Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 100. Soy Samara Morgan

20 de junio del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 100. Soy Samara Morgan

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 100.
Soy Samara Morgan

El duelo mortal entre Damien y Abra continuaba, llegando a perturbar visiblemente el espacio a su alrededor, como las ondulaciones del agua cuando arrojas una enorme piedra al lago. Al inicio Abra estaba segura de poder tener la ventaja, pero Damien no tardó demasiado en contraatacar. Y a pesar de no estar físicamente ahí, el dolor que le causaba era bastante. Y no sólo su mente lo resentía, sino también su cuerpo. Resistió lo más posible, aplicó cada fracción de sus fuerzas en empujar la mente de ese bastado, y de estallarle la cabeza en pedazos si le era posible. Y a pesar de que por instante pudo sentir que estaba cerca de lo lograrlo… al final, la chica de Anniston terminó golpeándose duramente contra sus propias limitaciones.

Las manos de Abra se soltaron abruptamente de la cabeza de Damien, como si alguien las hubiera empujado lejos con agresividad. Su cuerpo se desplomó de rodillas a la alfombra, totalmente paralizada a la merced de su oponente.

«¡No!» Pensó Mabel incrédula, sintiendo que perdía en ese momento su única esperanza.

Por su lado, Damien sonrió con satisfacción.

—Tanto esfuerzo en buscarte y vienes directo a mí. Y encima me encaras creyendo que podrás hacer algo contra mí. Pero no tienes ni idea del alcance de lo que soy capaz. No eres más que una tonta…

Y comenzó entonces a consumirla poco a poco, haciendo que toda esa oscuridad envolviera la figura proyectada de la joven a sus pies.

—¡¡AAAAAAAAAAAAAAH!! —Gritó Abra con todas sus fuerzas, siendo oída sólo por los pocos en esa sala que podían verla, y por Charlie y Kali en la van estacionada al frente del edificio. Y todos ellos sólo pudieron mirarla impotentes, sabiendo que no había nada que más pudieran hacer…

«Tío Dan… Papá… Mamá… lo siento…» Fue el último pensamiento que Abra logró crear de forma consciente, sintiendo como poco a poco se perdía a sí misma; justo como le ocurrió a la Sra. Wheeler…

Un fuerte estruendo se escuchó de golpe, y ante los ojos incrédulos de los presentes la puerta principal del departamento se desprendió de sus bisagras, volando hacia el frente un par de metros, antes de caer pesada en el centro del pasillo principal.

Aquello llamó de inmediato la atención de todos, incluso de Damien que se viró sobre su hombro para ver hacia la entrada. Y al hacerlo, pudo de ver directamente a la mujer castaña que entró caminando lentamente al departamento, en línea recta y sin detenerse hacia la sala, pasando incluso encima de la puerta que ella misma acababa de derribar.

—¿Matilda? —Pronunció Cole aún en el suelo, incrédulo al verla aproximarse y pensando por un momento que quizás estaba alucinando. Pero no, aquello era muy real. Y a diferencia de Abra, todos y cada uno de los presentes la vieron también.

—Usted es… —pronunció Damien estupefacto en el momento en el que la vio con claridad pues, efectivamente, ya la había visto antes, aunque no frente a frente. Y Matilda también lo reconoció a él…

* * * *

…antes de que pudiera siquiera enfocarse, algo la detuvo. En un inicio fue como un frío que creció de golpe en su pecho, y luego subió hasta acumularse en su garganta. Después, sintió como ésta se le cerraba y le imposibilitaba el hacer aunque fuera la más mínima inhalación de aire, comenzando así a ahogarse.

Su cuerpo se elevó de pronto por el aire como si hubiera sido golpeado por un auto, y se estrelló contra la pared a un lado de la puerta. Descendió con la espalda pegada contra ésta, quedando sentada en el piso. Su mirada estaba desorbitada y borrosa, y se sentía más y más sofocada, y cada alarido débil y lastimero que daba era totalmente inútil.

Entre toda su desesperación y confusión, entre un tintineo de las luces y otro, le pareció ver algo. Estaba ahí cuando la luz brillaba, y desaparecía al siguiente instante. Era algo, o más bien alguien, de pie justo al frente, con su brazo extendido hacia ella, y suponía que su mano era la que se aprisionaba contra su cuello. Y entonces, las luces se apagaron por completo, pero sólo en ese momento logró verlo con completa claridad.

Entre las sombras, distinguió su rostro blanco y joven, sus ojos azul cielo, su cabello negro y lacio, perfectamente peinado hacia un lado. Era un chico, que no reconoció en lo más mínimo, pero estaba ahí ante ella, aprisionándola mientras la miraba fijamente con unos ojos carentes de cualquier rastro de humanidad en ellos, y una sonrisa torcida que sólo transmitía un enfermizo placer.

«No sé quién seas, pero lo que hiciste fue impresionante. Es una lástima tener que hacer esto. Pero, ¿qué se le hace?»

Sintió como esos dedos invisibles se apretaron aún más, imposibilitándole siquiera el gemir o gritar de dolor. Las fuerzas comenzaron a abandonar su cuerpo, y sus ojos a cerrarse, siendo ese rostro cruel que se regocijaba con su agonía lo último que vería…

* * * *

Pero en esa ocasión, era Matilda quien llegaba de sorpresa.

Estaba enfocada y concentrada, y el fuego de su estufa mental estaba en lo alto…

Antes de que el muchacho pudiera reaccionar de alguna forma, o soltar la proyección de Abra y enfocar su mente en ella, Matilda alzó ambas manos al frente de manera abrupta, y el cuerpo entero de Damien salió disparado como un proyectil hacia el frente. Verónica y los tres guardaespaldas sólo pudieron ver incrédulos como el muchacho pasaba sobre sus cabezas, girando en el aire un par de veces, antes de estrellarse de espaldas con abrumadora fuerza contra la pared al fondo de la sala, incluso llegando a agrietarla un poco.

El cuerpo del chico confundido y mareado, cayó de pecho al suelo, azotándose. Hizo casi de inmediato el intentó de pararse, pero en el mismo instante Matilda jaló sus manos por completo hacia un lado como si empujara algo para quitarlo de su camino. El cuerpo de Damien volvió a ser sacudido y lanzado hacia un lado con la misma fuerza y velocidad que antes, estrellándose ahora contra las puertas de cristal de la terraza, atravesando éstas y dejando un rastro de vidrios a su paso. Voló más allá de las puertas, cayendo entonces de lleno en la alberca, provocando un fuerte chapuzón al golpear el agua con toda la aceleración que llevaba. Y ahí pareció quedarse de momento.

—¡Damien! —Exclamó Verónica, casi con espanto, y de inmediato corrió en dirección al gran agujero que se había hecho en las puertas de la terraza para salir a ésta.

Los tres guardaespaldas también sintieron el impulso de ir tras ella, pero su entrenamiento los empujó a clavar su atención más en aquella mujer. Los tres sacaron sus armas de golpe, apuntaron directo a la agresora, y dispararon casi al mismo tiempo.

—¡No! —Gritó Cole atónito, alzando incluso su mano herida al frente, olvidándose por un momento de su dolor.

En la mente del policía ya se había dibujado la imagen de Matilda, su querida Matilda, con su cuerpo lleno de agujeros por las balas y su cuerpo ensangrentado. Pero para el asombro total de Cole, y de todos los demás, las tres balas se detuvieron abruptamente delante de la psiquiatra, sin que ésta tuviera que mover siquiera un dedo; una de ellas incluso había quedado suspendida a escasos dos centímetros de su cara.

