Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 87. El plan ha cambiado

17 de enero del 2021

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 87. El plan ha cambiado

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 87.
El plan ha cambiado

Argyron Stavropoulos fue en algún momento uno de los hombres más ricos de Grecia, y quizás de todo Europa. Sus negocios eran muy variados, pero su enfoque había sido principalmente los bienes raíces. Poseía propiedades en casi todo el mundo, incluyendo la antigua pero lujosa casa en la que habitaba desde ya hacía dos décadas, en el sureste de Atenas a la falda del monte Himeto. En su juventud fue conocido como un hombre apuesto y galante; todo un conquistador y mujeriego, con una radiante sonrisa capaz de encantar a cualquiera. Acostumbraba dar grandes fiestas en sus varias mansiones, en las que se codeaba con la élite más sobresaliente de Europa y América, así como con los actores y actrices más famosos.

El señor Stavropoulos era sin lugar a duda un hombre poderoso, envidado y adorado, que todo el mundo deseaba tener como amigo y aliado. Sin embargo, la verdad era que sus mejores días de gloria habían quedado ya muy lejos, y poco quedaba de aquel imponente y temido magnate y negociador.

A sus ochenta y un años, Argyron se encontraba ya imposibilitado para caminar. Su rostro se había arrugado marcadamente, y ya no quedaba nada de su brillante y elegante cabellera oscura, sino apenas unas pequeñas malejas canosas en los costados de su cabeza. Sus manos le temblaban tanto que le era casi imposible comer por su cuenta, beber agua o siquiera escribir. Nunca se casó o tuvo hijos (legítimos), y todos sus conocidos más cercanos hacía mucho que se le habían adelantado. La mayor parte de su tiempo la pasaba encerrado en esa casa, solo con sus sirvientes; el jardinero, el cocinero, su enfermera de día, su enfermera de noche, su ama de llaves, y su asistente que se paraba por ahí una o dos veces por semana, principalmente para pedirle su firma en algún papel que apenas podía entender para ese punto.

Para algunos aquello podría resultar triste, pero en realidad Argyron no tenía remordimiento alguno en su consciencia. Vivió justo como deseaba vivir, y se le fue dado todo lo que se le prometió a cambio de la fidelidad a su Señor. Él le dio todo lo que había obtenido a lo largo de su vida, y Argyron a cambio se dedicó a hacer su voluntad. Su situación actual no era motivo para deprimirse o para que su fe decayera. Él sabía que todo aquello sólo era una muestra de que ya no había más que esa vida pudiera ofrecerle, o él a ella. Pero en la siguiente, todo se le sería compensado, y más…

Por Argyron siempre había sido un fiel soldado, y lo sería hasta el último momento.

Ese día en particular de noviembre, hubo un curioso cambio en su usual rutina. A media tarde recibió una visita inesperada, muy diferente a las personas que habitualmente se paraban por ahí. Argyron se encontraba sentado en una mesa en el jardín interior de la casa, tomando un poco de sol, mientras de vez en cuando tomaba un pedazo de pan con sus manos temblorosas y lo arrojaba hacia la familia de patos que vivían en el pequeño estanque artificial que había hecho construir ahí mismo en el jardín. Siempre que se sentaba en esa mesa, los patos se le aproximaban y lo rodeaban, ansiosos por recibir su ración del día. Lo que reveló la presencia de su visitante inesperado, fue precisamente la reacción de los patos. Repentinamente parecieron alterarse, comenzar graznar como locos, a revolotear y a alejarse de él.

Aquello ciertamente conmocionó a Argyron, que nunca los había visto comportarse de esa forma. Comprendería el porqué de esto poco después de escuchar aquella voz a sus espaldas:

—Hola, Argyron. ¿Cómo estás, viejo amigo?

El viejo millonario se viró hacia atrás a como su cansado cuerpo le permitió, y ahí lo vio. De pie a unos metros de él, con su cabello largo cayendo libremente en sus hombros, y su barba anaranjada perfectamente recortada y arreglada, y vistiendo una brillante camisa azul oscuro semi abierta, y unos jeans ajustados color negro.

Ya sabía quién era incluso desde antes de mirarlo, con tan sólo escucharlo hablar.

—Adrian… —murmuró sorprendido, pero a su vez maravillado por tal aparición.

El recién llegado se viró hacia la ama de llaves, que le había hecho el favor de guiarlo hasta ahí, y le indicó que por favor los dejara solos. La mujer sólo agachó la cabeza y se alejó sin protestar. De todos los sirvientes actuales de esa casa, ella era la que más tiempo llevaba sirviendo a su jefe, y quizás la única que conocía la verdadera relación que existía entre éste y el famoso cantante y actor Andy Woodhouse. Por qué claro, que una persona como él visitara a Argyron Stavropoulos, no resultaba nada raro. Pero lo cierto era que ambos se conocían de mucho, mucho tiempo más atrás de lo que la mayoría sabía. Se podría decir que Andy conocía aquel hombre de toda su vida, literalmente.

Una vez que la mujer se retiró, Andy avanzó hacia la mesa y se sentó en la silla justo delante de la de Argyron. Éste lo contempló fijamente con una enorme sonrisa en los labios, que posiblemente no había esbozado en años.

—Mi señor… —murmuró Argyron, agachando la mirada con sumisión—. Me honras con tu presencia…

—También me alegra verte —respondió Andy indiferencia, y con un ademán de su mano le indicó que levantara la cabeza, y así lo hizo—. Te ves bien —mintió disimuladamente, pues la verdad era que su aspecto decaído le provocaba cierto malestar con tan sólo verlo—. Lamento tener que molestarte en tu retiro, pero eres el único al que puedo acudir.

—No hay mucho en lo que te pueda servir ahora, mi señor —lamentó Argyron, agachando de nuevo la vista—. Mi mente y mi cuerpo ya no son lo que eran antes. Lo único de valor que me queda son mi dinero y mis influencias, que no me bastaron para tener un final más digno que mis otros camaradas.

—Yo creo que aún hay bastante en ti que me puede ser útil —señaló Andy con optimismo. El cantante introdujo entonces su mano en el interior del bolsillo derecho de su pantalón, sacando de éste un pedazo grueso de papel. Al desdoblarlo, reveló que se trataba de hecho de una foto rectangular, misma que colocó en la mesa delante de su anfitrión—. Esta niña, ¿te suena de alguna parte?

Argyron observó aquella foto, confundido. Extendió una mano hacia un lado de la mesa para tomar sus gruesos anteojos y colocárselos. Luego sostuvo como pudo la foto delante de su rostro con sus manos temblorosas, intentando enfocar lo mejor posible su cansada vista. Logró distinguir entonces que se trataba de una niña, de once o dos años, de rostro pálido y ojos oscuros, con cabello largo y lacio que caía suelto al frente cubriendo sus hombros. Miraba hacia la cámara algo inexpresiva, mientras tenía su mano colocada sobre lo que parecía ser el lomo de un cabello de pelaje café.

