Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 77. Juntos y Vivos

4 de octubre del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 77. Juntos y Vivos


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 77.
Juntos y Vivos

La mañana del día en que Damien Thorn conoció por primera vez a Mabel y James, el joven de Chicago se levantó temprano en su habitación de lujo en la suite del hotel en Manchester. Se había mantenido encerrado durante esos días, sin siquiera salir a comer. Sin embargo, esa mañana parecía tener planes.

Se arregló con su habitual look de traje oscuro y camisa, pero al momento de querer ponerse su corbata… vaciló unos momentos.

Recordó aquella casual merienda que habían tenido Abra y él esa tarde en la zona de comidas del centro de convenciones, en específico como lo había despeinado y quitado su corbata, para así sacar la que quizás era la peor foto que le habían tomado.

“Ahora sí; ya no pareces tanto un yuppie.”

Damien contempló la corbata en su mano, azul con rayas diagonales, bastante fina. Optó, sin embargo, por omitirla ese día y en su lugar la tiró con cierto desdén a la cama. Se miró al espejo y pasó sus dedos por sus cabellos, desacomodándolos sólo un poco. Tomó su billetera, su teléfono celular y su cámara, y salió apresurado de la habitación.

No le sorprendió mucho el encontrarse a su tía Ann al salir, sentada en la pequeña sala de la suite, la misma donde noches antes habían tenido esa acalorada discusión. La mujer alzó su mirada, al parecer sorprendida de verlo. Usaba un traje ejecutivo color azul oscuro, y llevaba su cabello recogido en una cebolla que adornaba la parte trasera de su cabeza. En una mano sujetaba una humeante taza de café, mientras con la otra tomaba su tableta electrónica.

—Damien —musitó la mujer llamándolo, pero él sólo la miró un segundo, y casi de inmediato siguió de largo en dirección a la puerta—. Espera —Pronunció con apuro, colocando su taza y tableta sobre la mesita de centro delante de ella, y poniéndose de pie con apuro—. ¿A dónde vas?

—¿Acaso te importa? —contestó el muchacho de forma cortante.

—Por supuesto que me importa. —Ann rodeó el sillón y se dirigió apresurada detrás de él—. Es nuestro último día aquí, ¿ni siquiera tienes pensado presentarte en la cláusula?

Damien se detuvo unos momentos en su lugar, soltó una pequeña risa sarcástica y entonces se viró sólo lo necesario hacia ella.

—No hay nada que me interese menos en estos momentos.

Y dicho eso, alzó una mano a modo de despedida y se dispuso a seguir con su partida. Sin embargo, apenas logró dar un paso.

—¡No puedes seguir tratándome así! —Gritó Ann con exigencia, aproximándose hacia él para tomarlo de su brazo. La puerta de la suite se abrió en ese momento, justo para que la persona del otro lado escuchara aquellos gritos—. ¡Yo soy tu tía!, me debes aunque sea un poco de respeto…

El muchacho se giró lentamente hacia ella, mirándola con la misma indiferencia con la que vería a cualquier extraño al caminar por la calle, o quizás incluso un poco más. Aquella expresión creó un doloroso nudo en el pecho de Ann, que inmediatamente lo soltó y se apartó un poco.

Ninguno reparó de momento en Verónica, parada en el marco de la puerta, viendo aquella escena con una combinación de confusión, y quizás un poco de miedo.

Sin dejar de mirarla, Damien colocó de nuevo el saco en su lugar, pues Ann lo había desacomodado un poco al tomarlo de esa forma.

—Tú y yo no somos nada —le respondió Damien con una tajante frialdad—, no eres siquiera mi tía política de verdad. —Hizo una pequeña pausa, y entonces remató—: Ojala tú también te hubieras muerto en ese incendio junto con mi tío Richard.

Aquellas palabras hicieron que el rostro de Ann se tornara pálido e incrédulo. Desconocía si acaso el muchacho ante ella era capaz de percibir los pensamientos y recuerdos que aquella declaración le traía.

—No saben lo que estás diciendo —respondió la mujer con una frágil dureza. Damien, sin embargo, no pareció interesado en ello.

—Cómo sea —espetó con aburrimiento, agitando una mano en el aire, y se viró entonces de regreso a la puerta, encontrándose de frente con Verónica—. ¿Y tú qué me ves? Quítate de mi camino.

La joven rubia se apresuró rápidamente a hacerse a un lado tal y como él exigía, y así él pudo salir de la suite sin el menor obstáculo. Verónica se viro hacia Ann con preocupación. Ésta había apoyado su espada contra la pared, y se cubría sus ojos y frente con una mano, como si estuviera a punto de llorar o intentara mitigar algún dolor.

Ninguno de los tres, sin embargo, fue consciente de que había una cuarta persona observando toda aquella incómoda escena.

— — — —

Mabel abrió sus ojos abruptamente e inhaló una gran bocanada de aire, como si no hubiera respirado en lo absoluto durante todo ese tiempo que estuvo ahí sentada en el asiento trasero.

—Va saliendo —indicó rápidamente en cuanto recuperó el aliento, inclinándose hacia la parte delantera—. Son sólo él y dos guardaespaldas.

Su vehículo, una amplia camioneta negra robada, estaba estacionada en la calle justo delante del hotel los Thorn. Tenía vidrios polarizados y placas del estado, falsas. La había adquirido el día anterior por medio de algunos viejos contactos del Nudo Verdadero, junto con varias otras cosas. El Nudo podría haber desaparecido, pero sus colaboradores paletos (ignorantes de con qué tipo de seres trataban realmente) y sus cuentas de banco, seguían en funcionamiento. Y al ser los únicos que quedaban, todo ello estaba a su disposición, al menos de momento.

Una casa rodante moviéndose por las avenidas de la ciudad podría llamar atención indeseada, especialmente considerando el tipo de individuo que estaban acechando. Esa camioneta, por otro lado, era de hace algunos años, en un estado no impecable pero tampoco demasiado vieja o golpeada; un vehículo de apariencia bastante cotidiana para ocultarse a simple vista, como les habían enseñado en el Nudo.

James y Hugo se encontraban en el asiento del conductor y el copiloto, respectivamente. En cuanto Mabel les realizó aquella indicación, Hugo alzó sus binoculares electrónicos, por los cuales pudo ver unos minutos después a una de las camionetas de Thorn Industries salir por la entrada del estacionamiento subterráneo del hotel, tomar la avenida y alejarse hacia el oeste.

Hugo intentó enfocarse en el interior del vehículo y notó a los dos hombres en la parte delantera, y le pareció divisar fugazmente la cabeza del muchacho por la ventanilla trasera del lado izquierdo. Parecía que en efecto sólo iban ellos tres, y ninguna otra camioneta los siguió.

—Es poco probable que lo volvamos a tener tan desprotegido —indicó Hugo, bajando los binoculares—, y mañana temprano vuela de regreso a Chicago según el itinerario que obtuve. Debemos encontrar el momento correcto para hacerlo hoy mismo

—Mientras esté en la ciudad sería una locura atacarlo de frente —añadió James con dureza, intentando disimular su aún presente inseguridad con todo eso.

—Por lo pronto sigámoslo discretamente —propuso Hugo, y Mabel estuvo de acuerdo con él. James, internamente en desacuerdo, encendió el vehículo y comenzó a andar por la avenida detrás de su presa.

Los siguieron discretamente, como bien sabían hacer. Mabel volvió a cerrar los ojos y a concentrarse. Su mente se desprendió de su cuerpo y siguió a su objetivo para no perderlo, y de esa forma no necesitaban estar tan cerca de él y llamar su atención.

El tal Damien Thorn se había convertido en un verdadero enigma para Mabel. Los paletos con enormes cantidades de vapor eran bastante difíciles de ocultar para los que eran como ella. Y cuando un rastreador de su nivel ya los tenía localizados, y además así de cerca, sencillamente su presencia se volvía como una marquesina de luces brillantes difícil de ignorar. En todos sus años en el Nudo, siempre fue así.

