Original El Club de las Ánimas – Capítulo 11. Los Niños Perdidos del Panteón de Belén

20 de febrero del 2021
El Club de las Ánimas - Capítulo 11. Los Niños Perdidos del Panteón de Belén

El Club de las Ánimas

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 11
Los Niños Perdidos del Panteón de Belén

En cuanto cruzaron la verja del panteón, el escenario ante ellas cambió por completo. Aquello era un cementerio, sin duda; con sus tumbas, obeliscos y ángeles. Sin embargo, la oscuridad que las envolvía hasta hace unos momentos afuera, se había desvanecido. En su lugar, todo aquel sitio estaba iluminado por completo, y sobre sus cabezas se extendía un cielo azul y despejado.

En otras palabras, en cuestión de segundos la noche había desaparecido por completo de aquel lugar.

—¿Qué…? —Musitó Lloro, asombrada por aquel extraño cambio—. ¿Es de día? Pero hace un momento…

—No, esto debe ser a causa de Nachito —indicó Eulalia, igualmente sorprendida pero al parecer más calmada—. Ésta es la forma en la que él visualiza este sitio.

—¿Así como Roja visualiza su hotel como un lugar hermoso? —Cuestionó Lloro, a lo que Eulalia asintió como respuesta.

—Sí, exactamente. Pero debo admitir que tampoco me esperaba que fuera así.

Lloro miró pensativa alrededor, pero también miró sus propias manos y cuerpo. La sensación que un no-vivo tenía durante el día, era muy distinta a la de la noche. Y definitivamente en esos momentos no se sentía como si fuera de día, como cuando estuvieron caminando por la calle de la ciudad el otro día. A todas luces, a pesar de lo que sus ojos le indicaban, aún debía de ser de noche.

Las tres comenzaron a andar lentamente por aquel amplio lugar, que de hecho además también se veía más grande de lo que su apariencia externa hacía parecer, pero aquello también podría ser efecto del territorio de Nachito.

Era de hecho un lugar bonito, con césped y árboles verdes, algunas flores, y tumbas bien cuidadas y limpias. Era inevitable preguntarse cómo sería ese sitio en la realidad de los vivos.

—Me resulta un poco extraño que ese niño haya convertido justamente un panteón en su territorio —indicó Eulalia mientras seguían avanzando, cautelosas—. Oí que los no-vivos suelen convertir en sus territorios el sitio en el que murieron, o lugares que fueron importantes para ellos en vida. No había oído antes de alguien que lo hiciera con un cementerio. ¿Tú sabes algo al respecto, Sigua?

Eulalia se viró hacia su amiga cabeza de caballo en busca de alguna respuesta, pero ésta sólo siguió mirando al frente sin decir nada. Y luego de unos minutos fue evidente que se quedaría así.

—Supongo que no —suspiró la enfermera.

Siguieron caminando, sin tener claro si se estaban alejando de la entrada o no. Por un rato no detectaron ningún movimiento o sonido, más allá de una fría brisa.

De pronto, el silencio fue roto por un sonido lejano, armonioso y melancólico, que cruzaba el aire como hojas arrastradas por el viento. Era algún tipo de música, al parecer.

—¿Oyen eso? —cuestionó Lloro, un poco preocupada.

—Es un violín —respondió Eulalia, mientras miraba alrededor intentando descubrir la dirección exacta de la que aquella melodía venía. Pero todo era muy confuso, y en un momento le parecía que venía de la derecha, al siguiente de detrás de ella, luego al frente, y a la derecha de nuevo…

—Alguien nos está observando —escucharon que Sigua pronunció de pronto, poniendo en alerta tanto a Lloro como a Eulalia.

—¿Dónde? —Preguntó La Planchada con aprensión.

Sigua miraba atenta hacia unos arbustos cercanos que se agitaban un poco, pero al parecer no por el efecto del viento. Algo estaba detrás de ellos. Y cuando dieron un paso hacia ellos, notaron como ese algo (o algos pues al parecer eran dos) se movieron ágilmente hacia un lado detrás de más arbustos, y luego se movieron entre las tumbas, andando alrededor de ellas.

