Original El Manto de Zarkon – Capítulo 28. ¿Es sólo por eso?

6 de octubre del 2021

El Manto de Zarkon - Capítulo 28. ¿Es sólo por eso?

Eliacim Dávila

El Manto de Zarkon

Capítulo 28.
¿Es sólo por eso?

La tormentosa noche al fin terminó, y la mañana llegó. El sol bañó el patio de la base de Vistak, los guardias que protegían la puerta de los calabozos fueron reemplazados por el siguiente turno, y Rubelker seguía aún de pie en el mismo sitio, firme y con sus manos apoyadas en los pomos de sus armas, listas para ser desenfundadas a la primera provocación; los soldados marrones miraban sorprendidos como no se le veía agotado o vacilante, a pesar de no haber dormido nada en lo absoluto. Parecía casi una gran estatua inamovible de roca sólida.

Los soldados plateados no habían vuelto a intentar ingresar por la fuerza a las celdas, aunque más de una vez sus miradas suspicaces se clavaron en Rubelker y en aquello que resguardaba a sus espaldas, acompañadas en ocasiones de algunos comentarios entre ellos, que aunque Rubelker no pudiera oírlos todos (pero sí algunos), no lo ocupaba para saber que en definitiva era un hombre aún menos popular entre sus similares de lo que era la noche anterior.

—¿Pasó buenas noches, soldado Rubelker? —Escuchó de pronto que le hablaban a su costado derecho. Él se viró lentamente en dicha dirección, mostrándole a la persona que se le acercaba las ojeras que decoraban sus ojos, y que dejaban en evidencia que no estaba tan fresco como los soldados marrones creían. Pero también la misma persona tuvo una vista en primera fila de los golpes que Fiodor le había propinado la noche anterior, y que se habían vuelto en esos momentos moretones poco agraciados—. Veo que la pasó mucho mejor de lo que me esperaba —añadió.

La voz sarcástica, casi burlona, del capitán Armientos hizo mella en la inquebrantable dureza de Rubelker, que se tuvo que forzar a mirar a otro lado, avergonzado. El capitán sujetaba en una mano una taza humeante de café, quizás mezclado con algo más fuerte. Su expresión serena y dura se clavaba fija en el enorme soldado, como escondiendo detrás un regaño eminente.

—Me enteré de lo ocurrido anoche —señaló el capitán, aproximándose hasta pararse a su lado. Rubelker intentaba no mirarlo mientras no fuera necesario—. De haber sabido que por enviarte para acá cometerías una estupidez como esa, mejor te hubiera dejado ir a la mansión del regente con el príncipe. Quizás allá hubieras hecho menos daño.

—Los hombres estaban hablando mal de su alteza, y de usted —se defendió Rubelker, sin alzar demasiado la voz—. No podía permitir que hicieran tal cosa, especialmente cuando yo era el verdadero culpable…

—Lo que debiste haber hecho es dejar tu boca totalmente cerrada —le interrumpió Armientos tajantemente, alzando un dedo hacia él con gesto de reprimenda—, y no haber contestado preguntas que nadie te hizo. ¿Crees enserio que hiciste algún bien con eso? Pues te informo que no, amigo mío. Ahora el príncipe Frederick pasó de ser alguien que por algún motivo desconocido e incomprensible decidió perdonarles la vida a los atacantes de su familia, a alguien con tan poca voluntad y decisión que un soldado cualquiera puede ir a rogarle, o quizás amenazarle, y él se doblará ante él y hará lo que le pida.

Aquella afirmación asombró a Rubelker, y lo forzó ahora sí a alzar la cabeza y encarar el rostro molesto de Armientos.

—¿Piensas que esa es la imagen que un príncipe Rimentos debe transmitir a sus hombres? —Añadió el capitán.

—Esa no era mi intención…

—Por supuesto que no, nunca es tu intención —chisteó Armientos con frustración, tomándose entonces un momento para beber un poco de su café.

Rubelker se sentía inusualmente indefenso en esos momentos. Había visto muchas veces al capitán Armientos enojado con él antes, pero nunca como en esa ocasión. Quizás era porque ahora sus actos no los afectaban únicamente a ellos dos, sino que directamente repercutían en alguien más. Y ese alguien más era un Príncipe Rimentos, encima de todo.

