Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 96. No debes titubear

8 de mayo del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 96. No debes titubear

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 96.
No debes titubear

No había muchas personas dentro del Nido, o incluso del DIC en general, que conocieran por completo la historia de Gorrión Blanco. La mayoría en efecto sabía que se trataba de una UP con grandes habilidades, que había terminado en coma cuatro años atrás en un incidente desconocido, y que los directores estaban muy interesados en despertarla para usarla como un arma en contra de aquellos UP’s que representaban un riesgo mayor. Desconocían, sin embargo, que su nombre real era Carrie White, los detalles de su pasado, y el incidente ocurrido la noche del Baile Negro en Chamberlain, Maine. No sabían de las decenas de edificios arrasados por los múltiples incendios que había provocado, o de los cientos de muertos por su causa, incluida su propia madre.

Y entre los que en efecto ignoraban todo eso, se encontraba incluso la propia Carrie de ahora veintidós años. Para ella era una agente del DIC con el nombre de Gorrión Blanco, que había caído en coma durante una misión, y la confusión que sentía al respecto de los detalles de aquel suceso o de su propia vida, era un efecto secundario de dicho estado. Todo eso gracias a esas “programaciones” que se habían encargado de implantar mientras dormía; recuerdos falsos e instrucciones insertadas en su cerebro, cortesía de otros colaboradores del DIC con sus propias habilidades únicas y muy útiles.

Fuera como fuera, Carrie, o más bien Gorrión Blanco, parecía haberse ajustado bien a esa vida falsa, y la había aceptado con facilidad. Una vez que pudo pararse, se cortó su maltratado cabello hasta los hombros, y se dispuso a comenzar su entrenamiento sin protesta. Le habían indicado que debía de ponerse en forma lo antes posible, pues había varias misiones en puerta esperándola, y requerirían de sus capacidades únicas. Aún en su confusión, Carrie aceptó aquello con cierta emoción.

Y así había estado los últimos días, entrenando combate cuerpo a cuerpo, y en especial el manejo de su telequinesis. Ambas cosas parecían ser pan comido para la chica, que no tardó mucho en acoplarse a la rutina, e incluso llegar disfrutarla.

 Esa mañana temprano, como todas los anteriores, Gorrión Blanco se encontraba en una sala de entrenamiento. Era un área amplia de forma circular con suelo acolchado, algunas bancas y dispensadores de agua. Había además ventanales abiertos a cada lado del cuarto, por los cuales algún observador podría echar un ojo desde los pasillos adyacentes. En el centro había un área hexagonal marcada con rojo y blanco, en donde se llevaban a cabo los combates de práctica. Y era justo ahí en donde cinco de los soldados del equipo militar de la base la tenían rodeada, y uno a uno se le lanzaba encima para intentar derribarla.

Gorrión Blanco, de pie en el centro del hexágono, se defendía lo mejor posible de cada uno de sus atacantes, usando sus técnicas de cuerpo a cuerpo, pero principalmente sus habilidades telequinéticas para así detenerlos y alejarlos de ella. Cubría sus golpes, les barría los pies, o simplemente los empujaba con su sola mirada, alejándolos y manteniéndolos fuera de su hexágono. Los cinco intentaban sorprenderla aproximándose con rapidez desde diferentes direcciones, pero ella se las arreglaba para reaccionar y evitarlos.

El sargento Frankie Schur, que se había encargado de supervisar todo el proceso de entrenamiento de la chica desde el comienzo, estaba también presente en esos momentos, observando todo desde un costado de la sala. Aunque como de costumbre se mostraba impasible, lo cierto es que él mismo estaba impresionado por la forma en la que la nueva agente progresaba. No podía evitar preguntarse si dichas capacidades podrían ser a raíz de las programaciones (de las que él estaba bien enterado), de un efecto que el Lote Diez había tenido en su persona, o quizá a un talento innato que ya existía desde antes en Carrie White.

Los cinco soldados siguieron intentando taclear a Gorrión Blanco por un rato, hasta que Frankie Schur aplaudió tres veces seguidas, indicando así el momento de tomar un descanso. Todos pudieron entonces relajarse, incluida la propia Gorrión Blanco. Aunque, en realidad, los soldados no lograban como tal sentirse calmados en presencia de su nueva “compañera.”

Aunque la mayoría de los elementos del Nido en efecto desconocían su pasado, lo que ya casi ninguno ignoraba era el horrible suceso ocurrido en el Quirófano 24, y la cantidad de soldados y equipo médico que habían muerto esa noche. A pesar de que se hizo el intento de mitigar los más escabrosos detalles, para esos momentos casi toda la base los conocía. Y aun así estaban prácticamente obligados a convivir con esa mujer, y actuar como si nada hubiera ocurrido.

Gorrión Blanco parecía no percatarse de la forma tan aprensiva con la que todos la miraba, incluidos los cinco soldados que estaban con ella en esa sala. Frankie, por su lado, había hecho el intento de ser un punto de apoyo para ella en ese sentido; más por obligación que por verdadero deseo.

—Lo estás haciendo muy bien, Gorrión Blanco —murmuró Frankie, aproximándose cauteloso a la muchacha rubia. Le tiró entonces una toalla limpia que ella atrapó rápidamente en el aire con una mano.

—Muchas gracias, sargento —murmuró sonriente la joven, mientras pasaba la toalla por su cara para limpiarla de cualquier rastro de sudor debido al extenuante ejercicio.

Frankie la contempló fijamente, procurando no ser demasiado evidente. La chica se veía de buen humor; sonreía, y su postura reflejaba bastante seguridad. Parecía como si estuviera bastante acostumbrada al ambiente y el entrenamiento militar, como si lo hubiera hecho toda la vida. Y de seguro ella así lo creía…

—¿Cómo te sientes? —Le preguntó Frankie con mesura—. ¿Estás agotada?

—En lo absoluto, sargento —respondió Gorrión Blanco, alzando su rostro hacia él con confianza—. En realidad, me siento muy bien al usar mis poderes.

Al mencionar esto, extendió su mano hacia el frente, y la toalla que usaba se desprendió sola de su mano y salió disparada hacia el frente como si la hubiera lanzado, aunque su mano ni siquiera se movió. Frankie reaccionó rápidamente, atrapándola con una mano antes de que lo pasara de largo por un costado.

—Cada vez que los uso, me siento más viva —añadió la rubia—, y esa nube de confusión que me rodeaba al momento de despertar se disipa un poco. Creo que estoy volviendo paso a paso a ser yo misma.

Gorrión Blanco sonrió ampliamente, alegre por lo que acababa de comentar. Sin embargo, Frankie se mantuvo estoico ante su comentario.

—Ya veo… Es bueno oírlo —susurró el sargento despacio, intentando sonar lo más sincero que le era posible.

Él sabía bien que eso que sentía de volver a “ser ella misma,” era de hecho todo lo contrario. Aquello era su mente aceptando las programaciones y recuerdos que le implantaron. Era algo que a modo personal no le agradaba en lo absoluto al militar. Y por cualquier otra persona sentiría pena y quizás un poco de remordimiento, aunque su propia naturaleza no le permitiera exteriorizar algo de ello. Pero en el caso de esa chica, saber de antemano quién era y lo que había hecho le ayudaba a justificarse de alguna manera, y decirse a sí mismo que era mucho mejor que fuera quien era ahora, en lugar de volver a ser quien era antes…

—¿Te parece bien si continuamos? —sugirió Frankie, en parte queriendo dejar aquel tema de lado.

