Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 80. Últimas lágrimas

25 de octubre del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 80. Últimas lágrimas

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 80.
Últimas lágrimas

Cerca de una hora después, los primeros rastros de consciencia de Kate fueron recibidos por el resonar de otra melodía, que entre toda su confusión y dolor le resultaba abominablemente familiar. Pero en esa ocasión no era entonada por un piano, sino por esa vocecilla que tanto le había taladrado sus oídos en sus pesadillas.

Tienes que dar un poco… tomar un poco… Y deja que tu corazón se rompa un poco. Es la historia de… es la gloria del amor…

Aun cuando todavía no despertaba del todo, Kate supo que era esa maldita canción que Esther insistía en cantar mientras se bañaba, con tal de que la dejara hacerlo con la puerta cerrada. Ahora sabía que era para que nadie vierta sus incriminatorias cicatrices, o que debajo de sus abultados vestidos se escondía un cuerpo con las proporciones de una mujer adulta.

Los ojos de Kate se abrieron pesadamente, captando de manera borrosa el interior de su cocina. Su cabeza le dio vueltas y le colgó de un lado. Sus ojos amenazaron con volverse a cerrar, pero se resistió. Fue consciente entonces de que estaba sentada, posiblemente en una de las sillas de la mesa para desayunar. Un fuerte ardor le recorrió la cara entera de golpe, y ello fue suficiente para poder dar un brinco más significativo fuera de su letargo. Su primer impulso fue alzar su mano hacia el área que le dolía, pero no pudo; algo se lo impedía. Y se dio cuenta entonces de que no podía mover ni sus brazos ni sus piernas, y eso terminó por ayudarla a darle el último brinco para al fin despertarse.

Kate miró aterrada hacia abajo, contemplando de inmediato que sus brazos y piernas estaban atadas fuertemente a la silla con gruesa cinta plateada. Y al intentar gritar, o al menos decir algo, se percató de que también tenía su boca cubierta, posiblemente con el mismo tipo de cinta.

Tienes que reír un poco… llorar un poco… hasta que las nubes rueden un poco. Es la historia de… es la gloria del amor… Mientras estemos los dos…

La canción se cortó abruptamente, y eso obligó a Kate a alzar su mirada al frente y contemplar con más claridad la situación. Estaba en efecto en su cocina, amarrada a una de sus sillas y colocada delante de la misma mesa donde esa mañana había estado desayunando con sus hijos. En la silla a su mano izquierda, ahí se encontró a Esther, sentada con una tabla de cortar delante de ella, sobre la cual cortaba al parecer rodajas de tomate con un cuchillo. Estaba también a su lado la bolsa de pan abierta, el envoltorio de jamón, así como los frascos de mayonesa y mostaza.

En cuanto la vio, la falsa niña le sonrió con dulzura, similar a como Kate recordaba que la había sonreído cuando se conocieron. Al parecer se había lavado cuidosamente, pues su cara ya no tenía sangre (y de paso en efecto no tenía rastro alguno de los golpes que le había propinado), aunque su vestido azul igualmente seguía manchado.

—Despertaste, menos mal —pronunció Esther con aparente alivio—. Ya me estaba preocupando un poco.

Kate miró con más detenimiento la surreal escena. Notó que a un lado de la tabla Esther tenía un plato con dos rebanadas de pan, una con mayonesa y otra con mostaza, y una tenía demás un pedazo de jamón y una rebanada de queso amarillo. ¿Se estaba acaso preparando un sándwich?, ¿ahí en su propia cocina mientras ella yacía inconsciente y amarrada? Todo eso le pareció tan ridículo, que de nuevo la mente de Kate quiso inclinarse hacia la irrealidad y aceptar aquello como un simple sueño.

—¿Te duele la cabeza? —Le preguntó Esther de pronto con curiosidad, y entonces extendió su mano para tomar una caja roja de paracetamol de la mesa, y enseñársela con peculiar orgullo—. Busqué en tu botiquín, pero sólo encontré esto para el dolor. Supongo que tendrá que bastar. Pero no es bueno que tomes medicamentos con el estómago vacío. Porque no has comido nada, ¿verdad? De tus clases te fuiste a tu sesión, y luego directo para acá.

El hecho de que describiera con esa exactitud su tarde, hizo que una palpable preocupación se hiciera presente en la mirada de Kate. Esther lo notó, y en respuesta rio divertida.

—Tranquila, no te estuve espiando —le aclaró—. Está anotado en el calendario —añadió justo después, señalando con el cuchillo hacia el calendario dibujado sobre la pizarra blanca—. Como sea, no tenía mucho tiempo para cocinarte algo en forma. Espero que este simple emparedado te sea suficiente.

Esther colocó entonces dos rebanadas de tomate sobre el queso amarillo, y le colocó encima el pan con mostaza, sellando de esa forma su improvisado emparedado. Tomó el plato, se puso de pie y se aproximó a Kate con él. La maestra de música reacción asertivamente a su cercanía, comenzando a forcejear y gemir en un intento de librarse de sus ataduras, pero sin obtener ningún resultado.

—Tranquila, no tiene nada raro —rio Esther, casi como burla—. Es sólo un emparedado normal.

Colocó el plato delante de ella, y entonces se paró a su lado. Kate hizo su cuerpo lo más posible en la dirección contraria, intentando mantener la mayor distancia posible entre ambas, pero no era mucho lo que podía hacer, dada su situación.

—Sé que comenzamos esto con el pie izquierdo —señaló Esther con voz tranquila, apoyando sus manos en el descansabrazos de la silla de Kate—, y acepto que en parte podría haber sido un poco mi culpa. Quizás debí haberme presentado de otra manera. Así que, empecemos de nuevo, ¿sí? Ahora te quitaré esto para que puedas comer…

Esther extendió su mano hacia la cinta que le cubría la boca, y la retiró lentamente para no lastimarla. En cuanto tuvo sus labios libres, Kate tomó aire rápidamente y gritó a todo pulmón:

—¡Auxilio! ¡Ayuda…!

Pero sólo pudo pronunciar esas dos palabras, antes de que Esther le colocara de nuevo la cinta en su boca.

—Entiendo, sigues molesta —masculló Esther, irritada—. Pero, ¿no crees que estás siendo un poco malagradecida? Igual no sé por qué te esfuerzas. Ya llevo un rato aquí, y tras esos tres disparos no parece que la policía venga en camino. Pero no te sientas mal. Quizás todos tus vecinos están trabajando, o crean que no es nada de qué preocuparse, o que alguien más se encargará. Suele pasar.

Kate miró  a su alrededor, como esperando ver en algún rincón algo que le hiciera pensar que esas palabras eran mentira. ¿Realmente nadie había oído los disparos? O, aún peor, ¿a nadie en realidad le importaba lo que le pudiera estar pasando? Se sentía tan perdida, pero a la vez frustrada. ¿Cómo era posible que todo eso le estuviera pasando justo en ese momento? ¿Por qué…?

Notó entonces como Esther hacía el plato con el emparedado a un lado, y entonces se subía a la mesa de un brinco, sentándose en la orilla delante de ella, y quedando entonces ambas justo frente a frente. Esther incluso apoyó sus pies sobre los muslos de Kate, para que estos no quedaran colgando.

—Miran, no te culpo por estar molesta, ¿de acuerdo? —comenzó a decirle con seriedad, mirándola fijamente—. Lo entiendo, te enojó lo de John. Pero siendo honestas, estás mejor sin él. Decía que te amaba, pero te recuerdo que te engañó, te lo ocultó, y luego te echó la culpa por lo de Max; y ambas sabemos que también te culpaba por lo de Jessica, aunque fuera un poco. Y luego te dio la espalda cuando más lo necesitabas, creyendo que eras una loca y una alcohólica. Pero todos los hombres son así; yo lo aprendí muy tarde también.

Esther hizo una pausa en su declaración, y extendió su cuerpo hacia atrás para tomar una rebanada de pan de la bolsa. Volvió a su posición original, y comenzó a arrancar pequeños pedazos de la rodaja para metérselos uno a uno en la boca.

