Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 13. Puedes llamarme Ben

10 de julio del 2021

Mi Final Feliz... - Capítulo 13. Puedes llamarme Ben

Once Upon a Time / Descendants
Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

Capítulo 13
Puedes llamarme Ben

El Rey Adam se resistió al inicio, pero por petición del Hada Azul las cortinas de la habitación tuvieron que ser corridas para que entrara algo de la luz del mediodía por ellas, y así sus vistas pudieran ver los efectos indicados más directamente. En cuanto vio su figura oscura entre las sombras del cuarto, la joven Reina de las Hada no fue capaz de ocultar su asombro; pero al verlo directamente con la luz del sol alumbrándolo, dicho asombro se convirtió vívidamente en algo más similar a temor.

La bestia ante ella era enorme, de fácil más de dos metros de altura. Su cuerpo grueso y musculoso estaba cubierto por completo de pelo café, con un rostro animal que era difícil determinar si era el de un felino, algo más similar a un lobo, o quizás una combinación de ambos. De su boca sobresalían hacia arriba dos enormes y afilados colmillos, y de su cabeza surgían dos largos cuernos oscuros como los de un carnero. Quizás el único rasgo reconociblemente humano en él, y lo único que le daba a Jane un poco de seguridad en su presencia, eran sus ojos: azules y profundos, llenos de frustración y rabia en esos momentos, pero no aterradores o malvados.

Debajo de esa apariencia, aún se encontraba el amable y justo rey de Auradon; podía sentirlo.

Adam se sentó en una silla, lo suficientemente lejos de la ventana para que ningún curioso de afuera pudiera verlo, pero lo suficientemente cerca para que la luz del sol lo siguiera alumbrando. Jane se le aproximó con cautela, y con mucho cuidado comenzó a revisarlo de arriba abajo. Frente a su ojo sujetaba un cristal de color azulado, a través del cual inspeccionaba el cuerpo del rey. La Reina Belle, así como las tres hadas acompañantes del Hada Azul (Flora, Fauna y Primavera) observaban todo desde una prudente distancia. La reina de Auradon era la que más se veía impaciente y preocupada.

Tras un par de minutos de inspección, Jane se alejó un par de pasos de Adam, y lo contempló directamente sin su cristal. Su rostro no reflejaba entusiasmo alguno.

—¿Dicen que esto comenzó a pasar hace unas semanas? —Cuestionó el Hada Azul, virándose directo a Belle.

—Sí —asintió la reina rápidamente—. Fue poco a poco, hasta qué…

Belle no terminó su frase, pero el final al que deseaba llegar era bastante claro sin necesidad de aclaración.

—¿Y por qué piensan que esto es obra del Oscuro? —añadió Jane poco después, pero antes de que Belle respondiera algo Adam se levantó abruptamente de su silla. Este simple acto causó que Jane reaccionará retrocediendo un paso, y las tres hadas acompañantes igualmente se pusieran en alerta.

—Tú estabas ahí, ¿acaso lo olvidas? —Exclamó el rey Adam con algo de brusquedad, viendo hacia abajo a la joven hada—. Él me lanzó ese maldito hechizo, y nos amenazó directamente.

La boca de Jane se abrió, pero de ella no salieron palabras sino más bien sólo unos cuantos balbuceos nerviosos. Era difícil identificar si dicha reacción era porque se sentía amenazada por la enorme bestia, o porque simplemente no tenía respuesta alguna a tal declaración.

—El Oscuro murió hace ya veinte años, majestad —intervino Flora en ese momento, avanzando lo suficiente para colocarse casi por completo delante de Jane de forma protectora. Era un hada de apariencia ya mayor y de porte firme, cabello gris corto con un vestido largo color rosado—. Hay en efecto maldiciones que pueden activarse pasado un cierto tiempo, pero veinte años es un tanto más de lo usual. Además, dado su antecedente…

—¿Antecedente? —Gruñó Adam, inclinando un poco su cuerpo hacia el hada mayor.

—Me refiero a que ya sufrió de esto mismo en el pasado —aclaró Flora, manteniendo su postura segura—. Y por lo mismo, es posible que se trate de la misma maldición que le arrojaron cuando era joven. Quizás siempre estuvo latente en usted.

—Esa maldición fue rota —señaló Belle rápidamente, aproximándoseles para colocarse a un lado de su esposo. En parte como apoyo, y en parte también para calmarlo y que no perdiera la compostura—. Nosotros la rompimos con amor verdadero hace ya mucho tiempo.

—Quizás no fue así después de todo —concluyó Flora, encogiéndose de hombros.

