Original Monique Devil – Capítulo 01. Trabajos normales y vidas normales

20 de enero del 2021
Monique Devil - Capítulo 01. Trabajos normales y vidas normales

Monique Devil

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 01.
Trabajos normales y vidas normales

El protocolo que rige este tipo de historias determina que debería comenzar diciéndoles que nuestra protagonista, de nombre Monique Devil, es una chica normal de quince años. Que va a la escuela, convive y se divierte con sus amigos, le gusta la música, estudiar y los deportes. Que tiene los problemas usuales de una chica de quince años, y las preocupaciones comunes que vienen de la mano con estar a unos pasos de convertirse en una mujer adulta.

Pero, aunque algunas de esas aseveraciones serían en efecto correctas, lo cierto es que Monique no es una chica normal; de hecho, está bastante lejos de serlo. Pero, siendo justos, lo que la vuelve tan inusual no es directamente su culpa, sino de sus padres: Harold y Amanda Devil (esta última conocida anteriormente como Amanda Sanctis).

¿Y qué tendría de anormal ser hijo de Harold y Amanda Devil, más allá de su apellido? Bien, si han llegado a este punto es probable que hayan tenido que leer la pequeña narración del Sr. Devil al respecto, y quizás aquello les haya bastado para comprender de qué estamos hablando. Pero si acaso no es así, permítanme complementarles un poco el contexto en el que nos estamos moviendo.

 Primero debemos recordar que, aunque a veces lo olvidemos, todos los padres tienen su pasado; la historia de sus vidas previas a cuando naciéramos. Y Harold y Amanda no son la excepción.

Harold, por ejemplo, dieciocho años atrás fue conocido como el Gran Señor del Mal, un título que no se le da a cualquiera y no debe ser tratado a la ligera. Después de todo, en aquel entonces estuvo incluso a punto de dominar el mundo. De haber tenido éxito, quizás en estos momentos su cara alargada y grisácea estaría en los billetes, y en las escuelas se enseñaría su historia. Pero no fue así, pues como le suele ocurrir a los Señores del Mal, termino siendo derrotado por un héroe (heroína en este caso), y ahora muy pocos recuerdan que aquel suceso siquiera ocurrió.

“La historia la escriben los ganadores,” dicen algunos.

Por su parte, Amanda era miembro de la Orden de los Caballeros de la Luz; básicamente una orden de caballeros mágicos encargados de combatir las fuerzas del mal. Y fue ella precisamente la heroína que derrotó y despojó de sus poderes a Harold. Y, de cierto modo, quién salvó al mundo de tal destino.

Y ese podría haber sido el final de la historia; los héroes ganan, los villanos pierden, y todos felices. Sin embargo, éste es de hecho apenas el inicio. Pues de alguna forma que a Monique aún no le quedaba claro (y de momento a nosotros tampoco), Harold y Amanda, una vez mortales enemigos, terminaron enamorándose. E incluso un poco después de aquel combate, ambos terminaron contrayendo nupcias.

Monique Devil - Capítulo 01. Trabajos normales y vidas normales

Típico, ¿no es así?

Por obvias razones, no todos sus familiares y amigos estuvieron de acuerdo con el matrimonio. La idea de que un Señor del Mal y una de las más grandes heroínas de mundo se unieran de esa forma, era simple inverosímil, y les dieron la espalda. Así que ambos tuvieron que elegir entre seguir siendo partes de sus respectivos clanes o seguir con su insólito amor.

En este punto es evidente qué eligieron.

Así que, a partir de ese omento, ambos tuvieron que apartarse de sus antiguas vidas, para conseguir trabajos normales y vidas normales… o, al menos lo más normales que dos sujetos como ellos podían ser.

Harold usó sus habilidades de liderazgo, y falta de escrúpulos, para convertirse en gerente comercial de una gran empresa. Sorprendentemente le fue muy bien en ello. Pero claro, hay viejas costumbres difíciles de olvidar.

En su primer día en la última empresa en la que trabajó, Harold se presentó ante su nuevo equipo de ventas, el cuál lo recibió con bastante ánimo.

