Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 105. Volver a casa

28 de octubre del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 105. Volver a casa

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 105.
Volver a casa

Adrián Woodhouse arribó a Los Ángeles ya avanzada la tarde, en un vuelo express desde New York. Apenas pudo descansar un par de horas tras bajarse de su largo vuelo desde Grecia, pero extrañamente no se sentía cansado. Su mente estaba demasiado ocupada en pensar en tantas cosas al mismo tiempo como para darse el lujo de cansarse.

Su pequeña expedición a California sería uno de esos viajes discretos donde no llevaría ni guardaespaldas, ni asistentes, ni ningún tipo de séquito que pudiera llamar de más la atención. Si todo salía como quería, nadie se enteraría siquiera de que estaba en la ciudad, salvo la gente que fuera necesario.

Solicitó un transporte privado en el aeropuerto con otro nombre, y con su poco equipaje en la cajuela se dirigió directo a Beverly Hills. Sin embargo, a pesar de sus precauciones, su atuendo más casual y sus gafas oscuras, desde que su conductor lo miró Andy detectó con facilidad que lo había reconocido, aunque aquel hombre de momento no hizo ningún comentario. Andy esperaba que, siendo Los Ángeles, ya estuviera bastante acostumbrado a transportar celebridades en su vehículo; algunos de seguro más famosos que él.

El viaje comenzó fluido y rápido. Sin embargo, conforme fueron acercándose a su destino, su avance se fue desacelerando por el tránsito, hasta que tras unos minutos de incorporarse a una avenida principal, el vehículo prácticamente se quedó parado en el tráfico apenas avanzando un poco cada minuto.

Pasados cerca de quince minutos sin que hubieran avanzado demasiado, Andy comenzó a impacientarse un poco; algo indignó de él, en la opinión de algunas personas.

—¿Este tráfico es usual? —preguntó con tono pensativo desde el asiento trasero del Buick, mientras admiraba por la ventanilla a los demás automóviles.

—Siempre hay tráfico a esta hora, pero no a este nivel —le informó el conductor—. Debió de haber ocurrido un accidente, o quizás alguna avenida está bloqueada por obras de construcción.

—Entiendo…

Andy no era ajeno a los congestionamientos de las grandes ciudades, ni siquiera los de ahí mismo en L. A. Sin embargo, no pudo evitar cuestionarse si de nuevo la mano interventora de algo, o alguien, le ponía trabas en el camino de cumplir su encomienda actual. Y si era así, y si el responsable era quién tanto sospechaba, realmente desearía que Él fuera más claro con lo que quería que hiciera exactamente.

Aunque claro, quizás sólo sobre pensaba las cosas. Accidentes que arruinaban el tránsito podían ocurrir todos los días, sin intervención externa adicional a la propia estupidez humana.

—Sr. Woodhouse —escuchó que el conductor le hablaba de nuevo, haciéndolo dirigir su mirada hacia la parte delantera. Logró percibir los ojos serenos del hombre reflejándose en el espejo retrovisor, aunque supo sin lugar a duda que estaba viendo directo hacia su reflejo—. Sé que de seguro se lo dicen todo el tiempo, pero tengo que decirle que en verdad lo admiro. Usted es una inspiración para mí.

—Muchas gracias, lo aprecio —musito Adrián, procurando que se percibiera dicha al escucharlo, y no la absoluta indiferencia que le producía en realidad su comentario.

Pese a que habitualmente lo disfrutaría, lo que menos le interesaba a Andy en esos momentos eran los vagos halagos de un donnadie como ese que desconocía la gran importancia de ese viaje en el que era partícipe. Sin embargo, su actitud inevitablemente cambió al escuchar el siguiente comentario que le compartió aquel hombre…

—En especial me desgarró conocer la historia de su madre —musitó el chofer despacio, jalando una vez más la atención del músico hacia el reflejo de sus ojos en el espejo—. Yo… de cierta forma me identifiqué con usted cuando escuché cómo la ha cuidado todos estos años desde que la encontró, sin perder la esperanza de que algún día despierte. Sé que no es lo mismo, pero mi madre padece de Alzheimer, y estos últimos años… han sido difíciles.

Hizo una pequeña pausa reflexiva, y entonces añadió por último:

—Pero seguimos adelante; cada día hacia  adelante, como usted siempre dice en sus canciones.

Su madre… por supuesto que tenía que mencionar a su madre. Casi pareciera que supiera con anticipación la pequeña reacción que tenía en él ese tema en esos momentos. ¿Otra jugarreta de su padre, acaso?

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Andy sin muchos rodeos, tomando al conductor un poco por sorpresa.

—¿Yo? George, señor. Para servirle.

Andy inclinó entonces su cuerpo hacia el frente, posicionándose entre los dos asientos delanteros para así poder colocar una de sus manos justo sobre el hombro izquierdo del hombre. Ese sólo contacto provocó algo en el chofer; una sensación cálida que le recorrió el cuerpo entero, y que le impidió moverse o desviar su mirada en otra dirección que no fuera el camino al frente.

—George —pronunció su pasajero con voz suave y clara—. Mantén siempre esa hermosa sonrisa en tu rostro, sin importar qué. Hazlo, y te prometo que todo será mejor de aquí en adelante.

Esas simples palabras parecieron tener un curioso efecto en George. Le resultaron relajantes, como una pequeña ducha de agua caliente que se llevaba consigo cualquier preocupación o miedo; incluso aquellos que no sabía siquiera que cargaba. Y, justo como Andy le había solicitado, sus labios dibujaron una amplia sonrisa de alegría en ese momento.

—Gracias, señor Woodhouse —murmuró George con una contagioso alivio en su tono.

Andy se hizo hacia atrás, volviéndose a sentar con su espalda apoyada contra el asiento, y su vista fija en el exterior. No estaba seguro de por qué había hecho eso en realidad, pero tampoco tenía interés en cuestionárselo demasiado. Esperaba que al menos ese pequeño “empujón” le resultara de utilidad a ese individuo.

—En cuanto puedas, ¿podrías orillarte? —indicó Andy de pronto—. Creo que caminaré desde aquí.

—¿Está seguro? —le cuestionó George, un poco preocupado.

—Sí, no te preocupes. El lugar al que voy ya no está muy lejos, y creo que llegaré más rápido a pie.

