Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 97. Reunidos como una familia unida

13 de mayo del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 97. Reunidos como una familia unida

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 97.
Reunidos como una familia unida

Matilda se despertó temprano al día siguiente y se dio una ducha rápida. Su idea original había sido hacerlo anoche, pero esa repentina llamada del misterioso Lucas Sinclair fue la guirnalda que le faltaba en su complicado día. Y entre eso e intentar convencer a Mónica de que le hiciera ese “favor” que ocupaba DIC a cambio de su información, sus energías simplemente terminaron por agotarse y sólo se dejó caer a la cama justo después de eso. Aun así, no había dormido casi nada en realidad.

Gran parte de la noche la había pasado pensando. Ya tenía en sus manos la información que requería; tanto la que le había dado Cole como la de Lucas Sinclair. Ahora tenía que resolver lo que haría con ella, y en efecto lo hizo.

Se bañó, vistió, peinó y maquilló con bastante cuidado, como si fuera camino a una cita o una entrevista de trabajo. Aquello le hizo recordar fugazmente su primera semana en Eola, cuando había hecho algo parecido para su llamada con Eleven en la que la puso al tanto de cómo iba el caso. Qué lejanos sentía esos días, donde todo ese asunto sólo era un caso más de la Fundación, y Samara otro niño que ocupaba de su ayuda como tantos antes, y no requería de “otro tipo de experiencia” para hacerlo. Esos días en los que Eleven aún estaba a una llamada de distancia, de celular o psíquica, para poder pedirle su consejo…

Toda esa locura había comenzado justo con ella, y de alguna u otra forma la terminaría.

Se vio una última vez en el espejo, cuidando de no tener ningún cabello fuera del lugar. Tomó entonces su teléfono y pidió un vehículo en su aplicación predilecta, el cual no tardó mucho en responder. Así que mientras el pequeño icono de automóvil se acercaba por el mapa a su residencia, Matilda salió con paso firme de su cuarto, y se dirigió a la planta baja con su vista firme al frente.

—Buenos días, cariño —escuchó pronunciar la voz de su madre cuando estaba ya a la mitad de la escalera. Se viró hacia un lado y la notó asomándose por la puerta que llevaba al a cocina.

—Buenos días —respondió Matilda despacio, y bajó entonces el resto de los escalones con más calma.

—¿Vas a salir? —Le cuestionó Jennifer Honey, al parecer un tanto sorprendida al verla tan arreglada.

—Voy a la ciudad —se explicó Matilda con seriedad, mientras tomaba su bolso del perchero de la entrada y se lo colgaba al hombro—. Tengo unos asuntos que resolver.

—¿Quieres que te lleve?

—No hace falta, ya pedí un vehículo.

La actitud un tanto ausente y estoica de la psiquiatra no pasó desapercibida para su madre adoptiva, y quizás Matilda tampoco se esforzaba demasiado en ocultarla; su mente estaba bastante concentrada en otra cosa.

—¿Está todo bien, Matilda? —Murmuró Jennifer con cautela, aproximándosele—. ¿Esos asuntos tienen que ver con lo que ese hombre te vino a decir anoche?

Matilda alzó su vista hacia su madre, contemplando con pesar la preocupación latente con la que ésta la miraba. Vino a su mente en ese momento la conversación que había tenido con Cole en Silverdale, justo después de hablar con Evelyn. Ahí sentados, él le había sugerido por primera vez la idea de que ella pudiera adoptar a Samara si las cosas no funcionaban con sus padres, a lo que ella había respondido con un “no estoy lista para eso.” Y Cole, elocuente, le había contestado:

“¿Y su madre sí lo estaba en aquel entonces?”

¿Jennifer Honey estaba lista aquella tarde para admitir en su casa y en su vida a una niña de seis años y medio que le pedía que le adoptara y le diera una vida mejor a la que podía tener con sus horribles padres? Tal vez no. Tal vez le agradaba la compañía de esa pequeña, pero eso no significaba que estuviera lista para ser su madre. Pero aun así la aceptó, e hizo todo lo que pudo con lo que tenía y sabía, convirtiéndose quizás en una madre mucho más allá de lo que se merecía…

¿Estaba ella lista para hacer lo que estaba pensando hacer? Tal vez tampoco lo estaba. Pero haría justo lo que esa mujer frente a ella le había enseñado: hacer todo lo que podía, lo mejor que podía…

Matilda le sonrió con gentileza, pero también con bastante gratitud. Se le aproximó y la rodeó fuerte con sus brazos.

—Tranquila, todo está bien —le susurró despacio a su aún bastante confundida madre—. Esto es algo que necesito resolver, como te dije. Gracias por cuidarme tanto mientras me recuperaba de mi herida, pero ya no puedo seguir escondiéndome aquí. Necesito terminar lo que comencé, como tú me enseñaste.

Jennifer no fue capaz de responderle nada. Aunque no entendiera del todo de qué le estaba hablando, estaba convencida de que no había nada que pudiera decirle, ya fuera para ayudarla o persuadirla. Su pequeña Matilda ya era una mujer adulta, después de todo; más adulta de lo que ella misma había sido alguna vez.

La bocina del vehículo sonó justo delante de la casa, indicando de esa forma su arribo. Matilda se apartó de su madre al oírlo, y se viró rápidamente hacia la puerta sin mirarla directamente.

—Volveré en cuanto pueda.

—Matilda… —susurró Jennifer mientras la veía salir—. Cuídate, por favor.

La castaña no le respondió nada, aunque sí había alcanzado a oírla. Bajó rápidamente los escalones del pórtico, y se subió al vehículo blanco sin mirar atrás ni un momento a la casa de su niñez.

—Buenos días —saludó con voz neutra al chofer desde el asiento trasero. Echó entonces un vistazo a la pantalla de su teléfono, donde ya tenía marcado en el GPS un punto en específico en el mapa, y una ruta propuesta para llegar a éste—. Vamos al Edificio Monarch en Beverly Hills, sobre Wilshire Boulevard —le indicó al chofer con voz clara—. Yo le iré indicando el camino.

El vehículo giró en la rotonda frente a la casa para volver al camino de entrada, y así dejar la propiedad y ponerse en camino al sitio indicado.

— — — —

Dos segundos después de que Esther abriera los ojos, sintió como poco a poco se le venía encima un horrible dolor de cabeza, que la hizo por un momento doblarse en sí misma y soltar un fuerte quejido al aire. Hacía mucho que no sentía un dolor como ese; y aunque su sentimiento general fue de aversión, extrañamente una parte de ella se sentía agradecida por él.

Se sentó como pudo en la cama, intentando aclarar su mirada y su mente lo suficiente para poder mirar a su alrededor. Estaba sola, sin rastro aparente de sus dos compañeras de cuarto. ¿Había dormido sola? Era probable, pues no recordaba nada luego de que ambas salieron lloriqueando la noche anterior. Aunque sí recordaba todo antes de ese momento; y con bastante claridad…

Bajó su mirada, notando que aún usaba el mismo atuendo con el que había ido a esa nefasta fiesta. Y echando un vistazo a su derecha, hacia el espejo de cuerpo completo a un lado de la cama, no tardó en ver que su cabello era un desastre, y todo su maquillaje se había corrido haciéndola casi parecer un feo payaso.

