Original El Manto de Zarkon – Capítulo 33. ¡Párate y defiéndete!

13 de noviembre del 2021

El Manto de Zarkon - Capítulo 33. ¡Párate y defiéndete!

Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 33.
¡Párate y defiéndete!

Justo como lo prometió, esa noche Rubelker se presentó en los calabozos. Ivannia ya llevaba unos minutos de haberse quedado dormida cuando el soldado apareció. Lo que la despertó realmente fue el tintineo de las llaves, y el rechinido de la puerta abriéndose. Ivannia se incorporó poco a poco sobre su duro catre (mucho mejor que un montón de paja), y se talló sus ojos reconociendo su distintiva figura entre las sombras.

—Creí que vendrías más temprano —susurró Ivannia aún semidormida.

—Tiene que ser a esta hora —aclaró Rubelker con seriedad—. Ven, sígueme.

Sin esperar alguna respuesta de su parte, el soldado comenzó a caminar fuera de la celda. Ivannia se forzó a reaccionar apresurada, e intentó avanzar rápido detrás de él, siendo detenida de pronto por el peso de la bola de acero sujeta a su tobillo derecho; se había olvidado por un momento de ella. La tomó rápidamente en sus manos con algo de dificultad y comenzó a andar lo más rápido que pudo detrás de él.

Su destino al parecer era la cubierta del barco, en la misma área en la que esa mañana había estado limpiando. El clima de la madrugada era frío, y el cuerpo de Ivannia lo resintió en cuanto estuvo expuesta a él. La cubierta estaba iluminada por varias lámparas de queroseno colgadas de posters en el barandal, pero en general todo se veía bastante oscuro. Rubelker la guió hasta un área despejada, en donde ella supuso podrían moverse con más libertad.

—Primero dime —musitó Rubelker luego de estar en silencio prácticamente todo el tramo—, ¿cómo aprendiste a pelear como lo haces ahora? ¿Tuviste algún maestro?

—Sólo la vida, supongo —susurró Ivannia con pesadez en su voz, y en ese momento se permitió bajar la bola de acero de regreso al suelo—. Aprendí sola, sólo suponiendo como debía ser.

—¿Cuál fue tu motivación? ¿Necesitabas defenderte de alguien?

Aquel cuestionamiento causó una reacción visiblemente adversa en ella; incluso la posición de sus piernas y brazos daba la sensación de que esperara algún tipo de ataque. Rubelker dedujo que aquello era algo inconsciente; un impulso provocado por el sólo hecho de pensar en ello.

—Puedes contarme —susurró el soldado, intentando sonar calmado y abierto. Sin embargo, no fue suficiente.

—No te ofendas, pero no es algo que desee contarle a cualquiera —exclamó Ivannia mordaz—. Especialmente… a un guardia.

Rubelker asintió. A pesar de no haber dicho prácticamente nada, esa renuencia y esa última afirmación eran de hecho bastante aclaratorias para él.

—Lo entiendo.

Dejando ese tema de lado por el momento, Rubelker prosiguió tomando las empuñaduras de sus dos sables, jalándolos para sacarlos de sus fundas. Los metales oscuros brillaron ante la escasa luz de las lámparas y las estrellas.

—A partir de ahora aprovecharemos la noche mientras la mayoría duerme para entrenar —le indicó con una voz bastante más autoritaria—. No podremos evitar que alguien en guardia nos vea, pero así podremos al menos llamar menos la atención.

—Creí que habías dicho que te lo autorizaron —cuestionó Ivannia, confundida.

—Extra oficialmente. El capitán Armientos me dio la oportunidad, pero debido a la situación actual no puede apoyarme abiertamente con esta decisión. En lo que a todos los demás les respectará, yo estoy haciendo esto por mi cuenta.

Ivannia no dijo nada, pero por dentro se cuestionaba si acaso eso era realmente una autorización. Sonaba a que en la práctica, daría lo mismo que hubiera hablado con ese capitán o no.

Rubelker continuó con su explicación.

—Durante las noches combatirás contra mí aquí en cubierta de cuatro a seis horas.

—¿Seis horas? —Exclamó la mujer, casi asustada, aunque el soldado prosiguió sin prestarle atención a su aparente queja.

—Adicionalmente  será necesario que fortalezcas más tu masa muscular. Deberás realizar una serie de ejercicios por tu cuenta, ya sea en tu celda o a lo largo del día.

—¿Y a qué horas se supone que voy a dormir? —Espetó Ivannia entre preocupada y burlona—. ¿Y quieres que además haga ejercicios en mi celda? Yo creo que las labores que nos impusieron para realizar en el día son bastante ejercicio…

—No, no lo son —le detuvo de golpe, cortando sus palabras. Su voz se había elevado, notándose enojo en ella—. ¿Te tomarás esto en serio o no? No sabes todo lo que estoy arriesgando por hacer esto, y sólo porque estoy confiando a ciegas en que vale la pena el riesgo. Dime, ¿lo vales de verdad?