La observó por casi un minuto con rostro reflexivo, pero luego simplemente bajó la foto de nuevo a la mesa, se quitó sus lentes y respondió:

—No, lo siento. ¿La conozco? Mi memoria ya no es lo que era antes…

Andy suspiró un poco decepcionado, pero no derrotado.

—Su nombre es Samara Morgan —le indicó con firmeza—. Nació hace doce años en un convento de monjas en Washington, en los Estados Unidos. Su madre era una joven sin apellido ni pasado llamada Evelyn. ¿La conoces?

—No he estado en los Estados Unidos en mucho tiempo, Adrian —respondió Argyron, un tanto defensivo—. ¿Por qué me lo preguntas?

—Ella está en un sanatorio mental, totalmente carente de sus facultades y de su memoria. —Se encogió de hombros mientras contemplaba al hombre delante de él, inquisitivo—. No lo sé; me sonó al tipo de cosas que Roman hacía para deshacerse de las madres que le estorbaban.

El  rostro de Argyron se frunció en una marcada expresión de molestia por tal comentario, que si acaso intentaba ser una indirecta no resultó serlo en lo absoluto. Su mirada severa se posó en él, como la había hecho hace muchos años las de Roman y Minnie Castevet, y otros varios maestros que a lo largo de su vida fueron enseñándole todo lo que ellos creían debía saber. Andy odiaba esa mirada, y ya estaba bastante lejos de necesitar que otro de esos viejos brujos se sintiera con las cualidades para reprenderlo. Pero, para bien o para mal, él era quien había ido ahí en busca de ayuda; así que decidió de momento quedarse callado.

—Roman lleva décadas muerto —pronunció Argyron casi como una reprimenda—, y yo apenas un poco menos postrado en esta silla y encerrado entre estas paredes. Ya todos los demás han muerto también; soy el último que queda de mi amada Aquelarre. Así que tu acusación está absolutamente de más: yo no sé nada sobre esta niña o su madre. Si busca a alguien a quien acusar, te recomiendo buscarlo en otro lado; alguno de tus subordinados actuando de nuevo por su cuenta, por ejemplo.

—Créeme, esa es mi segunda opción —indicó Andy con tranquilidad—. Pero no es necesario ponernos a la defensiva. Mi intención al venir aquí no es picar viejas heridas.

—Eso dices, pero no pierdes oportunidad para reclamarme por lo ocurrido a esa chica, Rosemary. —Esa mención tan directa a su madre, y de manera tan despectiva, por un momento hizo flaquear el semblante calmado de Andy, pero se contuvo—. Pero no me malinterpretes. Con todos mis hermanos muertos, si volcar tu enojo en mí te satisface de alguna forma, entonces recibiré tus palabras con placer, mi señor. Pero nunca me retractaré de lo que ya he dicho: todo lo que hicimos fue por tu bien; para que cumplieras tu destino y pudieras recorrer el camino que te fue marcado. Y si tuviera que hacerlo de nuevo —golpeó en ese momento la mesa con una fuerza tal que uno no esperaría esas viejas manos aún tuvieran—, lo haría con gran placer y fidelidad a la gran causa.

Los dedos de Andy tamborileaban sobre la superficie de la mesa mientras él hacía tan ferviente declaración. Cuando terminó, todo su semblante se veía sereno, pero sus dedos se cerraron en un puño, apretándose tan fuerte que sintió que sus dedos casi lastimaban su palma. Pero igual que antes, intentó que aquello no lo dominara.

—Como dije, no vine a hablar de eso —musitó Andy con aparente indiferencia—. Mis asuntos son otros.

Señaló entonces con su dedo hacia la fotografía en la mesa, intentando que la atención de su anfitrión regresara al tema inicial. Argyron volvió a mirar a la niña en la imagen, tan intrigado y confundido como si fuera de nuevo la primera vez que la veía.

—Ya te lo dije, no sé nada al respecto —repitió Argyron, notándosele ya algo agotado; más mental que físicamente—. ¿Quién es esta niña? ¿Qué tiene de especial para ocupar tanto tu atención, mi señor?

Andy se volteó distraído hacia un lado, en dirección al bonito jardín de la casa. Se veía que Argyron tenía a un buen jardinero dándole mantenimiento seguido. Pero lo que tenía más atraída la atención del cantante era justamente el estanque artificial, donde algunos de los patos se encontraban nadando o remojando sus cabezas. A pesar de la presencia de las aves, el agua se veía tan tranquila, y espejeaba en su superficie el cielo y las plantas que lo rodeaban. Era una bonita vista, digna de algún oleo. Sin embargo, a Andy aquello le traía otro tipo de imagen a la mente; una que distaba bastante de ese bonito paisaje.

—Te contaré algo que no le he dicho a nadie, Argyron —dijo de pronto, volviéndose de nuevo a su anfitrión—. Ni siquiera a John. Y espero contar con tu discreción, aunque no es como que puedas hablar con demasiada gente por aquí después de todo.

Argyron no respondió, y se limitó a sólo agachar la cabeza, aceptando sus palabras.

Andy se cruzó de piernas, y comenzó a hablar con la misma voz clara y fluida que solía usar en sus entrevistas o discursos motivacionales. Mientras lo hacía, no miraba a su único oyente, sino que seguía viendo el estanque y los patos, que poco a poco se iban pintando de gris, y convirtiéndose justo en aquella imagen que tanto le obsesionaba en esos momentos.

—En el año 2000, un poco antes del nacimiento de Damien, tuve una visión —indicó abruptamente, jalando en ese mismo instante toda la atención de Argyron, si es que algo de ella le hacía falta—. En ella, yo estaba parado en una playa, con arena oscura como las aguas del mar delante de mí. Todo estaba en tinieblas, pero aun así logré ver que en el agua flotaban cientos, quizás miles… de cadáveres. Hombres, mujeres, niños, ancianos; de todo tipo de razas y tamaños. Era una escena sacada del mismo Apocalipsis, o quizás de alguna pesadilla. Como fuera, al principio pensé que era sólo un aviso de lo que vendría con la próxima llegada de Damien.

Detuvo unos momentos su narración, intentando acomodar sus ideas.

—Pero entonces la vi… una figura, alzándose del agua, caminando hacia la orilla y hacia mí, abriéndose paso entre todos aquellos cadáveres que la flaqueaban como una guardia de honor. Era una niña, que usaba un vestido blanco y sucio, y su cabello era negro, lacio y muy largo. Caminó hacia mí encorvada, casi tocando la arena con sus manos. Yo no me moví; mi cuerpo no me respondía, como si en realidad no fuera mío. Esa niña se paró ante mí, y entonces me volteó a ver, con sus ojos nublados carentes de cualquier rastro de vida en ellos. Su rostro era deforme, arrugado y pálido. Y en verdad… sentí miedo al verlos.

Pasó su mano nerviosa por su rostro, sorprendiéndose de que aún con tan sólo recordarlo ésta le temblaba un poco, como le había ocurrido aquella vez. Apretó su puño con fuerza para intentar mitigar aquella reacción.

