Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 29. Okashira

28 de junio del 2021

El Tigre y el Dragón - Capítulo 29. Okashira

Rurouni Kenshin
El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 29
Okashira

Nagasaki, Japón
01 de Agosto de 1878 (Año 11 de la Era Meiji)

Ver la ciudad desde el barco fue una cosa. Caminar por sus calles, ver los edificios, las personas de cabellos y ojos claros con facciones europeas, los escaparates con vestidos y atuendos extranjeros… Todo ello era un mundo nuevo para Kenshin Himura y sus acompañantes. Sí, en Tokio también podías ver algunas de esas cosas, o en Yokohama un poco más. Pero Nagasaki se percibía realmente diferente. Era impresionante y hermoso, pero también… un poco agobiante.

Misao era sin lugar a duda de los más impresionados con todo ello, especialmente por haber vivido casi toda su vida en la vieja y tradicionalista Kyoto. Pero no era el momento ni el lugar para dejarse llevar por dicha emoción. Tenía una misión clara que cumplir ahí, y tenía que comportarse como la okashira que era y demostrar su madurez; en especial delante del señor Aoshi, siendo esa la primera misión que ambos desempeñaban juntos desde… bueno, desde siempre, quizás.

Una vez que se alejaron un poco del tumulto de gente en el puerto, encontraron una plaza un poco más despejada en la que pudieron sentarse en un par de bancas y para poder tranquilizarse y pensar mejor, al tiempo que comían algunos dangos (al menos Kaoru, Yahiko y Misao sí). La kunoichi había traído consigo las instrucciones que Okina les había dado para hacer contacto con la red de información local de los Oniwabanshu; escritas en el código secreto que sólo ellos conocían, por seguridad. No era mucho, en realidad; básicamente un lugar y un nombre, y poco más.

—De acuerdo a Okina, los Oniwabanshu de Nagasaki tienen su base en un restaurante por la zona norte de la ciudad —informó Misao despacio, pero con el suficiente volumen para que todos en su grupo la oyeran.

—¿Una cubierta como la del Aoiya? —Comentó Kaoru con curiosidad, estando sentada a su lado en la banca. Mientras lo pronunciaba, se encontraba al mismo tiempo masticando la mitad de uno de sus dangos.

—Es probable. Okina dijo que debíamos preguntar por un tal Chinai Mogatari, que es un viejo conocido de él de la época en la que estaban apostados en el Castillo Edo.

—Si es un viejo amigo del anciano, esperemos que no se haya muerto ya —señaló Yahiko con tono pesimista.

—¡Cállate!, ¡irrespetuoso! —Le respondió Misao malhumorada. Aunque, siendo honesta, esa era una preocupación que ella también tenía—. Será mejor que el señor Aoshi y yo hagamos solos el primer acercamiento —indicó al tiempo que guardaba de nuevo el papel con las instrucciones dentro de su atuendo—. Si son tan reservados como creo, se sentirán inseguros si vamos todos.

—Está bien —asintió Kaoru—. Nosotros conseguiremos hospedaje para esta noche. Nos reuniremos en dos horas aquí mismo, ¿les parece?

Todos parecieron estar de acuerdo con el plan, así que se dispusieron a ponerse en marcha.

—Muchas gracias por su apoyo con este tema, a ambos —pronunció Kenshin antes de que se separaran, ofreciéndole tanto a Misao como a Aoshi una pequeña reverencia de gratitud—. A pesar de las notas del señor Nishida, necesitamos contar con la mayor información posible para localizar la base de Shougo Amakusa y sus seguidores, y saber qué es lo que han estado haciendo todo este tiempo en estas tierras.

—Cuenta con nosotros, Himura —respondió Misao con entusiasmo, asintiendo—. No te preocupes por nada.

—No sé si esto les sirva de algo —escucharon que comentó de pronto Sanosuke, llamando su atención—, pero quizás ayude.

Antes de que pudieran hacer algún cuestionamiento, Sanosuke le arrojó algo a Misao con rapidez, lo cual la ninja se apresuró a atrapar en el aire con una mano. Sostuvo el objeto delante de ella para verlo de cerca, y de paso que todo los demás también lo hicieran: era un medallón plateado con un símbolo en él, unido a lo que parecía ser parte de un collar roto de cuentas moradas.

—¿Y esto qué es? —cuestionó Misao, confundida.

—No lo sé, pero me parece que le pertenece a una de las seguidoras del tal Amakusa —contestó Sanosuke, mientras miraba hacia un lado como si le apenara de alguna forma pronunciar aquello en voz alta.

Ciertamente aquella afirmación dejó un tanto desorientados a sus compañeros.

—¿Y tú de dónde sacaste eso? —Inquirió Yahiko con desconfianza, y eso no hizo más que empeorar un poco más el ánimo de Sanosuke.

—¡Ese no es asunto tuyo! —Le respondió el peleador de malagana, y entonces se alejó unos cuantos pasos de ellos, dándoles la espalda.

Eso hacía todo incluso más raro.

Misao inspeccionó con más cuidado el medallón, en especial el símbolo grabado en él. No tardó mucho en reconocerlo.

—Este símbolo es el mismo que estaba en la espalda de la primera víctima en Kyoto, y en la carta de la segunda. Definitivamente debe tener una relación con el tal Amakusa.

—Okina mencionó que fue usado por los cristianos durante el Shogunato para ocultar el símbolo de su cruz —indicó Kenshin, haciendo un poco de memoria—. Es probable que este nuevo movimiento haya tomado dicho símbolo como su estandarte o identificación. Si los Oniwabanshu de Nagasaki han visto a más personas portando alguno parecido, es probable que pudieran identificar a los seguidos de Shougo Amakusa.

—De acuerdo, se los enseñaré —mencionó Misao, guardando el medallón entre sus cosas—. Toda pieza de información puede ser útil.

—Sólo no lo pierdas, comadreja —masculló Sanosuke, virándose hacia ella ligeramente sobre su hombro—. Me gustaría regresárselo a su dueña si es posible…

—¿Y eso por qué te interesa tanto? —volvió a inquirir Yahiko, igual de suspicaz que antes—. Estás actuando muy sospechoso.

—¡Que no es tu asunto!, ¡¿no oíste?! —Le volvió a gritar Sanosuke, y se alejó unos pasos más.

