Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 82. Orden Papal 13118

1 de diciembre del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 82. Orden Papal 13118

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 82.
Orden Papal 13118

Cole esperaba ser llevado de nuevo a la misma iglesia de la vez pasada, o quizás a alguna otra similar. Para su sorpresa, el lugar al que sus captores se dirigían resultó ser un restaurante estilo italiano, cerca del centro. Era elegante, pero no del tipo que te hacía sentir que te costaba un ojo de la cara el sólo entrar en él. Al ingresar, la mujer de gabardina que lo había escoltado se dirigió directo a la anfitriona y le susurró algo en su oído. Ésta asintió y le respondió algo, que a Cole le pareció era italiano, y entonces les indicó con una mano que la siguieran.

Avanzaron por el local, estando Cole prácticamente rodeado, con la mujer afroamericana al frente y el hombre grande y calvo detrás, como si temieran que en cualquier momento intentara escapar. Y, ciertamente, la idea le había cruzado por la cabeza en un par de ocasiones.

Sólo había unas tres mesas ocupadas en esos momentos; la hora de comer ya había pasado, y todavía faltaban un par de horas para la cena. La anfitriona los llevó hasta la parte de atrás, hacia unas puertas que aparentemente llevaban a un área privada, apartada del resto de las mesas.

Un policía siendo escoltado por dos personas con apariencia de matones, por un restaurante italiano hacia un área privada al fondo del local. Ahora eso ya no le rememoraba sus propias experiencias con la mafia local de Filadelfia, sino más bien a alguna estereotipada película que habría visto durante la madrugada por televisión.

La habitación era pequeña, y era ocupada principalmente por una larga mesa rectangular de mantel blanco, con sillas suficientes para aproximadamente veinte personas, aunque en esos momentos sólo había dos. Y evidentemente ninguno era algún viejo jefe de la Cosa Nostra, aunque uno de ellos sí era italiano. El padre Babato, sentado en uno de los extremos de la mesa, sonrió contento al verlo entrar, y sin dudarlo mucho se paró de su silla apoyado en su bastón y se le aproximó.

—Detective —exclamó con singular júbilo, apretando uno de los brazos de Cole con su mano, quizás como un gesto similar a un saludo o un abrazo, pero que al oficial le incomodó un poco—. Qué gusto volverlo a ver. Gracias por aceptar de nuevo mi invitación.

—¿Así es cómo usted le llama? —Masculló sarcástico, mirando de reojo a las dos personas que lo habían acompañado. Ambos, sin pronunciar palabra, se dirigieron al extremo contrario de la mesa y tomaron asiento, para después comenzar a revisar el menú. Cole supuso que aunque estuvieran relativamente lejos, igual intervendrían para evitar su salida si lo intentaba.

—¿Cómo ha pasado su estadía en Los Ángeles? —le cuestionó Frederick, llamando de nuevo su atención.

—Con altibajos —le respondió secamente—. Escuche, sé que la intención del padre Michael fue buena, pero realmente no sé si fue correcto acudir a ustedes. Preferiría encargarme yo mismo de aquí en adelante.

Frederick asintió lentamente, aparentemente comprensivo.

—Supongo que eso significa que ya pensó en lo que hablamos, ¿verdad? ¿Ya sabe lo que hará con la niña?

Cole enmudeció un poco por ese repentino cuestionamiento.

—No voy a matar a una niña inocente; eso lo tengo claro.

—Entonces, faltaría determinar si es realmente inocente o no. ¿Correcto?

De nuevo, Cole se quedó sin palabras, aunque más que nada se sentía impresionado por un cierto cinismo que había detectado en ese comentario, y que no supo bien cómo interpretar.

Antes de que pudiera reaccionar de algún modo claro, sintió como Frederick colocaba una mano sobre su espalda y lo guiaba sutilmente hacia la mesa. Cole, por algún motivo, lo siguió sin protestar.

—Detective, permítame presentarle al padre Jaime Alfaro —masculló el sacerdote, extendiendo su mano hacia el otro hombre que estaba sentado con él antes de que entraran—. Viene llegando directo de la Santa Sede.

Cole despabiló un poco y logró entonces echarle un vistazo a aquel individuo. Era un hombre también mayor, aunque de seguro al menos diez o quince años más joven que el padre Babato. Tenía el cabello negro corto, con la presencia muy notable de canas decorándolo en varios puntos, y un poblado bigote sobre sus labios en el mismo estado. Usaba el traje negro completo y el cuello clerical que lo identificaban claramente también como sacerdote. Cuando lo presentó, Jaime le sonrió gentilmente (aunque no demasiado), y entonces se puso de pie para extenderle su mano por encima de la mesa.

—Encantado de conocerlo, detective —murmuró con un marcado acento español acompañando sus palabras—. He oído muchas maravillas sobre usted.

—Gracias —respondió Cole dudoso, estrechando su mano más por amabilidad que por deseo propio—. ¿También es un exorcista, padre?

Jaime rio ligeramente, echándole una mirada rápida de complicidad a Frederick, que ya estaba de regreso en su silla.

—No precisamente —respondió Jaime con normalidad—, pero suelo trabajar de cerca con ellos. Pero siéntese, por favor. ¿Gusta beber o comer algo?

—Preferiría no tener que quedarme tanto —respondió Cole con un nada disimulado fastidio, pero igual jaló la silla delante de Jaime y a la diestra de Frederick, y se sentó.

—El padre Babato me contó a detalle sobre el tema que lo trajo a Los Ángeles —indicó Jaime, mirando a Cole firmemente—, y sobre la niña que está buscando. Me gustaría hablar con usted sobre algunos detalles de dicha situación, con el fin de poder ayudarnos mutuamente a resolverla.

Cole suspiró, ya en ese punto un tanto cansado de lo repetitivo que se estaba volviendo todo.

—Como bien le dije a la señorita —pronunció lo suficiente fuerte para que la mujer al otro lado de la mesa lo oyera—, y al padre Babato hace un momento, en verdad agradezco su intención, pero no creo que necesite realmente…

—¿No cree que necesite nuestra ayuda? —Le interrumpió el padre Alfaro, completando su frase—. Pero usted mismo vino a pedírsela al padre Babato, ¿no?

—No, escuche. —Cole se inclinó hacia el frente y extendió sus manos a modo de exposición, observando atentamente a los dos sacerdotes—. El padre Michael fue el que me insistió en que hablara con él. Y se lo agradezco; fue una plática interesante y me dio mucho en qué pensar. Pero enserio, ahora necesito irme y buscar a mi sospechosa antes de que alguien más resulte herido.

Se puso de pie una vez más en ese momento, acomodándose su saco.

—Se los agradezco, disfruten su cena…

Se giró en ese momento hacia la puerta para salir por ella sin mirar atrás. Sin embargo, al voltearse se encontró con el enorme cuerpo de Carl, parado justo delante de la entrada cubriéndola casi por completo, mientras lo miraba amenazante hacia abajo. A Cole en realidad no le sorprendió demasiado el verlo, sino más bien el hecho de que se hubiera acercado desde el otro lado el cuarto tan rápido sin que se diera cuenta.

—Lo entiendo, es un hombre ocupado, detective —pronunció Jaime a sus espaldas. El padre español se paró también en ese momento, sujetando en sus manos ahora un sobre abultado color amarillo, y comenzó a rodear la mesa para ir en su encuentro—. Y lo que menos deseamos es quitarle mucho tiempo de su investigación. Sólo quería pedirle de favor si podía echarle un vistazo a estas fotos.

Le extendió entonces el sobre que sujetaba en su mano para que él lo tomara. Cole lo miró, un tanto extrañado.

—¿Fotos?