—Aquella imagen me hizo pensar en ese pasaje —prosiguió—: «Miré, y vi un caballo amarillento, y el que lo montaba llevaba como nombre Muerte, y el Infierno mismo lo seguía de cerca. Y se le dio poder sobre la cuarta parte del mundo, para matar con guerras, con hambres, con enfermedades y con las fieras de la tierra.» El Jinete de la Muerte…

El rostro pálido y demacrado de aquel ser, envuelto en la negrura de sus largos cabellos, se volvió vivido en su mente, como si estuviera de pie en ese jardín observándolo tal y como la vio en su visión. Se había quedado tan bien grabado en su memoria, que lo recordaba con perfecta exactitud.

—Pero supe de inmediato que no era eso, sino algo más —pronunció, virándose de nuevo hacia el hombre anciano delante de él—. Pero que igualmente cubriría al mundo de cadáveres, así como aquel mar. Nunca supe qué significaba, y con el tiempo sencillamente lo dejé pasar. Pero entonces vi esta foto —indicó mientras señalaba con su dedo a la foto de la niña en la mesa—, y justo al hacerlo toda esa visión vino a mi mente completa, como si la acabara de ver por primera vez. Ella es la niña que vi, no tengo duda alguna de ello. Y ahora parece que de alguna forma Damien y ella acaban de cruzar sus caminos, y sé que eso no es ninguna coincidencia; nada en todo este asunto lo es. Por eso necesito saber quién demonios es, para saber a qué me estoy enfrentando. No hay nadie como ella descrita en el plan trazado por Marcato, a menos que…

Hizo en ese momento una abrupta pausa. Un pensamiento repentino le cruzó de pronto la mente, uno que quizás había remotamente considerado anteriormente, pero que en realidad no había llegado a tomar una forma completa hasta ese mismo instante.

—A menos que sea uno de nosotros siete —señaló perplejo tras un rato.

—Eso es imposible —respondió Argyron rápidamente, incluso irritado por la sola sugerencia.

Era bien sabido por los integrantes de la Hermandad que había muchos secretos bien guardados que no se le compartía a todos; no serían una buena organización secreta si no fuera así. Sin embargo, ninguno de los otros secretos se comparaba a ese; uno que sólo conocían tres personas con vida, y dos de ellas estaban sentadas en esa mesa en ese momento.

—Si no está contemplada en el Plan, no existe —declaró Argyron fervientemente, notándosele por un momento la misma intensidad y fuerza de su juventud—.  O, más bien, no tiene importancia. Damien se convertirá en el único conquistador del mundo; ustedes seis serán sus cabezas, y los diez Apóstoles sus coronas. El Gran Plan así lo dice, y debe seguirse paso a paso. Las distracciones, todas ellas, deben ser eliminadas.

—Lo sé, el Plan, el Gran Plan… —masculló Andy, un tanto encrespado. Se inclinó entonces un poco hacia el magnate, contemplándolo muy fijamente—. Pero, ¿y si el plan ha cambiado?

Aquel cuestionamiento flotó en el aire a su alrededor como una amenaza latente. Argyron lo contempló en silencio, sin reaccionar abiertamente de alguna forma.

—Marcato recibió estas instrucciones ya hace más de un siglo —explicó Andy—. Hemos pasado años siguiendo sus palabras, convencidos de que era el único camino y lo que nuestro Amo deseaba; lo que mi Padre deseaba. ¿Y si el plan cambió? ¿Y si las fuerzas que controlan todo esto han decidido cambiar el rumbo de lo que vendrá? ¿Y si esta niña es el inicio de algo mucho más grande que no teníamos contemplado?

—Si ese fuera el caso, una señal nos habría sido enviada —contestó Argyron, con una seguridad bastante insólita—. Una señal mucho más clara que tu visión tan ambigua.

—Quizás sí la hubo, pero no la vimos por estar perdidos en nuestra arrogancia…

—El Plan debe seguir tal y como fue dictado —declaró Argyron, con la misma firmeza que usaría un juez al dictaminar su sentencia final—. Quien quiera que sea esta niña, no es importante. Si representa un peligro o una distracción, elimínala cuanto antes y asegúrate de que Damien y los otros sigan adelante como hasta ahora. Esa es tu misión en este mundo, mi señor. ¡Cúmplela!

Andy suspiró pesadamente, frustrado y resignado por igual. Fue bastante evidente que el hombre griego no sabía absolutamente nada que le pudiera ser de utilidad. Y si acaso sabía algo, muy probablemente no lo sacaría de esa postura. Lo que en esencia hacía toda es plática, por no decir el viaje entero, una verdadera pérdida de tiempo. Y lo peor era que si Argyron Stavropoulos no podía darle la información que requería, no había nadie más que pudiera dársela; nadie con vida, al menos.

—Como siempre hablar con uno de ustedes, viejos brujos, resulta refrescante —musitó Andy casi como un reclamo, parándose de su silla con algo de pereza y tomando de regreso la foto—. Gracias por nada, Argyron…

Dicho eso, se dispuso a irse de ese sitio sin mayor despedida. Sin embargo, Andy sintió de pronto que una mano huesuda y temblorosa se aferraba a su brazo lo más firme que le era posible. Al virarse, pudo ver a Argyron, estirado lo más posible para poder tomarlo. Un movimiento que a todas luces parecía haber requerido bastante esfuerzo de su parte.

—Espera, por favor… —musitó el anciano, suplicante—. Déjame verlos, te lo imploro. Yo sé que no me queda mucho tiempo,  y quiero verlos una última vez antes de partir. Quiero sentir a mi Amo mirándome como aquella primera vez…

Andy lo contempló en silencio, inmutable ante su petición. Él entendió de inmediato lo que quería, pues no era el primero que lo hacía. Después de todo, Roman siempre dijo que él tenía los ojos de su padre, y por eso muchos se maravillaban con ellos. Pero no esos ojos color avellana que todo el mundo conocía, sino los otros; sus ojos reales, más similares a los de una bestia voraz. Para él no sería ningún problema hacerlo y cumplirle ese pequeño e insignificante deseo. Sin embargo, lo cierto era que no sentía interés alguno en complacerlo. Quizás si le hubiera dicho algo útil o remotamente interesante lo consideraría, pero incluso entonces era probable que no lo hiciera.

Él ya no le debía nada a ese hombre ni a su maldita Aquelarre.

—No es un lugar apropiado para eso, lo siento —se disculpó con falso pesar, soltándose de un jalón de su mano—. Quizás la siguiente vez, ¿sí?

Esbozó entonces una sonrisa un tanto cínica, pues ambos sabían que quizás no habría una siguiente vez.

—Apropósito, hice este viaje de forma repentina, y tuve que cancelar algunos compromisos. Cuando me pregunten al respecto, mi coartada será que mi querido amigo y benefactor, Argyron Stavropoulos, estaba delicado de salud y quise venir a verlo. Así que si hablas con alguien de esto, intenta poner tu mejor cara enferma y moribunda, ¿quieres? Aunque, por lo que veo, no te resultará tan difícil.

