Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 14. Se supone que son los buenos

30 de julio del 2021

Mi Final Feliz... - Capítulo 14. Se supone que son los buenos

Once Upon a Time / Descendants
Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

Capítulo 14
Se supone que son los buenos

Mientras Mal y Jay inspeccionaban el museo, Evie y Carlos cumplían su respectiva misión asistiendo a la merienda de los príncipes en los jardines del palacio real, a la que los había invitado tan amablemente el príncipe Benjamín. A pesar de que éste había descrito la reunión como “muy casual”, Evie insistió en que “casual” para la realeza y la alta aristocracia, no era lo mismo que entendía el pueblo común.

—Yo ni siquiera uso la palabra “casual” en nada —señaló Jay con indiferencia encogiéndose de hombros, y Evie tomó aquello como una confirmación de su argumento.

Por lo mismo, el atuendo que la hija de la ex-reina Regina eligió para la ocasión fue uno de sus mejores trabajos propios, que pudiera adaptarse a una reunión “muy casual” de esta altura, claro: de color azul oscuro, con un escote muy modesto, mangas ajustadas, salvo en las puntas donde se abrían ampliamente. Era largo hasta sus tobillos, pero la tela era ligera y daba una sensación vaporosa en sus movimientos. Tenía sólo la cantidad adecuada de holanes, además de algunas piedras brillantes en la zona del torso. Como accesorios llevaba una gargantilla con una gema azul, un par de pulseras y aretes al juego, y claro un maquillaje moderado. Se veía radiante, incluso un poco más que como la habían visto durante su viaje.

Carlos, por su parte, no estaba del todo de acuerdo con el esmero desmedido de Evie por verse bien para los principitos.

—Mi madre siempre dice que nunca debes verte demasiado desesperado ante gente como ésta —declaró Carlos con firmeza—. Tienes que actuar como si no te importaran ni un poco. O aún mejor: dejarles claro que ellos son los afortunados de tenerte ahí con ellos.

—¿Me estás diciendo desesperada? —Inquirió Evie con voz agresiva, a pesar de que seguía sonriendo mientras lo decía.

Hubo una pequeña discusión a raíz de ello, en la cual Mal y Jay se abstuvieron de intervenir, aunque no por ello de escuchar atentamente. Al final Carlos se vistió justo como quiso, con un saco ajustado mitad blanco y mitad negro, y unos pantalones con el mismo diseño, aunque algo cortos pues dejaban a la vista sus tobillos delgados. Debajo del saco, un chaleco a cuadros negros y blancos, y una camisa de seda roja sangre, sin ningún corbatín ni pañuelo.

—Pareces un bufón de corte —le reprendió Evie entre dientes.

—Este atuendo lo diseñó mi madre por su propia cuenta —se defendió Carlos—. Y era de sus favoritos. Y te aseguró que ella sabe mucho más de moda que tú.

—¿Qué dijiste…?

Y de nuevo se suscitó una discusión bastante similar a la primera. Pero al final no llegó a mayores, y cada quien se quedó con su atuendo elegido, y se dirigieron directo al palacio.

No entraron directo al castillo, sino que los hicieron pasar por una puerta aledaña del muro exterior que iba directo al jardín este. En el centro, a los pies de un enorme kiosco, habían colocado algunas sillas, mesas con bocadillos, y muchas decoraciones coloridas. Todo de bastante buen gusto, al menos desde la perspectiva de la hija de la Reina Malvada. En esa zona divisaron casi de inmediato a la princesa Audrey de Hendrieth, luciendo un elegante y abombado vestido rosado, no muy “casual” que digamos. A su alrededor había un grupo de al menos otras seis o siete chicas con vestidos similares en colores pasteles. En comparación, el vestido de Evie más oscuro extrañamente resaltaba más. Había también en ese grupo un niño y una niña más pequeños (el príncipe Neal de Florian y la princesa Alexandra de Austrix), quizás ninguno de más de diez años y que parecían más enfocados en devorar los dulces que en lo que fuera que las mujeres conversaban.

Adicional a las mesas para el té y los bocadillos, había también algunas dianas de tiro colocadas en un espacio abierto, algo apartada de las mesas. En dicha sección había unos cinco chicos, y una chica, tirando con arcos a las dianas al parecer para demostrar sus habilidades. Entre los chicos se encontraban el príncipe Chad de Austrix y el príncipe Aziz de Agrabah. Y la chica que los acompañaba era ni más ni menos que la princesa Emma de Florian, que a diferencia de las otras princesas y duquesas presentes no traía vestido, sino unos pantalones cafés, botas, una camisa holgada, además de su cabello recogido en una trenza que caía sobre su espalda. Eso era casual.

De quien no parecía haber rastro alguno a la vista era del príncipe Benjamín de Auradon, el que en teoría sería el anfitrión de todo eso, y quién más probablemente pudiera conocer el paradero nocturno de la varita. Pero como fuera tenían que mezclarse y ver qué obtenían de todas formas. Evie se aproximó a las chicas en las mesas, mientras que Carlos hizo lo propio con los chicos en el tiro de arco.