Sin embargo, este chico era todo lo contrario: mientras más cerca estaba de él, menos lograba percibirlo. De hecho, en cualquier otra circunstancia, hubiera pasado totalmente desapercibido para ella, como un paleto común y corriente más, sin nada interesante que ofrecerles. Pero no lo era, y lo que había visto y percibido el otro día se lo confirmaba sin lugar a duda. Era como si algo lo estuviera rodeando y protegiendo todo el tiempo, y por un instante en aquel momento, dicho algo se hubiera esfumado y permitido salir aquello que se ocultaba detrás, dejando ese rastro de galletas que los había llevado hasta él.

Nunca se había encontrado con algo parecido antes, y resultaba casi un golpe de suerte el que hubieran dado con él. O, quizás, no era suerte en sí. Rose solía decir que la providencia favorecía siempre a los Verdaderos por encima de los vaporeros. Luego de lo que le ocurrió a ella y al resto, Mabel había concluido que aquello era sólo una creencia estúpida, pero ese hallazgo le hizo de nuevo pensar que en efecto había algo superior guiándolos y protegiéndolos. Por supuesto, se terminaría arrepintiendo de volver a caer en tan absurdo pensamiento.

Mientras avanzaban por la calle, James miró discretamente sobre su hombro hacia atrás un segundo, observando a Mabel sumida en su meditación. Se veía de mucha mejor salud, como si la emoción de una cacería inminente de alguna forma hubiera menguado sus síntomas. Aun así, James temía que cuando dicha emoción se fuera, terminara cayéndole de golpe la fatiga de todo lo que estaba haciendo.

James se viró de nuevo al frente, mirando a lo lejos entre los otros vehículos a aquel que estaban siguiendo. Hugo, a su lado, miraba en la misma dirección, algo somnoliento.

—¿Al menos estás seguro que esa droga funcionará? —cuestionó James abruptamente, a lo que Hugo simplemente se encogió de hombros.

—Cuervo lo creía, así que eso tendrá que bastarnos.

Además de la camioneta y un arsenal importante de armas, que traían consigo en maletas en la parte trasera, Hugo había conseguido tres inyecciones de la droga experimental de la NSA, la misma que Cuervo y Nueces habían conseguido cinco años atrás para atrapar a la tal Abra. Según ellos habían afirmado, era tan potente como para noquear a alguien tan poderoso, sin afectar negativamente el vapor ni causarle sobredosis como otros fármacos similares. En aquel entonces habían hecho una gran maniobra para adquirirlo y evitar ser rastreados. En esa ocasión, debido a la premura, lo habían hecho todo mucho más directo y rápido. Las tres inyecciones estaban en un estuche en una de las maletas de la parte trasera.

Esa droga, así como la habilidad de la Sombra para inmovilizar a su objetivo, eran sus únicas cartas contra ese chico que, según lo que Mabel les había dicho, tenía un vapor extraordinario. Si alguna de las dos fallaba, estarían perdidos. Y quizás Hugo y Mabel estaban listos para arriesgarse y sacrificarse, pero James no estaba dispuesto a perder de esa forma a las únicas dos personas que aún le importaban, especialmente a Mabel.

Cuando la Doncella se encontraba en ese estado fuera de su cuerpo,  podía hablarles pero casi siempre no los oía a ellos si lo intentaban. Aprovechando esto, James hizo un último intento de parar eso por las buenas.

—Hugo —le susurró despacio, como si temiera que Mabel aún pudiera oírlos—, sé que estás molesto y triste por lo de Marty, pero necesito que dejes eso de lado un minuto y me ayudes con esto. Aún no es tarde; podemos simplemente dar media vuelta e irnos.

—Si quieres huir como un cobarde, nadie te detendrá, Sombra —musitó el Cirujano con voz perezosa—. Después de todo, nosotros tenemos experiencia haciendo justo eso, ¿no? —Ese comentario irónico, casi un reclamo, sorprendió y a la vez molestó a James. Hugo prosiguió ignorando la reacción de su acompañante—. Pero estoy seguro de que Mabel no accederá a ir contigo, si esa es tu idea. Ella está decidida a hacer esto por su infantil deseo de mantener el poco orgullo de Verdadera que cree que le queda.

—¿Y tú?, ¿lo haces por lo mismo?

De nuevo, Hugo se encogió de hombros.

—Tú lo dijiste amigo; estoy molesto… y triste… Pero relájate, míralo sólo como un vaporero y una cacería más, como tantas que hemos tenido antes. Ya no tenemos nada que perder…

James no estaba de acuerdo con ello. Él aún tenía mucho que perder; lo más preciado que tenía, de paso.

—Se detuvo —espetó Mabel de golpe, haciendo que sus acompañantes se pusieran en alerta.

La camioneta de Thorn Industries se había estacionado con las luces intermitentes, justo delante de un edificio de unos diez pisos, de fachada anaranjada. James estacionó en la otra esquina, y Hugo uso sus binoculares para mirar desde la distancia. Las tres personas seguían arriba de la camioneta. Miró con detenimiento el edificio, e identificó casi de inmediato de qué se trataba.

—Es otro hotel, aunque de bastante menos categoría.

¿Por qué iría a ese sitio?, ¿se reuniría con alguien? Ni él ni alguno de sus guardaespaldas había bajado, así que más bien parecía que estaban esperando a que alguien saliera y se subiera con ellos. Si esa era cuestión, podría traer más complicaciones a su plan, dependiendo de quién fuera esa cuarta persona.

—¿Pudiste oír o ver porqué vino aquí? —preguntó James curioso, volteando a ver a Mabel en el asiento trasero. Sin embargo, se sorprendió enormemente al ver como la Doncella miraba fijamente hacia el edificio del hotel, con sus ojos bien abiertos, llenos de asombro y desasosiego—. ¿Mabel?

Ella no respondió. Siguió con su atención fija en aquel edificio, e incluso se pegó más a la ventanilla como queriendo verlo aunque sea un poco más de cerca.

—Ella está ahí —masculló de pronto—. Puedo sentirla…

Hugo y James la miraron con confusión, aunque ambos se dieron una idea de a quién se refería.

—¿Te refieres a la chica?, ¿a la tal Abra? —preguntó Hugo, apremiante, a lo que Mabel sólo asintió.

Aquello los dejó helados, incluso a Hugo que hasta ese momento se había prestado flemático, o al menos tranquilo, ante la situación.

—Si vino a recogerla y van a estar los dos juntos, sería el doble de riesgo hacerlo ahora —señaló James, esperando que ello les pareciera igual de lógico a sus acompañantes.

—No, no creo que sea eso —negó Mabel—. Por lo que sentí la otra noche, ella no querría verlo en lo absoluto, ni estar cerca de él.

—¿Entonces porque vino hasta acá? —inquirió Hugo, algo escéptico, pero Mabel no tenía respuesta a esa pregunta.

— — — —

Mientras tanto, desde el asiento trasero de la Hummer que había tomado, Damien miraba en silencio por su ventanilla hacia las puertas el hotel, como si pudiera a través de ellas ver justo a la persona que estaba buscando. Había mucha gente en la ciudad por la convención, pero aun así sólo le había tomado un par de días dar con el hotel de Abra. Ella estaba ahí en ese momento, en su cuarto en el piso 8 que compartía con tres de sus amigas, posiblemente empacando pues en poco más de una hora su grupo volvería a Anniston en autobús. Al saber que ese día se iría, el chico tuvo el inmediato reflejo de ir ahí y… ¿y hacer qué? La verdad era que, al igual que sus silenciosos perseguidores, él también se hacía la misma pregunta.

Desde aquel furtivo encuentro, y a pesar de su declaración de intenciones tan ferviente a Ann, en realidad aún no se hacía una idea clara de qué era lo que deseaba hacer a continuación. Tampoco tenía claro qué quería hacer exactamente con esa chica. Y si acaso una parte de él creyó que sería de alguna forma iluminado en cuanto se parara ahí frente a su hotel, se acababa de llevar una gran decepción.

—¿Joven Thorn? —Escuchó a uno de los guardaespaldas que lo acompañaban pronunciar desde el asiento delantero—. ¿Desea entrar?

Damien lo miró de reojo un segundo, y luego se volvió de nuevo al hotel, tomándose unos segundos para meditarlo. Tal y como unos meses después se lo diría, estando ambos jugueteando dentro de la mente de Jane Wheeler, Damien llegó a la conclusión de que no tenía resentimiento alguno hacia Abra Stone, sino más bien todo lo contrario. No tenía en realidad algún motivo que lo impulsara a querer hacerle daño, o algo más. No de momento…

«Bueno, supongo que sólo me queda desearte un buen viaje de regreso a casa, Abra» pensó en silencio, y volteó de nuevo hacia adelante.

