Original El Manto de Zarkon – Capítulo 30. Mis sinceras disculpas

21 de octubre del 2021


Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 30.
Mis sinceras disculpas

Rubelker no tenía en realidad muchas posesiones personales, más allá de su uniforme y sus dos sables. Todo lo que traía en su bolso de viaje eran un par de prendas adicionales que el capitán Armientos le había proporcionado para su uso, y algunos artículos de aseo personal como un peine, navaja y tijeras para afeitar. Y todos esos artículos estaban ahora regados por el suelo del puerto, tras haberse salido por una larga abertura en la parte inferior de su bolso.

En cuanto lo tomó de la carreta que traía su equipaje y se lo puso al hombro, todo se salió por sí solo. Aunque no precisamente por sí solo, pues con un sólo vistazo a la tela Rubelker pudo identificar que había sido cortado deliberadamente; quizás con una navaja. Y las risas subsecuentes de los demás soldados cercanos a él le confirmaron su principal sospecha.

—¿Qué pasó? —Cuestionó burlón otro soldado plateado que también recogía sus cosas de la misma carreta—. ¿Se te rompió? Quizás el príncipe te compre otra.

Un par de risas secundaron aquel comentario. Uno a uno todos agarraron sus respectivos bolsos, y se fueron alejando, pasando a su lado; uno incluso se atrevió a plantar su bota con bastante fuerza sobre una de sus camisas. A ese último, quizás en otro momento hubiera optado hundirle su nariz a golpes. Sin embargo, el capitán Armientos le había advertido sobre causar más problemas, y hacerlo enojar de nuevo era lo que menos deseaba. Así que en lugar de eso, optó por agacharse a recogerlo todo y guardarlo en un costal de mimbre que se tomó la libertad de tomar de la carreta.

—Permítame ayudarle —escuchó de pronto que una vocecilla preocupada murmuraba cerca de él, y un segundo después alguien se agachó a su lado para recoger sus ropas con él.

Rubelker lo observó en silencio, reconociendo casi de inmediato ese rostro casi juvenil y demasiado inocente para estar sobre un cuerpo enfundado en su mismo uniforme plateado y blanco.

—No deberías hacerlo, Víctor —le pronunció casi como un regaño al joven soldado que hace algunas noches le había servido de comer—. No quieres ponerte en contra de los otros por mí, te lo aseguro.

—No me estoy poniendo en contra de ellos —musitó el joven soldado, mientras juntaba en sus brazos las prendas de ropa que podía—. Sólo pienso que su actitud no es correcta. Si el príncipe Frederick y el capitán decidieron que perdonarles la vida a los prisioneros era lo correcto, nosotros deberíamos de respetar esa decisión.

Lo último lo había susurrado despacio, como si temiera que lo escucharan decirlo. No recordaba haber visto a aquel muchacho la noche de la pelea en el cuartel, pero era más que comprensible que él, y todos los que no habían estado, se enteraran de lo sucedido para esos momentos.

—Sin importar cuál haya sido el motivo, nuestro deber como soldados es seguir las órdenes que nos dan —concluyó Víctor con cierto orgullo en su tono.

—No llevas mucho tiempo en el ejército, ¿cierto? —Murmuró Rubelker con severidad, tomando un poco por sorpresa al soldado de rostro blanco y pecoso—. ¿Hace cuánto que terminaste tu servicio militar reglamentario? ¿Hace cuánto que eres parte de este escuadrón? ¿Conociste de manera personal a los cinco hombres que murieron?

Víctor permaneció callado, incapaz de responderle siquiera un sí o un no.

—A veces no es tan sencillo como simplemente seguir o no seguir órdenes. Con el tiempo entenderás que la unidad y la confianza con los compañeros que están a su lado, muchas veces es más importante que las órdenes o la lealtad a los que están más arriba. Hasta entonces, te sugiero elegir mejor las causas correctas que quieras defender.

Y dicho eso, y antes de que Víctor pudiera reaccionar o decir algo, Rubelker extendió su mano, y literalmente le arrebató de sus brazos las ropas que había juntado, y las metió todo de golpe al saco. Y una vez que tuvo todo ahí, lo cerró amarrándole un cordel y se puso de pie. Se viró hacia el barco para subirse de una vez, y entonces Víctor, aún en el suelo, volvió a hablar al fin.

