Fanfic La Sombra en la Ventana | ONESHOT

3 de agosto del 2021


La Sombra en la Ventana

Por
WingzemonX

Aquel ser con forma de niño le lanzó su amenaza con ardor en la voz, mientras sujetaba su espada ensangrentada ante él. Aún caían del brillante filo pequeñas gotas rojizas que chocaban contra el entablado de la cubierta del barco, creando círculos dispares cerca de sus pies descalzos. La joven mente de Alicia apenas podía procesar el hecho que eso hubiera estado hace sólo un minuto en el interior del cuerpo de uno de esos piratas, y ahora la estuviera apuntando a ella directamente, a unos cuantos centímetros de su rostro.

—¡No importa a dónde huyas! —soltó ese ser, con sus ojos enloquecidos—. ¡Te encontraré y te traeré acá! ¡Serás uno de mis niños perdidos lo quieras o no!

Alicia pasó abruptamente del shock al absoluto terror al verlo reaccionar de esa forma, y se forzó a sí misma a despertar.

Cerró sus ojos y corrió con todas sus fuerzas hacia la barandilla de la cubierta. Las plantas de sus pies se astillaron con las tablas viejas, pero no se detuvo. Él le gritó más cosas a sus espaldas, pero ella ya no prestó atención. De un salto se subió a la barandilla, y luego se lanzó de cabeza hacia las heladas y oscuras aguas, antes de que cualquier mano se atreviera a detenerla. Abrió los ojos un instante antes de que su cuerpo tocara el agua, y aunque estaba más que preparada para el inminente chapuzón, éste no llegó. En su lugar, cayó como siempre recostada en su suave cama de sábanas azules y cobertor de flores.

Respiró, cada inhalación un poco más calmada que la anterior, y el terror que había sentido unos momentos antes se fue disipando, junto con la sensación misma de adormecimiento. Tardó un poco en darse cuenta de que efectivamente estaba despierta y segura de nuevo en su hogar.

«No hay nada que temer» se dijo a sí misma en su mente. «Sólo fue otro de mis sueños. Sólo otro sueño…»

Aquella tierra había sido otra más creada por su juvenil y activa mente. Y aquel chico, o lo que fuera realmente, y sus “niños perdidos” habían sido sólo otros personajes imaginarios más. No había nada que temer; ni siquiera a esa ferviente amenaza que le había arrojado, o a esa filosa espada lista para herirla si no obedecía…

Y por unos tres días aproximadamente, Alicia estuvo totalmente convencida de ello, y para el tercero ya se había casi olvidado por completo de ese feo sueño. Hasta que entonces “eso” apareció en su ventana.

No era la primera vez que se despertaba alarmada tras haber tenido la sensación de que alguien la observaba mientras dormía, pero sí la primera en la que dicha sensación se encontraba justificada. Lo que la había despertado era un apenas apreciable susurro que no debería de estar ahí. Aún somnolienta, levantó su cabeza en un intento de agudizar su oído y descubrir de dónde venía exactamente. No le tomó mucho: el susurro venía de su ventana…

Se sentó y volteó al enorme ventanal de dos puertas, que al verlo desde la cama apuntaba hacia el cielo estrellado de Londres. Y ahí estaba esa silueta totalmente oscura, flotando como si se tratara de un globo negro amarrado meciéndose ligeramente con el aire. La miró largo tiempo, preguntándose si acaso era aún parte de su sueño, o quizás sólo un juego de sombras que estaba mal interpretando. Pero entonces lo escuchó.

—Hola, Alicia —murmuró aquella oscura figura con su inexistente boca, con la misma voz exacta del niño que conoció en sus sueños; y viéndolo con mayor atención, se dio cuenta de que tenía también su misma estatura y complexión, pero era totalmente oscuro… como una sombra.

Sólo entonces comprendió quién era, o qué era.

—Es hora de irnos —añadió aquel ser hecho de pura oscuridad—. Abre la ventana para que pueda entrar. Vamos, se hace tarde.

Alicia se cubrió rápidamente hasta la cabeza con su cobertor, y cerró sus ojos apretándolos con fuerza. Se convenció de que era otro sueño y se esforzó una y otra vez por despertar, usando todas las técnicas que había desarrollado y perfeccionado con el pasar de los años para lograrlo; incluso probó cayéndose a propósito de la cama. Pero nada funcionó. Estaba despierta, y esa silueta totalmente negra afuera de su ventana realmente se encontraba ahí.