No muy convencido, pero aún así con la disposición de obedecer, George hizo lo posible para cambiarse de carril y orillarse poco a poco hacia la acera del lado izquierdo. Le tomó algunos minutos, pero al final logró estacionarse en un pequeño lugar libre entre otros dos vehículos.

Una vez que pudieron parar, el conductor se dirigió de inmediato a la cajuela para sacar el equipaje de su pasajero. Éste al mismo tiempo se bajó del vehículo, estirando un poco sus piernas y su espalda. Alzó su mirada al cielo, admirando a través de sus lentes oscuros el cielo despejado y luminoso de Los Ángeles. Aunque, a pesar del clima actual, su aguda nariz percibía un aroma lejano de humedad y tierra; en algún lugar quizás estaba lloviendo, y era probable que esas nubes cargadas de agua se estuvieran acercando a ellos poco a poco.

Cuando bajó de nuevo la mirada, George ya había colocado su maleta en la acera a su lado.

—Gracias, George —murmuró el músico tomando la maleta por su manija—. Fue un gusto conocerte.

—El gusto fue mío, señor Woodhouse —asintió el hombre con humildad.

Andy comenzó a andar en dirección a su destino, pero se detuvo apenas un par de pasos después y se viró rápido hacia el chofer, antes de que éste se subiera por completo de regreso al vehículo.

—Una cosa más —le indicó con seriedad, alzando un dedo en su dirección—. Mi viaje aquí debe ser discreto. ¿Entiendes lo que digo?

—Descuide, no se lo diré a nadie —respondió George con firme seguridad.

—Confío en ti, amigo —comentó Andy, bajando un poco sus gafas para ofrecerle un pequeño guiño de complicidad.

Aclarado ese puto, Andy comenzó a avanzar con paso relajado por la acera, arrastrando detrás de sí su maleta con ruedas. No estaba seguro si en efecto George le guardaría el secreto o no, pero al final quizás daría lo mismo. Sabía bien que sería imposible pasar del todo desapercibido en realidad.

Caminó sin mucho contratiempo por varios minutos, abriéndose paso entre la multitud sin llamar demasiado la atención. Al menos un par de personas de seguro repararon en él, y quizás se preguntaron si en efecto era quien creían que era, pero sin llegar a mayores. Sin embargo, conforme más avanzaba y se acercaba a su destino final, más notaba que la multitud de gente iba en aumento, así como los vehículos atorados en el tráfico.

Al final, al ya estar en la cuadra del Edificio Monarch, notó de inmediato las luces azules y rojas de las patrullas de policías estacionadas justo al frente. Además de los vehículos, estaban además varios uniformados que vigilaban la entrada, y claro los curiosos que observaban todo desde afuera pero sin poder acercarse demasiado por el cerco policial que habían colocado en la calle.

Aquello dejó a Andy absorto unos momentos en su sitio, haciéndolo además pensar rápidamente en las posibilidades de que todo ese ajetreo no tuviera relación alguna con Damien; posibilidad que, sabía bien, era bastante improbable.

Con algo de resignación en su paso, Andy se aproximó un poco más a los curiosos.

—¿Qué ocurrió? —preguntó con voz neutra a un grupo de personas que estaban justo frente al cerco policial, observando atentos al edificio y grabando con sus teléfonos celulares.

—Aún no dicen nada, pero parece que un par de personas se metieron sin permiso a un departamento o algo así —contestó un hombre con desinterés, sin voltear a verlo.

—Claro, pasa eso en un edificio de gente rica y media policía de Los Ángeles está aquí —señaló con algo de disgusto una mujer a su lado—. Si pasara en cualquier otro vecindario, seguiríamos aún esperando que la policía llegara. ¿No le parece injusto?

—Por supuesto —murmuró Andy en voz baja, sin reflejar realmente alguna emoción negativa o positiva al respecto.

La mente de Andy se dirigió de inmediato a lo que Lyons les había advertido con respecto al próximo movimiento del DIC, y se cuestionó si acaso ya era demasiado tarde. Si algo tan grave como lo que temían hubiera ocurrido, esperaría que la seguridad de Damien se los hubiera notificado de inmediato… al menos claro que todos estuvieran muertos.

Pensó si debía llamarle a Lyons y ver si acaso él podía confirmar sus sospechas con su supuesto contacto. O, si por otro lado, lo mejor era que ingresara a la escena y viera por su cuenta si podía obtener más información de lo ocurrido.

Mientras pensaba en ello, su atención en la fachada del edificio se fijó en un hombre alto de traje negro que caminaba hacia el interior por la puerta principal, acompañado de dos uniformados. Los tres conversaban, mientras el hombre de traje señalaba hacia los edificios aledaños. A Andy aquel hombre le resultó familiar. Si no estaba equivocado, era uno de los guardaespaldas de Damien; le parecía que su nombre era William. Si aún estaba por ahí, era definitivamente una buena señal.

Sin cuestionárselo demasiado, comenzó a andar al frente directo al cerco policiaco, y pasó a través de esté con todo y su maleta para dirigirse a las puertas principales del edificio. No le sorprendió que justo unos pasos antes de poder ingresar, uno de los oficiales de policía se interpusiera en su camino, y alzara una mano hacia él en señal de “alto” para detenerlo.

—Disculpe, no puede pasar —le indicó el oficial, un hombre delgado de piel oscura.

—¿Y eso por qué? —le preguntó Andy, fingiendo una inocente confusión.

—Hay una situación. Pero no se preocupe, nos iremos en unos minutos.

A Andy le alegró oír eso, pues la manera en que lo decía sonaba a que lo ocurrido no había sido tan grave; nadie había muerto, nuestro había sido secuestrado… Pero aún así, no tenía la paciencia suficiente para esperar “unos minutos”.

—¿Hay algún herido? —cuestionó curioso, inclinando su cabeza hacia un lado para intentar ver hacia el recibidor.

—No señor, todo está bajo control… —El oficial calló unos momentos, arrugó un poco su entrecejo mientras observaba fijamente a Andy, y tras unos segundos musitó—: Oiga, ¿usted no es…?

—¿Cómo te llamas, hijo? —inquirió Andy de pronto antes de que el oficial terminara su pregunta, y al mismo extendió su mano derecha hacía él, sujetándolo con un pequeño apretón de su brazo.

Los ojos del policía se quedaron quietos, al igual que todos los músculos de su rostro, como si fuera el de una estatua de piedra. Y tras unos instantes, respondió la pregunta de Andy con voz escueta y monótona, apenas abriendo lo suficiente su boca.