—Sí, ¡claro! —Respondió Ivannia apresurada, casi como un grito—. Por favor… quiero poder defenderme de cualquier enemigo que se me cruce…

Rubelker la observó en silencio, y por un momento Ivannia sintió que no le había creído y que lo había arruinado todo. Que la mandaría de regreso a su celda, y ahí acabaría su única oportunidad de lograr algo en ese sitio. Sin embargo, luego de unos apremiantes segundos, él al fin reaccionó, girando el sable de su mano izquierda para sujetarlo invertido, y así extenderlo con su empuñadura hacia ella.

—Tómalo —le ordenó tajantemente, e Ivannia así lo hizo.

Al tener aquella arma en sus manos, volvió a resentir su inusual peso, que la hizo tener que bajar sus brazos hasta que el arma casi tocara el suelo. Sólo hasta ese momento se volvió consciente de lo agotados que tenía los brazos, y todo el cuerpo de paso, por el trabajo que había hecho durante el día.

—¿Por qué es tan pesada? —Inquirió curiosa, aunque también en parte sonando como un reclamo.

—Está hecha de un metal poco común que la hace prácticamente irrompible, y capaz de cortar lo que sea. Sin embargo, a cambio de eso, se vuelve un arma muy difícil de manejar. Pelearás con ella contra mí hasta que te acostumbres.

—¿No deberíamos entrenar con espadas de madera o…?

Antes de que siquiera pudiera terminar su pregunta por completo, ante sus atónitos ojos la enorme figura de aquel soldado se le lanzó encima, con su arma destellando como los colmillos de un lobo. Y sin miramiento alguno, aquel imponente atacante dejó caer todo el peso de su filo hacia ella.

Ivannia reaccionó lo más rápido que pudo, alzando su arma con ambas manos para cubrirse. El golpe fue tan fuerte, y su cuerpo estaba tan cansado, que sintió que sus piernas le temblaron y casi cayó al suelo de rodillas, pero logró sostenerse y evitarlo.

—¿Me veo como alguien que entrena con espadas de madera? —Le susurró Rubelker con voz grave, teniendo su rostro próximo al suyo. Con el fulgor de las linternas reflejándose en sus ojos, estos se veían casi endemoniados, e Ivannia llegó a sentirse genuinamente asustada.

Rubelker jaló de nuevo su arma hacia atrás, y volvió a lanzar otro ataque más contra ella con la misma fuerza que el anterior. El primer instinto de la mujer fue saltar hacia atrás para esquivarlo, y lo logró. Sin embargo, estando en el aire el peso de la bola en su tobillo la frenó y la hizo desbalancearse, hasta caer de espaldas al piso, golpeándose un poco la cabeza.

—¡Espera! —Espetó alzando una mano hacia Rubelker para indicarle que se detuviera—. La bola de acero…

—¡Tendrás que aprender a pelear con ella también! —Le gritó el soldado casi como una amenaza. Y sin esperar a que se levantara, se le volvió a lanzar encima.

Todo aquello le resultó tan irreal a Ivannia, que pensó por un momento que era una broma, o incluso un sueño. Pero la amenaza ante ella era, de hecho, bastante real…

Se incorporó lo más rápido que pudo, y comenzó a retroceder, teniendo que jalar la pesada bola de acero en su tobillo a cada momento. El arma de Rubelker cortaba el aire muy cerca de su rostro o de su cuello, y ella apenas y lograba esquivar o cubrirla con su respectiva espada, que encima de todo igualmente tenía problemas para moverla con libertad por su forma y peso.

De pronto, Rubelker dio un paso más largo hasta el frente hasta casi pegársele. Jaló su brazo con fuerza de un lado a otro, dirigiendo su afilada arma directo a su cuello. Ivannia reaccionó por mera adrenalina, alzando su arma para desviar tal ataque hacia arriba. Ambas hojas chocaron creando un sonido estridente. La hoja de Rubelker fue impulsada hacia arriba, y su filo rasgó la mejilla derecha de Ivannia, haciéndole una cortada superficial, pero suficiente para que la mujer supiera que un segundo antes y ese filo le hubiera rebanado su garganta sin la menor duda.

Impresionada por tal idea, y por el ardor que su nueva herida le causaba, no logró reaccionar lo suficientemente rápido para evitar la rodilla de Rubelker, que se clavó con fuerza en su abdomen, sacándole todo el aire. Su cuerpo fue lanzado hacia atrás por el impulso, cayendo al suelo y rodando hasta chocar contra unas cajas. Ivannia se quedó tirada en el piso, tosiendo con fuerza e intentando recuperar el aliento, mientras tenía sus manos aferradas a su abdomen. Su sable reposaba en el suelo a su lado.