—No —respondió al final a la pregunta de su guardaespaldas, sentándose derecho en su asiento—. Vámonos.

—¿A dónde? —preguntó el hombre en el asiento del conductor.

—A donde sea, menos de regreso al hotel o a la estúpida clausula. Sólo demos una vuelta por ahí.

— — — —

Las luces intermitentes del vehículo se apagaron, y poco después éste se incorporó de nuevo a la avenida y comenzó a alejarse.

—Se mueven —señaló Hugo, preparándose para reanudar la persecución. Sin embargo, al mirar de nuevo a Mabel, notó que ésta aún miraba fijamente el edificio a su lado, tan fijamente como el propio Damien Thorn lo hacía hasta hace unos momentos. Y, además, ambos lo hacían por la misma persona—. ¿Qué hacemos? —Cuestionó Hugo—. ¿Los  seguimos o prefieres ir por…?

No tuvo que terminar; Mabel supo exactamente a qué se refería pues era la misma pregunta que le rondaba la cabeza en esos momentos.

Esa niña, la tal Abra, estaba ahí a unos cuantos pasos de ellos. Si bien no era que estuviera por completo segura que era la misma chica que había sido la causante de la muerte de Rose y todo el Nudo Verdadero, su instinto le gritaba que era así. Y su instinto, como Rose la Chistera le había enseñado, era muy sabio.

Sin embargo, por más que quisiera entrar a ese sitio y romperle su cabeza a la maldita responsable de la muerte de todos sus hermanos, debía mantener la cabeza lo más fría que le fuera posible. Al tal Damien ya lo tenían identificado por completo, y habían estado observándolo constantemente esos días y diseñado todo un plan para su captura. Entrar a ese hotel y buscar a la chica, sería casi ir a ciegas. Y hacer eso en contra de quien derrotó y asesinó a Rose, estando así de débiles y perdidos, sería ridículamente estúpido, incluso para tres individuos que creían ya no tener nada más que perder.

Mabel quería su venganza, y la tendría. Pero ese no era el día.

—Aún no es el momento de enfrentarla —respondió fríamente—, pero ya llegará. Sigamos con el plan.

Hugo asintió y se acomodó de nuevo en su asiento, mientras James comenzaba a seguir a la camioneta de Thorn. La Sombra no sabía si sentirse aliviado por el hecho de que no hubieran elegido entrar en ese mismo momento a ese sitio y buscar a la chica, ya que de todas formas eso no le quitaba su preocupación anterior.

—Mientras siga en la ciudad no habrá nada que hacer —masculló despacio—. Demasiadas personas, policías…

—Yo me encargo —indicó Mabel con apuro, y rápidamente se estiró hacia la parte de atrás. Rebuscó en una de las maletas, extrayendo de ésta el termo metálico en el que almacenaron el vapor de aquella última niña de hace unos días—. Sólo necesito un poco más de vapor.

—Querrás decir todo el vapor que nos queda —musitó Hugo, más como un comentario irónico que un reclamo. Pero en efecto era cierto; eso sería lo último que les quedaba. Pero si tenían éxito, estarían bien alimentados por suficiente tiempo.

Mabel se sentó de nuevo en el asiento, colocó el termo justo delante de ella, y se dispuso a abrirlo.

—Espera —espetó James con fuerza, haciendo que se detuviera. Mabel pensó que le reclamaría igualmente el que usara lo último de vapor, pero no fue precisamente eso—. Si intentas hacer algo directo contra él, podría darse cuenta de nuestra presencia.

—Descuida —respondió Mabel sin vacilación, colocando entonces su mano sobre la tapa del recipiente—. No lo haré; no a él…

Hizo girar la tapa, y el poco vapor que seguía contenido en su interior flotó lentamente en el aire delante de su rostro. La Doncella aspiró profundamente, dejando que toda aquella fuerza entrara y le inundara el cuerpo. Sus ojos resplandecieron con fuerza, y se fijaron sobre su objetivo.

— — — —

Damien pasó gran parte de su vuelta espontanea revisando su teléfono celular con cierto aburrimiento. Sorprendentemente no tenía ningún mensaje o llamada perdida de Ann. Con esa conversación de la mañana, ¿al fin se había dado por vencida de querer hacerlo participar en sus absurdas actividades sociales? Quizás sólo de momento, pero estaba seguro de que cuando se le pasara la impresión volvería a ser la misma de siempre. De cierta forma admiraba esa capacidad que tenía su tía para adaptarse y reponerse rápido de casi cualquier cosa.

Una vez que terminó de revisar todo lo que le quedaba por revisar en su teléfono, apagó la pantalla y lanzó el dispositivo hacia un lado en el asiento. Tomó entonces su cámara entre sus manos y echó un vistazo rápido a las fotografías que había tomado, la mayoría del primer día ahí en Manchester, en el que se había dignado a sí asistir a la convención como habían acordado. Fue borrando varias de las foto, incluso las de la pareja adultera que ya en esos momentos no le resultaba ni remotamente interesante. Dio con la horrible foto que le había tomado Abra, y la borró sin siquiera dudarlo. Y entonces siguió la que él mismo le había tomado a ella, la misma que meses después estaría contemplando en su tableta tras su segundo encuentro. Realmente era una buena fotografía…

También terminó por borrarla de la memoria del dispositivo, pero no sin antes subirla a su repositorio en la nube para guardarla. No tenía algún motivo en especial para ello, más allá de que quizás pudiera serle de utilidad más adelante.

Dejó la cámara a su lado y miró entonces hacia adelante, en específico a las cabezas de los dos guardaespaldas en el asiento delantero. Pero claro, eran más que simples guardaespaldas: eran miembro de la Hermandad; todo su cuerpo de seguridad lo era. No lo suficientemente importantes como para Damien conociera siquiera sus nombres, pero de seguro sí lo suficiente para que ellos supieran a quién estaban (supuestamente) protegiendo.

—Díganme —susurró de pronto para llamar su atención—, ¿ustedes dos saben lo que puedo hacer?

—¿Disculpe? —murmuró confundido el hombre al volante, volteándolo a ver a través del espejo retrovisor. El otro se viró a verlo hacia atrás sobre su hombro.

—Puede que alguno incluso lo haya visto, ¿no? —Prosiguió Damien—. Cómo puedo manipular las mentes de la gente, domar a las bestias, saber cosas que no debería saber… Y claro, esos extraños accidentes que ocurren a mi alrededor. —Hizo una pequeña pausa, y entonces añadió—: ¿Es por esas cosas que puedo hacer que ustedes dos creen que soy el Anticristo?

—¿Cómo dice, señor? —Preguntó el copiloto, volteándolo a ver aparentemente alarmado por su pregunta.

—Sí, así es como funciona, ¿verdad? Les hago un par de trucos de magia, y listo: soy el mensajero de la muerte y destructor de mundos. —Se inclinó un poco hacia el frente, colocando su cabeza entre los asientos, como si intentara mirar de cerca sus rostros. Ambos hombres miraban ahora fijamente al frente, temerosos—. ¿Qué pasaría si les dijera que hay otros que pueden hacer lo mismo que yo? ¿Seguirían creyendo que soy quien dicen que soy?

Aquella pregunta pareció alarmar más a sus dos acompañantes.

—Nuestra fe en usted es absoluta, señor —respondió el copiloto, aunque no sonaba precisamente muy seguro.

—¿Enserio?, ¿por qué? —farfulló Damien con tono burlón—. ¿Por qué yo y no algún otro que pueda hacer los mismos malabares psíquicos? ¿Por qué tengo esta marca en la cabeza? —Señaló entonces con un dedo hacia la parte trasera de su propia cabeza—. Ninguno de ustedes la ha visto, ¿o sí? No les consta que realmente esté ahí. Y aunque así fuera, tampoco les consta que sea real. ¿O es acaso por qué Adrián, Lyons y Ann les dijeron que era yo? ¿Dónde quedo en esa jerarquía?; creo que es algo que nunca me había preguntado seriamente. Porque ellos son Apóstoles de la Bestia, pero yo soy la Bestia, ¿no? —Estiró aún más su cuerpo al frente, hasta casi pegar su rostro al hombro del conductor, que miraba tenso hacia el camino—. Si yo les dijera a ustedes dos que no soy el Anticristo, ¿tendrían entonces que creerme? Pero eso implicaría que de hecho no deberían hacerlo, porque no sería a quien se supone que deberían servir. Qué enredo, ¿verdad?