—Qué bien —murmuró con molestia, intentando pararse rápidamente de la cama, lo cual lamentó casi de inmediato pues su cabeza terminó dándole vueltas y obligándola a caer de sentón de nuevo en la orilla.

Su segundo intento salió mucho mejor, y comenzó entonces a desvestirse rápidamente de esas fachas, y buscar entre las cosas que había llevado uno de sus vestidos; algo más acorde a ella. Luego se cepilló el cabello como unas cien veces hasta lograr darle un poco de forma, y posteriormente hacerse un par de trenzas, decorando cada una con su respectivo moño azul.

Vestida y peinada, se miró con detenimiento en el espejo del baño del cuarto. Para su sorpresa, aunque no tanta, las patas de gallo y las arrugas de su boca habían comenzado a marcarse, aunque seguían siendo sólo notables si te fijabas demasiado.

—Parece que dentro de poco va a tocar tomar otro sangriento tratamiento de belleza —se dijo de malagana a sí misma. De momento se colocaría un poco de su maquillaje normal para disimular dichas arrugas, como siempre solía hacerlo. También algo adicional para darle más color a su rostro en general, y no verse tan pálida y enferma por la bonita resaca que le acosaba. Lo que menos se podía permitir era mostrarse débil delante de cualquiera de las personas fuera de ese cuarto.

Una vez lista, respiró hondo para intentar acumular el mayor temple posible, y entonces salió sonriente y despreocupada de la habitación. Del otro lado, sólo la recibió el silencio, como si el enorme pent-house en el que se encontraba estuviera totalmente vacío.

Y, ¿acaso lo estaba?

Caminó por el pasillo hacia la sala. No había nadie ahí, pero no le sorprendió mucho ver una sábana y una almohada sobre el sillón grande. Alguna de las dos mocosas había acampado en la sala, al parecer.

Se viró entonces en dirección a la cocina. En cuanto logró asomarse al interior de ésta, la sensación de soledad desapareció un poco, pues divisó la espalda flacucha y el cabello castaño sujeto con una cola de caballo de Lily, sentada en la barra al parecer comiendo tranquilamente de un bol con cereal.

Esther se quedó de pie en la entrada unos segundos observándola en silencio, y pareció cotejar por un momento la idea de dar media vuelta y volver por donde vino. Pero dicha opción no se quedó mucho en su mente. En su lugar, dibujó en su rostro una amplia y despreocupada sonrisa, una de esas que tanto la caracterizaban, y se aproximó a la barra; en específico al asiento a la zurda de Lily.

La niña de Portland apenas la volteó a ver de reojo al oír el rechinido de las patadas del taburete arrastrándose en el suelo. Esther notó entonces que del lado izquierdo de su frente, justo en dónde la taza le había pegado, alguien le colocó un apósito grande y cuadrado. Si debía adivinar, diría que fue Verónica.

—Bonita venda —comentó Esther socarrona, mientras ella misma tomaba un bol y se servía del mismo cereal y leche que estaba sobre la barra—. Espero no te quede una cicatriz en esa amplia frente tuya.

Lily no pronunció nada, y a simple vista no tuvo mayor reacción en su rostro de piedra más allá de un par de parpadeos, sólo para después volverse de nuevo a su plato y seguir comiendo. Esther se sintió deliberadamente ignorada, y eso no le agradó, pero intentó mostrarse calmada.

—Has resultado muy maltratada este viaje, ¿verdad? —Soltó con ironía, al tiempo que vertía la leche en su plato—. Quizás sea el karma; deben ser los golpes que hacían falta que te dieran tus pobre padres para que aprendieras a comportarte.

A pesar de sus comentarios hirientes, Lily continuó con su atención fija en su desayuno. Terminó los últimos dos bocados, y mientras aún masticaba hizo su taburete hacia atrás, tomó su plato con ambas manos y se levantó con la intención de llevarlo al lavaplatos; de nuevo, como si Esther no estuviera en lo absoluto ahí.

—Oye —profirió con fuerza la mujer de Estonia, tomándola firmemente de su brazo antes de que se alejara—. Te estoy hablando…

Lily se viró lentamente a mirarla por encima del hombro, con tanta prepotencia en su mirada  que a Esther le dieron ganas de estamparle un puñetazo en el centro de su carita.

—Suéltame —murmuró Lily despacio.

—¿O qué?, ¿huirás llorando cómo anoche? —bufó Esther con tono de provocación, intentando de nuevo percibir algún tipo de reacción en ella. Sin embargo, la única que obtuvo a cambio fue una media sonrisa burlona.

—Tienes una forma muy extraña de pedir disculpas —musitó Lily, tomando tan de sorpresa a su captora que ésta se hizo hacia atrás, soltándola.

En cuanto estuvo libre, Lily siguió caminando, sacándole la vuelta a la isla del centro para dirigirse al lavaplatos.

—Yo no tengo por qué disculparme —declaró Esther tajantemente, mientras la seguía con la mirada en su trayecto—. Tú te lo buscaste. Claramente no estaba en mis cabales, y aun así abriste tu boquita sólo para provocarme.

—Por supuesto —exclamó Lily irónica, dejando caer su plato y cuchara en una de las tajas. Luego incluso tomó la esponja y comenzó a lavarlo, al tiempo que le hablaba a su acompañante, dándole la espalda—. Tú siempre eres la víctima, y el mundo entero el que está en tu contra, ¿no? Pisas el hormiguero deliberadamente, y luego vas y le lloras a papi porque las hormigas te picaron. Y si papi no te consuela con sus caricias y besos como quieres, le encajas un bolígrafo en el cuello, le disparas en la cara, o lo que sea que se te ocurra en ese momento, sólo para luego lloriquear también por eso esperando que alguien te tenga lástima. Qué vida tan desdichada…

Esther la escuchaba en silencio, mientras comía pequeños bocados de su bol.

Una vez lavados, Lily colocó el plato y la cuchara junto con el resto de los platos limpios. Tomó entonces una de las servilletas de cocina, y pasó a secarse sus manos con mucho cuidado.

—Ayer dijiste que pensabas que te había tomado cariño, ¿recuerdas? —Indicó Lily repentinamente, confundiendo un poco a su oyente por el cambio de tema. Pero la sorpresa fue mayor al oír justo después—: Quizás era cierto.

La solida calma de Esther se quebró un poco al oír aquello. Lily dejó la servilleta sobre la cocina, caminó de regresó a la isla, y se paró al lado contrario en el que Esther se encontraba. Apoyó las manos sobre la superficie y la miró ahí fijamente; quizás, demasiado…

—A pesar de todo, creo que por un momento llegué a pensar que podías ser alguien con quien podría… divertirme un poco más. Pero tu deplorable escenita de anoche me demostró que eres aún más patética e insignificante de lo que pensaba; y que definitivamente no mereces mi tiempo…

—No me digas —bufó Esther, desafiante—. ¿Entonces por qué no me atacaste anoche? ¿Por qué no me hundiste en una de tus pesadillas como tanto me amenazaste antes?

