Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 99. Un tonto que se cree héroe

11 de junio del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 99. Un tonto que se cree héroe

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 99.
Un tonto que se cree héroe

—No hay trato… —pronunció Damien con ligera amenaza en su tono, mientras él mismo inclinaba un poco más su cuerpo hacia su visitante, provocando que éste retrocediera en su asiento—. Sus amigos no me preocupan en lo más mínimo, detective. Si quieren venir a amenazarme de una forma tan patética como usted lo hizo, que lo hagan; terminarán igual que su líder. Además…

El muchacho se alzó en ese momento del sillón, se acomodó su saco y caminó hacia el lado contrario de la sala, en dirección a dónde el tercero de sus guardaespaldas se encontraba de pie.

—Samara ven aquí, por favor —pronunció fuerte, haciendo que su voz se oyera claramente por el pasillo.

Aquello alertó a Cole, y de inmediato se puso también de pie, mirando en dirección al mismo sitio. El hombre alto de negro se hizo hacia un lado, dejando el camino libre. Un minuto después, la puerta de uno de los cuartos se abrió, y de éste salieron tres figuras que avanzaron cautelosas hacia la sala. Cole observó atento, hasta que la luz que entraba por las puertas de cristal tocó el rostro pálido y delgado de la joven Samara Morgan…

Cole no pudo evitar sonreír satisfecho, y sobre todo aliviado de verla ahí.

A pesar de que en efecto era la misma niña que él había conocido no hace mucho en aquel psiquiátrico en Oregón, ciertamente había algo diferente en ella. Su rostro tenía un mejor color, menos enfermizo, y sus ojeras, aunque aún presentes, ya eran bastante menos apreciables. Ya no traía la bata blanca de hospital, sino un atuendo más acorde a una niña de su edad: una camiseta de manga corta con rayas rosas y blancas, un chaleco de mezclilla y una falda blanca de tablones hasta sus rodillas. En su mejilla no había ya rastro alguno de la fea cortada que tenía en el rostro la última vez que la vio, al igual que en su mano.

La alegría de Cole menguó un poco al ver a las otras dos personas que venían detrás de ella, y se pararon a sus lados mirando en su dirección con bastante menos buen humor. A su izquierda, la inconfundible Leena Klammer, en una calca exacta como la había visto en aquel pasillo, o en casi cualquier foto de ella, y que lo observaba con una sonrisita confiada y pedante. Y a su diestra estaba una niña, de cabellos castaños largos y ojos azules fríos y serenos, que Cole no había visto de frente antes pero que no tardó en adivinar de quién se trataba: Lilith Sullivan, la ilusionista que había causado todo ese desastre aquella noche en Eola, costándole la vida a varias personas, y casi quebrando la mente del detective Vázquez.

La presencia de esas dos niñas (aunque bien sabía que una de ellas estaba bastante lejos de serlo en realidad) le resultaba incómoda, pero no inesperada. Pero de momento su atención se centró únicamente en la niña de Moesko.

—Samara, ¿estás bien? —Pronunció con delicadeza, dando un paso hacia ella. Sin embargo, antes de que Samara pudiera responder algo por su cuenta, Damien se colocó rápidamente justo a su lado, colocando una mano reconfortante sobre su hombro.

—Cómo le dije, detective, yo no tengo a Samara secuestrada —indicó el muchacho con bastante confianza—. Ella está aquí por su propia voluntad, y por qué sabe que éste es su lugar. ¿Cierto, Samara?

La niña volteó a verlo unos instantes, y luego se viró hacia Cole, pero siguió sin pronunciar palabra alguna. En su rostro no era visible si acaso se sentía intimidada o no por la presencia de aquel muchacho. De hecho, no parecía en realidad ser visible ningún tipo de emoción en específico.

—Samara, escúchame —pronuncio Cole con vehemencia, mirando fijamente a la niña—. No importa lo que este chico te haya dicho o prometido; no puedes confiar en él. Ven conmigo, vayámonos de este sitio ahora mismo, y toda esta locura se acabará.

—¿Qué vaya con usted para qué? —Exclamó Damien con tono socarrón—. ¿Para que la meta a la cárcel por matar a su madre? Y también a ese otro doctor, ¿cierto? Dos personas que querían hacerle daño, y ella sólo se defendió. Pero a la gente eso no les importará, ni lo entenderá. En el mejor escenario la señalarán como un monstruo, y querrán quemarla en la hoguera. Pero yo puedo protegerla de eso; ¿usted puede prometerle lo mismo?

Un ligero rastro de irritación se asomó en la mirada de Cole al escuchar tal declaración. Ese muchacho sí que era manipulador. ¿Así era como la tenía convencida de estar ahí con él “bajo su propia voluntad”? Debía admitir que, a pesar de todo, sus argumentos eran bastantes convincentes. Después de todo lo que Samara había sufrido en ese hospital, y del trato de sus padres adoptivos, lo que ese chico le ofrecía no sonaba nada mal. Quizás de haber estado en su lugar, de haber conocido a alguien como él cuando era un niño asustado y confundido con las cosas que veía y oía, también hubiera aceptado una mano “amiga” como esa.

—Lo que ocurrió con tu madre no fue tu culpa, Samara —añadió Cole con precaución en su tono, dirigiéndose de nuevo directo hacia la niña de largos cabellos negros—. Aún no es muy tarde para solucionar todo esto, pero no lo lograrás escondiéndote aquí detrás de este sujeto. Aún hay personas allá afuera que se preocupan por ti y quieren ayudarte; Matilda, en especial. Ella aún te está buscando.

La sola mención de la psiquiatra hizo que por primera vez en ese rato, un apreciable atavismo de emoción brotara del rostro de Samara, que casi radió con una brillante luz.

—¿Matilda? —Pronunció la niña despacio, jubilosa—. ¿Ella te envió?

—Ella me dijo personalmente lo mucho que te quería, Samara —asintió Cole con optimismo—. Que eras muy importante para ella, y que nunca se rendiría contigo. Ven conmigo y te llevaré con ella, te lo prometo. Iremos a verla juntos, ¿sí?

Samara se mantuvo inmóvil, observando totalmente en silencio al oficial de policía con sus ojos bien abiertos. Cole podía percibir que el que le dijera tales cosas sobre Matilda le había llegado de cierta forma, pero era incapaz de predecir qué era lo que pasaba por su mente en esos momentos. ¿Qué otras cosas ese chico le habría dicho para tenerla arraigada a su lado…?

Tras unos instantes, el rostro de Samara fue perdiendo poco a poco ese júbilo que había surgido en él, y fue volviendo a su expresión estoica y apagada de antes. Miró de nuevo a Damien, y éste la miró de regreso con una cándida sonrisa, de esas que sólo él era capaz de esbozar. Samara agachó entonces su mirada al suelo, y sus cabellos oscuros cayeron hacia el frente, casi cubriéndole por completo la cara.

—Lo siento, no puedo —pronunció la niña despacio—. Damien tiene razón… Yo soy un monstruo, con una profunda oscuridad en mí. Y sólo puedo estar con los que son como yo…

Cole se sobresaltó, estupefacto de escuchar tal declaración.

—Samara, eso no es…

—Ya lo oyó, detective —interrumpió Damien tajantemente, colocándose rápidamente delante de Samara de forma protectora—. Al parecer su supuesto intento de rescate fue completamente en vano. Agárrenlo —ordenó de pronto, agitando su mano para darles la indicación a dos de sus guardaespaldas.

Antes de que Cole pudiera reaccionar, dos de los hombres de negro se le aproximaron por detrás y lo tomaron cada uno de un brazo inmovilizándolo. Cole intentó forcejear para liberarse, pero fue evidente que su fuerza no podía rivalizar con la de uno de esos hombres, mucho menos con dos.

—¿Qué haces…? —pronunció Samara, alarmada al ver esto. Pero Damien pareció ignorarla, y en su lugar avanzó hacia el detective con paso seguro y firme.

—Ahora, como dije, usted y sus amiguitos me son indiferentes. —Damien se paró justo delante de Cole, aún sujeto por los dos guardias, y lo tomó entonces de su saco, agitándolo un poco, y acercándolo hacia él para poder verlo de cerca a los ojos—. Pero, sobre esas otras personas que me dijo que me han estado vigilando, me interesa conocer todo lo que sabe al respecto. ¿Quiénes son?

