Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 102. Un regalo para su más leal servidor

24 de julio del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 102. Un regalo para su más leal servidor

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 102.
Un regalo para su más leal servidor

El Dr. Haddad encendió su pequeña linterna frente al rostro de Rosemary, y pasó sutilmente la luz de ésta delante de sus ojos claros y brillosos. La mujer, de rostro arrugado y delgado pero de un color particularmente saludable en esos momentos, se encontraba sentada en su cama médica, la misma en dónde había estado dormida por casi veinte años, en esa bonita habitación del departamento de su hijo. La cama había sido colocada en la posición adecuada para que la paciente pudiera estar sentada de forma cómoda. Sus labios delgados y sonrosados dibujaban una pequeña sonrisa alegre, o mínimo de comodidad.

—Siga la luz, por favor —le indicó el médico de cabello corto y nariz aguileña, mientras movía la luz frente a su rostro.

Rosemary movía sus ojos a donde le indicaba. A veces el brillo llegaba a molestarle y tenía que cerrarlos unos segundos, para luego seguir adelante con el examen justo como se lo pedían.

—Muy bien, lo está haciendo muy bien —le felicitó el doctor, y un par de segundos después apagó su linterna y la guardó en el bolsillo de su camisa color beige.

Rosemary y el Dr. Haddad no eran los únicos ahí presentes. De pie frente a la puerta, aunque manteniendo una distancia prudente, Andy y Ann observaban todo en silencio, pero notablemente interesados. Haddad era el neurólogo que había estado tratando a Rosemary Reilly desde que Andy la transportó hasta New York. Por eso mismo, la acción inmediata del exitoso músico, tras digerir y entender (lo mínimo posible) lo que ocurría, fue llamarlo de emergencia y pedirle (aunque quizás hubo un poco de orden en su tono) que fuera para allá de inmediato.

Andy aún no lograba concebir del todo lo que ocurría, incluso estando de pie mirando aquello con sus propios ojos. Una parte de él pensaba que en cualquier momento Haddad se giraría hacia él y le diría que todo fue un gran malentendido, y que su madre seguía exactamente igual a cómo estaba antes de que se fuera a Grecia, por más incoherente que ese pensamiento le resultara. Era obvio que estaba despierta; lo había visto y hablado… pero él no era capaz de creerlo, o quizás en realidad no quería hacerlo.

—Dígame, ¿cómo se siente? —preguntó el Dr. Haddad con voz templada—. Físicamente hablando.

—Salvo que se me dificulta un poco mover el cuerpo, me siento bien —respondió Rosemary con insólito optimismo—. No tengo ningún dolor o molestia en específico.

—Esa es una buena señal —asintió Haddad—. Vamos a hacer una prueba rápida de su sensibilidad, ¿le parece?

Rosemary asintió como respuesta, aunque no es como si tuviera algún motivo para negarse.

Haddad se paró entonces y se acercó un poco al pie de la cama. Retiró con cuidado el cobertor de la pierna derecha de Rosemary, que se asomaba de debajo de la bata de hospital desde la rodilla hasta la punta de los pies. Haddad tomó una pluma del bolsillo de su camisa (el mismo donde había colocado su linterna) y la aproximó a un costado de su pantorrilla, presionando un poco la punta contra su piel.

—¿Siente esto?

—Sí —respondió Rosemary.

A continuación, el médico bajó un poco más, ahora hacia los dedos de su pie.

—¿Y esto? —preguntó un segundo antes de presionar la pluma contra la punta de su dedo gordo, quizás más fuerte de lo requerido pues en ese instante Rosemary dio un pequeño sobresalto en la cama.

—Sí… y le pido que no lo haga de nuevo, que duele —le reprendió Rosemary.

—En este caso el dolor es bueno, en realidad —se excusó Haddad, y siguiendo su petición guardó de nuevo su pluma y dejó esa prueba hasta ahí; igual todo se veía bien—. Intentemos algo más. Voy a decirle tres palabras, y le pido que intente memorizarlas lo mejor que pueda, ¿de acuerdo? —Rosemary asintió—. Las palabras son: manzana, martillo, papel. ¿Puede repetirlas?

—Manzana, martillo y papel.

—Muy bien. ¿Puede decirme su nombre completo y su lugar de nacimiento?

—Rosemary Reilly, y nací en Omaha, Nebraska —respondió rápidamente y con bastante fluidez en sus palabras.

—¿Recuerda el nombre de sus padres?

—Claro que sí: Edward y Mary.

—¿Y el de sus hermanos?

—Eddie, Margaret, Brian, Jean y Pat —enlistó sin vacilación alguna.

—¿Y el nombre de su esposo?

—Exesposo —le corrigió tajantemente, al parecer con la intención de alzar su mano en señal de regaño, pero cediendo de su intento pues ésta de momento la sentía demasiado pesada para levantarla—. Su nombre era Guy Woodhouse —respondió tras un rato, aunque no del todo contenta de hacerlo al parecer.

—¿Y el de su hijo? —preguntó el doctor por último, volteando a ver a Andy, que se estremeció un poco al sentirse de golpe jalado de ser un mero espectador a parte de la conversación.

Rosemary igualmente se volteó hacia él, y todos pudieron ver cómo su rostro entero se iluminaba de golpe. Y su sonrisa, hasta ese momento moderada, se amplió por completo llena de júbilo.

—Adrew, mi pequeño Andrew —murmuró despacio, con cariño acompañando cada palabra—. Que ya no es tan pequeño, en realidad. Se ha convertido en un hombre mucho más apuesto y galante de lo que pensé que sería. ¿No le parece a usted, doctor?

Haddad carraspeó, y al parecer la pregunta le incomodó un poco pues de inmediato pasó a otro tema.

—Sra. Reilly, ¿qué es lo último que recuerda antes de quedar inconsciente?

Rosemary desvió lentamente su vista de su hijo al médico de pie a su lado al oír su pregunta. Su sonrisa se esfumó lentamente y su entrecejo se arrugó un poco, en señal de que estaba haciendo un pequeño esfuerzo por formular de forma correcta su respuesta. Andy en particular se tensó un poco, intentando adivinar qué estaba por responder. Él sabía lo que había ocurrido; estaba presente en ese momento, después de todo.

—Yo… estaba en el Bramford —comenzó a explicar la mujer en la camilla—, era de noche y me dirigía al ascensor con Andy para irnos de ese sitio. Y luego… —hizo una pequeña pausa reflexiva, y entonces añadió—: luego ya no recuerdo más. ¿Fue ahí donde me desmayé?