No lograron verlos bien, pero fuera lo que fueran eran pequeños. A Lloro y a Eulalia se le asemejaron como pequeños conejos, o algo más grande como perros o lobos. Ambas se pusieron algo nerviosas, e inconscientemente se abrazaron entre sí. Los no-vivos solían sentirse más inseguros a la luz del día, aunque en ese caso dicha luz fuera falsa. Sigua, sin embargo, se veía bastante calmada.

De la nada, la mujer cara de caballo comenzó a correr con sus pies descalzos pisando firme la hierba debajo de ellos. Sin titubear, y con una notable agilidad, comenzó a andar detrás de las desconocidas criaturas.

—¡Sigua!, ¡cuidado! —Le gritó Eulalia con preocupación, pero no parecía que la no-viva ocupara dicha advertencia. En su lugar, fueron las dos criaturas las que parecieron ponerse nerviosas por su rápida cercanía.

Comenzaron a correr en otra dirección, para luego escalar rápidamente por un árbol cercano hasta esconderse en el follaje. Sigua se paró en seco justo delante del tronco de aquel árbol, y alzó sus grandes y oscuros ojos. No podía verlos, pero veía las ramas y las hojas moviéndose. Adicionalmente, se percibían un par de pequeños susurros que parecían discutir entre ellos.

Sigua se agachó un poco, flexionando sus rodillas, y entonces se impulsó con fuerza dando un largo salto en la misma dirección, y su figura desapareció también entre las ramas. El árbol comenzó a agitarse aún más, y se comenzaron a escuchar gritos y zarandeos provenientes de él.

—¡Ah!, ¡no! —Gritó uno de ellos.

—¡Suélteme! —Añadió otro.

—¡No me atrapará!

—¡Auxilio!, ¡me tiene!

Lloro y Eulalia se preocuparon al escuchar todo eso, y se aproximaron apresuradas hacia el árbol. Sin embargo, antes de que pudieran llegar, dos figuras cayeron de la cima como frutos maduros, uno encima del otro.

—¡Auh! —Exclamó adolorido el que había caído primero cuando el segundo le cayó encima. Y ambos se quedaron ahí tirado en el piso. Sigua descendió unos segundos después, cayendo sobre sus pies en tierra con total normalidad.

Las otras dos se aproximaron con cautela hacia las dos criaturas, y pudieron distinguir con bastante más claridad sus tamaños y apariencias. Y, en efecto, no eran conejos, ni perros ni lobos…

—Son… —musitó Eulalia.

—¡Niños! —completó Lloro, sorprendida pero sobre todo muy emocionada.

Eran en efecto dos pequeños, un niño (el que había caído primero) y una niña (que había caído sobre él). Los dos eran pequeños, de seguro entre ocho y diez años (antes de su muerte). El niño tenía el cabello castaño alborotado, unos pantalones cortos azul marino, una camiseta blanca y tenis. La niña tenía cabellos negros, también algo desalineados, y usaba un vestido tipo jardinera de tela color azul oscuro sobre una camiseta blanca, y zapatos negros.

Los dos tardaron unos momentos en reaccionar. Y cuando lograron incorporarse y alzar sus miradas, se dieron cuenta de que estaban siendo rodeados por las tres mujeres, lo que los hizo sobresaltarse asustados.

—¡Nos descubrieron! —Exclamó con fuerza el niño.

—¡Son buenas! —Añadió la niña, asombrada.

—Pero cometieron un error al meterse de esa forma al Panteón de Belén, ¿oyeron? —Sentenció el niño, parándose de un salto y encarando a Sigua, que lo miró desde arriba sin mover demasiado su cabeza—. Sufrirás nuestra ira, mujer caballo. ¡Prepárate!

Y pronunciada aquella amenaza, se lanzó en su contra agitando sus puños. Sigua, sin embargo, sólo alzó una mano, la colocó contra la frente del niño, y detuvo cualquier intento de avance hacia ella que quisiera intentar.

