Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 94. Rosemary Reilly

26 de abril del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 94. Rosemary Reilly

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 94.
Rosemary Reilly

Era temprano en la mañana cuando los ojos de Ann Thorn se abrieron al fin, y se encontraron casi de frente con la poca luz que entraba por la ventana de la elegante y amplia suite. En un inicio, la vista matutina de la ciudad le resultó ajena, y su mente aún adormilada divagó entre los diferentes escenarios en los que había estado en tan sólo unos cuantos días de diferencia: Chicago, Los Ángeles, Washington, Zúrich, Londres, y por último…

«Atenas, por supuesto» se dijo a sí misma con una sutil sonrisa adornando su rostro. Estiró entonces su cuerpo por debajo de las suaves sábanas de la cama, obteniendo bastante deleite del delicado roce de éstas contra su cuerpo desnudo.

—Buenos días —escuchó pronunciar con suavidad a sus espaldas, y un instante después le siguió un repentino beso en su mejilla, y otro más en su cuello. Más que la sensación de los labios contra su piel, lo que hizo que la sonrisa de Ann se ensanchara más fueron las cosquillas que aquella barba anaranjada le provocó—. Parece que alguien descansó bien.

—Mejor que en mucho tiempo —respondió la mujer con bastante seguridad. Se viró entonces para recostarse sobre su espalda y poder apreciar de frente al hermoso hombre de barba y cabello largo que estaba a su lado, y que él pudiera verla a ella con esos hermosos ojos avellana—. ¿Llevas mucho rato despierto?

—Un rato —respondió Andrew (Adrián) Woodhouse, mientras la admiraba fijamente, y se atrevía además a recorrer delicadamente su cuello, hombros y torso con el dedo anular de su mano izquierda; ese delicado roce le provocó más agradables cosquillas a su acompañante. Él también estaba desnudo, por supuesto, apenas cubriéndose de la cintura a las rodillas con la misma sábana que ella.

—¿Qué hora es? —Preguntó Ann de pronto, extendiendo su mano hacia el buró a su lado para alcanzar su teléfono. Sus dedos apenas y rozaron la orilla del aparato, cuando Adrián la tomó repentinamente en sus brazos, se pegó a ella por completo por detrás, y comenzó sin remordimiento alguno a recorrer sus labios por su oído, nunca y hombros.

—Casi hora de volver al mundo real —murmuró el músico entre beso y beso—, así que hay que aprovechar lo que nos queda de estas pequeñas vacaciones.

Adrián se permitió entonces comenzar a recorrer sus manos ansiosas debajo de las sábanas por el cuerpo de Ann. Ella se rió por esos repentinos contactos, pero no pudo evitar igualmente suspirar complacida; él siempre había sabido exactamente como tocarla.

—¿Podríamos al menos primero pedir el desayuno? —Propuso Ann, apenas logrando ser oída, pero de todas formas Adrián no parecía muy interesado en dicha sugerencia.

—Yo ya estoy en eso —indicó con cierta malicia, haciendo que ella se recostara boca arriba, para que así él se colocara encima. Dirigió de inmediato su boca a la suya, besándola no con gentileza, sino con bastante voracidad y apetito.

Anna lo recibió por completo, rodeando su cuello con sus brazos y acercándolo. Él recostó casi por completo su cálido cuerpo contra ella, y Ann logró percibir la ansiedad que lo envolvía en esos momentos, rozando su muslo.

—Espera un segundo —musitó la Thorn, apartando su rostro para que dejara de besarla, y volvió entonces a extender su mano al buró.

—¿Enserio? —Masculló Adrián casi dolido, mientras recorría sus labios su oreja y cuello—. El mundo no se acabará si no ves tu teléfono por un rato más.

—Sólo será un segundo —respondió Ann entre risillas debido a las cosquillas que sus besos le provocaban. Sus dedos entonces alcanzaron su teléfono, y lo colocó de tal forma que pudiera ver la pantalla desde su inconveniente posición—. Sólo quiero verificar que…

Su explicación fue silenciada al ver que tenía una notificación de cuatro mensajes nuevos, y al revisar el destinatario los cuatro eran de una misma persona: Verónica Selvaggio.

Sin ser demasiado brusca, Ann apartó un poco a Adrián de ella y se inclinó a un costado de la cama para poder ver más de cerca su teléfono. Abrió la conversación con su hija, y los cuatro mensajes que le había enviado, hace ya algunas horas posiblemente cuanto todavía dormían, le terminó por quitar el entusiasmo que aún pudiera quedarle con respecto a lo que estaban haciendo sólo un segundo atrás.

Los mensajes decían:

Damien dice que quiere salir a una fiesta con las tres niñas.

No puedo detenerlo.

¿Qué debo hacer? Si alguien lo ve con ellas y las reconocen, sería terrible.

Háblame en cuanto puedas, por favor.

Una parte de Ann esperaría sentirse preocupada, o incluso molesta, por ese pedazo de información que le acababan de compartir. Pero en su lugar, aquello le resultaba más que nada… interesante.

«¿Las llevaste a una fiesta, Damien?, ¿enserio?» pensó mientras leía por segunda vez los cuatro mensajes. Aquello casi rozaba en una rabieta para querer llamar la atención.

—¿Qué ocurre? —Escuchó que Adrián pronunciaba justo a un costado de su cabeza, asomándose sutilmente sobre su hombro. Por mero reflejo Ann apagó la pantalla para que no viera directamente los mensajes.

—Nada que no me esperara, desgraciadamente —murmuró con pesadez, y entonces se retiró por completo la sabana de encima y se paró de la cama—. Parece que tenías razón con respecto a tener que volver al mundo real.

Caminó unos pasos hacia un costado de la habitación, recogiendo en el trayecto del suelo una bata de baño color lila que usó para cubrirse lo más posible su cuerpo, y luego se alejó más hasta pararse frente a la ventana. Adrián sólo la observó en silencio desde la cama. No era que no quisiera que él se enterara de lo sucedido, sino que ella quería saber primero un poco más; especialmente porque los mensajes habían sido de hace horas y no había habido una actualización desde entonces.

Marcó sin espera al número de Verónica. En Los Ángeles debía ser quizás media noche, así que era probable que aún la encontrara despierta. Tardó un poco en responder, pero al final escuchó claramente su voz pronunciar al otro lado de la línea:

—¿Hola?

—Acabo de ver tus mensajes —le comentó sin espera—. ¿Qué pasó?

Escuchó como su hija soltaba un pesado suspiro, antes de responderle con la franqueza necesaria.

—Dentro de lo que cabe, nada tan grave. Hubo un incidente entre Damien y un chico, pero no pasó a mayores.

—¿Qué tipo de incidente?

—Él… —Verónica vaciló unos momentos, y Ann percibió algo de incomodidad en sus escuetos balbuceos. Fuera lo que fuera que le había causado tal reacción, la joven al parecer decidió proseguir por otro camino—. Damien casi lo lanza por la terraza, enfrente de todos los presentes. Pero al final no lo hizo.

Quizás esperaba que esa última aclaración hiciera todo más digerible. Y en parte lo hacía, pero no demasiado.

—¿Alguien lo grabó? —Musitó Ann con la mayor calma que le fue posible.

—No lo sé. Pero era una fiesta llena de chicos bastante ebrios, así que es muy probable.

—¿Y las niñas? ¿Hicieron alguna otra cosa de la que debamos ocuparnos?

—No, en realidad las tres se comportaron; hasta donde les era posible, supongo. Lily puso incómodos a algunos chicos, y Esther estuvo bebiendo y fumando por toda la casa.