—Y claro, lo de Daniel —espetó de pronto, como si el recuerdo le surgiera espontáneamente—. Supongo que eso también te debe de molestar un poco. Me disculpo por eso, ¿sí? Me asusté, y no pensaba las cosas con claridad. Pero tú no sabes cómo él me trataba. No fue Brenda quien me tiró los libros en la escuela, fue él. Se burlaba de mí con sus amigos, me llamaba retrasada y ve tú a saber qué tantas cosas más. Y no era tan buen niño cómo crees. ¿Sabías que escondía una nada desmerecedora colección de pornografía en esa linda casita del árbol? ¿O que le disparó a una paloma con su pistola de paintball y la iba a dejar morirse de hambre sin poder moverse? Deberías compartir eso con su terapeuta; el maltrato a los animales y la adicción a la pornografía son signos preocupantes en un niño, ¿sabes?

Kate la observaba y escuchaba en silencio (aunque realmente no es que tuviera otra opción), en parte incrédula de estarla escuchando decir todas esas cosas. Era casi increíble cómo desvirtuaba todo lo sucedido hace cuatro años a su maldita conveniencia, de una forma que de seguro ni ella misma se lo creía. ¿Y enserio esperaba que ella se tragara todo eso?, ¿o sólo estaba jugando con ella? Kate se inclinaba por esa segunda opción.

Esther siguió comiendo su rebanada por un rato más. Cuando ya iba a la mitad, se viró de nuevo a Kate y prosiguió.

—Pero sé lo que piensas: nada de eso justifica haber querido matarlo… dos veces; ¿no es así?

Guardó silencio unos instantes, en los que sólo se le quedó viendo mientras masticaba el pan en su boca. De pronto, se inclinó abruptamente al frente, acercando su rostro casi amenazante hacia ella. Kate se hizo hacia atrás por mero reflejo. En los ojos de Esther se visualizaba un poco de aquella rabia casi primitiva que había percibido en ella antes de que la dejara inconsciente, aunque se sentía un poco más diluida.

—Pero tú me rompiste el cuello de una patada —masculló Esther con voz grave—, y me abandonaste en ese estanque a congelarme y pudrirme sola hasta la primavera. Y lo que hiciste con el atizador hace un rato, ¿cómo crees que sintió? Y en esta ocasión yo en verdad no deseaba lastimarte; tú provocaste todo esto. Así que para mí son dos horribles y dolorosas muertes, a cambio de… ¿una y  media? —Se encogió de hombros de forma casi exagerada—. Como sea, en lo que a mí respecta, estamos a mano, ¿bien? Y como estamos a mano, podemos volver a empezar desde cero.

Tomó en ese momento el plato con el sándwich, y lo colocó sobre sus piernas. Luego estiró su mano de nuevo al rostro de Kate, retirándola la cinta de la boca, aunque ahora haciéndolo con mucho menos cuidado, haciendo que aquel acto le provocara un doloroso ardor a la maestra de música que casi la hizo sollozar.

—Así que —murmuró Esther, y tomó el bocadillo del plato en sus piernas, y se lo acercó al rostro—, abre la boca y come  el emparedado, para que así puedas tomar tus analgésicos.

Kate hizo su cara hacia un lado, intentando a toda costa mantener su boca lejos.

—Ahí va el avioncito —murmuró Esther con tono juguetón, insistiendo en su intento de darle de comer, mas Kate no cedió. Poco a poco aquello comenzó a exasperar a Esther— Qué comas, te digo —pronunció con un tono de orden, presionando ahora el pan contra su cara y manchándola de mostaza, mayonesa y rastros de tomate.

En cuanto Kate se vio forzada a abrir un poco su boca para tomar aire, Esther empujó más el emparedado, metiéndole a la fuerza una porción de éste. Kate se vio obligada a morderlo con tal de poder cerrar su boca, y una porción del bocadillo se quedó dentro. Esther sonrió satisfecha al notar esto, y alejó lo que quedaba del emparedado y lo colocó de nuevo en el plato.

—Eso es —susurró particularmente feliz—. Ahora…

A mitad de sus palabras, Kate escupió con bastante ímpetu el pedazo masticado de emparedado al frente, haciendo que éste golpeara a Esther justo entre su ojo izquierdo y su nariz. Al principio esto la tomó por sorpresa, y pareció más perpleja que otra cosa. Pero rápidamente la rabia se volvió a apoderar de ella.

En un segundo, tomó con su mano derecha el cuchillo con el que había estado cortado el tomate, y se lanzó al frente. Kate hizo de nuevo hacia atrás, y tuvo el impulso de alzar sus piernas para patearla lejos, pero la realidad de su inmovilidad se hizo de nuevo presente. Esther se colocó sobre ella, tomándola violentamente de su cabello con su mano libre, y acercó el cuchillo a su cuello, hasta presionar el filo contra su piel. Kate intentó mantenerse serena, sosteniéndole la mirada a su atacante a cada momento.

—¡Y luego vas y le dices a todo mundo que yo soy la culpable de todo lo que te pasa!, ¡¿no?! —Le gritó Esther colérica, con sus rostros separados por apenas unos cuantos centímetros—. Intento tratarte con amabilidad, y lo único que me gustaría es recibir un poco de la misma a cambio. ¿Es eso mucho pedir?

—¡Jódete, hija de perra! —Exclamó Kate con la misma energía que ella, no mostrándose intimidada por el cuchillo en su cuello—. No jugaré este jueguito contigo, ¿oíste? ¡Ya no más!

Ambas se quedaron en silencio unos momentos, mirándose de forma amenazante la una a la otra. Kate sabía muy bien que lo único que ella tenía que hacer es mover ese cuchillo un poco, y entonces le rebanaría el cuello sin el menor problema. Y no había nada que ella pudiera hacer para evitarlo, salvo quizás suplicarle… Pero no le daría ese gusto en lo absoluto. Para su suerte, y sorpresa, Esther no hizo tal cosa. Luego de evidentemente calmarse un poco, retiró el utensilio y le soltó el cabello.

—No estoy jugando ningún jueguito —masculló la asesina, quitándose con una mano cualquier rastro de emparedado que hubiera quedado en su cara—. Esto es enserio; lo más enserio que he hecho en mi vida.

Kate bufó burlona, sin ser consciente si aquello era algún tipo de reacción nerviosa.

—¿Qué demonios quieres de mí? —Soltó directamente, comenzando a forcejear con más fuerza en su intento de librarse de las ataduras—. ¡¿Qué demonios quieres?!, ¡dime!

Esther guardó silencio unos momentos, y entonces se bajó de encima de Kate, sentándose de nuevo en la mesa delante de ella.

—Tú misma viste lo de hace un rato, ¿no? —Cuestionó con severidad, señalando a su propia frente, donde se suponía debería haber una horrible herida abierta, pero en esos momentos no había absolutamente nada más que su piel blanca y lisa—. ¿Viste como esos golpes que me hiciste desaparecieron?

Kate no le respondió nada. Sí, lo había visto, aunque su mente se resistía a aceptar que hubiera sido así.

—No es la primera vez que pasa —continuó Esther—. Me ha estado ocurriendo desde esa noche, y creo que gracias a eso sobreviví. Cuando me estaba hundiendo en el agua, tuve una visión —una singular sonrisa de júbilo se dibujó en los labios de Esther en ese momento, distanciándose de cómo se encontraba hace unos momentos—. Vi a mi madre… a la mujer que me dio a luz, quiero decir. Ella murió cuando yo nací y nunca la conocí, y mi padre nunca me mostró siquiera una foto. Pero aun así la vi y la reconocí de inmediato. Y pude escuchar su voz, y me dijo que yo sería una luz que alumbraría su vida. Y antes de que pudiera entender lo que veía o preguntar algo, desperté. Estaba ya afuera del agua, y mi cuello estaba bien. Estaba viva, Kate; ¿lo entiendes? Yo debí haber muerto en ese estanque, pero no pasó. Salí de ahí completamente sana. Fue un milagro, un verdadero milagro de Dios. Él me dio una segunda oportunidad para enmendar las cosas, para tener una mejor vida. Y con esa visión me mostró a su vez exactamente lo que debía hacer, lo que me hacía falta.