Ninguno de los dos parecía querer responder a su pregunta, quizás sintiendo que se trataba de algún tipo de trampa, y que si no respondían lo correcto terminaría haciéndoles algo… desagradable.

«¿Esa es la imagen que tienen de mí?» Pensó Damien, bastante divertido por esa reacción. «Qué groseros»

—Lo siento, ¿los estoy poniendo en una situación incómoda, chicos? —Musitó Damien irónico, dándole un par de palmadas al copiloto en su brazo—. Descuiden, sólo estoy jugando.

¿Era eso cierto?, quizás ni Damien mismo estaba del todo seguro.

Se sentó de regreso en su asiento, y se viró entonces hacia su ventanilla, dispuesto a dejar todo aquello por la paz (al menos de momento) y pensar en otra cosa. Sin embargo, lo que vio al otro lado de su ventana, lo dejó un tanto confundido. Había estado tan metido en sus dispositivos y propios pensamientos, que no había reparado en dónde se encontraban. Pero ahora se dio cuenta de que afuera del vehículo, no había nada… No edificios, calles o personas; sólo verdes terrenos boscosos, y la carretera.

¿Estaban afuera de la ciudad? ¿En qué momento había pasado? Y, lo más importante, ¿por qué habían hecho eso? Él mismo había dicho que fueran a dónde fuera, pero no creyó que ese par de tontos que lo acompañaban fueran a llevar dicha orden tan lejos.

—¿A dónde vamos? —cuestionó secamente, revelando sólo un poco de su latente enojo.

Damien notó como su repentina pregunta causaba que los dos hombres delante de él se sobresaltaran, como si los acabaran de asustar. Ambos miraron al frente y alrededor, como si igualmente les pareciera desconocido su propio paradero.

—Yo… —balbuceó perplejo el conductor—. Yo… no lo sé…

Y en verdad, no lo sabía; ninguno de los dos entendía en qué momento habían llegado a ese sitio. Sólo habían estado conduciendo en esa dirección de forma automática… como si alguien más controlara sus acciones sin que se dieran cuenta.

Cuando Damien estaba a punto de protestarles, los tres escucharon el sonido de las llantas de un vehículo acelerando y colocándose justo a su lado. Antes de que alguno pudiera reaccionar, la ventanilla del copiloto se abrió, y se asomó por ella el largo cañón de un rifle. El arma de fuego disparó al menos cinco veces a sus ruedas delanteras, haciéndolas explotar. El conductor perdió el control del vehículo, que serpenteó, se salió por la ruta, y luego rodó, volcándose y quedando con los neumáticos hacia arriba a un lado del camino.

— — — —

El vehículo de los atacantes se detuvo más adelante en la ruta, prácticamente obstruyendo ésta por completo. Sus tres ocupantes se bajaron apresurados, los tres con sus respectivos rifles en mano, y una maleta con otras armas más colgando de sus hombros. Mabel había logrado encaminarlos fácilmente hasta esa ruta solitaria a las afueras de la ciudad, introduciendo sutilmente el pensamiento en la mente de los guardaespaldas como un pequeño gusano. Nadie los molestaría, al menos en los siguientes minutos. Aun así, no podían arriesgarse; debían actuar rápido.

Los tres se aproximaron apresurados al carro volcado, justo cuando sus ocupantes comenzaban a intentar salir de éste. Se olía un fuerte olor a gasolina; posiblemente el tanque había comenzado a derramarse. El copiloto fue el primero en salir; tenía un fuerte golpe en la frente que le sangraba y manchaba la cara. Cuando apenas asomó un poco la cabeza desde atrás del vehículo, James alzó su arma, apuntó y disparó, todo en el mismo segundo. La bala le dio al guardaespaldas justo en el ojo izquierdo, abriéndose paso y saliendo por la parte trasera de su cabeza. El hombre cayó hacia atrás en la hierba, muerto en el instante.

El conductor, al percatarse de esto, decidió no salir del vehículo tan pronto. En su lugar, desenfundó su arma y desde su difícil posición intentó apuntarles y dispararles. Los atacantes se separaron, Hugo por un lado y James y Mabel por otro, para evitar ser alcanzados por algún disparo. Hugo se movió con maestría militar hacia el costado contrario de la camioneta. En cuanto divisó al hombre por ahí, éste también lo hizo con él. Ambos alzaron sus armas, se apuntaron y pusieron sus dedos en sus respectivos gatillos al mismo tiempo. Sin embargo, Hugo fue sólo una facción de segundo más rápido, y tres disparos se incrustaron seguidos en su objetivo, dos en su cara y uno más en su cuello. Su cuerpo se quedó ahí hecho un girón, con la sangre brotando de sus tres agujeros como una grotesca fuente.

Ni siquiera un poco de vapor surgió de alguno de los dos guardaespaldas.

Aquella había sido la parte sencilla; ahora seguía lo divertido.

—¡Sal con las manos en alto! —Espetó Hugo con fuerza, apuntando con su fusil hacia el vehículo—. Te lo advierto, no intentes nada raro.

James y Mabel se le unieron apuntando también al vehículo desde diferentes ángulos, cubriendo cualquier posible ruta de escape. Acercarse para intentar sacarlo sería demasiado peligroso, por lo que lo ideal sería que él saliera por su cuenta, creyendo de seguro que sólo se trataba de un intento de secuestro. Una vez afuera, James lo inmovilizaría, y Hugo le inyectaría el fármaco. Se suponía que actuaba rápido, en cuestión de un par de segundos, y entonces caería inconsciente.

Una vez que estuviera desmayado, lo cargarían, subirían a la camioneta y se alejarán de ese sitio a toda velocidad sin mirar atrás. Le estarían suministrando las otras dos inyecciones en el trascurso del camino mientras se dirigían al punto seguro que habían elegido, y ahí se encargarían de él como mejor sabían hacer. Aplicar la idea de Rose, de mantener a alguien tan poderoso vivo para extraerle vapor como la leche de una vaca, ni siquiera estuvo a discusión. Lo matarían y sacarían todo lo que tuviera adentro de una buena vez. La cantidad que le sacarían les bastaría para fortalecerlos, o incluso curarlos. Y una vez que tuvieran sus fuerzas recuperadas, quien seguía era la chica; la tal Abra.

Ese era su plan. Arriesgado, e incluso algo torpe para los estándares del Nudo Verdadero. Pero la desesperación y la falta de opciones los obligaba a hacerlo de esa forma. Y con cualquier otro individuo, quizás les hubiera funcionado; pero no con éste.

La puerta de un costado se abrió de golpe como si la hubieran pateado, y del interior surgió a gatas la figura del muchacho. Una vez afuera, se irguió por completo estirando un poco el cuerpo. Inclinó su cabeza hacia un lado y hacia el otro, y entonces miró fijamente a Hugo, que era el más cercano a él. El saco del chico se había roto de una manga, y su cabello estaba desarreglado. Sin embargo, fuera de eso, no tenía ni un sólo rasguño visible en ninguna parte de su cuerpo. Eso sorprendió bastante a Hugo, pues cuando disparó a la camioneta le pareció percatarse de que no llevaba cinturón de seguridad; de hecho, había temido que quizás hubiera resultado más malherido de lo planeado.

Pero el Cirujano no tuvo mucho tiempo para pensar en ello, pues de inmediato lo desconcertó aún más la forma en que lo miraba… y le sonreía.

—No saben el gran error que acaban de cometer, imbéciles —musitó el chico entre molesto y burlón, y comenzó entonces a caminar tranquilamente hacia Hugo, a pesar de que éste le apuntaba directo a la cara con su rifle. Hugo sintió de pronto un irracional terror a su aproximación, y su cuerpo reaccionó retrocediendo un poco aunque él no se lo ordenara.

