Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 90. Noche de Fiesta

27 de febrero del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 90. Noche de Fiesta

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 90.
Noche de Fiesta

Entrada la tarde, mientras Damien trabajaba en el estudio del pent-house en sus tareas atrasadas, Verónica hizo acto de presencia ante él, con esa misma actitud cohibida que tanto le molestaba, pero que la prefería un poco más a ese intento de desafío que había mostrado el otro día. Al inicio Damien en realidad no le puso gran atención, y apenas y separó sus ojos del monitor de la computadora cuando se dio cuenta que era ella. Aquello era como una pequeña remembranza del día en que Ann se fue y se paró igualmente justo delante del escritorio como su adorada asistente lo hacía en esos momentos. Aunque claro, el porte y la firmeza de una nada tenían que ver con la otra.

La actitud de Damien cambió un poco al escuchar el motivo por el cual Verónica había decidido entrar al estudio a interrumpirlo. Al parecer, le traía una propuesta con respecto a la petición que le había hecho sobre que investigara una forma segura de sacar a las tres niñas de Los Ángeles. Aquello resultó para Damien, a lo menos, interesante. Justo esa mañana le había dicho a Samara, Esther y Lily que no esperaba que Verónica pudiera lograr nada al respecto. Así que al menos le dio el privilegio de su curiosidad para escuchar qué había planeado.

—Estuve hablando con el encargado del equipo de logística de Thorn en nuestra sede de Los Ángeles —indicó Verónica con la mayor firmeza que le era posible—. No entré en muchos detalles sobre lo que ocupamos, aún. Sin embargo, me pareció de acuerdo a lo que dijo que sería posible introducirlas en uno de nuestros camiones de carga que salga a Chicago. Al parecer ya han hecho cosas parecidas antes… o eso quiso insinuarme… Como sea, nuestros camiones tienen libre acceso en las autopistas, y casi nunca los revisan…

—¿Casi nunca? —Musitó Damien, interrumpiéndola—. Eso no suena muy seguro.

—Aunque ocurriera, hay maneras de evitarlo —aclaró Verónica, y Damien no necesitó en realidad que le dijera más. Podía imaginarse sin problema cuales eran esas maneras.

El joven se apoyó contra el respaldo de su silla, y entrelazó sus dedos delante de su rostro al tiempo que observaba fijamente a la joven universitaria delante de él. Verónica parecía esforzarse por no temblar, o al menos esa impresión le daba.

—Entonces —murmuró Damien con elocuencia—, ¿tu propuesta es meter a las tres en la parte trasera de un camión durante un viaje de más de un día? ¿Qué clase de anfitrión sería si hiciera eso?

Verónica suspiró con frustración, y usó todo su autocontrol para no reaccionar de más.

—Damien, las tres están siendo buscadas por toda la policía. No puedes sacarlas ni por avión, tren o automóvil. Si quieres llevarlas a salvo a Chicago, tiene que ser a escondidas, y no hay muchas opciones disponibles. Ésta es la mejor que te puedo conseguir.

—Eso no lo dudo ni un poco —murmuró el muchacho con tono burlón. Aunque debía darle un poco de crédito; era más de lo que esperaba que hiciera. Quizás la pequeña mascota de su tía Ann no era tan inútil como él creía—. Bien, escucha —dijo tras un rato, parándose de su silla y rodeando el escritorio—. Dos amigos llegan mañana, y creo que ellos podrían ayudarnos con nuestro problema. Si no es así, prometo que consideraré seriamente tu propuesta del camión.

Mientras hablaba, Damien comenzó a caminar hacia la puerta, para luego salir tranquilamente del estudio. Verónica vaciló al inicio, pero luego se apresuró a alcanzarlo en el pasillo. Notó que el muchacho había sacado su teléfono, y había comenzado a revisar sus redes sociales al tiempo que caminaba.

—Pero de todas formas es probable que ellas no vayan a Chicago todavía —añadió Damien mientras marchaba hacia la sala—. Ocupo que se encarguen de algo por mí primero.

—¿Que se encarguen de qué? —Cuestionó Verónica, sonando sólo un poco impertinente, pero aún dentro de lo tolerable.

—¿Para qué quieres saberlo todo? Ah, sí, lo olvidaba; para reportárselo a Ann, ¿no? Pues no te lo dejaré tan fácil.

Damien la escuchó a sus espaldas volviendo a suspirar, o quizás soltando algún tipo de maldición silenciosa.

—¿Al menos me dirás quiénes son esos dos amigos que vendrán? ¿Son de la Hermandad?

—Claro que no —negó el muchacho, casi riendo—. Pero descuida, ya los conocerás. Son dos individuos muy interesantes.

Tan enigmático como siempre. Fue evidente para Verónica que no le sacaría nada más sobre eso, e igual no estaba muy segura si en verdad quería saberlo.

Por otro lado, la joven pasante de Thorn Industries debía aceptar que se sentía, hasta cierto punto, un poco orgullosa del resultado. Damien no la había insultado o burlado de su propuesta, ni tampoco la había rechazado absolutamente. De hecho, a su modo particular, sentía que incluso la había felicitado por su esfuerzo…

Y al darse cuenta de que se sentía casi regocijada por eso, le asustó y asqueó un poco.

¿Así eran todos en la Hermandad?, ¿incluso su madre? ¿Todos se la pasaban orbitando en torno a ese sujeto, felices de lamer del suelo las pocas muestras de aprecio o respeto que de vez en cuando era capaz de darles, y sentirse orgullosos por eso? Ella había pasado gran parte de su vida lejos de todo eso, y aún no lograba comprender del todo su manera de pensar. De hecho, ni siquiera estaba aún del todo segura de realmente adorar en Satanás, mucho menos a su supuesto hijo.

Pero estaba en eso por su madre; si creía en alguien, era en ella. Y si Ann Thorn creía en Damien y en lo que representaba, lo que ella menos podía hacer era darle el privilegio de la duda. Además de que ella misma debía aceptar que su sola presencia, y el cómo funcionaban su mente, lo hacían a lo menos una persona diferente a cualquier otra que hubiera conocido.

Ambos ingresaron juntos a la sala, en donde las tres invitadas de Damien se encontraban sentadas en los sillones, viendo televisión. No era de sorprenderse el verlas ahí; prácticamente se habían apoderado de ese espacio desde que llegaron. Lily estaba en el sillón individual, con sus pies sobre la mesa de centro de una forma muy poco cuidadosa. Samara estaba recostada en el sillón más largo, con su cabeza contra el descansabrazos de éste. Y Esther, por su lado, estaba en el otro extremo del mismo sillón, pero ella no miraba la tele como las otras dos; y al parecer continuaba con su dibujo de esa mañana, o quizás con algún otro, pintando con algunos crayones pasteles que Verónica también le había conseguido.

Parecían estar viendo una película de terror, y justo cuando entraron se mostraba una escena bastante cruda donde alguien estaba siendo partido a la mitad por una cierra, y todo se cubría del rojo de la sangre. Samara desvió un poco la mirada hacia otro lado, extrañamente pareciendo más avergonzada que asustada. Lily, sin embargo, ni siquiera pestañeó.

—Buenas tardes, señoritas —Murmuró Damien con soltura al acercárseles—. ¿Por qué se ven tan aburridas?

