Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 92. Así como lo hace Dios

17 de abril del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 92. Así como lo hace Dios

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 92.
Así como lo hace Dios

Desde la perspectiva de Abra, sin embargo, al momento de abrir los ojos ya no se encontraba más en aquella camioneta en compañía de Kali, sino de pie justo en una terraza al aire libre, a la orilla de una piscina, con la música de los altavoces retumbando en sus oídos y acompañando las voces y risas de los demás chicos ahí presentes. Se sentía tan vivido como si realmente estuviera ahí físicamente, pero no era así, y había aprendido hace tiempp como diferenciarlo. Nadie más en ese sitio podía verla y oírla; y si había hecho las cosas bien, eso también debería incluir a…

—Periodismo, ¿eh? —Escuchó su voz pronunciar a sus espaldas, resaltando vívidamente del resto de sonidos—. Qué interesante elección de carrera.

Abra se concentró para hacer que su mente dejara de lado la música y las voces, la imagen de la piscina o de los demás chicos y chicas, y se enfocara solamente en lo que fuera que se encontraba detrás de ella.

Se giró lentamente, un tanto aprensiva, y justo como lo esperaba ahí lo vio. Damien Thorn se encontraba sentado en una de las sillas de la alberca, a menos de un metro de donde ella se encontraba en ese preciso momento. Y, pese a ello, el chico en efecto parecía no haber percibido su presencia en lo absoluto.

—Sí, él está aquí —murmuró despacio con su cuerpo físico, haciendo que Kali y Charlie le escucharan.

—No tanto como dirigir todo un emporio internacional —pronuncio una segunda voz, pero ésta le resultó desconocida—. Porque supongo que eso es lo que harás, ¿no?

Abra viró su atención sólo un poco hacia un lado de Damien, notando que no estaba solo: una chica estaba sentada en la silla a su diestra, y ambos parecían estar platicando de una forma bastante… ¿normal?

—¿Y ésta quién es? —Murmuró Abra despacio, aproximándose un poco hasta colocarse justo a un lado de ambos.

—En su momento —asintió Damien, respondiendo a la última pregunta de Kelly, y en efecto ignorante aún del público adicional que tenía—. Mi tío siempre quiso que la empresa quedara en la familia; es lo menos que puedo hacer para cumplir su voluntad.

—Tú tío… —Pronunció Kelly con una sensación un tanto sombría en su voz—. ¿Tu tío el que…?

Kelly dejó sus palabras flotando en el aire, siendo incapaz de culminar su propia pregunta, quizás al darse cuenta de que ésta podría ser un poco impertinente o pudiera llegar a molestarlo. En su lugar, sin embargo, una extraña sonrisa burlona se dibujó en los labios del muchacho.

—Sí, el que le prendió fuego a todo el museo y se suicidó —musitó de pronto, sorprendiendo un poco a Kelly por la forma tan casual que lo había pronunciado, pero también a Abra quien no tenía idea de qué hablaba, pero que igual le resultó intrigante.

Quizás Abra, y muchos más fuera de Chicago, no conocían la historia, o al menos no todos sus detalles. Pero lo cierto era que el incendio ocurrido durante la Noche Buena de hace cinco años en el Museo Nacional Thorn, era uno de los sucesos recientes más infames de la ciudad. Y no sólo por la pérdida de tres vidas humanas, entre ellas la del propio Richard Thorn, o los invaluables objetos históricos… sino por el secreto a voces de que, a pesar de haberlo querido hacer pasar por un accidente en un inicio, no había sido en lo absoluto tal cosa. Y que en realidad, justo como Damien había descrito con tanta elocuencia, había sido provocado por su propio tío en un perverso suicidio, tras perder la cabeza a causa de la repentina muerte de su único hijo.

Kelly recordaba bien que de niña le gustaba mucho ir a ese museo, y cuando escuchó que se quemó quedó impactada. Claro que en aquel entonces nunca hubiera pensado en un escenario tan horrible como el que ese rumor relataba, aunque dicha idea cambió un poco conforme iba creciendo. Pero como fuera, no podía creer que realmente un miembro de los Thorn hubiera dicho aquello con tanta soltura, especialmente a una completa extraña. Su mejor deducción fue que su pregunta, incluso sin concluir, le había molestado por lo sensible del tema, y aquello era más una respuesta irónica como reflejo de dicho enojo.

—Lo siento, no quise ser imprudente —se disculpó Kelly tomando una postura mucho más reservada—. Es sólo que ese suceso siempre me pareció muy extraño.

—No serías una buena reportera si no fuera así —señaló Damien con un tono extrañamente tranquilo—. ¿Te gustaría saber qué pasó en verdad ese día?

Kelly rio nerviosa, creyendo que sólo estaba bromeando. Sin embargo, la manera tan seria en la que el joven Thorn la miraba terminó por borrarle su sonrisa.

—¿Hablas enserio? —Musitó Kelly despacio, sentándose recta en la silla y colocando sus pies en el suelo—. ¿Quieres decir que no fue un accidente? ¿Realmente enloqueció por la muerte de su hijo y…? —Guardó silencio unos instantes, y tras calmarse añadió—: Si no quieres hablar de eso, está bien; enserio.

Por supuesto que sí quería saber de primera mano qué había pasado en aquel momento, especialmente si el rumor que todos decían era cierto. Pero, al mismo tiempo, le daba miedo quizás estar abriendo una puerta y estarse metiendo en algo que, no sólo no le concernía, sino que además podía resultar peligroso.

Damien, sin embargo, no dio señal de querer retractarse. Él también se sentó recto en la silla, se giró por completo hacia ella, y la miró fijamente a los ojos con una abrumadora gravedad en sus ojos azules que a Kelly preocupó. Y no era la única que lo miraba expectante, pues Abra sin darse cuenta se había colocado de pie a un lado de Kelly, para contemplar el rostro de Damien de frente y poder escuchar bien lo que fuera que estuviera por decir.

Y entonces, tras unos segundos de silencio dramático, el joven de Chicago pronunció:

—La verdad es que… Yo maté a mi primo Mark.

Los ojos de Kelly se abrieron por completo llenos de asombro, y con apenas un hilo de voz fue capaz de susurrar un escueto:

—¿Qué…?

—Yo lo maté —repitió el chico con la misma severidad—, con mis propias manos. Mi tío Richard lo sabía, y planeaba matarme a mí en venganza. Pero mi tía Ann se enteró primero, así que ella lo asesinó a él, y a dos guardias de seguridad del museo. Luego le prendió fuego a todo para ocultarlo, y se alejó caminando tranquilamente de regreso a la casa como si nada hubiera pasado. Y con mi padre y mi madre pasó algo parecido; y con cuánta gente se me acerca, al parecer. Todos y cada uno terminan muertos; ya sea por mi mano, y por la de aquellos que quieren protegerme…

Aquellas últimas palabras, resonando como una aterradora advertencia, dejaron paralizada a Kelly. Lo miraba atentamente en busca de cualquier seña que le indicara si acaso estaba bromeando. Pero la frialdad con la que lo había dicho, y con la que la miraba en esos momentos, no dejaban ver nada ni remotamente similar a ello. ¿Estaba hablando enserio…?

De pronto, esa máscara de dura seriedad se desquebrajó. Una amplia sonrisa burlona se dibujó en los labios del chico, y le siguió justo después una sonora risa satírica.

—Debiste ver tu cara —pronunció entre risas, haciéndose hacia atrás para volverse a recostar en la silla—. No te lo creíste enserio, ¿o sí?

