Original El Manto de Zarkon – Capítulo 36. Matar antes de que te maten a ti

4 de diciembre del 2021

El Manto de Zarkon - Capítulo 36. Matar antes de que te maten a ti

Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 36.
Matar antes de que te maten a ti

Isabelleta no era la única persona que le hablaba a Mina seguido sobre religión y sobre Dios. Su tío abuelo a veces también lo hacía e incluso su padre, aunque ambos en menor medida. Además, desde los cinco años había tenido que ir cada semana a clases exclusivamente enfocadas a ello, con una de las sacerdotisas de la Gran Catedral Plateada de Marik. Y como con cualquier otra lección, Mina hacía el mayor esfuerzo que le era posible por entender; pero como con cualquier otra lección, terminaba irremediablemente distrayéndose con otra cosa.

Quizás por ello a sus escasos siete años, no tenía como tal un entendimiento entero de qué era Dios con exactitud, o de cómo funcionaba, o por qué tenía un efecto tan grande en Isabelleta que podía incluso aliviarla de cualquier mal como aseguraba. De seguro su hermana, su tío, su padre, o su sacerdotisa instructora se lo habrán explicado, y quizás ella no lo había entendido, o no le había importado lo suficiente como para intentar entenderlo.

Y quizás por ello, no alcanzaba a procesar por completo lo que aquella vieja sacerdotisa de Malakin intentaba decirle para justificar tan horrible experiencia que habían vivido.

—Si Dios puede hacer que siempre pasen cosas buenas —comenzó a musitar Mina, con su entrecejo arrugado y su voz pausada al ritmo que acomodaba sus palabras—, y puede prevenir que pasen las malas… ¿Por qué no lo hace siempre? Si Él podía haber hecho que esto no pasara, que esos cinco soldados no murieran, o que esos hombres no nos hicieran daño, ¿por qué no lo hizo? ¿Por qué teníamos que pasar por eso? Eso no es cuidarnos, ni un regalo. Es sólo algo horrible…

Mina miró a la sacerdotisa con sus ojos humedecidos; pero no por tristeza sino prácticamente inundados de frustración, y un toque indudable de rabia.

Aquello no era ni remotamente lo que la princesa había ido a escuchar; eso fue evidente. Incluso la sacerdotisa se prestó un tanto perpleja por su reacción. Aun así, poco a poco logró recuperar su compostura.

—Cómo te dije, no es tan simple —musitó despacio la mujer, colocando delicadamente una mano sobre su cabecita—. Muchas veces es difícil, incluso para nosotros los que le dedicamos nuestra vida a Él, entender cómo mira todo esto, o cuál es su plan detrás de cada cosa. Lo mejor que podemos hacer es interpretarlo lo mejor que podemos con nuestro conocimiento mundano, que lamentablemente no siempre es perfecto. Quizás, sólo quizás, Yhvalus te hizo pasar por eso por un motivo especial.

—¿Por un motivo? —Exclamó Mina, más calmada pero igualmente perdida.

La religiosa asintió.

—Quizás tras haber vivido una experiencia tan abrumadora como esa, hay algo que debes hacer o aprender de aquí en adelante.

—¿Cómo qué?

—Bueno, eso quizás lo tengas que descubrir tú misma.

La sacerdotisa le sonrió con dulzura y le tomó de nuevo su manita. Mina miró al piso debajo de ella, aunque ya no con el ceño fruncido, sino únicamente reflexiva.

—¿Te sientes mejor? —Cuestionó la sacerdotisa tras darle un par de minutos para que se calamara.

—Un poco…

—Te aseguro que todo será mejor de aquí en adelante.

—Gracias —respondió Mina, a todas luces no muy convencida de su afirmación.

La religiosa tomó de nuevo a Mina de su mano para llevarla de regreso con sus acompañantes. Sólo la llevó la mitad del camino, y el resto la princesa lo caminó sola, mientras la sacerdotisa se dirigía al anexo por dónde se habían ido Isabelleta y los demás.

—¿Ya terminó, alteza? —preguntó Lukrecya, parándose rápidamente al notar que se aproximaba.

—Creo que sí —respondió cabizbaja la pequeña princesa.

Rubelker continuaba de pie en el mismo punto en que estaba antes de que se fuera, con sus brazos cruzados y su mirada seria.

Mina avanzó hacia la banca en la que estaba Lukrecya y se sentó a su lado. Sus piernas volvieron a colgar de la orilla y las meció de adelante hacia atrás, aburrida y quizás ya hastiada de estar tanto tiempo en un lugar encerrado como ese.