—Vic Ramírez, señor.

—Vic, en serio necesito pasar —murmuró Andy lento y claro.

—Necesita pasar —repitió el oficial de la misma forma que antes.

—Y tú no ves ningún problema con eso, ¿correcto?

—No veo ningún problema con eso —afirmó totalmente carente de emoción en su voz, pero aun así cuando Andy lo soltó, él se hizo a un lado para dejarle el camino totalmente libre—.  Pase, por favor.

—Te lo agradezco.

Andy ingresó al edificio como se lo proponía en un inicio, y el oficial Ramírez no hizo nada para detenerlo. De nuevo había tenido que recurrir a un pequeño “empujón”, pero en esa ocasión uno un tanto diferente al del buen George.

Al pisar el vestíbulo, no tardó mucho en divisar a William frente a los elevadores, aun charlando con los mismos dos oficiales. Y éste no tardó tampoco mucho en darse cuenta de su presencia, como bien dejó entre ver su mirada llena de asombro puesta justo en él.

—Un momento, por favor —le indicó el guardaespaldas a los dos oficiales, y sin espera se acercó con paso apresurado hacia Andy. Éste se quedó en su sitio, aguardando—. Sr. Woodhouse… —murmuró una vez que estuvo delante de él. Miró entonces sobre su hombro para asegurarse que no hubiera nadie lo suficientemente cerca, y entonces pronunció aún más despacio y con actitud bastante más sumisa que antes—: Maestro, ¿qué hace aquí…?

William era bastante alto y musculoso; más que Andy, y sin mucho problema. Aun así, fue notable como su actitud se volvió temerosa en presencia del recién llegado; casi como un niño asustadizo. La presencia repentina y sin aviso del Apóstol Supremo definitivamente podía tener ese efecto.

—¿Dónde está Damien? —cuestionó Andy de golpe y sin muchos rodeos.

—Él está bien, está ileso —se apresuró William a aclarar—. Pero aún hay dos detectives arriba haciéndole preguntas.

Andy miró de reojo hacia arriba mero instinto al escuchar eso. Al menos Damien estaba ahí y estaba bien, según ese hombre ante él declaraba. Pero era más que apreciable la indeseable atención que se había depositado en ese sitio, fuera ello culpa del DIC, o quizás de algún otro desajuste provocado por el propio Anticristo. Cualquiera de las dos opciones que fuera, era su deber intentar aplacarlo lo mejor posible, ya que estaba ahí.

—Acompáñame y cuéntame todo lo sucedido —ordenó el músico, dirigiéndose sin más a los elevadores—. La versión real y la oficial.

—¿Está seguro que es prudente que lo vean aquí en este momento? —le cuestionó William nervioso, mientras lo seguía con paso dubitativo.

—Deja que yo me preocupe por eso. Tienes quince pisos para explicarte, así que empieza rápido.

Andy presionó de inmediato el botón del elevador, y las puertas del más cercano a su derecha se abrieron. Ingresó a éste acompañado del guardaespaldas, que en efecto aprovecharía lo mejor posible para resumirle lo acontecido durante su ascenso.

— — — —

En el pent-house, los sillones de la sala habían sido colocados de nuevo en su lugar. Sin embargo, eso había sido prácticamente lo único que se pudo arreglar (además de sacar a Esther y Lily del edificio junto con James y Mabel) antes de que la policía subiera a ser su esperada investigación. Así que cuando los dos detectives, un hombre y una mujer de nombre Arnold y Samantha respectivamente, arribaron a la escena acompañados de otros dos oficiales, se encontraron con puertas derribadas, ventanas rotas, una mesa de centro hecha pedazos, agujeros de bala en las paredes y techos, y una extraña mancha de humedad en un suelo de madera desquebrajado como si algo pesado lo hubiera golpeado, además de varias manchas de sangre.

Los hombres del equipo de seguridad de Thorn Industries mostraban algunos golpes, pero Damien Thorn estaba en apariencia totalmente ileso. El joven había logrado cambiarse sus ropas mojadas a tiempo, pero su cabello aún húmedo de seguro dejaba en evidencia que había estado en la piscina recientemente.

Todo esto en conjunto de seguro hacía muy difícil que la policía se pudiera hacer siquiera una suposición de qué había ocurrido ahí con exactitud. Aun así, Damien respondió todos sus cuestionamientos con admirable tranquilidad, sentado en el apacible sillón individual de la sala. Y aunque su relato parecía en esencia creíble y bien estructurado, el escenario a su alrededor hacía que los oficiales no terminaran de aterrizarlo del todo.

—Es difícil creer que sólo dos personas hicieron todo esto —señaló el detective Arnold, mientras presionaba la punta de su pie ligeramente contra la parte dañada del suelo.

—No sé qué decirles, oficiales —les respondió Damien, encogiéndose de hombros—. Quizás tenían bastante rabia acumulada, y buscaban una excusa para dejarla salir.

Los detectives caminaron en silencio alrededor, contemplando de manera inquisidora cada uno de los estragos. Los forenses ya estaban también ahí para ese punto, tomando fotografías como evidencia. No había habido como tal un crimen mayor que ameritara cerrar la escena y tomar muestras, pero dado el perfil de los afectados los superiores habían indicado que debían esforzarse un poco más de lo usual.

—Repasemos una vez más los hechos, ¿le parece, señor Thorn? —propuso la detective Samantha, mientras se rascaba su cabeza con desconcierto.

—Si quiere, pero no sé qué más esperan de mí —suspiró Damien con algo de cansancio—. Ya les dije todo lo que sé.

—Sólo complázcanos —indicó la detective, sonriendo de manera fable—. Entonces, primero llegó el hombre que se identificó como policía, y unos minutos después la mujer. ¿Es correcto?

—Me parece que sí.

—¿Exactamente por qué autorizó que el primer hombre subiera? ¿Lo conocía de algún lado?

—No. Cómo ya les dije, nunca había visto a ninguno de los dos antes. Y autoricé que subiera porque… —Hizo una pausa, y soltó entonces una pequeña risilla que quizás intentaba parecer inocente—. Bueno, si un policía viene y toca tu timbre, ¿no es lo que se debe hacer? Cómo ustedes dos que están ahora aquí parados haciéndome estas preguntas, por ejemplo.