—¿De qué hablas? —Inquirió Kate, totalmente confundida, pues desde su perspectiva parecía que la mujer de Estonia hubiera comenzado a delirar.

—¿No lo entiendes? —Soltó Esther eufórica, aún más sonriente que antes—. Pasé todo este tiempo buscando un padre que me diera todo el amor que el mío nunca me dio. Pero estaba equivocada. —Extendió en ese momento su mano hacia Kate, colocándola dulcemente sobre su mejilla, apenas tocándola pues en ese punto se comenzaba a formar un moretón por uno de los golpes que le había dado—. Lo que siempre necesité no era un padre… sino una madre…

Kate enmudeció, perpleja y confundida, sin poder entender qué significaban todas esas extrañas palabras y cómo se suponía que debía reaccionar a ellas. Ni siquiera pudo reaccionar lo suficiente para apartar su cara de la mano de Esther, dándole sin darse cuenta permiso para que la dejara ahí sin restricción.

Esther le sonrió dulcemente, y en su mirada se reflejó un sentimiento mucho más ajeno para Kate: cariño… cariño sincero hacia ella, o uno muy bien simulado, y que de nuevo causaba un pequeño estrago en su pecho.

—Ahora me doy cuenta —expresó Esther con absoluta seguridad—. Tú y yo estábamos destinadas a conocernos, y a complementarnos la una a la otra. Y no hablo sólo de la música, sino además del hecho de que yo nunca conocí a mi madre, y tú nunca conociste a tu hija… Nunca te sostuve, pero te siento; nunca me hablaste, pero te escucho; nunca te conocí, pero te amo. —El oír esas palabras hizo hervir algo en el interior de Kate, y no era algo agradable, pero Esther pareció no notarlo de momento—. Ahora me doy cuenta de que eso es justo lo que yo sentía por mi madre. Ese día en el invernadero lo sentí, y esa lágrima que derramé fue sincera. Pero en ese momento no lo entendí, o no quería entenderlo. Estaba tan obsesionada con John que no veía nada más. Pero ahora lo sé: tú eres mi segunda oportunidad, mami… mi llave a la vida feliz que siempre deseé.

De la nada se bajó de la mesa y se lanzó hacia ella, pegando su rostro contra su regazo y rodeándola con sus brazos lo mejor que la posición de Kate se lo permitía.

—Te quiero, mami —susurró Esther con entusiasmo—. ¡Te quiero mucho!

Kate, por su parte, se quedó tan estupefacta ante la anormal y extraña escena que se materializa ante ella, que es posible que incluso aunque no hubiera estada atada a la silla, igual le hubiera sido imposible moverse. Sentía el cuerpo de esa… mujer, presionándose contra el suyo, abrazándola con la misma alegría y cariño con el que lo hacía Max, o incluso Daniel. Y aun así no podía convencerse a sí misma de que realmente ella se encontraba ahí; volvió de nuevo a sentirse divagar hacia la inconsciencia de un posible sueño.

La había oído decirle “te quiero”, y aquello no le había causado otra sensación diferente a… un completo asco. Su sola cercanía, el que estuviera pegada a ella respirándole encima, no hacía más que revolverle el estómago. Comenzó a cocinarse poco a poco en su interior una ardiente furia, que burbujeó y la empapó por completo, hasta que en ella no cupo ninguna otra emoción diferente a ella.

—No me toques… —murmuró despacio al inicio, pero su tono subió exponencialmente de un instante a otro—. ¡No me toques!, ¡aléjate de mí!

Kate comenzó a zarandearse con fuerza, hasta casi estar a punto de tumbar la silla, con todo y su ocupante. Esther se sobresaltó, apartándose un poco de ella y mirándola confundida por su extraña reacción.

—¡Deja de burlarte de mí! —le gritó Kate, colérica—. ¡Deja de burlarte de Jessica!

—No estoy burlándome, hablo muy enserio —aclaró Esther, ligeramente irritada—. Quiero que seamos una familia, una de verdad. ¿No recuerdas lo felices que éramos al inicio? ¿La conexión que tuvimos en cuanto nos vimos en el orfanato? ¿Lo contenta que estabas cuando llegué a casa? ¿Lo bien que nos llevábamos cuando teníamos nuestras clases de piano solas tú y yo? ¿Por qué no podemos volver a eso, mami?

—Yo no soy tu puta mami, ¡¿oíste?! —Le respondió Kate con voz ronca y algo cansada, y dicha frase le trajo tan malos recuerdos a Esther que incluso comenzó a sentir un doloroso cosquilleo en su cuello—. Y nunca, nunca fingiré serlo sólo para complacer tu retorcida fantasía, ¡perra loca y enferma!

Esther la observó, azorada. Sus ojos parecían perdidos en la nada, y su boca se torció en varios pequeños espasmos, como si deseara decir algo pero su cerbero no lograra mandar la instrucción clara a sus músculos.

—¿Por qué… no? —murmuró de pronto, notándosele mucho esfuerzo para poder pronunciar aquella pregunta.

—¿Por qué? —Soltó Kate aún presa de la furia—. Lastimaste a mis hijos, mataste al único hombre que he amado en mi vida, y has regado cadáveres a tu paso a dónde quiera vas…

—¡Ya te dije que estamos a mano! —Le respondió Esther con fuerza, sonando precisamente más parecida a la rabieta de un niño—. ¡Lo dije hace un momento!, ¡¿qué no me prestas atención?!

—¡Nunca estaremos a mano!, ¡loca psicópata! Así te mueras enserio de una vez por todas, nunca olvidaré el daño que nos hiciste. ¿Y te atreves a pensar que fue Dios quien te salvó? ¡Él no tendría por qué salvarle la vida a un monstruo como tú!

Esther se exaltó, casi asustada, al oírla decir eso, especialmente como se refería a ella como “monstruo.” Su respiración se agitó aceleradamente, sus ojos se viraron en todas direcciones como si buscara algo a su alrededor, y sus puños se abrían y cerraban repetidamente. Su mirada se fue endureciendo, su quijada se tensó, y su rostro comenzó a ponerse rojo del enojo.

Repentinamente se inclinó hacia el frente y alzó su puño derecho a un lado de su cabeza con la clara intención de golpear a Kate en la cara con él. El reflejo de la maestra de música fue cerrar sus ojos y girar su rostro hacia otro lado, como si aquello pudiera de alguna forma mitigarlo. Pero el golpe no llegó. Esther pareció tener la suficiente claridad mental al último momento para contenerse, así como lo había hecho con el cuchillo. Pero todo eso se iba acumulando poco a poco en su pecho, y ella podía sentirlo claramente.

La mujer de Estonia bajó su puño, y se alejó unos pasos hacia un lado, casi dándole la espalda a la dueña de esa casa. Con una mano se presionaba un poco la sien derecha con algo de fuerza, mientras murmuraba para sí misma:

—Esto no se suponía que pasara así. Mi visión me dijo que todo saldría bien… Esto no tenía que suceder así… ¡¿Por qué siempre tienes que hacer todo tan difícil?! —Gritó con ímpetu, virándose de nuevo hacia Kate.

Siguió respirando agitada, pero poco a poco se fue tranquilizando. El color de su rostro se fue suavizando, así como lo tenso de sus músculos y su postura, aunque sin volver enteramente a la normalidad.

—De acuerdo, no perdamos la calma —sugirió despacio, aunque parecía más un comentario para ella misma—. Esto no es nada que no podamos resolver. En cuanto Daniel y Max lleguen, los cuatro podremos hablar más tranquilamente de todo esto.

El escuchar los nombres de sus hijos siendo pronunciados por esa boca, provocó que todo en Kate diera un giro completo. Hasta ese momento se había mantenido prácticamente sumida en su propia rabia hacia Esther, y todo el odio que la consumía por ella. Incluso llegó a no importarle ni un poco lo que ella quisiera hacerle, hasta darle igual si la mataba en ese momento o no. Pero esa declaración sacó a la superficie un sentimiento mucho más fuerte: su amor por sus hijos, su deseo por protegerlos, que estén bien y, especialmente, lejos de ese… monstruo, como bien la acababa de llamar.

