Original El Manto de Zarkon – Capítulo 40. No entiendes lo que se siente

8 de enero del 2022

El Manto de Zarkon - Capítulo 40. No entiendes lo que se siente

Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 40.
No entiendes lo que se siente

Benny se encontraba tan profundamente dormido que no escuchó cuando Rubelker e Ivannia volvieron al calabozo, ni cuando abrieron la puerta de la celda contigua. Pero el sonido de ésta cerrándose con fuerza logró llegarle lo suficiente para que el prisionero se revolviera en su catre, un poco alarmado. Para cuando logró desperezarse lo suficiente y sentarse, sólo logró escuchar las pesadas botas del soldado subiendo las escaleras, haciendo rechinar algunos de los tablones con su peso.

—¿Iván? —Murmuró seguido de un profundo bostezo—. Volviste temprano esta vez, apenas y me había dormido un rato. ¿Qué pasó?

—Nada —masculló cortante la mujer en la otra celda, pero su voz no daba la sensación de que no había pasado nada.

Hubo unos momentos de silencio, y Benny pasó a recostarse de nuevo bocarriba en su catre. Comenzó a casi volver a quedarse dormido, cuando escuchó claramente como Ivannia se lanzaba al suelo, y poco después comenzaba a soltar algunos quejidos dolorosos. Benny no necesitaba adivinar qué hacía; todas las noches era lo mismo, y siempre se escuchaba igual. Su cuerpo entero terminaba casi hecho polvo luego de estar todas esas horas afuera con aquella bestia, y aún así volvía a su celda después de todo aquello para realizar una serie de ejercicios que le tomaban al menos una hora entera más el terminarlos, o a veces hasta dos. Y aunque no la podía ver, podía escuchar claramente que cada uno de ellos le causaba un dolor penetrante y quemante.

—¿Enserio tienes que hacer eso todas las noches? —Cuestionó Benny, indiferente—. Tómate al menos una libre para dormir más de un par de horas.

—Rubelker me dijo que tengo que hacerlos todas las noches —respondió Ivannia entre una repetición de lo que fuera que estuviera haciendo y otra—. Necesito más fuerza en mis músculos…

—¿Para estar como él? —rio Benny, divertido—. Para mí que sólo ha de tener algún fetiche con las mujeres musculosas.

Ivannia continuó con lo que estaba haciendo por un minuto más hasta terminar su serie, y luego se dejó caer de espaldas al piso, comenzando a respirar agitadamente, y sonando como si incluso respirar le doliera.

—Para ti todo se trata de eso, ¿verdad? —Soltó molesta.

—¿Qué cosa? —cuestionó Benny, confundido.

—Si Rubelker quiere ayudarme y entrenarme, es sólo porque me quiere coger. Por qué para ti las mujeres son sólo eso, ¿cierto? Agujeros donde puedes meter tu maldito pene.

Benny se quedó perplejo por tan repentino reproche.

—Oye, ¿a qué viene eso ahora? —Soltó enojado el pelirrojo. Se paró rápidamente del catre y se dirigió a los barrotes, como si pensara que realmente pudiera encararla desde ahí—. Yo nunca te he hecho algo para que tengas esa opinión de mí…

—No es necesario que lo hagas —masculló Ivannia secamente, y entonces reanudó sus ejercicios; a Benny le pareció que eran quizás unas abdominales—. Tu maldita actitud, y cómo menosprecias mis esfuerzos desde el inicio con tus comentarios y burlas, lo dejan más que claro. Estoy segura que si siguieras creyendo que soy Iván, no dirías ni pío. Pero ahora que sabes quién soy, o qué soy, no pierdes oportunidad para decirme la pérdida de tiempo que es todo esto. Pero me importa una mierda lo que pienses, pues esto es muy importante para mí. Y no lo hago para complacer a Rubelker, ni para servirle al príncipe, ni para impresionarte a ti; lo hago por mí y por nadie más, ¡¿está claro?!

Hizo una pequeña pausa para intentar recuperar el aliento, pero en cuanto pudo reanudó con el mismo ritmo de intensidad de antes.

—Tú no sabes por todo lo que he pasado —prosiguió Ivannia—, incluso desde antes de verme forzada a ser Iván. No sabes todo lo que he tenido que hacer para poder sobrevivir en este asqueroso mundo.

—Oye, yo tampoco he tenido una vida muy sencilla, ¿sabes? —Soltó Benny, intentando defenderse, pero la verdad era que todas esas palabras lo tenían un poco destanteado—. Lo creas o no, yo entiendo lo que se siente…

—¡No!, ¡no es cierto! —Espetó Ivannia, notándose incluso más molesta de lo que había estado antes—. Tú no entiendes ni un poco lo que se siente, por que eres un hombre grande y fuerte; cualquiera lo piensa dos veces antes de meterse contigo. Y aunque lo hicieran, tú vives con la seguridad de que podrías patearle el trasero a cualquiera sin problema. —El ritmo de sus repeticiones fue aumentando más y más, hasta que el dolor de su cuerpo pareció sencillamente ya no tener más poder que el de su propia rabia—. No sabes lo que es sentirse indefensa e impotente; que alguien se sienta más que tú y crea que puede hacer lo que se le dé la gana contigo, cuando se le dé la gana; como si fueras un mero objeto de su posesión sin voz ni opinión. No sabes lo que es no tener a nadie que te cuide o te defienda más que tú misma, ¡y aun así no poder hacerlo porque no tienes la fuerza suficiente…!

