Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 91. No hay que preocuparse por nada

11 de abril del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 91. No hay que preocuparse por nada

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 91.
No hay que preocuparse por nada

Cuando Rony salió por la puerta principal de la casa, la camioneta negra con el logo de Thorn Industries se estaba ya estacionando justo delante. Para esos momentos el anfitrión de la fiesta creía ya sentirse tranquilo, pero aquello menguó un poco cuando una de las puertas de la parte trasera del vehículo se abrió, revelando del otro lado justo la presencia de quien tanto le inquietaba.

Damien bajó primero, se paró firme en la acera delante de la casa, y alzó su mirada hacia Rony de pie al final de las escaleras, sonriéndole además de una forma que al joven le resultó inusual. De nuevo no pudo evitar preguntarse a sí mismo si aquel individuo era en efecto quien se suponía que era, pese a que de forma racional no tenía motivo alguno para dudarlo.

—¿Qué tal, Rony? —Le saludó Damien, alzando una mano hacia él en señal de saludo—. Te ves bien.

—Gracias, Damien —murmuró Rony dubitativo, y bajó con cuidado los tres escalones del pórtico hasta pararse delante de su invitado (forzado)—. Qué gusto verte de nuevo.

Le extendió su mano y Damien la estrechó con firmeza, justo como lo habían hecho hace algunos días al final de su último duelo de tenis. Pero la sensación que dicho apretón le provocó distaba mucho de asemejarse a aquel momento.

—Sí, yo igual —respondió Damien, ensanchando un poco más su torcida sonrisa—. Bonita casa, por cierto —añadió, mirando por encima de Rony hacia la casa a sus espaldas.

—Gracias. Es de…

La explicación que estaba por dar, fuera la que fuese, quedó interrumpida cuando la atención de Rony se centró en las personas que habían ido bajando del vehículo detrás de Damien. Por un lado estaba una joven rubia de atuendo azul y blanco, alta y más o menos de su misma edad; no era precisamente una chica bastante llamativa, pero tampoco era de mal ver. Sin embargo, su presencia quedó prácticamente opacada cuando vio a las tres niñas que se bajaron de la parte trasera por la misma puerta por la que había bajado Damien.

Tres niñas, ninguna de más de diez u once, pensó Rony, y ello lo dejó perplejo. Su lengua se trabó en su primer intentó por preguntar al respecto, y antes de lograrlo Damien se adelantó.

—Chicas, él es el buen Rony Helmut de quien les hablé —comentó el joven Thorn—. Y ellas son Sara —indicó colocando su mano sobre el hombro de la niña de largos cabellos negros—, Lala —prosiguió haciendo lo mismo con la segunda, de cabellos castaños, aunque a ésta pareció agradarle menos su contacto y se apresuró a quitarse su mano de encima en cuanto pudo—, y…

—Jessica —se apresuró a pronunciar la tercera de ellas, de anteojos y cabello castaño oscuro, antes de que la presentaran.

—Y Jessica —repitió Damien, con un extraño tono de complicidad—. Y ella… —Se viró entonces hacia la otra chica mayor, pero se le quedó viendo un rato con una sobreactuada expresión de confusión—. Lo siento, ¿tú cómo te llamabas?

En lugar de responderle, la chica sólo respiró hondo por su nariz, dio un paso al frente y le extendió su mano directamente a Rony.

—Soy Verónica —pronunció con voz estoica, pero amable a su modo—. Encantada de conocerte, Rony. Jugaste muy bien en la final de la otra semana.

—Oh, ¿estabas ahí? —Pronunció Rony, sintiéndose algo más a gusto con ella que con los demás presentes, y el sentimiento se mantuvo cuando estrechó su mano—. Te lo agradezco. La verdad es que creo que tuve un poco de suerte; estuve a nada de perder.

—Ni te imaginas lo cierto que es eso —soltó Damien de forma mordaz, confundiendo un poco al muchacho—. Pero bueno, ¿entramos de una vez?

Antes de que Rony les diera alguna confirmación a dicha solicitud, la niña presentada como Jessica se adelantó, casi haciendo a un lado a Rony para poder pasar, y subió los escalones hacia la puerta dando pequeños saltitos en cada uno. Lala la siguió justo después, y un poco detrás iba Sara.

—Con tu permiso —pronunció ésta última, con su mirada agachada al pasar delante de Rony.

Damien se dispuso a seguirlas, pero Rony se sobrepuso lo suficiente para tomarlo del brazo y detenerlo.

—Damien, espera un poco, por favor —le indicó casi sonando como una pequeña suplica. Damien sonrió extrañamente complacido, y miró sobre su hombro a Verónica.

—Mejor adelántate —le indicó apuntando con su cabeza en dirección a la casa—. No querrás dejarlas mucho rato solas, ¿o sí?

La chica rubia lo observó con seriedad unos instantes, y luego sin decir nada se adentró hacia la casa detrás de las niñas. En cuanto se alejó lo suficiente, Rony soltó sin pudor lo que tanto quería preguntar:

—¿Qué te pasa?, ¿por qué trajiste a esas niñas contigo?

—¿Por qué? —Murmuró el chico Thorn, irónico—. ¿Hay algún problema con eso?

—Pues… sí —pronunció Rony algo más dudoso, apartando además en ese momento su mano del brazo de Damien como si éste le hubiera quemado, y de cierta forma así lo sentía—. Cuando dijiste que venías con unas chicas… yo me imaginé otra cosa. No es en lo absoluto una fiesta para niñas, si entiendes lo que digo…

Damien rio abruptamente, sonando casi como si de alguna forma aquel comentario hubiera sido una de las cosas más estúpidas que hubiera oído, y Rony no pudo evitar cohibirse por ello, más que molestarse.

—Yo que tú me preocupaba más por tus invitados que por las mías —señaló Damien justo después, rematando su comentario (¿o advertencia?) con un par de palmadas en el brazo de Rony. Éste se quedó helado, sin saber cómo reaccionar.

El chofer de la camioneta se bajó en ese momento, rodeándola por el frente para entonces pararse firme a un costado, como miembro del servicio secreto.

—Kurt, espéranos acá afuera, ¿bien? —Le indicó Damien—. Estaremos sólo un rato.

—Lo que diga, Sr. Thorn —le respondió el guardaespaldas, apenas asintiendo lo necesario.

—Anda, Rony —añadió el Thorn justo después, rodeando el cuello de su anfitrión (forzado) con un brazo para obligarlo a andar hacia adentro de la casa—. No te quedes afuera en tu propia fiesta.

Rony no respondió nada, ni tampoco se opuso demasiado a que Damien lo llevara de nuevo adentro. Su único consuelo fue haberle escuchado decir que estaría “sólo un rato.” Esperaba fuera cierto.

— — — —

Dentro de la casa, Crystal, Kelly y Cindy se habían posicionado a un costado de la sala, en apariencia platicando entre ellas al tiempo que bebían de sus vasos. Pero, en realidad, las tres tenían un ojo en la entrada para apreciar cuando el tal Damien Thorn hiciera su aparición, pero procuraban no ser demasiado obvias al respecto. Sin embargo, lo que terminaron vieron entrar por esa puerta, ellas y todos los presentes por igual, fueron a las tres jóvenes acompañantes del joven Thorn. Las niñas se pararon una a lado de la otra, contemplando a su alrededor con curiosidad, pero no más curiosidad y confusión que como todos los demás las miraban a ellas.