—Así parece, señora —aclaró el médico. Aquello concordaba con lo que el mismo Andy le había contado hace mucho cuando recién comenzó a tratarla—. ¿Por qué intentaba salir de su edificio tan tarde?

—Quería hacer un viaje sorpresa a casa para visitar a mis padres, y llevar a Andy para que lo conocieran al fin en persona.

—¿Por qué tan tarde?

Rosemary volvió a tomar unos segundos de cavilación, y luego se encogió de hombros, apenas con un pequeño movimiento apreciable de estos.

—No lo sé, en realidad. Fue una ocurrencia del momento, y me dije: ¿por qué no? Creo que no estaba pensando con claridad en ese momento. Quizás ya tenía algo malo en la cabeza y eso causó todo esto. ¿Puede eso ser posible?

—Sí, es posible —asintió Haddad, al parecer satisfecho por la respuesta,

Andy, por su lado, estaba un poco sorprendido por su contestación tan clara y rápida, a pesar de que él sabía muy bien que no todo lo que decía era cierto. ¿Estaba mintiendo deliberadamente?, ¿o quizás realmente era así como ella lo recordaba?

—¿Me repite las tres palabras que le dije antes que memorizara? —comentó Haddad de pronto, tomando un poco por sorpresa a Rosemary. Ésta vaciló sólo un segundo, y entonces susurró:

—Manzana, martillo… y papel, ¿cierto?

—Esas eran —afirmó Haddad con entusiasmo. Luego incluso se permitió darle a la mujer un par de palmadas en su hombro, como si la estuviera felicitando—. Muy bien, Sra. Reilly. Ya terminamos por hoy. Sólo me queda decirle que nos da mucho gusto a todos tenerla de vuelta entre los vivos.

—No tanto como a mí, doctor —respondió Rosemary sonriente—. Gracias.

El Dr. Haddad se dirigió entonces a la puerta y salió tranquilamente al pasillo. Fue evidente para Andy y Ann que quería que lo siguieran, y así lo hicieron. Sin embargo, el dueño del departamento se detuvo unos momentos a mirar a su madre en la cama, que le volvió a sonreír con entusiasmo como hace rato. Él intentó devolvérsela de la misma forma, aunque de seguro se le notaba bastante menos júbilo. Luego sólo asintió una vez y salió un poco apresurado de la habitación.

—¿Y bien? —preguntó Andy sin rodeos una vez que los tres estuvieron afuera y de pie a un par de metros de la puerta.

Haddad se acomodó sutilmente sus anteojos, y entonces respondió:

—Tendría que hacerle estudios más detallados, pero a simple vista no parece haber ningún daño neurológico. De hecho, parece estar en perfecto estado y bastante lúcida; como si tuviera veinte años, y sólo se hubiera echado a dormir una siesta el día de ayer. Es realmente impresionante.

Andy guardó silencio, asombrado por oírlo decir eso; al parecer esperaba recibir algún otro tipo de respuesta.

—¿Y crees que le sea posible pararse de esa cama? —preguntó una vez se sobrepuso.

—Los ejercicios y terapias que le has aplicado cada día le han ayudado. Con algo de terapia más intensiva ahora que está despierta, lo veo bastante viable.

El médico se tomó la libertad de acercarse al músico y tomarlo delicadamente de los brazos, como un intento contenido de abrazo. Luego le sonrió, bastante más entusiasmado.

—Felicidades, Andy. Si alguien se merece este regalo, eres tú.

El músico se limitó sólo a sonreírle ligeramente, pero de sus labios no surgió ninguna palabra…

Ann, que estaba de pie a lado de los dos, había tenido su atención puesta en Andy todo ese tiempo, y se había percatado de inmediato lo difícil que le estaba resultando mantener esa máscara de cordialidad y felicidad. Aquello ciertamente lo había puesto de cabeza, y no era para menos. Así que decidió tomar la iniciativa y ayudarlo un poco.

—Muchas gracias por todo, doctor —murmuró la empresaria con gentileza, y colocando una mano en la espalda del médico comenzó a guiarlo por el pasillo hacia el recibidor—. Déjeme acompañarlo a la puerta.

Ambos avanzaron solos hacia la salida, dejando a Andy atrás que agradeció en silencio que Ann estuviera ahí para encargarse de eso para lo que no tenía precisamente mucha cabeza. Especialmente ahora, que no podía postergar más entrar en ese cuarto y encarar a la mujer de la camilla, ahora despierta.

—Quisiéramos que la noticia no se diera a conocer de momento —comentó Ann con moderación una vez que Haddad y ella se encontraban ya en el recibidor del departamento—. Todo esto será un proceso complicado para el señor Woodhouse y su madre, y lo que menos quisiéramos es tener a la prensa metida aquí haciendo preguntas. Usted me entiende.

—No se preocupe, señora… —murmuró Haddad, dudando un poco al momento de referirse a la mujer a su lado, pues no recordaba que Andy los hubiera presentado formalmente. Y en efecto, no lo había hecho, y no podía culparlo pues su cabeza había estado divagando en mil cosas después de todo.

Ann sonrió con sus brillantes labios rojos, y le respondió con amabilidad:

—Rutledge, Ann Rutledge.

De momento consideró preferible no involucrar el apellido “Thorn” en eso, al menos que no hubiera de otra.

—Le aseguro que seré extremadamente discreto con esto, Sra. Rutledge. Estoy realmente contento por Andy. Él esperó mucho tiempo para que esto ocurriera.

—Sí, todos los estamos —asintió Ann, aunque en realidad ella no estaba aún segura de qué tan “contentos” debían de estar en realidad. Se aproximó entonces a la puerta principal y se la abrió—. Buenas tardes, y gracias por su visita.

—No hay de qué —se despidió Haddad ya con un pie afuera—. Cualquier cosa, llámenme con confianza.

Ann agradeció su gentileza una última vez, y entonces cerró la puerta una vez que el médico se encaminó al ascensor. Se permitió entonces borrar su falsa sonrisa de su rostro y soltar un pesado suspiro de cansancio.

Hace sólo un par de horas acababa de bajar de un largo vuelo; realmente no estaba de humor para lidiar con esas cosas. Se suponía que debía estar de camino a Los Ángeles para esos momentos; ni siquiera había tenido oportunidad de comunicarse con Verónica y notificarle de su retraso.

