Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 79. ¿Qué demonios eres?

20 de octubre del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 79. ¿Qué demonios eres?

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 79.
¿Qué demonios eres?

La alarma del celular de Katherine Coleman sonó como siempre a las siete de la mañana en punto. Se había vuelto bastante común que dicha alarma sorprendiera a la maestra de música ya despierta, al menos desde una hora antes. Sin embargo, esa había sido una de las esporádicas noches en las que se permitía tomar una pastilla para conciliar el sueño. Y, como le ocurría todas las mañanas posteriores a eso, al sonar la alarma se sobresaltó asustada y preocupada, mirando en todas direcciones en busca de alguna amenaza invisible entre las sombras de su cuarto. Su respiración y su corazón se encontraban agitados, pero poco a poco se fueron calmando conforme se volvía consciente de en dónde estaba, y cuándo.

Había comenzado a desarrollar una insana culpa al simple hecho de dormir toda la noche. La sola idea de dejar de estar en alerta por tantas horas le parecía un gravísimo error, a pesar de lo mucho que su terapeuta le dijera todo lo contrario. Y poco importaba que hubiera cableado toda esa casa con alarmas de seguridad y detectores en cada ventana y puerta, o que durmiera con un arma de fuego cargada sobre su buró, y el número de emergencias en llamada rápida. Aún a pesar de todo eso, sentía la apremiante necesidad de estar siempre al pendiente y lista. Pero a veces, el cansancio acumulado terminaba por ganarle, y no le quedaba más que recurrir a esa maldita (y bendita) pastillita azul, para intentar dormir aunque fuera cuatro o cinco horas seguidas; a veces más.

Una vez que logró sobreponerse al estrés habitual, el efecto somnífero de la pastilla volvió a hacerse presente, pero intentó sobreponerse a éste rápido. Tomó el revólver, lo guardó en su estuche negro, y éste en el interior del cajón de su cómoda. Se retiró de encima el cobertor de su cama individual, y se levantó. Se estiró al tiempo que bostezaba profundamente y caminaba hacia las ventanas. Abrió las gruesas cortinas hacia los lados, dejando entrar los primeros rayos del sol veraniego de Lewiston, Maine.

Salió de su cuarto, siguiendo su costumbre de encender todas las luces conforme iba avanzando, dirigiéndose a la primera puerta casi contigua a la suya. Se aproximó cautelosa al muchacho en la cama, casi tropezándose (otra vez) con sus tenis en el suelo, pero logrando llegar sana a su destino. Se sentó a la orilla de la cama y con una mano comenzó a mover un poco al chico.

—Arriba, Daniel —murmuró Kate mientras lo movía. El chico se estiró y luego volteó a verla con sus ojos adormilados, incapaz aún de mantener ambos abiertos al mismo tiempo—. Vamos, cariño. Ya es hora de levantarse.

—Ya voy… —le respondió el muchacho, soltando un largo bostezo.

Daniel Coleman siempre había dado la apariencia de un chiquillo escuálido y un poco tonto. Sin embargo, su fuerza de voluntad era tal que había logrado sobrevivir a los dos intentos de asesinato que habían caído sobre él; el primero la caída desde lo alto del árbol en donde se encontraba su casa del árbol, y el segundo el intento de asfixiarlo en su propia cama de hospital. Ocupó varios meses de frustrante terapia para curarse físicamente, pero al final lo había logrado, vuelto a caminar, y recuperado casi en su totalidad la movilidad de su cuello; aún le dolía a veces si intentaba girarlo bruscamente haca atrás.

La recuperación emocional y psicológica, esa aún tomaría más de tiempo.

Mientras su hijo mayor se desperezaba, Kate salió y se dirigió a la puerta de enfrente, adornada con calcomanías de unicornios, osos y patitos. Abrió la puerta con cuidado, asomándose hacia el interior. Envuelta en su cobertor rosado, Maxine Coleman aún reposaba plácidamente. En un inicio tras… el incidente, Max y Daniel también tuvieron sus problemas para dormir, pero lo superaron relativamente rápido; mucho más rápido de ella, en definitiva. Eso le causaba bastante alivio, y a la vez un poco de envidia.

Se aproximó también hacia la cama de la niña, sentándose a su lado. Colocó una mano sobre ella y la agitó un poco, relativamente más suave que a Daniel. La pequeña se giró sobre sí misma, abrió sus ojitos azulados y la miró entre las sombras. Se veía tan adorable ahí recostada, incluso con sus hermosos rizos dorados totalmente despeinados y sin forma. Max ya tenía en esos momentos nueve años; la misma edad que, supuestamente, tenía Esther cuando la adoptaron.

—¿Cómo estás, dulzura? —pronunció Kate despacio, al mismo tiempo que usaba el lenguaje de señas para acompañar sus palabras.

Max la miró, le sonrió aún adormilada, y entonces le respondió con sus manos:

“Bien. ¿Y tú?”

“Mejor que nunca.” Respondió Kate de la misma manera.

La niña estiró su mano hacia el buró a un lado de la cama, tomando sus audífonos. Kate le retiró el cobertor de encima, la ayudó a pararse y la guio al baño para que no chocara contra alguna pared, pues era básicamente una sonámbula que aún no había despertado del todo.

Ya habían pasado para ese entonces más de cuatro años desde aquella horrible noche en el estanque congelado. En cuanto le fue posible, Kate tomó a sus dos hijos y se mudó, dejando atrás su hogar al sur de Connecticut para mudarse ahí a Lewiston, donde la madre de su fallecido esposo vivía la mayor parte del año. Si por ella fuera, se hubiera ido mucho más lejos; a la otra punta del país, por ejemplo. Pero debía ser realista. Ahora era una viuda que debía encargarse de criar y mantener a sus dos hijos pequeños, y necesitaba toda la ayuda que le fuera posible. Y aunque habían llegado a tener sus diferencias, su suegra Bárbara amaba a sus nietos, y había sido un gran apoyo para los tres durante ese difícil proceso. Incluso los hospedó el primer año y medio en su departamento de sólo dos habitaciones, hasta que Kate le fue posible cobrar el seguro de vida de John, y con una parte de éste conseguirse esa casa un poco más grande y cómoda en los suburbios.

Pero eso sí, nunca tendría otra como aquella hermosa casa que John les había diseñado y construido él mismo para ellos, y que ahora de seguro era más como un oscuro y frío mausoleo. Ni siquiera había logrado venderla aún, aunque tampoco había puesto mucho empeño en ello. Quizás, muy en el fondo, guardaba la esperanza de que algún día sus hijos y ella pudieran volver, aunque en esos momentos simplemente le resultara imposible siquiera el considerarlo.

Ya despiertos, lavados y vestidos, Kate y sus dos hijos se reunieron en la mesa cuadrada en el centro de la cocina. Mientras los niños terminaban de arreglarse, su madre había bajado para prepararles unos huevos estrellados y pan tostado. Max quería de su cereal azucarado, pero Kate se mantuvo firme en su menú. Los tres se sentaron a comer con relativamente calma, pues aún tenían suficiente tiempo.

A Kate le agradaban mucho esos momentos, en los que podían estar los tres juntos, en silencio, sin ninguna otra preocupación especial más allá de la cotidianidad de un simple desayuno.

—Recuerden que hoy pasa su abuela por ustedes a la escuela —pronunció Kate de pronto a mitad de la comida, siempre acompañando sus palabras de las señas de su mano para que Max también le entendiera—, y creo que los llevará a comer.

—¿Hoy? —Exclamó Daniel, sorprendido.

