Original El Manto de Zarkon – Capítulo 39. Podríamos habernos defendido

26 de diciembre del 2021

El Manto de Zarkon - Capítulo 39. Podríamos habernos defendido

Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 39.
Podríamos habernos defendido

Aquella repentina pregunta sorprendió bastante a los dos adultos, que casi de forma coordinada se miraron el uno al otro en busca de alguna aclaración. Rubelker se pudo dar una idea de dónde venía tal pregunta. Recordaba aún claramente la conversación que había tenido con la pequeña en aquella iglesia, y en la cual quizás se había dejado llevar demasiado, diciendo cosas que tal vez se encontraban fuera del lugar con respecto a la persona y sitio en el que se encontraba. De todas formas, él no respondió nada, y se limitó a sólo observar en silencio a Ivannia pues aquella pregunta había sido directamente para ella.

Ivannia, por su parte, observaba azorada a la pequeña, intentando ver en su rostro si acaso aquello era una broma, o si al menos comprendía qué era lo que estaba pidiendo.

Se mordió con más fuerza su labio, hasta casi lastimarse un poco. Si la decisión recaía en ella (por algún motivo que no comprendía), lo correcto sería negarse. Después de todo, era una princesa, además de una niña pequeña. Podría lastimarse… si acaso no se le enseñaba bien.

¿Cuánta diferencia habría tenido su vida posterior si alguien le hubiera permitido “intentarlo” cuando tenía su edad? Si alguien siquiera le hubiera dicho que aquello era una posibilidad…

Ivannia se arrodilló entonces frente a ella, dejando en el suelo una de las espadas mientras sujetaba la otra por la hoja, con el mango en dirección a Mina. Ésta miró maravillada aquel objeto que tanto había visto en las manos de su padre, sus tíos y los soldados, pero que en realidad nunca había sujetado ella misma, o siquiera había estado lo suficientemente cerca de una para contemplarla bien.

—Esta espada es muy pesada para alguien que no ha entrenado —señaló Ivannia casi como una advertencia, mirando a Rubelker de reojo por si acaso en algún momento se decidía por detenerla. No lo hizo—. Pero es una buena espada, única en su tipo. Cárguela con firmeza, sólo un poco para sentirla. Use sus dos manos.

Mina asintió temerosa, y alzó justo después sus dos manos tal y como le había dicho. Pegó sus pequeños dedos al mango, sintiendo el material de un frío casi doloroso. Cerró sus dos puñitos entorno a él, apenas logrando cerrarlos por completo. Ivannia soltó despacio el arma, dejándola por completo en su poder. El inusual peso de la espada jaló sin remedio los brazos de la princesa hacia abajo, y la punta terminó golpeando el entablado del suelo, casi encajándose en él.

La niña intentó entonces jalar el arma hacia arriba para elevarla, pero apenas y lograba que la punta se separara unos milímetros, antes de tener que ceder. Su rostro se puso colorado por el esfuerzo, mostrando también un poco de frustración.

—Es muy pesada… —soltó como un pequeño quejido molesto mientras seguía jalando hacia arriba. Se preguntó irremediablemente cómo era posible que ellos pudieran cargarla con tanta facilidad. ¿Todos los adultos eran así de fuertes?

Mientras todo esto ocurría, Rubelker las observa paciente desde su posición. El verla intentar alzar la espada con todas fuerzas, sin lograrlo ni un poco, le hizo recordar cosas… no del todo agradables. Sobre aquella primera ocasión en la que él mismo tuvo una de esas armas en sus manos por primera vez. Sobre cómo igualmente sus pequeñas manos no habían sido capaces de levantarla, sobre cómo sus brazos y sus manos le dolieron por el esfuerzo; pero no más que cómo dolieron las consecuencias de no lograr hacerlo ese día, o el siguiente, o el siguiente… O todos los escarmientos que continuaron hasta que al fin fue capaz de hacerlo, motivado por el único deseo de que aquello parara.

Por supuesto, la princesa Mina no tendría por qué pasar por lo mismo.

Rubelker se aproximó cauteloso a la niña, parándose a su lado. Se puso de cuclillas y extendió su mano para retirarle el arma que sujetaba, y aún trataba con tanto esfuerzo de alzar.

