Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 81. Inspector de Milagros

1 de noviembre del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 81. Inspector de Milagros

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 81.
Inspector de Milagros

El avión del padre Jaime Alfaro aterrizó en Los Ángeles cerca de las dos de la tarde. Había sido un largo vuelo de quince horas, incluyendo una escala en Dublín. Sin embargo, ese tipo de viajes ya no le resultaban inusuales o incómodos al padre español, pues por su labor era muy común que le tocara viajar a una gran variedad de lugares alrededor del mundo. Y, de hecho, visitar Los Ángeles, California en los Estados Unidos, representaba una encomienda significativamente más simple en comparación a otras.

Una vez que pasó por las puertas automáticas que separaban el área de llegada, se encontró de frente con las dos personas que habían ido a recibirlo. Karina y Carl, los dos ayudantes del padre Frederick Babato, se encontraban aguardando solemnes a unos metros de las puertas. Y, muy diferente a como habían recibido a Cole hace un par de días, el rostro de ambos se iluminó al reconocerlo entre los pasajeros que salían por la puerta.

—Padre Alfaro —musitó Karina alegre, aproximándose a él y permitiéndose darle un gentil abrazo, mismo que el religioso aceptó.

—Karina, hola de nuevo. Siempre es un gusto verte, hija.

—El gusto es mío, padre.

Se separaron tras unos segundos, y entonces la atención de Jaime se enfocó en Carl.

—Carl, ¿cómo has estado, viejo amigo? —le saludó, estrechando firmemente una de sus gruesas y fuertes manos.

—No me puedo quejar, padre —asintió el hombre grande y de cabeza rapada, notándosele incluso un poco de nervios al hablar—. Bienvenido. Permítame ayudarle con su equipaje.

—Eres muy amable.

Carl tomó en ese momento la maleta con ruedas del sacerdote, así como su maletín, y los tres comenzaron a caminar calmadamente hacia la salida más cercana. En cuanto salieron, fueron recibidos por el cielo despejado de Los Ángeles, y por un sol relativamente fuerte. Jaime, vestido con su traje negro completo y su cuello clerical, dio seña de sentirse un tanto incómodo en ese momento.

—Hace calor aquí para ser noviembre, ¿no?

—El auto tiene aire acondicionado —le indicó Karina, lo cual ciertamente le produjo algo de alivio.

—Bendito sea —exclamó Jaime con un tono un tanto jocoso.

Carl subió la maleta a la cajuela del Honda Accord plateado, pero Jaime insistió en llevar su maletín consigo al frente. El hombre grande tomó el asiento del conductor, mientras Karina y el recién llegado se sentaban en la parte trasera. No tardaron mucho después en retirarse de ahí.

— — — —

Durante su estancia en Los Ángeles, el padre Frederick se hospedaba temporalmente en una casa parroquial muy cerca de la Iglesia de San Vicente de Paúl, en el centro. Jaime era igualmente más que bienvenido a quedarse con él, y lo más seguro es que así lo hiciera, pues su viaje hasta ahí no incluía precisamente los viáticos para un hotel de cinco estrellas. Mientras Carl y Karina iban a recoger al sacerdote recién llegado de Roma, Frederick aguardaba su regreso sentado en la sala de estar de la elegante casa de dos pisos, leyendo en silencio. Se encontraba sentado en uno de los sillones de espalda a la gran ventana de la sala, iluminado su lectura principalmente por la luz natural que por ella se filtraba. La casa estaba de momento sola, lo cual sería más que adecuado para que pudieran discutir con considerable privacidad el tema tan delicado que los atañía.

Cuando sintió el vehículo estacionándose frente al garaje, Frederick se viró un poco hacia la ventana sobre el respaldo del sillón y se retiró sus gruesos anteojos para leer. Pudo distinguir lejanamente el marcado acento de Jaime al hablar, y no pudo evitar sonreír con un poco de emoción por ver a su viejo amigo luego de tanto tiempo.

Dejó entonces el libro sobre la mesita de centro, y se puso de pie apoyándose en su bastón. La puerta principal se abrió poco después, y menos de un minuto más tarde Carl y Karina aparecieron en la entrada principal de la sala, guiando a Jaime que avanzaba unos pasos detrás de ellos.

—Jaime —exclamó Frederick contento, extendiendo hacia él el brazo con el que no sujetaba su bastón—. Benvenuto amico mio.

Jaime se tomó la libertad de aproximarse hacia el padre robusto y de estatura baja, dándole un caluroso abrazo similar al que Karina le había dado. E igualmente, Frederick se lo recibió.

—Los años no pasan sobre ti —le murmuró el padre italiano con tono de broma, a lo que el recién llegado respondió de forma similar:

—Me gustaría decirte lo mismo, Frederick.

Ambos rieron al unísono y se separaron en ese momento, cortando su abrazo.

—Viejo embustero —suspiró Frederick al final de sus risas—. Carl, deja el equipaje del padre Alfaro arriba, por favor.  Y, ¿serías tan amable de prepararnos un café?

—Enseguida —respondió el hombre de cabeza calva, y sin dudarlo tomó la maleta y se dirigió de regreso al vestíbulo para subir las escaleras.

—El mío sin azúcar, por favor —pidió Jaime rápidamente antes de que Carl se retirará del todo. Esperaba que lo hubiera escuchado.

Una vez que Carl salió, y sin necesidad de que se lo pidieran, Karina se encargó de cerrar cuidadosamente las puertas corredizas que había en las dos entradas de la sala. La casa en efecto estaba sola, pero nunca se podía ser lo suficientemente cuidadosos con ciertos asuntos. Incluso creyó prudente correr las gruesas cortinas marrones de la ventana, sacrificando la hermosa luz de sol pero ganando más seguridad de que no había ojos curiosos al otro lado de la acera. Terminado aquello, se quedó de pie delante de las cortinas, y detrás del sillón del padre Babato, adoptando una postura marcial bastante digna de cualquier militar de carrera.

Frederick aguardó a que Karina terminara con lo suyo, más por respeto que por verdadera precaución.