—¡Oye!, ¡suéltame! —Exclamó el pequeño, empujando su cabeza hacia el frente sin poder moverla ni un centímetro. Incluso agitó sus manitas con violencia delante de él, pero sus brazos eran tan cortos que no la alcanzaba—. ¡Frida Sofía!, ¡ayúdame! —Le gritó a su acompañante, pero ésta parecía más entretenida admirando la curiosa forma de la cabeza de Sigua.

—Me gusta su cara, señora —indicó la pequeña con una amplia sonrisa—. Me dan ganas de acariciarla —añadió, extendiendo sus manitas hacia ella, sin alcanzarla.

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—Qué niños tan lindos… —exclamó Lloro maravillada, mientras admiraba toda aquella divertida escena.

Eulalia debía de admitir que aquello también le resultaba un poco divertido, pero se sentía más preocupada por la presencia misma de los dos niños en ese sitio.

Y entonces, fue consciente de que el violín que sonaba hace unos momentos había dejado de sonar.

—¿Causando problemas de nuevo, ustedes dos? —Comentó la voz de alguien más aproximándose por la colina. Acercándose por el camino en su dirección, los tres espíritus divisaron entonces no sólo a una persona, sino a tres más. Y los tres eran, en apariencia, también niños—. Esa no es forma de tratar a los visitantes.

Aquel que había hablado era el más alto de ellos, y se veía relativamente mayor, quizás de doce o trece años. Una amplia sonrisa alegre adornaba sus labios delgados. Su cabello era rubio oscuro, corto y bien arreglado, al igual que su atuendo impecable de saco y pantalón negro, chaleco y corbata. Bajo su brazo izquierdo además, portaba un bonito violín de madera, y en su otra mano cargaba el arco. Él debía ser quien tocaba.

—¿Más? —Susurró Eulalia, de nuevo confundida.

—Pero no deberían estar aquí, ¿o sí? —Musitó otro de los niños que venía, éste un poco más bajo que el de violín, de mirada afable y calmada. Sus cabellos eran oscuros, y portaba un traje de camisa y pantalón relucientemente blancos y pulcros.

—No, no deberían —añadió la tercera de ellos, que avanzaba a su lado, haciendo rodar con sus manos las ruedas de la silla en la que venía sentada. Su presencia fue la que más desconcertó a Eulalia.

«¿Una silla de ruedas? Pero…»

Aquella niña era un poco diferente al resto, y no sólo por la silla de ruedas en la que venía. Era una niña muy bonita, con  hermosos rizos rubios, y vestía una falda azul y blusa roja, con medias blancas. Pero su mirada, a diferencia de la de todos los demás, era bastante menos agradable. De hecho, aquellos ojos parecían reflejar una amargura más propia de una adulta, y se posaban fijamente en ellas tres.

—¿Qué hacen aquí a esta hora? —Soltó la niña con hostilidad—. ¿Qué quieren?

Eulalia escuchó la pregunta, pero no fue capaz de responder pues aún se sentía demasiado perpleja. Ya fuera por este hecho, o por decisión propia, Lloro dio un paso al frente para responder primero.

—No vinimos con malas intenciones, en serio —se explicó La Llorona, extendiendo sus manos delante de ella. Sólo al oír su voz La Planchada fue capaz de reaccionar.

—¿Eh? Sí, claro —se apresuró a secundar—. Yo soy Eulalia, ella es Lloro, y ella es Sigua. ¿Cómo se llaman… pequeños?

La niña en la silla de ruedas achicó un poco sus ojos, observando a cada una con aún más desconfianza, aunque su reacción al ver con más cuidado a Sigua fue más de susto, pues quizás no se había fijado lo suficiente en su cara.

—Yo soy Monchito —se apresuró de pronto el niño pequeño que Sigua había bajado del árbol, alzando una mano para hacerse notar.

—Yo soy Frida Sofía —añadió la niña que lo acompañaba, imitándolo.