—No te diré nada, mocoso arrogante —contestó Cole con tono retador—. Por mí vive con la paranoia por el resto de tu vida.

Damien sonrió, al parecer más divertido que molesto por su respuesta. Soltó su traje, empujándolo hacia atrás tan fuerte que quizás de no haber estado bien sujetado, hubiera caído de nuevo de sentón en el mismo sillón.

—Por suerte no necesito que diga nada —señaló Damien con tono burlón—. Lily, ¿podrías echarle un vistazo a su cabecita, por favor?

—No soy un teléfono que puedes prender o apagar cuando quieras —reprendió Lily con voz áspera—.  Además, funciona mejor si la persona siente miedo.

—Eso se puede arreglar. James, Mabel… Causémosle un poco de miedo al detective, ¿les parece?

Los dos Verdaderos se inquietaron un poco al ser nombrados de esa forma tan repentina. Hasta ese momento había preferido mantenerse al margen de todo eso, pero al parecer eso ya no sería posible. Ambos se miraron el uno al otro vacilantes, pero al final James accedió y rodeó el sillón para acercarse al visitante, que ahora parecía más un rehén. Cole, en lugar de intimidarse, sonrió confiado al ver a aquel hombre aproximarse a él.

—¿Vienes por la revancha? —Bufó Cole—. Dile a estos hombres que me suelten y con gusto te la doy…

Antes de responder cualquier cosa, James pasó a propinarle un imponente puñetazo en la cara, que casi hizo que todo su cuerpo se desplomara, pero los dos guardaespaldas lo sujetaron fuerte para evitarlo.

—No te sientas tan especial, paleto —le contestó James con estoicidad, justo antes de darle otro golpe más, ahora directo a su abdomen, haciendo que su cuerpo se doblara de dolor—. Pero no mentiré diciendo que no disfrutaré esto un poco…

La Sombra había ya alzado su puño con la intención de darle otro golpe más en el rostro, pero fue detenido al escuchar a sus espaldas el grito estridente de Samara:

 —¡Basta!, ¡no lo lastimes!

James se detuvo, miró sobre su hombro a la niña, y después a Damien en busca de alguna indicación.

—Tranquila —murmuró el chico con tono jocoso, sin mirarla—. Sólo será lo necesario para que el detective acceda a ser más cooperativo, o Lily pueda sacarle lo que sabe. Lo que ocurra primero.

Alzó entonces una mano con la intención de indicarle a James que continuara.

—¡Dije que no! —Gritó Samara con aún más fuerza que antes, y al mismo tiempo todas las luces del pent-house comenzaron a tintinear, y las ventanas a vibrar un poco.

Esto dejó helados a todos por un instante, incluso al golpeado Cole. Pero el que no pareció intimidado fue precisamente el receptor directo de aquella petición, que más bien sonaba a advertencia…

Damien se viró lentamente hacia Samara, y ésta, al igual que Lily y Esther, pudieron ver de frente la mirada dura y colérica que se había asomado en sus ojos en tan sólo un segundo.

—¿Acaso me estás queriendo decir de nuevo qué hacer y qué no…? —Soltó el chico con voz lenta, y cargada claramente de una ferviente amenaza.

Lily y Esther no pudieron esconder el efecto que aquello tuvo en ellas. Sin embargo, Samara se mantuvo firme, sosteniéndole su mirada lo mejor posible. Y el aire tenso y pesado entre ambos comenzó a inundar el cuarto como una neblina oscura que se filtraba por las ranuras de las ventanas. Y lo que sea que estuviera pasando, a ojos de casi todos los presentes, era horripilante…

Al mismo tiempo que aquello ocurría, Verónica salió con cautela de su cuarto. Desde que Damien le gritó de esa forma exigiéndole que se fuera, se había encerrado en su habitación, sin deseos de saber qué estupidez estaba haciendo ahora allí afuera. Ni siquiera se había atrevido a hablarle aún a su madre; ¿de qué forma podría explicarle la locura que estaba ocurriendo? Sin embargo, al sentir ese pequeño e inusual temblor que sacudió un poco el departamento, consideró que lo que fuera que estuviera pasando era demasiado como para sólo ignorarlo, y sintió la necesidad de salir y echar un vistazo.

La escena con la que se encontró al adentrarse a la sala, la dejó desconcertada. Y no tanto por el hombre golpeado y agarrado por dos de los guardaespaldas, que ya sería por sí solo lo suficientemente malo si se trataba del policía (y muy seguramente así era). Lo que la dejó congelada en su sitio, fue el ver como Damien y Samara se miraban el uno al otro con miradas retadoras, mientras todos los demás los observaban aprensivos y… ¿temerosos?

—¿Acaso vas a contradecirme de nuevo sólo por este sujeto? —Espetó Damien de pronto con ferviente amenaza, olvidándose por un momento de su indeseado visitante y centrando su atención entera en la niña de Moesko—. ¿Estás segura de querer hacer tal cosa, Samara?

La niña guardó silencio, pero continuó sosteniéndole la mirada con fiereza. A Esther, y en general a todos los presentes, no les agradaba el rumbo que estaba tomando aquello. Y en particular, la mujer de Estonia se estaba preguntando del lado de quién tendría que ponerse si las cosas se tornaban violentas.

—Oh, mierda —soltó Esther despacio, exteriorizando de esa forma lo que algunos otros pensaban, e instintivamente dando un paso hacia atrás.

—Déjala en paz —exclamó Cole a espaldas del joven Thorn. Tenía en su cara la marca del golpe que James le había propinado, y un rastro de sangre le recorría su mejilla. Aun así, no perdía de momento su fiereza, y convicción—. ¿Te sientes muy fuerte amenazando a una niña? Encarame a mí, chiquillo.

—Usted cállese —contestó Damien, girándose de nuevo hacia él, apuntándole con su dedo acusador—. Por si no lo ha notado, no está en posición de ser el héroe de nadie. Fue bastante estúpido que viniera hasta acá solo, creyendo que su tonto trato lo protegería.

En ese momento, y a pesar de la clara amenaza en su contra, Cole sonrió… extrañamente confiado. Y aquello, inevitablemente, desconcertó un poco al muchacho.

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Ignorante aún de la situación explosiva que se estaba cocinando sobre su cabeza, en el vestíbulo Charlie continuaba fingiendo que hablaba por teléfono, al tiempo que esperaba algún tipo de noticia de parte de Abra, que parecía no llegar. La reportera comenzaba a impacientarse, y el guardia de seguridad desde su cubículo la miraba de vez en cuando, revelando que estaba comenzando a sospechar.

—¿Qué pasa con Abra? —Murmuró entre dientes para ser escuchada por el micrófono oculto en su solapa—. ¿Aún no está lista?

—Pues… no lo sé —respondió Kali, vacilante.

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—Chica, ¿estás bien? —preguntó Eight, virándose en su silla a verla al fondo de la camioneta.

Abra seguía sentada y con los ojos cerrados, justo como lo había estado desde hace algunos minutos. Sin embargo, algo en su expresión era diferente. Parecía estar sufriendo un poco, o como si intentara aplicar fuerza para levantar algo pesado. Si lo que suponía debía hacer era calmar su mente, no parecía estar teniendo éxito en ello.

—Hay algo extraño —murmuró la adolescente con preocupación en su tono—. Hay algo en ese sitio… Es como si mi subconsciente me estuviera gritando que no entre.

—No puedes acobardarte ahora —exclamó molesta la voz de Charlie por altavoces de la computadora—. Necesito saber qué está pasando allá arriba lo antes posible.

—Oye, no la presiones… —exclamó Kali virándose de regreso a la computadora. Pero todo lo demás que estaba pensando decir fue cortado de golpe, cuando sus ojos se enfocaron de nuevo en el monitor que proyectaba la vista de la entrada del edificio, captada por su cámara.

Un vehículo se acababa de estacionar justo frente al edificio, y de los asientos traseros se bajó una persona; una mujer de cabello castaño corto. Ésta se inclinó un poco a hablar con el conductor por su ventanilla, y luego se alzó y se viró en dirección al edificio.

—Oh, rayos —exclamó Kali asombrada—. Alguien más acaba de llegar.

—¿Quién? —Exclamó Charlie, confundida por su reacción.

En un santiamén Kali volvió a abrir los archivos que tenía, cerrando el de Cole Sear y abriendo otro casi idéntico, pero perteneciente a otra persona…

 —Sí, es ella —exclamó la mujer en la silla de ruedas, con una combinación de emoción y temor—. Es Matilda Honey, también de la Fundación.