—¡Es un placer conocerlos a todos! —exclamó Harold con entusiasmo, una vez que estuvieron todos reunidos en la sala de juntas. Él estaba de pie delante de la larga mesa, y todo el resto del equipo lo miraban desde sus asientos—. Gracias por su cálida bienvenida. Y ahora que estoy aquí, les haré una promesa. Y la promesa es que seremos el mejor departamento de ventas de esta empresa, ¡y del mundo entero! Y les prometo —su semblante y cambió bruscamente, y sus labios se estiraron en una larga y grotesca sonrisa maligna—, ¡qué aplastaremos, destruiremos, y acabaremos por completo con nuestra competencia!, ¡sin excepción alguna! ¡Hasta que no queden ni las cenizas de nuestros enemigos y nos alimentemos de sus patéticas almas!

Volvió casi de inmediato a su estado jovial anterior, y concluyó:

—En sentido figurado, claro.

Harold sonrió satisfecho por su discurso, mientras el resto de los presentes en la sala lo observaban perplejos… y asustados.

—Entonces —musitó Harold con más calma—, ¿hay alguna pregunta?

Más de la mitad de las personas en la sala alzaron sus manos de golpe.

—¿Alguna pregunta que no tuviera que ver con mis cuernos o mi capa?

Poco a poco todos fueron bajando sus manos, hasta que ya no quedó ninguna alzada.

—¡Perfecto! Entonces, vamos a trabajar…

Y ese fue el día más normal mientras estuvo trabajando ahí.

Por otro lado, Amanda decidió usar sus deseos por ayudar a las personas, y se convirtió en doctora; un trabajo noble para un noble caballero. Sin embargo, se podría decir que a veces le es un poco difícil diferenciar entre ayudar a las personas curándolas de enfermedades y males, y ayudarlas matando monstruos y demonios.

Cierta tarde, por ejemplo, acudieron a su consultorio una madre y un niño de diez años, o quizás un poco menos. El niño necesitaba una inyección, y se portó bastante reticente a aceptarla de buena gana, hasta el punto de hacer un berrinche.

Que los niños le teman a las inyecciones es común, y un doctor experimentado suele tener la paciencia y la experiencia para saber lidiar con esa situación con sensatez y delicadeza.

Amanda no es ese tipo de doctora.

En cuanto el niño se puso difícil, lo tomó fuertemente de la muñeca, le dobló el brazo en su espalda y lo pegó contra la camilla del consultorio, sometiéndolo como bien habría sometido a un mortal enemigo.

 —¡Auh!, ¡me duele! —exclamó el chico, con genuino dolor en su voz, y sin posibilidad de poder zafarse de tal llave.

Su madre miró aquello confundida y asustada. E indecisa le murmuró despacio:

—¿Esto es necesario, doctora?

Amanda no prestó atención a la queja de la madre. Y mientras sujetaba al chico con una mano y con la otra preparaba la jeringa, declaró fervientemente:

—¿Dolor, dices? Cuando una serpiente carmesí del Submundo te muerda, y sientas su veneno corroer tus ventas por dentro, entonces hablaremos de dolor, jovencito.

—Tal vez debamos llamar a otro doctor… —añadió la madre, aún más preocupada por tal declaración.

—No se preocupe, ya lo tengo bajo control —señaló Amanda con confianza, y entonces tomó firme la jeringa con su mano libre… empuñándola como si de un cuchillo se tratase—. Bien, no te muevas. Esto sólo te dolerá por dos o tres semanas.

—¡¿Semanas?! —espetó el niño con terror, un instante antes de que la aguja se encajara en su brazo, y su grito se oyera por todo el hospital.

Hubo mucho papeleo y aclaraciones que hacer ese día.

No era una vida perfecta, pero era una vida casi normal. Y eso pareció resultarles más o menos bien por un tiempo. Pero las cosas se complicaron un poco cuando se convirtieron en tres.

La pequeña Monique Devil nació a mediados de su tercer año de casados, y el parecido con la familia de su padre fue innegable: su piel gris, su cabello azul, y su ahora característico cuerno sobresaliendo del costado izquierdo de su cabeza. De bebé era apenas apreciable, pero conforme fue creciendo el cuerno lo fue haciendo también.