—¡De pie! —Le gritó Rubelker, molesto—. ¡Párate y defiéndete!

—¡¿Estás loco?! —Exclamó Ivannia furiosa, en cuanto su dolorosa respiración se lo permitió. Se incorporó entonces lo suficiente para ponerse de rodillas, pero no creía poder ponerse aún de pie—. ¡Casi me matas hace un momento!

De nuevo no le dio oportunidad alguna de recuperarse antes de volverla a atacar. Ivannia tomó como pudo su arma para cubrir el primer golpe. Hizo lo mismo con el segundo, y el tercero, pero el cuarto empujó deliberadamente su arma hacia un lado, dejándola expuesta a un golpe directo del puño libre de Rubelker, que le golpeó en el rostro e hizo que su cuerpo entero se azotara contra las cajas.

—Si mueres ante ataques como éste, no mereces mi tiempo —sentenció el soldado a sus espaldas mientras ella parecía ni siquiera querer intentar levantarse—. Y si es así, será mejor para mí y para todos que estés muerta. ¡Haría todo mucho más sencillo!

Y una vez más se lanzó a su ataque, e Ivannia seguía tirada contra las cajas, aún sin reaccionar. No estaba inconsciente, pero quizás ya su cuerpo había tenido suficiente. Si era el caso, entonces Rubelker no tendría más remedio que hacer valer su amenaza…

De pronto, ante la sorpresa del propio Rubelker, Ivannia se giró sobre sí misma, jalando con fuerza su pierna derecha, con todo y la pesada bola de acero. Ésta se elevó, osciló en el aire dibujando una curva, y dirigiéndose directo a la cara del soldado. Éste se tuvo que detener en seco, y hacer su cuerpo para atrás para evitar ser golpeado de lleno por ella. La bola pasó justo delante de su cara, prácticamente rozándole la nariz.

El impulso y el peso de la bola de acero jaló el cuerpo de Ivannia hacia adelante, y ella aprovechó ese impulso para saltar ella misma al frente, pegando enteramente su cuerpo contra el de Rubelker. Éste estaba un poco desbalanceado por su última movida, por lo que al ser empujado de esa forma se tambaleó hacia atrás, pero se sostuvo firme en sus pies para no caer. Sin embargo, Ivannia seguía pegada enteramente a él, con su rostro contra su pecho, su brazo derecho alzado… con el filo de su arma presionándose contra el cuello del guardia.

Ivannia respiraba agitada por todo el esfuerzo que aquel último movimiento le había exigido. Alzó entonces su rostro, hacia él, con su labio enrojecido y sangrando en donde la había golpeado, y unas gotas de sudor le recorrían la frente. Sin embargo, sus ojos lo miraron con intensidad, y estos también resplandecieron con el fulgor de las linternas.

—¡¿Y si yo soy la que te mata a ti?! —Le gritó furiosa, presionando aún más el filo contra su piel. Aun así, Rubelker permaneció tranquilo.

—Entonces sabrás que tu entrenamiento ha terminado —le respondió con simpleza, tomándola un poco por sorpresa.

Rubelker la empujó abruptamente hacia atrás con su mano libre, apartándola de él para crear distancia entre ambos. Ivannia se tambaleó dudosa hacia atrás, logrando al igual que él sostenerse firmemente en sus pies. Volvió rápidamente a atacar con la misma intensidad de antes, pero ahora todo fue diferente. Quizás motivada por su último movimiento, Ivannia comenzó a moverse con mayor libertad, a mover su respectiva arma para detener sus incesantes ataques, a cubrirlos y desviarlos, y luego incluso comenzó a contraatacar de nuevo.

Rubelker retrocedió para evitar sus ataques. Le lanzó una patada a la altura de su cabeza, que ella esquivó agachando su cuerpo lo más posible, y luego se lanzó al frente, atacándolo directo de abajo hacia arriba. Rubelker interpuso su arma, y ambas hojas comenzaron a empujarse mutuamente en un duelo de fuerzas.

—Nada mal —señaló Rubelker, e incluso pareció apreciarse un indicio de sonrisa en sus labios.

Empujó entonces con más fuerza su arma, haciendo que ambos se volvieran a separar. Ivannia se paró firme, totalmente agitada y sudando a pesar del frío, con sus piernas y brazos temblando un poco por el cansancio. Sin embargo, aun así seguía sujetando su arma con solidez delante de ella, y sus ojos verdes se encontraban fijos y agresivos en su oponente.

Y entonces ahora sí Rubelker se permitió sonreír. Esa era la guerrera que había visto en sus enfrentamientos anteriores. Y supo entonces que en efecto, valdría la pena todo el esfuerzo.

—De nuevo —le indicó duramente antes de reanudar el combate. Ivannia esta vez ya lo estaba esperando.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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