No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente, pero si había sido aunque fuera cerca de una hora, significaba que Max y Dani debían de estar ya en camino y llegarían en cualquier momento. Le había pedido tan vehementemente a Daniel que sólo fuera a la pizzería una hora para tenerlo a salvo en casa lo más rápido posible; ahora tenía el inusitado deseo de que la desobedeciera.

—No, no, Esther, espera —pronunció rápidamente, notándosele un cambio bastante significativo en su actitud—. Por favor, a ellos no los metas en esto. Es conmigo con quien estás enojada, ¿recuerdas? Yo fui quien te pateó y te dejó en ese estanque para morir; tú misma lo dijiste. Hazme lo que quieras, pero deja a mis hijos en paz, por favor.

—¿No has escuchado nada de lo que he dicho, mami? —Pronunció Esther irritada, aproximándosele de nuevo, con actitud agresiva—. ¿Por qué querría hacerles daño? Quiero que todos estemos juntos, que los cuatro seamos una familia otra vez. Que nos vayamos a algún lado lejos para empezar una nueva vida, todos unidos; como a California. Incluso podría convertirme en actriz. ¿No sería lindo?

Y esbozó entonces una amplia sonrisa contenta, mostrando su blanca y brillante sonrisa. Y a todo esto, lo único que Kate pudo pensar como respuesta, aunque no la pronunció en voz alta, fue: «Estás totalmente loca…»

Kate debía pensar rápido. Tenía que convencerla de que se fuera antes de que sus hijos llegaran y toda esa situación se saliera aún más de sus manos. Necesitaba de alguna forma darle una vuelta a eso, intentar razonar con ella. Pero, ¿cómo razonar con alguien que estaba delirando, y se encontraba tan desconectada de la realidad? Seguía aferrada a esa idea de ser una niña, hablando incluso de que fueran una familia, y ella su madre; ella que tenía casi su misma edad.

Seguía aferrada a ser Esther…

Te rehúsas a dejar atrás a Esther, porque prácticamente has formado tu vida actual en base a ella. Incluso nunca te he oído referirte a ella como Leena, ¿sabes? Insistes en llamarla Esther, con ese nombre falso con el que la adoptaste, como si quisieras de nuevo mantener con vida la imagen de tu hija perdida.

Era cierto, y ahora lo veía. Desde siempre había querido encarar a su enemigo como Esther, como esa niña que entró a sus vidas, se convirtió en su hija, y la traicionó haciéndoles todo ese daño. Pero Esther no era real… nunca lo fue. Debajo de ese disfraz, había una mujer, una de verdad…

—Leena, escúchame… —pronunció de golpe, intentando sonar lo más calmada y serena posible. Sin embargo, esa sola mención hizo que la mirada de Esther se oscureciera un poco.

—No me llames así —le exigió con frialdad en su voz, pero intentó forzarse a volver a su estado de júbilo anterior—. Mi nombre es Esther, mami. No lo olvides, por favor.

—No, no eres Esther. Tu nombre es Leena, Leena Klammer, de Estonia. No tienes nueve, tienes treinta y seis años.

De nuevo aquello hizo grietas en la coraza dura de su atacante. Se giró de nuevo hacia otro lado, volviendo a presionarse su sien con fuerza, como si estuviera sufriendo de una fuerte migraña.

—Leena Klammer está muerta —declaró con fastidio en su voz—. Tú la mataste de una patada esa noche. Yo soy Esther…

—Sí, tienes razón, tú debiste haber muerto esa noche. Pero no lo hiciste, estás aquí con vida. No entiendo qué fue lo que te pasó, pero como bien dijiste ahora tienes una segunda oportunidad de hacer las cosas mejor. Pero nada de lo que estás planeado pasará, ¿entiendes? Desde lo ocurrido en Hamden todos saben de ti. Eres una criminal buscada y muy fácil de reconocer; no podrás esconderte mucho tiempo. Lo único que estás haciendo con todo esto es exponerte tú sola.

—Cállate… —susurró Esther despacio, aun dándole la espalda. Pero Kate no le hizo caso y prosiguió con su argumento.

—Hablé con tu doctor en Estonia, y me contó tu historia. Sé de las cosas horribles que te hizo tu padre. No te merecías todo eso, Leena.

—¡Dije que te calles! —Espetó Esther con más fuerza, virándose de nuevo hacia ella, con su rostro una vez más enrojecido.

—Si sigues con esto, la policía terminará por atraparte tarde o temprano, o te matarán. Las cosas no tienen que terminar así. Estás muy enferma, Leena, y necesitas ayuda. No tienes que seguir lastimando a las personas, ¡puedes detenerte! Yo no le diré a nadie que estuviste aquí. ¡Sólo vete de una vez, Leena!

—¡Cállate!, ¡Cállate! —Repitió Esther varias veces llena de absoluta desesperación. Y en ese momento, todo el enojo y frustración que se había acumulado en ella durante ese rato, se desbordó al fin, y su mente entera se tornó en blanco.

Su mano se dirigió por si sola hacia la mesa, tomando firmemente del mango el mismo cuchillo con el que la había amenazado hacia unos momentos, y entonces se le lanzó encima incluso antes de que Kate pudiera decir algo más, o siquiera digerir por completo lo que ocurría. Esther se subió de nuevo sobre ella, y sin el menor miramiento encajó el cuchillo en el pecho de Kate, hasta casi la empuñadura. El rostro de la maestra de música no reflejó dolor, sino más bien sólo confusión.

—¡Me llamo Esther! —Le gritó aún furiosa, sacando el cuchillo de un tirón, haciendo que una larga mancha de sangre le cubriera la cara. Sin esperar ni un segundo, siguió apuñalándola repetidas veces en su pecho, una y otra vez sin siquiera pensarlo; como si su mano simplemente se moviera por sí sola—. ¡Esther!, ¡yo soy Esther! ¡¿Por qué no puedes entenderlo, puta imbécil?!

Las acuchilladas continuaron hasta que la hoja del cuchillo de cocina se zafó del mango, quedando incrustada en el cuerpo de Kate. La mano de Esther se resbaló hacia un lado, y por el impulso su propia cabeza se inclinó hacia el frente, quedando contra el pecho de la mujer delante de ella, empapándose todo el costado de su cara.

Fue hasta ese momento que Esther tuvo la lucidez suficiente para darse cuenta de lo que había hecho, aunque no entendía como tal que en realidad hubiera sido ella. En su mente, era más como si ella más bien hubiera estado de pie en donde estaba hace unos momentos, y había visto desde ahí como alguien más se subía a las piernas de Kate, y comenzaba a penetrarle el pecho con ese cuchillo, una, y otra, y otra, y otra vez, sin que ella pudiera moverse siquiera para impedirlo.

Pero no había ocurrido así. No había sido nadie más… había sido ella misma…

Rápidamente separó su cara y volteó a ver a Kate. Su blusa se encontraba desgarrada, y empapada casi por completo del frente. Algo de sangre le escurría por la comisura de sus labios, y sus ojos miraban perdida hacia algún rincón lejano de la cocina. Respiraba lentamente, y cada inhalación parecía más dolorosa y angustiante que la anterior, y un poco más de sangre le brotaba de la boca.

—No… no… no… —Repitió Esther varias veces con incredulidad.

Su primer reflejo fue acercar sus dedos a la hoja aún sobresaliente de la última herida, intentando sacarla de su cuerpo, cortándose sus propios dedos en el proceso. Retiró la hoja del cuchillo, la tiró a un lado al suelo, y comenzó a presionar con sus manos las heridas, por las que seguía brotando la sangre empapando más su blusa, y ahora manchando también sus pantalones y la silla.

—Lo siento, lo siento mami —murmuraba Esther entre desesperados sollozos. Se dio cuenta rápidamente que presionar las heridas de poco funcionaba. La sangre escurría por entre sus dedos, manchándola también.