—No es un arma para alguien de su tamaño, alteza —indicó Rubelker serio, y le extendió justo después el otro sable más convencional que él traía consigo. Aquello sorprendió y preocupó un poco a Ivannia, pero optó por no decir nada de momento—. Ésta también puede ser mucho para usted, pero su peso es más apropiado. Intente tomarla.

Mina observó en silencio el nuevo sable que le ofrecían. Sus manos le ardían un poco por el esfuerzo que había tenido que hacer hace unos momentos. Sin embargo, no dejó que eso la contuviera e hizo justo lo que le indicaba: extendió sus manos hacia este otro mango y lo rodeó con sus manitas. Cuando Rubelker lo soltó, ocurrió prácticamente lo mismo de la vez pasada. El peso del arma jaló sus manos hacia abajo, y la hoja chocó contra el piso. Sin embargo, Mina se dio cuenta de que pesaba bastante menos que la otra. Por ello, cuando intentó levantarla, la hoja se separó lentamente del suelo, elevándose delante de ella. Igual tenía que hacer esfuerzo para mantenerla arriba, pero era bastante más tolerable.

—Increíble… —murmuró la princesa despacio, mientras admiraba fascinada la hoja brillante. Así que así se sentía sujetar una espada real. En el palacio no le dejaban siquiera tomar un cuchillo con filo, y ahora tenía en sus manos algo como eso. Todo aquello le provocó una emoción nueva y desconocida, que no habría sido capaz de describir aunque se lo hubieran pedido.

—Lo que tiene en sus manos no es un juguete —le indicó Rubelker con severidad—. Armas como esa han arrebatado la vida a miles de hombres y mujeres. Si la usa irresponsablemente, se lastimará a sí misma o a otros. Pero si la respeta, ella la respetará a usted. ¿Entiende?

Mina asintió, aunque en realidad no era que lo entendiera del todo.

De pronto, la punta del arma fue bajando y se giró lentamente hacia un lado. Creyeron que se había cansado y que ahí terminaría ese asunto. Sin embargo, para sorpresa de los dos adultos, la niña lo que hizo en su lugar fue apuntar a Ivannia directamente con la hoja del arma, manteniéndola firme en esa posición.

Ivannia se congeló al ver eso, y un pequeño dolor en el pecho la inundó. ¿Era acaso su manera de decirle el gran resentimiento que le guardaba por lo que había ocurrido? ¿Quería decirle con eso que quería vengarse por aquel acto en el que ella, obligada o no, había participado? Fuera lo que fuera, Rubelker pareció interpretarlo de manera similar.

—Debe estar muy segura de a quién apunta con su arma —le señaló Rubelker—, y estar dispuesta a afrontar las consecuencias que ello conlleva. ¿Está segura de lo que hace?

Mina no respondió o dio alguna señal de incluso haberle escuchado. Ella sólo siguió con sus ojitos fijos en Ivannia, y la espada aún en la misma posición y sin intención de retroceder. Ivannia miró a Rubelker en busca de alguna indicación. Éste simplemente asintió lentamente, dejando a su libre interpretación lo que eso significaba.

Ivannia se hizo un poco hacia atrás, y alzó de pronto el otro sable que aún quedaba en su posesión, sujetándolo enfrente de ella en posición de defensa. Aquel repentino acto hizo que Mina respingara un poco, e inconscientemente inclinara su cuerpo hacia atrás, como si se sintiera atemorizada. Pero, aun así, el sable en sus manos no descendió ni un poco. Por algún motivo, Ivannia tuvo el impulso de sonreír, pero lo contuvo. En su lugar, acercó la hoja de su arma a la de Mina, dándole un golpecito con fuerza en un costado, provocando que el arma se inclinara pronunciadamente.

Aquel repentino golpe tomó por sorpresa a Mina, que tuvo que sujetar el sable con más firmeza, y balancearse con sus pies para evitar que la espada cayera; y de paso ella misma. Una vez que recuperó el equilibrio, ella misma extendió su arma al frente, dando un pequeño golpecito al arma de Ivannia. Pero, a diferencia de ella, la mujer adulta no se movió ni un poco. Mina lo hizo una segunda vez, y una tercera. Le pareció interesante el tintineo que hacían las hojas al chocar, como una pequeña melodía.

Siguió haciéndolo por un rato más, e Ivannia de vez en cuando inclinaba su sable hacia un lado y hacia el otro para que la dirección a la que Mina tuviera que golpear cambiara. Mina se sentía nerviosa y asustada, pero también emocionada; más emocionada que con cualquiera de las actividades o estudios que le exigían realizar todo el día.