Los labios de Lily se alargaron hacia los lados, dibujando en su rostro una sonrisa que quizás a cierto nivel intentaba simular ternura e inocencia, pero logrando sólo eso: simular, y no de una muy buena forma…

—¿Y darte justo lo quieres? —Musitó Lily con tono de burla, dejando a Esther helada por tal comentario—. Si deseas tanto torturarte porqué odias en lo que te has convertido, hazlo tú misma; o no. Igual a mí ya no me importa ni un poco lo que hagas o dejes de hacer; ni tú, ni la lambiscona de Samara, ni ese egocéntrico al que ambas decidieron besarle el trasero en busca de su aprobación. Por mí, los tres pueden saltar del balcón cuando quieran. Yo me largo de aquí.

—¿Te vas a ir?

—Tú misma lo dijiste ayer. No es como que alguno pueda detenerme.

Soltando aquella casi amenaza, la niña castaña volvió a rodear la isla, ahora para dirigirse hacia la puerta de la cocina con absoluta tranquilidad.

—¿Y a dónde piensas ir? —Soltó Esther despacio, observándolo de reojo—. ¿Aún crees que puedes volver a Portland y fingir que sólo fuiste una pobre victima? Por lo que entendí, incluso desde antes de que yo llegara ya estaban comenzando a sospechar de ti.

—Oh, te preocupas por mí, ¿no es cierto? —Musitó Lily con falsa ternura, girándose de nuevo hacia ella con sus manos sobre su pecho—. Parece que quien se encariñó no fui precisamente yo, después de todo. ¿Qué balbuceaste anoche? Algo así como: “todo lo que he querido en mi vida es un padre, una madre, un amante o una hermana que me quiera…”

Soltó justo después una aguda risa burlona, y añadió:

—Yo no soy tu hermanita, demente. Y no tengo interés en serlo…

Y dicho eso, se dio media vuelta para retirarse justo como lo tenía pensado. Y fue en ese momento, justo cuando le dio la espalda, que la rabia que Esther sentía en el pecho explotó, impidiendo que pudiera disimularla más tiempo. Era evidente que nunca había lidiado bien con el rechazo, y siempre reaccionaba a éste de la misma forma.

Tomó entonces su bol con cereal por la orilla del plato y se paró rápidamente del taburete. El cereal y la leche se vertieron al suelo, pero Esther no le importó en lo absoluto. Toda su atención estaba fija en la parte trasera de la cabeza de esa mocosa odiosa, y en cómo le estrellaría el bol de su mano con todas sus fuerzas justo en ella. ¿Qué se rompería primero?, ¿el plato o su enorme cabecita? Lo descubría en un segundo…

Avanzó apresurada hacia ella, alzó el bol por encima de su propia cabeza, y cuando estuvo lo suficientemente cerca dejó caer su brazo con impulso.

Una mano la tomó firmemente de su muñeca, deteniéndola en el aire antes de que el plato pudiera acercarse lo suficiente a la cabeza de su objetivo. Lily se detuvo y se viró hacia atrás, un tanto extrañada. Esther también miró del mismo modo a quien estaba de pie a su lado sujetándole el brazo, y que no era otro más que Damien Thorn. El chico miró sonriente a la mujer de Estonia, y con su mano libre le arrebató el plato de sus dedos.

—Me alegra verlas a las dos juntas —murmuró Damien, soltando a Esther al mismo tiempo—. Me enteré de que tuvieron un pequeño malentendido anoche. Pero de seguro ya se resolvió, ¿verdad?

Esther no respondió nada. Sólo tenía su mirada clavada como cuchillos en Lily, con tanto coraje en ellos como el que tenía la noche anterior; sólo que ahora no estaba ebria.

Lily, por su parte, miraba el plato en la mano de Damien con una sonrisa de satisfacción.

—Sí, se podría decir —respondió la castaña con ironía.

—Perfecto —exclamó el Thorn con entusiasmo—, porque las dos personas de las que les hablé ayer ya están por llegar, y quiero que los conozcan.

—No me interesa —respondió Lily de inmediato sin menor miramiento, y se dispuso a retirarse como pensaba hacerlo hasta hace un momento. Damien se adelantó sin embargo para tomarla del hombro y detenerla.

—Tendré que insistir. De hecho, ocupo principalmente de ti, Lilith.

La niña se viró a verlo por encima del hombro; molesta por la forma en que la había tomado, aunque también un poco curiosa por sus palabras.

— — — —

James la Sombra y Mabel la Doncella arribaron al fin a Los Ángeles el día anterior cerca del atardecer. Se habían tomado todo el tiempo posible, pues en realidad no tenían nada de prisa por llegar y verle la cara al maldito niño paleto que los había hecho llamar. Si por ellos fuera, hubieran virado al sur en Phoenix y conducido derecho hasta México para nunca mirar atrás. Pero claro, ambos sabían que aquello no era una opción real, y les tocaba obedecer por las buenas a su nuevo amo.

Con anticipación tenían ya alquilado un lugar en un parque de remolques al este de la ciudad, en donde estacionaron su casa móvil, a la vista de todos los amables (y estúpidos) vecinos. Conocían muy bien la forma de mezclarse entre ellos, pasar sólo como una pareja de viajeros recorriendo el país, vendiendo pequeñas artesanías para pagar su gasolina, y tomando trabajos variados en cada pueblo y ciudad por la que pasaban para conseguir la comida. Contaron que era la segunda vez que estaban en Los Ángeles, y que les encantaba la pizza local, y que el clima era aún un poco cálido en esa época.

Los paletos siempre se creían lo que sea que les dijesen, y casi nunca cuestionaban más de la cuenta; y si lo hacían, ya tenían por adelantado preparadas todas las respuestas pertinentes para desviar su atención. A veces engañarlos era tan sencillo que ni siquiera era necesario decir demasiado; la pura cara bonita de Mabel los hacía bajar su guardia, y dibujar en sus rostros esas sonrisas embobadas.

«Patéticos gusanos —pensaba Mabel por dentro, mientras por fuera sonreía y reía con amabilidad a sus nuevos vecinos temporales—. Si por mí fuera le prendería fuego a todo este sitio antes de irme…»

—Qué espero sea pronto —murmuró despacio para sí misma una vez que se viró y les dio la espalda. Y en efecto, no tenía el menor deseo de permanecer en esa ciudad más de lo que fuera necesario. Pero lamentablemente aquello dependía de lo deseos de ese mocoso odioso.

Alquilaron una camioneta usada por unos cuántos dólares para poder recorrer con más facilidad la ciudad, y dejar la casa móvil segura en el parque. Sus cilindros con vapor estaban escondidos en la compuerta oculta del piso, incluyendo el último que Damien le había dado a James, el cual aún tenía un poco más de la mitad de su contenido. Mabel casi no había tomado de él, sin ser muy clara al respecto del por qué. James suponía que deseaba dejarle algo a él, a pesar de que le había insistido en que era todo suyo. Pero de todas formas con el par de bocanadas que había dado parecía estar mucho mejor. Debía ser un vapor bastante poderos, como Mabel bien lo había comentado; por algo Rose lo tenía guardado para emergencias.

Temprano a la mañana siguiente se subieron ambos a la camioneta, y se dirigieron hacia la ciudad, directo a esa zona elegante en Bervely Hills donde el su amo se hospedaba. Todo el camino fue bastante silencioso, pues ninguno tenía mucho humor para decir cualquier cosa. Todas las quejas y molestias que aquello les causaba habían sido claramente expresadas a lo largo del trayecto en carretera hacia ahí, así que en realidad no quedaba mucho más que expresar.