Le siguió hablando, intentando empujarla a abrirle la ventana, pero ella lo ignoró. Lo ignoró por completo esa noche, y la siguiente, y la siguiente, y cada noche que le siguió en la que esa misma rutina se repetía. Cuando el sol salía, la sombra se iba y la dejaba sola. Pero durante la madrugada siempre aparecía de nuevo, incitándola con su voz juguetona y alegre, que aun así le helaba la sangre.

—Vamos, Alicia, todos te están esperando. Te harán un delicioso banquete en cuanto llegues. No será nada complicado; sólo un poco de fe, un poco de confianza, y un poco de polvo de hadas; aquí tengo mucho de lo último, tú tienes que darme los otros dos ingredientes. ¿No te gustaría eso?, yo sé que sí… Vamos, abre la ventana, Alicia. Déjame entrar…

Sin importar qué tanto le insistiera, Alicia ni siquiera le dirigía la palabra, pero eso no le persuadía de seguir. No servía de nada correr las cortinas, o cubrirse por completo con sus sábanas; podía sentirla aun ahí, observándola y aguardando.

La extraña presencia no tardó en provocarle estragos. La primera señal evidente fue el cansancio que le causaba la falta de sueño, y cómo se distraía seguido en clase. Su apariencia igualmente se vio afectada, formándose dos grandes ojeras debajo de sus ojos, y su piel tomando una apariencia más pálida que la hacía ver enferma. Era como si esa cosa le chupara una pizca de su vida cada noche, aunque no la dejara entrar.

Sus padres le preguntaron seguido qué le ocurría, pero ella siempre evitó responder. Pensó que no serviría de nada decirles, pues ellos de entrada no podían siquiera ver la sombra. Podrían estar de pie justo frente a la ventana, y ese ser estar pegado contra sus narices, y ellos eran incapaces de percatarse de esto.

Le fue imposible esconderlo por más tiempo cuando una noche, su madre intentó abrir la ventana y la joven Alicia estalló en un ataque de desesperación y horror, que dejó a su madre perpleja.

Luego de eso comenzaron a presionar más para que hablara con ellos, y al final tuvo que decirles la pura verdad. Sin embargo, fue evidente casi de inmediato que no era la verdad que ellos esperaban oír.

Sus padres llevaron a Alicia a ver al Dr. Doyle, un psicólogo que al parecer era bueno en lo que hacía; o eso supuso ella, ya que de alguna forma la convenció para que le contara de sus sueños, con más detalles de los que les había dado a sus padres.

Estando hundida en una silla de terciopelo azulado de su consultorio, de apariencia antigua pero elegante, Alicia dedicó casi una hora entera a contarle sobre las otras tierras que era capaz de visitar cuando soñaba.

Le contó una extensa historia sobre orugas fumando pipas, liebres y sombrereros compartiendo el té, soldados con formas de naipes pintando rosas, y reinas enfurecidas queriendo cortarle la cabeza a todos.

Sobre flores hablándole con voz propia, piezas de ajedrez moviéndose solas, y huevos parlantes cayendo de bardas y rompiéndose en cientos de pedazos.

Le describió a espantapájaros caminando, leones cobardes, monos voladores, sirenas, hadas, indios y malvados piratas.

Y muchas, muchas otras cosas más…

Pero la más importante era sin lugar a duda la figura oscura en su ventana, y la razón principal por la que la había llevado a ese sitio. Pero no le temía tanto a esa cosa, como a la persona a la que sabía que pertenecía. Por supuesto, le contó también de él; de cómo lo conoció en uno de esos sueños, de cómo se veía como un niño a pesar de haber vivido muchos más años que ella, que sus padres, o que el buen Dr. Doyle. Le relató cómo al principio de su sueño por esa tierra nueva todo era divertido; cómo la llevó a volar con polvo de hadas sobre el mar, a recorrer la selva, y a comer deliciosos manjares. Fue divertido… hasta que ya no lo fue.

Aquel ser con apariencia de niño odiaba a los adultos. Pese a que fue una de las primeras cosas que le dijo al conocerlo, no fue consciente de qué significaba realmente esto hasta que lo vio… asesinar a sangre fría a aquellos hombres durante ese ataque sorpresa durante la noche. Las descripciones que Alicia le proporcionó al Dr. Doyle de aquel suceso lo desconcertaron notablemente.