—Bueno, atención todas —pronunció Audrey, alzando la voz para que la escucharan, y en especial para que silenciaran cualquier cuchicheo. Entonces se paró firme a lado de la recién llegada para presentarla; más porque lo consideró su deber, no tanto porque en realidad le apeteciera—. Quiero presentarles a la nieta de la Duquesa de… ¿Hearts dijeron que era?

—Sí, alteza —respondió Evie con su siempre radiante sonrisa.

—Duquesa de Hearts, claro… —Audrey hizo una pausa, quizás demasiado larga, y entonces susurró despacio, aunque no lo suficiente como para que las otras no la escucharan—: Lo siento, olvidé tu nombre, querida. Ben es quien debería de presentarlos ya que fue quien los invitó pero… ya ves, ni idea de en dónde está nuestro querido anfitrión.

—Descuide, alteza —pronunció Evie con voz templada, y entonces tomó su falda y les ofreció a todas una elegante y profunda reverencia—. Soy Evie de Hearts. Un placer conocerlas a todas.

Todas la respondieron su saludo con un pequeño asentimiento de sus cabezas, excepto Neal y Alexandra que seguían enfocados en sus respectivos bocadillos. Audrey encaminó a Evie a una silla justo a su lado, y ambas tomaron asiento con el resto.

—Tu vestido es hermoso —pronunció una de las chicas maravillada, admirando desde su asiento cada uno de los detalles del atuendo. Era bastante más simple que los de ellas en efecto, pero aun así se las arreglaba para parecer mucho más elaborado de alguna forma—. ¿Quién te lo confeccionó?

—Oh, yo misma lo hice —respondió Evie con bastante orgullo, pero detectó casi de inmediato que su respuesta había destanteado a todas las presentes, incluso a la princesa Audrey.

—¿Tú misma?

—Sí —respondió despacio sin borrar la sonrisa de su rostro, y rápidamente pensó en una respuesta más apropiada, sin que fuera precisamente una mentira—. Bueno, la base es un vestido viejo al que le hice mis propios ajustes para darle mi estilo propio. Cómo estás mangas por ejemplo, los detalles del torso, y casi toda la falda la tuve que rehacer para añadirle una mejor tela. Es… un pasatiempo que me entretiene.

Todas la observaron atentas mientras daba aquella explicación, con una combinación de fascinación y confusión. Al parecer nunca habían oído de una princesa o duquesa que se hiciera sus propios vestidos, pero la idea ciertamente las intrigaba.

—No hay nada de malo con tener pasatiempos, ¿cierto? —indicó Audrey risueña, intentando aligerar el ambiente. Y ante esto, todas las demás asintieron y comenzaron a murmurar palabras en apoyo.

—Yo colecciono insectos —saltó a decir con alegría una de las chicas, alzando su mano para hacerse notar—. Son fascinantes.

De nuevo un silencio incómodo se formó en el grupo, aunque al menos ahora el centro de éste no era la recién llegada.

—Eso suena realmente interesante —asintió Evie, que sólo hasta entonces logró respirar con normalidad, sintiendo de momento que se había salvado

—Sí, por llamarlo de una forma —murmuró Audrey poco después, aunque no tan convencida de su aseveración en realidad—. Pues tu vestido se ve muy elegante, y a la vez moderno —comentó abruptamente, girándose de nuevo hacia Evie—. Si te entretiene tanto hacer ese tipo de cosas, quizás te pida algún ajuste para alguno de los tantos vestidos que traje para el festival. Varios son tan aburridos.

—Estaría encantada, alteza —asintió Evie con entusiasmo. Parecía que había logrado integrarse al grupo de forma exitosa.

Los murmullos y risas del otro grupo llamaron su atención, e inevitablemente la Princesa Malvada se viró sobre su hombro al campo de tiro. La princesa Emma estaba preparando su arco en ese mismo instante, colocando la fecha en la cuerda de éste y luego tensándola. Un segundo después, soltó la flecha y ésta voló derecho hacia el frente, hasta clavarse justo en el centro de una de las dianas de manera casi perfecta. Aquello la sorprendió un poco. El resto de los chicos vitorearon y aplaudieron su hazaña, mientras la joven princesa de Florian alzaba su rostro con orgullo, e incluso les ofrecía una pequeña reverencia como gratitud.

«Presumida ególatra» pensó Evie con molestia. De seguro Blanca Nieves era igual a ella.

—Y… ¿la futura reina de Auradon también trajo pocos vestidos? —Musitó la chica de cabellos azules con voz cauta, girándose de nuevo al grupo de chicas—. ¿O sólo suele vestirse así por mera diversión?

Las miradas de varias se dirigieron hacia Emma, incluida la de Audrey que la observó sutilmente sobre su hombro.

—¿Emma? —bufó divertida la hija de la Reina Aurora, incluso riendo un poco de forma irónica—. Esa chica es un caso perdido. Si pudiera usar pantalones en cualquier evento, sería feliz.

La demás chicas rieron, secundando el comentario de la princesa, por lo que Evie rápidamente se les unió. Al parecer la princesa de Hendrieth y la de Florian no se llevaban del todo bien. Evie pensó de inmediato que podía tomar esa coincidencia entre ambas para acoplarse mejor.