Kelly fue capaz de respirar en ese momento, y sólo hasta entonces se dio cuenta de que había estado aguantando el aliento. Por supuesto que se estaba burlando de ella; ¿qué más podría ser? Y aunque sintió un peso liberarse de sus hombros, al mismo tiempo todo aquello no le produjo ni un poco de la gracia que aparentemente le causaba a él, sino todo lo contrario.

—Tienes un horrible sentido del humor —espetó la joven con marcado enojo, parándose de su silla rápidamente—. ¿Cómo puedes bromear con eso?

—Si uno no puedo burlarse de sus propias tragedias, ¿qué sentido tiene pasar por ellas? —Respondió Damien con simpleza, encogiéndose de hombros. Y dicha explicación no ayudó a disminuir ni un poco el enojo de la joven.

—Eres un idiota —exclamó Kelly, y justo después comenzó a caminar apresurada hacia la casa—. Me agradabas más cuando creí que eras un santurrón engreído.

Damien guardó silencio mientras la veía alejarse, sin tener al parecer intención alguna de seguirla.

—Sí, a mí también —susurró despacio una vez que Kelly se fue, dando un pequeño sorbo de su vaso. Y ahí se quedó sentado, mirando fijamente hacia la piscina, sin ver nada en realidad; ni siquiera a la proyección de la chica de cabellos rubios se pie a un lado de su silla.

Abra se sintió igual de aturdida que Kelly al escuchar aquella historia, pero su reacción ante su última excusa no fue igual. Claro, esa chica no conocía todo de lo que ese sujeto era capaz, así que no había forma de que creyera que realmente había asesinado a su primo, o que su tía hubiera matado a tu tío por él. Pero Abra ya había visto qué se ocultaba detrás de esa cara bonita y sonrisa afable, y sabía bien que ambas cosas eran más que posibles.

Sin embargo, no era la historia en sí o su verdad lo que la tenía tan intrigada, sino la forma en la que la había contado. Especialmente esa última parte: «y con cuánta gente se me acerca, al parecer. Todos y cada uno terminan muertos…” Las palabras que había usado, y la mirada que tenía al decirlo; parecía casi como… si realmente lo lamentara. ¿Podría ser posible que…?

—Abra —escuchó la voz de Kali hablarle desde su posición física—. Vuelve antes de que te detecte.

—Sí, ya voy… —murmuró despacio, e intentó apartar rápidamente de su mente cualquier pensamiento ajeno a lo que había ido a hacer a ese sitio. Lo que menos le debía importar en ese momento eran las lamentaciones de ese individuo; de seguro no estaba ni remotamente igual de arrepentido por lo que le había hecho a la Sra. Wheeler o a su tío Dan.

Se alejó unos pasos, y casi como si supieran que ahí estaba y estuvieran esperando que se fuera, dos chicas más se aproximaron a Damien, una sentándose en la silla que Kelly había dejado vacía, y otra más se quedó de pie. Ambas saludaron al chico, presentándose, y éste les sonrió de esa forma tan coqueta propia de él.

Abra resopló un poco, y entonces se alejó unos pasos más para concentrarse en volver a su cuerpo. Pero antes de comenzar, algo llamó su atención desde el interior de la casa.

En general todo estaba bien iluminado a pesar de ser de noche, lleno de movimiento y sonido. Todo, excepto un extraño punto totalmente negro en una pared de lo que parecía ser la sala… Y no sólo era la falta total de luz, sino que en cuanto sus ojos se pusieron fijos en ese punto, fue como si poco a poco alguien le hubiera bajado el volumen a todo lo demás; la música y las voces de la gente por igual.

Se sintió extrañamente atraída hacia lo que fuera aquello, y cuando menos se dio cuenta ya se encontraba avanzando en su dirección.

—¿Abra?, ¿me escuchas? —Pronunció entonces la voz de Charlie, posiblemente saliendo del altavoz de la computadora en la camioneta. Pero Abra continuó andando, derecho, sin importarle nada ni nadie más.

En la sala había un gran televisor, en el que al parecer en esos momentos se proyectaba algún tipo de videojuego. Había cuatro personas sentadas en los sillones, que eran al parecer los que estaban jugando. Y aquella inusual oscuridad se encontraba justo detrás de uno de ellos.

Abra se aproximó cautelosa por un lado. Aquella persona, sentada en un sillón individual y con su atención fija en la pantalla, era distinta de las otras tres. Era una niña, de quizás diez u once años, de cabellos negros y ojos oscuros, con un vestido amarillo. Su concentración estaba fija en la pantalla y en los movimientos de sus dedos contra los botones del control en sus manos. Al igual que todos los demás, no reparó en su presencia… o eso pensaba Abra.

Observó unos instantes el rostro pálido e inexpresivo de aquella niña, y por algún motivo le resultó inusualmente familiar. Se viró entonces hacia el muro detrás de su asiento, ahí donde esa mancha negra se cernía… y movía. Era como una extraña humedad extendiéndose poco a poco, carcomiendo el papel tapiz para convertirlo en tiras arrugadas, como pedazos de piel desprendiéndose de una persona.

—¿Qué es eso? —Susurró despacio, mirando alrededor para verificar si alguien más se percataba de ello. Nadie lo hacía, ni siquiera los sentados en la sala. Lo que fuera que estuviera pasando, sólo ella lo veía… y ni siquiera estaba ahí realmente.

Retrocedió un paso, y sintió que sus pies agitaban agua. Bajó su mirada se dio cuenta de que el suelo estaba cubierto de agua, al menos un poco menos de un centímetro. Y esa agua al parecer provenía de esa mancha en el muro, escurriendo por éste como lágrimas.

Algo no estaba bien. Abra comenzó a sentir de pronto una dolorosa presión en el pecho, y una gran urgencia por irse de ahí de una buena vez. Cerró sus ojos fuertemente, intentando concentrarse en volver a su cuerpo, y parecía que iba bien encaminada en ello, pero algo la detuvo: un sonido de chapoteo que la hizo abrir de nuevo los ojos.

Y entonces ahí la vio, surgiendo de detrás del sillón de la niña, arrastrándose por el suelo empapado, impulsándose con sus manos y pies como un animal rastrero. Toda su cabeza y espalda cubierta con una maraña de pelos negros.

—Oh, Dios —pronunció la joven impresionada por tal imagen, dando unos pasos más hacia atrás, arrastrando de nuevo sus pies por el agua.

—Abra, ¿qué pasa? —le cuestionó Kali, consternada.

—Hay algo aquí —respondió Abra en voz baja.

—¿Qué cosa? —Pronunció Charlie después, pero Abra ya no respondió.

Esa cosa alzó su rostro lentamente hacia ella, y entre todos sus cabellos logró distinguir apenas una porción de un rostro blanco y arrugado, y de un ojo carente de cualquier color que se fijó justo en ella. Y Abra entonces la reconoció: era la criatura de su pesadilla de más temprano.

Sus pies se movieron por sí solos, y se dio media vuelta con la intención de salir corriendo. Aquel reflejo carecía de propósito, pues ella no estaba físicamente ahí; lo que debía hacer era simplemente volver a su cuerpo y ya. Pero el miedo que la invadía en esos momentos no la dejó pensar con claridad.