—Nosotros nos identificamos con nuestras placas en cuanto llegamos —intervino el detective Arnold, dando un paso al frente y extendiendo su respectiva al placa al frente para que el muchacho pudiera verla—. ¿Este hombre hizo lo mismo?

—Le mostró su placa al guardia abajo, sino malentiendo.

—Hablando del guardia… —murmuró la detective Samantha, abriendo su agenda de apuntes para leer algunas de sus notas anteriores—. Él nos mencionó que usted lo autorizó a subir una vez que dijo que lo buscaba por un asunto relacionado con una persona de nombre… —hizo una pausa en lo que buscaba en sus notas justo la que buscaba—. Samara Morgan. ¿Sabe usted quién es esta persona?

Damien guardó silencio, contemplando atentamente a los dos detectives expectantes de su respuesta. El chico cruzó entonces sus piernas, y se apoyó por completo contra el respaldo del sillón.

—Sí… —respondió despacio, casi sonando como un pequeño lamento—. Es una niña que fue secuestrada en Oregón de un hospital; lo vi en las noticias. Supuse que aquel hombre era algún policía investigando dicho incidente.

—¿Y por qué vendría a preguntarle a usted al respecto? —cuestionó Arnold con curiosidad—. ¿Sabe algo, acaso?

—Por supuesto que no —respondió Damien, casi riendo—. Pero no creí que me viniera a buscar a mí en realidad sino a mi tía, ya que ella estaba aquí conmigo en Los Ángeles hasta hace unas semanas. No sé, supuse que quizás el hospital donde esa niña fue secuestrada era uno de los tantos que Thorn Industries financia, y quizás buscaban a mi tía Ann por algo de información. No había mucho que yo pudiera darles, pero esperaba poder pasarle el mensaje a ella en cuanto pudiera. Sólo quería ayudar… Pero quizás mis pensamientos fueron un poco ingenuos; si soy culpable de algo, de seguro es de eso.

Samantha y Arnold se miraron el uno al otro, y fue evidente que se cuestionaban qué tan factible les parecía aquella explicación.

—¿En dónde se encuentra su tía en estos momentos?

—En Chicago trabajando, supongo.

—¿Y por qué usted no se fue con ella?

—Me quedé a ver un par de universidades más en la zona, y fui invitado también a un torneo de tenis en el Club Rotario. Y por ahora, bueno… disfruto del agradable clima antes de volver a la monotonía de siempre. Eso no es un crimen, ¿o sí?

Una amplia sonrisa despreocupada adornó los labios del joven Thorn, creando de hecho un cierto desconcierto en los dos detectives. Había algo extraño en ese chico que no sabían bien cómo describir. Todo lo que decía, y la forma en cómo lo hacía, sonaba bastante convincente, a pesar de que objetivamente todo ese asunto resultaba en exceso extraño. Además, les incomodaba un poco que en todo ese rato que llevaban ahí, se había mostrado calmado; quizás demasiado calmado, considerando la situación que los atañía.

—¿Cuánto van a seguir con estas preguntas? —intervino Verónica de pronto, alzando su voz—. Por qué esto cada vez se está pareciendo más a un interrogatorio, y les recuerdo que el Sr. Thorn es aún menor de edad.

La joven italiana se había mantenido hasta ese momento un poco apartada del asunto, de pie a un lado de la habitación sólo escuchando y observando. Pero en ese momento decidió dar un paso al frente para intentar terminar con eso lo antes posible, antes de que las cosas se fueran por un peor camino.

—No es un interrogatorio, señorita… —murmuró Arnold, deteniéndose un momento al no tener vivido en su mente el nombre de aquella persona.

—Verónica Selvaggio —respondió la joven rubia con firmeza—. Trabajo como asistente de la Sra. Thorn.

—Bien, Srta. Selvaggio, como le dije esto no es un interrogatorio. Sólo queremos comprender mejor qué pasó aquí exactamente. Dos sujetos desconocidos entran, hacen un desastre, no exigen ni se llevan nada, y luego simplemente se van. Es muy extraño, ¿no le parece a usted?

—No simplemente se fueron —señaló Verónica puntualmente—. El cuerpo de seguridad del Sr. Thorn se encargó de ahuyentarlos; ese es su trabajo, después de todo.

Al comentar aquello, extendió su mano señalando hacia Jimmy, el tercer guardaespaldas de Damien, que en ese momento aguardaba de pie justo detrás del sillón del muchacho a que ocurriera cualquier incidente, por pequeño que fuera, que pudiera requerir su intervención. Los dos detectives miraron al hombre alto de piel oscura, que los miraba de regreso con cierto recelo. No parecía al parecer muy interesado en hacerlos sentir bienvenidos.

—Cómo haya sido —señaló la detective Samantha a continuación—, si esto les incomoda de alguna forma, nos encantaría hablar mejor con la Sra. Thorn. Si es tan amable de contactarla por nosotros…

—A quien contactaré será al abogado de la familia Thorn —lanzó Verónica, casi rozando la amenaza—, que de seguro nos recomendará no contestar ninguna pregunta más.

—No se verá bien si hacen eso —le advirtió Arnold—. Podría parecer que no quieren cooperar con nosotros.

—¿Cómo se atreve? —espetó Verónica, marcadamente ofendida. Y definitivamente estaba dispuesta a decir más, pero alguien más intervino abruptamente en ese momento.

—Verónica —exclamó Damien, con la fuerza suficiente para llamar la atención de todos los presentes. Al mirarlo, la joven italiana se percató de la mirada molesta del chico, puesta fija en ella, y eso la desconcertó—. ¿Quieres guardar silencio y no meterte, para variar? Eres la asistente de mi tía, no la mía. Así que retírate, ¿quieres? Yo puedo atender solo a los oficiales.

—Pero yo sólo… —intentó Verónica defenderse, pero los ojos centellantes de Damien le indicaron que su “petición” no dejaba lugar a explicaciones ni excusas de su parte.

Verónica no tuvo más opción que agachar la cabeza y retroceder, alejándose del centro del escenario. Incluso cuando intentaba realmente ser útil, pareciera siempre de alguna u otra forma jalar la ira de Damien hacia ella. Esa situación ya la estaba realmente cansando.

Una vez que Verónica se retiró, Damien volvió a sonreír afable como antes, y se centró de nuevo en los dos oficiales delante de él.