De nuevo, eso lo hacía todo más raro.

En efecto su amigo Sano estaba actuando raro, pero eso no era precisamente sólo de ese momento. Desde el día del eclipse en Kyoto, en el cual se desapareció toda la tarde sólo para reaparecer el Aoiya hasta la noche todo empapado, parecía haber estado pensativo o distraído con algo. ¿Tendría algo que ver con ese medallón?

Toda esa plática pareció a final abrumar, o quizás aburrir, a Aoshi pues en ese mismo momento comenzó a caminar en la dirección en la que se suponía se debían de haber ido desde hace algunos minutos.

—Andando, Misao —fue la única indicación que dio secamente, continuando con su avance sin detenerse. Quizás ya no quería perder más el tiempo.

—¡Sí! —Respondió Misao con apuro, y se movió rápidamente para poder alcanzarlo—. ¡Nos vemos más tarde, chicos! ¡No se metan en problemas!

—Ustedes también tengan cuidado —exclamó Kaoru, despidiéndoles con un movimiento de su mano.

—¿Y por qué habríamos de meternos de problemas? —musitó Yahiko, sintiéndose un parte un poco ofendido.

— — — —

Tras separarse de Aoshi y Misao, Kenshin y los otros comenzaron a caminar hacia la calle principal, en busca de alguna posada en la cual pudieran pasar al menos esa noche. Su búsqueda, sin embargo, había resultado un poco más complicada de lo previsto, pues de entrada les era un poco difícil identificar cuál de esos edificios podría ser un lugar de hospedaje, una tienda o un restaurante. Y además de ello, el par de lugares que habían identificado como lo que buscaban, listaban en su parte exterior unos precios por noche al menos tres veces mayores a los que estaban acostumbrados, por lo que Kaoru se apresuraba casi de inmediato a si siguieran avanzando sin mirar atrás.

Su travesía no tardo en aburrir a algunos de sus acompañantes, además de despertarles poco a poco otras necesidades.

—Tengo hambre —masculló Sanosuke con tono de fastidio mientras avanzaban por la calle—. Si ya vamos a pasar la noche aquí, deberíamos de aprovechar y comer algo de comida occidental, ¿no creen?

—Nada extravagante como eso —respondió Kaoru, sonando como una reprimenda—. Tenemos un presupuesto limitado, y debemos guardar la mayoría para el barco a Shimabara.

—¿Dices que vinimos hasta acá y no comeremos de la comida que comen los extranjeros? —masculló Yahiko molesto—. ¡Vamos, Kaoru! ¡¿Cuándo volveremos a venir aquí otra vez?!

—Te recuerdo que no estamos aquí por placer —le respondió su maestra al muchacho, mirándolo con severidad.

—De todas formas no podemos hacer nada hasta que la comadreja y Shinomori regresen. ¡Esto es lo más cerca que estaremos en alguna ocasión de una ciudad occidental! ¡Hay que disfrutar un poco! ¡Miren! —Señaló Yahiko a un local más adelante en su camino—. Creo que eso de allá es un restaurante, ¡vamos a ver qué sirven!

Y sin esperar la confirmación de sus amigos, el joven estudiante de kendo comenzó a correr apresurado calle arriba hacia el lugar que había captado su atención.

—¡Yahiko!, ¡no corras! —Exclamó Kaoru con enojo—. Ese niño…

—No lo regañes, Kaoru —intervino Kenshin, como siempre con una postura mucho más relajada. Alzó entonces su mirada, contemplando un poco pensativo su alrededor—. La verdad yo también estoy impresionado de lo mucho que ha cambiado este sitio en estos años…

El sonido de las ruedas de un carruaje, seguido por el relinchar de los caballos, sacaron al espadachín de sus pensamientos, y jaló de inmediato la atención de los tres adultos hacia el frente. Un carruaje se había acercado con velocidad moderada por una calle perpendicular a la suya, y estuvo a sólo un segundo de arrollar de frente a Yahiko. El muchacho, a pesar de que en un inicio iba corriendo distraído y concentrado en lo suyo, su arduo entrenamiento le había agudizado los sentidos lo suficiente para reaccionar y saltar hacia atrás, aunque su aterrizaje fuera menos glamuroso al caer de sentón al suelo. Pero al menos había esquivado de manera efectiva un peligro inminente.

—¡Yahiko! —Exclamó Kaoru alarmada, y de inmediato se le aproximó corriendo, seguida por detrás por sus dos amigos.

El chofer del carruaje, un hombre rubio vestido con un atuendo militar, jaló las riendas de los caballos con fuerza para hacerlos parar, haciendo que el carruaje se detuviera de golpe, y de seguro haciendo que cualquiera que fuera adentro se sacudirá un poco.

¡Ten más cuidado, mocoso! —Le gritó el chofer en un idioma que Yahiko no comprendió en lo absoluto, pero por su tono intuyó que le estaba recriminando de alguna forma.

—¡Oiga!, ¡fue usted el que…! —Intentó defenderse el muchacho, pero sus palabras fueron interrumpidas cuando su maestra desde atrás le dio un fuerte zape en su cabeza con su mano abierta.

—¡No digas nada que tú fuiste el que salió corriendo sin fijarse! —dijo Kaoru molesta, pero Yahiko no estaba de acuerdo con el regaño.

—¡Pero él iba demasiado rá…!

Antes de que pudiera decir más, Kaoru lo tomó de la cabeza y lo obligó a agacharla, haciendo ella lo mismo a su lado como señal de disculpa.

—Discúlpenos, por favor —susurró la joven en voz baja, esperando que aquel hombre claramente occidental pudiera entenderla, pero por su cara se volvió evidente que no era así.

Notaron entonces como una de las puertas del carruaje se abría, y de su interior surgía la figura de su ocupante.

—No, no, por favor —pronunció una voz gentil, esta vez en japonés aunque aún con un marcado acento. La persona que había bajado era también un extranjero, de estatura mediana y robusto, de cabello y bigote rubios, y ojos muy claros. Se apoyó al bajar en un bastón que en realidad no parecía necesitar del todo. Se volteó hacia ellos y les sonrió ampliamente mientras pronunciaba, aún en japonés—: Nosotros somos los que debemos disculparnos. Creo que íbamos demasiado rápido y debimos tener más cuidado con los transeúntes.