Los tres guardias miraron aquello, totalmente confundidos, y esa vacilación en seguir disparando fue su equivocación. Las tres balas cayeron por sí solas al suelo, y luego Matilda jaló sus manos hacia los lados, y las tres pistolas salieron volando de los dedos de los guardias hacia diferentes direcciones, todas lejos de ellos. Luego, la psiquiatra movió de nuevo sus manos, y uno de los guardaespaldas voló hacia un lado en dirección a la cocina, golpeándose contra isla del centro, deslizándose por ella y cayendo del otro lado. Al mismo tiempo, otro más se fue hacia el lado contrario, en dirección al sillón grande de la sala. Mabel y James tuvieron que moverse rápido para esquivar aquel proyectil humano, que terminó chocando contra el sillón, volteandolo por el impacto y cayendo igualmente al suelo del otro lado.

Un instante antes de que sus dos compañeros salieran despedidos de esa forma, Kurt se lanzó en contra de la psiquiatra con la intención de golpearla, taclearla y someterla con sus propias manos. Su intento fue en vano, pues su cuerpo se paralizó por completo justo antes de poder alcanzarla. Y en el momento en el que la mujer puso sus ojos azules fijos en ella, el cuerpo musculoso y grande de aquel hombre fue lanzado con fuerza hacia atrás como una simple bola de papel, aunque con bastante más fuerza. Ahora le tocó a Esther y Lily hacerse a un lado para esquivarlo, y el hombre siguió de largo por el pasillo de las habitaciones, hasta atravesar la última puerta del fondo, y caer semiinconsciente al pie de la cama que hasta ese momento había ocupado Damien.

Mientras todo aquello ocurría, Abra, o más bien su proyección aún presente en ese sitio aunque bastante débil, contempló todo con maravilla.

—Eso fue… increíble… —susurró la joven Stone en voz baja, y un instante después sus ojos se cerraron y su imagen se esfumó por completo.

— — — —

En la camioneta, todo había vuelto a la normalidad; por así decirlo. Y al mismo que su proyección cerraba sus parpados y desaparecía, el cuerpo de Abra se desplomó en el suelo sin oponer ninguna resistencia, y la agitación que sus poderes habían provocado cesó de golpe. Sus ojos aún seguían abiertos, pero apenas. Manchas de sangre le cubrían la parte baja de su nariz y oídos, pero parecía que la hemorragia se había cortado.

—¡Creo que ya volvió! —Masculló Charlie, apenas con un pequeño rastro de alivio asomándose entre toda su exaltación. Se aproximó rápidamente a ella e intentó sentarla. Se sorprendió un poco al sentir su cuerpo flácido, como si estuviera hecho de espagueti—. Abra, ¿estás bien? ¿Me escuchas?

—Esa mujer… es increíble… —murmuró la joven con debilidad, arrastrando un poco las palabras.

—¿Quién? ¿De qué hablas? —Le peguntó Kali con apuro, pero Abra no parecía siquiera captar que le estaban hablando a ella.

—Lo lastimé un poquito —masculló Abra del mismo modo que antes—. Y esa mujer lo arrojó por la ventana como si fuera basura… Pero sigue con vida, lo pude sentir… Yo sólo necesito descansar un poco…

Y hecha esa declaración, dejó que sus ojos se cerraran por completo, y recostó su cuerpo contra el de Charlie, manchando un poco su blusa con su sangre. Pareció desmayarse al instante siguiente, o quizás sólo quedarse dormida.

—Dios santo, debemos llevarla a un hospital —susurró Charlie con preocupación.

—No, espera —le indicó Kali, aproximándose para revisarle sus signos vitales a la joven, y a ver un poco más de cerca su rostro ensangrentado—. Está estable. He visto esto muchas veces; en Eleven, y en mí misma. Sólo hizo un esfuerzo extraordinario, pero se recuperará. Pero necesitará tiempo para descansar; quizás mucho tiempo…

Se viró en ese momento en dirección al monitor de la cámara. Las patrullas de policía, alrededor de cinco, se habían colocado delante del edificio, y varios uniformados abarcaban la banqueta.

—No tardarán en notar la camioneta sospechosa al otro lado de la calle —indicó Kali—. Debemos salir de aquí enseguida.

Charlie miró en silencio hacia el edificio.

—Si dejamos a esos dos ahora, la policía los aprehenderá. O aún peor: quizás no salgan con vida de ese sitio.

—Eso se lo buscaron por entrar de esa forma tan estridente —masculló Eight tajante—. No les debemos nada, y tenemos que ocuparnos de nosotras, y de esta jovencita a nuestro cuidado.

—Pero son chicos de Eleven —señaló Charlie—. Ella no los abandonaría a su suerte, aún si hubieran hecho algo tan imprudente.

—Roberta, si sales por esa puerta y haces explotar alguna de esas patrullas, tendrás a la mitad de la Tienda acordonando la ciudad entera en media hora. Eso era justo lo que queríamos evitar, ¿recuerdas?

—Ya sé, ya sé.

Charlie recostó con cuidado a Abra en el suelo, y con un pañuelo comenzó a limpiarle su rostro.

—Esperemos sólo un poco más…

— — — —

Matilda respiró lentamente, intentando recuperar la compostura. Todo aquello, aunque pareciera que apenas y se había movido, en realidad sí le había requerido un gran esfuerzo físico, y sobre todo mental.

—No puede ser… —masculló Mabel, total atónita al ver tal despliegue. Inconscientemente se había pegado más a James, en busca de un poco de seguridad adicional. Ya que, aunque le dolía admitirlo, se había sentido intimidada—. Nunca había visto a una vaporera tener tal control de telequinesis; ni siquiera a alguien del Nudo Verdadero. ¿De dónde salieron todos estos sujetos? ¿Por qué nunca los detectamos cuando eran niños…?

James no tenía respuesta a tal cuestionamiento, pero sin duda compartía la misma incertidumbre con respecto a las habilidades que había visto; tanto las de aquel policía invocando y controlando a todos estos fantasmas, como la forma en que esa mujer había repelido a esos hombres tan fácil. Todos estos individuos habían permanecido fuera del radar del Nudo, incluso a pesar de las constantes búsquedas que Rose hacía. ¿Acaso alguien o algo los había estado protegiendo hasta ahora?

Matilda recorrió en ese momento su mirada por el cuarto, enfocándose justo en Esther y Lily. La mujer de Estonia se sobresaltó, notándosele algo nerviosa. Al igual que Damien, ella también la había reconocido de su aventura en aquel hospital Portland, y de aquella otra noche en Eola; al parecer su hombro ya estaba bien. Notó entonces que aquella mujer bajaba su mirada, directo a la mano derecha de Esther en donde aún sujetaba su pistola. Ésta se dio cuenta de eso, y antes de que se le ocurriera paralizarla como lo había hecho en Portland, o azotarla contra las paredes como a los tres guardias, se apresuró a bajarla.

—Hey, tranquila, tranquila —murmuró Esther con apuro, colocando rápidamente el arma en el suelo, y alzando sus manos a cada lado de su cabeza—. Yo no quiero pelear, ¿ves?

Terminó su comentario esbozando una adorable sonrisa inocente, que esperaba la persuadiera de intentar algún tipo de venganza por el disparo de su hombro. Si acaso la idea le pasó por la mente, de momento en efecto pareció que Matilda lo había desechado.

—¿Enserio? —Comentó Lily de forma burlona, mirando de reojo a Esther. Para variar, su actitud casi “sumisa” le resultaba divertida—. A mí tampoco me importa lo que hagas —añadió haciéndose a un lado—. Haz lo que quieras…

Una vez que las dos niñas se movieron, Matilda tuvo una visión más clara del hombre tirado en el suelo, con dos heridas de bala en el cuerpo. Aquello inquietó de sobremanera a Matilda, y dejó casi de lado la ferviente furia que había cargado desde que entró a ese sitio.

—Santo Cielo, Cole… —murmuró despacio mientras se le aproximaba y se agachaba a su lado.

—Benditos los ojos que te ven, doctora —murmuró Cole con debilidad, con su rostro cubierto de sudor. Y, aun así, mantenía un aparente buen humor en su tono—. ¿Cómo supiste que estaba aquí?

—No lo sabía —le respondió Matilda con algo de tosquedad, y comenzó sin espera a revisar sus heridas—. Pero no me sorprende, grandísimo idiota.