Se detuvo abruptamente en ese momento, ya fuera porque su serie había terminado o su cuerpo simplemente ya no pudo más. De nuevo se tiró rendida al suelo, intentando jalar con desesperación aire a sus pulmones.

Mientras tanto, Benny estaba aturdido por todo lo que había escuchado. Ya ni siquiera sabía si estaba molesto, sorprendido, o triste…

—¿Disculpa por haber nacido hombre…? —Masculló Benny, sonando quizás demasiado irónico sin proponérselo.

Ivannia no le respondió, y una vez que recuperó la fuerza suficiente, escuchó como se paraba de un salto y comenzaba ahora alguna otra serie de ejercicios (¿sentadillas, quizás?).

—Oye —musitó Benny con más calma—, quizás no sirva de nada decirlo, pero en serio lamento lo que sea que te haya pasado. Y si eso de entrenar con el grandote de alguna manera piensas que te ayuda, por mí está bien.

—Tienes razón, no sirve de nada —le respondió Ivannia con claro disgusto—. Y ya te dije que no necesito de tu estúpido permiso.

—Bien, olvida lo que dije —soltó Benny de nuevo molesto, y se apartó de los barrotes de regreso a su cama—. Y sí, ¡definitivamente me agradabas más cuando eras Iván!

—¡Pues qué lástima porque Iván no existe!, ¡nunca existió! ¡Ya supéralo, imbécil!

Benny no tuvo interés alguno en responder cualquier cosa a tales gritos. Solamente se tiró de malagana al catre, cuyas patas rechinaron por su peso, y por un momento creyó que se rompería, pero resistió. No hizo de inmediato el intento de volver a dormirse; sólo se quedó ahí boca arriba, mirando al techo y escuchando a su compañera esforzándose hasta el último gramo de fuerza en sus dichosos ejercicios.

Ninguno dijo nada más. Y tras un poco más de media hora, Ivannia se detuvo, posiblemente desmayándose en el suelo por el agotamiento…

— — — —

Casi al mismo tiempo que Ivannia se quedaba al fin dormida en su celda, en la otra punta del barco, el príncipe Frederick se despertaba lentamente en la cama de su camarote. Su primer reflejo fue estirar su brazo hacia un lado, encontrándose con el espacio vacío en donde debería estar su esposa. Tardó un poco en lograr procesar aquello, pero bastó para ayudarlo a despertarse lo suficiente y sentarse en la cama. Y al hacerlo, divisó un brillo justo delante de él, y una silueta enmarcada por éste.

Se talló un poco sus ojos con una mano. Y cuando su mirada se despejó por completo, logró distinguir con más claridad la figura de su esposa, sentada en una silla delante del escritorio del cuarto, alumbrada por una lámpara de aceite sobre éste. Al lado de la lámpara había una botella de licor abierta, y un vaso a medio servir. Y si tenía que adivinar conforme a lo que quedaba en la botella, diría que ese no era su primer vaso.

Pero, quizás lo más extraño fue ver que en su mano la emperatriz segunda sujetaba algo, alumbrado y reflejando la luz de la lámpara, justo delante de su rostro, y parecía contemplarlo con cierta admiración. Frederick se sorprendió, e incluso asustó un poco, al darse cuenta de que se trataba de una espada. Pero no era la suya, adornada y ceremonial, sino una más simple como la que usaban los soldados.

—¿Isabelleta? —Pronunció el príncipe abruptamente, sorprendiendo un poco a la mujer, que se sobresaltó en su silla y lo volteó a ver en la oscuridad.

—Oh, Frederick… lo siento —pronunció la princesa, un tanto aletargada; ya fuera por el sueño o por el alcohol que de seguro había ingerido—. No quería despertarte.

—Descuida —respondió el emperador segundo—. ¿Qué haces con eso?

Isabelleta lo observó unos momentos como si no entendiera su pregunta, pero entonces miró de nuevo la espada en su mano, girándola un poco delante de ella como si apenas se hubiera dado cuenta de su presencia.

