Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 88. Tenemos confirmación

24 de enero del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 88. Tenemos confirmación

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 88.
Tenemos confirmación

Esa mañana de viernes, las tres invitadas de Damien Thorn pasaban el tiempo en el área de la piscina del pent-house. Los Ángeles habían amanecido con un cielo despejado, por lo que el clima era idóneo para ello. Incluso el día anterior, Verónica les había hecho el favor (por orden de Damien) de ir a comprarles unos trajes de baño. Aun así, la única que disfrutaba del agua era Lily, que aparentemente gozaba con lanzarse de clavado al agua, y nadar de punta a punta con fuertes pataleos. La alberca no era muy grande, pero el sólo hecho de tenerla toda para ella le era más que suficiente.

Por su parte, Esther se había sentado en una de las reposeras largas de plástico a la orilla de la piscina, protegida del sol bajo una sombrilla, mientras en sus piernas apoyaba un bloc de dibujo (que también Verónica les había traído, junto con unos lápices y marcadores), y evidentemente estaba trazando algo que requería toda su concentración.

Y Samara… ella se mantenía un tanto más alejada. La niña de Moesko se encontraba se pie frente al barandal de la azotea, observando fijamente alrededor y hacia abajo. Desde el pent-house de Thorn Industries, la vista de la ciudad era vistosa, aunque sus dos compañeras no creían que lo fuera tanto para abstraer tanto su atención.

Luego de hacer uno de sus recorridos de punta a punta, Lily se apoyó en la orilla, cerca de donde Esther se encontraba sentada, y alzó su cabeza para respirar profundamente y recuperar el aliento.

—Al fin se te hizo usar una alberca —comentó Esther, sin apartar sus ojos de su bloc—. Y que estemos a mitad del otoño no fue un impedimento para ti, ¿eh?

—Aquí es más cálido que en Portland —le respondió Lily, una vez que su respiración de calmó—. Esto es casi como un día templado de verano de allá.

—¿Quieres hablar de frío? Imagínate tener que dormir en las calles de San Petersburgo.

—¿No eras de Estonia?

—Ahí nací y me internaron. Pero luego hui lo más lejos que pude. ¿Recuerdas que te conté?

—En realidad, no. Pero has tenido una vida taaan interesante —musitó Lily, sarcástica—. Como para que escribas tu autobiografía y te hagan una película.

—Y tú me podrías interpretar.

Lily soltó abruptamente un quejido de desdén, casi de asco, ante tal idea.

—Primero me suicido antes de ser tú —declaró fríamente, y entonces se apoyó con ambas manos en la orilla para impulsarse hacia afuera del agua.

Sentada ya en la orilla, dejó sus pies sumergidos, agitando un poco el agua con su movimiento. Esther la miró de reojo, notando como lo dedos de su mano presionaban su muslo derecho, expuesto gracias a su traje de baño. No necesitó ver de cerca para saber exactamente qué era lo que presionaba. En el área exacta donde hasta hace unos días había estado esa fea herida de bala, ahora sólo quedaba una mancha negra en su piel, como un extraño lunar de forma indefinida. Una curación milagrosa, a reserva a de una mejor palabra, cortesía de Samara Morgan.

—¿Te duele? —le preguntó Esther, curiosa, a lo que Lily le respondió:

—No, es aún peor. No siento absolutamente nada en este punto… como si ya no fuera parte de mi cuerpo.

A Esther le resultaba un poco difícil imaginárselo, pero sonaba incómodo de cierta manera.

—¿Se ha extendido?

—No, pero tampoco se ha hecho más pequeña o menos visible.

—Pues sea lo que sea que te hizo, al menos te salvó la vida y ahora puedes caminar; y nadar. Una mancha permanente que puedes ocultar con tu ropa, y perder un poco de sensibilidad, es un precio justo. Así que mejor supéralo, y agradécele.

—No haré tal cosa —espetó Lily, virándose hacia ella casi ofendida por la insinuación, y luego intentando mirar más allá, hacia donde Samara seguía parada viendo el paisaje—. Y tú tampoco lo harías si hubieras visto cómo se puso cuando lo hizo. Parecía otra persona…

* * * *

Antes de que Lily pudiera moverse, o siquiera hacer alguna otra pregunta, el semblante de Samara cambió abruptamente. De verse asustada y cohibida, pasó a reflejar una sensación más fría, seria, e incluso algo ausente.

De pronto, se le aproximó rápidamente, casi lanzándosele encima. Lily quiso retroceder, pero el dolor de su pierna no la dejó moverse demasiado. La mano derecha de Samara de aferró de golpe fuertemente a su muslo, tanto que sus dedos casi se encajaron en su piel.

—¡Ah!, ¡¿qué haces?! ¡Suéltame! —Gimoteó Lily con dolor. Samara no respondió, y no la soltó para nada. Sus ojos oscuros estaban fijos en su herida. Y, un instante después, desde el punto en el que sus dedos presionaban su piel, comenzó a dibujarse sobre ésta decenas de líneas negras, como venas o ríos negros—. ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Aaaaaah!

Lily gritó intensamente con dolor, pues sentía como si le estuvieran desgarrando la piel con hierro hirviendo.

* * * *

Esther bajó su block hasta colocarlo sobre sus piernas, y viró también su atención hacia donde se encontraba Samara.

—Sí, también he notado que a veces se pone así —indicó con un poco de preocupación en su voz, recordando ella también aquellas dos ocasiones, en las que por igual alguien resultó muerto.

* * * *

El suelo a los pies de Samara comenzó a corroerse y romperse, y a tomar una tonalidad ocre y sucia. Lentamente la niña alzó de nuevo su rostro hacia su madre. Sin embargo, sus ojos se habían llenado por completo de furia, totalmente ajenos a los jubilosos de hace un rato, y se clavaron justo en la mujer delante de ella.

Sin decir nada, Anna Morgan tomó firmemente el bisturí con su mano, lo alzó hasta su cuello y entonces, ante los ojos atónitos de Esther, y los furiosos y coléricos de Samara, se lo clavó directo en el costado derecho de su cuello, hasta lo más hondo.

