Original El Manto de Zarkon – Capítulo 32. Dispuestas a pelear a mi lado

6 de noviembre del 2021

El Manto de Zarkon - Capítulo 32. Dispuestas a pelear a mi lado

Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 32.
Dispuestas a pelear a mi lado

—¿Quieres qué? —espetó Armientos, incrédulo de haber oído bien. Sin embargo, Rubelker, de pie firme delante de él, repitió lo que acababa de decir con bastante más claridad y le dejó claro que en efecto había sido así:

—Entrenarla.

Era apenas el segundo día de su viaje por barco. Rubelker se había presentado muy temprano en el camarote del capitán; diez minutos más temprano y lo hubiera agarrado dormido. Armientos había tomado asiento en la silla del escritorio de la habitación, y aún adormilado apremió a su visitante para que expresara lo antes posible lo que requería. Lo que surgió de los labios del soldado, sin embargo, terminó por sacudirlo lo suficiente para quitarse de encima las delgadas capas de sueño.

—Cómo le comenté antes —prosiguió Rubelker con su explicación—, sus habilidades de combate y manejo de la espada son sobresalientes. Con el debido entrenamiento, sería una guerrera extraordinaria.

La última esperanza del viejo capitán era que no estuviera hablando realmente de la prisionera, pero de nuevo aquella especulación fue hecha a un lado al oír tales afirmaciones, espejeando un poco lo que había acontecido en aquel despacho de la corte en presencia del príncipe.

Armientos se talló su cara con una mano, principalmente el área de sus ojos. Era aún temprano, y al parecer ya comenzaría el día con dolor de cabeza.

—¿Y por qué exactamente querría que una mujer, implicada en un intento de asesinato justo hacia la familia que estamos protegiendo, se transforme en una “guerrera extraordinaria”?

—Aún no sabemos quién estuvo detrás de ese ataque —señaló Rubelker—. Hasta donde sabemos, el enemigo podría estarnos esperando en Volkinia Astonia.

—No podría: es casi seguro que así es.

—Entonces con más razón es importante contar con elementos fuertes que nos apoyen. Y ahora que ella es parte del escuadrón…

—No vuelvas a repetir esas palabras —Le interrumpió molesto el capitán, alzando una mano hacia él y parándose de su asiento—. Nunca, nunca más vuelvas a decir eso, ¿oíste? Ni ella, ni el otro sujeto, son parte de este escuadrón, y nunca lo serán. Están aquí sólo para cumplir una absurda sentencia, que siendo franco aún no termino de comprender. Y lo que menos quiero es ponerle una espada en la mano a alguno de ellos. Así que mi respuesta, ¡es no!

Se dejó caer de sentón de nuevo en su silla y apoyó su rostro contra su mano mientras suspiraba cansado. Rubelker, por su parte, decidió permanecer en silencio de momento.

—¿No has entendido que mientras más te involucres con esos dos, más te ganarás la enemistad de los otros? —Cuestionó Armientos, ya notándosele a la orilla de la frustración—. Y sobre todo la del príncipe Frederick. Tú ya interviniste para salvarle la vida a esa mujer, a costa de tu propia posición y reputación. Ya no le debes nada a ella, sino todo lo contrario. ¿Por qué insistes ahora con esto?

Rubelker aguardó unos momentos, principalmente para ver si acaso el capitán tenía algo más que decir. Sin embargo, cuando fue evidente que sí esperaba una respuesta real de su parte, Rubelker se paró firme y respondió a su cuestionamiento con sinceridad.

—No sabemos lo que pueda pasar una vez que lleguemos a nuestro destino, o a qué nos enfrentaremos. Si he de cumplir mi promesa de proteger a su alteza y a su familia, necesito a personas que estén dispuestas a pelear a mi lado. Y es claro que nadie en este escuadrón lo está ahora.

—¿Y crees que esos dos asaltantes sí lo están? —Inquirió Armientos con tono casi burlón, pero de inmediato recuperó su semblante serio—. Subestimas a mis hombres. Están molestos contigo, sí. Pero dado el momento de saltar al combate, no dejarán que esto les impida hacer lo que deben hacer, sin importar con quién deban hacerlo.

—¿Eso incluye a los dos prisioneros? —Soltó Rubelker de pronto, tomando desprevenido al capitán, que caviló unos instantes antes de dar una respuesta, aunque fuera un poco ambigua:

—Yo confío completamente en su disciplina y en el apego a su deber.

—Yo lamento no compartir su fe en ellos, capitán. Pero además de eso, creo que Ivannia…

—¿La llamas por su nombre? —Comentó Armientos sorprendido—. ¿Ya son así de cercanos?

Rubelker hizo una pausa, pero casi de inmediato prosiguió, ignorando tal pregunta.

—Creo que ella por sí sola puede tener las habilidades suficientes para apoyarme de ser necesario.

—¿Hablas de que pueda ser tan fuerte como tú? —Preguntó Armientos, bastante escéptico, pero sobre todo asombrado.

