer justo eso.

El vehículo avanzó por la misma calle por más de quince minutos, hasta que dejó las casas y comercios atrás, y comenzó a adentrarse en un área industrial con varias bodegas y camiones de carga estacionados. Había grafiti en los muros y bolsas de basura acumuladas en las banquetas, pero se veía muy poca gente andando por la calle. Algunos lugares se veían aún en uso; otros más, estaban claramente abandonados desde hacía tiempo, o eran quizás el hogar secreto de algunos vagabundos, o incluso laboratorios secretos de meta o plantíos de marihuana. No se veía que la policía se metiera mucho por ahí en realidad, así que todo era posible.

A Kurt le pareció un lugar ideal para esconderse. Sin embargo, ni aquel policía ni la mujer que había llegado a salvarlo tenían la apariencia de saber cómo moverse en sitios como ese. ¿Los estaría ayudando alguien más?

—Detente —le indicó Mabel con un poco de alarma en su voz, apuntando al frente—. Orillate aquí.

A Kurt no le agradaba en lo más mínimo el tono de mando que estaba usando para hablarle. Parecía tener la idea equivocada de que estaba en posición de darle órdenes. Aún así, se tragó de momento su molestia y se estacionó donde le indicó, justo detrás de un camión de carga cuya caja los cubría casi por completo.

—Están en una bodega más adelante —indicó Mabel, apuntando al frente—. Y hay más personas de las que creíamos.

—¿Más?, ¿cuántos más? —cuestionó Kurt, aprensivo.

Mabel guardó silencio mientras observaba fijamente al frente, como perdida en sus propios pensamientos.

—Además de la mujer de la telequinesis y el policía, hay dos mujeres más. Las dos también son vaporeras, y una de ellas… es una muy poderosa. La niña y Abra también están ahí, pero inconscientes.

—¿Todos siguen vivos? —preguntó Esther con curiosidad, inclinándose un poco hacia el frente del automóvil—. ¿Incluso el puerco? Su herida era realmente fea.

—Sí, está vivo —contestó Mabel con sequedad—. Pero débil. Nuestra verdadera preocupación serían las tres mujeres.

—¿Estás segura de que no hay nadie más? —cuestionó Kurt con agresividad. Mabel guardó silencio sin dar respuesta alguna—. ¿Estás segura o no? —exigió el guardaespaldas más tajante.

—No lo sé —respondió la verdadera con tono defensivo—. Necesito concentrarme un poco más para estar segura. —Se viró entonces hacia la parte trasera, mirando a su compañero del Nudo—. James, acompáñame afuera.

Aquella petición tan repentina desconcertó un poco a James, aunque la reacción más palpable fue en efecto la de Kurt.

—Nada de eso —espetó el guardaespaldas, dirigiendo de inmediato su mano hacia su arma. Pero antes de que pudiera sacarla, o siquiera tocarla con los dedos, Mabel extendió su propia mano hacia él, colocándola firmemente sobre su hombro.

—Sólo iremos aquí afuera para poder enfocarme mejor —musitó la mujer despacio, mirando a Kurt fijamente a los ojos—. No hay nada de qué preocuparse, ¿de acuerdo?

Kurt la observó atentamente. En su mirada se percibía confusión, tan profunda como si hubiera olvidado por un instante en dónde estaba. Tras unos segundos, Mabel retiró lentamente su mano de su hombro, y Kurt se sobresaltó como si acabara de ser sacado de un sueño. Miró entonces de reojo a James con desconfianza.

—¿Y para qué lo quieres a él? —inquirió el guardaespaldas con escepticismo—. ¿Cómo te ayudará a enfocarte específicamente?

—Tienes una mente muy sucia, paleto —exclamó Mabel de pronto, tomando por sorpresa incluso al propio Kurt con dicha acusación—. Nosotros los verdaderos tenemos una conexión única que tu débil y simple mente nunca sería capaz de comprender. Si en verdad quieres cumplir las órdenes de tu amo, danos sólo un poco de espacio y te daremos la información que requieres. Sólo será un minuto.