—¿Y la otra?

Verónica guardó silencio unos instantes; un silencio que inquietó un poco a Ann.

—Samara… creo que ella usó sus poderes para detener a Damien de arrojar al otro chico —explicó con voz baja, como si temiera ser escuchado por algún oído curioso—. Pero no creo que alguien más se haya dado cuenta. No creo tampoco que alguien las haya reconocido, pero el rumor de que Damien estuvo en esa fiesta con tres niñas no tardará mucho en esparcirse.

Por supuesto que no, y menos en esa época y lo rápido que se daban las noticias por las dichosas redes sociales.

Con respecto al incidente con ese otro chico, tendrían que ver la forma de mitigarlo todo, y hacerlo ver como una simple noche de jóvenes que se salió un poco de control. No podrían evitar que la reputación hasta ese momento intachable de Damien se viera afectada, pero no era nada que no pudieran manejar si se lo proponían. Si habían logrado sortear el incidente de Richard y Museo Thorn de forma efectiva, una pequeña discusión de jóvenes no sería la gran cosa.

Por otro lado, el asunto de las tres niñas llamaría demasiado más la atención, y haría que se hicieran más preguntas de lo que cualquiera querría. Eso habría que resolverlo de otra forma, pero no podrían hacerlo mientras se siguiera paseando por Los Ángeles sin rumbo, haciendo más cosas como esa. Era urgente que todo volviera a la normalidad…

—Tienen que volver a Chicago lo antes posible, con todo y esas niñas si no hay de otra —indicó Ann como absoluta resolución. Y Verónica, por supuesto, estaba de acuerdo.

—He intentado convencerlo de eso desde que llegué aquí, pero Damien no escucha razones.

—Me escuchará, quiera o no. Yo ya voy de regreso; estaré allá en unas horas. Mantenme informada y cuida que nada se salga de control hasta que vuelva, ¿quieres?

—Lo intentaré… —murmuró Verónica con bastante pesar. Al parecer se disponía a colgar justo después, pero rápidamente se acordó de una última cosa que deseaba comentarle primero—: Dijo algo de que mañana vendrían dos personas a verlo, pero que no eran de la Hermandad. ¿Sabes de quién habla?

¿Dos personas? Aparte de esas tres niñas, sólo se le venían a la mente ese hombre y esa mujer que tenía trabajando con él; bajo amenaza, según tenía entendido. Que los hiciera llamar justo en ese momento no era tampoco buena señal.

—Me doy una idea —respondió Ann sin intención de dar más detalles—. Te aviso en cuanto aterrice allá.

Ambas colgaron un instante después. Ann se tomó sólo un par de segundos para acomodar sus pensamientos, respirar hondo, y entonces se viró lentamente hacia la cama. Adrián la observaba atento desde ésta, con la sábana blanca apenas cubriéndole lo necesario.

—Damien sigue causando problemas, ¿eh? —Comentó el Apóstol de la Bestia con humor. Ann no estaba segura de qué tanto había podido concluir en base a lo poco que escuchó, pero supuso que al menos se daba una idea.

—Por decirlo menos —respondió ella, intentando parecer calmada—. Debo volver e intentar convencerlo de regresar a Chicago, antes de que arruine lo poco de reputación que le quede.

—Yo te acompaño —indicó Adrián abruptamente, tomándola por sorpresa—. John me puso al tanto de lo que Damien ha estado haciendo, y sobre estas tres niñas. Iré contigo a hablar con él.

—Eso es muy noble de tu parte. Pero, si te soy sincera, no creo que te haga más caso a ti que a mí o a Lyons.

Adrián sonrió con pícara, extendiendo su mano hacia ella, invitándole a acercarse. Ann aceptó tal ofrecimiento sin mucha vacilación, recorriendo sus pies desnudos por la suave alfombra del cuarto, hasta estar lo suficientemente cerca como para colocar su mano sobre la suya. Adrián la jaló delicadamente hacia él, y ella sin necesidad de mayor indicación subió sus piernas a la cama, sentándose sobre él. Su delgada bata terminó inevitablemente abriéndose un poco por la posición.

—Puedo ser bastante persuasivo cuando quiero, ¿sabes? —Susurró Adrián con complicidad en su voz, teniendo ambos sus rostros frente a frente—. Incluso con el Anticristo.

—Puedo imaginarme eso —contestó Ann de la misma forma, al tiempo que rodeaba su cuello con sus brazos y se pegaba aún más a su torso desnudo—. ¿Qué pasará ahora?

—Volveremos a casa a encargarnos de este embrollo, obviamente.

—Me refiero a ti y a mí…

Adrián la miró en silencio unos momentos, sin borrar esa galante sonrisa de sus labios.

—Sabes muy bien cuál es nuestra situación —musitó despacio. Sus manos comenzaron a recorrer su espalda por encima de la tela de la bata—. No somos la clase de pareja que puede andar por la calle tomados de la mano, adoptar un cachorrito, y elegir qué pastel queremos para la boda. Nuestro compromiso es con una causa mucho más grande que esa.

—Estoy consciente de ello —respondió Ann rápidamente sin titubear—, y no te pediría algo que no me puedas dar; nunca lo he hecho. Pero espero que a partir de ahora me tengas siempre en cuenta, y me veas como lo que soy: tu más leal sierva, mi señor.

—¿Tú eres mi más leal sierva? —Repitió Adrián, notándose una marcada ironía en su tono.

—¿Tienes a alguien más que daría absolutamente todo su ser por ti?

—No —contestó el Apóstol con sobriedad, y luego añadió mirándola fijamente a los ojos—: Pero contéstame algo. Si esta situación evolucionara a que tuvieras que decidir entre mi bando y el de Damien… ¿Qué elegirías?

La inquietud se volvió notable en el rostro de Ann, tanto así que su casi inmutable sonrisa se desdibujó ligeramente. Fue obvio para Adrián que no esperaba que le hicieran tal cuestionamiento: tener que elegir entre sus dos más grandes amores. Aquello, sin embargo, sólo duró lo que suele durar un pensamiento fugaz y poco importante. Justo después, su sonrisa volvió, la seguridad que se reflejaba en sus ojos también, y entonces se inclinó hacia el frente, atrayéndolo hacia ella con sus brazos para besarlo directo en sus labios. No lo hacía principalmente con pasión y deseo como había sido anoche, sino con una suavidad y ternura casi impropia de ella, pero que de cierta forma cautivó a su receptor.

—Yo siempre he estado en tu bando, Adrián —respondió Ann despacio tras aquel beso—; y siempre lo estaré… a pesar de todo. Pero confío en que arreglarás este asunto para que no lleguemos a eso.

—Por supuesto —respondió el hombre de barba con una sonrisa confiada—. Yo siempre lo soluciono todo, ¿lo sabes…?

* * * *

Una tarde de primavera, más de cuarenta años antes de aquel momento en esa habitación de hotel en Atenas, el joven Andrew Woodhouse de diez años paseaba por su cuenta por el amplio departamento que compartía con su madre, en el histórico edificio Bramford en Manhattan. Era el lugar justo en el que había nacido y vivido durante esa primera década, y que era de cierta forma como su pequeño reino personal en el que podía ir y venir a su antojo. Sin embargo, de las rejas de la entrada principal en adelante, las cosas eran un tanto distintas.