—Sí —asintió Jaime—. Sólo quisiera ver si reconoce a alguna persona en ellas. Como detective, seguro que le ha pedido cosas parecidas a un testigo antes, ¿no? Si las ve y no reconoce a nadie, podrá irse y Carl lo llevará a dónde guste.

Cole miró sobre su hombro a Carl, como buscando alguna confirmación de aquello. El hombre calvo sólo lo miró de la misma firma dura y agresiva de antes.

—¿Y si sí reconozco a alguien? —Cuestionó el policía justo después, volviendo su atención hacia el sacerdote delante de él. Éste sonrió, de una forma que le pareció tan cínica como aquella inapropiada frase del padre Babato, y entonces le respondió:

—Entonces tendremos una charla un poco más larga. —Volvió en ese momento a alzar el sobre, acercándoselo más—. Por favor.

Cole supo que esa petición no tenía prácticamente nada de opcional.

Tomó entonces el sobre, un poco de mala gana, y se aproximó de nuevo en la mesa. No se sentó en la misma silla de antes, sino que eligió una un poco más alejada de ambos sacerdotes. Abrió el sobre y sacó el contenido de éste, que en efecto era un fajo de varias fotos; Cole contó que debían ser al menos unas treinta.

Comenzó entonces a recorrer una por una de forma algo perezosa, arrojando a la mesa aquellas que iba viendo.

En la primera había una mujer rubia de facciones europeas y ojos azules.

En la segunda un hombre de color de cabello corto.

En la tercera una niña pelirroja de ojos verdes.

En la cuarta un chico castaño de piel morena.

Y así cada foto mostraba a una persona totalmente diferente a la anterior, y sin alguna relación evidente a simple vista. De hecho, algunas incluso le llegaron a dar la impresión de que eran fotos al azar bajadas de internet.

—¿Quiénes se supone que son estas personas? —cuestionó un poco fastidiado cuando ya iba casi la mitad del monto.

—Será mejor que de momento no lo sepa —le respondió Jaime de forma enigmática. Cole sólo rodó los ojos y siguió revisando.

Cuando ya estaba en el último tercio de las fotos, y había llegado a pensar que todo aquello era algún tipo de intento de fastidiarlo, algo cambió. Justo detrás de la foto de un hombre robusto de cabello canoso, la foto siguiente dejó a Cole sin aliento. En ésta vio a una mujer joven, de rostro delgado y sonrosado, con cabello castaño claro, corto hasta sus hombros, y ojos azul cielo. Sonreía ampliamente a la cámara, mostrando unos dientes blancos y brillantes.

Cole soltó aquella fotografía, y las demás que faltaban, y las arrojó a la mesa como si le quemaran. Se paró de un salto y se alejó dos pasos de la mesa. Aquella reacción hizo que todos se pusieran en alerta.

—Esa mujer —masculló, señalando con su dedo hacia la fotografía que había quedado encima de todas las demás.

Frederick se aproximó por un costado e inclinó su cuerpo sobre el montículo de fotos. Tomó aquella sobre el resto, la sujetó delante de su rostro, y luego se le extendió a Cole para que la viera de nuevo.

—¿Conoce a esta mujer, detective?

—Sí, claro —respondió Cole, aún exaltado—. El espíritu que se me apareció dos veces en Eola, tenía la apariencia de esa mujer.

Frederick asintió, y entonces se viró hacia Jaime y le extendió la foto. Éste la tomó entre sus dedos, la contempló en silencio unos segundos, y entonces miró a Cole con severidad.

—¿Está usted seguro? —Inquirió el padre español con sequedad, sonando casi como una reprimienda.

—¡Por supuesto que estoy seguro! —Exclamó Cole, irritado—. ¿Qué está pasando aquí? ¿Quién es esa mujer?

Las puertas del privado se abrieron en ese momento, y un par de meseros entraron cada uno con una bandeja. Con ellos llevaban dos botella de vino, y algunos platos pequeños con entradas. Todos guardaron absoluto silencio mientras colocaban las cosas en la mesa, viéndose de seguro bastante sospechosos en el proceso.

—¿Listos para ordenar? —Preguntó una mesera mirando a los dos sacerdotes, pero Carl se adelantó a intervenir primero.

—Nosotros nos encargaremos —le indicó a los dos meseros, y con sus largos brazos les indicó a ambos que avanzaran hacia la otra punta de la mesa, donde Karina con los menús aguardaba. Los meseros no se opusieron.

Sin Carl cubriendo la puerta, Cole podría haber salido corriendo en ese mismo instante, pero eso ya no era una opción. Ahora quería respuestas.

Cuando los meseros estuvieron lo suficientemente alejados, Frederick se apresuró a tomar el resto de las fotos y guardarlas en el sobre. Luego, le hizo un ademán con su cabeza a Cole para que retomara su asiento original con ellos, y éste así lo hizo. Frederick se sentó a la cabeza, y Cole y Jaime tomaron su diestra y su zurda, respectivamente. Jaime, sin embargo, parecía algo apartado y pensativo, sentado en su sitio pero abstraído en su propia cabeza.

Todos siguieron en silencio hasta que Carl y Karina terminaron de hacer el pedido, y el hombre grande y calvo guio de nuevo a los meseros a la puerta.

—Yo les indicaré cuando servir la comida —lo escuchó Cole murmurar cuando pasaba detrás de él—. Hasta entonces, les agradeceremos si pueden darnos un poco de privacidad. Grazie per i tuoi servizi.

Cole no sabía mucho italiano, pero presintió que aquello lo había pronunciado fatal.

Cuando los meseros salieron, Carl cerró la puerta detrás de ellos y volvió a tomar su lugar de guardia delante de ésta. Karina también se aproximó, parándose detrás de la silla de Frederick de forma protectora. Por su parte, el padre Babato volvió a tomar la foto que tanto había alterado a Cole, y la colocó sobre la mesa, delante de él para que todos pudieran verla.

—Su nombre era Gema Calabresi —indicó con voz solemne, y el nombre «Gema» no pasó desapercibido para Cole—. Era de origen Italiano, así como un servidor, aunque no tuve mucha oportunidad de conocerla en su momento. Se ordenó como monja a los veintiún años, y durante los 90’s trabajó como enfermera en un hospital católico en Marsala. Siempre fue una chica muy devota y alegre, entregada a ayudar a las personas. Sin embargo, en junio del 2000 desapareció de su orden sin dejar rastro, y nadie supo nada de ella por un largo tiempo. Quince años después, comenzaron a surgir rumores de su presencia aquí en los Estados Unidos, y se sospechó de su conversión al Satanismo. Luego de meses de esfuerzo, rastreamos su ubicación en New York. Sin embargo, justo cuando estábamos por encararla, se suicidó… rebanándose su propia garganta.

—Santo Dios —exclamó Cole, impresionado.

—Dios no tuvo nada que ver con eso, se lo aseguro —añadió Jaime en voz baja, como si aquello no hubiera sido realmente para Cole.

Entonces, ¿sí existió una mujer llamada Gema con ese rostro? ¿Y murió en el 2015 rebanándose su propio cuello? Cole no pudo evitar recordar como aquel espíritu había narrado su muerte de una forma muy distinta:

No es una gran historia. Solamente un día me fui a dormir, y a la mañana siguiente… bueno, digamos que todo se volvió mucho más frío.

Muy lejos de suponer que aquello se refería a algo como lo que el padre Babato estaba describiendo. Sin embargo, Cole sabía bien que no podía fiarse de nada de lo que aquel ser le había dicho. Todo pudo haber sido simples mentiras, incluido su nombre y su identidad.

—Escuchen —pronunció Cole intentando ser claro y tranquilo—, yo en verdad no podría garantizarles que a quien vi fuera al fantasma de esta mujer que describen. Como bien le dije al padre Babato, al principio creí que era un espíritu humano, pero luego cambió a una naturaleza totalmente demoníaca.