Miró en dirección al pasillo de las habitaciones y ya no vio a Andy de pie en él. Supuso que estaba con su madre… así que era mejor no molestarlo. En lugar de irlo a buscar, se dirigió a la sala y se sentó para esperarlo. Su expectativa era que pudieran decidir pronto qué es lo que harían con el otro asunto que los atañía. Lo más seguro era que tendría que irse ella sola a Los Ángeles, como tenía planeado originalmente…

— — — —

Andy en efecto había vuelto al cuarto, donde su madre lo esperaba paciente. En cuanto lo vio en la puerta, de nuevo la mujer le sonrió con alegría; alegría sincera, más profunda que la que había percibido de cualquiera de sus fans, o de los demás seguidores de la Hermandad. Una alegría con la que, para sorpresa de Andy, no estaba del todo acostumbrado a lidiar.

El músico se aproximó a la camilla y se sentó a su lado en la silla, inclinándose un poco hacia la mujer. Ésta lo admiraba intensamente, como si intentara memorizar cada centímetro de su rostro.

—No puedo creer que realmente seas tú, Andy —musitó Rosemary con excitación—. Con esa barba y ese cabello largo, casi te pareces a Jesucristo, ¿sabes?

—Me lo dicen seguido —bromeó Andy como respuesta.

—¿Aún ocultas tus lindos ojos de tigre con magia?

—Aprendí a hacerlo por mi cuenta hace tiempo, y ahora siempre los tengo así. Es necesario; aún en esta época la gente no entendería muy bien a alguien de ojos dorados de bestia andando por ahí. Aunque, aquí entre nosotros, hay cosas más extrañas hoy en día.

Rosemary de seguro no entendió del todo su comentario, pero igual rio de forma armoniosa.

—¿Le mentiste al doctor cuando te preguntó sobre lo ocurrido aquella noche? —inquirió Andy sin muchos rodeos, pues realmente deseaba aclarar esa duda.

—¿Y qué le iba a decir? ¿Que ese grupo de brujos que vivía en la puerta de al lado me lanzó un hechizo para dejarme en coma y evitar que huyera contigo? Por qué eso fue lo que pasó, ¿cierto? Me hicieron lo mismo que a mi amigo Hutch. —En su voz se percibió por primera vez enojo, y sobre todo un muy marcado resentimiento—. Pero lo que me hicieron a mí fue incluso más cruel… ¿En verdad estamos en el 2017?

—Sí —respondió Andy con voz neutra—. Es noviembre, de hecho. Dentro de unos días será Acción de Gracias.

Rosemary apoyó su cabeza por completo contra la almohada, y fijó sus ojos fríos en el techo sobre ella.

—Cuarenta y un años… —murmuró despacio, como un pensamiento que se le escapaba de la cabeza sin que ella lo quisiera—. Esos malditos me arrebataron cuarenta y un años de mi vida. ¿Cómo pudieron hacerme esto? —Alzó entonces lo más que pudo su delgada y arrugada mano, que además le tembló un poco por el esfuerzo de mantenerla levantada—. Mírame, soy una anciana decrépita. Sólo desperté de ese largo sueño para de seguro morirme en serio dentro de poco.

—No digas eso, mamá —exclamó Andy de inmediato, tomando con delicadeza su mano, y haciendo que la bajara de nuevo y la recostara sobre la cama—. El doctor dice que estás perfectamente. Aún estás a tiempo de vivir una vida plena, y de pasar mucho tiempo al lado mío y de tu nieto.

El mal humor y enojo se esfumó un poco del rostro de Rosemary al sentir el tacto de su hijo en su mano, y en especial cuando mencionó a su “nieto”.

—Sebastián es un niño adorable, y muy inteligente —declaró la mujer—. Se sentó aquí a mi lado a hablar conmigo desde que desperté, y a contarme muchas cosas sobre ti, sobre él, y sobre cómo es el mundo en estos momentos. Se parece tanto a ti a su edad. Me fue difícil creer por un momento que fuera adoptado. Si no me lo hubieran dicho, juraría que estaban relacionados de alguna forma.

Andy nada más sonrió, sin responder en realidad nada a tal observación.

—¿Nunca te casaste? —preguntó Rosemary de pronto, al parecer llena de curiosidad—. Esa señorita que está aquí, ¿es tu novia o… algo?

Su tono era casi de acusación, pero su sonrisa pícara era más de complicidad. Incluso lo había susurrado más despacio que lo anterior, como si temiera que “esa señorita” de la que hablaba pudiera oírla. Andy no pudo evitar reír un poco. Aquello le había parecido casi como si se lo estuviera preguntando a un niño de diez años con respecto a alguna compañera de su clase.

—No, nunca me casé —respondió tranquilamente a su primera pregunta—. Siempre ha habido mucho trabajo, y me temo que muy pocas personas pueden seguir mi ritmo. Y Ann, ella… —titubeó un momento, pero luego prosiguió con normalidad, como si nada hubiera pasado—. Es sólo una muy buena amiga.

Rosemary sólo asintió despacio, aunque en sus ojos se podía ver que no le creía del todo su explicación. “Una madre siempre sabe”, dirían algunos.

—Sebastián me dijo que eres músico, y que eres muy famoso —añadió Rosemary con entusiasmo.

—Entre otras cosas.

—También me dijo que ayudas a las personas, y siempre haces el bien. Que eres un Hijo de la Luz… Aunque no entendí bien qué significaba eso.

—Es mi asociación benéfica —explicó Andy, cruzándose de piernas en una posición más cómoda—. Ayudamos en causas humanitarias y ecológicas lo mejor que se puede, e intentamos unir a las personas en una sola comunidad, más allá de sus ideas políticas y credos. Hemos hecho un gran progreso en combatir el hambre, las guerras, el cambio climático, la deforestación, los prejuicios y la discriminación. Aún queda mucho por hacer, pero todo lo hacemos un día a la vez.

Mientras Andy contaba todo eso, Rosemary lo observaba atentamente, llena de interés y de emoción con cada una de sus palabras. A Andy por un momento se le vino a la mente momentos de muy atrás, cuando era un niño de 9 o 10 años, explicándole con mucha emoción a su madre alguna cosa que había visto en la tele u oído en la radio, y como lo miraba de regreso de la misma forma que lo hacía en ese momento. Eso le provocó una inusual sensación cálida en el pecho, aunque… también dolorosa.

—Estoy tan feliz de oír todo eso —musitó Rosemary despacio, intentando apretar entre sus delgados dedos la mano de su hijo, aunque era claro que le faltaba bastante fuerza en estos—. Estoy tan tranquila de saber que Roman y Minnie no lograron convertirte en el monstruo que tanto querían que te volvieras. Yo sabía que la bondad en ti podría más, y que terminarías revelándote contra ellos y eligiendo tu propio camino. Estoy tan orgullosa de ti, Andy.

