Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 83. Protector de la Paz

6 de diciembre del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 83. Protector de la Paz

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 83.
Protector de la Paz

Lucy, o al menos quien la mayoría en la Fundación creía se llamaba así, se había levantado más temprano que de costumbre esa mañana. No había motivo aparente para esto, pues solía tener un sueño bastante regular; tomaba un té especial con hierbas de su propio jardín todas las noches, que le ayuda justo a dormir profundamente y de corrido. Las pocas veces que no le había funcionado, habían sido casi por el mismo motivo: el presentimiento subconsciente de que algo iba a pasar.

La rastreadora Lucy era una de las resplandecientes más sobresalientes dentro de la Fundación Eleven, gracias a su precognición tan acertada, y su capacidad de localización que rivalizaba con Mónica, e incluso con Eleven. Ayudaba en la Fundación todo lo que podía, convirtiéndose en algunas ocasiones casi como unos ojos y oídos extras para su líder; especialmente ahora que ella se encontraba indispuesta. Sin embargo, no le gustaba mucho llamar la atención o tener más del contacto necesario con los demás miembros de la Fundación.

Era una mujer joven de veintiséis años que disfrutaba mucho de su privacidad. Vivía en una pequeña casa a las afueras de Bismarck, Dakota del Norte, sobre la carretera que iba al este. La casa pertenecía a sus padres, los cuales habían fallecido hace diez años. Tenía un lindo jardín donde cultivaba ella misma algunas hierbas medicinales y tubérculos; más por pasatiempo que por otra cosa. Su trabajo cotidiano era como diseñador gráfica freelancer, labor en el cual su sensibilidad especial para captar las emociones de la gente le ayudaba bastante. Dicho trabajo le daba al menos lo suficiente para comer y pagar los servicios, aunque habría que sumarle también el pequeño pago que la Fundación le daba a cambio de su labor con ellos.

Era una mujer de gustos simples, así que realmente no necesitaba demasiado del dinero. Su labor en la Fundación lo hacía únicamente para ayudar a las personas, especialmente a Jane Wheeler que le había extendido una mano tras la muerte de sus padres, y la había ayudado a ser el adulto más o menos funcional que era en esos momentos. Y es que desde su adolescencia, siempre había sido un poco… rara. Ya fuera como reflejo de sus habilidades únicas o mera coincidencia, su manera de pensar y ver las cosas siempre había distado de la forma en la que la mayoría lo hacía. Y el ser diferente siempre traía consigo algunos inconvenientes.

Al levantarse de su cama esa mañana, lo primero que hizo fue prepararse uno de sus tés energéticos especiales para intentar despertarse lo mejor posible, y lo acompañó sólo con una tostada con mantequilla. Con su taza y pan en mano, se colocó frente a la computadora de su estudio, y comenzó a avanzar en sus trabajos pendientes; mientras esperaba a que lo que fuera que iba a pasar, pasara. Porque estaba segura de que algo pasaría; una vez que se terminó su té y despertó por completo, estuvo aún más segura de ello.

Lo que tanto aguardaba no sucedió hasta cerca del mediodía. Mientras lidiaba con la cuarta versión de una propuesta que estaba diseñado para la identidad corporativa de una empresa en Ohio, su celular sonó repentinamente, haciéndola saltar en su silla. Su precognición le servía para muchas cosas, pero por algún motivo no le advertía con anticipación cuando su teléfono iba a sonar. Quizás porque de hecho no solía hablar o recibir llamadas. Todo lo arreglaba por mensajes de texto o correos, salvo contadas excepciones; como clientes muy tercos, su tía que vivía en Fargo que aún no comprendía cómo usar WhatsApp, o bajo instrucción expresa de Eleven. Como esa llamada que tuvo que hacer unos días atrás a la señorita Charlie McGee, por ejemplo. En realidad, aquello se suponía debía hacerlo Mónica, pero le dejó a ella el encargo de rastrear a aquella mujer, que resultaba ser bastante escurridiza, y comunicarse con ella. Supuso poco después que en realidad Mónica simplemente no deseaba hacerlo.

Lo que sí solía indicarle su precognición, a veces con acierto y a veces no tanto, era quién le marcaba. Y para su sorpresa, en cuanto tomó el teléfono en su mano, un nombre saltó en su cabeza con fuerza, como un grito. Su ceño de frunció ante dicho pensamiento, y le causó por igual confusión… y molestia.

Respondió rápidamente colocando el altavoz (lo prefería a tener el dispositivo pegado a su oreja) y murmuró de inmediato sin ningún saludo previo:

—¿Cody Hobson?

—¿Eh? —Soltó la voz en la línea, algo sorprendido—. Ah, sí… ¿Lucy? ¿Cómo supiste que era yo?

La pregunta le resultó tonta a la joven diseñadora. Bien podría haber tenido su número guardado con su nombre; no lo tenía, y de hecho salía en la pantalla como número desconocido, pero él no tendría por qué saber eso.

—Una mejor pregunta sería preguntarte cómo es que sabes mi número —señaló Lucy, un tanto acusadora—. Cuido mucho mi privacidad, al menos que sea para casos especiales.

—Lo sé, lo siento —se disculpó Cody, apenado—. Eleven me pasó tu número hace tiempo para cuando tuviera alguna emergencia y no me pudiera comunicar con ella.

—La Sra. Wheeler sigue en coma, así que cumples el segundo criterio —indicó Lucy, con una notoria falta de tacto que dejó a Cody helado por unos momentos—. Debo suponer entonces que tienes una emergencia, ¿cierto? Una que espero fuera imperativo no atender por correo electrónico.

Cody vaciló un poco antes de poder responderle.

—Algo así… Necesito que rastrees la ubicación de una persona por mí. Te acabo de mandar su foto. Se llama Lisa Mathews.

—¿Lisa Mathews tu novia?

De nuevo, Cody vaciló.

—¿Sabes de ella?

—Sé muchas cosas —declaró Lucy con simplicidad—. ¿En verdad me estás llamando para que espíe a tu novia con mis habilidades? ¿Esa es tu definición de una emergencia? No esperaba algo tan bajo de ti, Cody Hobson; me asombras.

—¡No se trata de espiarla! —Espetó Cody rápidamente, y aún en la distancia Lucy pudo sentir que se ruborizaba avergonzado. Balbuceó un poco mientras ordenaba las palabras en su mente y explicó al fin—: Ella… yo… le conté de mi Resplandor hace unos días.

Lucy arqueó una ceja ligeramente; la mayor reacción que le fue posible hacer, aunque por dentro estaba realmente intrigada por aquella explicación. Por experiencia sabía que decirle de tus habilidades a alguien, en especial amantes, solía no salir bien.

Cody prosiguió:

—No reaccionó de buena forma, y ahora se ha ido de la ciudad. Supuestamente fue a hacer un trabajo a no sé dónde. Pero ni siquiera se despidió o me dijo algo antes de irse; sólo me mandó un extraño mensaje sin mucha información. Nadie sabe a dónde se fue, ni siquiera su familia. En su trabajo no me quieren decir nada, y no contesta mis llamadas. Estoy… preocupado.

