Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 104. Un lugar seguro

15 de septiembre del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 104. Un lugar seguro

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 104.
Un lugar seguro

Charlie se las arregló relativamente fácil para conducir la camioneta por la ciudad sin llamar la atención de ningún coche policía; siempre manteniendo el límite de velocidad, y sin pasarse ninguna luz roja. Igual parecía que toda la atención se había quedado atrás en Bervely Hills, donde de seguro aún seguían buscando a los dos intrusos piso por piso y cuadra por cuadra, sin darse cuenta de que estos ya se habían dado a la fuga. Así que una vez que arribaron a la zona mucho menos concurrida del norte en donde estaba su escondite, el trayecto se volvió mucho más tranquilo; exceptuando, claro, porqué en la parte trasera del vehículo transportaba a dos chicas inconscientes, y a un hombre con una fea herida de bala en la pierna.

Con respecto a Samara y Abra no había mucho que hacer, pues no parecía que aquello que las mantenía en ese estado fuera precisamente algo físico, así que sólo quedaba esperar que volvieran en sí paulatinamente. La herida de Cole, por otro lado, no iba a mejor. Y una vez que la adrenalina y las emociones se calmaron, todo lo que quedó en su lugar fue el dolor, y el sangrado. Matilda estuvo todo el camino ajustándole su torniquete y presionando la herida, pero lo que podía hacer dadas las circunstancias era en realidad mínimo.

El refugio de Charlie y sus acompañantes era por supuesto una vieja bodega en un sector industrial; las siempre confiables bodegas amplias, apartadas, discretas y económicas (si no es que optaban por simplemente entrar a la fuerza a una que se viera inutilizada desde hace mucho). Charlie ingresó con rapidez la camioneta por la rampa principal, la estacionó y luego se bajó apresurada para cerrar la cortina de acero de nuevo; no sin antes echar un vistazo rápido alrededor para asegurarse de que nadie los estuviera vigilando o siguiendo. Todo parecía despejado, al menos a simple vista. Bajó de un jalón la cortina, y le puso rápidamente un doble candado.

Sólo hasta que ya estuvieron encerrados, y con la aparente sensación de seguridad, Charlie encendió los interruptores de los tubos fluorescentes del techo, alumbrando todo el interior con luz blanca.

Gran parte de la bodega estaba vacía cuando llegaron, salvo por unas cuantas cajas arrumbadas en un rincón, una vieja cocineta con una mesa redonda y cuatro sillas, un viejo sillón con agujeros pero que luego de una sacudida ya no estuvo tan mal, y un baño bastante rudimentario. Ellas habían guardado ahí su otra camioneta, la misma en la que habían viajado hasta ahí, la motocicleta de Charlie, un par de frigobars para comida y bebidas (en especial bebidas),  y tres camas plegables para dormir aunque fuera un poco cómodas.

—Hogar, dulce hogar temporal —murmuró con algo de amargura. De seguro no había comparación con el bonito pent-house de Thorn, pero al menos servía a su propósito. Además, Charlie había pasado bastantes noches en sitios como ese a lo largo de su vida, así que no tenía de qué quejarse.

Se dirigió apresurada a la parte trasera de la camioneta y abrió las puertas por completo para que sus ocupantes pudieran bajarse (o al menos lo que podían caminar).

—Ayúdame, tenemos que bajarlo y recostarlo en algún sitio —le indicó Matilda a Charlie, estando sentada a lado de Cole mientras presionaba su pierna.

—Bajen primero a las niñas, yo estoy bien —indicó con un tono que intentó sonar firme. Y de hecho parecía calmado, incluso sonreía, a pesar de que su frente lucía aperlada por sudor, y de vez en cuando se le escapaba un discreto quejido de molestia.

—Será mejor que hagamos eso —secundó Charlie, y de inmediato se subió al auto para tomar a Abra en sus brazos. La adolescente no opuso resistencia alguna, y Charlie prácticamente la arrastró fuera de la camioneta como un simple costal.

Matilda vaciló un poco. Observó a Samara recostada a su lado, casi perdiéndose entre sus largos cabellos negros que asemejaban a una manta oscura que la cubría. Había visto lo que hizo con la mano de Cole, y aunque no comprendía con exactitud cómo lo había hecho, si las cosas empeoraban era probable que ella fuera la única que pudiera salvarle la pierna al detective. Aunque claro, primero tenía que sacarle la bala e intentar tratarla lo mejor posible.

—Enseguida vuelvo, Cole —le informó Matilda a su nuevo paciente, mirándolo con dureza a los ojos—. Intenta mantener esto presionado lo más posible, ¿de acuerdo?

—Lo haré como si mi vida dependiera de ello —bromeó Cole, colocando sus dos manos contra el paño, ya casi complemente húmedo por su sangre, que Matilda presionaba contra su herida. A Matilda no le dio gracia el comentario, pero no podía detenerse a criticarlo. El hecho de que aún mantuviera el buen humor era de cierta forma buena señal.

Matilda tomó a Samara y la sostuvo con fuerza contra sí mientras bajaba del vehículo con un salto. Sintió como la cabeza de la niña se agitaba y rebotaba un poco contra su hombro, por lo que tuvo el instinto inmediato de sostenerla por detrás con una mano. Avanzó entonces con la niña en brazos detrás de Charlie hacia el área en donde estaban las tres camas plegables, con apenas una sábana cubriendo cada una y lo que supuso Matilda era algún tipo de almohada improvisada.

—Recostemos a las bellas durmientes aquí —le indicó Charlie, mientras colocaba con particular delicadeza a Abra en la cama del extremo derecho. La joven quedó bocarriba, aunque su cabeza se ladeó un poco hacia un lado en cuanto Charlie la soltó.

Matilda colocó a Samara en la cama de en medio con el mismo cuidado, colocando también su cabeza sobre la almohada. Samara se quedó quieta en su sitio, respirando lentamente, con sus ojitos cerrados y sus labios apenas un poco separados. Se veía muy tranquila. Al parecer ninguna pesadilla acosaba su sueño; al menos no de momento…

—Enseguida vuelvo, Samara —le susurró muy despacio, y entonces se inclinó hacia ella para darle un pequeño beso en su frente. Al instante siguiente se cuestionó por qué lo había hecho, pues había sido casi una acción refleja. Aquello la destanteó un poco, pero no tenía tiempo para perderse demasiado en eso.

Se irguió, se giró hacia la tercera cama, y con tan sólo mirarla ésta comenzó a arrastrarse por el suelo hacia el espacio entre el viejo sillón y la descuidada mesa de la cocina; un área más despejada, y sobre todo mejor iluminada. Charlie saltó un poco al ver la cama moverse de esa forma, aunque tampoco pareció del todo asustada o sorprendida después; ciertamente eso no era cosa nueva para ella.

Matilda se dirigió entones rápidamente de regreso a la camioneta. Charlie fue detrás de ella con la intención de ayudarla a bajar al herido, pero fue evidente que no la necesitaba.

—Esto se va a sentir raro, pero permanece tranquilo, por favor —le advirtió Matilda a Cole, y antes de que éste pudiera preguntarle de qué hablaba, su cuerpo se elevó del suelo de la camioneta y comenzó a flotar por el aire y a salir lentamente del vehículo, siempre con la mirada de la psiquiatra fija en él.

—Sí, es bastante raro —musitó Cole, entre asustado y asombrado.

Charlie silbó un poco, admirada al ver con qué control la mujer castaña movía con su telequinesis a aquel individuo, acercándolo casi dulcemente hacia la tercera camilla vacía. Ella, por su parte, se subió a la camioneta para ayudar a Kali a bajarse.

—¿Tú cómo estás, anciana? —Le cuestionó con tono burlón mientras acercaba la silla de ruedas a la puerta. La mujer en ella abrió los ojos y la miró de lado, aunque sus labios dibujaban una sutil sonrisa.

—Aún sigo aquí —murmuró despacio, pasándose justo después el dorso de su mano por su nariz. Algo de sangre casi seca se le pego a la piel, y se la terminó limpiando contra su pantalón.

Para cuando Charlie y Kali llegaron a la que al parecer sería su nueva sala de operaciones, Matilda ya había colocado a Cole sobre la cama. Éste pareció sentir mucho dolor al tener que recostarse y cambiar de posición, pero también algo de alivio. Charlie dejó a su amiga con ellos un rato, y luego se dirigió de nuevo a la camioneta para inspeccionarla.