Le dijo todo aquello que el extraño ser en forma de niño le declaró, sobre cómo para él todos los adultos son malvados, y que todos los niños estarían mejor sin ningún adulto que les dijera qué hacer, los regañe o reprimiera. Sobre cómo además de matar adultos, tomaba a niños de sus casas y se los llevaba con él a su tierra, lejos, muy lejos de sus padres, quieran o no hacerlo. Él no pensaba que nada de ello fuera algo malo, pues en realidad creía que les hacía un bien. Y tras ella haber declarado que quería irse de ese sitio para jamás volver, él le respondió que la traería de regreso como a todos los demás niños; que ya no sería sólo un sueño, sino que estaría físicamente con él, en su Tierra de Nunca Jamás, para siempre; así tuviera que pasar por encima de sus padres para hacerlo…

Y fue entonces cuando, supuso Alicia, envió a “eso” a buscarla, para que la llevara con él.

—¿Qué es “eso”? —le cuestionó el Dr. Doyle, curioso. Alicia vaciló unos instantes su respuesta.

—Su sombra… —murmuró con voz nerviosa y tambaleante—. La vi con él antes, desprendiéndose de su cuerpo y actuando a su voluntad. Pero no creí que…

Le fue imposible continuar hablando de forma corrida.

—Eso que ves afuera de tu ventana, ¿es la “sombra” de ese niño? —intervino Doyle con bastante naturalidad tras unos instantes. Alicia, por su lado, asintió lentamente con su cabeza sin mirarlo.

—Siempre está ahí, cada noche. Tiene su forma, su tamaño, y su voz… Me dice que abra la ventana para que pueda irme con ella, pero nunca lo he hecho. No quiero hacerlo, no quiero volver a ese sitio, y no quiero que me alejen de mis papás o de mi hermana Lorna, o que les haga algún daño. Pero ellos no la ven ni la escuchan, y no me creen.

Alzó su mirada temerosa hacia aquel hombre, esperando ver alguna señal clara en su rostro de que él sí le creía; de que él, tras escuchar todo lo que le acababa de decir, sabría que no estaba loca, y que todo eso era real. De que le ayudaría, de que le diría exactamente qué tenía que hacer para que todo volviera a la normalidad, y que esa sombra volviera a ser sólo otro personaje más de sus sueños. Sin embargo, le fue imposible comprender qué era lo que esos ojos reflexivos posados sobre ella estaban pensando en realidad. ¿Le creía?, ¿no le creía?, no lo sabía en lo más mínimo. Y la única respuesta tangible que le dio fue una sonrisa amistosa, seguida de un afable:

—Se ve que tienes una mente bastante activa, incluso cuando duermes. Debes sentirte orgullosa por ello.

Alicia no supo qué sentir al escucharlo. No le creyó, eso era lo más evidente. Pero al menos sonaba a que no pensaba tampoco que estuviera precisamente loca.

Salieron del despacho un rato después, y el Dr. Doyle le dijo con una voz que intentaba sonar más amable de lo que realmente era:

—Quiero hablar un minuto a solas con tus padres, si nos permites. ¿Por qué no esperas aquí unos momentos?

Sabía muy bien que eso no era una pregunta real, por lo que tomó asiento de mala gana en una de las sillas de la sala, mientras sus padres entraban a “hablar a solas” con el doctor.

Durante los primeros minutos, la pequeña de cabellos rubios fue una chica obediente y se quedó sentada en la incómoda silla, esperando y jugando en el teléfono móvil que su madre le había dejado para entretenerse. Sin embargo, en cuanto la secretaria del doctor se paró de su lugar y la dejó sola, ni siquiera lo pensó dos veces antes de levantarse de la silla, y pegar su oído contra la puerta de la oficina para intentar percibir aunque fuera un poco de lo que hablaban. Sus voces se oían algo apaciguadas, pero era bastante aceptable considerando que supuestamente no debería de estar escuchando nada de eso.

—Alicia es simplemente una niña muy, muy imaginativa —escuchó que pronunciaba la voz del Dr. Doyle con solemnidad—. Quizás la niña más imaginativa que haya tenido el placer de conocer.

¿Imaginativa?, ¿qué quería decir exactamente con “imaginativa”? Su sensación tras el término de su plática la hacía pensar que no era alguna forma educada de decir “loca”. Pero aunque no lo fuera, estaba segura que igual sus padres se encargarían de hallar la forma de tomarlo de esa forma.