—Suena preocupante —respondió Lucy escuetamente, sintiendo que era lo que se esperaría que dijera—. ¿Seguro que no es sólo un arranque de celos de tu parte?

—¿Qué?, no, claro que no —contesto Cody rápidamente, un poco a la defensiva en la opinión de Lucy—. Por favor, sabes que nunca le he pedido ningún favor personal a la Fundación, pero yo siempre los apoyo en todo lo que me piden.

—¿Eso es chantaje emocional?

—No… —respondió Cody indeciso, y estaba por dar un argumento adicional cuando ella añadió con voz tranquila y monótona:

—Pregunto porque en realidad no sé cómo es eso. Pero me siento chantajeada… y emocional.

Cody se quedó callado, sin ser capaz de identificar si aquello era algún tipo de broma.

Esa era la primera vez que hablaba por teléfono con ella; antes de eso, toda su comunicación había sido por correo electrónico, justo como ella lo prefería. Y casi siempre sus correos eran cortos, concisos e iban de inmediato al grano, pero no más de lo que otras personas de carácter más corporativo solían escribir. A través de ellos no se había hecho una idea clara de cuál era la personalidad de la rastreadora… y aún no lograba hacerse una.

Mientras Cody meditaba en ello, Lucy había ya abierto el correo enviado, con la fotografía de Lisa Mathews en ella. En ella aparecía con rostro serio, y un intento un poco forzado de sonrisa; quizás sólo la había hecho para que le tomaran la foto, sin sentirlo realmente. Eso era algo con lo que Lucy se podía sentir identificada.

La mandó a imprimir.

—Está bien —musitó de pronto, con el sonido de la impresora sonando de fondo—, déjame ver si puedo al menos calmar tus preocupaciones y decirte que está bien. Pero si es así, no te diré dónde está ni con quién está. ¿Estás de acuerdo con esos términos?

—Supongo que sí —respondió Cody, llegando fácilmente a la conclusión de que no tenía opción de dar alguna respuesta diferente.

Lucy aguardó paciente a que la impresora terminara, y justo después tomó la hoja de la bandeja y la contempló justo delante de su rostro. En un primer vistazo no percibió nada en aquel objeto, más allá de ser una hoja de papel con tinta. Pero no siempre tenía un primer presentimiento, así que tampoco era algo raro.

Colocó la fotografía sobre el escritorio. Cerró sus ojos, inhaló profundamente por su nariz, y exhaló por su boca. Intentó despejar lo más posible su mente de cualquier otro pensamiento, y sólo se enfocó en visualizar la fotografía. Susurró entonces lentamente su nombre: Lisa Mathews, y colocó toda su palma sobe el papel. Guardó silencio, se concentró únicamente en esa persona, dejó que su mente volara y se dejara llevar, y…

Y nada.

Absolutamente nada vino a ella.

—¿Qué? —Exclamó en voz alta.

—¿Qué sucede? —Cuestionó Cody, algo alterado.

—No lo sé… —Le respondió perpleja.

Y en verdad no lo sabía. Había hecho ese tipo de rastreos miles de veces, y a veces al primer intento sólo percibía flashazos, pensamientos o ideas sin un orden o lógica. Pero no recordaba alguna ocasión anterior en la que hubiera percibido absolutamente nada; ni siquiera una sola imagen, sonido u olor.

—Déjame intentarlo de nuevo —murmuró tras un rato, sintiendo ya un poco más de motivación personal.

Cerró de nuevo los ojos, respiró hondo, y tocó la fotografía con sus dedos. Lo estuvo intentando por casi dos minutos, obteniendo el mismo frustrante resultado. Soltó de pronto un quejido de enojo, y posteriormente golpeó el escritorio con su mano entera, creando un fuerte estruendo.

—¿Qué ocurre, Lucy? —Preguntó Cody, inquieto.

—No estoy logrando sentir nada; nada en lo absoluto sobre esta persona…

—¿Qué…? —Murmuró Cody despacio, dejando en evidencia la gran angustia que aquellas palabras le habían causado—. Oh, Dios mío, Lucy… por favor no me digas qué…

No fue capaz de terminar su cuestionamiento, pero Lucy pudo darse una idea de lo que le preocupaba; con precognición o sin ella.

—No podría asegurarlo y negarlo en estos momentos —le aclaró—. Pero en situaciones normales, aunque estuviese muerta debería poder recibir alguna señal de donde está su cuerpo o qué le pasó.

—Qué consuelo… —ironizó Cody, maldiciendo de nuevo en silencio la falta de tacto de la rastreadora—. Entonces, ¿qué ocurre?

—No lo sé —repitió Lucy con tanta confusión en su voz como la de Cody—. Dame un minuto, intentaré concentrarme más. No me cuelgues…

Ese minuto fueron de hecho unos quince o veinte, en los que Cody se quedó expectante en la línea. Lucy pasó a prepararse otro té, pero ahora uno enfocado en potenciar la concentración. Cerró las cortinas de su estudio quedando casi a oscuras, y apagó también su computadora con tal de disminuir a lo mínimo cualquier distracción. Se sentó en el suelo con sus piernas cruzadas, colocando la fotografía de Lisa delante de ella, y su teléfono aún en altavoz a un lado.

Lucy bebió lentamente su té, al tiempo que inhalaba y exhalaba profundo y despacio. Sentía como la energía y el calor recubrían su cuerpo de extremo a extremo, y su mente se iba aclarado de cualquier preocupación mundana como el trabajo; incluso se le olvidó por un momento que tenía a alguien al teléfono esperando.

Cuando se sintió lista, volvió a cerrar los ojos como en su primer intento, a respirar muy lentamente, y a tocar la fotografía con la palma entera. Ahora intentaría un enfoque diferente al anterior. Ya no buscaría en dónde se encontraba en esos momentos, sino dónde había estado, y de ahí intentaría ir hacia adelante como buscando un momento exacto en un video.

El resultado fue más prometedor, pero aún seguía siendo difuso. Comenzó a ver diferente imágenes de Lisa, mostrándose en su mente como en cámara lenta, pero de pronto saltando a otro lugar y momento; como si faltara un pedazo de la película.

Comenzó a describir en voz alta lo que veía a cómo le era entendible, para que así Cody la escuchara.

—Unos hombres en traje la recogieron en un auto temprano por la mañana en su edificio. Ella se fue con ellos por su voluntad. Llevaba su equipaje consigo. Luego tomó un avión al este. Puedo verla moverse en esa dirección, pero no sé exactamente a dónde. Pero cuando llegó allá, se subió a… un helicóptero negro y…

Lo que siguió no habría sabido cómo describirlo aunque lo hubiera intentado. Veía el helicóptero negro volando, avanzando en línea recta a una dirección específica, y de pronto todo se distorsionó y agitó, como si alguien lo sacudiera todo similar a un globo de nieve. Y entonces la imagen se volvió completamente blanca, y Lucy sintió como si alguien le diera un fuerte manotazo en la frente y la empujara hacia atrás. Y de hecho estuvo a punto de caer de espaldas al suelo, pero interpuso sus manos antes para prevenirlo.