Matilda suspiró y se tomó sólo un segundo para intentar recuperar la claridad mental. La cabeza le seguía doliendo un poco, pero nada que no pudiera manejar. Una vez que estuvo lista se aproximó a la camilla, se puso de rodillas a su lado, desató sólo un poco el torniquete y lo subió para poder ver la herida directamente. Era básicamente un pequeño círculo casi perfecto en la piel de su muslo, rodeada de rojo como si le hubieran dado un mal brochazo de pintura.

—¿Cómo va el dolor? —Cuestionó con voz serena, mientras recorría sus dedos por su muslo, presionando algunos puntos de su piel. Cole no pudo evitar respingar en al menos un par de dichas presionas.

—He sentido cosas peores —musitó Cole, intentando sonreír despreocupado.

Su piel se sentía bien, y estaba lo suficientemente consciente como para seguir siendo… bueno, él mismo. Eran buenas señales. Pero el sangrado y la bala aún dentro seguían preocupando a la Dra. Honey.

—Esto estaba en la camioneta —comentó Charlie al volverse a aproximar. Alzó sus manos para que ambos pudieran ver lo que sostenía: una billetera y un teléfono celular que le pertenecían a Cole, y que Matilda le había sacado de su pantalón para que pudiera estar más cómodo, y un pequeño bolso café propiedad de la psiquiatra. Al menos Matilda sí sintió un poco de alivio al ver su bolso, pues prácticamente se había olvidado de él con todo el ajetreo. Hubiera sido muy problemático haberlo extraviado en aquel pent-house.

—Gracias, ¿podrías ponerlos por ahí? —Murmuró la castaña, señalando hacia la mesa de la cocina, y Charlie así lo hizo—. ¿Tienen un botiquín de primeros auxilios? ¿Alcohol o lo que sea?

—Un poco de todo eso —asintió Charlie, y de inmediato se dirigió de regreso a la camioneta.

Kali, al parecer ya más recuperada, aproximó su silla a un costado de la camilla, mirando sobre la cabeza de Matilda a la herida en el muslo de Cole.

—No se ve tan mal —musitó Eight, sonando un poco jocosa al decirlo—. Debería mostrarte la cicatriz que me dejó la que aún tengo alojada en mi espalda.

—Por favor, denle espacio —solicitó Matilda intentando sonar lo más cortés posible. Kali se encogió de hombros y retrocedió unos metros para así darle su espacio.

Charlie se aproximó un poco después con una pequeña caja blanca con una cruz roja en la tapa y se la pasó. Matilda la abrió y esculcó en su contenido. Todo era bastante estándar, por decirlo de una forma. Algunas gazas y venda adhesivas, una botella de agua oxigenada, que al sostenerla se dio cuenta que debía quedar poco menos de la mitad, una caja de paracetamol (vacía), otra de medicinas para el estómago (con cuatro pastillas), algodones… y nada más. Ni guantes, ni mascarilla, tijeras, alcohol medicinal, y menos hilo.

La mirada de desaprobación con la que la psiquiatra miró a Charlie justo después le dejó muy claro su sentir. Ésta, sin embargo, sólo se encogió de hombros con cierta resignación.

—Se nos ha pasado resurtirlo, lo siento —murmuró, notándose un pequeño rastro de vergüenza por debajo de su desinterés—. Pero si quieres alcohol, tengo una botella de whiskey sin abrir en la alforja de mi motocicleta.

—Yo te aceptaré un poco de ese —mencionó Cole de golpe, alzando una mano, y Charlie se dirigió apresurada hacia la moto antes de que Matilda pudiera decir algo en contra—. Y también me vendría bien un cigarrillo… Qué mal momento elegí para comenzar a dejarlo.

—Para eso están los amigos —masculló Kali a su lado, y justo después ella misma sacó la cajetilla del bolsillo de su camisa. Colocó un cigarrillo en su boca y le extendió uno más a Cole. Éste ciertamente se sintió bastante tentado a tomarlo.

—Ni se te ocurra —masculló Matilda, sonando casi como una reprimenda. Su sola mirada endurecida persuadió a Cole de aceptar el amable ofrecimiento—. Cole, como doctora es mi deber decirte que lo mejor que pudiéramos hacer por ti es llevarte a un hospital —añadió un instante después con voz solemne.

—No creo que sea lo más recomendable dadas las circunstancias, ¿o sí? —Respondió Cole con humor—. Un policía de Filadelfia que entra a un hospital con una herida de bala que no puede explicar… eso haría que se hicieran muchas preguntas que no creo estemos listos para responder. Eso sin contar que quizás estén justo buscando a alguien con mi descripción… en cada sala de emergencias para estos momentos.

—Es cierto —secundó Charlie, aproximándose con la tentadora botella de whiskey en las manos—. Ir a un hospital en estos momentos sería un error. Mejor mándalo directo a las celdas del LAPD, y te ahorras un viaje. Bebe, vaquero.

Con inusual compañerismo en sus ademanes, Charlie le pasó la botella a Cole, que apenas y la atrapó entre sus manos. Se sentó como pudo apoyándose en un codo, desenroscó la tapa y dio un trago tímido, aunque generoso, de la botella. Soltó un pequeño quejido que casi sonó doloroso, pero en realidad era bastante placentero.

—Está bueno —musitó despacio mientras volvía a tapar la botella—. Hay que ver el lado positivo en esto… no sólo recibí mi primer disparo, sino que además me sacarán la bala en una operación clandestina en una bodega escondida. El paquete completo de héroe de acción, ¿no creen?

—Lo que tú digas —murmuró Charlie un poco irónica, dándole un par de palmadas de apoyo en el hombro.

—Sí, sobre eso de la operación… —murmuró Matilda con un sombrío desánimo que casi le borró a Cole su sonrisa.

La psiquiatra se alzó y luego se agachó justo a un lado del detective para mirarlo directamente a sus ojos. Su semblante era sereno, casi estoico, digno de cualquier médico en control de sus sentimientos al momento de hablar con su paciente. Sin embargo, si Cole observaba con más cuidado la profundidad de sus ojos, podía apreciar rastros de la profunda preocupación que la poseía. Esto fue algo que sin lugar a duda lo puso nervioso, aunque también un poco feliz.

—Escucha, la realidad es ésta —pronunció Matilda con voz clara y firme, sin despegar su vista de él ni un instante—. No tengo el equipo adecuado para tratarte de la forma convencional. No tengo pinzas, no tengo un bisturí, ni hilo para coserte, ni siquiera guantes de látex; y este ambiente está lejos de estar esterilizado. Operarte aquí como tal es básicamente una fantasía. Lo más que puedo hacer de momento es intentar sacarte la bala. Pero para hacerlo, la única alternativa que me queda es hacer algo muy poco ortodoxo, doloroso… y peligroso.

Al pronunciar aquella advertencia, hizo principal énfasis en su última palabra, aunque gran parte de la mente de Cole divagó en la anterior a esa. Aunque claro, no le sorprendió que su vida tuviera que depender de algo doloroso y peligroso; de otra forma sería demasiado sencillo, ¿cierto? Pero si tenía que ponerse en las manos de alguien para ello, no se le ocurría nadie mejor que la impresionante mujer de intensa y decidida mirada que tenía delante de él.

—Confío en ti, Matilda —declaró Cole, forzándose a volver a sonreír—. Sea lo que sea que hagas, sé que saldrá bien.

Matilda suspiró, al parecer no del todo tranquila por su respuesta, sino quizás incluso un poco más presionada. Se levantó entonces y se posicionó de regreso a la altura del muslo herido. Tomó un algodón del botiquín, lo cubrió de agua oxigenada, y comenzó con él a limpiar el área alrededor de la herida. El respingo de dolor que le provocó aquel tacto hizo que Cole se volviera un poco más consciente de la “realidad” de la cual Matilda acababa de hablarle.

—Pero, sólo para saber… ¿qué harás con exactitud? —le preguntó con voz risueña, y ligeramente temblorosa.

Matilda guardó silencio. Siguió limpiando la herida lo mejor posible, y luego dejó el algodón a un lado. Respiró hondo, colocó una mano sobre el sensible muslo del detective, y observó fijamente el orificio circular en su piel.

—¿Tú qué crees? —Le susurró con severidad. Y esas solas palabras, tan enigmáticas como pudieran parecer, fueron suficiente para que tanto Cole como las dos mujeres que observaban, se dieran una idea de lo que estaba por ocurrir.

—¿Usarás tu telequinesis? —Cuestionó Cole, por igual sorprendido y espantado por la idea—. Pero… ¿acaso puedes mover algo que no puedes ver?