—Sí, por favor —asintió Gorrión Blanco, al parecer emocionada por proseguir.

Frankie volvió a aplaudir tres veces, y los cinco soldados se pararon de nuevo, listos para continuar con el entrenamiento de su nuevo elemento, aunque no por ello estaban contentos por la idea.

— — — —

El director Sinclair aterrizó temprano esa mañana en el helipuerto del Nido. Venía acompañado de un par de sus asistentes de confianza, y traía consigo algo de equipaje para algunos días. Estaba a punto de ocurrir algo importante, y tenía pensado quedarse en el Nido el tiempo que fuera necesario para dirigir todo desde ahí. No era común que permaneciera en dicha base más de unas horas, pero contaba con una habitación privada que estaba siempre a su disposición cuando fuera el caso.

Al arribar, fue recibido directamente por el capitán McCarthy, que estaba por igual contento y nervioso de tenerlo de vuelta ahí tan pronto. Su última visita había traído algunas cosas buenas y otras malas, quedando a interpretación de cada persona cuál era cuál. Y aunque no había recibido alguna notificación previa sobre el motivo de su visita, el capitán presentía que estaba de alguna forma relacionado con el mismo tema; el mismo difícil e incómodo tema.

Mientras sus asistentes se encargaban de acomodar sus cosas en la habitación, Lucas y McCarthy comenzaron a caminar por la base al tiempo que platicaban. En específico Lucas había pedido ir a echar un vistazo a la zona de entrenamiento en donde Gorrión Blanco se encontraba en esos momentos, para poder ver con sus propios ojos su progreso. McCarthy accedió.

Mientras caminaban por los largos pasillos, Lucas aprovechó para comentarle sobre el otro asunto que les concernía hasta hace poco sólo a ellos dos, y ahora a una persona más.

—Hablé esta mañana con la rastreadora de la Fundación que nos ayudará con nuestro asunto —indicó Lucas, y entonces una inusual sonrisa burlona se asomó en sus labios—. Una simpática mujer llamada Mónica, que me llamó cerdo fascista al menos tres veces durante nuestra llamada.

McCarthy pareció azorado por tal presentación, y especialmente por la naturalidad con la que la había pronunciado.

Durante su última visita, surgió en ellos la duda de si acaso existía una fuga de información en el DIC, en específico en el Equipo de Inteligencia dirigido por Douglas. Esta duda había surgido en base al extraño caso del expediente de Damien Thorn, y cómo había sido en apariencia hecho de lado sin darle mayor importancia. Sabiendo lo que se sabía ahora, aquello carecía de sentido, a menos de que hubiera habido una tremenda negligencia por parte de alguien, o malas intenciones desde el inicio. Y como tal incertidumbre no les permitía hacer una investigación interna confiable, habían barajeado la opción de pedirle su apoyo a la Fundación Eleven.

McCarthy mismo lo había sugerido, pero hasta él estaba sorprendido de que en verdad el director Sinclair lo hubiera logrado, y en especial tan rápido. Y la descripción de la persona que al parecer los ayudaría… le quitaba un poco el gusto a dicha sorpresa.

—No parece alguien en quien podamos confiar del todo —murmuró McCarthy, dubitativo.

—Al contrario —musitó Lucas, mostrándose bastante más confiado que el capitán—. Se esforzó tan poco en ocultar su desagrado por mí y las “instituciones corruptas que represento,” que es evidente que la honestidad no será un problema con ella. Además, parece que tiene habilidades adicionales un tanto más convencionales, que igual serán útiles en esta investigación. Pero dejó muy claro que lo hacía únicamente por El y por la Dra. Honey. Así que esperemos que encuentre algo.

—O de preferencia que no lo encuentre —añadió McCarthy rápidamente.

—Sí, tienes razón —asintió Lucas, aunque no concordaba del todo con dicho deseo. Pues el que no encontrara nada, tampoco le daría la seguridad de que no hubiera algo oculto detrás de todo ese asunto; si acaso sólo la posibilidad de que su traidor sabía esconderse mucho mejor de lo esperado.

Poco después llegaron hasta la sala en donde habían ya reanudado el entrenamiento de Gorrón Blanco. Los cinco soldados habían añadido mayor dificultad, pues ahora no se lanzaban de uno en uno, sino de dos o tres a la vez, o incluso los cinco al mismo tiempo. Esto provocaba que la mujer tuviera que reaccionar mucho más rápido, e inevitablemente más agresiva, empujándolos a todos lejos de ella con su telequinesis, a veces quizás pasándosele un poco la mano.

Lucas y McCarthy permanecieron en silencio unos minutos, observando todo el proceso a través de uno de los ventanales. Con todo lo que ambos veteranos habían visto después de tantos años, era difícil que algo los impresionara. Sin embargo, ambos debían admitir que las habilidades de Gorrión Blanco no les resultaban indiferentes.

—Veo que ya está totalmente recuperada —señaló Lucas, justo después de ver como la chica le había hecho a una llave a uno de los soldados para tirarlo al suelo, mientras que a los otros cuatro los había empujado sin tocarlos hacia los lados, derribándolos de espaldas a la colchoneta.

—Frankie se ha encargado de prepararla —informó McCarthy—. Su cuerpo está en muy buena forma, a pesar del tiempo que estuvo inconsciente. Russel cree que fue debido a un efecto reparador no previsto del Lote Diez. Y las programaciones parecen funcionar a la perfección.

Lucas asintió, y sus ojos se posaron entonces en Frankie, que observaba todo afuera de la colchoneta, con sus brazos cruzados y rostro sereno. La última vez que lo vio lo estaban sacando inconsciente del ahora infame Quirófano 24 sobre una camilla. Le agradaba verlo ahí de pie y, en apariencia, en perfecto estado.

—¿El sargento Schur también está recuperado?

—Siempre ha sido un hombre duro —le respondió McCarthy—. Estaba de pie dos días después de todo aquel horrible incidente.

—¿Y no tiene problema con trabajar con la responsable de la muerte de diez personas, incluidos compañeros suyos?

Ese último cuestionamiento no fue tan sencillo de responder para McCarthy. Y lo fue aún menos cuando en ese momento Gorrión Blanco, para repeler a uno de los soldados que casi había llego a tocarla, reaccionó asertivamente extendiendo una mano hacia él, e inmediatamente el cuerpo del soldado fue lanzado con violencia hacia un lado, con bastante más fuerza que las veces anteriores. Su espalda terminó chocando contra el vidrio templado por el cual Lucas y McCarthy observaban, haciéndolo temblar pero sin rasguñarlo siquiera. Ambos hombres hicieron sus cuerpos un poco hacia atrás por la impresión, pero permanecieron de pie en sus lugares.

El soldado cayó de sentón al suelo duro. El golpe no había sido tan grave, pero sí lo suficiente para que el hombre se sintiera adolorido de su espalda, además de su trasero al caer fuera de la colchoneta. Al notar lo que había ocurrido, todos los demás se detuvieron sin necesidad de recibir la indicación, y Gorrión Blanco se aproximó alarmada hacia el hombre.

—Lo siento, déjame ayudarte —murmuró Gorrión Blanco, extendiéndole una mano para ayudarlo a pararse. El reflejo inmediato del soldado, sin embargo, fue extender su mano con violencia, y apartar la de la chica hacia un lado. Sus ojos además revelaron un intenso enojo, mientras se clavaban fijos en ella. Todo ello ante los ojos curiosos de McCarthy y Lucas.