—Toma asiento, por favor —le indicó a su invitado, extendiendo su mano hacia el sillón pequeño más cercano. Luego él mismo pasó a sentarse en su sitio, soltando un nada discreto quejido de dolor en el proceso. Su mano igualmente se dirigió después a su muslo, comenzando a frotarlo por encima del pantalón.

—¿Cómo sigue tu pierna? —Le cuestionó Jaime, curioso pero también un poco preocupado, mientras igualmente se sentaba.

Frederick lo miró sonriente, y bastante despreocupado ante su pregunta.

—Aún sigue aquí, y eso es ganancia. Pero no hablemos de eso por el momento. ¿Tuviste tiempo de leer todo el expediente?

—Fue un viaje largo, así que sí.

Jaime tomó entonces su maletín negro de piel, con el escudo de las Llaves de San Pedro cruzadas decorando al frente, y sacó de su interior una tableta electrónica y un legajo grueso. Dejó el legajo a un lado suyo sobre el sillón, y la tableta sobre sus piernas.

—Está bastante completo, debo señalar —añadió con genuina admiración—.  Parece que han estado siguiéndole la pista a este chico Thorn desde hace tiempo; más que a otros sospechosos. Pero no entiendo una cosa. —Jaime miró entonces con marcada seriedad a Frederick, adoptando en ese momento una actitud mucho más acorde al papel que había ido a desempeñar en ese sitio—. Si es un sospechoso tan prometedor, ¿por qué hasta ahora se ha solicitado una revisión por parte de un Inspector?

Frederick resopló, como una señal de cansancio o quizás frustración. Pero ésta no se originaba de la pregunta, sino más bien de su respuesta.

—Cómo pudiste ver en el expediente, siempre ha habido acontecimientos inusuales alrededor de este joven; sobre todo extraños accidentes, y muertes. Cabe mencionar que también los ha habido en los otros sospechosos, incluidos los que se te ha pedido revisar. Pero en el caso de Damien Thorn, de alguna forma todo suele acomodarse para darle otra explicación, o desmentir que incluso estuviera involucrado o presente. La culpa suele recaer en alguien más, y nunca hay testigos ni pistas. Si a mí me lo preguntas, yo diría que eso podría considerarse sospechoso por sí solo.

—Quizás —asintió Jaime—. Pero no lo suficiente como para tomarlo como una prueba fehaciente de lo que estamos buscando, ¿no te parece? —Frederick permaneció callado—. ¿Y qué cambió esta vez? No vi en el expediente cuál fue el hecho más reciente que te hizo cambiar de opinión, Frederick.

—Bueno… —masculló despacio el padre Babato, notándosele algo vacilante. Extendió entonces su mano hacia la mesa del centro, en donde además de su libro, reposaba otro legajo de color blanco, notablemente más delgado. Tomó dicho expediente y lo sujetó contra su pecho, como si temiera que su invitado lo viera antes de tiempo—. La verdad es que omití deliberadamente esa parte en el reporte que envié. Consideré muy probable que la mayoría de los superiores del Scisco Dei no la verían con buenos ojos, así que decidí alegar mejor a tu mente un tanto más abierta, Jaime.

—¿Así que por eso solicitaste por mí?, ¿por mi mente abierta? —Inquirió Jaime con algo de sarcasmo. No sonaba realmente molesto, ni siquiera sorprendido. Se podría decir que no era la primera vez que Frederick Babato ocultaba cosas a los superiores, y esperaba que otros lo hicieran igual. Pero al menos en las ocasiones que le habían tocado al sacerdote español, le constaba que lo hacía por un buen motivo.

—Bien, soy todo oído —declaró Jaime, cruzándose de piernas y apoyándose por completo contra el sillón.

Frederick le pasó entonces el folder blanco para que lo tuviera, y pudiera echarle un ojo al mismo tiempo que él le relataba lo mejor que podía su charla de hace tres días con Cole.

Su relato comenzó precisamente explicándole quién era el detective de Filadelfia, cuáles eran sus supuestas habilidades especiales, y el trabajo que realizaba con éstas en la Fundación Eleven, en su labor como detective de homicidios, y el apoyo que le brindaba seguido al padre Michael, amigo personal de Frederick y quien lo había recomendado ampliamente. La segunda parte de su explicación se enfocó por completo en Samara, en todo lo que Cole les había contado sobre sus habilidades, los incidentes en su casa, su ingreso en aquel hospital psiquiátrico, y claro lo sucedido los últimos días con respecto a su secuestro, o quizás escape, de ese sitio. Pero en lo que Frederick puso más cuidado, fue en la teoría de Cole con respecto a la posible naturaleza real de Samara, incluyendo la procedencia de su padre.

Jaime escuchó todo aquello con mucha atención, interviniendo sólo lo mínimo con preguntas concretas para dejar claros algunos puntos; Frederick sabía que los cuestionamientos reales vendrían después. Jame además dividía de vez en cuando su atención entre su amigo y el legajo en sus manos, que se componía de artículos de periódico, reportes policiacos, e información personal principalmente de Cole y Samara.

Cuando Frederick ya había casi terminado de explicar por completo lo que respectaba a Samara, las puertas corrediza de la sala se abrieron, y Carl apareció del otro lado sujetando una bandeja con dos tazas de café humeante. El hombre grande se aproximó a ellos y colocó cuidadosamente cada taza delante de ellos.

—Gracias, Carl —masculló Frederick y Jaime le secundó.

Carl entonces se hizo a un lado, tomando una posición similar a la de Karina, pero enfrente de una de las puertas corredizas. Frederick sintió que, por sus posturas, ambos esperaban algún atacante sorpresivo en cualquier momento, lo cual le pareció preocupante, pero también un poco divertido.

Por su parte, Jaime tomó su taza sin azúcar, pero antes de darle cualquier sorbo introdujo su otra mano en su saco, sacando del interior de éste una pequeña licorera plateada. Desenroscó entonces la pequeña tapita del recipiente, y vertió un pequeño chorro del licor oscuro en su café.

—¿Enserio, Jaime? —Cuestionó Frederick, mirándolo con cierta crítica en su mirada.

—Oye, para mí en estos momentos es como media noche —se excusó, aunque su voz sonaba más bromista que otra cosa—. Así que esto es más para mantenerme despierto, enserio.