—Lo mismo digo —contestó Cole, acompañado de una pequeña risilla burlona—. ¿Recuerdas cuando ayer te mencioné que nunca había recibido un disparo en mis años de servicio? Supongo que ya no es algo que podré presumir.

—No hables.

Matilda inspección con cuidado el muslo de Cole, rasgando con sus manos la tela del pantalón para poder ver mejor la herida de bala. Presionó un poco alrededor de la herida, provocando un sobresalto de dolor por parte del policía. Dirigió entonces sus dedos a la parte trasera del muslo, en busca de algún otro agujero en dicha zona. No lo había.

—No hay herida de salida —señaló como un pensamiento en voz alta—. La bala sigue adentro. Lo bueno es que tuviste suerte, pues no parece haberte tocado ninguna artería importante, así que no te desangrarás; al menos no pronto.

—Qué bueno oír eso —ironizó Cole, aun sonriendo.

La psiquiatra rasgó más el pantalón del detective, hasta crear una larga tira de tela. Comenzó entonces a rodear el muslo con su vendaje improvisado, hasta cubrir por completo el agujero de bala.

—Esto te dolerá —le advirtió, un instante antes de amarrar con bastante fuerza, y el vendaje apretara su muslo. Cole, aunque intentaba parecer fuerte, no pudo evitar soltar un grito de dolor al sentir aquello—. Déjame ver tu mano…

Cole alzó su mano derecha hacia ella, a como sus pocas fuerzas se lo permitían. Matilda la tomó y la observó detenidamente la fea herida que le atravesaba la mano desde la palma al dorso. Aunque a simple vista se veía menos grave que la del muslo, en lo que respectaba a poner en riesgo su vida, a Matilda le preocupaba más el daño a largo plazo de ésta. Podría igualmente vendársela, pero si no recibía un mejor tratamiento rápido, se exponía incluso perder la mano entera. Decidió de momento no compartir dicha preocupación con él, pues no ayudaría en nada alterarlo más de lo que ya estaba.

—Matilda… —escuchó abruptamente que una vocecilla murmuraba bastante cerca de ella, sacándola de golpe de su cavilación.

La psiquiatra se sobresaltó, y miró lentamente sobre su hombro. A un par de metros de ella se encontraba la persona que le había hablado, mirándola fijamente con sus ojos oscuros totalmente abiertos y azorados, y un singular rubor en sus mejillas pálidas.

—Samara —murmuró Matilda sorprendida, y a pesar de toda la situación una pequeña sonrisa de alegría se dibujó en sus labios.

Realmente estaba ahí; estaba viva, y en apariencia intacta. Se giró por completo hacia ella, estando aún de rodillas en el suelo para poder verla mejor.  Sentía que habían pasado meses desde que se separaron, y no sólo unos días. Incluso le pareció más alta y menos delgada, aunque Matilda sabía que podía ser sólo su imaginación.

—¿Estás bien, pequeña? —le susurró Matilda despacio, esbozando una sonrisa más amplia que la anterior.

Samara no respondió; sólo se le quedó viendo, con sus ojos aún como dos grandes lámparas encendidas. La niña la había visto en cuanto entró de esa forma tan espectacular, pero sólo hasta que Damien salió disparado por la ventana, casi literalmente, fue capaz de moverse de nuevo y reaccionar. No obstante, aun así dudó bastante se aproximársele. Aún no podía creer siquiera que en verdad estuviera ahí…

Desvió entonces su vista un poco en dirección a Cole a espaldas de Matilda. Se apresuró hacia él, agachándose a su costado. Matilda la siguió con la mirada, virándose de nuevo hacia su compañero herido.

—Te lastimaron por mi culpa —comentó la niña, colocando una de sus manitas sobre su brazo derecho.

—No digas eso —respondió Cole con una sonrisa despreocupada—. Sólo hacía mi deber… La culpa de que todo resultara tan mal fue sólo mía.

A pesar de lo que decía, la preocupación era palpable en la mirada de la pequeña. Observó entonces la mano herida de Cole, y sin pensarlo demasiado la tomó entre las suyas, rodeándola casi por completo con sus palmas y sus dedos.

—Déjame ayudarte —indicó con bastante seriedad en su tono, confundiendo tanto a Cole como a Matilda. ¿A qué se refería con eso?

Samara no dio mayor explicación, y en su lugar intentó enfocarse lo más posible en lo que deseaba hacer, intentando recordar en su mente lo mismo que había sucedido en aquel motel con Lily. En ese entonces había sido la Otra quien había tomado la iniciativa, pero ella había visto y sentido todo lo ocurrido, como siempre lo hacía. Ella sabía que podía hacerlo también. Aunque, también lo ocurrido con el rompecabezas de Matilda, y aquel muñeco de Cody… ¿y si terminaba corroyéndole y destruyéndole su mano…?

No, no debía pensar en eso. Tenía que concentrarse y no dejarse llevar por sus emociones. Cody y Matilda le habían dicho que las cosas siempre resultaban así de horribles como un reflejo de su propio estado de ánimo. Si quería tener éxito, debía despejar su mente de toda esas preocupaciones, miedos o enojos; debía hacerlo…

Apretó con más fuerza la mano de Cole entre las suyas provocándole dolo, que aquello terminó siendo insignificante en comparación con la sensación de ardor que lo recorrió un segundo después.

—¡Ah! —Exclamó Cole sintiéndose adolorido, pero también algo asustado—. Eso… quema…

Y en verdad quemaba; como clavos hirviendo atravesándole la piel, o cómo él suponía que debían sentirse. Lo sentía en toda su mano y en parte de su brazo, pero la sensación era principalmente mayor en el centro de su palma; en el punto exacto en donde estaba su herida.

Aquello le resultó bastante familiar a Lily, que observaba todo desde la distancia.

—Lo está haciendo otra vez… —musitó la niña con ligero desagrado, y el sólo recuerdo le provocaba una molesta y dolorosa comezón en su muslo. Esther no había comprendido al inicio qué pasaba, pero tras escuchar las palabras de su acompañante lo entendió.

—Samara, ¿qué haces? —Le cuestionó Matilda alarmada, y de inmediato tuvo el reflejo de intentar apartarla. Cole sin embargo la tomó de su hombro y la detuvo.

—Espera —masculló con un pequeño hilo de voz apenas apreciable, pues el resistir aquel dolor y no apartar su mano consumía la gran mayoría de sus fuerzas, que ya no eran de por sí muchas—. Algo está pasando… puedo sentirlo…

Samara había cerrado de nuevo sus ojos, con el fin de visualizar por completo en su mente la imagen de la mano intacta de aquel hombre, e intentar hacer dicha imagen real como si de un lienzo se tratara. Poco a poco pudo sentir como la imagen tomaba forma entre sus dedos, hasta que al fin fue capaz de percibirla por completo.

Abrió sus ojos y apartó sus manos lentamente. La mano de Cole quedó suspendida en el mismo punto. E incrédulos, tanto Matilda como él contemplaron que la herida de bala se había cerrado, de ambos lados. Y donde anteriormente había estado aquel agujero, ahora se encontraba una mancha oscura irregular, como un nuevo lunar salido de la nada.

—Vaya… —masculló Cole genuinamente sorprendido. Cerró y abrió el puño un par de veces, logrando moverlo sin impedimento y sin dolor. Aún sentía la piel ardiendo, pero dicha sensación se fue apagando poco a poco.

—Samara, eso fue increíble —musitó Matilda azorada, mirando atenta la mano de su compañero—. ¿Cómo hiciste eso…?

La niña sonrió ligeramente, orgullosa de ver que lo había logrado, hasta el punto de casi soltarse a llorar de alegría. Sin embargo, dicha emoción se fue disipando poco a poco, quizás al momento de volver a ser consciente de en dónde estaba, y en qué situación. Se paró entonces abruptamente, y caminó hacia atrás varios pasos para alejarse de Cole y Matilda.