Debido a estas características, Harold pensó inmediatamente que Monique podría haber heredado sus poderes como Señor del Mal, y que tenía en efecto el potencial para convertirse en su sucesora y continuar con el legado de su familia. Y entonces, en cuanto pudo, Harold comenzó a enseñarle a su hija todo lo que debía saber sobre ser el Señor (¿o Señora?) del Mal; a espaldas de su esposa, claro.

Cuanto Monique tenía cuatro años, Harold se encargó de informarle de toda la variedad de habilidades y hechizos que tenía a su disposición, de todas las armas y objetos malditos que podría usar en su beneficio, y de la estructura misma del Submundo. Sin embargo, como toda niña de esa edad, Monique tenía poco o nulo interés en estudiar cosas aburridas que no entendía siquiera qué tenían que ver con ella.

Así que, mientras Harold le soltaba toda aquella verborrea de conjuros y maldiciones, Monique se limitaba a recostarse de pansa en el suelo de la biblioteca de su padre, a dibujar y colorear como cualquier otra niña de cuatro años sin un cuerno haría.

—Y con este hechizo puedes convertir a todos tus enemigos en sapos asquerosos —espetó Harold con ferviente orgullo.

Sip —respondió Monique en voz baja, mientras pasaba su crayón café por la hoja blanca.

—Y con este otro podrás hacer que les llueva espadas encima.

Sip.

—¡Oh!, ¡y con éste podrás invocar a una de las bestias más horribles Submundo!, ¡Y así podrás convertirse en un destructivo y mortal Dragón Negro!

Sip.

—Pero quizás esto sea aún demasiado avanzando.

—Ajá…

—¿Me estás escuchando, Monique? —Preguntó Harold con curiosidad, agachándose delante de ella.

Nop —respondió Monique con bastante indiferencia—. ¿Quieres ver el dibujo que hice, papi?

—¡Oh!, muéstrame qué horrible y malévola atrocidad has ilustrado, querida mía —pidió Harold con emoción.

Monique se puso de rodillas, y alzó su hoja delante de ella para mostrarle el dibujo, que se componía de tres figuras hechas enteramente con rayones de crayón.

—Ésta soy yo, éste eres tú, y éste es un hámster que puse porque me pareció bonito —indicó la pequeña, señalando a cada uno de los miembros de la imagen.

Aunque Monique no tuviera interés alguno en las lecciones de su padre, igual las recibía sin chistar. Y poco a poco algunas de esas cosas se le fueron pegando. Y, efectivamente, parecía que había algo de magia malvada recorriendo sus venas después de todo; ella fue la más sorprendida al darse cuenta de ello. La segunda fue su madre…

Amanda había descubierto las lecciones de Harold tiempo antes. Pero fue hasta que Monique tuvo seis años, y mostró por primera vez aptitudes reales de magia oscura, que decidió actuar.

Ninguna hija suya sería Señora del Mal mientras pudiera evitarlo. Así que sin que Harold, y de paso Monique, pudieran decir algo en contra, ella también comenzó a enseñarle a su hija como ser una heroína como lo fue ella.

Las lecciones de Amanda se basaban casi enteramente en la forma en la que ella misma había sido entrenada desde muy pequeña. Consistía claro en ejercitar su cuerpo y mente con ejercicio y meditación constante… Pero, mayormente, lo que hacía era enseñarle cómo usar una espada, hacha o arco, especialmente en un combate real.

Y si las lecciones de su padre le resultaban aburridas, las de su madre para Monique eran aburridas y dolorosas…

Amanda era tan estricta como un sargento del ejército, y en parte se podría decir que lo era. Solía hacer que ambas se levantaran muy temprano a correr una larga distancia hasta el parque (pero, por supuesto, no el que estaba cerca de su casa) en done entrenaban movimientos nuevos con la espada durante varias horas, hasta que Monique lo dominara a la perfección.

—Y haciendo un corte en este ángulo, puedes cortar la cabeza de la Hidra de tajo —le explicaba su madre mientras movía lentamente su espada hacia el frente. Ambas con trajes deportivos y espada en mano—. ¿Ves?, pon atención al movimiento de mi muñeca. Ahora, vuelve a la posición de inicio, de atrás hacia adelante.