Los dedos de Kurt tamborilearon sobre el volante. Se percibía vacilación en él, algo un poco inusual considerando que toda la tarde había estado bastante seguro de no darle ni un metro de libertad a la su rastreadora encargada. Y de seguro hace una hora no hubiera accedido ni por un asomo a lo que Mabel le estaba pidiendo. Sin embargo, en esos momentos por algún motivo su solicitud le estaba pareciendo bastante… razonable.

Aunque claro, su “débil y simple mente”, como Mabel había mencionado, no era capaz de suponer que quizás esto se debía a una intervención externa. Y como tal, no dudó mucho antes de indicarles que hicieran lo que querían, con un escueto gesto de su cabeza.

Mabel bajó del vehículo, abrazando el termo con vapor contra su pecho. James se bajó también por la puerta de la parte trasera, y ambos caminaron lado a lado hacia el frente del vehículo, y luego le sacaron la vuelta a la caja del camión de carga hasta pararse prácticamente a la mitad de la solitaria calle, llegando a un punto exacto en donde ni Kurt ni las otras dos niñas eran capaces de verlos.

—Alguien se puso un poco altanera desde que tiene sombrero nuevo, ¿no crees? —masculló Esther, inclinándose al frente hasta colocarse justo a un lado de Kurt, y asustándolo de nuevo como la vez pasada—. ¿Al menos pagó por él? Lo que menos quisiéramos es que la policía nos esté buscando por ladrones de sombreros, ¿no crees, Kurt?

—Vuelve a tu asiento, fenómeno —exclamó Kurt con molestia, su mano de nuevo apoyada contra la culata de su arma.

Esther se limitó a sólo sonreír, y se sentó tranquilamente. Aunque en su mente le pasaron un par de cosas para hacer con ese sujeto tan bruto que al parecer no sabía cómo tratar a una dama.

Mientras tanto, una vez que se detuvieron a la distancia adecuada, fuera de la vista o el oído de su cuidador, James le murmuró despacio a su compañera:

—Tú en realidad no me necesitas para esto. ¿Qué es lo que ocupas realmente?

Mabel tenía su mirada fija al frente, como si realmente estuviera observando aquella bodega más adelante en donde se ocultaban sus presas. Aquello era en parte cierto, pero en parte una simple actuación, justo como James lo había adivinado.

—Ésta es nuestra oportunidad, quizás la única que tendremos —declaró Mabel despacio, pero con fervor acompañando a sus palabras—. Tenemos que matar a todos los que están ahí dentro, incluida la tal Abra… y también a la niña… —Hubo una pequeña pausa en ese momento, y entonces se permitió virarse sutilmente sobre su hombro derecho en la dirección que se encontraba la camioneta—. Y a esas otras dos también.

El rostro de la Sombra se mantuvo en su mayoría inmutable ante la repentina proposición, aunque ciertamente sí lo tomaba un poco por sorpresa. No era que la opción le pareciera horrible o poco atractiva; era de conocimiento mutuo que no había nada que desearan más que hacer jsuto eso. Sin embargo, James creía que también ambos estaban de acuerdo en que ese no era el momento ni el lugar adecuado para un movimiento tan osado.

—Pero Thorn… —murmuró James intentando explicar su inquietud, pero Mabel lo interrumpió de inmediato.

—Thorn está vulnerable, aunque finja que no. Si consumo el vapor de todos estos vaporeros al mismo tiempo, tendré el poder suficiente para acabar con él de una vez por todas.

—¿Estás segura…? —inquirió James, visiblemente inseguro.

Mabel lo miró con marcada decepción en sus ojos.

—¿Acaso no confías en mí?, ¿dudas de lo que te digo? —soltó la Doncella, acusadora. James sólo guardó silencio.

Mabel respiró profundo por su nariz, y entonces se viró de nuevo al frente, en dirección a sus objetivos.