E igualmente no fue capaz de avanzar mucho, antes de que inexplicablemente aquella criatura la alcanzara a una velocidad sobrehumana, y la tomara firmemente de sus pies, con sus dedos como si fueran garras. Al ser sujetada de esa forma, el cuerpo de Abra se precipitó al frente. Pero en lugar de que su rostro golpeara el suelo, sintió como se sumergía en aguas profundas, como se acabara de meterse de clavado en una piscina. Pero aquellas aguas eran en realidad oscuras, y muy, muy frías.

Abra pataleó y agitó sus brazos intentando alcanzar la superficie, pero sentía como aquella cosa la sujetaba aún de los pies y la jalaba había abajo, sumergiéndola más y más. Era justo como en su sueño. Sólo que en esos momentos no estaba soñando. ¿Había sido entonces aquello algún tipo de premonición…?

Fuera lo que fuera, Abra sintió que realmente le faltaba el aire, como si realmente se estuviera ahogando. Aunque todo eso ocurriera en su mente, en muy real.

— — — —

En la camioneta, Abra comenzó a soltar varios gemidos de dolor. Intentaba con desesperación jalar aire a sus pulmones por su boca o nariz, pero no surtía ningún alivio. Su cuerpo se desplomó hacia un lado, mientras se retorcía con sufrimiento.

—¡Abra! —Exclamó Kali alarmada, aproximando su silla hacia ella.

—¿Qué está pasando? —Espetó Charlie en los altavoces.

—¡No lo sé!, se está asfixiando. Niña, reacciona… —Kali intentó agitarla, como si pudiera hacerla despertar—. ¡Debe ser Thorn! De seguro la descubrió.

—Maldición —soltó Charlie desde su posición, claramente frustrado. Eso era justo lo que se temía que pasara—. Voy a entrar —señaló con decisión, saliendo de su escondite y comenzando a caminar con la mirada fija en la casa al otro lado de la calle.

Con cada paso, se concentraba para que aquella energía que se ocultaba en ella se fuera acumulando justo detrás de sus ojos, preparándose para salir disparada como un proyectil. Ella bien lo había dicho: si algo salía mal, ella misma quemaría toda esa casa, con Thorn… y quien estuviera dentro.

—¡No!, ¡no lo hagas! —Escuchó en ese momento la voz de Abra exclamar con fuerza, casi como una suplica. Se había sobrepuesto lo suficiente a su estado justo para hacer esa petición.

Charlie se quedó quieta, antes de que sus pies tocaran siquiera la calle, aguardando expectante.

— — — —

Abra sabía bien lo que pensaban hacer; pudo sentir sus intenciones antes de sumergirse en su concentración. Y lo que menos podía permitirse era que un lugar lleno de gente inocente ardiera en llamas sólo por salvarla a ella. No podría vivir con esa culpa… no después de lo que le había ocurrido a su tío Dan. Y por eso tenía que dar todo de sí para librarse de eso.

Se calmó lo mejor posible, recordándose a sí misma que no eran sus pulmones reales los que carecían de aire, sino que todo eso estaba sólo en su mente. Aquello era más fácil decirlo que entenderlo, pero fue suficiente para lograr enfocarse. Viró su atención hacia el ser que la tenía sujeta y entonces, tomando como base lo que su tío había hecho anteriormente con Damien, volcó toda su mente y concentración en su atacante. Y ésta pareció, de hecho, bastante sorprendida por ello… Poco a poco fue como si una fuerte ráfaga de viento le estuviera golpeando la cara, intentando alejarla de ella. Y aunque intentó resistirlo al principio, al final fue repelida con fuerza.

En el mundo real, los presentes en la sala notaron como todas las luces comenzaron a parpadear, y la pantalla del videojuego se distorsionaba un poco, confundiendo a los cuatro jugadores. Pero lo que ninguno notó, salvo Samara justo al último momento, fue cómo la silueta pálida de aquel ser cruzaba la habitación como golpeada de frene por un tráiler, y se estrellaba justo contra la gran pantalla en la pared. Y aquel choque de energías de su lado se tradujo en fuertes chispas que surgieron del aparato, en una larga rajada en la pantalla, y que posteriormente toda se pusiera en negro, antes de desprenderse de lo que la sostenía y cayera al suelo justo delante de ellos.

Los tres chicos saltaron de su asiento, asustados. Samara, sin embargo, permaneció sentada, mirando confundida el sitio en donde hasta hace un segundo se encontraba el televisor. Y al igual que la imagen de su personaje en el campo de batalla, la imagen de la otra Samara también había desaparecido.

La niña se viró lentamente hacia un lado. Y entre toda la confusión que reinaba en esos momentos en el cuarto, sus ojos se encontraron con los de Abra. La joven respiraba agitadamente, un poco aturdida y mareada tras el esfuerzo que había tenido que aplicar. Se volvió consciente de que la niña la miraba, pero aquello de momento ya no importaba.

Abra cerró sus ojos, se concentró, y un instante después su mente abandonó por completo aquel espacio.

— — — —

Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, estos vieron el techo de la camioneta sobre ella. Estaba tirada en el piso, y aún respiraba desesperada por hacer llegar el aire a sus pulmones reales. Kali estaba a su lado en su silla, observándola al parecer sin saber si debía estar ya tranquila o no.

—Estoy bien —pronunció en cuanto pudo, con la suficiente fuerza para que Charlie también la escuchara a través del micrófono—. No fue Damien quien me atacó. Hay algo más en esa casa; es lo mismo que sentí en la camioneta cuando salía, y lo que vi en mi visión.

—¿Qué cosa es? —Inquirió Kali, ya recuperando también su compostura.

—Un fantasma… creo —susurró Abra, no sonando de hecho muy convencida.

—¿Dijiste fantasma?

—Pero no uno normal —recalcó con más fervor—. No sé qué era esa cosa, pero me vio… y me atacó…

Se alzó de pronto y se aproximó a la computadora de Kali, con la intención de que Charlie la oyera con la mayor claridad posible.

—Por favor, Roberta, no te acerques a esa casa. Sea lo que sea, es muy peligroso.

—¿Más que Thorn? —Cuestionó Charlie con seriedad, y Abra dudo un poco antes de poder responderle.

—No lo sé… Pero al menos a él ya lo conozco y sé de lo que es capaz. Esta criatura es terreno desconocido; nunca había visto a un fantasma hacer algo como lo que ella hizo.

—¿Y has visto muchos fantasmas antes, acaso? —Murmuró Kali detrás de ella, con ironía. Ciertamente el tema del fantasma no le convencía mucho.

— — — —

Pero Charlie era otra historia. Aunque ella propiamente no podría asegurar haber visto un fantasma en sí, en los años que llevaba viajando e interactuando con otros resplandecientes, especialmente cuando apoyaba a El y su Fundación, había visto muchas cosas… y criaturas que definitivamente no eran de ese mundo. Así que fuera lo que fuera que Abra había visto en ese sitio, no estaba dispuesta a tentar a la suerte hasta no saber más.

—Está bien —murmuró la mujer rubia, asintiendo—. Sólo me quedaré cerca un poco más para vigilar, ¿bien?

Su propuesta pareció tranquilizar a Abra, y de paso también a Kali. Sin embargo, en el fondo no estaba del todo convencida de dejar las cosas así, teniendo a su objetivo tan cerca… Y entonces su atención se fijó de nuevo en el conductor de la camioneta; el hombre de traje negro a un lado del vehículo, fumando su segundo o tercer cigarrillo.

—Quizás un poco más cerca —murmuró despacio tras su nueva resolución.