—De seguro la culpa es de su madre, ¿no? —murmuró de forma disimulada mientras se servía un poco de té en su taza—. Escuché que vivió muchos años en el bosque, huyendo y escondiéndose entre los animales. De seguro eso no le dejaba muchas oportunidades de vestir algo bonito. Y bueno… eso se les pega a los hijos.

Las demás chicas parecieron sorprenderse un poco al escuchar tal comentario, pero antes de reaccionar de alguna forma visible todas se viraron hacia Audrey, esperando ver qué diría o haría ella. Ésta, sorprendentemente, soltó una pequeña risilla divertida, que intentó disimular cubriéndose su boca con sus dedos, pero aun así dejando claramente en evidencia que el comentario no sólo no le había molestado: le había parecido muy divertido.

—Bien dicho —comentó Audrey con elocuencia, alzando su taza hacia Evie—. No podría haberlo expresado mejor.

Evie sonrió satisfecha; aquello había sido otro éxito. Tomó entonces su propia taza, acercándola a la de Audrey y haciendo que éstas se tocaran un poco y causaran un pequeño tintineo. Y ante este pequeño acto, las demás chicas también rieron, secundando a su apreciable princesa.

Sin embargo, dichas risas se apagaron casi al instante, pues en el segundo siguiente, y antes de que Evie o Audrey apartaran sus tazas, ambas sólo vieron un manchón pasar a toda velocidad entre ambas, y sintieron justo después como las tazas en sus manos eran jaladas hacia el frente. Todo fue muy confuso al inicio, y lo fue un poco más cuando al poder reaccionar ambas chicas se dieron cuenta de que en sus dedos sólo había quedado las asas, mientras que los pedazos restantes de porcelanas residían en el suelo a sus pies. Y la causante de que las tazas hubieran casi literalmente estallado en sus manos, se encontraba clavada justo en la mesa delante de ambas: una flecha.

Evie y Audrey se viraron al mismo tiempo hacia atrás, y pudieron apreciar a Emma, aún en la posición exacta de después de haber disparado la fecha, sin siquiera esforzarse en disfrazarlo. Incluso cuando la miraron, la princesa de cabellos rubios se inclinó al frente con una pequeña reverencia, y con tono sarcástico pronunció despacio:

—Lo siento, se me resbaló.

Y justo después se viró hacia los demás chicos, que habían visto todo aquello con cierto espanto en sus rostros.

—Es una demente —exclamó Evie casi horrorizada, tomando una servilleta y comenzando de inmediato a limpiarse la falda de su vestido, pues parte del té que tenía en su taza le había caído encima—. Pudo habernos matado.

—Claro que no —masculló Audrey entre dientes, intentando de cierta forma disimular su enojo—. Para bien o para mal, siempre ha tenido una excelente puntería.

Es decir, ¿si hubiera querido matarlas lo hubiera hecho muy fácilmente? Eso sí que era un consuelo. Al parecer la hija era tan odiosa como su madre. ¿Dónde estaban las manzanas envenenadas cuando se necesitaban? Más le valía a esa princesita que esa mancha de té se lograra lavar, porque de lo contrario tendrían un muy grave problema.

Por su parte, los chicos intentaban reponerse del sobresalto y volver a su demostración de tiro. Y aunque la mayoría parecía más que acostumbrados a Emma y su humor, Carlos ciertamente estaba algo preocupado por lo ocurrido.

—Eres terrible, Emma —rio Aziz, incapaz de contenerse.

—Que lo piense mejor la próxima vez que quiera hablar mal de mi madre —musitó Emma casi agresiva, incluso lo suficientemente alto como para que el grupo de chicas la oyeran; y lo hicieron.

—Perdone a mi hermana, alteza —espetó Carlos rápidamente, inclinándose en una profunda reverencia respetuosa hacia ella—. De seguro sólo está nerviosa por querer encajar, y quiere simpatizarle a la princesa de Hendrieth.

—Pues eso es aún peor —murmuró Emma como respuesta, y prefirió entonces mejor ir y tomar otra flecha para reemplazar la que había usado para demostrar su punto.

Carlos soltó una pequeña maldición, mientras miraba de reojo a su compañera de misión. Esperaba que al menos su pequeño comentario hiriente hubiera servido de algo.

—Chad, ¿qué pasó con la hija de Fa Li Mulan? —Cuestionó el príncipe Aziz, mientras se preparaba para hacer su tiro, quizás intentando cambiar de tema—. ¿Sí la invitaron?

Aziz soltó su flecha, y ésta no dio en el centro, aunque sí quedó dentro del segundo círculo, así que no había estado tan mal.

—¿Fa Li Mulan? —Exclamó Carlos asombrado al escuchar ese nombre; pocos en los Siete Reinos no reconocían el nombre de esa legendaria heroína—. ¿Ella está aquí?

—No, pero su hija sí —respondió Chad con poco interés, y caminó hacia al frente para prepararse para su turno de tiro—. Viene como parte de la guardia de la Emperatriz de Chin. Y creo que Ben les mandó un mensaje, pero no recibió respuesta. Es mejor así, ¿no creen? De seguro se hubiera sentido incómoda entre personas que no son de su misma… clase.

