Original El Manto de Zarkon – Capítulo 29. Listos para partir

17 de octubre del 2021


Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 29.
Listos para partir

Justo como habían prometido durante el juicio, Ivannia y Benny les dieron a sus captores la poca información que tenían sobre Hagak y sus antiguos compañeros. Principalmente pudieron darles la ubicación de sus puntos de encuentro y sus bases en los bosques aledaños a Vistak. Adicionalmente, Benny les proporcionó el nombre real de Hagak, Vino Trazk, y la ubicación de su pueblo natal al que quizás pudiera haberse ido a refugiar y descansar su horrible herida.

Siguiendo dicha información, una parte de la guardia plateada y de la guardia local inspeccionaron los puntos y las bases señaladas, sin encontrar a ninguno de los fugitivos. En una de las bases sí encontraron rastros de sangre y vendajes, señal de que quizás algunos de los heridos estuvieron ahí unos días, quizás descansando e intentando recuperar fuerzas antes de proseguir su huida. Sin embargo, para cuando la guardia llegó parecían ya haberse ido hace suficiente tiempo. Encontraron también algunos mapas y armas, pero nada más.

Sólo quedaba ir a buscarlos al pueblo natal del tal Hagak, pero era un sitio demasiado alejado como para que la guardia del emperador segundo se comprometiera en dicha cacería. El regente Edik y el capitán de la guardia local prometieron investigar la pista ellos mismos e informarles de cualquier hallazgo. Sin embargo, ni el capitán Armientos ni el príncipe Frederick parecían muy optimistas al respecto.

Tres días después de aquel polémico juicio, el Cáliz de Rosa estaba listo para zarpar, e igualmente lo estaban la familia del príncipe Frederick y su comitiva. Muy temprano esa mañana, todos se reunieron en el puerto para prepararse. Había un gran movimiento entre miembros de la tripulación, trabajadores del puerto, y curioso que sólo habían ido para ver partir el majestuoso acorazado de guerra, con su casco pintado de un brillante rojo y dorado. Por Vistak pasaban muchos barcos todos los días, pero pocas veces uno tan espléndido como ese.

Gran parte de la guardia imperial se había adelantado al puerto para cuidar que todo se realizara de forma correcta, y que ningún sujeto extraño rondara por ahí. El capitán Armientos era uno de ellos. Desde antes de salir el sol, el viejo soldado estaba de pie en los tablones del puerto, dirigiendo tanto a sus hombres como los que no lo eran, cuidado que todo se hiciera de la forma más rápida y correcta posible.

 Como se había predicho, dos de los soldados tuvieron que partir el día anterior de regreso a Marik, con la misión de entregarles los restos de los hombres caídos a sus familias. Algunos llegaron a pensar que Fiodor Nilsen sería uno de ellos, ya sea por decisión propia o por escarmiento por sus últimos arranques. Sin embargo, no fue así.

El casi motín del sargento Nilsen la noche del juicio (del que por supuesto tanto Armientos como el príncipe terminaron enterándose), era motivo suficiente para darlo de baja por conducta deshonrosa y mandarlo también de regreso a casa. Sin embargo, al final Armientos decidió no hacerlo. En primera porque, pese a que no condonaba su conducta, podía entender sin problema de dónde provenía su motivación. Y en segunda, porque temía lo que una acción tan drástica como esa pudiera desencadenar en el resto de los hombres, igualmente molestos y en busca de cualquier excusa para reaccionar igual que él, o peor. Para bien o para mal, más que nada debía esforzarse por mantener el orden y la lealtad en su escuadrón, aunque eso lo llevara a hacer acciones con las que no estaba de acuerdo a modo personal.

Aun así, la conducta de Fiodor no podía quedar sin un castigo, por lo que el viejo capitán optó por aplicar uno que para algunos resultaría incluso peor: degradarlo. Ya no sería más el sargento Nilsen; sólo otro soldado más. Sorprendentemente, Fiodor pareció tomar aquello con relativa calma. Quizás en el fondo él mismo era consciente de las barbaridades que había cometido, y sólo deseaba dejarlo atrás lo antes posible. Armientos en verdad esperaba que se tratara de eso, y no que estuviera sólo fingiendo.