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—¿Matilda? —musitó Charlie sorprendida al escuchar a su compañera. Ella conocía ese nombre—. ¿En dónde está?

—Está ahí, entrando justo en este momento —le informó Kali con apuro.

—¿Dónde…?

Al oír tal advertencia, Charlie se giró ciento ochenta grados hacia la puerta principal. Y al hacer eso, repentinamente se encontró de frente con ni más ni menos que Matilda, la mujer que muchos llamaban la “favorita de Eleven”, entrando justo en ese momento. De cabellos cafés, cortos hasta sus hombros, ojos grandes y azules, serios e impasibles. Charlie nunca la había visto en persona, pero le resultó extrañamente familiar en cuanto la vio. Y, extrañamente, sintió también una imponente presencia emanar de ella, a pesar que físicamente era bastante flacucha, y algo baja.

Matilda, por su parte, no pareció reparar demasiado en ella. Ambas mujeres incluso estuvieron a unos segundos de chocar la una con la otra en cuanto Charlie se giró, pero la castaña tuvo los suficientes reflejos para reaccionar a tiempo, sacarle la vuelta y seguir caminando de largo hacia el módulo de seguridad.

—Disculpe —musitó la recién llegada despacio mientras se alejaba, apenas volteándola a ver.

Charlie se quedó en silencio, contemplando su espalda con mirada estupefacta, mientras se alejaba de ella.

—Roberta, ¿sigues ahí? —escuchó la voz de Kali pronunciar en su oído, y eso logró sacarla un poco de su sopor.

—¿Qué hace ella aquí? —soltó la reportera con ligera molestia.

—De seguro lo mismo que el otro sujeto.

—Maldición —soltó Charlie despacio, con ganas de soltar alguna palabra mucho más fuerte.

Guardó rápidamente su teléfono en su bolsillo y se aproximó cautelosa para pararse detrás de Matilda; similar a como lo había hecho con Cole. La mujer castaña se paró justo frente al módulo de seguridad, y el guardia no tardó en alzar su mirada hacia ella al notar su presencia.

—¿Sí?

—Buenas tardes —saludó la mujer recién llegada con un tono neutro, apenas lo mínimo necesario para ser considerado educado—. Soy la Dra. Matilda Honey de la Fundación Eleven. Busco a Damien Thorn. Tengo entendido que él se está quedando en el pent-house de este edificio.

Si acaso Charlie podría haber considerado la remota posibilidad de que su presencia ahí fuera una coincidencia, aquello lo descartaba por completo. Y ella no era la única en sentirse interesada por ello, pues al oírla el guardia achicó un poco sus ojos, observándola con algo de incertidumbre.

—¿Viene acaso con el oficial de policía? —soltó el guardia, tomando por sorpresa a la mujer delante de él.

—¿Oficial de policía? —Exclamó Matilda, rápidamente viniéndosele una idea a la cabeza—. ¿El detective Cole Sear estuvo aquí?

—Sí, ese mismo —señaló el guardia—. Acaba de subir. ¿Viene con él?

Matilda no respondió. En su lugar, alzó instintivamente su vista hacia arriba, como si esperara de alguna forma ver a Cole a través de esos quince pisos que los separaban en esos momentos. Así que él estaba ahí también. ¿Por eso había ido a verla la noche anterior?, ¿por qué tenía pensado ir ahí él solo?

«Eres un idiota» pensó como reproche, aunque siendo justa ella también había ido ahí de la misma forma. Quizás en realidad ambos eran idiotas.

—Por favor, necesito subir de inmediato —le indicó al guardia con apuro.

—Debo llamar para confirmar…

—No hay tiempo —exclamó Matilda rápidamente, antes de que el hombre pudiera siquiera acercar su mano al teléfono—. Esto es un asunto de vida o muerte.

El guardia la contempló, perplejo por lo que le decía, pero especialmente dudoso de qué debería de hacer o decir ante una declaración como esa. Era claro que en el tiempo que llevaba trabajando en ese edificio, no era usual que se le presentara gente hablándole de asuntos de vida o muerte; en especial con tal urgencia.

—Si es también policía, muéstreme su placa.

—No soy policía, soy psiquiatra —aclaró Matilda tajante—. Pero necesito subir ahora mismo.

—Sin la autorización del inquilino, ningún visitante puede ir más allá de este lobby. Y su actitud no me está pareciendo nada agradable.

—¿Mi actitud? —Masculló Matilda, al parecer un poco ofendida por tal comentario—. Usted no tiene ni idea…

El teléfono del guardia sonó en ese momento, y el hombre pasó de inmediato a responderlo, haciendo caso omiso de la queja de la mujer delante de él. Matilda intentó seguir hablándole, pero él alzó su palma hacia ella, indicándole que se abstuviera de momento.

—Recepción, ¿en qué puedo ayudarle…?

Matilda lo observó claramente molesta, y sobre todo impaciente. Volvió a mirar hacia el techo sobre su cabeza, imaginando a Cole allá arriba, en compañía del chico del que Lucas Sinclair le había comentado. El chico que la había atacado aquella tarde en Portland, y que le había hecho todo ese daño a Eleven. Él estaba ahí arriba, y ahora de seguro Cole estaba también en peligro…

Y ella estaba ahí, esperando que a ese guardia le agrade su actitud y acceda a permitirle pasar. O, quizás, ¿podría intentar subir sin su autorización? Conociendo como eran ese tipo de sitios, de seguro no podría subir ni al primer nivel sin una tarjeta de visitante. Si tan sólo…

El sonido de un elevador arribando a la Planta Baja llamó la atención de la psiquiatra, haciendo que bajara de nuevo su mirada y se volteara hacia su diestra. El ascensor justo en el centro se abrió, y de éste salió una mujer mayor, cargando en sus brazos un pequeño y peludo perro café, que observaba alrededor con curiosidad en sus grandes ojos oscuros. La mujer caminó hacia la puerta de salida sin reparar ni en Matilda, ni en el guardia, ni en la otra mujer que aguardaba también en la fila. Pero al pasar justo a un lado Matilda y luego alejarse, dejó justo en el rango de visión de la psiquiatra a otra persona más en el lobby; una que no había notado en lo absoluto hasta ese momento.

De pie a un lado del mismo elevador aún abierto, se encontraba una mujer delgada, de cabello café oscuro quebrado hasta sus hombros, y ojos verdes que Matilda notó que miraban intensamente hacia ella. Usaba un suéter verde y pantalones negros; un atuendo un tanto “común”, aunque no tanto para alguien que viviría en un sitio como ese. A Matilda no le pareció en lo absoluto conocida. Aun así, ciertamente le intrigó. Y no sólo por el hecho de que sin lugar a duda la estaba viendo directamente a ella, sino por qué no estaba segura de dónde había salido, pues hace un instante no estaba ahí; de eso estaba segura. ¿Había salido del elevador junto con la mujer del perro? Matilda no estaba segura de haberla visto.

La puerta del elevador comenzó a cerrarse lentamente, pero antes de que avanzara demasiado, Matilda notó como aquella mujer estiraba su brazo e interponía una de sus manos, evitando que se cerrara de todo. Las puertas parecían rechinar y forcejar, intentando seguir avanzando, pero la mano de aquella extraña lo impedía. Y luego, sin dejar de mirarla, la mujer señaló dos veces con su cabeza en dirección al interior del elevador. A Matilda esto le sorprendió, pero entendió de inmediato lo que intentaba decirle: le estaba indicando que entrara.

No entendía qué estaba pasando, pero ciertamente aquella parecía una oportunidad. Miró un momento al guardia, que seguía concentrado en su llamada y no parecía haberse dado cuenta de la presencia de aquella mujer, y tampoco en lo que le ocurría a la puerta del elevador. Matilda dio un par de pasos hacia un lado con lentitud, luego un par más con apuro, para entonces salir corriendo en estampida hacia el ascensor.

Por su parte, Charlie contempló todo aquello en silencio, tomándola bastante por sorpresa aquel acto.

—¡Oiga! —Gritó el guardia al notar por el rabillo del ojo su huida. Dejó en ese momento el auricular del teléfono y se puso de pie, comenzando a correr detrás de la mujer—. ¡Quédese ahí quieta!