En su momento no pensó en lo absoluto que intervenir de esa forma ante los hombres en defensa del príncipe pudiera interpretarse de esa forma que el capitán describía. Le sorprendía a veces lo realmente confuso que se volvía tener que interactuar con este tipo de personas. Todo se basaba en apariencias, en lo que se decía o no se decía, y a quién se lo decías… En ocasiones todo aquello le parecía aún más agotador que un combate.

—Se hubieran enterado tarde o temprano de todas formas —murmuró Rubelker despacio, como un último intento de defenderse. A esto, la primera reacción de Armientos fue un largo suspiro de agotamiento, y quizás incluso de fastidio.

—Tal vez sí, tal vez no. Pero al menos me habrías dado la oportunidad de manejar de alguna forma la información para que, de entrada —señaló entonces de forma poco disimulada directo al rostro amoratado del soldado—, algo como eso no hubiera pasado. Porque ahora no sólo dejaste tambaleándose la imagen del príncipe ante sus hombres, sino que destruiste por completo la tuya. Y esto que hiciste de pararte aquí toda la noche, no ayudó ni un poco. Si acaso aún había algunos entre ellos que te seguía manteniendo algo de aprecio o respeto por tu hazaña en el bosque, de seguro ahora son minoría. Y ahora preferirán guardarse dicha opinión para sí mismos antes de hacer o decir algo que los ponga en el lado malo del resto de sus compañeros.

La mirada de Armientos se relajó un poco en ese momento. Soltó otro suspiro, pero éste era más de pesar que de enojo.

—Y me estás poniendo en la penosa situación de tener que estar entre ellos, Rubelker —masculló despacio, al tiempo que seguía bebiendo poco a poco de su taza—. Lo creas o no, seguir interviniendo en tu defensa en estos momentos podría crear más problemas que ayuda. Al menos por un tiempo, me temo que estás solo.

—Lo entiendo —respondió Rubelker despacio. No podía decir que entendía en realidad todas las implicaciones detrás de dicha decisión, pero al menos en un aspecto superficial lograba entender la situación tan incómoda en la que había puesto a su superior, y no lo juzgaba por su acción; incluso ya la esperaba de antemano.

—Iré a ver al príncipe ahora mismo —le informó Armientos, una vez que al parecer su taza estuvo vacía—, para discutir exactamente cómo funcionará esa sentencia tan insólita, y ponernos de acuerdo sobre cómo proceder con los prisioneros de ahora en adelante. Tú ve a dormir, y al menos por el resto del día no digas ni hagas nada. ¿De acuerdo?

Dada esa orden, que casi rozaba en ruego, Armientos comenzó a avanzar de nuevo al interior del cuartel, quizás para terminar de arreglarse antes de partir a la mansión del regente. Sin embargo, sólo había dado un par de pasos antes de que Rubelker le hablará de nuevo y lo obligara a detenerse:

—Quisiera su permiso para hablar con los prisioneros, capitán.

—Para hablar con esa mujer, querrás decir —musitó Armientos, marcadamente inconforme, mientras se viraba de nuevo hacia él—. ¿Y exactamente por qué habría de permitir tal cosa? ¿Cómo un premio por tu ejemplar comportamiento? —Rubelker guardó silencio, aparentemente sin argumento alguno que pudiera usar—. De ninguna manera, ¿oíste bien? Y te repito: ve a dormir y ya no hagas más tonterías. Es una orden.

Rubelker siguió sin decir nada, y en su lugar simplemente asintió con su cabeza, aceptando de esa forma el mandato. Armientos no estaba muy seguro de que realmente le fuera a hacer caso, pero de momento se conformaría con eso. Sin más que decir o hacer, el viejo capitán se giró de nuevo hacia el edificio y comenzó a caminar hacia éste, aparentemente con más prisa que antes.

Una vez que su capitán se retiró del todo, Rubelker se permitió moverse para hacer justo lo que le había indicado. Su intención era ir a su tienda, ignorar a todos sus compañeros que se encontrara en el camino, e intentar en efecto descansar un poco.

—Oye —escuchó que alguien pronunciaba con fuerza a sus espaldas. Se volteó entonces de regreso, encontrándose con el grupo de soldados marrones que seguían resguardando la entrada. Sin embargo, había un agregado, y éste se había adelantado al resto, acercándosele—. ¿Cuál es tu interés en esos dos? ¿Por qué te arriesgas a ponerte contra tus compañeros y tu capitán por defenderlos?; ¿sabes lo estúpido que es?