Comenzó a respirar con consternación, y sus ojos a humedecerse sin que fuera consciente de esto. Alzó sus manos ensangrentadas hacia el rostro de Kate, tomándolo para que la viera de frente, dejando marcas rojas de sus dedos en el proceso. Los ojos de Kate se posaron en ella, pero en realidad parecían ya no poder enfocar nada. Su respiración ya era casi inexistente en ese punto, y se limitaba a pequeños jadeos asfixiantes.

—Lo siento, lo siento… —volvió a repetir Esther una y otra vez, intentando sonreír a pesar de que sus labios no dejaban de temblar—. No quise hacerlo, de verdad. Todo estará bien, te lo prometo…  ¿Sí?, ¿mami…? Todo estará bien…

Soltó su rostro, y entonces comenzó desesperadamente a intentar quitarle la cinta que aprisionaba su muñeca izquierda. Pero sus dedos le temblaban demasiado, y no le respondían como ella quería, además de que la cinta era gruesa y dura. Comenzó a frustrarse cada vez más, sin lograr ningún progreso. Desistió de ello cuando notó como la cabeza de Kate se dejaba caer hacia el frente, y ahí se quedaba. Y aquellos jadeos lastimeros de su respiración… se habían esfumado.

—No, no, no, ¡no! —Exclamó horrorizada, y rápidamente tomó de nuevo su rostro, intentando alzarlo. El cuello de Kate, sin embargo, se encontraba flácido y no ofrecía ningún tipo de resistencia para sostenerse—. Mami, mírame, por favor. Mami, por favor…

Logró al fin alzar lo suficiente el rostro de Kate, y rápidamente le retiró sus cabellos del frente para poder verla mejor. Sus ojos estaban sólo medio abiertos, el parpado derecho más abajo que el izquierdo, y lo que se alcanzaba a ver de ellos… se veían vacíos, como ojos falsos de vidrio. Esa era un tipo de mirada con la que Esther se había familiarizado; la mirada de un cuerpo al que su vida ha abandonado…

—¿Mami? —Murmuró despacio esperando recibir cualquier tipo respuesta, pero recibiendo a cambio sólo un insondable silencio. Cuando la soltó, su cabeza volvió a caer al frente, quedando en la misma posición anterior sin la menor resistencia—. No… no… ¡¡NOOO!!

Gritó con todas sus fuerzas consecutivamente, hasta casi desgarrarse la garganta. Se abrazó fuertemente del cuerpo de Kate, comenzó ahora sí a soltar agudos y fuertes llantos de dolor, de desesperación, e ira.

—¡Esto no debía pasar!, ¡esto no debía pasar! —Gemía una y otra vez entre sus llantos—. ¿Por qué? ¡¿Por qué?!

Aquella última pregunta la lanzó al aire, alzando su mirada hacia el techo, aunque su intención se encontraba mucho más lejos.

¿Esa era su segunda oportunidad? ¿Esa era caso la visión que Dios le había otorgado? ¿La había salvado de morir en ese estanque sólo para que hiciera justo eso una vez más?, ¿matar a su madre una segunda vez así como lo había hecho la primera con su mero nacimiento? ¿Qué clase de juego enfermo estaba Él jugando con ella?

O… ¿es que acaso nada de eso estaba manejado por la mano de Dios en realidad…?

Escuchó de pronto el sonido de un auto grande acercándose a la casa, y parándose justo delante de ésta. Aquello puso a Esther en alerta, y cortó de tajo su llanto. Oyó poco después el sonido de voces, y al menos dos puertas cerrándose.

—Max, no corras —escuchó como la abuela Bárbara pronunciaba con fuerza.

Unos segundos después, la voz de Daniel también se hizo presente:

—Olvidé los pedazos de pizza que le traje a mi mamá en el carro.

—Anda, ya está abierto.

Eran Daniel y Max… habían vuelto.

Esther sintió pánico, mucho pánico repentinamente.

Se bajó de Kate, con sus piernas temblándole. Miró fijamente en dirección a la puerta principal, con incertidumbre. Lentamente se aproximó a la silla en la que estaba sentada anteriormente, tomando de esta su pistola. La sostuvo con ambas manos y apuntó a la entrada de la cocina, intentando mantenerla lo más firme posible. Aunque… en realidad no tenía idea de qué haría exactamente…

Entonces contempló sus manos que sostenían el arma. Estaban casi totalmente rojas.

Bajó la pistola y acercó a su rostro la palma derecha, mirando con horror la sangre en ella. Un poco asustada, comenzó a tallar su mano contra su vestido, dándose cuenta un poco después de que éste también estaba manchado.

Comenzó a hiperventilar, a sentirse mareada y tuvo que sostenerse de la mesa para no caer. Escuchó los pasos en la puerta, y un primer intento de abrirla, pero ésta (como Kate bien había cuidado de hacer) estaba cerrada con llave.

Tocaron entonces el timbre.

—Kate, ábrenos —pronunció la voz de la abuela Bárbara poco después.

—Te traje pizza, mamá —añadió Daniel—. Ven antes de que Max se la coma.

Esther viró su mirada unos momentos hacia Kate, aún sentada en la mima silla, con su mentón pegado a su pecho, totalmente quieta como estatua. Su sangre goteaba de la silla, dejando un charco en el suelo. De toda aquella horrible escena, fue ese lento goteo rojo y ese charco en el piso, lo que le provocó más impresión.

—Quizás esté dormida —comentó Bárbara—. Déjenme uso mi llave.

Aquello fue como una llamada de alerta para Esther. Por un momento quiso volver a subir su arma como hace un momento, pero sus brazos no le respondieron. Y cuando escuchó las llaves comenzando a entrar en el cerrojo, sus piernas reaccionaron comenzando a moverse apresurada hacia la puerta trasera de la cocina, que daba hacia un costado de la casa. Intentó abrirla, pero un pasador y un seguro en la chapa se lo impidieron. Escuchó entonces como hacía el intento de abrir la puerta de la entrada, pero sin éxito.

—Tu madre colocó los pasadores —se quejó Bárbara, molesta—. Pero si sabía que veníamos en camino.

Aquello le dio la oportunidad a Esther de quitar el pasador, abrir la puerta trasera (acompañada del respectivo pitido de la alarma) y salir corriendo. El aire del exterior le pareció sorprendentemente aliviador. Mientras salía, logró escuchar a Daniel decir:

—Ya sabes cómo es. Quizás dejó abierta la puerta de la cocina.

Esther apenas dio un paso hacia el frente, cuando fue consciente de que ellos vendrían de esa dirección. Corrió entonces tambaleándose hacia el pequeño patio trasero, ocultándose detrás de la casa con su espalda contra la pared. Se asomó sólo un poco, lo suficiente para ver el panorama. Y por un momento los vio.

Max y Daniel eran significativamente más altos que la última vez que los había visto, aunque sólo habían pasado cuatro años. Max saltaba alegre detrás de su hermano, y su abuela iba un poco detrás de ellos.

—Está abierta —señaló Daniel un poco desconcertado al ver entreabierta la puerta por la que Esther había huido, aunque no precisamente preocupado. Se aproximó para pasar primero, y sus dos acompañantes le siguieron—. ¿Mamá? —lo escuchó exclamar justo después.

Esther aprovechó ese momento para correr rápidamente hacia la barda trasera. Las piernas aún le temblaban pero la adrenalina le permitiría saltarla hacia el otro patio y huir. Y aún tenía en sus manos su pistola, por si del otro lado se encontraba con algún perro o curioso. Estaba ya por llegar a la barda cuando escuchó el primer grito:

—¡¡Oh por Dios!!, ¡Kate! —Gritó Bárbara con fuerza.

—¡Mamá! —Secundó Daniel poco después.

Y Max… su grito fue silencioso, pero no por eso menor.

Esther se detuvo unos momentos y se giró estupefacta a la casa, oyendo como comenzaban a oírse más gritos y ajetreos. Sintió un nudo en la garganta, y el estómago como una licuadora. Quizás en otra ocasión se habría permitido vomitar, pero no esa vez. Se apresuró, saltó hasta agarrarse de la orilla de la barda, y para su sorpresa logró subirse con significativa facilidad. Pasó el muro de madera por encima, cayendo de espaldas al otro lado, pero sin sentir algún dolor significativo.