—Por qué estamos aburridas —le respondió Lily secamente, volteándolo a ver de reojo—. Llevamos encerradas en este sitio días, ¿recuerdas?

—Y no han estado precisamente incómodas, ¿o sí? —Señaló Damien, sonando casi como un reclamo.

—Es un departamento bonito, sí —musitó Esther mientras seguía con su atención puesta en su dibujo—. Pero hasta la prisión más bonita aburre luego de una semana.

—Qué actitud —soltó el Thorn, fingiendo sentirse ofendido. Volvió entonces a revisar su celular, mientras se permitía sentarse en uno de los descansabrazos del sillón de Lily, quien se hizo a un lado para no estar tan cerca de él—. Pero tranquilas; les recuerdo que dentro de poco nos iremos. Quizás incluso mañana mismo…

Algo en la pantalla de su teléfono pareció llamar de pronto su atención, pues sus palabras se cortaron en ese momento, y sus ojos se posaron serios en su dispositivo. Su silencio llamó más la atención de las presentes que sus palabras, haciendo que incluso Esther lo volteara a ver. Sin embargo, antes de que alguna le preguntara qué le pasaba, Damien apagó la pantalla del teléfono y lo guardó su bolsillo.

—Pero tienen razón —comentó entonces, volviéndose a parar—. Creo que han estado demasiado tiempo encerradas. Y si ésta es su última noche en Los Ángeles, merecen salir y divertirse un poco.

Aquellas repentinas palabras tomaron por sorpresa a las cuatro; incluida Verónica.

—¿Enserio? —Preguntó Samara con duda, sentándose.

—Damien, no pueden salir —espetó Verónica, exasperada—. ¿Ya olvidaste lo que acabamos de decir de la policía hace sólo un minuto?

—¿Y se puede saber a ti quien te preguntó tu opinión? —Murmuró Damian con voz ceñuda, haciendo que la joven retrocediera un paso por mero reflejo—. Mejor sé útil y consígueles a las tres unos lindos atuendos de noche; casuales y cómodos. Y ayúdalas a arreglarse lo mejor posible.

—No estás hablando enserio —susurró Verónica despacio, pero su sola mirada, filosa como un cuchillo, le bastaba para saber que no estaba bromeando.

—¿Y a dónde iremos? —Preguntó Lily, también algo escéptica de que estuviera hablando enserio.

Damien sonrió, y se viró ligeramente hacia ellas.

—A una fiesta. Nos divertiremos, confíen en mí. ¿Por qué no van a ducharse en lo que Verónica les consigue su ropa?

Las tres se quedaron en sus lugares, al parecer confundidas sobre lo que deberían de hacer. Samara miró a Esther, como esperando que ella se lo dijera; Lily se dio cuenta de eso y resopló con molestia, pero tampoco se levantó. Tras unos segundos de silencio, Esther cerró su bloc de dibujo y lo colocó sobre la mesa con todo y sus pasteles.

—Si insistes —musitó entonces, parándose de su asiento—. Vengan, mocosas. Pongámonos lindas.

Samara siguió vacilando un instante más, pero al final se paró y siguió a Esther al cuarto. Lily parecía no querer hacerlo, y permaneció unos segundos más viendo la película. Al final, sin embargo, también se paró y caminó hacia la habitación.

Cuando las tres dejaron la sala, Verónica se armó de valor para volver a hablar.

—¿Te volviste loco? —le susurró a Damien, inundada de una tangible preocupación—. No puedes dejar que te vean en la calle con ellas. ¿Acaso quieres que te atrapen, y ensuciar tu nombre y el de Thorn Industries?

Damien sólo la miró de reojo, sin pronunciar ninguna palabra. Verónica entonces se sobresaltó, impactada por la idea que le había cruzado por la mente.

—Oh, Santo Dios —musitó despacio—. ¿Eso es realmente lo que quieres con todo esto…?

—¿Santo Dios, dijiste? —Masculló el chico con burla—. Creo que deberías replantearte tu fe, querida. Cómo sea, si crees que lo que hago es una locura —Se le aproximó de pronto, encarándola con cierta amenaza en su mirada y en su postura que obligó a Verónica a volver a retroceder—, intenta detenerme, entonces. Es para lo que Ann te envió, ¿no? Anda, dime: ¿cómo me vas a detener?

Verónica retrocedió al ritmo que él se le acercaba, hasta que sus piernas tropezaron con la mesa de centro de la sala. Se tambaleó, su cuerpo se ladeó hacia un lado, y cayó sobre el sillón, con su torso sobre éste y sus rodillas contra la alfombra.

—Eso pensé —exclamó Damien entre risas burlonas. Se viró entonces en dirección a las escaleras de la planta alta, en donde estaba su habitación, y se dirigió hacia ahí—. Si te sientes tan preocupada de lo que haré, eres libre de acompañarnos. Sólo espero puedas seguirnos el ritmo.

Aún con la mitad de su cuerpo en el suelo, Verónica se viró a ver cómo subía las escaleras, desbordando su prepotencia incluso en su maldito caminar. Un pequeño quejido de frustración se le atoró en la garganta, aunque lo que no pudo contener fue su mano golpeando tres veces un cojín del sillón.

Se paró rápidamente y se dirigió a la terraza. Una vez afuera, sacó su celular y buscó rápidamente el contacto de la señora Thorn. Eso que Damien estaba por hacer era una maldita locura, o más bien una estupidez. Tenía que comunicárselo a su madre lo antes posible. Sin embargo, el teléfono sonó y sonó, sin obtener respuesta.

—Maldición —soltó despacio, y de inmediato intentó calcular en su mente qué hora sería en Londres para ese momento. ¿Las dos o tres de la mañana? Eso si realmente estaba en Londres, pues en realidad no le constaba a dónde se había ido realmente. Pero donde fuera, por lo visto era poco probable que le respondiera en esos momento.

Optó entonces por mandarle un mensaje, orando (¿pero a quién?) para que lo viera lo antes posible:

Damien dice que quiere salir a una fiesta con las tres niñas.

No puedo detenerlo.

¿Qué debo hacer? Si alguien lo ve con ellas y las reconocen, sería terrible.

Háblame en cuanto puedas, por favor.

Y enviados los mensajes, ya no le quedaba nada más que hacer. Si era tan tarde como creía, era probable que no los viera hasta dentro de varias horas, si bien le iba. Si no recibía noticias de ella antes de que se fueran… ¿Qué debía hacer?, ¿acompañarlos como bien Damien le había dicho? Al menos así sabría los daños de lo ocurrido, si los había. Pero si las cosas se complicaba, y con esas tres era probable que así fuera, ¿realmente quería quedar en medio?

—Maldita sea —soltó con más fuerza que antes, dejándose caer de sentón en una de las sillas de la alberca.

Respiró lentamente e intentó calmarse. Y cuando su mente se apaciguó lo suficiente… recordó la absurda petición que Damien le había hecho de que les consiguiera ropa a esas tres. Y no era la primera vez que le pedía algo así, pues hace sólo un día le había pedido que les consiguiera trajes de baño, y así como otras cosas querían, incluyendo los artículos de dibujo.