—¡Sombra!, ¡ya! —Gritó con fuerza para llamar la atención de su compañero—. ¡Rápido!

De inmediato, James bajó su arma y enfocó toda su atención en su presa. Desde su perspectiva aquello era como si su mente se desprendiera y estirara hacia el muchacho, penetrando en su cabeza y presionando sus interiores entre sus manos. El chico pareció percibir esa intromisión, pues su rostro mostró una expresión de confusión. Luego se dobló un poco al frente como si algo le doliera y ahí se quedó, petrificado como estatua, con sus ojos brillosos viendo vacíos hacia el suelo.

Increíble, lo habían logrado.

Aunque aún no por completo.

—¡Inyéctalo! —Chilló Mabel en alto, haciendo que Hugo reaccionara. Rápidamente el Cirujano se colocó su rifle al hombro y esculcó en la maleta que cargaba. Se habían repartido las tres inyecciones entre ellos para que el primero que tuviera la oportunidad la aplicara, y el más cercano era Hugo. Tomó el estuche con la dosis, la sacó y se dispuso a aproximársele y encajarle la aguja en el cuello. Y estaba ya prácticamente en posición para hacerlo, cuando algo lo detuvo…

Un gruñido, seguido de un fuerte ladrido que resonó con potencia. Hugo giró sólo un poco su mirada hacia un lado, y ahí los vio: tres enormes perros, totalmente negros, con sus hocicos abiertos y babeantes, y sus ojos resplandeciendo con fiereza. Mabel también los vio, y no pudo evitar recordar la visión que había tenido el otro día a través de los ojos de aquella chica… y los perros que la acorralaron igual.

«No puede ser» Pensó atónita. «¿Qué son esos…?»

La pregunta ni siquiera se terminó de formular en su cabeza, cuando las tres fieras se lanzaron de golpe al mismo tiempo contra Hugo. El Verdadero retrocedió, alzó su rifle, apuntó con él, presionó el gatillo y… nada pasó.  

—¡¿Qué demonios?! —Exclamó Hugo confundido y asustado, intentando destrabar el arma, a pesar de que se suponía que era nueva y en perfecto estado, y además no parecía en realidad tener nada malo. Pero igual no tuvo mucha oportunidad de pensar o hacer algo, pues un instante después uno de los perros se lanzó directo a su brazo, clavando sus colmillos por completo en su piel—. ¡¡Aaaaaaah!! —Gritó lleno de dolor, e intentó zarandear su brazo para quitárselo de encima, pero la mandíbula del animal estaba completamente prensada a él.

Otro de los animales se lanzó hacia su pierna derecha, mordiéndola con la misma intensidad que su brazo. Su sangre chorreó por las mordidas, escurriendo por los hocicos de las dos fieras. Hugo soltó la jeringa, que cayó al suelo, y terminó además pisándola con su bota, rompiéndola. Sus piernas fallaron y terminó cayendo de espaldas al suelo.

—¡Hugo! —Exclamó Mabel horrorizada, y rápidamente corrió hacia él, rodeando la camioneta volcada.

—¡No!, espera… —intentó decirle James, pero su voz apenas y salió de su boca. Él también había visto ese brutal ataque, pero no lograba como tal procesarlo por completo pues toda su concentración, todo su ser estaba enfocado en aquel muchacho, pue sentía que si acaso se distraía un segundo, su efecto sencillamente se esfumaría.

Nunca le había pasado algo como eso antes. Normalmente bastaba sólo un poco de su concentración para inmovilizar a alguien, pero ese caso era diferente. Podía sentir como la mente de aquel chico luchaba, empujando sus manos mentales lejos de él, a pesar de toda la fuerza que él aplicaba. James comenzó a ceder poco a poco y a sentirse agotado. Algo de sangre comenzó a escurrir por su nariz, e incluso por su ojo izquierdo, debido al tremendo esfuerzo que estaba haciendo.

«Esto no está bien» se dijo a sí mismo, lamentándose. «Este chico no es sólo un vaporero poderoso… ¿Qué demonios es esto…?»

Para cuando Mabel arribó a donde Hugo se encontraba, el tercer perro se le había puesto encima de su torso y comenzó a morderle el cuello haciéndolo gemir presa del dolor y el miedo. Mabel se paró firme, y sintió que sus pies pisaban un charco en el suelo, y el olor a gasolina le impregnó la nariz. Alzó su rifle hacia adelante, apuntó con él a los perros y disparó. Esta vez la bala sí salió, y le dio directo al costado del que mordía a Hugo en el cuello. El animal chilló y se apartó tambaleante. Hizo lo mismo con los otros dos que reaccionaron de la misma forma.

Hugo se quedó en el suelo, respirando con agitación con su cara y ropas cubiertas de sangre. Mabel se le aproximó y como pudo lo tomó y lo jaló por el suelo, intentando alejarlo. Él no pronunció palabra alguna; parecía totalmente inconsciente de dónde se encontraba siquiera. Mientras lo arrastraba, pasaron inevitablemente por el charco de gasolina, impregnando sus pantalones.

Mientras todo eso ocurría, James no pudo sostenerse y cayó de rodillas al suelo, pero ni así se permitió menguar su concentración. Sentía como su cabeza palpitaba, y un dolor interno como si su cerebro quisiera empujarse al exterior a través de su cráneo. De pronto, sintió como si le dieran una fuerte patada en la cara. Su cuerpo se hizo hacia atrás, casi cayendo de espaldas al suelo. El sangrado de su nariz y ojo se volvió más intenso, y por un momento creyó que perdería su consciencia, pero logró a duras penas evitarlo, aunque todo le comenzó a dar vueltas.

Damien volvió a moverse en ese mismo momento. Poco a poco se fue irguiendo y se viró con seriedad hacia Mabel y Hugo. La primera se detuvo en su intento de huida en cuanto percibió sus fríos y profundos ojos mirándola. Ninguno pronunció nada por unos segundos, y entonces el chico comenzó a avanzar hacia ellos con suma tranquilidad. Mabel tuvo que soltar a Hugo en esos momentos y alzar de nuevo su rifle al frente, apuntándolo con él.

—¡No te acerques! —Le exigió con dureza, pero él avanzó un par de pasos más como si nada—. ¡Que no te acerques, dije!

El chico se detuvo en ese momento, y Mabel sintió un poco de alivio. Intentó decidirse rápidamente sobre qué debía hacer; ¿dispararle y acabar con eso de una buena vez?, ¿o seguir intentando alejarse con Hugo? O, incluso, ¿podría aspirar a aproximarse y ella misma usar la inyección que aún tenía?

De pronto, el chico volvió a moverse. Pero ahora no para avanzar, sino que se agachó hacia el rifle de Hugo, que había quedado en el suelo a sus pies.

—¡No te muevas! —Le ordenó Mabel con furia en su voz, pero él no hizo ningún caso—. ¡Qué no te muevas, bastardo!

Y sin dudarlo más jaló el gatillo, apuntándole directo a su brazo, pero ocurrió lo mismo que con Hugo: el arma se trabó, y nada salió de su cañón, por más que lo intentó. Damien terminó por tomar el rifle con una mano, lo levantó y lo estiró hacia el frente, apuntando directo a la cara de la Doncella. Ésta miró el frío cañón con espanto, y detrás de éste la amenazante mirada de quien sujetaba el arma. Un extraño e inusual pensamiento recorrió la mente de Mabel en ese momento, haciéndole meditar que quizás así era como ella solía ver a los paletos: como absolutas cosas sin el menor valor e importancia para ella, más que alimentarse de ellos. Eso significaba, sin embargo, que en realidad en esa ocasión la cazadora no era ella…

—Por favor… no… —susurró despacio con voz temblorosa, implorando como nunca pensó que sería capaz de hacer.

James se incorporó en ese momento, tambaleándose tanto que tuvo que sostenerse de la camioneta para no caer. Alzó su mirada hacia adelante, su visión borrosa y dispersa. Poco a poco se fue aclarando hasta que pudo divisar claramente la espantosa escena delante de él: ese chico apuntando a Mabel directo con uno de los rifles.