Adam no estaba ni un poco de acuerdo con tal deducción.

—No es la misma maldición, puedo sentirlo —soltó la Bestia con algo de fuerza—. Si acaso ese maldito de Rumpel…

—Por favor no diga ese nombre —prorrumpió Flora rápidamente, alzando una mano hacia él con señal de alto.

Aquello claramente había sonado como una orden, y Adam no pareció para nada contento por ello. Respiró agitadamente, su aliento incluso siendo un poco visible al salir por sus anchas fosas nasales. Al notar esto, Belle lo tomó rápidamente de una mano y lo jaló hacia ella. Al sentir el gentil tacto de su esposa sobre él, y al virarse a verla y encontrarse con sus brillantes y dulces ojos, poco a poco se fue calmando, hasta que su respiración y postura agresiva se relajaron. Retrocedió entonces dos pasos, dejándose caer de nuevo a la silla, que crujió ante su peso.

Belle suspiró aliviada.

—Sea lo que sea esto, no se puede romper como antes; ya lo hemos intentado —indicó la Reina de Auradon, virándose justo después directo hacia el Hada Azul—. Tienes que ayudarnos, Jane. Eres nuestra última esperanza.

En la voz de la mujer se percibía la súplica y desesperación que toda esa situación le provocaba. Jane se veía aún nerviosa y dubitativa, pero intentó responder lo mejor que le fue posible.

—Lo siento, majestades. Pero sin saber la naturaleza exacta de la maldición que lo afecta esta vez, sería ir a ciegas el intentar revertirlo.

—Eso no es cierto —masculló Adam con rudeza—. La Varita de Ébanos puede deshacer cualquier magia negra, ¿o no? Úsala en mí.

La sola sugerencia causó una palpable reacción de sobresalto en el Hada Azul, y de paso en sus acompañantes.

—N… no, de ninguna manera podemos hacer eso —balbuceó Jane, agitando sus manos delante de ella con negación—. Ustedes más que nadie deben de entender que seguimos sin estar seguras de cómo es que funciona esa varita en realidad. Sería demasiado peligroso usarla en uno de ustedes sin tener plena conciencia de las consecuencias que eso significaría.

—¡¿Y qué otra alternativa tengo?! —Exclamó Adam como un estruendoso rugido, haciendo justo después que su puño derecho chocara contra el descansabrazos de su costado, casi haciéndolo ceder por la fuerza del golpe.

—Será mejor que se controle, majestad —intervino Flora de nuevo, colocándose entre el rey y el Hada Azul—. Le recuerdo que se acordó hace veinte años nunca volver a usar esa…. cosa, al menos de que fuera necesario. Ni siquiera etamos del todo de acuerdo con haberla traído hasta acá y exponerla de esa forma.

—Vamos, Flora —murmuró Fauna con una sonrisita despreocupada, otra hada mayor de vestido verde, avanzando un poco hacia su compañera—. No hay nada que temer al respecto. Ya no hay Magos Negros que puedan darle mal uso, ¿no?

Flora se giró rápidamente hacia Fauna, mirándola con desaprobación por tal comentario. El hada de verde agachó su cabeza y retrocedió sin decir nada más. Al parecer existía una pequeña diferencia de opiniones ahí.

—No se preocupen, por favor —declaró Jane, mostrando bastante más seguridad que antes—. Encontraré alguna forma de ayudarlos con esto, se los prometo. Sólo tengan un poco de paciencia.

—Gracias, Jane —asintió Belle, forzándose por sonreír a pesar der que no percibía precisamente mucha seguridad de ninguna de las hadas. Adam sólo guardó silencio.

—Si no hay nada más, debemos retirarnos —indicó Flora con seriedad, y de inmediato tomó a Jane de sus hombros y comenzó a guiarla hacia la salida con cierto apuro en su paso. Fauna y Primavera las siguieron de cerca.

—Jane, un segundo —murmuró Belle con fuerza para que la escucharan. Las cuatro hadas se viraron de regreso hacia ellos, notándoseles aun así su impaciencia por querer irse; en especial Flora—. En unos minutos más tenemos una merienda con los otros reyes —explicó Belle—. Sería un honor que nos…

—El Hada Azul tiene otras cosas de que ocuparse —pronunció Flora con dureza, sonando casi como un regaño—. Agradezcan que vaya a estar presente en la ceremonia de esta noche.