—¿Samara? —susurró Matilda confundida, notando como la niña la miraba fijamente a ella con… ¿miedo?

—¿Por qué viniste aquí, Matilda? —Soltó la niña abruptamente, sonando casi como un reclamo—. ¿Por qué…?

La psiquiatra la observó en silencio intentando digerir de alguna forma toda la confusión y recelo que envolvían a la pequeña. No tenía una idea clara de cómo la encontraría al llegar a ese lugar, pero sí sabía que no sería sencillo llegar a ella de nuevo. Habían pasado muchas cosas en ese corto lapso de tiempo; demasiadas…

Tuvo el impulso de pararse y avanzar hacia ella, pero temía apartarse demasiado de Cole. Estaba herido y débil, y seguían aún en terreno enemigo después de todo. Los tres hombres de negro aún no daban señal de levantarse, pero quizás no tardarían mucho. Aquel hombre grande y la mujer del vestido de flores se habían hecho hacia un lado del cuarto y miraban todo de lejos, y sus intenciones no les eran claras. Leena Klammer y Lilith Sullivan hasta el momento parecían no querer involucrarse, pero Matilda no se confiaba en lo más mínimo de ninguna de las dos. Y claro, la mayor amenaza, el tal Damien Thorn… Era probable que lo que había hecho no lo dejara fuera del escenario demasiado tiempo más. Así que continuaban rodeados de peligros en todas las direcciones.

Cole pareció notar las dudas en ella de alguna forma, pues en ese momento sintió como extendía su mano y le apretaba un poco su brazo entre sus dedos para llamar su atención.

—Yo estoy bien —le susurró despacio, sonriéndole a pesar de que tenía una horrible cara de enfermo en esos momentos—. Has lo que viniste hacer… y rápido…

Matilda vaciló un segundo más, pero luego asintió lentamente.

Se paró entonces y alzó sus manos al frente en señal de calma.

—Vine por ti, Samara —le respondió despacio, y avanzó un par de pasos hacia ella. Samara reaccionó casi asertiva, retrocediendo y alzando un poco sus brazos delante de ella.

—¿Por mí? —Inquirió, desconfiada.

—Claro que sí. Lamento haber tardado tanto; lamento haberte dejado sola. Pero te prometo que no lo haré nunca más.

Extendió en ese instante su mano hacia ella, ofreciéndosela.

—Vamos a casa, ¿sí?

—¿A casa? —musitó Samara, aturdida.

—Conmigo —añadió Matilda, asintiendo lentamente—. Yo me encargaré de que estés bien, y que estés segura.

—Pero… lo que le hice a mi mamá y a las demás personas… —la voz de Samara se quebró ligeramente, y pequeños rastros de lágrimas comenzaban a asomarse—. No quiero lastimarte, Matida; a ti no…  No debes estar cerca de mí. Yo soy un monstruo…

—No eres un monstruo, Samara —respondió Matilda tajantemente, sonando casi como un severo regaño—. Los monstruos no existen. Todos en algún momento somos víctimas de nuestras malas decisiones, y de nuestras emociones negativas. Incluso los adultos; o, más bien, en especial los adultos. Pero lo que hagas o no hagas para remediar tus acciones depende sólo de ti. —Mientras hablaba, se le fue aproximando poco a poco, con cautela para no asustarla más, y en esa ocasión Samara no se alejó como como antes—. Tú eres mucho más que todos esos errores, y estos no tienen por qué definirte o limitarte. Tú tienes en ti la capacidad de ser lo que quieras ser. Y yo te conozco, Samara. Tú no quieres ser un monstruo ni una mala persona. En ti hay una gran tristeza y enojo, pero también un corazón puro y una bondad que todo esto no han logrado opacar. Lo que acabas de hacer con Cole es la prueba de ello.

Samara la escuchaba y observaba atentamente, comenzando a sollozar un poco sin poder evitarlo, y con todo su cuerpo temblándole. Matilda logró acercarse hasta colocarse justo delante de ella, y entonces se agachó para ponerse a su misma altura. Le sonrió entonces de una forma tan amable y brillante, como Samara pensaba nadie le había sonreído nunca; ni siquiera su madre.

—No te mentiré, pequeña; nunca lo haré —le murmuró la castaña despacio, colocando con cuidado sus manos sobre sus hombros—. Has hecho cosas de las que no podrás esconderte, por más que lo intentes, y con las que tendrás que lidiar tarde o temprano. Pero te prometo que no tendrás que hacerlo sola. Sin importar qué, yo estaré ahí a tu lado, apoyándote en cada paso. Saldremos de esto juntas, ¿de acuerdo?

Samara se talló sus ojos con sus manos, intentando limpiarse las lágrimas, y luego se esforzó para suprimir sus hipos y poder responderle.

—¿Tú aún quieres ayudarme? —Masculló entre gemidos—. ¿Aún crees que puedo ser buena…?

—Por supuesto que sí —respondió Matilda con ferviente entusiasmo en su tono—. Yo creo en ti Samara; nunca he dejado de hacerlo…

Ya no pudo resistirlo más, y sin la menor vacilación Samara se lanzó hacia ella, cayendo de rodillas al suelo y pegando su rostro contra su pecho. La rodeó con sus brazos en fuerte abrazo, y comenzó sin pena a llorar descorazonadamente contra su blusa. Matilda también sintió por un instante el impulso de llorar, pero intentó contenerlo; necesitaba mostrar fuerza y seguridad, por más difícil que le resultase. Lo que hizo sin dudarlo un momento, fue rodear el delgado cuerpo de la niña para corresponderle su abrazo, y pegar su rostro contra su cabeza.

Un abrazo con varios días de atraso, pero que ambas ciertamente necesitaban vehementemente.

—Creo que voy a vomitar —musitó Lily con hastío, virándose hacia otro lado para no ver aquello.

Esther no dijo nada, pero su rostro estoico y duró no dejaban muy claro cuál era su pensamiento sobre la escena delante de ella. ¿Aquello le provocaba tanto desagrado como a Lily?, quizás en parte. Pero, también podría haber algo más en ello: envidia… Y esa era una emoción con la que ciertamente Leena Klammer no sabía lidiar del todo bien. Probablemente si aún tuviera su arma en mano, la había alzado e intentado volarle la cabeza a ambas con una sola bala; y muy probablemente esa mujer la habría hecho volar por los aires hasta el pavimento quince pisos debajo. Eso nunca lo sabrían.

Pero también parecía haber un poco de otra cosa en la mente Esther, escondido entre todos esos pensamientos oscuros y agresivos. ¿Qué era aquello?, era difícil describirlo. Pero quizás, sólo quizás, podría ser algo diminutamente parecido… a felicidad.

—Ven —musitó Matilda despacio sin romper su cálido abrazo—. Salgamos de aquí ahora…

Samara asintió efusivamente, más que dispuesta a irse de una vez por todas de ese sitio. Se talló un poco los ojos con una mano, alzó su mirada por encima del hombro de Matilda hacia atrás de ella… Y ahí fue donde su felicidad se vino abajo.

Por encima del hombro de la psiquiatra, lo primero que sus ojos vieron fue el rostro demacrado de la Otra Samara, cubierto con sus largos y oscuros cabellos-

La niña se sobresaltó asustada al ver a aquel ser de nuevo, mirándola de regreso atentamente con un sentimiento en sus ojos muertos de completa furia, como el distorsionado reflejo de un sucio espejo. Y casi al mismo instante, Cole también la vio, materializándose de un parpadeo a otro justo a espaldas de Matilda.

—¡Matilda!, ¡cuidado! —Le gritó Cole despavorido.

La mujer reaccionó a ese grito intentando voltearse hacia él, pero no logró hacerlo antes de que aquel ser la tomara abruptamente de su nuca, apretándola con fuerza. Al instante siguiente la lanzó hacia un lado para quitarla de en medio. Matilda cayó sobre su costado derecho, encima de la cama de vidrios de la mesa que había quedado en el centro de la sala.