Siempre había creído que sólo los hombres podían jugar con ese tipo de cosas (aunque el señor Rubelker le había dejado claro que no era un juguete). Tenía primos de la edad de Isabelleta, o un poco mayores, que en algunas fiestas o reuniones familiares les presumían sus pequeñas espadas, y alardeaban de que ya habían comenzado sus clases de esgrima, y hasta participado en duelos. Ninguno nunca le ofreció la posibilidad de tomar una, y ella nunca había tenido un interés particular en ello como para pedirlo; y quizás aunque lo hubiera tenido, tampoco lo hubiera dicho.

Pero esa mujer delante de ella lo hacía, y de una manera mucho más impresionante que cualquiera de sus tontos primos. Si ella podía hacerlo…

Sus brazos se cansaron al fin, y el sable fue bajando poco a poco, hasta apoyarse de nuevo en el piso. Su respiración se agitó considerablemente, y su aliento cálido se volvía visible frente a su boca a causa del frío. Ivannia también bajó su arma, y entonces se permitió al fin dejar que esa sonrisa, que tanto amenazaba con materializarse desde hace rato, se hiciera presente al fin.

Pero no le duraría mucho.

—¡Mina! —se escuchó de pronto como una voz gritaba con gran fuerza en el aire de la noche, poniendo en alarma a los tres.

Se viraron muy rápidamente, especialmente la pequeña princesa. De pie a unos metros de ellos, y mirándolos con una cara horrorizada, se encontraba la emperatriz segunda Isabelleta; con su cabello despeinado y suelto, y envuelta en su ropa de dormir y la bata beige.

—Mamá… —murmuró Mina pálida, apenas logrando que su boca pronunciara la palabra.

La princesa no era la única atónita, pues tanto a Rubelker como a Ivannia la presencia repentina de aquella mujer los dejó pasmados. Ivannia incluso casi dejó caer su espada de la impresión, pero logró sujetarla fuertemente a último momento. La sensación de Ivannia fue incluso más adversa que al ver a Mina, pues al ver a Isabelleta no pudo evitar recordar a Hagak sujetándola y tapándole la boca justo delante de ella, mientras ella forcejeaba llena de frustración sin poder librarse de sus fuertes brazos. Y aunque no lo dejó ver, en aquel momento sintió una gran pena y culpa, pues ella misma comprendía esa horrible sensación. Y, aún así, no había hecho nada para remediarla.

—¡Aléjate de esa mujer en este momento! —Espetó Isaballeta con fuerza, aproximándose apresurada hacia su hija—. ¿Qué crees que estás haciendo? ¡Suelta eso!

Le arrebató entonces rápidamente la espada que Mina sujetaba en sus manos, tomándola ella misma con firmeza. Se colocó justo después delante de la niña, interponiéndose entre ella y aquella otra mujer, con postura aprehensiva y protectora. Su mirada intensa y agresiva se centró en ella, y sus dedos se apretaron fuertemente al mango del arma en su mano sin que se percatara conscientemente de ello.

Ivannia no pudo hacer nada más que bajar su mirada avergonzada, intentando no mirarla directamente. ¿De qué otra forma se suponía que debía reaccionar…?

—¿Qué significa esto, soldado? —Cuestionó Isabelleta colérica, volteándose desafiante hacia Rubelker—. ¿Qué hace esta mujer fuera de su celda a esta hora? ¿Acaso usted permitió que se acercara a mi hija?, ¡¿con esto?! —Alzó entonces la espada al frente para que Rubelker la viera—. Exijo una explicación, ¡ahora!

—Alteza —pronunció Rubelker, manteniéndose firme y serio a pesar del exabrupto de la mujer—, nosotros estábamos…

—¡Mamá! —Espetó Mina de pronto, interrumpiendo su explicación—. Yo les dije que me dejaran intentarlo…

—Mina, guarda silencio —le ordenó su madre con pesadez, mirándola sobre su hombro.

Con su mano libre la tomó de su cabeza y la pegó contra ella, como si temiera que fuera a salir corriendo o alguien se la fuera a arrebatar de pronto. La atención de la emperatriz segunda se enfocó de nuevo en Ivannia, contemplándola aún más furiosa que antes.