—Sí, hoy —asintió Kate—. Está en el calendario

Señaló entonces en dirección a la pizarra blanca colgada en una de las paredes de la cocina, donde venía marcada la semana de lunes a viernes, incluyendo las horas de salida de cada uno de los chicos, así como las horas de las clases de Kate; había tenido problemas para conseguir un trabajo estable cuando recién se mudó, pero había logrado obtener unas horas como maestra de música en el campus local de la Universidad del Sur de Maine, que era de momento lo mejor que podía pedir. En el calendario también estaban sus sesiones con su terapeuta, y ese día le habían movido a Kate una para esa tarde. Por esto mismo, estaba marcado que ese día la abuela Bárbara pasaría a recoger a ambos a la escuela.

Daniel miró sobre su hombro a la pizarra por más tiempo del necesario, como si esperara que mirándola lo suficiente ésta cambiaría. Se viró entonces de nuevo hacia su madre, algo temeroso, y pronunció:

—Es que… Brian nos invitó a la pista de patinaje para jugar hockey después de clases.

Kate alzó su mirada confundida hacia su hijo, casi como si éste le hubiera hablado en algún extraño lenguaje que no había entendido.

—¿Brian?, ¿cuál Brian? —inquirió con cierta asertividad en su voz.

—Brian, mi compañero de clases —recalcó Daniel con seguridad—. Ya te había…

—No —pronunció Kate tajantemente, sin darle oportunidad de terminar lo que pensaba decir—. Lo siento, pero no, Dani. Tengo clases hasta las dos y media, y luego tengo mi sesión con el Dr. Jones de tres a cuatro. No puedo llevarte.

—Me puedo ir con ellos. El papá de Brian…

—No conozco a Brian, y mucho menos a su papá —interrumpió Kate de del mismo modo que antes. Una irritación difícil de esconder se había apoderado no sólo de su voz, si no de prácticamente todos sus ademanes—. Sabes que no debes ir a ningún lugar, que no sea la escuela, si no estás conmigo o con tu abuela. Lo sabes muy bien, Daniel. No lo discutamos más, por favor.

Dando el tema por terminado, Kate se viró de nuevo hacia su plato, y pareció que Daniel haría justo lo mismo. Sin embargo, el muchacho no dio ni un bocado más, antes de que dejara caer sus cubiertos despectivamente contra su plato, y el tintineo hiciera temblar el silencio en el que se habían sumido.

—¿Hasta cuándo? —cuestionó Daniel con seriedad.

—¿Qué dices?

—¡¿Hasta cuándo seguiremos así?! —Espetó el chico molesto, alzando significativamente la voz—. ¡No podemos escondernos para siempre! Ya no sé ni qué excusa inventarles a mis amigos para decirles porque no puedo ir a sus fiestas, o ir a hacer tareas a sus casas. Somos como rehenes, mamá. No podemos ni ir al baño sin que nos estés vigilando.

Kate lo observó en silencio con rostro estoico, mientras él le hacía tan repentino reclamo. Durante esos cuatro años, había tenido que estar imponiendo ciertas reglas estrictas sobre lo que sus hijos podían o no hacer fuera de casa. Eso se había traducido, en efecto, en tener que saltarse eventos y actividades en los cuales ella no pudiera estar cerca a cada momento. Aquello sin lugar a duda podría resultarles frustrante y exagerado a sus hijos, y no sólo a ellos. Pero Kate lo hacía por un fin primordial, que sus hijos conocían muy bien. Por eso, el que la cuestionara de esa forma, simplemente le era…

La maestra de música respiró hondo, se limpió sus labios con una servilleta, y entonces se sentó derecha, intentando permanecer calmada… sin lograrlo precisamente.

—¿Cómo rehenes? —Susurró despacio sin mirar a su hijo—. ¿Eso es lo que sientes?, ¿qué los trato como rehenes?

Guardó silencio unos segundos, y luego de pronto dio un fuerte manotazo contra la mesa que casi hizo saltar los platos. Aquello hizo estremecerse tanto a Daniel como a Max, que miraron a su madre con ojos bien abiertos y asustados.

—¡¿Crees que a mí me encanta esto, Daniel?!, ¡¿crees que lo hago porque lo disfruto?! —Le lanzó Kate con marcado enojo desbordándose de su rostro. El chico, por mero reflejo, bajó su mirada apenado—. ¿Necesitas enserio que te explique de nuevo porque hacemos las cosas de esta forma? ¡Mírame cuando te hablo! —Le ordenó con la misma severidad de antes, y él así lo hizo.

Kate se vio reflejada de pronto en los ojos nerviosos de su hijo, y fue consciente de que lo había hecho otra vez… Se había dejado lleva por su enojo. Por suerte esa vez pudo darse cuenta antes de decir o hacer algo de lo que se arrepintiera enserio. Cerró los ojos de nuevo, respiró profundamente por su nariz, y dejó que poco a poco la calma volviera a su ser.

—Lo siento —se disculpó estando bastante más tranquila. Se paró entonces de su silla y caminó hasta colocarse entre sus dos hijos y así poder abrazar sus cabezas al mismo tiempo, pegándolos contra ella y dándoles un par de besos en sus cabelleras a cada uno—. Todo lo que quiero es que estén a salvo. Son lo más preciado que tengo… lo único que me importa…

—Lo sé, mamá —respondió Daniel, rodeándola también con sus brazos; Max lo imitó poco después—. Lo siento…

Kate lloró un poco, aunque no lo deseara. Siempre había sido una mujer muy emocional, pero en esa última época de su vida se había esforzado por ser una persona más fuerte y no dejarse doblegar de esa forma por sus sentimientos. Irónicamente, había logrado quizás el efecto contrario.

—No importa —murmuró mientras se limpiaba rápidamente las pequeñas lágrimas que se dejaron ver—. Escucha, habla con tu abuela. Si ella acepta acompañarte a la pista de patinaje con Max y quedarse ahí contigo, entonces puedes ir; ¿de acuerdo? Pero no te muevas de ese sitio sin ella. ¿Puedo confiar en ti?

—Sí, mamá —respondió Daniel apresuradamente, y se permitió volverla a abrazar, feliz y emocionado—. Gracias.

Kate sonrió y pasó sus dedos lentamente por la cabellera rubia de su niño. Unos años atrás se consideraba a sí mismo demasiado grande como para abrazar y besar a su madre, y el sólo proponérselo lo ponía de mal humor. Kate debía admitir que le agradaba esa nueva cercanía que habían desarrollado, aunque hubiera preferido que se originara por otro motivo.

—Agarren sus mochilas, nos vamos ya —les indicó apurada, también con señas, dirigiéndose al recibidor para tomar su bolso. Los dos chicos se apresuraron a obedecer e ir detrás de ella hacia la puerta de entrada.

— — — —

El día estaba soleado pero con temperatura agradable. Las vacaciones de verano estaban a la vuelta de la esquina, y parecía que ese sería un buen año para ir de viaje a alguna playa; claro, si hubiera el dinero suficiente para ello.

Nunca habían sido precisamente millonarios, pero ciertamente su situación actual los hacía ver lo afortunados que eran en su vida anterior. Por ejemplo, en esos momentos los tres viajaban en un compacto Hyundai 2006 que Kate había adquirido en una ganga, y que les había resultado de momento bastante satisfactorio para sus necesidades. Su vehículo anterior y el de John, ambos nuevos del año en aquel entonces, los había vendido para poder ayudar a financiar su mudanza. Y claro, la casa en la que ahora vivían era bastante más modesta, pero el año pasado se las había arreglado para conseguirse un piano, aunque mucho más sencillo del que tenía anteriormente, y lo acomodó como pudo en su sala de estar para así poder dar clases privadas y ganar un poco más de dinero. Daniel iba ahora a la escuela pública, y Max había logrado entrar a una primaria privada especial para niños con su condición, pero todo gracias a una beca que había obtenido por sus excelentes calificaciones.