Samara, por su lado, quedó de nuevo frente a frente ante aquella criatura. Por un inocente momento había llegado a pensar que nunca más la volvería a ver tras lo de la anoche. Ciertamente estaba equivocada.

—No, ya déjame… —susurró Samara atemorizada, comenzando a retroceder en el suelo, al tiempo que esa criatura avanzaba a pasos lentos hacia ella, casi arrastrando sus pies por la alfombra.

Aquel cambio tan repentino dejó bastante confundidos Esther, Lily y James, que no eran capaces de ver a esa nueva invasora. Sólo Cole y Mabel podían percibirla por completo. Y, al menos ésta última, parecía bastante impresionada.

—¿Ahora qué? —Musitó James, confundido.

—Es otro fantasma, creo —le susurró Mabel despacio, sin quitar sus ojos de la escena—. Pero no es uno normal. No… no sé bien lo que es…

A los ojos de Mabel, aquella criatura era envuelta por un aura pesada y oscura, como si arrastrara consigo un manto negro que lo envolvía todo.

«La sensación abrumadora que sentí al llegar… ¿toda ella venía de esa niña?» se preguntó a sí misma, recordando lo que había percibido al llegar al edificio, y que ciertamente era muy parecido a lo que sentía en esos momentos.

—No te irás a ningún lado —susurró la Otra Samara despacio. En cada paso que daba, dejaba en el suelo la huella húmeda de pie descalzo—. Mataré a estos dos antes de permitirlo…

—¡No! —Le gritó Samara con fuerza, envuelta en una combinación de miedo y enojo—. ¡Déjame en paz! ¡Ya no te quiero conmigo! ¡Todo lo que has provocado es que cometa más y más errores!

El ser se detuvo de golpe al escucharla decir eso. Inclinó enteramente su cabeza hacia un lado, en un ángulo que un cuello humano no debería poder lograr. Sus cabellos caían libres como una cortina, dejando al descubierto sólo la mitad izquierda de su cara, y su ojo hundido y nublado fijo como navaja en la pequeña.

—Todo lo que he hecho desde el principio es protegerte. ¿Es que aún no lo has entendido?

—¡No es cierto! —Le respondió Samara con vehemencia—. Tú lo que quieres es que sea como tú, como Esther, como Lily o como Damien. Pero yo no quiero ser como ustedes… ¡Yo quiero ser buena! ¡Yo quiero irme con Matilda…!

Su voz fue callada de golpe cuando de un parpadeo a otro, aquel ser cortó de tajo la distancia que las separaba, apareciendo justo delante de ella, con su horrible rostro a unos escasos centímetros del suyo, y sus manos huesudas y arrugadas le sujetaron firmemente su cabeza, apretándosela un poco como si quisiera impedir que la moviera. Sus cabellos caían libremente a los lados, envolviéndolos a ambas e imposibilitando que Samara pudiera ver cualquier otra cosa fuera de esa negrura.

—No has comprendido nada —musitó la Otra Samara despacio, de forma gutural y rasposa. Su aliento frío y apestoso golpeó de frente el rostro de la niña—. Yo también quise ser buena, pero eso de nada importó. Y este camino por el que te he llevado es el único que evitará que termines como yo. Sólo Damien puede garantizar tu seguridad; ella me lo dijo…

—¿Ella? —Susurró Samara, tan despacio que bien podría haber sido un simple pensamiento.

—Todo lo que he deseado desde el inicio es cuidarte —prosiguió el espectro—, y que tengas una vida como la que a mí me arrebataron. Pero si sigues obstinada en no escucharme, tendré que salvarte de ti misma… a la fuerza.

En ese momento, aun sujetándola de su cabeza, la empujó hacia atrás, tumbándola al suelo. Sin embargo, en lugar de que su cabeza y espalda se encontraran contra la alfombra del suelo de la sala, Samara sintió como era sumergida a la fuerza en agua fría, mientras aquel ser la sujetaba firmemente.

Era aquel mar de aguas oscuras de sus pesadillas, y la misma sensación que la invadía en cada una de ellas.

Pero en esa ocasión estaba despierta…

¿O no?

—No, ¿qué haces? —Exclamó Samara como pudo, pataleando y forcejeando, intentando sacar su rostro para tomar aire—. ¡No!

—Lo siento —musitó aquel ser despacio, y en ese momento colocó por completo la palma de su mano contra su rostro, y la empujó hacia abajo. El cuerpo de Samara comenzó a descender lentamente en el agua, y por más que agitó sus manos y pies no fue capaz de ponerse a flote. Entre aquella oscuridad, no fue capaz siquiera de gritar—. Me lo agradecerás después…

— — — —

Un poco aturdida al principio, Matilda se sentó tras haber sido arrojada de esa forma. No entendió que había pasado, ni quién o qué lo había hecho. Sólo había sentido esa presión en su nunca, y al instante siguiente estaba a varios metros de donde había estado. Por suerte ninguno de los vidrios grandes la cortó, pero unos de los pedazos más pequeños sí le lastimaron la palma de su mano al intentar alzarse.

El estupor de su confusión tuvo que disiparse rápidamente al oír a Samara, gritando descorazonada justo delante ella.

Aunque en su mente su voz era apagada, en el mundo real los gritos de la niña de Moesko eran estridentes, desesperados, y sobre todo llenos de terror. Todos los presentes veían confundidos como la niña se retorcía en el suelo, agitando sus manos y pies como si quisiera aferrarse a algo y evitar caer. Las luces tintineaban, los cuadros caían de las paredes, y vieron como el suelo justo debajo de la niña era rasgado, como si unas largas uñas dibujaran su rastro en él.

—¡Samara!, ¿qué tienes? —Cuestionó la psiquiatra alterada, gateando apresurada hacia ella (y lastimándose un poco más su otra mano con los vidrios), hasta colocarse a su lado. La tomó en su regazo, intentando cargarla, pero la niña seguía agitándose sin control. Sus ojos estaban en blanco, y sus aullidos iban de mal en peor.

—¡Detente! ¡Déjame en paz! —Fue lo único entendible que fue capaz de pronunciar entre un grito y otro.

Y de pronto, tras unos angustiantes segundos, Samara se quedó totalmente quieta como estatua, abrió por completo sus ojos, fijándolos en el techo, y un instante después todo su cuerpo perdió la fuerza y se rindió contra los brazos de Matilda. Su cabeza colgaba hacia un lado sin oposición, y sus brazos caían contra el suelo.

—¿Samara…? —Musitó Matilda, totalmente despavorida e incapaz de hablar con claridad. Le revisó de inmediato sus signos vitales; su pulso era débil, pero aún estaba presente. Eso le provocó un poco de alivio, aunque fuera poco—. Samara, ¿me escuchas? Reacciona, por favor —masculló despacio, mientras le acariciaba su mejilla y cabello dulcemente—. Todo estará bien, te lo prometo. Te sacaré de aquí, y vas a estar bien…

De pronto, los ojos de la niña se abrieron abruptamente, y su cabeza se giró directo hacia Matilda rápidamente. Y cuando aquellos ojos la miraron, la psiquiatra no pudo evitar sentir de inmediato cierta aprensión, pues esos ojos… le resultaron de momento desconocidos.

—¿Samara? —Cuestionó despacio, pero la niña siguió en silencio, sólo observándola de la misma forma fría y ausente, como si sólo mirara a través de ella a la nada.

La niña alzó entonces su mano derecha, y acercó lentamente sus dedos al rostro de Matilda. Pero cuando estaba a unos milímetros de tocarla, Matilda sintió un fuerte jalón hacia atrás, apartándola de ella. Cole se le había aproximado a como su pierna herida le permitió, la tomó fuertemente de un brazo, y la jaló hacia él lo más rápido que pudo. Pero no sólo eso, sino que justo después con su otra mano empujó con fuerza a Samara hacia atrás, alejándola de Matilda y haciéndola caer de espaldas al piso.