—Discúlpenla, por favor —murmuró con un tono risueño—. Tiene el mal hábito de tomar atribuciones que no le corresponden. Como sea, la verdad es que yo estoy igual de confundido que ustedes con todo este asunto. No entiendo qué fue lo que esos sujetos buscaban o querían. No sé si querían secuestrarme, hacerme daño, o sólo tenían algún extraño resentimiento hacia mí o mi familia; no lo sé, en verdad. Solamente agradezco que Jimmy y el resto de mis guardaespaldas hayan estado aquí para protegerme. No sé qué hubiera pasado si no fuera así.

—Es un jovencito muy elocuente al hablar, Sr. Thorn —señaló Samantha de pronto.

—Quiero pensar que me lo dice como un halago, detective —farfulló Damien divertido por su comentario. Aunque, ciertamente, ni la propia detective estaba segura de con qué intención lo decía.

Mientras la conversación continuaba en la sala, Verónica, entre enojada y quizás incluso un poco triste, se dirigió con paso apresurado hacia la puerta principal del apartamento, de la que sólo quedaba en realidad el marco, pues la puerta había sido derribada por Matilda al ingresar. Si Damien no la quería ahí, pues ella tampoco quería estarlo. Bajaría en el ascensor y se iría… en realidad no sabía adónde o a hacer qué, pero cualquier cosa sería mejor que eso.

Sin embargo, antes de que Verónica pudiera salir del apartamento, las puertas del elevador delante de ella se abrieron, y de éste salieron dos personas. Verónica esperaba que fueran más policía, pero no. Uno de ellos era Willy, otro de los tres guardaespaldas. Y el otro era un hombre de gafas oscuras, barba y cabellos anaranjados que venía arrastrando una maleta detrás de él. En cuanto Verónica vio a este segundo individuo, se detuvo en seco en su sitio, y lo miró al menos dos o tres veces más para asegurarse que en efecto fuera quien le había parecido a primera vista.

Y en efecto, sí lo era.

—Sr. Woodhouse —murmuró la joven italiana con sorpresa.

Andy se detuvo no muy lejos de ella, e igualmente la observó; incluso se retiró con cuidado sus gafas oscuras, quizás en un intento de contemplarla mejor. Era la primera vez que la veía en persona, no se diga tenerla tan cerca y frente a frente. Aun así, Andy reconoció de inmediato quién era.

—Hola… —murmuró despacio, intentando sonar tranquilo—. Eres Verónica, ¿cierto?

—¿Usted me conoce? —exclamó Verónica incrédula, y su rostro se pintó rápidamente de rojo.

—Sí, claro —asintió Andy con seguridad, esbozando además una gentil sonrisa—. Ann me ha hablado mucho de ti…

Eso, claro, sin mencionar el pequeño secreto que los involucraba a los tres. Ann le había dicho que Verónica no sabía (aún) la parte de ese secreto que lo involucraba a él. Y por su reacción, que no parecía muy diferente a la que tenía cualquier otro miembro de la Hermandad que conocía su puesto e importancia, intuía que en efecto así era.

Andy había visto algunas fotos y videos de Verónica antes, en especial desde que ésta comenzó a trabajar con Ann. Pero al verla de frente, al tener a alguien supuestamente de su propia sangre justo delante de él, le resultaba una persona tan… común.

Algunas veces pensó que si se encontraba con ella como en ese momento, sentiría algo o percibiría una cierta conexión, o alguna energía en especial provenir de ella, o quizás incluso tendría alguna visión. Pero no había pasado nada de ello. De hecho, desde su posición, esa chica no parecía más interesante o llamativa que cualquier otra mujer que pudiera haberse cruzado casualmente en la calle.

Vaya decepción. ¿Sería esa chica en realidad su hija?; valía la pena cuestionárselo, ahora que al parecer conocía mucho mejor a la verdadera Ann Thorn.

Pero eso no importaba de momento. El asunto que lo había llevado ahí era uno de muchísima más importancia.

—Vine a ayudar con todo este asunto —indicó Andy, de nuevo con tono seguro y firme—. Willy ya me puso al tanto de lo sucedido. ¿Cómo está todo por aquí?

Verónica se sobresaltó un poco, como si acabara de darse cuenta que de hecho le estaba hablando a ella.

—Los detectives siguen interrogando a Damien —indicó la joven, virándose en dirección a la sala—. Creo que sospechan algo, y no los culpo. Todo esto fue… una verdadera locura.

—Despreocúpate, Verónica —indicó el Apóstol Supremo, y avanzó entonces un par de pasos en dirección a la sala, dándole en su camino un par de palmadas reconfortantes a la joven mujer. Ésta lo siguió con la mirada, en realidad no del todo tranquila por su presencia ahí.

Andy ingresó con calma a la sala, y su presencia no pasó desapercibida por ninguno de los ahí presentes; en especial, no pasó desapercibida para Damien.

—Buenas tardes, oficiales —saludó el músico con elocuencia—. Soy Andy Woodhouse, amigo de la familia Thorn.

—¿Andy Woodhouse? —masculló el detective Arnold, visiblemente impresionado—. ¿El Andy Woodhouse de…?

—Sí, ese Andy Woodhouse en el que está pensando —respondió con tono burlón, incluso acompañado de un juguetón guiño de su ojo.

Los detectives, y también el resto de los oficiales, se miraron entre ellos impresionados, aunque era evidente que su presencia tampoco los deslumbraba demasiado. Era claro que la policía de Los Ángeles solía involucrarse en casos de alto perfil con bastante frecuencia, aunque de seguro sí los había destanteado un poco con su repentina aparición.

—¿Qué hace aquí?, si me permite preguntar —inquirió Samantha, intentando sonar calmada.

—Cómo dije, soy amigo de la familia Thorn —contestó Andy sin vacilar—. Estaba en la ciudad, y la Sra. Ann Thorn se comunicó conmigo al enterarse de lo sucedido. Me pidió que acudiera de inmediato para verificar que su sobrino estuviera bien, y apoyarlo en todo lo que ocupara. Pero estoy seguro que mi presencia no es necesaria, y que todo se está manejando de la forma correcta en las manos del LAPD. ¿No es así?

—Por supuesto que sí —respondió Arnold con apuro—. Es sólo que intentamos comprender bien lo que aquí pasó, Sr. Woodhouse. Hay ciertos detalles que no parecen tener mucho sentido.