Aquella fue la forma menos alarmante en la que se le ocurrió hacer dicha pregunta. Su mayor preocupación, en realidad, era saber si acaso podía sacarle sólo la bala del cuerpo… sin llevarse nada más de paso.

—Sí es posible hacerlo —intervino Charlie, antes de que Matilda respondiera—. El me sacó una hace tiempo también. No fue una experiencia agradable, pero sigo aquí.

—¿Eleven lo hizo? —Cuestionó Cole, un poco escéptico.

—Sí, ella me enseñó cómo —musitó Matilda con seriedad—. No a sacar balas de un cuerpo obviamente, pero sí cómo mover un objeto fuera de mi rango de visión. En realidad, no es necesario verlo con tus ojos; esa es una limitante mental autoimpuesta. Sólo ocupas conocer la posición exacta del objeto con respecto a ti, y entonces dejar que tu mente lo visualicé y lo jale en la dirección que requieres. Y en este caso en particular, para lograr determinar la posición de la bala… —hizo una pequeña pausa, pero casi de inmediato prosiguió—: tendré que meter mi dedo en tu herida, hasta lograr tocarla con éste.

Los ojos de Cole se abrieron de par en par como dos enormes lunas. Y si acaso le quedaba un poco de color en sus mejillas, en ese momento justo éste se difuminó para dar paso a una pálida expresión de espanto.

—Sí, mi dedo en tu herida —repitió Matilda con sequedad, para dejar bastante claro lo que intentaba decir—. Y sí, será doloroso y muy incómodo, pero la parte peligrosa viene después. Necesitó sacar la bala por el agujero de entrada con precisión milimétrica, para no hacer más daño del que ya hizo; como rasgarte una artería y que ahora sí mueras desangrado. Puedo intentar también comprimirla un poco con mi telequinesis para que ocupe menos espacio al salir, pero sólo un poco. Así que pase lo que pase, necesitaré que no te muevas en lo absoluto. ¿Me entendiste?

—Lamentablemente, sí —masculló Cole con voz temblorosa—. Creo que mi confianza no es tan sólida como pensé… Quizás…

—Tranquilo, muchacho —intervino Charlie en ese momento, parándose detrás de él para tomarlo firmemente de los hombros con ambas manos—. Cálmate, respira, y bebe un poco más para tomar valor, ¿quieres?

Cole miró de reojo hacia la botella de Whiskey aún en su mano; casi se había olvidado de ella. Sin embargo, cuando fue consciente una vez más de su presencia, la desenroscó y dio en esta ocasión un largo trago que pasó casi raspándole la garganta. Suspiró con cierto alivio una vez que dio su trago, y volvió a cerrar la botella.

—Adelante, Matilda —asintió el detective con la mayor firmeza que le era posible.

—Hazlo, yo te lo sostengo —añadió Charlie, y justo después rodeó al hombre herido con sus brazos, dándole un apretón bastante fuerte en realidad. Si no impedía que se moviera por completo, al menos de seguro lo haría en gran medida.

Matilda respiró profundo por su nariz, y exhaló lentamente por su boca. Repitió lo mismo unas tres veces, en un intento de despejar su mente lo más posible. La flama que adornaba la estufa de su mente comenzó a atenuarse poco a poco, hasta llegar a su más baja capacidad, en donde regularmente solía estar. Necesitaba mucha más precisión que fuerza bruta en esa ocasión.

Se acomodó justo a un lado del muslo de Cole, examinó unos segundos más la herida de bala, y sin mucha ceremonia y advertencia comenzó a introducir el dedo medio de su mano derecha en él, arrastrándose por el agujero de piel, músculo y sangre como un gusano invasor.

—¡¡Aaaaah!! —Soltó Cole de golpe al sentir un profundo dolor ante la repentina intromisión. Y quizás hubiera tenido el impulso de brincar de la camilla, sino fuera porque Charlie lo apretó aún más fuerte para evitar que hiciera algo más que gritar.

—Tranquilo, ahí voy —musitó Matilda, con una tranquilidad que a Cole de hecho le resultaba incluso un poco inquietante.

Había dicho que aquello sería doloroso e incómodo, y en efecto lo fue; ambas cosas y más. Pero Matilda estaba demasiado concentrada en su difícil labor del momento como para preocuparse por la incomodidad de su paciente.

Aunque lo cierto era que aquello tampoco era del todo agradable para ella. Pese a sus entrenamientos y estudios en medicina, ella era psiquiatra, y se había dedicado casi toda su vida profesional a eso. Y no lo había hecho con la intención consciente de no tener que meter sus dedos en las heridas de la gente, pero dada la situación actual le parecía un motivo bastante válido para haber elegido dicha rama.

Pero cuando alguien la necesitaba, en especial un amigo resplandeciente, se sentía con el deber ineludible de mancharse un poco las manos de sangre.

Luego de varios segundos en los que su dedo inquieto estuvo explorando la cavidad de aquella herida, y una serie más de quejidos y respingos de Cole (en especial al tocar un nervio en su travesía), al fin la punta de su dedo toco algo duro y metálico, frío a pesar de todo el calor que lo rodeaba en esos momentos.

—La tengo, la encontré —murmuró despacio, no muy triunfal o regocijante, pero al menos sí positiva—. Ahora viene la parte difícil, ¿de acuerdo?

Cole sólo asintió lentamente, apenas siendo capaz de moverse. Su rostro estaba incluso más pálido que antes, y cubierto de sudor. Su respiración igualmente se había agitado un poco. A Matilda le gustaría realmente terminar lo más rápido posible con todo eso, pero no podía apresurar ni un poco el proceso si quería que eso resultara mínimamente satisfactorio.

Teniendo ya su dedo en contacto directo con la bala, intentó dibujar en su mente la imagen completa de ésta, su posición, su color, su tamaño… prácticamente como si tuviera visión de Rayos X y pudiera visualizar a través de la piel de Cole, hasta fijar su mirada en aquel objeto que no debería estar ahí.

Le tomó tiempo, quizás demasiado desde la perspectiva del paciente. Pero una vez que sintió que la tenía clara en su cabeza, comenzó entonces a intentar comprimirla justo como había dicho. Visualmente quizás aquello se vería como si tomara la bala entre sus dedos y la apretara hasta achicarla. Aunque claro, si acaso intentara eso con sus dedos físicos, no podría hacerle ni una rajadura a ese pequeño objeto de hierro y acero. Pero la fuerza de su telequinesis era bastante mayor; incluso para aplastar un autobús hasta retorcer su estructura… como Carrie lo había hecho aquella tarde hace mucho tiempo.

Pudo sentir como la bala era comprimida poco a poco, hasta tomar una forma más delgada y alargada. No había cambiado mucho en realidad, pero tendría que bastar. Así que sin más espera, comenzó a sacar su dedo lentamente del agujero. Y al mismo tiempo que su dedo se movía, la bala deformada la seguía sólo unos cuantos milímetros detrás.

Cole tembló un poco, y soltó unos pequeños alaridos que sonaban más a incomodidad que dolor; tal vez incluso similares a quejidos de cosquillas.

—Qué no te muevas, te dijeron —pronunció Charlie como reprimenda, sujetando a Cole aún más fuerte contra sí. El policía enserio intentaba no moverse como le indicaban, pero era mucho más fácil decirlo que hacerlo.

El dedo de Matilda se fue retirando poco a poco, y el objeto invasor con él. La punta del dedo salió primero, totalmente rojo y dejando un viscoso rastro entre la herida y éste. Un segundo después, el pequeño objeto metálico que estaban buscando salió prácticamente disparado en el aire, dejando el cuerpo de Cole que se estremeció por esa última desagradable sensación. Matilda atrapó rápidamente la bala en el aire con su mano, y luego la contempló en su palma.

—¡Listo!, la tengo —exclamó con fuerza, ahora sí dejando en evidencia su felicidad.

Charlie soltó en ese momento a Cole, y lo ayudó a recostarse con cuidado de regreso en la camilla. La ayuda fue agradecida, pues de no haber sido así se hubiera dejado caer de golpe sin medir la menor consecuencia. Una vez Cole estuvo tranquilamente recostado y con su mirada nublada puesta en el alto techo de la bodega, Charlie se aproximó a un costado de Matilda para contemplar la bala en su mano, como un pequeño trofeo.

—Impresionante —dijo con cierto orgullo en su tono—. Ahora veo porque eres su favorita.

Matilda la miró de reojo con desaprobación por su comentario. Supo de inmediato que hablaba de Eleven. Ese chiste sobre ser la “favorita” se había vuelto viejo demasiado pronto. Y ahora incluso se lo decían personas que nunca había visto antes.