Similar a su visita anterior, James hizo que ingresaran por la puerta de servicio trasera del edificio, sólo que ahora lo hizo con todo y su vehículo. La sutileza ya no le importaba tanto en esos momentos; si alguien quería preguntarse porque una camioneta vieja y fea entraba a un edificio como ese, dejaría que fuera el mocoso paleto el que tuviera que explicarlo. Igual a aquella vez, uno de los hombres de la seguridad de Thorn los recibió, y les indicó donde estacionarse.

Mientras James acomodaba el auto en el cajón, notó como la mirada de Mabel se alzaba repentinamente hacia arriba, mirando al techo del carro, pero en realidad mirando mucho más allá. Sus ojos estaban muy abiertos, y en ellos se percibía una inmensa sorpresa; quizás incluso un poco de miedo.

—¿Qué pasa? —Le preguntó James, externando ligeramente su preocupación.

—Las tres niñas están aquí con él, ¿cierto? —murmuró Mabel despacio, sin apartar su vista del punto lejano que la tenía tan absorta—. Es una energía bastante pesada la que envuelve a todo este edificio.

James alzó su vista a la misma dirección que ella miraba. Él no poseía ni cerca su misma sensibilidad, pero ciertamente igual podía darse un poco la idea de lo que la tenía en ese estado. Ese chico, ahora en compañía de esas tres chicas… era una horrible combinación.

—Sólo hagamos lo que quiere, para que nos dé el último termo y podamos irnos —indicó James con seriedad, a lo que Mabel no pudo evitar soltar una risilla irónica.

—¿En verdad crees que será tan simple…?

Una vez que bajaron del automóvil, el mismo guardia los guio hacia el mismo elevador privado que llevaba al pent-house, y que sólo se activaba con una tarjeta de seguridad que el hombre traía consigo. El silencio se prolongó más tiempo durante el trayecto en el ascensor. Aun así, la ansiedad en Mabel se incrementaba conforme iban subiendo cada piso; James se dio cuenta al ver cómo sus dedos se apretaban fuerte contra su propio brazo, dejando dolorosas marcas rojas en su piel pálida.

Al llegar al último nivel, caminaron detrás del guardia hacia el interior del elegante departamento. Mabel miró todo aquel espacio con escueta curiosidad; amplio, brillante, elegante… e innecesario. Esa obsesión de los paletos de encerrarse a sí mismos en sitios como ese, y sentirse orgullosos de eso, era algo que Mabel ya había olvidado hace tiempo. Claro, en sus épocas de paleta ella fue una chica rica, viviendo en lugares incluso más grandes y brillantes que ese. Pero aquello era ya más como el sueño de otra persona; uno ya bastante lejano.

—Por aquí —indicó su guía, haciendo que giraran en el pasillo en dirección al estudio—. El joven Thorn los espera.

«Qué dicha» pensó Mabel, no esforzándose ni un poco ocultar el hastío.

El guardaespaldas abrió la puerta del estudio y se hizo a un lado para dejarles el camino libre a los dos visitantes. Era la misma habitación en la que James se había reunido las veces pasadas con Damien, y aún lograba sentir un poco el doloroso cosquilleo de su mano por la horrible herida que le había provocado la segunda vez, a pesar de que ya estaba curado. Y como esas veces, Damien los aguardaba del otro lado del escritorio, con sus presuntuosos ojos azules fijos en ellos cuando ingresaron al estudio.

—Ah, James, Mabel; bienvenidos —musitó el chico con elocuencia—. Pasen, acérquense.

Todo muy parecido a los otros días. Pero en esa ocasión había algo diferente: el muchacho no estaba solo. En los sillones de la pequeña sala frente a la puerta, se encontraban Esther y Samara, y más adelante en una de las sillas delante del escritorio estaba Lily. Las tres niñas los miraban también con atención, aunque cada una con un sentimiento diferente en su mirada.

Mabel permaneció quieta en su lugar unos segundos, un poco abrumada por tales presencias. Si su memoria no le fallaba, hacía mucho, pero mucho tiempo que no estaba en presencia de tantos vaporeros al mismo tiempo, y en especial unos tan poderosos. Una regla importante del Nudo Verdadero era siempre cazarlos de uno en uno, precisamente para evitar momentos como esos en los que claramente se encontraban en abrumadora desventaja.

Se sobrepuso lo mejor que pudo a aquella impresión inicial, y ambos comenzaron a avanzar lentamente hacia el escritorio, pasando inevitablemente justo entre Esther y Samara en los sillones.

—Hola, galán —musitó Esther con tono coqueto, mientras seguía a James con la mirada, y le ofrecía un nada disimulado guiño de su ojo derecho. La Sombra apenas y la miró de reojo, y siguió como si no hubiera visto ni oído nada.

—Creo que no necesito presentarles a Esther, Samara y Lily —comentó Damien, mientras señalaba con una mano a cada niña al pronunciar su nombre—. Chicas, ellos son James y Mabel. Creo que a él ya lo habrán visto en alguna ocasión.

Esther definitivamente sí que lo recordaba, y Samara tenía recuerdos muy difusos de haberlo visto durante su huida del Psiquiátrico de Eola. Lily definitivamente no lo recordaba en lo absoluto, pero con sólo verlos pudo darse cuenta de que ninguno de los dos era un individuo ordinario; en especial ella…

—Te ves de mucho mejor color, Mabel —señaló Damien ya que estuvieron frente a él—. James dijo que te estabas sintiendo mal. ¿El cilindro que mandé te sirvió para recuperarte? ¿O sólo estaba inventando excusas?

—Estoy mejor —musitó Mabel con sequedad—. Gracias…

—Qué bien. Siempre me he considerado una persona que cuida muy bien de sus mascotas.

Aquel repentino comentario sorprendió bastante a las tres chicas, aunque a Esther además de sorpresa le provocó algo de risa que intentó disimular. El sentimiento era totalmente opuesto para los dos que acababan de entrar. Los dedos de Mabel, por ejemplo, se aferraron fuerte a la tela de su vestido con señal de frustración.

—Siéntate Mabel —indicó el chico, señalando con su mano a la silla libre que Lily no ocupaba.  La mujer permaneció de pie, como si por sí solo aquello pudiera ser un acto de rebeldía. Damien, por su lado, sonrió divertido y añadió—: Por favor… —con voz lenta y amable, que a simple vista escondía una amenaza detrás.

Mabel respiró lento por su nariz, soltó la tela de su vestido, y pasó a sentarse en el asiento que Damien le ofrecía. Al hacerlo, notó que Lily a su lado la observaba atentamente con expresión reflexiva, algo que a ella le incomodaba un poco, pero no más que el hecho de estar en ese maldito lugar en primer lugar. James se quedó de pie detrás de su silla con postura protectora.

—Cómo les comenté, chicas —vociferó Damien—, nuestra querida Mabel tiene grandes habilidades para rastrear personas; en especial las que son como ustedes. Ella fue quien dio con su paradero por mí, y… bueno, el resto es historia; henos aquí, reunidos como una familia unida.

—¿Así que tú eres la culpable de que esté metida en toda esta maldita estupidez? —Musitó Lily con ligera rabia, inclinándose hacia la mujer—. ¿Cómo podría agradecerte el inmenso favor que he me has hecho? —añadió con sarcasmo. Mabel se limitó a mirarla de reojo sólo un instante, similar a como James había visto a Esther. Mientras menos palabras cruzara con esta gente, sería mejor.