Chad realizó su tiro en ese mismo momento, y su flecha no sólo no dio en el centro, sino que se fue de largo por encima de la diana, y cayendo en el césped un par de metros más adelante.

—Oh, ¡maldita sea! —Soltó molesto el príncipe de Austrix, incluso pateando el piso.

—Sí, definitivamente no somos personas de su clase —musitó Emma con sarcasmo a continuación, empujando a Chad sutilmente hacia un lado para dejarle el camino libre.

La princesa de Florian ni siquiera necesitó mucha preparación: tomó una flecha de su aljaba, la colocó en su arco y disparó, todo en poco más de un segundo. Y la flecha, como la vez anterior, dio justo en el blanco con bastante precisión. Y de nuevo, todos aplaudieron

—Como siempre Emma luciéndose —vitoreó Aziz, y los demás asintieron en apoyo a sus palabras, excepto Chad.

—¿Dónde está Ben?, ahora que lo mencionan —cuestionó Emma con curiosidad—. Sin ofender chicos, pero ustedes no son rivales divertidos.

—Eso no me ofende en lo más mínimo —masculló Chad de malagana. Su atención se enfocó entonces justo en Carlos—. Te toca, chico nuevo.

El chico de cabellos blancos se sobresaltó un poco al notar que le hablaban. Respiró hondo y entonces caminó al frente con su arco y flecha en mano. Observó la diana, imaginándose que era ese hermoso zorro plateado que se le había escapado hace unos días. Cargó la flecha, apuntó lo mejor que pudo y entonces disparó. La flecha voló, y por un segundo pareció que pegaría en el centro. Sin embargo, no fue así, y en su lugar pegó en el segundo círculo, aunque bastante cerca del área roja por algunos centímetros. Igual aquello fue lo suficientemente extraordinario como para que todos los demás le aplaudieran al unísono.

—Nada mal, Carlos —declaró Emma, genuinamente impresionada.

—Gracias, alteza —asintió el chico—. Pero no estoy acostumbrado a estas armas tan… rudimentarias. Tengo mejor tino con mi ballesta; con ella siempre doy en el blanco.

Los ojos de Emma se iluminaron al escucharlo decir eso.

—¿Tienes una ballesta? Yo siempre he querido saber cómo es disparar con una de esas.

—Tú y tu amor por las armas, Emma —masculló Chad con desgano, antes de que Carlos pudiera responder cualquier otra cosa—. Dejemos esto y vamos a comer de una vez.

Comenzó entonces a empujar a todos hacia las mesas, sin darles mucha oportunidad de objetar. Y poco a poco se fueron encaminando hacia los bocadillos y el té. Emma resopló un poco, pero los acompañó resignada a pesar de que quería seguir disparando un poco más.

Cuando se acercaron lo suficiente, Emma notó como todas las chicas reían y charlaban amenamente, y su atención parecía estar más que nada enfocada en la duquesa de cabellos azules que sonreía radiantemente y tomaba té de su taza con una finura casi exagerada. Evie la miró de reojo cuando pasó a su lado, y por un momento le pareció percibir una hostilidad bastante tangible, que en realidad no parecía querer ocultar. Emma se sintió un poco incómoda por ello, aunque más que nada confundida. ¿Cuál era su problema con ella exactamente? Si sólo quería hacerse amiga de Audrey quedando mal con ella, definitivamente no era alguien con quien deseaba convivir más de lo necesario. Así que sólo se quitó sus guantes de arquería y se sentó a lado de Neal y Alexandra. Notó sin embargo como la tal Evie siguió mirando en su dirección por un rato más, hasta que Audrey llamó de nuevo su atención hacia ella y el resto del grupo.

—Me agradas, Evie. Tus modales y tu dicción son exquisitos. Mejores que los de algunas princesas…

Audrey bebió sutilmente de su taza mientras comentaba aquello. Y aunque no pronunció nombre ni miró siquiera en su dirección, Emma supo de inmediato hacia quién iba dirigido ese comentario.

—Si quieres decirme algo de frente, Audrey, puedes hacerlo —musitó la princesa de Florian apenas con la dosis necesaria de cordialidad.

—Eso hago —susurró Audrey, aunque sonando más como un comentario al aire que una verdadera respuesta hacia ella.

Evie sonrió, al parecer complacida por ese pequeño intercambio de palabras entre ambas princesas.

—Bueno, muchas gracias, alteza. Todo es gracias a mi madre; es una estupenda institutriz.

—¿Institutriz? —Cuestionó Audrey con confusión, y de nuevo Evie se dio cuenta de que había soltado la lengua de más sin pesar; pero nada que no pudiera arreglar.

—Es un decir —murmuró con tono bromista—. Más bien me refiero a que a veces se comporta como si fuera una institutriz.

—Eso lo entiendo bien —señaló Chad con entusiasmo, aún con la mitad de un panecillo en la boca. Se apresuró a tragarlo todo, y entonces prosiguió explicando—. Mi madre es insufrible con su: “tienes que limpiar tú mismo lo que ensucias”, “se cortés y amable con los sirvientes”, “el dinero es para el pueblo, no para despilfarrar en banalidades.”