Rápidamente pasó a recogerse el pelo en una cola alzada, y a abrirse un par de botones de su blusa, y cruzó entonces la calle con paso relajado en dirección al guardaespaldas. A veces cuando querías obtener un poco de información, debías jugar algunas cartas poco convencionales.

—Oye —pronunció cuando ya estaba lo suficientemente cerca.

El hombre de negro pareció alterarse un poco, e instintivamente su mano derecha se alzó a la altura del arma oculta a su costado; fue un movimiento que Charlie reconoció de inmediato. Sin embargo, pareció relajarse un poco al verla, y lo hizo aún más cuando ella le sonrió ampliamente de forma bastante agradable, y casi inocente. Quizás ya no era una jovencita, pero aún le quedaban bastantes encantos que sabía muy bien cómo usar.

—¿Me regalas un cigarrillo? —Le preguntó, usando sólo una pequeña dosis de coqueteo en su tono; lo suficiente para que él lo captara.

El guardaespaldas vaciló unos instantes, pero entonces relajó los brazos y sacó su cajetilla para extendérsela. Charlie aceptó la invitación y avanzó hacia él la distancia que los separaba, para tomar uno de los cigarrillos entre sus dedos y entonces colocárselo entre los labios. Sin que tuviera que pedírselo, él mismo extendió en ese momento su encendedor rectangular color plateado y le ofreció su flama. Al acercarse lo suficiente para encender el cigarrillo, Charlie notó en un costado del encendedor el escudo militar que le resultó conocido: verde y azul, con un sol y una estrella, y un trueno rojo cruzando por el centro.

«75° Regimiento Ranger» pensó para sí misma. Y por cómo había reaccionado hace un momento, era claro que sí tenía entrenamiento militar, así que supuso que ese escudo en su encendedor no era mera decoración. Pero claro, no podía dar indicios de que se había dado cuenta de ambas cosas, así que sólo prendió el cigarrillo y le sonrió de forma boba como hace unos momentos.

—Gracias —pronunció despacio dando una pequeña bocanada de humo. No acostumbraba fumar regularmente (definitivamente no tanto como Kali) pero a veces era un método efectivo para sacar información cuándo se ocupaba—. No eres de por aquí, ¿cierto?

—¿Y tú? —Respondió el guardaespaldas con voz seca, notándosele aún un poco desconfiado.

Charlie rio un poco, y entonces le respondió.

—¿Qué? ¿No parezco del tipo que tendría una casa cómo éstas?

El hombre no respondió. Charlie desvió entonces su vista hacia la puerta de la camioneta, donde era visible el logo de la empresa a la que pertenecía.

—Thorn Industries, ¿eh? —Murmuró señalando a la puerta el cigarrillo encendido entre sus dedos—. ¿Trabajas ahí?

—Algo así.

—¿En qué?

—Seguridad.

—Qué interesante.

—¿Y tú?

—No, yo no —respondió apresurada, volviendo a reír despreocupada como antes—. No me dedico a nada sexy como eso. Sólo soy bibliotecaria…

— — — —

El desastre ocurrido en la sala no pasó desapercibido para el anfitrión de la fiesta. Rony se acercó apresurado hacia los sillones, parándose justo a un lado del televisor tirado en el suelo, aun soltando un par de chispas por lo que rápidamente se apresuró a desconectarlo de la corriente.

—¡¿Qué rayos hicieron?! —Espetó molesto, volteándose hacia los chicos que jugaban.

—¡Nada!, te lo juro —respondió uno de ellos, alarmado—. Sólo explotó de repente, y luego se cayó.

—Quizás fue una falla eléctrica o algo así —añadió otro más intentando suavizar las cosas, sin mucho éxito.

—¡¿Una falla eléctrica lo arranco de la pared?! —Soltó Rony molesto, sujetándose su cabeza—. ¡Maldita sea! Mi madre hará que la reponga de mi maldito bolsillo…

Mientras todos los demás estaban concentrados en el televisor, la atención de Samara seguía fija en el punto en el cual, hasta hace unos segundo atrás, había visto a aquella chica desconocida, y que ahora había desaparecido. Ella había hecho aquello de alguna forma; eso lo sabía bien. Pero no sólo eso, pues también parecía que le había hecho algo a la otra Samara, pues por primera vez desde que dejó Eola no la sentía cerca de ella. Eso, sin embargo, no le daba tanto alivio como hubiera creído.

—Oye, ¿me escuchas? —Oyó de pronto la voz de Rony pronunciar cerca de ella, sacándola de sus pensamientos. Al virarse hacia él, lo notó de cuclillas a lado de la pantalla caída, con su mano extendida hacia ella, como si esperara algo.

—¿Qué? —Cuestionó la niña confundida, pues si le había hecho alguna petición no la había oído.

—El control —soltó Rony, al parecer algo impaciente. Samara notó entonces que seguía sujetando el control del videojuego, e incluso sus dedos se habían aferrado fuertemente a éste como si no quisiera soltarlo.

—Lo siento… —murmuró algo apenada, y entonces le pasó el control a Rony, que prácticamente se lo arrebató de las manos.

Los cuatro chicos comenzaron a guardar los controles y la consola, además de ver la forma de levantar el televisor. Samara supuso que lo prudente de su parte era retirarse, antes de que alguien se lo pidiera o exigiera. Se paró entonces del sillón y comenzó a andar por mero reflejo hacia la puerta que daba a la terraza. Se preguntaba si acaso alguien más se había percatado de lo ocurrido. Supuso que quizás Lily o Damien podrían haber sentido algo. Quizás alguno de ellos supiera quien era la extraña chica que había visto, y si quizás debía de preocuparse.

Al pararse en el marco de la puerta abierta, sus ojos oscuros se percataron casi de inmediato de la ubicación actual de Damien: sentado en una de las illas a lado de la piscina, junto a dos chicas en traje de baño, que lo miraban y reían divertidas, e incluso una le tocaba de vez en cuando el brazo de una forma bastante atrevida. Y él, a su vez, parecía bastante a gusto con ellas; les sonreía, y también se reía de lo que ellas les decían. Parecía disfrutar bastante su compañía…

Samara permaneció de pie, observando desde la distancia aquella escena sin que ninguno de los tres se percatara de su presencia. Aunque su rostro permaneció estoico e incluso indiferente, esto no revelaba ni un poco lo que realmente le nacía por dentro en esos momentos; y quizás ni ella misma sería capaz de describirlo si tuviera que hacerlo.

—¿Te lo dije, recuerdas? —Escuchó de pronto a su lado, deduciendo casi de inmediato que se trataba de Esther, que se le había aproximado por un costado hasta pararse a su izquierda y poder contemplar lo mismo que ella miraba con tanto interés—. Tetas grandes, piernas largas, trasero firme, y labios carnosos; eso es lo que les gusta a los chicos de esa edad.

Samara la miró de reojo. Esther sujetaba en una mano un vaso rojo servido hasta la mitad, y en su otra mano traía una botella transparente, a la que aún le quedaba al menos tres cuartos del mismo líquido. Su aliento estaba penetrado del aroma a licor, por lo que era evidente que había estado bebiendo todo ese tiempo, como bien había amenazado que haría.

—Sus pechos no son tan grandes —fue lo único que se le ocurrió responder a Samara, volviendo de nuevo su atención hacia Damien.

Esther rio divertida.

—Lo son lo suficiente, te lo aseguro. ¿Qué harás al respecto?

—¿A qué te refieres?