Y como antes, Andy intentó sonreír despreocupado, pero ocultando detrás de esa cándida sonrisa demasiadas cosas. Lo cierto era que su madre tenía razón sólo a medias. No se había convertido en el monstruo que Roman y Minnie Castevet deseaban, pero… algunos quizás opinarían que se había transformado en uno peor.

—¿Qué pasó con Roman y sus seguidores? —Cuestionó Rosemary de pronto.

—Todos murieron ya hace tiempo —respondió Andy con absoluta indiferencia, como si hablara de personas con las que en realidad ni siquiera se hubiera cruzado en persona—. Roman falleció de su enfermedad tres meses después de que fingieran de esa forma tu muerte. Minnie le siguió un par de años después de un paro cardíaco fulminante. Y así cada uno fue muriendo, algunos de formas menos pacíficas. El último miembro que quedaba de esas viejas Aquelarres de brujos era Argyron, pero él acaba de morir justo el día de ayer.

—¿El griego?

—Ese mismo. Tuvo una larga y fructífera vida, pero un triste y solitario final.

—¿Y la mujer francesa? ¿La que te quería llevar con ella a París?

Andy arrugó un poco su entrecejo, colocando una expresión de intriga, o quizás de confusión, en su rostro.

—¿Margaux Blanchard? —murmuró despacio, y al momento de hacerlo aquel nombre le sonó extraño, casi desconocido. Era un poco curioso; en realidad no había pensado en ella en mucho tiempo—. Luego de lo que te pasó, me fui a vivir con ella a Francia, y estudié allá hasta los dieciocho años, que fue también cuando ella murió.

—¿Está muerta? —Exclamó Rosemary, al parecer incrédula ante la noticia.

—Se suicidó con una sobredosis de pastillas. Su salud se había ido deteriorando los últimos años por un motivo u otro, y yo supongo que deseaba terminarlo todo a su modo y bajo sus términos. Siempre fue ese tipo de persona. Luego de su muerte volví aquí a New York, y comencé a incursionar en el mundo de la música. Y bueno, heme aquí.

—Estoy tan contenta, hijo —exclamó Rosemary con júbilo, y dicha emoción al parecer le permitió tener un poco más de fuerza en su apretón, aunque de seguro terminaría por cansarla pronto—. Te convertiste en el hombre que siempre supe que podías ser. Gracias por nunca perder la fe en que volveríamos a vernos. Dios nos ha concedido este milagro…

—Sí… —susurró Andy muy despacio, sin mutar su expresión serena ni un poco—, debió ser Dios…

La presencia de una tercera persona en la puerta captó la atención de ambos. Andy pensó por un momento que se trataba de Ann, pero no. Era su hijo, Sebastián, y traía consigo su violín y el arco de éste.

—Sebastián, ¿qué ocurre, muchacho? —Le preguntó Andy, y aquello lo tomó como una pequeña invitación para que se acercara a ellos.

—La abuela me dijo que quería escuchar cómo toco el violín.

—Entiendo —musitó Andy—. Pero me temo que han sido muchas emociones por un día. Tu abuela necesita descansar.

—¿Descansar? —Exclamó Rosemary con molestia, casi como si la acabaran de insultar de algún modo—. Estuve dormida por cuarenta y un años; lo que menos quiero en estos momentos es descansar. Ven, Sebastián. Enseñarme tu talento musical.

Con su mano izquierda le hizo lo mejor que le fue posible el ademán para que se aproximara, y el muchacho así lo hizo, poniéndose de pie a su lado. Andy supo de inmediato que no tenía mucha voz o voto en ese asunto.

—Bien, los dejaré solos entonces —indicó el hombre de barba, parándose de la silla—. Cuídala bien, ¿sí? —le indicó al niño, seguido de un sutil guiño de su ojo, mismo que Sebastián respondió con un ligero asentimiento.

Andy se dirigió a afuera de la habitación, permitiéndose cerrar con cuidado la puerta de éste una vez afuera. En parte para darles privacidad, y en parte porque… quería que Sebastián y su madre escucharan lo menos posible la conversación que le tocaba tener a continuación. Aunque aún con la puerta cerrada, mientras se alejaba logró escuchar cómo el niño comenzaba a tocar, con bastante fluidez y armonía cabía mencionar.

Se dirigió por el pasillo hacia el área común, y en específico a la sala de estar. No le sorprendió encontrarse ahí mismo con Ann, sentada en uno de los sillones grandes, con su celular en la mano. Al sentir su presencia, alzó su vista hacia él, y sus miradas se cruzaron. Ambos guardaron silencio, ambos pensando por su cuenta casi en lo mismo. Tras unos segundos, Andy suspiró pesadamente, talló sus dedos por su frente, y murmuró despacio:

—¿Te apetece un trago?

—Suena apropiado —señaló Ann con elocuencia.

Andrew se dirigió hacia su vitrina y tomó la primera botella que tenía a la mano, sin siquiera detenerse a verificar qué era. Tomó también un par de vasos de vidrio, y comenzó a servir generosamente el licor claro en ambos

—Cuarenta y un años en coma y despierta de repente sin razón aparente —comentó Ann mientras lo observaba servir—. De seguro existe un récord al respecto. Debes de estar contento. —Andy no respondió nada, y siguió con su labor—. Pero no lo pareces…

—Lo estaría si pudiera creer que en verdad esto fue una coincidencia… o una bendición bien intencionada —murmuró Andy con brusquedad, incluso molestia en su voz.

Aquella respuesta desconcertó un poco a Ann.

—¿A qué te refieres?

Andy no contestó, al menos no de inmediato. Terminó de servir ambos vasos, luego volvió a cerrar la botella, pero no la guardó sino que la dejó sobre la barda. Luego se dirigió con los vasos hacia Ann, ofreciéndole uno de ellos. Ann lo tomó, y en cuanto lo acercó a su rostro el intenso aroma de éste le impregnó la nariz y la hizo apartarlo un poco de ella. Si su nariz no le fallaba, aquello era tequila; y uno bastante fuerte a su parecer, y encima le había servido bastante. Quizás en el fondo Andy sí deseaba festejar, aunque su semblante no lo reflejara.

El dueño del departamento se sentó en el mismo sillón que ella justo a su lado, aunque manteniendo una prudente distancia. Dio un pequeño trago de su vaso, sin siquiera pestañear, y justo después comenzó a relatarle con voz calmada, aunque algo ausente.