—Y aun así terminaste siendo cómo eres, Chad —murmuró Aziz con tono mordaz.

—Gracias —murmuró Chad orgulloso, aunque luego analizó mejor la frase—. Espera…

—Hola a todos, disculpen la tardanza —resonó en ese momento la voz de Ben, y la atención de todos los presentes se viró de lleno hacia el camino de la entrada, por el cual el galante príncipe de Auradon se aproximaba, con un hermoso y brillante atuendo azul, blanco y dorado, y una mano posada en el pomo de espada.

Al verlo, todos los presentes que no eran la realeza se pararon al mismo tiempo e inclinaron sus cabezas con respeto. Evie y Carlos tardaron un poco en reaccionar, pero intentaron rápidamente imitarlos.

—Bienvenido, alteza —murmuraron los jóvenes aristócratas con sus cabezas agachadas. Ben agradeció su gesto con una sonrisa, y con un ademán de su mano les indicó que podía volver a sentarse.

—Al fin llegas, Ben —le reprendió Audrey mientras lo observaba de forma inquisitiva—. Estaba preocupada por ti… Digo… Emma lo estaba, ¿o no, Emma?

—No especialmente —respondió la princesa de Florian, más concentrada en colocarle las cucharadas de azúcar debidas a su té.

—Lo siento, se me fue el tiempo volando en el museo, pero ya estoy aquí —se disculpó Ben, ofreciéndoles también a todos una pequeña reverencia con su cabeza.

—¿Enserio volviste otra vez al museo? —Le cuestionó Chad, incrédulo—. Entre Emma, fanática de las armas, y Ben, el cerebrito de la historia, qué linda pareja hacen —exclamó con marcada ironía.

—Por cierto, felicidades por su compromiso, alteza —expresó una de las chicas del grupo con genuina emoción.

—Se sentará con su prometida, ¿cierto, alteza? —preguntó otra de las jóvenes, en el momento justo en el que Ben estaba a medio proceso de sentarse junto a Chad y Aziz.

El príncipe de Auradon miró entonces hacia Emma, que bebía tranquilamente de su taza, al parecer ignorando deliberadamente la conversación, a pesar de que ésta se refería a ella de cierta forma.

—Sí, por supuesto —respondió Ben rápidamente, forzando una sonrisa. Se paró de nuevo y se aproximó hacia Emma, parándose delante de ella, y extendiéndole una mano de forma gentil; todo esto frente a la mirada interesada de todos los presentes—. Emma…

—Ben —suspiró la princesa, no con mucho interés al parecer, pero igual extendió su propia mano para entregársela a su prometido.

El príncipe tomó la mano con delicadeza, se inclinó al frente, y le dio un escueto y un poco apresurado beso en ella. Luego se sentó a su derecha, aunque con una prudente distancia.

Las demás chicas (salvo por Audrey), suspiraron maravilladas e ilusionadas por aquel aparente acto de amor. Evie y Carlos, por su parte, sólo se miraron el uno al otro en silencio. Sus solas miradas indicaban que pensaban lo mismo: eso había sido abrumadoramente frío y forzado. ¿En verdad esos dos estaban comprometidos?

Carlos entonces carraspeó un poco para llamar su atención y comenzó a hablar, intentando sonar tranquilo y despreocupado.

—Bueno, hablo por mi hermana y por mí al decir que es un honor estar aquí con los… jóvenes líderes de los Siete Reinos. Aunque bueno, creo que hace falta el Hada Azul en esta merienda, ¿no es cierto?

Las miradas de algunos se clavaron en él, un tanto perdidos por su repentino comentario.

—¿El Hada Azul? —Cuestionó Audrey, arrugando un poco el entrecejo con confusión.

—Sí —asintió Carlos—. Digo, esto es para jóvenes líderes, ¿o no? Y según entiendo, dentro de su raza, ella es joven.

—Muy joven —espetó Evie rápidamente, alzando un dedo para enfatizar su punto.

—Sí… o no tanto —prosiguió Carlos, procurando volver rápidamente al hilo de su argumento original—. Digo, no es como que deba estar cuidando la varita, ¿no? Porque está segura… en el museo…

La atención de Carlos, y por consiguiente la de Evie, se centró en Ben al hacer tal pregunta. Esperaba no haber sido demasiado obvio en su intención, pues al menos buscaba poner el tema de la varita sobre la mesa y ver hacia dónde podían llevarlo. Ben estaba a media mordida de un pastelillo de crema cuando escuchó aquel comentario. Se cubrió la boca con una mano mientras terminaba de masticarlo, y unos segundos después se veía que estaba dispuesto a responder algo. Sin embargo, la risa burlona de Chad se hizo presente mucho antes.

—Cómo si alguien quisiera robarse esa rama vieja y fea —musitó el príncipe de Austrix sin menor miramiento.

—Chad —exclamó Emma en tono de reprimenda. Chad sólo se encogió de hombros y siguió comiendo.