Antes de que Argyron pudiera darle forma en su cabeza a alguna respuesta, o algún otro tipo de súplica para convencerlo de su petición anterior, Andy se dirigió tranquilamente al interior de la casa, con sus manos en su bolsillo, mientras silbaba la tonada de su canción La Balada de las Estrellas como despedida.

— — — —

Andy tenía deseos de irse en ese mismo momento de Grecia y dejar atrás esa inútil experiencia. Sin embargo, retirarse tan rápido de regreso a los Estados Unidos sería demasiado sospechoso, en especial si se suponía que estaba ahí porque estaba muy preocupado por su querido amigo. Tendría que esperar al menos una noche más, y tomar un avión mañana al mediodía. Para ese entonces de seguro Lyons ya se habría también enterado de su escapada, pero esperaba que la misma excusa que usaría con todos los demás le funcionara con él. O, ¿sería mejor compartir con su viejo amigo su preocupación? No sabía cómo lo tomaría, pero ciertamente en ese momento parecía la única persona a la que podría confiárselo. Y eso lo hacía darse cuenta de lo realmente solo que se encontraba en realidad.

Saliendo de la casa de Argyron, el vehículo privado que contrató se encargó de llevarlo a su hotel, un lujoso sitio de cinco estrellas con una hermosa vista a la Acrópolis. En otras circunstancias Andy podría incluso disfrutar de esa pequeña escapada de sus obligaciones, pero eso era tener demasiadas expectativas.

Pasó el resto de la tarde en su habitación, meditando un poco e intentando aclarar su mente. Se atrevió incluso a pedirle algo de claridad a su padre, o que le mandara algún tipo de señal sobre lo que se suponía debía hacer. A veces Él le respondía, otras veces no. En esa ocasión, en efecto no hubo ninguna respuesta, ni siquiera una sutil. Aquello le frustraba tanto que de no haberse contenido quizás habría roto una o dos cosas de esa costosa habitación de hotel.

Un arrebato como ese no hubiera sido muy propio de un Hijo de la Luz.

Cuando se hizo de noche, decidió subir al restaurante-bar en la azotea para tomar un par de tragos, y quizás cenar algo si le apetecía. Esa sería su última noche antes de volver a la realidad, así que era mejor que la aprovechara de alguna forma. Al llegar, el hombre que atendía en la entrada lo reconoció de inmediato, muy diferente a otros con los que se había cruzado y que sólo lo miraban dudosos de si era él o no. Igual éste logró mantener la calma, quizás ya muy acostumbrado a ver celebridades en esos lares.

—Su mesa, señor Woodhouse —le indicó el mesero, guiándolo hacia una mesa ya preparada en la terraza, desde la cual la vista de la Acrópolis iluminada de noche era aún más espectacular.

—Gracias —murmuró Andy despacio, y se sentó en una de las únicas dos sillas de la mesa. El mesero le dejó un menú de cenas, así como la de los tragos, pero de momento no les puso demasiada atención.

El mesero se retiró, y él se quedó mirando fijamente a la vista; no sólo la Acrópolis, sino toda la ciudad.

Su mente divagó un poco sobre cómo ese escenario se había transformado tanto en esos miles de años. Cómo ahí se había erguido una de las ciudades más impresionantes del mundo occidental, aún muchísimo antes de que existiera su querido New York. Y aún después de todo el tiempo que ha pasado aún seguían esos antiguos vestigios de esa antigua ciudad, siendo aún objeto de admiración por todos sus visitantes.

¿Qué sería de todas las grandes ciudad actuales una vez que lo que tenía que pasar, pasara? ¿Qué sería de New York, Londres, Paris, Tokio, Sídney, y tantas más cuando ese mundo acabe al fin, para darle paso al nuevo? ¿Serían las ruinas de estas civilizaciones adoradas y admiradas por los habitantes del nuevo mundo?, ¿o sería todo borrado por completo y serían sólo historias y leyendas que nadie sabrá si fueron reales o no?

Una noche para filosofar, al parecer. Aunque, cuando tienes el contador del Apocalipsis en tu muñeca, todas las noches son buenas para filosofar.

Aquellos pensamientos comenzaban a sonar como una buena letra para una canción. Pero, aunque la escribiera, dudaba mucho de poder hacerla pública. Ese tipo de ideas, un tanto depresivas de seguro para algunos, no era el tipo de cosas que la gente esperaba oír de Andy Woodhouse, el señor optimismo, amor y paz. Si tan sólo esos idiotas supieran…

—¿Le molesta si lo acompaño, señor Woodhouse? —Escuchó una voz murmurando justo delante de él, y eso lo sacudió y sacó abruptamente de sus pensamientos tan profundos.

Al virarse hacia enfrente de su mesa, Andy se quedó casi atónito al ver a la exuberante mujer que se encontraba ahí de pie. Enfundada en un ajustado vestido rojo carmesí que dibujaba a la perfección su figura, y dejaba a la vista lo necesario de sus largas piernas con medias oscuras. El vestido tenía además un generoso escote en “v” que ofrecía una sugerente vista de su busto, para nada desmerecedor. Sobre los hombros portaba además un abrigo ligero color negro.

El cabello de la mujer era totalmente oscuro y ondulado, suelto libremente sobre sus hombros y espalda. Y quizás lo más llamativo de todo el conjunto eran sus labios, de un rojo intenso y que en ese momento dibujaban una cautivadora y sagaz sonrisa, y hacían juego perfecto con esos profundos y seductores ojos cafés oscuros. Y aún a pesar de todo esto, lo que realmente dejó impresionado a Andy, y le impidió reaccionar por unos segundos, fue otra cosa: que él ya conocía a esa mujer, y la conocía muy bien.

—Ann Thorn —murmuró el cantante una vez que logró recuperarse de la sorpresa—. Cuánto tiempo. —Extendió entonces una mano hacia la silla delante de él, ofreciéndosela, y ella la aceptó sin protestar—. Siempre tan cautivadora.

—Lo mismo digo —le respondió Ann mientras se retiraba su abrigo, dejando a la vista sus hombros y brazos descubiertos. Dejó el abrigo sobre el respaldo de la silla y tomó asiento, cruzando las piernas—. El tiempo no pasa sobre ti, Adrian; tú pasas sobre el tiempo, ¿cierto?

Andy sonrió complacido por el cumplido, y simplemente se encogió de hombros.

—¿Puedo preguntar qué trae a la presidenta de Thorn Industries a Grecia? Y no intentes convencerme de que esto es una coincidencia.

—Más o menos sí lo es. Tenía unos asuntos de negocio en Londres, y cuando me enteré que venías para acá me dije: ¿por qué no desviarme un poco para saludar?

—Eso fue más que desviarte un poco —bromeó Andy, y justo después se permitió echar de nuevo un no muy disimulado vistazo al atuendo de la mujer—. ¿Y acaso traías ese vestido en tu maleta para tus asuntos de negocios?

—¿Te gusta?

—Creo que me trae algunos recuerdos.

El mismo mesero de antes se aproximó de nuevo, con otro menú para la repentina invitada de la mesa del señor Woodhouse.

—Gracias —confirmó Ann, tomando el menú.