Repitió lo mismo ahora en su idioma, o al menos les pareció que fue lo mismo, pero dirigiendo su atención hacia el chofer del carruaje, que agachó su cabeza apenado, y pronunció justo después en voz baja lo que parecía ser una disculpa (aunque claramente no hacia el chico que casi arrollaba).

El hombre rubio se aproximó entonces hacia Yahiko y Kaoru, agachándose justo delante del muchacho.

—¿Te encuentras bien, niño? —Le preguntó con seriedad—. ¿No te golpeaste ni lastimaste nada?

—No, creo que no… —susurró Yahiko muy despacio, mirando confundido a aquel hombre—. Kaoru, este hombre extranjero habla japonés muy bien. ¿No es eso extraño?

—¡No seas grosero! —Le reprendió su maestra, dándole un zape más en su cabeza. Pero sí, ciertamente a ella también le sorprendía lo bien que ese hombre hablaba su idioma.

—Usted es… —oyeron en ese momento a Kenshin pronunciar a sus espaldas. Kaoru y los otros se viraron de inmediato hacia él, notando como el pelirrojo observaba atentamente al extranjero con seriedad—. Es el Dr. Elsten, ¿no es cierto? —añadió tras un rato de meditación.

El hombre rubio lo miró de regreso, al inicio al parecer un poco extrañado porque aquel individuo haya pronunciado su nombre. Lo observó detenidamente por unos segundos, quizás intentando descifrar si acaso lo conocía de algún lado, y la respuesta no tardó mucho en iluminarlo.

—¿Señor Himura? —Pronunció asombrado, poniéndose de nuevo de pie—. Es usted el señor Himura, ¿no es así? ¡Qué increíble sorpresa! No ha cambiado ni un poco en diez años.

—Lo mismo digo, doctor —le respondió Kenshin justo después, ahora sonriéndole con bastante más amabilidad.

Aquella situación había tomado un giro extraño que había sacado de balance a Kaoru, Sanosuke y Yahiko. ¿Acaso Kenshin conocía a ese hombre…?

— — — —

Aoshi y Misao tuvieron que cruzar casi media ciudad para encontrar el sitio que buscaban. Para su sorpresa, y mayor comodidad, esa parte de Nagasaki, más apartada del puerto y la calle principal, se percibía como un barrio más convencional de cualquier otra ciudad de Japón como Tokio o Kyoto. La arquitectura de los edificios les resultaba más familiar, y había bastante menos occidentales, y perduraban más los atuendos más tradicionales de Yukatas, Kimonos y Hakamas.

Una vez que llegaron a aquella zona, no les fue muy difícil encontrar el lugar que buscaban. El local se encontraba sobre una calle concurrida y amplia, donde había otros similares a su alrededor. El edificio era grande, de dos pisos, y sobre la entrada principal colgaba un amplio cartel con letras negras grandes que nombraban el sitio como: “Restaurante Sanada.”

—Sanada… —Pronunció Misao en voz bajo al leer aquel cartel. Revió de nuevo las instrucciones de Okina en su mano, y aunque no venía listado como tal el nombre del restaurante, la dirección y las indicaciones concordaban—. Debe ser aquí. Que nombre tan inusual para un restaurante, ¿no le parece, señor Aoshi?

—No es al azar —fue la única respuesta seca y directa de Aoshi, aunque no lo suficientemente explicativa para la joven kunoichi.

—¿Eh?, ¿a qué se…? —Intentó preguntarle, pero en ese momento un par de personas salieron bastante alegres por la puerta, y justo después Aoshi comenzó a caminar sin más al interior del establecimiento.

—Ten los ojos bien abiertos a cada momento —le indicó por último antes de entrar. Misao se apresuró entonces a alcanzarlo dentro.

El interior del restaurante era amplio, como su exterior indicaba. Y en esos momentos parecía estar al tope de su capacidad, pues a donde quiera que los dos ninjas veían había gente en las mesas, comiendo y charlando animadamente. El sitio estaba lleno de ruido y olores, y los meseros con trajes coloridos corrían de un lugar a otro atendiendo a cada cliente con apuro.

—Esto está muy concurrido —murmuró Misao para sí misma. Al parecer a los Oniwabanshu de Nagasaki les iba mejor que a los de Kyoto en lo que respectaba a su medio de subsistir público. ¿Quizás deberían mejor haber reconstruido el Aoiya como un restaurante?

Mientras pensaba en todo eso, percibió por el rabillo del ojo que una de las meseras se les aproximaba por un costado.

—Bienvenidos —los saludó efusivamente. Era una chica de quizás unos veinte años, cabello café oscuro que llevaba sujeto en dos colas, una a cada lado de su cabeza. Sostenía en sus manos una bandeja, y usaba el mismo colorido uniforme que los demás—. En estos momentos estamos un poco llenos como pueden ver. Pero una mesa se acaba justo de desocupar, así que déjenme llevarlos a ella.

—En realidad estábamos buscando… —intentó Misao explicarse, pero la mujer pareció no escucharla y de inmediato se giró y comenzó a andar entre las mesas. Aoshi la siguió sin chistar, por lo que Misao hizo justo lo mismo.

La mesera los llevó hacia una mesa amplia casi en el mero centro del local.

—En un momento más los atenderé —dijo la joven—. La especialidad de la casa es el cocido de carne, de la mejor calidad. Les traeré un poco de sake para comenzar.

Y entonces se alejó en dirección a la cocina, dejándolos solos.

Sin tener muchas más opciones disponibles, ambos ninjas tomaron asiento en la mesa asignada. Aoshi dejó sus espadas apoyadas en el suelo, pero bastante cerca de él, y se sentó con sus brazos cruzados y los ojos cerrados. Parecía bastante calmado, aunque eso no era inusual en él. Misao, por otro lado, en cuanto se sentó sus sentidos se pusieron en alerta; lo más alerta que podían estar. Miraba discretamente a cada uno de los meseros de ese lugar. Si ese sitio era realmente una fachada para el Oniwabanshu de esa ciudad, lo más seguro era que todos los trabajadores, o al menos la mayoría, fueran miembros de ésta. Y mientras más los observaba, más se convencía de ello, pues todos seguían moviéndose entre las mesas, caminando, fluyendo a su alrededor, como el movimiento constante de un río… rodeándolos, estando en perfecta sincronización para que siempre hubiera alguien bloqueando sus rutas de escape, y al menos uno mirara en su dirección a todo momento…

Los tenían atrapados.