—¿Cómo te atreves a acercarte a mi hija luego de lo que nos hiciste? —Le cuestionó tajantemente—. ¡¿Cómo te atreves a mostrar tu horrible cara ante nosotras?! ¡Tú ni siquiera deberías de seguir con vida! ¡Debieron haberte colgado en Vistak!, ¡sucia asesina!

Ivannia se había mantenido callada y con su cabeza abajo todo ese tiempo, y estaba dispuesta a seguir así sin importar lo que aquella mujer quisiera gritarle o reprocharle. Fuera lo que fuera, estaba en su derecho. Sin embargo, algo en esa última declaración hizo que cambiara. Sus ojos primero se abrieron mucho por la impresión, pero luego todo su rostro se endureció con enojo. Alzó de nuevo su mirada, provocando que Isabelleta diera un respingo al contemplar esos agresivos ojos verdes sobre ella, haciéndola a su vez que pegara más a su hija a ella.

“¡Tú ni siquiera deberías de seguir con vida!,” le había gritado esa mujer. Y si se hubiera tratado de cualquier otra persona, posiblemente hubiera pasado a romperle la nariz sin siquiera dudarlo mucho. Pero su sentimiento de culpa siguió estando lo suficientemente presente para prevenir que lo hiciera.

—Todos los días —musitó con voz seria, sin suavizar su mirada ni un poco—, a toda hora, pienso y me aterra lo que podría haber pasado si ese soldado no hubiera estado ahí ese día, y hubieran tenido éxito en lo que querían hacer con usted y sus hijas. No voy a disculparme, porque sé que sería gastar energías y tiempo… Pero de lo que puede estar segura, es que jamás volveré a poner a esas niñas en peligro…

Isabelleta se sentía intimidada por aquella mirada, pero estuvo más perpleja por sus palabras.

—¿Disculparte? —Murmuró con desdén—. Lo que menos quiero de ti son disculpas. Y tu palabra no vale absolutamente nada para mí. Tú no eres más que una…

—¡Mamá!, ¡basta! —Gritó Mina de nuevo, haciendo que su voz resonara con fuerza y contrastara de su vocecilla sumisa y temblorosa que había tenido hasta ese momento—. No te enojes con ella; yo le pedí que me mostrara cómo usar la espada. ¡Yo quiero aprender a pelear así como ella lo hace!

—¿Qué? —exclamó Isabelleta confundida, volteándola a ver—. Mina, ya no digas tonterías; no sabes lo que dices. Te dije que guardaras…

—¡Yo quiero aprender! —Volvió a gritar la pequeña, incluso más fuerte que antes, y lo repitió varias veces como si fuera algún tipo de berrinche—. ¡Yo quiero aprender! ¡Quiero aprender a usar la espada igual que ella!

—¡No me alces la voz! —le exigió la emperatriz segunda claramente molesta. La tomó en ese momento con fuerza de su brazo, jalándola—. Te lo advierto, jovencita. Tú sabes muy bien que ese no es un comportamiento aceptable. Tú eres una princesa Rimentos, y no es propio de ti usar estas cosas —alzó de nuevo la espada al momento de comentar aquello—, y menos mezclarte con este tipo de gente.

—¡No me importa! ¡Yo quiero aprender!, ¡Yo quiero aprender a usar una espada!

—¡Para ya! —Gritó Isabelleta histérica, y alzó entonces su mano con la clara intención de abofetearla con ella—. ¡Te dije que te callaras…!

Mina se sobresaltó asustada, y rápidamente cruzó los brazos frente a ella para protegerse del inminente golpe que ella sabía que vendría. Pero a diferencia de otras veces en la que la sola amenaza de esa mano era suficiente para que se quedara quieta y su lengua se trabara, en ese momento el poco coraje que le quedaba se desbordó en una última declaración:

—Si alguna de nosotras hubiera sabido usar una espada, ¡podríamos haber hecho algo en ese bosque! ¡Podríamos habernos defendido nosotras mismas en lugar de haber estado sólo sentadas esperando que alguien nos salvara, o nos mataran…!

La mano de Isabelleta se quedó congelada en el aire por encima de su cabeza, y su rostro contempló atónita a su hija, aún escondida detrás de sus brazos. Aquel ferviente grito fue como una apuñalada directa en el pecho de la mujer kalismeña, que casi la sintió atravesándola de lado a lado.