Había otro problema entre manos que el capitán debía resolver. Con los cinco soldados muertos, y ahora dos más en camino a Marik, las fuerzas que resguardarían al príncipe y su familia se habían disminuido. Eso representaba un verdadero problema considerando la amenaza latente de otro atentado sobre sus cabezas. Es por eso que Armientos, como le había informado al príncipe Frederick anteriormente, dedicó parte de esos tres días en intentar reclutar entre la guardia local a cualquiera que estuviera interesado en unírseles y viajar con ellos hasta Volkinia Astonia como parte de la guardia del emperador segundo. No le extrañó la falta de interés latente en la mayoría, pues la idea de dejar su hogar y aventurarse a un territorio conquistado tan repentinamente, no era del todo fácil de digerir, especialmente con tan poco tiempo para pensarlo. Además que, de nuevo, Fiodor y su conducta no habían dejado una imagen de todo agradable entre los soldados marrones de Vistak. Aun así, logró que tres aceptaran su propuesta. No era mucho, pero al menos era algo.

Y luego estaba el otro tema de sus dos nuevos reclutas forzados…

Eso era algo que Armientos aún no había logrado comprender la forma correcta de encaminarlo. La reunión que tuvo con el príncipe Frederick al respecto no había sido muy prolífica, pues al cuestionarle cómo exactamente los dos prisioneros trabajarían con los soldados, el Rimentos no pareció muy interesado en discutirlo. Sus respuestas podían resumirse en: «Haga lo que mejor le parezca, capitán». Lo cual, en esencia, no le ayudaba en absolutamente nada.

De momento había decidido que sus labores con ellos serían equiparables a las de simples sirvientes, o más bien por debajo de ello. Principalmente realizarían tareas de limpieza en todo el barco, principalmente los camarotes de los soldados y los uniformes de estos. Seguirían durmiendo en los calabozos del barco, y comiendo acorde a su residencia. Definitivamente no se les daría un uniforme, y estarían todo el tiempo bajo la supervisión de algún otro soldado cuando no estuvieran en sus celdas. Así sería al menos durante el viaje. Llegando a Volkinia Astonia, ya lo revisarían. Pero lo seguro era que no podía contar con ellos en las labores de seguridad, así que tendría que arreglárselas de otra forma.

—Mientras estén a bordo, puede contar con mis hombres para lo que necesite —le comentó el capitán del Cáliz de Rosa mientras ambos caminaban por la cubierta del barco. Ya habían terminado de aclarar los últimos detalles, y sólo faltaba que el resto de los hombres, así como la familia imperial, subieran para así comenzar con los preparativos de la partida. Su preocupación personal por la seguridad, sin embargo, se volvió un tema difícil de eludir—. Las aguas del Ártico Este son inhóspitas y peligrosas, y no cualquiera puede moverse por ellas. Sólo marinos experimentados como nosotros conocen las rutas más seguras. Nadie se atreverá a hacerles algo al príncipe y a su familia en este trayecto.

—Eso me da cierta tranquilidad, capitán —respondió Armientos, intentando no sonar desanimado—. Ciertamente veo poco probable que algo ocurra durante el trayecto por mar. Sin embargo, en las dos paradas que haremos, y ya cuando arribemos a Volkinia Astonia… eso es otra historia. Espero realmente estarme preocupando de más.

—Es inevitable preocuparse, pues el peligro siempre ronda cerca de un Rimentos; por más invencibles e intocables que ellos se crean. Si es que de alguna forma lo son, es sólo por hombres como usted o como yo, que nos encargamos de servir de escudo ante cualquier amenaza.

Armientos sólo asintió con conformidad a su comentario. El capitán del Cáliz de Rosa se veía más o menos de su misma edad, y en su rostro y ojos podía darse cuenta de que igualmente no era un soldado sólo de nombre. Armientos sintió el deseo de preguntarle los conflictos en los cuales había participado. Muy pocos en las últimas décadas, por suerte, habían ocupado la intervención de la armada marítima. Fuera como fuera, se sentía más confiado de que al mando del barco estuviera alguien con aparente experiencia, y no otro jovencito criado en épocas de paz que sentía que lo sabía todo.

Pero igual como le había dicho, el viaje en barco no era el que más le preocupaba en esos momentos. Al menos, no por las amenazas externas.

— — — —

El carruaje de los Rimentos se estacionó justo delante de su barco, y la familia bajó rápidamente. La primera en pisar el puerto, y la más apurada en hacerlo, fue Isabelleta II, que prácticamente saltó del interior del coche para poder apreciar mejor el buque de guerra que sería su transporte hacia Volkinia Astonia. Llevaban ya al menos cinco días ahí en Vistak, y ni una sola vez la habían llevado a verlo.

—Vas a estar cuatro semanas a bordo de él; ¿para qué quieres verlo ahora? —Era el principal argumento que su madre usaba, y ciertamente tenía lógica a su modo.