—Bien —susurró Lukrecya, sentándose cuidadosamente de regreso—, ahora sólo debemos esperar a su hermana, ¿sí? —Mina no le respondió—. En verdad no sé qué tanto tiempo le debe tomar a una niña de nueve años el confesarse. Yo lo hago en un par de minutos.

De nuevo la princesa menor siguió sin responder nada. Como su dama de compañía por los últimos dos años, Lukrecya sabía que era bastante usual que Mina estuviera callada, pero eso no lo volvía menos incómodo. Y la presencia de aquel aterrador soldado y su mirada espeluznante no ayudaban mucho a mitigarlo.

—Y… ¿cómo le fue, alteza? ¿Le ayudó su plática? —preguntó la baronesa con ferviente optimismo, intentando de alguna forma sacarle conversación. No funcionó—. Supongo que no…

Lukrecya resopló frustrada, y entonces apoyó su barbilla en la banca enfrente de ella, mirando alrededor. El silencio del lugar era simplemente agobiante. Miró entonces sobre su hombro hacia las puertas abiertas, por las cuales entraba el sol y la brisa fresca del exterior.

—Creo que iré unos momentos afuera —señaló con convicción, y entonces se puso de pie. Se viró hacia Rubelker con la intención de hablarle, pero el verlo la hizo paralizarse unos momentos, intimidada por aquellos intensos ojos oscuros—. Ah… ¿le molestaría… quedarse con la princesa…? —balbuceó temerosa, casi tartamudeando.

Rubelker la contempló unos instantes en silencio, y Lukrecya por un momento sintió que lo había hecho enojar con esa petición. Estaba a punto de decirle que lo olvidara, cuando entonces el soldado murmuró:

—Adelante.

La baronesa se sobresaltó sorprendida, pero poco a poco fue recuperando la compostura.

—¿Sí?, ¡gracias! —Exclamó saliendo de la fila de bancas, pero intentando avanzar quedándose lo más alejada del espacio personal de aquel hombre—. Si mi hermana pregunta por mí, dígale que fui a ver los puestos que están afuera, ¿sí? —Ahora ni Mina ni Rubelker le respondieron—. No tardo…

Se alejó caminando apresurada hacia las puertas, pero intentando no parecer demasiado apresurada por salir de ahí (aunque definitivamente sí lo estaba).

Sin Lukrecya, todo se sumió de nuevo en silencio. Rubelker permanecía de pie mirando en otra dirección, y Mina seguía meciendo sus pies en la banca, y mirando al suelo. Y todo parecía indicar que se quedaría así por un buen rato más, al menos hasta que la princesa Isabelleta y sus acompañantes volvieran.

Y de cierta forma ambos estaban bien con eso. Ambos eran de hecho un poco parecidos; Rubelker ya se había dado cuenta de ello, pero Mina de seguro aún ni siquiera lo sospechaba. Pero la verdad era que el ahora soldado menos popular del escuadrón, era también una persona que solía estar la mayor parte del tiempo en silencio; más propenso a sumirse en sus propios pensamientos que en los asuntos de los demás. Y en esa ocasión no había en realidad ningún motivo para actuar de una forma diferente. Pero lo hizo.

—Hay mucha gente que quiere solucionar todos sus problemas con la ayuda de sus deidades —murmuró de pronto, lo suficientemente alto para que Mina lo escuchara. La pequeña alzó su mirada hacia él, un poco confundida e incluso preguntándose si acaso le hablaba a ella—. La mayoría se siente bien de esa forma. Sus problemas son como piedras que tienen que cargar por una pendiente. Y encomendarse a una fuerza superior es como quitarse un poco de ese peso que tanto los aplasta, y pasárselo a alguien, o algo, tan inmenso en comparación con ellos que dicho peso no significaría absolutamente nada para Él, o Ella.

—¿Ella? —Musitó Mina un poco sorprendida. ¿Había un Dios mujer? ¿No se suponía que Yhvalus era el único? Aquello llamó notoriamente su atención, aunque casi de inmediato lo olvidó pues se dio cuenta en ese momento que sus palabras no eran al azar—. ¿Me escuchó hablando con la señora?

El lugar estaba muy solo y silencioso, pero no parecía posible que los hubiera escuchado desde esa distancia… Aunque, Mina recordó que en el juicio había contado una historia sobre cómo había escuchado y olido cosas que le advirtieron sobre el peligro. ¿Realmente podía hacer eso?