* * * *

—No… —escucharon como pronunciaba abruptamente una voz grave, y potente como un rayo, retumbando en el eco del cuarto. Samara alzó su rostro en su dirección, y a través de la cascada de cabellos negros lograron distinguirse sus ojos, oscuros e intensos, llenos de una furia inhumana.

Owen se sintió aterrado al sentir esos ojos sobre él. Inconscientemente alzó el arma, apuntando a la niña con ella, pero no fue capaz de presionar el gatillo. Samara comenzó a rodear la cama y empezó a avanzar sin quitarle los ojos de encima. El hombre comenzó a retroceder asustado…

—Déjanos en paz, cerdo asqueroso… —masculló Samara, y de nuevo su voz sonó tan diferente a la que tendría una niña de su apariencia.

Owen siguió retrocediendo cada vez más rápido, hasta que su espalda se encontró con el barandal de seguridad del pasillo. El cuerpo del gerente pasó por completo por encima de dicho barandal, hasta que sus pies señalaron hacia el suelo. Luego se desplomó desde aquel segundo piso, directo hacia el primero, y desapareció por completo de la vista de Samara.

* * * *

Esther llegó a pensar en algún momento que su personalidad cohibida e indefensa no era más que una actuación, no muy diferente a la suya o la de Lily. Y que en el fondo, ese ser lleno de rabia y sin remordimiento que habían visto era su verdadero ser. Sin embargo, conforme más pasaba tiempo con ella, se daba cuenta de que no era el caso. No entendía qué era lo que le pasaba cuando entraba en ese extraño… ¿trance? Pero fuera lo que fuera, era algo que le provocaba cierta preocupación.

¿Qué más sería capaz de hacer si se le daba la oportunidad de hacerlo?

De pronto, mientras pensaban en todo aquello, ambas notaron como Samara volteaba abruptamente su cabeza, mirándolas directamente. Como dos niñas planeando una jugarreta, Esther y Lily reaccionaron rápidamente desviando su mirada hacia otro lado.

—¿Nos habrá oído? —Susurró Lily despacio, un poco preocupada.

Esther sólo respondió alzando un dedo frente a sus labios en señal de silencio. Alzó de nuevo su block, volviendo a su dibujo como si nunca lo hubiera dejado. Lily la imitó, volviendo a enfocarse en mover sus pies en el interior del agua. Ambas oyeron como Samara caminaba hacia ellas tranquilamente, parándose a un lado de Esther debajo de su sombrilla.

—Hey —le saludó Esther sonriente, fingiendo que lo de hace rato no había pasado—. ¿Qué tanto estabas viendo?, ¿eh?

Samara miró discretamente sobre su hombro al punto en el que hasta hace un momento estaba parada, contemplando algo (o alguien) que sólo ella podía ver.

—Nada —respondió con simpleza, virándose de nuevo en su dirección.

Inclinó entonces un poco su rostro, echándole un vistazo al dibujo que Esther se encontraba haciendo. La imagen le asustó un poco al principio, pero pasada la sorpresa inicial lo logró contemplar mejor. Era el dibujo de una mujer adulta, completamente desnuda, con sus brazos alzados y su cuerpo expuesto, incluyendo sus prominentes pechos, y parte del vello de su pubis. Su cabello negro rizado y la expresión de su rostro, le hizo pensar que se parecía un poco a Esther. Estaba de hecho muy bien hecho. La figura general de la mujer ya estaba terminada, sólo faltaba aplicarle las sombras en algunas partes.

—Es un dibujo muy bonito —comentó Samara, genuinamente impresionada.

—Gracias —asintió Esther, sonriéndole orgullosa.

—Tocas el piano, pintas y dibujas —listó de pronto la llamativa voz de su anfitrión. Al darse cuenta, las tres vieron a Damien aproximándose hacia ellas con paso relajado—. Eres toda una caja de sorpresas, ¿verdad, Esther?

La mujer de Estonia sólo miró de reojo al muchacho sin responder nada, y decidió mejor volver a su dibujo. Lily igual pareció preferir ignorar al chico. Sin embargo, Samara en cuanto lo vio se paró derecha, y una larga sonrisa se dibujó por sí sola en sus labios.

—Buenos días —entonó despacio, y un pequeño sonroso se asomó en sus mejillas pálidas.

—Buenos días, Samara; y amigas de Samara —comentó el muchacho con un tono burlón—. ¿Cómo se la están pasando acaparando mi alberca y mi comida?

Ese último comentario le hizo ganarse una mirada poco agradable de parte de Esther y Lily por igual.

—Bromeo, tranquilas —aclaró irónico. Se inclinó entonces también a un lado de Esther para ver su dibujo—. Pero enserio es un buen dibujo. ¿Me lo regalas?

—¿Ya tienes dieciocho años? —Cuestionó Esther con una falsa y exagerada seriedad, que hizo que el chico riera un poco.

Samara contempló aquello en silencio, mirando el dibujo y a Damien respectivamente, notando que su interés parecía genuino. ¿A él le gustaban ese tipo de cosas? Recordaba lo que Esther le había dicho el otro día, sobre lo que a los chicos de su edad le gustaban. ¿Qué había dicho? ¿Tetas grandes, piernas largas, traseros firmes, y labios carnosos? La mujer del dibujo definitivamente parecía tener eso.

—Yo también puedo hacerlo —comentó Samara de pronto, provocando que los tres la voltearan a ver—. Un dibujo… quiero decir. ¿Quieres ver? —Preguntó con ligera emoción, mirando a Damien.

—Seguro —asintió Damien, en verdad interesado. Y no era el único, pues aquella afirmación había llamado también la atención de Esther; quería ver qué tan bien dibujaba la señorita sombría.

Dio entonces la vuelta a la hoja de su dibujo, dejando una en blanco para ella.

—Adelante —indicó Esther, extendiéndole el block y sus lápices. Samara tomó el block, pero al mirar los lápices respondió:

—No los necesito.

Aquella extraña afirmación los confundió, e incluso Lily pareció interesarse. ¿Cómo iba a hacer un dibujo sin lápices con exactitud?

Samara no tardaría mucho en demostrárselos.