—Tenemos que encargarnos primero de las tres mujeres —explicó—. Consumiendo su vapor, podré matar a ese estúpido paleto y a las otras dos. Abra y la otra niña serán las siguientes, y el policía para el final; ese será todo tuyo, ya prácticamente está muerto. Y con todas esas nuevas fuerzas, podré acabar fácilmente con el maldito mocoso.

Parecía bastante segura de lo que decía, y esa seguridad más que causarle confianza a James debía admitir que lo ponía más nervioso. ¿De dónde habían surgido esas ideas tan repentinas? ¿Cuándo había decidido precisamente que ese debía ser su plan de acción? Todo aquello se sentía tan fuera del lugar… como aquello que adornaba su cabeza en ese momento.

—¿Por qué traes ese sombrero? —cuestionó James de forma tajante, siendo una pregunta que tenía en su cabeza desde el momento justo en que la vio subirse de regreso al automóvil en la gasolinera—. Hace que te parezcas un poco a…

Mabel se viró abruptamente hacia él, con expresión molesta; James rara vez la había visto así. Sin embargo, supo en ese momento que no habría forma de persuadiarla; llevaría a cabo su plan con o sin él. Así de firme era su nueva convicción.

—Sabes que siempre estaré contigo, Mabel —expresó James unos instantes después, intentando no sonar vacilante en lo absoluto—. Hasta el final, siempre estaré contigo.

La Doncella asintió, contenta con su declaración final. Miró entonces de nuevo a la calle, y le extendió el cilindro metálico que cargaba consigo para que lo tomara.

—Consume todo lo que queda de vapor —musitó Mabel, sonando muy parecido a las casi órdenes que le daba a Kurt sólo unos minutos atrás—. Te necesito con todas tus fuerzas para esto.

James tomó el cilindro, pero se percibía duda en él. Después de todo, nunca sabía cuándo volverían a aparecer los síntomas de la enfermedad, especialmente en ella. ¿Sería sensato desperdiciarlo todo de esa forma?

—Yo estoy bien, y estaré mucho mejor en unos momentos —murmuró Mabel, percibiendo al parecer su incertidumbre—. Apresúrate o comenzarán a sospechar.

De nuevo sonaba como una orden; y de nuevo volvía a la mente de James la imagen y la voz de su fallecida líder.

Abrió sin mucha más espera el cilindro por completo, y el vapor comenzó a escaparse rápidamente por él. James aspiró profundamente por su nariz y boca, dejando que toda esa sustancia blanquecina y dulce penetrara en su cuerpo, y lo llenara de fuerzas con cada inhalación.

Sintió las energías volviendo rápidamente a su cuerpo. El cansancio desapareció, su mente se aclaró, y sus músculos se endurecieron y marcaron más. Aquello fue tan intenso que en las últimas inhalaciones, sus dedos se apretaron contra el cilindro, abollándolo un poco. Una vez que estuvo lleno, se paró derecho y miró al frente con sus ojos centelleantes, sintiéndose tan bien como su primer día como un verdadero; casi como volver a nacer.

—¿Listo? —murmuró Mabel despacio, a lo que James respondió solamente asintiendo.

Ambos comenzaron entonces a caminar de regreso a la camioneta, con absoluta calma. Fingir normalidad y que nada fuera de lo esperado ocurría era una de las habilidades más sobresalientes del Nudo Verdadero.

Mabel se paró justo a un lado de la ventanilla de Kurt. Éste bajó el vidrio para poder escucharla.

—Sí, sólo están las personas que ya dije —indicó Mabel con profunda calma—. Si las tomamos por sorpresa, podremos acabarlas rápido.

Kurt asintió. Era entonces momento de hacer para lo que realmente era bueno.

El guardaespaldas se bajó rápidamente de la camioneta, azotando un poco la puerta detrás de sí. Se dirigió a la parte trasera acompañado de los dos verdaderos, y abrió la puerta de la cajuela. Había llevado consigo dos bolsas grandes color negro, que al abrirlas dejó a la vista varias armas de fuego; en su mayoría largas, y un par cortas.