—¿Pero qué carajos…? —Soltó Cindy, de una forma bastante contraria a su plan original de ser discretas, pero las otras dos no la culparon por dicha reacción.

—¿Quien abrió la guardería? —Comentó Crystal con tono irónico, aunque no precisamente divertida.

Verónica entró un poco después que las niñas, parándose detrás de ellas e inclinándose un poco hacia ellas para susurrarles algo.

—¿Y esa quién es?, ¿su niñera? —cuestionó Cindy, con una sensación similar a su comentario anterior.

Mientras las tres chicas, y otros más, intentaban adivinar a qué se debían esas presencias tan extrañas, Rony entró también a la sala, acompañado de alguien más. Y ese chico, de cabellos negros, rostro delicado, intensos ojos azules y una larga gabardina negra, rápidamente llamó la atención de Kelly y sus dos acompañantes.

—¿Ese es? —Le murmuró Crystal muy despacio a su prima, y ésta asintió lentamente.

—Ese es Damien Thorn, en todo su esplendor —murmuró Kelly, siendo incapaz de ella misma ocultar su impresión. Lo reconocía fácilmente, a pesar de en realidad nunca haberlo visto de tan cerca.

—Y qué esplendor —musitó Cindy con bastante impresión reflejada en su voz y rostro; sus ojos no se apartaban ni un instante del recién llegado.

—¿Y enserio es un niño bueno de iglesia? —Cuestionó Crystal a continuación, a lo que Kelly se encogió de hombros.

—Eso dicen.

—Quizás yo pueda hacerlo pecar un poco —señaló Cindy, con un tono tan pícaro que casi sonó lascivo.

—No seas tan zorra, Cindy —le reprendió Crystal, dándole un manotazo en su bazo que al parecer resultó ser más fuerte de lo previsto, pues Cindy soltó un pequeño quejido y se sostuvo el área golpeada con su mano.

Las tres notaron entonces como el tal Damien Thorn se aproximaba a la chica rubia y a las tres niñas, comenzando a hablar de manera bastante casual con las cuatro.

—¿Acaso las niñas son esas amigasque dijo que venían con él? —Murmuró Crystal, entre sorprendida y divertida—. Vaya broma.

—Quizás son sus hermanitas —especuló Cindy, ya menos adolorida por el golpe, pero Kelly se apresuró a responderle:

—No lo creo, se supone no tiene nada de familia, menos hermanas.

—¿Y la chica será su novia? —Inquirió Crystal con genuina curiosidad.

Las tres observaron cómo el muchacho se mantenía a una distancia prudente de ella, pero igual de vez en cuando le dirigía algún comentario, aunque pareciera que no fuera directamente a ella.

—Yo no la conozco —indicó Kelly tras un rato—. Pero se ve tan santurrona como él, así que tal vez…

Pero en realidad no lo creía; su lenguaje corporal no indicaba nada parecido a ello. Además de que en su opinión, si Damien Thorn tuviera una novia, aunque fuera por una noche, sería alguien más… llamativa que esa flacucha insípida.

— — — —

—¿Y ahora qué hacemos? —cuestionó Samara con curiosidad, mientras recorría su mirada por toda la sala, inspeccionando al resto de las personas ahí presentes; todos jóvenes de la edad de Damien o mayores, y ninguno en apariencia demasiado amistoso.

—Lo que gusten, por supuesto —respondió Damien con simpleza a su pregunta, acompañado de un par de palmadas en la espalda de la pequeña—. Diviértanse; pero con moderación…

Y dada aquella instrucción, caminó entre ellas y se dirigió directo a la puerta que daba hacia la terraza.

—¿A dónde vas? —Le cuestionó Verónica efusiva, pero el chico no se viró siquiera a mirarla mientras salía.

Las cuatro lo miraron en silencio, al menos dos de ellas preguntándose si acaso debían seguirlo o no, aunque otras tenían mucho más claro lo que querían hacer.

—Si me disculpan, yo buscaré un poco de alcohol —indicó Esther sin menor miramiento, y se dirigió entonces hacia dónde parecía estar la cocina.

—¿Qué?, no puedes… —pronunció Verónica alarmada, dando unos pasos detrás de ella, pero luego deteniéndose unos instantes al dudar si acaso debía o no dejar solas a las otras dos.

Lily en esos momentos miraba fijamente a su alrededor, con su rostro alzado como si intentara percibir algún tipo de aroma o sonido. Su expresión era particularmente seria, o incluso reflexiva.

—¿Estás bien? —Le preguntó Samara, ligeramente preocupada, a lo que Lily asintió lentamente.

—Hay muchas emociones flotando en ese sitio —masculló despacio la niña de Portland, aunque no era muy evidente si aquel comentario era hacia Samara o hacia sí misma—. Discúlpenme un momento…

Y al igual como Damien y Esther lo habían hecho, comenzó a andar por su cuenta hacia un rincón del cuarto.

—Lily, no deberíamos separarnos —masculló Verónica entre dientes.

—No molestes —le respondió la jovencita de mala gana sin detenerse—. Tu jefe dijo que hiciéramos lo que quisiéramos; qué no te importe lo que yo haga.

Y tras un rato se perdió también de su vista, dejando muy claro que no le haría caso.

Verónica se encontraba en los primeros indicios de un ataque de ansiedad. ¿Cómo era posible que evitara que esas niñas, y el propio Damien, hicieran una locura si ni siquiera la escuchaban?

Sacó rápidamente su teléfono y abrió la conversación con Ann. Ésta aún no le respondía, y de hecho ni siquiera había leído aún sus mensajes, y era probable que no los leyera hasta dentro de algunas horas, si tenía suerte…

—Descuida, yo me portaré bien —escuchó la voz apagada de Samara pronunciar a su lado. La joven de Moesko la veía atentamente con sus ojos tranquilos, un poco ausentes—. No tienes que ocuparte de mí…

Verónica se preguntó si acaso había leído en su mente las preocupaciones que la saturaban en esos momentos, pero en realidad poco importaba pues éstas igual eran bastante visibles en su rostro de seguro. Y para bien o para mal, debía aceptar que en el poco tiempo que llevaba de conocerlas, Samara parecía la más tranquila y cooperativa de las tres chicas. En el fondo sentía que ella era una buena chica; demasiado buena para andar en compañía de esos otros dos pequeños monstruos.

—Está bien, gracias —asintió Verónica, sonriéndole—. Iré a vigilar a las otras entonces, ¿sí?

Samara asintió lentamente, y Verónica se apresuró en la misma dirección a la que había ido Lily. La niña sólo la observó en silencio…

En realidad no quería que se fuera; estar sola en un sitio como ese le provocaba demasiada incomodidad, especialmente al estar rodeada de tantos extraños con aires agresivos.