—¡Cole!, ¡¿qué haces?! —Le cuestionó la mujer castaña, confundida y enojada. Pero Cole era bastante firme en su accionar.

—No es ella, es la otra —le respondió el detective, intentando colocarse delate de Matilda de forma protectora, los dos aún sentados en el piso—. Es el demonio…

«¿El demonio?» pensó Matilda aturdida, recordando casi de inmediato toda la plática que habían tenido el día anterior, y también lo que habían visto aquel otro día, en aquella sala de observaciones en Eola…

Matilda miró de nuevo a Samara, y notó como ésta se alzaba lentamente del suelo, parándose firme en sus dos pies. Mientras lo hacía, su cabeza permanecía inclinada hacia el frente, con todo su cabello cayendo largo sobre su rostro, casi escondiéndola por completo. Poco a poco se fue irguiendo, y escucharon de una forma grotesca como sus articulaciones sonaban con cada movimiento que hacía.

—Maldita sea —musitó Lily con preocupación, retrocediendo rápidamente. Aquello también le había traído malos recuerdos—. Ya se puso rara otra vez…

Esther, James y Mabel también notaron por igual el cambio que se había suscitado, pero ninguno lo entendió por completo, ni tampoco se dispuso a intervenir de alguna forma.

Una vez enteramente de pie, Samara subió su mirada, fijando su único ojo visible tras sus cabellos justo en Matilda y Cole. Y lo que ambos vieron en dicha mirada… fue absolutamente nada. Sólo una expresión vacía, como la de una simple muñeca sin vida.

—Se los advertí —musitó la niña despacio, sonando en efecto como la voz de Samara, sólo que un poco más raposa, casi como si le doliera el hablar—. Pero tenían que seguir metiéndose. Ahora los dos pagarán por su estupidez…

Lanzada esa advertencia, comenzó a avanzar lentamente hacia ellos, arrastrando un poco sus pies por la alfombra.

—Vinimos a ayudar a Samara —exclamó Cole ferviente, alzando una mano al frente con intención de mantenerla alejada de ellos—. Es lo que siempre hemos querido hacer…

—¡Ella estaba bien aquí antes de que ustedes llegaran! —Gritó Samara de golpe alzando la voz de más, y tanto Matilda como Cole sintieron como eran empujados hacia atrás, hasta quedar de espaldas contra el sillón volteado, y de nuevo sobre los vidrios de la mesa rota—. Y no dejaré que la vuelvan a poner el peligro allá afuera.

La atención de Samara se fijó en ese momento enteramente en Cole, y éste sintió su mirada como una sensación fría y paralizante que le recorría el cuerpo. Se sostuvo su cabeza con una mano, y comenzó a soltar unos pequeños quejidos de dolor. Aunque no era precisamente dolor lo que sentía, sino más bien un esfuerzo de oposición, como si intentara evitar que una persona mucho más grande y fuerte que él lo empujara contra la pared.

—Cole, ¿qué pasa? —Masculló Matilda con preocupación, tomándolo de los brazos. Pero no era necesario que él le respondiera; al ver de nuevo a Samara lo supo con claridad—. No, Samara… ¡detente!

Pero ella no hizo ningún caso a su petición. Siguió enfocándose en el detective, “empujándolo” cada vez más y más.

—Si creen que lo único que puedo hacer es proyectar imágenes en el papel, no han comprendido ni un poco de lo que soy capaz —declaró la niñas mordaz, y alzó entonces una mano hacia al frente, apuntando con ella directo al policía.

Cole reaccionó de golpe, alzando su cabeza y abriendo enteramente sus ojos, como si estuviera intentando entender donde se encontraba. Pero, en realidad, no miraba nada ni pensaba en nada en lo absoluto…. Salvo una cosa.

La mano derecha de Cole se movió a tientas por el suelo, hasta que sus dedos rodearon uno de los pedazos de vidrio en éste; uno de los grandes y más puntiagudos. Lo tomó con firmeza, llegando a sangrar un poco al hacerlo, y al instante lo jaló directo hacia su cuello.

—¡Cole!, ¡no! —Exclamó Matilda con espanto, tomándolo con fuerza de su brazo para evitar que se apuñalara su propio cuello; justo como lo había hecho Anna Morgan días atrás. El filo del vidrio llegó a arañarle la piel, causándole una herida superficial en el cuello. Aun así, Cole parecía determinado a seguirlo intentando, y continuó  jalando su letal arma contra él, al parecer inconsciente de que Matilda lo sujetaba y se lo impedía—. ¡Samara!, ¡no lo hagas! —Le gritó casi suplicante, pero la niña ni siquiera la miró—. ¡Por favor!, ¡reacciona!

Mientras seguía sujetando a Cole con una mano, extendió la otra hacia Samara, y usando su telequinesis la jaló de golpe hacia ella, quizás un con más violencia de lo que deseaba, pero que en el calor del momento ni siquiera lo racionalizó. Samara se sobresaltó sorprendida por el jaloneó, y sus cuerpo se deslizó por el suelo, directo hacia Matilda.

La psiquiatra alargó su mano, tomó a la niña firmemente de su brazo derecho, apretándolo un poco. Y en cuanto sus dedos la tocaron… algo extraño ocurrió…

— — — —

Fue similar a lo que le había ocurrido en otras ocasiones al tocar algún objeto; como la foto de Lily Sullivan. Aquellas veces su mente lo había interpretado como una serie de imágenes y pensamiento que inundaban su cabeza de golpe. Pero esa ocasión fue diferente; muy diferente.

Matilda sintió como si en un parpadeo toda su presencia física hubiera sido jalada hacia otro lugar muy, muy lejos de ahí. Y ahora ya no se encontraba sentada en el suelo de aquel lujoso departamento, sino de pie en un amplio prado, envuelto en una ligera neblina matutina. A lo lejos delante de ella vio una cerca de madera, y más allá de ellas una colina verde por donde pastaban o corrían algunos caballos libremente. Y más allá, en la punta de la colina, vio un árbol de hojas rojas, que con la luz del sol detrás de él parecía casi como si sus ramas estuvieran en llamas. A Matilda la apariencia de aquel árbol en específico le pareció familiar por algún motivo. ¿Dónde lo había visto antes?

Aunque una mejor pregunta era… ¿dónde estaba exactamente?

Y entonces la escuchó, aquella pequeña vocecilla flotando en ese fresco y pacífico aire que la envolvía:

Mil vueltas damos… El mundo está girando… Y al detenerse… Sólo estará empezando…

Esa canción…

Esa voz…

Matilda se viró de inmediato sorbe sus pies, dándole la espalda a aquel árbol, y entonces la vio.

—Samara —susurró despacio, aunque había sentido como si su voz prácticamente no hubiera salido en lo absoluto de su boca.

La niña se encontraba de pie frente lo que a simple vista parecía un pozo de piedra de forma circular, de apariencia un poco anticuada. Vestía un largo vestido blanco que la cubría por completo, y su cabello negro caía suelto y libre sobre su espalda. Su rostro estaba tan pálido como Matilda lo recordaba del primer día que la conoció, e incluso debajo de sus ojos se hallaban más marcadas sus ojeras oscuras.

Mientras cantaba de nuevo esa misma canción, la pequeña observaba fijamente en su dirección, aunque Matilda supuso que no la miraba a ella en realidad, sino al escenario justo detrás de ella; quizás incluso podría tener su vista fija en aquel singular árbol rojizo.

—El sol saldrá… Vivimos y lloramos… El sol caerá… Y todos morimos…

Matilda miró pensativa a su alrededor, al tiempo que la escuchaba. Nunca había tenido una visión tan vivida como esta. ¿Eso era algún tipo de recuerdo de la niña? ¿Cuándo había ocurrido?, pues esa no parecía ser la Isla Moesko; ¿dónde estaban exactamente…?