—Dennos un poco más de tiempo para ordenar, por favor —pidió Andy, y el mesero sólo asintió y se retiró de nuevo.

—¿No es gracioso? —Murmuró Ann de pronto, mientras le echaba un vistazo al menú—. Vivimos a un par de horas en avión el uno del otro, y aun así tenemos que venir al otro lado del mundo para poder vernos en paz.

—Por mí está bien así —respondió Andy, encogiéndose de hombros—. Lejos de los ojos curiosos de Lyons, Damien, y de todo el hecatombe que me enteré se está gestando por allá. Porque de eso quieres hablar, ¿no es cierto? No creo que hayas hecho ese pequeño desvío sólo para una charla casual. ¿O sí?

Ann lo miró de reojo por encima de la orilla de la carta, de forma astuta. Cerró entonces el menú y lo colocó en la mesa a su lado para que pudieran verse frente a frente sin interrupciones.

—De entrada, quería preguntarte si aún tengo mi empleo.

—No sabía que tenía tantas acciones de Thorn Industries como para decir quién es su presidente —respondió Andy con humor, aunque Ann no pareció compartir el sentimiento—. Si lo dices por Lyons, no te preocupes. Sabes muy bien que no dejaría que ese viejo te pusiera una mano encima.

—Ese privilegio te lo reservas sólo para ti, supongo —señaló Ann con un poco discreto tono de coqueteo—. Pero además de mí, hablaron de Damien, ¿no es cierto? Y justo después de esto corriste para acá. ¿Por qué?

—Vine a ver a un viejo amigo. Eso es todo.

—Todo lo que estás dispuesto a compartir, supongo.

—Bueno, te comparto más si tú me dices cuál es ese negocio que te llevó a Londres tan repentinamente.

El rostro de Ann se quedó calmado, y sus labios rojos continuaron sonriendo como si nada pasara. Sin embargo, Andy logró notar que debajo de toda esa calma, se asomaba un pequeño rastro de incomodidad ante su pregunta.

La empresaria notó entonces por encima del hombro de Andy que el mesero se aproximaba de nuevo a la mesa.

Touché —murmuró despacio, y volvió entonces a alzar su carta—. Supongo que es justo guardarnos nuestros respectivos secretos.

El mesero se paró a lado de la mesa antes de que Andy objetara cualquier cosa. Ann pidió una margarita, mientras Andy pidió lo primero que leyó de la carta de tragos, aunque lo olvidaría prácticamente un minuto después, y pidió que se le cargara todo a su habitación. El mesero se retiró, dejándoles un menú por si deseaban pedir algo más tarde.

Una melodía comenzó a sonar desde la pequeña pista de baile, ubicada a unos metros ahí mismo en la terraza. Un grupo se había colocado en un costado; un teclado, un saxofón, una guitarra, un bajo, una batería, y una cantante. Ésta última invitaba por el micrófono a los presentes a pasar a bailar aquella melodía lenta que comenzaba a sonar. La mayoría estaba ahí para comer y disfrutar de la vista, pero un par de parejas sí se permitieron el gusto, y avanzaron muy juntos el uno al otro a la pista.

Ann y Andy contemplaban aquello en silencio.

—¿Quieres bailar? —Preguntó el cantante tras un rato de estar escuchando la canción—. ¿Cómo en los viejos tiempos?

—Viejos para ti —respondió Ann, juguetona—. Para mí son bastante recientes.

Pese a su respuesta, Ann fue la que se paró primero, y Andy la siguió. Él le ofreció su brazo, y ella se sostuvo de éste. Mientras avanzaban uno a lado del otro hacia la pista, oyeron como algunos de los otros comensales murmuraban entre ellos si acaso aquel hombre era Andy Woodhouse, pero muchos parecieron descartar tan posibilidad de inmediato; otros no tanto.

Una vez en el área de baile, Andy colocó su mano derecha en la cadera de su compañera, y lentamente la deslizó por la suave tela de su vestido, hasta su espalda. Acercó su cuerpo al de ella, hasta casi pegarse por completo, mientras la contemplaba con sus falsos ojos avellana, fijos en los oscuros de ella. Ann también lo miraba. Ella posó su mano izquierda delicadamente sobre el pecho de él, y ambos entrelazaron los dedos de sus manos libres. Y en esa posición, tan cerca y sumidos en la mirada del otro, comenzaron a mecerse lentamente al ritmo de aquella música. Ninguno tuvo que decir o dar alguna instrucción; todo se dio de manera natural, tan natural como el flujo de un río.

Fuera o no aquel hombre el famoso cantante y actor Andy Woodhouse, o ella la presidenta de la multinacional Thorn Industries Ann Thorn, ante los ojos de todos los que los miraban no había duda de que eran una muy hermosa y enamorada pareja.

—¿A dónde se va el tiempo, Adrian? —Musitó Ann despacio, casi como un lamento nostálgico—. ¿Hace cuánto estábamos los dos bailando justo así en Florencia? Yo usando un vestido rojo como éste, pero mucho más ajustado y escotado. Ese que te gustaba tanto, ¿lo recuerdas? Yo sé que sí, porque ese fue el recuerdo que te vino al verme, ¿cierto?

La sonrisa de la empresaria se ensanchó aún más, tomando una postura incluso un poco cínica que a Andy desconcertó un poco.

—¿Sabes qué recuerdo más yo sobre ese vestido? —De pronto, la mano que Ann tenía entrelazada con la él, se apretó con fuerza, llegando a causarle algo de dolor que el cantante intentó disimular—. Lo que más recuerdo es como Baylock me lo rasgó, me desnudó enfrente de sus discípulos, y me azotó con su maldita vara una y otra vez hasta que le dijera quién era el padre de mi bebé. Y todo eso con tu anuencia, ¿no es cierto?

Andy zarandeó su mano, librándose de ese molesto agarre. Miró a su alrededor disimuladamente, esperando que nadie hubiera notado eso, y así parecía ser. Colocó entonces ambas manos en la cintura de la mujer para disimular, y Ann hizo lo propio rodeando delicadamente su cuello, y continuaron con el baile.

—¿A qué viene ese absurdo reclamo de nuevo? —masculló Andy, molesto—. Sabes muy bien que las cosas no fueron así. Yo mandé a Lyons a sacarte de ahí…

—Algo tarde —señaló Ann, sonriente pero cortante—. Supongo que él también quería que probara un poco de humillación primero, ¿verdad? Para que aprendiera la lección.

—¿A eso viniste hasta aquí?, ¿a recordar viejas heridas? —Andy soltó entonces una risilla irónica—. Esto me gano por querer defenderte.

—¿Defenderme? —Masculló Ann casi ofendida, y entonces hizo que sus manos jalaran su cuello con rudeza hacia ella, como si quisiera besarlo, aunque en realidad lo volvía a lastimar como antes, incluso atreviéndose a presionar sus uñas contra su nuca—. ¿Cuándo me has defendido? —Susurró agresiva sobre sus labios—. ¿Cuándo has realmente metido las manos al fuego por mí, o por nuestra… hija…?