Su dinero ahorrado, el que le quedaba del seguro de su esposo, lo que ganaba como maestra por horas en la universidad, y un extra por las esporádicas clases privadas, era lo que los mantenía a flote mes con mes; y claro, la ayuda ocasional de la abuela Bárbara, aunque ciertamente intentaba recurrir a ella lo menos posible. Y, al menos de momento, estaban bien. Se podía decir que el tema del dinero no era el que más los preocupaba… en comparación a otros.

Como era su rutina, Max se sentó al frente con su madre. Daniel se sentó atrás, en donde prefería estar para poder enviar mensajes por su celular con más privacidad. Aunque eso de privacidad era relativo, pues constantemente Kate lo vigilaba por el espejo retrovisor, como si esperara poder verle en la cara qué era lo que tanto escribía. Más de una ocasión habían tenido una discusión sobre la seguridad de usar esos aparatos, en especial dada su situación. Sólo le quedaba confiar en que sus advertencias habían servido de algo.

 La escuela de Daniel se encontraba primero en el recorrido de Kate, así que siempre era el primero en bajarse. Su despedida solía ser corta y rápida, y esa mañana también lo fue. Kate no lo había pensado seriamente antes, pero el propio Daniel bien había dicho esa mañana que se sentía como un rehén bajo la constante supervisión de su madre. Si era así, entonces debía parecerle grandioso esos momentos en los que podía apartarse de ella aunque fuera unas horas. Kate intentaba no sentirse ofendida, pero era difícil.

Durante el siguiente trayecto, Kate se dio cuenta de que Max miraba constantemente por la ventana, como si en realidad no quisiera mirarla. Y, si no la miraba, ella no podía como tal comunicarse con ella, lo que podría traducirse en que no quería hablar. Kate pensó que quizás estaba exagerando, pero ese tipo de actitud distante por parte de su hija menor le resultaba inusual. De hecho, pensándolo un poco mejor, Kate se dio cuenta de que había estado así desde el desayuno.

Cuando el vehículo se paró delante de la primaria de Max, ésta se retiró rápidamente el cinturón de seguridad, y casi pareció querer saltar del vehículo sin siquiera voltear a verla. Eso fue suficiente para que Kate confirmara sus sospechas, así que rápidamente se permitió tomarla delicadamente del brazo para detenerla. Max la volteó a ver con sus ojos asustados, y Kate intentó tranquilizarla con una pequeña sonrisa, que en realidad no era sincera.

—¿Qué tienes, linda? —Le preguntó tanto con su voz como con sus manos.

Max agachó su mirada insegura, y apretó fuertemente sus labios; un signo de estrés o preocupación que Kate había notado que hacía en ocasiones. Luego de titubear un rato, Max levantó su mirada hacia ella y le respondió:

“¿Estás enojada con Daniel?”

Kate se sobresaltó un poco por su pregunta.

—No, tranquila —negó rápidamente, y luego prosiguió con lenguaje de señas: “No estoy enojada. Daniel sólo se siente un poco frustrado, y eso me frustra un poco a mí. ¿Lo entiendes?”

Max asintió despacio, pero casi de inmediato agachó su cabeza, pensativa. Kate la tomó suavemente de su barbilla y movió su rostro para que la volviera a mirar. La sonrisa en sus labios era más amplia, y sobre todo más sincera. Le preguntó entonces directamente:

“¿Tú cómo te sientes?”

Max volvió a titubear, aunque no tanto como antes, y al final le contestó con más confianza:

“Lily siempre me invita a su casa a dormir, pero yo siempre le digo que no, porque sé que tú estarías preocupada.”

Aquello fue como un pequeño golpe en el pecho de Kate que le cortó el aliento.

Esa no era la primera vez que Daniel expresaba su inconformidad con las reglas (aunque sí la más grave). Pero Max nunca, en esos cuatro años, había expresado algún “pero” o queja al respecto;  incluso cuando casi siempre le tocaba ser la que su madre o abuela estuvieran cuidando, mientras Daniel se divertía. Pero Maxine ya no era una niña pequeña. Pronto tendría diez años, querría tener más amigas, ir a pijamadas y fiestas de cumpleaños; incluso en algún momento, que Kate esperaba fuera en mucho, mucho tiempo, tener un novio. Pero quizás en su deseo de protegerla, estaba intentando que se quedara como una niña obediente, o casi como una muñequita a la que podía llevar de arriba abajo sin queja alguna.

Aquello casi hizo que Kate volviera a llorar, pero respiró lentamente para intentar calmarse; aun así sus ojos se humedecieron un poco.

—Gracias, mi amor —le respondió Kate con relativa calma. Pasó poco después su mano delicadamente por su rostro, y luego prosiguió—: Pero podemos invitar a Lily y a tus demás amigas a dormir en nuestra casa, si quieres. ¿Sí?

Maxine sonrió ampliamente con emoción, y asintió feliz a su propuesta. Kate sintió un júbilo especial al ver a su pequeña así, como no había sentido en mucho tiempo. Se inclinó hacia ella para darle un beso en su frente, y abrazarla unos segundos. Se separaron, y antes de que Max se bajara del vehículo se giró hacia su madre y le señaló:

“Te amo.”

Kate sonrió, y le respondió de la misma manera:

“Y yo a ti.”

— — — —

Desde la pérdida de su bebé Jessica, Kate había ido regularmente a terapia con Dra. Browning en Hamden. Su mudanza a Lewiston, y el hecho de que ya no podía confiar en ella tras haberse puesto del lado de Esther, hicieron que ya no pudiera seguir viéndola. Sin embargo, después de lo ocurrido, la terapia era más necesaria que nunca, y no sólo para ella. La Dra. Browning le había recomendado a un colega suyo, el Dr. Robert Jones, supuestamente experto en salud mental de la mujer. Era un poco costoso, considerando que tenía que pagar a parte la terapia infantil para Daniel y Max, pero ese era uno de los pocos gastos en el que no estaba dispuesta a escatimar.

Para Kate esas sesiones servían principalmente como un espacio seguro en dónde podía dejar salir todo lo que tenía dentro; toda frustración, tristeza y enojo que la estuviera consumiendo, prefería soltarlo ahí en consultorio del Dr. Jones, antes de hacerlo en casa con sus hijos. Y esa tarde en particular tenía mucho que soltar.

Terminada sus clases de ese día, tuvo sólo media hora para moverse del campus hacia el Centro Médico Central, en donde el Dr. Jones tenía su consultorio. Si no había tráfico, podría llegar sin problema; si lo había, llegaría casi rozando la hora. Ocurrió segundo.

Para Kate, el tema central a discutir debía ser lo ocurrido esa mañana con sus hijos. Tenía varios asuntos acumulados desde la semana pasada, sobre todo porque le habían movido su sesión dos días. Pero ese tema era el que más ocupaba su mente y le imposibilitaba poder pensar en cualquier otro.

—Hoy casi exploto en el desayuno —comentó cargada de bastante culpa, estando sentada en el cómodo sillón para pacientes delante del doctor—. Daniel me hizo enojar tanto que por un instante… pensé en tomar mi plato y… —su voz se cortó, incapaz de terminar su oración.

—¿Y? —cuestión el Dr. Jones, un hombre de piel oscura, de rostro alargado y arrugado, y cabello color ceniza—. Adelante Kate, puedes decirlo. ¿Qué querías hacer con ese plato?

Kate inhaló lentamente por su nariz, y exhaló del mismo modo por su boca. El tan sólo pensar en la respuesta a esa pregunta le revolvía el estómago, no se diga tener que pronunciarla en voz alta.

—No lo sé… —susurró encogiéndose de hombros—. Estrellarlo contra la pared, tirarlo al piso, no sé… Pero no lo hice —recalcó rápidamente, alzando un dedo enfrente de ella. El psiquiatra asintió lentamente como aprobación—. Es que me sentí tan frustrada. Me dijo que se sentía como un rehén, ¿puedes creerlo?; que no lo dejaba ni ir al baño solo. Yo pensaba que él más que nadie entendería y me agradecería por hacer todo esto. Pero últimamente se ha puesto tan difícil…

La maestra de música inclinó su cuerpo hacia el frente y se tomó su cabeza con ambas manos, como si intentara que le dejara de doler o dar vueltas, pero se trataba más bien de un marcado ademán de frustración.