—Pero ya tiene diez años —escuchó entonces que señaló la voz de su madre, con bastante preocupación—. Ya está grande para que siga teniendo estas fantasías. Y ahora incluso comienza a tenerlas cuando no está durmiendo.

—No se fie de la edad para determinar si un comportamiento como éste es normal o no —le contestó Doyle—. El temor a algo desconocido, incluso si es irracional, es bastante común, incluso en los adultos. Para Alicia, estas “fantasías” son bastante reales.

—¿Y qué podemos hacer entonces? —preguntó ahora la voz de su padre; más que preocupado, se sentía asustado.

Hubo un rato de silencio, durante el cual el Dr. Doyle quizás estuvo meditando sobre la mejor forma de responder a ese cuestionamiento.

—Lo ideal sería darle tiempo, no forzar las cosas y permitir que ella misma deje atrás todo esto por su propia cuenta. Cuando se sienta lista, ella misma encarará este temor y lo dejará atrás.

—No podemos simplemente esperar —espetó su madre, casi molesta—. No duerme, no habla, cada día se ve más decaída, y sus calificaciones están bajando. Nos preocupa, parece estar empeorando en lugar de mejorar. ¿No hay algo más que podamos hacer?

—De momento sólo pueden, y deben, darle su apoyo. En el momento en el que ella misma abra la ventana durante la noche, se dará cuenta de que no hay nada que temer del otro lado.

«¿Abrir yo misma la ventana?» pensó Alicia, espantada por tal sugerencia. ¿Esa era la solución? No, de ninguna manera ella haría tal cosa. Esa sombra no era un sueño, era real…

O… ¿tal vez no lo era?

Antes de poder escuchar la respuesta de sus padres, los pasos de la secretaria volviendo a su lugar se hicieron presentes por el pasillo, por lo que Alicia se apresuró a volver a su asiento. Cuando la mujer pasó frente a ella, le sonrió, pero la niña no le regresó el gesto, y en su lugar se quedó con su cabeza agachada sobre el celular de su madre.

Sus padres salieron un par de minutos después. Antes de irse, el Dr. Doyle le indicó que deseaba verla pronto para que pudieran seguir hablando. Alicia sólo lo miró, y un instante después se retiró junto con sus padres, en silencio.

Esa noche antes de dormir, su hermana Lorna se sentó a su lado en la cama a leerle uno de sus libros, como lo hacía cuando era más pequeña. Tenían las luces apagadas, a excepción de una lámpara en el buró para que Lorna pudiera leer. Alicia estaba recostada con su cabeza contra la almohada, y Dinah, su pequeña gatita de pelaje oscuro, estaba sobre su regazo mientras ella recorría sus manos por todo su lomo. Lorna a su vez pasaba sus dedos por los rizos dorados de Alicia, mientras con la otra sostenía el libro.

La pequeña no estaba poniendo realmente mucha atención a lo que su hermana mayor le leía. Era una historia anticuada y cliché, sobre caballeros, dragones y brujas, de un libro igualmente anticuado y cliché, cuya pasta se veía descolorida. Sus ojos estaban fijos en la ventana del cuarto, por dónde se veían las estrellas del cielo resplandecer. Muchas estrellas, pero ninguna sombra… no aún.

Lorna cortó su relato a la mitad de un párrafo, y cerró el libro con un poco de fuerza, asustándola un poco.

—Lo siento —se disculpó Alicia, un poco avergonzada. Estaba segura de que su actitud indiferente la había ofendido, pero Lorna le sonreía amistosamente. Era tan alta, tan hermosa, tan segura de sí misma e inteligente; se preguntaba seguido si se vería como ella cuando creciera.

—Creo que esta noche no te apetece oír historias. Mamá me dijo que te llevó con el Dr. Doyle, pero no creo que te haya ayudado, ¿o sí?

—Cree que estoy loca, igual que todos.

—Yo no creo que estés loca.

Alicia la miró, desconfiada.

—¿Crees que te leería todas estas historias sobre magia y criaturas fantásticas si no creyera en ellas? —insistió Lorna, pero no logró convencer de todo a la menor. Miró entonces cautelosa hacia la ventana—. ¿Está ahí ahora?

Alicia echó otro vistazo, algo temerosa, en la misma dirección. Aún no había rastro de ella ahí.

—No, pero ya vendrá. Más tarde, cuando toda la casa esté en silencio y todas las luces estén apagadas.