Monique tenía que imitar lo más posible los movimientos de su madre, una y otra vez, hasta el punto que sus brazos y piernas comenzaban a dolerle por todo el esfuerzo.

—¿Podemos parar, mami? —Pedía Monique casi suplicante—. Ya me cansé…

—No hasta que hagas cien repeticiones más.

—Pero ya casi es hora de que empiece My Little Bunny.

—Monique, tú eres una guerrera de la justicia y del bien; no puedes ni debes ver esa caricatura del Demonio.

¿Cómo discutir contra esa lógica?

Y así fue la vida de Monique Devil sus primeros quince años. Además de aprender lo que otras niñas aprendían como matemáticas, lectura, geografía, computación y demás, le había tocado aprender también sobre magia que retorcía huesos, alimañas que bien mezcladas daban un efecto mágico deseado, cómo cortar un cuello con una espada, o machacar un cráneo con un hacha, o a saltar tres metros en el aire, y saber aterrizar luego de ello sin romperse las piernas; a volar con un dragón, a como limpiar sangre de monstruo del cabello, los diferentes tipos de insectos del Submundo que podrían meterse dentro de tu piel y comerte por dentro…

En fin, dejémoslo en que Monique Devil no tuvo una niñez o pubertad convencional.

Y encima de todo ello, siempre se le hizo muy difícil hacer amigos. Más allá de su inusual apariencia o sus excéntricos padres, los niños solían tener miedo de estar cerca de ella por las cosas tan… extrañas que ocurrían a su alrededor.

Y es que Harold no era el único que pensaba que Monique podía ser el nuevo Señor del Mal. Por ello, frecuentemente aparecían ante ella criaturas que buscaban reclamar el trono, intentando destruirla… y a su escuela… casas de compañeros… parques de diversiones… y cientos de autobuses escolares.

Como esa ocasión cuando a mitad de un importante examen, un ogro del tamaño del edificio de la escuela hizo gran agujero en el techo de su salón, asomó su enorme cabeza rojiza por él, y gritó con la potencia de un relámpago: «¡¡Monique Devil!!, ¡¡he venido a derrotarte!!»

Ni cómo disimular que no era a ella a quién buscaba. Y el incidente ni siquiera les sirvió para poder exentar el examen.

Así que para bien o para mal, Monique se acostumbró a estar sola, a aceptar lo que sus padres le daban, e intentar fuera de su casa ser lo más normal e invisible posible. Pero claro, cuando tienes piel gris y un cuerno, y te persiguen monstruos del Submundo constantemente, eso es difícil de lograr a la larga.

Pero bueno, nadie puede saber lo que el futuro traerá de aquí en adelante, ¿cierto? O, quizás hay alguien que sí podría saberlo…

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Monique Devil. Hace dieciocho años, Harold Devil, el último Gran Señor del Mal, estuvo a punto dominar el mundo entero, hasta que fue derrotado y despojado de sus poderes por la heroína Amanda Sanctis. Pero en un giro inesperado, ambos terminaron enamorándose, y casándose justo después de terminada su pelea, obligándolos a apartarse de sus amigos y familia, y vivir una vida normal, en una casa normal, y con trabajos normales.

Tres años después, nació Monique, su primera y única hija, quien heredó la peculiar apariencia de su padre, y las habilidades de ambos, lo que la ha llevado tener que seguir el camino de alguno de los dos: como la nueva Señora del Mal o como Heroína de la Justicia. Sin embargo, Monique no tiene interés en ninguno de los dos, y lo que más desea es ser una chica normal, tener amigos, ir a la escuela y estudiar. Pero eso parece ser prácticamente imposible, pues a dónde quiera va, pareciera que el pasado de sus padres la persiguiera.

¿Cuál es el futuro que le depara a Monique Devil? ¿Será una villana?, ¿una heroína?, ¿o sencillamente una chica común? Sigan sus curiosas y divertidas aventuras en compañía de sus amigos y sus padres, mientras intenta descubrirlo.

+ Historia y Arte © Eliacim Dávila

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