—El Hada Azul podrá verse y comportarse cómo de nuestra edad —aclaró Audrey con más prudencia que su amigo príncipe—, pero la verdad es que ya es una reina… O al menos finge serlo.

—¿Qué quieren decir? —cuestionó Carlos un poco confundido, pero todos parecieron pasar de largo de su pregunta.

—Además, es un hada —declaró Chad fervientemente—. De ninguna manera quisiera tener a una de esas presuntuosas aquí, arruinando nuestra tranquila merienda con sus Hocus Pocus y sus Bibidi Babidi Bu.

—Chad, por favor —exclamó Ben, exteriorizando cierta molestia por sus comentarios tan impertinente.

—Oh, vamos amigo. Todos saben que es cierto. Se creen mucho mejor que nosotros sólo por tener esa malvada magia.

Aquella repentina mención provocó una apreciable reacción de sorpresa en Evie y Carlos, que de nuevo se vieron el uno al otro, y de nuevo se dieron cuenta que compartían el mismo pensamiento.

—Oh, yo creí que sólo les molestaba la Magia Negra —murmuró Evie con prudencia, intentando mantenerse sonriente, aunque comenzaba a resultarle más difícil.

—Magia Negra, Magia Blanca, para el caso es lo mismo —respondió Audrey, agitando una mano en el aire—. La magia ha sido la causa de todas las desgracias de nuestros reinos, ¿o no? —Se viró hacia el resto del grupo, que en su mayoría asintieron en apoyo a sus palabras—. Maldiciones para hacer dormir, dragones gigantes, bolas de fuego que queman casas, monstruos que se arrodillan y siguen ciegamente tus órdenes… Todo eso es posible con ambos tipos de magia. Sólo la consideran magia buena o mala dependiendo de quién la usa, pero al final ambos son lo mismo.

—Sí, las hadas no son mejores que los villanos —secundó Chad efusivo—. Todos sabemos que si quisieran, sólo tendrían que mover sus varitas y, ¡bum! Nos tienen esposados y a sus pies.

—Chad, ya te pasaste —espetó Ben, al parecer ya bastante molesto—. Jane y las demás hadas son nuestras aliadas. Si no fuera por ellas, no hubiéramos podido parar la Guerra.

—O querrás decir que si no fuera por ellas quizás no hubiera habido Guerra en un inicio, ¿no? —Le respondió Chad, firme en su postura—. ¿No has pensado que bien pudieron haberle quitado su magia a los Magos Negros para ser ellas las únicas con el poder? Da mucho en qué pensar, ¿no creen?

Se giró a ver al resto, y al igual que la vez anterior todos parecieron concordar.

—Ciertamente la sola existencia de la magia es un peligro —comentó Aziz con seriedad—. Incluso la bien intencionada, en manos incorrectas puede causar mucho daño. Como la magia de un Genio en poder de alguien como el antiguo visir Jafar. La verdad creo que las cosas están mucho mejor desde que ya no hay más de ésta en manos de cualquiera.

Y, otra vez, todos estuvieron de acuerdo. Ben, por su parte, prefirió guardar silencio, pero su rostro demostraba vívidamente su inconformidad. Evie y Carlos igualmente permanecieron callados, y se limitaron a beber lentamente de sus tazas.

El sonido de otra taza rompiéndose rasgó la quietud en la que todo se había sumido. Cuando viraron sus vistas en la dirección de aquel estruendo, vieron que la taza rota había sido la de Emma, y ahora reposaba partida en dos partes desiguales a sus pies. La mano que la sujetaba hasta hace poco permanecía inmóvil en el aire, con sus dedos abiertos pero totalmente quieta, como la mano de una estatua. La mirada de Emma además estaba fija en la mesa delante de ella, aunque en realidad parecía no estar viendo nada en lo absoluto.

—¿Estás bien, Emma? —preguntó Ben preocupado, e intentó tomarla de la mano. Pero antes de que la tocara, la princesa se paró abruptamente de su asiento.

—Me estoy siento un poco indispuesta —explicó con voz neutra, algo apagada—. Con su permiso, nos retiramos. Vamos, Neal.

Tomó entonces a su pequeño hermano de su mano y comenzó a jalarlo con un poco de brusquedad.

—Yo me quiero quedar —gimoteó el joven príncipe, al borde de una rabieta.

—Qué vengas —le ordenó Emma impaciente, y ambos comenzaron a alejarse le gustara a Neal o no. Alexandra despidió a su pequeño amigo agitando una manita en el aire, con su cara embarrada de crema y chocolate.

—Te acompaño —indicó Ben, disponiéndose a seguirlos.

—No, estoy bien —le respondió Emma algo tajante, sin mirarlo ni detenerse—. Gracias.

Ben se detuvo en seco al oírla pronunciar aquello, sonando casi como una orden. No entendía bien si realmente se había sentido mal, o simplemente la plática que estaban teniendo la había molestado. Aunque ella no solía irse de esa forma cuando algo la molestaba, sino que solía discutir de frente sin importarle mucho lo que decía, así que le parecía casi imposible que fuera eso.

—¿Le habrá caído mal el té? —comentó Chad, oliendo un poco el contenido de su propia taza; olía bien, en su opinión.