—Señor Aoshi…  —susurró Misao despacio como una pequeña advertencia.

—Lo sé —pronunció Aoshi sin abrir sus ojos ni alzar su cabeza; a Misao no le sorprendió ni un poco que él también se hubiera dado cuenta—. Estamos en su territorio en estos momentos. No pierdas la calma y sigue su juego.

Misao asintió levemente, e intentó sentarse lo más relajada posible. No tenía por qué temer, después de todo. No estaban rodeados de enemigos, sino de colegas Oniwabanshu; protectores y guardianes de la paz. De seguro sólo estaban tomando sus precauciones, antes de estar seguros de quienes eran y cuáles eran sus intenciones. Era sensato e inteligente de su parte. Sólo debía ser un poco más paciente.

Tras unos minutos, la misma mesera de hace unos momentos volvió, pero ahora traía consigo una bandeja más pequeña en donde trasportaba una botella blanca de sake frío, y dos pequeñas copas.

—Aquí tienen —dijo la mesera, mientras colocaba una copa enfrente de cada uno—. Espero les guste, es de nuestra mejor colección.

—Estamos buscando a Chinai Mogatari —pronunció Misao rápidamente sin perder tiempo—. Un amigo en común nos dijo que podíamos encontrarlo aquí.

—¿Chinai Mogatari? —Repitió la mujer, como si aquel nombre no sólo le resultara desconocido, sino incluso incomprensible—. Lo siento, no me suena familiar… Pero igual puedo preguntar entre mis compañeros para ver si alguien lo conoce.

Aquella respuesta le pareció un tanto evasiva a Misao. Pero de nuevo, quizás seguían manteniendo sus reservas hasta estar seguros.

—Permítame servirle, señor —indicó la mesera justo después, tomando la botella de sake y comenzando entonces a verter poco a poco el líquido transparente en la copa localizada justo delante de Aoshi.

En cuanto el sake tocó la copa, Misao percibió algo que le dejó helada por unos momentos. Estaba muy disimulado, y apenas logró darse cuenta, pero estaba segura de que no era su imaginación.

«¿Qué está haciendo?» Pensó confundida, debatiéndose entre advertirle o no al señor Aoshi. Pero si ella lo había percibido, era seguro que él también.

Justo cundo la mujer terminó de servir, y antes de que lograra alejarse del todo, Aoshi extendió rápidamente su mano hacia ella, tomándola firmemente de su muñeca. La mesera pareció alarmarse por esto.

—El olor a sake casi siempre enmascara bien el aroma de los somníferos potentes —susurró Asohi despacio, mirando a la mujer con severidad—. Pero no es muy útil con personas que han entrenado y agudizado sus sentidos como nosotros. Pero eso ya lo sabías, ¿o me equivoco?

En efecto, el sake estaba adulterado. Para el olfato o gusto de una persona convencional hubiera pasado totalmente desapercibido. Pero para Misao y Aoshi se volvió bastante evidente en el momento…

¿Estaban intentando dormirlos? ¿Por qué…?

La mesera miró a Aoshi totalmente confundida, e incluso un poco asustada. Sin embargo, no hizo intento de forcejear para liberarse, o siquiera de dar alguna explicación. Y su estado de ánimo sólo duró unos segundos más, antes de que todo su semblante cambiara abruptamente. Su mirada amistosa de hace unos momentos se volvió astuta, y sus labios se curvearon en una amplia sonrisa de extraña satisfacción. Parecía de pronto ser una persona totalmente distinta.

—Debía comprobar que era quien mis informantes decían —indicó la mujer con tono sagaz—. Pero no esperaba menos de Aoshi Shinomori, okashira del grupo ninja que protegía en Castillo Edo. ¿O debería referirme a usted mejor como… el asesino y traficante de opio, Aoshi Shinomori?

Aquel repentino comentario destanteó apenas un poco a los dos ninjas de Kyoto, pero fue lo suficiente para que alguien tomara ventaja. Sin que pudieran ver con claridad de dónde venían, dos bombas de humo cayeron abruptamente sobre la mesa delante de Misao y Aoshi, y una gruesa neblina blanca los cubrió en sólo un segundo. En toda la confusión Aoshi sintió como aquella mujer se soltaba de su agarre, y luego percibió su silueta alejándose entre el humo.

Debían reaccionar rápido. Sin titubear tomó las espadas del suelo, se paró y de inmediato sus oídos percibieron la cercanía de algo acercándose, pero no directamente hacia él. De inmediato pateó la mesa con un pie para elevarla en el aire, atrapándola con una mano, y entonces la sostuvo justo a un lado de la cabeza de Misao para protegerla. Las cinco agujas delgadas que iban directo a la cabeza de la joven se clavaron en la tabla.

«Dardos con más somníferos» concluyó el shinobi. Estaban dejando muy claras sus intenciones.

—¡¿Por qué nos atacan?! —Exclamó Misao, confundida pero también molesta.

Aoshi la tomó en ese momento de un brazo, y la jaló hacia un lado para salir de la cortina de humo con un largo salto, antes de que algún otro proyectil los sorprendiera. Una vez que sus pies tocaron de nuevo el suelo y su visión fue completa, fueron conscientes de la situación que los rodeaba. Y ésta, sin embargo, resultó ser aún peor de lo que creían…

Estaban totalmente rodeados, pero no sólo por los meseros sino por todas las personas presentes en el restaurante. Eran alrededor de cincuenta, tanto comensales y empleados; todos miraban hacia ellos en posición de ataque, y varios de ellos con sus armas en mano listos para ser usadas.

—¿Todos estos individuos son Oniwabanshu? —murmuró Misao sorprendida. Se había fijado en los meseros, pero no pensó que los clientes pudieran ser también ninjas.