Tomó el block frente a ella con una mano, y contempló fijamente la hoja en blanco. Alzó entonces su otra mano, y pasó sus dedos lentamente por la hoja, sintiendo su textura. Matilda y su amigo (¿cuál era su nombre?, ¿Cory?) le habían pedido plasmar sus pensamientos en cuadernos como ese, así que sería sencillo. El problema era que siempre las imágenes que creaba terminaban distorsionándose, tomando un aspecto oscuro y aterrador, a veces incluso agresivo.

“Creo que esto que acabas de hacer, y en los dibujos o en tu habitación el otro día, podrían ser sólo reflejos inconscientes de tu estado mental.” Le había comentado el amigo de Matilda (¿quizás se llamaba Tory?) “¿Te sientes molesta o asustada en estos momentos?”

Samara no estaba segura de cómo se sentía en esos momentos. Pero a diferencia de los otros dibujos que le habían hecho hacer casi obligada, ese realmente quería que saliera bien por su propia iniciativa. Quizás con eso el resultado sería diferente.

Colocó entonces toda su palma sobre el papel y cerró sus ojos. Intentó visualizar en su mente la imagen de una hermosa mujer desnuda, pensando que de seguro eso le gustaría a Damien. Aunque no era que tuviera muchas referencias de cómo era el cuerpo de una mujer adulta, más allá de ese dibujo que Esther acababa de hacer, los libros de anatomía con los que estudiaba en su casa, y algunas ocasiones cuando más niña le había tocado bañarse con su madre…

Su madre…

Al pensar en ella, inevitablemente su mente trajo su imagen clavándose aquel bisturí en el cuello, y toda esa sangre brotando de su cuerpo, manchándola para entonces morir en sus brazos.

Los ojos de Samara se abrieron asustada por tal visión, sólo para contemplar que en el papel comenzaba a dibujarse algo. Cientos de líneas negras recorrieron la superficie, marcándola como si la estuvieran quemando. Samara pensó en detenerse, pero los otros tres se habían parado a su alrededor, y contemplaban expectantes y sorprendidos lo que ocurría. Intentó entonces que aquello se tornara un poco más hacia lo que quería originalmente.

La imagen plasmada terminó de formarse, y para su suerte, no era su madre apuñalándose su cuello. Era una mujer en efecto, y aparentemente desnuda… hasta donde se podía distinguir.

Era una imagen caricaturesca, pero aquello no le quitaba la sensación de angustia que causaba el mirarla. Sus brazos y dedos eran anormalmente alargados, y se doblaban de una forma imposible, casi grotesca. Su boca era también más grande lo normal, con dos hileras de colmillos arriba y abajo. Sus ojos eran como manchas de tinta escurriendo en la hoja, y gotas negras bajaban de ellos por su cuerpo como lágrimas de sangre. Sus pechos eran grandes como deseaba, pero en ellos tenía marcas similares a arañazos. Y sus piernas largas se doblaban hacia atrás, como si se hubieran roto al caer con ellas.

¿Esa imagen había venido de ella? No podía entender cómo. Miró entonces sobre su hombro de nuevo al barandal, esperando ver de nuevo a aquel ser que sólo ella veía. Sin embargo, ya no estaba ahí, aunque sabía que no tardaría en volver a aparecer ante ella.

—Vaya, qué buen truco —escuchó como Damien comentaba con asombro—. Te quedó estupendo.

Samara se volteó a verlo, sorprendida por sus palabras. El muchacho se había permitido tomar el bloc para echarle un ojo más de cerca al dibujo, y su rostro parecía maravillado por él.

—¿Enserio? —preguntó Samara, algo apenada.

—No está mal —añadió Esther, inclinándose para también ver la imagen—. Me agrada tu estilo.

—Podría ser el estampado de una camiseta —añadió Damien.

—Para mí fue hacer trampa —musitó Lily, encogiéndose de hombros.

—No le hagas caso, es una envidiosa —comentó Esther de inmediato, riendo un poco.

Las mejillas de Samara se ruborizaron un poco por los halagos, por lo que rápidamente se volteó hacia otro lado y dejó que su cabello le ocultara un poco su rostro; en especial la pequeña sonrisilla que le había surgido de pronto. En ese tiempo nadie le había dicho que le gustaran las imágenes que creaba. Matilda había dicho que eran buenas, pero no le agradaba el sentimiento negativo que cargaban consigo. Pero a ellos tres no parecía molestarles eso, o incluso era posible que les agradara justo por esa misma sensación.

—¿Éste sí me lo puedo quedar? —Preguntó Damien con interés, a lo que Samara respondió asintiendo rápidamente con su cabeza—. Gracias.

Arrancó entonces la hoja del cuaderno, la dobló y la guardó en el bolsillo de su pantalón. Luego le pasó de regreso el block a Esther, prácticamente lanzándoselo para que lo atrapara. Pasó entonces a sentarse en una de las sillas de alberca, justo a un lado de la que ocupaba Esther, y se colocó en una pose cómoda bastante exagerada.

—Bueno, chicas, sólo vine a decirles que probablemente no nos quedemos por aquí por mucho tiempo más. Yo debo volver a mi hogar, a la escuela y esas cosas.

—¿Y nosotras qué se supone que haremos? —Cuestionó Esther.

—Mi intención es que me acompañen, claro.

—¿A dónde? —Preguntó Samara, curiosa.

—A mediano plazo, quiero que se reúnan conmigo en Chicago. Ahí está mi mansión.

—¿Tienes una mansión? —Inquirió Lily, un poco sorprendida. Aunque, viendo el sitio en el que estaban, quizás no debió haberle extrañado tanto.

—De mi familia —respondió Damien—. Chicago y sus alrededores son más mis dominios, y estando allá podremos movernos con libertad. El problema es cómo llegar hasta allá con la asesina más buscada del país —señaló con su mano en dirección a Esther—, y sus dos niñas secuestradas —hizo justo después lo mismo hacia Samara y Lily respectivamente—. Le encargué a Verónica la tarea de buscar cómo hacerlo, lo cual significa que no hará nada, para variar. Así que yo me encargaré de eso.