—¿Ya puedo desmayarme, doctora? —Pronunció Cole con debilidad, sonando precisamente ya cerca de la inconsciencia.

—En un minuto —respondió Matilda, dejando caer la bala al suelo para enfocarse de nuevo en el agujero redondo aún abierto en el muslo de su amigo—. Ahora necesitamos cerrar esta herida de alguna forma para que deje de sangrar, pero no tengo nada… Déjame pensar en algo…

—Yo me encargo —indicó Charlie de pronto, y con cuidado empujó a Matilda a un lado para posicionarse justo en su sitio y poder contemplar de cerca la infame herida muy, muy fijamente…

Antes de que Matilda o Cole pudieran cuestionarle qué pensaba hacer, o incluso pudieran hacer el intento de detenerla, Cole comenzó a sentir un calor en su pierna que fue subiendo gradualmente, hasta convertirse en uno intenso y doloroso.

—¡Aaaaah!, ¡oye! —Exclamó Cole, sentándose de inmediato inspirado por el dolor punzante. Tuvo la iniciativa de apartar su pierna de ella, pero Charlie la tomó con fuerza para evitarlo; todo eso sin apartar sus concentración del agujero.

La carne en torno a la herida comenzó a quemarse y soltar humo. Y en cuestión de segundo, el agujero quedó cauterizado, dejando una mancha rosada rodeada de rojo.

Una vez concluida su labor, Charlie sonrió satisfecha y se puso de pie.

—Listo, como en el viejo oeste, vaquero —musitó triunfal, y al pasar a lado de Cole le dio un par de palmadas en su hombro.

Cole se dejó caer hacia atrás en la camilla, aturdido por todo el dolor que lo habían invadido en cuestión de minutos. Por suerte, lo peor estaba pasando poco a poco, y en su lugar dejaba un ardor y comezón muy incómodos. Pero aún se sentía débil; quizás más mental que físicamente.

Matilda se aproximó cautelosa a ver la herida, revisando que en efecto se había cerrado. Claro, el daño interno seguía presente, pero al menos el daño exterior estaba controlado… por el momento.

—No es lo ideal, pero al menos servirá por ahora —indicó Matilda con seriedad, contemplando de reojo a Charlie. Ésta había ido caminando directo a uno de los pequeños refrigeradores para sacar unas cervezas.

¿En verdad había logrado cauterizar la herida sólo con el poder de su mente? Eso explicaba las explosiones y la activación de la alarma antiincendios en el vestíbulo del edificio de Thorn. Si era en efecto algo como lo que Matilda estaba pensado, sería quizás lo más cercano a la teórica habilidad de la piroquinesis que le hubiera tocado ver en persona. Aun así, sospechaba que se trataba de algo diferente a eso… y más complejo.

—Gracias, Matilda —escuchó a Cole musitar despacio, llamando de nuevo su atención hacia él. El hombre rubio la observaba con una sonrisa débil, y extendía una mano hacia ella como le era posible—. Me salvaste… en más de una ocasión el día de hoy.

—Alguien tiene que hacerlo, al parecer —indicó Matilda con cierto humor. Tomó entonces su mano entre las suyas, estrechándola con fuerza—. Ir a ese sitio tú solo fue muy irresponsable y estúpido de tu parte. Pero sé que lo hiciste por Samara, y por mí… Así que gracias…

Matilda alzó despacio su mirada hacia los otros catres, especialmente en el que reposaba Samara.

—Por tu estupidez, logramos salvarla —indicó Matilda, notándose incluso orgullo en su voz.

Sin embargo, Cole no se sentía del todo contento u orgulloso por su gratitud. Y no era porque lo hubiera llamado estúpido o irresponsable, que quizás sí era ambas cosas. Ni tampoco porque fuera imposible para él sentirse feliz con esa herida en su pierna o por la “operación” tan improvisada. En realidad no podía sentirse feliz por haber “salvado” a Samara, pues sabía muy bien que en realidad no estaban precisamente cerca de lograr tal cosa. Y cuando giró su cabeza para contemplar a la niña, recostada plácidamente cerca de él… no pudo evitar que sus sentidos siguieran percibiendo esa neblina oscura y densa que la rodeaba, como un sofocante abrigo.

—No la salvamos del todo, Matilda —musitó Cole con pesadez—. Tú misma viste lo que le pasó ahí. Ya no puedes negar que…

Matilda alzó en ese momento una mano hacia su compañero, indicándole con una simple instrucción que se detuviera de decir lo que estaba pensando en ese momento. Cole, por mero reflejo, así lo hizo.

—Hablemos de eso después, por favor —musitó Matilda, sonando extrañamente suplicante para Cole—. Por ahora sólo intenta descansar un poco, ¿quieres?

—Lo intentaré, doctora —asintió el policía, acomodándose lo mejor que pudo en el catre. Sus ojos se fueron cerrando sin mucha oposición, pues de hecho parecían más que ansiosos por hacerlo desde hace rato.

Matilda no supo identificar si ya estaba dormido cuando colocó cuidadosamente su mano de regreso a su costado, o cuando ella se apartó de la camilla caminando, pero definitivamente parecía más tranquilo.

Charlie se había sentado en la mesa de la cocina con una cerveza en su mano de la cual daba pequeños sorbos. Kali se había acercado a su lado, y tenía también su propia cerveza en mano. Ambas contemplaron a Matilda, aproximándose a ellas con sus hombros caídos, y rostro ligeramente demacrado por el cansancio.

—Siéntate un segundo, chica —indicó Charlie, señalando con su botella a una de las sillas vacías—. Tú también necesitas descansar. Tienes cara de que te va a explotar la cabeza en cualquier momento.

Justo así era como Matilda se estaba sintiendo en esos momentos, así que sin protestar mucho se dejó caer en la silla. Un instante después, se sorprendió a sí misma al notar su mano presionada contra su hombro derecho. Sólo hasta entonces fue consciente de que su propia herida le había comenzado a doler. No lo suficiente para ser algo que ocupara su atención o preocupación, por suerte. Pero sin duda terminaría resintiendo todo el ajetreo de ese día de una u otra forma.

—¿Una cerveza? —Le ofreció Charlie, y casi de inmediato se puso de pie y se dirigió a la nevera.

—No bebo, gracias —respondió Matilda con seriedad, pero igual su anfitriona (si podía llamarla de esa forma) husmeó el interior del refrigerador en busca de algo diferente.

—Supongo que tampoco fumas —murmuró Kali, que se turnaba entre su cerveza y su cigarrillo con bastante maestría—. No habrá mucho para ti por aquí, entonces.

—Vas a hacer parecer que somos un par de viciosas —indicó Charlie como reprimenda, y se aproximó entonces a Matilda, colocando delante de ella una botella de plástico transparente—. También tenemos agua.

Matilda contempló en silencio la botella, y como pequeñas gotas se formaban en su superficie debido a lo frío que estaba. Y de pronto, para sorpresa de las dos mujeres delante de ella, se abrió los primeros botones de su blusa, y se dejó al descubierto su hombro derecho, bajándose también un poco el tirante de su sujetador. Ambas pudieron ver entonces el área enrojecida y aún visible de su herida, así como los hilos negros que se mezclaban con su piel. Tomó entonces la botella con una mano, y en lugar de beberla la pegó contra ese sitio exacto, intentando calmar con el frío un poco de la molestia que había comenzado a sentir. Ni Charlie ni Kali hicieron pregunta alguna al respecto.

—Gracias —musitó Matilda despacio, pero firme. Luego miró atenta a Charlie, y pronunció—: Necesito que me consigas algunos medicamentos para Cole; para el dolor, la inflamación y para prevenir posibles infecciones.

—Y supongo que para ti también —respondió Charlie.

—Si te queda tiempo. ¿Crees poder traérmelos?

—¿Trae su talonario de recetas, doctora?

Matilda achicó los ojos y arrugó el entrecejo en una expresión reflexiva al tiempo que hacía memoria. Miró disimuladamente hacia su bolso, colocado sobre la mesa delante de ella, y por un momento pensó que podría traer su talonario ahí. Sin embargo, tenía una imagen mucho más clara de éste guardado en el cajón de su buró, a lado de su cama en la residencia Honey. Así que era más probable que se encontrara aún ahí.

—No… —murmuró con algo de pesar.

—Sin una receta real será complicado —indicó Charlie, mientras se tallaba su barbilla con dos dedos—. Pero tengo mis métodos. ¿Qué medicamentos ocupas?

—¿Tienen papel y una pluma?