El niño delgado de cabellos anaranjados cortos y piel sonrosada, avanzaba tranquilo por las diferentes habitaciones del lugar, mientras con su mano derecha hacía bajar el brillante yoyo rojo por su cuerda, sólo para hacerlo subir de regreso a su mano con el movimiento adecuado de su muñeca. Llevaba apenas un par de semanas con él y aún no era capaz de hacer mucho más que eso. Le había pedido a su madre cada día que le comprara un libro de trucos, pero hasta el momento no le había sido posible darse el tiempo de pasar a la librería luego de su trabajo; o al menos eso decía ella, pero no tenía motivo para suponer que no le dijera la verdad.

El departamento se sentía inusualmente vacío y silencioso, salvo por sus pisadas contra el entablado del piso. Normalmente siempre había alguien ahí con él mientras su madre trabajaba, o en su defecto él se encontraría en el departamento de alguno de sus varios cuidadores; especialmente en el de a lado, habitado por los Castevet, sus padrinos y maestros. Pero ese día todos parecían estar bastante ocupados con otra cosa; incluso la mujer que lo había estado cuidando durante la mañana, se había tenido que ir hace cerca de una hora sin dar mayor explicación más allá de: «Tengo algo muy importante que hacer con Minnie y Roman. Pórtate bien Adrián, ¿sí? No le abras la puerta a nadie». El niño sólo se limitó a asentir como respuesta.

“Adrián” era como los Castevet y todos los demás en el edificio lo llamaban, a pesar de que su madre insistía en que su nombre era Adrew. No le agradaba, o más bien no entendía el porqué de esa paridad. Prefería en todo caso que todos le llamaran Andy; parecía funcionarle bien a todos hacerlo de esa forma, y nadie se molestaba.

Su recorrido con yoyo en mano lo llevó a la sala, y a una de las grandes ventanas verticales de la fachada del edificio. Andy solía pasar delante de ellas seguido, pero casi nunca se asomaba por ellas, principalmente porque no lo tenía permitido. Pero en aquel momento algo jaló su mirada hacia esa dirección, casi como si una mano lo hubiera tomado del mentón y lo hubiera hecho girar el rostro hacia ahí en contra de su voluntad. Fue una sensación extraña, aunque por algún motivo no del todo desconocida.

Andy enrolló su yoyo, lo dejó sobre la mesita de centro de la sala, y se aproximó cauteloso a la ventana. Éstas se abrían hacia adentro como dos pequeñas puertecitas, con un pasador de seguridad que hacía ya tiempo que había logrado alcanzar, pero su madre y el resto parecían no haberse percatado de ello. Al abrirlas, una fría brisa acarició su rostro, y un fresco aroma a hierba húmeda le entró por la nariz. Sacó su cabeza por la ventana, algo que se suponía no debía hacer, y volteó a ver hacia abajo, a la acera delante del Bramford. Un auto brillante y alargado de color negro estaba estacionado justo ahí, y el nuevo portero (un hombre alto y con algunas canas llamado Charlie) estaba abriendo la puerta trasera para que sus pasajeros bajaran, mientras otro hombre de boina y traje negro (¿el conductor?) abría la cajuela para bajar el equipaje.

Aún a pesar de la altura, los privilegiados ojos de Andy le permitieron ver a las dos personas que bajaron. La primera fue una mujer de piel oscura, rostro redondo y cabello negro muy corto y algo rizado, vestida con un traje verde de falda entubada y tacones altos que pisaban firmemente el concreto debajo de ellos. Cargaba en su costado un maletín de piel café, y caminó hacia la entrada del edificio sin voltear a ver siquiera a Charlie, ni darle las gracias por su cortesía.

La segunda era también  una mujer, pero era muy diferente a la primera. Al inicio Andy no la vio bien, pues usaba un amplio sombrero blanco, quizás uno de los sombreros más grandes que Andy había visto, con plumas lilas y que la cubría casi por completo desde el ángulo en que la miraba. Le pareció casi increíble que hubiera podido salir del vehículo tan fácilmente, sin que el sombrero le estorbara o se le cayera. Ella sí reparó en Charlie, e incluso le extendió la mano, cubierta con un guante largo lila como las plumas de su sombrero. El portero la tomó con gentileza, pero no la estrechó como Andy esperaba sino que inclinó su cabeza hacia la mano y la beso; aquello a Andy le pareció curioso.

La mujer también usaba tacones altos, y no tardó mucho en caminar hacia la entrada detrás de la primera. Sin embargo, a media acera se detuvo, se quedó quieta en ese punto por varios segundos, y entonces lentamente alzó su mirada hacia arriba, y el sombrero no la siguió escondiendo más. Su rostro, afilado y pálido, con rizos cayendo sobre él, quedó a la vista del joven Andy. Y sus ojos, de un azul claro, lo miraron a él, algo que se suponía debía intentar evitar lo más posible. Pero aun siendo consciente de eso, no fue capaz de apartar su mirada, o retroceder para ocultarse. En su lugar permaneció ahí de pie, observando a aquella mujer con una fascinación que le resultaba un tanto ajena.

Y entonces pudo ver como ella le sonreía, ampliamente y con emoción… Y aquello inquietó al muchacho, pero al mismo tiempo le reveló bastante más de lo que hubiera esperado.

El sonido de la puerta del departamento abriéndose fue lo único que logró hacer que Andy reaccionara, y apartara la concentración de la mujer, más no su mirada.

—Andy —escuchó la voz de su madre pronunciar desde el pequeño vestíbulo—. ¿Dónde estás, cariño?

—En la sala —respondió sólo con el volumen adecuado para ser oído, pero no más. Permaneció de pie frente a la ventana, sólo para ver cómo la mujer del sombrero blanco siguió caminando como antes, hasta que perderse de su vista en el interior del edificio.

La presencia de su madre a sus espaldas se volvió palpable, y lo hizo virar al interior del departamento. Su madre, la hermosa y única Rosemary, se encontraba de pie en el arco de la sala, aún con su abrigo olivo puesto, y su bolso colgando de su hombro. Parecía un poco alarmada por verlo ahí de pie frente a la ventana, y más por qué ésta estuviera abierta.

Andy tendría muy grabada en su mente la apariencia de su madre en esos tiempos, y sería siempre la que lo acompañaría en los años por venir, incluso más que la de la mujer cuarenta años mayor, postrada en una cama médica sin poder abrir sus ojos siquiera. En aquellos momentos, para Andy su madre era la mujer más hermosa que había conocido nunca, con su cabello rubio corto cayendo sobre sus hombros, sus ojos grandes y azules y su rostro de facciones delicadas y casi inocentes, a pesar de ya haber cumplido los treinta y cuatro.

—¿Cómo te fue? —Preguntó el niño con absoluta tranquilidad.

—Tan bien como podría —respondió Rosemary despacio, intentando sonar calmada.

Luego de divorciarse, poco después del nacimiento de Andy, Rosemary tuvo que ingeniárselas para conseguir un trabajo que fuera lo suficiente para mantenerlos a su hijo y a ella, dejando el poco dinero que su exmarido les daba, así como los “desinteresados” regalos del resto de los vecinos, sólo para cuando fuera inevitablemente necesario (que lamentablemente era bastante seguido). Al inicio había saltado de trabajo en trabajo haciendo prácticamente lo que fuera, hasta que consiguió una oportunidad en un nuevo canal de televisión gracias a su experiencia pasada como secretaria y asistente de producción antes de casarse. Llevaba tres años ahí, y de momento las cosas parecían estar bien, pero rara vez le era posible llegar tan temprano a casa como ese día.

Rosemary entró en la sala y caminó hacia el pequeño. En el camino dejó su bolso sobre uno de los sillones.