—Claro —murmuró Frederick, no muy convencido.

El padre español dio un pequeño sorbo de su café con piquete, sin preocupare mucho por la forma en que al parecer lo estaban juzgando. Soltó entonces un pequeño quejido de satisfacción al sentir el líquido resbalar por su garganta. Así era justo como le gustaba.

—Es toda una historia la que me cuentas —señaló intentando volver la atención a la plática anterior—. ¿Y estás seguro de que ese hombre puede ver y oír lo que afirma?

—Hice una prueba, y salió satisfactoria —explicó Frederick—. Y a modo personal confió mucho en la declaración del padre Michael de Filadelfia al respecto. Pero el Inspector de Milagros eres tú, así que si quieres verificarlo…

—No es mala idea, pero ya veremos. Lo que no entiendo, sin embargo, es qué relación tiene esta serie de acontecimientos que el tal detective Sear te contó, con nuestro sospechoso. Pareciera más que toda su declaración apuntara a esta niña… —Jaime abrió en ese momento como pudo el expediente blanco con una mano, pues la otra sujetaba su café, buscando el nombre que se le escapaba de momento—. ¿Cómo dices que se llama?

—Samara Morgan —respondió Frederick rápidamente, evitándole la molestia—. La investigamos lo mejor que pudimos. Fue adoptada siendo muy pequeña, y su madre biológica está internada en un psiquiátrico en Washington. De ella no se sabe nada de su pasado, incluyendo quién es el padre biológico de la niña.

—Que tu detective piensa es un demonio, según entendí.

—Es su teoría, sí —asintió Frederick—. Pero según su relato y lo que pudimos recabar, las habilidades de la niña son realmente inquietantes. Al parecer puede influir en la mente de las personas y los animales, de una forma que los puede llevar a la muerte con sólo desearlo. Y hace unos días incluso su madre adoptiva fue víctima de esto. No pudimos obtener aún los expedientes de su estancia en Eola; al parecer las autoridades confiscaron todo luego de lo sucedido. Por lo que respecto a esa otra entidad que parece acosarla, sólo tenemos la declaración del Detective Sear como respaldo. Pero incluso sin aún haberla conocido en persona, ciertamente siento que hay algo perturbador e incómodo en esta jovencita.

—Esperaría ese tipo de afirmación de cualquiera —sentenció Jaime, un tanto despectivo—, menos de un exorcista de tu trayectoria y experiencia, Frederick.

El padre Babato enmudeció unos momentos tras ese comentario. Cualquiera quizás se hubiera ofendido, pero Frederick más que nadie entendía que aquello no era algo personal, y obedecía más a la actitud firme y sobria que el trabajo de Jaime exigía.

Los Inspectores como Jaime Alfaro tenían la misión de cuestionarlo todo, y ponerle a las investigaciones como esa su respectiva dosis de objetividad. Dicha capacidad para ver las cosas desde una perspectiva que la mayoría de los eclesiásticos no podían, era aprovechada para determinar la veracidad o falsedad de un supuesto milagro, o la autenticidad de una posesión para así justificar un exorcismo. Al propio Frederick le había tocado desempeñar esa misma labor hace ya un tiempo atrás, aunque nunca en las circunstancias actuales. Pues esa búsqueda en la que estaban enfrascados desde poco más de diecisiete años, era una sin precedentes: la búsqueda del mismísimo Anticristo en la tierra…

Jaime dio un sorbo más de su taza expresando la misma satisfacción que la primera vez. Optó en ese momento por dejar la taza unos momentos en la mesa de centro, y poder hojear mejor el expediente que le acababan de proporcionar.

—Aun suponiendo que todo lo que dices fuera cierto —señaló fehaciente en padre español—, no sería el primer niño que nos hemos cruzado con estas habilidades; si es que realmente las tiene, que eso aún tendría que comprobarse. Pero por encima de todo, está de más decir que no cumple con nuestros parámetros de búsqueda. El sujeto que buscamos debió haber nacido en algún momento alrededor de junio del 2000, cuando la señal en el cielo apareció. Eso significa que debe tener diecisiete años actualmente; esta niña tiene doce. Por no mencionar que se supone debía ser un varón, y nacer en una cuna privilegiada; emerger del mar de la política, ¿recuerdas? Los padres adoptivos de esta niña —buscó rápidamente entre las hojas del legajo la parte en la que le pareció haber visto la información de sus padres—, son simples criadores de caballos en una isla remota, sin ningún cargo o poder, ¿no? Supongo que tampoco han de tener mucho dinero.

Dicho eso, colocó el expediente blanco sobre la mesa de centro con actitud despreocupada. 

—Lo siento, Frederick —murmuró encogiéndose de hombros—. Pero incluso con mi mente abierta, no es una candidata a la que puedo tomar enserio.

El padre italiano suspiró con cierto agotamiento, pasando su mano por su rostro, frotándose principalmente el área de su boca y nariz con sus dedos.

—No estoy diciendo que esta niña sea directamente a quien buscamos —aclaró una vez que sus ideas se acomodaron en su cabeza—. Pero, sí creo que de alguna forma podría estar relacionada con él.

—¿Relacionada con el Anticristo? —Cuestionó Jaime, notándosele claramente el escepticismo en su rostro—. ¿Qué te hizo pensar eso? Porque tuvo que ser algo más significativo que todo eso —murmuró señalando con su dedo al legajo blanco—, para que consideraras oportuno llamarme hasta acá. ¿O no?

Frederick asintió lentamente, y a Jaime de hecho le sorprendió un poco la confianza que demostró al hacerlo.

—Hay una cosa más que no te he dicho —apuntó Frederick—. Durante su relato, el Detective Sear me contó sobre uno de estos espíritus que él puede ver, pero mencionó que a éste en especial lo percibió con claros atributos demoníacos; dijo que por su experiencia había aprendido a darse cuenta de eso. Y lo más interesante es que, al parecer, prácticamente lo amenazó de muerte si no se alejaba de esta niña.

—¿Un espíritu? —Inquirió Jaime, incrédulo—. No es precisamente la prueba más confiable que me puedas dar, en especial si sólo tienes el testimonio de una persona como sustento.