Giró su mirada distraída, quizás buscando un sitio en el que pudiera sentarse y no llamar la atención, o quizás ver si le era posible ver a dónde se había ido Damien. En su lugar, sin embargo, lo que captó la atención de la niña fue la enorme pantalla de la sala, con el videojuego que los chicos en el sillón jugaban. Parecía ser algún tipo de juego de disparos con estética futurista, que además de todo hacía bastante ruido. Samara no conocía mucho de eso pues sus padres no les agradaban mucho, pero ciertamente los conocía. En el Psiquiátrico de Eola la habían hecho jugar uno para algunas pruebas, pero bastante menos detallado que ese. Esas pruebas para variar no le desagradaban tanto.

Sin darse cuenta, comenzó a aproximarse hacia dicho sitio, contemplando fijamente como los personajes se movían por la pantalla dividida en cuatro, disparando a enemigos de apariencias monstruosas que saltaban delante de ellos, manchando sus cámaras de sangre. Aunque uno de los cuatro en particular hacía rato que había dejado de moverse.

— — — —

Ya fuera por la droga o no, lo cierto es que la concentración de Milton había mejorado bastante, y la partida que los chicos jugaban en esos momentos estaba saliendo bastante mejor de lo esperado. Sin embargo, esa concentración, en apariencia tan sólida, terminó por menguar bastante fácil en cuanto se enfocó enteramente en otra cosa, o más bien en otra persona.

Al dirigirse a la terraza por la puerta que había tomado Lily, Verónica pasó por un lado de los sillones, y los ojos azulados, y algo enrojecidos, del muchacho se fijaron en ella y la siguieron atentamente en su avance hasta que se perdió en el exterior. Fueron unos segundos, pero a Milton aquello le bastó para inspeccionarla de arriba abajo, y memorizar su apariencia con bastante claridad.

No tenía ni la menor idea de quién era esa chica, pero definitivamente quería saberlo…

—Ese es mi tipo de mujer —exclamó efusivamente el muchacho de sombrero, parándose abruptamente de su asiento y tirando el control contra la mesa de centro de forma poco cuidadosa—.  Ahí se ven, perdedores.

Y sin dar mayor explicación, se dirigió apresurado hacia la puerta, persiguiendo a la misteriosa chica que tanto le había cautivado. 

—¡Oye! —Exclamó claramente molesto uno de los otros chicos, contemplando cómo se alejaba de esa forma a media partida—. ¡Aún no terminamos! ¡Vuelve acá!

Pero Milton hizo caso omiso de sus quejas, e igual se fue bastante decidido, y sus compañeros de juego soltaron una maldición en su nombre.

Al virarse hacia la pantalla con la intención de decidir qué hacer a continuación, aquel que se encontraba más a la izquierda se sobresaltó asustado, al notar repentinamente a la niña de vestido amarillo y largo cabello negro de pie prácticamente a su lado, y que no había notado en lo absoluto antes.

—¿Y tú de dónde saliste? —le cuestionó entre sorprendido, y extrañamente asustado.

—Vengo con… —murmuró Samara dudosa, y se giró con la intención de señalar a alguien, pero fue consciente en ese momento de que en realidad no había nadie conocido cerca—. Sólo estaba mirando…

Los chicos la observaron un tanto extrañados. ¿Qué hacía exactamente una niña en una fiesta como esa? Pero por el motivo que fuera, a uno de ellos en particular pareció no importarle mucho, pues en ese momento estiró el brazo hacia la mesa, tomó el control que Milton había dejado, y entonces se lo extendió a la desconocida.

—¿Quieres jugar? —Le preguntó sin muchos rodeos, tomando por sorpresa a sus compañeros.

—Oye —le reprendió uno de ellos, dándole un discreto golpe en su brazo con una mano, y preguntándole con la sola mirada: “¿qué crees que haces?”

—Nos falta uno —respondió el mismo chico a la defensiva—. Sólo para terminar la partida, no sean infantiles.

Se viró entonces de regreso a Samara y añadió:

—¿Entonces? ¿Quieres o no?

Samara miró algo temerosa el control que le extendían, con bastante más botones que el que había usado en el psiquiátrico. Le provocaba demasiada ansiedad el imaginarse metiendo la pata al no saber cómo jugar, y que por ello esos chicos se enojaran con ella, le gritaran, la reprendieran, o…

Arrugó un poco el entrecejo, preguntándose repentinamente a sí misma por qué exactamente les tenía miedo a esos sujetos.

«Si alguno de ellos se enojara con Damien, Esther o Lily… ellos no permitirían que les hablaran de mala forma. Los harían respetarlos» meditó para sí misma, sintiéndose de hecho un poco sorprendida por su propio pensamiento, pero no por ello le restaba veracidad.

Al final decidió no darle tantas vueltas, y sólo aceptó el control que le ofrecían, tomándolo entre sus dedos.

—Supongo que sí —masculló despacio, tomando asiento justo después en el sillón individual que Milton había dejado desocupado. Miró entonces hacia la pantalla, intentando entender más claramente la situación—. ¿Quién soy?

—El de armadura negra, en la esquina superior izquierda —le respondió de malagana uno de los chicos, y rápidamente comenzaron de nuevo la partida, sin darle demasiado tiempo a la nueva jugadora para prepararse por completo.

Rápidamente los cuatro jugadores comenzaron a moverse por el campo repleto de monstruos. Y mientras los otros tres se movían con gran facilidad y atacaban sin dudar, Samara tenía problemas al inicio para entender qué hacía con exactitud cada uno de los botones. Escuchó incluso como uno de ellos se reía, y claramente sintió que era de ella. Aquello no la puso más nerviosa… sino más bien molesta.

Sus ojos oscuros se fijaron por completo en la pantalla; en la oscuridad, en las criaturas monstruosas, en la sangre… nada peor a lo que le habían mostrado sus pesadillas.

Poco a poco sus dedos comenzaron a reaccionar casi por sí solos, como si las claves sobre qué debía de hacer vinieran a su mente directamente sin que ella tuviera que pensarlo. Y de un momento a otro, comenzó a moverse a la par de los otros; o, incluso, un poco mejor.

—No está mal, niña —comentó uno de los chicos, sinceramente impresionado, y aquello hizo que una sonrisita se dibujara en los labios de la pequeña.

— — — —

Esther entró en la cocina, y desde la puerta contempló a un grupo de siete chicos (cinco hombres y dos mujeres) de pie alrededor de la isla del centro, platicando y riendo mientras se servían licor en sus vasos rojos. Estaban tan ensimismados en sus asuntos que no notaron a la niña de un metro treintaicinco hasta que ya estuvo lo suficientemente cerca de ellos.

—Buenas noches, chicos —saludó efusivamente, abriéndose paso entre ellos y entonces colocándose de rodillas sobre uno de los taburetes de la barra. Los siete presentes la miraron totalmente perplejos, mientras ella inspeccionaba curiosa las botellas y latas de alcohol sobre la encimera—. ¿Qué es lo más fuerte que tienen? Llevo bastante tiempo sin un buen trago.

Sin que nadie le tuviera que dar permiso, tomó una botella de lo que parecía ser tequila, y la abrió con la intención de servirse un poco en un vaso limpio.

—¡Oye! —exclamó alarmada una de las chicas presentes, apresurandose a arrebatarle la botella, y derramando un poco sobre la isla en el proceso—. Ni lo sueñes, mocosa. ¿Qué edad tienes?