Los tres comenzaron a tomar, revisar y cargar los rifles de asalto, así como un par de pistolas adicionales. A pesar de su apariencia tan normal y cotidiana, era claro que tanto James como Mabel no mostraban la menor vacilación cuando de armas de fuego se trataba. Esto fue algo que llamó bastante la atención de Esther, que miraba hacia atrás desde su asiento.

—¿Podrás seguirnos el ritmo, paleto? —cuestionó James, un poco agresivo en su tono.

—Soy un soldado entrenado —contestó Kurt con brusquedad, mientras colocaba una carga completa en su rifle con bastante maestría—. Ustedes… sólo son unos monstruos.

—Monstruos que cazaban a los tuyos muchísimos antes de que tus abuelos siquiera nacieran —le advirtió Mabel, mirándolo de reojo inquisitiva—. Y espero que tu supuesto entrenamiento sea tan bueno como crees, pues ahí adentro ninguno saltará a salvarte si las cosas se complican.

—Como si lo necesitará —exclamó Kurt con amargura, y cerró en ese momento la puerta trasera con fuerza. Aún había algunas armas adicionales en las maletas, pero igualmente cargar demasiado tampoco sería del todo conveniente—. Ustedes dos quédense aquí y no se muevan —le ordenó el guardaespaldas a Lily y a Esther al pasar justo al lado de la ventanilla de esta última.

—Lo que digas —masculló Esther con aburrimiento sin voltear a verlo.

Los tres se dirigieron con paso sigiloso al frente, intentando ocultarse detrás de los vehículos de carga. Seguían atentos las indicaciones de Mabel, que era quien conocía la posición exacta de su objetivo.

Esther contempló en silencio por el parabrisas, hasta que salieron enteramente de su vista. Resopló con fastidio, levantando con el aire un mechón de su cabello que le había caído sobre la cara, y se recargó por completo hacia atrás contra el respaldo de su asiento. Sólo quedaba esperar, al parecer. Y aunque la idea le resultaba un tanto aburrida, de momento le sonaba mejor a la alternativa.

No tenía en absoluto interés en ir a jugar a los mercenarios contra psíquicos en una vieja bodega, en especial tras haber visto como aquella mujer había sacudido a Kurt y los otros como si fueran simples juguetes. No conocía aún todos los trucos que los dos verdaderos o lo que fueran tenían bajo sus mangas, pero tenía el presentimiento de que todo terminaría de manera similar. Y siendo así, quizás lo más sensato sería planear su propia ruta de escape…

Kurt se había llevado las llaves consigo; astuto. Pero había dejado un decente arsenal de armas en la parte trasera; algo podría hacer eso…

—Oye —escuchó abruptamente la voz de Lily pronunciar, tomándola un poco por sorpresa. Esther se viró rápidamente hacia un lado, y divisó a la niña inclinada hacia el frente, apoyada en sus brazos contra el respaldo de los asientos, y mirándola con seriedad.

—¿Ahora sí ya me hablas…? —masculló Esther con ironía, pero Lily no le dejó decir demasiado.

—Cállate un segundo y escúchame —espetó Lily con voz beligerante—. Luego haz lo que te dé la gana.

Esther arqueó una ceja, intrigada. Siempre había sido un poco complicado leer en el rostro casi de piedra de Lily qué era lo que sentía, salvo ese par de veces recientes en las que el miedo y la frustración parecían dominarla. Esa ocasión no era la excepción, pero Esther sí pudo detectar que había un poco de preocupación asomándose por debajo de su agresividad convencional.

—¿Qué te pasa ahora? —murmuró Esther, severa pero también curiosa.

Lily alzó su mirada al frente, en la dirección en la que los otros tres se habían ido.

—Esos dos… están tramando algo —susurró despacio—. No sé qué, pero pude percibirlo vagamente en el grandote. Su mente es un revoltijo como la de la otra, pero no al mismo nivel. Al menos sus pensamientos fueron lo suficientemente claros para poder darme cuenta.