No había perro, ni tampoco algún curioso cuestionándose sobre la niña cubierta de sangre en su patio.

Se puso rápidamente de pie y comenzó a correr hacia el frente de la casa, poco a poco recuperando sus energías hasta comenzar a correr con una velocidad que le parecía casi inverosímil. Y como había hecho aquella noche de invierno, en aquel paraje boscoso y nevado, corrió y corrió hasta que no pudo más.

Y durante toda esa huida, por primera vez en muchos años, Leena lloró de verdad. Soltó tantas lágrimas que no sabía que era capaz de generar, mojando el pavimento a su paso como lluvia. Lloró, y lloró durante minutos, quizás horas. Sin embargo, una vez que dejó de correr, su llanto también se detuvo. Y luego de eso, nunca más volvió a llorar otra vez…

* * * *

El sonido de la puerta de la sala de juntas abriéndose trajo de vuelta a Esther al presente. Aún vestida con su disfraz de Jessica, se viró lentamente esperando ver de nuevo a la secretaria que la había traído hasta ahí, con la taza chocolate caliente que le había prometido en una mano. Sí, había una humeante taza de chocolate caliente en la puerta, pero quién la sostenía era otra persona.

—Disculpa la tardanza —se excusó Damien Thorn sonriente, mientras ingresaba a la sala. En una mano traía la taza, y en la otra sujetaba un maletín de forro metálico, relativamente grande.

Aunque justamente lo esperaba, Esther pareció sorprenderse un poco por el hecho de que se apareciera justo en ese momento. Se preguntó entonces qué tanto tiempo se había sumido sin querer en sus propios recuerdos.

Por su lado, Damien ignoraba todo lo que había estado cruzando por la mente de su cita de esa mañana, y era mejor así. El muchacho cerró la puerta detrás de él, avanzó hacia la mesa y colocó sobre ésta tanto la taza como el maletín.

—Me dijeron que esto era tuyo —señaló, deslizando un poco la taza hacia el lado en el que se encontraba su invitada.

Esther contempló unos momentos el dulce regalo, y entonces dejó la ventana y se aproximó a la mesa.

—Gracias —musitó despacio. Tomó entonces la taza entre sus manos, le sopló un par de veces, y dio después un pequeño sorbo de ella. Su expresión se mantuvo bastante neutral, pero aun así murmuró—: No está mal.

—Qué bien que te guste.

Damien tomó asiento de un lado de la mesa, y señaló entonces a la silla opuesta, invitándola a sentarse. Esther aceptó sin chistear.

—Entonces, señor Anticristo —pronunció casi burlona, con su taza de chocolate sostenida delante de su rostro—, usted y yo tenemos una parte de nuestro trato que falta cumplir.

—Así es —asintió Damien, y entrecruzó entonces los dedos de sus manos delante de su rostro, y se apoyó por completo al respaldo de su silla que se dobló hacia atrás casi por completo, tomando de esa forma una postura bastante relajada, por no decir prepotente—. Si no mal recuerdo, te prometí que si hacías este trabajo por mí, hablaríamos sobre esta… condición que tienes, y que te ha mantenido con vida hasta ahora. Incluso luego de eso tan horrible que te ocurrió hace ocho años.

—Aunque luego de ese discurso que nos diste ayer en tu cocina, me puedo hacer una idea de lo que me piensas decir.

—¿Enserio? —Farfulló Damien con falsa sorpresa—. Entonces mejor dímelo tú a mí, en ese caso.

Esther dio un sorbo más de su chocolate, quemándose un poco la lengua en el proceso, pero sin sentirse particularmente desmotivada a seguir bebiéndolo por ello. Aun así, optó por bajar la taza de regreso a la mesa, y enfocar su atención en el muchacho delante de ella. Su expresión sonriente y confiada ciertamente competía con la relajada (y prepotente) de éste.

—Si no me equivoco —comenzó a pronunciar con algo de sarcasmo impregnando sus palabras—, me vas a decir que salí y sobreviví a ese hielo por obra y voluntad de Satanás en persona, ¿no? Tú papi, según entendí. Y de todas las personas en el mundo muriendo en ese momento, decidió salvarme a mí, e impedirme el morir para que así… ¿para que así qué? ¿Para qué nos conociéramos y te ayudara a destruir el mundo o algo así? Qué increíble honor.

Damien soltó sin miramiento una pequeña risa, incluso más sarcásticas que las palabras que acababa de escuchar.

—Y yo adivino que prefieres mejor tu idea de que fue Dios, y que lo hizo para darte una segunda oportunidad, ¿no?

—Yo ya no creo eso —respondió Esther tajantemente—. Y por ello esperaba una explicación diferente de tu parte. Así que si es la única que tienes que ofrecer, realmente me has decepcionado, mocoso.

Damien sonrió complacido, no reflejando aparentemente molestia alguna ante su tan irrespetuoso comentario.

—¿Sabes? —Comenzó ahora él a hablar, con bastante calma—, un año atrás no hubiera sido capaz de concebir la existencia de alguien como tú, o como Lily, o como Samara. Y quizás los miembros de la Hermandad que me han cuidado hasta ahora, buscarían dar una explicación como la que tú misma mencionaste hace un momento. Claro, eso si no optan por simplemente negarlo y ocultarlo todo bajo la alfombra como de costumbre. Pero el yo de estos días ya ha visto muchas cosas, y mi abanico de opciones se ha ampliado.

»Dicho eso, debo confesar que en realidad no tengo idea si fue Dios, Satanás, o un tercero el que te permitió vivir esa noche, o cómo fue exactamente qué obtuviste todo eso que puedes hacer ahora. Pero tengo una teoría.

—Oh, grandioso —espetó Esther, irónica y claramente molesta—. Recorrí todos los estados de la maldita costa oeste, arrastrando a Miss Simpatía en muletas, sólo para escuchar una teoría; ¡Yeih! —Se recargó entonces en su silla de forma perezosa, meciendo sus piernas de adelante hacia atrás debajo de la mesa—. ¿Y cuál es esa teoría, señor Anticristo?

Damien tomó una postura un tanto más seria, que a Esther destanteó un poco. Él se inclinó entonces hacia el frente, centrando su mirada tan fija en ella que no pudo evitar sentirse un poco nerviosa, aunque intentó disimularlo.

Una vez que se aseguró de tener su atención, Damien comenzó a explicar:

—Como tú misma pudiste ver, en este mundo existen personas que pueden hacer cosas extraordinarias y únicas; iguales o más impresionantes que curarte de unas cuantas heridas.

—¿El dichoso Resplandor del que hablaban? —Cuestionó Esther, defensiva—. Yo no soy como Lily o Samara, ni como tú. Yo no tengo esa cosa de lo que hablas.

—Claro que lo tienes, querida. Quizás sea cierto y no eres como nosotros, precisamente. Pero definitivamente eres muy, muy especial. De hecho, hace unos meses conocí a un simpático par que… no son como tú, pero tienen ciertas semejanzas.

Aquello confundió a la mujer, y ello se reflejó en un ligero arqueo de su ceja derecha.

—¿De qué hablas?

—Dime una cosa, ¿cuándo es que te sientes más fuerte y sana?

—¿Qué? —Esther continuaba perdida, sin entender a dónde iba con eso.

—Déjame contestar por ti. ¿Es acaso cuando… matas a alguien? —Aquella afirmación causó una extraña reacción en Esther, casi similar al… miedo—. Cuando tomas violentamente la vida de otro ser, ¿sientes como si una parte de esa vida que tomas entrara en ti, y te llenara de fuerzas?

Esther dibujó una mueca de desconcierto en su rostro, y se sintió tentada a preguntarle directamente qué clase de tontería estaba diciendo. Pero entonces, algunos recuerdos vinieron a su mente repentinamente… En estos efectivamente, al estar en presencia de la muerte de alguien, en ese mismo momento o más adelante, se comenzaba a sentir bien; más fuerte, más rápida… mejor. Como aquel día en que murió Kate, y poco después tuvo la fuerza suficiente para saltar esa barda, y correr, y correr sin cansarse.

Había enmudeció, incapaz de responder algo en concreto. Su vista se fijó en la superficie de la mesa, intentando darle orden a sus pensamientos.