—No… sabe que eso es difícil —respondió Rubelker sin embargo, girando sutilmente su mirada hacia un lado—. Pero pienso que puede ser lo suficiente para poder luchar a mi lado. En el tiempo que llevamos de conocernos usted y yo, es la primera vez que encuentro a alguien con un talento natural como éste. No debería ser desaprovechado.

Armientos lo contempló en silencio, meditando un poco en todo lo que había dicho. Se apoyó hacia atrás por completo contra el respaldo de su silla y cruzó su pierna derecha sobre la otra.

—¿Y con tu entrenamiento la puedes volver así de fuerte? —Cuestionó con seriedad, a lo que Rubelker respondió de inmediato asintiendo con su cabeza—. El que me digas eso me da más motivos para no permitirlo. No es de mi interés darle ese tipo de herramientas a un enemigo en potencia.

—Ella no es nuestra enemiga.

—Ni siquiera la conoces, Rubelker —señaló el capitán, sonando como un fuerte regaño—. Deja de defenderla.

—Yo le creo cuando dice que no estaba con esos individuos por su voluntad. Creo que si se le diera una oportunidad, podría redimirse y tomar un mejor camino. Usted sabe que eso es posible.

Armiento bufó casi molesto, girándose hacia su diestra y soltando una pequeña maldición silenciosa. Luego pronunció a tono de reproche:

—No uses esa carta conmigo, muchacho.

Ya había predicho con antelación que Rubelker podría de alguna forma estarse proyectando en esa chica, pero aquello prácticamente se lo confirmaba.

Armientos nunca había podido comprender del todo cómo funcionaba la mente de su protegido, pero ciertamente no lograba ver cómo sacaba tal conclusión por su cuenta, considerando que de hecho todos desconocían casi por completo el pasado de esa chica, más allá de lo poco que había declarado en el juicio. Suponía que debía ir de la mano con esa percepción única de la que él siempre presumía.

Permaneció de nuevo en silencio, y de nuevo usó ese corto tiempo para meditar e intentar procesar todo lo que le habían dicho. Rubelker simplemente aguardaba, igualmente callado.

Luego de un largo tramo de tiempo, el capitán fijó de nuevo su vista en el soldado, y le hizo saber de inmediato su decisión final.

— — — —

Tal y como se había acordado, Benny e Ivannia viajarían todo el trayecto hasta Volkinia Astonia en los calabozos del Cáliz de Rosa. Adicionalmente, llevarían todo el tiempo una pesada bola de acero atada a uno de sus tobillos, para que lo pensaran dos veces antes de considerar la posibilidad de saltar al agua con el riesgo de hundirse con toda y su nueva bola amiga. Durante el día se les asignaría trabajos rigurosos en el barco, mismos que desempeñarían siempre bajo el ojo observador de uno de los guardias plateados. En esencia, seguían siendo prisioneros en toda la extensión de la palabra, y así se les trataba.

Entre las labores que les asignaron en el barco, se incluían tareas de limpieza de los pisos de cubierta y los pasillos internos del barco. Una labor que normalmente harían cinco o seis miembros de la tripulación en turnos rotativos. Pero durante esas cuatro semanas, tendrían el honor de ser relevados y dejarle toda esa tarea, todos los días, a los dos prisioneros.

Esa mañana habían comenzado temprano, fregando cada uno el piso de cubierta de punta a punta con su respectivo trapeador. El guardia encargado de vigilarlos ese día se encontraba sentado sobre un barril, comiendo tranquilamente un enorme emparedado relleno de mayonesa, tomate, y otras cosas que ni Benny ni Ivannia deseaban saber qué eran. Los observaba atentamente desde su posición mientras comía, como esperando a que alguno cometiera el más mínimo error que le justificara el desenfundar su revólver y meterles un par de tiros en la cabeza.

Sin presiones…

Como fuera, ambos prisioneros intentaban desempeñar su labor lo mejor posible y en silencio.

De pronto, justo en dónde Benny acababa de terminar de tallar unos segundos antes, el guardia dejó caer con bastante intención lo que quedaba de su emparedado, haciendo que el pan y todo su contenido se embarrara en el suelo. Benny fijó sus ojos en aquel pequeño desastre, y luego subió su mirada lentamente hacia el rostro del guardia, que lo miraba con una sonrisa cínica desde el barril.

—Te faltó limpiar ahí, asesino —pronunció despectivo el hombre de casaca plateada, señalando al emparedado.

Benny lo contempló fijamente unos momentos, luego agachó la cabeza y se aproximó al punto señalado.

—Qué manera de desperdiciar comida —pronunció despacio, aunque no lo suficiente como para no ser oído.

—¿Qué dijiste? —exclamó el guardia, algo irritado.

—Que gracias por decírmelo, señor —exclamó Benny con aparente optimismo, mirándolo ahora con una amplia y despreocupada sonrisa—. Me encargaré de eso cuanto antes.

Y dichoso, se agachó y con un trapo comenzó a recoger los restos de comida y a tallar las manchas en el suelo. El guardia lo miró disconforme por su respuesta. Se paró poco después del barril y avanzó en silencio hacia el barandal, para así darle espacio en su limpieza.