Esa última sensación le parecía un poco similar a cuando otro resplandeciente la repelía o empujaba lejos de ella cuando se daba cuenta de que estaba viéndolo; era algo que pasaba en ocasiones, aunque no era habitual. Sin embargo, aquello se había sentido un poco diferente. En su cabeza no se sintió como tal un empujón, sino más bien algo parecido a chocar contra una puerta de cristal cerrada creyendo que estaba abierta; eso también le había pasado más veces de las que estaba dispuesta a admitir.

—¿Y? —Pronunció la apremiante voz de Cody al teléfono, luego de aguardar uno tiempo considerable a que dijera algo—. ¿Y luego qué, Lucy?

—Y luego nada —masculló la rastreadora, asertiva—. Nada de nada. No logro captar nada sobre a dónde fue en ese helicóptero o en dónde se encuentra en estos momentos. Es como si la hubieran encerrado en una caja de plomo.

—¿Qué? —Murmuró Cody, sintiendo un poco perdido por el comentario aparentemente al azar.

—Ya sabes. En los cómics clásicos de Superman, él puede ver a través de cualquier cosa, excepto el plomo. Así que si escondes algo dentro de una caja de plomo, él no podrá verlo. Algo así me refiero.

—Entiendo… —susurró Cody despacio, haciendo un gran esfuerzo para no sonar sarcástico—. Pero, ¿quieres decir que Lisa está en un lugar que por algún motivo tú no puedes ver con tus habilidades?

—La verdad no lo sé —confesó Lucy, algo avergonzada—. Nunca me había pasado algo parecido antes. Quizás… ¿tendrás algún objeto personal de ella? ¿Algo que haya tocado o usado mucho? Eso a veces nos sirve como un potenciador. Si me lo envías y tengo contacto con él, puede que obtenga algo más claro.

—¿Un objeto personal…?

Hubo un rato de silencio, en el que Cody recorrió en su memoria las opciones. Después de un rato, pareció dar con una posible opción.

—Sí, puede que tenga algo —declaró—. Iré y te lo llevaré yo mismo.

—¿Tú venir para acá? —Exclamó Lucy con preocupación, tomando el teléfono y parándose casi de un salto del suelo—. ¿Acaso no oíste lo que dije sobre mi privacidad?

—Por favor, Lucy. Esto ya me preocupó más de lo que estaba. Necesito saber dónde está Lisa y qué está ocurriendo con ella. No puedo quedarme aquí sentado esperando.

Lucy bufó exasperada, y comenzó a caminar por el estudio con impaciencia. Ya le resultaba lo suficientemente molesto que Eleven le hubiera pasado su teléfono directo a otra persona; la idea de tener a alguien de la Fundación ahí en su casa, no le parecía para nada.

Por otro lado, la verdad era que pocas cosas lograban despertar la curiosidad de Lucy; pero cuando algo lo hacía, le resultaba difícil sacárselo de la cabeza. Y si existía un punto en el mundo que sus habilidades de rastreadores no podían alcanzar, resultaba imposible no preguntarse qué podría estarse ocultando en ese pequeño punto ciego. Definitivamente quería saber dónde estaba ese sitio, y qué demonios era.

Quizás podía hacer una pequeña excepción, con el fin de resolver ese apremiante misterio.

—Está bien —respondió casi entre dientes—. Pero ni se te ocurra pasarte de listo e intentar algo conmigo por despecho, por qué no lo voy a permitir.

—¿Qué? —Exclamó Cody escandalizado—. Claro que no…

—Más te vale, porque no me acuesto con chicos con novia; sin excepción. Te compraré el boleto de avión para hoy en la tarde, y te lo mandaré dos horas antes de que salga el vuelo. Así que estate ya preparado.

—No es necesario, yo puedo encargarme…

—No —respondió Lucy tajantemente—. Prefiero que no sepas exactamente en dónde vivo hasta que sea completamente necesario. Nos comunicaremos desde ahora por correo, ¿está claro?

—De acuerdo… —murmuró Cody vacilante, de nuevo sintiendo que no tenía opción de responder algo más.

Lucy le colgó en ese mismo momento sin siquiera despedirse, y colocó el teléfono sobre su escritorio. Suspiró, sintiéndose muy cansada; esos intentos de rastreo realmente le habían consumido sus energías. Se sintió tentada a tirarse en su sillón y echar una siesta. Pero antes de eso, tendría que encender de nuevo su computadora y comprar el boleto como había prometido.

Y lo peor era que todo eso estaba ocurriendo justo cuando Eleven no estaba para echarles una mano. Lucy esperaba no se estuvieran metiendo en algo igual de peligroso como lo que le pasó a ella, o peor…

Vaya que esa noche de sueño irregular había tenido su motivo de ser.

— — — —

Mike Wheeler avanzó con paso perezoso por los pasillos del hospital de Hawkins, con un vaso de café grande en una mano, del que apenas y había dado pequeños sorbos, y una dona azucarada en la otra. Su apariencia era lo que se podía describir fácilmente como “un desastre.” Su cabello y ropas estaban desalineadas, y dos grandes ojeras adornaban su rostro, junto con una barba sin afeitar de al menos tres días. Estaba totalmente agotado, y era evidente con tan sólo ver su paso, su postura, o con escuchar su voz.

Tras la partida de Charlie y Abra, nada había cambiado; tanto en el estado de salud de su esposa como en los ánimos de su familia y allegados. Mike seguía pasando la mayor parte del tiempo en el hospital, esperando a que ocurriera el milagro que cada vez veía más lejano. Sus hijos y Will se turnaban para hacerle compañía o relevarlo para que fuera a casa, pero apenas y se permitía separarse hospital unas cuantas horas. Si eso no cambiaba, el siguiente en ser hospitalizado sería él.

Se sentó en una silla de una de las salas de espera, y se quedó unos instantes mirando fijamente a la pared un poco despintada delante de él. En ese momento Terry estaba haciéndole compañía a Jane, así que él salió un momento a tomarse ese café y comerse esa dona; más de la mitad de su dieta esos días se había basado básicamente en esas dos cosas. Y lo peor era que ni siquiera tenía hambre, pues sentía el estómago revuelto, y la garganta cerrada como si se resistiera a dejar pasar cualquier bocado. Aún así comenzó a darle pequeñas mordidas a la dona, y más pequeños sorbos al café. Esperaba que ya fuera la azúcar o la cafeína, alguna de las dos le ayudara a salir de su letargo, aunque pareciera que su cuerpo se hubiera vuelto inmune a sus efectos.

Toda esa situación era simplemente horrible; no había otra forma de describirla. Una horrible pesadilla por la que avanzaba sin rumbo, como un zombi arrastrando sus propis tripas. La comparación, de hecho, le parecía bastante acertada.