Mientras Lily pronunciaba aquello, Damien había estirado la mano hacia el suelo a su lado, tomando de dicho sitio el objeto que ahí ocultaba.

—Y como familia que somos, nos hacemos favores y regalos entre nosotros —declaró de forma juguetona, justo para después colocar sobre el escritorio delante de él el termo cilíndrico metálico y brillante.

Los ojos de Mabel y James se fijaron directo en dicho objeto, pero también los de Esther desde su asiento. Ella recordó bien dicho cilindro, y también lo que contenía.

—Supongo que lo quieres, ¿no? —masculló Damien, haciendo con un dedo que el cilindro se meciera hacia un lado y hacia el otro—. Apuesto que no te caería mal. Con el hambre que siempre tienes, de seguro ya te acabaste todo el termo que te envié con James…

—Ve al grano, paleto —espetó la Doncella con furia contenida—. ¿Qué es lo que quieres esta vez?

—¿Paleto? —Soltó Esther entre risas—. ¿Es el mejor insulto que se te ocurre, querida?

Mabel no se rebajó a responderle nada a sus hirientes palabras, mucho menos a darle explicaciones.

—Qué carácter —murmuró Damien con tono burlón. Y ante sus miradas atónitas y nerviosas, tomó el termo con una mano y comenzó a lanzarlo al aire por encima de su cabeza, sólo para volverlo a atrapar poco después—. No te confundas de más, que esto es un mero gesto de buena voluntad de mi parte. Tendrías que hacer lo que te pida aunque no te lo diera, ¿o lo olvidas?

Mabel observó nerviosa aquel acto tan irrespetuoso ante ese objeto que para ellos era casi sagrado. Tuvo el impulso de extender su mano y arrebatárselo, pero sabía que si lo hacía las consecuencias no tardarían en repercutirle.

—Pero en fin, tienes razón —indicó una vez que dejó de lanzar el cilindro, y pasó entonces a colocarlo a un lado para que no estorbara, pero que siguiera aún a la vista—. Vayamos al grano, entonces. Verás, pedí que vinieras para que me ayudes con un asuntito. Hay unas cuantas personas que han estado… molestándome estos días. Y tengo mucho interés en encontrarlas, y que ustedes dos se encarguen de ellos.

—¿Nos encarguemos? —Inquirió James, confundido.

—Que los degüellen, decapiten, partan a la mitad, o lo que sea que prefieran hacer, y los  devoren como bien les gusta —describió Damien con bastante naturalidad, causando un par de reacciones en los presentes, siendo la más palpable la de Samara—. Por qué estoy hablando de tres… ¿cómo los llaman ustedes dos?, ¿vaporeros? Bueno, los tres tienen el tipo de habilidades que a ustedes les gusta buscar. Uno de ellos es un poco más viejo de lo que acostumbran, pero por experiencia les puedo decir que no los dejará con hambre. Pero puede que sean demasiado para ustedes solos, y por eso quiero que lleven a mis invitadas con ustedes. Estoy seguro que con su ayuda les será mucho más sencillo eliminarlos. Luego de que terminen con estas personas, por último sólo deberán llevar a Esther, Samara y Lily a Chicago, sanas y salvas por supuesto, usando esos trucos que bien conocen para moverse por las carreteras sin ser detectados. Y cuando hagan todo eso por mí, les entregaré el último termo en Chicago.

—Dijiste que sólo querías que Mabel rastreara a unas personas —exclamó James con molestia, colocando una mano sobre el hombro de Mabel—. No dijiste nada de que saliéramos de cacería por ti, y mucho menos que fuéramos niñeros de estas… niñas.

Miró hacia Esther y las otras con desdén al decir aquello, y era evidente además que deseaba usar una palabra diferente al referirse a ellas, pero había tenido la suficiente prudencia para no hacerlo.

—Yo tampoco acepté nunca hacer ese encargo para ti —soltó Lily con brusquedad—. Yo tengo mis propios planes de viaje, y no involucran a nadie más de los que están aquí.

Damien dejó escapar una pequeña risa distraída al escucharla.

—De lo tuyo hablaremos después, querida Lily.

—Si quieres —respondió la niña encogiéndose de hombros—, pero mi decisión ya está tomada.

De momento Damien decidió no ponerle tanta atención a las quejas de la niña de Portland, y enfocarse en lo que sí podía controlar en ese momento.

—En cuanto a ustedes dos —indicó el chico, virándose directo hacia James y Mabel—, esperaría un poco más de gratitud de su parte. Después de todo, les estoy ofreciendo la oportunidad de ir por tres presas que llenarán fácilmente sus preciados cilindros, y les darán de comer por un buen rato. Aunque bueno, quizás tengan que compartir un poco con Esther.

Extendió su mano en dirección a la mujer sentada en el sillón al pronunciar aquello último. Mabel se viró hacia atrás sobre su hombro para ver en su dirección. Al notar que la miraba, Esther le sonrió de manera prepotente, aunque casi se inmediato desvió su mirada hacia otro lado. En principio Mabel se encontraba confundida, pero también molesta; por supuesto que había escuchado ese “Hola, galán” cuando entraron.

—¿Qué quieres decir con eso? —Musitó despacio al virarse de nuevo hacia Damien.

—Eso dejaré que lo discutan entre ustedes después —respondió Damien, condescendiente—. Sea como sea, esto que les estoy ordenando hacer no es negociable. —Se puso de pie en ese momento, apoyando ambas manos sobre el escritorio e inclinando su cuerpo al frente, y fijando sus profundos y llameantes ojos en ellos—. O lo hacen, o terminamos aquí mismo lo que comenzamos en aquella carretera de New Hampshire. ¿Qué prefieren?

Ambos Verdaderos guardaron silencio, pero en sus miradas la insatisfacción y la frustración eran evidentes. James sin darse cuenta apretó más su mano contra el hombro de Mabel, no lo suficiente para lastimarla pero sí para hacerle notar su sentir. La Doncella tomó su mano y la apartó de él con delicadeza. Lo miró unos momentos y sólo negó lentamente con su cabeza, indicándole con ese pequeño acto que desistiera de cualquier acción peligrosa en la que estuviera pensando. James respiró profundo por su nariz y pareció calmarse.

—¿Quiénes son los tres vaporeros? —Cuestionó Mabel con voz fría.

Damien sonrió complacido por su obediencia, y volvió a sentarse en su lugar.

—De dos de ellos sólo tengo sus nombres de pila: Terry y Dan, que supongo debe ser Daniel.

—Necesito más que eso.

—Estoy consciente. Pero la tercera persona puede darles más información sobre la ubicación de las otras dos. Y de ella si tengo su nombre, y una fotografía…

Extendió entonces su mano hacia un lado del escritorio, donde reposaba su tableta. Sostuvo frente a él el aparto, lo encendió, con un par de toques de su dedo buscó rápidamente la fotografía en cuestión y la abrió por completo para que ocupara toda la pantalla. Colocó entonces de nuevo la tableta sobre el escritorio con la pantalla hacia arriba y la deslizó para que quedara justo delante de la Doncella. Mientras él hacia todo es, la curiosidad había hecho que Samara y Esther se pararan de sus sillones y se aproximaran a ver; incluso Lily y James se había inclinado al frente para ver mejor de quién era la dichosa foto.