—A lado de mi computadora creo que tengo una libreta y un bolígrafo —indicó Kali, señalando hacia la camioneta, y Charlie se dispuso a ir en su búsqueda.

Durante el rato que la mujer rubia se fue, Matilda y la mujer en silla de ruedas permanecieron en silencio. La psiquiatra siguió sujetando la botella fría contra su hombro unos segundos más, pero luego pasó a al fin abrirla y dar un trago de ella. Se volvió a su vez consciente que de sí tenía sed… y algo de hambre.

Charlie volvió un poco después con la libreta y el bolígrafo en manos, y los colocó en la mesa frente a ella. Matilda dejó de lado la botella unos momentos y pasó rápidamente a escribir la lista de medicamentos; los primeros tres para Cole, y luego sólo un antinflamatorio leve para ella. Añadió a la lista un paquete de guantes de látex y alcohol médico, por si acaso. Pensó además si quizás agregar algo para Samara o la otra chica inconsciente, pero no se le ocurrió nada que pudiera ayudarlas dado el desconocimiento de su estado real. Quizás a lo mucho si alguna tenía dolor al despertar, el mismo analgésico les ayudaría.

Cuando le pasó la lista a Charlie para que la viera, ésta sólo asintió, al parecer confiada en poder cumplir con el encargo.

—Sólo no te expongas demasiado —le indicó Kali, severa—. La ciudad debe ser un caos en estos momentos.

—No lo haré, mamá —respondió Charlie con tono sarcástico, mientras doblaba la hoja de papel y la guardaba en uno de los bolsillos de su chaqueta.

Antes de retirarse, le echó una mirada rápida a Cole, recostado no muy lejos de ellas, pero evidentemente completamente dormido (o inconsciente sería más acertado).

—Ese chico está loco por ti, ¿lo sabías? —Señaló de pronto, mirando a Matilda con picaría.

Matilda alzó su mirada hacia ella, y luego miró con seriedad a Cole; sólo un segundo, antes de virarse de nuevo a su botella de agua.

—Sí, lo sé —pronunció con asombrosa estoicidad, tomando por sorpresa tanto a Charlie como a Kali.

—No era la respuesta que me esperaba —musitó Eight, genuinamente curiosa

—Bueno, más bien lo supongo —añadió Matilda, dando justo después otro pequeño trago de su botella—. Eso explicaría porque siempre se ha portado tan bien conmigo, a pesar de que yo lo he tratado siempre tan mal.

No tenía idea de por qué estaba hablando de eso con dos mujeres que justo acababa de conocer; ni siquiera estaba del todo segura de porque estaba ahí sentada con ellas, tomando agua con total confianza. Bien podrían ser nuevos enemigos en potencia, y esa botella incluso haber tenido algún tipo de droga. Matilda definitivamente no solía ser así de descuidada.

Pero el día… semana… mes… había sido tan loco, que ya en esos momentos su mente no deseaba pensar en más de lo que fuera estrictamente necesario pensar. Quizás por eso mismo, le daba un poco igual abrirse sobre ese tema; o, quizás, abrirse sobre ese tema era justo lo que deseaba hacer, desde la noche anterior y tras esa visita espontanea de Cole a su casa.

—¿Y a ti te gusta? —Preguntó Charlie tras un rato, apoyándose en la mesa para verla de más cerca. Su curiosidad de reportera parecía traicionarla.

Matilda simplemente se encogió de hombro, arrepintiéndose justo después por el repentino dolor que le vino justo al hacerlo.

—Por ahora sólo me interesa poner a Samara y a él a salvo. Si es que aún es posible.

—Bien, entonces iré de una vez por tus medicinas —indicó Charlie, dejando (de momento) el tema de lado—. Mientras tanto, Kali te pondrá al día. ¿Puedes, amiga?

—¿Tienes un par de semanas? —Bromeó la mujer en silla de ruedas, soltando algo de humo por la boca—. Son muchos años de historia que contar.

Charlie le guiñó un ojo con complicidad, y entonces se dirigió sin apuro hacia su motocicleta, cubierta en esos momentos con una larga manta blanca, misma que la mujer de chaqueta negra retiró de un jalón para revelar la imponente máquina que se ocultaba debajo. La colocó entonces en neutral y la rodó hasta una salida opuesta a la que habían usado para entrar, y se perdió rápidamente de la visa expectante de Matilda y Kali. Cuando se escuchó a lo lejos el sonido del motor enciéndase y luego alejándose, Matilda fijó de nuevo su atención en a mujer delante de ella.

—Bueno, sé quién eres tú, o al menos lo que El me llegó a contar de ti —musitó con seriedad, casi como si estuviera dando una declaración ante la policía—. Eres Kali Prasad, alias Eight. Sé que al igual que Eleven, fuiste parte de los experimentos secretos que el gobierno llevó a cabo en los 70’s y 80’s, y que dieron como resultado, deseado o no, la aparición de diferentes individuos con un poderoso, aunque inestable, resplandor. Sé que fuiste muy cercana a Eleven; ella incluso te nombra como su hermana cuando habla de ti. Y sé que estuviste involucrada en la creación inicial de la Fundación, pero que te separaste ésta por… diferencias de opiniones sobre el rumbo que debía seguir.

Aunque Eleven nunca había profundizado demasiado sobre cuáles habían sido exactamente esas “diferencias de opiniones.” De hecho, salvo por sus habilidades de ilusionista que Eleven siempre usaba de ejemplo, lo que acababa de describir abarcaba casi todo lo que conocía de ese misterioso personaje. Y aunque ninguna de las dos era capaz de leer la mente, Matilda percibió que la mujer delante de ella se había percatado de esto.

—Es un resumen bastante escueto de toda mi persona —musitó Kali con humor, seguida de un sorbo de su cerveza—. Pero acertado en cierta forma. ¿Qué hay de Ricitos de Oro y sus ojos de fuego? ¿El nunca te contó de ella?

Matilda miró de reojo en la dirección en la cual Charlie se había ido, casi como si esperara verla aún ahí de pie con su motocicleta; por supuesto, no era así.

—De esa mujer no estoy segura, pero… —miró sutilmente sobre su hombro, hacia la joven rubia dormida en la cama a lado de Samara—. Sí me mencionó hace poco que estaba buscando a alguien de nombre Abra. ¿Es esa chica?

—Ni idea, pero en efecto esa muchacha se llama Abra —indicó Kali, señalando con su botella hacia la susodicha—. Es una jovencita tan hábil y fuerte como lo fue El a su edad, o incluso más. Conoció a Thorn hace algún tiempo, y ambos tienen una extraña relación que no me corresponde juzgar o comprender.

Kali dio entonces una última bocanada de su cigarrillo, antes de aproximarlo al cenicero a su lado para apagarlo con algo de brusquedad.

—Y la que acaba de salir en su moto —prosiguió—, es Roberta Manders, una simple reportera de New York. Aunque claro, eso cambia si la buscas por su nombre real: Charlie McGee.

—¿Charlie McGee? —repitió Matilda con mero reflejo, arrugando de nuevo su entrecejo intrigada, pues aquello había retumbado en su cabeza por algún motivo.

—¿El nombre te suena?

—Vagamente…

—Entonces tome otra botella de agua, doctora —anunció la mujer de piel oscura, al tiempo que encendía un segundo cigarrillo—. Porqué ésta será una larga historia…

— — — —

Lejos de su improvisado escondite, aunque cada vez más cerca, los perseguidores que Damien había mandado tras Matilda, Cole, Samara y Abra, avanzaban cautelosos por la ciudad. Kurt iba manejando una de las amplias camionetas oscuras de Thorn Industries, mientras a su lado iba sentada su supuesta guía. Mabel sujetaba en su regazo el tercero de los cilindros de vapor, del cual de vez en cuando daba una pequeña bocanada pero que en esos momentos permanecía sellado. La mayor parte del tiempo estaba con sus ojos cerrados y concentrada en rastrear a sus objetivos, o eso suponía Kurt. Hasta ese momento sólo le había dado algunas vagas indicaciones, pero mayormente lo habían hecho dar vueltas por la ciudad, aproximándose poco a poco, cuadra a cuadra en dirección al norte, pero sin tener aún ninguna dirección o punto exacto al que debían de ir.

En el asiento trasero, a espaldas de Kurt, iba Esther, que había estado casi siempre mirando en silencio por su ventana, pero no perdiendo oportunidad de hacer alguno de sus sagaces comentarios si lo veía oportuno. Lily también estaba en el auto, pero en el asiento más al fondo, y sin ninguna intención de querer intercambiar palabra alguna con ninguno de ellos.