Antes de que las cosas se pusieran peor, Frankie intervino, aproximándose hacia ahí para colocarse entre Gorrión Blanco y el hombre caído.

—Creo que ya fue suficiente por hoy —indicó el sargento con dureza—. Ayúdenlo, por favor —le indicó a los otros soldados presentes, y dos de ellos se apuraron justo a hacerlo.

Frankie alzó su mirada, echándole un vistazo a sus dos espectadores al otro lado del cristal. Se limitó a asentir a modo de saludo más informal de momento, y se viró entonces hacia Gorrión Blanco. La tomó de los hombros y la guio para que ambos se alejaran del cristal y se sentaran en una banca. Al mismo tiempo, los dos soldados ayudaron a su amigo en el suelo, que caminó cojeando un poco en la dirección contraria.

—Frankie es un profesional dedicado —murmuró McCarthy una vez que todo parecía haberse calmado—. Sabe muy bien cómo funcionan las cosas aquí, y las acepta como el soldado ejemplar que es.

—Entiendo —murmuró Lucas despacio, y comenzó entonces sin aviso a caminar por el pasillo, alejándose del ventanal y de la sala de entrenamiento—. Y, por lo que veo, parece que sabe bien cómo tratar a Gorrión Blanco.

—No sé si yo lo diría de esa forma —añadió McCarthy, andando a su lado—. Pero sí, me parece que ambos han congeniado bien. Creo que ella confía más en él porqué también posee habilidades como las suyas; diferentes, claro, pero lo suficientemente similares.

—Me alegra escuchar eso, por qué quiero que él la acompañe en el operativo de aprehensión de Thorn y McGee. Como apoyo, pero también como seguro por si algo sale mal.

—Se lo comunicaré, y sé que estará más que dispuesto. —El capitán guardó silencio unos segundos, y entonces preguntó—: ¿Ya se decidió a mandarla de frente contra los dos objetivos?

—Esa era ya una decisión tomada desde el inicio, McCarthy —le respondió Lucas secamente.

Y ciertamente así era. No por nada había usado tal deseo como excusa para presionar al Dr. Shepherd a que probaran el Lote Diez de inmediato en la joven. Al igual que los otros, McCarthy también tenía sus dudas sobre mandar a esa chica a una misión tan crucial y peligrosa, especialmente cuando sólo llevaba consciente unos cuantos días. Pero el director estaba más que decidido a actuar; ya fuera por alguna vendetta personal contra Charlie McGee por todo lo que les había hecho con el pasar de los años, o contra Damien Thorn por lo que le había hecho a su vieja amiga, Jane Wheeler.

Ya muchos habían intentado convencerlo de que desistiera de esa idea, sin mucho éxito e incluso resultando perjudicados. Él estaba seguro de que era su mejor oportunidad para detener a esos dos, y nada lo haría cambiar de opinión. Así que a ellos sólo les quedaba obedecer, y esperar lo mejor.

—¿Ya se tiene una fecha programada para el operativo? —Cuestionó McCarthy, un poco resignado para ese punto. Sin embargo, la respuesta que recibió terminó por agitarlo tanto que dicha resignación se hizo añicos…

—Esta misma noche.

—¿Esta noche? —Exclamó McCarthy incrédulo, deteniendo su andar de golpe.

—A eso vine exactamente —se explicó Lucas, deteniéndose también y virándose hacia él—. Albertsen ya tiene un escuadrón de sus hombres en la Base Edwards preparándose para el despliegue. Gorrión Blanco y el Sargento Schur se les unirán hoy mismo. Así que cite a ambos en la sala de operaciones en media hora para darles las instrucciones generales. Y que vayan preparando un helicóptero para llevarlos a tomar su avión. Quiero que estén en California antes del atardecer.

Dada dicha instrucción, Lucas reanudó su marcha considerando que ya estaba todo dicho. Sin embargo, McCarthy no estaba para nada de acuerdo.

—Esto es demasiado pronto, señor —señaló alarmado el capitán, apresurándose para alcanzarlo—. No creo que Gorrión Blanco esté lista.

—Deberá estarlo. Tenemos confirmación de la ubicación de ambos objetivos en Los Ángeles. Tuvimos reportes de que ayer ambos dejaron la ciudad unas horas y casi los perdimos, pero ya los tenemos de nuevo localizados. Además, Ann Thorn viene de regreso, sino es que ya está aquí. Si queremos hacer esto, tiene que ser hoy mismo, especialmente antes de que nuestra fuga le avise lo que haremos a la Sra. Thorn, y ésta intente sacar a su sobrino del país.

Aún antes de comenzar la investigación, el director parecía ya haber decidido por su cuenta que en efecto sí había una fuga, y que ésta estaba ligada directamente con los Thorn. Y de cierta forma también había decidido culpar a Damien y Ann Thorn de todo lo que él creía que habían hecho, a pesar de que dicha investigación tampoco estaba concluida…

—¿Será sensato exponernos de esa forma sólo por las prisas y las paranoias? —Murmuró McCarthy despacio—. Si mandamos a la chica sin tener completa seguridad de poder controlarla, las cosas se pueden poner peor.

—Ya suenas igual que Cullen y el Dr. Shepherd —respondió Lucas, con un casi inapropiado tono burlón—. Si acaso las cosas se salen de control, Frankie tendrá sus instrucciones aparte sobre qué hacer. —Guardó silencio, observando al militar con cierta dureza en su mirada—. ¿Nos entendemos?

—Sí, señor.

Y por supuesto, lo entendía. Lo había captado desde el momento en el que dijo que quería a Frankie en el operativo “por si algo sale mal.”

—Muy bien —asintió Lucas—. Cítelos entonces a más tardar en media hora.

Y dicho eso reanudó su marcha en dirección a los elevadores, y claramente se disponía a hacerlo solo pues ni siquiera se detuvo a aguardar a su acompañante. Y éste no lo siguió en esa ocasión. Se quedó de pie, meditando poco en todo.

Davis McCarthy se consideraba un buen soldado, acatador de todas las órdenes que le daban. Pero todo ese asunto de Gorrión Blanco y el Lote Diez lo había tenido algo inquieto desde el mero inicio, sin que el capitán pudiera identificar claramente la causa. Quizás los años lo habían ido ablandando un poco como decían algunos. Después de todo era padre de una jovencita apenas un par de años menor que Carrie White, y quizás le era un poco difícil no sentirse de cierta forma empático con ella, a pesar de la oscura historia que la precedía.

Pero no podía dejar que esos pensamientos lo distrajeran. Él tenía una misión en ese sitio, y Gorrión Blanco era sólo la herramienta que usarían para cumplirla. Eso era en lo único que debía enfocarse.

— — — —

Para su desgracia, Lisa continuaba aún metida en el Nido. A pesar de la horrible experiencia que había vivido, tenía que continuar con su trabajo hasta que éste estuviera concluido. Por suerte, presentía que dicho momento ya estaba bastante cerca.

Esa mañana no fue al gimnasio (no había tenido interés alguno en correr desde lo sucedido en el Quirófano 24), y la pereza le pudo tanto que ni siquiera se dio una ducha. En su lugar, luego de despertarse y vestirse se dirigió directo a su… ¿oficina? No creía que pudiera llamarle de esa forma, pues se trataba en realidad de la sala médica en donde hasta hace poco Gorrión Blanco reposaba, pero que ahora era prácticamente para su uso exclusivo. Nadie le había dicho algo sobre cambiarla de sitio, aunque ella tampoco lo había solicitado. Ya todo le importaba tan poco que consideró la posibilidad de que estuviera sufriendo de algún tipo de depresión, o al menos estrés postraumático; ambas opciones tenían bastante sustento. Pero confiaba en que todo eso se le pasaría una vez que saliera de ese agujero.