—¿Esto? Nada; sólo pensaba —le respondió crípticamente. Y luego añadió de la nada—: ¿Te conté alguna vez que en Kalisma es una práctica usual que los hijos de nobles entrenen esgrima desde pequeños?; incluso las niñas. Tenía algunas amigas que lo hacían, pero no todas. Yo nunca lo intenté, pues mis padres nunca me lo permitieron… aunque, supongo que lo correcto es decir que en realidad yo nunca se los pedí. No era una práctica que cautivara en lo más mínimo mi atención. Me parecía un pasatiempo demasiado brusco para una dama. Digo, siempre me gustó ver a los chicos chocando sus armas en un duelo como si fuera un combate real, pero siempre criticaba en voz baja a las señoritas que insistían en participar en dichos desafíos. Creía que eran unas tontas por querer meterse en el territorio de los hombres; hasta decía que se veían ridículas, o que lo hacían porque no eran lo suficientemente femeninas para hacer algo más propio de su clase.

Mientras ella relataba todo aquello, Frederick se paró de la cama y se cubrió con su bata para mitigar un poco el frío sobre su piel desnuda. Se aproximó hacia ella, sentándose en la orilla de la cama a su lado, escuchándola pero sin comprender con exactitud a qué venían de pronto esos comentarios. Y, especialmente, porque aquello la había orillado a sentarse ahí tan noche a beber.

—¿Qué es lo que sucede, cariño? —Le preguntó despacio, extendiendo una mano hacia la suya para intentar retirarle el arma de sus dedos. Ella no opuso resistencia, y dejó que la tomara.

—Nada, tranquilo —le respondió, esbozando una pequeña sonrisa reflexiva—. Es sólo que Mina me dijo algo hace un momento que me dejó pensando.

—¿Fuiste a ver a las niñas? —inquirió Frederick, confundido. Isabelleta sólo asintió, sin deseos de dar de momento más detalles de los necesarios sobre aquello.

—Mina me dijo que si alguna de nosotras hubiera sabido cómo usar una espada, quizás podríamos habernos defendido nosotras mismas contra esos atacantes. —La mirada de Frederick se cubrió de desconcierto al oír aquello—. Eso hizo que me diera cuenta de que una vez que los soldados murieron, lo único que pude hacer fue gritar y llorar. Yo soy su madre, Frederick; yo debí haber hecho algo para protegerlas. Pero estaba tan asustada que apenas me podía mover. Y ahora me pregunto, si acaso hubiera aprendido a usar una de estas armas cuando era joven, como esas otras chicas que tanto criticaba, quizás yo hubiera podido…

—No pienses en eso —soltó Frederick, alarmado—. De haber siquiera intentado atacar a alguno de esos hombres con un arma, lo único que hubieras provocado es que te mataran. Eran muchos; nadie hubiera podido hacer nada contra ellos sólo con una espada.

—El soldado Rubelker pudo —señaló Isabelleta, mientras contemplaba perdida el vaso a la mitad sobre la mesa—. Él acabó con todos esos hombres él solo, nada más con sus dos sables.

Frederick enmudeció un poco, antes de simplemente responder:

—Eso es diferente.

—¿Por qué? —Musitó Isabelleta desafiante, volteándolo a ver sobre su hombro—. ¿Por qué es hombre?

—Ningún otro hombre hubiera podido hacer lo que él hizo, Isabelleta; ni siquiera yo. Pero será mejor que ya no hablemos de ese sujeto.

—¿Por qué? Creí que te agradaba; hasta me disculpé con él para complacerte.

—Yo no te pedí… —Frederick cortó sus palabras de tajo, antes de decir algo de lo que podría arrepentirse. No era ni cerca el momento para hablar de su opinión actual con respecto al soldado Rubelker—. No importa. Escucha, no había mucho más que pudieras hacer en aquel momento. De haber podido, hubieras protegido a tus hijas con uñas y dientes. Yo lo sé, y te aseguro que las niñas también lo saben. Pero ahora será mejor que vuelvas a la cama. Yo devolveré esta espada en la mañana.

Isabelleta asintió, y viró de nuevo su mirada a su vaso, recorriendo la orilla de éste con la punta de su dedo. Ya no parecía tener intención de seguir bebiendo de él, aunque tampoco parecía querer simplemente dejarlo ahí.

—Adelántate, voy en un segundo, ¿sí? —propuso la princesa. Frederick, dubitativo, decidió hacerle caso y se paró para volver a su puesto en la cama—. Esa mujer… —musitó Isabelleta de pronto—. La prisionera, me refiero. Estaba en cubierta con el soldado Rubelker hace unos momentos. Creo que estaban entrenando, o algo así.

—¿Entrenando? —Inquirió Frederick, confundido.

—Eso creo. Ella también es hábil, ¿sabes? La vi pelear en el bosque contra él. Ninguna de mis conocidas esgrimistas se movía como ella.

Frederick no sabía si acaso aquello era en verdad un comentario hacia él, o quizás simplemente era un pensamiento que divagaba en su mente y deseaba exteriorizar. Como fuera, él se retiró su bata y se recostó de nuevo en su lado de la cama, cubriéndose con el cobertor. Como prometió, Isabelleta le siguió unos segundos después.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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