—Daniel es un adolescente —señaló el Dr. Jones—. Inevitablemente querrá más libertad, salir a fiestas, tener novia; si es que no tiene ya una y le ha dado miedo decirte.

—Me ha cruzado por la cabeza —respondió Kate, alzando de nuevo la mirada. Su hijo siempre había sido algo precoz en ese terreno, y había sospechado que tantos mensajes de texto por el celular no eran solamente con sus amigos—. ¿Pero cómo es que no entiende que todas estas rutinas y cuidados son por algo? Ya no es un niño. Y todo por lo que él mismo pasó…

—Los jóvenes manejan las cosas de una forma diferente a nosotros —respondió Jones—. ¿Sigue yendo a terapia con la Dra. Mildred?

—A regañadientes, pero sí.

—Es importante que no la deje. Quizás este deseo que le ha surgido de querer salir de la burbuja, es de hecho una buena señal de progreso. Quizás sea momento de que poco a poco, tu familia y tú vayan volviendo a la normalidad.

Kate lo miró fijamente, incrédula, e incluso soltó una pequeña risilla burlona.

—¿Burbuja?, ¿cuál burbuja? Lo dejé ir a la pista de patinaje, ¿no?

—Bajo la supervisión de su abuela y su hermanita. No es precisamente la imagen que un adolescente de catorce años espera darles a sus amigos.

Kate resopló frustrada. Se recargó por completo contra el sofá y se cruzó de brazos, adoptando una posición claramente defensiva.

—¿Y qué se supone que debo hacer?, ¿eh? —Cuestionó, asertiva, y conforme progresaba su tono se volvió más beligerante—. ¿Fingir que nada pasó y decirle: oye, ve a dónde quieras, con quien quieras, no duermas aquí si no quieres? ¿Cómo esperan tú y él que lo proteja de una demente que puede disfrazarse de una inocente niña? De alguien que puede entrar caminando tranquilamente a esa pista, y acercársele sin que nadie la note siquiera. ¿Y tú me dices que debo volver a la normalidad? ¿A qué maldita normalidad se supone que debemos volver?

Kate fue consciente de que estaba perdiendo el control, pero no le importó. Jones, por su lado, mantuvo la calma como alguien en su posición estaba obligado a siempre mantener, hasta que ya no fuera posible.

—Kate —comenzó a decir el psiquiatra—, han pasado cuatro años, y…

—No empieces de nuevo, Robert —le interrumpió Kate abruptamente, y se cruzó aún más de brazos, e incluso se viró hacia otro lado para ya no mirarlo directamente—. Ya dije que no voy a poner eso a discusión, y menos contigo. Esther está viva, yo lo sé; sigue ahí afuera y nos quiere hacer daño. Y no me importa si han pasado cuatro, diez o cincuenta años. Hasta que no la vea en la plancha de una morgue con su frío rostro muerto, yo seguiré protegiendo a mis hijos.

—¿Estás segura que viendo su rostro muerto ya estarías en paz?

Ella lo miró de nuevo, claramente confundida por la pregunta.

—¿Qué quieres decir?

El Dr. Jones respiró lentamente, cruzó sus piernas, y apoyó sus manos sobre sus rodillas, en una posición relajada que a Kate siempre le había parecido un poco prepotente.

—Kate —murmuró—, has dejado que tus últimos cuatro años giren sólo en torno a Esther; o, más bien, a Leena Klammer. ¿Cuánto tiempo más vas a dejar que esta mujer domine tu vida de esta forma? Si es que sigue viva…

—Sigue viva —indicó Kate fervientemente, pero Jones prosiguió con sus palabras.

—Si es que sigue viva, no tiene por qué hacerte daño alguno, ni a ti, ni a tus hijos. Prácticamente ya les destrozó su vida sin siquiera acercárseles de nuevo, porque tú se lo has permitido.

Kate se sobresaltó, casi ofendida por tal insinuación. Sabía que el deber de los terapeutas era hacer que uno se enfrentara con sus propias conductas destructivas, y casi nunca era una experiencia agradable. Pero no podía aceptar que le estuviera diciendo, palabas más, palabras menos, que todo eso era su culpa.

—Eso no es justo —le respondió enojada.

—No, no lo es —asintió Jones—. Nada de lo que te pasó hace cuatro años es justo. Pasaste por una experiencia traumática, y nadie te recrimina por tener miedo por ti y tus hijos; ni siquiera Daniel. Pero en este tiempo que llevamos viéndonos, te has resistido a avanzar, Kate. Te rehúsas a dejar atrás a Esther, porque prácticamente has formado tu vida actual en base a ella. Incluso nunca te he oído referirte a ella como Leena, ¿sabes? Insistes en llamarla Esther, con ese nombre falso con el que la adoptaste, como si quisieras de nuevo mantener con vida la imagen de tu hija perdida.

—No te atrevas a compararla con Jessica —le advirtió Kate, casi como una amenaza. Sin embargo, Jones permaneció tranquilo.

—Tú misma eres quien lo acaba de hacer. Pero, ¿no crees que muy en el fondo podrías estar de luto por la idea e imagen que te habías hecho de Esther, así como en su momento lo estuviste por tu bebé no nacida? De una u otra forma, la has convertido en la persona más influyente e importante en tu vida, siga con vida o no.

Kate se sintió tentada a pronunciar de nuevo su tajante “sigue viva.” Sin embargo, se sintió tan azorada por las cosas que decía de Esther y como “dejaba” que influyera en ella, que sus palabras simplemente se atoraron en su garganta. Y por más que le enojara y ofendiera la insinuación de que la había convertido en la persona más importante de su vida, debía aceptar que quizás, muy en el fondo como él bien había dicho, existía algo de razón en eso. Después de todo, ¿cuántas veces en esos cuatro años había pensado en John, en Daniel, en Max o en ella misma, sin que la imagen de Esther estuviera involucrada? ¿No era esa maldita psicópata el primer y último pensamiento que tenía cada día? ¿No era su amenaza constante su fiel compañera a dónde quiera que iba?

Quizás estuviera convencida de que Esther estaba viva. Pero, aun así, aquello se sentía como si su fantasma se empeñara en perseguirla constantemente. Y ella, de cierta forma, no se lo impedía.

Jones descruzó sus piernas y se inclinó más hacia el frente, encarando a la mujer delante de él.

—Ya han pasado cuatro años —repitió el psiquiatra—. ¿Cuánto tiempo más deseas seguir de esta forma?

Kate lo miró en silencio, y soltó entonces un profundo suspiro.

—Daniel me preguntó algo parecido esta mañana —respondió la maestra de música con pesar—. Yo quisiera realmente dejar esto atrás, enserio. Pero no puedo… no hasta que esté segura de que ella realmente ya no está por ahí…

— — — —

Terminada la sesión, Kate se dirigió directo a su casa, sin ninguna escala. Se le cruzó por la mente pasar por la tienda de vinos, como le cruzaba dos o tres veces a la semana. Pero como todas esas ocasiones anteriores, la pasó de largo. Había tenido una pequeña recaída con el alcohol unos días después de la muerte de John, cuando la realidad de todo lo que se le venía de ahí en adelante le cayó encima. Pero tomó todas las fuerzas que le quedaban en ella para no dejarse caer más allá de eso, y seguir adelante por sus hijos. Desde entonces llevaba cuatro años sobria, y contando. Si hubiera ido a Alcohólicos Anónimos quizás le darían una medalla, pero seguía sin sentir que lo necesitara.