Esa mañana, cuando ingresó a la sala, lo primero en lo que se percató fue en el área de trabajo ubicado a la derecha del suyo; el sitio que hasta hace unos días era usado por el Dr. Joe Takashiro. A diferencia de cómo habían estado esos días, esa mañana el escritorio y estantes se encontraban totalmente vacíos. Todos los papeles y expedientes se habían ido, al igual que los objetos personales que el Neurólogo tenía ahí mismo, como un pisapapeles con la forma del estadio de los Red Sox, y una pelota de baseball autografiada por… en realidad Lisa no tenía idea por quién, pero suponía que había una historia interesante detrás de ella. Además de que más de una vez lo vio lanzarla sobre su cabeza para posteriormente atraparla con las manos mientras intentaba concentrarse o distraerse, según fuera el caos.

Todo eso había desaparecido, como si Joe Takashiro nunca hubiera estado en ese cuarto. Lisa sintió una pequeña presión en el pecho al notarlo. Cada mañana luego de lo ocurrido, le causaba algo de ansiedad ver ese lugar y recordar a su ocupante, e irremediablemente recordar la mórbida forma en la que su cabeza le colgaba hacia un lado con su cuello roto… Pensaba que una vez que se llevaran todo eso se sentiría más tranquila, pero evidentemente no fue así.

Una vez que Gorrión Blanco estuvo de nuevo de pie, lo que Lisa había tenido que hacer los siguientes días era monitorearla, especialmente su estado físico con el fin de detectar cualquier irregularidad que pudiera derivarse de los efectos del Lote Diez. Para ello, al inicio de cada día se le había estado sacando muestras de sangre, mismas que Lisa encontraba cada mañana en el pequeño refrigerador de esa sala, listas para que les realizara todos los análisis pertinentes. Así que sin mucha espera, sacó los tubos con sangre, se sentó en su lugar, se colocó los lentes de repuestos que le habían conseguido ahí mismo (pues los suyos se habían roto en aquel brutal ataque), y se puso manos a la obra.

Con respecto al estado de salud de Gorrón Blanco, hasta el momento todo parecía estar bien. De hecho, bastante bien…

Los análisis de sangre que se le habían hecho anteriores a la aplicación del Lote Diez mostraban algunas deficiencias de cuidado, pero nada inesperado en una persona con tanto tiempo en coma. Sin embargo, los resultados más recientes revelaban que su cuerpo se había ido recuperando a un ritmo acelerado, hasta que los de ese mismo día mostraban en todos sus niveles una salud simplemente envidiable; como si esos cuatro años en coma nunca hubieran ocurrido.

«¿Es esto también un efecto del Lote Diez?», se preguntaba Lisa, pero la respuesta parecía evidente. Este químico había tenido la capacidad de recuperar el tejido cerebral dañado de la muchacha, y al parecer también había logrado sanar físicamente de otras varias cosas más.

¿Qué más podría hacer? ¿Podría curar algunas otras enfermedades y dolencias? ¿Podría quizás incluso ayudar a eliminar las células cancerígenas o reparar órganos dañados? Sería en verdad lo más parecido a un elixir mágico… si no causara de momento la horrible muerte de al menos el 90% de los sujetos a los que se les administraba.

Lisa se encontraba tan ensimismada en aquellas reflexiones, al tiempo que llenaba a mano el reporte con los últimos resultados, que el pitido electrónico de la puerta la alarmó un poco, haciéndola saltar en su silla. Al virarse hacia la entrada, contempló casi de inmediato la cara del Dr. Shepherd asomándose hacia el interior.

—Buenos días, señorita Mathews —saludó el hombre de cabeza rapada, entrando a la sala y cerrando la puerta detrás de él. Bajo su brazo traía lo que parecía ser un legajo color gris—. Qué bueno encontrarla aquí.

Lisa no le regresó el saludo, y por su expresión dura y severa no parecía en realidad tan contenta de verlo como él lo estaba de verla a ella. La química se giró de nuevo a su reporte para terminar lo que estaba haciendo, y comentó en voz alta:

—Ya se llevaron las cosas del Dr. Takashiro.

Russel se viró hacia el escritorio en el rincón de la sala, notando igualmente que estaba completamente vacío.

—Sí, así parece.

—¿Se las mandaron a su familia? —Cuestionó Lisa, intentando no demostrar demasiado interés—. ¿Tenía esposa o hijos?

—Lo siento, yo no estoy muy enterado de esos detalles personales de mi equipo —rio el Dr. Shepherd, encogiéndose de hombros.

«Pero sí sabe quién es mi novio, ¿no?» pensó Lisa con molestia, aun recordando claramente la conversación que habían tenido aquella horrible noche tras lo sucedido. Quizás sólo le interesaban los detalles personales de algunos miembros de su equipo.

—Estoy seguro que se dispuso de sus pertenencias de la mejor forma —añadió Russel poco después con una postura más seria. Lisa enserio esperaba que fuera así, y que no hubieran terminado siendo incineradas en la caldera de algún sótano secreto de ese lugar.

Lisa se tomó unos segundos más para terminar de llenar su reporte. Una vez hecho, colocó todos los papeles en un mismo expediente, lo cerró con algo de fuerza y se retiró de inmediato esos lentes prestados. Al parecer estos no eran precisamente de su graduación, pues si los usaba demasiado terminaba con dolor de cabeza; pero si no los usaba al momento de leer o escribir, ocurría el mismo resultado.

—Supongo que viene por esto —indicó Lisa, extendiéndole al Dr. Shepherd el folder color verde. Russel lo tomó con cuidado, y comenzó a hojearlo un poco—. Son los reportes completos de los análisis que se le ha hecho a Gorrión Blanco estos días. En cada prueba, todos los niveles han sido normales, o incluso mejor que eso. Su recuperación, al menos en lo que respecta a la parte química que me concierne, parece haber sido completa. En lo que respecta al estado físico de su cerebro y las lesiones que presentaba antes de despertar… le sugiero conseguir un nuevo neurólogo.

—Ya veo —susurró Russel con voz neutra mientras continuaba revisando el expediente. Tras unos momentos lo cerró y levantó su mirada fija hacia ella de nuevo—. ¿Ha hablado con ella?

—¿Disculpe? —Exclamó Lisa, confundida.

—Con Gorrión Blanco. Escuché que toda la toma de muestras y análisis en físico los ha delegado a los otros asistentes del laboratorio.

Lisa palideció ante tal cuestionamiento, o quizás más bien a la idea de que se hubiera siquiera atrevido a hacerle tal pregunta. Por supuesto que no había hablado con esa mujer; ni siquiera había querido verla. De hecho, se las había arreglado para que su sangre fuera el único contacto que tuvieran. ¿Quién querría estar cerca de ese monstruo luego de lo que había hecho…? Tenía grandes deseos de gritarle eso, seguido quizás de alguna bofetada, aunque no tenía claro el porqué de esto último. Pero pudo tener la suficiente mesura para no hacer ninguna de las dos cosas.