Escuchó los pasos de alguien aproximándose a la sala de espera, pero Mike no le prestó importancia; ni siquiera cuando por el rabillo del ojo percibió que se acercaba a donde él estaba, o incluso después de que dicha persona se sentara justo en la silla a su lado. No era su hospital, y mucho menos su sala; cualquier era libre sentarse donde le diera la gana, ¿o no? Aunque ciertamente esperaba que no estuviera buscando la compañía de alguien con quien hablar, porque definitivamente ese no podría ser él, aunque quisiera.

—Hola, Mike —pronunció la voz de la persona a su lado, y el oírla provocó que ya no pudiera seguir indiferente a su presencia—. ¿Cómo estás, amigo? Mejor ni me digas; te ves terrible…

Mike alzó su mirada, casi asustada, hacia aquel individuo. Se acomodó sus anteojos, y lo contempló con detenimiento, pese a que por supuesto lo había reconocido desde el primer vistazo.

—¿Lucas? —Pronunció despacio el nombre de su viejo amigo, ahora ahí sentado con un elegante traje negro, camisa blanca y corbata; zapatos lustrados, rostro perfectamente afeitado, y cabello corto y bien peinado; todo el contraste con él en esos momentos—. ¿Qué haces aquí? —Inquirió Mike, preocupado.

—¿Tú qué crees? —Respondió Lucas Sinclair con seriedad—. Vine a ver a Eleven, y a saber cómo están tú y los chicos. Disculpa que viniera hasta ahora, pero sabes que mi trabajo es muy complicado.

—Claro que lo sé —musitó Mike, escéptico—. Es curioso que te pares aquí en Hawkins por primera vez en tanto tiempo, justo cuando Charlie aparece. —Aquello había sonado claramente como una acusación, y el semblante poco contento de Lucas hizo ver que así lo sintió—. Llegas tarde —añadió tajantemente—, ya hace unos días que se fue. Y antes de que lo preguntes, no sé a dónde.

Lucas suspiró. Se desabotonó y abrió su saco por completo, y cruzó de piernas tomando una postura más relajada.

—Mike, tú y yo sabemos muy bien lo peligrosa que puede ser esa mujer. Supe que causó toda una situación aquí, y que casi lastiman a Eleven por su culpa.

—No fue ella, sino otras dos personas.

—¿Cuáles dos?

Mike vaciló unos momentos al responder.

—No lo sé; y no importa. Escucha, gracias por venir, pero no puedo ayudarte a encontrar a Charlie. En verdad no tengo idea de a dónde se fue.

Lucas asintió comprensivo. Parecía que en efecto le creía, o al menos en mayor parte.

—Charlie McGee no es el único motivo por el que vine —aclaró Lucas—. La persona que le hizo esto a El, también quiero encontrarla y detenerla. Es claro que es un peligro; para la Fundación, para tu familia, y para todos. Si tienes cualquier información…

—¿Para que despliegues a tus asesinos y empieces una cacería? —Soltó Mike abruptamente.

—Y si fuera así, ¿qué? —Respondió Lucas claramente a la defensiva—. ¿No es lo que quieres? ¿Qué ese bastardo pagué por lo que le hizo a la mujer que amas?

—No si eso va terminar poniendo a mis hijos en medio.

—¿Y a tus hijos por qué? —Cuestionó Lucas, confundido.

—Por qué Terry…

Mike se contuvo a último momento, arrepintiéndose de lo que estaba por decir. Lucas lo contempló, achicando un poco sus ojos con expresión de suspicacia.

—¿Qué pasó con Terry? —Inquirió con algo de exigencia, pero también con preocupación.

Mike agachó la mirada y bebió de nuevo de su café. No tenía intención de compartir con su amigo Lucas que su hija se había vuelto también un blanco de ese mismo individuo. Que lo había visto, y la había amenazado directamente. Que casi le hacía lo mismo que le hizo a Eleven, o incluso algo peor. A Mike le daba terror la idea de que pudiera también perder a su hija. Y a su vez, también le avergonzaba lo impotente que se había vuelto para protegerla; a ella o a cualquier otra persona que le importaba.

Lucas volvió a suspirar, e intentó calmarse un poco y aclarar su mente. No había ido a provocar algún conflicto, pero su viejo amigo parecía no compartir su disposición.

—Escucha —comenzó a pronunciar Lucas con firmeza en su voz—, tú sabes que siempre he tenido el mayor respeto por El y por lo que su Fundación hace. Pero no a todos los Usuarios Psíquicos se les puede dar el mismo trato; no todos ocupan sólo que alguien los ayude y les extienda una mano. Hay muchos, miles allá afuera, que lo único que quieren es hacer trizas el mundo entero, sólo porque creen que sus habilidades les da el derecho de hacerlo. Y eso es algo que incluso la propia Eleven entendía muy bien, y por eso ella también respetaba lo que yo hacía…

—No hables de ella en pasado como si estuviera muerta —espetó Mike, molesto—. No lo está.

—No, claro que no —respondió Lucas—. Lo siento. Lo que trato de decirte es que, no soy su enemigo, Mike; nunca lo he sido. Ella es, y siempre será, mi amiga. Y como su amigo, y como protector de la paz que soy, es mi deber encontrar a este sujeto, y encargarme de que ya no lastime a nadie más.

Mike desvió su mirada hacia otro lado, y se contuvo para no reírse con ironía de la afirmación de “protector de la paz.” Mike conocía muchas de las cosas que Lucas había tenido que hacer esos años para proteger esa paz de la que hablaba, y estaba seguro que no eran ni siquiera las peores. Eleven había tenido que llegar a condonar algunas de dichas acciones por el bien de su Fundación y de los chicos que protegía, y Mike la había apoyado en su decisión. Pero a él le resultaba muy difícil ver a aquel hombre sentado a su lado como su viejo amigo Lucas, con el que jugaba Calabozos y Dragones, andaba en bicicleta, perdían el tiempo en el club de audiovisual de la escuela, y de vez en cuando saboteaban algunas conspiraciones gubernamentales o combatían a monstruos de otras dimensiones.

Para Mike, aquel sujeto se había vuelto casi un completo desconocido. Y no era el único que lo sentía así.

—Tampoco tengo información sobre esa persona, lo siento —respondió Mike encogiéndose de hombros—. Yo te agradezco que vinieras, pero estamos bien. En estos momentos, mi prioridad es cuidar a mi familia. Y mientras más nos mantengamos alejados de esto, será mejor.

La mirada de Lucas se endureció, revelando que aquello lo había molestado enserio.

—El viejo Mike que conozco nunca hubiera querido ocultar su cabeza entre las piernas y fingir que nada pasaba —declaró Lucas, ferviente.

—El viejo Mike no tenía tres hijos en los cuales pensar —respondió Mike, aguerrido—. Por favor vete, Lucas.

Lucas suspiró una vez más, ahora más frustrado que molesto.