—¿Sabes lo que yo haría si viera al chico que me gusta hablando con chicas cómo esas? —Samara guardó silencio, pero su respuesta era más que evidente—. Sí, lo sabes; o te puedes dar una idea. Y no te hagas la espantada, que he visto que tú eres bastante capaz de hacerlo. ¿O quieres que yo lo haga por ti?

Una sonrisa de complicidad adornó los labios de Esther, y Samara supo sin lugar a duda que su propuesta era enserio, y de qué le estaba sugiriendo con exactitud. Y, ¿era eso lo que quería? ¿Esa sensación que le oprimía el pecho en esos momentos se calmaría si acaso les hacía daño a esas dos chicas que ni siquiera conocía? ¿Eso la haría feliz de alguna forma…?

La muerte de los caballos de sus padres, su madre, y la de aquel hombre del motel le vinieron a la mente una detrás de la otra. Y lo que sentía al recodarlas… no era precisamente felicidad. Sin embargo, ya no era tampoco lo que ella misma esperaría sentir al recordar aquello. Aun así, tras un rato la respuesta simple y corta que le dio a Esther fue:

—No…

Y dicho aquello, se dio media vuelta y volvió a entrar en la casa, sin deseo alguno de que Damien la viera.

Esther, por su lado, se encogió de hombros y bebió de su vaso al tiempo que siguió contemplando a Damien y sus dos nuevas amigas.

— — — —

—¿Eres de Italia? —Exclamó Milton sorprendido, a lo que Verónica asintió afirmativamente—. Pero si no tienes nada de acento.

—Nací y crecí en Milán —explicó la joven rubia—, pero ya llevo seis años viviendo en Estados Unidos. Y supongo que siempre se me han dado muy bien los idiomas.

Sonrió entonces tras esa pequeña explicación, de una forma confiada y alegre que hizo que se formara un pequeño hoyuelo en su mejilla derecha que le daba un aire casi inocente.

Ambos se habían ido a charlar en un rincón un tanto más tranquilo de la terraza, sentados en unas sillas plegables, mientras cada uno tenía su respectivo vaso en sus manos, y una botella de ron en una mesita redonda a su lado les hacía compañía.

Aunque al inicio se puso a hablar con él más que nada por enojo, Milton había resultado ser un chico bastante agradable y divertido. Tanto así que Verónica poco a poco se fue sintiendo más relajada, y se le fue olvidando todas las preocupaciones que le invadían por culpa de Damien y sus pequeñas amiguitas. Aunque claro, el hecho de que Milton cuidara que su vaso no se quedara demasiado tiempo vacío podía tener algo que ver en ello también.

—Con razón —asintió el chico de sombrero—. Se notaba a leguas que eras única.

—¿Única? —Musitó Verónica, achicando un poco sus ojos, intrigada.

—Diferente —se corrigió Milton rápidamente, creyendo casi de inmediato que había sido una elección de palabra incluso peor que la anterior—. Mujer de mundo me refiero; tú me entiendes. La mayoría de los que están aquí no han salido de California en todo lo que llevan de vida.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Tú has salido de aquí alguna vez?

Milton vaciló un poco antes de responder.

—He viajado, claro. No tan lejos como Italia, pero fui una vez a Paris.

—¿Paris, Texas? —Pronunció Verónica con una sonrisa jocosa, y Milton respondió con una pequeña risa nerviosa.

—Ya te habían hecho ese chiste, ¿eh?

—Un par de veces —asintió Verónica, encogiéndose de hombros—. Eres un chico divertido, ¿sabes?

—Me lo dicen seguido.

Mientras decía aquello, sacó algo del bolsillo de su pantalón y lo colocó en la mesita. Verónica se inclinó un poco para ver lo que era: una bolsita pequeña cuadrada con polvo blanco en su interior.

—¿Quieres? —Le preguntó Milton de pronto, tomándola por sorpresa.

—No, gracias —respondió Verónica calmadamente.

El chico se encogió de hombros, y entonces tomó de nuevo la bolsita, colocando sólo un poco con mucho cuidado sobre el dorso de su mano, dibujando una pequeña línea. Luego se acercó la mano a su nariz y aspiró la cocaína con una fuerte succión. Soltó justo después un fuerte quejido e inclinó su cabeza hacia atrás, cerrando sus ojos unos segundos.

—¿Consumes mucho de eso? —Le preguntó Verónica, genuinamente curiosa.

Milton respiró con fuerza por la nariz, y luego pasó sus dedos por ella, limpiándosela.

—Más o menos —respondió con bastante tranquilidad, restándole importancia—. Me ayuda a estar alerta. ¿Te molesta?

Verónica permaneció en silencio unos instantes, y entonces negó lentamente con la cabeza.

—He visto cosas peores como para asustarme de eso —respondió intentando sonar firme. Aquella respuesta tan eclíptica confundió un poco a su acompañante.

—¿Cómo qué?

Era una buena pregunta. ¿Qué cosas “peores” que un chico de dieciocho años metiéndose droga por la nariz había visto una joven universitaria tan tranquila y, en apariencia, religiosa y bien portada? Sólo se le venían a la mente un par de rituales bastante desagradables y sangrientos con animales involucrados, además de un par de asesinatos no mucho mejores que dichos rituales, entre ellos los dos guardias degollados que había encontrado en el pent-house en el que se quedaba hace unos días atrás, con su sangre decorando las paredes como una mórbida pintura abstracta; e incluso luego tuvo que buscar alguien que lo limpiara, cabía mencionar. Y quizás menos grave que eso, tuvo que investigar todo lo que su compañía mueve bajo las cuerdas desde que su madre biológica la dirige, incluyendo personas escondidas en sus camiones, y de seguro no siempre bajo su propia voluntad.

Sí, ¿qué podía criticarle alguien como ella a ese muchacho, considerando las compañías y asuntos en lo que ella misma se movía actualmente? Realmente esa fiesta era el sitio más normal en el que había estado desde hace mucho, y esos instantes sentada en esa silla el mayor tiempo que había estado sin pensar en Ann Thorn, Damien Thorn, Thorn Industries y cualquier otra cosa entorno a los Thorns y su dichosa Hermandad.

Había olvidado lo que se sentía tener una vida normal, si es que realmente en alguna ocasión la había tenido.

—No importa —le respondió tras un rato, seguida después por un sorbo más de su vaso, que ya iba por la mitad—. ¿Es verdad lo que Lily… digo, Lala dijo?

—¿Quién es Lily? —Preguntó Milton, un tanto perdido—. ¿Y quiénes Lala?

—La niña alegre que estaba conmigo —contestó Verónica, con marcado sarcasmo en la palabra “alegre”. Miró entonces fijamente al chico a su lado, y le dijo con una inusitada seriedad—: ¿Te quieres acostar conmigo? ¿Por eso me estás hablando y eres tan amable?

Aquel repentino cuestionamiento hizo que Milton se sobresaltara un poco, y se quedara pasmado por unos instantes antes de poder reaccionar.

—Vaya, eres directa, chica —murmuró riendo un poco nervioso, pero luego recuperando su compostura tras un trago más de su propio vaso—. No diré que la idea no me entusiasma… ¿Eso te incómoda?

Verónica pudo sentir como sus mejillas se ruborizaban al oírlo. A pesar de que ella misma había hecho la pregunta, la realidad es que no estaba segura de qué respuesta esperaba. Desvió entonces su mirada hacia el interior de su vaso, contemplando el líquido opaco meciéndose en su interior.