La sesión terminó por no servirle tanto para desahogarse como para darle mucho en qué pensar. No era la primera vez que el Dr. Jones la encaraba con un argumento como ese, pero en esa ocasión sentía que le había llegado más hondo. Quizás fue debido a esa discusión con sus hijos en la mañana, y sobre todo lo que Max le había dicho. En conjunto todo aquello le hizo darse cuenta, quizás por primera vez, que su actitud podía estar arrastrando y afectando más a sus hijos de lo que los ayudaba.

Pero, ¿cuál era la alternativa? ¿Volver a la normalidad como Jones decía y fingir que nada había pasado? Aunque, siendo justa, él no le había dicho que fuera algo de un día para otro, sino poco a poco. Dejar que Esther saliera de sus vidas un paso a la vez.

Claro, todo eso se decía fácil. Pero, ¿cómo era que se hacía algo así?

Llegó a casa faltando veinte minutos para las cinco. Al ingresar, le sorprendió darse cuenta de que las luces estaban apagadas; al parecer Daniel y Max aún no habían llegado. Cerró la puerta, dejó su bolso unos momentos en el mueble del vestíbulo, y se apresuró al panel numérico de la alarma (otro gasto en el que no escatimaría) para desactivarla antes de que sonara. El tablero dio un pitido y sus botones brillaron en verde.

Se estiró un poco, desperezando un poco sus músculos. Se encaminó de regreso a la puerta para cerrarla con llave, cuando escuchó su celular sonar en su bolso. Se desvió entonces hasta ese sitio, esculcando entre sus cosas para sacar su teléfono. En la pantalla vio el nombre “Daniel”, acompañado de una foto de su hijo, tantos años más joven que ya prácticamente no se parecía; de entrada, ahora usaba el cabello bastante más corto.

Sintió una punzada dolorosa en el pecho al ver eso, y tuvo de golpe un mal presentimiento. ¿Por qué no habían llegado todavía?, ¿qué tanto tiempo iban a estar en la pista? ¿Y por qué le llamaba?, ¿había ocurrido algo malo? ¿Y por qué la llamaba él y no Bárbara? Un sinfín de ideas le recorrió la cabeza en un segundo, mientras el teléfono seguía sonando. Un instante antes de que la llamada se cortara sola, pudo reaccionar rápidamente, responder y acercarse el dispositivo a su oído.

—¿Hola? —respondió apresurada, y del otro lado tardaron sólo una fracción de segundo en responder, pero a Kate le pareció eterno. Y por un momento pensó que la voz que oiría no sería la de su hijo.

—Mamá, hola —pronunció Daniel en la línea, y Kate pudo respirar, aunque sólo poco.

—Daniel, ¿qué pasa? —Le preguntó Kate intentando ocultar su preocupación. Mientras hablaba, comenzó a encaminarse hacia la cocina—. ¿Ya vienen para acá?

—Es que… —Daniel titubeó un poco, y eso hizo que la preocupación de Kate volviera a elevarse—. Brian y los otros chicos van a ir a la pizzería, y quería saber si me permitías acompañarlos.

Kate tardó en reaccionar. Por un lado, al escuchar el verdadero motivo de la llamada pudo liberar gran parte de la tensión que se le había acumulado en el pecho. Pero, pasado ese primer estado de ánimo, pudo comprender mejor lo que su hijo le estaba diciendo, y saltó progresivamente hacia otra dirección.

—¿Qué? —exclamó entre sorprendida y molesta—. Daniel, tú y yo hicimos un trato.

—Lo sé, lo sé —respondió el chico rápidamente—, por eso te estoy hablando para pedirte permiso. Sólo sería una hora, ni un minuto más; te lo prometo. La abuela dice que ella puede ir un rato con Max al centro comercial, y me recoge exactamente en una hora.

Kate guardó silencio, quizás más del que deseaba. No era que no supiera qué responderle, sino que más bien su lengua se había trabado y le impedía el hablar, como si una parte de ella estuviera consciente de que no debía decir lo que pensaba. Como fuera, ese silencio pareció ser suficiente para transmitirle a Daniel un poco de la incertidumbre de su madre.

—Pero… si no estás de acuerdo, le diré que nos lleve de una vez a la casa —agregó el muchacho, decaído y resignación.

Kate respiró hondo, y se frotó su frente con sus dedos delicadamente.

—Daniel… —Comenzó a decir, pero de nuevo su lengua no coopero.

Se retiró un poco su teléfono de su oído, y miró pensativa hacia la puerta metálica del refrigerador, perdida en el brillo de la luz de la cocina reflejada en ésta, aunque su mente en realidad divagaba en otro sitio.

“Prácticamente ya les destrozó su vida sin siquiera acercárseles de nuevo, porque tú se lo has permitido.”

Esas malditas palabras resonaron en la mente de Kate, seguidas de otras tantas pronunciadas durante la sesión de ese día. Lo que menos deseaba era permitir que Esther, Leena Klammer, o como se llamara tuviera ese poder sobre ellos, que aceptaba quizás ella misma había permitido. Y tampoco quería que sus hijos se siguieran sintiendo de esa forma; como rehenes…

Sintió la boca seca. Tomó un vaso limpio, lo llenó de agua en el fregadero, y dio un sorbo mediano de él. Eso la alivió un poco.

«Volver a la normalidad, un paso a la vez» se dijo a sí misma, como si intentara convencerse. Dejar que su hijo salga con sus amigos una hora sin su supervisión, ¿contaba cómo un primer paso? Ya le había ofrecido a Max también el invitar a sus amigas a dormir, así que sería de cierta forma justo. Sin embargo, necesitó de mucha fuerza, casi la misma que ocupó para salir de ese estanque congelado, para poder ella misma dar ese paso.

—Está bien, puedes ir —pronunció de pronto, casi como un doloroso suspiro.

—¿Enserio? —Exclamó Daniel, atónito.

—Sí, pero sólo una hora. Y por favor, Daniel, no te muevas de la pizzería. Por lo que más quieras, así el papá de Brian los quiera llevar a todos a Six Flags, no te muevas de ahí. ¿Puedo confiar en ti?

—Por completo —respondió el chico sin duda alguna, notándose realmente emocionado—. Gracias, gracias. Llego en una hora, lo juro.

—Está bien —rio Kate, inusualmente contenta—. Te quiero, Dani.

—Y yo a ti mamá. Gracias.

El júbilo en su voz era tal que Kate sintió que de haber estado frente a frente, incluso habría accedido a darle un abrazo de nuevo. Cortaron la llamada justo después, y Kate se quedó de pie frente al fregadero, incapaz de borrar la sonrisa de su rostro. Había sido difícil hacerlo, pero ahora era víctima de una sensación de paz que le resultó de pronto desconocida, pero le dio la bienvenida sin problema.

Lo siguiente sería la pijamada de Max. Y de ahí iría dando pequeños pasos, poco a poco. Hasta que, quizás algún día, pudieran volver a sus vidas anteriores, o incluso a unas mejores.

Respiró hondo para intentar calmarse, y siguió bebiendo de su vaso agua tranquilamente.

Y entonces escuchó un pitido, uno muy característico y conocido por ella.

El sonido del sensor cuando la puerta principal se abría.

Kate se giró rápidamente hacia la entrada de la cocina, soltando su vaso aún con un cuarto de agua en él, que se precipitó al suelo y se rompió, mojando sus pies. Sin embargo, ella apenas y lo notó. Sus sentidos se habían puesto totalmente en alerta, y todo su cuerpo se tensó. A diferente de la mano que sujetaba el vaso, los dedos de la otra se apretaron fuertemente a su teléfono celular.

¿Había cerrado con llave con puerta? No lo recordaba… Había llegado, había ido a apagar la alarma, y entonces… su teléfono sonó, y vino a la cocina.