—Está bien —musitó despacio, parándose de su silla y abotonándose de nuevo su saco—. Pero primero pasaré a ver a Eleven, si estás de acuerdo. Como dije, ella siempre ha sido mi amiga.

A Mike no se le ocurrió alguna buena razón para prohibírselo, y en realidad tampoco tenía las energías o los ánimos para pensarlo demasiado. Sólo se limitó a asentir con su cabeza, y con un ademán de mano indicarle que podía pasar. Lucas le agradeció con un propio asentimiento de su cabeza, y se alejó caminando por el pasillo.

— — — —

Después de Mike, quien más pasaba tiempo en el hospital era Terry. La chica parecía haberse sumido en una profunda culpa por lo ocurrido hace unos días, a pesar de que todo el mundo ya le había repetido varias veces que su madre estaba bien, y que no había sucedido ningún revés en su estado a causa de aquello. Pero Terry no lo creía. Los demás no habían visto lo que ella vio en el interior de la mente de su madre. No habían visto cómo su consciencia se había hundido más en aquel mundo, presa del miedo; yéndose a un lugar tan profundo que quizás nunca podrían alcanzar.

Cuando Abra se despidió de ella y le dijo lo que haría, Terry había deseado acompañarla y ayudarla a encarar a aquel individuo de una vez por todas. Abra le hizo ver que aquello era una locura (y en parte la propia Terry ya lo sabía), y que en otras circunstancias ni siquiera ella misma se arriesgaría a algo así, mucho menos arrastraría a alguien más a exponerse junto con ella. Le pidió que dejara todo en sus manos, y le hizo la promesa de que ella se encargaría de que ese maldito ya no le hiciera más daño a nadie. Terry asintió, pero tuvo la sensación de que ni siquiera la propia Abra creía del todo en dicha promesa.

A Eleven la acaban de mover recientemente del área de emergencias a una habitación más privada; pequeña, pero cómoda. Terry se encontraba sentada a un lado de la camilla, sujetándole la mano a su madre y admirando en silencio su rostro. Le habían dicho que a veces ayudaba hablarles a los pacientes en ese estado, pero Terry no había tenido ánimos de intentarlo; ni con su voz, ni con su mente. Seguía sintiendo que su madre se hallaba demasiado profundo como para que oyera cualquier cosa que intentara decirle.

Alguien llamó despacio a la puerta en un momento.

—Adelante —respondió Terry casi en automático, suponiendo que era alguna de las enfermeras, aunque ellas solían entrar aunque no les diera el permiso.

La puerta del cuarto se abrió, y del otro lado no apareció el rostro de una enfermera.

—Hola, Terry —saludó el hombre afroamericano de traje, mientras entraba al cuarto y cerraba la puerta detrás de él.

—¡Tío Lucas! —Exclamó Terry sorprendida, parándose de su silla.

Lucas esbozó una sonrisa, y se aproximó cauteloso hacia la joven.

—Por un momento creí que no me reconocerías —bromeó un poco, y rodeó entonces a la más pequeña de los Wheeler con un brazo, dándole un pequeño baso en la corona de su cabeza.

—No digas tonterías —respondió ella, correspondiéndole el abrazo—. Aunque es cierto que hacía mucho que no te veía.

—Sí, lo siento. Me he mantenido alejado por trabajo, pero me hice un espacio para venir.

La atención de Lucas se centró entonces en la mujer en la camilla, siendo ella la que él casi no reconocía en un inicio, pero un segundo vistazo le dejó claro que en efecto era la persona que había ido a ver. Su apariencia le provocó un molesto nudo en el estómago, que lo incitó a querer mirar a otro lado. Pero se contuvo.

En esos años había visto muchas cosas horribles en diferentes niveles, pero pocas le pegaban a un nivel personal como ver a sus más cercanos en una camilla de hospital. Y, lamentablemente, era algo que le había ocurrido bastante seguido.

—¿Cómo sigue nuestra campeona? —Preguntó intentando reflejar serenidad en su tono, incluso buen humor.

Terry suspiró con pesadez.

—Igual, sin cambio alguno. En estos momentos ya no sé si eso es bueno o malo…

—Es bueno, te lo prometo —señaló Lucas, colocando una mano en el hombro de la muchacha para reconfortarla, aunque no pareció surtir ningún efecto.

Lucas acercó entonces a la cama una de las sillas adicionales de la habitación y la colocó a un lado de la de Terry.

—Terry, dime una cosa —comentó mientras tomaba asiento a su lado—. ¿Tu madre te contó en alguna ocasión a qué me dedico? ¿Sobre cuál es mi trabajo actual?

Terry la miró unos momentos con confusión, y por mero reflejo se sentó de nuevo en su silla.

—Trabajas para el gobierno, ¿no? —respondió Terry, insegura—. Para el ejército o para la policía, creo.

—Así es —asintió Lucas—. Dirijo una agencia especial, encargada de investigar y proteger al país y a sus ciudadanos de ciertas amenazas particulares. De cierta forma, hago lo mismo que hace tu madre, pero por otros medios.

Terry achicó un poco sus ojos, con desconcierto.

—No te entiendo…

—Terry —musitó Lucas con voz solemne, e inclinó un poco su cuerpo hacia ella—. Yo me encargo de cazar y castigar a personas como la que le hizo esto a tu madre.

Los ojos de Terry se abrieron por completo, azorados. La idea tardó un poco en volverse clara en su cabeza, pero incluso una vez que estuvo ahí se negó a creer que hubiera entendido bien lo que quería decirle.

—¿Hablas de resplandecientes? ¿Hablas de personas como…?

Terry alzó su mano, y por la dirección que ésta tomaba fue evidente que iba a señalarse a sí misma.

—No, no como tú —se apresuró Lucas a aclarar—, o como tu madre, o como las personas de la Fundación. Hablo de personas sin escrúpulos, que usan sus poderes para dañar a otros. Incluso he trabajado a lado de tu madre estos años para hacerlo posible. Y ahora, estoy buscando al responsable de lastimarla. Tú lo conoces, ¿verdad? Si me dices quién es, yo te prometo que lo encontraré, y lo detendré. Sólo dime lo que sepas.

La menor de los Wheeler agachó su mirada, un poco incómoda. Se abrazó a sí misma y se talló un poco sus brazos, como si sintiera frío.

—Yo lo vi, dos veces —masculló despacio, sintiéndose que ocupaba un gran esfuerzo para decirlo—. Una vez la noche en que atacó a mamá, y otra hace unos días.

—¿Él estuvo aquí?

—No. Creo que se proyectó a distancia, como lo que mi madre sabe hacer. ¿Sabes a lo que me refiero? —Lucas asintió; por supuesto que lo sabía—. Es un chico, más o menos de mi edad. Cabello negro, ojos azules y piel blanca. Refinado, bien vestido, y muy engreído. Abra me dijo…

—¿Abra?