—Pero usted no necesita de compañeros, ¿o sí? —Murmuró despacio, tomando por sorpresa a Rubelker. El joven miraba pensativo hacia el suelo—. Usted es tan hábil y fuerte que pudo encargarse de todos esos hombres usted solo; sin refuerzos, y sin superiores que le dijeran qué hacer. Eso fue increíble… Yo quisiera poder ser tan fuerte como…

—No —exclamó Rubelker de pronto, casi molesto, haciendo que Víctor se sobresaltara, casi asustado. Al mirarlo, el joven soldado pudo notar como los ojos del hombre de barba se habían endurecido, y ahora lo observaban con la furia latente de una fiera—. De ninguna manera quieres ser como yo, chico. Así que no digas estupideces de cosas de las que no sabes nada.

—No soy un chico —intentó pronunciar Víctor como firmeza, pero no pudo evitar que su voz le temblara—. Yo ya soy un hombre…

—Actúa como tal entonces —le reprendió Rubelker de la misma forma—. Quédate con tus compañeros. Obtendrás más de ellos de lo que obtendrás de mí, te lo aseguro.

Le propinó al joven soldado una última mirada que casi rozaba en el desprecio, y entonces se viró de nuevo al barco, dejando a Víctor detrás.

— — — —

Mientras Isabelleta miraba en aquella otra dirección, como intentando evitar la mirada juzgadora de su esposo, divisó en ese momento una figura de gran tamaño que pasaba por detrás del carruaje en el que habían llegado, y se dirigía hacia el barco cargando un saco en su hombro. Al verlo, la primera reacción de la princesa fue de sorpresa, o incluso miedo, pero intentó calmarse de inmediato.

Aquel hombre, usando el uniforme plateado y abrigo blanco, pasó cerca de uno de los soldados que descargaban sus cosas del carruaje, y éste (por algún motivo) pareció chocar su hombro contra él deliberadamente queriendo empujarlo, aunque dicho empujón pareció afectarlo más a él que a su receptor. El soldado de barba negra sólo lo miró de reojo, y sin darle mucha importancia siguió avanzando.

Aquello le pareció extraño. ¿Había algún tipo de tensión entre los miembros de su guardia? No era como si estuviera precisamente muy enterada de la vida de los soldados como para que lo supiera, pero esperaba que no fuera nada de qué preocuparse. Y si acaso lo era, confiaba en que el capitán Armientos se los comunicaría.

Pero eso era lo que menos debía ocupar la mente de la princesa Rimentos en esos momentos. La presencia tan repentina de aquel soldado trajo a su memoria un asunto que tenía pendiente, y que quizás inconscientemente había intentado retrasar lo más posible. Incluso en ese mismo momento no era que tuviera muchos deseos de hacerlo, pero era mejor sacarse esa pequeña piedra del zapato de una buena vez.

—Discúlpame un momento, cariño —le indicó a Frederick, y comenzó de pronto a avanzar hacia aquel soldado.

El emperador segundo al principio no entendió a dónde iba, pero luego él mismo divisó al soldado caminando cerca de ellos, y su reacción fue bastante más aversiva.

—Disculpe, soldado —indicó Isabelleta con fuerza para que pudiera escucharla. El hombre alto de barba se detuvo y volteó a verla. En su expresión se mostró algo de confusión.

—Alteza —saludó Rubelker dudoso, inclinando un poco su cabeza al frente. La princesa se paró firme delante de él, con sus manos juntas al frente. Y, un poco detrás de ella, el príncipe Frederick se aproximaba también.

—Me alegra verlo, soldado… —la princesa vaciló unos segundos, y entonces pronunció al final—: Lo lamento, me dijeron su nombre anteriormente pero creo que se me escapa de momento.

—Rubelker, alteza.

—Claro, Rubelker —asintió Isabelleta—. Si me permite, me gustaría hablar con usted un minuto.

Antes de que Rubelker pudiera responder algo, Frederick se acercó y se paró a un lado de su esposa, rodeándola sutilmente con un brazo de forma protectora mientras observaba al soldado delante de ellos con una marcada desconfianza.

—Debemos subir, Isabelleta —le susurró con apuro a su esposa, pero ésta no pareció percatarse de su estado exacto.