—Sin lugar a duda yo concluiría lo mismo… sino fuera porque este espíritu se identificó con él con un nombre: Gema.

El semblante completo de Jaime cambió drásticamente al oír aquello último. Incluso su mano se quedó a medio camino de su taza, paralizada en el aire, y rápidamente se viró alarmado hacia Frederick, preguntándole con su sola expresión si acaso eso era algún tipo de broma. Pero, por supuesto, no lo era.

—¿Gema? —repitió Jaime, más para convencerse a sí mismo de que había oído bien.

—Sabía que con eso tendría tu atención —señaló el padre Babato, sonriendo y al parecer complacido con la reacción de su colega.

Jaime no respondió nada. De momento sólo se paró de su sillón, se alejó caminando hacia la puerta que no tenía guardia delante, y por uno momentos los otros tres creyeron que saldría de la sala. No lo hizo, aunque sí se quedó de pie un par de minutos dándoles la espalda, con sus manos en la cintura y su vista puesta en el techo. Parecía estar intentando digerir lo mejor posible el último trozo de información, como si éste se le hubiera atorado a la mitad del esófago.

—Podría ser una coincidencia —concluyó en voz baja después de un rato.

—¿En verdad crees eso? —Inquirió Frederick, suspicaz.

—¿Y si no lo es qué se supone que significa, Frederick? —Soltó Jaime con actitud defensiva, girándose rápidamente de vuelta a él—. ¿Me estás diciendo que tú sinceramente crees que Gema Calabresi está en estos momentos rondando a esta niña como un fantasma?

—O un demonio que adoptó su forma y nombre, quizás —respondió Frederick, encogiéndose de hombros.

—¿Y cómo sabes que este sujeto no está sólo engañándote?

—No lo creo. El detective Sear no tenía ni idea de lo que ese nombre significaría para mí cuando lo mencionó; de hecho ni siquiera hizo hincapié en él. No tenía tampoco idea de quién era yo, ni tenía tampoco pensado verme hasta que el padre Michael se lo sugirió.

—¿Y por qué estás tan seguro de eso? —Avanzó entonces unos pasos, fijando su atención ahora en Karina—. ¿Ya lo investigaron lo suficiente? ¿Ya descartaron que no pudiera ser miembro de la Hermandad?

Karina se sobresaltó un poco al verse introducida de esa forma a la discusión, y especialmente desconcertada por esa conducta tan impropia por parte del padre Alfaro.

—De momento no hemos visto nada en él que pudiera indicar tal cosa —aclaró Karina con la mayor seguridad que pudo—. Sin embargo, yo no lo descartaría tan rápido…

—Tranquilo, Jaime —intervino Frederick rápidamente, poniéndose de pie de nuevo con la ayuda de su bastón—. Es cierto, quizás se trate de una coincidencia o un engaño. Pero por eso te llamé aquí, para contar con tu visión objetiva.

Jaime suspiró con pesadez. Se cubrió su rostro con ambas manos, comenzando a tallárselo con un poco de frustración, pero al parecer poco a poco recuperando esa tranquilidad que tanto ocupaba en esos momentos.

—¿Y enserio crees que puedo ser objetivo ahora que me has dicho esto? —Le preguntó con ligera molestia en su voz, a lo que Frederick asintió y dijo:

—Es justo por eso que eres a quién necesito.

Jaime se tomó unos momentos más para que toda esa confusión se saliera de su cuerpo y poder recobrar en su totalidad la compostura. Una vez que se sintió preparado, volvió a su sillón y se sentó en el mismo sitio. Tomó su taza otra vez y se la aproximó a sus labios, dándole ahora un trago más largo que los anteriores; para esos momentos ya se había enfriado un poco.

—Bien —murmuró con firmeza tras unos momentos—. Creo que casi he comprendido tu tren de pensamiento. La declaración de este detective y los reportes de las inusuales habilidades de esta niña, abren la posibilidad, énfasis en posibilidad, de un origen demoníaco detrás. Y si de alguna forma Gema Calabresi podría estar involucrada en todo esto, ya sea en vida… o en muerte, eso además implicaría una conexión entre esta niña y la Hermandad. Está de más que te diga que todo esto hasta ahora es sólo una teoría, cuyas bases se tambalean más que una mesa con tres patas; pero dejémosla así de momento.

Hizo una pausa, se inclinó al frente apoyando sus codos en sus muslos, y juntó sus manos delante de él, como si estuviera a punto de empezar a rezar. Sin embargo, sus ojos no se cerraron, y en su lugar se clavaron fijos en Frederick, casi acusadores.

—Ahora explícame qué tiene que ver Damien Thorn en todo esto —cuestionó secamente—. O, ¿fue sólo la excusa que tomaste para que el Vaticano aprobara mi intervención?

—Todo lo contrario —se apresuró Frederick a contestar, seguido justó después por un pequeño suspiro de pesar y cansancio mientras él mismo volvía a tomar asiento—. Pero lo creas o no, esa es la parte más complicada de este asunto. La verdad es que, a pesar de que este chico se ha prácticamente salvado siempre de cualquier sospecha, yo siempre lo he tenido en el número uno de mi lista. ¿Recuerdas a Carl Bugenhagen?

—Por supuesto.

Frederick extendió en ese momento su mano hacia el libro que estaba leyendo justo antes de que ellos llegaran. Metido entre las página de en medio, sacó un pedazo de papel blanco, doblado dos veces, y lo alzó para que Jaime pudiera verlo.

—Doce años atrás, antes de morir, Bugenhagen mandó esta carta al Vaticano. —Le extendió entonces el papel a su compañero, y éste lo tomó un tanto vacilante—. En ella señala directamente a este muchacho como el Anticristo. Describe también que se reunió con Richard Thorn, su padre, y le entregó a éste las Dagas de Megido para que las usara en él. El señor Thorn murió sólo un par de días después, acribillado por la policía cuando intentó apuñalar a su hijo en una iglesia de Londres. La carta fue sepultada en los archivos, y nunca se le dio seguimiento. ¿No te parece eso bastante extraño?