Damien, por su lado, aprovechó para proseguir con su explicación.

—Estos dos amigos de los que te hablo son un poco así: ellos se alimentan de la vida de la gente que asesinan. Y con esa fuerza vital que extraen de sus víctimas, curan sus heridas y se mantienen jóvenes y fuertes. Como vampiros; esa es la comparación más acertada que se me ocurre. ¿Te suena familiar?

¿Vampiros?, ¿vampiros que se alimentan de la vida de aquellos que asesinan?

—No… No es cierto… —Masculló despacio, aunque no fue consciente de que lo había dicho en voz alta.

—Por lo que me contaron, un humano se puede convertir en lo que ellos son, por medio de un ritual y ciertas características en su persona. Pero, que te rompan el cuello en un estanque definitivamente no parece que sea algo parecido, ¿verdad? Así que no, no creo que tú seas lo mismo que ellos son. Pero sí estoy seguro de que algo te ocurrió esa noche, cuando estuviste al borde de la muerte, y te cambió; física y espiritualmente. O, quizás, es algo que siempre tuviste dentro sin saberlo, y esa experiencia sólo lo dejó salir. Según lo que he investigado hasta ahora con otros con estas habilidades, una experiencia como esa puede hacer que desencadene su florecimiento. O, ¿quién sabe? Tal vez en efecto Dios, mi supuesto padre… u otra cosa, lo hizo posible. Pero sea como haya sido, mi teoría es que ahora eres similar a mis dos amigos: un vampiro que se alimenta de las vidas de aquellos que asesina.

Esther sintió que su cabeza le daba vueltas, y su mente comenzaba a divagar tanto como lo había hecho aquella tarde cuatro años atrás, dificultándosele darle un sentido y orden a cualquier pensamiento que intentara tener. Su mirada, y toda su postura en general, reflejaban una palpable negación.

—Piensa en todas las personas que has matado o lastimado durante este último viaje —continuó Damien—, o que has al menos presenciado su muerte de frente. ¿No te has sentido más fuerte y con energía luego ello? ¿Tu rostro no se ha rejuvenecido?

Sin querer hacerlo, su memoria comenzó a recorrer los momentos, y especialmente los rostros de esas diferentes personas.

Aquel oficial de policía en Portland al que le había disparado en la cabeza.

El otro oficial al que había estrangulado en ese baño de Olympia.

Los guardias de seguridad en el psiquiátrico de Eola, más aquellos que de seguro habían muerto por la trifulca que habían provocado.

La madre de Samara que se apuñaló su propio cuello delante de ella.

El hombre que administraba ese hotel y que Samara hizo caer por el barandal.

Y los dos guardaespaldas en el pent-house que Lily había hecho que se mataran entre ellos.

Y todos esos sólo eran los de los últimos días. Entre esos cuatro años que separaban la última vez que vio a Kate, y su primer encuentro con Damien ahí en Los Ángeles, había varias otras muertes, la mayoría que no se había siquiera tomado la molestia de contar. Y eso sin mencionar a aquellos anteriores a esa noche en el estanque, o antes de ser Esther Coleman…

“Has regado cadáveres a tu paso a dónde quiera vas…”, escuchaba la voz de Kate resonando en sus oídos.

—Mis heridas… —susurró despacio queriendo dar algún tipo de argumento, pero no fue capaz de concluir la frase.

—No se curan únicamente cuando alguien muere, lo sé —señaló Damien—; yo mismo lo vi. De entrada pareces ocupar bastante menos que mis dos conocidos. Te sirve la vida de cualquiera, aunque sea un poco. Y esto es mera especulación, pero parece que eres capaz de… ¿cómo decirlo?, ¿guardar parte de eso en tu interior como reserva para cuando lo necesites? Y por eso te puedes curar esas pequeñas heridas, o no tan pequeñas. O incluso podría tener otros efectos que desconoces. Pero, si es así, eso significaría que conforme esa reserva se vaya agotando, esa habilidad para curarte haría lo mismo. Así que si fuera tú, tendría cuidado sobre cuando lastimarte y cuando no.

Damien inclinó entonces su cuerpo más al frente, como si quisiera acercarse más a ella. Esther bajó su mirada, careciendo de las fuerzas suficientes para sostenerle la mirada a aquel individuo.

—Estos dos amigos que te comento, se hacen llamar Verdaderos —le comentó justo después—. Qué modestos, ¿no? Pero, ¿sabes con qué otro nombre los conocen? Demonios Vacíos. —Aquel término provocó una sensación que le oprimió el pecho a Esther—. Es un nombre que se aplica bien a ti, ¿no crees?

Esther no respondió. Se quedó quieta en su silla, sin mirar u oír algo en especial, o incluso sin reflexionar en algo en concreto. Su mente saltaba de un momento a otro de los últimos días, semanas y años. De todas las personas que había matado, muchas de ellas sin siquiera darles importancia, como simples estorbos en su camino que hacía a un lado. Pero ahora el peso de todo ello le cayó encima, ante la idea de que, de alguna forma, todas esas personas podrían de hecho estar dentro de ella… Incluso Kate.

“¡Él no tendría por qué salvarle la vida a un monstruo como tú!,” escuchaba gritar a Kate. Entonces, ¿eso era ahora? ¿Un monstruo? ¿Un vampiro? ¿Un demonio…?

Una mueca de dolor se dibujó en su cara. Apretó fuertemente sus ojos y sus puños unos instantes, y soltó además un quejido. De pronto, tomó la taza con chocolate con una mano, y sin decir nada la arrojó con fuerza contra el pizarrón blanco en la pared. La taza se estrelló y se rompió, manchando además el pizarrón entero con el líquido oscuro, que poco después comenzó a escurrir. Damien contempló esto con bastante calma.

Esther respiro agitadamente, viendo la mancha de chocolate en la superficie lisa y blanca. Poco a poco se fue calmando, y viró lentamente su mirada hacia su anfitrión, echándole un vistazo sobre el armazón de sus lentes falsos, que se le habían movido un poco por el ajetreo.

—¿Terminaste? —Soltó con asertividad—. ¿Esa es tu dichosa teoría? —Damien asintió lentamente como respuesta—. Pues qué estupidez…

Se puso de pie casi de un salto en ese momento, tomó su bolso rosa de encima de la mesa, y comenzó entonces a andar en dirección a la puerta con bastante prisa.

—¿Ya te vas? —cuestionó Damien curioso, siguiéndola con la vista.

—Si eso es todo lo que me tienes que decir, mejor me largo de aquí de una vez. Y no vuelvas a buscarme, ¿oíste?

—Cómo quieras —murmuró Damien indiferente, encogiéndose de hombros. Parecía que le permitiría irse sin más, cuando de pronto murmuró alto para que lo oyera—: Pero si te interesa, hay una forma de saber si lo que digo es cierto o no.

Esther se detuvo abruptamente justo delante de la puerta, incluso con su mano ya aproximándose a la manija. Al virarse de nuevo hacia él, notó que Damien tomaba ese maletín metálico con el que había entrado, y lo colocaba sobre la mesa delante de él. Abrió entonces los dos seguros al frente de éste y levantó la tapa superior. Esther no podía ver lo que contenía desde su posición, pero Damien se encargó de tomarlo y mostrárselo. Era un termo, en forma de cilindro, con una superficie brillante que reflejaba la luz de la sala. Giró la silla por completo hacia ella para verla de frente, sujetando el cilindro entre sus manos.

—Dentro de este termo —comenzó a explicarle—, se encuentra justo de lo que los dos individuos de lo que te hablo se alimentan. Ellos lo llaman vapor; un nombre poco imaginativo. Pero en pocas palabras, es la energía vital de alguien. Pero no es como lo que has consumido asesinando a gente común, sino que es la energía vital de alguien que en vida tuvo un fuerte Resplandor. Eso, según ellos dicen, lo hace mucho, mucho más fuerte. —En ese momento extendió el cilindro hacia ella, ofreciéndoselo para que lo tomara ella misma. Por algún motivo, Esther se sintió intimidada por aquel objeto—. Si lo que pienso es cierto, si consumes sólo un poco de esto, sentirás como tu cuerpo se llena de una energía y fuerza que no has sentido hasta ahora.