—¿Qué haces en la ventana? —Le preguntó con tono neutral, parándose a su lado, y atrayéndolo hacia ella con una mano. Miró entonces en dirección a las dos salidas de la sala, o más bien escuchó para percatarse de la presencia o ausencia de alguna tercera persona—. ¿Estás solo?

—Laura-Louise estuvo toda la mañana —respondió Andy—, pero Minnie la mandó a llamar hace una hora. Creo que les acaba de llegar una visita.

—¿Una visita? —Musitó Rosemary, un tanto perpleja, y se aproximó entonces a la ventana, asomándose hacia afuera. El vehículo negro seguía ahí estacionado, pero ya no había rastro de las dos mujeres que Andy había visto bajándose de él, ni tampoco del conductor o de Charlie.

Rosemary cerró de nuevo las dos puertecitas de la ventana, y les colocó el seguro. Luego se viró hacia su hijo, se inclinó hacia él apoyándose en sus rodillas, y le murmuró despacio procurando no sonar demasiado alarmada:

—¿Alguien te vio?

—No —mintió Andy con deliberación, pues él sabía muy bien que la mujer del sombrero lo había visto, pero presentía que aquello no sería en realidad un gran problema.

Todos ahí lo protegían mucho al momento de tener contacto con las personas fuera del Bramford. No cualquiera debía de verlo, o en específico sus ojos…

En ese rostro infantil, serio la mayor parte del tiempo pero no carente de esa inocencia propia de un niño que aún desconoce del todo la maldad verdadera, aquellos ojos grandes y dorados con pupilas alargadas, resaltaban enormemente. No eran los ojos de un niño, ni siquiera los de un ser humano, sino más propios de un animal, un felino… o una Bestia. Había forma de ocultarlos, y siempre que era inevitable el tener que sacarlo a la calle Roman se encargaba de ello. Y aunque en un inicio Rosemary se había sentido espantada por dichos ojos, no tardó mucho en, no sólo acostumbrarse a ellos, sino incluso a amar esos “hermosos ojos de tigre” como solía llamarlos. Eran los ojos de su hijo, y eso era lo único que le importaba.

Rosemary sonrió ante la respuesta del pequeño, aunque no estuviera del todo convencida de que le dijera la verdad. Colocó una mano en su cabeza y se inclinó hacia él, dándole un pequeño beso en su frente. Luego se puso de pie y caminó de regreso hacia el sillón dónde había dejado su bolso.

—Te tengo una sorpresa —le advirtió Rosemary con voz juguetona, y Andy la siguió curioso con la mida. Rosemary abrió su bolso, y sacó algo de su interior—.  ¡Ta-dá! —Pronunció con júbilo al girarse hacia su hijo, extendiendo en sus manos el pequeño libro de color alegres, con un dibujo de dos niños jugando con yoyos en su portada—. ¿Era lo que querías?

Los ojos dorados de Andy se iluminaron al verlo, y rápidamente se le aproximó, tomando delicadamente el libro entre sus manitas. En letras grandes y rojas se leía: “101 Trucos para tu Yoyo.” Aquel número terminó por impactar aún más a la joven mente del pequeño; no creyó que existieran tantos.

—¡Sí! —Pronunció Andrew con entusiasmo, y sin vacilación se lanzó hacia su madre, rodeándola fuertemente con sus brazos—. Gracias, mamá.

—De nada, mi pequeño —pronunció la mujer con alegría, abrazando también su cuerpecito—. Sólo procura no romper nada cuando intentes esos trucos, ¿sí?

—Sí, lo prometo.

Rosemary sonrió satisfecha.

—¿Qué te parece si te preparo un espagueti para que comamos juntos? ¿Te gustaría?

—No tengo hambre, pero sí me gustaría.

—¿Quieres ayudarme? —Le preguntó Rosemary, apartándose un poco para poder verle el rostro. Andy asintió rápidamente—. Siempre tan atento, mi pequeño caballero —añadió la mujer, dándole un beso más en su frente, y otro más en su cabecita.

Luego de dejar su bolso y abrigo en el closet de la entrada, ambos se dirigieron lado a lado a la cocina. Rosemary sentó al pequeño sobre la encimera, y comenzó entonces a prepararlo todo. Llenó una olla con agua y le prendió fuego para que el agua hirviera. Puso a calentar también el aceite en un sartén, y sacó la carne molida del refrigerador para guisarla. Adicionalmente sacó todos los ingredientes para preparar la receta de salsa para espagueti casera que una de sus compañeras del trabajo le había pasado, y que tanto le había gustado a Andy la última vez.

Mientras ella iba de un lado a otro con todo aquello, le contaba a Andy todo lo que había hecho desde que cruzó la puerta esa mañana, su trayecto por el metro (a Andy le encantaba subirse al metro), todo lo que había hecho en el trabajo haciéndolo sonar más increíble e interesante de lo que realmente era, y claro su desviación a la librería para conseguirle su nuevo libro. El chico simplemente la miraba, sonreía y asentía. Quizás no comprendía todo lo que le decía, pero le gustaba que le contara todas sus cosas; le era más interesante oírlo de ella que de la televisión o la radio.

Para Rosemary, esos pequeños momentos de júbilo más “normal” la hacían sentir que por un instante podían ser una familia convencional. Que sólo eran ellos dos contra el mundo, sin importar lo que hubiera más allá de esas ventanas o de esa puerta. Que era sólo una madre divorciada más, de esas que se estaban haciendo poco a poco más comunes en esa época, que hacía todo lo posible por sacar adelante a su hijo. Que era una buena madre, criando a un estupendo niño que algún día sería un hombre ejemplar, al que ella vería con orgullo y admiración…

Al menos así se sentía, hasta que la realidad llamaba a la puerta, justo como lo hizo en ese momento.

El timbre de la puerta fue como el sonido del despertador, haciendo que Rosemary se estremeciera en su sitio. Su mirada se desvió lentamente en dirección a la puerta, pese a que había al menos dos muros entre dicho punto y ella. Andy también miraba en la misma dirección, con esa estoicidad tan habitual en él que no hizo más que aumentar la sensación de malestar que Rosemary ya presentía. Nunca era bueno cuando alguien tocaba a la puerta inesperadamente.

Rosemary apagó rápidamente las hornillas de la estufa, y se retiró apresurada el mandil color rosado atado a su cintura.

—Quédate aquí —le indicó a Andy, que le asintió aún desde la encimera de la cocina.

Salió entonces con paso firme y decidido, y se dirigió directo a la puerta. Sus puños se apretaban igual que sus dientes. Dudó un momento antes de asomarse por la mirilla de la puerta, pero al final lo hizo. El rostro alargado, arrugado y exageradamente maquillado de Minnie Castevet se hizo presente del otro lado, mirando a la puerta como alguna grotesca aparición recién levantada de la tumba.

Rosemary soltó un quejido de desagrado, y consideró seriamente la idea de alejarse de la puerta y fingir que no había oído nada. Pero casi al instante el timbre volvió a sonar una segunda vez, obligándola a reaccionar.

Retiró entonces los tres seguros de la puerta, y la abrió rápidamente, encarando de malagana a la mujer del otro lado. Ésta la miró desde abajo con sus ojos entrecerrados y su mueca torcida, al parecer algo asombrada de que hubiera sido justamente ella quien le abrió.

—Ah, hola Rosemary —saludó Minnie Castevet, apartando su mirada hacia un lado con cierta indiferencia—. No sabía que ya habías vuelto.