—Pero mencionó que sintió ambas cosas, ¿no? —Señaló Frederick—. Un espíritu humano y un espíritu demoníaco al mismo tiempo, según recuerdo.

—Sí lo dije, pero la verdad es que nunca me había encontrado con algo así antes, y no sé bien cómo interpretarlo. Pero lo más seguro es que fuera un demonio adoptando su nombre y su imagen.

—¿Y por qué haría tal cosa? —Intervino Jaime con suspicacia—. Usted dice que no la conocía de antes. ¿O sí?

—No, nunca la había visto.

—¿Y no había forma de que supiera que usted nos conocería más adelante?

—Eso no lo sé —murmuró Cole, vacilante—. Lo único que puedo confirmarles es que yo ni siquiera sabía del padre Babato, hasta una hora antes de subir a mi avión para acá hace tres días.

Cole notó entonces la manera en que los dos sacerdotes, y la mujer detrás del italiano, lo miraban. Y estaba seguro de que si volteaba a ver a Carl, el mismo sentimiento se vería reflejado en su mirada. Él la conocía muy bien, pues él mismo había visto antes así a muchos sospechosos durante un interrogatorio. Y eso lo hizo comprender que justamente esa era su posición en esa charla «amistosa.»

—¿De eso se trata esto? —Espetó con actitud defensiva—. ¿Creen acaso que tuve que ver con la muerte de esta mujer o sé algo de ella? Porqué si es así, están muy equivocados. No sé qué fue lo que vi, ni qué relación tiene esta mujer con Samara. Y no puedo ayudarlos con eso.

Los dos sacerdotes se miraron el uno al otro en silencio por un largo rato, casi como si estuvieran teniendo algún tipo de conversación privada en sus mentes a la cual Cole no era bienvenido. Y considerando el tipo de personas que había conocido en la Fundación Eleven, la posibilidad no era tan inverosímil, pero no creyó que se tratara realmente de ello.

Luego de unos momentos Jaime exhaló lentamente por su boca, y fijo sus ojos de nuevo en el detective.

—Quizás nosotros podríamos ayudarlo a usted con su problema, señor Sear —señaló considerablemente más calmado—. Frederick me mencionó que está convencido de que esta niña perdida, Samara Morgan, está aquí en Los Ángeles. Y que vino para reunirse con una persona.

A Cole le extrañó un poco el abrupto cambio de tema. Se viró un momento hacia el padre Babato, que sólo se encogió de hombros, aunque su mirada casi pícara hacía ver claramente que entre ambos curas había algo en mente que él no sabía.

—No creo haberlo dicho exactamente de esa forma —señaló el policía—. Pero sí, creo que la persona para quien Leena Klammer trabaja está aquí en Los Ángeles. De hecho, averigüé que ella vivía aquí en la ciudad hasta hace poco. Puede que aquí sea donde ese individuo la contactó.

Jaime solamente asintió como respuesta, y miró de nuevo a Frederick como cediéndole la palabra. El padre italiano buscó en el interior de su saco negro otro sobre, ahora más pequeño y de color blanco.

—Quisiera enseñarle otra fotografía, detective —propuso el padre, y colocó cuidadosamente el sobre enfrente de Cole—. Si está de acuerdo, claro. Sólo dígame si también reconoce a la persona en ella.

Cole miró el sobre, un poco preocupado por lo que fuera a encontrar en él tras la sorpresa anterior. Pero, a su vez, eso mismo le provocaba una curiosidad difícil de ignorar. Así que tomó el sobre, lo abrió y sacó sin mucha espera su contenido. Era en efecto sólo una foto, rectangular, con la imagen de busto y cara de un chico… joven, de diecisiete o dieciocho, de ojos azules y cabello negro. Y, se podría decir, apuesto…

El detective se quedó helado ante la mirada y sonrisa astuta de aquella persona. Y aunque en un inicio no identificó claramente el porqué de su reacción, poco a poco la idea se volvió más que clara en su mente, hasta que lo supo: no era la primera vez que lo veía.

* * * *

—¿Por qué no me demuestra a mí de lo que es capaz? —se escuchó su voz astuta resonando como una carcajada, tomando por sorpresa a la mujer dentro del cuerpo de Cole Sear.

Sintió en ese momento como si alguien se hubiera parado justo detrás de ella, le rodeara el cuello con un brazo y lo apretaran con fuerza con él hasta casi sofocarla. Sintió además cómo colocaba su rostro a un lado del suyo, y le susurraba despacio en el oído:

—¿Lista para el Round 2, señora?

Y entonces, fue jalada violentamente hacia atrás, arrancada a la fuerza del cuerpo de Cole y desapareciendo entre sombras.

* * * *

Cole bajó la foto hasta la mesa, y se quedó unos instantes ensimismado en sí mismo, repitiendo aquella escena en su cabeza como si pudiera darle retroceso y luego avanzarla en cámara lenta. Aquel momento había sido difuso, como una serie de pequeños flashazos de un sueño que tenía problemas para recordar tras despertar. Pero al ver esa foto, ese instante se volvió completamente claro. Él no lo había visto directamente, sino a través de los ojos de Eleven… ¿o ella lo había visto a través de los suyos? No tenía idea de cómo explicarlo con exactitud, pero no tenía duda alguna. La persona que había intervenido en aquel momento, había tomado a Eleven y la había jalado fuera de él; y quién por consiguiente la había atacado en su propia casa luego de ese momento… Esa persona…

—Es él… —Exclamó atónito con sus ojos fijos en la imagen inerte sobre la mesa—. Es el chico, el que atacó a Eleven… el culpable de toda esta maldita locura…

Aquellas palabras habían sido más para sí mismo que para sus acompañantes; una conclusión que necesitaba a todas luces pronunciar en voz alta para poder convencerse a sí mismo de ella.

—¿Entonces sí lo ha visto antes? —Cuestionó Frederick con apremiante curiosidad.

—Sí —Respondió rápidamente, aunque casi de inmediato vaciló—. Eso creo.

—¿Eso cree? —Cuestionó Jaime a continuación, mostrándose claramente reticente ante tan dudosa declaración. Frederick intervino rápidamente, indicándole con un ademán de su mano a su compañero para que no dijera más de momento.

—¿Dónde lo vio? —insistió el padre Babato.

—En el psiquiátrico de Eola —contestó Cole, aún indeciso—. No lo recordaba hasta ahora… En verdad no estoy seguro siquiera si realmente lo vi.

—Cuéntenos, por favor —solicitó Frederick apremiante.

Cole se sentía alterado. Sin pensarlo, su mano se dirigió al bolsillo en donde guardaba sus cigarrillos, pero logró detenerse a mitad del camino. En su lugar, se extendió ahora hacia una de las botellas de vino y se sirvió un poco en su copa. Tomó de ella casi de inmediato sin titubear, esperando que un poco de alcohol lo calmara tanto como un cigarrillo. No lo hizo, pero sí lo suficiente para que pudiera contarles lo que querían saber. Sobre cómo había acorralado a Leena Klammer en el pasillo del psiquiátrico, pero luego todo se había vuelto confuso para él por la intervención de aquel otro hombre que lo había paralizado. También sobre cómo éste lo hubiera matado, si Eleven no hubiera intervenido para ayudarlo. Pero, al hacerlo, se había expuesto a esa persona, que terminó atacándola y dejándola en coma.

Intentó ser lo más claro posible, pero incluso para él todo lo que había pasado en ese momento resultaba confuso.