Rubelker observó con cuidado a aquel hombre. Le resultaba conocido. Si no se equivocaba, y su visión y memoria rara vez lo hacían, él estaba en la guardia de la noche. Era el soldado de más rango que había intervenido a hablar ante él y los demás soldados. Intuía que debía ser al menos un sargento.

—No lo entendería —le respondió Rubelker de forma cortante, y se dispuso a continuar con su partida pues no estaba de humor para cuestionamientos, especialmente de extraños.

—Definitivamente no —respondió el sargento marrón con algo de tedio. Sin embargo, casi de inmediato añadió—: Pero anoche las cosas se calentaron demasiado, y acepto que podría haber ocurrido una horrible desgracia si no hubieras intervenido.

Rubelker se detuvo de nuevo, y se viró a verlo una vez más. En su rostro se notó algo de confusión por aquellas repentinas palabras; mientras que el sargento intentaba verse sereno y calmado, pero no podía evitar dejar en evidencia su duda. Y poco después, un pesado suspiro se escapó de sus labios.

—Así que te debemos una, y por eso te dejaré pasar —murmuró despacio, mirando disimuladamente a otro lado—. Sólo cinco minutos. Y si alguien nos pregunta, sólo diremos que no tenemos ni idea de cómo es que te metiste. ¿Entiendes?

Rubelker no supo qué responderle. De entrada no comprendía porque ese hombre tomaría tal riesgo, en especial cuando un capitán de la Guardia Imperial acababa de expresar delante de él su desaprobación ante tal permiso. Al final, sólo tuvo la claridad mental para pronunciar:

—Muchas gracias…

—Cinco minutos —repitió rápidamente el sargento—. Así que muévete.

Se viró entonces hacia sus hombres, y les hizo un ademán con su cabeza para que dejaran el camino libre. Rubelker, cabizbajo y tal vez incluso algo apenado, avanzó hacia la puerta del calabozo, y en efecto nadie se lo impidió.

— — — —

Ivannia jamás pensó que un montón de paja en el rincón de su celda podría resultarle tan cómodo. De todos los días que llevaba como prisionera del príncipe Frederick y su guardia, esa fue la noche en que mejor había dormido. Y, haciendo un poco de memoria, podría incluso haber sido la noche que mejor había dormido en todo ese largo año. La raíz de aquello le resultó difícil de alcanzar de momento. Quizás porque era la primera noche en mucho tiempo en que ya no tenía que fingir ser Iván, y podía ser ella misma. No encontraba una correlación directa entre ambas cosas, pero de momento era lo único que se le ocurría.

Cuando sus ojos se abrieron y giró apenas un poco su cabeza, fue tocada con los débiles rayos de sol que entraban a través de los barrotes de la ventana alta de la celda, y aquel destello le bastó para despertarse por completo. Soltó un quejido molesto, y se sentó rápidamente en la paja, comenzando a tallarse sus ojos adoloridos.

—Buenos días, señora Ivannia —escuchó la voz burlona de Benny pronunciar desde la otra celda—. ¿Durmió bien?

La mujer rubia miró molesta hacia el muro que los separaba, como si esperara poder verlo del otro lado de alguna forma.

—Sigo aquí, y eso es suficiente. ¿Ya no ocurrió nada más anoche?

—No lo sé —respondió Benny—. Yo me dormí unas horas, y al parecer nadie vino a querer cortarnos el cuello. Así que supongo que estamos a salvo por ahora… o están esperando que nos saquen de aquí para hacer su jugada.

Ivannia no respondió nada. Desde ese pequeño escándalo de la noche anterior, la idea de alguno de soldados plateados (o todos ellos) inspirados por la ira pudieran pasar por encima de la decisión del juez y del príncipe, y bajar ahí para encargarse de ellos por su cuenta, se volvió bastante plausible. Y, aun así, había dormido bastante bien…

Quizás ya se había acostumbrado a dormir con el miedo constante de que la mataran, por estar viajando con Hagak y su pandilla de bastardos.

Unas pesadas pisadas en los escalones se hicieron presentes en el eco del calabozo, haciendo que ambos prisioneros se pusieran en alerta.

—Alguien viene —señaló Benny—. Quizás nos traigan el desayuno.

Ivannia se paró rápidamente y se pegó inconscientemente a la pared del fondo de la celda, alzando sus brazos a modo defensivo, esperando lo peor. Un abrigo blanco y una casaca plateada se hicieron presentes descendiendo hacia el pasillo delante de ellos. Aquello causó aún más preocupación, incluso en el bromista Benny. Sin embargo, aquello se convirtió en asombro para Ivannia, al reconocer la figura fuerte y el rostro tosco y barbudo de aquel soldado que se había puesto justo delante de su celda.