—Sólo será un minuto —indicó Isabelleta, y entonces inclinó un poco su rostro hacia el oído del príncipe y le susurró—: Tú mismo me dijiste que debía hablar con este hombre por lo ocurrido, ¿recuerdas?

Frederick en efecto lo recordaba, pero la verdad era que la situación con respecto a aquel soldado ya era en esos momentos muy distinta a la que era cuando le había hecho a su esposa aquella sugerencia; en especial tras lo último que Armientos le había contado sobre aquella infame noche en la base de Vistak. Pero claro, ese no era un dato que deseaba aún compartir con ella, por lo que no tenía de momento argumento para impedírselo.

Isabelleta se apartó cautamente del abrazo de su esposo, y comenzó a caminar lentamente hacia un costado.

—Sígame, por favor —le indicó al hombre de barba, avanzando sin esperar su respuesta. Un par de soldados, que habían visto aquello de lejos, se aproximaron rápidamente a ella con la intención de escoltarla, pero ella los detuvo en el momento alzando una mano hacia ellos—. Déjenos a solas, por favor. El soldado Rubelker puede encargarse por sí solo de mi seguridad. ¿No es así, soldado?

La princesa se viró sobre su hombro a verlo, en busca de la confirmación de su comentario. Rubelker miró de reojo a los dos soldados plateados, que igualmente lo miraban con bastante desconfianza en sus ojos. Era claro que en su opinión, él ya no era uno de ellos.

—Por supuesto, alteza —respondió agachando sólo un poco la cabeza, y comenzando a seguirla. Los dos soldados, y el propio Frederick, no tuvieron más remedio que verlos alejarse en silencio.

— — — —

No caminaron en realidad muy lejos, pues Isabelleta tampoco deseaba hacer tal cosa. Más que nada deseaba apartarse lo suficiente para poder decir lo que tenía que decir, lejos de oídos curiosos. Caminaron sólo un rato por entre las personas que andaban por el puerto, demasiado ocupados en sus cosas aunque no lo suficiente para ignorar a la hermosa mujer de elegante vestido amarillo, y a su enorme guardia.

Aquel puerto, sus olores y sonidos, traían a la memoria de Isabelleta aquel día en el que dejó Kalisma para partir a Volkinia y convertirse en la esposa del príncipe Frederick. Y le hacían también recordar que una vez más haría un largo viaje, hacia un destino diferente pero quizás igualmente significativo. Después del horrible incidente del bosque, su mente había estado demasiado ocupada en otras cosas como para pensar en aquello. Pero ahora la melancolía que le había inundado en el palacio de Marik mientras se despedía de su cuarto, le volvió de pronto… y no le era agradable, especialmente cuando necesitaba enfocarse en otra cosa.

Cuando ya se sintió segura, Isabelleta comenzó a hablar, sin dejar de caminar y sin mirar al receptor de sus palabras detrás de ella.

—He aprovechado nuestra estancia aquí en Vistak para reponer fuerzas; tanto físicas como mentales. Para intentar comprender mejor la horrible experiencia por la que pasamos, y poner mis ideas en orden. Quizás para alguien como usted esto que pasó fue algo común y coloquial. Pero no me avergüenzo al decir que para una mujer en mi posición, el estar expuesta a ese tipo de situaciones es sencillamente impropio; algo que no le desearía absolutamente a nadie. Pero estoy orgullosa de que como mujer Vons Kalisma, pero también Rimentos, que soy, he obtenido la fortaleza en mi interior para dejar eso de lado y salir adelante con el rostro en alto. Lo hago por mi familia; por mis hijas y por mi esposo. Ellos me necesitan, en especial ahora que estamos por empezar esta nueva vida, en tierras tan desconocidas para nosotros.

Rubelker la escuchaba atentamente mientras la seguía, aunque no comprendía exactamente por qué le decía todo aquello. Su primer pensamiento era que también se había enterado de lo ocurrido, y ahora quería reprocharle por haber intervenido en el aparente perdón de los prisioneros, y por lo tanto haber puesto en peligro a su familia y a ella. Y como tal, se había preparado para recibir dichas palabras.