—No es parte de mis obligaciones hacer esas cosas yo misma —murmuró con una calma indudablemente asertiva—. Y ya que tocamos el tema de mis obligaciones, creo que es justo decir que mi participación en este proyecto ya ha sido concluida, y el resultado ha sido apropiado. Así que, si está de acuerdo, quisiera volver a Seattle y a mi laboratorio habitual lo antes posible.

Sin esperar respuesta alguna por parte del Dr. Shepherd, Lisa se puso de pie y se apresuró a retirarse su bata blanca al tiempo que daba toda esa explicación, para posteriormente colocarla sobre el respaldo de la silla.

—Espero esté satisfecho con mi labor y hable bien de mí con mis jefes.

—Por supuesto —asintió Russel—. Está de más decir que superó gratamente mis expectativas, señorita Mathews; la de todos. Y es por eso que el director Sinclair me autorizó a hacerle esta propuesta formal.

Russel tomó entonces el legajo gris que traía consigo, y se lo extendió. Lisa se giró lentamente hacia él, observando con inquietud el expediente.

—¿Propuesta de qué?

—De empleo, señorita Mathews —aclaró Russel con efusividad—. Quiero que venga a trabajar a mi equipo de investigación, de tiempo completo.

Lisa lo observó incrédula, virando su atención entre el legajo y su rostro, intentando identificar si acaso se trataba de algún tipo de broma. Su mano se alzó casi por mero reflejo, tomando el expediente. Al abrirlo e intentar leerlo, la falta de anteojos se volvió evidente, por lo que se los volvió a colocar para así poder leer con claridad. Desde el inicio fue evidente que, en efecto, era una propuesta de trabajo estándar, con la descripción del puesto y todo lo que éste conllevaba, incluido el sueldo.

—Claro —pronunció Russel—, sé que el secretismo, los protocolos estrictos, y vivir tres semanas al mes aquí encerrada y aislada puede ser poco atractivo. Pero en contraposición, podrá ver que la oferta económica es sustancialmente mayor a lo que gana en su empresa actual. Las prestaciones también son bastante atractivas, sobre todo por la variedad de bonos, créditos y apoyos a su disposición. El DIC se encargaría además de conseguirle una casa a su gusto en algunas de las ciudades cercanas, que bien puede habitar junto con su pareja si así lo prefiere; en Maine también se ocupan maestros de biología. Ah, y el seguro médico es de primera.

Mientras Russel soltaba sus elogios al puesto que le ofrecía y al DIC en general, Lisa siguió repasando aquel documento en silencio. Lo que la motivaba era puramente la curiosidad, no un genuino y palpable interés.

—Se le olvidó mencionar algo —musitó Lisa, volteando a ver al doctor por encima del armazón de sus lentes prestados—. Las altas probabilidades de ser brutalmente asesinada, como el Dr. Takashiro y las demás personas. —Soltó aquello tan tajantemente que se sintió como una sensación helada e incómoda los envolvía a los dos—. ¿Enserio cree que aceptaré quedarme más tiempo aquí luego de haber pasado por ese infierno? Si de mí hubiera dependido, me hubiera largado en cuanto fui capaz de pararme de la camilla.

Russel suspiró levemente, y se acomodó sus anteojos. No estaba sorprendido por su primera reacción; de hecho, se hubiera sentido un poco decepcionado si hubiera sido de otra forma. Pero no estaba dispuesto a quitar el dedo del renglón tan rápido.

—Entiendo su reticencia —murmuró despacio y claro—. Pero debe recordar que toda ciencia que valga la pena tiene su dosis de riesgo, señorita Mathews…

—No soy una niña, Dr. Shepherd —espetó Lisa, sonando casi ofendida—. No insulte mi inteligencia. Y en especial, no crea que mi vida vale tan poco como para poder comprarla tan fácil.

Dicho eso, Lisa dejó caer de forma despectiva el legajo con la propuesta sobre el escritorio, al igual que sus anteojos prestados, y se dirigió apresurada a la puerta sin intención alguna de continuar con esa inútil conversación.

—Esa nunca ha sido mi intención —se apresuró Russel a aclarar, siguiéndola un poco por detrás—. Pero escuche, más importante que el dinero o las prestaciones, piense que sólo aquí tendrá la posibilidad de trabajar con tecnología superior a la de cualquier otro laboratorio. Además de ser parte de una investigación única en el mundo, que cambiará nuestro entendimiento completo de lo que somos como seres humanos, y de lo que nuestra mente es capaz de hacer.

Lisa se mostraba absolutamente indiferente ante sus alegatos. Mientras él decía todo eso a sus espaldas, abrió la puerta con su tarjeta electrónica y salió apresurada al pasillo. Russel la persiguió afuera, siguiendo con su discurso mientras ambos caminaban a los elevadores.

—Cómo le dije la otra noche, Gorrión Blanco sólo es el inicio. Ahora que se ha probado la efectividad del Lote Diez, lo siguiente es ver la forma de perfeccionarlo y hacerlo efectivo en otros usuarios. Usted ya tiene gran parte de ese camino recorrido, y conoce mejor que ninguno de nosotros lo que se debe hacer de aquí en adelante. Necesitamos su ayuda…

—¿Ayuda para qué? —Exclamó Lisa con fuerza, deteniéndose y girándose hacia él para encararlo. Russel tuvo que frenar de golpe, sintiéndose un tanto intimidado por la furia de esos pequeños ojos sobre él—. ¿Para crear más soldados que sean como sea chica? ¿Para crear personas que puedan asesinar a otra con tan sólo pensarlo? ¿Por qué querría ayudar a darle tal poder a alguien?

—Personas con ese poder ya existen, señorita Mathews. Gorrión Blanco sólo es un ejemplo de muchos otros que hay allá afuera. No estamos creando máquinas de matar, sino buscando maneras de proteger a la gente de aquellos que no estén tan dispuestos a hacer buen uso de estas habilidades.

Lisa lo observó en silencio unos segundos, y luego dejó salir una inusual risilla sarcástica.

—En verdad no debe de tener tanto aprecio por mis conocimientos como dice, si piensa que me creeré tales palabras —musitó la bioquímica con aspereza—. Yo vi lo que pasó en ese quirófano, y vi lo que ustedes hicieron cuando sellaron la sala. Y sé que, dado el momento, volverán a hacer lo mismo. Así que disculpe si prefiero evitar lo más posible estar dentro de otra de sus cajas de acero.

Russel enmudeció; ciertamente no tenía en la mente un alegato convincente ante ese hecho. Claro, podría decirle que lo hicieron para contener la amenaza y salvar más vidas, pero era algo de lo que ni siquiera él estaba del todo convencido… Él mismo se había sentido asqueado por lo que el capitán McCarthy y el director Sinclair habían decidido hacer en ese momento, pero tampoco se esforzó mucho por detenerlos. En el fondo quizás también estaba convencido de que aquello era lo mejor…

Lisa suspiró con pesadez, dejando salir de esa forma parte de su enojo. Tal vez lo que ocupaba era pronunciar aquello en voz alta, reclamarle a alguien de alguna forma, aunque aún no era suficiente.

—Escuche —pronunció la bioquímica con más calma—, dejé notas muy detalladas de cada experimento, prueba, y básicamente de todo lo que he hecho desde que llegué al Nido. Le aseguro que si encuentra a cualquier otro químico, éste no tendrá problemas en continuar donde yo me quedé. Y de seguro será uno mucho más competente y obediente que yo.

—Veo que de momento está muy decidida —susurró Russel con seriedad—. Escuche, ¿por qué no se toma el resto del día y lo piensa un poco más antes de rechazar definitivamente la propuesta? De todas formas, aunque decida irse, no sería posible tramitar su salida y regreso a Seattle hasta mañana.