Una risa burlona se hizo presente entre la agobiante quietud que se había cernido en aquel espacio, y al segundo siguiente una figura descendió desde el techo, cayendo justo delante de los dos visitantes. Era la misma mujer que se había hecho pasar por su mesera, sólo que ahora empuñaba en una mano una espada corta wakizashi, que sujetaba horizontalmente frente a su rostro.

—¿Oniwabanshu? —Pronunció aquella mujer con sorna—. Hace mucho que dejamos de estar relacionados con ese nombre; desde que el Shogun se rindió y nos abandonó a nuestra suerte. Mi nombre es Misanagi, y soy la okashira del Grupo Ninja Sanada, protectores de Nagasaki. Y los Oniwabanshu no son bienvenidos aquí. Así que será mejor que expliquen sus intenciones de inmediato.

—¿Que no somos bienvenidos? —Pronunció Misao, totalmente confundida por todo lo que escuchaba, sumado a lo que ocurría. ¿Grupo Ninja Sanada?, Okina no les había dicho nada de eso. ¿Y por qué los Oniwabanshu no eran bienvenidos? Nada de eso tenía sentido—. No sé cuál sea su problema, pero nosotros sólo vinimos aquí en busca de apoyo e información. El anciano, Kashiwazaki Nenji, nos envió y nos dijo que buscáramos al señor Chinai Mogatari…

—El señor Chinai hace mucho que dejó este sitio a mi cargo —respondió la chica presentada como Misanagi con brusquedad—. Y aunque estuviera aquí, él tampoco los recibiría de buena manera. Los Oniwabanshu se han convertido en una vergüenza. Los que no son débiles que disfrutan de su vida pacífica y cómoda, se han vuelto perros protectores del nuevo gobierno, o asesinos y sucios traficantes… como usted…

Al pronunciar aquello último su atención se fijó claramente en Aoshi. A pesar de lo que lejos que estas personas se encontraban de Tokio, era claro que de alguna forma se habían enterado de las acciones del antiguo okashira al servicio de Kanryu Takeda. ¿Sería por eso que no confiaban en su presencia en ese lugar? Aunque también se había referido a ellos como débiles, cobardes y perros del gobierno. ¿Acaso se refería a su intervención en el incidente de Makoto Shishio? El gobierno había sepultado todo eso, pero aun así se habían enterado; no cabía duda que su red de información era increíble, quizás mejor que la suya.

—¡Nosotros no somos nada de eso que dices! —Le gritó Misao con molestia—. Y aunque el señor Aoshi haya cometido errores en el pasado, ahora ha enmendado su camino…

—Misao —murmuró Aoshi de pronto, interrumpiéndole. El espía maestro estaba de pie a su lado abrumadoramente tranquilo, y con su mirada estoica fija en esa chica—. No gastes tus energías. No les interesan nuestras explicaciones; estaban dispuestos a atacarnos desde el momento mismo que pisamos esta ciudad.

—Tan listo como dicen, señor Aoshi —murmuró Misanagi con tono burlón—. Serán nuestros prisioneros hasta que decidamos qué hacer con ustedes. Y como no quisieron tomar el camino cómodo de los somníferos, tendrá que ser por la mala. ¡Agárrenlos!

Y ante su orden, todos los demás ninjas se dispusieron a lanzare de uno a uno en su contra.

—¡Maldición!, esto salió peor de lo que esperaba —murmuró Misao con frustración, pegando su espalda contra la de Aoshi—. ¿Qué hacemos ahora?

—Defendernos —respondió Aoshi con firmeza, y de inmediato se dispuso a sacar sus dos espadas de su funda para así hacer justo lo que acababa de indicar.

Eso no era ni de cerca la forma en la que Misao quería que todo eso ocurriera. Pero si no le dejaban más remedio, tendría que reaccionar acorde a la situación. La joven entonces sacó también sus armas ocultas, y se preparó para el combate.

— — — —

Kenshin y el misterioso hombre extranjero comenzaron a hablar animadamente como viejos amigos, y al parecer lo eran. Antes de que Kaoru o alguno de los otros dos pudiera reaccionar o preguntar qué ocurría, el hombre ya les había ofrecido subir a su carruaje y que lo acompañaran a merendar. Kenshin pareció un poco reticente al inicio, pero sus tres amigos claramente tenían mucha hambre, y a Kaoru le seguía preocupando el tema del dinero. Así que con tal de aligerar un poco las cosas, decidió aceptar su amabilidad.

Ya en el carruaje, estando Kenshin y el hombre extranjero de un lado, y Kaoru, Sanosuke y Yahiko del otro, su nuevo amigo pasó a presentarse más formalmente como Sir Karl Elsten. En efecto era extranjero, de Holanda para ser exactos. Pero lo más sorprendente fue cuando les contó cuál era su trabajo ahí en Japón.

—¿Embajador de Holanda? —Murmuró Kaoru con asombro. No conocía del todo la función exacta de un embajador, pero había oído que era un puesto muy importante, como un nexo entre un país y otro.

—Así es —asintió el señor Elsten—, acabo de ser asignado muy recientemente al Consulado Holandés aquí en Nagasaki, como gobernador general. Realmente ha sido muy agradable para mí volver a Japón después de tanto tiempo, y poder contemplar con mis propios ojos esta nueva Era por la que tanto lucharon. Aun así, realmente no pensé encontrarme aquí mismo con usted, señor Himura —añadió virándose hacia el espadachín pelirrojo a su lado—. Había escuchado rumores sobre su desaparición, o incluso su muerte. Me alivia tanto ver que ninguno era acertado.

Lo de su muerte, ciertamente no era acertado. Lo de su desaparición… eso podría llegar a estar abierto a interpretación.

—Pero no lo entiendo, Kenshin —murmuró Sansouke, sonando algo escéptico—. ¿Cómo es que conoces a este extranjero? ¿Qué nos has estado ocultando?

—¿Yo? —Pronunció el espadachín, sorprendido por la acusación—. No creo haber ocultado nada…

—Sanosuke, no seas grosero —le regañó Kaoru en voz baja, aunque casi de inmediato miró hacia Kenshin y el señor Elsten con un ligero rubor de vergüenza en sus mejillas—. Pero admito que yo también tengo un poco de curiosidad de saber cómo conociste a un hombre extranjero tan importante, Kenshin…

Elsten comenzó a reír con bastante fuerza, como si acabara de escuchar una broma de lo más divertida. Aquello alertó un poco a sus acompañantes, aunque al parecer a Kenshin no tanto.