—No me digas —susurró Esther con ligero interés—. ¿Y están tramando qué con exactitud?

—Ya te dije que no lo sé bien —le respondió Lily con brusquedad—. Pero no creo que sea algo favorable para nosotras, así que yo me iré ahora que puedo. Y si eres un poco inteligente, harás lo mismo…

Y sin esperar respuesta, abrió la puerta a su lado y se dispuso a bajar de un salto del vehículo; y, en efecto, a alejarse de ese sitio lo más pronto que pudiera. Esther la contempló en silencio sin intención aparente de querer moverse. Quizás estaba cavilando un momento sobre cuál sería su mejor accionar dada la nueva información. Por supuesto, la sugerencia de Lily resultaba la más lógica; sin embargo…

Los ojos verdosos de la mujer de Estonia se movieron lentamente de regreso al frente, exactamente en el último punto en el que había visto a esos tres antes de que se alejaran por completo. En esos momentos el atardecer se sentía cada vez más cerca, pero además el cielo había comenzado a nublarse, lo que hacía sentir que era de hecho más tarde de lo que era.

—Creo que va a llover —susurró Esther despacio al percibir un aroma a humedad y tierra que entraba por su ventanilla.

— — — —

En el edificio Monarch las cosas ya se estaban calmando. La multitud de curiosos ya se había comenzado a disipar, y ya quedaban sólo unos cuantos coches patrulla estacionados en la parte de afuera. Los residentes y visitantes ya podían entrar con mayor libertad, aunque igual la presencia de algunos policías en el vestíbulo los tenía un poco nerviosos. Pero como fuera, y a pesar del hecho tan inusual y problemático que había sucedido, las cosas parecían poco a poco tender a la normalidad.

Aunque no todos los ojos curiosos se retiraban aún. Un par de estos, de hecho, se encontraban sentados en la mesa exterior de una cafetería al otro lado de la calle, desde la cual observaban atentos al edificio, y en especial a la punta de éste; a su ya en ese momento infame pent-house.

El padre Alfaro y sus acompañantes habían llegado hacía apenas unos veinte minutos, quizás un poco más. En cuanto llegaron, Carl se encaminó hacia el edificio para poder hablar con algunos de los oficiales. Carl y Karina tenían algunos conocidos que con sólo pronunciar sus nombres les podía abrir varias puertas; y si no, la sola apariencia intimidante de Carl muchas veces bastaba para que las personas eligieran ser un poco más cooperativas.

Mientras Carl estaba en lo suyo, Karina y Jaime habían aguardado de pie frente al edificio. Jaime apenas y había dicho media palabra durante el camino, y la situación seguía parecida estando ahí de pie. Esto sin lugar a duda preocupaba un poco a Karina, pero no tenía claro qué debía hacer o decir; normalmente eran ella quien solía hablarle a los sacerdotes de sus problemas, no al revés. 

Pasados algunos minutos, Karina consideró que su presencia ahí comenzaría a llamar demasiado la atención, así que sugirió que se movieran un poco hacia el café. Ahí podría sentarse, esperar, y de paso beber algo. Jaime aceptó la propuesta con escueto entusiasmo, mas aún desde su asiento no quitaba su atención de aquel sitio. Estaba viendo fijamente a la otra acera cuando Karina se fue a pedir los cafés, y lo estaba aun cuando volvió con ellos; incluso parecía no haber cambiado siquiera de posición.

—Padre Alfaro —pronunció la mujer en voz alta para llamar su atención. El sacerdote reaccionó lentamente, virándose apenas lo necesario hacia ella—. Aquí tiene —murmuró extendiéndole su vaso de café.

—Gracias, Karina —asintió el sacerdote, tomando el vaso y colocándolo en la mesa delante de él; pasaría algunos minutos antes de que le diera el primer sorbo—. ¿Carl no ha vuelto? —cuestionó apurado en cuanto Karina se sentó delante de él.