La voz de Samara dejó abruptamente de cantar, y eso hizo que Matilda se virara de nuevo hacia ella. La niña seguía de pie a un lado del pozo, y seguía mirando al frente con expresión perdida, incluso algo adormilada. Pero había alguien más. Justo detrás de Samara, contempló a alguien acercándose por detrás con paso lento sobre la hierba verde. Una mujer alta, envuelta en un largo vestido negro que casi parecía de luto, y con su cabello totalmente recogido y su frente descubierta. Miraba también hacia al paisaje a lo lejos, con una amplia sonrisa. Fue quizás dicha expresión de tranquilidad y alegría lo que le había impedido a Matilda reconocerla en un inicio, pero conforme se acercó le resultó evidente su identidad: Anna Morgan, la madre adoptiva de Samara.

La niña pareció haber sentido su presencia a su espalda y por eso había dejado de cantar y agachado un poco la cabeza.

—Es un día hermoso —señaló la señora Morgan mientras se colocaba de pie justo detrás de su hija—.  ¿No lo crees, Samara?

Ella no respondió nada; ni siquiera se volteó a verla, como si se sintiera avergonzada… o atemorizada. Anna colocó una mano delicadamente sobre el hombro de la niña, acariciándolo dulcemente, pero ni siquiera eso pareció tranquilizarla lo suficiente.

—Se percibe tanta paz en este lugar —añadió la mujer de negro—. Mudarnos aquí fue lo mejor, ¿no te parece? Lejos de la gente, de las miradas y los chismes. ¿Te sientes feliz, Samara?

La pequeña continuó cohibida y con su mirada baja por unos segundos. Luego alzó lentamente su vista, volviéndose de nuevo hacia aquel árbol lejano que tanta fascinación parecía causarle.

—Lo siento, mamá… —susurró al fin la pequeña, su voz apenas logrando ser percibida.

—Lo sé, lo sé… —masculló Anna despacio, pasando su mano del hombro de la niña a su cabello, comenzando a acariciárselo lentamente con sus dedos—. Sé que las cosas han sido difíciles últimamente. Pero confío en que todo mejorará… a partir de ahora…

Anna retiró lentamente su mano del cabello de Samara y dio un paso hacia atrás. Por un instante todo volvió al silencio y quietud de hace unos instantes atrás. Pero antes de que Samara pudiera virarse por completo hacia su madre para verla de frente, ésta jaló de golpe sus manos al frente, envolviendo por completo la cabeza de la Samara con una bolsa negra, para luego apretarla con fuerza. La niña se sobresaltó asustada, comenzando a forcejear, mientras el plástico negro de la bolsa le cubría toda la cara, incluyendo su boca y nariz. Se notaba a través de éste como intentaba desesperada de jalar aire a su interior, sin ningún resultado.

La estaba asfixiando…

—¡No! —Gritó Matilda, horrorizada al ver aquello. Y a pesar de que sabía que ella no estaba ahí en realidad, su lado más emocional no lo entendió e intentó correr hacia Anna para detenerla. Pero apenas dio un paso y al siguiente apareció de golpe justo detrás de Anna y Samara, como si hubiera corrido pasándolas de largo sin darse cuenta.

No podía evitar que aquello pasara…

—No te resistas… —exclamó Anna, aplicando bastante esfuerzo. La niña seguía resistiéndose y zarandeándose, por lo que mientras sujetaba la bolsa con una mano, con la otra buscó a tientas alguna piedra suelta en la orilla del pozo. Tomó una firmemente entre sus dedos y la alzó a un lado—. ¡Deja de luchar, maldita peste!

Dejó caer rápidamente su mano contra la cabeza de la niña, golpeándola dos veces seguidas con la piedra con bastante fuerza. Matilda tuvo que desviar su mirada hacia otro lado al sentirse asqueada por ello.

Samara dejó de moverse tras los dos golpes, quedando su cuerpo rendido a los brazos de su madre. Ésta siguió apretando la bolsa contra el rostro de la niña por casi un minuto más, hasta que sintió que realmente todo el aire había abandonado su cuerpo, y lo que sujetaba en brazos ya no se movería en lo absoluto.

Sólo hasta entonces Anna relajó las manos, y dejó que la bolsa se liberara un poco. Sus dedos le dolían por el esfuerzo, y su rostro se encontraba enrojecido. Respiró agitadamente y comenzó a sollozar, mientras miraba al mismo árbol que Samara tanto observaba hasta hace unos segundos.

—Todo lo que yo quería era una hija —murmuró despacio como un doloroso lamento—. Pero Dios decidió castigarme contigo…

Y pronunciada aquella horrible declaración, empujó el cuerpo de la niña al frente, dejándola caer libremente en el pozo abierto, con todo y la bolsa negra aun cubriéndole su cabeza.

Matilda volvió a moverse, acercándose aprensiva hacia el pozo. Apoyó sus manos en la orilla, y apenas alcanzó a inclinarse un poco para ver adentro, cuando al siguiente instante sintió como ella misma comenzaba a caer por aquel agujero oscuro. Pero no fue como si alguien la empujara, solamente de repente su cuerpo comenzó a caer como si el suelo a sus pies hubiera desaparecido.

No hubo chapoteó o algo similar, solamente en un instante ya se encontraba ahí abajo, con el agua cubriéndola hasta la cintura. Por mero reflejó pegó su espalda contra el muro de piedra, y alzó su vista. A varios metros por encima de su cabeza, se veía la salida circular del pozo, y más allá el cielo azul y despejado.

Matilda bajó su vista, y le recorrió de golpe un intenso respingo al divisar frente a ella el cuerpo de Samara, flotando en el agua bocabajo con su cabeza aún cubierta por la bolsa.

—Samara… —soltó la mujer castaña como un intenso lamento, y no pudo evitar comenzar a llorar.

¿Qué era todo eso? ¿Era acaso una visión del futuro? No, no era posible, porque Anna Morgan estaba muerta. ¿Era algo que había ocurrido? No, eso tampoco era posible, porque Samara… ella…

Se aproximó cautelosa, extendiendo una mano para intentar acariciarle su cabeza a la niña. Pero antes de que pudiera tocarla, escuchó como Samara daba una fuerte inhalación, y luego su cuerpo se sacudía, chapoteando en el agua. Matilda retrocedió asustada, pegándose contra el muro. Las manos de Samara se aferraron apresuradas a la bolsa que la cubría, y prácticamente se la arrancó de la cabeza, comenzando a toser y a intentar aspirar aire con desesperación. Estaba empapada, y el agua la cubría casi por completo.

Matilda la observó en silencio totalmente atónita. Estaba viva… Pero, ¿entonces…?

Una vez que recuperó el aliento, la niña alzó su mirada hacia arriba.

—¡No! —Gritó con fuerza y su voz retumbó en el eco de aquel reducido espacio—. ¡Mamá!, ¡por favor…!

Matilda miró en la misma dirección que Samara veía, y contempló con espanto lo mismo que ella: la entrada circular del pozo comenzaba a cerrarse, como la luna ocultando poco a poco el sol en un eclipse.

Afuera, Anna Morgan estaba empujando con todas sus fuerzas una gruesa y pesada rueda de piedra para cubrir la entrada del pozo. Al escuchar el grito de la niña, la mujer se sobresaltó, sorprendida y asustada. Se detuvo y se agachó casi con miedo hacia el interior. Entre la oscuridad no logró distinguir a la niña, pero sí escuchó su voz.

—Por favor, mamá… no lo hagas, por favor. ¡Sácame de aquí, mamá!

Anna se apartó rápidamente del pozo, y caminó hacia un lado y hacia el otro, comenzando a vacilar sobre su convicción. No esperaba que las cosas terminaran así. En su mente ella se había convencido de que, a pesar de todo, había sido lo suficiente piadosa con ese monstruo. Pero… ¿dejarla ahí encerrada? ¿Podría su conciencia lidiar con eso…?

—¡Mamá! —volvió a gritar Samara cada vez más desesperada.