—Entonces deja prendida tu lámpara —señaló Lorna, virándose hacia la lámpara sobre el buró. Alicia lo había intentado un par de veces sin éxito, pero no quiso decirlo y bajarle su optimismo—. Escucha, no hay nada que temer. Dijiste que no puede entrar si no le abres la ventana, así que no puede hacerte daño; no lo ha hecho hasta ahora, ¿o sí?

—No —respondió Alicia con voz apagada—. Aunque el Dr. Doyle cree que si yo mismo abro la ventana, me daré cuenta de que no hay nada que temer. Pero también dijo que no debo apresurarlo. Creo que a mamá no le gustó esa respuesta.

—¿Y tú cómo sabes eso? ¿Les dijo todo eso estando tú presente?

Alicia se ruborizó un poco y se viró hacia otro lado, apenada al darse cuenta de que se había delatado. Lorna rio un poco, quizás entendiendo sólo con ese pequeño gesto lo que había ocurrido.

 —Lo que te hace falta para sentirte mejor es una buena noche de sueño. ¿Quieres intentar dormir conmigo esta noche? ¿Lejos de esa fea ventana?

—No creo que mamá lo permita. El Dr. Doyle también dijo que debo enfrentar mis miedos.

—Está bien. Si cambias de opinión, mi puerta está abierta —señaló Lorna, y justo después tomó a Dinah en su regazo y se puso de pie—. Buenas noches, pequeña.

—Buenas noches —le respondió Alicia casi susurrando—. Gracias…

—No tienes nada que agradecer. No olvides que te quiero mucho, hermanita.

Una vez que Lorna se fue, Alicia se acurrucó en su cama, apoyando el costado izquierdo de su cabeza en la almohada. Lorna había dejado la lámpara encendida, y ella igualmente no hizo intento de apagarla. Sabía que no servía de nada, pero aun así le provocó cierta comodidad el tenerla así.

No pasaron ni cinco minutos antes de que esa insufrible voz se hiciera presente, obligándola a abrir sus ojos abruptamente.

—Hola Alicia. ¿Hoy sí me dejarás pasar? Te ves muy triste. Vamos, te puedo ayudar a sentirte mejor…

—Cállate —murmuró de golpe la niña, respondiéndole por primera vez de forma directa aunque sin voltear a verla ni siquiera de reojo—. El Dr. Doyle dice que no eres real, y Lorna que no puedes hacerme daño. Así que déjame dormir.

—Por supuesto que dicen eso —respondió con un tono burlón—. Es lo que dicen los adultos, todos son iguales. No puedes confiar en ninguno; ni en ese doctor, ni en tu hermana, ni en tus padres. Todos mienten y engañan, roban y traicionan. Te quieren convencer de que son tus amigos, pero no lo son. Por qué para ellos los niños no importamos en lo más mínimo. Pero no en mi tierra, no en Nunca Jamás. Ahí nosotros somos los que reinamos, y los adultos son los que temen. Ven, todos te están esperando. Vamos, Alicia.

—Cállate —murmuró de nuevo, y cerró los ojos una vez más—. No me importa lo que digas. No quiero ir contigo. ¡Déjame en paz!

Sin querer había alzado la voz de más; esperaba que ni sus padres ni Lorna la hubieran oído.

—Pero vendrás, Alicia. Vendrás conmigo, quieras o no. Todos lo hacen al final…

La sombra en la ventana siguió hablando, pero Alicia intentó ignorarla. En su mente comenzó a recrear las escenas de la historia que su hermana quiso contarle, llenando con su “imaginativa” mente los huecos de aquello que no había sido capaz de captar. Quizás si se concentraba lo suficiente en ello, viajaría esa noche a un sitio así, a otra tierra lejana, muy lejos de esa cama, ese cuarto y esa ventana; un sitio muy lejos en el que esa maldita sombra, y el ser con forma de niño al que pertenecía, no la podrían alcanzar. Enfocó todas sus energías en ese pensamiento, hasta que se quedó completamente dormida.

Si es que viajó a algún mundo extraño esa noche, cuando despertó a mitad de la madrugada ya no lo recordaba. Un pequeño sobresalto le recorrió el cuerpo entero en cuanto abrió los ojos. Sintió una singular sensación fresca, mientras sus ojos intentaban acostumbrarse a la oscuridad.