—Descuiden —declaró Elsten una vez que dejó de reír, alzando una mano al frente con señal de calma—. No es una historia tan extraordinaria como podría parecer. Hace unos doce años, yo viajé aquí a Japón como misionero, cuando el Shogunato comenzaba a ser un poco más abierto a la entrada de extranjeros. Durante ese tiempo fui un huésped del señor Katsura en Chosu, y el señor Himura sirvió como mi escolta personal, y me salvó la vida en más de una ocasión. Había bastantes movimientos anti occidentales en aquel entonces que atacaban a cualquiera sin importar sus intenciones. Era una época muy confusa y peligrosa, pero aun así quedé fascinado por este hermoso país, su cultura y su historia. Cuando tuve que volver a casa, me prometí que volvería cuando la nueva Era por la que el señor Katsura y el señor Himura tanto luchaban por crear fuera una realidad.

—Ya veo —exclamó Kaoru, maravillada por tan fascinante historia—. Así que por eso habla tan bien nuestro idioma.

—Ese fue también un motivo por el cual fue más sencillo conseguir el puesto de Embajador —declaró Elsten con tono bromista, que hacía difícil saber si acaso estaba hablando enserio o no.

Kaoru se sentía un poco confundida por todo aquello, y no pudo evitar voltear a ver a Kenshin de reojo. El señor Katsura al que ese hombre mencionaba debía ser Kogoro Katsura, el Realista de Coshu conocido como uno de los Tres Grandes de la Restauración Meiji. ¿Kenshin servía a sus órdenes? Claro, pensándolo en retrospectiva tenía sentido con todo lo que ya sabía de la leyenda de Battousai el Destajador. Pero esta historia con respecto a cuidar de un misionero holandés en aquellos tiempos… eso era parte del pasado de Kenshin que ella desconocía por completo. Pero… ¿no desconocía en realidad prácticamente todo lo que respectaba a la vida del espadachín antes de conocerlo?

“Más allá de mi pasado como Destajador, lo cierto es que no conoces nada de mi pasado, y nunca me has preguntado al respecto,” recordaba que había comentado Kenshin hace sólo unos días atrás, antes de su partida de regreso a Kyoto. Ella le había respondido que no necesitaba saber más de lo que él quisiera decirle, y era cierto… en ese momento. Ahora comenzaba a preguntarse qué otras historias parecida a esa desconocía. ¿Qué otros amigos o enemigos estaban ocultos en aquellos lejanos años? Y quizás lo más importante: ¿estaba ella realmente bien con no saberlo?

—En aquel entonces cuando nos conocimos —comenzó a relatar Kenshin, sacando abruptamente a Kaoru de sus pensamientos—, además de misionero, el señor Elsten era un doctor que viajaba errante ayudando a las personas con sus conocimientos y su buena voluntad.

—¿Un doctor?, ¿usted? —comentó Yahiko, un poco escéptico.

—¿Acaso no lo parezco? —Musitó Elsten con falsa molestia, poniendo un poco nervioso al muchacho. Ciertamente no le daba esa impresión, pero mirándolo bien podía parecerse un poco al Dr. Gensai, aunque menos viejo—. Sí, en aquel entonces se suponía que venía a impartir la palabra de Dios en una época de cambios tan caóticos —se explicó el hombre holandés—. Pero conforme fui viajando de pueblo en pueblo, me di cuenta que había diferentes formas en las que podía ayudar a la gente de ese país. Y ahora estoy de nuevo aquí para asegurar la relación estrecha entre nuestros dos países, y que esto traiga beneficios para todos. Y lo hago porque realmente me enamoré de Japón hace tantos años… Y estoy feliz de verlo progresar en la dirección correcta.

—Eso está por verse —musitó Sansouke muy despacio con una marcada pesadez mientras miraba por la ventanilla a su lado. Sin embargo, no creía que alguien lo hubiera escuchado en realidad, y era mejor así.

Sólo unos minutos después, el carruaje llegó a su destino: una amplia propiedad a las afueras de Nagasaki desde la cual se tenía una hermosa vista del mar. Y en el centro de aquella área rodeada por una alta barda protectora, y resguardada por varios soldados extranjeros, se encontraba una casa estilo occidental color amarillo de dos pisos, y unos hermosos jardines rodeándola. El carruaje se estacionó justo delante de la puerta principal, y el chofer se apresuró a bajarse para abrir la puerta de un costado y ayudar a los ocupantes de descender.

—Hemos llegado —indicó Elsten con orgullo, extendiendo sus brazos hacia la hermosa casa delante de ellos.

—¡Guau! —Exclamó Kaoru, incapaz de ocultar su asombro—. ¿Éste es el Consulado Holandés?

—No, es mi residencia personal —explicó Elsten, haciendo que Kaoru se apenara un poco—. Pero pasen de una vez para que merendemos juntos y hablemos un poco más, amigos míos.

El grupo no vaciló mucho en aceptar la invitación del embajador y pasar al interior de aquella hermosa casa. La parte de la merienda ciertamente los atraía, y los estómagos de más de uno ya anunciaban su emoción por ello.

— — — —

La merienda de Kaoru y los otros prometía ir muy bien de ahí en adelante. Sin embargo, la de Aoshi y Misao se había ido en una dirección totalmente distinta. Ahora ambos estaban rodeados por cincuenta hombres y mujeres del Oniwabanshu de Nagasaki, que al parecer ahora usaban otro nombre, y los atacaban sin tregua con intención de someterlos. Pero tal y como Aoshi había anunciado, no se los dejarían tan fácil y se defenderían hasta el final.

Ambos ninjas de Kyoto permanecían lado a lado en el centro del establecimiento, e intentaban repeler lo mejor posible uno a uno a los contrincantes que se les iban acercando. Mientras luchaba, Misao no pudo evitar notar que el señor Aoshi, a pesar de que había desenvainados sus kodachi, en realidad no estaba del todo atacando para matar. La mayoría de sus ataques se basaban más en sus movimientos de cuerpo a cuerpo, con patadas y golpes, o ataques no letales con sus espadas o con el reverso de éstas.