«¿Ahora soy la asistente de los cuatro?», se cuestionó a sí misma, igual o más frustrada que antes. Pensó en no hacer caso de tal petición, pero entendió rápidamente que aquel camino no resultaría bien para ella si decidía tomarlo.

Suspiró resignada, y entonces comenzó a navegar en su teléfono, buscando una boutique de ropa para niñas que pudiera hacerles una entrega rápida. Y, de paso, se compraría también algo para ella.

— — — —

El día había sido un tanto tedioso para la joven Abra. Todo había sido básicamente seguir una rutina: primero se quedaron estacionadas frente al edifico de su objetivo un par de horas. Pasado ese tiempo, se movieron a otra posición cercana para que ni la policía ni alguien más les llamaran la atención. Se quedaron ahí unas horas más, volvieron a colocarse frente al edificio por otra tanda de tiempo, y a media tarde volvieron a la bodega, que iba a ser su refugio temporal, para cambiar a su segundo vehículo de vigilancia; una camioneta de reparto de correos color azul de bastante mejor estado que la otra. Y entonces volvieron a comenzar, y seguirían así al menos hasta entrada la noche.

Kali y Charlie estaban acostumbradas a ese tipo de situaciones, pero definitivamente para Abra resultaba ser un tanto diferente a cómo se imaginaba que sería eso. Para ese punto, cuando el sol se había ya metido por completo, Abra reposaba dormida en el suelo de la parte trasera de la camioneta, con su cabeza recostada sobre una improvisada almohada hecha con su chaqueta. A pesar de lo incómodo que aquello parecía, en realidad se veía profundamente dormida.

—Parece que nuestra novata se durmió —bromeó Kali, mirándola acurrucada en el rincón—. No debió ser por lo divertida que es esta vigilancia.

—No molestes, Kali —objetó Charlie desde los asientos delanteros, desde los cuales observaba atenta a la entrada del edificio—. Tú eres la que dijo que no debíamos actuar si no teníamos más información.

—Sí, pero ya no creo que podamos conseguir mucho más aquí sentadas…

Mientras Charlie miraba al edificio, Eight revisaba unas fotografías que su compañera había tomado más temprano ese día. Usando sus encantos, además de sus trucos bajo la manga, se las había arreglado para entrar a la terraza el edificio de enfrente y tomar discretamente algunas fotografías del pent-house que tanto les interesaba. Su cámara era potente, pero principalmente pudo tomar fotografías de la terraza y el área de la alberca. Pudo también captar movimiento de personas en la sala a través de las puertas de cristal, pero ninguna lo suficientemente calara como para distinguir quiénes eran con exactitud. Esperaban detectar alguna manera de entrar por ahí, pero al menos de que se tiraran de paracaídas desde un avión, no veía que fuera algo factible.

Según los planos que habían obtenido del edificio (no precisamente por medios demasiado legales), había dos ascensores que llegaban al nivel pent-house; uno era desde el vestíbulo, que ocupaba que pasaras por seguridad para ingresar. Y el otro era uno privado desde el área de estacionamiento Premium, que ocupaba una llave de residente para poder usarlo. Estaban también las escaleras de emergencia que podían ser accedidas desde los niveles, pero no podían ser abiertas desde las mismas escaleras si no tenías la misma llave electrónica para abrirlas.

Parecía que lo más factible sería intentar emboscar a su objetivo afuera del edificio. Sin embargo, parecía que en los días que llevaba ahí no salía demasiado. Así que sólo les quedaba esperar e intentar descifrar su rutina.

Eight tomó en ese momento su cajetilla otra vez, golpeándola un poco de la parte inferior para que un cigarrillo saliera por la superior, y así colocarse la punta en los labios para terminar de sacarlo.

—Ya deja eso —le reprendió Charlie, mirándola por encima del asiento—. Te la has pasado fumando todo el día. Toda mi chaqueta ya apesta a humo.

—¿Segura que es por mí, incendiaria? —respondió Kali con una risa burlona, y pese a las quejas de su compañera de todas formas encendió el cigarrillo. Charlie sólo soltó un quejido de molestia y volvió a mirar al edificio.

Kali echó un vistazo discreto de nuevo hacia Abra, para verificar que en efecto estaba dormida. Así lo parecía. Entonces, intentando no hacer mucho ruido, maniobró su silla de ruedas para acercarla hacia el frente el vehículo, en específico a un lado de Charlie.

—Tengo que preguntarte algo, aprovechando que la niña no está despierta —le susurró despacio, llamando de inmediato la atención de su receptora—. ¿Tienes pensado realmente… liberarte contra este muchacho? ¿Vas a soltar toda tu furia en él? —Hizo una pausa reflexiva, y luego añadió—: Por qué te recuerdo que si haces tal cosa, lo que esté, y los que estén, alrededor de él… no la pasarán muy bien.

Roberta guardó silencio unos instantes. Miró una vez más al edificio, alzando la vista hasta lo más alto de éste. Recordaba que cuando era niña, ella también podía sentir a las personas, sobre toda a aquellas que resultaban una amenaza para ella. No siempre, pero cuando ocurría simplemente lo sabía. Con el tiempo, conforme su habilidad principal se fortalecía, esa otra pareció menguar poco a poco, hasta sólo de repente tener algunos pequeños presentimientos.

En esos momentos no sentía nada, ni como lo que sentía de niña ni como sus presentimientos. Pero sabía que ese individuo estaba ahí, de alguna forma diferente a la habitual.

—Espero que no sea necesario liberarlo todo —respondió con seriedad tras un rato—. Pero si le hizo eso a Eleven estando a distancia, no creo que deba arriesgarme demasiado cuando lo tenga de frente.

—¿Sin importar a quién te lleves de paso? —Cuestionó Kali severa, a lo que Charlie respondió de inmediato sin titubear:

—Sin importar nada…

Kali no supo cómo interpretar esas palabras, pero se sintió inquieta por lo que podrían implicar.

—Sabes que siempre he sido la primera dispuesta a hacer cenizas a quienes nos hacen daño —señaló Eight, expulsando humo por su boca—. Hace mucho que dejé de preocuparme por mi alma; como dije, no queda mucho de mí por matar, realmente. Y en cuanto a ti, no me corresponde hablar de tu alma, pero desde hace tiempo supongo que estamos en situaciones parecidas. Sin embargo… —Viró entonces su silla ligeramente hacia atrás para poder contemplar a Abra en la parte trasera—. No sé por qué cosas haya pasado esta chiquilla. Pero a pesar de que se ve tan ruda y fuerte, me atrevería a decir que aún tiene cierta ingenuidad en su interior que quizás no comprenda lo que estás pensando hacer. Incluso, pese al miedo o repulsión que profesa tener al chico Thorn, no creo que esté del todo conforme con la idea de matarlo.

—La estás subestimando —susurró Charlie con seriedad, sin mirarla—. Me dijo que ya había matado antes, a un monstruo casi tan desagradable como este chico, y le creo.

—Eleven también se paró ante mí la primera vez que la vi diciéndose algo parecido, y aun así su mano terminó vacilando más de una vez. Incluso tú lo hiciste a veces, ¿lo olvidas? —Charlie permaneció callada—. Quizás las presioné demasiado, a las dos…

—Nunca nos forzaste a hacer nada que no quisiéramos.