Aquellas palabras se entremezclaron con la melodía, y flotaron a su alrededor como hojas alzadas por el viento.

Esa era la verdad que Agatha Baylock tanto le quiso sacar a golpes aquella noche, y que ni siquiera la propia Verónica sabía aún.

A sus veinticuatro años, cuando Ann trabajaba en Florencia para la Hermandad bajo el cuidado de Baylock y Spiletto, conoció a Adrian y ambos no tardaron mucho en comenzaron una relación a escondidas. Relación que dio lugar a un embarazo, posteriormente al nacimiento a escondidas de su hija en ese hospital de monjas en Marsala, y a todo lo que siguió después. Para la ingenua y leal jovencita, aquello había sido su primer gran amor. Para Adrian… sólo él sabía qué había sido para él.

Andy alzó en ese momento su mano derecha, colocándola en el cuello de Ann, apretándolo un poco entre sus dedos. Ya no había ternura alguna en sus falsos ojos avellana, sino sólo enojo.

—Estás haciendo una escena, Ann —le advirtió secamente—. No me obligues…

—¿A qué? —Soltó Anna, retadora—. ¿Me matarás aquí mismo? A Lyons le encantaría que lo hicieras, así que anda; complace a tu perro más fiel. Será un grandioso encabezado para los periódicos de mañana: «El famoso Andy Woodhouse estrangula a la CEO de Thorn Industries enfrente de decenas de comensales.» Esa sí será una escena.

Por unos segundos ambos permanecieron justo en la misma posición, sin moverse ni dejar de mirar al otro como si fuera un duelo de miradas. La mano de Andy se tensaba sobre el cuello de Ann, y él sintió que si acaso apretaba sólo un poco más, en verdad podría matarla justo como ella lo estaba pidiendo. Y una parte de él quería hacerlo. La misma frustración que le había invadido esa tarde y que casi lo obligaba a destruir su habitación, aún pedía ser liberada. Y era como si Ann se estuviera ofreciendo a sí misma a ser ese escape.

Pero no lo haría, por supuesto que no. No sólo porque sería una completa estupidez hacerlo ahí mismo, sino que justo como Ann confiaba tanto, él no sería capaz de matarla con sus propias manos y mirándola a los ojos; a ella no.

Justo cuando la canción que sonaba terminó, Adrian apartó rápidamente su mano de su cuello, y retrocedió un paso, rompiendo ese doloroso abrazo. Para seguir aparentando, volvió ofrecerle su brazo a su compañera de baile, y ésta de nuevo lo aceptó. Ambos salieron de la pista en absoluto silencio, y evidentemente menos cariñosos que hace un momento. Sin embargo, no se dirigieron a su mesa, a pesar de que sus tragos ya estaban ahí. En lugar de eso, Andy los dirigió hasta una parte más apartada de la terraza, especial para fumadores pero que en esos momentos se encontraba sola.

Ambos se aproximaron al barandal de cristal, y se pararon ahí dándole la espalda al resto del restaurante, y teniendo de frente a la Acrópolis iluminada.

—Sabes muy bien porque se hizo lo que se hizo en aquel entonces —musitó Adrian con su vista fija al frente, rompiendo al fin el silencio—. Baylock y Spiletto habían comenzado a crear división entre nosotros, y cuestionaban mi liderazgo. Si sabían la verdad, las habrían usado a ti y a la bebé en mi contra, o aún peor. Por eso, de haber intervenido yo directamente a defenderte, hubiera levantado bastante sospechosas. Es por eso que John tuvo que encargarse.

—Todo sea por defender tu corona, ¿cierto? —señaló Ann, punzante—. Y por ese propósito nos dejaste en manos de Lyons, aun sabiendo que si la decisión hubiera recaído en él nos hubiera tirado en el primer barranco que encontrara para así librarse del problema. Supongo que sólo no lo hizo porque temía enojarte, pensando ingenuamente que a pesar de todo defenderías a tu hija.

—¿Insinúas que no lo hice?

—Insinúo que ella es tu sangre, y aun así permitiste que la arrancaran de mí. Y en su lugar tienes viviendo contigo a ese niño, que ve tú a saber quién es su madre… Mientras tanto, tu verdadera hija pasó toda su niñez sin saber quiénes eran sus verdaderos padres; quién era yo.

—No metas a Sebastian en esto —señaló Adrian con dureza—. No tienes ni idea de lo que estás hablando, y no voy a tolerar más reclamos de tu parte; no sobre este tema. La sangre es mucho más valiosa para mí de lo que crees.

Ann lo observó rígidamente, con esa desconfianza y frialdad que le daban una presencia tan fuerte que a muchos otros había logrado amedrentar. Pero no a Andy Woodhouse. Había bastante historia entre ambos como para que él se doblara como otros. Y, en realidad, ella no deseaba tal cosa.

—¿Y yo? —Musitó con firmeza, y entonces se pegó más contra él, presionando su esbelto cuerpo—. ¿Qué tan valiosa soy para ti? ¿Qué significó yo para ti ahora?

Andy la miró, desconcertado.

—¿Qué crees que estás haciendo? ¿Ahora que Damien te dio la espalda vienes buscando refugio y protección en mí? ¿O crees acaso que puedo hacer que él vuelva a confiar en ti?

Ann volvió a sonreír, irónica.

—¿Me crees capaz de hacer algo como eso? ¿De manipular al Líder Supremo de la Hermandad de los Discípulos de la Guardia para mi propio beneficio? Sólo soy una chiquilla ingenua, con una cara bonita para seducir millonarios y ser la madrastra buena, ¿recuerdas?

—Por supuesto que no —declaró Andy con seguridad—. Tú sabes que siempre has sido mucho más, incluso cuando estuvimos juntos.

—¿Eso piensas? Entonces demuéstramelo. —Ann pegó aún más su cuerpo contra él, colocando además sus manos sobre su pecho. Sus ojos además mostraban una palpable añoranza que Andy sintió de inmediato que era sólo por él—. Dame mi lugar, el que me gané no por haberme acostado contigo o con Robert Thorn, o por haber sido la niñera de Damien todos estos años; sino el que me merezco por todo mi trabajo, mi lealtad… y mi fe.

Las manos de Ann subieron lentamente del pecho de Adrian, hasta rodear de nuevo su cuello, ahora con bastante más suavidad que hace unos momentos. Las manos de éste, por su parte, rodearon sin espera la cintura de ella, sin que fuera del todo consciente de que lo estaba haciendo, casi como si éstas se hubieran movido solas.

—Tú no has cambiado nada, ¿cierto? —Susurró el cantante muy cerca de los labios de la mujer, y ella le respondió justo de la misma forma:

—Te equivocas. Ahora soy mucho mejor…

Y fue Ann la que extendió su rostro hacia el suyo, rompiendo esa pequeña distancia que los separaba y así fundirse en ese apasionado beso que se había hecho esperar toda la noche. O, más bien, se había hecho esperar veinte largos años… Andy le correspondió su beso sin siquiera vacilar, y ambos desbordaron en cada roce el ardor acumulado que guardaban.

