Original El Manto de Zarkon – Capítulo 35. No lo entiendo

29 de noviembre del 2021

El Manto de Zarkon - Capítulo 35. No lo entiendo

Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 35.
No lo entiendo

Stifania era un territorio conquistado pequeño, pero también era uno de los más cercanos al territorio principal. Era quizás por eso último que sus ciudades solían verse y sentirse bastante similares a lo que los residentes principales conocían, y Malakin no era la excepción.

El puerto era sólo un poco más grande que Vistak, pero aun así era uno de los más importantes de los territorios conquistados al ser un punto central en el comercio entre estos y el territorio principal. Era un sitio con mucha historia y leyendas de la época de la Conquista, que hablaban de grandes militares y dirigentes que habían pisado esas tierras, incluso convirtiéndolas en sus bases de operaciones durante campañas militares importantes.

Isabelleta II había leído mucho de ese sitio, como de casi cualquier cosa de los territorios conquistados que había podido conseguir desde que supo que harían ese viaje. Le hubiera encantado poder recorrer sus calles y contemplar sus monumentos, pero su principal meta en esos momentos era la catedral central. Ir ahí debía tener prioridad sobre cualquier otra frivolidad; más si eso podría de alguna forma ayudar a su hermanita.

Los tres guardias que las acompañaban se las arreglaron para abrirles el camino a ellas y a sus damas. Las dos niñas ciertamente llamaron la atención de los lugareños por sus elegantes vestidos y adornos brillantes, pero principalmente por el distintivo cabello rojizo rizado de Mina que muchos inevitablemente identificaban con los Rimentos. Claro, además de su cabello y su elegante vestido, era imposible ignorar el enorme buque de guerra acorazado estacionado en el puerto, que ya todos en el pueblo habían oído que transportaba al príncipe Frederick y su familia; así que no era tan difícil en realidad sacar sus propias conclusiones.

Tal y como Isabelleta había dicho, Mina se notaba visiblemente cohibida por las miradas de todos. Su hermana mayor le repitió varias veces que no podía demostrar debilidad o miedo frente a las personas, y por ello no podía estar caminando por el puerto oculta detrás de ella. Mina tuvo que acatar esa instrucción, pero aun así se las arreglaba para marchar lo más cerca posible de ella mientras miraba al suelo.

Para el alivio de la princesa menor, el recorrido del barco a la catedral no fue muy largo, pues la plaza central del pueblo no estaba tan lejos.

La plaza tenía varios puestos y tiendas, la mayoría al parecer de atuendos locales, y algunos de accesorios como collares y anillos. Estaba además coronada justo en el centro por la imponente estatua de un hombre en atuendo militar, con un bigote que lo hacía parecerse bastante al príncipe Frederick. Quizás la princesa Isabelleta sabría de quién se trataba, pero Rubelker sólo pudo suponer que debía ser algún familiar; ¿sería que el puerto se llamaba Malakin en su nombre?

La iglesia era grande, aunque definitivamente nada en comparación con la de la Gran Catedral Plateada de Marik. El edificio seguía la forma habitual de una cúpula redonda con dos torres cilíndricas aledañas, con una fachada cargada con figuras de ángeles y rosas. El interior era igualmente bastante estándar, de forma redonda, con el podio del sacerdote en el centro de las bancas de madera circunscritas. En el techo había varios vitrales de colores, proyectando las formas de rosas por la luz que filtraba por ellos. En las paredes circulares podían verse las estatuas de algunos de los principales Santos, mártires de la iglesia que habían muerto en algún momento en nombre de Yhvalus, o eso decían al menos; los Rimentos presumían bastante el hecho de que algunos de sus antepasados se encontraban entre ellos.

Cuando la pequeña comitiva ingresó por las grandes puertas, su presencia no pasó desapercibida para una sacerdotisa que se encontraba encendiendo unas velas rojizas en el fondo del recinto. Al verlos, dejó un momento lo que hacía y se aproximó con pasos cortos hacia ellos; sus tacones resonaban en el bastante notorio eco. Era una mujer ya en sus cincuenta, con la típica túnica negra de los sacerdotes, además del velo del mismo color que solían usar las sacerdotisas. De su cuello colgaba un largo colgante dorado, con el símbolo de la Iglesia de Yhvalus: un círculo unido a una línea vertical, que simbolizaban el Sol y el Báculo del Sabio, respectivamente.

—Oh, vaya; buenas tardes —comentó con tono alegre la sacerdotisa—. ¿Y a quiénes tenemos aquí?