—Y estoy seguro que le encontrarán ese sentido muy pronto —indicó el músico, caminando a su alrededor, y dirigiendo sus palabras no sólo a los dos detectives sino a todos los demás policías—. Confiamos en todos ustedes para que lo hagan. Sin embargo, deben comprender que todo este suceso ha sido demasiado agotador para todos, en especial para Damien.

Al mencionarlo, Andy extendió su brazo en dirección al muchacho en el sillón. Éste no reaccionó en lo absoluto; ni siquiera parecía estar parpadeando.

—Por eso su tía necesita llevarlo lo antes posible de regreso a casa —complementó Andy su explicación.

—No podemos permitirle que deje la ciudad todavía —denunció Samantha, dando un paso al frente—. Aún es posible que necesitemos hacerle más preguntas.

—Y si eso pasa, sabrán justo donde encontrarlo, se los aseguro. Por ahora, les pediré, como un favor personal, que lo dejen respirar y descansar un poco. ¿De acuerdo?

Adornó su comentario final con una de sus famosas sonrisas que derretían el corazón de sus fans, y que a veces resultaban más efectivas que sus pequeños “empujones”. Los policías, sin embargo, parecieron dudar un poco sobre qué hacer a continuación. Al final, sin embargo, el detective Arnold les indicó con un ademán de su mano al resto de sus compañeros para que se retiraran. Todos comenzaron a recoger sus cosas, y uno a uno comenzaron a salir, ante las miradas inquisitivas de Verónica, Jimmy y Willy; pero no la de Damien y Andy, pues estos sólo se miraban el uno al otro, inmóviles y en absoluto silencio.

Los dos detectives fueron los últimos en salir, en específico Arnold, que antes de irse les indicó con un tono severo:

—Seguiremos en contacto.

Y justo después se retiró también del departamento. Los policías tuvieron que bajar un poco apretujados en el ascensor, pero una vez que las puertas de éste se cerraron, el pent-house terminó como tal libre de “intrusos”. Sólo hasta entonces ese extraño concurso de miradas entre Andy y Damien se detuvo.

—Damien —murmuró el músico con solemnidad.

—Adrián —le respondió el muchacho, con bastante menos interés en su tono.

En personas comunes, eso podía llegar a considerarse un incómodo saludo. Pero siendo las dos personas que eran, eso sería simplificar demasiado el momento.

—Déjenos solos —indicó Andy, virándose hacia Verónica y los dos guardaespaldas presentes.

—¿Y qué caso tiene? —murmuró Damien con ironía—. No quedan muchos lugares con puerta a dónde puedan ir de todas formas.

—Entonces, ¿por qué no salimos nosotros a la terraza? —propuso a continuación, extendiendo su mano hacia las puertas de cristal, en esos momentos rotas—. Enserio necesitamos hablar.

Damien soltó un pequeño suspiro de fastidio, pero de todas formas se paró, se abrochó el botón de su saco y caminó hacia el balcón justo como se lo solicitaban; más por curiosidad que por deber. Antes de seguirlo, Andy miró a Verónica y a los otros dos, dándoles una pequeña indicación con su cabeza para que se quedaran ahí. Los dos guardaespaldas le respondieron con un ligero asentimiento de sus cabezas; Verónica, sin embargo, dudó un poco.

Ya afuera, Damien se encontraba rodeando la alberca hasta dejarse caer en una de las sillas de piscina, sentándose de una forma despreocupada y relajada, casi exagerada.

—¿Enserio viniste corriendo hasta acá sólo porque Ann te lo pidió? —le cuestionó con sorna al Apóstol, una vez que éste estuvo de pie a lado de su asiento.

—En parte sí —respondió Andy con sinceridad—. Pero creo que ambos sabemos que no fue precisamente por… —señaló entonces en dirección al interior del departamento, a través de las puertas rotas de la terraza—. Lo que sea que haya pasado aquí en realidad.

—Por supuesto que no. Mi querida tía sin lugar a duda fue a llorarte y a decirte que me estoy portando mal. Y como ni Lyons ni ella son capaces de jalarme las orejas, quieren probar si tú sí, ¿verdad?

Damien soltó entonces una sonora carcajada de burla, y añadió por último sonando casi como un reto:

—Quisiera ver que lo intentaras, enserio.

Andy no pareció tomarse a mal su provocación, o si lo hizo no lo exteriorizó. De hecho, ésta de alguna forma le había parecido divertida, pues incluso una disimulada y despreocupada sonrisa le adornó los labios.

—¿Puedo sentarme? —preguntó con tranquilidad, virándose hacia la silla justo al lado de la de Damien.

El chico se encogió de hombros, indiferente.

—¿Acaso tengo opción a decir que no?

Andy no le respondió nada, y en su lugar sólo se sentó a su lado, aunque sólo en un costado de la larga silla para poder quedar volteado en dirección al chico. El semblante del músico era bastante calmado, como si estuviera moviéndose por terreno que no sólo le resultaba conocido, sino además cómodo. Esto a Damien le resultó inusual, pues que él recordara, en toda su vida sólo habían cruzado palabras máximo unas tres veces antes de ese día. Su mayor suposición fue que, a pesar de su supuesto papel como su Anticristo, Andy lo seguía viendo como un simple chiquillo tonto; no muy diferente a Lyons y los demás Apóstoles, incluida, en cierta medida, Ann.

—Escucha, Damien —comenzó a decir Andy, con esa voz relajada y profunda que tanto lo distinguía—. Lo creas o no, yo comprendo esta faceta por la que estás pasando. Yo también pasé por lo mismo más o menos a tu edad, de hecho. Me cuestioné fuertemente si realmente todo esto que me habían dicho hasta ahora pudiera ser cierto, o sólo una sarta de tontería de ancianos locos a los que ya no les funcionaba del todo bien su maquinaria. Y el hacerse ese tipo de preguntas no tiene nada de malo. Cuestionar lo establecido, poner en tela de duda los dogmas y el “statu quo”, es la base misma de la que proviene nuestra fe.

»¿No fue Satanás, después de todo, expulsado del Cielo por rebelarse contra todo lo que sustentaba la tela misma del universo en ese momento? ¿No cayó de la supuesta gracia por haber encarado de frente al Dios Falso, y cuestionarle sus planes para la humanidad? Se podría decir entonces que sólo estás demostrando el mismo valor y tenacidad que Él demostró.