Como fuera, Rubelker no respondió su pregunta. En su lugar, avanzó hacia la banca y se permitió sentarse a lado de ella, justo en donde hace un momento estuvo Lukrecya. La madera crujió un poco ante su peso.

—Pero la verdad difícil de digerir para algunos —prosiguió explicando—, es que eso no siempre funciona. De hecho, casi nunca lo hace. La mayoría de las veces si quieres solucionar un problema que te agobia, no puedes pasar ese peso ni a Dios, ni a ninguna otra persona.  Sólo te toca a ti subir la colina, cargándolo, subiendo cada día aunque sea un poco más. Por qué si aunque sea un día te quedas sin moverte, el peso de esa roca te puede terminar aplastando. Suena solitario y agobiante, lo sé. Pero, de vez en cuando, te puedes encontrar con alguien que… quizás no pueda aligerar tu carga, o siquiera comprenderla; pero igual te tenderá su mano para ayudarte a avanzar un poco más rápido. Mientras tanto, sólo queda continuar; cada día un poco, como te dije.

Se viró en ese momento a verla, y Mina no vio en él esos ojos tan aterradores y profundos que a Lukrecya, y a casi todas las demás personas, asustaban tanto. De hecho, su mirada era bastante comprensiva y suave. Incluso le recordó un poco a la de su padre; no a la que tenía cuando estaba enojado, sino cuando estaba contento y le contaba cuentos o paseaba con ella por los jardines.

—¿Entiendes? —le preguntó con voz un poco severa, pero no agresiva.

—Sí… Creo que sí —asintió Mina, y en esa ocasión había sido un poco más sincera que con la sacerdotisa.

—Lo que pasó en el bosque no fue tu culpa —añadió el soldado justo después—; ni de tu hermana, ni de tu madre, ni de tu padre, y definitivamente tampoco fue culpa de ningún Dios. De todo lo que esa mujer te dijo, algo es cierto. En este mundo existe gente mala; hay quienes tienen la elección de no serlo, pero aun así escogen dicho camino, y aquellos que se ven forzados a hacerlo, aunque no quieran.

Rubelker guardó silencio unos momentos, mirando en otra dirección como perdido en un recuerdo lejano.

—Pero cuando te encuentras con una de esas personas malas y quiere hacerte daño, tú también tienes dos opciones: quedarte sentada y dejar que lo hagan… o luchar y hacerles ver que no se los permitirás.

—¿Se refiere a… matarlos? —susurró Mina, un poco asustada.

—Si es necesario, sí; matarlos —respondió el soldado con bastante normalidad—. Antes de que ellos te maten a ti.

Mina volvió a callar, mirando impresionada a aquel hombre. Recordaba vívidamente aquel día, y cómo había saltado de esa forma de entre los árboles, atacando a esos hombres y matándolos a todos… con tanta facilidad como si no significaran nada. ¿Era eso lo que uno debía hacer cuando alguien quería hacerte daño? Sonaba lógico, hasta cierto punto, y tenía el ejemplo práctico que lo respaldaba. Pero…

Unos pasos se hicieron presentes en el eco de la capilla. Mina levantó su vista y notó a su hermana mayor caminando hacia ella, junto con su dama y los dos guardias. Isabelleta se veía sonriente, por lo que de seguro su plática con el sacerdote había sido más útil que la suya.

—¿Y Lukrecya? —preguntó Tiridia, mirando alrededor en busca de su hermana gemela.

—Salió a comprar algo —indicó Rubelker señalando con su pulgar hacia la puerta.

Tiridia suspiró, aparentemente molesta.

—En fin —murmuró la baronesa, y se viró entonces hacia la princesa mayor—. ¿Le apetece volver al barco, alteza?

—Sí, será lo mejor —asintió Isabelleta. Aún tenía deseos de recorrer las calles históricas de ese pueblo, pero su padre le había indicado que no acaparara de más a los soldados o a sus damas, ya que se les daría tiempo libre ese día—. Vamos, Mina.

La princesa menor asintió y se paró de la banca, aproximándose a su hermana y tomándola de su mano con delicadeza.

—¿Te ayudó la plática? —le cuestionó en voz baja Isabelleta.

—Sí, la verdad sí —respondió Mina, también despacio. Aquella respuesta pareció alegrar bastante a su hermana.

—¿Ves? ¡Te lo dije!

Mina sólo asintió, a pesar de que en realidad no se refería a lo que Isabelleta creía.

Mientras caminaban a la salida, miró sobre su hombro una vez más a Rubelker, que ahora marchaba detrás de los otros dos soldados. Estaría pensando bastante el resto del día en las palabras que le había compartido.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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