Oscuridad…

Fue entonces consciente de que su cuarto se encontraba tan oscuro como lo estaba habitualmente. La luz de su lámpara estaba apagada; alguien la había apagado y no había sido ella. ¿Su madre, quizás?

Se talló sus ojos con una mano y soltó poco después un agudo bostezo. Además de oscuro, el cuarto se encontraba bastante callado, y eso le pareció extraño. Normalmente en cuanto se despertaba, fuera la hora que fuera mientras no hubiera luz del sol, aquella cosa comenzaba a hablarle. Pero no esa vez; estaba abrumadoramente callada.

Miró como le fue posible en dirección a la ventana, esperando verla flotando frente a ella con el cielo estrellado de fondo como siempre. Sin embargo, lo que vio le sorprendió, y a la vez aterró tanto, que la hizo sentarse de golpe en la cama. No sólo la sombra no se encontraba en dónde debería de estar: la ventana se encontraba totalmente abierta.

Saltó de la cama, casi tirando el cobertor al suelo, y corrió hacia la ventana como si estuviera siendo perseguida por algún depredador. Sin embargo, en cuanto se bajó de la cama y avanzó sólo unos cuantos pasos, sus pies se detuvieron en seco al posar su vista en el espacio en el suelo entre los pies de su cama y la ventana; y en la horripilante escena que justo ahí se cernía.

La imagen tardó unos segundos en tomar una forma clara, pero una vez que lo hizo fue imposible quitársela de su mente. Era su madre, recostada bocarriba, con la luz de la luna que entraba por la ventana iluminándola, y dejando totalmente apreciable a los ojos de la pequeña su comisión para dormir blanco… casi teñido por completo de rojo.

El pecho de su madre estaba abierto desde la base del cuello hasta su vientre en una línea recta, y su sangre empapaba sus ropas y la alfombra debajo de ella. Sus labios se encontraban ligeramente separados, y un pequeño hilo rojizo se escapaba de la comisura. Su rostro reposaba hacia un lado, y sus ojos miraban fijamente en dirección a Alicia, pero en realidad no la miraban a ella en lo absoluto; no miraban nada en realidad.

Esa herida en su pecho; Alicia ya había visto una parecida, en un pirata…

La boca de Alicia se abrió con toda la intención de gritar, pero ningún sonido surgió de ella; el grito se le atoró en la garganta, tan doloroso como si se le hubiera atorado un hueso. Poco después lo que sí salió de ella fueron pequeños y ahogados sollozos. Su corazón le comenzó a latir tan intensamente que lo sentía tamborilear en su cabeza, y se le dificultaba respirar.

Su madre yacía muerta frente a la ventana, la misma que de seguro ella misma había abierto. Pero, ¿por qué? ¿Por qué había hecho eso?

Su mente volvió a esa misma tarde en la sala de espera de aquel consultorio. “En el momento en el que ella misma abra la ventana durante la noche, se dará cuenta de que no hay nada que temer del otro lado”, había dicho el Dr. Doyle. Simples y sencillas palabras que de seguro empujaron a su madre a escabullirse a su habitación cuando estuvo segura de que ya dormía, y abrir ella misma su ventana. De esa forma, cuando Alicia despertara al día siguiente y viera la ventana abierta, y notara además que nada malo pasó, ella misma se daría cuenta de que no había realmente nada allá afuera; que todo lo había imaginado. Y que todos esos sueños que había tenido, eran sólo eso: simples sueños.

Pero no fue así. Aquello había sido un terrible error…

De alguna forma logró sobreponerse al horror que la invadía, y pasar por encima de su cama para dirigirse a la puerta. La abrió rápidamente, y en cuanto se asomó al pasillo otra escena igual de terrible como la de su cuarto se le presentó unos cuantos metros más adelante. El cuerpo de su padre estaba tumbado a mitad del corredor boca abajo; lo reconoció de inmediato por su pijama a rayas. Tenía una herida igual a la de su madre, pero ésta le cruzaba la espalda. Parecía que hubiera querido… huir de algo…

Alicia se quedó de pie en el marco de su puerta, petrificada. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, y sólo reaccionó cuando sintió algo frotándose contra sus pies. La niña saltó asustada, soltando un fuerte quejido que resonó en el abrumador silencio de la casa. Cayó de sentón al suelo y retrocedió apresurada hasta que su espalda se pegó contra la pared, y aún después de ello tuvo el deseo de seguir alejándose. Pero en cuanto vio lo que la había tocado, logró calmarse (aunque fuera un poco). Había sido Dinah, que la miraba fijamente con sus ojos brillantes, inocente e ignorante del horror que la rodeaba.