Al haber crecido toda su corta vida en Marik, una hermosa ciudad pero sin salida cercana al mar, Isabelleta sólo había oído historias y visto dibujos de esos hermosos vehículos de vapor. Pero el estar de pie justo delante de uno era algo totalmente diferente. Le impresionaba en primer lugar lo grande que era, como un enorme animal que podría tragarla tan fácil como ella se comería una uva pasa. Su forma y estructura guardaban también cierta belleza, a pesar de que era muy claro que su objetivo principal era la practicidad, la velocidad y la resistencia.

Y por encima de todo lo antes mencionado, a la pequeña princesa Rimentos le encantaba el nombre pintado en el casco: Cáliz de la Rosa. Ignoraba de momento a qué hacía referencia tan peculiares palabras, pero sin duda se lo preguntaría al capitán en cuanto lo viera.

—Miren ese hermoso barco —masculló Isabelleta II, inflando un poco su pecho con orgullo—. Es uno de los modelos emblema de nuestra flota. Un verdadero orgullo de la ingeniería volkines.

—Sí que lo es —le secundó su padre, acercándosele por detrás. Se colocó entonces de cuclillas a su lado, quedando ambos a la misma altura mientras contemplaban el barco ante ellos. La rodeó por los hombros con un brazo, mientras le relataba—: Cuando Eugene Rimentos, primer emperador segundo de Volkina Astonia, llegó al territorio conquistado para gobernar, lo hizo al mando de una flota de cinco flamantes barcos de guerra; los más grandiosos de su época. Aquello se guardó vívidamente en la mente de los lugareños, y siempre lo relacionaron como un dominante de los mares. Nosotros no iremos con una flota, pero sí con uno de los mejores barcos que tenemos a nuestra disposición.

—De seguro causará el mismo impacto en la gente —asintió Isabelleta con seguridad, a lo que Frederick respondió con una pequeña risilla.

—Eso espero, amor —le respondió con optimismo, dándole un beso en frente.

—Yo sólo espero que sea lo suficientemente cómodo —añadió Isabelleta madre, aproximándose con Mina tomada de su mano. A sus espaldas, los sirvientes y un par de soldados comenzaban a descargar sus cosas para subirlas a bordo lo antes posible.

—Lo es, te lo aseguro —respondió Frederick, incorporándose una vez más—. ¿A ti qué te parece, Mina? ¿Te gusta el barco en el que viajaremos?

La princesa menor no respondió nada. No parecía ni remotamente tan emocionada como su hermana, eso era visible. De hecho, desde el día del juicio y el fuerte regaño de su madre, había permanecido bastante callada (incluso más que de costumbre). En esos momentos, mientras su madre le sujetaba la mano, miraba de forma perdida hacia el suelo bajo sus pies, casi como si estuviera caminando dormida.

Frederick no se atrevía a señalar directamente que quizás Isabelleta se había excedido esa vez, pero no era necesario; la emperatriz segunda lo pensaba igual por sí sola, aunque continuara reflejando ese inmutable y duro semblante ante todo, como si deseara restarle importancia a la situación. Ese último par de días había intentado estar más cerca de su hija menor y procurar animarla, pero nada parecía surtir efecto. Aquello le preocupaba, pero también le molestaba un poco, pues una parte de ella creía que todo era un mero chantaje emocional para hacerla sentir culpable; y los Vons Kalisma no acostumbraban responder bien a ese tipo de maniobras.

El carruaje en el que venían las dos baronesas Yandul también había llegado en ese momento, y las dos gemelas bajaron de éste cargando cada una sus pesadas maletas llenas de la poca ropa propia que pudieron traer consigo. La de Tiridia parecía un poco más pesada que la de su hermana, lo que le dificultaba un poco más el avanzar.

—¿Qué tanto traes ahí? —Le preguntó Lukrecya, curiosa—. ¿No fuiste tú la que me dijo que era mejor no empacar tanto y mejor comprarnos ropa nueva en Volkinia Astonia?

—Así es —respondió Tiridia con normalidad—. Sólo traigo cinco vestidos, dos pares de zapatos, y algunas joyas. El resto del espacio lo aproveché para traer algunos libros y cuadernos en blanco.

—¿Libros y cuadernos?, ¿enserio? —Masculló Lukrecya incrédula, aunque no tanto—. ¿Preferiste llenar la mitad de tu maleta con libros y cuadernos? De seguro también venden de eso en Volkinia Astonia, ¿sabes?

—Alguno de estos libros sólo se encuentran aquí en el territorio principal, y los ocupo como referencias para continuar con mi novela.