Jaime se tomó un par de minutos para leer en silencio la mencionada carta. Era un poco larga, pero en realidad sólo daba más detalles sobre lo que Frederick bien acababa de resumir. Una vez que logró hacerse una idea general, bajó el pedazo de papel, soltó un largo resoplido, y se talló un poco sus ojos con sus dedos.

—Frederick —comenzó a decir con seriedad—, sabes tan bien como yo que desde que se estableció la Orden Papal 13118, el Vaticano ha recibido cientos, sino es que miles, de cartas similares a ésta de teólogos, exorcistas, sacerdotes, y frailes de todas partes del mundo. Y creo que no es necesario que te recuerde que en realidad no muchos creen en la existencia, no se diga la efectividad, de estas Dagas de Megido; yo incluido. Y de paso, Bugenhagen no tenía precisamente una reputación del todo intachable en la Santa Sede en sus últimos años, debido a sus ideas tan radicales. Si a esta carta no se le dio seguimiento en su momento, puede que haya sido por estos factores, o quizás se determinó que el hecho ocurrido en Londres no tenía relación alguna con esto.

—O por qué alguien se encargó de que no se hiciera —señaló Frederick fervientemente, apuntando con su dedo a la carta como si fuera el acusado en un juicio.

—Eso es bastante paranoico de tu parte. Estarías implicando la existencia de enemigos dentro del propio Vaticano entorpeciendo nuestra búsqueda.

—¿No explicaría eso por qué después de tanto tiempo y esfuerzo, no hemos logrado verdaderos avances?

El padre Alfaro guardó silencio, observando a su compañero con desaprobación por sus atrevidas palabras.

—Bien —musitó Frederick, al parecer ya un poco frustrado—. Llámalo un presentimiento, o un dolor en mi pierna como cuando llueve. Pero yo siempre he sentido que Bugenhagen tenía razón, y este chico es a quien hemos buscado todos estos años. Pero nunca he podido encontrar las pruebas suficientes para convencer a los superiores; y de paso creo que ni a mí mismo por completo. Pero ahora sospecho que él está de alguna forma relacionado con todo este extraño asunto. La niña Morgan viene para acá a Los Ángeles, si no es que ya está aquí.

—¿Y cómo sabes eso? —Interrumpió Jaime, dudoso—. ¿También te lo dijo ese detective? —Frederick se limitó a asentir—. ¿Y él cómo lo sabe? ¿No se supone que la niña está perdida en estos momentos?

—Dijo que lo sabía de buena fuente, pero por otras cosas que mencionó en la conversación, intuyo que se refería quizás a que alguno de sus espíritus se lo dijo.

—Frederick… —exclamó Jaime incrédulo, frotándose su frente con sus dedos con notorio infortunio.

—Espera, escúchame, por favor —espetó el padre italiano, casi como súplica—. El Detective Sear piensa que ella viene para acá a reunirse con alguien, y Damien Thorn está en estos momentos aquí mismo. Lleva ya unas semanas aquí, aunque ya no tendría por qué seguir en la ciudad. Su tía y toda su comitiva se fueron hace unos días, y él se quedó sólo con unos cuantos hombres de su seguridad privada. Lo hemos estado observando todo este tiempo, y no entendíamos porque se quedaba, incluso faltando a clases. Es una conducta impropia de él hasta ahora. Pero con lo que nos dijo el Detective Sear, las cosas cobraron sentido. Está o estaba esperando a esta niña. Él sabía que venía para acá, y aguardaba aquí para poder reunirse con ella.

—Pero es sólo una teoría que se basa en la especulación de que en efecto esa niña viene para acá, y que viene específicamente a reunirse con este chico —añadió Jaime, algo acalorado.

—Es una teoría, pero encaja…

—O la niña podría venir a reunirse con cualquiera de las millones de personas que viven en esta ciudad, y el chico Thorn sólo se está tomando unos días de pinta de la escuela para pasear por Hollywood lejos de su tía.

—¿Y su presencia en la misma ciudad es sólo una coincidencia?

—Podría serlo.

Frederick se apoyó hacia atrás, pegando completamente su espalda contra el respaldo del sillón, notándosele algo agotado. Quizás la reticencia de Jaime había resultado ser más de la que esperaba. Sin embargo, al mismo tiempo el Inspector de Milagros también estaba confundido con el frenesí con el que Frederick defendía dicha teoría, casi como si deseara con todas sus fuerzas que fuera cierta.

—Lo entiendo —asintió el padre Babato tras unos segundos de meditación—. En comparación con otros sospechosos que hemos visto, el caso no se sostiene tan bien. Pero tú mismo viste su expediente. Encaja en todos los parámetros: la edad, el sexo, la posición social… Y las desgracias lo persiguen a donde quiera que va; desde el hospital en el que nació, pasando por sus padres, su tío y su primo. Hasta ahora todo se le ha resbalado, lo que implicaría la mano protectora de la Hermandad que tanto hemos estado investigando. Han sido muy cuidadosos y han estado operando fuera de nuestro radar. Pero este hecho —extendió en ese momento su mano derecha, presionando su dedo índice contra el expediente blanco en la mesa—, y esta niña, son la clave. Ésta es su primera gran equivocación en todo ese tiempo. Y si tengo razón, probaría que Damien Thorn oculta algo debajo de toda esa fachada que siempre carga. Ésta podría ser nuestra única oportunidad de desenmascararlo.

Jaime lo contempló silencioso. De nuevo Frederick se mostraba bastante exaltado, empecinado en que le escuchara y creyera sus palabras a como diera lugar. Él no sabía cuál debía de ser su reacción o su contrargumento en un momento como ese. Frederick parecía bastante convencido de su teoría… quizás, demasiado como para verla desde una posición más alta y ver todas las verdaderas deficiencias que ésta tenía.

Era mejor que omitiera, al menos de momento, la sensación que él mismo había tenido al ver por primera vez el expediente del muchacho; y en especial lo que la Novicia Loren le había mencionado sobre esa “oscuridad.” Aceptaba que le era difícil olvidarse de ambas cosas mientras argumentaba, pero no podía permitir dejarse llevar por esas impresiones iniciales, ni dejarse arrastrar por el acalorado entusiasmo de su colega.