¿Había dejado abierto?, ¿ella que siempre tenía tanto cuidado en todo lo que hacía para la protección de su casa? ¿Tantas cosas pasaban por su mente ese día que había omitido algo tan básico?

Pero, aunque hubiera sido así, sólo había sido una vez; no tendría por qué haber ocurrido nada sólo por una vez, ¿o sí? Eso era… ridículo. Y comenzó incluso a dudar si acaso había oído tal pitido. Quizás sólo lo había imaginado, ¿no sería ello más lógico? Y mientras se preguntaba todo aquello, comenzó a avanzar casi sin darse cuenta de regreso al vestíbulo. Paso a paso, con precaución en cada uno. Echó un vistazo discretamente, apenas asomando uno ojo. La puerta estaba cerrada, justo como la había dejado antes de apagar la alarma.

Se aproximó, algo más decidida, hacia la puerta, sujetó la manija, la movió y la jaló. La puerta se abrió; en efecto la había dejado sin llave, y la secuencia de los acontecimientos desde que entró se volvió bastante clara y se lo confirmó.

Rápidamente cerró de nuevo la puerta, y no sólo le puso llave, sino que con gran premura le colocó los tres pasadores, prácticamente en automático sin pensárselo mucho. Y una vez que estuvo completamente cerrada, pegó su frente contra la superficie de madera de la puerta y comenzó a respirar lentamente, intentando calmarse.

¿Había o no oído el sonido de la puerta abriéndose? No estaba segura. Estaba distraída pensando en otra cosa. Quizás sólo estaba demasiado estresada, quizás aún le estaba haciendo efecto la maldita pastilla para dormir de la noche anterior, o quizás…

El sonido estridente del piano la sacó completamente de sus pensamientos. Aunque no era justo llamarlo estridente. La ejecución fluía con total naturalidad, con los tiempos perfectos; ninguno de sus alumnos, ni de los privados ni de universidad, o incluso ella misma, podrían tocar con tal maestría la pieza de La Cosecha de Tchaikovsky. Y esa pieza en especial le traía el recuerdo de un acontecimiento bastante similar ocurrido cuatro años atrás; uno que se había prácticamente sepultado en sus recuerdos tras todo lo que acontecido después de él.

En el recuerdo, ella también iba llegando a su casa. Estaba en la cocina guardando las cosas que había comprado en la tienda, y entonces escuchó esa misma pieza. Ella se aproximó cautelosa a la sala, justo como ella comenzó a hacerlo en ese mismo momento, atraída por la melodía como presa de algún embrujo.

Todo se volvió tan irreal para Kate en esos momentos. Se sentía tan ligera como si caminara en el aire, la melodía retumbaba en sus oídos, y sentía como si toda la casa diera vueltas. ¿Era eso un sueño? Le parecía haber soñado algo similar, y no hace mucho. ¿O sólo era como esas veces que sentías ya haber soñado algo parecido antes pero sólo era un engaño de la mente?

Como fuera, su cabeza divagó en esa irrealidad y se alejó flotando de su cuerpo, dejando que éste se parara solo en el marco de la sala, y posara sus ojos en el piano. En efecto, era mucho más modesto y anticuado que el que tenía en Hamden. El cuarto que lo rodeaba también era muy distinto. Había ahora una pequeña chimenea a un lado del piano, que en estos momentos estaba tapada y en desuso. Al otro lado había un sillón grande, y perpendicular a éste uno más pequeño. Había un gran ventanal con cortina rojas, en ese momento cerradas, cubriendo por completo del exterior lo que ahí acontecía. Pero sentada en el banquillo delante del piano, contempló una figura bastante conocida, delegada y pequeña, enfundada en el interior de un vestido azul a cuadros, y con su cabello oscuro como noche sujeto en dos coquetas colas con listones azules. Aquel ser, tan irreal como todo lo demás que le rodeaba, hacía que sus dedos bailaran por las teclas del piano con singular gracia.

Kate se quedó de pie en el umbral, inmóvil, absorta en aquella visión espectral, y en la música que entonaba.

—El antiguo piano era mucho mejor que éste —entonó la vocecilla procedente de aquel ser, abriéndose paso entre las diferentes notas que flotaban en el aire—. Y creo que le hace falta una afinada.

«No he tenido tiempo» fue lo que cruzó por la mente de Kate, aunque quizás no precisamente con esas palabras tan específicas y bien estructuradas.

—Todo ocurrió tan rápido, que ya no tuvimos oportunidad de hablar sobre esto —prosiguió la misma vocecilla, y Kate deseaba gritarle con todas sus fuerzas que se callara, pues ella no estaba ahí. Pero no lo hizo, y con ello le dio su bendición para que dijera todo lo que quisiera decir—. Mi madre murió cuando yo nací, pero creo que eso ya lo investigaste. Lo que quizás no venía en esos artículos que leíste, es que mi padre me culpaba por su muerte. Y cuando no se alcoholizaba, me golpeaba, o desquitaba su frustración sexual en mí, prefería mejor verme lo mínimo posible. Intenté ser una buena hija, y hacer todo para llamar su atención y su afecto. Por eso me metí en un sinfín de actividades que me convirtieran en una mujer interesante para él. Música, pintura, ballet… por mencionar las más “normales.” Intenté destacarme en todo, pero siempre fui la enana rara y fea a la que los demás veían con desdén. Y encima a mi padre nunca le importó realmente si era buena para algo o no. Por ejemplo, toqué en un gran recital cuando tenía dieciséis… ¿o quizás diecisiete? Es difícil recordar ya. Lo hice perfecto, y el público me aplaudió… aunque no tanto como a la puta de Mia Viano, y sólo porque se pavoneó por el escenario con su vestido rojo ajustado y escote hasta el ombligo, enseñando y presumiendo sus tetas frescas de adolescente. Tuvo un… pequeño accidente en las escaleras del conservatorio un par de días después, ahora que lo recuerdo; qué triste. Mi padre ni siquiera se presentó.

»Pero no fue una pérdida de tiempo. Realmente disfrutaba tocar. E incluso cuando me vi forzada a vivir en la calle, en un par de ocasiones me metí a un bar a tocar unas cuantas melodías a cambio de algunas monedas. Era la niña vagabunda prodigio San Petersburgo. Claro, siempre me iba antes de alguien hiciera demasiadas preguntas. Es por eso que cuando vi el piano en tu casa me emocioné tanto, Kate. Y cuando te ofreciste a enseñarme, no pude decirte que no. Quería que poco a poco vieras cómo iba progresando, y te sintieras orgullosa de mí; y de ti, de paso. No fue mi intención mentirte. Pero piénsalo: una niña dolida con un talento musical no reconocido, cruza su camino con una maestra de música frustrada por no poder enseñarle a sus hijos. ¿No es gracioso como obra la mano de Dios? ¿No crees que estaba destinado que yo me convirtiera en esa hija que compartiera tu amor por la música? Entiendo si no lo viste de esa forma, pues yo tampoco lo hice. No lo entendí… hasta mucho después.

Terminó su interpretación con las últimas notas, y todo quedó en un casi lúgubre silencio, aunque Kate aún podía sentir un zumbido en sus oídos dejado como rastro de la presencia de esa bella melodía.

El ser en el banquillo se giró en ese momento hacia ella y la contempló con sus enigmáticos ojos verdes, decorando su rostro infantil e inocente con lidas pecas. Esbozó una ancha sonrisa llena de ternura, y entonces pronunció, ya sin la música opacando su voz:

—¿Cómo lo hice, mami? ¿Te gustó?

Y fue en ese momento que Kate despertó, si acaso se le podría llamar de esa forma. Y se volvió consciente de que aquello no era un sueño, ni una visión o alucinación. Lo que se mostraba ante ella era real… muy real.