Volverían a la mesa únicamente por el bolso y el abrigo de Ann, pero no tocarían los tragos en lo absoluto. En lugar de eso, ambos se dirigirían directo al cuarto Andy, sin escalas y sin apartarse ni un poco el uno del otro en todo camino.

— — — —

Argyron Stavropoulos pidió que lo llevaran a su estudio un rato antes de acostarse. Solicitó además que le encendieran la chimenea, colocaran su silla de ruedas cerca del fuego, le dispusieran su mejor botella de whiskey en la mesita a su lado, y lo dejaran solo. Estando ahí, alumbrado únicamente por la luz ferviente de las llamas, muchas cosas pasaban por la mente del viejo satanista.

La visita de Adrian lo dejó bastante desconcertado. Y no sólo por su actitud hacia él o sus palabras condescendientes, sino por el motivo que lo había llevado a buscarlo después de tantos años. A pesar de que había hecho el intento de restarle casi por completo la importancia a su dichosa visión, la verdad era que sí le había causado cierta incertidumbre, por decirlo menos.

No le había mentido en lo absoluto. En efecto no sabía quién era esa niña, y no tenía conocimiento alguno de qué papel podría tener en todo eso. Pero esa visión que Adrian le había descrito, el mar lleno de cadáveres, y ese ser emergiendo de las aguas… No podía quitarse la imagen de su mente, como si él mismo lo hubiera visto.

Y las cosas que había dicho, sobre si el Plan había cambiado. Era imposible, ¿cierto? Todo lo que habían hecho ese tiempo había sido siguiendo las instrucciones detalladas que se les habían sido entregadas, con la promesa de que si hacían exactamente lo que dicho plan describía, harían que el mundo entero cambiara a su voluntad, y obtendrían innumerables recompensas.

El Plan no podría haber cambiado; ¿por qué motivo lo haría?, ¿por qué en ese momento? No, simplemente era inconcebible. Todos esos sacrificios, todas esas vidas, todas esas atrocidades cometidas… no podían haber sido en vano…

Extendió su mano temblorosa hacia la botella a su lado para servirse un trago en su vaso. Logró destaparla y alzarla, pero cuando estaba sirviendo el licor, sus dedos le fallaron, soltando la botella que chocó contra la mesa, y luego cayó a sus pies. No se rompió, pero empezó a soltar el líquido opaco a borbotes, empapando la alfombra.

—Maldita sea —soltó molesto, y bastante frustrado. Cerró unos momentos los ojos como si se lamentara, y entonces pasó a estirarse lo mejor que su estado le permitía para así recoger la botella. Sus dedos acababan de rozar la superficie lisa de vidrio, cuando entonces la escuchó.

—Incluso en tus últimos momentos, a mí me sigues pareciendo apuesto, Argyron —murmuró una voz intrusa ahí mismo en su estudio.

Argyron se incorporó rápidamente, un tanto asustado. Al hacerlo, distinguió de inmediato la figura de una persona, sentada en la silla a su lado, alumbrada también por la luz anaranjada de la chimenea. Era una mujer de cabello castaño corto y ojos azules, que en esos momentos resplandecían con el fulgor de la luz del fuego, y ataviada en un vestido largo color blanco. Aquella intrusa le sonreía de forma astuta y divertida, sentada cómodamente en su sillón individual de respaldo alto, con sus piernas cruzadas.

—¿Quién eres tú? —Cuestionó Argyron alarmado mirando hacia la puerta, sintiendo el deseo de gritar por ayuda o incluso intentar dirigir su silla a su escritorio donde según recordaba aún guardaba su vieja arma de fuego.

—¿No me reconoces? —le cuestionó la extraña con tono burlón—. Supongo que es lógico. Pero si no te gusta mi apariencia actual, descuida; la cambiaré dentro de poco.

Al escuchar esa última afirmación, Argyron se viró de nuevo hacia ella, un tanto perplejo. Y sorprendentemente mientras más la miraba, más familiar se le hacía. Pero no por su rostro en general, que estaba seguro nunca antes haber visto; sino por sus ojos y esa casi prepotente sonrisa… que él sí estaba casi seguro que conocía.

Y la revelación vino abruptamente a él como un golpe.

—¿Maestra…? —susurró totalmente atónito.

—Ya me reconociste, excelente —señaló la mujer con aparente alegría.

La extraña (o quizás no tanto) extendió su mano hacia el vaso que seguía sobre la mesita entre ellos, posando sus dedos sobre la orilla de éste. Y ante la mirada aún estupefacta de Argyron, el vaso se comenzó a llenar poco a poco hasta la mitad, como si la botella, ahora casi por completo vacía a sus pies, lo estuviera sirviendo.

—Bebe, anda —le indicó la mujer, una vez que el vaso estuvo servido—. Tu mano ya no te temblará por este rato.

Argyron alzó su mano y la observó detenidamente, notando sorprendido que en efecto no temblaba; se mantenía firme, como hacía años no lograba estar. Tomó el vaso con ella, y sus dedos lo sujetaron con estabilidad. ¿Era acaso todo eso algún tipo de sueño?

—En estos momentos me llamo Gema —escuchó que la mujer murmuraba en ese momento, llamando por un momento su atención de nuevo—. Sólo por si te interesa saberlo.

Argyron no respondió nada, si es que acaso se suponía que debía. En su lugar acercó el vaso a sus labios y dio un largo trago de whiskey. Saboreó el licor en su boca y posteriormente en su garganta. Si aquello era un sueño, el sabor de su mejor botella ciertamente se sentía muy real.

—Adrian siempre ha sido muy astuto, ¿cierto? —Comentó Gema abruptamente, mientras contemplaba pensativa al fuego—. Debe ser por sus genes privilegiados, ¿no crees? Como sea, sus corazonadas son ciertas: el Plan ha cambiado, y la niña es la clave.

Aquello retumbó en la mente de Argyron con fuerza, y casi lo hizo soltar su vaso.

—¿Qué? —Exclamó confundido, mirado a su intrusa en busca de algún otro tipo de explicación. Ésta seguía contemplando la hoguera en la chimenea, fascinada por el brillo y el movimiento del fuego.

—Me temo que este mundo se ha ido por un camino inesperado, y nuevas fuerzas han entrado al juego por el control de éste. Las cosas necesitan cambiar para garantizar nuestro éxito, y a veces el mejor cambio es un borrón y cuenta nueva. Por lo tanto, dentro de poco, Adrian y su querida Hermandad ya no serán necesarios.

El fuego saltó abruptamente tras esa última declaración, que casi se hizo resonar como amenaza latente. Argyron se sobresaltó un poco asustado por ese cambio repentino, y al virarse de nuevo a la silla a su lado, se sorprendió al verla completamente vacía. Cuando comenzaba a creer que quizás todo había sido algún tipo de alucinación, sintió entonces una mano posándose justo sobre su hombro derecho.

Gema estaba ahora justo detrás de él.