Jane miró un poco sorprendida al hada de rosa, y por un momento pareció que quería decir algo. Sin embargo, cerró casi de inmediato sus labios de nuevo, agachó su mirada al suelo, y sólo susurró muy despacio:

—Lo siento…

Y sin intención de dar más explicaciones, las cuatro se giraron de inmediato a la puerta, y salieron rápidamente del cuarto, cuidando Primavera de cerrar la puerta con delicadeza justo detrás ella.

Belle se quedó unos instantes en silencio, sólo observando la puerta cerrada, debatiéndose si se sentía confundida, enojada o quizás preocupada por lo acontecido.

—¿Agradezcan? Esa pobre niña sólo es reina de nombre —resopló con desdén, mientras frotaba un poco sus dedos por su frente adolorida.

Durante esos veinte años posteriores al fin de la Guerra, los otros reyes habían tenido una interacción bastante reducida con el Hada Azul, o con cualquier hada de alto rango de su corte en realidad. Pero en esas pocas excepciones, todos habían percibido a menor o mayor medida como la joven Reina de las Hadas parecía no tener demasiada voz y voto, y casi siempre delegaba las decisiones a sus cuidadoras y consejeras, especialmente a la tal Flora que no se preocupaba ni un poco en ocultar su desagrado constante por… todo, en general.

Se suponía era una de las Hadas Madrinas de Aurora, y una de las cuales había ayudado al ahora Rey Philip a matar a Maléfica. La Reina de Hendrieth sólo hablaba maravillas de ella, al igual que lo hacía de las otras dos, Fauna y Primavera. Quizás su cariño hacia ellas no le dejaba notarlo, pero todos los demás opinaban que algo había ocurrido con ella tras el final de la Guerra; o, más bien, tras la muerte de la anterior Hada Azul, la madre de Jane. Y junto con ella, prácticamente todo el trato entre humanos y hadas había cambiado.

Quizás entonces el comentario de que debían “agradecer” que estuvieran ahí ese año, no estaba precisamente de más.

Belle suspiró, intentando dejar de lado todo aquello de momento. Y al virarse de nuevo hacia su esposo, pudo ver como la Bestia miraba pensativo desde su silla en dirección a las ventanas aún abiertas. Afuera se apreciaba un hermoso cielo azul, apenas con algunas nubes blancas en él, y debajo de él una porción de la concurrida ciudad, el puerto, y más allá el extenso mar. Sus ojos, aquel rasgo que aún mantenía intacta su humanidad, reflejaban su aflicción, y su silencioso sufrimiento.

—Hey, arriba ese ánimo —comentó la Reina de Auradon, dirigiéndose las cortinas para volverlas a cerrar. Para bien o para mal, la oscuridad parecía tranquilizarlo en ese estado—. Ya verás que Jane encontrará alguna solución.

—Si es que se lo permiten —refunfuñó Adam en voz baja. A pesar de que Belle había hay corrido la cortina, él seguía mirando la misma dirección y con la misma expresión inmutable en su mirada—. Debo confesar que la parte más ingenua de mí tenía la esperanza de que pudiera solucionarlo ahora mismo, y así poder estar esta noche en el Baile de Inauguración.

—Estarás conmigo y con Ben —susurró Belle con dulzura, colocando una mano sobre el hombro de la Bestia, y justo luego se inclinó hacia él para darle un pequeño beso en la corona de su cabeza—. Ahora tengo que ir a sentarme a almorzar con los otros reyes.

—Lo siento —masculló Adam despacio, de nuevo lamentándose por tener que dejarle todas esas responsabilidades a ella.

—Descuida. Todos son nuestros amigos, después de todo.

Belle se apartó con cuidado de la silla, y dio dos pasos hacia la puerta, antes de que la voz de su esposo volviera a sonar y la hiciera detenerse. Ya al menos no sonaba molesto como antes, pero sí aún… preocupado.

—Si esto no mejora pronto, tendremos que tomar acciones.

—¿A qué te refieres? —Preguntó Belle un poco confundida, virándose de nuevo hacia él.

Adam se paró entonces de su silla y avanzó lentamente hacia las cortinas. Con su garra derecha las hizo sólo un poco a un lado, lo suficiente para poder ver una fracción de su amado reino a través del cristal de la ventana, pero no como para que alguien del exterior pudiera verlo a él ahí de pie.

—Auradon necesita un rey —declaró con firmeza—. Uno que no se oculte entre las sombras, y pueda dar la cara a su pueblo y transmitirles confianza y fortaleza. Si no somos capaces de revertir esta maldición, lo mejor que podemos hacer para mantener la paz y la estabilidad del reino es adelantar lo antes posible el matrimonio de Ben y Emma, y que ambos sean coronados como rey y reina.