—¿Por qué? —Cuestionó Lisa, alarmada.

—Según lo que escuché, está a punto de llevarse a cabo un importante operativo, y la atención de toda la base está puesta en ello. Y lamentablemente no puedo darle más detalles pues, de momento, aún es una civil.

Aquello a Lisa le sonó casi a un reclamo, pero lo dejó pasar. Una parte de ella en verdad esperaba poder irse ese mismo día, pero sabía que era casi una fantasía. Tendría que en efecto esperar un poco más, pero no para pensar mejor las cosas. Para ella la decisión estaba más que tomada.

—Con su permiso entonces, doctor —musitó despacio, y se viró de nuevo en la dirección en la que iba para dirigirse a los elevadores. Russel no la siguió en esa ocasión, decidido a dejarla sola de momento.

— — — —

Justo como Lucas lo había solicitado, Frankie y Gorrión Blanco se presentaron en una de las salas de operaciones para recibir sus órdenes. Ya habían sido informados de manera general de que se les tenía una nueva misión y que debían partir lo antes posible. Gorrión Blanco se mostró tranquila en general, pero Frankie pudo notar cierto atavismo de nervios mientras caminaban juntos por el pasillo hacia la sala, e incluso cuando ambos estaban de pie lado a lado frente a la mesa circular en donde el capitán McCarthy y el director Sinclair se encontraban.

Lucas fue quien se encargó de darles los detalles de la misión, o al menos los que podía darles de momento. Mientras hablaba, en dos monitores grandes a sus espaldas se mostraban las fotografías de dos personas. Del lado izquierdo, una mujer en sus cuarentas, de cabello rubio quebrado, vistiendo una chaqueta y una boina. Del lado derecho, un joven de menos de veinte, cabello negro y ojos azules, con un uniforme de colegio privado con saco azul marino y corbata roja. Lucas fue muy claro desde el inicio con respecto a cuál sería su misión: aprehender a estas dos personas, con vida si acaso era posible.

—El avión del DIC los llevará directo a la Base Edwards a las afueras de Los Ángeles. Ahí se reunirán con el equipo del Capitán Albertsen, y se reportarán directamente con el Sargento Lewis, quien estará al frente del operativo. Los detalles finales del ataque se los darán una vez que aterricen. Los agentes en campo mantienen una actualización constante de los movimientos de los sospechosos, para tenerlos localizados y determinar el mejor accionar para atraparlos.

Lucas tomó en ese momento dos expedientes, ambos por la leyenda CONFIDENCIAL en letras rojas al frente, y los deslizó por la mesa para que quedaran lo más cerca posible de sus dos agentes. Cada uno era el expediente de las dos personas que irían a atrapar, sólo con la información que resultaba pertinente de momento.

—Los objetivos son Charlie McGee de cuarenta y tres años, y Damien Thorn de diecisiete —explicó Lucas, señalando con su dedo respectivamente a la foto de cada uno—. La primera tiene la capacidad de producir energía calorífica de gran magnitud y expulsarla de su cuerpo, causando un tremendo daño a todo lo que toca. Sobre Thorn, aún no tenemos una confirmación de sus habilidades exactas, pero todo parece indicar que posee la facultad de manipular la voluntad y la mente de las personas, y afectarlas gravemente incluso a largas distancias. Podrán ver más información si leen y estudian sus expedientes; tendrán todo el vuelo a Los Ángeles para hacerlo. Pero lo que tienen que tener muy claro es que ambos son muy peligrosos. No los subestimen ni bajen la guardia en ningún momento. ¿Está claro?

—Sí, señor —se apresuró Frankie a responder con firmeza.

—¿Alguna pregunta?

Hubo unos segundos de silencio, tras los que pareció que en efecto no existía duda alguna. Pero justo antes de que Lucas diera por terminada la reunión, Gorrión Blanco murmuró abruptamente:

—¿Por qué se les va a aprehender, señor? ¿Qué crimen cometieron?

Los ojos de los demás se fijaron en ella, incluidos los de su compañero a su lado. Había sonado bastante consternada al hacer tales preguntas.

—Podrás leer un poco al respecto en los expedientes —explicó Lucas con calma, señalando a los dos fólderes delante de ellos—. Pero si tienes tanto interés en saberlo, a ella —señaló entonces a la foto de Charlie a sus espaldas— la buscan por actos de terrorismo cometidos en un periodo de al menos tres décadas. Ha atentado contra esta institución, y varias otras, causando destrozos por millones de dólares, y la muerte de cientos de buenos hombres y mujeres. Y a él —hizo justo lo mismo a continuación con la foto de Damien— se le busca como sospechoso de usar sus habilidades en el asesinato de al menos veinte personas, además del ataque a otras más, incluida una amiga muy cercana mía a la que dejó en coma. Cómo puedes ver, los dos son criminales muy peligrosos, que dejarlos libres sería seguir arriesgando la vida de inocentes. Deben ser aprehendidos de inmediato.

—¿Dijo sospechoso, señor? —Cuestionó Gorrión Blanco de pronto, tomando un poco por sorpresa al director.

—¿Disculpa?

—Dijo que ese chico era buscado como sospechoso de esos asesinatos —aclaró la mujer joven, mirando atenta a la foto del chico en el monitor de la derecha—. ¿Es decir… que no están seguros de que haya sido él?

Lucas la observó con severidad, aunque al menos a simple vista era difícil decir si aquel cuestionamiento le molestaba o no. Echó un vistazo rápido a McCarthy y al sargento Schur, cada uno firme y serio en su respectiva posición, sin mucho interés evidente en intervenir. De seguro, a su modo, cada quien tenía su opinión sobre cómo responder a esa pregunta; pero Lucas también tenía la suya.

—Tendrás que confiar en nuestro criterio, Gorrión Blanco. Y sobre todo, no debes titubear en lo absoluto cuando estés delante de alguno de estos dos sujetos. Eso fue lo que te dejó en coma hace cuatro años, después de todo.

Aquel último comentario provocó una reacción adversa en todos los presentes. Gorrión Blanco se sobresaltó, casi asustada ante tal mención. Ella seguía sin tener claro cómo había terminado en ese estado, y el que le mencionara que había sido por ello pareció afectarla. Frankie y McCarthy, por su lado, se sorprendieron igual un poco, pero intentaron no demostrarlo demasiado. Después de todo, a ambos les constaba que aquello era una absoluta mentira.

Una vez que le pareció que su respuesta había sido digerida lo suficiente por la joven, Lucas prosiguió.

—En cuanto esté ante ellos, debe de neutralizarlos de inmediato, sin que le tiemble la mano ni un poco. Como les dije al inicio, nuestra prioridad es atraparlos con vida, neutralizándolos usando ASP-55. Pero si las cosas se salen de control, será responsabilidad directa de ustedes dos hacer lo que se tenga que hacer. ¿Necesito ser más claro al respecto?

—No, señor —respondió Frankie rápidamente. Él comprendía a lo que se refería, y Gorrión Blanco también—. Puede contar con nosotros.

Lucas asintió, satisfecho.

—Esta misión es muy importante para todo el DIC, así que enorgullézcanos. Ahora vayan, que el tiempo apremia.

—Sí, señor —pronunciaron ambos soldados al mismo tiempo, ofreciéndole al capitán y al director un saludo militar con sus manos en sus frentes como despedida.