—Damien cree que está actuando por su libre albedrío y propia voluntad —susurró la mujer despacio, colocando su rostro al costado del de Argyron—. Pero la verdad es que no. Incluso en estos momentos, con esta pequeña rebelión suya, está cumpliendo la voluntad de nuestro Señor. Y yo estoy aquí para encargarme de que eso siga así… como lo he hecho por los últimos trescientos ochenta y siete años…

—¿Qué es lo que pasará? —Cuestionó Argyron, nervioso—. ¿Qué es esa niña…?

—Nada de eso debe preocuparte más, Argyron. Tú ya has cumplido con tu deber en esta tierra. Has sido un leal sirviente hasta el final, y es hora de que obtengas tu recompensa.

—¿Recompensa?

Las suaves manos de Gema se posaron desde atrás en las mejillas del rostro desgastado del magnate, e hizo que mirara atentamente al fuego de la chimenea, y nada más.

—Anda —susurraba Gema con mucha suavidad mientras lo sujetaba—, ve gustoso, que nuestro Amo te espera con sus brazos abiertos para recibirte con todos los honores. Roman, Minnie, Guy y los otros aguardan por ti también; ¿puedes oírlos llamarte?

Argyron se sintió abstraído en el fuego, y en el armonioso sonido de la voz de aquella mujer que ejercía un efecto relajante en él. Poco a poco sintió que le invadía un sueño muy pesado, y que sus ojos iban cediendo a él.

—Cierra ya tus ojos, mi valiente soldado —añadió Gema como palabras finales, colocando una mano sobre su frente, y bajándola lentamente por sus ojos hasta su nariz.

La mano de Argyron colgó abruptamente hacia un lado, dejando caer el vaso y todo lo que quedaba de whiskey en él. Un segundo después, la cabeza de Argyron se inclinó por completo al frente, apoyando su mentón contra su pecho. Su respiración se cortó abruptamente al mismo tiempo, y su corazón se detuvo sólo un segundo después.

Para ese momento, Gema había desaparecido por completo de aquel cuarto.

— — — —

Mientras en Atenas era ya entrada la noche, en New York apenas era la mitad de la tarde. Sebastian Woohouse, el hijo adoptivo de Andy, ya había llegado hacía un rato de la escuela, y se encontraba en la sala realizando su tarea como siempre. En la cocina, Gilda se encontraba preparándole un almuerzo, mientras Miriam estaba en la habitación de Rosemary velando como siempre su sueño. Todo se sentía bastante normal; incluso la ausencia de Andy se percibía casi como algo habitual.

Pero mientras se encontraba sumido en la resolución de alguno de los problemas más complejos de su libro de matemáticas, el pequeño Sebastian tuvo una extraña sensación que le recorrió su nuca. Algo que, ciertamente, no se sentía tan normal como todo lo demás.

Alzó lentamente su rostro del libro, y miró confundido a su alrededor, como si esperara ver algo o alguien ahí con él que tuviera algo que decirle. No vio nada, pero la sensación no desapareció. Se paró y avanzó cuidadoso hacia la cocina. Se paró en la puerta, y vio la espalda de Gilda, de pie frente a la estufa mientras cocinaba y canturreaba alguna melodía en ruso. No le pareció que era ahí de donde lo llamaban.

Se fue de la cocina y avanzó ahora por el pasillo, en dirección a la habitación de Rosemary. Al aparecerse en la puerta, vio a Miriam sentada en la silla, con su celular en una mano y los audífonos conectados a éste en sus oídos. Cabeceaba ligeramente de seguro al ritmo de la canción que escuchaba, mientras escribía en la pantalla. Definitivamente no era ella quien le estaba hablando.

Se aproximó cauteloso a la camilla médica, parándose justo delante los pies. Sólo hasta ese momento Miriam se volvió consciente de su presencia, y rápidamente se retiró sus audífonos.

—¿Sebastian?, ¿qué pasa, amigo? —Le preguntó curiosa, pues no era habitual que él entrara a esa habitación.

El niño no le respondió, pues su atención estaba puesta enteramente en la mujer en la camilla, en su rostro quieto y dormido, en sus cabellos grisáceos, y los pitidos que hacían de vez en cuando los aparatos a lo que estaba conectada.

Un beep

Dos beeps

Tres beeps

Nadie lo sabría jamás, pero el cuarto beep ocurrió en el instante justo en el que, a muchos kilómetros de ahí, el corazón de Argyron Stavropoulos se detenía. Y un segundo después, el hecho anormal que Sebastian tanto buscaba ocurrió.

Los ojos de Rosemary se abrieron abruptamente en ese momento, y su boca jaló una larga bocanada de aire seguida de algunos pequeños tosidos secos.

—¡Santo Dios! —Exclamó Miriam espantada, parándose de un salto de silla. Sebestian, igualmente retrocedió un poco, impresionado por ese cambio tan repentino.

Rosemary tosió un par de veces más, hasta lograr calmarse. Sus ojos azulados miraron nerviosos y perdidos a su alrededor.

—¿Dónde estoy? —Preguntó adormilada, pero aun así algo asustada. Su voz sonaba clara y dulce.

—Espere, no se mueva por favor —indicó Miriam, sobreponiéndose a su impresión inicial para acercársele y tomar sus signos vitales—. ¿Puede oírme? ¿Me entiende? ¿Siente algún dolor o molestia?

Rosemary la oía, pero no respondió ninguno de sus cuestionamientos. Seguía mirando a todos lados, intentando identificar algo conocido. Sus ojos se centraron en el niño a los pies de su cama, que observaba todo en silencio.

—¿Andy? —Exclamó la mujer con emoción, e intentó de pronto sentarse, pero la debilidad de su cuerpo no se lo permitió.

—No lo haga —le indició Miriam, haciendo que se volviera a recostar—. No se mueva, Sra. Woodhouse, por favor. Está bien, está a salvo. Éste es el departamento de su hijo. Ha estado en coma por cuarenta años, pero se encuentra bien. ¿Entiende lo que le digo?

Sí, Rosemary le entendía, pero a su vez no. Su mente divagaba y se perdía sin rumbo. ¿Departamento de su hijo?, ¿en coma? ¿Qué había pasado? ¿Cómo había llegado ahí?

Miró de nuevo al niño a sus pies, y cuando lo contempló con más cuidado se dio cuenta que en efecto no era quien ella creía, aunque sí se le parecía.

—¿Quién eres tú…? —Murmuró despacio—. ¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está mi bebé…?

FIN DEL CAPÍTULO 87

Notas del Autor:

—El personaje de Argyron Stavropoulos está basado en el personaje del mismo nombre que aparece fugazmente al final de la novela de Rosemary’s Baby o El Bebé de Rosemary de Ira Levin, y en la película de 1968 basada en ésta. No se describe mucho sobre él en alguna de las dos versiones de la historia, más allá de su nacionalidad y su papel importante en el Aquelarre. Por tal motivo, algunos detalles más personales del personaje fueron más que nada añadidos de mi parte.

—En este capítulo se menciona también a otros personajes pertenecientes a la novela de Rosemary’s Baby, entre ellos Roman y Minnie Castevet, así como Guy Woodhouse.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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