Mientras iba terminando su relato, Jaime había decidido imitarlo y también se sirvió algo de vino; aunque, en una cantidad relativamente mayor a la de Cole. Cuando éste terminó de hablar, y ya llevaba al menos tres tragos de vino, el padre español carraspeó un poco y se inclinó hacia el frente, observando a Cole con dureza.

—No intentaremos decirle que entendemos cómo funcionan las habilidades únicas de los que son como usted. A pesar de todo lo que hemos visto, hay muchas cosas que no comprendemos, y quizás nunca lo haremos. —Extendió entonces su mano para tomar la foto y alzarla para que el detective pudiera verla de frente—. Sólo quisiera que me confirmará si está seguro de que el chico que vio fue éste.

Cole contempló unos segundos la foto, pero luego necesitó desviar su vista hacia otro lado como si se sintiera cohibido. Su mano se talló contra su nuca, mostrándose incómodo.

—Mi parte objetiva me dice que no; no podría estar seguro. Pero yo siento que sí, es él. El sólo verlo trajo a mi mente vívidamente ese recuerdo, y cumple con la descripción que mi compañera nos dio.

Miró entonces a ambos sacerdotes, adoptando una postura más fehaciente, incluso acusadora.

—¿Quién es él? —Preguntó, notándose algo de exigencia en su tono—. Díganme quién es. Si tengo razón, él es el culpable de todo esto; de las personas que han muerto, el secuestro de Samara, lo que le pasó a Eleven…

—¿Y si se lo decimos qué hará? —Respondió Jaime, desafiante—. Usted es un oficial de policía, por lo que no haría nada incorrecto, ¿o sí?

—No jueguen conmigo —espetó Cole, alzando sólo un poco la voz pero lo suficiente para que Carl se sobresaltara nervioso—. Me están enseñando esa foto por un motivo. Ustedes saben quién es, y saben que está relacionado con todo esto, ¿o no? Díganmelo. —Se tomó un segundo, respiró lentamente por su nariz, y entonces murmuró con más calma—: Por favor… necesito saberlo.

Frederick se mantuvo impasible ante su enérgica petición, aunque luego se volteó de nuevo hacia Jaime.

—¿Qué dices, amigo mío? —Le preguntó curioso a su compañero—. ¿Lo que has oído te es suficiente?

—Por supuesto que no —respondió Jaime con normalidad, seguido después por un trago más de su copa—. Pero es tu decisión. Ésta es tu investigación, después de todo. Yo soy un mero observador.

Frederick sonrió divertido, dejando en evidencia que de seguro se trataba de más que eso. Como fuera, se volvió de nuevo a Cole, centrando entonces enteramente su atención en él, y a hablarle casi en el mismo tono y emoción como de seguro presidiría misa en parroquia.

—Como bien podría ya haberse dado cuenta, Karina, Carl y su servidor, no somos precisamente los religiosos comunes. Y eso es porque, efectivamente, no realizamos una labor común. —Hizo una pausa, y entrecruzó sus dedos sobre la mesa—. Los tres somos parte del Scisco Dei, un grupo secreto dentro del Vaticano dependiente del Ministerio de Exorcismos. Nuestro deber es ser el brazo de Dios para combatir la influencia del demonio en la Tierra, como bien le había dicho en nuestra primera conversación. Sin embargo, esto lo realizamos de una forma muy diferente a la mayoría de los exorcistas que de seguro ha conocido hasta ahora. De hecho, nuestra labor es mucho más similar a la suya, detective. Pues como usted ya sabe, hay muchos demonios, por así llamarlos, que no pueden ser combatidos sólo con rezos y agua bendita. Hay algunas amenazas acechando este mundo que ocupan un enfoque más… drástico.

—¿Cómo matar a una niña? —inquirió Cole, acusativo, a lo que el padre Babato respondió esbozando una sonrisa bastante desatinada en la opinión del detective. Y, encima del todo, al final el sacerdote concluyó aquello con:

—Eso y otras cosas más.

Cole enmudeció, recargándose por completo contra su silla y mirando al sacerdote delante de él con desconfianza. No sabía bien cómo interpretar lo que acababa de oír. ¿Un grupo secreto de exorcistas para enfoques más «drásticos» contra los demonios? La idea de religiosos con pistolas u otras armas, le provocaba una mezcla de sentimientos. Por una parte debía admitir que le daba gracia; por otra le daba un poco de alivio pues, como bien el padre había dicho, no a todos los seres inhumanos que había conocido se les podía combatir sólo con rezos; y, por último, le daba bastante preocupación… sobre todo por esa última declaración, que inevitablemente le trajo a su mente a aquella mujer que había visto en la iglesia su primer día en Los Ángeles.

Pero dicha descripción explicaba bastantes cosas, incluyendo la extraña forma de comportarse de esas personas, y el conocimiento que abiertamente le habían demostrado de cosas que Cole creía sólo él había visto y enfrentado.

Scisco Dei… Nunca había oído sobre ese grupo, pero definitivamente haría su investigación para saber más al respecto. Claro, si primero lo dejaban salir vivo de ese lugar.

—Pero ustedes tres ya estaban aquí en Los Ángeles desde antes de que Samara fuera secuestrada —señaló Cole—. ¿Qué hacían aquí exactamente? ¿Esto es mera coincidencia?

—Absolutamente no —masculló Frederick casi riendo, pero procuró casi de inmediato recuperar su compostura anterior—. La historia de trasfondo para explicar eso es muy larga. No unos mil años de historia como dirían algunos… pero sí al menos un par de cientos. Pero intentaré resumírsela, y quiero que tenga su mente muy abierta mientras me escucha.

¿Alguien le estaba pidiendo a él, el detective de los muertos, que tuviera la mente abierta ante lo que estaba por escuchar?

«Lo reto a decirme algo que no he escuchado antes,» recordaba que el mismo padre Babato le había dicho aquel otro día. Ahora era él quien tenía ese mismo pensamiento, aunque no lo dijo en voz alta. En su lugar, se limitó a sólo asentir. Ese sólo gesto fue suficiente para que Frederick comenzara su historia que, efectivamente, sería larga.

—A finales del siglo XIX, un hombre autoproclamado brujo, de nombre Adrian Marcato, afirmó públicamente haber invocado al Demonio en persona, y que éste le había dado instrucciones sobre las cosas que vendrían en el nuevo siglo. Era una época llena de charlatanes que hablaban del Fin del Mundo, y muchos no lo tomaron enserio… pero otros sí. Poco a poco, Marcato fue ganando adeptos, creyentes de sus palabras, creando un grupo de seguidores de Satanás que continuaron con sus enseñanzas incluso después de su muerte. Y cuando la comunicación instantánea entre puntos recónditos del mundo se hizo una realidad, estos mismos adeptos entablaron amistad y contacto con otros grupos similares de otros muchos países; creando una red internacional de Satanistas, se podría decir. El Vaticano siempre tuvo noción de su existencia, pero se sorprendería si le dijera la verdadera cantidad de cultos satanistas, o pseudo-satanistas, que existen incluso en la actualidad. La mayoría son de hecho inofensivos, y éste se consideró uno más de ellos.

Frederick hizo una pequeña pausa, y su boca se curveó en una mueca que casi parecía querer indicar que estaba sintiendo un poco de dolor.

—Sin embargo, algo cambió a mediados de los 60’s —prosiguió Frederick—. El grupo de Marcato simplemente se esfumó. Ya no había reportes o información sobre sus acciones en lo absoluto. Sus miembros que ya estaban identificados, murieron o igualmente desaparecieron. Y esto se repitió con más de estos grupos alrededor del mundo. Fue algo muy extraño, que sin duda llamó la atención de más de uno en la Santa Sede, pero no lo suficiente para ser un verdadero motivo de alarma. Pero entre algunos surgió una teoría, sobre que estos grupos no estaban desapareciendo, sino más bien todo lo contrario. Se decía que se estaban de hecho uniendo, volviéndose más fuertes y creando una sola organización conjunta de alcances inimaginables. Y que, lo más importante, estaban tramando algo a gran escala, ocultos de la vista pública.