—No sé si se supone que debería sentirme incómoda o no —susurró despacio—. No estoy acostumbrada a que los chicos me vean de esa forma. Casi siempre suelo ser invisible para todo el mundo…

—Hey —musitó Milton, aproximándosele de repente tanto que Verónica se sintió por un momento algo intimidada por la repentina cercanía. Él la miró fijamente con esos profundos ojos claros de pupilas dilatadas, y le sonrió de una forma bastante cándida—. Para mí definitivamente no eres invisible…

Milton inclinó un poco más el rostro hacia ella, y Verónica identificó de inmediato cuál era su intención. No supo cómo reaccionar, y aún se debatía en si quería o no que lo hiciera, cuando el chico cortó la distancia que los separaba y unió sus labios a los suyos, dándole un sutil beso, que no tardó en volverse un tanto más enérgico. El aroma del ron combinado con su colonia impregnó la nariz de la joven, no siendo del todo desagradable sino más bien… inusual.

Verónica intentó relajarse, cerró los ojos y le correspondió como pudo su beso. Milton no era el tipo de chico que ella habría llamado “apuesto” antes de conocerlo, pero ciertamente feo no era. Y era muy agradable, y había mostrado un interés sincero en ella, así que no deseaba molestarlo o decepcionarlo. Quizás podía sólo dejarse llevar, y ver a dónde iba todo eso. Para eso eran ese tipo de fiestas, ¿o no…?

Sintió entonces como Milton pegaba más su cuerpo contra ella, y su espalda quedaba por completo contra el respaldo de su silla. Su vaso de ron se soltó de sus dedos, cayó al piso y se derramó a un costado. Verónica por mero reflejo se separó y volteó a ver el vaso y el charco que se había formado en el suelo, pero Milton de inmediato la tomó de la barbilla y la viró de nuevo hacia él.

—Deja eso, no importa —le susurró despacio, y de inmediato volvió a besarla del mismo modo que antes, como si nunca se hubieran separado.

Verónica intentó volver al modo anterior, pero poco a poco dejó de sentirse tan cómoda como hace unos momentos. Y una parte pequeña de su mente le susurraba despacio que esa idea de “dejarse llevar” no era en realidad tan buena como había concluido. Y esa sensación se volvió aún mayor cuando sintió la mano de Milton en su costado, comenzando a acariciarla sobre su blusa, y subiendo poco a poco hasta amenazar con posarse sobre uno de sus pechos.

—No, espera —murmuró apresurada rompiendo el beso, y tomándolo además de la muñeca para detenerlo.

—Tranquila, no te preocupes —le respondió él en voz baja, dándole ahora un beso en su mejilla, luego otro más en su mentón, y moviéndose poco después a su cuello, casi hundiendo su rostro en éste. Su mano, además, siguió con su intención a pesar de que ella lo había detenido, tomando su pecho izquierdo sobre sus ropas de una forma que resultó más brusca de lo que Verónica esperaba.

—Espera, por favor —le susurró despacio entre los pequeños suspiros que surgían de su boca—. No debo…

—Sólo relájate…

—Dije que no, no quiero —masculló, ya ella misma volviéndose consciente de la desesperación que empezaba a aflorar en su propia voz, a pesar de que ese chico parecía no notarla (o había decidido directamente ignorarla).

El reflejo siguiente de Verónica fue intentar empujarlo lejos de ella, colocando sus manos en su pecho para alejarlo. Milton al parecer se resistía, e incluso la tomó firmemente de una de sus muñecas para apartar su mano de él, mientras con la otra seguía apretujándole su seno.

—Cálmate, qué sé lo que hago —le murmuró el muchacho con una bastante incómoda seguridad.

—¡Suéltame! —Exclamó Verónica al fin con algo de fuerza, pero él no le hizo caso y continuó besándole el cuello y a tocarla de esa forma tan brusca e indebida que comenzaba a lastimarle.

Todo el encanto y seguridad que había llegado a sentir en presencia de ese sujeto, ya fuera por el alcohol o no, se esfumó por completo en ese momento, dejando en su lugar sólo una ferviente furia. Acercó como pudo su única mano libre hacia su espalda, buscando a tientas el taser que seguía aún oculto en su cintura. Ni siquiera se detuvo a pensar si aquello era buena idea o no, o si era una reacción exagerada o correcta; lo único que quería era quitarse de encima a ese bastardo, y su asqueroso olor a colonia y alcohol…

Tomó firmemente el aparato de defensa de su mano, y sin titubear ni un poco lo jaló al frente, pegando la punta electrificada contra el muslo de Milton, presionándolo con fuerza. El chasquido del choque eléctrico resonó, seguido después por un fuerte grito de dolor proveniente del muchacho. Milton se apartó de ella, se retorció un poco, y entonces se alejó unos pasos, con una mano aferrada a su muslo.

En cuanto estuvo libre, Verónica se paró apresurada de la silla, sosteniendo el arma delante de ella con ambas manos. Al parecer la potencia había sido menor a la que esperaba, pues sólo le había causado un poco de dolor. Intentó entonces ver cómo podía subirse, pero en ese mismo instante Milton la volteó a ver con sus ojos enrojecidos llenos de una palpable furia.

—¡¿Qué te pasa, perra?! —Le gritó molesto, aproximándosele rápidamente, y antes de que pudiera usar de nuevo el arma, él la golpeó con fuerza en la cara, haciéndola caer al suelo.

Todo ese repentino alboroto no tardó en llamar la atención de varios de los presentes, que más que nada lo que alcanzaron a ver fue a Milton gritar, y luego golpear a la chica rubia de esa forma. Aquello obviamente los escandalizó.

—¡Milton! —Gritó Joe a la distancia, y rápidamente se aproximó entre la gente, colocándose entre él y Verónica aún en el suelo, apuntándolo con su arma en una mano y su rostro enrojecido por el golpe—. ¡¿Qué estás haciendo?! —Reprendió Joe a su amigo, empujándolo con una mano para que se alejara más—. Ya te metiste demasiado de esa basura por la nariz.

—¡Estoy bien! —Se defendió Milton, respirando agitadamente pero aun así intentando calmarse—. ¡Fue ella la que…!

Lo que estuviera por decir, ya no fue capaz de hacerlo pues en ese momento sintió cómo lo tomaban violentamente de su camisa, y comenzaban entonces a jalarlo, aparatándolo de Joe y Verónica. Milton tardó demasiado en poder girarse y ver qué era lo que estaba ocurriendo, pero los otros dos, y de paso todos los que estaban lo suficientemente cerca, lo vieron con claridad…

Damien Thorn se había parado en ese momento de su silla, había caminado rápidamente directo hacia Milton, lo tomó de su camisa con firmeza, y comenzó casi literalmente a arrastrarlo por la terraza, rodeando la piscina. Milton gimió confundido, y de inmediato tomó la mano de aquel chico para apartarla de él, pero fue inútil. No podía siquiera moverla; era como si su mano fuera una barra de acero pesada. Y encima de todo lo estaba arrastrando con una fuerza impresionante a la que él no podía siquiera resistirse. Y todo esto mientras miraba fijamente al frente sin mirarlo, con una expresión fría y totalmente ausente en su rostro.

—¡Damien!, ¡espera…! —Exclamó Verónica, alarmada al ver aquello, y rápidamente se puso de pie yendo detrás de él.