—Eso me repito seguido. —Guardó silencio unos segundos, y entonces añadió por último—: Pero olvidemos el pasado. Lo que trato de decir justo ahora es que, si has decidido ir con todo contra este sujeto, intenta involucrar lo menos posible a Abra.

—No creo tener la capacidad de mantenerla al margen si ella no quiere —susurró Charlie, virándose también a echarle un vistazo a la chica dormida—. Vino con nosotras hasta acá por un motivo. No será fácil hacerla a un lado.

—Pues sea como sea, nos tocará ser las adultas por una jodida vez —musitó Kali riendo irónica, inhalando otra bocanada de su cigarrillo. Charlie no pudo evitar reír, igualmente divertida por la idea.

Un sonido repentino hizo que ambas se estremecieran. Abra había soltado un extraño quejido, como si de repente hubiera sentido un dolor muy profundo. Al virarse hacia ella, la vieron en el suelo, abrazándose a sí misma y temblando.

Charlie se levantó de su asiento y se le intentó acercar, pero su cuerpo fue inmovilizado, y no fue capaz de avanzar demasiado hacia ella. Y en ese mismo momento notaron como papeles o rastros de comida que habían quedado ahí en la camioneta comenzaron a levitar lentamente a su alrededor.

—¿Está teniendo una pesadilla o qué? —Masculló Kali, confundida.

Y en efecto parecía una pesadilla, pero no del tipo que ellas hubieran imaginado. Ni siquiera Abra entendía muy bien lo que veía. Parecía… agua, mucha agua oscura y fría que la envolvía, y algo que la tomaba del tobillo y la jalaba hacia abajo, rasguñándole la piel. Era tan real que podía sentirlo todo vívidamente: el dolor, el frío, la falta de aire…

Y entonces, al agachar su mirada para intentar ver qué era lo que la estaba sujetando… se arrepintió de ello.

No vio mucho, pero fue suficiente. Era un ser envuelto en negrura absoluta como la noche, con ojos grises carentes de cualquier luz en ellos. Y su rostro, demacrado y arrugado, parecía el de un cadáver viviente, pero totalmente ajeno al que verías en una película. Aquello era horrible, frío, y real…

¿Qué era esa cosa…?

Abra se despertó abruptamente, lanzando un pequeño grito de espanto, y sentándose de golpe. Al mismo tiempo los objetos que se habían elevado cayeron de nuevo al suelo, y Charlie fue de nuevo capaz de moverse; de hecho, estuvo a punto de caer de narices, pero logró mantener el equilibrio a último momento.

Charlie se aproximó rápidamente a Abra, y se colocó de rodillas a su lado.

—Hey, ¿estás bien? —Murmuró despacio la reportera, colocando lentamente su mano sobre su hombro.

Abra respiraba agitada, y parecía aturdida, como si aún no hubiera despertado del todo. Y de pronto, alzó su mirada, fijándola en el edificio de departamentos, con sus ojos completamente abiertos y llenos de asombro.

Por mero reflejo, tanto Kali como Charlie se viraron a ver en la misma dirección, pero sólo Kali, que seguía en la parte delantera, logró ver lo que parecía haber llamado tanto su atención: una camioneta negra estaba en ese mismo momento salieron de la salida del estacionamiento de residentes, y Eight la reconoció de inmediato.

—Es la camioneta de Thorn Industries —indicó con apuro, y rápidamente dirigió su silla hacia sus computadoras—, está saliendo del edificio.

Charlie reaccionó ante ese aviso, y se paró rápidamente con la intención de tomar el volante. Abra, sin embargo, la tomó fuertemente de la muñeca, deteniéndola.

—Hay algo… en ese vehículo… —susurró la joven de New Hampshire apenas con un pequeño hilo de voz.

—¿Lo sentiste? —Cuestionó Charlie—. ¿El chico Thorn va en ese auto?

—No… lo sé —susurró Abra muy despacio, agachando su mirada—. No sé qué era, pero… fue una sensación muy parecida a la que sentí aquel día con él…

—¿De qué estás hablando? —Inquirió Kali, pues en realidad parecía que la chica no les estuviera hablando a ellas en realidad.

Charlie volvió a agacharse delante de ella, y la tomó firmemente de sus hombros para encararla.

—Abra, escúchame. ¿Va Thorn en ese auto sí o no?

—¡No lo sé!, ya lo dije —gritó Abra con frustración—. Pero sea lo que sea, hay algo realmente malo en ese vehículo. Es todo lo que les puedo decir.

Charlie y Kali se miraron la una a la otra en silencio.

—¿Qué hacemos, jefa? —Le preguntó Eight, dejándole por completo la decisión a ella.

A pesar de la oscura advertencia de Abra, Charlie tenía muy claro lo que quería hacer.

—Sigamos la camioneta de cerca y veamos qué pasa —indicó Roberta, sentándose rápidamente en el asiento del conductor y arrancando el motor. Debía apresurarse antes de que los perdieran.

—Pero no tan cerca —pidió Abra aún con debilidad en su voz.

—Entendido —respondió Charlie en voz baja, y de inmediato comenzaron a moverse.

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La camioneta era bastante espaciosa, con dos filas de asientos traeros adicionales a los dos delanteros. Al frente, en el volante, iba uno de los guardaespaldas de Damien, el único que había aceptado que lo acompañara, aunque no tendría permitido entrar con ellos a la dichosa fiesta. En el asiento del copiloto iba Verónica, mientras que la primera fila de asientos traseros era ocupada por Damien y Samara, y en la segunda fila de atrás estaban Esther y Lily, cada una sentada en extremos opuestos.

Desde que salieron del edificio, Samara había estado mirando pensativa por la ventanilla, como si quisiera en realidad mirar hacia detrás de ellos por algún motivo.

—¿Sucede algo? —Le preguntó Damien tras notar luego de un par de minutos que seguía haciéndolo.

La niña tardó unos momentos en responder, mirando aún por su ventana, y entonces le respondió en voz baja:

—No —aunque aquello no sonaba muy sincero.

En ese momento Samara se sentó derecha en su lugar, y fijó su mirada en su acompañante sentado a su lado, esbozando una apenas apreciable sonrisa. El atuendo que Verónica le había conseguido era un vestido amarillo (no precisamente su color favorito) de una sola pieza, y una chaqueta azul de mezclilla.

—Te… ves bien —murmuró despacio la niña de Moesko, sin poder evitar ruborizarse un poco al decirlo. El muchacho usaba el pantalón de vestir de uno de sus trajes negros de marca, camisa roja, una gabardina de piel, y zapatos bien lustrados.

—Igualmente —le respondió Damien, inclinando su cabeza como una pequeña reverencia.

—¿Y de quién es la fiesta? —Preguntó Samara, curiosa.

—De un conocido. Rony Helmut.

—¿Rony Helmut? —Masculló Verónica, volteando a verlo desde el asiento delantero. Su atuendo era un tanto más formal de lo esperado, de pantalón y saco azul, blusa y bufanda blanca, e incluso tacones altos—. ¿El del campeonato de tenis?

—Sí —respondió Damien con normalidad, alzando su teléfono para que pudiera ver la pantalla encendida—, parece que les pidió prestada a sus papis su elegante casa en Malibú, la llenó de un montón de idiotas, y lo presume en sus redes sociales. Así que vamos a hacerle una visita sorpresa.