—¡No! —Gritó aterrado, y el sólo hecho de intentar volver a paralizarlo le provocó con intenso dolor en su cabeza que lo imposibilitó de hacer tal cosa. Aun así, eso no lo detuvo y en su lugar comenzó a correr hacia Mabel, rodeó lo más rápido que pudo la camioneta y en cuanto pudo se lanzó hacia ella, tacleándola para tirarla al suelo. Damien disparó tres veces en ese momento, y las balas cortaron el aire en punto justo donde hace unos momentos se encontraba el pecho de Mabel, siguieron de largo hasta atravesar el tanque de gasolina, provocando una pequeña chispa.

James se viró hacia atrás y pudo ver un primer flamazo de fuego producido por el impacto de las balas. Tomó fuertemente a Mabel e hizo que sus cuerpos rodaran hacia un lado, alejándose, y unos segundos después se produjo una fuerte explosión, y todo el vehículo y sus alrededores se cubrieron de llamas. James envolvió por completo a Mabel con su cuerpo para protegerla de cualquier daño.

Ambos se quedaron ahí quietos por unos segundos, antes de que James se animara a levantarse y voltear a ver hacia atrás. La estructura del vehículo estaba cubierta de llamas, y un denso y oscuro humo lo inundaba todo. De pronto, ambos vieron una silueta moviéndose entre las flamas, avanzando en su dirección con pasos lentos e imprecisos. Aquella silueta salió del fuego: una figura humanoide, cubierto de fuego de pies a cabeza, hasta el punto de que ninguno era capaz de divisar con claridad quién o qué era. Aun así, ambos lo supieron…

—Hu… go… —pronunció Mabel con un nudo en la garganta.

El cuerpo en llamas se dejó caer desplomado al frente, pero antes de que tocara el suelo, la figura se esfumó en el aire, dejando en su lugar sólo sus ropas, que quedaron incendiadas en el piso. Mabel se cubrió su boca, ahogando un grito de horror ante lo que acababa de ver. Qué espantosa forma de irse, ni siquiera teniendo la oportunidad de entrar en ciclo e irse en paz como Marty.

Pero no hubo tiempo de llorar y lamentarse, pues en ese mismo momento divisaron algo más. Damien salió caminando tranquilamente de detrás de la camioneta, y a su lado marchaban los tres perros negros, totalmente intactos y sin rastros de los disparos que Mabel les había hecho… si acaso eran los mismos. Pero lo peor era que él igualmente estaba indemne, sin ninguna quemadura o rastro de herida en él, a pesar de que se suponía había estado más cerca de la explosión que ellos.

¿Qué clase de monstruo era…?

Damien se paró a lado de las ropas quemadas de Hugo, y pasó su zapato por ellas, como si quisiera verificar que en efecto no había quedado ningún rastro de él ahí. Arqueó una ceja, un tanto perplejo al verificar que efectivamente así era.

—Qué interesante truco —señaló con una combinación de confusión y curiosidad.

Se viró entonces a verlos. James rápidamente se colocó delante de Mabel, protegiéndola con su cuerpo. Su cabeza le volvió a doler, y su vista se dividió, incapaz de enfocar con claridad. Mabel, por su lado, miraba temerosa por encima del hombro de su pareja.

Damien movió un poco su cabeza hacia el frente, y los perros por sí solos se dirigieron rápidamente hacia los Verdaderos. Pensaron que los atacarían como a Hugo, y James intentó proteger a Mabel. Sin embargo, los animales sólo se pusieron a su alrededor, gruñendo y salivando, como si conscientemente quisieran evitar que huyeran.

—Entonces, díganme —musitó Damien, parándose delante de ellos y mirándolos hacia abajo con prepotencia—. ¿Quién diablos son ustedes? Y, más importante, ¿cómo es que me encontraron exactamente?

James y Mabel guardaron silencio, sólo mirándolo con la mayor firmeza que les era posible.

—¿No? —sonrió Damien, divertido—. ¿No quieres hablar conmigo, grandote? —Extendió en ese momento el rifle que cargaba, pegando la punta del cañón contra la frente de James. Mabel se sobresaltó asustada, mientras que la Sombra intentó mantenerse inmutable, y sin desviar su mirada; no le daría el gusto de doblegarse. A Damien aquella actitud, más que molestarlo, le pareció interesante. Bajó en ese momento su rifle, y murmuró—: Quizás mis chicos te convenzan mejor…

Antes de que pudieran entender a qué se refería, el perro más cercano a James se lanzó hacia su brazo, mordiéndolo con fuerza y tumbándolo al suelo. La Sombra intentó quitárselo de encima con las pocas fuerzas que le quedaban, pero similar a como había ocurrido con Hugo el perro simplemente no cedía, y lo jalaba como si quisiera arrancarle el brazo.

—¡No! —Gritó Mabel aterrada, parándose rápidamente—, ¡no lo lastimes!, ¡no lo lastimes!, ¡por favor…! ¡Te lo diré!

Mabel comenzó a llorar descorazonada, con su voz desgarrándose. Damien alzó una mano, y el perro que mordía a Jame se detuvo, soltando su brazo y alejándose de él. James se aferró con fuerza a su brazo con su otra mano, intentando mitigar el dolor de la mordida. Mabel se agachó a su lado y lo rodeó con sus brazos, aferrándolo contra ella.

Los perros se apartaron unos centímetros, abriéndole paso a su aparente amo. Damien avanzó y se puso de cuclillas justo delante de ellos, mirándolos atentamente.

—¿Y bien? —Preguntó curioso, esperando que la Verdadera cumpliera su palabra.

—Mabel, no… —susurró James a como su dolor y debilidad le permitían, pero Mabel no le hizo caso. Ya no tenía caso ocultarse ni guardar secretos. James era lo único que le quedaba en ese mundo, y no lo perdería por nada.

—Yo fui, yo te sentí y te rastreé —pronunció la Doncella con desesperación.

—¿Me sentiste? —murmuró Damien, confundido—. ¿A qué rayos te refieres con eso?

—Es mi habilidad —sollozó Mabel—. Puedo sentir y rastrear a los paletos, especialmente a los que son como tú.

—¿Cómo yo?

La Doncella pasó sus manos por sus ojos para limpiar sus lágrimas, y entonces lograr alzar su rostro firme hacia él.

—Vaporeros… —susurró despacio y con desprecio. Aun así, una sonrisa de satisfacción adornó los labios del chico Thorn.

Damien extendió su mano hacia Mabel, que instintivamente se hizo hacia atrás, intentando alejarse de él. James alzó entonces la mano de su brazo herido, sujetando al muchacho fuertemente de su muñeca para igualmente evitar que se atreviera a tocar a su Mabel. Damien lo miró de reojo con desagrado, y entonces sin miramiento apretó su herida con su otra mano, hasta incluso hundir sus dedos en ella. James gimió de dolor, y lo soltó en ese mismo momento. Damien jaló su mano hacia un lado, y luego la dejó caer en contra del rostro de James, empujándolo hacia un lado para apartarlo del camino. El Verdadero cayó sobre su costado en la tierra, y dos peros lo rodearon, amenazándolo con sus hocicos muy cerca de su rostro.

Mabel saltó asustada, pero no pudo acercarse a James pues en ese momento Damien extendió su mano, con sus dedos manchados con la sangre de James, hacia ella para tomarla del rostro. Mabel intentó apartar su cara, pero igual él la tomó fuertemente y la obligó a que se girara hacia él y lo viera a los ojos. Sus mejillas se mancharon el rojo de la sangre de su pareja.

No entiendo ni una palabra de lo que dices —mencionó juguetón el muchacho—, pero suelo aprender rápido. Así que, cuéntame más sobre esa habilidad tuya…

Mientras tanto, James miraba impotente desde el suelo como aquel paleto se atrevía a tomar y hablarle a la persona que amaba de esa forma. Y dicha frustración y enojo que sentía en ese momento, lo acompañaría cada día que le siguió…

* * * *

Desde entonces habían tenido que estar a disposición de ese paleto, haciendo todo lo que les pedía. Su interés principal eran las habilidades de rastreo de Mabel, que había aprovechado durante esos meses para localizar a ciertos individuos de su interés; entre ellos Leena Klammer, Lily Sullivan, y Samara Morgan. Antes de ellas tres hubo un par más que no cumplieron las expectativas del chico Thorn, y que al final se los había entregado para que hicieran con ellos lo que mejor les pareciera; premios por un buen trabajo, como ese termo metálico que ahora reposaba delante de ellos sobre su mesa para comer.