El quinto ocupante, James la Sombra, estaba sentado justo detrás de Mabel, y durante casi todo el camino no le había quitado a Kurt su agresiva mirada de encima, como si en cualquier momento fuera a lanzársele para tomar su cabeza entre sus grandes manos, y romperle el cuello sin importarle si al hacerlo hacía que se estrellaran. La presencia de ese sujeto, y adición a las otras tres que tampoco lo hacían sentir demasiado tranquilo, provocaban que el guardaespaldas de los Thorn tuviera siempre una mano en el volante, y otra más en su pistola, guardada en su funda pero sin su seguro para sacarla a la menor provocación.

Era un viaje bastante tenso, y con un peligro latente de que todo ello explotara en cualquier momento. Así que, aunque ninguno lo dijera, todos estaban de acuerdo en que lo mejor sería que toda esa cacería terminara lo antes posible. Pero la persona (o lo que fuera) de quién dependía directamente que eso ocurriera, no parecía estar teniendo los resultados esperados.

Mabel abrió los ojos lentamente, tras haberlos tenido cerrados por dos minutos seguidos en los que parecía que ni siquiera hubiera respirado. Los segundo siguientes, sin embargo, no dijo nada y siguió mirando al frente, con su atención perdida en la lejanía.

—¿Y bien? —Le cuestionó Kurt con algo de agresividad. Mabel, sin embargo, no se mutó y le respondió con asombrosa calma:

—Están cerca, lo sé. Pero aún no logró ubicarlos por completo.

Kurt chisteó, claramente incrédulo.

—¿Y si eres capaz de hacerlo en verdad? O quizás lo que pasa es que no quieres hacerlo.

—Cuidado con cómo le hablas —le amenazó James, inclinando un poco su corpulento cuerpo hacia la parte delantera.

El guardaespaldas y exmilitar reaccionó de inmediato ante su sólo movimiento, sacando sólo un poco la pistola de su funda, lo suficiente para que James pudiera apreciarla sin que cupiera duda.

—Tú eres quien debe tener cuidado, amigo —musitó Kurt, un ojo en la calle y un ojo en el Verdadero de atrás—. Mueve un dedo de más, y tu conejita es la que la paga, ¿entiendes?

James lo observó en silencio, su mirada dura como piedra. Miró entonces de reojo a Mabel, y le sorprendió un poco al notar que ésta lo miraba de regreso, negando lentamente con su cabeza. Aquella indicación fue bastante clara para él, así que de inmediato volvió a acomodarse en su asiento, pero sin dejar de mirar al conductor.

Kurt pudo también calmarse un poco, y regresar el arma a su lugar. Aunque claro, su mano derecha siguió fija en el mango de ésta.

—Pareces muy tenso, Kurt —musitó Esther de pronto, inclinándose al frente y casi apareciendo repentinamente a un lado de la cabeza del conductor. Éste se estremeció un poco por la sorpresa, y casi perdió el equilibrio del auto, aunque logró controlarlo con bastante maestría. Esther rio divertida por su reacción, y entonces siguió hablando con ese tono provocador tan propio de ella—. ¿Acaso te estresa estar rodeado de tantas personas que podrían… matarte en un parpadeo si muestras el menor signo de debilidad? ¿Por eso cargas con esa fachada de macho alfa y no sueltas tu arma ni para conducir?

—Regresa a tu lugar, fenómeno —le ordenó Kurt con brusquedad, sin interesarse mucho en medir sus palabras. La sonrisa despreocupada de Esther se esfumó un poco al oír tal comentario, aunque no del todo.

La mujer de Estonia se inclinó más hacia él, colocando una mano sobre su hombro, y sus labios muy cerca de su oído para poder susurrarle:

—Relájate, estás entre amigos…

Kurt se estremeció casi como si le hubieran dado un zape con toda la palma en la cabeza, y de inmediato empujó a Esther haca atrás para alejarla de él. Ésta volvió a su asiento como él quería, pero antes de hacerlo del todo echó un vistazo al tablero y lanzó un último comentario al aire:

—Y deberías echar gasolina, ¿sabes?

Aquello obligó a Kurt a bajar su mirada hacia el indicador de la gasolina en el tablero. En efecto, la aguja roja estaba ya casi rebasando el último octavo, aproximándose a la peligrosa “E” al extremo del semicírculo. La noche anterior habían ido y venido a Malibú, así que no era de extrañarse que el tanque ocupara recarga.

Un poco a regañadientes, Kurt se orilló para poder tomar una salida a la lateral y así poder ir a una gasolinera cercana. Dio con una justo unos tres minutos después, un poco más concurrida de lo que le hubiera gustado pero no era una situación para ponerse quisquilloso. Se colocó justo en la bomba número 4, apagó el motor, y entonces se giró hacia Mabel, haciendo su saco a un lado para que la mujer (o lo que fuera) viera con facilidad su arma; aunque no era como que necesitara enserio un recordatorio que estaba ahí.

—Tú vienes conmigo —pronunció Kurt con seriedad, y claramente no era una sugerencia.

—Nada de eso —saltó James de inmediato, abalanzándose al frente con la aparente intención de tomar a Kurt. Y éste, por supuesto, reaccionó al mismo tiempo para desenfundar su arma, dispuesto a volarle la tapa de su cabeza a ese sujeto sin importarle en dónde estaban; igual tenía suficiente gasolina para salir disparado de ahí de inmediato.

Aquello definitivamente parecía que terminaría mal, sino fuera por la rápida intervención de Mabel, que de inmediato se giró hacia ambos hombres, colocando una mano sobre el brazo de James, y otra más sobre el de Kurt. Ambos, con su sólo tacto sobre ellos, se quedaron quietos en su lugar; prácticamente congelados.

—Está bien, James —murmuró la Doncella despacio, con sus ojos color miel serenos y fijos en su compañero—. Está bien…

James la miró de reojo, y casi por mero reflejo fue retrocediendo hasta colocarse de nuevo en su asiento; casi como si todo el enojo que lo había poseído hubiera simplemente desaparecido.

Todo aquello ciertamente sorprendió a Esther, que observó en silencio.

Una vez que James estuvo de nuevo sentado, la atención de Mabel se viró hacia Kurt, teniendo aún su mano posicionada en su brazo. El guardaespaldas la observó intentando parecer calmado, aunque lo cierto era que su cercanía, y la intensidad de sus ojos, lo habían puesto profundamente nervioso.

—Tú das las órdenes, paleto —susurró la Doncella despacio, retirando entonces sus dedos lentamente de él—. Te sigo.

Kurt no respondió nada. Simplemente guardó de regreso su arma, y salió apresurado de la camioneta. Justo como le había indicado, Mabel bajó también, y ambos se dirigieron al interior de la tienda de autoservicio para pagar la gasolina, y quizás comprar algunas otras cosas aprovechando la parada.

—Paleto —murmuró Esther con tono jocoso—. ¿No se les ocurrió un mejor insulto?

Volteó en ese momento a ver su compañero de asiento que, por supuesto, miraba atento por la ventanilla como Mabel y Kurt ingresaban en la tienda, y se perdían de su vista. Sus hombros tensos y puños apretaban dejaron en evidencia su incomodidad y enfado por todo eso.

—¿Siempre eres tan posesivo con ella? —Musitó Esther con tono de burla—. Los perros falderos y en exceso leales tienden a aburrir a las chicas, ¿sabes? Aunque…

Esther se aproximó en ese momento, moviendo su cuerpo por el asiento hasta prácticamente pegarse contra él, cadera con cadera. Sólo hasta entonces James se viró a mirarla, sorprendido y hastiado. El pequeño cuerpo de la mujer contrastaba demasiado en comparación al grande y corpulento de la Sombra.

—A mí, alguien tan grande y varonil como tú difícilmente llegaría a aburrirme… —musitó con un tono coqueto, mientras movía sus dedos juguetones por el brazo izquierdo del hombre.

—Por favor, ¿puedes dejar de ser tan asquerosa por un segundo? —Exclamó Lily desde el asiento trasero con fastidio.

—Ah, ¿ya me hablas de nuevo? —Murmuró Esther con ironía, volteando a verla sobre su hombro un instante, aunque casi de inmediato giró su atención de regreso a James—. Ignórala, sólo es una pequeña diablilla a la que aún no le crecen los cuernos por la pubertad. Finjamos que no está aquí.

Dicho eso, Leena se tomó el atrevimiento de colocar una de sus manos sobre el muslo de James, aunque sólo logró mantenerla ahí un segundo antes de que él la tomara y la apartara con algo de brusquedad; tanto que el delgado cuerpo de la mujer se inclinó hacia un costado en su asiento.