Frederick rompió unos momentos su semblante duro para soltar una pequeña carcajada, haciendo que Cole, que se había ensimismado en el relato sin darse cuenta, casi saltara de su silla.

—Lo sé, muy conspiranoico, ¿verdad? —rio como intentando restarle importancia—. Muchos así lo pensaron, pero otros se dedicaron a investigar el asunto a detalle. Y al hacerlo, dieron con cierta información que validaba la teoría, y confirmaba la existencia de esta organización; una llamada… Hermandad, que con los años había ido ganando más y más poder. Y que, al parecer, se había formado con un fin muy específico —se inclinó entonces hacia Cole, observándolo atentamente con sus casi saltones—: propiciar la llegada del Anticristo a la Tierra, además de protegerlo y ayudarlo en su ascenso hacia el control absoluto del mundo.

El padre Babato guardó silencio tras esa afirmación, pero mantuvo su mirada tan fija en Cole que parecía incluso no querer parpadear. Cole, por su parte, aguardó esperando que dijera algo más, o comenzara a reír señalando lo absurdo de lo que acababa de decir como lo había hecho anteriormente. Pero no rio… nadie lo hizo. De hecho, Cole, notó que Jaime lo veía de la misma forma, al igual que los otros dos ayudantes en la sala; como si todos estuvieran aguardando atentamente cuál sería si respuesta o reacción.

—¿El Anticristo? —Soltó Cole, sin poder evitar sonar sarcástico—. ¿El Anticristo del Apocalipsis? ¿Hablan enserio?

—Bastante enserio, detective —asintió Frederick—. Y fue precisamente a esta Hermandad a la que se supone Gema Calabresi se unió al dejar su convento; igualmente desapareciendo por completo, como los miembros de este grupo acostumbran hacer. El si siempre fue una de ellos o la convirtieron, eso está aún en duda.

Cole balbuceó un poco, sin poder pensar coherentemente en qué exactamente debía responder o preguntar a todo eso.

—De acuerdo —susurró dudoso el detective—. ¿Y qué tiene que ver esto con…?

Su mano señaló fugazmente la foto del muchacho de cabellos negros sobre la mesa. Aunque en el fondo comenzaba a hacerse una idea de hacia dónde iba eso, sencillamente se rehusaba a dejar que dicho pensamiento se fraguara enteramente en su mente.

—A eso voy —indicó Frederick, continuando con su relato—. Esta Hermandad se las ha arreglado para ser tan hermética y secreta, que nos ha sido casi imposible averiguar mucho de ella. Entre las pocas cosas que conocemos, es que existe un poema dejado por Marcato; una… profecía, se podría decir, en la que sus miembros creen ciegamente y rigen su misión. Es una combinación de pasajes y profecías de las Escrituras. Va algo así:

Cuando los judíos regresen a Sion, y un cometa queme el cielo, y el Sacro Imperio Romano ascienda; entonces usted y yo habremos de morir. Desde el mar eterno se elevará, creando ejércitos en cada orilla, volviendo al hombre contra su hermano, hasta que el hombre no exista más.

Hizo una pausa, como queriendo dejar que las palabras se asentaran en la mente de su oyente, y entonces prosiguió:

—Estos eventos, de acuerdo a lo que ellos creen, preceden el nacimiento del Anticristo en la Tierra. Según interpretaciones, el regreso de los judíos a Sion describe la formación del Estado de Israel. El ascenso del Sacro Imperio Romano se cree se refiere a los Tratados de Roma, y a la posterior formación de la Unión Europea. Sólo faltaba el cometa… Pero, ¿qué cometa con exactitud? ¿Cualquiera que cruzara el cielo aplicaría? Bueno, la respuesta era no.

De pronto, Jaime tomó de la silla que estaba a su lado un nuevo sobre, y Cole para ese entonces se preguntaba cuántos sobre secretos con fotos tenían ocultos en esa habitación. Jaime le pasó el sobre a Frederick, que sacó de éste (por supuesto) una foto, aunque más grande que las otras, casi del tamaño de una hoja tamaño carta.

—Durante junio del año 2000, observatorios de todo el mundo captaron esto.

Frederick colocó la foto en la mesa delante de Cole. Parecía en efecto la foto tomada por un telescopio, en donde se veía un amplio cielo estrellado, y en el centro un largo cometa luminoso… No, mirando con más atención, Cole notó que no era uno, sino tres cometas viajando uno a lado del otro. ¿Era eso posible? No sabía casi nada de astronomía, pero se aventuraría a deducir que no era algo usual.

—Un cuerpo celeste cruzando nuestro cielo —señaló Frederick, recuperando su atención—. Un cuerpo celeste que no debería estar ahí. Esto que ve en esa foto, es un cometa que pareció simplemente haber salido de la nada. Pero lo más extraño es que en algunas de las imágenes captadas del cuerpo, como esa que ve, el cometa parecía dividirse en tres. Tres haces de luz, quemando el cielo a su paso, como una burla o espejo a la Santa Trinidad, y a la estrella que anunció hace dos mil años el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Todo esto, más los actos de la Hermandad, y muchos otros eventos y sucesos, fueron ya suficientes. Se convocó rápidamente a una reunión extraordinaria, en donde se le presentó a los Cardenales y al Santo Padre todas estas evidencias, y se exhortó a una acción inmediata… y drástica. —De nuevo esa palabra, y la forma tan remarcada con la que la pronunciaba—. La única organización con los recursos y la libertad de actuar como se debía, aunque fuera en las sombras, éramos nosotros; el Scisco Dei.

»Se nos dieron entonces dos encomiendas. La primera, rastrear a la Hermandad, a sus integrantes y a sus cabezas, exponerlos y acabar con ellos a como diera lugar. Y la segunda, dar con el paradero del Anticristo, y hacer justo lo mismo con él. A esto se le conoce como la Orden Papal 13118, y la hemos venido desempeñando estos últimos años fielmente. Lo que Karina, Carl y yo hacemos, es investigar a posibles candidatos a ser el Anticristo al que la Hermandad sirve. Los parámetros de búsqueda que usamos son muy específicos. El más sencillo es la edad; su fecha de nacimiento debió ser en algún punto mientras el cometa fue visible en nuestro cielo, aproximadamente en Junio del 2000. Debe ser un varón, aunque no estoy seguro de cómo determinaron eso exactamente. Debió además haber crecido en una familia de gran poder económico y político; el mar del que se describe emerge la Bestia, se cree es el mar de la política. Y cobra sentido, considerando que la Hermandad poco a poco lo iría posicionando para que la gente lo adore, y deposite su confianza en él. Además de eso, el Anticristo tendrá ciertas habilidades únicas… como las que ustedes tienen, pero mucho más destructivas. O, en apariencia benignas, pero engañosas. La última seña, y la definitiva, sería la marca de la bestia en alguna parte de su cuerpo. Pero no un tatuaje, sino un lunar como parte de su piel. El seiscientos sesenta y seis. Así que, tomando todo esto como base, hemos estado investigando a varios candidatos alrededor del mundo que pudieran cumplir con esto.

Frederick extendió en ese momento su mano para tomar la foto del muchacho, y la sostuvo enfrente de él para que Cole pudiera verla bien una vez más.

—Este chico, es uno de estos sospechosos. Y, a modo personal, el más prometedor que he visto en estos años. Y, ¿quiere saber lo más interesante? —Se inclinó en ese momento hacia Cole, parecido a como lo había hecho un momento atrás—. Él está aquí en Los Ángeles en estos momentos. Esto es lo que hacíamos aquí: seguirle la pista a este muchacho.