Verónica estaba por decirle algo, pero Lily se adelantó, inclinándose hacia el frente y apoyándose en el respaldo del asiento de Damien y Samara.

—¿Entonces tu plan es sacarnos de un pent-house elegante y meternos a una casa elegante? Qué divertido —masculló con ironía. Lily usaba un atuendo un tanto más normal, con sólo un pantalón azul, una camiseta celeste, y un suéter gris un poco afelpado.

—Éste es un espacio mucho más grande y lujoso —se explicó Damien—. Y habrá mucha gente ahí, ¿ves?

Le extendió el teléfono para que pudiera tomarlo y ver las fotos en cuestión. Lily lo tomó y se volvió a sentar en su lugar. Esther se inclinó hacia ella para echar un ojo también. En la foto se veían varios chicos y chicas, la mayoría de no más de veinte años, todos bien vestidos y arreglados, en una amplia estancia, o nadando en una piscina bastante grande desde la que se veía una hermosa vista del atardecer de la playa.

—Puros adolescentes idiotas como tú, por lo que veo —comentó Esther, despectiva. Ella usaba de hecho un atuendo más adulto de los que acostumbraba: un pantalón estrecho color rosado, una blusa blanca de tirante, y un suéter abierto largo color rojo, además de zapatos abiertos. Adicionalmente, se había maquillado un poco más cargada que de costumbre, teniendo algo de sombra en los ojos y sus labios tan rojos como su suéter. Adicionalmente, como su rostro podría ser el más visible en los medios, portaba una peluca castaña lacia, la misma que había usado cuando fue a Thorn Industries, y lentes circulares.

—Quizás tengas suerte y haya algún universitario musculoso, Esther —comentó Damien burlón, a lo que Esther sólo respondió con una sonrisa irónica—. Pero tú, Verónica… —murmuró entonces, echándole un vistazo a la chica delante de ellos—. Yo que tú mejor no me hago muchas ilusiones. Podrías al menos haberte arreglado más.

—No vengo aquí para divertirme, mucho menos para ligar —respondió Verónica secamente, con sus brazos cruzados y su vista puesta al frente.

Damien simplemente se encogió de hombros, indiferente

—Cómo digas.

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Pasada un poco más de media hora, la camioneta de repartos de Charlie, Kali y Abra continuaba siguiendo el vehículo oscuro de los Thorn por la noche. En un momento salieron de la ciudad y comenzaron a andar por una carretera en dirección al oeste, teniendo las aguas de la Bahía de Santa Monica a su izquierda. El sol ya se había metido por completo, y Charlie se veía forzada a mantener una distancia mayor entre ellos y su objetivo, pues mientras más tiempo pasaba más era posible que se dieran cuenta de su presencia, especialmente en esa carretera en esos momento no demasiado transitada.

—¿En dónde estamos exactamente? —Preguntó Abra con curiosidad, sentada en el asiento del pasajero delante.

Kali había estado siguiendo su trayecto en uno de sus monitores, usando el GPS de sus teléfonos. Por lo mismo, fue capaz de responder la duda de Abra casi de inmediato:

—Estamos por entrar a Malibú.

—¿Malibú? —Exclamó Abra sorprendida, volteándola a ver hacia atrás—. ¿Cómo en las películas?

Kali y Charlie rieron al mismo tiempo, inspiradas por la refrescante ingenuidad de su acompañante. Tal y como Kali había dicho, se veía que a su modo, y a pesar de sus grandiosos poderes, seguía siendo una chica de ciudad pequeña que apenas y había salido de su estado en contadas ocasiones. Todo aquello debía ser toda una aventura para ella, a pesar de lo atenuante de las circunstancias.

—Un poco tarde para ir a la playa, ¿no? —Señaló Charlie, un poco irónica—. ¿Qué irá a hacer por aquí?

Para eso Kali definitivamente no tenía respuesta.

Siguieron andado por la carretera paralela a la orilla del mar por algunos minutos más. En su mayoría lo que veían a su alrededor eran casas de playa, varias en apariencia solas debido a la temporada que ya no era precisamente la más alta para ese tipo de lugares. En un momento la camioneta negra giró a la derecha en un semáforo, tomando una calle que subía por la colina aledaña y se alejaba de la carretera principal. Las tres perseguidoras fueron sin vacilar detrás de ella.

La calle subía por la colina más y más, y conforme avanzaban las casas se volvían más grande, y en apariencia mucho más costosas. Aquello no le agrado demasiado a Charlie y Kali. Casas grandes y lujosas normalmente significaban muchas cámaras de seguridad, y más atención de la policía si algo fuera de lo común ocurría. Y esa preocupación se volvió mayor cuando vieron que la camioneta volteaba en un camino un poco más pequeño, y se encontraba de frente con una verja cerrada, y una caseta con un guardia justo delante de ella. La entrada a una colonia privada, de seguro.

—Mierda —soltó Charlie despacio al ver esto, y tuvo entonces que seguir de largo para no llamar demasiado la atención—. Será difícil entrar a ese lugar sin una buena explicación.

—¿Quién vivirá ahí? —Preguntó Abra curiosa, viendo por su ventanilla como se alejaban, y luego de unos segundos perdían de vista la camioneta.

—Ni idea —respondió Charlie con molestia—. Busquemos un lugar donde estacionarnos, y entonces bajaré a ver si encuentro una forma de entrar.

—¿Tú sola? —Cuestionó Abra, alarmada por la propuesta.

Charlie y Kali se miraron a una a la otra en silencio, intentando disimular dicho acto. Y al poner sus ojos de nuevo en el camino, la reportera murmuró:

—Sí, yo sola. Sólo iré a revisar… será más fácil sí solo va una.

Abra la miró fijamente, suspicaz. No había como tal leído su mente, pero igual no lo necesitó para que su resplandor le hiciera sentir que no estaba siendo del todo honesta.

— — — —

La camioneta de Thorn Industries se estacionó a un lado de la caseta, y el guardia, con uniforme azul marino, salió de ésta y se aproximó al vehículo con una tabla, hojas y pluma a la mano. Antes de que el guardaespaldas que conducía abriera su ventanilla, desde la parte trasera Damien salió por un costado, rodeó el vehículo por detrás, y se aproximó al hombre mientras se cerraba su gabardina por el fresco de la noche. Los demás ocupantes de la camioneta abrieron las ventanillas para asomarse hacia afuera, y poder escuchar y ver mejor lo que el joven Thorn hacía.

—Buenas noches —saludó Damien con elocuencia, parándose delante de guardia—. Venimos a la fiesta de Rony Helmut, en la casa de los Helmut en el 132.

El guardia pareció entender de inmediato de qué le estaba hablando, y rápidamente se adelantó un par de páginas más adelante en las que traía en su tabla.

—¿Cuál es su nombre? —Preguntó el hombre de azul.

—Damien Thorn, y acompañantes… Y una sanguijuela que se nos pegó.

Verónica arrugó un poco entrecejo, sabiendo de inmediato que estaba siendo aludida con tan grosero comentario.