—Con su permiso, eminencia —exclamó Tiridia, dando un paso al frente y extendiendo su mano hacia las dos niñas—. Permítame presentarle a sus altezas, la princesa Isabelleta Rimentos II y la princesa Mina Rimentos, hijas del príncipe Frederick Rimentos, nuevo emperador segundo de Volkinia Astonia.

—Es un placer estar en su iglesia, eminencia —añadió Isabelleta con solemne respeto justo después, tomando su vestido e inclinando su cuerpo en modo de reverencia. Mina hizo el intento de imitarla, sin mucho éxito.

—Es un placer para mí el recibirlas, altezas —asintió la sacerdotisa—. Algo había oído de que la nave del nuevo emperador segundo pasaría por aquí hoy. Pero no esperaba que tuviera dos pequeñas niñas tan bonitas; las dos son unas verdaderas linduras. —Isabelleta rio un poco, y sus mejillas se ruborizaron un poco al escucharla decir tales palabras; Mina, por su lado, no pareció igual de contenta—. ¿Hay algo en especial en lo que pueda servirles?

—Yo deseo confesarme, si es posible —explicó la princesa mayor—. Y ofrecer además una plegaria, para que Yhvalus nos proteja el resto de nuestro viaje. Y Mina tiene algunos problemas en estos momentos, y le vendría bien el consejo de un fiel sirviente de Dios.

Los ojos esmeraldas de la sacerdotisa se posaron en ese momento en la jovencita de cabellos rojos. Ésta dio un respingo al sentirse observada, y rápidamente intentó ocultar su rostro detrás del hombro de su hermana.

—No es cierto —susurró despacio.

—¿No es cierto que ocupas un consejo? —Le preguntó la mujer religiosa, inclinando un poco su cuerpo al frente para ponerse a su altura.

—No… —murmuró Mina aún más despacio que antes, haciendo que su voz apenas se hiciera notar—. No es cierto que tengo algunos problemas. Sólo es uno…

La sacerdotisa rio ligeramente ante tal respuesta, y se incorporó de nuevo.

—Por supuesto. Bueno, alteza —indicó virándose de nuevo hacia Isabelleta—, el sacerdote Jillan está en el confesionario en estos momentos —le indicó con su mano el camino hacia un anexo lateral a la capilla principal—. Puede pasar si gusta.

—Muchas gracias —asintió Isabelleta, inclinando su cabeza—. Enseguida vuelvo, Mina. Tú puedes.

Isabelleta y Tiridia comenzaron a andar en la dirección que les habían indicado. Mina se sintió expuesta cuando su hermana se alejó, y tuvo el reflejo de querer ir detrás de ella, pero se contuvo (con bastante esfuerzo de por medio).

—Nosotros acompañaremos a la princesa —murmuró uno de los soldados a Rubelker—. Tú quédate aquí, ya que eres tan bueno para hacer todo tú solo, ¿no?

Rubelker no reclamó nada, y se limitó a hacer lo que le indicaban. Los dos soldados acompañaron a Tiridia e Isabelleta al confesionario, dejando detrás a Mina y a Lukrecya a su cuidado.

—Venga conmigo, alteza —musitó la sacerdotisa, extendiendo su mano hacia la pequeña. Ésta dudó unos momentos, pero terminó tomándola, sin apretarla demasiado—. ¿Pueden darnos un poco de privacidad? —le indicó la sacerdotisa a los dos acompañantes.

—¿Disculpe? —espetó la dama de compañía, casi asustada—. Con todo respeto, eminencia, pero no podemos dejar a la princesa sola.

—Por supuesto que no. Sólo nos sentaremos en la primera fila —declaró la sacerdotisa, apuntando entonces hacia las bancas—. Pueden observarnos desde aquí si lo desean. Pero no se acerquen más, para que así ella pueda hablar con libertad.

Lukrecya no parecía tener mucho en mente para objetar tal petición. Después de todo, esa mujer era una sacerdotisa, y esa su catedral. ¿Qué opinión podría expresar una simple baronesa como ella, que en realidad no era baronesa ni tampoco era de ahí? Y con ese estúpido uniforme, de seguro la creía una simple sirvienta.

—Bueno, cómo sea —respondió Lukrecya encogiéndose de hombros, y pasó a sentarse en la banca de la última fila.