En cuanto logró reaccionar de nuevo, Alicia comenzó a gatear apresurada en dirección al cuarto de su hermana. Estando ya a menos de un metro, se paró de un salto y se lanzó de un salto hacia la puerta.

—¡Lorna! —Gritó Alicia con fuerza, logrando al fin que su voz saliera de ella—. ¡Lorna, por favor! ¡Debemos irnos…!

Abrió la puerta del cuarto de su hermana con sus manos temblorosas; la puerta estaba abierta, justo como ella le había dicho que la dejaría. Entró tambaleándose y se aproximó con apuro a su cama. A pesar de que una parte de ella temía lo que pudiera ver, se aferraba con fuerza a la esperanza de que no fuera así, de que no fuera tarde.

No Lorna, no su hermana; ella penas y era una adulta, ella nunca le dijo nada malo, ni la regañó o la hizo sentir mal. Ella no se lo merecía…

Pero sus deseos fueron inútiles. Cuando se paró al costado de su cama, la contempló ahí recostada, como si durmiera aunque tuviera sus ojos muy, muy abiertos. Su rostro reflejaba confusión y miedo, mientras observaba fijamente el techo sobre ella; la última expresión que tuvo antes de ahogarse con su propia sangre. Tenía abierta la piel de su cuello, desde la base de la cabeza hasta su pecho. Y sus ropas, sus sábanas y su almohada; todo estaba bañado de rojo.

—¡No! —Soltó Alicia de forma desgarradora, y se tiró sin remedio de rodillas a un lado de la cama, comenzando al fin a llorar sin control junto al cuerpo de su hermana. No le importó siquiera hundir su cara contra su regazo y mancharse de su sangre. Sólo lloró, lloró y lloró, de tal forma que cada berrido le resultaba incluso doloroso… 

—Hola, Alicia —escuchó al fin la misma y conocida voz juguetona justo a sus espaldas; justo en el interior de ese cuarto—. ¿No te lo dije? No puedes confiar en los adultos; en ninguno de ellos. Hasta tu propia madre traicionó tu confianza. Pero ya no tendrás que preocuparte por eso nunca más.

Alicia comenzó a darse la media vuelta muy lentamente, con su rostro cubierto con sus lágrimas y con la sangre de su hermana. Y al girarse por completo, pudo ver a esa silueta oscura, flotando sobre ella, perdiéndose un poco entre las propias sombras del cuarto, pero totalmente visible para sus ojos. Un ser de completa oscuridad, pero muy, muy real.

—Es hora de irnos —le susurró, seguido de una aguda risa—. Nunca Jamás te espera…

Alicia gritó, gritó con todas sus fuerzas, mientras las sombras la envolvían. Y en esa ocasión no habría forma de escapar. Ya no despertaría en un parpadeo en la seguridad  de su cama, o en el regazo de su hermana en el parque. Pues por primera vez, no estaría soñando…

¿FIN…?


Notas del Autor:

La primera versión de esta historia la escribí hace un par de años para un concurso de Fanfics en una revista digital dedicada a este tema. Y aunque no quedó seleccionada entre los ganadores, siempre la tuve ahí en el cajón para hacer algo con la idea en algún momento. Ahora la he sacado, la he retocado y reeditado, y lo más importante le he dado el verdadero final que quería darle originalmente, pero que por las limitaciones de aquel otro concurso lo tuve que recortar.

Esto también es de cierta forma una idea “piloto” para una historia mucho más larga que he tenido en mente durante un tiempo, y que involucra más clásicos además de Peter Pan y Alicia en el País de las Maravillas, pero que no tengo idea si la terminaré haciendo o no. Mientras tanto, se las dejo para que le echen un ojo. Espero les haya gustado.

La Sombra en la Ventana Cuando Alicia cierra sus ojos, es capaz de ver mundos y seres totalmente diferentes a lo que cualquiera conoce. Siempre pensó que eran sólo sueños inofensivos… hasta que la sombra de aquel niño comenzó a aparecer en su ventana cada noche, queriendo entrar a su habitación.

+ «Alicia en el País de las Maravillas» por Lewis Carroll, 1865

+ «Peter Pan; o, el niño que no quería crecer» por J. M. Barrie, 1911

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