¿Estaba cuidado de no matar a ninguna de esas personas? ¿Era porqué estaba convencido de que todo eso era un malentendido que se podía aclarar? ¿O quizás era parte de su camino pacífico que al parecer había comenzado a emprender? O quizás simplemente deseaba evitare complicaciones. Lo que fuera, a Misao le agradaba verlo pelear de esa forma. Sin embargo, quizás debía haber puesto más atención en sus propios combates y menos en los de Aoshi.

Por el rabillo del ojo pudo ver la hoja de un arma dirigiéndose directo a su cara. Logró reaccionar a último momento para hacerse hacia atrás lo más rápido posible, pero llegando a recibir aun así una cortada en su mejilla derecha, por la que brotó un hilo de sangre. Dio entonces una maroma rápida hacia atrás para hacer distancia, cayendo sobre otra de las mesas. Sacó entonces uno de sus cuchillos escondidos y lo alzó delante de ella de forma defensiva. Y al alzar su mirada para quien la había atacado, se encontró con aquella mujer, la tal Misanagi. Sujetaba delante de ella su espada corta, y la miraba con una sonrisa algo petulante en sus labios.

—¿Y tú quién eres en realidad, niña? —le preguntó Misanagi con tonó irónico—. Pareces bastante pequeña y flacucha para ser una Oniwabanshu.

—¿Pequeña? —exclamó Misao molesta—. Para tu información mi nombre es Misao Makimachi, y soy la okashira del Oniwabanshu de Kyoto.

—¿Okashira? —Murmuró Misanagi incrédula—. No me hagas reír. De seguro sólo eres la pequeña mascota a la que dejan jugar a ser la líder para su diversión, ¿o me equivoco?

La rabia invadió por completo el semblante de Misao al escuchar aquellas palabras tan hirientes a sus expensas. ¿Cómo se atrevía a hablarle de esa forma? Ni siquiera la conocía como para sacer esas conclusiones de ella. Además, no es como si ella se viera demasiado mayor; ¿quizás de la misma edad que Kaoru o Megumi? ¿Quizás algo entre ambas? Definitivamente se veía algo más desarrollada que cualquiera de ellas… ¡pero eso no era importante!

—¡Ya verás! —Espetó con fuerza, sujetando ahora en cada una de sus manos uno de sus cuchillos—. ¡Te demostraré todo lo que una kunoichi de Kyoto puede hacer!

Y sin vacilación se lanzó ahora ella a su ataque, y Misanagi al parecer la esperaba ansiosa.

Misao comenzó a atacarle repetidas veces con sus dos filosas armas, pero intercalando estos con algunas de sus poderosas patadas de las que gustaba hacer alarde. Sin embargo, fue evidente de inmediato que la tal Misanagi no era sólo una habladora, pues sin mucho esfuerzo pareció igualar su velocidad, cubriendo con su espada los ataques de su cuchillo y esquivando sus patadas. Y no sólo eso, sino que incluso tras repelerla por un rato, la ninja de Nagasaki le lanzó su propia patada en el aire con bastante potencia, dándole directo con la planta de su pie en la cara, de una forma tan rápida y repentina que Misao no fue capaz siquiera de verla venir.

El cuerpo de la kunoichi se dobló por completo hacia atrás por el impacto del golpe, pero se sobrepuso lo más rápido que pudo, dando una maroma para atrás para volver a hacer distancia y recuperarse. Le dolía la cara por el golpe, y al tocarse su labio con su pulgar no le sorprendió ver que sangraba.

—¿Eso es todo lo que me demostrarás? —Murmuró Misanagi con un desagradable tono de burla, que sólo la exasperó aún más.

Misao volvió a lanzársele, y al inicio parecía que sería una repetición de la vez anterior, intercalando entre sus cuchillos y sus patadas, obteniendo el mismo resultado que antes. Sin embargo, a mitad de esa serie de ataques, Misanagi vio con sorpresa como cuatro kunais aparecieron prácticamente de la nada, dirigiéndose en línea recta uno detrás del otro directo hacia ella. La okashira de Nagasaki retrocedió, y rápidamente repelió los primeros tres kunais con la hoja de su espada, pero el cuarto inevitablemente terminó encajándose en el costado de su antebrazo, provocándole una visible reacción de dolor en su rostro.

Misao aprovechó ese momento para aproximársele, y ahora intentar ella misma propinarle una patada en su rostro como pago por lo que ella le había dado. Y por un instante pareció que en efecto le pegaría, pero en el último segundo el cuerpo de Misanagi se agachó hasta casi tocar el piso, y el pie de Misao terminó golpeando sólo el aire. Mientras Misao seguía suspendida tras su ataque, Misanagi apoyó sus manos en el suelo,  giró su cuerpo y estiró su pierna derecha de abajo hacia arriba con gran potencia, golpeando a su contrincante directo en su barbilla y haciendo que todo su cuerpo se alzara en el aire y cayera como roca hacia atrás.

La pequeña comadreja sintió que el mundo le daba vueltas tras recibir aquella tremenda patada. Estuvo muy cerca de perder la conciencia, pero fue capaz de volver aunque fuera un poco en sí cuando su espalda golpeó con fuerza una de las mesas, rompiéndola. Intentó levantarse, pero el golpe la había afectado demasiado; apenas y era capaz de moverse. Y al alzar su mirada al frente, pudo ver a Misanagi dirigiéndose de nuevo hacia ella con su espada en mano, y la punta de su hoja directo hacia ella. Misao intentó moverse, pero su cabeza revuelta no se lo permitió.

Antes de que la letal arma de la okashira de Nagasaki la tocara, Aoshi se movió rápidamente saltando por encima de aquellos que lo rodeaban, colocándose justo entre ambas kunoichi. Usando sus dos espadas logró desviar la de Misanagi hacia un lado, y luego giró sobre todo su cuerpo, pateando el cuerpo de la ninja con fuerza en su abdomen para empujarla lejos de él. Misanagi recibió de lleno aquella patada, pero la resistió bien. Su cuerpo fue impulsado en el aire, pero logró girar para descender al suelo de cuclillas. Estaba claramente adolorida, y su mano izquierda se aferró fuertemente a su vientre.

Misao logró en ese momento sentarse al fin, contemplando con seriedad la amplia figura del ninja de pie delante de ella, cubriéndola casi por completo como un escudo.