El guardia recorrió la lista, usando la pluma en su mano como apuntador de apoyo, llegando hasta el final de ésta sin encontrar lo que buscaba.

—Lo siento, su nombre no está en la lista —respondió con voz firme, bajando su tabla y juntando sus manos delante de él.

—¿No fuiste invitado? —Musitó Lily desde su ventanilla, entre molesta pero también con un poco de burla acompañándola—. ¿Y qué hacemos aquí entonces?

Damien no hizo caso de su comentario, y se siguió centrando en el guardia delante de él.

—¿Podría por favor llamarle al buen Rony? —Solicitó el chico, señalando con un dedo hacia la caseta—.  Estoy seguro que si sabe que estoy aquí, nos dejará pasar sin problema,

—Si no están en la lista, no pueden pasar —aclaró el guardia con voz severa—. Esa fue la instrucción que me hicieron.

—Insisto —añadió Damien, mirando más fijamente a aquel hombre—. Por favor, llame a Rony, y dígale que Damien Thorn está aquí. ¿Sí?

Aquella última instrucción la pronunció lenta y claramente, mientras sus intensos ojos azules lo seguían mirando con un ardor casi palpable. El guardia había perdido para la mitad de sus palabras su postura firme y beligerante, y su rostro había tomado una expresión más vacilante y confusa. Pero, aun así, él también miraba al chico delante de él, con la misma fascinación que alguien miraría una flama danzando.

Se quedó totalmente inmóvil unos segundos, y de repente se giró y caminó casi de forma automática de regreso a la caseta. Fue obvio para sus acompañantes, al menos para las tres de los asientos traseros, que le acababa de dar un pequeño “empujón” para que dejara de protestar e hiciera lo que pedía…

— — — —

La casa de los Helmut en Malibú era una residencia amplia de cuatro habitaciones y tres plantas construida alto en la ladera de la colina. Tenía una espaciosa terraza con alberca climatizada, desde la que se apreciaba una hermosa vista del mar y de la ciudad debajo, además del hermoso manto de estrellas de esa noche despejada. Dicha terraza era el centro de la fiesta de Rony Helmut, compuesta para ese momento de unas veinticinco personas entre compañeros de clases, amigos y conocidos. Aunque claro, eso no impedía que algunos pasearan por el resto de la casa.

La música sonaba con fuerza en los altavoces que habían colocado afuera. Y mientras algunos nadaban en la alberca, bastante cálida y agradable para la noche, otros estaban en el área del asador encargándose de cocinar hamburguesas para todos; otros estaban en la cocina, preparando bebidas con la nada despreciable dotación de alcohol que habían traído; unos más estaban posados en el sillón de la sala de estar frente a la pantalla de 85 pulgadas, disfrutando de unas partidas rápidas de un videojuego y apostando en base a éstas; y un par más de seguro se divertían a su propio modo en alguna de las habitaciones.

El anfitrión de la velada se encontraba sentado en la orilla de la alberca con sus pies dentro del agua, mientras conversaba con algunos amigos. Su novia, Crystal, que lucía en esos momentos un hermoso bikini rosado en su escultural cuerpo, nadó desde el otro extremo de la piscina, se aproximó debajo del agua y lo tomó de los pies, jalándolo hasta casi tumbarlo, aunque fue más el susto que otra cosa. Los que estaban a su alrededor rieron divertidos por su reacción.

—¿Te asusté? —Preguntó Crystal risueña, saliendo del agua y quitándose los cabellos del rostro.

—No, claro que no —respondió Rony, sonriendo de forma nerviosa, aunque recuperó poco después la compostura. Se inclinó entonces hacia su novia, y ésta se apoyó en la orilla para alcanzarlo y poder darle un beso, aunque éste fuera sabor agua de alberca—. ¿Te diviertes?

—Yo sí, ¿y tú? —Le contestó Crystal, sonriéndole mostrando sus dientes blancos—. Pareces tenso.

—Pienso en todo lo que habrá que limpiar cuando estos sujetos acaben con este sitio —señaló, entre bromeando y hablando enserio, mientras miraba a las demás personas a su alrededor.

—Ya relájate, amigo —comentó su amigo Joe, sentado a su lado en la orilla, dándole un pequeño empujón con su hombro—. Tienes todo el fin de semana para hacerlo. Y Crystal te ayudará, ¿cierto?

—Sí… claro… —murmuró la joven con tono sarcástico, y entre risas salió de la alberca apoyándose en sus manos, para después aproximarse hacia la silla en la que había dejado su toalla. Ahí la aguardaban su prima Kelly y su mejor amiga Cindy, que charlaban amenamente aunque era la primera vez que se conocían. Rony no pudo evitar seguirla con su mirada mientras se alejaba, y especialmente admirar el sugerente movimiento de sus largas piernas al caminar.

—Pero de seguro la fiesta cuando nos vayamos será más divertida, ¿verdad? —Murmuró Joe despacio con tono socarrón. Rony sólo rio, sin responder nada.

Aquella reunión no tenía ningún motivo en especial, más allá del hecho de querer salir de la ciudad por una noche, divertirse, beber y hacer otras cosas, lejos de los ojos juiciosos de sus padres. Claro, a su madre le había dicho que era por el cumpleaños de un amigo, y que sólo serían seis o siete personas. La lista final era mucho más que eso. Las fotos que estaban compartiendo en las redes sociales terminarían de seguro pero delatarlo, pero sabía muy bien que mientras nadie compartiera una foto con alcohol en la vista, dejara todo limpio antes de irse, y nadie terminara embarazado (especialmente su novia), su madre sería indulgente con su error de cálculo. No era un novato en eso, después de todo.

—Rony, te buscan en el teléfono —escuchó como otro de sus amigos le hablaba desde las puertas que daban a la terraza; era uno de los que estaba jugando en la sala—. Dicen que es de la caseta.

—¿De nuevo? —Musitó Rony con molestia, parándose—. Le dije claramente al guardia que si estaban en la lista pasaban, y si no, no. ¿Qué tan complicado es seguir una simple instrucción?

—Ni modo, amigo —añadió Joe, encogiéndose de hombros y siguiéndolo también hacia adentro de la casa—. Ya a estas alturas todo Los Ángeles sabe que ésta es la fiesta del año. De seguro más de uno se querrá colar.

—Realmente espero que no se trate de eso. ¿Quién puede ser tan corriente y patético como para presentarse sin invitación a una fiesta?

Joe rio y asintió, estando de acuerdo con la afirmación de su amigo.

Cuando entraron en la sala, tres de los cuatro chicos sentados estaban concentrados en su juego, con sus dedos moviéndose ágilmente por los botones de los controles en sus manos. El cuarto de ellos, sentado en otro de los sillones, tenía su control a un lado, y estaba en esos momentos inclinado sobre la mesa de centro, vertiendo cuidadosamente un poco de polvo blanco sobre la superficie de ésta, que Rony no tardó nada en identificar.

—Por el amor de Dios, Milton —exclamó Rony molesto, dándole un fuerte zape al chico en la cabeza, tumbándole el sombrero de traía en la cabeza y dejando a la vista su larga cabellera rubia, con algunas entradas prematuras—. Te dije que no trajeras esa cosa aquí.

Milton se estremeció asustado por el golpe, y rápidamente se acomodó de nuevo su sombrero.