—Una amiga que conocí hace poco. Es una resplandeciente muy fuerte, y ella también lo conoce. Me dijo que su nombre era Damien Thorn, que estaba en Los Ángeles, y que ella iría a detenerlo. Pero no sé si pueda hacerlo ella sola; él es muy poderoso, y aterrador. Tío Lucas —se viró a verlo, ahora con bastante preocupación—, ¿tú podrías ayudarla? Por favor, no quiero que le pase nada malo.

Lucas permaneció en silencio unos momentos, repasando en su cabeza de forma rápida todo lo que la jovencita había dicho. Parecía que no era mucho, pero en su caso podría ser suficiente.

—¿Dijiste Damien Thorn? —Preguntó con seriedad, al tiempo que sacaba su teléfono del interior de su saco. Terry asintió con afirmación—. Dame un minuto…

Con el pequeño celular negro en su mano, Lucas se paró de la silla y se encaminó a la puerta para posteriormente salir de nuevo al pasillo. Una vez afuera, desbloqueó el dispositivo con su huella digital, además de una contraseña sofisticada. Marcó entonces uno de sus números rápidos y acercó el teléfono a su oído. No se escuchó del otro lado ningún sonido de marcado, como si la llamada hubiera salido mal, pero él sabía muy bien que no era el caso.

Un fuerte pitido resonó tras medio minuto, y luego la voz de un operador se hizo presente.

—Diga su usuario y número de empleado.

—LuSinclair, DI-55647859 —respondió Lucas rápidamente.

Siguió un rato de silencio, sólo opacado por el lejano sonido de los dedos del operador tecleando rápidamente.

—Diga su clave secreta para reconocimiento de voz —pidió el operador, sonando casi como una orden.

Un par de enfermeras se aceraron por el pasillo en su dirección, y Lucas tuvo el reflejo de virarse a la pared, como si no quisiera que le vieran el rostro. Aquella reacción no se debía sólo por la parte de “secreta” de dicha clave (que por supuesto lo era), sino también por un sentimiento de cierta… vergüenza, casi infantil, que ésta le provocaba. Con el pasar de los años había usado esa clave para varias cosas importantes, ya casi como una vieja costumbre. Pero muy pocas personas en el mundo podrían siquiera llegar a entender el significado oculto detrás de ella. Y, para bien o para mal, un par de ellas se encontraban en ese mismo hospital.

—MADMAX751300 —pronunció en el teléfono, sólo lo suficiente alto para que su voz se escuchara clara para el detector.

De nuevo un rato de silencio, sonido de teclas siendo presionadas, y entonces el tono y actitud del operador cambiaron abruptamente.

—Muy buenas tardes, Director Sinclair —saludó con voz calmada y amable—. ¿En qué le puedo servir?

—Necesito que busques el expediente de un civil. Primer nombre, Damien, Damian o Demian. Apellido, Thorn. De entre 16 y 20 años. Cabello negro, ojos azules, caucásico. Posible lugar de residencia, Los Ángeles, pero ponlo sólo como parámetro opcional.

Al otro lado de la línea, el operador se puso de inmediato a trabajar en la búsqueda, mientras Lucas aguardaba.

Ese monitoreo constante del que varios estadounidenses solían quejarse, era en realidad un poco peor de lo que la mayoría creía. Pero al menos en el caso del DIC, no era tanto que se pusieran a espiar sus llamadas y correos (no en un inicio, al menos). Con lo que ellos contaban era con una súper computadora a la que apodaban Halcón, que analizaba todo el contenido publicado en internet; desde las noticias de todos los periódicos, hasta los memes más recientes rondando en las redes sociales. Lo que esta computadora hacía era analizar toda esa información, y filtrarla por aquella que les pudiera ser interesante; como cualquier rumor o leyenda urbana sobre algún fenómeno o hecho inexplicable, pero con algún vestigio de posible veracidad.

Una vez que se tenía el hecho identificado, Halcón reunía toda la información entorno a él; en especial los nombres, direcciones y cualquier dato disponible de las personas involucradas. Casi todo eso se encontraba disponible públicamente en las redes sociales, o sino en alguna de las muchas bases de datos del gobierno a las que tenían acceso. De cada uno de estos individuos se creaba un expediente, que se colocaba en una clasificación. Dicho expediente luego era catalogado y revisado por sus analistas. Y si estos lo consideraban pertinente, se autorizaba una investigación en firme de la persona. Y entonces ya era el turno de los teléfonos intervenidos, los correos interceptados, los micrófonos y cámaras de celulares y computadoras encendiéndose solos, y varias otras maravillas que la gente ni siquiera se imaginaba.

Todo eso se hacía con el fin de identificar a posibles UP’s que pudieran significar una amenaza. Aunque claro, no tenían los recursos ni el tiempo para investigar a cuanto sospechoso era arrojado por ese análisis, así que se enfocaban sólo en los más relevantes.

Si el tal Damien Thorn había estado involucrado en cualquier hecho sospechoso antes, sería casi seguro que habría un expediente de él con la suficiente información para comenzar su investigación. Si no, entonces tendrían que realizar la búsqueda por otros medios.

—Tengo un resultado —indicó el operador tras unos minutos—. Damien Thorn, 17 años. Es de Chicago, pero los demás datos concuerdan.

Bien, sonaba prometedor. Al menos parecía que era una persona real, y en alguna ocasión había llamado la atención de la computadora.

—¿Qué clasificación tiene su expediente?

—F.

—¿F? —Exclamó Lucas, incrédulo—. ¿Estás seguro?

—Por completo, señor. ¿Sucede algo?

—No… nada —respondió dubitativo—. ¿Podrías revisar rápidamente qué hizo que llamara la atención de Halcón?

Escuchó al operador teclear por unos minutos, y entonces le respondió:

—Por lo que dice aquí, al parecer el hecho raíz fue la muerte repentina del primo del sujeto, Mark Thorn de 13 años. La computadora determinó que las circunstancias de dicha muerte fueron inusuales, y adicionalmente hizo señalar otras muertes extrañas de familiares y conocidos del sujeto.

—¿Alguna nota de por qué se pasó a F?

—Sólo dice que se determinó que todas las muertes ocurrieron por circunstancias convencionales no vinculantes directamente al sujeto. No hay ningún otro detalle anexo en el resumen que estoy consultando. Si quiere ver el expediente completo para más información, tendrá que hacerlo directamente desde su cuenta, director.

—Sí, entiendo —murmuró Lucas con sus pensamientos algo dispersos—. Cómo sea, envíame ese resumen lo antes posible, por favor.

—De inmediato —respondió el operador, y la llamada se cortó poco después.

Lucas se quedó de pie en el pasillo, sujetando su teléfono en la mano. Meditaba un poco sobre aquellos últimos datos que el operador le había dado, intentando determinar qué podría significar.

El DIC asignaba a los expedientes de las personas identificadas por la computadora, una clasificación identificada con una letra. Dicha letra indicaba el estatus en el que se encontraba de la investigación del individuo, o el resultado de ésta.