Todos los presentes miraron la tableta atentamente, y la fotografía de la hermosa chica de cabellos rubios y rizados que en ella se mostraba. Cada uno con diferentes emociones y opiniones… pero ninguna como la de Mabel…

En cuanto sus ojos divisaron esa fotografía y ese rostro, y aunque en sentido estricto nunca la había visto de frente antes… supo en el instante quién era. Y la impresión fue tan poderosa que incluso sintió que su cuerpo le temblaba un poco.

Se escuchó entonces como la puerta se abría en ese momento, y todos se viraron hacia ella, a excepción de Mabel que siguió observando la fotografía incapaz de reaccionar.

—Damien, ¿puedo…? —pronunció Verónica mientras abría la puerta. Su voz calló al notar a toda la gente que estaba ahí reunida, incluidas las dos personas que ella no reconoció.

—Estoy ocupado, Verónica —farfulló Damien arrastrando el enojo con cada palabra—. Lárgate de aquí; no eres requerida en esta reunión.

—Lo siento —susurró un poco confundida la recién llegada—, necesito comunicarte sobre tu tía…

—¿Se murió? —soltó Damien, interrumpiéndola antes de que pudiera terminar.

—No, ella va a ve…

—Entonces no me importa lo que Ann esté o no haciendo. Lárgate, y no lo repetiré una tercera vez.

El ultimátum en sus palabras claramente no era en vano. Verónica echó sólo un último vistazo a los misterios invitados, y entonces se retiró justo como le ordenaban, cerrando la puerta una vez que salió.

Esa pequeña interrupción fue afortunada, pues le dio tiempo a Mabel para recuperarse y que nadie notara su reacción tan adversa. O… casi nadie, pues cuando logró reaccionar se dio cuenta de que Lily, aún sentada a su lado, seguía viéndola con bastante atención.

—Uno hace algo bueno una vez por ellos, y ya se creen que tienen libertades que nadie les dio —vociferó Damien al aire, como una broma que esperaba que todos entendieran, incluidos los dos visitantes más recientes—. Cómo decía, ésta es la tercera persona —indicó señalando con su dedo a la tableta aún encendida—. Su nombre es Abra Stone. Sé en dónde vive y estudia, pero en estos momentos no se encuentra ahí, hasta dónde pude cerciorarme por mi cuenta. Siempre ha sido un poco escurridiza y difícil de detectar para mí, al menos que baje su guardia o se haga notar ella sola. Pero supongo que una experta cómo tú, Mabel, no deberá tener problema. Como dije, ella les puede dar más información sobre Terry y Dan; la primera es amiga suya, y el segundo es su tío, o al menos ella así lo llama. Si son lo suficientemente persuasivos, supongo que pueden sacarle lo que sabe antes de que… bueno, ustedes saben.

Remató su último comentario encogiéndose de hombros, y sonriéndoles de forma astuta.

—Qué chica tan bonita —indicó Esther de pronto, admirando curiosa la fotografía—. ¿Qué te hizo para que la quieras muerta? ¿Te rechazó?

—Sí, me rompió el corazón —ironizó Damien—. Lo que importa es que es una resplandeciente, vaporera o como quieran llamarla muy poderosa, así que ocuparán someterla entre todos juntos. Quizás usar la misma droga que pensaban usar conmigo; no lo sé. No les diré cómo hacer lo que supuestamente han hecho por cientos de años.

—¿Cientos? —Soltó Samara, volteando a ver a James y a Mabel con sorpresa. ¿En verdad eran tan viejos? Ninguno de los dos le devolvió la mirada, ni pareció interesado en aclararle su evidente confusión.

—Así que como primer paso —murmuró Damien, empujando un poco más la tableta al frente para acercarla a la Doncella—, me gustaría que hicieras ahora mismo tu magia, Mabel. Dime en dónde está.

Mabel contempló callada la foto unos instantes más. Alzó después su mirada, recorriéndola por cada uno de los presentes, que la observaban a ella expectantes de ver lo que haría. James también la esperaba, y pudo notar fácilmente que él no compartía su confusión interna. Claro, él no lo sabía; él no se había dado cuenta aún de quien era la persona en esa foto, pues no sabía lo mismo que ella sabía…

—¿Algún problema? —Musitó Damien con impaciencia, haciéndola sobresaltarse en su asiento.

—Lo intentaré… —respondió procurando sonar lo suficientemente tranquila.

Respiró hondo, fijo su vista en la figura proyectada en la pantalla, intentando memorizarla lo mejor posible a pesar de que ella ya la conocía bien. No tenía idea de qué pasaría en el momento en el que tocara esa imagen, y en especial ahora que conocía al fin su nombre completo (Abra Stone). Podría no pasar nada; después de todo, no siempre una foto era suficiente, en especial tratándose de alguien como… esa chica.

Pero no podía quedar en evidencia delante del paleto y de esas tres niñas. Debía permanecer calmada e intentar cumplir con esa sencilla instrucción, y luego decidir qué era lo que debía hacer.

Alzó su mano derecha, la mantuvo suspendida en el aire sobre la pantalla unos centímetros en lo que terminaba de despejar su mente lo suficiente, y entonces la dejó caer abruptamente, presionando toda su palma contra el cristal.

En verdad esperaba que no ocurriera absolutamente nada al hacerlo, pero no fue así. De hecho, ocurrió muchísimo más de lo que hubiera predicho…

De inmediato sintió que su mente se estiraba como si fuera un chicle, mirando más allá de su cuerpo, más allá de ese estudio o de ese departamento, o incluso de ese edificio… pero no se fue mucho más lejos que eso.

Fue como arrojarse a sí misma al aire como una pelota, dar giros en lo alto hasta llegar al punto en que su aceleración desaparecía por completo, y entonces bajar al suelo dibujando una parábola. Sintió como se precipitaba de narices a tierra, en específico a una camioneta estacionada justo en la acera de enfrente de ese mismo edificio…

Pudo ver por un parpadeo el interior de dicho vehículo, tan vívidamente como si ella estuviera sentada ahí. Había tres personas, tres mujeres; dos mayores y una jovencita. Y notó como al instante esta última, sentada en la parte trasera, se viraba lentamente sobre su hombro, como si la volteara a ver directamente.

Aquello ocurrió en un lapso de sólo dos o tres segundos. Mabel, en cuanto pudo, alejó su mano de la pantalla y se pegó por completo contra su silla, como si sintiera aversión ante tal aparato o éste la hubiera quemado

—Mabel, ¿qué pasó? —susurró James con preocupación, volviéndola a tomar de su hombro. La Verdadera reaccionó casi con miedo al sentir tal contacto, alejándose un poco de su compañero y alzando sus brazos al frente de forma defensiva. James la observó, confundido por su reacción. ¿Qué había ocurrido?

—¿Y bien? —Cuestionó Damien, insistente—. ¿Viste algo? ¿Sabes dónde está?

Mabel se giró lentamente hacia él, con sus ojos muy abiertos, e incapaz de reaccionar del todo; y no era el único esperando su respuesta. Poco a poco hizo que la serenidad volviera a su cuerpo, y juntó las fuerzas suficientes para responder:

—No, nada. No pude detectarla.

El escepticismo en las miradas de todos fue evidente, incluso en la del propio James.