—Sí, claro… tu novela —murmuró Lukrecya, punzante.

Tiridia había tomado el extraño pasatiempo de escribir en los últimos tres años; casi el mismo tiempo que llevaban siendo damas de compañía de las princesas. Siempre había estado muy metida en su hábito de leer historias de magia, príncipes, princesas, dragones y espadas… Pero eso de querer escribir ella misma una historia así, pareció salido de la nada. Y ahora cada vez que tenía tiempo libre (que no era muy seguido), continuaba aunque fuera un poco su manuscrito, que de seguro también iba guardado en esa maleta.

Lukrecya no sabía de momento de qué se trataba exactamente la misteriosa novela, y no se había atrevido a preguntarle. Igual tenía entendido que nunca se la había mostrado a nadie, ya sea por vergüenza o porque quizás no quería hacerlo hasta que estuviera terminada. Pero por el motivo que fuera, a ese paso quizás se llevaría ese manuscrito a la tumba sin que nadie más que ella lo leyera.

—De todas formas da igual cuantos vestidos traigamos o compremos allá —suspiró Lukrecya con fastidio, tomando en ese momento la falda de su largo vestido azul—. Casi todos los días tendremos que usar estos… hermosos uniformes, como si fuéramos simples sirvien…

—Tiridia, Lukrecya —escucharon pronunciar con fuerza la voz reconocible de la emperatriz segunda, llamándolas.

Lukrecya se detuvo y se estremeció asustada. Se giró sobre sus botines, y vio a los cuatro Rimentos, de pie muy cerca aún de su carruaje, y mirando en su dirección. No se había percatado de que estaban ahí…

Sintió como perdía por completo el aliento ante la posibilidad de haber hablado demasiado fuerte y la hubieran escuchado, aunque su lado lógico le decía que eso era imposible.

—Ven —le indicó su hermana, tomándola del brazo para obligarla a avanzar hacia ellos y no hacerlos esperar demasiado—. Buenos días, altezas —saludó Tiridia inclinando su cabeza como reverencia—. ¿En qué podemos servirles?

—Suban a las niñas y acomoden sus cosas en su camarote, por favor —les indicó Isabelleta madre, colocando cada mano sobre la cabeza de una de sus hijas—. Y quédense con ellas hasta que sea hora de partir. Asegúrense de que ninguna ande rondando por el barco.

—Pero, mamá —musitó Isabelleta II, decepcionada—. Yo quería charlar con el capitán y hacerle algunas preguntas.

La emperatriz segunda ignoró por completo el reclamo de su hija, y siguió con su atención puesta en las dos jóvenes delante de ella, en espera de su respuesta.

—Sí, alteza —contestó Tiridia por ambas, aunque Lukrecya no estaba del todo contenta pues esperaba que pudieran ellas mismas acomodarse primero en su cuarto, antes de tener que volver a ser niñeras permanentes.

—Tendrás mucho tiempo para hacer eso, hija —le indicó Frederick a la princesa mayor, mientras le acariciaba dulcemente su cabeza—. Por ahora haz lo que tu madre te pide, por favor.

—Está bien —suspiró la niña rubia con resignación—. Vamos, Mina.

Isabelleta tomó la mano de su hermanita y comenzó a caminar con ella hacia el barco, seguidas desde atrás por las dos baronesas que continuaban batallando con sus respectivas maletas. La princesa menor avanzó junto con su hermana sin chistear, y sin alzar tampoco su vista.

Isabelleta madre también suspiró, pero más con frustración que otra cosa.

—Esa niña, ¿hasta cuándo seguirá así? —Murmuró con tono de recriminación—. Mi madre me regañaba y me azotaba mucho peor, y nunca me puse así.

Frederick se sintió tentado a decirle que, gracias a Dios, su hija no era una Vons Kalisma acostumbrada a ese tipo de tratos, pero prefirió de nuevo guardárselos. Con las cosas como estaba, era recomendable que eligiera bien sus batallas.

—Mina es una niña muy sensible —señaló Frederick con seriedad—. Te apuesto a que está más avergonzada y arrepentida de lo que pasó, que enojada o resentida contigo.

—Sólo me faltaba que encima de que hizo esa tontería, ahora fuera ella la enojada conmigo —exclamó la emperatriz segunda, casi ofendida.

—Como sea, sólo continúa acercándote a ella y te aseguro que al final se volverá a abrir a ti. Ten fe.

—Ten fe —repitió Isabelleta resoplando un poco y mirando hacia otro lado. Internamente maldecía cómo los Rimentos querían siempre arreglar todo con su dichosa fe.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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