Cole había permanecido calmado escuchando toda aquella larga explicación. Sin embargo, al oír ese último dato, ahora sí se tuvo que parar de nuevo de su silla y caminar un poco para alejarse de la mesa. Carl se irguió firme en la puerta temeroso de que intentara salir, pero no lo hizo. Sólo avanzó hacia un lado, mirando al suelo, al techo, o la propia palma de su mano.

—¿Está bien, detective? —Le cuestionó Jaime, curioso.

Cole no respondió de inmediato. Siguió sumido en su propia cabeza, hasta que soltó de pronto una pequeña risa nerviosa y se viró de nuevo hacia los sacerdotes.

—Escuchen, no esperan realmente que me crea todo esto, ¿o sí? —Comentó incluso algo burlón.

—Le dije que debía tener la mente abierta —señaló Frederick.

—Eso es mucho más que tenerla abierta, padre. Usted me está hablando del Anticristo y el Apocalipsis. Por favor…

El padre Babato resopló, al parecer un poco decepcionado.

—Esperaba que alguien que ha visto lo que usted, tuviera una perspectiva diferente de estas cosas.

Cole volvió a reír como antes

—Una cosa es haber interactuado con fantasmas y criaturas no humanas, y otra muy diferente que me pida creer en…

Cortó su argumento abruptamente a la mitad de éste, y su cabeza pareció divagar un poco, y su mirada se fijó en algún lugar indefinido a la distancia. Algún pensamiento parecía haberle llegado de pronto.

—¿Qué pasa? —Cuestionó Frederick, preocupado.

—No, nada… —Respondió Cole, un poco ausente. Y una inesperada sonrisa de… ¿alegría?, se dibujó en sus labios en ese momento—. Es sólo que por un momento comencé a sonar muy parecido a alguien que conozco.

El recuerdo de Matilda le había llegado abruptamente, pero ciertamente la comparación era inevitable. Él también había intentado hacer que ella creyera en algo que contradecía por completo sus conocimientos y creencias, usando lo que ya había visto y conocido como argumento base. Ahora alguien le acababa de hacer exactamente lo mismo, y su reacción había sido casi igual…

¿Había quizás juzgado mal a Matilda en aquel entonces? ¿Debió su enfoque ser diferente? Quizás sí… Pero fuera como fuera, recordar aquello, y sobre todo recordarla a ella, le provocó una pequeña sensación de paz en toda esa locura en la que se había revuelto. Se daría cuenta sólo hasta tiempo después lo que ese momento en específico significó realmente en él. De momento, sin embargo, debía darle un cierre a eso.

Se aproximó silencioso de nuevo a su silla, y se sentó en ella. Se le veía bastante más calmado.

—Bien, escuchen —pronunció con firmeza—. Yo no sé nada de profecías bíblicas o Anticristos. Ni tampoco puedo creer en todo esto que me acaban de comentar. Y como oficial de policía, estoy casi seguro de que esta búsqueda que están llevando a cabo, por no llamarla literalmente una cacería de brujas, viola un sinfín de leyes y libertades de personas inocentes. Pero, si este chico es a quien yo estoy buscando, Anticristo o no, se trata de alguien muy, muy peligroso. Aproximarse a él sin cuidado, y con la mente revuelta con todas estas… creencias, puede costarles la vida. Jane Wheeler es una de las resplandecientes más fuertes que conozco, y este chico le hizo un daño horrible. Por favor, no se acerquen a él. Dejen que nosotros nos encarguemos.

—¿Nosotros quiénes, detective? —Cuestionó Jaime, reticente—. ¿La policía?, ¿su Fundación? Hasta donde entiendo, usted está aquí sin el apoyo de ninguna de las dos.

Cole no respondió.

—¿Qué hará exactamente con él si le damos la información que necesita? —Cuestionó Frederick justo después, lo que provocó que Cole se tomara unos instantes para meditarlo antes de dar su respuesta.

—Mi prioridad es salvar a Samara y ponerla a salvo.

Frederick volvió a resoplar, pero ahora Cole pudo notarlo incluso molesto. No sabía qué respuesta esperaba de él exactamente, pero al parecer se alejaba mucho de esa.

—¿Tanto interés tiene sólo en esa niña? —Inquirió Frederick, un tanto agresivo—. ¿Acaso no ha comprendido todo lo que está en juego aquí?

—Ella es muy importante… para alguien que aprecio.

Ahora fue el turno de Frederick para tomar la botella de vino y servirse sólo un poco, apenas lo suficiente para dos tragos (aunque terminó empinándose todo en sólo uno).

—Suponga por un momento —comenzó a pronunciar el padre italiano, notándose que se esforzaba por no perder de nuevo la compostura—, sólo suponga, que lo que decimos es cierto. Que este chico es el Anticristo, y la niña que está buscando vino a Los Ángeles para reunirse con él. Encajé esto con su propia teoría, suya que usted me compartió antes de que supiera de todo esto; sobre la verdadera naturaleza de esta niña, su padre, y el ente que la está persiguiendo. Si las cosas fueran de esta manera, ¿cree enserio que puede confiar en ella? ¿Cree enserio que es sólo una niña inocente?

—¿Y usted qué cree que es acaso? —Le devolvió Cole el cuestionamiento.

—¿La verdad? Aún no lo sé. Pero deseo averiguarlo también.

No era el tipo de respuesta que esperaba, pero de seguro no le tenía otra mejor.

Cole debía admitir que tenía razón en algo. Lo que le acababan de contar no contradecía de momento sus propias experiencias y teorías, sino que incluso las complementaban. Si acaso se permitía a sí mismo ver las cosas desde esa perspectiva, una naturaleza casi sobrenatural detrás de todo eso podría explicar varias cosas. Después de todo, Gema le había advertido sobre alguien la última vez que la vio; sobre alguien que no lo dejaría ir.

Debiste hacerle caso a tu mami cuando podías, guapo. Ahora es tarde; Él ya no te dejará ir, lo siento.

Al principio consideró que hablaba de ese chico que estaban buscando. Pero, ahora que hacía memoria, Evelyn también había hablado sobre ese ser que le susurraba desde el mar, aquel que estaba buscando a Samara, y a quien ella sólo se refería como «Él.»

Si ella está viva, entonces Él aún la busca… Él la encontrará…

El Padre Burke me dijo que Él nos había elegido. Me dijo que a través de nosotros, Él le daría vida a quien vendría a transformar al mundo. Él se lo mostró todo en visiones… lo obligó a hacerlo… Yo no pude evitarlo… no pude evitarlo…

¿Estaban ambas refiriéndose a lo mismo? Pero, si las cosas fueran como estos dos sacerdotes decían, entonces de quién estarían hablando sería…

Pero entonces… el padre de Samara…

Cole agitó su cabeza con violencia, y se empinó de golpe todo lo que quedaba en su copa, sintiendo como éste le quemaba un poco la garganta, aunque no de forma desagradable. No podía permitirse dejarse llevar con esas ideas. En el momento en el que sumergiera en esas creencias en Anticritos y Satanás en persona, perdería por completo la perspectiva y cualquier enfoque objetivo que pudiera usar a su favor; si es que aún le quedaba alguno.

—¿Quién es este chico? —Cuestionó tajantemente como una orden una vez que logró armarse lo suficiente de fuerzas—. ¿Y dónde está? Ustedes lo saben, ¿no? Dicen que le han estado siguiendo la pista. Díganme dónde encontrarlo.