Sin embargo, la verdad era que Isabelleta no tenía idea aún de aquel detalle, y en su mente toda la decisión correspondiente a esa infortunada sentencia, había sido sólo de su esposo, y quizás con el consejo del capitán Armientos. La verdadera intención de la emperatriz segunda para tener esa peculiar conversación, era uno bastante impredecible para el soldado.

—Cómo sea —masculló Isabelleta, deteniéndose de pronto. Se giró entonces un poco hacia él, pero sin mirarlo por completo—. El que le esté diciendo todo esto es porque una parte de lo que estuve pensando durante todo este tiempo, fue con respecto a mi actitud inicial hacia su persona, soldado Rubelker. Lo cierto es que en cuanto lo vi por primera vez, no me dio una buena sensación; siendo honesta, sentí miedo de usted. No es mi intención ser grosera con dicho comentario, es sólo que en mi tiempo aquí en Volkinia, nunca había visto a otro soldado con su… —hizo una pausa vacilante, mientras intentaba elegir las palabras más correctas para lo que diría a continuación—. Su peculiar vibra. Y dejándome llevar por esa primera impresión, puede que haya dicho o hecho cosas que pudieron haberlo ofendido de manera personal. Aun así, no dudó ni un poco en saltar a proteger a mis hijas y a mí…

La princesa cerró los ojos unos instantes, respiró despacio, y entonces ahora sí se giró por completo hacia el hombre de barba, encarándolo de frente.

Isabelleta se dio cuenta de que esa era quizás la primera vez que realmente lo miraba de frente, y podía cerciorarse de lo alto e imponente que era. Incluso volvió a sentirse algo intimidada por él como lo estuvo la primera vez en el patio del palacio. Sin embargo, tomándose unos segundos para contemplarlo con más calma, se dio cuenta de que en realidad no era tan monstruoso como su impresión le había hecho sentir. Su rostro era tosco y cuadrado, muy apartado de lo que Isabelleta consideraba hermoso en un hombre. Sin embargo, comenzó a notar que sus facciones, y sobre todos esos intensos ojos, sí tenían otro cierto tipo de encanto; un poco más varonil, casi salvaje. Incluso esa sensación de ligero miedo que le provocaba, iba acompañada también de una emoción que le aceleraba un poco el corazón.

No pudo evitar ruborizarse un poco al haberse perdido en aquellos pensamientos. Agachó su cabeza rápidamente e intentó despejar un poco su mente para enfocarse en lo que se suponía iba a decir.

—Y por eso —prosiguió con normalidad como si nada hubiera pasado—, quiero expresarle de frente mis sinceras disculpas por mi conducta inicial, y también mi gratitud por todo lo que hizo para protegernos. —Inclinó entonces un poco su cabeza hacia él como señal de respeto—. Y como le dije, mi familia es lo más importante que tengo. Así que espero que siga usando esas grandiosas habilidades suyas en nuestra protección.

—No tiene que de qué preocuparse —musitó Rubelker con su voz grave y potente que a Isabelleta tomó igualmente desprevenida—. Mientras esté a su lado, ningún enemigo la tocará, alteza.

Aquello era una paráfrasis de la promesa que le había pronunciado con tanta decisión al príncipe Frederick aquel día en ese despacho de la corte, y que tenía pensado cumplir a como diera lugar. Por supuesto, Isabelleta tampoco tenía conocimiento de dicho juramento, por lo que tal afirmación la sorprendió un poco, y por un momento sintió que iba directamente dirigida a ella a modo personal. Y dicha idea provocó un rubor aún más intenso en sus mejillas, tanto que incluso le dio la impresión de poder sentirlo.

—Un comentario un poco arrogante de su parte —murmuró la princesa, mirando un poco apenada hacia un lado—. Pero le tomaré la palabra, soldado. Gracias.

Rubelker únicamente respondió con un pequeño asentimiento de su cabeza.

Isabelleta carraspeó un poco para aclarar su garganta, y comenzó a caminar entonces, rodeando la enorme figura del soldado, para comenzar a marchar de regreso en la dirección por la que venían.

—Bueno, eso era todo —le indicó mientras avanzaba—. Será mejor que volvamos ahora. Gracias por escucharme.

—No hay nada que agradecer, alteza.

Rubelker la siguió unos pasos detrás, y ambos retrocedieron sobre sus pasos en dirección a dónde al Cáliz de Rosa.