—Sólo estoy siguiendo los pasos de mi padre, ¿eh? —masculló Damien con marcado sarcasmo.

—Por decirlo de cierta forma. Pero cómo te dije, entiendo por lo que estás pasando. Y si tienes realmente estás dudas sobre quién eres y el papel que has de desempeñar en los hechos que vendrán, es sensato que llevaras a cabo tu propia búsqueda de la verdad. Pero es igual de sensato preguntarte ahora, después de todo lo que has visto y hecho, después de recorrer este camino buscando a tus iguales… ¿A qué conclusión has llegado? ¿O no has aún encontrado una?

Damien lo contempló en silencio, con estoicidad absoluta en su rostro, aunque su pie izquierdo se movió inquieto, meciéndose hacia un lado y hacia el otro sobre su talón.

—Siendo franco, no lo sé —respondió de pronto, sonando casi como si intentara restarle por completo la importancia al asunto—. Si he sacado algo de toda esta experiencia, es que en efecto existen otros seres rondando por aquí con esta… oscuridad inherente en ellos como yo. Y de seguro hay más allá afuera; más de los que me imagino.

Hizo una pausa en la que fijó su mirada en el agua de la alberca, la misma donde hace poco había estado flotando inconsciente tras haber sido lanzado con esa agresividad. El agua reflejaba escuetamente el cielo azul, que poco a poco parecía irse nublando pues podía percibir las sombras de las nubes moviéndose sobre ellos. El movimiento del agua era escaso, pero lo suficiente para alterar y deformar el reflejo; como un espejo que distorsionaba la realidad.

—Pero —masculló despacio, pensativo—, al parecer ninguno de ellos es enteramente como yo. Ninguno se acerca a tener en ellos esto que he sentido rondándome desde que era niño, cuidándome y a la vez guiándome. Ninguno… salvo quizás…

Calló de golpe, dejando su explicación inconclusa. Andy aguardó esperando que dijera algo más, pero tras un rato fue evidente que no lo haría.

—¿Salvo quizás quién? —le cuestionó el Apóstol con curiosidad, pero Damien siguió callado.

El nombre que estaba por pronunciar era sin duda el de Samara. Había algo en esa niña que lo tenía inquieto, y a la vez fascinado; algo que no era como lo de los demás. Pero, antes de que él mismo pudiera identificar qué era, no tenía interés alguno en compartir sus sospechas con Adrián, ni con nadie más.

En lugar de responder, el muchacho se paró abruptamente de la silla, y con sus manos en sus bolsillos se aproximó a la piscina, hasta pararse a la orilla de ésta y poder ver su propio reflejo distorsionado en el agua. Así se sentía en esos momentos; como si una gran roca hubiera golpeado la superficie, y todo su ser se hubiera revuelto.

—No estoy convencido de volver a creer en el cuento del Anticristo, Adrián —declaró ferviente sin quitar su atención del agua—. Y la verdad es que tampoco sé si podré volver a creer en ustedes como antes. Pero algo sí tengo seguro, y es que… —volteó en ese momento a verlo sobre su hombro, y Andy notó como una repentina y amplia sonrisa de satisfacción le adornaba su rostro— he comprobado que en efecto estoy muy por encima de cualquiera en este aburrido mundo. De los humanos comunes, de cualquiera de ustedes en la Hermandad, e incluso por encima de estos individuos que tienen el resplandor.

—¿Resplandor? —masculló Andy con curiosidad—. ¿Así es como lo llamas?

—Así lo llamaba la primera de ellos que conocí. Cómo sea, no sé si esto se deba a simple genética, gracia divida o… de otro tipo; suerte, o la mano y acción de alguien más. Pero lo que sea, dudo que vaya a encontrar la respuesta con ustedes.

—¿Y dónde la encontrarás entonces? —le cuestionó Andy con un poco de severidad. Damien, sin embargo, no respondió, y en su lugar sólo viró en silencio su atención de vuelta a la piscina.

Andy se puso en ese momento también de pie, y avanzó hasta pararse justo a su lado. El hombre ya adulto era relativamente más alto que él y de complexión más gruesa. Pero, al menos en sus respectivos reflejos en la piscina, ambos de hecho se parecían bastante.

—Damien, eres un chico listo —indicó Andy—, quizás el más listo que he conocido. Y yo sé que tú mismo te das cuenta de que este camino no es el que te llevará a lo que quieres. Sólo mira el desastre tras desastre que ha ido ocurriendo desde que estás haciendo todo esto, y todos los enemigos innecesarios que te has ganado. La Hermandad no será perfecta, y de seguro crees que ya no somos dignos de tu confianza. Pero te ofrecemos al menos estabilidad, protección, y una manera de arreglar todo esto, y encaminar las cosas por la ruta correcta de nuevo.

—¿Para que vuelva a ser el chico bueno y perfecto que quieren que sea a los ojos del mundo? —bufó Damien con fastidio, avanzando por la orilla de la alberca para alejarse de él.

—Nunca hemos ocultado que en efecto tenemos grandes planes para ti. Y sí, tu comportamiento más reciente choca bastante con dichos planes. Pero al menos hasta que encuentres qué es lo que realmente deseas, ¿qué te impide seguir disfrutando de nuestra protección aunque sea un poco más? Quizás con el tiempo tú solo te convenzas de que éste es el sitio en el que debes estar.

—¿Eso fue lo que te pasó a ti cuando quisiste cuestionar todo esto? —inquirió Damien desafiante, girándose de regreso hacia él. Ahora había un tramo de algunos metros entre uno y otro, pero la tenacidad de su mirada pesaba tanto como si estuvieran frente a frente.

—Aquí sigo después de todo, ¿no? —respondió Andy, encogiéndose de hombros—. Y créeme, no fue porque no me haya cuestionado mi papel o mi deber, más de una vez. Ahora mismo incluso pasó por un momento bastante retador en ese aspecto.

—¿Tú? —masculló Damien, escéptico.

—Aunque no lo creas, es verdad. Pero aquí estoy, cumpliendo con mi deber porque creo en el mundo que construiremos todos juntos. Y en especial creo en Él… y en ti. Y sé que no me habrías escuchado tan paciente todo este tiempo si no hubiera una parte de ti que igual estuviera planteándose hacer esto justo que te estoy pidiendo.