Dejó su posición cómoda casi acostado en la silla larga, y tomó una más convencional, bajando sus pies al suelo e inclinando su cuerpo hacia ellas como si les fuera a susurrar un secreto.

—Hice llamar a un par de amigos que tienen mucha experiencia moviéndose por debajo del radar a la vista de todo el mundo. Siglos de experiencia, se podría decir. Ya te conté de ellos, Esther; ¿recuerdas? —comentó de pronto con tono de complicidad, destanteando un poco a la mujer de Estonia. Lily la observó de reojo, inquisitiva—. Como sea, ellos podrán darnos una mano llevándolas a salvo a Chicago. Pero primero, voy a ocupar que ustedes y ellos me apoyen encargándose de… ciertas personas.

Aquella enigmática afirmación confundió un poco a las tres chicas, que se miraron dudosas entre ellas.

—¿Qué personas? —Cuestionó Lily, un poco agresiva.

Damien sonrió, divertido.

—Un par de fastidiosos que se han metido conmigo demasiado, y ya no tengo intención de seguirlo tolerando. Y yo sé bien que ustedes tienen mucha experiencia encargándose de ese tipo de gente, y que además lo disfrutan.

El rostro de Samara palideció un poco ante la afirmación, y por un momento pareció querer decir algo, pero se retractó al final, limitándose sólo a mirar a otro lado y que su cabello volviera a esconderla. No quería decir algo que arruinara las cosas; no en ese momento cuando se estaba sintiendo tan cómoda y segura.

—¿Quieres acaso que matemos a esas personas por ti? —Soltó Esther, sentándose también derecha en su silla y virándose hacia él para encararlo de frente—. ¿Ahora somos tus asesinas a sueldo?

—No lo digas cómo si no te interesara, Esther —pronunció Damien con tono burlón—.  ¿Recuerdas lo que probaste el otro día? Podrás obtener mucho si me ayudas con este favor. —Un ligero rastro de sorpresa se asomó en su mirada, y de nuevo aquello fue detectado principalmente por la pequeña Lily—. Pero quizás tengas que compartirlo con mis dos colegas de los que te hablo. Una de ellos tiene facilidad para encontrar personas y podrá decirnos dónde están exactamente.

Esther guardó silencio un rato, al parecer meditando un poco mientras el lápiz en sus dedos tamborileaba un poco sobre el cuaderno.

—¿Y cuando llegan? —Preguntó al final con voz estoica.

—Lo más seguro es que hasta mañana. Así que eso lo conversamos después.

Damien se paró entonces de la silla, estirándose un poco para desperezarse.

—Mientras tanto, ¿qué les parece si les preparo un desayuno?

Esther y Lily no mostraron emoción alguna ante la propuesta. Sin embargo, para su sorpresa, en ese momento Samara dio un paso rápido hacia él.

—¿Te ayudo? —Le preguntó con una radiante emoción, tan extraña en ella que dejó confundidas a sus dos compañeras de cuarto.

—Claro —respondió Damien con elocuencia.

Estiró entonces su brazo en dirección a las puertas, dejándole el camino libre para que ella pasara primero. Samara así lo hizo, caminando despacio delante de él y bajando la mirada apenada. Damien la siguió justo después, y ambos entraron juntos frente a la mirad inquisitiva de las otras dos.

—Parece que la pequeña Samara tiene las hormonas alborotadas por nuestro Anticristo —comentó Esther con una sonrisilla burlona en sus labios—. Crecen tan rápido.

Se acomodó de nuevo como antes en su silla, y volvió a la página anterior de su bloc para así poder continuar con su dibujo. Quizás no podía crear imágenes lascivas mágicamente con tan sólo tocar el papel, pero ella estaba bien con hacerlo al modo tradicional.

Lily por su parte caminó hacia la silla a su lado, tomando la toalla que ahí había dejado para envolverse con ella y secarse. Pese a lo que había dicho antes, en realidad sí le había dado un poco de frío.

—¿Para eso nos trajo aquí? —Se quejó con molestia la niña de Portland mientras miraba en dirección al departamento—. ¿Para qué ahora trabajemos para él?

—Supongo que estaba implícito en su discurso del otro día —respondió Esther, encogiéndose de hombros mientras pasaba el lápiz por la hoja.

—¿Y tú estás bien con eso?

Leena guardó silencio unos momentos, sin apartar su mirada de la imagen plasmada delante de ella. Lily por un momento pensó que no pensaba responderle, pero entonces la escuchó murmurar:

—Es complicado…

—¿Complicado cómo? —Insistió Lily, pero de nuevo Esther guardó silencio, y en esa ocasión parecía que se quedaría así.

Lily tomó entonces la silla y la arrastró hasta colocarla casi pegada a la de ella. Y, envuelta aún en la toalla, se sentó en la silla, inclinada hacia Esther para hablarle despacio y que la pudiera escuchar sin problema.

—¿Qué fue todo eso que te dijo? —Preguntó de pronto, sonando casi como una exigencia—. Sobre esos dos que vienen y lo que… ¿probaste? ¿A dónde fuiste el otro día que te desapareciste toda la mañana?

Esther suspiró pesadamente, y con algo de resignación bajó el cuaderno de nuevo y lo apoyó sobre sus piernas.

—Hagamos esto —propuso Leena, virándose hacia ella con expresión retadora—. Te lo digo si tú me respondes lo que te pregunté el otro día: ¿eres realmente un demonio o sólo una niña con mal temperamento?

Lily la observó, al inicio al parecer molesta por su brusco cuestionamiento. Y quizás de antemano Esther sabía que aquello tocaría algún nervio sensible en ella, y justo por eso lo había mencionado.