—Me llamo Carlitos, mucho gusto —comentó el niño de traje blanco, sonriéndoles con gentileza a las tres.

—A mí pueden llamarme Gregorio —agregó el chico del violín, haciendo una casi exagerada reverencia hacia ellas—. Encantado, damas.

La niña en la silla de ruedas miró al resto, sorprendida y al parecer molesta de que hubieran revelado de esa forma tan imprudente sus nombres. Y ahora todos, incluida las tres extrañas, la miraban en la espera de que ella también lo hiciera.

La presión social pareció hacer mellas en ella. Y tras soltar un pesado suspiro y mirar molesta hacia otro lado, musitó despacio:

—Me dicen Neftalí…

—¡Y somos los Niños Perdidos del Panteón de Belén! —Exclamaron los niños presentados como Monchito y Frida respectivamente, parándose delante de los otros tres y extendiendo sus brazos hacia los lados con alegría.

—Ignórenlos, sólo ellos dos nos llaman así —señaló el chico del violín, al tiempo que golpeaba con delicadeza la cabecita de Monchito con el arco en su mano.

—Oh, son todos tan adorables, pequeños —exclamó Lloro, tomando su propio rostro con sus manos al tiempo que admiraba a los cinco con ferviente alegría—. A ver, déjenme verlos de cerca…

Lloro al parecer tenía la intención de acercárseles, pero Eulalia se colocó rápidamente delante de ella, deteniéndola.

—Lloro, espera, por favor —le indicó con seriedad, y entonces observó de nuevo a los pequeños—. Niños, ¿todos ustedes están sepultados aquí?

—Oh, no —respondió Gregorio rápidamente, negando con su cabeza—. En realidad, ninguno de nosotros cinco es de aquí. Neftalí y yo somos de mucho más al Norte. Carlitos es del Noroeste, de un lugar bastante cálido, ¿cierto? —El niño de blanco se ruborizó un poco y asintió ante la mención—. Y Monchito y Frida son del centro.

—Eso dicen —comentó Monchito, encogiéndose de hombros.

—Pero quizás no —añadió Frida Sofía, haciendo exactamente lo mismo.

—Estamos aquí porque Nachito nos invitó, y aquí estamos seguros —explicó Carlitos justo después.

La mención de Nachito hizo que aquel casi trance en el que Lloro había caído por la presencia de los pequeños se disipara, y recobrara consciencia de en dónde estaba, y por qué había ido ahí en primer lugar.

—Nachito —susurró sobresaltándose—. ¿Conocen a Nachito? ¿Él está aquí?

—Por supuesto que lo conocemos —contestó Gregorio, risueño.

—Él es nuestro líder —exclamó Frida con entusiasmo.

—Él nos deja quedarnos aquí y nos protege de la oscuridad —comentó Monchito con emoción, tirando un puño al aire como si golpeara algún enemigo invisible.

—¿La oscuridad? —Susurró Eulalia en voz baja. De nuevo esa expresión, parecida a la que había usado Nachito aquella tarde en el cementerio.

—Vinimos hasta acá buscándolo —se apresuró Lloro a explicarse—. Es muy importante que hable con él. ¿Creen que podrían llevarme a dónde está, por favor?

Los cinco niños se miraron entre ellos, dubitativos.

—¿Hablar con Nachito? —Murmuró Gregorio, rascándose un poco la cabeza con la punta de su arco—. No lo sé… A él no le agradan mucho las visitas de otros no-vivos que él no haya invitado. Especialmente si son… bueno…

El niño del violín pareció dudar sobre completar o no su frase, pero Neftalí no pareció tener el mismo reparo.

—Viejos —musitó la niña en la silla, tajantemente—. A Nachito no le gustan los viejos como ustedes.

Los tres espíritus, incluso Sigua, se sobresaltaron por tal aseveración.