Charlie, por mero reflejo, enfocó su mirada en uno de los zapatos del guardia. Y un segundo después, éste sintió un calor intenso en la punta de su pie, haciéndolo soltar un aullido de dolor, para posteriormente caer de bruces al suelo como si se hubiera tropezado con algo. Justo como Charlie quería que pasara, al parecer.

Cuando la reportera miró de nuevo hacia el elevador, sólo vio como la figura de Matilda entraba por las puertas abiertas a toda velocidad, prácticamente estrellándose con la pared del fondo. La castaña se viró un segundo hacia afuera, contemplando al guardia en el suelo, y justo después las puertas empezaron a cerrarse, ocultándola del otro lado.

Charlie reconocía que aquello había sido audaz, pero no creía que pudiera llegar muy lejos sin la dichosa tarjeta electrónica, al menos que tuviera algún truco guardado. Se aproximó entonces al hombre en el suelo, ayudándolo a pararse.

—¿Está bien?

—Sí, no entiendo qué pasó —pronunció confundido el guardia, cojeando un poco por su pie chamuscado ligeramente. Era una quemadura menor; Charlie se había asegurado de ello. Estaría bien en unos días. Pero igual no podría caminar del todo normal en ese tiempo, así que lo ayudó a llegar a su asiento como buena samaritana—. Algo extraño está pasando aquí. Llamaré a la policía.

—Sí, adelante —indicó Charlie con tranquilidad, y se dirigió entonces a la salida, mientras a sus espaldas aquel hombre comenzaba de seguro a llamar al 911—. ¿Oyeron eso? —Musitó despacio hacia el audífono en su chaqueta—. La policía de verdad viene en camino. Las cosas están por ponerse feas por aquí.

—Y eso es en parte tu culpa —señaló Kali a modo de reclamo—. ¿Por qué la ayudaste? Acabas de quizás empeorar las cosas.

—No lo sé —murmuró Charlie, un poco perdida en sus propios pensamientos—. Hay algo en ella que me recuerda tanto a Eleven. Quizás por eso dicen que es su favorita.

—Yo no sé nada de eso. Pero si la policía viene en camino, será mejor que nosotras tres…

—Oh, por Dios —escucharon de pronto Kali y Charlie que Abra pronunciaba con fuerza, haciendo que ambas se pusieran en alerta—. ¿Qué es esto?

—¿Qué? —Masculló Charlie con preocupación, ya estando de pie frente a la puerta de salida—. Abra, ¿qué pasa?

—¿Cómo es esto posible? —Fue la única respuesta que Abra pronunció, aunque claramente no era directamente una respuesta para ellas—. ¿Quién es este hombre?

Charlie se quedó quieta en su sitio, aturdida por lo que escuchaba. ¿De quién estaba hablando? ¿Qué era lo que había visto…?

— — — —

—En algo te equivocas, Damien Thorn —musitó Cole despacio, mirando fijamente al muchacho delante de él—. Yo nunca estoy del todo solo. Siempre tengo muchos amigos conmigo…

Aquella declaración no le hizo sentido a Damien, ni a ningún otro de los que lo escucharon. Pero antes de que alguno pudiera preguntar al respecto, o quizás pensar más detalladamente en su significado verdadero… una inusual respuesta les fue presentada.

Fue uno por uno, de un parpadeo a otro. Ante los ojos incrédulos del joven Thorn y sus invitados, diferentes figuras comenzaron a materializarse ahí mismo en la sala. Eran alrededor de diez personas; hombres, mujeres, incluso un par niños… todos de pie, rodeándolos en un círculo, y contemplándolos en silencio.

—¿Qué..? —Exclamó Damien aturdido, retrocediendo un paso—. ¿De dónde salieron todas estas…?

Sin embargo, al verlos con más cuidado, se dio cuenta de que no eran personas exactamente… al menos, no vivas.

Había una chica con su camisa rasgada, su cabello despeinado, y rostro amoratado por los golpes.

Un hombre alto con uniforme de policía, con un claro agujero de bala en su frente.

Una niña de estatura mediana, tan delgada que su piel parecía untada sobre sus huesos, y sus labios agrietados.

Una mujer mayor muy delgada, con su blusa empapada en sangre, y con varias rasgaduras en ésta posiblemente hechas por un cuchillo.

Y los demás eran de apariencias similares. Demacrados, heridos… sin vida alguna en sus ojos.

Damien no fue el único al verlos, pues en realidad todos, incluso Verónica y los tres guardias, contemplaron atónitos a esas siluetas de lo que alguna vez fueron personas.

—¿Son fantasmas?, ¿todos ellos? —masculló Mabel, estupefacta—. No puede ser…

La Verdadera intentó retroceder, pero se encontró con que justo detrás de ella estaba un hombre delgado, con su garganta totalmente abierta de oreja a oreja, con su sangre bañando todo el frente de su torso.

Estaban literalmente rodeados.

—Por sí solos no pueden hacer mucho —explicó Cole, siendo sin lugar a duda el más calmado en esos momentos—. Pero si les doy sólo un poco de mi resplandor… pueden hacer cosas impresionantes.

Y una vez que pronunció esas palabras, y antes de que cualquiera pudiera reaccionar, todos aquellos espectros se lanzaron contra cada uno de ellos, como leones al ataque para taclearlos.

El hombre que estaba más cerca de Mabel la tomó de los hombros, la empujó contra el respaldo del sillón, y ambos pasaron por encima de ésta hasta caer contra la mesa de cristal en el centro de la sala, rompiéndola en pedazos. James al ver esto intentó aproximarse a su compañera con apuro, pero sintió como la niña de rostro enfermizo saltaba a su espalda, lo tomaba con fuerza, y lo mordía reciamente en su hombro. Esto hizo que La Sombra comenzara a forcejear, intentando quitársela de encima.

A Damien le tocó lidiar con tres al mismo tiempo, dos hombres y la mujer de la blusa rasgada. Se lanzaron contra él, lo rodearon y apresaron entre todos. El chico, aún sin comprender del todo lo que pasaba, intentó sacudírselos de encima, y aplicó toda la fuerza de sus piernas para intentar sostenerse. Pero entonces se les sumó uno más en ese momento, y entre los cuatro lo derribaron al suelo, aplastándolo con sus pesados cuerpos para inmovilizarlo lo que fuera posible.

Al mismo tiempo, otro más empujó con todo su peso al tercer guardia, tirándolo al suelo y sujetándolo para que no se levantara, mientras dos de los otros fantasmas se fueron directo a los dos guardaespaldas que sujetaban a Cole, tacleándolos y en proceso derribando también al detective, pero al menos logrado liberarlo de su aprehensión. En cuanto pudo, Cole se alzó y se viró hacia Kurt, que forcejeaba contra la mujer anciana y delgada con la blusa ensangrentada, que se aferraba a él con sus uñas, llegando incluso a arañarle sus mejillas y cuello con ellas. Cole se le aproximó, tomó al guardaespaldas de su traje con una mano, y con la otra le propinó un fuerte puñetazo en la cara, tumbándolo al suelo y desorientándolo.

—Creo que tienes algo mío —indicó el detective, revisando rápidamente el interior del saco de Kurt, sacando de éste una de sus armas de fuego.

El guardaespaldas, aún en el piso, extendió su mano para tomarlo fuertemente de su tobillo, pero en ese mismo momento la mujer anciana volvió a colocarse encima de él, arañándole la cara.

—Gracias, Lucía —murmuró Cole rápidamente. Dejando aquello de lado por un momento, miró a su alrededor, buscando a Samara entre todo ese caos.

Las tres niñas parecían haber decidido huir en dirección a la cocina, desde donde Verónica también observaba asustada todo aquello. Leena Klammer jalaba de su muñeca a Samara, mientras Lily Sullivan andaba detrás de ella. Leena sujetaba en su otra mano una de sus armas, más por mero reflejo pues en realidad desconocía si le servirían de algo ante algo tan insólito como lo que estaba presenciando.

Su ruta de escape fue cortada abruptamente por el hombre vestido de policía, que se paró justo delante de ellas y miró fijamente hacia abajo directo a la mujer de Estonia. Ésta se detuvo de golpe, alzó su mirada hacia aquel sujeto, analizando su rostro… y especialmente la herida de bala en su frente.