¿Estaba diciendo que dentro de esa cosa estaba la vida de alguien? ¿Era algún tipo de truco? Esther no lo creyó así. Por más inverosímil que aquello sonara, le parecía que en efecto le estaba diciendo la verdad.

Sin darse cuenta, sus pies comenzaron a hacer que se moviera hacia él. Y su mano derecha se estiró sola, tomando el frío termo entre sus dedos. Lo acercó lentamente hacia ella y lo sostuvo frente a su rostro. Parecía un recipiente de café común, pero… había algo extraño en él. Por algún motivo le provocaba una sensación incómoda el sólo tenerlo cerca.

—¿Y si no es cierto? —cuestionó de pronto, mirando de reojo a Damien. Éste volvió a encogerse de hombros.

—No estoy seguro, pero es probable que no sobrevivirías. Ya te arriesgaste demasiado para averiguar la verdad; ¿estás dispuesta a arriesgarte un poco más?

¿Arriesgarse para obtener la verdad? ¿Cuál verdad era esa?, ¿que era un monstruo que se había estado alimentando de las personas que había estado asesinando todo ese tiempo sin darse cuenta? Si abría ese termo, ¿descubriría si era cierto o no? Y, ¿acaso quería saberlo realmente?

“Es probable que no sobrevivirías”

Si ese era el caso, entonces… ¿Qué había que perder? Familia, amigos, amor, incluso su propia identidad; ya no tenía nada, más que la sola vida en sí. Y, evidentemente, esa ni siquiera era suya; era también robada.

“Yo debí haber muerto en ese estanque, pero no pasó. Salí de ahí completamente sana. Fue un milagro, un verdadero milagro de Dios. Él me dio una segunda oportunidad para enmendar las cosas, para tener una mejor vida…”

Lo único cierto en toda esa afirmación era que en efecto, ella debería haber muerto en ese sitio…

Su mano derecha se colocó sobre la tapa del cilindro y la hizo girar rápidamente. Contempló fijamente el interior oscuro de aquel recipiente, y por unos segundos no notó nada, hasta que percibió un singular silbido que casi resonaba como un pequeño lamento. Y entonces, una neblina blanquizca se elevó desde el interior lentamente, suspendiéndose en el aire delante de ella. Ése debía de ser ese “vapor” que Damien había mencionado.

Aún insegura, Esther aproximó su rostro a dicha nube blanca, y entonces aspiró profundamente por su boca como lo haría con un cigarrillo. El vapor entró por su boca y lo sintió cosquillear en sus mejillas y lengua. Luego bajó por su garganta, llegó a su pecho… y entonces algo pasó.

Su respiración se cortó, todo su cuerpo se tensó, y un calor casi infernal la cubrió. Sus dedos se abrieron y el cilindro cayó al suelo, resonando fuertemente y rodando lejos de ella. Sus piernas se torcieron y cayó de rodillas al piso, con su cuerpo entero doblándose hacia atrás. Sus ojos se fijaron en el techo sobre ella, pero éste se difuminaba y contraía, como si la habitación entera estuviera respirando.

Intentaba desesperadamente aspirar un poco de aire a sus pulmones, pero no lograba hacerlo. Se sintió de nuevo en aquel estanque, sumergiéndose lentamente en la oscuridad mientras se alejaba de la luz. Vio en su cabeza el recorrido de cada muerte que había provocado en su vida, comenzando con su propia madre y el posterior asesinato de su padre y su novia, pasando por supuesto por Kate y todas las demás que le siguieron. Fue como vivir cada momento de nuevo, y volver a sentir todo lo que sintió: la ira, la emoción, incluso la excitación y la satisfacción. Todo ello se juntó en ella al mismo tiempo, hasta sentir que explotaría o se desbordaría como un vaso lleno.

Su cuerpo entero cayó de espaldas al piso y su cabeza quedó ladeada hacia un lado, con sus ojos viendo desorbitados hacia un lado y el cuerpo entero flácido. Por unos segundos, parecía en efecto al fin estar tan muerta como esperaba estarlo.

Pero no lo estaba.

Repentinamente aspiró aire con fuerza, volviendo a llenar sus pulmones. Sintió de pronto un choque eléctrico recorriéndole todo el cuerpo desde los pies a la cabeza, y su espalda se arqueó como si estuviera a punto de venirse, y realmente lo que sentía no era muy diferente. Cayó de nuevo de espaldas al piso, pero se sentó rápidamente, respirando agitadamente. Su mente se movía a toda velocidad, y comenzó a sentir muchos cosquilleos; sobre todo en…

Alarmada, rápidamente tomó la pulsera negra que rodeaba su muñeca derecha, y se le arrancó de un tirón, revelando debajo de ésta su piel blanca decorada con aquellas grotescas cicatrices que le habían hecho sus ataduras. Sin embargo, ante sus atónitos ojos, dicha cicatriz poco a poco se fue difuminando, como si se estuviera hundiendo en su piel como arenas movedizas, hasta que al final no quedó ningún rastro de ella…

Rápidamente se quitó también su pulsera izquierda, viendo exactamente el mismo resultado; la cicatriz se había ido. Repitió lo mismo con su gargantilla, y aunque no podía ver su cuello, pasó sus dedos por éste, sin detectar al tacto ninguna magulladura o marca. Esa también había desaparecido.

Se tocó después su rostro con sus dedos, aunque aquello era un acto reflejo más que otra cosa, pues ella misma sentía su rostro diferente. Supo que si se quitara todo el maquillaje que tenía encima, se impresionaría de lo que vería abajo, incluso más de lo que estuvo en aquel baño de motel.

Supo en cada molécula de su cuerpo, que ese vapor había hecho justo lo que ese chico había dicho que haría.

“¿Sabes con qué otro nombre los conocen? Demonios Vacíos… Es un nombre que se aplica bien a ti, ¿no crees?”

—Bueno, creo que eso lo confirma  —escuchó a Damien pronunciar con satisfacción. Al alzar su mirada hacia él de nuevo, estando aún en el suelo, lo vio sentado en la silla sujetando otra vez el cilindro cerrado entre sus dedos, y mirándola hacia abajo con una sonrisa orgullosa—. ¿Qué harás ahora, Leena?

Ella no le respondió nada en ese momento. Estaba completamente sumida en las sensaciones e ideas que le recorrían el cuerpo; y en esa pequeña lágrima que comenzó de pronto a resbalar por su mejilla derecha.

FIN DEL CAPÍTULO 80

Notas del Autor:

Aclaración: en este capítulo no se está queriendo decir que Esther es en estos momentos una Verdadera, o que es exactamente el mismo tipo de Vampiro Energético que son Rose, Mabel o James. Lo que se está queriendo decir de momento es que la conclusión de Damien fue que su naturaleza actual es similar a la de ellos, y todo parece indicar que en efecto es así. Sin embargo como bien él mismo dijo, hay ciertas diferencias entre ella y el resto. Y como han de suponer, aún hay algunas cosas que se deben aclarar con respecto a los cómo y por porqués. Pero bueno, eso lo veremos después.

Debo confesar que la idea de este capítulo y el anterior, que narran todo este encuentro entre Esther y Kate, la tenía desde tiempo antes incluso de que comenzara a tener clara la idea de este fanfic. Me tomó 80 capítulos llegar a este momento, pero la verdad estoy contento con el resultado. Creo que ha sido de las partes que más he disfrutado escribir hasta ahora, y espero les sea de su agrado. E igualmente espero que les guste el giro que se le ha dado a Esther, tanto en su naturaleza actual como en su propia personalidad y forma de percibir las cosas.

Y bien, me complace decirles que se acabaron los flasbacks, al menos de momento y al menos los largos que ocupen capítulos enteros. Volveremos al presente a encargarnos de todos nuestros asuntos pendientes. Y nos acercamos cada vez más a Capítulo 100. Ni yo sé exactamente en qué punto de la historia caiga dicho capítulo, pero esperemos sea algo memorable. Nos seguimos leyendo.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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