Ese par de premios, y lo poco que habían logrado cazar por su cuenta, era lo que los había mantenido con vida y con sus síntomas controlados. Y claro, también agachar la cabeza y hacer lo que se les ordenaba.

Sólo una vez habían intentado alejarse y desaparecer, como el Nudo les había enseñado. Sin embargo, él los había encontrado con suma facilidad, y el castigo que habían recibido por tal osadía había sido indescriptible. Desde entonces, la idea no se les había vuelto a cruzar por la cabeza.

Todo aquello les resultaba humillante, por decirlo menos.

Y ahora Mabel tenía delante de ella un regalo, ese termo de la reserva de Rose; un último vestigio de lo que alguna vez fue su amado Nudo Verdadero. Pero venía de las manos de ese chico, ofreciéndoselos como carnada, o incluso como una burla, sabiendo lo mucho que les hacía falta…

—Al demonio… —pronunció la Doncella de golpe, y rápidamente tomó el recipiente, ante la mirada sorprendida de James. Mabel hizo girar la tapa, y una densa nube blanca se elevó desde el interior. Cerró la tapa de nuevo para que no se escapara más de lo necesario, y entonces cerró los ojos e inhaló profundamente todo por su nariz, hasta el último rastro.

En cuanto el vapor entró en su cuerpo, sintió una tremenda oleada de energía que la recorrió por completo. Se dobló hacia el frente, apoyando sus manos en la mesa, y miró fijamente hacia las cortinas de la ventana con patrones de girasoles. Sus ojos resplandecieron con aquel fulgor plateado deslumbrante. Sus uñas rasgaron la superficie de la mesa, y la presión de sus manos contra ésta fue tanta que la mesa terminó por romperse.

—¿Estás bien? —Preguntó James, un poco preocupado por su reacción.

Una ferviente sonrisa se dibujó en sus labios, al tiempo que el brillo de sus ojos se iba reduciendo poco a poco hasta volver a la normalidad.

—Mejor que bien —respondió con satisfacción, mirando sus propias manos, que no tenían ni una marca por lo que le había hecho a la mesa—. Es increíble, siento toda la fuerza volver a mi cuerpo. Hacía mucho que no probaba un vapor tan fuerte; ¿Rose tenía guardado algo como esto?

James la contempló en silencio, algo incierto. El primer termo que aquel chico le había dado, y que ya había consumido, igualmente era un buen vapor, pero no sobresaliente en comparación con otros que había probado. Ese, por otro lado, Mabel había consumido sólo un poco y parecía que le había dado bastante fuerza. ¿De quién sería ese vapor?

—Tienes que probarlo —señaló Mabel emocionada, tomando el termo y extendiéndoselo.

—No —respondió James, empujando el termo de regreso hacia ella—. Yo ya consumí el primero que me dio, éste es todo para ti. Por favor, tómalo.

Mabel sujetó el cilindro delante de ella y lo contempló en silencio. Como siempre él pensando sólo en ella. Pero si él estaba de acuerdo con eso, ella no le diría que no. Sin embargo, debía ser cuidadosa e irlo consumiendo sólo cuando se sintiera débil, pues no sabía cuándo volverían a tener un vapor tan bueno a su disposición otra vez. Aunque en ese momento, con toda la exaltación y energía que le había brindado, se sentía como si nunca más volvería a sentirse débil otra vez.

Alzó su mirada hacia su amado en esos momentos, y en toda su expresión se reflejaba una seguridad y un gozo notables, que James no había visto en mucho tiempo en ella. Pero había algo más. Pues, además de la fuerza y la energía, la Doncella sentía otro tipo de cosquilleo, uno agradable que le recorría el cuerpo entero.

—Estoy satisfecha por ahora —susurró despacio, colocando el termo sobre la mesa.

Se aproximó entonces hacia James, y lo tomó sutilmente de los hombros, empujándolo hacia abajo para que tomara asiento; éste no se resistió en lo absoluto, e hizo exactamente eso. Ella le sonrió de forma astuta, y tomó la falda de su vestido levantándola un poco, y se colocó cuidadosamente sobre él, hasta sentarse sobre sus piernas. De nuevo, él no hizo ningún intento de evitárselo.

Acercó su rostro al suyo, colocándolo tan cerca que las respiraciones de ambos se mezclaban en el escaso espacio que los separaba. Lo miró muy fijamente, y a James le pareció percibir aún un poco del fulgor plateado, danzando en lo más profundos de aquellos hermosos ojos color miel.

—Olvida lo que dije hace rato —susurró Mabel sobre los labios de la Sombra, mientras pasaba dulcemente sus dedos por su barba oscura—. Yo te prometo que algún día, tomaremos a ese  bastardo y devoraremos su vapor, hasta la última gota. Pero antes de que dé su último respiro, nos comeremos delante de él a esas tres paletas a las que tanto aprecio le tiene, degollándolas mientras aún es capaz de observar cómo lo hacemos.

Mientras hablaba, presionó aún más su delgado cuerpo en contra de él, y a mover su cadera en movimientos lentos contra la suya. James la observaba en silencio, totalmente ensimismado por sus ojos, por su voz, y por su dulce olor.

—Y luego —prosiguió—, la que seguirá será la tal Abra. Y con ella nos tomaremos todo el tiempo del mundo, para hacerla sufrir un dolor y un terror inimaginable para su pequeña cabecita. Y la exprimiremos hasta dejarla seca.

Una de sus manos bajo del rostro de James, pasando por su cuello, acariciando su musculoso pecho por encima de su camiseta, bajando luego por su abdomen tan bien formado, y continuando hasta posicionarse por completo sobre su pantalón, en donde fue más que evidente que su cercanía y sus movimientos habían tenido un efecto en él.

La sonrisa de Mabel se ensanchó.

—Pero, por ahora, lo importante es que estamos juntos… y vivos. Porque nosotros siempre perduramos…

Sin esperar ni un instante más, unió sus labios a los suyos, firmando de esa forma ese tan añorado beso que desde un inicio estuvo cargado del desbordante deseo que sentía. Aquello fue la entrada que James necesitó para no contenerse más. Sin espera le correspondió el beso y empezó a recorrer el cuerpo de su amada con sus manos. Realmente la había extrañado, y el tenerla ahí, sólo para él, era la única motivación que necesitaba para seguir adelante.

James se paró de su asiento, cargando Mabel sus glúteos, y ésta se aferró a su cadera, rodeándolo con sus piernas. Sin dejar de besarse ni un instante, James avanzó hacia la cama al fondo del remolque, donde la colocó suavemente. Tomó entonces su vestido y lo jaló con algo de desesperación hacia arriba para retirárselo, aunque tuvieran que romper su beso. James se quedó admirando unos instantes el sensual, y a la vez de apariencia frágil, cuerpo de su amada, que respiraba agitadamente y lo miraba con el rostro sonrosado y deseoso. Se sintió de nuevo intimidado, incapaz de moverse si ella no se lo permitía.

Mabel le sonrió con provocación, y entonces comenzó a retroceder por la cama, sin quitarle los ojos encima. Se colocó en el centro, y se recostó plácidamente en una posición tentadora en la que él podía apreciar por completo su figura, principalmente sus dos pechos redondos y firmes, que subían y bajaban al ritmo de su respiración, y sus dos largas piernas que tanta tentación provocaban en los sucios paletos de ese lugar.

—Ven aquí —le susurró con un hilo de voz, mientras se mordía con excitación su pulgar derecho. Y aquello era, de hecho, más una orden que una petición. Ella tenía ese efecto de dominación en él; siempre había sido así, y él lo sabía, pero lo aceptaba sin queja. Porque él era suyo; siempre lo había sido.

Sin espera, se retiró rápidamente su chaqueta y posteriormente su camiseta, dejando expuesto su firme y fornido torso. Se subió entonces a la cama, se colocó sobre ella, y volvió a besarla, con incluso más ansiedad y anhelo que antes. Y le hizo el amor todo el resto de la tarde, y todo lo que ella deseara que le hiciera, sin excepción.