—Uno de los tantos maestros que tuve de niño fue una mujer llamada Margaux Blanchard. Ella decía que era capaz de escuchar la voz del Dador de Luz. Literalmente que Él le hablaba, y le daba instrucciones claras de lo que deseaba. Nunca supe si era en serio o sólo estaba un poco loca. Lo que sé es que yo nunca tuve tal privilegio. A lo más que siempre he llegado es a tener visiones, algunas más confusas que otras, que siempre he tenido que interpretar lo mejor que puedo. Cuando estaba en Atenas, intenté concentrarme, intenté llamarlo, intenté que me diera alguna señal de lo que debía de hacer de aquí en adelante. Y no recibí nada, absolutamente nada como respuesta… salvo tú. —Esa repentina mención a su persona tomó un poco desprevenida a la mujer a su lado. Poco después de eso te apareciste de la nada ante mí, y yo llegué a pensar que quizás tú eras la respuesta que Él me había mandado para mostrarme el camino que debía seguir.

—Haces que me ruborice —comentó Ann con voz juguetona.

Andy la miró, le sonrió del mismo modo que ella a él, y volvió a beber un poco de su vaso.

—Pero de repente —prosiguió—, llego aquí y me entero que después de cuarenta y un años, mi madre está despierta, justo en este momento en el cual necesito tener mi mente concentrada en este otro problema que nos inquieta. Y no puedo evitar preguntarme qué es lo que nuestro Señor intenta decirme con esto, si es que en verdad está involucrado de alguna forma.

—Quizás sea un regalo para su más leal servidor.

—Si es eso, me hace cuestionarme porque tardó tanto en concedérmelo —contestó Andy sonando casi como un reclamo, y quizás en efecto lo era.

El timbre de la puerta principal sonó en ese instante, y fue casi como una señal para que ambos guardaran silencio, sin que ninguno tuviera que indicarlo. Unos segundos después, los pasos de Gilda dirigiéndose al recibidor se hicieron presentes, y poco después vieron a la mujer de origen ruso pasar cerca de donde estaba, y perderse tras el muro que separaba la sala de la entrada principal.

 —Esa no es la clase de dudas que uno esperaría oír de parte del Apóstol Supremo de la Bestia —murmuró Ann muy despacio, inclinándose más hacia Andy—.Te aconsejaría no compartirlas con nadie más.

—Por eso te las digo a ti. Puedo confiar en tu discreción, ¿cierto?

—Por supuesto que sí. Ya te lo dije: yo siempre estaré de tu lado…

Oyeron la puerta abrirse en ese instante, y poco después la voz de Gilda pronunciar con su marcado acento:

—Sr. Lyons…

Ann y Andy se pusieron en alerta al oír aquello, cado uno con pensamientos diferentes, aunque muy parecidos, cruzándoles la cabeza. Andy recorrió su mano por su rostro, soltó un pesado suspiro y se puso de pie con todo y su bebida en mano. Ann permaneció sentada, esperando a ver cómo se desenvolvía todo. La última vez que Lyons y ella se vieron, éste no se fue del todo en buenos términos con ella; de hecho, le parecía que indirectamente la había amenazado de muerte, aunque de seguro él lo negaría. Al menos con Adrián ahí estaba segura que no intentaría nada indebido; ya tenía de nuevo las cartas a su favor.

—Sé que ya volvió, necesito verlo urgentemente —indicó la voz grave y firme de John Lyons desde la puerta, y luego escucharon sus pesados pasos aproximándose, quizás abriéndose paso incluso a través del ama de llaves.

—Espere, por favor —exclamó Gilda con preocupación, andando detrás de él—. No es un buen momento…

—Está bien, Gilda —comentó Andy con fuerza. Ya se había aproximado unos pasos hacia el vestíbulo, tanto así que cuando la figura de Lyons surgió al otro lado del muro divisorio, casi chocó de frente con el músico. Los ojos del hombre mayor de barba blanco se abrieron ampliamente aprensivos, y luego incluso retrocedió un paso, agachando su mirada—. Puedes dejarnos solos, por favor —le indicó Andy a su empleada, que de inmediato asintió y se retiró, para así darles la privacidad que su conversación requería.

Lyons observó de reojo como Gilda se retiraba, aguardando hasta que estuviera lo suficientemente lejos. Antes de ello, Andy ya se había dado la media vuelta y avanzado de regreso a la sala. John lo siguió de cerca, midiendo sus pasos así como sus palabras.

—Lamento presentarme de esta forma, pero… —calló de golpe en el momento en el que puso un pie en el área de la sala, y por el rabillo de su ojo percibió la presencia de Ann, sentada en un sillón de lo más casual, con sus piernas cruzadas y un vaso con bebida en su mano—. ¿Qué haces tú aquí? —exclamó de golpe, entre sorprendido y molesto.

Ann, más que sentirse preocupada por su reacción, de hecho le resultó un tanto divertida.

—Vengo a dar apoyo moral —le informó con bastante calma, dejándolo sin embargo más confundido que antes.

—¿Qué dices…?

Lyons se viró hacia Adrián en busca de alguna explicación más coherente. Éste se había dirigido de regreso a la barra de su pequeña zona de bar, para tomar otro vaso limpio para su invitado.

—Mi madre despertó —le respondió el músico sin mayor rodeos, dejando al hombre de barba blanca totalmente pasmado.

—¿Rosemary? ¿Despertó de verdad? ¿Cuándo?

—Ayer en la tarde, según me dijeron —aclaró Andy con algo de pereza—. ¿Te sirvo uno para que brindes con nosotros, viejo amigo?

Antes de que Lyons pudiera responderle algo, Andy se tomó de inmediato el atrevimiento de servirle en el vaso nuevo del mismo tequila que ellos estaban bebiendo. Y mientras lo hacía añadió con la misma desidia de antes:

—Por esto mismo, entenderás que no estoy del todo disponible para tus repentinas y explosivas crisis, John.

—Lo siento, pero ésta es una crisis en especial que no puede esperar —aclaró el empresario tajantemente—. Surgió algo realmente grave con respecto a  Damien, de lo que necesitamos hablar de inmediato.

—Si es por la fiesta de anoche, ya estamos enterados del asunto —comentó Andy con cierto humor.

—¿Fiesta? —Exclamó Lyon visiblemente confundido, y luego volteó a ver tanto a Andy como a Ann, como si esperara que el rostro de alguno revelara algo más de información—. ¿Qué fiesta?

Andy y Ann se miraron el uno al otro con complicidad en sus ojos, como dos hermanos que se habían auto incriminado con su padre por alguna jugarreta, sin proponérselo.