—¿Qué edad tienes tú? —Le respondió Esther sagaz, recorriendo entonces su mirada lentamente por cada uno de ellos—. Creo que está de más decir que ninguno de ustedes se ve de más de veintiuno.

Su atención se centró entonces justo en un muchacho de piel oscura, de pie al otro lado de la isla, bastante alto y fornido; lo suficiente para llamar la atención de la necesitada Leena.

—Bueno, creo que excepto tú, guapo —sonrió Esther con complicidad, teniendo además en sus ojos una muy incómoda y taimada expresión—. Lindos brazos…

Los siete chicos se miraron entre ellos, ofuscados, y quizás preguntándose entre ellos si acaso aquello era algún tipo de broma.

Esther notó entonces una cajetilla de cigarrillos abierta, puesta sobre la encimera muy cerca de ella. Y luego, sin necesidad de que pidiera permiso, la tomó y sacó un cigarrillo de ésta, colocándoselo entre los labios.

—¿Alguno tiene fuego? —Les preguntó con absoluta normalidad, y aquello pareció suficiente para todos.

—Pero qué loca —señaló otro de los chicos, y uno a uno comenzaron a salir de la cocina, intentando alejarse de aquella niña tan extraña, y especialmente de la obligación de tener que buscar con quién venía o, aún peor, tener que cuidarla ellos mismos. Esther no lamentó su partida; bueno, quizás sólo la de uno de ellos.

—Oye —exclamó con fuerza hacia el mismo muchacho de color que había contemplado hace unos momentos, justo cuando éste pasaba a su lado. Por mero reflejo, y quizás cortesía, el chico se detuvo la miró, y ésta lo hizo de regreso de la misma forma que antes—. No me suelen gustar tan jóvenes, pero por ti haría una excepción. Si quieres ir a una de las habitaciones conmigo, no te arrepentirás…

La intención detrás de esa propuesta era bastante clara, y el chico se sintió profundamente asqueado por ella.

—Estas muy dañada, pequeña —le murmuró despacio con molestia, pero también con cierta compasión en su voz—. ¿Quién te lastimó tanto?

Esther bufó divertida por su pregunta tan ocurrente, mientras jugaba con el cigarrillo entre sus dedos.

—¿Tienes una hora?, porque la lista es larga…

El muchacho sólo negó con su cabeza, y se apresuró a salir de la cocina detrás de sus demás amigos.

—Aguafiestas… —murmuró Esther con marcado enojo al verlo partir.

En otro momento y lugar hubiera optado por ir detrás de ese idiota, y atravesarle el hígado con un picahielos (había uno a la vista sobre la cocina) como castigo por haberle rechazado de esa forma. Y dicha opción ciertamente seguía sobre la mesa, pero de momento tenía otro interés.

Ya que se fueron ahora sí tomó la botella de tequila y se sirvió todo lo que quedaba en el vaso, hasta casi hacerlo desbordarse. Lo tomó entonces con cuidado, y dio el que sería su primer trago de la noche, pero no el último.

— — — —

A lo largo de su productiva carrera como reportera, activista y, para algunos, terrorista, Charlie se había tenido que meter a escondidas a una gran cantidad de sitios con alta seguridad. En comparación, saltar la barda trasera de ese residencial en Malibú no representó mucho mayor problema.

Habían estacionado la camioneta unas calles más adelante, escondida entre algunos follajes para no llamar demasiado la atención, pero en un punto en donde pudieran tener una vista casi directa de la entrada y salida del residencial por los binoculares. Y mientras Kali y Abra la aguardaban ahí, ella se adentró sola, pero siempre acompañada del audífono y micrófono en su oído, y un pequeño prendedor en la solapa de su chaqueta que serviría en realidad como cámara integrada para que sus dos acompañantes pudieran ver lo que ella veía.

—Estoy dentro —les murmuró despacio mientras avanzaba con paso relajado y tranquilo, como si no fuera una completa intrusa en ese lugar—. Hay demasiadas casas, ¿cómo saber en cuál está?

—La camioneta no ha salido —le indicó la voz de Eight en su oído—. Ve si la identificas estacionada afuera de alguna.

No era mal consejo, siempre y cuando no se hubieran metido al garaje de alguna.

—Muchas de estas casas parecen vacías —señaló Charlie al darse cuenta que las luces de varias estaban apagadas, y no había vehículos visibles en ellas—. De seguro son casas de playa de ricos para el fin de semana, o quizás para rentarlas en el verano. Pero a mitad de noviembre…

Sus oídos captaron algo diferente entre la casi absoluta quietud de la calle, que la hizo ponerse en alerta.

—Oigo música —indicó con seriedad, y comenzó entonces a avanzar con más prisa en la dirección de la cual aquel sonido venía, pero no lo suficiente para verse apurada.

Al dar vuelta en una esquina, unas tres casas más adelante justo donde la calle terminaba en una amplia rotonda, divisó la camioneta negra que había estado siguiendo durante todo ese rato. Y en un vistazo más cuidadoso, observó también al hombre de traje negro de pie a un lado del vehículo, fumando un cigarrillo mientras revisaba su teléfono.

Charlie se viró hacia otro lado, se pasó discretamente a la otra acera y caminó por ella como si se dirigiera a la casa de enfrente. Miró de reojo en dirección a la camioneta, y no le pareció que el hombre del cigarrillo hubiera captado su presencia.

—Ya vi la camioneta, está frente aquella casa —indicó Charlie en voz baja mientras se adentraba en el porche de la otra casa, por suerte al parecer sola en sus momentos, ocultándose un poco entre las sombras—. Creo que sólo está el conductor.

—Thorn debe estar dentro —indicó Kali, señalando la deducción más obvia.

Oculta en las sombras, y detrás de un pilar del porche, Charlie echó un vistazo a la casa en cuestión, la cual parecía de las más grandes y lujosas del barrio, y ciertamente eso era decir mucho. Todas las luces estaban encendidas, y la música, aunque no era estridente, estaba en el volumen suficiente para que se escuchara desde ese punto.

— — — —

De hecho, incluso Kali y Abra fueron capaces de oírla a través del micrófono de Charlie. Y a la más joven del trío la canción en cuestión le pareció conocida; era una bastante popular de ese mismo año.

—¿Es una fiesta? —Murmuró confundida la joven de Anniston—. ¿Vino hasta acá sólo para asistir a una fiesta?

—Al final sigue siendo un chico de diecisiete años, al parecer —señaló Kali, encogiéndose de hombros, a lo que Abra no tuvo mucho para responder—. Te diría que entraras a ver, Roberta; pero si es una fiesta de chicos, de seguro un vejestorio como tú resaltaría rápidamente.

—Qué graciosa —murmuró Charlie secamente en su micrófono.

—Yo puedo hacerlo —propuso Abra rápidamente, a lo que Charlie no tardó mucho en responder con bastante agresividad:

—¡Claro que no! Thorn te conoce, ¿lo olvidas?

—No hablo de ir, ir —respondió Abra, defensiva—. Me refiero a proyectar mi mente hacia ahí. Lo he hecho en distancias mucho más largas; entrar en esa casa no debería ser problema.

Kali y Charlie, aunque separadas físicamente por una distancia considerable, se quedaron en silencio compartiendo el mismo sentimiento de duda sobre si aquello sería buena o mala idea.