— — — —

Cuando volvieron, Frederick se encontraba de pie justo en el mismo sitio en el que se encontraba cuando se fueron, resguardado de cerca por los mismos dos soldados que había querido acompañarlos. El príncipe aguardaba con sus brazos cruzados, y su mirada seria puesta justo en la dirección en la que se habían alejado.

—Querido, ¿me estabas esperando? —Inquirió Isabelleta, sorprendida de verlo aún ahí en lugar de estar ya abordo.

Frederick forzó una leve sonrisa y se le aproximó.

—Por supuesto —señaló el Rimentos, y se tomó entonces el atrevimiento de tomarla gentilmente de los brazos e inclinarse hacia ella dándole un pequeño beso en la frente. Isabelleta se quedó casi petrificada ante tal acto, tan inapropiado en su opinión para ser hecho en público, especialmente enfrente de los soldados—. Pero también deseo hablar un momento con el soldado Rubelker. Adelántate y te alcanzo en un minuto, ¿de acuerdo?

La princesa estaba aún tan impresionada que sólo pudo responder asintiendo con su cabeza. De repente se le vino encima una sensación de culpa por los pensamientos que había tenido hace unos momentos, y temía que ese repentino acto de Frederick fuera porque se había enterado de ellos de alguna forma, a pesar de que ella sabía muy bien que eso era ridículo. Mínimo en su mente debía poder ser libre.

—Por favor, acompañen a mi esposa al barco —le indicó el príncipe a los dos soldados que lo acompañaban, que aceptaron la orden de inmediato.

Isabelleta comenzó a caminar lentamente hacia la tabla para subir al barco, escoltada un poco por detrás por los dos guardias. Frederick y Rubelker miraron en su dirección hasta que ya estuvo en la cubierta, y entonces ambos se encararon de nuevo. Rubelker detectó con bastante rapidez que el príncipe se encontraba muchísimo menos contento de verlo que su esposa…

—Alteza… —intentó pronunciar el soldado, pero el Rimentos alzó rápidamente una mano hacia él, indicándole que no hablara.

—Armientos me contó sobre su indiscreción de la otra noche —declaró Frederick secamente.

—No fue…

—No me interesa la excusa que tenga que dar —le interrumpió con agresividad, obligándolo a callar—. De seguro él ya habló con usted, pero no está de más que yo se lo diga. No quiero que vuelva a hablar con nadie de esa conversación que tuvimos; con nadie. Y mucho menos quiero que le comente cualquier cosa al respecto a mi esposa.

—No lo haré.

—Más le vale.

Frederick suspiró molesto, y pasó su mano por su rostro, pasando su palma por su bigote, sus labios y su barbilla. Miró un instante hacia el cielo como si hubiera oído algún ave sobrevolando sobre él, aunque en realidad no había ni siquiera alguna gaviota cercana. Esperaba que eso no fuera un mal presagio…

—Escúchame bien, Rubelker —pronunció el Rimentos de golpe, señalándolo con un dedo y mirándolo fijamente—. El perdonarle la vida a estos dos criminales podría ser el peor error que cometeré en mi carrera política. Sin embargo… aún ahora una parte de mí sigue sintiendo que fue lo correcto. Pero sólo el tiempo nos dirá cuál de las dos opciones es la correcta. Pero sea como sea, quiero que tú tenga muy claro que no tomé tal decisión ni forzado, ni mucho menos intimidado, por su petición.

—Jamás pensaría tal cosa.

—Perfecto. Pero aun así, espero que sea hombre de palabra. De ahora en adelante, usted hará todo lo que yo le ordene, sin importar qué sea. ¿Está claro?

—Por supuesto. —Acababa de prometerle a su esposa que los protegería sin importar qué, después de todo.

—Bien, porque puede que más pronto que tarde tenga que hacerle valer ese juramento.

Rubelker no supo cómo interpretar aquellas palabras, que casi sonaban a una mordaz advertencia. ¿Qué tenía pensado pedirle exactamente a cambio de su favor…?

Sin decir más, Frederick se retiró hacia su barco detrás de su esposa. Rubelker pensó en seguirlo, pero al final consideró que sería mejor idea esperar que se adelantara y sólo cuidar a la distancia que nada le pasara en su camino.

Ya casi era hora de partir.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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