—Entonces no es eso —concluyó Andy encogiéndose de hombros—. No importa…

Cerró de nuevo la botella de tequila, y se dirigió con el vaso recién servido hacia su nuevo invitado, extendiéndoselo.

—Cuéntanos lo tuyo primero.

Lyons pareció aprensivo, posiblemente más preocupado de lo que ya estaba cuando entró por esa “fiesta” que la que hablaban. Aun así aceptó el vaso. Andy le indicó justo después que tomara asiento, señalando con una mano hacia el lugar en el sillón a un lado de Ann. A éste no le agradaba mucho la idea de sentarse a lado de esa mujer, pero igual lo hizo (aunque bastante más separado de lo que Andy lo había estado hace unos minutos). Por su parte, el dueño del departamento se dirigió al otro sillón delante de ellos, quedando en puntos separados de la sala, y con la mesa de madera en el centro como separación.

John acercó el vaso a su rostro, y su reacción resultó bastante similar a la primera de Ann. No dio ningún trago a éste, pero lo sostuvo entre sus dedos delante de él, sólo como una simple señal de respeto para quien se lo había ofrecido.

—Me ha llegado información muy alarmante —comenzó a explicarse con voz seria, pero notablemente preocupada—. El anonimato de Damien puede haber sido comprometido. Al parecer por todas estas… tonterías que ha estado haciendo últimamente, incluyendo quizás esa fiesta de la que hablan, está de nuevo en la mira del Departamento de Investigación Científica.

—¿Departamento de Investigación Científica? —Repitió Ann, claramente desorientada—. ¿Qué es eso?

—La llaman la Tienda —se adelantó Andy a responder—. Es una agencia secreta subsidiaria de la CIA que se enfoca al estudio y control de las… personas con fuertes habilidades psíquicas, y de otros tipos.

El entrecejo de Ann se arrugó, y miró a ambos hombres con marcado escepticismo.

—¿Algo como eso realmente existe?

—Desde hace bastante tiempo —aclaró Andy con seriedad—. Se dedican entre varias cosas a localizar individuos como estos que pudieran ser un peligro para el país, y… bueno, hacer lo que sea necesario para detenerlos. Ya habían puesto sus ojos en Damien antes, hace cinco años tras las muertes repentinas de Mark y Richard Thorn. Pero… —se viró entonces directo a Lyons en busca de un poco de aclaración adicional—. Yo tenía entendido que aquello se había logrado solucionar sin ningún contratiempo, y se sepultó sin llamar de más la atención.

John carraspeó un poco, y procedió de inmediato a responder.

—Sí, en aquel entonces nos las arreglamos para desviar su atención y que lo dejaran en paz. Pero en esta ocasión eso ya no será tan sencillo. Al parecer una de las personas con las que Damien se metió en este jueguito que está jugando, es una amiga íntima del director actual del DIC. Un hombre agradable, por cierto. Cené en su casa hace algunas noches; hace unas buenas hamburguesas… y también resulta ser un hombre muy rencoroso. No tengo todos los detalles, pero al parecer Damien dejó a esta amiga suya en coma, y agredió a algunos de sus protegidos. Mis contactos me dicen que ha tomado el asunto de forma personal, y está en estos momentos armando un operativo de gran tamaño para ir tras Damien y aprehenderlo.

—¿Aprehenderlo? —Espetó Ann, bastante exaltada—. ¿Bajo qué cargos?

—No lo has entendido —le reprendió Lyons con dureza—. No es esa clase de agencia; no necesitan tener “cargos” contra alguien para realizar su trabajo, sólo la sospecha de que puede resultar un peligro inminente.

—No puede ser —exclamó Ann entre dientes.

La CEO de Thorn Industries colocó de inmediato su vaso sobre la mesa de centro y se paró casi de un brinco de su asiento. Comenzó a caminar de un lado a otro por la sala, tomándose su cabeza con ambas manos mientras respiraba profundamente por su nariz.

—Sabía que algo como esto ocurriría —soltó con enojo desbordando de sus palabras, y de inmediato se giró hacia Lyons, mirándolo de forma de acusadora—. ¡Te dije que la situación con Damien era demasiado seria y debíamos hacer algo respecto cuanto antes! ¡Pero no quisiste hacerme caso!

Lyons no se tomó nada bien aquello. Su rostro enrojeció, y él igualmente se puso de pie rápidamente y se le acercó para encararla de frente.

—¡Y yo te dije que tú debiste haberlo controlado desde el inicio para que no escalara a esto! En lo que a mí respecta, todo esto es tu maldita culpa.

Ann soltó una sonora risa irónica, y de inmediato le respondió sin doblegarse.

—Como siempre, el gran John Lyons sentado en su silla de egocentrismo y autocomplacencia, sin mover un dedo y esperando que todos los demás vayan por ahí resolviéndolo todo, sólo interviniendo para lavarse las manos y señalar con el dedo cuando algo sale mal.

Lyons estaba más que dispuesto a responderle su argumento, pero en ese mismo instante ambos oyeron cómo el vaso de Andy golpeaba con fuerza la mesa de centro, como si fuera el martillo de un juez. Ambos callaron y se viraron a verlo. El vaso había desparramado su líquido en la mesa y mojado también la mano del Apóstol. Pero lo que más los impactó fue la expresión en su rostro: fría, dura, y agresiva a la vez. Y los miraba intensamente a cada uno.

Andy se sentó derecho en el sillón y sacó de un bolsillo de su saco un pañuelo blanco que usó para secarse su mano con calma. Todo esto sin quitarles los ojos de encima a ninguno.

—¿Quieren los dos bajar la voz? —murmuró despacio, pero no por ello disfrazando su enojo—. Lo que menos quiero es que Sebastián o… mi madre escuchen algo de esto. Así que siéntense, y cállense.

Ann y Lyons acataron la orden, dirigiéndose de regreso a sus respectivos asientos. Sus movimientos eran cuidadosos y lentos, como si temieran que algún acto brusco pudiera enfurecer aún más a la bestia ante ellos. Una vez que sus dos invitados estuvieron sentados, y su mano limpia, Andy se sentó derecho, cruzó las piernas, y con voz más estoica musitó:

—En lo que a respecta, ambos son culpables de este desastre.

—Adrián… —exclamó Lyons, saltando de inmediato a querer defenderse, pero el Apóstol alzó de inmediato una mano al frente, indicando con un gesto que se abstuviera, y así lo hizo.