—¿Y qué me estás pidiendo exactamente?

—Para empezar, volver a Chicago hoy mismo —sentenció el Apóstol con palpable firmeza—. Ir a casa, volver con nosotros, y en especial volver con Ann. Te necesitamos, Damien. Y tú a nosotros; Al menos de momento.

—¿Y si me sigo rehusando?

Andy volvió a sonreír, y se encogió de hombros.

—El libre albedrio es una de nuestras creencias centrales, después de todo. Pero sé qué harás lo correcto. Como dije, creo en ti.

Damien soltó un quejido, que bien pudo ser una risa o un suspiro. Se giró sobre sus pies para darle la espalda al Apóstol, y avanzó tranquilamente hacia el barandal que rodeaba la terraza, parándose justo enfrente de éste para mirar fijamente hacia el firmamento.

Andy se quedó en su sitio, sin intención aparente de aproximarse a él, sino todo lo contrario.

—Te dejaré un rato a solas para que pienses, ¿de acuerdo? —le informó despacio, y de inmediato se giró para dirigirse al interior del departamento. Avanzó un par de pasos, antes de detenerse y virarse hacia Damien una vez más—. Por cierto, me pareció curioso ese término que usaste hace poco: resplandor. Me gusta. Tuve una maestra cuando era joven y vivía en Francia; se llamaba Margaux Blanchard. ¿Alguna vez que te hablé de ella?

Damien no respondió, ni dio indicio siquiera de haberlo escuchado, pero Andy estaba seguro de que sí.

—Era una mujer extraña —indicó el músico con tono jovial—, pero sabía muchas cosas. Ella decía que estas personas con habilidades psíquicas que aparecían de vez en cuando, lo que tenían era un… toucher; un toque. Nunca lo entendí, en verdad. Un resplandor suena mejor.

Dicho lo que quería decir, se giró de nuevo al interior del pent-house y prosiguió con su retirada. Damien permaneció frente al barandal, con su atención puesta en algún punto allá a lo lejos.

Al ingresar a la sala, divisó de inmediato a Verónica, aguardando paciente sentada en uno de los sillones. En cuanto lo vio en el umbral de las puertas, se puso rápidamente de pie con apremiante preocupación.

—¿Todo está bien? —le preguntó sin muchos rodeos.

Al verla de nuevo, la impresión inicial de Andy se mantenía intacta. Seguía sin percibir algo especial en esa chica; algo que pudiera relacionar consigo mismo, que lo atrajera o repeliera, como sí sentía con Damien. Si en verdad era su hija, al parecer había heredado muchísimo más de su madre; aunque tampoco percibía mucho de ella en realidad. Era casi como un aburrido lienzo en blanco al que no se le antojaba siquiera mirar por demasiado tiempo.

Era inevitable preguntarse si quizás era el mismo sentimiento que su Padre tenía hacia toda su descendencia. Eso explicaría algunas cosas.

—Me parece que sí —le respondió el Apóstol, sonriendo despreocupado e intentando disimular su casi repudio hacia ella—. Me retiraré de momento, pero me pondré en contacto más tarde. Cuida bien de nuestro muchacho, ¿quieres?

Verónica asintió lentamente como respuesta.

Andy se dirigió a la entrada del departamento, donde también había dejado su maleta. Tomó su equipaje de la manija y la arrastró tranquilo hacia la salida.

—Espero verte de nuevo pronto, Verónica —murmuró Andy con entusiasmo mientras se retiraba, aunque en realidad era mentira. Si estaba en sus manos decidirlo, preferiría no volver a cruzar caminos con esa jovencita, al menos que fuera enteramente inevitable.

Una vez que se retiró, Verónica se dirigió a la terraza, aunque con cautela a cada paso. Tenía que andarse con cuidado, pues ya había tenido demasiadas malas experiencias lidiando con los impredecibles cambios de humor de Damien. Al salir, lo encontró aún de pie frente al barandal, quieto como estatua.

Verónica se aproximó a él por detrás, cuidado incluso de no hacer ruido al caminar.

—Damien, ¿estás bien? —le preguntó despacio, estando ya a unos cuantos pasos de su espalda.

El chico no respondió de inmediato, y de hecho parecía que no pensaba hacerlo. Pero tras un rato, Verónica escuchó como murmuraba con un poco desdén:

—Ya estarás contenta. Al fin te vas a salir con la tuya.

—¿De qué hablas? —preguntó Verónica, confundida.

Damien rio, y entonces se giró en su dirección y Verónica reaccionó con un pequeño sobresalto. Sin embargo, Damien no se dirigió a ella, y en realidad caminó pasándola de largo, y se dirigió hacia el interior del pent-house.

—Prepara todo —indicó el muchacho en voz alta—. Volveremos a casa hoy mismo.

—¿De verdad? —Exclamó Verónica, incrédula de realmente haberlo escuchado decir eso—. ¿Y qué hay de Samara, Esther y Lily? ¿O esos otros dos sujetos que enviaste tras los atacantes?

El joven Thorn se detuvo unos momentos, quizás reflexionando al menos un poco sobre esa pregunta, y entonces respondió con sosiego:

—Si tenemos suerte, volverán antes de nuestra partida. Y si no, bueno… tengo el presentimiento que de una u otra forma nos volveremos a ver.

Y dada esa ecléctica contestación, siguió andando de regreso al departamento; tal vez a descansar, tal vez para ir arreglando sus cosas.

Verónica estaba realmente asombrada, pero por supuesto que se sentía aliviada. Unos cuántos minutos con el Sr. Woodhouse, y Damien había al fin recapacitado. Era increíble; por algo era el Apóstol Supremo de la Bestia, a quien su madre al parecer respetaba tanto.

Lo que fuera que hiciera o dijera, estaba en verdad contenta de que lo hubiera hecho.

Al fin toda esa locura terminaría…

FIN DEL CAPÍTULO 105

Notas del Autor:

Han sido un par de meses complicado, y sobre todo muy atareados. Las cosas están comenzando a estabilizarse, pero bueno… viene el fin del año, así que no se puede decir con seguridad las cosas que pasarán. Pero entre que son peras o son manzanas, les comparto este capítulo en el que estuve trabajando entre ratos libres, con un encuentro más que necesario entre Damien y Adrián. Las cosas parecen que se van a calmar, ¿no? Pero todos sabemos que eso no será tan fácil como Verónica cree…

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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