—Tú —murmuró Esther despacio—. Yo te conozco…

El hombre grande se abalanzó de golpe contra ella, tirándola al suelo y sujetándola de su cuello para mantenerla ahí, al tiempo que la apretaba lo más que le permitían esas pocas energías que Cole les estaba compartiendo. Esther no entendía si aquello era real o no, pero ciertamente las dos manos estrangulándola y cortándole el aire se sentían bastante reales. Intentó alzar su arma, apuntó directo a la cabeza su atacante y jaló el gatillo. La bala salió, pero lo atravesó como si golpeara humo, y se clavó en el techo.

—No es… justo… —masculló Esther entrecortada, al tiempo que esos anchos dedos le seguían apretando su cuello.

Samara y Lily cayeron al suelo de sentón por el empujón cuando Esther fue derribada. Ambas se quedaron viendo como aquel hombre la ahorcaba, y al menos en los primeros segundos vacilaron sobre qué hacer. Lily fue la primera en alzarse, y se acercó apresurada hacia ellos, alzando una mano hacia el policía.

—¡Déjala en paz, imbécil! —Gritó con fuerza la niña de Portland, e hizo chocar su mano contra la herida de su frente. Y, sorprendentemente, logró tocarlo. Pero no sólo hizo eso, sino que además pudo enfocarse lo suficiente en aquel espectro, proyectándole una imagen: la escena exacta de su muerte, el momento justo en que abrió esa puerta del cuarto de hospital, recibiendo de lleno esa bala que le atravesó el cráneo, esparciendo sus sesos por el pasillo.

Butch sintió todo justo como en aquel momento; todo el dolor, la confusión, y el estruendo del disparo retumbando en sus oídos. Su cuerpo se hizo hacia atrás como lo hizo en aquel entonces, cayendo de espaldas a sólo unos centímetros de los pies de Verónica, que contempló con horror los ojos desorbitados de aquel hombre, y como el suelo debajo de su cabeza comenzaba a cubrirse de sangre. La joven ahogó un grito de espanto, pero retrocedió rápidamente hasta que su espalda chocó contra los taburetes de la isla de la cocina.

«¡¿Qué mierda está pasando aquí?!» se preguntó a sí misma, sintiendo que sus piernas le temblaban.

Por su parte, una vez libre, Esther se recostó sobre su costado izquierdo, comenzando a toser un poco y a intentar respirar con normalidad. La sensación de ardor en su cuello pasó rápido, por fortuna. Entonces se sentó y se viró lentamente hacia Lily, que seguía de pie a su lado. Ella igualmente la miró, pero ninguna dijo nada, aunque ciertamente en el rostro de Esther fue evidente la confusión por lo que había ocurrido; confusión por más de un motivo.

—Samara —escucharon las tres niñas a sus espaldas, y se viraron al mismo tiempo para ver cómo Cole había logrado aproximarse a ellas, golpeado y tambaleándose—. Hay que apurarnos, vámonos de aquí —le indicó a la niña de Moesko, extendiéndole su mano—. Ven conmigo.

Esther tuvo el reflejo de apuntar su arma hacia él y volarle la cabeza, justo como había hecho hace tiempo con ese mismo policía que la acababa de atacar; especialmente porque era claro que él era el culpable de todo eso. Sin embargo, en cuanto alzó su arma, Samara se puso de pie, colocándose justo en su línea de tiro.

—No, no puedo —murmuró Samara despacio, negando además efusivamente con la cabeza.

—Samara, por favor —insistió Cole—. Confía en mí, vas estar bien conmigo…

—No… —musitó la niña con apenas un pequeño hilo de voz—. Tú vete, por favor. ¡Ya!

Cole titubeó, preocupado aunque también un poco frustrado por la obstinación de la niña. Viró su atención hacia el pasillo que llevaba a la puerta principal, el mismo por el que había entrado y que en ese momento parecía estar libre para él. Si no tomaba esa oportunidad, probablemente ya no saldría vivo de ese sitio.

—¡Volveré por ti!, ¡lo prometo! —Le dijo a Samara por último, antes de virarse en dirección al pasillo y comenzar a correr en dicha dirección.

Mientras a sus espaldas resonaban los sonidos de las peleas aún en progreso, Cole observaba cada vez más cerca la salida. Estaba ya a mitad del pasillo, cuando entonces recordó abruptamente que no todos los muertos en ese departamento eran sus aliados…

Los dos fantasmas que había visto al entrar al departamento aparecieron abruptamente a sus costados, y entre los dos lo sujetaron con fuerza para impedirle avanzar.

—¡No escaparás! —Le gritó uno de ellos con voz ronca, casi dolorosa.

—¡No dañarás al maestro Damien! —Añadió el otro, bastante similar al primero.

—¡Mierda!, ¡ustedes…! —Exclamó Cole con molestia, mientras era derribado al suelo. No consideró la posibilidad de que quizás no sólo sus acompañantes pudieran sacar ventaja de su truco. O tal vez la lealtad tan férrea de esos dos les había dado la convicción suficiente para lograr tal hazaña.

Unos segundos más y quizás habría logrado salir por esa puerta. Pero justo esos segundos en los que aquellos dos espíritus lo retuvieron, fueron suficientes para que toda la situación diera un giro completo.

—¡Ya basta! —Se escuchó resonar la voz de Damien en todo el departamento, y al momento los cuatro espíritus que lo aprisionaban salieron volando, empujados por una tremenda fuerza invisible que los hizo estrellarse contra el techo, y desintegrarse en el momento como motas de polvo.

El chico se puso rápidamente de pie, dejando a la vista que no tenía el menor rasguño o marca en su rostro o cuerpo por el ataque; aunque su saco si se había rasgado un poco, y optó por quitárselo con algo de violencia, tirándolo al piso. Se aproximó claramente molesto hacia Kurt, que seguía forcejeando en el suelo con aquella anciana que lo atacaba. El Anticristo tomó de su delgado brazo al espíritu de la mujer, y la lanzó con fuerza hacia un lado. Cómo si ésta pesara absolutamente nada, su delgado cuerpo cruzó el cuarto completo en línea recta, estrellándose con las puertas de cristal que daban a la terraza, desapareciendo del mismo modo que los otros.

—¡Levántense, inútiles! —Les gritó Damien a sus hombres, al tiempo que pateaba con su pie izquierdo al espíritu que aprisionaba a otro de ellos, lazándolo como un balón contra la pared.

Cole contempló aquello desde su propio forcejeo, con una combinación de asombro e, incluso, un poco de admiración. ¿Cómo era capaz de hacerle eso a los fantasmas con tanta facilidad? Él había tardado demasiado en aprender cómo repelerlos, y aun en esos momentos le seguía resultando complicado a veces; y nunca podría siquiera hacer algo parecido a eso. Ese chico en verdad no era alguien normal…

Damien se giró por completo hacia él en ese momento y comenzó a caminar tranquilamente en su dirección. El espíritu del hombre que aprisionaba a Mabel la dejó de momento y se dirigió de lleno al muchacho por detrás. Damien pareció percibir su cercanía, pues casi al momento se viró, lo tomó con fuerza del cuello, apretándolo, y entonces lo empujó violentamente contra el piso, haciendo que chocara contra éste, y se deshiciera en sus dedos como un terrón de tierra.

Y quitada esa distracción, el chico volvió a fijarse en su visitante indeseado.

Ya no había tiempo para juegos, por lo que Cole mismo tuvo que esforzarse de sobremanera para repeler a los dos que lo aprisionaban. Pero el darle parte de su energía a sus amigos no vivos lo tenía sumamente agotado, y quizás el hacer eso lo terminaría dejando sin fuerzas para siquiera caminar. Pero, dada las circunstancias, no le quedaba de otra más que arriesgarse.

Cole se concentró, dándole forma a una imagen en su mente: él en el interior de su tienda hecha con sus sabanas, y alumbrado con su linterna, y dentro de la cual nada ni nadie podía entrar. Era su barrera protectora, que lo protegía de esos seres si así lo deseaba. Y él lograba decidir qué tan grande o pequeña era, y en ese momento realmente la quería lo más grande posible. Y mientras en su mente la tienda se expandía violenta hacia los lados, también lo hicieron los cuerpos de los dos guardaespaldas muertos, que rápidamente lo soltaron y se apartaron de él, despareciendo en el aire.

Ya estaba libre, por lo que rápidamente se puso de pie, prácticamente de un salto. Pero el esfuerzo que había tenido que aplicar hace unos momentos le pasó factura rápidamente. Sus piernas comenzaron a temblarle en cuanto dio el primer paso, sus rodillas se doblaron, y terminó desplomándose en el suelo sin poder siquiera meter las manos para evitarlo, golpeándose su barbilla contra el piso. Y ahí permaneció.