—Eres tú —exclamó, incluso un poco emocionada, dirigiéndose a los barrotes y pegándose a estos—. ¿Qué te pasó? —cuestionó confundida al ver los golpes en el rostro de Rubelker.

—No es nada —contestó el hombre de barba, restándole toda la importancia a su apariencia. Sus ojos oscuros y serenos se fijaron directo en Ivannia, y ésta por algún motivo se sintió incómoda ante esto y tuvo que desviar la mirada hacia otro sitio—. ¿Tú cómo estás? —Le preguntó el soldado en voz baja.

—En una celda… pero viva. Fuiste tú, ¿cierto? Tú hiciste que eso pasara; que nos perdonaran la vida. Justo como me lo prometiste.

—¿Enserio? —Murmuró Benny desde su posición, incrédulo—. Discúlpenme si eso me resulta un poco difícil de creer.

—Sólo hablé con el príncipe en su nombre —aclaró Rubelker—. La decisión fue sólo suya. A quién realmente deben agradecerle es a él.

—Sí, tenemos que darle las gracias por enlistarnos a la fuerza en su ejército —masculló Benny de mala gana, pegando su frente contra los barrotes—. Ahora no moriremos en la horca, sino que sus hombres nos arrastrarán por todo el patio en cuanto les dé la gana.

—Eso no pasará —espetó el soldado plateado con fuerza—. Yo no lo permitiré.

—¿Enserio? Mira amigo, yo mismo vi que eres muy fuerte. Pero, ¿enserio aplicarías todo eso que hiciste contra nuestros amigos en contra de los tuyos para defendernos? Eso quiero verlo.

Rubelker se sumió en un pensativo silencio. Quizás él mismo se estaba haciendo la misma pregunta.

—Sea como haya sido… gracias —susurró Ivannia, y una inusual sonrisa se dibujó en sus labios mientras lo miraba—. Te debo la vida.

Rubelker sintió algo extraño al oírla decir aquello, similar a lo que había sentido en aquel bosque cuando la princesa Isabelleta II le había dado las gracias antes de retirarse. Aquel sentimiento le resultaba difícil de digerir.

—Como dije, a quién realmente se la debes es al príncipe Frederick —señaló el soldado en voz baja, siendo ahora él quien desviaba su mirada en otra dirección—. Es por su clemencia que estás viva. Ahora debes intentar sacarle el mayor provecho a esta segunda oportunidad que él te ha dado.

Ivannia no pudo evitar soltar una risa sarcástica, quizás incluso un poco impertinente.

—¿Y cómo haré eso exactamente? ¿En verdad nos harán parte de la guardia del emperador segundo? ¿Incluso a mí?, ¿aunque sea una mujer?

—No estoy seguro de cómo funcionará eso —pronunció Rubelker, incierto—. Pero como te dije antes, tú eres una grandiosa guerrera en potencia. Y esas habilidades, bien encaminadas, pueden hacer mucho bien; para ti y para otros. Si me lo permites, yo puedo ayudarte con eso.

—¿Ayudarme? —masculló la mujer rubia, extrañada—. ¿Ayudarme cómo?

Rubelker avanzó un paso más hacia las rejas, e Ivannia reaccionó casi por reflejo retrocediendo un poco y volviendo alzar sus brazos para defenderse. No sabía por qué lo hacía, pues no era que en realidad sintiera una amenaza latente en él. Sencillamente su cuerpo había reaccionado por sí solo.

El soldado colocó entonces su mano derecha en uno de los barrotes, rodeándolo con sus dedos. Sus intensos ojos volvieron a clavarse sobre ella, e Ivannia volvió a sentirse tan indefensa cómo se había sentido en aquel claro del bosque, la noche en que ambos se enfrentaron por segunda vez.

—Déjame enseñarte cómo manejar la espada de forma correcta —musitó Rubelker con firmeza, tomando totalmente desprevenida a la mujer.

—Oye, cuidado con esas proposiciones, amigo —soltó el ocupante de la otra celda con tono molesto, aunque detrás de éste se percibía un tono de burla.

—Benny —susurró Ivannia como un regaño.

—Yo nomás digo —añadió el ladrón encogiéndose de hombros, y entonces se apartó de los barrotes, volviendo a la paja de su rincón.