— — — —

La noche llegó y los sorprendió aún en la cama, sin haber tomado ni un sólo momento de descanso. Mabel estaba maravillada. Se sentía tan llena y satisfecha en todo sentido. Por esas horas, no existía ese horrible lugar en el que tenían quedarse, ni el Nudo, y especialmente no existía Damien Thorn. Sólo estaban ella y James, y nadie más…. O eso creyó.

Cuando ya habían tenido suficiente, al menos de momento, ambos se arrimaron el uno al otro, envueltos en las sábanas blancas. Mabel reposó su rostro en el amplio pecho de James, y pegó por completo su cuerpo desnudo contra su costado, mientras él la rodeaba con uno de sus fuertes brazos. Y ambos cayeron presas del sueño en esa posición, cansados pero a su vez felices. Un momento de felicidad e intimidad en esa horrible situación que estaban viviendo, era justo lo que les hacía falta.

Un sonido lejano llegó a los oídos de Mabel, pero al inicio se mezcló con su propia inconsciencia. Sin embargo, poco a poco se fue volviendo más claro, y a la vez la fue sacando del profundo sueño. Sus ojos se abrieron, encontrándose con la oscuridad del camper, salvo por un poco de luz de luna que entraba por una pequeña separación de las cortinas. Pero había algo más.

Alzó perezosamente su rostro, se viró hacia un lado viendo la hora en el reloj digital (eran apenas las 10:23 de la noche), y luego hacia el frente de la cama. Y ahí, envuelto entre las sombras, vio una figura, de pie y, al parecer, mirándolos.

Mabel se sobresaltó, sentándose rápidamente, cubriéndose el cuerpo con la sabana. James, a su lado, parecía aun plácidamente dormido.

—¡¿Quién está ahí?! —Pronunció con fuerza—. Sal de aquí ahora, o…

—A esto te has reducido, querida Mabel —escuchó de pronto que una voz suave susurraba desde las sombras, y al oírla Mabel simplemente quedó paralizada de la impresión—. De ser la orgullosa y poderosa depredadora de estas patéticas criaturas, a ser una perrita obediente, esperando a que tu nuevo amo te dé unas palmaditas y algo de comer.

La silueta avanzó lentamente, hasta pararse justo a un lado de ella. Mientras más se acercaba, Mabel más reconocía su figura. Y cuando inclinó su cuerpo hacia ella, la poca luz que entraba por la cortina le tocó el rostro, y ahí Mabel pudo reconocerla con absoluta seguridad.

—Rose… —masculló Mabel incrédula, con su voz casi temblando.

Esos ojos, ese hermoso y perfecto rostro, esos cabellos oscuros, e incluso ese característico sombrero decorando su cabeza… Ese ser que la observaba en las sombras era Rose la Chistera, la Rose que ella tanto conoció y admiró… y a la que traicionó…

Pero no era posible, no había forma de que ella estuviera ahí. Rose estaba…

De pronto, como queriendo darle a entender que en verdad estaba ahí, aquella visión la tomó fuertemente de su cabello, jalándola hacia ella. Mabel soltó un quejido dolor, y miró asustada a los cariñosos ojos de su antigua líder, pero que ahora la miraban con un vehemente y profundo odio.

—¿Y por esto me diste la espalda? —pronunció Rose con reclamo—. ¿Por esto me abandonaste? ¡¿Por esto me dejaste morir?!

—Yo no quería hacerlo…

—¿No querías? —susurró Rose con tono burlón—. ¿Te obligaron?, ¿tuviste que hacerlo por amor? ¿Qué excusa te dices cada día para justificarte y poder cogerte sin remordimiento a este cobarde? —Estiró entonces su rostro en dirección a James, que seguía recostado y quieto en su sitio—.  Tú que una vez fuiste de mis favoritas, a la que le di todo por el enorme potencial que tenías. ¿Cómo pudiste hacerme esto?

—Lo siento —susurró Mabel entre pequeños sollozos de dolor y miedo—. Yo estoy intentando vengarme de todos nuestros enemigos, lo juro…

—Hablas de venganza, pero ambas sabemos que eres demasiado cobarde para siquiera intentarlo. Si hubieras muerto con nosotros, al menos lo habrías hecho con dignidad y honor, sucia rata. A la escoria traidora como tú sólo le espera un destino…

Sin soltarla de su cabello, Rose alzó su otra mano en el aire, con la clara intención de dejarla caer como una fuerte bofetada hacia ella.

—¡No! —Gritó Mabel aterrada, alzando sus brazos al frente en un intento de protegerse— ¡Por favor no!, ¡Rose!

Esos gritos al fin hicieron eco en los oídos de James, y éste se despertó rápidamente, alterado. Vio la figura de Mabel sentada a su lado, con sus brazos alzados como protegiéndose de un enemigo. Sin embargo, no había nadie más ahí.

—¡Mabel! —Exclamó con fuerza y rápidamente se le aproximó, tomándola de los hombros y agitándola un poco—. ¿Estás bien?, ¿qué pasó?

Mabel saltó asustada, y volteó hacia atrás con sus ojos cubiertos de lágrimas. Bajó sus brazos y miró de nuevo al frente. Ella tampoco vio a nadie más ahí. Rose ya no estaba. Alzó su mano temblorosa a su cabeza, al sitio en donde la había tomado el pelo, como esperando encontrarse con su mano aún posicionada ahí. No había nada. Se había ido, y sin dejar algún indicio de que hubiera estado ahí en primer lugar.

—¿Mabel? —Repitió James.

—Sí, sí… —Respondió apresurada, y comenzó a tallarse sus ojos—. Lo siento, sólo fue una pesadilla.

—¿Estás segura? —Cuestionó James.

—Por supuesto, sí. Vuelve a dormir.

Poco a poco la voz de Mabel fue recuperando la seguridad de antes. Lo tomó de los hombros y lo obligó a volver a recostarse, y él así lo hizo. Ella se colocó a su lado apoyando el rostro sobre su hombro y una mano sobre su pecho. James le recorrió su espalda con sus dedos en un intento de relajarla. Pero, al menos por esa noche, le sería imposible.

FIN DEL CAPÍTULO 77

Notas del Autor:

Después de tener unas semanas en pausa la historia, les traigo este nuevo capítulo con el que cerramos este pequeño arco enfocado en James y Mabel, dos personajes originales de esta historia, aunque obviamente inspirados en los Verdaderos de Doctor Sueño. Pudimos ver quiénes son, cuál era su historia, y un vistazo a cómo ocurrieron algunos acontecimientos de Doctor Sueño en esta línea temporal. Como comenté en algún momento, no pude como tal profundizar demasiado en la historia de Doctor Sueño pues hubiera tomado demasiado tiempo y esfuerzo, y decidí mejor enfocarme en ellos dos que era lo que se tenía que mostrar, y sólo explicar de Doctor Sueño lo que se necesite. Espero haya sido lo más claro posible para aquellos que no han leído la novela. Igual si tienen oportunidad se las recomiendo, mucha de la inspiración de este fanfic vino precisamente de esa novela.

Además de conocer la historia de James y Mabel, estos flashback cómo pudieron ver sirven de complemento a los acontecimientos de los Capítulos 28, 29 y 30, que describen el primer encuentro de Damien y Abra. Nos muestra además como Damien conoció a James y Mabel y porque ellos trabajan para él en estos momentos, así como el medio que Damien utilizó para conocer y dar con Esther, Lily y Samara. Esto último si lo considero necesario podríamos ampliarlo más adelante, pero de momento creo que quedaría así.

Por último, sé que hemos tenido muchos flashbacks últimamente, con todos los capítulos dedicados a Ann, luego estos dedicados a James y Mabel… Y me gustaría decir que ya no habrá más por ahora, pero me temo que al menos por un par de capítulo más tendremos otro flashback, pero ahora enfocado en otro personaje. ¿En quién? En el siguiente capítulo lo sabrán.

Por lo pronto, muchas gracias a todos por el apoyo que le han dado a esta historia hasta ahora. ¿Podremos llegar pronto al Capítulo 100?, ¿qué pasará en dicho momento? ¡Ni yo lo sé (o más o menos sí. Lo que pasa es que muchas veces lo capítulos terminan siendo más largos de lo esperado)! Así  que veamos cómo continúa esto.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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