—Frederick, seré honesto —murmuró Jaime, intentando ser firme pero también comprensivo—. Creo que estás comenzando a tomarte esto muy personal. Quizás sea hora de que dejes esta búsqueda a…

Su frase quedó cortada en el aire.

—¿A quién? —Musitó Frederick, inquisitivo—. ¿Padres más jóvenes y sin su mente tan nublada con los años de ver cosas horrible azorando entre las sombras? —Jaime permaneció callado, evidentemente no deseando terminar su propia frase—. Haré un trato contigo, Jaime —prosiguió—. Si tu conclusión después de que realices tu investigación, es que Damien Thorn no es el Anticristo, y esta niña no tiene relación alguna con nuestra búsqueda… Entonces me retiraré y le dejaré el camino a alguien más. Es una promesa.

Su propuesta pareció alarmar tanto a Karina como a Carl. Ambos hicieron el ademán de querer decir algo, pero ambos parecieron optar por permanecer callados. Jaime igual se había sorprendido un poco, pero en realidad a él le había parecido más un chantaje que una verdadera resolución.

—No hay que ser tan fatalistas —comentó Jaime con tono calmado, y pasó a dar un par de tragos más de su (ahora sí frío) café—. Pero ya que volé hasta aquí, sólo me queda en efecto hacer mi trabajo y ver hasta dónde nos lleva el agujero de este conejo, ¿te parece? Pero antes de proseguir, quisiera hablar yo mismo con el señor Sear. Como gran parte de esta teoría, sino es que toda ella, se sostienen en su declaración, quisiera verificarla yo mismo. Además, si tiene habilidades tan excepcionales como tú o este padre Michael de Filadelfia afirman, podría sernos de utilidad en esta investigación.

—Estoy de acuerdo —asintió Frederick, satisfecho—. A Karina le encantará ir por él para que lo conozcas. ¿Cierto?

El padrea Babato se giró en ese momento hacia su ayudante a sus espaldas, que se sobresaltó sorprendida al oír tales palabras, y al ver la expresión burlona en el rostro de Frederick. Su boca se curveó entonces en una marcada mueca de molestia.

—Por supuesto… —masculló despacio de forma forzada.

— — — —

La misma tarde en que Jaime Alfaro aterrizó en los Estados Unidos, Cole tenía una cita para reunirse con el Jefe de Policía Jack Thomson, en los Cuarteles Generales de la Policía de Los Ángeles.

De manera oficial, Cole no se encontraba en la ciudad como policía, y eso le impedía involucrarse directamente en la investigación activa sobre Leena Klammer, Lily Sullivan y Samara Morgan. Por lo mismo, tampoco tenía medios para obtener cualquier información sobre ellas; al menos, no por los canales convencionales. Pero estando en una ciudad tan grande y desconocida para él, buscando a tres niñas que bien podían camuflarse entre la multitud, tenía que arriesgarse un poco con el fin de progresar. Aunque ello incitara más preguntas de las deseadas.

Para intentar obtener algo de información de la policía, Cole tuvo que recurrir a una llamada a su capitán en Filadelfia, Phil Morrison, esperando que pudiera enlazarlo con alguno de sus contactos en el DPLA, y así poder obtener un poco de información. Cómo esperaba, dicha petición despertó bastante la curiosidad de su capitán… ¿Por qué uno de sus detectives, supuestamente de vacaciones, le pedía algo cómo eso de pronto? Y además, ¿qué hacía en Los Ángeles?, ¿qué no iba a Oregón?

Cole tuvo que decir la verdad, o al menos parte de ella, explicándole de manera general al Capitán Morrison cómo se involucró sin quererlo en el caso (y sin entrar en los detalles más escabrosos). Pero el énfasis de su alegato fue más hacia su deseo de compartir lo poco que sabía con la policía para así ayudar; y claro, omitiendo de momento su deseo verdadero, que era él mismo obtener información de ellos. El único cuestionamiento real de Morrison luego de esa explicación, fue uno que Jaime igualmente le haría a Frederick esa tarde: «¿Por qué estás tan seguro de que esa mujer está ahí en Los Ángeles?» Y, por supuesto, esa parte de la verdad no podía decírsela.

El rumor de sus habilidades especiales era bien conocido en la Policía de Filadelfia; no por nada lo apodaban el Detective de los Muertos. Sin embargo, entre sus compañeros había aquellos que se tomaban muy enserio dicho tema, y otro que lo veían como una excentricidad suya, o incluso una locura. El capitán Morrison se encontraba en medio, en una posición marcadamente neutral. Aun así, sabía muy que si le decía que su fuente era un fantasma, descartaría todo de inmediato y no movería ni un dedo para ayudarlo. Así que en su lugar sólo se limitó a decir que mientras estuvo en Eola, logró encontrar un par de pistas que apuntaban a que Leena Klammer iba justo a Los Ángeles, y que era parte de lo que quería compartir con la policía. Dicha explicación resultó suficiente.

Para sorpresa de Cole, el capitán Morrison era amigo cercano del actual Jefe de Policía del DPLA, y le consiguió una reunión con él de unos minutos ese mismo día. Cole no esperaba tanto, y ciertamente estuvo agradecido. Aunque, quizás su agradecimiento se redujo cuando llegó a los cuarteles a la hora pactada y lo tuvieron esperando casi dos horas y media antes de que el Jefe Thomson lo recibiera. Y en realidad, llamar reunión a aquello sería de hecho ser bastante optimista, pues al parecer a lo que el Jefe había accedido era a hablar con él en el tramo entre su oficina y el estacionamiento, mientras se retiraba de los Cuarteles a un compromiso en la Alcaldía.

Cole se cuestionaría después qué tan buen amigo era su capitán en realidad de este hombre. Pero, dadas las circunstancias, quizás no podía darse el lujo de ponerse exigente.

—¿Cuál es el interés de la policía de Filadelfia con este caso? —Le cuestionó el Jefe Thomson, un hombre alto de complexión gruesa y cabello cano, mientras ambos caminaban por los pasillos en dirección al ascensor—. Morrison no fue muy claro cuando me llamó. ¿Leena Klammer es buscada allá por algo?