—¿Adelantarlo? —Exclamó Belle, azorada por tan repentina sugerencia—. Pero si apenas será su presentación formal esta noche. ¿No se supone que normalmente se debe esperar un año de compromiso antes de realizar una boda real?

—La situación es especial —sentenció Adam impasible, cerrando la cortina y haciendo que de nuevo ambos quedaran envueltos en la oscuridad—. Yo no puedo seguir siendo el rey; no así… Y el pueblo los ama a ambos; los aceptarán como sus regentes de inmediato.

—Pero ambos son todavía tan jóvenes…

—Son mayores que cualquiera de nosotros cuando tomamos el trono.

—Lo sé, pero era… otra época —musitó Belle casi como un mero pensamiento, aunque concluyó su reflexión con un pesado suspiro, al parecer de resignación—. Pero tienes razón, es algo que debemos tener en consideración. Aun así, la decisión no puede ser sólo nuestra. Emma no es nuestra hija después de todo; no aún. Y los chicos igualmente merecen ser enterados de la situación…

—No, ellos no —soltó Adam con algo de agresividad, aunque más que nada con cierto temor—. No aún… No quiero que Ben me vea así si no es…

Adam agachó su mirada, con cierta vergüenza envolviéndolo.

—Está bien, pero al menos debo hablarlo con Nieves y David —indicó la Reina de Auradon—. Hay mucho por hacer todavía para el baile de esta noche, pero mañana hablaré con ellos y les explicaré la situación, si tú me lo permites.

Adam volvió a gruñir como señal de desacuerdo, y se viró hacia otro lado con molestia. Aun así, lo siguiente que masculló fue:

—Supongo que es necesario…

Belle sonrió complacida. Sabía muy bien que su marido se resistía a la idea de revelar este secreto a los otros reyes; Jane había sido una excepción con el fin de buscar algún tipo de ayuda. Pero al menos eso le indicaba que ya estaba dando su brazo un poco a torcer; eso era un buen paso.

Antes de retirarse, volvió a aproximarse hacia él para darle otro beso más, ahora sobre su frente para intentar tranquilizarlo. Si lo logró o no, de momento no lo supo pero tendría que tener fe en que sí.

—Descansa —le susurró despacio, acompañada de un par de palmadas en su hombro, y justo después de viró de nuevo a la puerta para irse.

Adam no dijo nada más mientras su esposa se iba, y de nuevo se quedó solo en aquel oscuro cuarto.

— — — —

Las dos misiones que Cora les había encargado antes de irse eran bastante claras: Mal y Jay debían robar la espada, mientras que Evie y Carlos tenían que conseguir la ubicación en donde guardaban la dichosa varita súper poderosa durante la noche. Así que mientras Mal y Jay se tenían que romperse sus cabezas maquinando una forma para entrar al escondidas al maldito museo y tomar la espada de su vitrina (y sin que nadie notara su ausencia, eso era muy importante tenerlo en cuenta), la Princesita Malvada y el Duque Quejumbroso tenían la “complicadísima” misión de ir a tomar té y comer panecillos con los príncipes y el resto de los riquillos estirados, en el hermoso y soleado jardín del castillo. Bastante justo…

Si les servía un poco de consuelo, Mal estaba convencida de que ellos podrían cumplir su encargo antes de que Evie y Carlos pudieran sacarle cualquier tipo de información útil a los príncipes. Para bien o para mal, Jay al parecer tenía cierta experiencia escabulléndose a sitios resguardados para robar, y Mal ya había pensado en una posible alternativa para tomar la espada sin que notaran que faltaba. Pero ambas cosas ocupaban cierta preparación previa. Así que ese día temprano, mientras los otros dos iban a su maldita merienda, Mal y Jay se dirigieron al museo como si fueran dos visitantes más.

El lugar estaba particularmente solo; además de los guardias en cada puerta, sólo había otras cinco personas paseando entre las salas. Eso resultaba conveniente. Ambos se separaron casi en cuanto llegaron. Jay se fue a recorrer todo el lugar de punta a punta para identificar todas las entradas y salidas, todas las ventanas, y la estructura completa del lugar. A pesar de que le había parecido un poco cabeza hueca en canto lo conoció, Mal debía aceptar que parecía saber bien lo que hacía.

Por su parte, Mal se dirigió directo a la sala central en donde se ubicaba la dichosa exposición de la Guerra de hace veinte años. Ahí, justo como el día anterior, se encontraba exhibida en el centro la Varita de Ébanos, en un puesto de honor bastante grande a pesar de ser un pedazo de madera tan feo; esperaba que realmente fuera tan poderosa como Cora tanto presumía. Pero la atención de Mal no estaba puesta en la varita; no de momento al menos. En su lugar, se fue directo a la vitrina en donde se encontraba la espada; aquella que había matado a Maléfica… su madre.