—¿Enserio quieres saberlo? —Cuestionó Lily secamente, a lo que Esther sólo la miró fijamente sin decir nada. Lily entonces se recargó contra el respaldo de la silla, y alzó su mirada pensativa hacia el cielo despejado sobre ellas—. La verdad es que no lo sé —pronunció despacio, aunque no con pesar sino más bien con apatía ante su propia afirmación—. Hasta donde comprendo, simplemente nací así, como ese sujeto dijo el otro día. No me maltrataron o me violaron de pequeña para que me volviera como soy. Mis padres no hicieron un pacto con el diablo ni jugaron a la ouija mientras me concebían. Solamente llegué a este mundo con estas habilidades, y estos deseos… Pero nunca tuve un plan en mente, mucho menos quería destruir el mundo o algo así. Antes de que te cruzaras en mi camino, disparando y golpeando como la demente que eres, yo sólo quería cambiar de familia, conocer sus mayores miedos, y hacerlos vivirlos día a día hasta que sus mentes y sus corazones se secaran. Luego, cuando me aburriera de ellos, hacer que terminaran como mis padres; o como Emily.

Se encogió de hombros y  torció un poco su boca, como si aquello que acabara de pronunciar realmente no fuera tan importante.

—Después, ya vería —añadió con normalidad—. No tenía mayor ambición que esa, y eso se mantiene igual.

—¿Y dices que la demente soy yo? —Bromeó Esther, divertida, aunque a Lily le pareció que esa reacción despreocupada escondía algo más de fondo.

—Pero yo sí sé lo que tú deseas en estos momentos —señaló la niña Portland, inclinándose un poco más—, y no es servirle a este principito en sus caprichos.

—¿Lo leíste en mi mente acaso? —Musitó Esther con falsa sorpresa, señalando a su propia cabeza con la punta de su lápiz—. Lo veo difícil, porque ni yo sé lo que quiero en estos momentos, así que no seas presuntuosa.

—Lo que tú quieres es buscar a esos dos hermanos, el chico y la niña —soltó Lily abruptamente, y la sonrisa en los labios de Esther se desvaneció poco—. Los que hablaron mal de ti en las noticias. Son los que se te escaparon, ¿no? De esa última familia en la que estuviste, antes de que te descubrieran; eso sí lo recuerdo de tu horrible relato. Quieres encontrarlos y terminar lo que comenzaste, ¿o me equivoco?

Esther la contempló con una expresión fría y calmada, que en parte Lily presintió se esforzaba de más por mantener. Mientras la miraba, comenzó a girar un poco su lápiz entre sus dedos. Lily intentó detectar si acaso tenía deseos de clavárselo en el ojo por su osadía, pero el veredicto no fue claro.

—¿Eso crees que quiero? —Musitó Esther despacio tras un rato, en apariencia calmada.

Lily soltó una risa burlona, como si aquella pregunta le pareciera, por lo menos, absurda.

—No, creo que destruiste esa televisión del cuarto de hotel porque quieres buscarlos y darles muchos abrazos y besos —ironizó Lily de forma bastante tajante—. Lo creas o no, te entiendo. E incluso podría ayudarte con eso si me lo pidieras.

—¿Ah sí? —Cuestionó Esther, incrédula—. ¿Y por qué harías eso exactamente?

—Ya lo dije: disfruto mucho del sufrimiento ajeno. Especialmente cuando la pequeña felicidad de la gente es hecha pedazos delante de sus incrédulas caritas. Y tu pequeña venganza tiene potencial de tener mucho sufrimiento, ya sea el de esos chicos… o el tuyo. Sea como sea, no me molestaría verlo en primera fila.

—Sí, debe ser eso —susurró Esther despacio, como si intentara convencerse a sí misma de ese pensamiento. Pero justo después de eso, una sonrisita mordaz y confiada reapareció en su semblante—. O, quizás, ya te gustó viajar conmigo y me extrañarías si me fuera sin ti.

Lily reaccionó sorprendida al inicio por tal acusación, y justo después una palpable rabia se hizo evidente en su mirada, que casi atravesaba la cabeza de Esther como un cuchillo. Esto, más que asustarla, pareció divertir a la mujer.

—Oh, la pequeña Lilith tiene su corazoncito después de todo —murmuró Esther con tono burlón, permitiéndose incluso extender su mano hacia ella y pellizcarle su mejilla como a una niña pequeña. Lily no reaccionó nada bien a esto, golpeándola con un manotazo para que le quitara su mano de encima.

—Olvídalo —sentenció secamente, poniéndose rápidamente de pie—. Retiro lo que dije. Púdrete aquí besándole el trasero a este idiota al igual que Samara. No me importa.

Dicho eso, se envolvió por completo en la toalla y se dirigió furiosa de regreso al interior, con la intención de no mirar atrás.

—Hacemos un buen equipo, ¿no crees? —Escuchó a Esther pronunciar de pronto, haciendo que se detuviera un momento. Al mirarla discretamente sobre su hombro, la vio centrada de nuevo en su dibujo como si nada hubiera pasado—. Hay muchas cosas más que podríamos lograr si quisiéramos —prosiguió—; mucho que podríamos aprender la una de la otra. Tu ofrecimiento me interesa, no te mentiré. Lamentablemente, en estos momentos estoy… lidiando con algunas cosas, y necesito quedarme por aquí un poco más. Pero, si tú quieres irte, no creo que alguien quiera o pueda detenerte. O puedes quedarte, y ver con nosotras qué sigue en este pedazo de locura en el que hemos caído. Piénsalo…

Luego guardó silencio de nuevo, mientras deslizaba su lápiz por la hoja del block, bastante concentrada en ello. Lily la observó unos momentos, sin una intención clara de querer responderle. Al final, se giró de nuevo al frente y se largó con la misma prisa que antes. El qué decidiría a partir de esa esporádica conversación, sólo ella los sabría.

— — — —

La vieja van recién adquirida, cuidosamente disfrazada como camioneta de una televisora local, llevaba ya varias horas de ese día estacionada justo frente al elegante edificio de departamentos. Aún no había llamado lo suficiente la atención como para que alguien quisiera llamar a la policía y reportarla, pero era muy probable que sus ocupantes tuvieran que moverse en un par de horas más para no despertar sospechas. Después de todo, Kali Prasad y Charlie McGee tenían bastante experiencia en ese tipo de vigilancias, y tenían algunos conocimientos esenciales para pasar desapercibidas. Y esa, su supuesta última misión, no podía ser la excepción.