—¿Qué quieres, Minnie? —Le cuestionó Rosemary sin rodeos, y sin la menor cortesía.

—No es contigo, querida. Vengo por Adrián.

Andrew está ocupado —pronunció Rosemary con severidad, haciendo principal énfasis en el nombre que ella había elegido para su hijo y que ellos insistían en ignorar—. Estamos preparando la cena y comeremos juntos. Y no hay suficiente para más personas, así que lo siento…

Se dispuso entonces sin la menor espera, y en especial sin la menor culpa, a cerrarle la puerta en la cara a su agradable vecina. Sin embargo, ésta alzó rápidamente su mano y, a pesar de sus años, tuvo la fuerza suficiente para detenerla de hacerlo.

—No es momento para tus tonterías, Rosemary —musitó Minnie con voz rasposa y gutural, como salida de algún animal rastrero que intentara imitar de alguna forma una voz humana. Al parecer intentó calmarse justo después, recuperando su compostura y su tono solamente con lo mínimo requerido de cortesía—. Alguien importante acaba de llegar, y vino de muy lejos justo y únicamente para conocer al muchacho. ¿Tengo que recordarte, otra vez, cómo funciona este acuerdo entre nosotros, jovencita?

Rosemary respiró profundamente por su nariz, conteniendo sus ganas de empujar la puerta con más fuerza, aunque le rompiera su frágil brazo de anciana en el proceso. Le resultaba principalmente molesto como sacaba a relucir ese supuesto “trato”, al que la palabra “extorción” le quedaba mejor. Básicamente ellos se creían en el derecho de darle permiso o no de ver a su propio hijo, de decir cómo criarlo y cómo no, y de disponer de él en el momento y lugar que les viniera en gana. Rosemary los odiaba enormemente, y con el pasar de los años ese sentimiento sólo había ido en aumento.

Y, aun así, ahí seguía, en ese mismo departamento, aguantando todo eso por ya casi diez años. Y, ¿por qué? Porque al final de cuentas ella los necesitaba. Andy no era un chico normal, y no sólo por sus ojos. Para bien o para mal, la única forma en que su muchacho podría tener una vida medianamente normal, era si ellos lo ayudaban a hacerlo. Y debido a eso, Rosemary tenía a veces que tragarse su coraje y su odio por estas personas, y sólo hacer lo que pedían sin chistar. Y eso ellos lo sabían muy bien…

—Arréglalo lo más presentable que puedas y traelo lo antes posible —le indicó Minnie, que tomó el silencio de Rosemary como suficiente respuesta—. Pueden seguir con su cena después de eso.

—¿Cuándo piensas morirte, maldita bruja? —Soltó Rosemary, siendo el único escape de rabia que se podía permitir de momento. Minnie, más que molestarse, sólo rio divertida por ello.

—Todavía no, querida. Todavía no…

Cuando Minnie se alejó por el pasillo, Rosemary cerró la puerta con fuerza, imaginándose por un momento que la golpeaba en su gran nariz con ella, y quizás incluso se la rompía en el proceso. Se quedó de pie frente a la entrada, sujetándose su frente con una mano y cerrando los ojos, dando la impresión de que le estaba dando una migraña, pero siendo de hecho algo más complejo que eso; para una migraña podría al menos tomar una pastilla.

Recordó entonces lo que Andy había comentado más temprano, sobre que les había llegado una visita, y que parecía concordar con lo que Minnie acababa de decir. No era inusual que vinieran personas de lejos a verlos, en especial a Andy. Pero como todo lo que involucraba a esa maldita Aquelarre y su hijo, a Rosemary no le gustaban esas visitas, pero era de esas cosas que no se podía saltar.

Al girarse por el pasillo, se encontró con Andy de pie más adelante, contemplándola en silencio.

«¿En qué momento te volviste tan grande como para bajarte tú solo de la encimera?» se cuestionó Rosemary a sí misma. Se olvidaba a veces de que su hijo tenía ya diez años; no era ni de cerca un niño pequeño, sino todo lo contrario. Muy pronto sería incluso más alto que ella.

—Vamos a cambiarte, Andy —le indicó al pequeño, extendiendo su mano hacia él.

—Mamá —pronunció el niño con seriedad—. No estés molesta. Está bien, enserio. A mí no me molesta ver a estas personas.

—Yo sé —pronunció Rosemary por mero requisito, pues en realidad el hecho de que no le molestara le resultaba incluso más preocupante—. Vamos.

— — — —

Rosemary hizo que Andy se pusiera uno de los trajes que Roman le había regalado hace tiempo, de un color azul oscuro, además de una camisa blanca y una corbata negra a la que ella le hizo el nudo, explicándole como otras veces cada paso que debía realizar para él mismo hacerlo. El niño siempre parecía entenderlo, pero quizás era mucho esperar que se lo memorizara en esos momentos.

Luego de vestirlo y peinarlo, ambos salieron del departamento tomados de la mano, y se dirigieron a la puerta de a lado, hacia el infame departamento 7-A de los Castevet, alias el corazón negro entorno al cuál giraba toda la oscuridad y maldad del Bramford, en opinión de Rosemary.

Cuando la puerta se abrió, fueron recibidos del otro lado por la jovial sonrisa John Lyons, el apuesto nieto de veinte años del Dr. Shand, otra de las viejas escorias del Aquelarre de Marcato.  John acababa hace relativamente poco de mudarse a New York, y desde entonces se había vuelto el ayudante no oficial de los Castevet para apoyarlos en lo que ocuparan; después de todo «ambos ya son demasiado mayores para vivir completamente solos», había alegado Stanley Shand, quizás sin ser muy consciente de que él estaba a unos cuantos años de distancia de su misma situación.

—Buenas tardes, pasen —les saludó John con gentileza, haciéndose a un lado para dejarles el camino libre.

—Hola, Johnny —pronunció Andy con moderada alegría mientras pasaba al departamento junto con su madre.

—Mi señor Adrián, qué placer verlo —profirió John con un tono juguetón, haciendo además una exagerada reverencia cuando pasaron a su lado. Andy soltó una risa distraída.

Después de Andy, John era el más joven de los que vivían en el Bramford, a pesar de que se llevaban diez años de diferencia. Aun así, el niño se había vuelto muy apegado a él, de vez en cuando refiriéndosele como su único amigo. Aquella relación tenía a Rosemary en conflicto, pues indudablemente John era otro más de los adoradores del Diablo bajo la tutela de Roman, convirtiéndose ya en esos momentos prácticamente en su hombre de confianza, que eso por sí mismo ya lo haría no sólo merecedor de su desconfianza, sino también de su desagrado.

Por otro lado, era quizás el único en ese sitio, aparte de ella, que de vez en cuando solía interactuar con su hijo de una forma más normal, jugando juegos de mesa, viendo televisión con él, o acompañándolo al parque. De todos sus cuidadores en ese sitio, John era con el que más tranquila se sentía… pero eso no era decir demasiado.

John cerró la puerta del 7-A una vez que ambos entraron, y los guió hacia un par de sillas ubicadas más adelante ahí mismo en el recibidor.

—Aguarden aquí, avisaré que ya llegaron —les indicó John, y Andy se apresuró a acatar la instrucción de inmediato. Rosemary permaneció de pie un poco más. Notó que las puertas corredizas del salón principal estaban cerradas, por lo que intuyó que ahí debían de estar Roman, Minnie y quizás todos sus demás “amigos” reunidos con la importante persona que había ido a visitarlos. Dicha sospecha se confirmó cuando John se dirigió precisamente a dichas puertas, y entró por ellas sólo abriéndolas lo necesario, como si temiera que alguno de los dos pudiera ver para adentro.