Le impresionaba aún un poco ver esa maldita arma tan de cerca y exhibida con tanto orgullo. Pero al menos sus emociones ya se habían tranquilizado más en comparación con el día anterior, y podía enfocarse mejor en lo que había ido a hacer.

Se tomó unos minutos para contemplarla detenidamente, de intentar identificar cada centímetro de su hoja y su mango, incluyendo las muescas en el metal, y las marcas que parecían ser letras de algún tipo. Tener una imagen clara de su apariencia era indispensable para su plan. Pero claro, su memoria era buena pero no tan buena. Por suerte había ido preparada con algunas de sus hojas de pergamino para dibujo, y un par de sus lápices de carbón. No sabía si le alcanzaría el tiempo para hacer un dibujo tan detallado como lo ocupaba, pero haría el intento.

Se sentó en una banca justo delante de la vitrina de la espalda, apoyó las hojas sobre la tabla y ésta sobre sus piernas, y comenzó a trazar. Primero la forma básica de la espalda, que por supuesto resultó mucho más sencillo. Los detalles resultaron un poco más complicados, y tuvo que dedicarle mayor cuidado a cada uno: el mango, el pomo, su protector, la apariencia completa de la hoja…

El tiempo se le fue volando sin que se diera cuenta, pero cuando menos lo pensó ya tuvo en sus manos una primera versión. Se aproximó para comparar la imagen contra la espada real, y… ciertamente eran muy parecidas, pero no le convencía aún del todo, así que se sentó de nuevo para hacer un segundo intento. Tuvo el mismo resultado dos veces más, pero al menos cada versión le convencía más que la anterior.

Antes de proseguir con la cuarta quiso soltar un poco la mano trazando algunos bocetos diferentes: dibujó la codiciada varita (no resulto muy complejo), la manzana con la mordida de Blanca Nieves, y algunas de las otras armas expuestas.

Notó también otro objeto interesante que no había visto el día anterior, quizás por toda la gente que estaba reunida en la sala para la presentación. Era una rueca de madera para hilar, pero no cualquiera; era justo con la cual, según la historia, la Reina Aurora se había pinchado el dedo y caído en un hechizo de sueño. Y quien le había arrojado dicho hechizo era, supuestamente, su madre; Maléfica. Mal se sintió intrigada por ese objeto, incluso más que por la espada o la varita, por lo que sentó delante de ella para dibujarla también. Y aunque no era parte de su propósito, igual le quiso dedicar el suficiente empeño a que saliera bien.

La cría de Maléfica iba ya a la mitad de su rueca, cuando por el rabillo del ojo notó que alguien entraba por una de las puertas de la sala. Al inicio no le puso mucha atención; en el rato que llevaba ahí habían entrado un par de visitantes, así que supuso que era otro más. Y por unos segundos siguió enfocada en su dibujo, escuchando de fondo los pasos de aquella persona, que al parecer se estaba paseando muy lentamente por la sala; quizás le estaba poniendo mucha atención a cada una de las piezas ahí exhibidas. Eso era curioso; ¿alguien realmente tenía tanto interés en todo eso más que ellos?

Y al alzar su mirada de su dibujo hacia más allá de la rueca, en dirección al resto de las vitrinas, divisó claramente a aquella persona que tenía tanto interés. Luciendo un pulcro y lujoso traje azul y dorado, y con su perfecta cabellera rubia peinada hacia un lado, se encontraba el chico que había conocido el día anterior ahí mismo: el Príncipe Benjamín de Auradon, hijo del Rey Adam y la Reina Belle, recorriendo la sala totalmente solo como si fuera cualquier persona normal…

«¡¿Y éste qué hace aquí?!» Pensó Mal estupefacta, y se quedó paralizada en su asiento sin saber exactamente qué hacer. ¿Cómo se suponía que una chica normal no sospechosa debía reaccionar cuando un príncipe entraba por la puerta? ¿Debía inclinarse?, ¿o sería mejor irse antes de que la notara? ¿O si se iba sería mucho más sospechoso…?

Sus cavilaciones dieron igual, pues mientras se decidía el principie alzó su vista en su dirección, y sin duda notó su presencia. Y mientras Mal se quedó quieta con sus ojos abiertos como platos por la impresión, el joven le sonreía de la manera más casual y… dulce que Mal había visto en su vida.