—¿Estás segura de eso? —musitó Damien con seriedad, e incluso una ligera amenaza en su tono.

—Sí, lo siento —respondió Mabel en voz baja—. Quizás sigo un poco débil aún…

Se paró entonces rápidamente de su asiento, y luego se quedó quieta en su lugar, casi como si por un momento hubiera olvidado por qué se había parado exactamente.

—¿Puedo pasar a tu baño? —Preguntó tras unos segundos de silencio.

—¿Ustedes van al baño? —Inquirió Damien, arqueando una ceja con intriga.

—Sólo quiero refrescarme un poco la cara.

Damien la miró callado, sus dedos tamborileando inquietos sobre el apoyabrazos de su silla.

—James ya sabe dónde está —respondió tras un rato, señalando con su cabeza hacia la puerta—. Se tuvo que limpiar una mano herida la última vez que estuvo aquí, ¿cierto? —Comentó algo bromista, ganándose con ello una mirada de desaprobación de la Sombra—. ¿Por qué no le muestras a tu mujer dónde puede lavarse la cara? Aquí los esperamos.

Sin esperar que James confirmara su intención, Mabel comenzó a avanzar apresurada hacia la puerta, dejando bastante claro su apuro por “refrescarse la cara.” James se dispuso a alcanzarla, y ambos salieron juntos del estudio.

—¿Y bien? —Murmuró Damien, virándose hacia Lily.

—Te oculta algo —contestó Lily sin mostrar mucho interés en realidad—. Sí percibió algo al tocar la foto.

—Hasta yo me di cuenta de eso sin necesidad de leer su mente —añadió Esther, mordaz.

—¿Qué fue lo que percibió? —Preguntó Damien con curiosidad, inclinándose un poco más al frente.

Lily se encogió de hombros, virándose hacia otra dirección, casi dándole la espalda.

—Eso no lo tengo claro. Sus pensamientos no están estructurados como en una mente normal. Es como si tuviera muros en medio, y sólo me llegaran susurros. Pero algo tengo claro…

La niña extendió en ese momento su dedo al frente, presionándolo contra la pantalla y el rostro de la chica en la foto.

—Sintió miedo —señaló con brusquedad—. Pero no sólo cuando tocó la foto, sino también en cuanto se la mostraste. Si tuviera que adivinar, diría que ella conoce a esta chica.

—Eso es muy interesante —susurró Damien complacido, apoyando la espalda contra el respaldo de su silla, y provocando que ésta se inclinara un poco hacia atrás—. ¿Ahora entiendes por qué no puedo dejar que vayas? Me eres muy útil, Lilith.

La niña de Portland soltó entonces una aguda risa sarcástica.

—Me importa un pepino tus necesidades.

—Vamos, estoy convencido de que este malentendido entre ustedes dos se puede arreglar.

—No me voy por esto —declaró Lily, señalando la venda cubriendo la herida de su frente—. Esta anciana no es tan importante como para que tome mis decisiones en base a ella.

Esther la observaba de reojo mientras hablaba. Y aunque todo ese tiempo se había mostrado bastante tranquila, en ese momento se estaba haciendo evidente que poco a poco la rabia que había sentido en la cocina volvía a consumirla.

—Si tanto quieres irte, ¿por qué no lo haces de una buena vez en lugar de estar soltando amenazas en vano? —Le cuestionó Esther, alzando quizás de más la voz.

—Lo haré en cuanto esta farsa se acabe —le explicó Lily—. Y antes de hacerlo me tomaré el tiempo de darte la pesadilla que tanto deseas que te dé. Espero no termines disfrutándolo demasiado, como la masoquista desquiciada que eres.

—Te voy a emparejar esa frentona tuya… —exclamó Leena entre dientes, y tomó entonces una de las plumas sobre el escritorio y la alzó a un lado de su cabeza como si empuñara un cuchillo. Antes de que intentara atacar con ella, si es que en verdad eso pensaba hacer, Demian se adelantó tomándola de su muñeca de nuevo y arrebatándole la pluma de la mano.

Eso definitivamente no iba por buen camino.

—Samara, ¿puedes darme una mano aquí? —Comentó Damien, en parte al parecer algo divertido por la situación. Al virarse hacia Samara, sin embargo, notó extrañado que ésta parecía no estar del todo en la conversación.

La niña de largos cabellos negros estaba de pie a lado de las otras dos, pero su mirada apagada y ausente estaba fija en la fotografía de la supuesta Abra Stone. Su rostro no reflejaba en realidad ningún tipo de emoción como de costumbre, pero aun así parecía absorta en aquella imagen.

—¿Samara? —Pronunció Damien ahora con más fuerza, logrando entonces hacer que la niña reaccionara y alzara su vista hacia él—. ¿Qué pasa?

—No, nada —respondió Samara rápidamente, agachando casi de inmediato su vista de nuevo a la foto—. Sí es muy bonita…

Damien miró también hacia la tableta, también perdiéndose unos instantes en aquella hermosa foto; una de las mejores que había tomado, definitivamente.

—Tuvo un buen fotógrafo —respondió el muchacho con un poco de agresividad, y tomó entonces de regreso la tableta, apagándola.

Samara se hizo hacia atrás, sentándose en la silla en la que había estado Mabel. Miró pensativa al suelo, perdida en el propio pensamiento que le daba vueltas…

Al momento de ver aquella foto, a su mente le había venido la extraña visión en la fiesta de la noche anterior; la imagen de aquella chica desconocida que había empujado a la Otra Samara lejos, y que la había volteado a ver por unos momentos, antes de desaparecer. No había podido verla lo suficiente como para grabarse su rostro en la memoria, pero… tenía el presentimiento de que se parecía mucho a la chica de esa foto.

«¿Será ella…?»

— — — —

Como habían acordado, James guio a Mabel al medio baño de visitas de la sala. La Doncella caminó todo el trayecto con la mirada agachada, retirada en su propia cabeza. Una vez que estuvieron frente a la puerta, ella se adelantó para entrar sola.

—Dame sólo un minuto, por favor —le pidió a su compañero sin mirarlo.

—¿Qué es lo que pasó? —Preguntó James con inquietud.

—Sólo un minuto —repitió Mabel tajantemente, y cerró entonces la puerta del baño detrás de ella. James se quedó afuera, bastante confundido pero igual respetaría los deseos de su mujer todo lo que pudiera.

Por su parte, una vez dentro del baño y estando sola, Mabel dejó salir aunque fuera un poco las emociones que la saturaban en esos momentos, en forma de sollozos silenciosos. Su cuerpo comenzó a temblarle un poco, e incluso se dejó caer de rodillas al suelo, mientras se abrazaba con fuerza. No podía creer que realmente eso estuviera pasado; no era sólo ese chico y esas tres niñas, sino que ella también estaba ahí, demasiado cerca…

Se sentía rodeada y saturada. ¿Qué se suponía que debía hacer con todo eso? No tenía idea; ni la más remota…

Se puso de pie un poco más tranquila y se aproximó al lavabo. Lo que había dicho sobre mojarse la cara no había sido del todo mentira; esperaba que al menos le ayudara a calmarse un poco. Se vio unos momentos en el espejo sobre el lavabo, contemplando su rostro. El buen color que había tenido esos días tras probar el vapor que James le había dado parecía haber menguado un poco tras esa impresión. Abrió las llaves del agua y se agachó para poder humedecerse el rostro con sus manos. La sensación fría ciertamente fue al menos refrescante. Le permitió recuperar un poco la compostura, pero seguía sin tener claro lo que haría una vez que saliera de ese baño.