—Y yo también lo soy —prosiguió Andy—. Me he desentendido demasiado de este asunto, manteniendo esta distancia entre Damien y yo hasta que fuera el momento adecuado. Pero es evidente que eso ya no puede seguir así.

Hizo una pausa reflexiva, en la cual repitió en su mente toda la nueva información que le habían proporcionado de punta a punta. Tras unos momentos volvió a hablar, pero ahora con bastante más calma; más de lo que se esperaría.

—Esta gente del DIC, ¿sabe quién o qué es Damien realmente?

—Lo dudo mucho —negó Lyons—. Darán por hecho que es sólo un psíquico muy poderoso, como otros que han visto anteriormente, pero nada fuera de eso.

—Entonces es imposible que puedan hacerle daño. Si mandan a sus hombres tras él, lo más seguro es que terminen muertos.

—Esa es una posibilidad que tampoco nos ayudaría —señaló Lyons con vehemencia—. En el momento en que eso pase, no podremos volver a hacerlo pasar por un chico normal. Toda su pantalla y la preparación en la que hemos trabajado, se vendrá abajo. Y lo más importante: nunca lo soltarán de nuevo.

—Lyons tiene razón —exclamó Ann de pronto, tomando bastante por sorpresa a los dos hombres—. Necesitamos que Damien vuelva a Chicago de inmediato para resguardarlo, o incluso mejor deberíamos sacarlo del país. Enviarlo a Inglaterra o a Italia, en donde les sea más difícil alcanzarlo, en lo que solucionamos todo este asunto con esa… agencia o lo que sea.

John la observó unos momentos en silencio, y luego secundó su propuesta con un simple:

—Quizás sea lo mejor.

Andy comenzó a cavilar un poco sobre su propuesta. El hecho de que Damien se hubiera quedado tanto tiempo en Los Ángeles ya era problemático, aunque manejable; sacarlo del país tan repentinamente sería bastante sospechoso, y haría que algunas personas se preguntaran si sucedía algo con él que no se estaba diciendo. Obviamente nunca adivinarían ni de cerca los motivos verdaderos, pero surgirían rumores como uso de drogas, enredos de faldas, o (algo más cercano a la realidad) problemas legales. Y ninguno de esos ayudaría demasiado a su causa. Aunque dentro de poco sería Acción de Gracias, y unas semanas después de eso las vacaciones de Navidad; podrían inventarse algo aprovechando esa justificación, aunque desconocía con qué tanto tiempo contaban.

—¿Cuándo planea el DIC hacer su operativo?

—Eso no lo sé aún —respondió Lyons—. Pero por lo que me dijo mi contacto, podría ser en cualquier momento en estos días.

Andy soltó una risa sarcástica, y luego recorrió su mano por su agotado rostro. Si antes pensaba que el hecho de que su madre despertara había sido en el peor momento posible, ahora hasta estaba totalmente convencido de ello.

—¿Y todavía crees que esto fue un regalo? —Inquirió el músico, mirando de reojo hacia Ann—. Más bien pareciera que es un tipo de prueba.

—¿Hablas de tu madre? —Cuestionó Lyons, un poco confundido por el comentario.

—Eso no importa ahora. El caso es que ambos tienen razón; es momento de que Damien deje estas tonterías, y en especial que deje de exponerse así. Iré a Los Ángeles ahora mismo como teníamos planeado, y yo personalmente hablaré con él.

La propuesta dejó a Lyon un poco desorientado, pero ciertamente le provocaba algo de tranquilidad escuchar que se encargaría él mismo de ese asunto. Ann, por su parte, fue la más de acuerdo con seguir adelante con lo planeado, pese a la inesperada nueva situación.

—Reservaré los boletos para ambos enseguida —indicó la empresaria, parándose de su asiento y comenzando a teclear en su celular.

—No, iré yo solo —exclamó Andy de pronto, siendo ahora Ann la desorientada—. Necesito que te quedes aquí con mi madre.

—¿Qué? —espetó Ann confundida, y hasta cierto punto molesta—. Yo no soy enfermera, Adrián.

—Lo sé —musitó Andy con voz calmada, y de inmediato se paró, avanzó hacia ella y la tomó con cuidado de los hombros. Pese a su tacto y acercamiento gentil, Ann lo miraba de regreso con bastante recelo—. Sé que esto no te corresponde, pero necesito de tu apoyo en esto. En el momento en el que este asunto de Damien se sepa, las cosas se pueden poner complicadas dentro de la Hermandad, y hay gente que pudiera intentar usar esto en mi contra.

—Ese argumento me suena familiar… —musitó Ann con tono mordaz, casi hostil. Por supuesto, Adrián entendió a lo que se refería.

—Por favor, Ann. En serio necesito que alguien se quede aquí a cuidar de ella, al menos por este par de días que estaré fuera. Sólo ustedes dos saben que ha despertado, y así debe quedarse de momento. Y ella conoce a John, y definitivamente no confiará en él.

—¿Por qué no? —Preguntó la empresaria con curiosidad, volteándose hacia Lyons aún sentado en el sillón. Éste soltó un pesado suspiro, y se acomodó las mangas de su saco de forma distraída.

—Cuando cayó en coma, ella y yo teníamos… amistades diferentes —musitó el empresario en voz baja, y sin deseos de dar más información al respecto.

Lo último que Rosemary supo del joven John Lyons, es que era el protegido de Roman Castevet, además de su ayudante. Si estaba convencida de que el viejo Aquelarre estuvo detrás de lo que le pasó (y no estaría equivocada con esa deducción), sería complicado que confiara en él en un inicio; si es que en algún momento le resultara posible hacerlo.

—Por favor, Ann —repitió Andy de nuevo, con el mismo tono calmado, casi dulce, mientras recorría sus manos lentamente por sus hombros—. Sólo podré encargarme de este asunto si tengo la seguridad de que alguien de mi completa confianza va a estar aquí con ella, cuidándola.

Ann le sostuvo la mirada, parada firme con sus brazos cruzados y su rostro estoico, aunque reflexivo. Tras unos angustiantes segundos, dejó escapar el aire por su nariz, y se giró hacia otro lado para ya no verlo más a los ojos.

—De acuerdo —susurró despacio con resignación—. Haré todo lo que tú me pidas, siempre.

—Gracias —le respondió Andy sonriendo, y se permitió entonces retirar las manos de sus hombros—. Una cosa más. Por favor, no le comentes nada sobre John, o sobre la Hermandad… o sobre Damien. Las personas que la pusieron en ese estado hace cuarenta años… bueno, digamos que no lo entendería. Yo se lo explicaré todo en su momento, pero primero necesito encargarme de esto. ¿De acuerdo?