El chico comenzó entonces a caminar en línea recta en su dirección, y Mal soltó en su cabeza una maldición. Comenzó rápidamente a reunir sus cosas para salir de ahí en cuanto tuviera la primera oportunidad; lo que menos quería era decir algo incorrecto frente al condenado príncipe de Auradon y arruinarlo todo cuando apenas iban empezando. Pero al parecer no fue lo suficientemente rápida.

—Hola —escuchó la voz de Ben pronunciando justo a sus espaldas. Mal se sobresaltó, se viró hacia él, abrazada firmemente de sus cosas. El joven se encontraba de pie a menos de un metro de distancia—. Eres la sirvienta de la Duquesa de Hearts, ¿cierto?

—¿Quién? —Masculló Mal, al principio aún aturdida por la impresión pero de inmediato se le vino a la mente lo de ayer y como se habían presentado—. Yo, sí… claro. Soy yo.

—Un gusto volver a verte por aquí —pronunció el muchacho, inclinando su cuerpo hacia el frente en una profunda reverencia.

—Sí, lo mismo digo —balbuceó Mal despacio, intentando ser cuidadosa con cada una de sus palabras—. Verte aquí, príncipe… Digo, verlo… majestad… alteza… En especial es curioso verlo solo y sin escolta de nuevo…

Ben sonrió un poco más, como si aquella afirmación le pareciera divertida de alguna forma.

—Mi madre siempre ha dicho que un regente que le teme a su pueblo, no es un buen regente.

—Suena que a tu madre nunca la han asaltado, robado o secuestrado.

—De hecho te sorprenderías —comentó Ben con un tono un tanto irónico—. Lo siento, creo que no escuché tu nombre ayer.

—Es porque… no es importante —respondió Mal dubitativa, y entonces se movió hacia un lado queriendo sacarle la vuelta al muchacho e intentar retirarse, sin ser del todo obvia—. Lo siento, debo irme. Y tú… usted… tenía esa merienda a la que invitó a la señorita, ¿no?

—Sí, pero…

—Con su permiso —pronunció la peli morada y comenzó entonces a acelerar el paso, tan distraída que terminó golpeándose con otras de las bancas, perdiendo el equilibrio y soltando todas sus hojas de dibujo que terminaron esparcidas por el suelo de la sala—. Maldita…

Mal respiró lentamente, intentando no soltar una maldición del tamaño de la que tenía en su cabeza. Cuando ya estuvo lo suficientemente calmada, se agachó apresurada a recogerlo todo.

—Déjame ayudarte —indicó Ben, agachándose a su lado para recoger también. Y antes de que Mal pudiera decirle algo, los dedos del príncipe tomaron uno de los dibujos de la espada que había hecho; en específico el tercero y el mejor, en su opinión. Ben lo sostuvo unos instantes delante de rostro, contemplándolo atentamente con admiración—. ¿Tú los hiciste? —le preguntó con asombro, y al instante siguiente Mal se lo arrancó de los dedos con brusquedad.

—Sí —fue la respuesta sencilla de la joven, y de inmediato colocó el dibujo con el resto.

—Todos son realmente buenos. ¿Quién te enseñó?

—Nadie, yo sólo… —Mal agachó un poco su mirada, sintiéndose por algún motivo algo cohibida—. Siempre se me ha dado natural… supongo.

—Pues es un don natural muy hermoso —susurró Ben con absoluta sinceridad.

Mal alzó su vista rápidamente hacia él por mero reflejo al escucharlo decir aquello. En ese momento se dio cuenta de lo realmente cerca que el príncipe se encontraba de ella, estando ambos aún agachados cerca del piso; tanto que Mal pudo apreciar bastante de cerca su rostro, y sus lindos ojos azules…

La siguiente reacción de la chica fue pararse de un salto y retroceder. Ben también se paró, e igualmente mantuvo su distancia, suponiendo que posiblemente la había incomodado sin darse cuenta.

—Entonces, ¿te interesa la historia de la Guerra de hace veinte años? —Comentó Ben con soltura, intentando aligerar un poco el ambiente.

—¿Qué? Ah, sí… un poco —respondió Mal vacilante, en realidad no teniendo del todo claro qué debía decir.

—A mí igual…

El príncipe comenzó a andar lentamente hacia las vitrinas mientras hablaba en voz alta. Mal por algún motivo lo escuchaba atenta, y sin que se diera cuenta empezó a seguirlo en su pequeña caminata.