—¿Estás segura? —Le cuestionó Kali—. ¿Thorn no podría detectarte?

Abra vaciló unos momentos al responder, pues ella misma no estaba segura. Recordaba aquella vez hace meses en el evento en Manchester, dónde él parecía haberla sentido entre la multitud. Y más recientemente en Indiana, mientras Terry y ella surcaban los rincones oscuros de la mente de la Sra. Wheeler, y él se había dado cuenta…

Pero en ambas ocasiones ella no era consciente de la presencia el chico. No había preparado su mente y, especialmente, no la había blindado cómo se debía. Desde su encuentro con Rose la Chistera cinco años atrás, su tío Dan y ella habían estado trabajando juntos en formas de blindar sus mentes para que individuos como ella no los detectaran tan fácil.

Y, adicionalmente, para bien o para mal en los dos encuentros que había tenido con Damien había podido percibir de primera mano cómo funcionaban sus poderes.

En base a todo ello, tenía la teoría de que si se concentraba lo suficiente, podría pasar desapercibida, incluso tratándose de él. Aunque claro, era sólo una teoría, pero bien valía la pena para ella el intentarlo. Aunque al transmitirle esa idea a sus dos compañeras debía procurar sonar más convencida.

—Creo que ambos sabemos muy bien como escondernos del otro —indicó tras unos segundos con voz calmada—. Creo que si blindó mi mente totalmente, pasaré sin llamar la atención. Igualmente no me quedaría mucho; sólo entraré, veré qué pasa, confirmaré si está ahí, y cuál es la situación.

Le pareció que su propuesta tenía sentido, pero no percibió la misma seguridad de las otras dos.

—Creo que es mala idea —indicó Kali, notándose que el comentario iba más hacia Charlie que hacia Abra.

—Sí… Pero es la única opción moderadamente segura que tenemos de momento —comentó Charlie de pronto, tomando por sorpresa a Kali—. Hazlo, Abra.

—Bien —asintió la joven, antes de que Kali tuviera algo más que decir—. Espérenme sólo un poco; necesito unos minutos para lograr concentrarme…

Dicho eso, Abra se fue a un extremo de la camioneta, se sentó y cerró los ojos, comenzando a respirar lentamente. Kali pensó por un momento que se pondría en posición de loto y empezaría a flotar, pero en realidad no se veía muy diferente a como si se hubiera quedado dormida sentada.

Discretamente desactivó el altavoz de la computadora, y susurró lo más despacio posible a su micrófono, esperando que la jovencita a sus espaldas estuviera tan concentrada en lo suyo para escucharla.

—¿No habíamos dicho que la mantendríamos lo más alejada posible del peligro?

—Está bastante lejos como para que ese sujeto le haga algún daño —respondió Charlie, sonando sólo en los audífonos de Kali en esa ocasión.

—Dile eso a El. El chico estaba acá a medio país de distancia, y mira cómo la dejó.

Charlie guardó silencio, quizás pensativa sobre esa última advertencia.

—Si percibes por un instante que ese sujeto le está haciendo algún daño, dímelo de inmediato y quemaré toda esa casa con él dentro.

—¿Y quién sea que esté también ahí? —Musitó Kali, inquisitiva, a lo que Charlie ya no se preocupó por responder.

— — — —

Mientras Abra se preparaba mentalmente para su expedición, su objetivo se movía sigilosamente por la terraza de la casa, contemplando pensativo a las personas ahí presentes; algunos metidos en la alberca, otros en el área de los asadores, sentados en las sillas, o de pie frente al barandal que daba al barranco a un lado de la casa.

Damien ciertamente había llamado la atención de más de uno, aunque la mayoría estaba bastante metido en lo suyo como para prestarle demasiada atención. Todos, por lo que lograba percibir, eran chicos de la misma edad de Rony, posiblemente compañeros de clase, e igual de vacíos y aburridos como él. Nadie lo bastante interesante como para merecer su atención, al parecer…

¿A qué había ido a ese sitio exactamente? ¿A arruinarle su fiesta a Rony como Verónica al parecer estaba convencida? ¿A intentar demostrar algún punto? ¿O realmente sólo quería que sus nuevas tres amigas salieran un poco de su elegante “prisión” como bien la habían llamado?

Quizás era un poco de todo.

Quizás él mismo se sentía también encerrado para esos momentos. Irónicamente, aquello era lo más libre que había estado en mucho tiempo; lejos de la Hermandad, de Ann, de Lyons, de Adrián… y aun así se sentía atado de manos… Pero, ¿por quién?, ¿por él mismo acaso…?

—Hola —escuchó una voz aguda pronunciar a su costado derecho, tomándolo un poco desprevenido, pero no lo suficiente para asustarlo.

Al virarse en dicha dirección, el joven Thorn se encontró de frente con una chica apenas unos centímetros más baja que él, de cabellos rubios en esos momentos húmedos por haber estado en la alberca, y luciendo un nada modesto bikini color celeste. Le sonreía ampliamente, mostrándole un poco de sus dientes blancos con brackets. Y en cada mano sujetaba un vaso rojo con bebida en su interior; y claramente ninguna era refresco de naranja.

—Eres Damien Thorn, ¿cierto? —preguntó la chica con marcada curiosidad.

—¿Eso dicen? —Respondió el muchacho con tono esquivo, que sólo provocó que la extraña riera un poco.

—Soy Cindy. ¿Quieres una cerveza? —Le ofreció la chica, extendiéndole uno de los vasos—. Aunque quizás no; escuché que eras un niño bueno…

—No esta noche —respondió Damien con sencillez, aceptando uno de los vasos que le ofrecía sin dudarlo demasiado.

Mientras daba un primer sorbo, fingiendo que éste le afectaba más de lo real, contempló que dos chicas más se aproximaban por detrás de la tal Cindy, ambas de piel oscura, una más alta, con un bikini rosado, y la otra con un traje de baño un poco más modesto color blanco.

Al notar su cercanía, Cindy se viró hacia ellas y se apresuró a presentarlas.

—Ellas son Crystal, la novia de Rony, y su prima Kelly.

—Encantada —se adelantó Crystal, extendiendo una mano hacia él para estrecharla—. Rony me ha contado de ti.

—Cosas buenas, espero.

Ciertamente parecía el tipo de chica que haría buena pareja con alguien como Rony. No recordaba haberla visto en alguna de las competencias de tenis en las que habían concedido (definitivamente no hubiera pasado desapercibida), así que o era una conquista reciente, o simplemente no le gustaba el tenis.

—¿Es cierto que eres asquerosamente rico? —Soltó Cindy abruptamente, tomando por sorpresa incluso al propio Damien; parecía una pregunta que había tenido demasiadas ganas de hacer, hasta que ya no pudo contenerse.

—¡Cindy! —Exclamó Crystal, alarmada por la falta de tacto de su amiga. Damien, sin embargo, se repuso bastante rápido a la impresión inicial.

—Sí, más o menos —respondió el muchacho con simpleza.

—Apuesto a que tu casa es más grande que ésta —susurró Cindy con tono provocativo, pegándose un poco a su brazo sin mucho pudor; ni en su actuar, ni en su voz, ni en su mirada.