«Dios, que no tengan algún cordero degollado o algo así ahí adentro, por favor» pensó Rosemary, sujetándose su frente con una mano, y se sentó al fin en la silla a lado de su hijo. Al mirar a éste, notó que él miraba fijamente hacia un lado, al perchero de la esquina a un lado de la puerta. O, más específico, al ancho sombrero blanco con plumas lila que colgaba de uno de sus brazos.

—¿Estás bien, cariño? —le preguntó con delicadeza, tomando una de sus manos entre sus dedos. Andy siguió mirando el sombrero un rato más, y luego pronunció en voz baja:

—No lo sé… Hay algo diferente.

—¿Diferente cómo?

Andy se viró en dirección a las puertas cerradas del salón, y añadió:

—No sé cómo describirlo.

Rosemary no supo cómo interpretar aquello, pero era la primera vez que lo veía así de inquieto. Ella misma miró aquel curioso sombrero, y no pudo evitar preguntarse qué clase de persona usaría algo tan exagerado y de mal gusto como eso.

Las puertas del salón se abrieron en ese momento de par en par.

—Pasen, por favor —pronunció el elocuente John, y añadió justo después para quedar claro—:  Ambos.

Rosemary se sorprendió un poco al oírlo. Normalmente no la dejaban entrar a esas reuniones, y le pedían que se quedara ahí afuera, si es que en su defecto no la dejaban enteramente afuera del departamento. Pero no iba a discutirlo, en especial porque sintió que Andy apretaba más su mano entre sus dedos, convenciéndola aún más de que fuera lo que fuera que ocurría ahí adentro, lo tenía inquieto. Así que sin más, ambos se pararon y avanzaron al salón.

Para sorpresa y alivio de Rosemary, no había ningún animal degollado, ni velas encendidas, ni pentagramas o sangre en las paredes. Ni siquiera estaban ahí Laura-Louise, el Dr. Shand y el resto de los lamebotas de Roman. En su lugar, al entrar Rosemary sólo reparó en la presencia de cuatro personas, incluidas Roman y Minnie, ambos sentados en el sillón largo al fondo del salón. Una mujer de piel oscura y de traje verde que ella no conocía estaba de pie a lado de la silla individual. Y justo en esa silla, por encima del alto respaldo, sobresalía la corona de la cabeza de la cuarta persona, decorada con unos rizos color castaño claro.

—Oh, Adrián —le saludó Roman desde su asiento, sin hacer de momento el intento de pararse. Sólo alzó su mano, haciendo el ademán para que se acercara más—. Pasa muchacho, por favor. Hay alguien que tienes que conocer…

Andy obedeció, soltando lentamente la mano de su madre y avanzando hacia ellos. Rosemary permaneció de pie frente a las puertas, de nuevo cerradas por John, observando todo en silencio.

—Tío Roman, tía Minnie —saludó Andy agachando la cabeza con respeto. Se quedó entonces de pie en el centro del salón mirando hacia Minnie y Roman, y dándoles deliberadamente la espalda a las otras dos personas, en especial a la que estaba sentada.

—Vaya, vaya, vaya —pronunció una voz melodiosa y juguetona que resonó en el salón con un extraño eco que al menos Rosemary no recordaba que esa habitación tuviera—. Qué caballero tan apuesto tenemos aquí…

Andy se giró irremediablemente hacia ese sillón que intentaba evitar. No le sorprendió ver ahí sentada a la misma mujer que había visto anteriormente frente al edificio. Aunque ahora sin su sombrero, y teniéndola más cerca, pudo percatarse más de su apariencia. Era una mujer mayor, aunque no tanto como Roman, Minnie u otros más de sus cuidadores en el Bramford. Usaba un vestido entallado color blanco, y unos guantes lila que se llegaban hasta por debajo de los codos. Su cabello era muy rizado, castaño claro, y caía frente a sus hombros. Su piel era muy blanca, quizás por maquillaje, y sus labios tenían un rojo intenso y se curvaban en una amplia sonrisa despreocupada. Sus ojos además eran de un azul tan claro que casi parecían ser blancos, y tenían una mirada intensa que Andy no pudo evitar sentirse un poco incómodo al sentirla.

—Ravi de vous rencontrer, jeune maître Adrian —pronunció aquella extraña, en un francés bastante fluido, y extendió entonces su mano derecha hacia el chico—. Me llamo Margaux, y soy… una vieja amiga de la familia.

Rosemary percibió el marcado acento francés que se escuchaba en cada una de sus palabras. En efecto, venía de un lugar lejano como Minnie había dicho, pero no lo más lejano que alguno de sus visitantes había venido.

—Acércate, no estés nervioso —le indicó la mujer presentada como Margaux a Andy, pues éste se había quedado totalmente quieto a pesar de que ella había extendido la mano.

Andy se aproximó cauteloso, y su primer reflejo fue extender su mano para tomar la de la mujer, pero no fue capaz de hacerlo. En su lugar, ella alargó el brazo hasta colocar su mano sobre el rostro del niño. Rosemary se alarmó un poco por esto, y pareció tener por un momento la iniciativa de aproximarse, pero John la detuvo tomándola gentilmente de su brazo. Su preocupación igual no fue necesaria, pues la mujer simplemente pasó su mano enguantada por el rostro del pequeño, haciendo que lo girara un poco hacia los lados para poder apreciarlo mejor.

—Eres tan hermoso y perfecto cómo Argyron me había contado —indicó la mujer de blanco con ferviente emoción—. Especialmente esos ojos —añadió mientras observaba maravillada los penetrantes ojos dorados del niño.

«¿Argyron?, ¿el griego?» pensó Rosemary al escuchar ese nombre. Si era quien pensaba, era uno de los visitantes habituales de los Castevet, estando incluso presente en la celebración del nacimiento de Andy (en donde ella misma no fue invitada pero se metió aún así). Era bastante agradable, a pesar de que seguro era un maldito bastardo como todos los demás. ¿Qué relación tenía esa mujer con él?

—Normalmente usamos un conjuro para ocultarlos cuando sale a la calle —indicó Minnie, refiriéndose a los ojos del niño—. Pero aquí adentro es un lugar seguro. Ya no hay ningún inquilino o trabajador en este edificio que no esté con nosotros; nos aseguramos de eso hace tiempo.

Bien entendu —pronunció Margaux asintiendo, y retiró al fin la mano del rostro del muchacho—. Deberás disculparme que haya tardado tanto en venir a conocerte. Han sido tiempos complicados, pero al fin estoy aquí. Así que dime, Adrián, ¿estos viejos te han estado enseñando un poco de su magia?

—Algo —respondió Andy con seriedad—. Pero aún no logro hacer mucho.

—Claro que no, porque lo que ellos pueden enseñarte son apenas un poco más que trucos de carnaval. —Rosemary notó que tanto Roman como Minnie no parecieron muy contentos por ese comentario, y eso de cierta forma le produjo satisfacción—. Pero tú estás muy por encima de eso, mon chéri —añadió Margaux, inclinándose hacia el niño para verlo más de cerca con sus intensos ojos claros—. ¿Te gustaría conocer el alcance real de lo que eres capaz? ¿Conocer el mundo? ¿Vencer a la muerte? ¿Vivir… deliciosamente?