Frankie se aproximó a la mesa para tomar los dos expedientes sobre ésta, y entonces ambos se dirigieron a la salida.

—Sargento Schur —pronunció Lucas antes de que se retiraran del todo. Frankie se detuvo en la puerta y se viró de nuevo a la mesa. Lucas lo observaba fijamente y pronunció con la mayor claridad posible—: Recuerde lo que dije. Hacer lo que se tenga que hacer.

El militar guardó silencio, y sólo asintió una vez, antes de salir del todo de la sala. Y así como antes, también había entendido esa instrucción sin problema.

—¿Cree que es correcto mentirle de esa forma? —Soltó McCarthy en cuanto estuvieron solos.

Lucas lo miró, un tanto confundido.

—¿De qué hablas?

—Decirle que cayó en coma por titubear en una misión. ¿No es ya suficiente tenerla engañada con esas programaciones que se le implantó?

Lucas no pudo evitar soltar una risa que rozaba en la burla, aunque casi inmediatamente se dio cuenta de que esa reacción había sido muy poco apropiada. Se sentó derecho, intentando recuperar la compostura y serenidad antes de responderle.

—¿Estás sintiendo pena por ella, McCarthy? ¿Ocupas que te recuerde todos los destrozos y muertes que esta chica causó hace cuatro años? En lo que a mí respecta, es incluso peor que McGee. Ella al menos hace lo que hace por un ideal, y por un rencor más o menos entendible. Esta chica, por otro lado, quemó la mitad de su pueblo por una broma pesada.

McCarthy agachó la cabeza y ya no dijo nada más. Ciertamente tenía algo de razón; él mismo había visto lo que hizo en ese quirófano en tan sólo unos cuantos segundos. Pero, ¿no era en parte culpa de ellos lo que había ocurrido? ¿No habían jugado y expuesto las vidas de esas personas deliberadamente? ¿No había sido él mismo quien ordenó que sellaran la sala para que no escapara? Y si eso había sido en esa ocasión, ¿no habría quizás una parte de la historia detrás de lo ocurrido en Chamberlain que desconocían, o conscientemente habían decidido omitir?

De nuevo esos pensamientos que no ayudaban en lo absoluto al propósito. Necesitaba mantenerse objetivo en todo ese asunto, especialmente en las siguientes horas en las que toda la situación amenazaba con tornarse aún más delicada de lo que ya estaba.

—Como sea, es un poco tarde para preocuparse por la moralidad de nuestras acciones —indicó Lucas, parándose de su asiento con la disposición de retirarse a descansar un poco, antes de que fuera hora de actuar y le resultara imposible—. De momento sólo debemos preocuparnos por atrapar a McGee y a Thorn. Luego de eso, dependiendo de cómo salga todo esto, podremos pensar en qué hacer a largo plazo con Carrie White.

McCarthy sólo asintió y se quedó sentado mientras él se retiraba. Quizás él también debía descansar un poco. Serían un día y una noche muy largos…

— — — —

—No creí que me fueran a mandar a una misión tan pronto —comentó Gorrión Blanco, mientras Frankie y ella caminaban por los pasillos tras salir de la sala de operaciones.

—¿Estás nerviosa? —Le preguntó el sargento con moderado interés.

—No… bueno, no sé. Es una misión importante, la primera desde que desperté, y supongo que me preocupa fallarles. Pero como el director dijo, no debo titubear.

Frankie la observó de reojo, callado. El eco de esa última instrucción que el director le había dado antes de salir aún rebotaba en su cabeza. “Hacer lo que se tenga que hacer,” eso no sólo era con respecto a McGee o Thorn, sino también hacia esa chica que caminaba a su lado, convencida de que eran compañeros y que le cuidaría la espalda. Pero lo cierto era que el DIC estaba dejando a su criterio el si Gorrión Blanco, o más bien Carrie White, pudiera representar un peligro durante la misión, Y dado ese caso, también tendría la responsabilidad de hacer lo que fuera necesario para neutralizarla.

No era una posición envidiable, pero cumpliría con la orden como había cumplido todas las anteriores; como el excelente soldado que era…

Al girar en una esquina, a la mitad del pasillo que llevaba a los ascensores divisaron las máquinas expendedoras de ese nivel, colocadas contra la pared de la derecha. Esas en específico eran de las más populares de la base, pues tenían chocolates que ni en la cafetería o en alguna otra de las máquinas tenían. Claro, la gran mayoría del personal se había cuestionado al menos una vez como esas máquinas eran surtidas en una base tan “secreta” como esa, y al menos nunca nadie había visto a alguien haciéndolo. Uno de los tantos misterios del Nido.

Gorrión Blanco se detuvo de pronto delante de una de las máquinas, contemplando algunos de dichos chocolates. Algunos de esos empaques y nombres les resultaban familiares de vista, pero no tenía en su mente un sabor que relacionara con alguno. ¿Será que no acostumbraba mucho comerlos en esa vida que aún no recordaba del todo?

“¿Quieres probar, ******?”

“No, gracias… me provoca acné.”

Sus dedos se acercaron casi por sí solos a su rostro, tocándose sutilmente su mejilla, y luego su frente. ¿Quién le había dicho aquello? Y, ¿había sido ella quien respondió? Lo sentía casi como una conversación ajena que había oído por accidente.

—¿Quieres algo? —Escuchó que Frankie le preguntaba a sus espaldas.

Gorrión Blanco negó con su cabeza.

—No tengo dinero.

Sin que se lo pidiera, Frankie sacó la billetera del bolsillo trasero de su pantalón, tomando de ésta un billete de un dólar.

—Yo invito.

—Gracias —murmuró la chica, un poco sorprendida pero tomando igual el billete entre sus dedos.

No sabía qué elegir con exactitud, así que se fue por unos chocolates en forma de bolas dentro de un empaque dorado. Introdujo el billete, el resorte de la fila elegida giró, y los chocolates cayeron hacia la puertecilla inferior de la máquina. Gorrión Blanco se agachó, introdujo su mano y sacó el pequeño empaque. Lo abrió estando aún agachada, y tomó uno de ellos entre sus dedos. Introdujo el dulce en su boca, y al instante sus ojos se abrieron con absoluto asombro.

—¡Están riquísimos! —Exclamó con una felicidad casi infantil, volteando a ver al sargento desde abajo. Éste la contempló en silencio, aunque al parecer un poco incómodo—. ¿Quiere?

La chica le extendió los chocolates para que tomara uno, pero Frankie sólo la rechazó negando con su cabeza, y también con una mano.

—Debemos irnos.

—Sí, lo siento.

Gorrión Blanco se puso de pie de nuevo, e introdujo otro chocolate a su boca. En ese mismo momento las puertas de uno de los ascensores al final del corredor se abrieron, y alguien salió de éste. Dicha persona caminó cabizbaja y pensativa, con sus brazos cruzados delante de ella. Gorrión Blanco la contempló mientras se le acercaba, y tras unos segundos su rostro se volvió claro y reconocible para ella.

—¡Doctora!, ¡hola! —Exclamó Gorrión Blanco con entusiasmo, llamando de inmediato la atención de Lisa Mathews. Ésta se paró, alzó su rostro al frente, y divisó (con marcado horror) la figura de la chica rubia y delgada, a unos cuantos metros de ella.

—Oh, Dios… —susurró Lisa titubeando, tan perpleja que sus piernas simplemente no se movieron, ni para adelante ni para atrás.