Un profundo silencio se sumió en toda la cubierta; incluso el viento y el mar parecían haber decidido callar en ese momento, dejando que el eco de la voz de Mina se fuera difuminando en la distancia.

Isabelleta bajó su mano lentamente sin quitarle los ojos de encima a su hija. El asombro no menguaba en su mirada ni siquiera un poco.

Miró entonces hacia Ivannia y Rubelker, recordando quizás un poco el sitio y momento en el que se encontraba. Se forzó a recuperar su compostura, pero fue evidente que sería algo imposible de cumplir por completo, incluso para ella.

—Te prohíbo acercarte a mi hija de nuevo —musitó la emperatriz segunda un poco más tranquila, viendo atentamente a Ivannia mientras lo hacía. Luego jaló a Mina de su brazo y comenzó a caminar en la dirección en la que ella misma había venido—. Y hablaré seriamente con el capitán Armientos sobre esto en la mañana, soldado Rubelker.

Ambas se alejaron tan apresuradamente, que incluso Isabelleta se llevó la espada consigo; ya fuera a propósito o porque simplemente no se había percatado de ello. Mientras se alejaban, Mina volteó hacia atrás a ver a Ivannia con sus grandes ojos azules, hasta que se perdió detrás del muro y ya no pudo hacerlo más.

Sólo hasta entonces el aire pesado que los engullía se calmó lo suficiente. Rubelker, que había estado contemplando todo aquello en silencio, respiró hondo y pasó su mano por su cara desde su frente hasta su mentón. Muchas de las cosas que acababan de ocurrir lo tenían inquieto, empezando por el hecho casi evidente de que quizás se había equivocado más de lo que creía al decirle aquellas duras palabras a la princesa. Y además de eso, quizás tampoco debió de haber permitido que tomara la espada y la usara con Ivannia.

¿Qué hubiera hecho un adulto responsable en realidad? Era probable que eso no.

Ambas acciones habían sido con las mejores intenciones, pero quizás había terminado haciendo más un mal que un bien… Y, ¿no era esa la historia de su vida?, ¿siempre intentando hacer lo correcto y terminando empeorando las cosas para él y los que lo rodeaban? Después de tantos años debería haberse acostumbrado.

Volteó a ver a Ivannia, notando cómo miraba al suelo, pensativa. Su desalineado flequillo le cubría la frente y parte de sus ojos. Su ceño estaba fruncido, y sus puños tan apretados en torno a la espada que sujetaba que sus dedos se veían blancos.

—Lo siento —murmuró Rubelker con pesar en su voz—. No te merecías pasar por eso. Debí haber intervenido de alguna forma para evitar que pasara.

—No digas que no lo merecía, porque no es cierto —masculló Ivannia, carraspeando—. Aun así, si hay algo que odio en este mundo, si hay algo que me enerva y me hace hervir la sangre… es que alguien me diga que no merezco vivir…

En ese momento alzó su brazo, y dejó caer la pesada hoja del sable contra el barandal de acero. No lo cortó, pero el impacto sí lo abolló, como si hubiera sido golpeado por un pesado martillo. Ivannia resintió dicho impacto en su brazo, en el cual sintió como si sus huesos le vibraran, pero apretó fuerte sus dientes para prevenir algún quejido de dolor. La hoja del arma, por su lado, ni siquiera se astilló.

A Rubelker aquello lo impresionó. Aunque el golpe fuera lanzado con una de sus espadas, sin la fuerza necesaria aquel resultado sería simplemente imposible. Eso era el mejor indicador de lo mucho que la fuerza de Ivannia había progresado, aunque de seguro en su estado de enojo actual ella no lo vería así.

 —Yo misma lo decidiré —masculló despacio la mujer, teniendo aún el arma presionada contra el barandal— Yo misma decidiré hasta cuándo habré de vivir o no… No esa mujer… ¡ni nadie!

—Por supuesto que sí —respondió Rubelker despacio, y acercó entonces su mano a la de ella para tomar de regreso la espada—. Pero por hoy será mejor que dejemos el entrenamiento hasta aquí. Te llevaré de regreso a tu celda; pero no olvides hacer tus ejercicios, ¿está bien?

Ivannia no contestó nada. Cuando él le acercó su mano, ella soltó la espada y le permitió tomarla de regreso sin oponer resistencia. Tampoco dijo algo o se opuso cuando él comenzó a guiarla de regreso al calabozo. Su mente estaba bastante ocupada en otras cosas.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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