—Discúlpala, ya está ebria —señaló Crystal, y rápidamente tomó a su amiga del brazo y la apartó—. Ven acá…

Crystal comenzó a jalarla hacia el interior de la casa. Y aunque Cindy se resistió al principio, la manera en la que se movía, hasta casi caerse un par de veces, dejó en evidencia que aquellas palabras sobre su estado, no eran sólo una excusa.

—Yo estaba hablando con él, ¿por qué te metes? —murmuró Cindy arrastrando un poco las palabras.

La tercera de ellas, la que al parecer era la prima Kelly, se dispuso a seguirlas sin más, pero se detuvo al escuchar cómo el invitado sorpresa de la fiesta le hablaba.

—¿Tú me conoces?

—¿Disculpa? —Murmuró Kelly confundida, virándose de nuevo hacia él.

—Que si me conoces —repitió el muchacho, y señaló entonces a su rostro usando su vaso rojo—. Lo digo por tu mirada.

Kelly inconscientemente llevó una mano a su rostro, como si su primer reflejo hubiera sido tocarse los ojos.

—¿Te veo como si te conociera?

—Algo así —respondió Damien con simpleza, encogiéndose de hombros—. Y creo que no te agrado.

Aquello la sorprendió un poco más, principalmente por lo acertado…

—No, no te conozco —le respondió con bastante calma, cruzándose de brazos—. Aunque he oído mucho de ti. También vivo en Chicago.

—Ah, entiendo —asintió Damien, en efecto comprendiendo todo con ese sólo pequeño pedazo de información—. ¿En dónde estudias?

—En una escuela muy por debajo de la tuya, créeme.

—De acuerdo. ¿Y qué haces por aquí?

—Vine de visita con mi prima; ¿cuál es tu excusa?

—Vine a ver universidades, luego me quedé para el torneo juvenil del Club Rotario, y ahora sólo disfruto del clima.

—¿Y has estado faltando a clases todo ese tiempo?

—¿No muy propio de un niño bueno? —musitó Damien con un tono burlón, dando un pequeño sorbo del vaso que Cindy le había dejado. Teorizó que quien les había dicho sobre eso de que era un “niño bueno” había sido precisamente Kelly, y no como un halago de seguro.

Fuera como fuera, pareció sacarle una sonrisa a la joven, quien además pareció comenzar a relajarse un poco.

—Debo admitir que no me das la vibra de lo que he escuchado de ti.

—Sí —asintió el muchacho, extendiendo su mirada un poco hacia el paisaje oscuro más allá de esa terraza—. Supongo que no me siento yo mismo estos días…

— — — —

No a todos en la fiesta les importaba tanto, o eran siquiera conscientes de la presencia de Damien Thorn y sus “amigas.” La mayoría estaba muy entretenido en otras cosas; como Charles y su novia Lidya, compañeros de escuela de Rony, que en esos momentos estaban en la alberca, pero no nadando. El muchacho fornido y con amplios tatuajes en su brazo derecho, se encontraba sentado en la parte baja de la piscina con sus brazos apoyados en la orilla, mientras ella se había sentado sobre sus piernas, y ambos se besaban con bastante entusiasmo sin importarles mucho la gente que los estuviera viendo; y realmente tampoco nadie se los impedía.

Ambos estaban muy metidos en ello. Y además del beso, Charles además se dio el permiso de introducir su mano en el agua, y recorrer el muslo entero de su novia, subiendo hacia su cadera y su glúteo, y ésta no se lo impidió. De hecho, si alguien no los detenía pronto, la escena amenazaba con ponerse bastante menos apta para menores.

Para bien o para mal, el ánimo tuvo que apagarse un poco, justo cuando entre un roce de lengua y otro, Lidya abrió un poco los ojos lo suficiente para ver la repentina figura de la niña de pantalón y suéter gris, de pie en la orilla a unos cuantos centímetros de ellos, y viendo en su dirección. Y si aquella casi aparición repentina no era suficiente para asustarla, por un instante mientras Lidya le miraba de reojo, le pareció ver en su rostro algo anormal… algo más acorde a la expresión de una bestia deforme.

—¡Dios Santo! —Exclamó espantada, apartándose de Charles, prácticamente empujando a éste con sus manos contra la orilla sin darse cuenta. Su primera impresión se esfumó casi de inmediato, y de un parpadeo a otro fue capaz de percibir el rostro frío y sereno de aquella jovencita desconocida.

¿Había sido su imaginación…?

Charles, por su lado, no entendía a qué se debía tan repentina reacción. Se viró entonces sobre su hombro, viendo también hacia la niña, aunque con más confusión y molestia que miedo.

—¿Se te ofrece algo? —Le cuestionó toscamente—. ¿Qué haces aquí?

Lily, o más bien Lala según la había presentado Damien afuera, se agachó en ese momento, poniéndose de cuclillas, y acercó su mano derecha al agua.

—Sólo quiero ver si el agua está caliente —informó de manera ausente, como si en realidad se lo estuviera diciendo a alguien más y no a ellos—. Y sí lo está; increíble. Nunca había estado en una piscina climatizada. Qué mal que no tengo mi traje de baño.

—Sí, qué mal —masculló Charles, fastidiado por cómo le habían arruinado el buen rato tan fácil—. ¿Ahora puedes dejarnos, enana?

Lily se viró lentamente hacia él, y Charles por un segundo se sintió incluso amenazado por la extraña agresividad que radiaban esos pequeños ojos claros.

—No tienes que ser tan grosero —indicó Lily con seriedad.

—Yo soy lo que me da la gana. ¿Por qué no te largas de aquí a buscar a tu mami?

La niña se le quedó viendo unos segundos en silencio, y pareció por un momento que no pensaba irse. Sin embargo, luego de un rato se puso de pie.

—Seguro —murmuró con una sonrisita inocente, que no se esforzó mucho en ocultar que era falsa—. Pero primero dime, ¿quién es Amanda?

Aquella repentina pregunta menguó notablemente la actitud beligerante de Charles, quien además no fue capaz de ocultar su asombro; tanto que incluso Lidya lo notó.

—¿Qué? —Balbuceó el chico, dubitativo.

—Amanda, ¿quién es? —repitió Lily con cierta complicidad, como si quisiera dar a entender que ella ya sabía la respuesta a dicha pregunta.

—Yo… no sé… —respondió Charles tras un rato, encogiéndose de hombros.

—¿No se llama así tu compañera de estudio? —Intervino Lidya de pronto, sonando casi como una acusación.

Los nervios de Charles se hicieron aún más palpables, pero intentó no dejarse llevar por ellos.

—Ah, sí, creo que sí —respondió procurando sonar desinteresado, y se viró inquisitivo a la jovencita—. ¿Acaso tú la conoces?

—No —respondió Lily negando lentamente con su cabeza—.  Pero tú sí; y muy bien, ¿verdad?

Y sin disponerse a dar más explicaciones, se dio la media vuelta y se alejó caminando tranquilamente paralela a la orilla de la alberca, disponiéndose a rodearla.

—¿De qué está hablando esa mocosa? —Le preguntó Lidya, visiblemente molesta, apartándose rápidamente de encima de él.