—Creo que aún no. Debe estar intentando averiguar lo más posible.

Ambos se quedaron en silencio en ese momento, sólo bebiendo de su café, y con sus atenciones claramente dispersas.

—¿Se encuentra bien, padre? —se aventuró Karina a preguntar tras un rato. Jaime volvió a verla del mismo modo que antes, pero en esa ocasión incluso le regaló una pequeña sonrisa que… no se antojaba del todo sincera.

—Claro, ¿por qué lo preguntas?

—Lo noto algo distraído —aclaró la mujer con seriedad—. Escuché que usted y el padre Babato discutían por lo ocurrido en la llamada con los cardenales.

—Es sólo una diferencia de opiniones —respondió Jaime, un poco tajante—. Nada de qué preocuparse; ya pasará.

—Sí, eso espero. Pero… —Karina vaciló un momento, y luego prosiguió—. También en su habitación, escuché cómo usted…

Jaime se paró abruptamente de su silla en ese momento, lo que causó una reacción adversa en Karina al creer que quizás lo había molestado de más con sus preguntas. Sin embargo, notó que su mirada estaba más bien puesta en algún punto a sus espaldas y no en ella. Y al virarse, ella también pudo ver la prominente figura de Carl, caminando entre las demás mesas en su dirección.

—Carl, ¿qué averiguaste? —inquirió Jaime con consternación en cuanto estuvo lo suficientemente cerca.

El hombre de cabeza rapada se sentó en una silla más en su mesa, y suspiró con algo de cansancio. Sacó de un bolsillo de su saco un pañuelo blanco, y comenzó a pasarlo lentamente por su frente amplia y brillante.

—No mucho más de lo que ya sabíamos —comentó Carl con aridez—. Me confirmaron que en efecto fueron dos individuos, un hombre y una mujer sin identificar, y que ingresaron a la fuerza al pent-house de Thorn. Pero todo parece indicar que éste y sus acompañantes están ilesos. Lo que sí es que pude obtener la descripción que están boletinando de ambos, y la del hombre definitivamente concuerda con la del detective Sear. Además de que se dice que se identificó como policía al llegar.

Karina soltó un pesado y largo suspiro al escucharlo, y dirigió una de sus manos a su rostro para tallarse un poco los ojos. Una parte de ella esperaba que en verdad no se tratara de él, pero ya era más que evidente que sí lo era. Pero claro, ella tampoco tenía precisamente mucho derecho a sorprenderse, dadas las circunstancias.

—¿Y alguna idea de quién sea la mujer? —comentó Jaime, curioso.

—De momento no —negó Carl—, pero quizás se trate de alguna colega suya de… esa Fundación a la que pertenece. Pero la verdadera pregunta que yo me haría es cómo pudo dar con la identidad de Thorn y su ubicación tan rápido.

Al lanzar ese repentino cuestionamiento al aire, viró su atención fijamente hacia la mujer sentada a su diestra. Y esto, por supuesto, no pasó desapercibido para ella.

—Si hay algo que quieras decirme, Carl, dímelo de frente —soltó totalmente a la defensiva, incluso algo retadora.

—Lo mismo te digo, Karina —le respondió el hombre grande del mismo modo que ella—. ¿Hay algo que quieras confesar?

Lo tenía, en efecto, pero igual no lo dijo en ese momento. Para Karina, las palabras estaban de más en ese momento. Desde que notó la forma en la que el padre Frederick la miraba en el pasillo, supo que él ya lo sabía, y ahora Carl dejaba en evidencia que él también (o al menos lo sospechaba).

Sí, ella había sido en parte participe de toda esa situación, pues a espaldas del padre Babato y de su compañero había tomado la decisión de darle dicha información al detective de Filadelfia, aun sabiendo de antemano que todo iría encaminado a que ocurriera algo como eso. Pero no se arrepentía de haberlo hecho; al menos no hasta que supiera si Cole había salido vivo de ese edificio… o no.