—Señor Aoshi, lo siento… —murmuró Misao apenada. Aoshi sólo la miró uno instante sobre su hombro, y casi de inmediato se viró de nuevo al frente sin decirle nada.

Misao se sintió en extremo avergonzada. Estuvo por un momento en extremo feliz y orgullosa de estar al fin peleando a la par con el señor Aoshi. Pero había sido claramente derrotada tan fácil, hasta el punto de que él tuvo que intervenir de esa forma para salvarla. De seguro estaba decepcionado de ella…

Pero no había tiempo para lamentarse demasiado por eso, pues aún seguían rodeados de enemigos, bastante dispuestos a continuar con ese combate. Misao intentó pararse, dificultándosele al inicio, pero al final logró pararse de nuevo en sus dos pies, y sujetar con fuerza sus dos cuchillos. Misanagi también estaba de pie junto con sus hombres. Todos estaban preparados para continuar justo en donde se quedaron, hasta que…

—¡Basta, Misanagi! —Escucharon los combatientes que la voz de alguien resonaba con fuerza en todo aquel espacio, proveniente justo de la puerta principal del local, que se suponía habían cerrado con llave—. Ya fue suficiente…

La mirada de todos, incluidos los dos visitantes indeseados, se viró hacia la entrada, en donde el autor de aquellas palabras se encontraba parado con firmeza. Aquel era un hombre de estatua baja y complexión gruesa, piel morena, de cabeza calva y una abundante barba blanca que cubría gran parte de su rostro. Se encontraba envuelto en una capa amarilla de apariencia vieja y sucia, que lo hacían parecer en conjunto un vagabundo sin hogar. Sin embargo, a pesar de su apariencia, varios de los presentes parecieron sorprendidos de verlos; entre ellos la propia Misanagi.

—¿Señor Chinai? —Pronunció despacio la okashira—. ¿Qué hace usted aquí…?

Aquellas palabras llamaron de inmediato la atención de Aoshi y Misao.

«¿Él es Chinai Mogatari?» pensó Misao, un tanto extrañada. Aquel hombre no parecía ser en lo absoluto un antiguo ninja del Oniwabanshu; aunque, de cierta forma, eso podía ser una ventaja dado su trabajo.

El extraño recién llegado comenzó a avanzar en línea recta, y los ninjas Sanada uno a uno se hicieron a un lado para a abrirle el paso, como señal del increíble respeto que al parecer le profesaban.

—Señor Chinai, ¿cuándo volvió a Nagasaki? —Le preguntó Misanagi, aún incapaz de salir de su confusión.

—Hace un par de semanas —respondió el anciano al pasar a su lado, deteniéndose unos momentos en su andar aunque sin mirarla directamente—, pero me las arregle para pasar desapercibido de todos ustedes hasta que fuera necesario.

—¿Por qué?

Chinai, quien en el Barrio Cristiano de Shanghái era conocido simplemente como “Chi”, no respondió de inmediato. Sus ojos pequeños y serios se fijaron directamente en los dos extraños, pero más específico en el hombre alto y de cabello oscuro, que lo miraba de regreso de una forma bastante parecida.

—Vine siguiéndole el rastro a una persona —dijo de pronto tras unos segundos de silencio—. Y me atreveré a apostar que es el mismo individuo que te ha traído hasta acá, Aoshi Shinomori. ¿No es verdad?

Aoshi contempló en silencio a aquel hombre. Y a pesar de que no había sido del todo directo con su aseveración, el antiguo ninja del Castillo Edo logró comprender fácilmente lo que intentaba decirle, y percibir que en efecto estaba en lo cierto.

—Shougo Aamakusa —pronunció Aoshi despacio y claro, respondiendo sólo con ese nombre la pregunta del anciano.

—¿Usted sabe de Amakusa? —Inquirió Misao, curiosa.

Chinai cerró sus ojos, reflexivo. Suspiró pesadamente, demostrando con ese pequeño acto todo el cansancio que cargaba sobre sus hombros, a pesar de que ya no contaba con las fuerzas suficientes para hacerlo.

El hombre de barba se giró de inmediato hacia el resto de los Ninjas Sanada, mirando a cada uno fijamente, al tiempo que pronunciaba con la intensidad suficiente para ser oído por todos:

—Todos necesitamos calmarnos y hablar tranquilamente. Shinomori y sus acompañantes no son nuestros enemigos. Hay una amenaza aún peor cerniéndose sobre Nagasaki y todo Japón, y su nombre es Shougo Amakusa…

Todos se miraron entre ellos, sin pronunciar ni murmurar nada. Aquella declaración parecía alterarlos un poco pero, al mismo tiempo, fue claro que el nombre pronunciado con tanta fuerza no les era desconocido.

Misao no entendía bien lo que pasaba, pero al menos parecía que ahora podrían cumplir su misión con bastante más calma.

FIN DEL CAPITULO 29

Chi advierte a Aoshi y al grupo Ninja Sanada del inminente peligro que significa a Shougo Amakusa para todos, y le hace una petición solemne a Aoshi. ¿Qué responderá el espía?

Capítulo 30. La petición de Chinai Mogatari

Notas del Autor:

Recientemente Netflix subió la cuarta película Live Action de Rurouni Kenshin, que adapta (a su modo) justamente la Saga del Jinchuu. Así que me he aventado un maratón de las primeras tres películas, terminando con la cuarta, y tengo la inspiración a todo lo que da, y tiene que salir en la forma de un capítulo más de esta historia, y espero que algunos más.

Como pueden ver aquí encontramos más cambios con respecto a la versión original del Anime, y una gran sorpresa: personajes y conceptos de OTRA de las sagas de relleno del Anime hacen su aparición. Así que sí, como pudieron haber adivinado, estamos viendo una curiosa combinación entre la Saga de Shimabara y la de Los Caballeros Negros. ¿Por qué? Bueno, en parte porque me gusta demasiado el personaje de Misanagi, pero obviamente no es sólo por ese motivo. Conforme progrese esto podrán ver que de cierta forma ambas sagas pueden complementarse bien, y quizás juntas tenga incluso más coherencia. Si no me creen, sigan leyendo, que esto apenas comienza.

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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