Rápidamente se dio media vuelta e intentó correr fuera de la sala. Sin embargo, apenas alcanzó a dar un paso cuando el estruendo de un disparo retumbó a sus espaldas, sintiendo como incluso la casa entera vibraba con éste. Y vio en el mismo instante por el rabillo del ojo como el marco de la entrada se astillaba, y pedazos de madera volaban por el aire. Aquello la obligó a detenerse por mero instinto, y mirar de reojo al sitio del impacto. La bala había cortado al aire a menos de diez centímetros de su cabeza, y podía verla ahí incrustada en la pared.

—No te muevas —le indicó la inconfundible voz de Esther a sus espaldas. Sin verla, pudo sentir el arma entre sus manos apuntándole directo a la cabeza, y supo que si hacía el mero ademán de querer moverse, la siguiente bala daría en más de diez centímetros en su dirección—. Alza las manos y date la vuelta lentamente.

Kate debía pensar lo más rápido posible. Se preparado todos esos años para ese momento, pero había llegado tan repentinamente y la había tomado tan de sorpresa, que sencillamente aún se le dificultaba creer que en verdad estuviera pasando. Agradecía al menos que sus hijos no estuvieran en casa.

De momento optó por hacer justo lo que le decía para poder ver mejor la situación, y al mismo tiempo calmarse. Alzó sus manos, y sólo hasta ese momento se dio cuenta de que en la izquierda seguía sujetando su teléfono. Emergencias estaba en su marcado rápido, pero no estaba en la posición para hacer dicha llamada sin que su repentina intrusa se diera cuenta. Se giró lentamente, y el volver a mirarla no la hizo parecer ni un poco más real, sino incluso como algún tipo de imagen sacada de un viejo recuerdo reprimido. Pues de hecho ni uno de eso cuatro años parecía haber pasado en ella. Se veía tal y como la recordaba la última vez que la vio… Pero no con esa apariencia desquiciada del estanque, sino con ese look infantil y dulce que hacía aún muy difícil creer que ocultara a una mujer de más treinta años debajo.

Esther ya se había parado del banquillo, y sujetaba con ambas manos una pistola totalmente negra, cuyo cañón apuntaba directo a la cara de Kate. Pero en lugar de asustarse, aquello le trajo de nuevo a su confundida mente la existencia de su propia arma, en esos momentos guardada en su estuche en el mueble a un lado de su cama.

—Muy bien —asintió Esther, satisfecha—. Ahora suelta el teléfono y déjalo caer al suelo.

—Los vecinos de seguro escucharon el disparo y llamarán a la policía —respondió Kate, intentando reflejar la mayor serenidad posible.

—Quizás, si es que a alguien le interesas lo suficiente. Pero no creo que te hayas tomado la molestia de hacer muchos amigos por aquí, ¿o sí?

Aquel comentario movió algo en el interior de Kate. En efecto, se había enfocado tanto en la protección de su casa y sus hijos, que sus relaciones interpersonales se habían reducido a prácticamente ninguna. Pero no dejó que eso la distrajera de la apremiante situación que enfrentaba.

De pronto, notó como el rostro de la (falsa) niña se suavizaba un poco.

—No vengo a hacerte daño, sólo quiero conversar —declaró abruptamente—. Fue muy difícil para mí reunir el valor de venir a verte, así que no compliques más las cosas, por favor.

—¿Conversar? —Murmuró Kate, incrédula—. De acuerdo, baja el arma y conversaremos todo lo que quieras.

—Suelta el teléfono, y entonces hablaremos del arma —insistió Esther con un tono de exigencia que no dejaba lugar para la negociación. Igual Kate no esperaba que en verdad hiciera caso a su petición; sólo quería hacer tiempo en lo que pensaba las cosas.

Los segundos pasaron y se volvió evidente que ambas se sentían cada vez más tensas por la inacción de la otra. Kate apretaba firmemente sus dedos a su teléfono, sabiendo que era quizás lo único que podría sacarla bien librada de eso… además de su arma.

Tomó una decisión en el momento; e incorrecta o no, fue suya.

Repentinamente, en lugar de sólo soltar el teléfono y dejarlo caer, lo arrojó con fuerza al frente, directo hacia Esther. Éste acto tomó por sorpresa a la intrusa, cuya única reacción fue alzar su brazo para protegerse, y el teléfono la golpeó fuertemente en el antebrazo. Disparó a ciegas el instante siguiente, pero para ese momento Kate que ya había emprendido la huida. La bala pasó rosando sus rubios cabellos y se incrustó en la pared del vestíbulo.

Kate corrió con todas sus fuerzas en dirección a las escaleras para subir a la planta alta. Tenía su pie derecho puesto en el primer escalón, y el segundo en el aire aproximándose al segundo, cuando vio de reojo como la figura de Esther salía corriendo por la otra entrada de la sala y se lanzaba hacia ella, acompañada de un grito, tacleándola. Su posición no le permitió mantener el equilibrio, y cayó hacia un lado, golpeándose el hombro con el barandal. Soltó un gemido de dolor y cayó de espaldas al piso.

Esther se colocó rápidamente sobre ella, intentando someterla. Todo se volvió como un mal Déjà vu de aquella noche en el estanque congelado, sólo que Esther no tenía en esos momentos un cuchillo, sino un arma de fuego. Y Kate tampoco era ya la misma; había tomado varias lecciones de defensa personal, justo para un momento como ese. La tomó entonces de la muñeca que sujetaba el arma, apartándola lejos de ella. Luego, con su mano libre, le dio un golpe con fuerza en su antebrazo, haciendo que su atacante fuera ahora la que gimiera de dolor, y además abriera su mano y soltara el arma. Kata no se quedó ahí, y de inmediato lanzó su mano abierta directo a su cuello, golpeándolo con fuerza y cortándole la respiración. Pudo entonces quitársela de encima jalándola del brazo y prácticamente estrellándola contra las escaleras.

Mientras Esther yacía en los escalones intentando recuperar el aliento, Kate miró rápidamente alrededor, intentando ver dónde había caído el arma. La divisó a un par de metros de ella en el piso, por lo que rápidamente intentó alargarse hacia ella para tomarla. Sus dedos ya casi rozaban el mango, cuando sintió como el cuerpo de Esther se colocaba de nuevo sobre ella, ahora en su espalda, la tomaba de su cabello y entonces empujaba su cara fuertemente contra el piso, haciendo que se golpeara su nariz y labio, y además se desorientara por un momento. Esther aprovechó éste momento para lanzarse al frente hacia el arma, tomarla y, sentada en el piso, virarse hacia Kate y apuntarla con el arma, con el cañón pegado a su frente.

Aturdida y con su cara sangrando, Kate alzó su mirada hacia ella, y contempló como la miraba con sus ojos llenos de ira, y su respiración entrecortada (quizás en parte por el golpe).

—¡Te dije que no quería hacerte daño! —Le gritó Esther furiosa—. Así que si dejas por un segundo tu maldita histeria…

Antes de que terminara de hablar, Kate tomó fuerza y determinación para golpear fuertemente el brazo de Esther, empujándolo hacia arriba. El arma se alejó de su frente, y un tercer disparo salió del cañón, dando en esta ocasión en el techo. Prácticamente en el mismo movimiento, Kate logró jalar su otra mano al frente, dándole un fuerte puñetazo en su cara a Esther, que empujó su cabeza hacia atrás. Se giró luego como pudo en el suelo, y estiró su pierna para patear a su atacante en el pecho y alejarla más de ella.

Tomando esa distancia y con Esther desorientada por los golpes, Kate se paró lo más rápido que pudo, sintiéndose algo mareada al inicio y estando a punto de caerse por un momento, pero forzándose  en reponerse lo más rápido posible para volver a correr. Pero no volvió a intentar subir las escaleras, sino que se dirigió de regreso a la sala. En esos momentos su teléfono estaba más cerca que su arma, y rogaba a Dios que no se hubiera dañado con el golpe.