Anna se tomó con fuerza su cabeza, golpeándosela un par de veces con su palma entera. Su voz, su maldita voz le taladraba la cabeza. No podía dejar de oírla, día y noche. Siempre estaba ahí metida…

—¡Yo no soy tu puta mamá!, ¡engendro del demonio! —Gritó con todas sus fuerzas, virándose hacia el pozo como si estuviera encarando a la niña frente a frente.

Sin más dudas, se aproximó de nuevo y prosiguió con su labor, empujando aquella tapa para cubrir enteramente la entrada de aquella que sería, con suerte, la tumba de esa bestia con forma de niña.

—¡No! —Gritó Samara con su voz quebrada. Desesperada, intentó escalar el muro, peso sus manos se resbalaron con la piedra húmeda, y volvió a caer al agua, sumergiéndose por completo. Para cuando logró volver a salir y mirar hacia arriba, la piedra ya había cubierto casi por completo todo rastro de luz—. ¡Mamá!, ¡mamá! ¡Seré buena!, ¡juro que seré buena! ¡Sólo déjame salir…! ¡Mamá!

Pero Anna no hizo caso, y siguió empujando y empujando. Y desde dentro del pozo, se pudo ver como la entrada era cubierta por completo, y todo sonido del exterior fue opacado. Y poco después también lo hizo la luz. Aunque, antes de extinguirse por completo, Samara pudo ver claramente un aro luminoso, enmarcando la forma circular del pozo, para luego extinguirse también y dejarla en la completa oscuridad…

— — — —

La visión de Matilda terminó en ese mismo momento, y fue arrastrada de golpe a la realidad de manera tan abrupta que cayó hacia atrás al piso, como si alguien la hubiera empujado con fuerza. Impresionado alzó sus brazos intentando aferrarse a algo, como si creyera que volvería a caer en aquel pozo, y retrocedió por el suelo, hasta que su espalda dio contra el sillón volteando y no pudo avanzar más.

Respiró con gran agitación, como si acabara de correr una larga carrera, y todo su cuerpo le temblaba horriblemente. Aún sentía sus ropas mojadas, el olor de aquel sitio, y la sensación de claustrofobia; incluso sus ojos parecían resentir la luz que alumbraba aquella sala. Simplemente no lograba que su mente entendiera enteramente que ya no estaba en aquel sitio; como si acabara de despertar de una pesadilla, pero no había en realidad despertado del todo.

—Matilda, ¿qué pasó? —Escuchó la voz de Cole murmurando como un susurró lejano, casi inentendible. La psiquiatra volteó como le fue posible a verlo. El policía estaba a un metro de ella, y con una mano se sujetaba el costado de su cuello, en donde se había cortado. En el suelo a su lado reposaba el pedazo de vidrio ensangrentado, y ya no parecía tener intención de lastimarse con él.

Sin embargo, la mente de la doctora no fue capaz de procesar aquello de momento, pues estaba aún demasiado perdida. Pero al parecer en ese momento había logrado despertar lo suficiente para recordar donde estaba.

Se viró de inmediato a donde recordaba que había estado Samara. Ésta estaba de rodillas, con sus manos apoyadas en el piso, y el cabello de nuevo cubriéndole el rostro. Al parecer la visión también la había aturdido tanto como a ella.

—No… No, no, no puede ser —musitó la psiquiatra con aprensión—. Eso no pasó, eso nunca pasó…

—Sí, sí pasó —respondió Samara de golpe, con la misma voz agresiva de antes. Lentamente volvió a pararse y a mirarla con la inhuma frialdad de antes—. Estuve siete días y siete noches agonizando en ese pozo. Mis uñas se arrancaron de mis dedos por intentar escalar los muros; mi piel se arrugó y agrietó por la constante humedad; el hambre me carcomió las fuerzas, y la sed era tan agobiante que tuve que beber de esa agua sucia y estancada, que hizo que mi estómago se inflamara y me doliera tan intensamente como si me hubieran apuñalado en él. El frío me carcomió la carne, y me atravesó cada milímetro de mi ser. Y al séptimo día, cuando ya estaba demasiado débil y cansada para siquiera seguir luchando, mi cuerpo simplemente se sumergió por sí solo en el agua, me entregué a la oscuridad… y me dejé ir, deseando obtener en la muerte aunque fuera un poco de alivio a mi sufrimiento.

Comenzó en ese momento a caminar lentamente hacia Matilda. Ésta tuvo una reacción de aversión ante su inminente cercanía, pegándose más contra la parte de abajo del sillón, aferrándose a éste como un animal acorralado.

—Sin embargo, no se me permitió ni siquiera ese consuelo —añadió Samara con la rabia desbordando de su voz—. El frío, el dolor, el hambre, el miedo… todo eso me ha acompañado cada momento, incluso después de que morí… Y no he sido capaz de descansar ni un sólo instante desde entonces…

—¿Quién eres tú en realidad…? —Inquirió Matilda con su voz entrecortada—. ¿Quién eres?

—Ya te lo dije antes —respondió la niña, y entonces inclinó su cuerpo hacia el frente, aproximando su rostro al de Matilda, para que ambas pudieran verse la una a la otra fijamente. Y al verla tan cerca, Matilda pudo cerciorarse de que su primera impresión había sido correcta: no había nada de vida en aquellos ojos; era como mirar directo a una oscuridad tan profunda, como la que las envolvió en aquel pozo—. Soy Samara Morgan —declaró—. Pero… no soy la que tú conociste en ese psiquiátrico hace semanas, ni la dueña de este cuerpo… Yo no soy la Samara de este mundo…

Y entonces Matilda lo comprendió, tan claro como si aquello fuera en realidad algo tan ridículamente obvio desde el inicio.

Cole siempre tuvo razón; siempre hubo dos Samaras. Y una de ellas era, en efecto, un verdadero demonio…

FIN DEL CAPÍTULO 100

Notas del Autor:

En un ya casi lejano 14 de Junio del 2017, se publicó por primera vez el Capítulo 01 de Resplandor entre Tinieblas. Ahora, cuatro años después, esta historia ha llegado a los 100 Capítulos, sumando entre todos ellos más de 700,000 palabras, y muchas, pero muchas, horas de esfuerzo y dedicación. Esto es algo que aún me resulta insólito a modo personal, pues he escrito ya desde hace muchos años, pero nunca ninguna de mis historias (fanfics u originales) había llegado hasta este punto, y encima de todo logrado mantener por tanto tiempo mi inspiración y entusiasmo a tal medida.

Esto es un proyecto que empezó como una simple idea de combinar varios personajes de películas con ciertos elementos en común en un mismo universo y ver qué pasaba. Y el resultado ha sido hasta el momento simplemente increíble. No creo que hace cuatro años imaginara que esto llegaría tan lejos. Y debo agradecer sobre todo a las personas que leen esta historia, la comentan, y la apoyan con sus votos y vistas. Hay algunos que lo han hecho desde el mero inicio, y otros que llevan poco de comenzar este recorrido. Pero todos han colaborado para que llegáramos hasta aquí. Así que, ¡muchísimas gracias a todos y cada uno de ustedes!

Espero que este capítulo haya sido de su agrado. Está de más decir que éste no será ni de cerca el final, o siquiera el cierre de este arco (esto último será un poco más adelante). Sin embargo, sí es un capítulo muy importante en preparación para todo lo que viene de aquí en adelante, además que en él se resuelve (en parte) uno de los misterios que ha estado rondando la trama prácticamente desde su mero inicio. Es un momento crucial que había estado en mi mente por mucho tiempo, y estoy feliz de que haya quedado justo en este capítulo. Espero hayan disfrutado leerlo tanto como disfruté escribirlo. Y espero la historia siga siendo de su agrado en los capítulos que han de venir de aquí en adelante.

Y una pregunta válida en este punto sería: ¿llegará esta historia los 200 Capítulos? La verdad, no lo creo. Es poco probable que lleguemos tan lejos. Pero, sin lugar a duda, aún nos queda mucho que contar…

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

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