—Eso fue un interesante truco —escuchó como musitaba amenazante la voz de Damien, ya a unos cuantos pasos de él—. Pero ya me estoy cansando de los trucos…

Cole tenía que pararse cuanto antes, pero su cuerpo no reaccionaba. Realmente había usado demasiada de su energía para ese punto.

En ese mismo instante, el supuesto cadáver del oficial Butch a los pies de Verónica desapareció de un parpadeo a otro. Y la siguiente vez que alguien lo vio, fue justo a las espaldas de Damien, rodeándolo con sus dos gruesos brazos para aprisionarlo y evitar que siguiera avanzando.

—¡Corre, Cole! —Le gritó el fantasma del policía con voz apagada. No le quedaba mucha fuerza para seguir haciéndolo, pero igual Cole intentó hacer buen uso de ese tiempo y hacer un segundo intento para ponerse de pie y salir.

—Dejen ya estas tonterías —musitó Damien con abrumadora calma. Tomó entonces los dos brazos que lo rodeaban, y los separó de él con bastante facilidad, como si fueran los flacuchos brazos de un niño pequeño, y no los gruesos de un hombre adulto.

Una vez libre, el muchacho extendió su mano hacia atrás, tomando a Butch de su camisa azul, y lo jaló hacia el frente, lanzándolo como un balón de americano justo en contra de Cole en su huida, cuando ya estaba prácticamente frente a la puerta. El espíritu lo golpeó de lleno en su espalda, tumbándolo de nuevo y haciéndolo chocar contra la puerta con su hombro derecho, y luego contra el suelo sobre su otro costado.

Cole se giró para recostarse sobre su espalda, y notó que el techo sobre él le daba vueltas, como si fuera una terrible resaca. Se viró hacia un lado, en el momento justo para ver el rostro arrepentido de Butch a su lado, con su grotesca herida en la frente y sus ojos enrojecidos. Y con lo último de sus fuerzas prestadas, el oficial susurró muy despacio:

—Lo siento…

Antes de desintegrarse en el aire y desaparecer. En la sala, los demás espíritus que aún seguían ahí igualmente se fueron, incluyendo el que aprisionaba a James y al otro guardaespaldas, devolviendo todo a una relativa calma.

Las fuerzas de Cole se habían agotado, y no sólo las físicas.

Se arrastró como pudo, logrando sentarse, y apoyó parte de su espalda contra la puerta. Alzó su mirada, y vio de pie a Damien justo delante de él, mirándolo con prepotencia hacia abajo. El detective alzó su brazo derecho con debilidad, intentando apuntar al chico con su pistola. Sin embargo, su mano le temblaba, y su dedo sencillamente no fue capaz de presionar el gatillo, por más que lo intentó.

—¿Tiene idea de lo patético que se ve, detective? —Se mofó Damien, quedándose quieto incluso unos segundos más, como si esperara ver si realmente podría dispararle, pero claramente sin obtener ningún resultado favorable.

Después de un rato, el muchacho Thorn extendió su mano, y le arrebató la pistola de sus dedos con suma facilidad. Luego, con la otra mano lo tomó de su traje y lo comenzó a arrastrar por el suelo de regreso a la sala, sin que Cole pudiera oponerse en lo más mínimo. Lo tomó de su muñeca, intentó forcejear y hacer que lo soltara, pero él lo seguía jalando como si fuera una insignificante bolsa de basura.

Al volver a la sala, todos parecían haber recuperado la compostura, moderadamente.

Los tres guardias, aturdidos y confundidos, estaban de nuevo de pie y se habían dispuesto a ir a la puerta, un segundo antes de que Damien reapareciera de nuevo con el intruso. James revisaba a Mabel, que seguía en el suelo sentada sobre los fragmentos de la mesa de centro, y al parecer un trozo grande del vidrio de ésta se le había encajado en el antebrazo izquierdo, y sangraba abundantemente. Al ver a Damien volver, la Sombra se paró y se le acercó apresurado.

—¡Necesita vapor! —Exclamó casi suplicando. Damien pasó delante de él sin siquiera mirarlo, pero de todas formas murmuró despacio:

—Pues ve y toma el termo del estudio, ¿qué esperas?

Sin esperar más, James se lanzó corriendo al estudio a hacer justo lo que le había dicho, y de momento conteniéndose la rabia que le provocaba que ese paleto y su truco barato hubieran lastimado de esa forma a su mujer. Pero si acaso quedaba algo de él, se encargaría de hacer que lo pagara.

Damien avanzó hacia el centro del cuarto, tirando a Cole al piso en medio de todos, y a menos de un metro de donde Mabel reposaba sentada. Todos lo miraron ahí, débil y aturdido, con su cabeza aun dándole vueltas. Alzó como pudo su mirada, viendo de pie delante de él al chico Thorn, que le sonreía prepotente, y al parecer divertido con todo eso.

—Sólo iba a jugar un poco con usted para sacarle la información que supuestamente tenía, ¿sabe? —Indicó el joven con tono jocoso—. Pero ahora… 

En ese mismo instante extendió un poco su mano derecha al frente, apuntó con el arma que sujetaba directo a la pierna izquierda de Cole, y jaló el gatillo. El estruendo del disparo hizo retumbar toda la sala, y la bala le dio directo en el centro del muslo, creando un singular destelló rojizo al penetrar su piel. El policía soltó un fuerte alarido por el tremendo dolor que sintió en el instante, y éste casi lo sacó de su letargo.

—Creo que ya no me importa tanto —comentó Damien justo después.

Algunos de los presentes se conmocionaron, o al menos se sorprendieron, tras ese repentino disparo. Verónica desvió su rostro hacia un lado por mero reflejo, y Samara dio salto de espanto. Pero esta última no dejó que esa impresión la inmovilizara.

—¡No lo hagas! —Le gritó Samara, aproximándose apresurada hacia Damien.

—Tú quédate ahí —indicó Damien con abrumadora tranquilidad, extendiendo entonces su mano hacia ella sin mirarla. Samara sintió como su cuerpo comenzaba a retroceder, sus pies moviéndose por sí solos con rapidez, hasta que su espalda quedó contra la pared, y luego terminó sentada en el suelo. Al intentar moverse, se sorprendió al darse cuenta que no era capaz de hacerlo, como si una sábana muy pesada la cubriera y no pudiera levantarla por su cuenta—.  Hablaré contigo después —señaló Damien justo después, volviendo a alzar el arma, ahora apuntando más arriba, moviendo el cañón hacia un lado y hacia el otro, como si intentara decidir donde dispararle ahora.

Por mero reflejo Cole alzó su mano derecha al frente, en un vago intento de cubrirse. Damien entonces consideró ésta un buen objetivo, así que apuntó y disparó justo a su mano, dándole la bala directo en la palma, atravesándola por completo hasta salir del otro lado. Cole volvió a gritar de dolor, doblándose sobre sí mismo mientras se aferraba a su mano.

—¡Maldita… sea! —Fueron las únicas palabras que el detective fue capaz de pronunciar con claridad entre los alaridos de dolor que lo inundaban.

Su rostro comenzó a humedecerse por el sudor, y su respiración a agitarse. Sentía que su cabeza le latía con fuerza, y tanto su mano como su pierna le ardían como si las hubieran quemado con hierros al rojo vivo. Miró como pudo a su alrededor, y notó todas esas miradas observándolo. Los tres guardaespaldas parecían indiferentes ante su situación, como si ver a un hombre herido a sus pies fuera cosa de todos los días. Leena Klammer y Lily Sullivan lo observaban desde unos pasos detrás, y si debía adivinar diría que las dos estaban disfrutando del grotesco espectáculo; en especial la niña de Portland, que no titubeaba en sonreírle ampliamente, como si lo que estuviera viendo le pareciera de hecho… gracioso.

—Ahora sí tienes miedo, ¿cierto? —Susurró Lily muy despacio, apoyándose en sus rodillas para inclinarse hacia él. Cole no le respondió.

Intentó girarse para recostarse sobre su pecho, y realizar un casi inútil intento de arrastrarse por el suelo y alejarse de esa posición tan expuesta. Se sobrepuso al dolor y a la debilidad sólo un poco, antes de que Mabel, la más próxima a él después de Damien, se le acercara gateando y se colocara delante, cortándole el camino. Él alzó su mirada, viéndola desde abajo con su vista casi nublada, pareciéndole de cierta forma una visión casi angelical, con el sol de la tarde brillando a sus espaldas.