—Deberá ser una pesadilla casarse con alguien de salud tan delicada, ¿no crees, Ben? —Comentó Audrey con cierta mordacidad, dando justo después un pequeño sorbo de su propia taza.

Ben no respondió nada, y simplemente volvió a tomar asiento, pero se notó de inmediato que ya no estaba tan a gusto en esa reunión.

Quienes tampoco estaban tan cómodos como en un inicio, eran precisamente los dos infiltrados, Evie y Carlos. Lo disimularon mucho más, por supuesto. Siguieron ahí sentados, bebiendo, comiendo, charlando y riendo. Pero ya era bastante menos genuino que antes.

— — — —

A pesar de no haber hecho realmente mucho (físicamente hablando), Evie y Carlos volvieron esa tarde a la mansión alquilada sintiéndose agotados. Entraron por la puerta principal casi arrastrando los pies y se adentraron a la sala de estar principal, en donde Mal y Jay los aguardaban.

La hija de Maléfica estaba de pie frente a la ventana, mirando pensativa hacia la calle, y a Evie por un momento la imagen le recordó a lo que había visto la noche anterior en su cuarto.

El hijo de Jafar, por su lado, estaba sentado en un sillón, puliendo con un trapo lo que parecía ser… ¿una olla de cobre nueva y brillante? Y a sus pies tenía al menos dos más iguales. Carlos se sintió tentado a preguntarle de dónde había salido eso, pero lo dejó pasar y simplemente se dejó caer de sentón en el sillón a su lado.

—Al fin llegan, princesitas —musitó Jay con tono burlón—. ¿Y entonces? ¿Obtuvieron algo de los pomposos o no?

—No aún —respondió Carlos con voz agotada, mientras se tallaba sus ojos con sus dedos—. El Hada Azul no fue invitada, y el príncipe de Auradon llegó tarde.

Evie se sentó en un sillón individual, y a pesar de su cansancio cuidó que la falda de su vestido quedara bien acomodada. Lo que sí hizo fue quitarse sus zapatos, y ciertamente sus pies se lo agradecieron.

—Intentamos tocar el tema de la varita un par de veces, pero no salió muy bien —complementó Evie—. La buena noticia es que creo que me estoy ganando su confianza.

—Sí, les gustó tanto tu vestido que te quieren de su costurera personal —ironizó Carlos.

—¿Enserio lo crees? —Exclamó Evie con entusiasmo, pero poco después cayó en cuenta de que no lo estaba diciendo como un cumplido—. Espera, eso no es bueno, ¿o sí?

Carlos pareció por un momento querer responderle, pero el agotamiento lo persuadió y prefirió mejor volverse de nuevo hacia Jay.

—¿Y qué hay de ustedes? ¿Ya descubrieron como robar la espada discretamente?

—Yo tengo un par de ideas para entrar —se explicó Jay, retomando en ese momento su tarea de pulido de ollas (posiblemente recién robadas)—. Y Mal está toda misteriosa con su idea para robar la espada. ¿Cierto, Mal?

No hubo una respuesta inmediata por parte de la chica de cabellos morados, que seguía mirando atenta por la ventana, al parecer sin ponerle mucha atención a su plática.

—¿Mal? —Pronunció Evie con fuerza para llamar su atención. La joven de ojos verdes saltó un poco, y se viró hacia ellos un poco perdida.

—¿Qué? —Cuestionó, un poco a la defensiva.

—Que ya tienes una idea de cómo tomar la espada, ¿no? —Repitió Jay, y eso le ayudó un poco a Mal a ponerse en contexto.

—Ah, eso. Sí… algo así —murmuró despacio, y luego volteó hacia Evie—. Sólo necesito que me prestes alguno de tus libros de magia para probar algo. ¿Está bien?

—Son todos tuyos —asintió Evie con optimismo—. Sólo no los maltrates que tengo que devolvérselos a mi madre algún día.

—Gracias —susurró Mal como respuesta, y luego se volteó de nuevo hacia la ventana, sumiéndose una vez más en sus profundos pensamientos; cualquiera que fueran estos.

—Bueno, en resumen todo este día fue inútil —concluyó Carlos con fastidio—. Fue demasiado tiempo desperdiciado pasando la tarde con esos chicos ricos, presumidos, quejumbrosos y llorones.

—¿Te molesta que te roben tu acto, acaso? —murmuró Jay de forma disimulada.

—Exac… ¡Oye! —Exclamó el joven conde, ofendido por la insinuación. Evie y Jay simplemente rieron, divertidos por su reacción.

Evie se tomó unos momentos para reflexionar en todo lo que había ocurrido en esa merienda. Sí, había sido divertido estar con las princesas y las duquesas, comer y charlar, y en especial que le adularan su vestido. Pero cuando la plática se encaminó al tema de las hadas, y en especial la magia… aquello se volvió bastante incómodo; en más de un sentido.

—En verdad no fueron una compañía del todo agradable —musitó Evie con una casi sombría seriedad—. Se supone que son los héroes y los buenos, pero se odian incluso entre ellos, y no hacen intento alguno por disimularlo.