—¿Para hacer exactamente qué con esa información? —Respondió Frederick cortante, mirándolo con severidad—. ¿Se lo dirá a la policía? ¿A sus amigos? ¿O piensa ir e encararlo usted solo? —Cole no respondió, quizás porque él mismo no tenía clara la respuesta—. Lo siento, pero no creo que sea prudente decírselo en estos momentos. Está muy alterado, y no queremos que cometa una locura. Como usted bien dijo, estamos hablando de alguien muy peligroso. Si desea encontrarlo, necesita trabajar con nosotros. Ayudarnos a encontrar al Anticristo, detenerlo, y así salvar a millones de personas. ¿No vale eso mucho más que la vida de una sola niña?

Cole empujó su silla hacia atrás abruptamente y se puso de pie. Se le veía tan molesto que Carl y Karina pensaron se intentaría atacar a los padres, y se pusieron en alerta. Sin embargo, sólo se giró hacia la puerta y encaró a Carl, que seguía obstruyéndola.

—Quiero irme, ahora —exigió mirando fijamente al hombre de cabeza calva. Ya había tenido suficiente de esa conversación, y tenía claro que no podría obtener nada más de esas personas.

Carl no se movió de su lugar ni se mostró intimidad por su petición. Se viró en su lugar hacia el padre Babato, en busca de su siguiente orden. Éste también parecía molesto, pero sobre todo cansado. Quizás ya había tenido también demasiado por ese día.

—De acuerdo, tiene mucho que digerir y pensar —señaló Frederick, agitando una mano despreocupada en el aire—. Carl, lleva al detective a su hotel, por favor.

Carl asintió, y de inmediato se quitó de la puerta para dejarle el camino libre. Cole avanzó hacia la puerta, en el entendido de que su secuestrador lo seguiría. Sin embargo, tanto Carl como él se detuvieron al oír de pronto:

—Descuida, Carl —murmuró Karina abruptamente—. Yo me encargo de llevarlo.

Aquello sorprendió a todos, incluso al padre Frederick que se volteó a verla, preguntándole con su mirada si acaso estaba segura, pues su descontento hacia el detective había sido más que evidente desde el primer día. Karina no dijo nada más, y en su lugar caminó tranquilamente hacia la puerta, pasando a lado de Cole y saliendo del privado. Cole dudó un poco entre seguirla o no, pero al final lo hizo y ambos se alejaron entre las mesas del restaurante.

Carl se permitió cerrar las puertas de nuevo, antes de que tuvieran que ordenárselo.

Frederick suspiró agotado, y pasó a servirse más vino.

—Admito que esperaba que todo saliera de una forma diferente —masculló, casi como un reclamo a sí mismo. Luego de dar un sorbo de su copa, se viró hacia su compañero en la mesa—. ¿Qué te pareció a ti?

—Sabes que ocupo más que una pequeña conversación para sacar un veredicto —Señaló Jaime con tranquilidad.

—No serías un buen Inspector de Milagros si no fuera así.

Jaime tomó su propia copa y también bebió de ella.

—¿En verdad crees que eso sea cierto? —Soltó Jaime al aire de pronto.

—¿Qué de todo?

—Lo de Gema —respondió con pesadez, transmitiéndole ese mismo sentimiento a su compañero—. ¿Tú en verdad crees que sea posible que su… fantasma, esté por ahí vagando?

Frederick guardó silencio, y contempló a su amigo, reflexivo. Se preguntó fugazmente si aquello lo preguntaba el Inspector de Milagros… o el hombre bajo el hábito; pero él conocía claramente la respuesta. Había notado como se pareció cerrar desde el momento mismo en que Cole reconoció la fotografía de Gema, y sólo él mismo podría decir qué era lo que le había estado cruzando por la cabeza durante todo ese rato.

—Yo espero que no sea así —comentó Frederick de pronto, extendiendo su mano hacia él para palparle su brazo de forma amistosa—. Sería muy triste para mí saber que, encima de todo lo que pasó, ni siquiera muerta esa niña pueda descansar en paz.

Jaime lo miró de reojo y le ofreció una amarga sonrisa. Tomó de nuevo la botella y volvió a servirse… bastante más, hasta casi llenar la copa. Frederick quiso decirle que no lo hiciera, pero prefirió abstenerse al último momento. En esa ocasión, era probable que lo necesitara enserio.

—Pero ciertamente es un hombre interesante —señaló el padre español tras unos momentos, regresando la conversación abruptamente a Cole—. Creo que podría sernos de mucha ayuda, o convertirse en un tremendo estorbo. Como sea, espero que sea lo primero, pues sería una lástima que tuviéramos que hacer algo en su contra. —Su mirada se endureció, fija en la foto del muchacho de cabellos negros sobre la mesa—. La identificación y aniquilación del Anticristo es tu mayor prioridad, y la de tu equipo, Frederick. No lo olvides.

Frederick se limitó a sólo asentir y beber de su copa. Él también lamentaría mucho el tener que hacer algo que no quería en contra del detective Sear. A pesar del corto tiempo que llevaba de conocerlo, ya le había tomado cierto cariño.

— — — —

El tiempo se había ido volando tan rápido, que ya estaba prácticamente atardeciendo cuando salieron del restaurante. Por primera vez a Cole le tocaba viajar en el asiento del copiloto del Honda Accord plateado. Y además ahora la persona al volante no era Carl. Por un momento creyó que su escolta le exigiría ir en el asiento trasero como si fuera un Uber, pero en realidad no opuso resistencia alguna cuando se sentó al frente con ella.

Gran parte del viaje fue en silencio, como de costumbre. Ni siquiera tuvo que decirle cuál era su hotel, pues al parecer ella ya lo sabía. A esas alturas, eso realmente ya no le resultaba tan preocupante en comparación con todo lo demás que había visto y oído esa tarde.

—¿Se llama Karina? —Soltó de pronto tomando un poco por sorpresa a la mujer a volante, que lo volteó a ver desconcertada por un segundo.

—¿Disculpe?

—Nunca me dijo su nombre, y nadie tuvo la gentileza de presentarla —señaló Cole, teniendo su atención puesta en el camino como si fuera él quien conducía—. Pero el padre Babato mencionó a «Karina» un par de veces durante su explicación. ¿Ese es su nombre?

La mujer, que efectivamente se llamaba Karina, se viró de nuevo al frente y se quedó callada unos instantes, como si dudara sobre responder o no.

—Sí —pronunció con seriedad tras un rato.

—¿Sólo Karina?

—Hasta donde a usted le consta, sí.

Cole rio divertido, preguntándose si ese secretismo era protocolo de su grupo secreto, o simplemente le gustaba hacerse la interesante.

—Bueno, pues mucho gusto, sólo Karina; yo soy Cole Sear —le comentó con tono burlón, incluso extendiéndole su mano para estrecharlas. Karina, sin embargo, no le respondió nada ni tampoco aceptó tomarle su mano. Pero Cole no se ofendió; ya estaba acostumbrado a que la gente lo dejara con la mano extendida, por diferentes motivos.

Por un rato más el viaje siguió en silencio. Y cuando ya estaban cerca de llegar a su destino, Cole pensó que ya no hablarían en lo absoluto, y estaba bien con eso. Como bien habían dicho, tenía muchas cosas que pensar y digerir. Sin embargo, Karina rompió abruptamente el silencio.

—El padre Babato y el padre Alfaro son increíbles personas —indicó tajantemente, casi como si le estuviera regañando—. ¿Recuerda lo que me dijo cuándo nos conocimos?, ¿sobre personas confiables y buenas que hay en cualquier organización? Es cierto, la Iglesia no es perfecta, y su historia está llena de errores. No tiene por qué confiar en el Vaticano si no quiere, ni siquiera en mí si no le agrado. Pero le aseguro que puede confiar en ellos dos. Yo les debo la vida; a ellos y a otras personas más dentro de la Iglesia. He dedicado mi vida a esto no porque crea ciegamente en su causa, sino porque creo en ellos. Quizás lo que digo sea un pecado… pero es lo que siento. Si es que le sirve de algo saberlo.