Todos en la terraza poco a poco se fueron dando cuenta de lo que sucedía. Alguien apagó la música de pronto, y todos contemplaron como el chico de gabardina negra jalaba a Milton en dirección al barandal. Y nadie intervino; nadie lo detuvo…

Al llegar al barandal, Damien jaló al muchacho hacia adelante, haciendo que pegara por completo su espalda contra éste y ambos quedaran frente a frente. Y cuando Milton lo vio al fin a los ojos… no supo cómo interpretar lo que vio. Era como si detrás de sus ojos azules y normales, se alzara un muro de fuego rojizo, y pudiera sentir el calor de dichas flamas en su cara. Y simplemente se quedó congelado ante esa horrible visión…

—Cometiste el más grande error de tu vida, porquería asquerosa —le susurró Damien despacio, sólo siendo oído por Milton.

Tomándolo de su camisa con ambas manos, lo empujó hacia delante de tal forma que el cuerpo de Milton quedó inclinado sobre el barandal. Su espalda quedó suspendida sobre la nada, y su sombrero salió volando de su cabeza, cayendo hacia la oscuridad del barranco debajo de ellos. Y cuando Milton volteó hacia abajo, sólo vio eso: oscuridad. Sus pies ya no tocaban el suelo, y la verdad era que lo único que evitaba que cayera eran justamente las manos de Damien que aún lo sujetaban. Y al volverse consciente de ello, el terror se apoderó por completo de él, y se aferró fuertemente a sus muñecas, como si se sujetara de la coroniza de un edificio.

Los presentes, incluso aquellos que estaban dentro de la casa, comenzaron poco a poco aproximarse, pero manteniendo una prudente distancia. El desconcierto era lo que reinaba entre ellos al no saber lo qué pasaba, pero también la curiosidad.

Entre los espectadores, inevitablemente se sumaron las tres invitadas de Damien. Primero fue Lily, pero posteriormente Esther, aún con su bebida en mano, se le aproximó por un costado.

—Al fin esta fiesta se puso buena —comentó con un tono jocoso, notándosele que el alcohol ya le estaba afectando. Lily la miró de reojo unos momentos, pero luego centró enteramente su atención en Milton, deleitándose por el ferviente miedo que lo inundaba y los pensamientos que le cruzaban por la cabeza, los cuales le resultaban casi deliciosos.

Samara se aproximó poco después, contemplando la escena fijamente con sus ojos muy abiertos. Parecía igual de confundida y alarmada que los demás, pero aquella descripción sería un poco superficial para describir lo que realmente sentía.

—Lo siento… —pronunció Milton apenas siendo capaz de hablar—. Todo esto es sólo un malentendido. Es la coca, lo juro; yo no suelo ser así. —Desvió su mirada hacia abajo, como esperando poder ver algo más que aquel barranco oscuro—. Por favor, amigo; no es gracioso…

—¿Te parece que quiero ser gracioso? —Murmuró Damien con un tono burlón, y justo después una larga sonrisa torcida se dibujó en su rostro, haciendo que toda esa amenaza que lo envolvía estuviera además acompañada de una extraña locura inhumana que a Milton estremeció—. ¿Por qué tienes tanto miedo? Quizás no mueras desde esta altura. Y aunque fuera así, ¿cuál sería la pérdida? ¿Quién extrañaría al patético de Milton Higes que no puede estar sin meterse nada en su nariz por más de cinco minutos?

Milton lo observó, perplejo por lo que escuchaba. ¿Cómo sabía su nombre?, ¿por qué le hablaba como si lo conociera…?

—Apuesto a que todos aquí desearían que lo hiciera —indicó Damien, señalando con su cabeza hacia la multitud a sus espaldas. Todos estaban ahí de pie en hilera, observándolos en silencio—. Sólo míralos. Se ven sorprendidos y asustados, pero nadie viene a ayudarte. Parece que en el fondo todos desean también que te suelte. ¿No es eso triste?

Milton miraba a la gente de reojo, y a Damien respectivamente. Y las palabras que aquel sujeto pronunciaba le resultaban tan… coherentes. Y comenzó a sentir que de hecho eran ciertas, y hasta él mismo se sintió de acuerdo con aquella aseveración. Quizás todos querían lo soltara, incluso él mismo… Y antes de que se diera cuenta, sus manos se soltaron de las de Damien, dejando por completo lo que fuera a pasar sólo a la decisión de su captor. Y, por algún motivo, estaba bien con ello…

—¡Basta! —resonó con fuerza la voz de Samara entre el casi sepulcral silencio que se había formado en esa terraza. Y a diferencia de todos los demás, justo entonces la niña de vestido amarillo se aproximó apresurada, parándose a la diestra de Damien—. No lo hagas, por favor…

—No te metas —le respondió el chico de gabardina sin mirarla.

—No quiero que lo hagas —susurró Samara despacio, sintiéndose una gran congoja apretándole la garganta—. No quiero…

—¿No quieres qué? —Le cuestionó Damien irritado, volteándose hacia ella—. ¿Qué este remedo de ser humano muera? ¿Por qué eso habría de importarte? ¿No has entendido aún como son las cosas?

De pronto, Damien soltó a Milton de su mano derecha, haciendo que un gemido de exaltación sugiera entre la gente al creer que lo soltaría, pero al final siguió sujetándolo únicamente con la izquierda. Extendió más su brazo, haciendo que el cuerpo de Milton quedara ya mayormente suspendido sobre el vacío. Desde esa posición, si Damien lo soltaba no habría forma de que él pudiera sostenerse a sí mismo; su caída sería inevitable.

—Estas personas tan patéticas no son nada para nosotros —declaró Damien, con su penetrante mirada fija en Samara, la cual intentaba sostenerle lo mejor posible—. Podemos disponer de sus vidas y sus muertes cuando se nos antoje; así como lo hace Dios.

—No, por favor… no… —Escucharon como Milton murmuraba con su voz temblorosa.

—¿Enserio no quieres morir, Milton Higes? —Rio Damien con malicia—. Yo creo que incluso tú estarías conforme con ello…

Y entonces los dedos de la mano de Damien comenzaron a abrirse, soltando poco a poco la tela de la camisa de Milton, y su cuerpo empezando a liberarse de su única atadura de seguridad.

Los ojos de Samara se abrieron con alerta al ver esto, y todos sus sentidos se tensaron.

—¡¡Dije que no!! —Gritó la niña con intensidad, resonando como un fuerte trueno.

Y de la nada, Damien sintió como su brazo era jalado fuertemente hacia un lado, jalando a su vez también a Milton lejos del vacío, de la oscuridad y del barandal. El cuerpo del chico salió volando hacia atrás, cayendo al piso y rodando hasta casi quedar a los pies de los espectadores. Y a pesar de que no era capaz de procesar aun lo que había pasado, su primer reflejo fue alejarse lo más posible de ellos dos, arrastrándose por el piso. Dos chicos lo ayudaron a pararse de nuevo, pero sus piernas le temblaban tanto que no fue capaz de sostenerse.

—Aguafiestas —bufó Esther inconforme, empinándose un trago directo de su botella. Lily no dijo nada, pero ciertamente compartía el sentimiento, para variar.

Toda la terraza se sumió en silencio, y las miradas estaban fijas en Damien, y en parte también en la niña de vestido amarillo a su lado. El chico contemplaba pensativo su brazo izquierdo, como si se estuviera preguntando por qué se había movido… a pesar de que él sabía muy bien el motivo.

Sus ojos claramente molestos se fijaron en Samara. Ella misma parecía bastante ofuscada por lo que acababa de hacer, preguntándose a sí misma si en verdad había sido ella.