—Es increíble… —murmuró aquella hermosa mujer despacio, y extendió entonces sus manos, tomando la mano herida de él entre ellas. Y por un momento aquel tacto le pareció reconfortante… hasta que lo apretó con todas sus fuerzas con sus dedos, provocándole un dolor intenso que lo hizo volver a gritar.

Mabel lo tomó con fuerza de su cabello y lo jaló hacia atrás para que la encarara mientras lanzaba aquel grito. No todos los presentes pudieron verlo, pero mientras ella le apretaba su mano de esa forma, un ligero rastro de vapor blancuzco surgió de la boca Cole, flotando sobre su rostro. Mabel se aproximó a éste, aspiró profundamente por su nariz, y luego cerró sus ojos, sintiendo una sensación cálida mientras aquello entraba en su sistema. Miró su brazo herido, y notó que su cortada sanó un poco, dejando igualmente de sangrar tanto.

—¿Cómo alguien de su edad tiene un vapor tan fuerte? —Se cuestionó a sí misma en voz alta, maravillada. Se disponía de inmediato a seguirle torturando; incluso pensó en meter sus dedos profundamente en la herida de su muslo. Pero el cañón oscuro del arma de Damien en el rabillo de su ojo, la hizo detenerse.

—Hazte a un lado —ordenó el muchacho, apuntándole directo a la cara—. Luego te daré las sobras, si me da la gana.

Mabel lo miró con dureza y frustración. Luego de tanto tiempo de sequía, le ponía delante una presa tan maravillosa que podría quizás llenar todo un cilindro él solo, y quería arrebatárselo de esa forma. En otra época se hubiera aferrado a su comida como un animal hambriento, pero en esos momentos aquello no era una opción. Soltó a Cole y retrocedió. Igual en ese momento James ya se aproximaba con el termo del estudio.

—Damien, por favor —murmuró Verónica con tono de ruego, dando un paso hacia el muchacho—. Sin importar qué, es un policía…

—No —Le interrumpió Damien tajante, mientras recorría de nuevo el cañón, apuntando con éste al cuerpo del detective para decidir dónde meter la siguiente bala—. Es sólo un tonto que se cree héroe…

—Por favor… no… —se escuchó la voz de Samara sollozando desde su rincón, aún inmóvil. Lágrimas habían comenzado a recorrerle el rostro, y sin embargo era incapaz de siquiera desviar la mirada.

El chico con el arma no hizo caso de las peticiones de Verónica ni las de Samara. Apuntó entonces al centro de la espalda del oficial, colocó su dedo de nuevo en el gatillo, disponiéndose a disparar de nuevo…

—¡Basta, Damien! —Retumbó una voz con fuerza en toda la sala, llegando a ser percibida por casi todos. Pero lo que no todos vieron, fue la figura que se materializó justo delante del chico, tomándolo firmemente de su muñeca, y alzando su mano con violencia hacia arriba para que su tercer disparo diera directo en el techo.

Damien se sobresaltó, totalmente atónito. Alzó su mirada, y sus ojos se encontraron de frente con otros azules y brillantes, que lo miraban intensamente con enojo. Y él reconoció esos ojos, y el rostro que los acompañaba, inmediatamente.

—¿Abra…? —Murmuró confundido el muchacho.

Al oír aquel nombre, Cole logró alzar un poco su mirada, logrando distinguir la espalda y la cabellera rubia de aquella joven que se había colocado justo entre él y su atacante.

—¿Quién eres…? —murmuró despacio para sí mismo. Sintió de inmediato que ella no estaba ahí realmente, pero no era uno de sus amigos fantasmas. Y, además… ¿no había él oído ese nombre antes en algún lugar?

Además de Cole y Damien, quien también fue capaz de ver la aparición de Abra fue Samara, reconociéndola de inmediata como la misma chica de la noche anterior. Y, por supuesto, también Mabel, ya al menos en esos momentos con su brazo de nuevo curado gracias al vapor, pero sobrecogida por ese repentino cambio.

«No puede ser, ella en verdad está aquí» pensó para sí misma, incapaz de decidir si acaso aquello era algo bueno o malo para ellos.

Igual que la noche anterior, Abra había estado como una observadora silenciosa desde el momento en el que todos esos fantasmas comenzaron a atacar, sintiéndose maravillas y a la vez asustada por lo que veía. Aún después de que todo aquello pareció no funcionar, siguió simplemente observando, sin poder decidirse si debía intervenir o no. Incluso al ver a aquel hombre en el suelo, o que él le diera esos dos disparos, Abra siguió vacilando… pero la rabia que todo aquello le causaba fue subiendo y subiendo como un termómetro con cada acción de ese sujeto. Y al final fue ésta la que terminó nublando todos sus miedos y preocupaciones, e indicarle por completo que aquello ya había sido demasiado…

Antes de que Damien pudiera reaccionar, Abra extendió por completo al frente la mano con la que lo sujetaba de la muñeca, y el cuerpo del chico fue empujado hacia atrás violentamente, haciendo que sus pies se arrastrarán por la alfombra, pero logrando frenarse unos cuantos pasos detrás.

—¡Ya has lastimado a demasiadas personas! —Exclamó con furia la chica de Anniston. Y al siguiente parpadeó, reapareció de nuevo justo delante de Damien, con sus manos presionadas con fuerza contra la cabeza del muchacho, como si quisiera aplastarla como una sandía—. ¡Terminaré lo que inició mi tío Dan! ¡Aunque tenga que irme contigo…!

Y justo como Dan Torrance lo había hecho aquel día, Abra enfocó toda su mente, toda su energía, y todos sus pensamientos única y exclusivamente en Damien. Dejó salir todo de su ser, desembocándolo en él, como una manguera de presión golpeándolo justo en la cara. Aunque, desde la perspectiva de Damien, aquello era casi como si miles de mano intentaran presionarle su cráneo desde adentro, intentando destrozárselo para salir al exterior como si de un huevo se tratase.

—¡¡Aaaaah!! —Gritó Damien invadido por un dolor tan intenso como nunca había sentido, o sabía siquiera que era capaz de sentir. Fue tanto que cayó de rodillas al suelo, aun gritando a todo pulmón.

—¡Damien!, ¡¿qué pasa…?! —Espetó Verónica aterrorizada. Intentó entonces acercársele para intentar ayudarlo, al igual que sus tres guardaespaldas.

—¡Aléjate, idiota! —Le gritó Damien a Verónica con voz ronca—. ¡Todos aléjense de mí…!

Los cuatro miembros de la Hermandad presentes se detuvieron en su sitio a la orden del chico, siendo sólo capaces de ver desde sus posiciones como seguía gritando, y retorciéndose un poco por el dolor.

Damien levantó como pudo la vista hacia la imagen de la chica enfrente de él. Logró ver en sus ojos enrojecidos, y en el rastro de sangre de brotaba de su nariz, el gran esfuerzo que aquello le estaba requiriendo. Un esfuerzo que, según suponía, le había costado incluso más caro a su preciado tío Dan.

—¡Dos podemos jugar el mismo juego! —Le gritó con fuerza, y de inmediato extendió también sus manos hacia el frente, tomándola igualmente de los costados de su cabeza.

—¡Ah! —Soltó Abra como un pequeño quejido de dolor al principio, pero eso fue en aumento de golpe, pues físicamente había comenzado a sentir como si los dedos de Damien hubieran empezado a atravesarle su carne y hueso, empezando introducirse en ella—. ¡¡Aaaaah!! —Gritó justo después, en una combinación de dolor pero también de tremendo terror.

A la mente de la joven vino la escena que había visto de aquella sombra invadiendo el cuerpo de la Sra. Wheeler, envolviéndola con una fría y asfixiante oscuridad. Y era eso mismo lo que ella estaba sintiendo en ese preciso momento…

— — — —

En la parte trasera de la camioneta, los gritos y alaridos de Abra eran muchísimo más intensos. Su cuerpo se doblaba y retorcía de una forma casi inhumana, y todo el vehículo comenzaba a agitarse como si un grupo de personas lo agitaran desde el exterior; pero no era eso, sino más bien los poderes de la chica saliéndose por completo de control, y empujando en todas direcciones. Incluso Kali sintió como ella y su silla eran empujadas contra su computadora, impidiéndole siquiera poder aproximársele.