Las dos más buscadas del DIC, acompañadas de la joven Abra Stone como su invitada especial, habían arribado a Los Ángeles el día anterior. Habían rápidamente conseguido un nuevo vehículo, una bodega donde guardarlo junto con sus demás cosas, además de un hospedaje más normal en un motel barato pero que no estuviera demasiado lejos del sitio (lo cual no fue del todo sencillo, considerando que estaban en una de las zonas más exclusivas de Beverly Hills).

No tardaron mucho en dar con el paradero de su objetivo, el famoso Damien Thorn; prácticamente todos en Los Ángeles sabían en dónde estaba. Lo que aún no tenían muy decidido era cómo lo abordarían. De momento, la vigilancia silenciosa parecía ser su mejor alternativa.

Mientras sobre sus cabezas Damien y sus invitadas tenían aquella conversación, en la van las únicas presentes eran Kali y Abra; Charlie había salido a comprar algunas cosas para comer y beber. Mientras la vieja Eight estaba pegada a sus monitores, en los que se mostraban diferentes cámaras de seguridad del circuito cerrado del edificio que vigilaban, Abra estaba sentada en el piso, un metro a sus espaldas. Tenía sus piernas cruzadas, sus ojos cerrados, y sus manos posadas sobre sus rodillas en una casi estereotipada pose de meditación. Kali no necesitaba preguntar qué hacía; había repetido lo mismo en varias ocasiones durante su viaje a hasta ahí.

La joven de New Hampshire respiraba profundamente, inhalando por su nariz y exhalando por su boca. Intentaba mantenerse totalmente quieta y concentrada, y para ello ocupaba el mayor silencio posible. Para Kali aquello era más que perfecto; no era que le apeteciera mucho entablar conversación con una adolescente en realidad. No estaba del todo convencida de la decisión de Charlie de traer a esa chica con ellas, pero igual no era como si tuviera mucha opción de quejarse. Normalmente lo que Charlie McGee quería se hacía. Sólo esperaba que cuando el momento de la verdad llegara, realmente supiera lo que estaba haciendo.

«Tío Dan,” pronunciaba la joven en su cabeza con bastante intensidad. Su mente se había ya desprendido de ella, y viajaba mucho más allá de dónde estaba físicamente, intentando alcanzar aquel sitio en el que había estado no hace mucho. “Tío Dan, contéstame; por favor. ¿Estás ahí…?»

Aguardó, esperando recibir algún tipo de respuesta de cualquier tipo proveniente de la persona que estaba intentando contactar. Pero, al igual que en todos sus intentos anteriores, lo único que percibió fue el frío silencio de su campo mental.

Abra soltó un pesado suspiro de frustración. Volvió a abrir sus ojos y pegó su cabeza contra la pared de la van, mirando pensativa hacia el techo.

—¿Aún nada? —Preguntó Kali con disimulado interés.

—No —respondió Abra, derrota—. Debe seguir inconsciente… o quizás está demasiado enojado porque me fui así y no quiere hablarme.

—No sé mucho de tíos, pero no creo que se trate de eso último.

—Pues la verdad preferiría que fuera eso. Al menos significaría que está despierto, y bien…

Cuando dejaron Hawkins, Daniel Torrance aún no reaccionaba, pero su estado era al menos estable. Lo correcto hubiera sido quedarse ahí en la espera de su recuperación, e incluso quizás debería haberle llamado a sus padres, que de seguro tras no haber recibido noticia de ninguno de ellos en días debían estar al borde del colapso nervioso, y quizás ya tenían al FBI buscándola. Abra sabía que tarde o temprano tendría que comunicarse con ellos y decirles que estaba bien (si es que a eso se le podía llamar bien), pero era una llamada que había estado postergando, pues sabía que no sería nada agradable.

Le esperaba el peor castigo de su vida al volver a casa… claro, si es que lograba volver.

Se arrastró por el suelo de la van hacia la ventanilla frontal del vehículo, asomándose un poco el rostro por ésta para ver hacia el edificio delante del cual estaban estacionadas. Era un edificio muy bonito y alto; quizás el más alto que le había tocado ver, al menos de frente y con sus propios ojos.

—¿Realmente él está ahí arriba? —Susurró despacio con curiosidad.

Kali le miró de reojo desde su asiento.

—Según mi investigación, sí —le respondió con voz pesada—. Se está quedando en el último piso, en el pent-house.

Un elegante pent-house, en un alto edificio, en una de las zonas más elegantes de Los Ángeles. Sí, definitivamente aquello sonaba al Damien Thorn que ella había conocido aquella tarde que en esos momentos ya se sentía tan lejana.

Abra siguió mirando por la ventana hacia el edificio de forma pensativa por un rato más, mientras Kali la observaba en silencio.

—¿Puedes sentirlo o algo así? —Le preguntó Kali curiosa, a lo que Abra negó lentamente con su cabeza.

—Nunca he podido notar su presencia hasta que él así lo desea —explicó—. O quizás yo soy la que no quiero hacerlo.

Abra no pudo evitar preguntarse cuántas veces ese sujeto estuvo cerca de ella, físicamente o no, y sencillamente su presencia le había pasado desapercibida. ¿Él tampoco la sentiría a ella? O, ¿sabría acaso que estaba justo ahí? Y si acaso lo sabía, ¿qué le impediría salir de ese edificio, caminar directo a esa camioneta, y…?

La puerta trasera de la van se abrió abruptamente en ese momento, provocando que tanto Abra como Kali saltaran asustadas. Al virarse en dirección a la puerta, ambas divisaron de inmediato el rostro apacible de Charlie, alias Roberta. La reportera traía consigo una base de cartón con tres cafés en ella, y una bolsa de 7Eleven con varios artículos.

Al alzar su mirada hacia sus dos compañeras, la recién llegada notó de inmediato el estrés en sus rostros.

—Tranquilas, soy yo —indicó Charlie con seriedad, cerrando la puerta firmemente detrás de ella—. Les traje café.

—Gracias —musitó Abra, aún sumida en su impresión. Extendió su mano para tomar uno de los vasos, sintiendo el agradable calor que se filtraba por sus paredes.