F era para los Descartados; personas que luego de investigarlos se determinó que una seguridad aceptable que no poseían ningún Nivel de Coeficiente Psíquico. En promedio, el 60% de los expedientes que se llegaban a investigar caían en esta clasificación, y con los años esa tendencia iba en aumento.

E era para los Sin Clasificar, que básicamente significaba que aún no se había realizado ninguna investigación correspondiente o no se había llegado a una conclusión. Todos los expedientes nuevos se colocaban inicialmente ahí, y muchos (para bien o para mal) solían quedarse así.

D significaba que se detectó que el individuo en efecto poseía un NCP, pero éste era demasiado bajo para considerarlo una amenaza. El DIC solía a estos individuos ni siquiera considerarlos Usuario Psíquico. La cantidad de individuos de este tipo era bastante más grande de la que muchos supondrían.

C era para los individuos en los que sí se había detectado un NCP con el rango mínimo para considerarlo un UP, y requerían más observación para determinar el accionar correcto. Esto solía abrir la puerta para utilizar medidas de investigación más sofisticadas y, en ocasiones, invasivas.

B era para los UP’s de NCP Alto que se habían determinado Sin Amenaza. Los miembros de la Fundación Eleven solían colocarse deliberadamente en este grupo, por ejemplo.

Y la A era para aquellos UP’S con NCP Alto confirmado y que representaban una amenaza confirmada. Cuando se encontraba uno de este tipo, se autorizaba llevar a cabo una operación para encontrarlos, y atraparlos o exterminarlos lo antes posible. Este grupo lo coronaba la famosa Charlie McGee.

Si el expediente del tal Damien Thorn estaba clasificado como F, quería decir que en algún momento se investigó y se llegó a la conclusión de que no poseía ningún grado de NCP, y se había descartado. Eso era algo que Lucas no se esperaba; esperaba al menos que fuera una E, y siendo muy optimista quizás una D  o C.

Por otro lado, tampoco era la primera vez que oía que un individuo era identificado por Halcón debido a una “muerte sospechosa.” Muchos de los UP’s que habían llegado a identificar, lo hacían gracias a una de esas. Sin embargo, la mayoría solían ser sólo tragedias extrañas o inusuales, pero nada más.

 ¿Podría ser que no fuera el individuo que buscaba? Tendría que echarle un ojo al expediente completo como le habían sugerido. Pero había algo que aún podía revisar, antes de descartarlo por completo.

Escuchó la notificación de su teléfono con un nuevo mensaje, y se apresuró a desbloquearlo y abrirlo. Era el resumen del expediente, justo como esperaba. Y la foto del sujeto venía adjunta en él.

Volvió al cuarto de inmediato. Terry saltó nerviosa, pues no se había molestado en tocar antes de entrar, pero pareció calmarse al ver que era él.

—Terry, ¿es éste el chico? —le preguntó sin muchos rodeos, acercándole el teléfono con la fotografía del expediente abierta.

Los ojos de la muchacha se llenaron de asombro, y terror, en cuanto se posaron en la pantalla del dispositivo, y vio claramente el rostro en él, que la miraba y le sonreía de regreso.

—Oh, por Dios… —musitó incrédula, apenas audible—. Sí, es él. ¿Cómo lo encontraste?

Lucas tomó de regreso el celular, y volvió a mirar la imagen. La descripción era justo como la que ella le había dado: un chico joven y apuesto, de cabellos negros y ojos azules.

Damien Thorn… No tenía idea de quién había tomado la decisión de clasificarlo como F, pero estaba ansioso por averiguarlo.

—Escucha —susurró despacio, sentándose de nuevo a lado de Terry—, no le digas a tu padre lo que me dijiste, ¿de acuerdo? Él y yo tenemos opiniones diferentes sobre cómo tratar esto. Pero yo te prometo que encontraré a este sujeto lo antes posible, y me encargaré de que pague por lo que hizo a tu madre. ¿De acuerdo?

Terry lo miró callada, y sólo asintió despacio.

—Una cosa más —pronunció Lucas, y comenzó a buscar otra fotografía más en su teléfono, y se lo extendió de nuevo a la jovencita para que la viera—.  ¿Viste a esta mujer en el hospital en estos días?

Terry miró la nueva imagen, de una mujer con lentes oscuros y chaqueta de cuero.

—Sí —respondió, aunque un poco indecisa—. El tío Will me dijo que era una vieja amiga de mis padres. Creo que Abra se fue con ella a Los Ángeles.

—¿Tu amiga Abra?, ¿la que te dijo cómo se llamaba ese chico? —preguntó Lucas curioso, y Terry volvió a asentir—. ¿Es de la Fundación?

—No, ella no conocía a mamá, pero mamá la estaba buscando a ella… La verdad es que yo tampoco entiendo muy bien cómo es que se involucró en todo esto. Pero conocía a ese chico, y él a ella.

Lucas guardó silencio unos momentos, reflexivo.

—¿Y Abra tiene apellido?

—Yo… —Terry alzó su mirada al techo unos momentos, intentando recordar sin éxito—. No, lo siento. Si me lo dijo, no lo recuerdo.

Lucas se preguntó cuántas Abra’s habría en sus expedientes como para solicitar una búsqueda sólo con ese dato. Quizás tendría suerte, quizás no. Pero si Terry decía que dicha chica era muy poderosa, y estaba ahora con Charlie McGee en Los Ángeles… no pudo evitar preocuparse más de lo que ya estaba.

—¿Y quién es esa mujer? —Preguntó Terry de pronto, llamando de nuevo su atención. Cuando la miró, la joven señalaba al teléfono, aún con la foto de Charlie abierta.

—Una vieja amiga, en efecto —respondió Lucas con aparente normalidad, y se guardó rápidamente el teléfono en el interior de su saco—. Debo irme, pero me mantendré atento a lo que le pase a tu madre.

Se paró de la silla y se abotonó de nuevo su saco. Se inclinó hacia Terry para darle un pequeño abrazo, y un beso en su cabeza de despedida; justo como la había saludado al llegar.

—Salúdame a tus hermanos.

—Sí. Muchas gracias, tío.

Lucas le sonrió gentilmente con sus blancos dientes y se dirigió a la puerta sin más espera.

Mientras salía al pasillo, el director del DIC comenzó a pensar rápidamente en los siguientes pasos a seguir. Primero debía revisar el expediente del tal Damien Thorn, y ver si acaso su pase a la clasificación F fue justificada o no. Pero como fuera, la declaración de Terry era suficiente para al menos autorizar una nueva investigación; una en la que él personal estaría al tanto para que no ocurriera ninguna irregularidad.

Por otro lado, el último reporte que había recibido de los operativos de campo era que habían seguido el rastro de Leena Klammer hacia Los Ángeles, lo que concordaba con todo lo que Terry le había dicho. Por lo tanto, dar la instrucción a los agentes para que tuvieran los ojos abiertos por cualquiera avistamiento de Charlie McGee, se volvía también apremiante. Sin embargo, debían de ser muy cuidadosos, ya que si Charlie le estaba pisando los talones a Damien Thorn, cualquier acto a gran escala contra ella lo pondrá en alerta a él. Así que la instrucción debería ser, al menos de momento, que los localizaran y mantuvieran bajo vigilancia hasta nuevo aviso.