—¿Cuál es tu maldito problema? —Cuestionó la Sombra con enojo

Esther rio divertida, apoyándose sobre su codo en el asiento, y mirándolo sobre su hombro con una expresión claramente provocadora.

—Ya sabes… lo usual. Madre muerta, padre abusador, un deseo insano de llenar mi vacío de amor con lo que pueda, y una violenta aversión al rechazo. ¿Y el tuyo?

James la contempló en absoluto silencio por un rato; y, de hecho, esa bien podría ser la primera vez que en verdad la observaba. Claro, la había seguido de cerca desde Washigton, vigilando sus movimientos hasta que llegaron a Los Ángeles. Y por supuesto, ya sabía que a pesar de su apariencia, no era ni de cerca una niña. Pero, en ese mismo instante, el Verdadero se dio cuenta de que había algo más detrás de esa fachada; algo que se sintió en su interior como una sensación fría y dolorosa…

—¿Qué demonios eres? —Soltó James de golpe, casi sin proponérselo conscientemente.

Esther sonrió, de nuevo complacida por causar una reacción tan palpable en ese hombre.

—Esperaba que ustedes pudieran decírmelo —canturreó Esther con sarcasmo—. ¿Te enseño un truco?

Se estiró en ese momento hacia el frente del vehículo, específicamente hacia el encendedor de mechero, el cual presionó con su dedo para activarlo. Se quedó en esa posición un rato hasta que se calentara lo suficiente; James la observaba con confusión. Una vez que estuvo listo, retiró el mechero de la toma y se sentó de nuevo en su sitio. La resistencia en el interior resplandecía claramente de un intenso anaranjado.

—¿Qué piensas hacer con esa cosa? —Exclamó James con cierta alarma, que de nuevo hizo que Esther riera entretenida.

—Ya te lo dije, sólo quiero mostrarte un truco…

Y sin más, la mujer de Estonia introdujo su dedo pulgar en el interior del mechero, como si de un puro se tratase. Soltó de inmediato un chillido de dolor, apretó sus ojos con fuerza y dobló su cuerpo al frente. Aun así, dejó el dedo en su lugar, hasta que el calor se fue esfumando poco a poco.

—¿Qué demonios estás haciendo, demente? —Musitó James, inseguro sobre qué era lo que estaba ocurriendo.

—Un segundo, guapo —susurró Esther, casi al borde de las lágrimas. Y entonces, sacó lentamente su dedo chamuscado y lo alzó hacia James, para que éste pudiera ver con claridad la forma oscurecida de la resistencia dibujada en su piel—. Y ahora… Tadá

Y ante los ojos incrédulos de James, la marca de quemadura se fue difuminando poco a poco, combinándose con el tono normal de su piel casi como si alguien estuviera pasando un borrador sobre una hoja. Y tras unos segundos, el dedo de aquella mujer simplemente había vuelto a la normalidad; como si nada hubiera pasado.

James observó aquello, atónito, aunque no era precisamente algo nuevo para él en realidad. Sí, en efecto ya había visto heridas curarse así de rápido antes; incluso en él mismo…

—¿Eres una Verdadera? —Preguntó la Sombra con vacilación.

—Soy bastante verdadera, cariño —le respondió Esther juguetona, y metió en ese momento su pulgar a su boca, quizás con la intención de calmar un poco el ardor que aún sentía en él—. Pero no sé a qué te refieres exactamente. Lo único que sé es que al parecer morí, y cuándo volví a la vida ya era así. Y entiendo que ustedes dos son algo parecido, ¿no es cierto?

Una vez pasada la impresión inicial, James pudo pensar mejor en lo que acababa de ver, llegando rápidamente a la conclusión de que nunca había visto algo parecido antes. Aunque en apariencia parecía similar a cuando alguno de ellos se curaba de sus heridas o rejuvenecía, esto él lo había visto únicamente en el momento en el que consumían vapor. Y, dependiendo de la gravedad de la herida, solían ocupar bastante más vapor que el usual para poder curarse por completo.

Además, lo que percibía de esa mujer, niña o lo que fuera, no era como lo que percibía en sus otros hermanos Verdaderos. Y se basaba principalmente en su olor, y esa esencia que la impregnaba. No era como la de los paletos, eso era seguro; pero definitivamente tampoco era como ellos. Así que, fuera lo que fuera esa mujer, no era una Verdadera.

—No, no somos nada parecido a eso —le respondió James con sequedad tras unos instantes de silencio, y se viró entonces rápidamente de regreso a la ventanilla.

—No eres tan interesante como guapo, ¿cierto? —Musitó Esther con ironía. Miró entonces más allá de la Sombra, notando que en efecto éste miraba de nuevo hacia la tienda—. ¿Qué tiene la tal Mabel para que le seas tan leal? —Comentó de pronto, sin recibir ningún tipo de respuesta o reacción por parte de James—. Ah, ¿coge así de bien?

Aunque en efecto fue apreciable la molestia que aquel último comentario le había causado al receptor del mismo, sorprendentemente quien tuvo la reacción más notable fue Lily, que soltó un sonoro quejido de fastidio, y justo después de dirigió a la puerta más cercana a ella para abrirla con rapidez.

—¿Qué?, ¿vas a intentar escapar de nuevo? —preguntó Esther.

—Sólo iré por un jodido chocolate —respondió Lily con brusquedad, y se bajó de la camioneta de un salto, para luego caminar con paso veloz hacia la tienda, dejando la puerta abierta detrás de ella.

—Tráeme uno —le gritó Esther con fuerza, pero Lily ni siquiera la volteó a ver.

De todas maneras no importaba.

—Al fin solos… —jugueteó aproximándose de nuevo hacia James para pegarse contra él.

En esta ocasión, sin embargo, el Verdadero fue más allá con su reacción, y no sólo la apartó de él sino que encima también se bajó del vehículo, cerrando la puerta justo después casi en la cara de Esther.

—Corrijo… —susurró despacio, acomodándose con sus dedos un par de mechones fuera del lugar—. Al fin sola…

Se sentó derecha en su lugar para esperar a que sus “compañeros” volvieran. Apoyó su cabeza contra el respaldo, y miró pensativa hacia el techo del vehículo.

— — — —

El interior de la tienda estaba bastante más concurrido de lo que el exterior podía dar a parecer; lo suficiente para que Kurt se cerrara su saco y mantuviera su arma lo menos visible posible.

Mientras el guardaespaldas hacía fila para pagar la gasolina, Mabel se tomó la libertad de alejarse un poco y caminar por los pasillos y revisar los estantes. Kurt la miró fijamente, indicándole con su sola mirada que no se le ocurriera hacer algo estúpido. Mabel sólo rodó sus ojos (de forma discreta) y caminó calmada por ahí, dando la impresión de que estaba buscando algún bocadillo para calmar su hambre. De todas formas sabía que Kurt no haría nada que fuera sospechoso con toda esa gente ahí. E igual ella no tenía pensado hacer nada “estúpido”; sólo tenía deseos de alejarse un poco de su casi captor, y despejar su mente.

Despejar su mente… sí, quizás eso era lo que necesitaba.

Caminó de manera distraída frente a los diferentes estantes y mostradores, pasando sus dedos por algunas de las superficies de estos. Pequeños destellos de recuerdos surgieron en su mente mientras hacía eso, de seguro pertenecientes a los paletos que habían estado recientemente por ahí tocando todo con sus aceitosos y regordetes dedos. Y aunque eran muchos, estos no la agobiaban en lo absoluto. Sus poderes estaban en perfecta sintonía, y su mente tan clara que podía acomodarlos de la forma adecuada para que no terminara siendo sepultada en ellos.

Hacía mucho que no se sentía así de bien; quizás no desde antes de la infección…

Pensaba también en lo que había ocurrido hace sólo unos minutos en el vehículo; como Kurt y James se habían detenido ante su sólo deseo. ¿Los había empujado para que lo hicieran solamente con su encanto natural? ¿O había sido algo más? Se sentía tentada a suponer que había sido lo segundo.

¿Era acaso gracias al vapor? Ciertamente había consumido bastante más en esos días de lo que había logrado consumir en los meses anteriores, o incluso en el último año. Pero, ¿suficiente para que los síntomas y la debilidad causados por la enfermedad desaparecieran? Temía que empezara a quizás confiarse de más, y terminara cayendo de nuevo en lo mismo…

Su mente fue jalada de golpe lejos de esos pensamientos en el momento justo en el que pasó frente a un aparador de gafas oscuras. En cuanto sus ojos se posaron en el pequeño espejo que acompañaba dicho mueble para poder verse con los diferentes modelos, además de su propio reflejo pudo ver por encima de su hombro el rostro de alguien más; el reconocible y hermoso rostro de una mujer… con su perpetua chistera adornando su cabeza.