—Me fascina este museo —declaró Ben con entusiasmo—. Y ahora esta exhibición aún más. Acostumbramos leer en los libros de historia sobre acontecimientos y guerras de hace mucho, mucho tiempo atrás. Pero esto, todo esto no es historia del pasado: es básicamente nuestro presente, batallas que nuestros padres libraron justo aquí no hace mucho.

—¿Nuestros padres? —Exclamó Mal un poco asustada, aunque Ben sólo rio sin darse cuenta del origen real de su reacción.

—Es una forma de decirlo. Mis amigos piensan que todo esto es aburrido. De seguro tú lo piensas igual, ¿o no?

—No, no —respondió Mal rápidamente—. De hecho sí es… un poco interesante.

—¿Te llama la atención la espada?

—¿Qué?

—La Espada del Rey Philip, la que derrotó a Maléfica —indicó el príncipe, dirigiéndose directo a la vitrina del arma en cuestión. Aquello puso aún más nerviosa a la chica, pero igual no se apartó demasiado—. Pregunto por el dibujo, y me pareció que tenías más de uno, ¿no?

—Ah, sí… Sólo… —Mal agachó en ese momento su mirada hacia la espada al otro lado del cristal. La había admirado tanto esa mañana, pero aun así sintió un pequeño nudo en la garganta en esa ocasión—. Sólo me parece curioso que la gente exhiba con tanto orgullo… algo que fue usado para asesinar a una persona…

Un silencio un poco incómodo los rodeó en ese momento. Y cuando Mal se animó a mirar de nuevo al chico a su lado, pudo notar como éste la mirada de regreso… con una expresión bastante seria en su rostro. Y entonces Mal comenzó a pensar que quizás había metido la pata, y en grande. Su comentario de seguro había estado fuera del lugar, y había provocado que comenzara a sospechar de ella. Sin embargo, para su sorpresa (y confusión) tras un rato Ben le volvió a sonreír, de la misma forma amable y cándida de antes.

—Entiendo a lo que te refieres —comentó de pronto asintiendo, y dejando a Mal totalmente atónita.

—¿Enserio?

—Sí —volvió a asentir el príncipe, y reanudó entonces su andar por la sala—. Es parte de la naturaleza humana, por no decirlo del flujo de la historia misma, llamar a los vencedores de cualquier Guerra como Héroes, y a los vencidos como Villanos. Y solemos ver normal el regocijarse de dicha derrota. Marcamos a estas personas con el estigma de ser villanos y malvados, hasta deshumanizarlos y casi verlos como monstruos, en lugar de lo que realmente son o fueron.

—Hablas como si creyeras que estas personas no fueran en realidad… malas…

—Bueno, eso no lo sé con seguridad. Yo sólo creo que no hay ninguna persona en este mundo que sencillamente se despierte un día y se diga a sí mismo «quiero ser malvado.» Igualmente no creo que exista una sola persona lo suficientemente buena o justa como para estar exenta de que una mala decisión lo lleve por el camino incorrecto.

Ben avanzó entonces hacia una de las bancas, en específico justo la que se encontraba frente a la rueca. Y, de hecho, su atención se fijó en dicho objeto. Mal se sentó a su lado, colocando las hojas y su tabla de apoyo sobre sus piernas.

—La historia ha intentado simplificar las motivaciones de estas personas —prosiguió el joven rubio—. Como el rumor de que Maléfica hizo todo lo que hizo simplemente porque no la invitaron a una fiesta, o que la Reina Malvada quería matar a su propia hijastra simplemente para ser la más hermosa del reino. Pero yo creo que las personas somos más complejas que eso. No intento con eso justificar sus acciones; hicieron mucho mal, y mis padres y los otros tuvieron que hacer lo que debían para proteger a su gente. Pero acepto que hay partes de esta historia que muchos prefieren ignorar.

Ben se giró lentamente hacia la joven a su lado, y ahora él fue quien se sintió un poco incómodo al darse cuenta de que ésta lo miraba muy atenta, con sus… hermosos ojos verdes bien abiertos y fijos en él. Rio un poco despreocupado, y entonces se paró de la banca.

—Lo siento, de nuevo empecé a divagar. De seguro te incomodé con mi plática.

—No, no —respondió Mal sin vacilación. Con dos de sus dedos se acomodó con cuidado uno de sus mechones morados detrás de su oreja—. De hecho… me resulta sorprendente escuchar al Príncipe de Auradon hablar de esa forma.

—Sí, bueno… Si mis padres, o mi tía Blanca Nieves, o mi tía Aurora me escucharan decir algo de esto en su presencia, de seguro terminaría castigado.

Mal soltó una nada discreta risa burlona.