—Incluso a las hadas —secundó Carlos—. Al parecer desconfían de cualquier cosa que tenga magia, no sólo los Magos Negros.

—Se oyen como una manada de imbéciles —concluyó Jay con desidia.

—Ben no es así —escucharon de pronto que Mal murmuraba desde su posición, aunque no lo suficientemente bajo como para que no la escucharan.

Los tres se viraron al mismo tiempo en su dirección, observándola con confusión en sus miradas.

—¿Quién? —musitó Jay despacio, sonando casi como una acusación.

Mal se giró hacia sus compañeros, y al notar cómo la miraban le fue bastante evidente que había hablado de más sin darse cuenta.

—Quiero decir, Benjamín… Quiero decir… el Príncipe Benjamín.

—¿Y desde cuándo le dices Ben? —preguntó Evie, inquisitiva.

—¿Yo? Desde nunca.

—Pero lo acabas de hacer —señaló Carlos.

—¡Qué no! Ya supérenlo.

Y hecha esa última y rápida declaración se cruzó de brazos y se giró de nuevo a la ventana, dándoles la espalda. Aunque ya fuera consciente o inconscientemente, lo que realmente quería es que no vieran su rostro, que podía sentir que le ardía de la vergüenza en esos momentos.

Evie, Jay y Carlos se miraron entre ellos, preguntándose con las miradas si alguno entendía que había ocurrido; ninguno tenía algo que agregar al parecer.

—Pero es cierto —comentó Evie—. El Príncipe Benjamín parece distinto a los demás. Es el único que salió a la defensa de las hadas, es mucho más agradable… y guapo, además.

—Sí… —susurró Mal muy despacio, bastante de acuerdo en esa última afirmación. En esa ocasión sí lo había pronunciado bastante despacio, tanto que ni ella se escuchó. E igualmente no fue del todo consciente de que había sonreído justo al momento de hacerlo.

—¡Ahí está! —Pronunció Carlos con fuerza, tomando por sorpresa a todos, en especial a Mal que estaba tan metida en sus pensamientos que casi saltó asustada por el repentino grito.

El chico de cabellos blancos se paró y se acercó a Evie, sentándose en el sillón más próximo a ella. La joven hechicera se hizo hacia atrás, sintiéndose un poco intimidada por la extraña emoción que reflejaban sus ojos en esos momentos; casi parecía un loco.

—Así es como obtendremos lo que necesitamos —indicó Carlos, señalando directamente a Evie—. Debes de hacerte amiga del príncipe de Auradon, luego seducirlo para que se fije en ti, y entonces sacarle la ubicación secreta de la varita cuando lo tengas engatusado.

—¿Qué? —Exclamaron alarmadas tanto Evie como Mal al mismo tiempo.

—¿Qué te pasa? —Espetó Evie, al parecer sintiéndose molesta y algo ofendida por la propuesta—. Es un hombre comprometido.

—Sí, con la Hija de Blanca Nieves —masculló Carlos con obviedad—. ¿Que no es la archienemiga de tu madre y dijiste que la odiabas?

Evie abrió la boca y alzó su dedo índice en ademán de querer argumentar algo… pero en su lugar se quedó en silencio por un rato, y su expresión de molestia cambió por una más reflexiva.

—Eso es cierto… —murmuró despacio, más para sí misma que como una respuesta para el chico de rostro pecoso—. Así que de cierta forma hacerlo sería algo… malvado, y bueno a la vez porque sería como vengar a mi madre, ¿no?

—A mí me parece una muy mala idea —indicó Mal con ímpetu.

—A mí me parece muy buena —opinó Jay con casi el mismo entusiasmo que Carlos—. Es una estafa estándar y simple: seduces al chico, lo atraes, dejas que te dé algunos besitos, quizás un poco más, y le sacas la sopa.

—¡Oye! —Espetó Evie con enojo, y de inmediato alzó su mano con la clara señal de lanzar una bofetada. Pero cómo Jay se encontraba bastante lejos de ella, quien terminó recibiendola fue Carlos; directo en su mejilla izquierda, y tan fuerte que su rostro se giró por completo hacia un lado.

—¡Auh! —Exclamó el joven, adolorido, aunque también confundido con por qué había sido él el afectado. Pero Evie no le puso atención, pues su ira estaba enfocada justo en Jay.

—¡¿Cómo te atreves a siquiera insinuar que yo haría eso?! Soy una dama decente, que algún día será una reina hecha y derecha. ¿Oíste?

—¿Quieres la varita sí o no? —Pronunció Jay como defensa, cruzándose de brazos—. Si quieres ser un villano, tendrás que arriesgarte un poco, hermana.

Evie no respondió nada. Sólo se cruzó de brazos y se viró hacia un lado. En el fondo quizás estaba considerando seriamente las posibilidades. ¿En verdad sería capaz de hacer algo como eso para cumplir su misión? Y, por supuesto, Evie no era la única que se lo preguntaba. Pues por algún motivo que no le resultaba del todo claro de momento, ese posible plan de acción a Mal la había inquietado bastante…

FIN DEL CAPÍTULO 14

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Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ «Once Upon a Time» © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ «Descendants» © Disney Channel, The Walt Disney Company.

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