—Me ayuda a jugar mejor —exclamó apresurado, notándose en su voz una excitación casi antinatural al decirlo—. Estoy por patearles el trasero a estos sujetos, enserio. Y luego descargaré toda esta suerte que traigo en los pantalones con alguna de esas bellezas de Windward.

Concluyó su comentario alzando un poco su cadera del sillón, y comenzando a moverla de adelante hacia atrás con violencia. Los demás chicos sólo rieron por su acto.

—Ya perdió cinco veces seguidas y nos debe hasta los pantalones que presume —comentó uno de los chicos que jugaba—. Dudo que eso le ayudé de alguna forma, y menos que le haga tener más suerte con lo otro.

—Esperen y verán —amenazó Milton con seguridad. Pero al virarse a ver de nuevo a Rony, éste lo seguía viendo con absoluta desaprobación en su rostro—. Lo voy a limpiar, amigo; lo prometo —le respondió un tanto más calmado—. ¿No quieren un poco?

Rony sólo rodeó los ojos y suspiro con fastidio. Y sin decir nada, siguió su camino hacia el teléfono colocado en la pared.

—Al menos ten la decencia de hacerlo en el baño, ¿quieres? —indicó Joe, sonando en un punto intermedio entre una sugerencia y una amenazada, y siguió a Rony al teléfono.

Una vez que los dos se fueron, Milton siguió con lo que hacía. Y al mero estilo de un estereotipado gánster de película, que pareciera ser lo que siempre intentaba aparentar con las pintas que traía pero sin lograrlo del todo, se inclinó sobre el polvo blanco con un billete enrollado, y lo aspiró fuertemente por su fosa derecha, soltando un intenso grito de emoción un segundo después.

—Ese Milton es todo un caso —murmuró Joe despacio, con desdén—. ¿Por qué siempre lo invitas?

—Vamos, es mi amigo desde la primaria —respondió Rony, encogiéndose de hombros—. Y cuando no está drogado es hasta agradable.

—¿Y cuándo está drogado?

Ambos se viraron a ver al chico de sombrero una vez más, sólo para ver cómo tomaba de nuevo su control, y comenzaba a soltar gritos y amenazas a sus contrincantes una vez que estuvo de nuevo en el juego, y aparentemente con baterías recargadas.

—Cuando está drogado es gracioso, ¿no crees? —comentó Rony burlón, a lo que Joe sólo pudo reír en aprobación.

—Eso no te lo discuto.

Rony tomó entonces el teléfono, y presionó el botón del panel para activar la llamada que estaba en espera.

—¿Sí? —murmuró Rony despacio, teniendo ya el auricular en su oído. Y justo como lo esperaba, del otro lado de la línea escuchó la voz de Matt, el guardia de la caseta.

—Señor Helmut —pronunció el hombre en el teléfono con voz fría y ausente, pero Rony no percibió en lo absoluto dicho cambio—, aquí hay un joven que dice que viene a su fiesta.

—¿Está en la lista que te di, Matt? —Cuestionó Rony, claramente hastiado.

Matt en el teléfono vaciló unos momentos, balbuceó, y entonces pronunció:

—No, pero…

—Entonces dile a quién sea que no puede pasar, ¿está bien? —Musitó Rony, intentando sonar lo más calmado y amable que podía. No podía creer que realmente alguien hubiera tenido el atrevimiento de venir sin invitación, y más que enserio ese inútil tuviera que hablarle luego de haberle hecho aquella instrucción tan clara y sencilla. Quien quiera fuera esa persona que se quería colar, ya tenía suficiente con los idiotas que ya estaban ahí, y los pocos que faltaban, como para aceptar a más gente desconocida.

Se dispuso entonces a colgar de inmediato, pero logró escuchar de pronto la voz de alguien más al fondo; una voz que le pareció notablemente familiar.

—Permíteme, Matt —pronunció aquella persona, y un instante después era él quien hablaba por el teléfono—. Hey, Rony. ¿Enserio me estás prohibiendo entrar a tu súper fiesta? Creí que éramos amigos; compañeros de raquetas.

Una inusual sensación fría recorrió la espalda de Rony al escuchar aquellas palabras, y dicha sensación se volvió tan clara en su rostro, que incluso Joe la percibió e inquietó un poco. Rony supo de inmediato quién era esa persona, por algún motivo. Y a pesar de que ese chico nunca le había causado una sensación tan incómoda antes… en ese momento le fue muy difícil de sobreponerse a ella.

Luego de unos instantes de silencio, el joven logró sobreponerse lo suficiente para murmurar despacio en el teléfono:

—Hey… Damien… Hola.

—¿Damien? —Pronunció Joe, confundido—. ¿Cuál Damien?

Rony agitó su mano hacia su amigo, pidiéndole que guardaran silencio, y se giró hacia otro lado, dándole la espalda.

Crystal, Kelly y Cindy iban entrando en la sala en ese momento, las tres envueltas en sus toallas, riendo y conversando de lo más normal. Sin embargo, en cuanto se aproximaron, fue como si esa sensación negativa y pesada que brotaba de Rony las hubiera engullido, y las tres guardaron silencio y miraron en su dirección. Crystal, sobre todo, percibió algo extraño en el rostro y en la postura de su novio, y se le aproximó alarmada, temiendo que quizás le estuvieran comunicando alguna mala noticia. Su prima y su amiga la siguieron.

—No sabía que seguías en Los Ángeles —murmuró Rony de la misma forma que antes.

—Sí, apuesto a que creías que ya me había ido y por eso no me invitaste, ¿cierto? —Pronunció la voz de Damien Thorn en el teléfono, llegando a sonar incluso un poco amenazante en ese momento—. Y por eso mi nombre no está en la lista. Un simple malentendido, ¿no?

Rony guardó silencio, incapaz de responder.

—¿Qué ocurre? —Le susurró Crystal despacio a Joe una vez que se acercaron lo suficiente, pero éste sólo negó con su cabeza y se encogió de hombros, igual de confundido que ellas.

—Cómo sea —prosiguió Damien en el teléfono—, estoy aquí acompañado de tres lindas chicas, y una no tanto pero muy desesperada, y les está empezando dar algo de frío. Así que, ¿por qué no le dices a Matt que nos deje entrar de una buena vez?

—Yo… —Dudó Rony unos instantes, con un ferviente deseo en su pecho de gritar: “¡NO!” Pero, en su lugar, dijo todo lo contrario—: Sí, claro… Puedes pasar.

—Yo ya lo sé, Rony. Díselo a él.

— — — —

Damien le pasó el teléfono al guardia y, con absoluta seguridad del resultado, salió de la caseta para subirse de regreso a su vehículo.

—¿Diga? —Escuchó a Matt pronunciar a sus espaldas—. Sí… sí, señor. Entendido.

Estaba hecho. Aunque Damien se sentía incluso un poco decepcionado de que hubiera sido tan sencillo.

—Creo que a ese tal Rony no le agradas mucho —comentó Lily desde el asiento trasero, una vez que Damien volvió a subirse.

—El sentimiento es mutuo —añadió el chico con tranquilidad.

Samara lo miró, confundida, y preguntó:

—¿Entonces por qué vinimos a su fiesta?