—No que yo sepa —respondió Cole andando a su lado. Agradecía al menos que el policía veterano moderaba un poco su marcha para que él pudiera seguirlo—. En realidad no estoy aquí por algún asunto oficial, sino más bien personal. Por una u otra causa, me tocó estar involucrado con los dos tiroteos en Portland y Salem. Conocí al oficial que asesinó en Portland, y en el psiquiátrico de Eola hirió a una buena amiga mía.

—Lo lamento —masculló Thomson, son sinceridad. La muerte de un policía siempre afectaba a cualquier miembro de la fuerza, fuera de la ciudad que fuera. Y Lenna ya había matado a dos en su trayecto.

—No me quiero meter en la jurisdicción o en el trabajo de alguien más —añadió Cole—. Sólo estoy intentando ayudar cómo pueda. Como le dije, Leena Klammer viene para acá con las dos niñas que secuestró. Incluso ya podría estar aquí.

Thomson soltó un pequeño murmullo, similar a un quejido, que Cole no supo cómo interpretar. Permaneció callado durante los últimos metros que los separaban de las puertas del ascensor. Luego presionó el botón para bajar, y aguardaron a que éste llegara. Mientras esperaban, Thomson agregó:

—Bueno, le alegrará saber que los Federales piensan igual que usted, detective. Descubrieron que ella de hecho estuvo viviendo el último un par de años aquí.

—¿Aquí en L.A.? —Exclamó Cole, sorprendido. Ese era un dato que desconocía por completo, aunque en realidad no era que supiera mucho en ese punto.

—Trabajaba como prostituta en las calles, y era medianamente conocida, de hecho. Se hacía llamar La Huérfana.

Aquello dejó al pensativo al detective, especialmente por ese apodo tan inusual.

El ascensor llegó en ese momento, por lo que ambos avanzaron hacia él. Había otras dos personas adentro, que de inmediato le desearon las buenas tardes al Jefe de Policía. Éste se inclinó hacia el tablero para presionar el botón del estacionamiento E1, y poco después las puertas se cerraron y comenzaron a descender.

—Ocho años atrás —murmuró Cole, exteriorizando un poco los pensamientos que lo habían azorado en ese momento—, Lenna Klammer se hizo pasar por una niña huérfana para ser adoptada por una familia. No sé si quizás de ahí venga ese sobrenombre.

—Encima de todo es cínica la condenada —musitó Thomson, entre enojado y divertido por la ironía—. No quiero saber si sus clientes sabían que era una mujer adulta o no.

—¿Saben en dónde vivía?

—En un viejo y feo departamento en el sur. Lo revisaron, pero ya está habitado por otra mujer, y no había ningún rastro reciente de Klammer ahí. Me parece que los Federales lo tienen vigilado, pero no he recibido noticias de que haya habido algo sospechoso hasta ahora. No más de lo que ocurre usualmente por esa zona, al menos.

—Debe estarse quedando en otro sitio.

—O siguió de largo hasta Tijuana —comentó Thomson, encogiéndose de hombros—. A estas alturas es difícil saberlo.

Las dos personas que iban con ellos se bajaron en la plata baja. Ellos siguieron un piso más abajo, antes de también bajarse y comenzar a andar por el estacionamiento cerrado y alumbrado con lámparas en el techo.

—Y me temo que eso es todo lo que sabemos de momento, detective —comentó Thomson con algo de pesar—. Los Federales se han apoderado del caso y restringen la información. Todas las jefaturas tienen orden de estar atentas ante cualquier niña con la descripción de Klammer o las otras dos, y de avisar de inmediato a la Oficina Federal. Pero fuera de eso, tenemos las manos atadas y no hay mucho más que podamos hacer.

Cole ya se temía por adelantado que los Federales tomaran por completo la jurisdicción del caso. Era el accionar más obvio, pues los crímenes de Leena Klammer habían cruzado tres estados, incluido el secuestro de dos menores. Lo que le preocupaba, sin embargo, era saber quién realmente se estaba encargando de ese caso. Recordaba la última conversación que había tenido con Vázquez en Eola, en la que le había mencionado a personas de alguna agencia que se habían presentado en el hospital en Portland posterior al tiroteo, tomando todas las pruebas y testimonios, y sin dar ninguna explicación. ¿Serían esas mismas personas las involucradas en ese bloqueo de información? Aquello le hizo teorizar que, al igual que él, podrían saber parte de la verdad detrás de ese asunto, y no estaban dispuestos a compartirla del todo.

La caminata terminó cuando llegaron ante el vehículo el Jefe, una camioneta Ford Escape del año color gris oscuro. El oficial superior se paró a un lado de la puerta del conductor, y se viró unos momentos a Cole, observándolo con severidad.

—Yo le recomiendo no involucrarse más en este asunto, especialmente si no tiene un motivo oficial para hacerlo como policía. Mejor disfrute lo que le queda de vacaciones y deje que nos encarguemos de esto.

Dicho eso, abrió la puerta del vehículo e ingresó en él.

—Quisiera poder hacerlo, Jefe —musitó Cole, y se tomó el atrevimiento de acercársele—. Sólo prométame que sus hombres estarán atentos por cualquier cosa.

—Como dije, eso es todo lo que podemos hacer —respondió Thomson. Encendió el vehículo justo después, y cerró la puerta. Tuvo, sin embargo, la gentileza de bajar la ventanilla para al menos terminar la conversación antes de irse—. Si me disculpa, tengo un compromiso.

—Lo entiendo, y gracias por recibirme —expresó el detective, extendiendo su mano hacia el interior del vehículo.

—No hay de qué —respondió el Jefe, estrechando su mano firmemente—. Salúdeme a Morrison.

—De su parte.

Cole sacó su mano del vehículo, y justo después la ventanilla subió por completo hasta ocultar al Jefe del otro lado. La camioneta se puso en marcha justo después, comenzando a alejarse por el estacionamiento hacia la salida. Cole se preguntó si acaso no estaba demasiado apresurado por alejarse de él, y eso le hizo pensar que quizás sí sabía algo más de todo eso que no le había dicho.