Lisa no podía creerlo. Se había esforzado tanto para evitar cruzarse con ella, y había terminado topándosela ahí de frente sólo por querer comer algo dulce. Y estaba ahí sonriéndole con alegría, casi tan cerca como la había tenido aquella noche en el Quirófano 24. Esos  ojos que ahora la veían con entusiasmo, eran los mismos que la habían visto con esa rabia inhumana, como un espectro alzado de la tierra.

Gorrión Blanco se le aproximó unos pasos más, y Lisa tuvo el ferviente deseo de darse media vuelta y correr a los ascensores. Sin embargo, sus piernas siguieron sin reaccionar.

—Dra. Mathews, ¿cierto?

—¿Doctora? —Murmuró Lisa, con su mente dando tantas vueltas que ni siquiera se propuso explicarle que aún no terminaba su doctorado, si es que aquello tenía algo de importancia en un momento como ese.

—La recuerdo —señaló Gorrión Blanco—, usted estaba presente cuando desperté. Me dijeron que fue justo usted la que logró regresarme de ese coma. Muchas gracias.

Le extendió entonces su mano con la intención de estrechársela, pero aquel movimiento Lisa pareció no tomarlo a bien, pues soltó un chillido agudo de impresión y retrocedió un paso, contemplando la mano extendida con miedo. Gorrión Blanco la vio confundida por su reacción, sin entender a qué se debía. Claro, ella no recordaba con claridad (y nadie tenía permitido recordárselos) los sucesos de aquella noche, mucho menos a las diez personas que había asesinado en su arranque de enojo y miedo.

Carrie bajó su mano al darse cuenta de que la situación se estaba tornando algo incómoda.

—Y… —murmuró vacilante—, ¿cómo está su bebé?

Esa repentina pregunta logró mitigar un poco la impresión tan fuerte en Lisa, aunque sólo para reemplazar ésta por otra.

—¿Mi qué?

—Su bebé —repitió Gorrión Blanco, y sus ojos claros señalaron justo al abdomen de Lisa, cubierto en esos momentos con la tela azul de su blusa—. ¿Está creciendo bien? ¿Cuánto tiempo tiene?

Al inicio Lisa no comprendió de qué le hablaba, en parte por la misma conmoción de ese fortuito encuentro. Pero al notar que la joven miraba hacia su vientre, no tardó en relacionar una cosa con otra.

—¿Qué? No, no… Yo no estoy embarazada —negó efusivamente.

—Creo que debemos irnos —intervino Frankie, intentando dar por terminada esa plática. Sin embargo, Gorrión Blanco no pareció escucharlo.

—Claro que sí —pronunció la joven rubia con seguridad, soltando una risa jovial—. Yo lo sentí ese día, estoy segura…

Por mero reflejo, la joven cortó la distancia que había entre ellas, y extendió su mano hasta colocar su palma por completo contra el vientre de la bioquímica. En cualquier otra circunstancia aquello hubiera sido un acercamiento bastante inapropiado, pero encima Lisa estaba aterrada por la presencia de la chica. Su reflejo inmediato fue retroceder espantada, intentando crear la mayor distancia entre ambas; sin embargo, no lo hizo. Sus piernas de nuevo no se movieron, pero no fue cómo antes que éstas se paralizaron por el miedo. En esa ocasión fue casi como si unas cadenas invisibles se las tuvieran enteramente atadas al piso; parecido, aunque no precisamente igual, a lo que había sentido en el Quirófano 24 cuando aquella energía la apresó y jaló…

Por su parte, un par de segundos después de que colocó su palma contra el vientre de Lisa, la sonrisa de entusiasmo en el rostro de Gorrión Blanco se fue desvaneciendo, dejando en su lugar una expresión de absoluto desconcierto. Sus ojos estaban puestos en el lugar justo en el que la tocaba, y poco a poco fue subiendo hasta fijarse en el rostro de la científica. Ésta seguía paralizada, con sus ojos bien abiertos y su rostro pálido, expectante de qué ocurriría.

Gorrión Blanco apartó entonces su mano rápidamente, y ella misma fue la que retrocedió.

—Lo siento —susurró despacio la mujer rubia—. Creo que me confundí…

A pesar de su miedo, Lisa quiso preguntarle a qué se refería con eso; ¿con qué se había confundido exactamente? Pero su voz no salió de su boca. Y aunque hubiera podido hacerlo, igual hubiera sido inútil pues en ese momento Gorrión Blanco le sacó la vuelta y comenzó a caminar apresurada hacia el ascensor sin decir nada. Frankie, por su lado, la siguió de cerca.

—Descuide —le susurró el militar a Lisa al pasar a su lado—. En estos momentos no tiene por qué temerle. Yo la vigilaré.

Lisa no reaccionó en lo absoluto, como si quizás no lo hubiera oído, aunque ciertamente no era el caso. Frankie siguió andando, dejando a sus espaldas a Lisa. Ésta, una vez que estuvo sola, alzó ambas manos y las presionó contra su vientre un poco. Y aunque no entendía en lo absoluto qué había sido todo aquello, las cosas que había dicho esa chica le daban vuelta en su cabeza; sobre todo la parte de su supuesto embarazo…

Frankie y Gorrión Blanco no tardaron en subir al mismo ascensor del que Lisa había bajado, y perderse detrás de las puertas automáticas. El sargento pasó su tarjeta e indicó en el tablero el nivel superior, en donde estaba el helipuerto y el helicóptero que los aguardaba.

Durante gran parte de ese ascenso, ambos permanecieron en silencio, cada uno concentrado en sus propias preocupaciones. Gorrión Blanco repasaba una y otra vez lo ocurrido con Lisa hace un momento, comparándolo con lo que ella recordaba, o creía recordar, de lo sucedido la noche en que despertó. Tenía el recuerdo claro de qué había tocado su vientre y sentido la presencia de un ser en ella, aún pequeño pero creciendo poco a poco. Pero lo que había ocurrido en ese segundo encuentro había sido totalmente diferente, como si se tratara de personas totalmente diferentes…

O, ¿acaso lo eran? ¿Sus recuerdos quizás estaban revueltos y estaba confundiendo a la Dra. Mathews con alguien más? Pero si ese era el caso, ¿con quién la estaba confundiendo exactamente…?

 “Por favor, ******… no me lastimes…”

“¿Por qué no? Todos ustedes me lastimaron toda mi vida…”

Aquellas palabras le taladraron la cabeza, pero no podía visualizar claramente el lugar o momento en el que se habían dicho. Pero sí recordaba las yemas de sus dedos tocando apenas un poco el vientre de esa persona, y las sensaciones y pensamientos que le había provocado…

“¿Qué es esto…? ¿Es… Es de Tommy…?”

“¿Qué?”

“Es una niña…”

—Tommy… —pronunció en voz baja, sintiendo en su pecho por igual una sensación de alegría y tristeza al hacerlo.

—¿Dijiste algo? —preguntó Frankie, girándose hacia ella.

—No, nada… —pronunció la chica despacio, desviándose hacia un lado.

Gorrión Blanco intentó dejar de lado todo aquello. No sabía quiénes eran esas personas en las que estaba pensando, pero de momento no le ayudaría de nada pensar en ello. Si se distraía o titubeaba en base a ello, ella o sus compañeros podrían terminar afectados; justo como el director Sinclair le había advertido.

Unos minutos después, ambos estaban ya a bordo del helicóptero negro del DIC, comenzando el viaje hacia su importante misión.

FIN DEL CAPÍTULO 96

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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