La mirada preocupada de Mina se posó entonces en Rubelker, quizás buscando en él algún tipo de consuelo o aclaración. El soldado atinó a decirle con voz firme:

—Me quedaré aquí y no le quitaré los ojos de encima, ¿de acuerdo?

Mina asintió lentamente, y tomó un poco más firme la mano de la sacerdotisa. Ésta comenzó a guiarla hacia la fila más cercana al podio y ella la siguió, no sin mirar en más de una ocasión hacia atrás para asegurarse de que Rubelker y su dama seguían ahí. Las dos se sentaron una a lado de la otra, y Mina alzó su mirada contemplando curiosa el vitral sobre ellas, y especialmente los haces de colores que pasaban a través de él.

—Entonces, cuénteme, alteza —murmuró la religiosa con suavidad, pidiendo de nuevo su atención—. ¿Qué es lo que le preocupa?

La princesa permaneció callada y agachó sus ojos hacia sus pies con zapatitos blancos que colgaban de la orilla del banco.

—Puedes hablar conmigo de lo que sea —le susurró, tomando una actitud menos formal—. Te aseguro que sin importar lo que me digas, nada saldrá de mis labios. Será un secreto entre ambas.

—¿Enserio? —preguntó Mina, mirándola un poco incrédula.

—Claro. Es uno de mis juramentos. ¿Sabes lo que es un juramento? —Mina asintió—. Pues si yo rompo éste, Yhvalus me castigará fuertemente; y te aseguro que no quiero eso. Así que habla con confianza, como si estuvieras hablando con tu hermana o tu madre.

Mala comparación; no era como si se sintiera realmente confiada hablando con su madre y su hermana de esto. Quizás con Isabelleta era un poco más sencillo, pero igualmente ambas veían las cosas de formas tan diferentes e incompatibles, que sus respuestas o comentarios solían parecerle tan ajenos como si le estuviera respondiendo a otra cosa diferente a la que dijo. Esa sugerencia de ir a hablar con alguien en la iglesia era un ejemplo de ello. No sabía qué hacía ahí con exactitud o porqué había aceptado; pero ahí estaba.

—No te agradan los extraños, ¿verdad? —Murmuró la sacerdotisa tras un largo rato de silencio—. Te entiendo, enserio. Dijiste que sólo tenías un problema, ¿no? Pues te sorprendería cuántas personas vienen aquí con muchísimos problemas al mismo tiempo. Y aunque claro, no podemos solucionarlos todos sólo con una charla, te aseguro que todos salen de aquí un poco más tranquilos. —Extendió en ese momento su mano hacia la pequeña, estrechando una de sus manitas entre sus dedos—. Anda, cuéntame.

Mina miró unos momentos su mano, arrugada y blanca, con algunas manchas cafés en ella. Le recordaba un poco a la mano de su tío abuelo, el Emperador Roderick. Aunque siempre que le tomaba su mano (o más que nada sus mejillas) lo hacía con más fuerza que eso. En comparación, ese pequeño apretón resultaba de hecho hasta un poco agradable.

Isabelleta dijo que rezar y pedirle ayuda a Dios le había ayudado a sentirse mejor y superar lo ocurrido. Suponía que no le quedaba más que intentarlo, ya que estaba ahí.

Suspiró pesadamente, y entonces susurró:

—Mi mamá, Isa y yo, estábamos caminando por el bosque, intentando estirar las piernas; así le llaman ellas, pero sólo caminamos, aunque yo estaba corriendo. Todo estaba bien… pero luego ya no…

Pasó en ese momento a relatar lo ocurrido lo mejor que su mente joven, y falta de gusto por hablar, le permitieron. Al inicio le resultó complicado, pero conforme avanzaba se fue soltando, hasta casi sentir que no le estaba contando eso a alguien más, sino a ella misma; eso ayudó.

La sacerdotisa la escuchó en absoluto silencio, sin interrumpirla ni expresar ninguna opinión o reacción. Una vez que terminó su explicación, contando sobre sus pesadillas, la mujer extendió su mano hacia ella, acariciándole dulcemente sus cabellos rojizos.

—En verdad pasaste por algo horrible, pequeña —musitó con pesar—. Pero gracias a Yhvalus, las tres salieron con bien de aquella experiencia. Y ahora están aquí, de camino a sus nuevas vidas. —La sacerdotisa juntó entonces ambas manos delante de ella, alzó el rostro hacia el vitral y cerró sus ojos—. Debes alzar tu corazón a Dios y agradecerle esta gran bendición que te ha brindado.