—¿Tampoco le debo decir nada sobre quién soy yo? —Cuestionó Ann algo hiriente—. ¿O sobre su nieta mayor?

—Oh, por favor… —musitó Lyons con molestia, y al momento se paró y se alejó algunos pasos de ellos hasta el otro extremo de la sala.

En ese sitio no se encontraban sólo los únicos miembros de la Hermandad que de momento sabían que Rosemary Reilly había despertado, sino también los únicos que sabían que Andy Woodhouse tenía una hija; una biológica, no adoptiva como el joven Sebestián. Ese era otro tema que el hijo abnegado de Rosemary tenía todavía que pensar si era conveniente decírselo o no; de entrada ya le había mentido diciéndole que Ann era sólo una amiga.

—Confiaré en tu criterio al respecto —le respondió Andy tras un rato con tranquilidad. Sólo le quedaba confiar en que tomaría la decisión correcta al respecto; y claro, que sabría bien identificar cuál era ésta.

—Bien —musitó Ann al parecer más tranquila—. Igual haré algunas llamadas para avisar que estaré aquí un par de días, y para que envíen algo de seguridad adicional.

Tomó entonces de regreso su teléfono y comenzó a marcar la primera de la serie de llamadas que haría. Mientras lo hacía, caminó hacia la puerta de la terraza, y salió por ésta para hablar con un poco más de privacidad. Andy y John la siguieron con la mirada, ambos en silencio hasta que deslizó la puerta de cristal detrás de ella, colocándola como una delgada barrera entre ellos y ella.

—Esa mujer te está manipulando, ¿te das cuenta? —Señaló Lyons tajantemente, no disimulando ni un poco que aquello era casi un regaño—. Ya no es la chiquilla ingenua e inocente que conociste hace veinte años.

—Si es que alguna vez lo fue —pronunció Andy en voz baja—. De momento necesito confiar en ella, John. Quiero confiar en ella.

—Cómo desees —resopló Lyons, molesto—. No creo que quieras que vaya a Los Ángeles contigo, ¿o sí?

—Sin ofender, pero en estos momentos creo que tu presencia con Damien podría estorbar un poco más de lo que ayudaría. Además, necesito que te mantengas al tanto del DIC, y descubras lo antes posible sus planes, y cuándo tienen pensado ejecutarlos para así estar preparados. Y necesito también que contactes a los otros Apóstoles.

—¿A cuáles?

—A todos —declaró Andy con voz grave y firme, tomando por sorpresa a su acompañante—. Avísales que requiero que las Diez Coronas se reúnan en Chicago, una vez que Damien esté allá de nuevo. Los que estén demasiado lejos para asistir en persona, supongo que podrían estar por video llamada. Pero todos tienen que estar presentes de una u otra forma. Si la situación se ha descontrolado tanto como dices, es probable que tengamos que plantear una respuesta ofensiva en contra de estas personas. Y para eso necesitamos hablarlo entre todos.

—¿En qué tipo de respuesta ofensiva estás pensando? —inquirió Lyons, evidentemente algo temeroso de escuchar la respuesta que fuera a darle. Andy notó esto, y una sonrisa casi astuta se dejó ver a través de su elegante barba.

—¿De entrada? Estoy pensando en aplastar por completo al DIC, y a cualquiera que piense siquiera en hacerle daño a nuestro Salvador. Justo como lo hemos hecho durante todos estos años.

El rostro de Lyons palideció un poco al escuchar tal propuesta, en especial por la forma tan calmada y casual que había usado para decirlo; tan normal como decir que pidieran una pizza o salieran a tomar un trago. Lyons temió que su actual líder no tuviera del todo claras las dimensiones del problema que estaban sorteando.

—Puede que hacer eso sea mucho más complicado que en ocasiones anteriores —musitó Lyons, intentando ser prudente con cada una de sus palabras—. Estamos hablando de toda una agencia gubernamental…

—Y nosotros somos la representación del Poder de mi Padre en este mundo —declaró Adrián fehaciente, aproximándose casi de forma amenazante a Lyons. Éste permaneció quieto en su sitio, incluso en el momento en el que se paró ante él, y lo miró fijamente con esos ojos… que habían dejado abruptamente de ser los seductores color avellana que todos conocían, mutando en esos ojos dorados de pupilas alargadas, y con un brillo inusual que casi parecía reflejar un fuego que no existía más allá de ellos—. Nosotros somos la fuerza del cambio, ¿recuerdas?; capaces de manipular el rumbo de la historia, y destruir imperios enteros si así lo requerimos. Un montón de soldaditos y científicos no nos amedrentarán. ¿Entendido?

Lyons no respondió nada, y lo único que pudo hacer fue agachar su mirada casi con temor; como si le preocupara mirar por demasiado tiempo esos inhumanos ojos. Pero Andy tomó abruptamente su rostro con una mano, y prácticamente lo obligó a mirarlo de nuevo y a no desviar su vista a ningún otro lado.

—Salve Satanás —susurró Andy con voz grave y firme—. Salve el Dador de Luz, Salve el Salvador… Salve Damien…

—Salve Damien —repitió Lyons muy despacio, pero no siendo capaz de emular ni un poco la emoción que Adrián desbordaba en esos momentos.

Sería difícil determinar si acaso John Lyons se hubiera sentido más tranquilo o más preocupado si supiera que dicha confianza y emoción en Andy… tampoco eran del todo sinceras. Pero el Apóstol Supremo sabía que ese era justo el momento en el que se esperaba que él mostrara todo de lo que era capaz. Pues lo que tenía en definitiva seguro era que, justo como Lucas Sinclair les había advertido a sus hombres aquella misma noche en la que Lyons comió hamburguesas en su patio… se venía una inminente batalla…

FIN DEL CAPÍTULO 102

Notas del Autor:

Como ven las cosas se están calentando también del lado de la Hermandad. Adrián y los otros no saben aún el desastre que está ocurriendo en Los Ángeles, pero ya lo sabrán. Pese a todo el reencuentro de Andy y su madre me resultó bastante emotivo, aunque con sus mentiras e incomodidades esperadas. ¿Qué les pareció a ustedes? Como prometí nos desviaremos un poco para ver a algunos otros personajes, pero no se preocupen. Volvemos con Matilda, Cole, Damien y compañía muy pronto. Ya falta muy poco para que termine este arco (y comience otro, obviamente). Espero que su desenlace sea tan genial como lo tengo en la cabeza. ¡Nos leemos!

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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