—¿Yo qué sé? —Masculló Charles, defensivo—. Ni siquiera sé quién es esa niña, enserio. Debe ser todo una broma de Rony. Iré a hablar con él y a ponerlo en su lugar.

Y antes de que Lidya pudiera hacerle algún otro cuestionamiento, Charles se salió de inmediato del agua, y así totalmente mojado se alejó por la orilla. Pero por supuesto que no iba a hablar con Rony como había dicho; su preocupación iba enfocada en otros sentidos.

—Oye —pronunció Charles con molestia, mientras se apresuraba a alcanzar a Lily, pero ésta ni siquiera lo volteó a ver—. ¡Oye tú!

Se apresuró más hasta interceptarla, y la tomó entonces violentamente de su brazo, jalándola. Esto no le agradó a la niña ni un poco.

—Suéltame si sabes lo que te conviene —le amenazó con voz severa, pero eso no intimidó a Charles; su propia ansiedad y enojo podían más.

—¿Cómo conoces a Amanda? ¿Ella te envió? ¿Qué quiere?

—Ya te lo dije, no la conozco —contestó Lily con voz estoica—. Pero quizás deba contarle a tu novia lo que hiciste con ella en el laboratorio de química la otra semana. ¿Crees que le interese?

Si Charles no se encontraba lo suficientemente alterado y molesto hasta ese momento, ciertamente aquella afirmación terminó de llevarlo hasta al punto máximo. Pues, en efecto, él sabía muy bien de qué estaba hablando esa enana.

—Oye, pequeña puta —espetó furioso, jalándola con incluso más fuerza hasta llegar a lastimar un poco—. A mí nadie me amenaza, ¡¿oíste?!

Pese a la situación y como ese sujeto la tomaba y le hablaba, Lily siguió en apariencia totalmente calmada… inhumanamente calmada.

—No te hagas el valiente conmigo —susurró la niña despacio, esbozando justo después una sonrisa torcida que hizo que todo su rostro tomara una apariencia inquietante para su opresor—. Yo sé bien que no eres más que un gusano arrastrándose de miedo. Le tienes tanto miedo a tu propia novia que vienes a amenazar en falso a una pequeña niña. Qué triste remedo de hombre eres, Charlie…

Aquellas palabras lo desconcertaron. ¿Qué niña hablaba de esa forma? No sabía si aquello era una jugarreta de Amanda, o quizás sólo una pésima broma de alguien. Pero fuera lo que fuera, él no se iba a quedar tranquilo.

—¡Te voy a demostrar quién amenaza en falso a quien! —Exclamó Charles molesto, y volvió a jalonearla, casi amenazando con aventarla a la alberca, ya fuera por accidente o apropósito.

—¡Oye!, ¡¿qué te pasa?! —Se escuchó la voz de Verónica pronunciar alarmada no muy lejos. Y cuando Charles se viró sobre su hombro, observó de inmediato a la mujer rubia aproximándose hacia ellos con paso firme—. ¡Suéltala ahora mismo, desquiciado!

—No te metas, perra.

—¿Cómo me llamaste?

Verónica lo tomó de la muñeca intentando apartarlo de Lily, pero Charles la empujó hacia atrás, casi haciéndola caer pero ella logró sostenerse. Ante tal agresión, instintivamente Verónica aproximó su mano hacia su espalda para tomar el taser que llevaba ahí oculto para cualquier emergencia. Pero antes de sacarlo, al último momento se detuvo a meditar si aquello sería un movimiento adecuado o no, considerando que ya de por sí sus gritos y empujones estaban llamando bastante al atención. Pero para su fortuna, no tuvo que elegir de momento.

—Hey, hey, Charlie —pronunció una cuarta persona, aproximándose rápidamente hacia ellos, aunque con actitud mucho más calmada—. ¿Qué crees que haces? ¿No ves que son invitadas de Rony?

Aquel muchacho rubio y de sombrero se abrió paso, colocando una mano sobre su hombro, y otra en su mano para jalarla y hacer que soltara a Lily.

—Y es sólo una niña, vamos viejo.

—Ella empezó —se defendió Charles, señalando hacia Lily.

—¿La niña empezó? —Rio divertido el extraño—. ¿Escuchas lo que dices?

—Ella… —Charles parecía querer decir algo más para escudarse, pero el sólo hecho de darle forma a las palabras en su mente ya era suficiente para que se percatara de lo absurdo de todo eso.

¿En verdad él había actuado de esa forma? Nunca había sido el chico más paciente del mundo, pero ni él atacaría a una niña. Pero las cosas que dijo… ¿en verdad las había dicho?

—Oye, cálmate —pronunció el muchacho de sombrero, y le rodeó los hombros con un brazo para apartarlo un poco de Verónica y Lily, y así poder hablar más calmadamente en voz baja—. Es evidente que estás muy estresado. Mira, traje de la que te gusta.

Extendió entonces su palma derecha justo delante de Charles, enseñándole lo que ahí sostenía: dos pequeñas bolsitas de su querido polvo blanco, que Charles reconoció muy bien; tanto que incluso sus ojos destellaron un poco al verlas.

—No traigo efectivo… —murmuró Charles despacio, pero también un poco ansioso.

—Por esta vez son cortesía de la casa, ¿sí? —Indicó el chico de sombrero, y sin mucha ceremonia colocó las bolsitas en la mano aún húmeda de Charles, e hizo que cerrara los dedos en torno a ellas—. Anda, ahora ve a seguir la fiesta por ahí, ¿quieres?

Le dio entonces un par de palmadas en la espalda, indicándole que se fuera. Y aunque aquello no era precisamente una orden, Charles así lo hizo, andando en la dirección por la que había venido sin mirar siquiera a las dos chicas agredidas. Más adelante en su retirada, Lidya ya lo esperaba, notablemente molesta pues de seguro había visto la escena, o parte de ella. Se notó que comenzó a pedirle explicaciones, pero ambos se dirigieron juntos al interior de la casa, conversando en voz baja a pesar de que aun así fue claro que estaban discutiendo.

—¿Están bien? —Preguntó el muchacho, virándose hacia Verónica y Lily con una amplia sonrisa despreocupada.

—No necesitaba ayuda —masculló Lily secamente sin mirarlo. Verónica únicamente la miró con expresión severa, y se permitió entonces rodeara con un brazo con cierto afecto… que a Lily desconcertó.

—Gracias por tu ayuda —asintió la chica mayor, y entonces comenzó a guiar a la niña para que la siguiera hacia la casa, en dónde esperaba aún encontrar a Samara.

—Fue un placer —masculló el muchacho de sombrero, y de inmediato comenzó a andar a lado de ambas—. Me llamó Milton, por cierto. ¿Y tú?

—Verónica —respondió intentando sonar lo más cordial posible.

—Qué lindo nombre. Eres de las chicas que vinieron con Damien Thorn, ¿cierto? ¿Eres su prima… o novia…?

—¿Qué? —Exclamó Verónica, casi alarmada por tal pregunta, y justo después escuchó como Lily soltaba una risa burlona que sólo hizo que el rostro de la chica de ruborizara por la pena—. No, no, yo… trabajo con su tía. Soy… algo así como su asistente.