Hubo algo en la forma en que esa mujer pronunció aquello que incomodó notoriamente a Rosemary. Pero lo que más la desconcertó fue que Andy, tras unos segundos de meditación, respondió con un frío y escueto:

—Sí…

Los labios rojos de Margaux se ensancharon en una amplia sonrisa al oír su respuesta.

—Entonces tú y yo seremos muy buenos amigos de aquí en adelante, Adrián.

La mujer francesa se paró entonces de su asiento, y se giró sobre sus pies en dirección a la puerta, posando de inmediato sus ojos en Rosemary. Ésta se estremeció un poco al sentirse observada, y más al notar que aquella mujer era bastante más alta que ella, sacándole al menos una cabeza y media.

—Y tú debes ser Rosemary —pronunció Margaux jubilosa, aproximándosele. Rosemary se quedó quieta en su posición. Por algún motivo la imponente presencia de aquella mujer la había dejado petrificada—. He oído mucho de ti…

La mujer la tomó abruptamente de los hombros, aunque no con demasiada fuerza. Y justo después se inclinó hacia ella, dándole dos besos rápidos, uno en cada una de sus mejillas, antes de que Rosemary pudiera siquiera reaccionar. Luego se paró de nuevo firme delante de ella, la miró atentamente a los ojos, y le sonrió ampliamente de una forma que quizás intentaba ser amistosa, sin lograrlo del todo…

—No sabes la envidia que te tengo, chéri… —pronunció Margaux despacio, como un susurro secreto sólo para ellas dos. Rosemary permaneció callada.

La mujer retiró entonces sus manos de sus hombros y le sacó la vuelta, avanzando hacia las puertas que John se encargó rápidamente de abrir.

—Roman, descansaré un rato si no les molesta —indicó elocuente mientras salía—. Ingrid se encargará del resto.

—¿El resto de qué? —Pronunció Rosemary al fin, pero cuando fue capaz de girarse a ver a la extraña, ella ya se había perdido dando la vuelta por el pasillo y desapareciendo de la vista de todos.

Rosemary se giró hacia Roman y Minnie, en busca de alguna explicación más clara sobre de qué se trataba todo ese asunto.

—John —pronunció Roman, apuntando en su cabeza a Andy. El veinteañero pareció comprender sin problema.

—Ven, Adrián —pronunció John, extendiéndole su mano al muchacho—. ¿Quieres que vayamos a jugar abajo?

El chico arrugó un poco su entrecejo, y se viró sobre su hombro hacia los dos dueños del departamento.

—Ve Adrián —le indicó Minnie con una sonrisa despreocupada—. Hay asuntos de adultos que discutir.

Andy miró entonces a su madre en busca de otra confirmación. Ella vaciló, pero al final simplemente asintió para indicarle que podía ir. Si lo que ese par de brujos querían decir era algo tan serio que ni siquiera querían que Andy lo oyera, definitivamente ella tampoco lo quería ahí.

Siguiendo entonces la instrucción que le habían dado, Andy se aproximó hacia las puertas aún abiertas. John colocó una mano en su espalda para guiarlo, pero antes de irse cerró las puertas detrás de ellos. Rosemary se preocupó un poco al darse cuenta que se había ido sin que Roman le pusiera el dichoso conjuro o lo que fuera en sus ojos, pero si sólo iban al jardín central de la planta baja no debería haber problema.

Una vez que los dos más jóvenes del lugar salieron del departamento, las cosas comenzaron a moverse.

—Señora Woodhouse, un placer —pronunció la mujer de vestido verde, la otra extraña de esa reunión, aproximándose con su mano extendida hacia ella—. Soy Ingrid Archer, la asistente y abogada de la Sra. Margaux Blanchard.

—Yo ya no soy la Señora Woodhouse —le respondió Rosemary secamente—. Mi apellido de soltera es Reilly.

Adicional a esa corrección, se volvió evidente que no tenía intención alguna de estrechar la mano que aquella mujer le extendía, lo que obligó a que Ingrid Archer tuviera que bajarla con cierta derrota.

—Me disculpo —pronunció Ingrid despacio, intentando no sonar irritada. Se aproximó entonces a la mesa de centro de la sala, colocando sobre ésta su maletín y comenzó a revisar su interior hasta sacar una gruesa carpeta azul—. No le quitaré mucho tiempo, sólo tengo unos papeles que necesitan su firma.

—¿Papeles? —Pronunció Rosemary confundida.

—Si gusta tomar asiento —le indicó la mujer de verde, extendiendo su mano hacia el mismo sillón que hasta hace poco estaba ocupado con Margaux.

Vacilante, Rosemary tomó asiento como le habían indicado. Ingrid le extendió en ese momento la carpeta para que la tomara.

—¿Qué es esto? —Cuestionó Rosemary defensiva, tomando aquel legajo entre sus manos. Ingrid no tardó en comenzar su explicación.

—Es la inscripción del joven Adrián al Colegio Lafayette, el trámite de su visa, los permisos pertinentes para su viaje y residencia, así como los documentos necesarios para que la Sra. Blanchard ejerza como su tutora legal para cualquier asunto referente al niño durante su estancia en París.

—¿París? —Pronunció Rosemary con fuerza, casi con espanto—. ¿De qué demonios está hablando esta mujer, Roman?

Rosemary se viró en dirección al viejo satanista sentado en el otro sillón. Éste, para sorpresa de la mujer, agachó su mirada, casi avergonzado. Aquello era inusual en él, pues siempre había parecido tan seguro de sí mismo desde que lo conoció. Roman se puso entonces de pie, caminó hacia la chimenea del salón, apoyándose en la repisa de ésta mientras le daba la espalda a su invitada forzada.

—Margaux ha venido a llevarse a Adrián a Europa durante una temporada —indicó el descendiente de Marcato—. Ahí podrán enseñarle y adiestrarlo de una forma más… apropiada a lo que podríamos hacer aquí.

Aquello fue tan repentino e inexplicable para Rosemary, casi como si le acabaran de dar un puñetazo en la cara.

—¡¿Estás bromeando?! —Espetó la madre con ímpetu, parándose rápidamente de su asiento—. Ustedes y yo teníamos un trato, ¿y ahora están hablando de la nada de mandar a mi hijo a París lejos de mí?

—Todo tiene que ser un melodrama contigo, ¿cierto? —Masculló Minnie con fastidio desde el sillón—. Ya tuviste diez años en los que se te dio permiso de hacer lo que te viniera en gana con él; es hora de que te vuelvas un poco más cooperativa, ¿no te parece?

Rosemary se viró a verla con el coraje desbordándose en sus ojos, casi como si fueran lágrimas. Aun así, Minnie no pareció intimidarse ni un poco por ello.

—Míralo como un simple programa de intercambio —balbuceó la anciana, agitando de forma despreocupada una mano en el aire—, para que el chico amplíe sus horizontes y conozca más del mundo fuera de estas oscuras paredes. Es una escuela estupenda, y París es una ciudad hermosísima. Aprenderá mucho más allá de lo que podría hacerlo aquí contigo.

—Sólo tiene diez años —señaló Rosemary con firmeza—. Aún necesita a su mamá.

Minnie bufó irónica ante tal argumento, estando muy cerca de soltar una risa burlona.

—Eso es debatible…

—Escucha, Rosemary —pronunció Roman abruptamente, girándose de nuevo hacia la mujer más joven. Su semblante era seguro y firme, pero no tanto como Rosemary estaba acostumbrada a verlo—. Esto no me agrada mucho más que a ti. Yo más que nadie deseaba que Adrián se quedara aquí con nosotros, para moldearlo y enseñarle a nuestra forma. Pero ésta no es más nuestra decisión.