Fuera como fuera, era claro que ya no obtendría mucho más ahí.

— — — —

Al salir del edificio gubernamental, Cole se paró unos momentos en la acera intentando aclarar sus pensamientos, que se difuminaban un poco debido a la gran frustración que sentía. Y no era para menos; ese era su tercer día ahí y no había realmente logrado avanzar ni un poco en su búsqueda. Esa reunión era quizás su última esperanza de obtener algo, pero se había encontrado de frente con la pared de los Federales, o quienes fueran realmente. Mientras ellos restringieran la información del caso, no había mucho que pudiera obtener por el medio oficial.

Mientras estaba sumido en todos esos pensamientos, sus manos habían reaccionado por sí solas, sacando su cajetilla y encendedor del bolsillo de su saco. Para cuando fue consciente de lo que estaba haciendo, ya tenía el cigarrillo en los labios y estaba a punto de encenderlo. Se sintió de momento un poco impresionado por cómo su cuerpo había realizado tal acción en respuesta a su estado de ánimo; como un mero reflejo involuntario.

Se le vino en ese momento a la mente el Dr. Crowe, y lo que le había mencionado en aquella última conversación:

“Deberías considerar dejar de fumar. No te traerá nada bueno a la larga.”

Cole sabía que a veces los comentarios casuales de los fantasmas sólo eran eso. Pero, en otras ocasiones, resultaban ser advertencias reales de cosas que su visión un poco más amplia les permitía ver. ¿Cuál era el caso en esa ocasión?, no lo sabía con seguridad. Pero nunca antes de ese momento justo había relacionado tanto la imagen su madre moribunda, con su hábito de fumar que poco a poco se había vuelto tan usual en él.

Quizás debía intentar reducirlo un poco; sólo por si acaso.

Con eso en mente, se retiró el cigarrillo de sus labios, lo guardó de nuevo en la cajetilla, y colocó ésta y su encendedor de regreso a su bolsillo.

Para bien o para mal, ese pequeño exabrupto le había ayudado a desviar su mente hacia otro lado, por lo menos por un segundo. Al final había perdido toda la tarde, sin obtener gran cosa a cambio. Lo único relevante que sabía ahora era que Leena Klammer solía vivir ahí en Los Ángeles. Eso daría más validez a la teoría de que ella y las dos niñas estaban ahí. Pero la pregunta seguía siendo la misma: ¿dónde?

Quizás su siguiente plan de acción debía ser ir a revisar el antiguo departamento de Klammer. El Jefe había dicho que los Federales lo habían revisado sin obtener nada. Sin embargo, por experiencia sabía que él tenía… buen ojo para ver lo que otros no, por decirlo de alguna forma.

Se encontraba meditando en todo ello, e intentando no pensar en lo mucho que le ayudaría un cigarrillo a calmarse, cuando entonces escuchó a su costado:

—Detective Sear —pronunció una voz de forma tosca, haciendo que el oficial se sobresaltara un poco.

Al virarse, un tanto defensivo, reconoció casi de inmediato el rostro duro, casi agresivo, de la misma mujer que lo había recibido en el aeropuerto; la ayudante, o algo así, del padre Babato. Ella se aproximaba caminando hacia él con sus manos en el interior de su abrigo, que aún le daba la impresión de estar ocultando una o dos armas debajo. El reconocerla no lo hizo sentir mucho más tranquilo, pero como siempre intentó fingir que así era.

—Vaya, si es mi nueva amiga, la sicario de Dios —comentó con un tono burlón, aunque algo irritado—. ¿Acaso me está siguiendo?

La mujer se paró justo enfrente de él, e ignorando un poco su cuestionamiento pronunció de inmediato:

—El padre Babato me mandó a buscarlo. Desea hablar con usted otra vez.

—¿Ya terminó de analizar mi caso? —Ironizó Cole, molesto—. Lo que sea que eso signifique… Dígale que no tengo tiempo para otra charla como la del otro día. Tengo una asesina y una niña secuestrada que encontrar.

Y dada por terminada la charla con esa última declaración, Cole se dio media vuelta y comenzó a caminar calle abajo, sin una dirección o intención más allá de querer alejarse de ella lo antes posible. No pareció sorprendido al darse cuenta de que la mujer había optado por andar detrás de él, algo insistente.

—El padre también desea encontrar a esta niña —le informó inmutable—, y cree que ambos se pueden ayudar mutuamente. Pero desea primero presentarle a una persona.

—Como dije, estoy ocupado —persistió Cole, acelerando un poco su paso—. Y la verdad, preferiría trabajar esto solo…

La huida de Cole fue cortada cuando la puerta de un vehículo estacionado en la banqueta se abrió, cortándole el camino abruptamente. Antes de que Cole viera salir a su ocupante, ya se había dado una idea de quién sería al reconocer el Honda Accord plateado. Y en efecto, del vehículo se bajó el alto y silencioso Carl, que amablemente lo había llevado a su hotel la última vez que se vieron. El hombre se paró firme delante de él, con sus manos juntas al frente en posición marcial. Sus pequeños y amenazantes ojos de fijaron en él, dejándole bastante claro que no le permitiría avanzar ni un paso más de donde estaba.

—Tendremos que insistir, detective —susurró la mujer de color a sus espaldas, sólo un poco menos agresiva que la mirada de aquel hombre.

Al verse acorralado de esa forma, una vez más Cole recordó sus encuentros con hombres de la mafia, y el chiste que había pronunciado hace poco al referirse a esa mujer como “sicario de Dios,”, le  hacía de hecho más sentido. Como fuera, aparentemente no tenía muchas opciones a elegir. E incluso si las tenía, en ese momento Carl le abrió la puerta de la parte trasera del vehículo, eligiendo por él.

—¿Entienden ustedes lo que es un secuestro? —Musitó sarcástico mientras avanzaba de mala gana al automóvil. Ninguno le respondió nada.

Igual como la primera vez, la mujer se sentó a su lado detrás, y el hombre de cabeza calva tomó el lugar del conductor. Cole pensó, un tanto en broma, que al menos se ahorraría el taxi de regreso.

FIN DEL CAPÍTULO 81

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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