—¿Viejos? —Tartamudeó Eulalia—. No somos… Bueno, la edad es… ah…

El tema de la edad entre los no-vivos era un poco difícil de entender. La mayoría concordaba que lo importante radicaba en los años que llevaban de muertos, o más bien en el tiempo que llevaba su leyenda difundiéndose entre los vivos. En ese sentido, le parece que Lloro y Sigua podrían ser en efecto mucho más “viejas” que esos niños. Eulalia no creía serlo tanto, y de entrada Nachito al parecer llevaba más tiempo de muerto que ella.

Sin embargo, supuso que esos niños tomaban más en cuenta la edad en la que murieron, considerándose más jóvenes que ellas tres. Pero aún en dicha comparación, Eulalia no se consideraba demasiado mayor que ellos como para considerarse vieja.

—Por favor, es muy importante para mí que hable con él —añadió Lloro a su súplica, juntando sus manos delante de ella—. Estoy buscando a mis hijos; son dos pequeños espíritus como ustedes, que llevan mucho tiempo perdidos. Y… creo que Nachito podría saber dónde están…

Aquella mención de sus hijos creó una verdadera reacción tangible en las miradas de los cinco niños, que de nuevo se miraron entre ellos.

—¿Dos niños perdidos? —musitó Carlitos despacio.

—¿Como nosotros? —añadió también Monchito.

Los cinco guardaron silencio, y les pareció que intentaban decidir en su silencio qué debían decir. Pero fuera lo que fuera que estuvieran pensando, fue claro, incluso para Eulalia, de que algo sabían…

Gregorio dio entonces un paso al frente, carraspeando un poco para aclarar su garganta.

—Señora —susurró el chico despacio con tono respetuoso, mirando fijamente a Lloro—, sus hijos… ellos quizás…

—Gregorio —le interrumpió Neftalí de pronto antes de que dijera más—. No te concierne a ti hacerlo. Déjalas hablar con Nachito y que él les explique… si quiere.

El niño del violín vaciló un poco, pero luego asintió, concordando con la propuesta de su amiga.

—Síganme, damas —indicó Gregorio, extendiendo su brazo hacia más allá en el cementerio—. Nachito debe estar en su tumba.

El niño comenzó a caminar en dicha dirección, y los otros niños y las tres visitantes comenzaron a seguirlo.

Esa extraña actitud que los había rodeado en ese momento le dio muy mala espina a Eulalia. ¿Qué era lo que no querían decirles? ¿Qué sabían o pensaban que les podría haber ocurrido a los hijos de Lloro…?

Comenzaba a cuestionarse si realmente había sido buena idea ir a ese sitio.

Pero había algo más que le preocupaba, y era, en efecto, los cinco niños, que más Nachito serían seis. Seis niños no-vivos, reunidos en un mismo lugar. A Eulalia eso la confundía demasiado.

La enfermera se aproximó cautelosa a Sigua, parándose a su lado.

—No lo entiendo, Sigua —le susurró despacio como si fuera un secreto—. ¿No se supone que casi todos los niños pasan directo al Otro Lado cuando mueren, por qué no tienen asuntos pendientes, pecados ni lamentos? ¿Qué hacen todos estos niños aquí? No deberían seguir en este mundo.

Eulalia esperaba que su amiga se quedara callada como de costumbre. Sin embargo, sorprendentemente, le dio una respuesta bastante rápido:

—Es muy inocente de tu parte que realmente creas eso.

Aquello dejó confundida a Eulalia, y aún más preocupada que antes.

—¿A qué te refieres? —le cuestionó, pero en esa ocasión en efecto no hubo respuesta. ¿Tendría algo que ver con lo que Nachito supuestamente estaba por decirles… si quería?

CONTINUARÁ…

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El Club de las Ánimas. Lloro es uno de los fantasmas más famosos del mundo, pero siempre se ha mantenido sola y alejada de las personas, tanto vivas como muertas. Pero eso cambia cuando conoce a Eulalia, el simpático fantasma de una enfermera que dedica su no-vida a ayudar a la gente, y que hará lo posible para que Lloro logre hacer amigos, y encuentre además un nuevo propósito en su muerte.

+ Historia y Arte © Eliacim Dávila

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