Mabel mantuvo la calma, respirando lentamente por su nariz. Se viró discretamente para mirar de reojo sobre su hombro, esperando que al hacerlo aquella visión de ultratumba ya no estuviera ahí. Pero no fue así; de hecho, ésta incluso se atrevió a sonreírle triunfal, como un morboso saludo.

—Los tienes dando vueltas por la ciudad como gallinas sin cabeza —musitó la figura de Rose, su voz resonando con completa claridad en sus oídos. Mabel reaccionó, avanzando ahora hacia el fondo de la tienda, aunque con más prisa que antes. Rose, o lo que fuera esa visión, la siguió sólo unos pasos detrás—. ¿En verdad piensas que alguien te creerá que eres incapaz de encontrar a la mocosa con las defensas tan bajas como las tiene?

—Deja de hablarme —musitó Mabel en voz muy baja, esperando que nadie más la oyera—. Tú no estás aquí. Estás muerta…

—¡No!, ¿enserio? —Exclamó Rose con falsa sorpresa—. ¿Y la culpa de quién crees que es?

—¡No mía! —Soltó Mabel de golpe, sonando prácticamente ofendida por la evidente acusación.

A diferencia de Rose, cuya voz en efecto no parecía ser captada por nadie más que ella, en cuanto Mabel pronunció aquellas palabras más de uno de los clientes de la tienda se viraron a verla; algunos de forma discreta, otros como Kurt de forma bastante más directa. Mabel disimuló, como si no se hubiera percatado de ello, y centró su atención en el estante de papas fritas, viendo cada producto como si realmente estuviera intentando decidirse por uno.

—¿Por qué estoy viéndote? —Murmuró, de nuevo volviendo al tono discreto de hace unos momentos—. ¿Acaso la enfermedad que nos contagiaste ya consumió al fin mi cerebro?

—Quisieras que fuera tan simple, ¿no? —Murmuró Rose con voz sarcástica—. Pero tú misma ya te diste cuenta de que has consumido suficiente vapor, y tu debilidad y síntomas se han aplacado. ¿No es cierto? —Mabel no respondió nada, pero en efecto era justo lo que estaba pensando unos momentos atrás—. Por lo mismo, deberías ser capaz de encontrar a esa chica y sus acompañantes sin problemas.

—Es una ciudad demasiado grande y llena de personas. Hay muchas presencias…

—Excusas —le cortó Rose tajantemente—. En nuestro mejor momento, podíamos distinguir fácilmente a seres como ellos entre la multitud; resaltaban como faros en la oscuridad. Lo que ocurre es que no quieres encontrarla, porque le temes.

—No es cierto —respondió Mabel rápidamente, sólo hasta ese momento atreviéndose a mirarla de frente—. Solamente aún no he decidido qué hacer con exactitud cuando la encuentre. Ella podría ser la única que…

Rose bufó con fastidio, girando el rostro hacia otro lado antes de que la Doncella pudiera terminar su explicación.

—¿Sigues considerando siquiera la posibilidad de pedirle ayuda a la mocosa, cuando una mejor opción se ha presentado ante ti como caída del cielo?

—¿De qué hablas? —murmuró Mabel con desconcierto.

—¿Ni siquiera te diste cuenta? —le respondió Rose con una media sonrisa dibujada en sus labios—. Tu falta de visión me resulta más preocupante que molesta.

Antes de que pudiera replicarle algo, y dejando un pequeño aire de misterio a su alrededor, Rose comenzó a caminar por el pasillo, esperando sin lugar a duda que la Doncella la siguiera; y así fue. Para esos momentos Mabel parecía ya haberse olvidado por completo que estaba prácticamente hablando con un fantasma, un engaño de su propia mente, o quizás alguna otra cosa que desconocía. Por ese instante, ella sentía que estaba realmente hablando con su antigua mentora y líder, siguiéndola fielmente en espera de escuchar su consejo. Y éste, por supuesto, no tardó mucho en llegar.

—Su enfrentamiento de hace unos momentos los dejó muy débiles a ambos; a Thorn y a la tal Abra. Están vulnerables y expuestos, y tú debes aprovecharlo para así terminar con esto de una vez por todas. Encuentra a la chica, y exprímele todo, hasta la última gota de su vida. No guardes nada, consume hasta que revientes. Y luego haz lo mismo con todos los que están con ella… y también con las tres niñas.

Mabel no tuvo que preguntar a qué tres niñas se refería; ella lo supo de inmediato.

En ese momento, casi como un presagio, la puerta de la tienda se abrió y Mabel se giró rápidamente en dicha dirección. Su mirada se cruzó con la de Lily, que iba entrando despreocupada, aunque visiblemente molesta. Ambas se miraron unos segundos, antes de que Mabel se girara de nuevo a los anaqueles, restándole importancia. Lily siguió de largo en dirección al pasillo de los chocolates.

—Cualquier rastro que te quede de la enfermedad, desaparecerá —añadió la voz de Rose cerca de su oído derecho—, y tus poderes se incrementarán como nunca. Serás invencible… más que suficiente para acabar tú sola con el mocoso paleto en su estado actual.

—¿Invencible…? —Murmuró Mabel dubitativa—. Pero… ¿y qué hay de James?

—¿Qué con él?

—Debería compartir algo de ese vapor con él, para que también se cure y tenga fuerzas suficientes. Juntos tendremos más oportunidad…

—Esto sólo funcionará si uno de ustedes obtiene todo el botín —respondió Rose tajante—. Y seamos honestas, las dos sabemos que la más poderosa siempre has sido tú. Y de todas formas, una vez que elimines a tus dos enemigos, ya nada los detendrá. Podrás recorrer de nuevo las carreteras libremente, y buscar a todos estos vaporeros que se han mantenido escondidos estos años. Podrás saciar sin problema tu hambre y la de tu hombre, e incluso crear un Nuevo Nudo… como su líder.

Mabel se estremeció al escuchar esas palabras, sus pies quedaron petrificados en su sitio.

—¿Un Nuevo Nudo? ¿Yo…? —Susurró con incredulidad, viendo de reojo como la figura de Rose pasaba caminando a su lado, y se dirigía justo a un aparador a un lado de la puerta principal de la tienda.

—Siempre fuiste mi mayor esperanza para el futuro, mi Doncella —indicó Rose con solemnidad—. Cumple con tu deber, acaba con nuestros enemigos, y haz que nos alcemos de nuevo.

Rose se paró delante del aparador, pero señaló con su cabeza justo a una parte superior de éste, en donde había varios sombreros. La mayoría eran de viaje, de paja o lona, frescos para la playa o un día caluroso. También había algunas gorras, y un par de boinas. Pero entre todos ellos resaltaba un modelo en específico, sintiéndose casi como fuera del lugar entre los otros: un sombrero negro y redondo, de estilo clásico; posiblemente un bombín.

Mabel se aproximó lentamente hacia el estante, contemplando aquel sombrero tan anticuado con mucha atención. Extendió sus manos, lo tomó con exceso de cuidado, casi como si temiera romperlo, y lo sostuvo frente a su rostro. La tela oscura brillaba ligeramente cuando la luz resbalaba por él. Era tan común, incluso corriente. Pero aun así, le causó una palpable fascinación.

—Somos los elegidos —escuchó la voz de Rose susurrándole justo a un lado de su oído—. Somos los afortunados. Somos el Nudo Verdadero…

—Muévanse —escuchó la voz de Kurt pronunciar de golpe, sonando claramente como una orden.

Mabel se viró hacia un lado, el momento justo para ver a Kurt dirigirse a la puerta con apuro. Lily venía detrás de él, con su chocolate en la mano. Kurt abrió la puerta y la niña salió sin voltear atrás. Kurt permaneció en la entrada, observando a Mabel con impaciencia.

La Doncella miró una vez más el sombrero en sus manos, y entonces se lo colocó con cuidado en su cabeza, girándolo un poco para que quedara en la posición correcta. Le quedaba perfecto.

Al mirar sobre su hombro una vez más, no le extrañó que, como las veces anteriores, Rose ya no estuviera más ahí.

—Nosotros perduramos… —susurró despacio para sí misma, pero no reflejando ni un poco la nueva y firme resolución que había surgido en ella.

FIN DEL CAPÍTULO 104

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

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