—¡Abra!, por Dios… —exclamó Eight, totalmente horrorizada por lo que veía. Notó también la hemorragia que comenzaba a surgirle de su nariz y oídos…

No necesitaba ser psíquica para entender lo que veía: se estaba muriendo, justo frente a sus ojos sin que ella pudiera hacer nada.

La puerta trasera de la camioneta se abrió en ese mismo momento, asustando un poco a Kali al inicio. Pero quien entró de un salto al vehículo fue Charlie, alarmada desde el momento mismo en que se aproximaba y vio su vehículo y escondite sacudiéndose de esa forma.

—¡¿Qué pasó?! —Cuestionó la reportera con apuro.

—¡No lo sé! —Contestó Kali con desesperación—. Es Thorn, escuché como le hablaba directamente un segundo antes de que esto comenzara a pasar. Niña tonta, ¡te dijimos que no te expusieras!

Charlie contempló incrédula a la joven retorciéndose y soltando alaridos como si la estuvieran apuñalando desde adentro de su cuerpo. Era algo horrible, y ciertamente la paralizó.

A lo lejos, se hicieron escuchar las sirenas de la policía, llamados de seguro por el guardia del edificio como bien había amenazado con hacer.

—¡Si sigue así llamará la atención de la policía! —Advirtió Kali—. Si es que no nos destroza primero. ¡¿Qué hacemos?!

Charlie se quedó en silencio, aun contemplando a la joven sin decir ni hacer absolutamente nada.

—¡Roberta! —insistió Kali alzando de más la voz. El sonido de las sirenas se escuchaba cada vez más cerca—. ¡¿Qué hacemos, maldita sea?!

—¡No lo sé, mierda!, ¡no lo sé! —Le respondió Charlie con un fuerte grito de furia—. ¡Esto no es algo que pueda simplemente quemar y destruir! ¡Eleven es la que sabría cómo lidiar con esto!, ¡no yo!

—¡Pero Eleven no está aquí!

Charlie comenzó a respirar con agitación, sintiendo que todo le daba vueltas. ¿Por qué había dejado que entrara ahí sola? ¿Por qué la había expuesto de esa forma…? Ella estaba ahí con la idea de calcinar a ese sujeto, tomar venganza y salvar personas, como siempre había hecho. Pero en esos momentos era tan inútil que no era capaz de salvar siquiera a esa chica.

Eleven sabría qué hacer; ella siempre lo sabía. Pero justo como Kali había dicho, ella no estaba ahí.

Pero… sí estaba alguien más.

Alzó su mirada en dirección al edificio, visualizando en su mente la imagen de aquella mujer; su “favorita”.

— — — —

Conforme las puertas del elevador se iban cerrando, Matilda comenzó poco a poco a recuperar su sentido común. Y para cuando éstas se cerraron por completo y estuvo encerrada en ese reducido espacio de metal, no pudo evitar preguntarse a sí misma qué demonios estaba pensando con todo eso.

Pero un instante después, se dio cuenta de que no estaba precisamente sola en dicho espacio.

La mujer del suéter verde se paró de pronto justo delante de ella a unos pocos centímetros, tomándola totalmente por sorpresa, e incluso asustándola un poco, aunque intentó no exteriorizarlo demasiado. ¿Había entrado al elevador junto con ella? No notó cuando lo hizo.

La extraña extendió en ese momento su mano hacia el panel a su izquierda, presionando con sus dedos el botón del pent-house. Las luces del elevador parpadearon un poco, una pequeña chispa brotó del panel, y el elevador comenzó subir con un fuerte tirón inicial.

¿Lo activó sin la tarjeta? ¿Cómo había hecho eso? Todo eso la tenía totalmente perpleja. Pero antes de que pudiera hacerle cualquier pregunta, la mujer pronunció primero:

—No permitas que nada malo le pase a Cole.

—¿A Cole? —Pronunció Matilda, sintiéndose totalmente pérdida—. ¿Quién es usted?

—Protégelo por mí… —fue lo único que la mujer respondió, un instante antes de que las luces volvieran a parpadear, y tras un instante de oscuridad… aquella mujer desapareciera completamente de su vista.

Matilda enmudeció. Ingenuamente miró a su alrededor, esperando encontrarse con aquella mujer en alguno de los rincones. Pero no fue así; ahora sí estaba segura de que estaba sola. O, quizás, siempre lo había estado en realidad.

«¿Una proyección?» se dijo a sí misma, sacando la deducción que le parecía más lógica. Le había tocado ver a Eleven hacerlo en ocasiones, como aquella mañana en Chamberlain después de lo ocurrido con Carrie. Pero, ¿quién era esa mujer?, ¿y cómo conocía a Cole? ¿Sería alguien de la Fundación? No le parecía familiar, especialmente siendo alguien con una habilidad como esa.

Se percató entonces de que ese reducido espacio se había vuelto frío; tanto que para cuando reaccionó, se estaba abrazando a sí misma. Sin embargo, dicha sensación se fue esfumando poco a poco.

Quien fuera esa mujer, luego lo averiguaría de seguro. De momento tenía otras cosas en qué enfocarse.

Alzó su mirada al panel numérico sobre la puerta; iba ya por el piso 6.

No sabía exactamente con qué se iba a encontrar allá arriba, pero de algo estaba segura: debía estar preparada para lo peor.

Cerró sus ojos, y comenzó a respirar lentamente, al tiempo que sentía el movimiento del elevador subiendo poco a poco cada piso. En su mente comenzó a visualizar una vez más su espacio negro y seguro, habitado únicamente por un objeto: la vieja estufa de su cocina.

FIN DEL CAPÍTULO 99

Notas del Autor:

Han sido unos días complicados. En parte por el trabajo, y en parte por cambios y asuntos que han surgido en mi ambiente personal; algunos para bien, otros… pues más de flojera que otra cosa. Pero por lo mismo, no me había sido posible escribir, y por eso este capítulo se tardó mucho más de la cuenta. ¡Pero al fin está aquí! Y qué capítulo, lleno de momentos intensos; debo decir que incluso yo me sorprendí con algunas cosas que ocurrieron en él. Perfecta antesala de lo que será el Capítulo 100, ¿no les parece?

Y bueno, no hay muchas notas que aclarar ahorita, salvo que quizás alguien podría estarse preguntando: “Pero oye, ¿los fantasmas pueden hacer eso?” Para ello me he basado en lo que se ha llegado a mostrar en varias películas. Como por ejemplo, en Sexto Sentido donde hay fantasmas que en efecto llegan a lastimar a Cole y arañarlo. Y no olvidemos El Resplandor, en donde la mujer de la bañera logra herir a Danny. O películas como las del universo de El Conjuro, donde estos entes en efecto pueden llegar a tener contacto físico con los vivos. Así que al menos en el universo de esta historia, se estaría manejando que con la suficiente “energía” los espíritus son capaces de agredir y lastimar a los vivos. Y en este caso, Cole fue esa batería que les dio esa energía (como bien Dick Hallorann comparó el efecto que tuvo Danny al entrar al Overlook y cómo reaccionaron sus fantasmas). Pero como pudieron ver, esto le terminó pasando factura a nuestro detective.

Y también puede que alguien se pueda preguntar: “¿Cómo pudo Matilda ver a Lynn Sear si ella nunca había sido capaz de ver fantasmas?” Aunque aquellos resplandecientes como Cole tienen una sensibilidad mucho mayor a este tipo de seres, me basó también en algunas películas, incluyendo las antes mencionadas, para concluir que personas incluso sin el don de ver espíritus pueden llegar a verlos en ocasiones, bajo ciertas circunstancias. El cómo pasó esto en específico en el caso de Matilda se explorará con más detalle en capítulos posteriores. Sin embargo, de entrada no hay que olvidar que Matilda sigue siendo una resplandeciente (y una muy fuerte), y el que no haya visto nunca un fantasma (hasta donde ella supiera) pudiera ser más por su tendencia escéptica que otra cosa.

Pero en fin, espero que estas pequeñas explicaciones los deje satisfechos. Si no, como digo en los siguientes capítulos podemos volver a tocar el tema. Pero de momento lo que sigue es el Capítulo 100, que intentaré con todas mis fuerzas que quede a la altura de la situación. Así que estén al pendiente, que la fiesta está por ponerse aún más divertida.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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