—¿Y mis cigarrillos? —Espetó Kali casi como exigencia. Charlie la miró de malagana, pero de todas formas metió su mano en la bolsa del 7Eleven y sacó de ésta una cajetilla cuadrada y blanca.

—Toma —musitó la mujer rubia, arrojándole la cajetilla a su compañera que rápidamente la atrapó entre sus manos—. Pero deberías ser un mejor ejemplo para nuestra joven invitada.

—Descuida, no es como que quede mucho de mí que estas cositas puedan matar —señaló Kali con un amargo humor en su voz.

Abra no se dio por aludida al inicio, hasta que notó que Kali le miraba fijamente al tiempo que abría su cajetilla. Supuso, obviamente, que la joven invitada era ella.

—Descuiden, no se contengan por mí —señaló agitando su mano derecha con despreocupación—. Los cigarrillos no me molestan. Al parecer, en mi familia es mucho más preocupante el alcohol… Pero, estoy bien; tampoco bebo.

—Veamos si sigue siendo así luego de que termine todo esto —ironizó Kali mientras encendía su primer cigarrillo (de las últimas horas).

—Kali —musitó Charlie como reprimenda, a lo que la mujer en la silla de ruedas simplemente se encogió de hombros.

Abra no pudo evitar sonreír divertida. Las dos mujeres que eran sus actuales compañeras de aventura le resultaban ciertamente… interesantes. Ambas eran resplandecientes muy poderosas y experimentadas, tanto como su tío Dan, y era evidente que habían pasado por mucho igual que él. Quizás era algo que venía con el paquete de esos poderes. Pero le gustaban sus maneras de ser y como se llevaban entre sí. Esperaba algún día tener una amiga con la que pudiera llevarse así de bien a pesar de los años. Aunque claro, esperaba que las circunstancias de dicha amistad fueran un poco más placenteras que en las que se encontraban ellas dos en esos momentos.

Charlie sacó de la bolsa un paquete de galletas, mismas que le extendió a Abra.

—Toma —le indicó—. No has desayunado nada todavía, ¿o sí?

Galletas y café no era precisamente un desayuno que su madre aprobaría, pero debería de bastar de momento.

—Gracias —musitó Abra, tomando el paquete y abriéndolo casi de inmediato.

Charlie se aproximó entonces de regreso hacia Kali, inclinándose detrás de ella para mirar hacia los monitores.

—¿Alguna novedad? —le susurró con interés.

—Ninguna —respondió Eight con brusquedad—. Según la cámara de seguridad del edificio, una camioneta de Thorn Industries salió ayer a las 11:00, volvió un poco después de las 14:00 horas, y no ha vuelto a salir desde entonces. Y ni siquiera estamos seguras si el chico Thorn iba en ella o no. La buena noticia es que conseguí en una vieja página del edificio estas vistas de cómo es el departamento. Quizás nos pueda servir de algo.

Tras presionar un par de teclas, uno de los monitores mostró un croquis de cómo era, en teoría, el pent-house de la azotea, con algunos renders en 3D aproximados del diseño interior y los muebles. En resumen, se veía amplio, espacioso, y muy bonito.

—Si yo tuviera un lugar como ese, tampoco ocuparía salir —señaló Charlie con sarcasmo.

Abra se aproximó gateando al oír eso para echar un vistazo. Su impresión no fue muy distinta a la suya.

—Del Top 5 más ricos de la nación —murmuró despacio, mientras masticaba una galleta. Una vez que terminó y tragó, preguntó—: ¿Cuál es el plan exactamente? ¿Sólo sentarnos aquí y esperar a que salga?

—De momento, sí —respondió Charlie sin mucho rodeo—. Si es tan peligroso como dicen, no podemos ser descuidadas.

—Además que estamos hablando de un edificio de quince pisos, lleno de personas inocentes —añadió Kali tajantemente—. Tenemos que ser aún más cuidadosas cuando se trata de desencadenar a esta incendiaria —indicó señalando con su pulgar a Charlie—, si no queremos que todo el edificio se haga cenizas.

Aquella afirmación impresionó un poco a Abra.

—¿Tanto así eres capaz de hacer con tus poderes? —Le preguntó a Charlie con cierta reserva, y ésta pareció incomodarse un poco por dicho cuestionamiento.

—No le hagas caso —respondió acompañada de una pequeña risa nerviosa. Guardó silencio unos momentos, dio un sorbo de su vaso de café y añadió despacio—: Pero sí, más o menos.

Abra se le quedó viendo fijamente, entre impresionada e incrédula.

Hasta ese momento Abra sólo había visto pequeñas demostraciones de lo que esa mujer era capaz de hacer. No estaba segura de que aquello pudiera llamarse como tal piroquinésis, o al menos era muy distinto a lo que ella se había imaginado por las películas y novelas. Abra no lo entendía muy bien, pero al parecer Charlie era capaz de generar una energía inusual con su propio cuerpo, capaz de generar grandes cantidades de calor, y expulsarlo como un potente misil hacia un objetivo que ella decidiera. Era impresionante, pero aún le era difícil imaginarse que fuera capaz de hacer algunas de las cosas que Kali o ella habían llegado a comentar. Aunque, definitivamente le gustaría verlo.

Sin embargo, considerando el peligroso enemigo al que se iban a enfrentar, dudaba que atacarlo de frente con un lanzallamas, o una bomba atómica como Kali bien había mencionado en alguna ocasión, sería el mejor acercamiento. Y no sólo por el potencial daño a las demás personas que hubiera en ese edificio, sino porque temía que incluso haciendo tal cosa terminaran por provocarlo más de lo que llegarían a lastimarlo de verdad…

Pero había otra opción, una que de antemano Abra sentía podría tener más probabilidad de éxito, y que era quizás el único motivo por el que estaba en ese sitio en realidad.

Una vez que terminó sus galletas se limpió las migajas de sus manos, respiró hondo, y entonces pronuncio con seriedad:

—Quizás no sea necesario incendiar el edificio. Yo pude sentir como el tío Dan le hizo daño empujando todo su ser contra él, y así lo repelió. No sé si tus poderes puedan lastimarlo o no, pero lo que hizo mi tío me deja claro que no es invencible ante un ataque mental.