Cuando entró a la sala de estar, pudo ver de reojo que Esther ya se estaba poniendo de pie. Buscó desesperada el teléfono en la alfombra, y lo divisó justo delante de la chimenea luego de perder unos valiosos segundos. Se aproximó apresurada hacia él, pero a medio camino Esther se le lanzó corriendo, saltando a su espalda y prensándose de ella. Ambas cayeron al suelo, y Kate pudo notar como el teléfono era empujado por sus cuerpos hasta quedar debajo del sillón grande.

En el suelo, Esther le rodeó cuello con un bazo, apretándolo fuertemente hasta casi asfixiarla, mientras con su otra mano sujetaba el arma contra su sien derecha. Kate intentó forcejear lo más posible, intentando quitársela de encima y mantener su arma lejos de su cabeza. Los ojos de la maestra de música se fijaron entonces en los tres atizadores de la chimenea, colocados en su base a un lado de ella. Esas tres barras de acero que no usaban para nada ya que la chimenea estaba tapada, y que siempre decía que movería al sótano pero nunca hacía. Ahora pensaba que quizás no lo había hecho por un motivo.

—¡Me estás obligando a hacer algo que no quiero, Kate! —Le gritó Esther en su oído, llena de cólera.

—¡Púdrete, perra! —Le respondió ella, al mismo tiempo que jalaba su codo hacia atrás con fuerza, clavándolo directo en el abdomen de Esther, haciendo que se doblara sin aire.

Kate entonces se libró del brazo que le oprimía el cuello, y se las arregló para empujarla lejos de ella. Se arrastró entonces hacia los atizadores, tomando uno y tirando todos los demás al mismo tiempo. Jaló rápidamente su nueva arma hacia atrás sin siquiera ver, y sólo notó como Esther, sorprendida, se hacia atrás para esquivarla, y la punta del acero pasaba a milímetros de su cara. Kate volvió a jalar el arma hacia ella de inmediato, golpeándola en esta ocasión en el brazo que sujetaba el arma para tumbársela, haciéndola chillar por el daño.

Kate se paró, y sin el menor titubeo alzó su arma por encima de su cabeza. Esther la miró desde abajo con sus ojos grandes llenos de la confusión y miedo propios de un niño inofensivo. Y quizás en otra ocasión Kate podría haber vacilado ante un rostro como ese, mirándola de esa forma. Pero no ese rostro, y no esa maldita desquiciada.

Dejó caer con todas sus fuerzas el atizador contra la cabeza de Esther, dándole un golpe tan tremendo en la frente que incluso le pareció sentir como el acero rebotaba contra el hueso del cráneo. La cabeza se abrió, y una abundante cantidad de sangre comenzó a brotar de la herida, bañándole su cara. Antes de que incluso el cuerpo de la falsa niña tocara el suelo, Kate por mero reflejo dio un ataque más, golpeándola ahora en su costado derecho. El cuerpo entero de Esther se giró por la fuerza del impacto, cayendo bocabajo, pero con su mejilla presionada contra la alfombra.

Kate, agitada y con todo su cuerpo temblando, se quedó unos instantes contemplando como la sangre comenzó a brotar de ambas heridas, empapando la tapete de rojo. Los ojos quietos e inertes de Esther miraban fijamente hacia un costado, perdidos en algo que sólo ellos eran capaz de ver. Kate sujetó el atizador con ambas manos delante de ella, como si esperara que se fuera a mover en cualquier momento, pero no lo hizo.

¿Estaba muerta?, ¿realmente o estaba?

“¿Estás segura que viendo su rostro muerto ya estarías en paz?,” le había preguntado Jones más temprano. Y la verdad era que no, no sentía alivio alguno; o al menos no aún.

Desvió su mirada, deseando no seguir viendo aquella horrible imagen. Logró reaccionar luego de quizás un par de minutos y soltó el atizador, dejándolo caer delante de ella. Sus manos le temblaban y no era capaz de controlarlas.

No sabía si estaba muerta o no, pero fuera como fuera debía llamar a la policía de inmediato.

No, primero debía llamar a Bárbara y decirle que pasara lo que pasara, no trajera a los niños; que se los llevara a su departamento, o a dónde fuera. Ellos por ningún motivo debían ver eso.

Se dirigió entonces al sillón grande y se asomó debajo de éste. Divisó el teléfono y estiró su mano, pero la separación del sillón al suelo no le permitía entrar tanto. Se incorporó sólo un poco, empujó el sillón hacia atrás usando todas sus fuerzas, revelando su preciado dispositivo. Tomó el teléfono rápidamente, y lo revisó. La pantalla tenía una cuarteadura desde la parte superior hasta el centro de la pantalla. Pero encendía y no parecía haberse hecho ningún otro daño. Lo desbloqueó, fue a sus contactos, buscó el de Bárbara… y entonces sintió la presencia de pie detrás de ella.

Kate sólo alcanzó a virarse un poco hacia atrás, antes de que sintiera como el atizador le golpeaba su muñeca, tan duró que sintió que se le había rotó. El teléfono se soltó de su mano, rebotando en la alfombra lejos de ella. Se sujetó su brazo adolorido y sangrando, y cuando intentó alzar su mirada hacia el atacante, fue recibida con otro fuerte golpe de la misma arma, pero ahora directo en su mejilla derecha, tan fuerte que casi le dislocó la quijada. Cayó hacia atrás sobre su costado izquierdo, presa del intenso dolor que le recorrió el rostro entero.

Intentó mirar hacia atrás como pudo y vio de forma borrosa la pequeña espalda de Esther, y cómo dejaba caer una y otra vez el atizador contra su pobre celular, destrozándole por completo su pantalla, en el tercer golpe, y casi partiéndolo a la mitad al quinto. Y terminando con el dispositivo, se giró lentamente hacia ella. Sus ojos desorbitados y llenos de absoluta locura se posaron en ella, como los de un animal furioso que no desea comerte, sino simplemente hacerte trizas por haberlo molestado.

—No debiste haber hecho eso —susurró Esther con voz carrasposa, pero terriblemente fría.

Cubierto de su propia sangre, el rostro de Esther se veía aún más horrendo que en las peores pesadillas de Kate. Pero lo que nunca había visto en ninguna de ellas y le resultó aún más inenarrable, fue ver poco a poco las dos profundas heridas que le había hecho en la cabeza se iban cerrando, como si fueran eliminadas por un borrador de goma sobre un dibujo, hasta desaparecer completamente… como si nunca hubieran estado ahí.

—Oh mi Dios… —Soltó Kate, presa del pánico y la confusión por lo que acababa de ver con sus propios ojos—. ¿Qué demonios eres…?

Esther inclinó su cabeza hacia un lado, sin apartar sus ojos de ella ni un instante. Y con la misma penetrante frialdad de antes, respondió:

—Es una buena pregunta…

Justo después, alzó el atizador y lo dejó caer sólo una vez. El fierro aproximándose directo a su rostro fue lo último que Kate vio, antes de todo se volviera negro en un parpadeo.

FIN DEL CAPÍTULO 79

Notas del Autor:

Como se explicó en el capítulo, los acontecimientos de este capítulo están ocurriendo 4 años después del final de la película original de Orphan del 2009, y por consiguiente están ocurriendo 4 años antes de los acontecimientos del presente en esta historia. Todo lo narrado aquí que fue de las vidas de Kate, Daniel y Max posterior al final de Orphan, es meramente de mi imaginación, pero claro basándome en todo lo que llegamos a ver durante dicha película. Estos han sido unos capítulos interesantes de escribir. Me he tenido que ver la película completa un par de veces más, sólo con tal de estar seguro de tener en la mente todo lo que necesito saber de estos personajes. ¿Qué les ha parecido? Con el capítulo siguiente terminamos con este flashback (será más corto que otros), y volveremos con Esther en el presente. Así que estén atentos.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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