Mina observó extrañada la posición que había tomado. Notó también que sus labios comenzaron a moverse, pero sin decir nada como cuando Isabelleta rezaba. ¿Esperaba que ella también lo hiciera? No lo supo, y aunque fuera así no sintió deseo alguno de imitarla.

—Pero no fue Yhvalus quién me salvó —soltó la princesa de pronto, obligando a la mujer a abrir de nuevo los ojos—. Fue el señor Rubelker. Él peleó con esos hombres y los mató para protegernos.

La sacerdotisa separó sus manos y bajó su mirada comprensiva hacia la pequeña mientras le sonreía. Pero a Mina no le agradó esa expresión. Le recordó amargamente a la señora Galbert, su institutriz en Marik, que la miraba parecido cuando no entendía algo, sonriente como si se burlara de ella por lo tonta que era.

—¿Y quién crees que puso a ese hombre con ustedes ese día para que las protegiera? —le cuestionó la religiosa con voz astuta.

—¿El capitán Armientos?

—¿Y quién crees que le dio la idea a ese capitán de hacer tal cosa?

Mina titubeó unos momentos antes de responder. ¿Quién le había dado la idea al capitán? Definitivamente no fue su madre, pues ella no lo quería. ¿Su padre?, no estaba segura… Supuso entonces que la respuesta que ella esperaba era…

—¿Yhvalus…? —murmuró bastante insegura, como si esperara algún tipo de reprimenda por no responder bien. Por suerte eso no pasó.

—Correcto —exclamó optimista la mujer de negro—. Él siempre está cerca de ti y de tu familia, cuidándolos de todo mal. Porque el pueblo Volkines somos sus más leales servidores. Y de todos, los de la sangre Rimentos son los consagrados como sus campeones en este mundo. Así que tú no tienes nunca nada que temer. Como tú misma pudiste ver, Él siempre está cuidándote.

—¿Dios siempre está cuidándome?

—Así es.

Mina arrugó su ceño, y agachó su cabeza pensativa, repasando en su mente aquella afirmación. “Dios siempre está cuidándome…” Eso sonaba a algo que Isabelleta le diría, y normalmente no lo cuestionaría. Pero, en ese momento, aquello por algún motivo le sonaba… incorrecto.

—¿Entonces por qué permitió que todo eso pasara? —Soltó de pronto, exteriorizando sin barrera su pensamiento más intenso.

—¿Cómo dices? —cuestionó la sacerdotisa, confundida.

—Sí Él siempre está cuidando a mi familia, ¿por qué permitió que esos hombres nos atacaran? ¿Por qué no hizo que simplemente no lo hicieran?

—No es tan simple, pequeña. Yhvalus no tiene control absoluto sobre todas las acciones que las personas hacen en este mundo.

—¿Ah no? —inquirió Mina, aún más confundida de lo que ya estaba.

—No, claro que no. Porque de entre todos los muchísimos regalos que Él nos ha brindado, el poder de elegir nuestros caminos y cruzarlos con nuestros propios pies, es uno de los más valiosos. Lamentablemente, muchos usan ese hermoso regalo para caminar en malos pasos, tomar horribles decisiones, y cometer actos tan atroces como el que quisieron realizar con ustedes tres. La maldad no es propia de Yhvalus, sino de las personas. Y lamentablemente, no es algo que pueda ser evitado.

—¿Y Dios no puede hacer que esas personas no hagan cosas malas?

—No, por qué les estaría arrebatando ese regalo que Él con tanto amor nos dio. Y Él no nos quita, Él sólo nos da. Incluso a aquellos que transitan el mal camino.

—Pero usted dijo que Dios había hecho que el capitán mandara al señor Rubelker con nosotras para protegernos.

—Correcto.

Mina volvió a arrugar el ceño aún más que antes. Se sentía perdida en su intento de comprender todo eso. Sabía que no era una niña muy lista; no como su hermana mayor. Pero, aun así, no podía quitarse de la mente que en todo eso existía una gran contradicción.

—Entonces… —intentó concluir de alguna forma—. Si algo bueno pasa es porque Yhvalus nos cuida. Pero si algo malo pasa… ¿es por qué la gente es mala e Yhvalus nos da la libertad de serlo?

—Correcto —repitió efusivamente la sacerdotisa, acompañando su exclamación con un par de palmaditas en su mano—. Ya lo entendiste…

—No —musitó Mina de pronto, tomando un poco desprevenida a la religiosa—. No, no lo entiendo…

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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