—Sí, y tu tío terminó con un derrame y en coma sólo para hacerle ese pequeño daño —señaló Charlie con tan poca delicadeza que destanteó un poco a Abra al inicio, pero ella procuró no dejarse llevar por ello.

—Lo sé —respondió la joven en voz baja—. Pero mi poder siempre ha sido mayor al de mi tío. Quizás, si yo hago lo mismo que él hizo… quizás si lo ataco con todo lo que tengo…

—No, ni siquiera lo pienses —respondió Charlie bastante alarmada, virándose de lleno hacia ella con voz de regaño—. Danny hizo ese gran esfuerzo para protegerte, no para que intentaras hacer lo mismo y terminaras como él o peor. Cuando despierte ya estará bastante furioso de que te haya traído conmigo; ¿qué crees que piense si se entera que te dejé hacer tal irresponsabilidad?

Abra se quedó callada, un poco sorprendida por la forma tan apasionada y firme que le había hecho aquella declaración. Incluso por un momento le pareció haber escuchado las palabras de su tío Dan materializándose en su voz.

La mirada de Charlie se suavizó, y una sonrisa mucho más afable se dibujó en sus labios.

—Descuida —murmuró la reportera, guiñándole un ojo con complicidad—. Sin importar qué tan fuerte sea este sujeto, yo me encargaré de darle su merecido. ¿Está bien?

La joven asintió lentamente como respuesta, aunque fue evidente que no estaba en realidad tan convencida como ella lo parecía.

Al virarse de nuevo hacia los monitores, Charlie se encontró de frente con la mirada inquisitiva, por no llamar acusadora, de Kali totalmente fija en ella. Incluso una sonrisilla astuta se dibujó en sus labios, provocándole una tangible sensación de incomodidad.

—¿Qué? —Le preguntó, defensiva.

Kali simplemente le respondió con un marcado todo irónico:

—¿Danny?

Charlie se sobresaltó sorprendida, y sus mejillas inevitablemente se ruborizaron ante tan evidente acusación. Su lengua se trabó un poco incapaz de dar una respuesta rápida, y en su lugar sus pies se movieron por sí solos hacia la puerta trasera de la van.

—Voy a revisar los alrededores para ver las entradas y salidas del edificio —indicó rápidamente mientras se disponía a salir.

—Anda, haz eso —le respondió Kali con tono burlón, observando cómo huía de esa forma—. Parece que tú tío y ella se hicieron más amigos de lo que sabía.

—No sé cómo pasó —indicó Abra, aún algo distraída en sus propias preocupaciones—. A mí me pareció que se estaban llevando muy mal.

—Así es mi vieja amiga —suspiró Kali, soltando una densa bocanada de humo oscuro—. Cómo sea, mejor hazle caso en lo que te dice. He visto de lo que es capaz, especialmente cuando está enojada. Si ese individuo sobrevive a la rabia de Roberta Manders, es que simplemente no es humano.

—Quizás no lo sea —respondió Abra con voz ausente, posando de nuevo su mirada en la ventanilla, y al alto edificio que desde ella se miraba.

— — — —

Charlie y Kali creían tener bastante experiencia ocultándose y espiando de lejos a sus objetivos. Lo habían hecho por muchos años, y por algo habían logrado mantenerse lo más posible lejos de los ojos y oídos fisgones de aquellos que las perseguían. Y aun así, en esa última misión ninguna previó que ellas no serían las únicas detrás del joven Damien Thorn. Desconocían que desde hacía unos días, alguien más tenía su atención puesta en ese mismo edificio y en ese mismo pent-house. Y, por consiguiente, ésta había terminado irremediablemente también en ellas.

Desde que Charlie salió de la camioneta esa primera vez durante la mañana, el lente curioso de la cámara de tránsito sobre la calle ya la había enfocado. Y esa segunda vez en la que prácticamente había huido, ocurrió exactamente lo mismo. Y desde un cuarto cerrado y oscuro, un grupo de al menos cinco agentes del DIC contemplaban su imagen en los monitores, avanzando por la banqueta.

—Ahí está otra vez —indicó uno de ellos, señalando hacia el monitor. Los otros se aproximaron, mirando el video sobre su hombro. El rostro de la mujer fue encuadrado y ampliado, y una fotografía mucho más clara de su expediente se abrió a su lado, concordando sin lugar a duda los rasgos faciales de ambas imágenes.

—Está confirmado, es Charlie McGee —indicó el mismo agente con seriedad.

En otro monitor se mostraba otra imagen, ésta tomada de un pequeño dron que había estado sobrevolando los alrededor del edificio de forma discreta. En concreto se enfocaba el barandal frontal de la terraza, y la figura de una niña de largos caballos negros parada delante de éste, y mirando al frente, pensativa; casi como si pudiera ver aquello que la estaba grabando. Una foto que acababan de conseguir para cortejarla se desplegaba a su lado, confirmando también su identidad.

—Y la niña en la terraza de Thorn ya fue identificada como Samara Morgan —indicó otro agente—, la niña al cuidado de la Fundación Eleven que fue secuestrada en Oregón.

Una agente de pie detrás de las sillas, se inclinó al frente sobre sus cabezas, para poder ver mejor ambos monitores y las identificaciones que se veía en ambos. Sus ojos miraron la información con incredulidad, en especial el reconocimiento de Charlie McGee. Les habían informado que estuvieran atentos por si se aparecía por ese sitio, pero en verdad no creyó que aquello fuera pasar. E igualmente no creyó que ese otro chico de calificaciones ejemplares y familia ideal, podría de alguna forma estar involucrado con todos esos sucesos que habían estado rastreando desde Portland hasta ahí.

Pero ambas cosas parecían ser ciertas; las pruebas era ya irrefutables.

—Con un demonio —soltó la agente por mero reflejo—. Comuníquenle a la capitana Cullen que tenemos confirmación. Y prepárense, caballeros, que esto muy pronto se va a poner feo…

Los agentes en los monitores se apresuraron a atender la orden.

Ninguno tuvo duda alguna de que aquella advertencia que acababan de lanzarles.

FIN DEL CAPÍTULO 88

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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