Mientras el aire se tornaba tenso entre Carl y Karina, Jaime no parecía muy interesado en intervenir de alguna forma. De hecho, su atención se había puesto de nuevo en la fachada del edificio Monarch, y en las patrullas que comenzaban a marcharse una a una, hasta dejar despejada la calle de nuevo.

—Creo que la policía ya se va —señaló Jaime de pronto, llamando la atención de sus dos acompañantes y que así dejaran de momento su discusión de lado.

—Sí —asintió Carl un poco más calmado—. No encontraron rastro de los sospechosos en el edificio o en los alrededores. Parece que de alguna forma lograron escapar. Pero igual los seguirán buscando.

La atención de ambos asistentes se fijó por reflejo en Jaime, en busca de algún tipo de instrucción.

—¿Y ahora qué hacemos? —musitó Carl despacio—. ¿Volvemos a la casa parroquial?

Jaime no les respondió, ni tampoco los miró. Su atención siguió fija en el mismo sitio que antes, como si ni siquiera los hubiera oído.

—¿Padre…? —musitó Karina intentando llamar su atención. En ese momento, sin embargo, los tres saltaron un poco al escuchar el estridente tono de llamada del teléfono de la mujer.

Karina revisó rápidamente el bolsillo interno de su saco, de donde tomó su celular y lo colocó delante de ella para revisar la pantalla; le sorprendió un poco ver el nombre del padre Frederick Babato en ella, casi como si lo hubieran invocado con el sólo pensamiento.

Respondió la llamada lo más pronto que pudo y aproximó el teléfono a su oído.

—Hola, padre —musitó con moderada efusividad—. Sí, seguimos aquí, pero ya terminamos. Vamos de regreso…

Hubo una pausa en la que al parecer el sacerdote comenzó a decirle algo. Y, fuera lo que fuera, provocó que el rostro de Karina se tornara poco a poco más consternado.

—¿Qué?, ¿cuándo? —exclamó Karina con fuerza, sin preocuparse siquiera de que aquello llamara la atención de algún otro de los clientes del local. Incluso se paró de su silla y se alejó unos cuantos pasos de la mesa, con las miradas inquisitivas de Carl y Jaime (que el repentino exabrupto al parecer había bastado para captar su atención)—. ¿Está herido? ¿Entonces sí fue él…? ¿Tiene su ubicación? —Una última pausa prolongada, y justo después dio cierre a la llamada de forma sencilla y rápida—. Entendido, vamos en camino.

En cuanto colgó, Carl no perdió el tiempo y él también se paró de su asiento y se le aproximó, apremiante.

—¿Qué pasa? —musitó el hombre grande con preocupación—. ¿El padre Babato está bien?

—Sí, descuida —contestó Karina, aunque con su mente aún un tanto distraída—. Pero al parecer el detective Sear se contactó con él hace un minuto para solicitar nuestra ayuda.

—¿Nuestra ayuda? —exclamó Carl, incrédulo.

Karina asintió.

—Al parecer está herido y acompañado de otras personas, y ocupa apoyo para ponerse a salvo y burlar a la policía.

—¿Entonces sí fue él quien entró al edificio?

—Es lo más seguro.

Carl chistó con molestia, virándose hacia otra dirección. Hasta ahora se había portado bastante tranquilo, pero eso pareció cambiar al confirmar que en efecto el culpable de todo aquello era aquel hombre. Desde su primer encuentro  había dejado claro que no le agradaba en lo absoluto, y eso no ayudaba mucho a cambiar dicha opinión.

—¿Se atreve a pedirnos ayuda luego de meter la pata de esta forma? —masculló Carl con desdén.

Karina no podía recriminarle por sentirse así. Quizás ella opinaría lo mismo, si no fuera porque al mismo tiempo tenía un incómodo sentimiento de culpa que le presionaba los hombros desde que el padre Babato le indicó que estaba herido y desesperado.

—Sea como sea, el padre accedió a ayudarlo —señaló Karina con firmeza—, y no nos corresponde cuestionarlo.