Cerró la llave de agua y se enderezó. Sus ojos se posaron en el espejo de nuevo, en su rostro pálido… y la repentina figura que se había materializado en el reflejo justo detrás de ella.

Mabel se sobresaltó, soltó un pequeño quejido no muy alto. A través del espejo percibió los ojos duros y desafiantes de Rose la Chistera, brillando como dos monedas de plata, tan vívidos como los había visto aquella noche. Sólo que ese momento no era un sueño, y… quizás aquel otro tampoco lo había sido.

—Ella está aquí —declaró ferviente la voz de Rose a sus espaldas, sonando igual y tan clara como la había oído tantas veces—. La mocosa vaporera que me mató a mí y a todos nuestros hermanos. Está aquí mismo, al igual que este bastardo que tanto nos ha humillado. Es el momento de que tomes venganza por todo el Nudo Verdadero, acabes con ambos y te los devores; al igual que a esas niñas que están con él.

—No hay forma de que James y yo solos podamos con uno de ellos, mucho menos con ambos —musitó Mabel despacio, su mente ya no cuestionándose si lo que veía era una alucinación o no—. Pero ella, la tal Abra… Si fue tan fuerte para derrotar a todo el Nudo Verdadero, ella quizás sea la única que pudiera acabar con Thorn. Él la quiere muerta, y ella debe estar aquí porque viene detrás de él. Si logro hacer que se enfrenten…

Antes de que pudiera terminar su idea, vio en el reflejo como Rose se le aproximaba rápidamente, y sintió entonces como la tomaba con fuerza de su cabello con una mano, y luego empujaba su cabeza violentamente al frente, pegando su rostro contra el espejo y apretándolo hasta que le doliera.

¿Eso era real?, ¿Rose realmente estaba ahí con ella? ¿Cómo era eso posible?

—¡¿Estás hablando de rebajarte a pedirle ayuda a esa?!, ¡¿a nuestra peor enemiga?! —Le gritó Rose con fuerza, cerca de su oído—. No creí que pudieras caer aún más bajo, Doncella.

—¡Si no hacemos algo para destruir a este chico, seremos sus esclavos para siempre! —Se defendió Mabel a como su posición le permitía—. ¡Es nuestra única oportunidad!

—Oportunidad de arrastrarte a los pies de otro paleto; de estos patéticos seres que se suponía debían ser nuestra comida. No puedo creer que ahora el destino de nuestra tribu esté en manos de alguien tan cobarde como tú…

—¡No tengo por qué escucharte! —Exclamó Mabel con coraje, apoyando sus manos en la pared para empujarse lejos del espejo—. ¡Tú hiciste qué nos enfermáramos!, ¡tú hiciste que esa chica matara a todos al no querer dejarla en paz! ¡Tú eres quien llevó al Nudo Verdadero a la perdición!, ¡no yo!

El empuje que Rose le aplicaba desapareció abruptamente, por lo que su cuerpo terminó desplomándose hacia atrás, cayendo de espaldas al piso. Alarmada miró a todas direcciones, esperando ver a su antigua líder ahí de pie en algún rincón. Sin embargo, igual como había pasado la otra noche, desapareció tan repentinamente como había aparecido.

La puerta del baño se abrió en ese momento. James entró y la miró en el suelo, visiblemente asustado.

—¡Mabel!, ¿qué pasó? —Dijo James mientras se agachaba a su lado para ayudarla a levantarse—. Te oí gritar, ¿con quién hablabas?

—Yo… —balbuceó Mabel ausente y distraída mientras se paraba. Seguía mirando a su alrededor en busca de Rose, pero era claro que se había ido… o nunca había estado ahí en primer lugar—. James, hay algo que tengo que decirte…

—¿Todo bien? —Escucharon la voz de Damien pronunciar en ese momento desde la puerta. Ambos se viraron al mismo tiempo, y ahí vieron al muchacho Thorn, de pie con sus manos en sus bolsillos, observándolos con atención.

—Sí, todo está bien —respondió Mabel rápidamente, pero su respuesta claramente no lo satisfizo, e incluso su mirada se endureció con enfado.

Por un momento pareció tener la intención de ingresar él también al pequeño baño, y sólo él sabría qué tenía pensado hacer una vez que tuviera a ambos así de cerca. Sin embargo, antes de que diera el primer paso, un tintinear proveniente de la sala llamó su atención.

Damien se viró hacia atrás. Aquel sonido era el del intercomunicador de la pared que se conectaba con la recepción del edificio. Observó entonces como uno de sus guardaespaldas tomaba la iniciativa de ir él mismo a responder. Tomó el auricular y lo colocó contra su oído.

—¿Sí? —Pronunció despacio por el teléfono. Hubo una pausa en la cual la persona al otro lado le informaba el motivo de su llamada—. ¿Cómo dice? —Hubo otra pausa más corta—. Sí, permítame…

El guardaespaldas bajó el auricular, tapándolo con una mano para amortiguar el sonido que se pudiera escuchar, y entonces se giró hacia Damien.

—Joven Thorn, es de recepción. Dicen que hay una persona allá abajo que lo está buscando.

Damien achicó los ojos, un tanto confundido. Miró una última vez a James y Mabel, y entonces se olvidó de ellos de momento y se aproximó al guardaespaldas.

—¿A mí? ¿Preguntaron por mí en específico?

—Así es —asintió el guardia.

Aquello ciertamente despertó su curiosidad. En el tiempo que llevaba en Los Ángeles, la única visita inesperada que había recibido era Verónica… bueno, y técnicamente Esther y las otras, aunque a ellas al menos ya las esperaba. Sería más posible que fueran preguntando por Ann, en todo caso.

—Pon el altavoz y pregunta quién es esa persona —le ordenó Damien al guardaespaldas estando ya de pie a su lado. El hombre obedeció de inmediato, prendiendo el altavoz y colocando de nuevo el auricular en su sitio para que ambos pudieran oír.

—¿Cómo se llama esa persona? —Cuestionó el Guardaespaldas en alto.

— — — —

En recepción, el guardia que había marcado bajó unos momentos su respectivo auricular, y centró su atención en la persona frente al módulo de seguridad.

—¿Puede repetirme su nombre, por favor? —Le preguntó con amabilidad con el fin de poder dar el dato exacto.

La persona visitante introdujo su mano derecha en el interior de su bolsillo, sacando de ahí un objeto que sostuvo en el alto delante de él para que el guardia pudiera verlo con claridad: una placa de oficial de policía.

—Detective Cole Sear, de la Policía de Filadelfia —respondió con tono serio y discreto el hombre rubio de saco y pantalones azules.

FIN DEL CAPÍTULO 97

Notas del Autor:

Sólo puedo decir que ya se prendió esto, damas y caballeros. Confieso que estoy emocionado, pues todas las piezas ya están cayendo en su lugar, y aquí comienza lo que tanto se había estado preparando durante tantos capítulos desde que dejamos Eola. Y será de no parar, así que estén al pendiente de las siguientes actualizaciones. ¡Nos vemos muy pronto!

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

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+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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