Damien sonrió complacido, y con voz astuta le respondió:

—Precisamente por eso, supongo.

Aquello causó diferentes reacciones en los presentes. Por un lado, Verónica pareció bastante alarmada por lo que Damien estuviera realmente planeando hacer en ese sitio al que iban. Y, por otro, Esther pareció por primera vez realmente interesada en el asunto.

—Oh, entiendo —pronunció la mujer de Estonia, esbozando una amplia sonrisa divertida—. Creo que esto sí será entretenido, después de todo.

Lily siguió igual de indiferente por fuera, aunque por dentro la verdad era que había comenzado a sentirse curiosa. Samara, sin embargo, lo que sentía era principalmente incomodidad; y, quizás, en parte compartía las inquietudes de Verónica.

— — — —

—¿Damien qué? —Preguntó Cindy un tanto perdida, una vez que Rony colgó y pasó a contarles a sus amigos sobre la persona que estaba por llegar.

—Thorn —repitió el anfitrión de la fiesta en voz baja, mientras Crystal lo abrazaba y pasaba su mano por su nuca, intentando calmarlo; eso siempre funcionaba. El grupo se había acercado a la sala, cerca de Milton y los otros jugadores—. Estudia en el Colegio Bradford de Chicago —prosiguió—. Lo conozco por los torneos de tenis.

—¿De Chicago? —Murmuró Crystal, y entonces su atención se viró hacia su prima Kelly, que volvía de la cocina con tres cervezas en las manos; una para cada chica, como había sido su plan original al entrar a la casa—. ¿Tú lo conoces, Kelly?

Kelly Baptiste vivía actualmente en Chicago con sus padres y su hermana menor; su familia se había mudado allá cuando Kelly tenía seis años. Era una chica joven, de la misma edad que Rony y Crystal, de piel oscura, y cabello negro y quebrado. No era tan alta y escultural como su prima, pero igualmente era muy atractiva, además de inteligente y aguerrida. Al año siguiente, si todo salía bien, ingresaría a Northwestern a la carrera de periodismo, algo que siempre supo sería su camino. Había ido a Los Ángeles a pasar unos días con Crystal, su prima favorita, y sus tíos, antes de Acción de Gracias; y claro, había terminado indudablemente siendo invitada a esa esplendida velada.

—No en persona, pero todos en Chicago conocen a los Thorn —respondió Kelly, y justo después les pasó sus cervezas a Crystal y a Cindy—. Del tal Damien lo que he escuchado es que es un estirado mojigato; de los que siempre se portan bien, sacan calificaciones perfectas, van a la iglesia y todo eso. El chico que todas las madres quieren de yerno, según mi propia mamá.

—¿Enserio? —Soltó Joe, con tanto desánimo como si aquella descripción le hubiera causado dolor de estómago—. Qué fastidio. ¿Por qué lo dejaste pasar, Rony?

—Solamente porqué es uno de los estirados mojigatos más ricos del país —espetó Rony, casi defensivo—. ¿Cómo le cierras la puerta en la cara a alguien así?, ¿eh?

Joe, Crystal, y Cindy se quedaron casi boquiabiertos al escuchar aquello; Kelly, por su lado, sólo dio un sorbo de su cerveza, pues en efecto le constaba que aquello era cierto.

—La rica es su tía, ¿no? —Escucharon todos de pronto que Milton comentaba desde su asiento, teniendo su atención aún fija en la pantalla, con sus ojos tan abiertos y desorbitados que parecían que ni siquiera pestañaban. Y aun así, parecía que no tenía problema en tener su atención en el juego, y al mismo tempo en su conversación.

—No, en realidad todo está a su nombre —se apresuró Kelly a corregir—. Toda su familia está muerta, a excepción de su tía que es un Thorn sólo por matrimonio. La empresa, las propiedades… todo eso es en realidad de él. Las personas lo conocen como el Joven Príncipe Heredero de Chicago.

Aquello dejó aún más sorprendido a los otros tres. Varios de los que estaban en la fiesta eran de familiar acomodadas, incluidos Rony, Milton, Crystal, y varios compañeros de Rony en Windward. Pero ninguno llegaba al nivel de lo que ellos describían sobre este chico.

—Créanme —musitó Rony con cierta resignación—, en cuanto cumpla dieciocho, este sujeto estará más forrado en billetes que todos los que estamos aquí juntos. Así que sólo intenten aguantarlo, y díganles a los demás que no lo molesten, ¿de acuerdo? Si es tan correcto como dicen, quizás no se quedé mucho.

—Sí, los niños buenos tienen que acostarse temprano, ¿verdad? —Bromeó Crystal, riendo un poco.

—¿Y cómo es? —Cuestionó Cindy, curiosa—. ¿Es apuesto además de rico?

Todos rieron levemente, al oler desde lejos las intenciones de la joven.

—¿Yo qué sé? —Respondió Rony, encogiéndose de hombros—. Supongo que feo no es.

—Si es que te gustan los pálidos flacuchos como a mi prima —comentó Kelly con tono sarcástico, a lo que Crystal le respondió con una mirada de falsa molestia, y se abrazó aún más de su novio, casi de forma protectora.

—Dijo que venía con unas chicas —comentó Rony al recordar de pronto ese dato, que por la conmoción del momento pareció casi habérsele pasado.

—¿Enserio? —Soltó Milton con entusiasmo sin quitar sus ojos del juego—. Espero que al menos estén buenas.

El comentario no fue de la gracia de nadie, especialmente de las chicas presentes. Al momento las tres decidieron retirarse de regreso a la terraza, pero Crystal no se fue sin antes darle como escarmiento otro zape en la cabeza, similar al que le había dado Rony, y tumbándole de nuevo su sombrero.

—¿Qué? —Exclamó Milton entre confundido y molesto—. ¿Qué dije?

Las tres chicas no le dijeron nada y sólo se alejaron, recobrando casi de inmediato su buen humor de hace unos momentos. Sin embargo, quien no parecía recuperarse aún era Rony.

No podía quitarse de la cabeza la sensación tan incómoda que le había causado esa extraña conversación por teléfono. Incluso había comenzado a cuestionarse se aquella persona era en realidad el Damien Thorn que él conocía… o alguien más.

FIN DEL CAPÍTULO 90

Notas del Autor:

Rony Helmut (quien ya había hecho una aparición anterior en el Capítulo 72) y el resto de sus amigos en la fiesta, son personajes originales de mi creación, a excepción de Kelly Baptiste que se encuentra inspirada en el personaje del mismo nombre de la serie Damien el 2016, y de quién es probable sepamos más cosas en un futuro.

Y aquí estamos, luego de más de tres años, en el Capítulo 90. Sólo 10 capítulos más y llegamos al Capítulo 100, algo que nunca había logrado antes, y ni siquiera creí que fuera posible. Pero creo que no hubiera podido llegar tan lejos si no fuera por su apoyo, sus lecturas y comentarios, así que enserio muchas gracias a todos. Y desde ahora les digo que dicho capítulo no será el final de esta historia, así que estén pendientes porque aún falta mucho, mucho que contar. Y si me siguen en mi página de Facebook dedicada a esta historia, iré compartiendo algunas cosillas interesantes para celebrar estos 100 capítulos.

¡Nos leemos pronto!

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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