Esas solas palabras fueron suficientes para calmar los ánimos de Carl. Aunque pudiera estar molesto o en desacuerdo a veces, Carl era un buen soldado de Dios, y como tal confiaba completamente en las órdenes de su superior; casi siempre.

El teléfono de Karina volvió a sonar, pero ahora con el sonido de una notificación de mensaje. Al revisarlo, vio que el padre Babato ya le había hecho llegar la ubicación del escondite del detective Sear. Era al norte, en una zona industrial. Estaba algo retirado, pero el tráfico ya estaba bajando a esa hora. Sólo tenían que ir de paso a la casa a dejar al padre Alfaro y luego, si se apresuraban y tomaban algunos atajos, podrían estar ahí en menos de media hora.

Esperaba que fuera suficiente.

—Tengo su ubicación, vamos —indicó Karina mostrándole la pantalla de su teléfono a su compañero—. Padre Alfaro, puede que las cosas se pongan peligrosas por allá. Lo dejaremos primero en la casa parroquial.

Jaime, aún sentado en la mesa, negó rápidamente con su cabeza.

—Si el detective está herido, no pueden perder el tiempo con desvíos —indicó con solemnidad—. Será mejor que vayan directo para allá. Yo regresaré por mi cuenta.

—¿Está seguro, padre? —masculló Carl, un tanto inseguro (aunque no tanto como lo estaba Karina)—. Este ataque puede hacer que Thorn y su gente comiencen a movilizarse. Puede no ser seguro permanecer aquí, o incluso seguir en la ciudad…

—No se preocupen —declaró Jaime con insólita tranquilidad, incluso sonriendoles—. Ustedes encárguense de lo suyo, y yo me encargaré de lo mío. —Alzó entonces su mano derecha enfrente de él, dibujando en el aire la forma de la cruz—. Vayan sin miedo, soldados del Señor.

—Amén —pronunciaron Carl y Karina al unísono, agachando sus cabezas un poco.

Aquello era prácticamente una reacción automática de ambos, derivada de su arduo entrenamiento. Y como tal, se veían también obligados a obedecer y no cuestionar más. Esto fue difícil, en especial para Karina que seguía preocupada por el estado de ánimo del sacerdote. Aun así, cuando Carl comenzó a moverse, ella hizo lo mismo.

—Lo veremos más tarde, padre —musitó Karina como despedida, a lo que Jaime respondió con un pequeño asentimiento.

El sacerdote español contempló en silencio desde su asiento como ambos se abrían paso entre las mesas, para así salir del área de la cafetería en dirección a donde habían dejado estacionado su vehículo. Una vez que ya estuvieron lejos, la sonrisa (falsa) de Jaime se desvaneció, cubriéndose de una profunda y dura amargura.

Introdujo entonces su mano en el interior de bolsillo de su abrigo, sacando de éste su leal licorera plateada. Rápidamente la abrió, retiró además la tapa de su vaso de café, y vertió gran parte de su contenido en éste, revolviéndolo con el líquido oscuro y caliente. Volvió a tapar el vaso, guardó la licorera, y comenzó ahora sí a dar pequeños sorbos; eso era justo lo que necesitaba para calmarse.

Y mientras bebía, observaba en silencio hacia la fachada del edificio de departamentos. No tenía ningún plan o deseo en particular. Simplemente aguardaba…

FIN DEL CAPÍTULO 106

Notas del Autor:

Feliz Año Nuevo a todos, espero que se la hayan pasado muy bien, y que estén empezando con el pie derecho este 2022. Por mi parte, después de un par de meses de descanso, volvemos con un capítulo más de esta historia, ya muy cerca del final de este arco de Los Ángeles (aunque no aún del final de la historia, eso hay que señalarlo). Las cosas se han sentido un poco tranquilas estos últimos capítulos, ¿no? Pues eso cambiará a partir del siguiente. Quédense al pendiente para el pequeño clímax que se viene, que espero les guste y haga que toda esta espera valga la pena.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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