—¿No está ya muy grande para ser castigado, Príncipe Benjamín?

—Nunca se es muy grande para eso, créeme —respondió Ben con su respectiva dosis de humor en su voz—. Mis amigos y mi familia me dicen Ben, por cierto.

—A mí me dicen Mal —respondió la joven casi sin proponérselo, arrepintiéndose casi al segundo siguiente.

—¿Mal? —Masculló Ben, un poco extrañado—. Es un curioso nombre…

—Si es tu manera de decir que es feo…

—No, yo no dije eso…

Y de nuevo se hizo el silencio entre ambos. Pero esta vez no fue un silencio incómodo, sino de hecho, para sorpresa de ambos, bastante agradable. Ambos se miraron mutuamente, y ninguno pudo evitar sonreírle al otro; sonreír de verdad, como Mal definitivamente no estaba acostumbrada.

Ben se aclaró su garganta tras un rato, y retrocedió un poco.

—Bueno, Mal, creo que tengo que retirarme a la merienda que bien me recordaste hace unos momentos. —Se inclinó entonces de nuevo hacia ella, en otra respetuosa reverencia—. Fue un placer tener esta charla tan agradable contigo.

—El placer fue mío, alteza —asintió la joven.

—Puedes llamarme Ben —murmuró el príncipe por mero reflejo, pero no sintió arrepentimiento después—. ¿Te veré esta noche en el baile de inauguración del Festival?

—¿No es algún otro evento reservado para gente pomposa e importante?

—Claro que no. Es totalmente abierto a todo el mundo. Será en la Plaza Eifirus frente al Palacio.

—Entonces… tal vez… —respondió Mal encogiéndose de hombros, más para responder algo que por verdadera convicción.

—Entonces, con tu permiso —se despidió Ben por último, acompañado de un pequeño ademán de su cabeza. Se viró a la puerta de salida más cercana y se alejó caminando con paso calmado sin mirar atrás.

Mientras se alejaba, Mal no pudo evitar quedársele viendo. Incluso cuando su espalda desapareció de su vista tras una esquina, se quedó ahí sentada viendo a ese mismo punto, como si esperara que en algún momento se regresara y pudiera verlo de nuevo. Ni siquiera se cuestionó de momento porque deseaba eso. Pero estaba tan sumida en ese pensamiento que no se percató de en qué momento Jay ingresó por otra de las puertas de la sala y se le aproximó por detrás.

—¿Tuviste suerte? —Masculló el joven de piel morena, haciendo que Mal se sobresaltara casi asustada.

—¿Qué? —Exclamó alto, como si la acabaran de atrapar en una travesura.

—La espada —indicó Jay señalando con su cabeza hacia la vitrina del objeto que ocupaban robar—. ¿Ya se te ocurrió una forma de tomarla sin llamar la atención?

Mal necesitó un instante para lograr darle forma a sus ideas y poder reaccionar como era debido. Se sentía aturdida, como si la hubieran sacudido a la fuerza fuera de un sueño profundo… y quizás así había sido, de cierta forma.

—Sí, creo que tengo una idea —respondió con voz apagada, y volvió entonces a ponerse de pie, con todo y sus dibujos—. Pero necesito al menos un día para revisar si es posible. ¿Qué hay de ti? ¿Descubriste cómo entrar a escondidas?

—Tal vez —murmuró Jay con un inusual tono serio en él—. Pero me gustaría revisar el lugar de noche para ver de cerca su seguridad.

—Al parecer hoy hay un baile y todo el mundo estará en la plaza frente al castillo —indicó Mal—. Sería un momento ideal para hacer justo eso.

—No es mala idea. Veamos si a los señoritos les fue mejor haciéndose amigos de los príncipes.

Y cumplido su propósito en ese lugar y momento, ambos se dirigieron a la salida. Por suerte no la misma por la que se había ido Ben, pues Mal no se sentía lisa para verlo de nuevo… lo que fuera que eso significara.

FIN DEL CAPÍTULO 13

Notas del Autor:

Me volvió de golpe la inspiración para esta historia, así que tuve que sacarla en forma de este capítulo. ¿Qué les parece? Recientemente se me han ocurrido más ideas para otras historias basadas en Descendientes y Once Upon a Time, pero no tengo ni idea si haré alguna. Por lo pronto los dejo con este capítulo, y veamos si la inspiración me alcanza para más. ¡Comenten para que sea así!

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Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ «Once Upon a Time» © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ «Descendants» © Disney Channel, The Walt Disney Company.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Un pensamiento en “Mi Final Feliz… – Capítulo 13. Puedes llamarme Ben

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