Una vez que el guardia se alejó, Ivannia se aproximó a Benny disimuladamente con su trapeador.

—Los estás provocando —le reprendió Ivannia sin mirarlo.

—Claro que sí —respondió Benny despreocupado—. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

—Harás que nos metamos en problemas.

—¿Más problemas que esto? —Soltó el hombre pelirrojo, acompañado de una carcajada que al parecer fue oída por el guardia, que se viró a verlos un momento, y luego se giró de regreso hacia el mar—. Sólo míranos, Iván —añadió Benny—.  Nos tienen como sus esclavos, limpiando sus pisos y sus uniformes, mientras tenemos estas cosas en los tobillos, y encima tenemos que aguantar sus insultos. Si nos fueran a matar ya lo habrían hecho; ¿qué más da lo que nos hagan de aquí en adelante?

—Al menos yo sí quisiera llevar esto en paz lo más posible. Quizás si nos comportamos y ven que no somos una amenaza para ellos…

—¿Entonces qué? —Interrumpió Benny alzando su mirada hacia ella con desaprobación—. ¿Nos van a tratar realmente como parte de su escuadrón y nos darán un par de esos hermosos uniformes plateados? Por favor, Iván.

Dicho eso, volvió de inmediato a su labor de limpieza forzada, pero notándosele ya bastante menos animado que antes. Ivannia prefirió ya no decir nada más al respecto, pero debía aceptar que en parte esa había sido una posibilidad que le había cruzado por la cabeza desde que escuchó la sentencia. De que quizás, si hacía las cosas bien, podría realmente…

Pero era una tontería, ¿no? Aun suponiendo que no fuera una criminal que estuvo involucrada en el intento de asesinato de un príncipe, seguía siendo una mujer… Y las mujeres en ese sitio no eran soldados.

—¿Por qué a veces me llamas Ivannia y otras veces Iván? —preguntó la mujer rubia de pronto, tomando por sorpresa a su compañero—. Ya sabes que ese no es mi nombre.

—La costumbre, supongo —respondió Benny despacio, sin mirarla—. ¿Te molesta?

Ivannia se tomó unos momentos para meditarlo, antes de responderle.

—No… Supongo que después de un tiempo me acostumbré a él. Así que haz lo que prefieras.

En realidad el nombre de Iván sí le traía malas sensaciones, pues estaba directamente relacionado a ese desagradable último año, y a las compañías que había tenido. Pero, tratándose de Benny, sintió que podía dar un poco su brazo a torcer si eso le resultaba más cómodo a él. Ivannia presentía que aún no se hacía del todo a la idea de que fuera en realidad una mujer.

La atención de ambos divagó unos momentos al notar que alguien se aproximaba hacia donde estaban, avanzando desde el interior del barco. La que más visiblemente reaccionó fue Ivannia, que rápidamente alzó su vista hacia dicha persona.

—Rubelker —pronunció de golpe, lo suficientemente alto como para que el guardia que se suponía los estaba vigilado los escuchara. Éste se giró sobre su hombro, e igualmente notó al soldado alto y de barba caminando por cubierta. Rubelker sintió de inmediato la mirada inquisitiva de aquel hombre, atento a cualquier movimiento que se atreviera hacer. Decidió entonces aparentemente seguir de largo, como si su intención no fuera interactuar con los dos prisioneros. Y por un momento incluso Ivannia también lo creyó. Sin embargo, justo cuando pasó a su lado, lo escuchó susurrarle rápidamente:

—Ya tengo la autorización para tu entrenamiento. Esta noche comenzaremos.

Ivannia se sorprendió al oír esto, y tuvo el reflejo de virarse hacia él y preguntarle más al respecto, pero se contuvo con el fin de no llamar la atención no deseada del otro guardia. Rubelker siguió caminando sin mirarla, y se alejó tranquilamente por la cubierta. Ivannia, volvió casi de inmediato a fregar el suelo, y su cuidador igualmente se concentró de nuevo en el mar. Al parecer algo le había llamado singularmente la atención en el horizonte, por suerte.

—Ese sujeto quiere algo de ti —comentó Benny, despectivo, mientras seguía tallando la mayonesa del piso. ¿Había alcanzado a escuchar lo que le había dicho?

—No es así —respondió Ivannia, defensiva.

—¿Entonces sólo desea entrenarte por la bondad de su corazón? —bufó burlón, y entonces se incorporó de nuevo, estirando los brazos—. Cree lo que quieras, amiga. De todas formas no sé para qué quieres que te enseñe cómo pelear, si tú ya eres bastante buena.

Benny tomó el balde de agua, ya en esos momentos casi vacío, y se alejó con él con la intención de volverlo a llenar. El guardia plateado lo siguió con su mirada desde la distancia. Mientras tanto, Ivannia contemplaba en silencio la dirección en la que Rubelker se había ido.

—Pero no cómo él… —susurró despacio, como una respuesta tardía al último comentario de Benny.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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