—¿Y por qué no? ¿Que no eres tú el líder de todos estos… locos?

Roman calló unos momentos. Miró a Minnie, que sólo se volteó a otro lado como si quisiera ignorarlo, y luego respondió con voz apagada:

—Yo ya no puedo encargarme más de Adrián. Estoy… muriendo, Rosemary…

—No me digas —exclamó la rubia con sarcasmo, cruzándose de brazos—. Es la tercera vez que te oigo decir eso.

—Esta vez es enserio —señaló Roman con melancolía en su voz—. Me quedan un par de meses, máximo…

Rosemary lo observó en silencio, un poco desconcertada por verlo con esa actitud tan apagada e impropia de él. ¿Estaba hablando enserio? Ya la había engañado antes con trucos parecidos, pero esa ocasión se sentía un poco diferente. Podía verlo en su mirada, en su rostro avejentado, en su cabello enteramente blanco que ya en esos momentos era más escaso, y en su complexión algo más delgada y menos gruesa y firme que de costumbre. Quizás deliberadamente había decidido ignorarlo, pero ahora que lo veía no podía negar que en efecto algo era muy distinto en él…

Roman Castevet, que siempre parecía tan fuerte, tan impecable, tan eterno… ¿en verdad moriría al fin?

Rosemary se sorprendió un poco al darse cuenta que, de hecho, esa revelación sí la afectaba un poco más de lo que esperaba. De alguna forma enferma y casi humillante, había llegado a depender de él en esos diez años para que la cuidara y procurara. Pero dicho sentimiento era opacado casi por completo por el intenso resentimiento que le tenía por todo el daño que le había hecho; a ella y a su hijo. Así que de su parte, no le sería posible exteriorizar ni un poco de simpatía por él.

—Tanta adoración por el Diablo, y al final te dejará morir como a un perro igual que a cualquier otro de nosotros —señaló Rosemary, sonando deliberadamente hiriente—. Te hace preguntarte qué fue lo que realmente obtuviste al final de todo esto, ¿eh?

Roman no respondió nada a tal comentario; ni siquiera fue capaz de alzar la mirada, y Rosemary concluyó que él mismo debió de haberse hecho el mismo cuestionamiento en alguna ocasión. En silencio, el viejo inquilino del 7-A volvió al sillón, sentándose al lado de Minnie.

—Margaux es la cabeza del Aquelarre más grande de Europa —le informó Roman con claridad, como si aquello significara algo para ella—. Es muy poderosa y tiene grandes influencias y prestigio. Cuidará muy bien de Adrián y le dará todo lo que necesita.

—Todo lo que necesita está aquí, a lado de su madre —señaló Rosemary tajantemente—. No se irá con una completa extraña al otro lado del mundo. Yo no lo permitiré.

—No seas impertinente —soltó Minnie con irritación—. Esto se hará con o sin tu consentimiento. Así que si quieres aún seguir siendo parte de su vida, cuando sea conveniente, te sugiero dejes las niñeras.

—No me amenaces, Minnie —le devolvió Rosemary—. Si no ocuparan mi consentimiento, no estarían aquí pidiendo mi firma en estos papeles, ¿o me equivoco?

Al pronunciar lo último, arrojó con molestia la carpeta azul hacia la mesa de centro, haciendo que algunos de los adornos sobre ésta se agitaran, e incluso uno estuviera a punto de caer.

—Sra. Wood… —pronunció Ingrid de pronto intentando intervenir, pero deteniéndose un poco para corregirse a sí misma el uso del apellido incorrecto—. Sra. Reilly. Su cooperación haría todo mucho más sencillo, sí. Pero si no contamos con ella, hay otros métodos que podríamos considerar. Cómo consultar el asunto con el padre del niño, por ejemplo. El padre legal, quiero decir, no el… —Guardó silencio y se aclaró su garganta, evitando hablar de más, y luego prosiguió como si nada hubiera pasado—. Entiendo que el Señor Woodhouse es de mente mucho más… abierta

—¿Guy? —Rio Rosemary, genuinamente divertida por la idea—. No te servirá de nada ir con ese bastardo, ¿me oíste? Además de que aquí todos sabemos muy bien que es su padre sólo en papel, yo tengo la custodia completa y todo el control legal de lo que se refiere a Andrew. Él no tiene ningún derecho.

La mirada de Ingrid se endureció, dejando ver que sus respuestas y actitud retadora no le eran para nada agradables; incluso menos que a sus actuales anfitriones.

—Sortear ese tipo de asuntos es lo que mejor hacemos, señora Reilly —musitó despacio con voz mordaz—. Así que no nos ponga a prueba…

Y claro, esa más que obvia amenaza tampoco agradó en lo más mínimo a Rosemary. Y entre mujeres que no se andaban con tonterías, una madre siempre tendría más determinación. Pero en lugar de directamente darle una bofetada por su atrevimiento, que ganas no le faltaron, Rosemary sólo se retiró de ahí, abriendo las puertas corredizas hasta azotarlas, y haciendo posteriormente lo mismo con la puerta principal, pues los tres oyeron el fuerte estruendo que casi agitó todo el departamento.

Luego de eso, todo fue silencio.

—¿Enserio? —Musitó Roman, mirando de reojo a la mujer de verde—. Veo que no te enseñan mucha negociación en Cambridge, ¿eh?

Ingrid guardó silencio, manteniéndose serena y con su semblante inmutable, pero en el fondo ciertamente apenada por el resultado de esa conversación. Sin embargo, no estaba del todo preocupada, pues dicha conclusión fue una de las posibilidades que su jefa le había compartido con anterioridad. Lo que Ingrid desconocía, sin embargo, era qué se suponía debían de hacer si en efecto las cosas terminaban así. Y, quizás, había tenido algo de miedo de preguntarlo directamente en aquel momento.

FIN DEL CAPÍTULO 95

Notas del Autor:

¡Flashbacks! Apuesto a que los extrañaban… ¿No?, bueno no se preocupen, éste no será tan largo, en el siguiente capítulo se termina, y es justo el momento correcto para contar este pedacito de historia. Este capítulo cómo pudieron ver está en su mayoría enfocado en los personajes y lugares del libro y película de Rosemary’s Baby. Así que como siempre, les dejo aquí las notas de los personajes para no perdernos:

Rosemary Reilly, Roman y Minnie Castevet, así como otros personajes mencionados en este capítulo como Guy Woodhouse, son personajes pertenecientes a la novela de Rosemary’s Baby de Ira Levin, así como su adaptación a película de 1968. John Lyons como ya se dijo antes pertenece a la serie de Damien del 2016, aquí sólo me estoy tomando libertades para especificarle un pasado y un papel como en pasados capítulos.

—Los acontecimientos de este Flashback ocurren en la primavera de 1976, aproximadamente 10 años después del nacimiento de Adrián en la novela y película original, y poco más de 41 años antes de los acontecimientos actuales de la historia.

Margaux Blanchard e Ingrid Archer son personajes originales de mi creación que no se encuentran basados directamente en algún personaje ya existente en alguna de las obras involucradas. Sin embargo, si alguno tiene buena memoria, es probable que el nombre de esta última le suene familiar de algunos capítulos atrás…

Cada vez estamos más cerca del Capítulo 100, y a modo personal me emociona mucho. Aunque claro, pueden ya intuir que ese capítulo no será el último. Pero aun así, pueden ver que nos estamos acercando a un momento clave que será el punto de inflexión de lo que vendrá después. Pero ya no diré nada, mejor léanlo ustedes mismos…

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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