Rubelker observó de reojo hasta que el otro prisionero ya no estuvo en su rango de visión, y entonces su atención volvió a fijarse en la mujer delante de él. Con el mismo tono de antes añadió:

—Si vas a viajar con nosotros a Volkinia Astonia, podría enseñarte durante el viaje.

—¿A pelear cómo tú? —Profirió Ivannia, incrédula pero también fascinada por su proposición—. ¿Y acaso te permitirían hacer tal cosa?

—No lo sé. Pero yo vería la forma de hacerlo posible.

Ivannia lo observó en silencio, y su expresión desconfiada se fue suavizando poco a poco.

—¿Por qué te tomas tantas molestias por mí? —le susurró despacio—. Ni siquiera me conoces…

—Ya te lo dije —asintió Rubelker—. Habilidades tan excepcionales como las tuyas no deben ser desperdiciadas. Además, lamentablemente mi escuadrón ya no confía en mí, y por lo tanto yo tampoco puedo confiar en ellos. Y en el lugar al que vamos es probable que nos encontremos con muchos peligros, y necesitaré de alguien que esté a mi lado para resguardar la seguridad del príncipe y su familia.

Ella lo escuchó en silencio con expresión neutral, al parecer no reaccionando de alguna forma clara a su declaración. De pronto, cuando ya había terminado de hablar, Ivannia avanzó lentamente hacia los barrotes, volviendo a dar ese paso al frente que había retrocedido. Y estando más cerca, alzó su mano derecha, colocándola delicadamente sobre la que él había puesto en los barrotes, apenas rozándola con la yema de los dedos. Aquel sutil acto pareció perturbar un poco el semblante de Rubelker, pero no lo suficiente para que apartara de momento su mano de ese sitio.

—¿Es sólo por eso…? —Le susurró la mujer rubia muy despacio, mirándolo tan fijamente como quizás nunca había visto a alguien antes. Y ante aquellos intensos ojos verdes, Rubelker pareció quedar imposibilitado para responder algo concreto.

—Hey —resonó el eco una voz más, que no era la de Benny. Rubelker se viró hacia las escaleras, notando la presencia de uno de los soldados marrones. Éste le indicó con un movimiento de su cabeza que debía subir. Al parecer se habían acabado sus cinco minutos.

El soldado plateado apartó rápidamente su mano del barrote, y retrocedió un paso.

—Ya debo irme —indicó con seriedad—. Cuídate las espaldas. El resto de la guardia está muy molesta por lo ocurrido.

Ivannia solamente asintió con su cabeza, y contempló en silencio como se retiraba hasta que su posición le impidió seguirlo viendo.

Cuando los pasos de ambos soldados ya no se escucharon, el silencio que le siguió fue roto con una carcajada burlona de Benny desde su celda.

—¿Enserio, Iván?

—¿Qué? —Exclamó Ivannia, molesta por tal reacción.

—Nada, nada. Es sólo que aún no me acostumbro a que seas mujer.

—¿Y eso qué significa?

—Nada, olvídalo. Pero si fuera tú, no le extendería tan fácil mi confianza a ese sujeto. Sigue siendo un guardia, y nosotros unos criminales que matamos a cinco de sus compañeros. Te lo dije claramente anoche: nunca seremos como ellos.

Ivannia guardó silencio ante tal comentario que, en esencia, era correcto. Pero, aun así, ella no lo sentía como tal…

—Él tampoco es como ellos, ¿no crees? —Señaló pensativa, observando en la dirección en la que Rubelker se había ido—. ¿No sientes que es más parecido a nosotros que a los otros soldados?

Su compañero le respondió al inicio sólo con silencio, e Ivannia pensó que él también estaría meditando en la veracidad de sus palabras. Sin embargo, tras un rato le contestó:

—Con tan sólo ver de qué lado de las rejas estamos nosotros, que no matamos a nadie, y de qué lado está él, que mató a treinta en unos minutos… te puedes dar cuenta de que no.

Y a ese comentario Ivannia ya no respondió nada más. No porque no tuviera argumentos que usar, sino más bien porque ya no le veía el caso.

Pegó su frente a la reja, y cerró unos momentos sus ojos. Aquello que acababa de pasar se repitió en su cabeza paso por paso, y se dio cuenta de lo inusual que había reaccionado. Quizás se había dejado llevar demasiado por el momento. Pero no podía permitir que le volviera a pasar…

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

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