Cole estaba impresionado de escucharla decir tanto en tan poco tiempo. Sonó a que quizás era algo que había tenido dentro durante toda esa larga conversación, donde ella había servido más como un mueble sin oportunidad de decirlo. ¿Era por eso que se había ofrecido a llevarlo?

—¿Y por qué piensa que usted no me agrada? —Le preguntó Cole con tono irónico, a lo que ella no respondió nada—. Dice que cree más en ellos que en su causa, ¿verdad? Este chico del que hablaban, ¿usted también cree que puede ser el Anticristo?

Aquello creó una notable señal de vacilación en Karina, cuyos dedos se apretaron incómodamente alrededor del volante, y sus gruesos labios se presionaron mutuamente con fuerza.

—Yo… —balbuceó la conductora con duda—. Llevo ya muchos años ayudando al padre Babato en esta búsqueda. En ese tiempo, les hemos seguido la pista a varios candidatos prometedores en todo el mundo. Algunos con aparentes habilidades inusuales, otros con actitudes sospechosas, y otros más principalmente por su fecha de nacimiento y por ser niños ricos privilegiados. De todos ellos, él es quizás el más posible que hemos visto hasta ahora. Y el padre parece estar muy seguro.

—Presiento que hay un pero ligado a todo eso —señaló Cole. Y, en efecto, tenía razón.

Pero, ya ha habido otros candidatos antes que también nos daban la misma sensación, y nunca pudieron ser comprobados por completo. Es por eso que prefiero mantener mis reservas y esperar a ver qué determina el padre Alfaro. Yo acataré su veredicto.

—Bastante sensato —asintió el detective—. Pero como les dije, si este chico es quien creo, y estoy casi seguro de que es así, se trata de alguien muy peligroso. Si van a ir tras él, deben tener mucho cuidado.

Cole notó que una singular sonrisa astuta y confiada se asomó en los labios de la mujer en ese momento.

—Lo crea o no, sabemos bien cómo cuidarnos, detective. Pero gracias.

Definitivamente Cole le creía. Tanto Carl como ella se veían como personas con las que realmente no deseaba meterse en malos términos.

El Honda Accord se estacionó justo enfrente de la fachada del hotel. Aún era temprano, pero Cole se sentía tan agotado por todo que lo único que deseaba era subir, darse una ducha, y acostarse una horas sólo a ver televisión; no pensar en asesinas, niñas secuestradas, policías muertos, federales ocultando información, amenazas de espíritus demoníacos, Anticristos, y el Fin del Mundo. Mañana tendría mucho tiempo para meditar en todo eso, y tomar algunas decisiones.

Sin embargo, Karina tenía otro motivo oculto que la había llevado a ofrecerse para ese favor, y que podría quizás truncar su plan.

—Bueno, gracias por el aventón —saludó Cole abriendo la puerta de su lado para salir—. Cómo siempre fue un placer, señorita Karina.

Apenas acababa de colocar un pie en la acera, cuando entonces la mujer al volante exclamó:

—Damien Thorn.

Cole se detuvo en seco con la mitad de su cuerpo ya afuera, y tuvo que regresarse y sentarse de nuevo en su asiento. Karina seguía aferrada al volante, y miraba fijamente al frente, estoica.

—El nombre del chico de la foto es Damien Thorn —repitió claramente—. Es el único heredero de sangre de la familia Thorn, una de las familias más ricas y poderosas de los Estados Unidos. Se está quedando en estos momentos en un pent-house propiedad de la empresa de su familia, sobre Wilshire Boulevard, en Beverly Hills. No tengo a la mano el nombre o dirección del edificio, pero tengo entendido que usted tiene sus fuentes que podrían ayudarlo con eso, ¿no?

En efecto las tenía, pero Cole se encontraba tan atónito que no fue capaz de responderle, si acaso ella deseaba que lo hiciera.

—Tiene a varios guardaespaldas armados custodiándolo las veinticuatro horas —añadió Karina a continuación—. La mayoría son de hecho mercenarios, parte de una milicia privada con arduo entrenamiento en guerreras reales. Así que aunque no sea a quien usted busca, o a quien nosotros buscamos, es igual alguien muy peligroso, detective. Por lo que le ofrezco su misma advertencia: debe tener mucho cuidado si quiere acercársele.

Cole permaneció pensativo, repasando con cuidado todo lo que le acababa de decir, que ciertamente era bastante.

¿Hijo de una de las familias más ricas del país? ¿Heredero de una importante empresa? ¿Un ejército de mercenarios protegiéndolo? Y, encima de todo eso, ¿podría ser su enemigo?, ¿ese psíquico tan poderoso que fue capaz de hacerle tal daño a Eleven?

—¿Por qué me da esta información yendo en contra de los deseos de sus jefes? —Cuestionó Cole dudoso, pensando por un momento que incluso todo aquello podría ser algún tipo de truco.

Karina suspiró despacio, y agachó un poco la mirada.

—Por qué, aunque aprecio demasiado al padre Babato… no estoy de acuerdo con él sobre Samara Morgan. —Levantó su rostro en ese momento, encarando a Cole de frente, y éste pudo percibir una fuerte decisión brotando de ella—. La vida de una niña inocente no debería ser el pago por salvar al mundo. Si puede llegar a ella y ponerla a salvo, por favor hágalo.

Aquello realmente sorprendió al detective, y le hizo darse cuenta de que quizás se había hecho una imagen bastante errada de esa mujer; y quizás en general de todo ese asunto.

—Lo haré —asintió Cole con firmeza—. Muchas gracias, Karina.

Ella sólo le respondió de regreso con un pequeño gesto de confirmación. Cole se bajó justo después y caminó apresurado a la entrada del hotel, mientras a sus espaldas el Honda Accord se alejaba calle arriba.

Después de todo, sí tendría mucho que pensar esa misma noche.

FIN DEL CAPÍTULO 82

Notas del Autor:

Este fue un capítulo repleto de explicaciones, en el cual se dio un vistazo al trasfondo detrás de la Hermandad y el Scisco Dei, dos de las fuerzas en conflicto en estos momentos.

Gran parte de lo que se explicó en este capítulo con respecto a la Hermandad es una mezcla entre el trasfondo narrado del Aquelarre de Marcato en Rosemary’s Baby o El Bebé de Rosemary, y lo que se llegó a saber del misterioso grupo que protegía y servía a Damien en la franquicia de The Omen o La Profecía. Como ya deben haberse dado cuenta, la Hermandad que hemos estado conociendo a lo largo de estos capítulos sería una combinación de ambos conceptos en uno solo, además de claro mis respectivos agregados propios. Sin embargo, aún hay muchas cosas que faltan por explicar con respecto a este grupo.

Por otro lado, el grupo del Scisco Dei, y más específico su nombre, viene originalmente de la serie de Damien del 2016. Aunque no se llegó a explicar demasiado sobre dicha organización en la serie, se tomó lo poco que se sabe cómo base. Además de dicha serie, se ha tomado también como inspiración la película de The Omen del 2006, y también varias otras películas y series que, aunque no están directamente relacionadas con la historia, tratan de diferentes formas y ángulos el tema de las posesiones y el combate a los demonios. E Igualmente hay muchas cosas que faltan explicar sobre ellos.

Como siempre, si alguien tiene alguna duda o desea que se le aclaré mejor algo, no duden en preguntarme en los comentarios y con gusto les responderé lo mejor que pueda.

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Un pensamiento en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 82. Orden Papal 13118

  1. Pingback: Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 83. Protector de la Paz – WingzemonX.net

Deja un comentario