Tras unos momentos, Damien pareció al fin reaccionar. Se acomodó de nuevo su gabardina, así como algunos cabellos de su fleco que se había desacomodado, y se giró entonces hacia la multitud comenzando a avanzar hacia ellos. Estos, por mero reflejo, se hicieron a un lado para abrirle el paso, como si temieran incluso el sólo tocarlo.

—Será mejor que nos retiremos de una vez —murmuró en voz alta para que todos lo oyeran, y avanzó entonces en dirección al interior de la casa para, justo como había dicho, irse de ahí—. Gracias por tu hospitalidad, Rony —pronunció con sequedad al pasar a lado de Rony, que lo observaba también en silencio entre los espectadores.

Verónica, que lo había estado observando en silencio todo este tiempo, fue la primera en ir detrás de él. Intentó decirle algo, pero Damien rápidamente alzó una mano en su dirección, indicándole que callara. Y aunque aquello quizás no era una orden como tal, igual ella así lo hizo.  Esther se encogió de hombros, y comenzó sin más a caminar detrás de Damien; Lily le siguió justo después. Samara tardó un poco en reaccionar y decidir si seguirlos o no, pero al final sus pies se movieron por sí solos y anduvo junto con las otras dos niñas. Los demás invitados sólo vieron callados como los cinco se retiraban.

Al pasar a lado de una de las mesas, Esther extendió su mano y tomó otra de las botellas que ahí se encontraba, sin preocuparse demasiado por verificar qué era con exactitud.

—Me llevaré esto —informó volteándose hacia las personas y alzando la botella en el aire—. No les importa, ¿o sí?

Nadie le respondió, y Esther tomó ese silencio como una afirmación. Se dio media vuelta y siguió al resto del grupo, dejando detrás esa pequeña e incómoda confusión en el aire.

— — — —

A pesar de la reticencia inicial que había mostrado, el conductor de la camioneta de Thorn Industries, que ahora Charlie sabía que se llamaba Kurt, poco a poco pareció relajarse en presencia de Bobbi, la bibliotecaria que cuidaba la casa de una amiga rica, a cambio de un extra y un lugar dónde quedarse. Resultó ser un sujeto agradable, aunque demasiado serio y cuadrado para el gusto de Charlie. Pero igual había logrado encontrar la forma de que bajara la guardia; sólo lo necesario para poder obtener al menos un poco de información útil.

Hasta ahora había confirmado que en efecto había sido militar, que trabajaba en el equipo de seguridad de Ann Thorn y su sobrino Damien, y que en efecto sólo había ido ahí a llevar a este último a una fiesta de un amigo (aunque la forma en la que había pronunciado amigo no le dejó muy claro si aquello era del todo cierto).

—Ser el guardaespaldas de un chiquillo rico y mimado debe ser lo peor en este mundo —masculló Bobbi con hastío, soltando un poco de humo al hablar.

—Serví un par de años en Medio Oriente —respondió Kurt, encogiéndose de hombros—. Aquí al menos puedo estar en aire acondicionado.

—Siempre me han gustado los hombres con uniformes militares —susurró Charlie despacio con un tono provocador que ya para ese punto no se esforzaba casi nada en disimular.

—Oh, por favor —pronunció con fastidio la voz de Kali en su oído, pues había estado oyendo toda esa falsa conversación desde el principio, pero aquello había sido demasiado—. Para de una vez que me harás vomitar.

El rostro de Charlie se mantuvo sereno y estático a pesar de la queja de su vieja amiga, aunque en su mente pensó tan fuerte un “cierra el pico, que esto tampoco me gusta mucho a mí” que temió que su pensamiento hubiera sido oído por la propia Abra a la distancia.

—¿Y qué tal es el chico que cuidas? —Musitó Charlie con indiscreción—. Debe ser un verdadero dolor de cabeza, ¿no?

—Tiene sus momentos —asintió Kurt—. Pero estar a su lado es el más grande honor de mi vida.

La manera en la que había dicho aquello desconcertó un poco a Charlie. ¿El más grande honor de su vida?, ¿cuidar a un chico rico que lo hacía conducir hasta Malibú sólo para ir a una fiesta y dejarlo afuera esperando en el frío? No era lo esperaba oír de un exmilitar que había servido en combate. Y ciertamente no sonaba a sarcasmo.

—¿Enserio? —Pronunció Charlie, exagerando un poco su sorpresa—. Y, ¿por qué?

Kurt miró pensativo al suelo, mientras daba una bocanada de su cigarrillo. Charlie presintió que se estaba arrepintiendo de haber dicho eso último, o al menos de haber usado esas palabras. Y al ver cómo su mano se movía inquieta cerca de su costado izquierdo, dedujo que estaba dispuesto a corregir ese error a su modo. Y si acaso se atrevía a poner un dedo en esa condenada arma, Charlie estaba ya lista para hacerlo cenizas.

Por suerte para el pobre Kurt, algo más llamó su atención, desviándolo de su intención inicial. Alzó su mirada hacia la casa y la observó fijamente. Sin embargo, no era “observarla” precisamente lo que hacía.

—La música se detuvo —señaló de pronto, expectante.

Charlie se viró también hacia la casa y se dio cuenta de lo mismo. De hecho, todo se sentía demasiado silencioso.

—Quizás la fiesta ya acabó —pronunció la reportera despreocupada, pero en el fondo ella tampoco creía que aquello fuera buena señal.

—Debería a ir a ver —indicó el guardaespaldas, y tiró entonces su cigarrillo para pisarlo con su pie.

—Sí, quizás deberías —le respondió Charlie rápidamente, y entonces comenzó a moverse hacia un lado, aprovechando ese momento para retirarse antes de que aquello se pusiera más feo.

Y de pronto, la puerta principal de la casa se abrió, y cinco personas salieron por ella una detrás de otra.

—Tu idea de diversión fue tan aburrida como pensé que sería —masculló Lily de malagana mientras bajaba los escalones del pórtico.

—Yo al menos traigo recuerdos —comentó Esther alegre, alzando un poco las botellas que traía en sus manos.

Charlie se viró rápidamente en su dirección al escuchar sus voces, y ahí los vio: Damien, Verónica, Samara, Esther y Lily habían salido de la casa, y bajaban los escalones en dirección a la camioneta. Y en cuanto Charlie lo vio, lo reconoció de las varias fotos que había visto. Y a través de su cámara en su solapa, Kali y Abra lo vieron también.

—Es él —susurró Roberta despacio, temiendo por un momento que lo hubiera dicho demasiado alto.

—¿Todo bien, Sr. Thorn? —Preguntó Kurt, parándose derecho en cuanto el chico se aproximó a él.

—Podría estar mejor —masculló Damien con sequedad sin mirarlo—. Por ahora volvamos al pent-house, Kurt.

—De inmediato.

Verónica se subió al asiento del copiloto al frente, mientras que Samara, Esther y Lily se subían a la parte trasera por un costado. Damien, por su lado, comenzó a rodear la camioneta por detrás para subirse por el otro lado. Y al avanzar, pasó justo delante de Charlie. Ésta lo miró en silencio, estática en su posición. El chico la volteó a ver apenas un poco en cuanto pasó a su lado, pero no le dio la más mínima importancia y siguió su camino sin más. Y en cuanto le dio la espalda, Charlie supo que era su oportunidad…

FIN DEL CAPÍTULO 92

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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