—Eso suena fascinante —asintió Milton, permitiéndose aproximarse un poco más hacia ella.

—Este sujeto se quiere acostar contigo —soltó Lily de la nada, haciendo que tanto Verónica como Milton se sobresaltaran.

—Oye… —Masculló el chico, riendo nervioso—. Qué ocurrente es tu hermanita.

—Ella no es mi… —Intentó explicarse Verónica, pero en ese mismo momento Lily se apartó de ella y se fue en una dirección diferente—. Oye, ¿a dónde vas?

—A ver qué más hay de interesante por aquí —respondió Lily con simpleza mientras se alejaba, claramente sin la disposición de escuchar alguna sugerencia diferente a dicho plan.

Verónica soltó una pequeña maldición apenas audible. Sabía bien que intentar obligar a cualquiera de ellas a hacer algo que no quisieran era inútil, pero esperaba al menos poder apelar a su sentido común, pues suponía que ninguna de ellas quería ir a la cárcel, a algún laboratorio de experimentos humanos, o a dónde fuera que terminarían si no eran prudentes.

Dio unos pasos detrás Lily queriendo alcanzarla, pero se detuvo al escuchar no muy lejos de su posición una risa; una risa que le resultaba desconocida, pero al mismo tiempo extrañamente familiar.

Al virar su atención sólo un poco en dicha dirección, divisó rápidamente a Damien, sentado cómodamente en una de las sillas largas de alberca, con un vaso en su mano, y una chica de traje de baño blanco a su lado, con la que al parecer platicaba animadamente, e incluso ambos reían; ni siquiera sabía que Damien era capaz de reír así.

Aquella imagen provocó una molestia bastante intensa en Verónica, que casi sintió que se le atoraba en la garganta hasta sofocarla. Mientras ella estaba preocupada por mantener todo en orden, el culpable directo de todo ese desastre estaba ahí sentado, relajado y divirtiéndose. De hecho, al parecer todos se divertían ahí menos ella… algo que de hecho era bastante más común de lo que le gustaba aceptar.

—¿Saben qué? —Soltó en voz baja, como si realmente tuviera a sus cuatro dolores de cabeza justo delante, aunque sus palabras claramente eran sólo para sí misma—. Hagan los que les dé la gana, todos ustedes. Ya no me importa.

Y soltada esa declaración al aire, aunque no fuera oída por nadie, caminó de largo, pasando incluso delante de Damien y su nueva amiga, aunque ninguno de los dos reparó en ella en lo absoluto.

Aunque para su consuelo, sus palabras sí habían sido oídas por alguien más; por quien estaba más cerca de ella en ese momento.

—Esa es la actitud —escuchó a Milton pronunciar con entusiasmo a sus espaldas, aun siguiéndola unos pasos detrás—. Esta noche no hay que preocuparse por nada. ¿Quieres un trago?

Verónica se detuvo y se viró hacia el chico, quien ahora le extendía un vaso rojo a medio llenar de un líquido transparente con un fuerte olor. ¿De dónde había sacado ese vaso?, ¿ya lo traía consigo? De hecho traía dos; el adicional de seguro para sí mismo. Verónica miró el vaso con dudas. Echó un vistazo más a Damien, aún sentado con la misma chica, y ello la terminó de convencer. Pero, por si acaso, no tomó el vaso que Milton le ofrecía, sino que extendió su mano y tomó el que al parecer él reservaba para sí mismo. Milton, aunque un poco confundido, igual se lo permitió.

La realidad era que no estaba muy acostumbrad a beber. Y al empinarse aquel vaso y pasar un largo primer trago, como si fuera agua, éste le raspó la garganta provocándole un fuerte ardor. Comenzó a toser con fuerza rápidamente, doblándose un poco sobre sí misma.

—¿Qué es esto? —Exclamó con su voz enronquecida, oliendo con más detenimiento el contenido del vaso; eso definitivamente era algo más fuerte que cerveza.

—A veces es mejor no saberlo —le respondió Milton, encogiéndose de brazos—. ¿Quieres más?

—Definitivamente —Respondió Verónica de inmediato, tomando un segundo trago, el cual le afectó significativamente menos.

— — — —

Pasados casi diez minutos, Abra seguía aún sentada en el mismo lugar en la parte trasera de la camioneta, aún con sus ojos cerrados y en la misma posición. Su respiración se había relajado tanto que casi ni se percibía. Kali llegó a temer por un momento que realmente se hubiera quedado dormida, o algo peor. La experiencia que tenía con respecto a aquellos que podían “proyectarse” se limitaba más que nada a Eleven, y recordaba cómo en un inicio necesitaba aislarse de cualquier sonido o imagen para poder enfocar su mente únicamente en dicha acción.

No dudaba que esta chica fuera también capaz, pero… ¿en verdad podría hacerlo tan fácilmente como sólo sentarse ahí y cerrar los ojos? Y, más importante aún, ¿podría hacerlo sin exponerse a ningún peligro como había afirmado tan segura?

—Guarda silencio, por favor —masculló Abra en voz baja, tomando a Kali por sorpresa.

—Yo no he dicho nada —soltó Eight rápidamente, con una clara postura defensiva.

—Tus pensamientos y preocupaciones son demasiado ruidosos —añadió Abra con voz lenta y pausada, como si aún una parte de ella siguiera sumida en su meditación y no estuviera en realidad presente del todo—. Necesito asilarme de cualquier intervención externa, pero no me lo haces sencillo.

—¿Quieres que apague mis pensamientos y preocupaciones? Lamento decirte que en eso no tengo tanta gerencia como me gustaría.

Kali sonaba sarcástica y tranquila, pero en realidad dicha afirmación la puso un poco nerviosa. ¿Le había estado leyendo la mente? ¿Desde cuándo? ¿Sólo en ese mismo momento o desde hace ya tiempo atrás? Si hablaba de sus preocupaciones, ¿habrá percibido lo que Charlie y ella habían dicho hace un rato?

—Sigues haciendo mucho ruido —dijo Abra de nuevo—. Estaré bien, descuida. He hecho esto muchas veces.

—Está bien, intentaré calmarme —masculló Kali, no sonando en realidad muy convencida de su propia promesa.

Pasaron unos minutos más en los que la mujer en silla de ruedas intentó despejar su mente lo más posible en otra cosa, cualquier cosa… Y casi siempre que hacía eso terminaba de alguna forma pensando en su madre; aquella mujer sin nombre de aquella foto que tanto añoraba. Y quizás al pensar en ello en ese momento, le estaba compartiendo sin querer dicho secreto a su joven acompañante. Pero daba igual si al pensar en eso podía calmarse lo suficiente para no interferir en la delicada misión que estaba por ejecutarse.

De pronto escuchó a Abra jalar aire con fuerza por su nariz, y contenerlo dentro por varios segundos. Kali se viró a verla unos instantes, notando que se había quedado rígida como tabla, con su espalda recta y su cabeza alzada.

—¿Abra? —Susurró Kali despacio, pero no hubo respuesta; al menos no de inmediato.

Los ojos de la joven se abrieron abruptamente, y detrás de sus párpados no se asomaron más sus grandes ojos azules, sino uno ojos totalmente blancos y vacíos…

FIN DEL CAPÍTULO 91

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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