Y la tercera acción que debía realizar, era quizás la más importante, aunque no lo pareciera a simplemente vista. Si estaban a punto de entrar en combate contra Charlie McGee, y alguien potencialmente peor, necesitaban tener a su disposición todos los recursos posibles. Eso significaba que el tiempo límite para el Dr. Shepherd se había vencido: necesitaban activar a Gorrión Blanco lo antes posible, o tomar alguna otra medida de emergencia en su lugar.

Pensaba perdido en todo aquello mientras avanzaba por el pasillo alejándose del cuarto de Eleven. Se paró frente al elevador para bajar, pero justo cuando estaba por presionar el botón para mandarlo a llamar, las puertas se abrieron solas. Del interior se asomó el rostro de una mujer en bata blanca, tan abstraída en sus pensamientos como lo estaba Lucas que ambos casi chocaron entre sí. Dicho choque fue prevenido cuando ambos pudieron despabilarse lo suficiente para ver con atención al otro; y reconocerse.

—Max… —murmuró Lucas despacio por simple reflejo, con su mirada aturdida. La Doctora de cabellos rojizos y rostro blanquizco, avanzó hacia un lado, sacándole la vuelta para poder salir del ascensor antes de que se cerrara. No le quitó, sin embargo, los ojos de encima durante todo ese movimiento.

—Lucas —murmuró Max despacio, también aturdida por el repentino encuentro—. ¿Qué haces aquí?

Las puertas del elevador se volvieron a cerrar, pero a Lucas no le importó pues se le había olvidado de pronto que quería bajar, al igual que todas las instrucciones que estaba comenzando a diseñar en su cabeza.

—¿Por qué todos me preguntan eso? —Murmuró intentando parecer molesto por el cuestionamiento, e intentar con eso disimular su reacción inicial—. ¿Es un crimen ahora venir al hospital a ver a una amiga enferma? A mí lo que me sorprende es ver que tú sigues aquí. Te imaginaba como doctora en el Johns Hopkins o algo así.

Escuchar a su viejo amigo (y exnovio) hablar, pareció ser suficiente para disipar de la cabeza de la Dra. Mayfield la bruma que su aparición le había causado. Su postura se volvió más segura, y su semblante más serio; incluso algo agresivo, le pareció a Lucas.

—Alguien tenía que quedarse a hacer guardia —respondió Max de modo cortante.

—Creí que Eleven y Mike hacían justo eso.

—¿Y quién crees que cuida de ellos cuando no lo hacen ellos mismos?

—Esa no era tu responsabilidad; tuya ni de nadie —señaló Lucas, ahora siendo él quien tomaba la postura defensiva—. Debiste haber salido de este pueblo en cuanto tuviste la oportunidad.

—¿Así como tú? —Soltó Max con sagacidad. Luego suspiró con molestia—. No tengo tiempo para esto. Debo volver al trabajo…

La doctora hizo el ademán de querer darse la vuelta y retirarse. Lucas tuvo por un momento el reflejo de tomarla del brazo para detenerla, pero se detuvo de inmediato antes de siquiera alzar su mano. Odiaba cómo estar en esa ciudad solía hacerlo actuar de formas de las que no se sentía orgulloso; especialmente en presencia de Maxine Mayfield.

—Sí, lo siento —pronunció apresurado, notándosele un tanto avergonzado—. Sólo dime una cosa. El… ¿ella cómo está?

—Mal —respondió Max, volviéndose de nuevo hacia él un momento—. Francamente, no sé si vaya a poder despertar. Ahora estamos más cerca de requerir un milagro que algún tratamiento.

—Si alguien es capaz de hacer milagros, es ella —comentó Lucas con optimismo, pero Max claramente no compartía el sentimiento.

—Pues me temo que esto sí podría al fin estar por encima de las capacidades de Jane Wheeler —declaró con pesadez en su voz, y agachó entonces su cabeza y ocultó ligeramente su rostro con una mano.

Se le veía cansada, y en efecto lo estaba, aunque más emocional que físicamente. Se había tenido que obligar a sí misma a no reflejar abiertamente sus verdaderos sentimientos por toda esa situación, como los lineamientos de su profesión le exigían. Pero aquello no era tan fácil como siempre. La persona que estaba en esa camilla desde hace días sin reaccionar, no era una completa desconocida: era su amiga, su mejor amiga en el mundo; quizás la única de verdad que había tenido. Y a diferencia de Mike y su familia, ella no podía permitirse llorar o dejarse reconfortar.

¿Y ahora consideró que el mejor momento para dejarlo salir era justo ese?, ¿enfrene de esa persona de todas las que podrían haber elegido…?

—Oye, tranquila —masculló Lucas, dudoso, y se permitió colocar una mano sobre el hombro de su amiga. Ella no se lo impidió, pero Lucas supuso que si intentaba algo más (como darle un abrazo) ella no lo recibiría de buena forma—. Pase lo que pase, todo saldrá bien; yo lo sé. Eleven es fuerte, y su familia igual. Y de paso, todos nosotros también tenemos un poco de su fuerza en nosotros; en especial tú. Aunque lo peor pase, saldremos adelante.

Max respiró lentamente y talló discreta sus ojos con la palma de su mano.

—Gracias —pronunció despacio, en apariencia no muy contenta de tener que decirlo.

Por supuesto, sus conceptos de “salir adelante” en ese caso, eran un poco diferentes. Lucas no podía hablar por la salud de Eleven, pero sí se encargaría del asunto de su atacante a como diera lugar.

Lucas retiró entonces su mano de su hombro y dio un paso hacia atrás.

—Gusto en verte, Mad Max —murmuró con un tono casi burlón, que irremediablemente le provocó una pequeña sonrisa a la doctora. Hacía años que nadie la llamaba así.

—¿Ya te vas? —le preguntó curiosa, mientras él presionaba el botón del ascensor y las puertas se abrían.

—Aunque no lo creas, yo también tengo que hacer mi guardia —indicó Lucas con seriedad, y dio entonces un paso hacia el interior del elevador—. Pero desde un lugar más elevado.

Max contempló en silencio como las puertas automáticas volvían a cerrarse, ocultando la imagen de su viejo amigo justo detrás de ellas.

FIN DEL CAPÍTULO 83

Notas del Autor:

Lucy es un personaje original de mi creación, sin ninguna relación con algún otro de los personajes, o las películas y series involucradas en esta historia. Ya se le había hecho mención en otros capítulos anteriores, como una de las rastreadoras de la Fundación que ayudaba con información a Matilda y los otros. No se debe confundir con la enfermera Lucy del hospital de Portland en el que estaba Lily, o con Lucy Stone la madre de Abra. Las tres son personajes distintos.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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