Original El Club de las Ánimas – Capítulo 08. Todos me conocen como Nachito

19 de septiembre del 2020
El Club de las Ánimas - Capítulo 08. Todos me conocen como Nachito

El Club de las Ánimas

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 08
Todos me conocen como Nachito

Tal y como lo acordaron la noche anterior, Lloro acompañó a Eulalia en su viaje a la ciudad que le tocaba visitar ese día. Llegaron a su destino unas horas antes que de costumbre, pues Eulalia quería que pasearan un rato por las calles cuando aún hubiera luz de sol. Esto era con el fin de que Lloro pudiera ver de cerca a los vivos y su comportamiento diario, y entender mejor la forma correcta de comportarse con ellos, más allá de gritarles en la cara y asustarlos de muerte con sus desgarradores llantos.

La joven enfermera solía convivir con los vivos en los hospitales que visitaba, y ese acercamiento más directo y tranquilo le había ayudado a realizar su labor de mejor manera. Por ello, estaba convencida de que un enfoque parecido le ayudaría a La Llorona a cambiar sus métodos.

Sin embargo, el resultado final de dicho experimento no fue precisamente el que La Planchada esperaba.

En cuanto las dos espectros comenzaron a andar por la banqueta de una avenida principal de aquella ciudad, lo que las recibió fue un festín de ruidos, ajetreos, gritos, montones de olores desconocidos… Y sí, muchos vivos; enojados y estresados, corriendo de un lado a otro, empujándose y gritándose entre ellos.

—¡Está en rojo, p&#$?*o! —gritó con fuerza una mujer a bordo de un pick—up rojo, asomando su cabeza por la ventanilla, justo después del doloroso rechinido de sus llantas contra el asfalto al tener que frenar en seco y así evitar chocar.

—¡C°#$?a a tu madre, p&%a! —respondió el hombre del sedán azul que se alejaba en la otra calle, sacando su mano por la ventana con el dedo medio extendido.

Una molesta sinfonía de cláxones furiosos resonaron en ese momento por toda la avenida, y poco a poco los vehículos comenzaron a moverse como empujados por el lento flujo de un río.

Eulalia miró todo aquello pasmada, y un poco asustada.

Mientras caminaban a luz del día, efectivamente eran casi por completo invisibles para los vivos. Algunos de ellos quizás llegaran a percibir una sensación fría cuando pasaban cerca de ellos, o incluso podrían llegar a escuchar sus voces como susurros lejanos. Pero en general, si no ponían la suficiente atención, ninguno notaría jamás su presencia. Y todos estaban tan metidos en sus propias cosas, que difícilmente alguno ponía aunque fuera un poco de atención a su alrededor.

—¿La calles siempre han estado así de sucias? —Cuestionó Eulalia de pronto intentando no sonar tan asqueada, pues al bajar su mirada se había encontrado con varios pedazos de papel, recipientes y manchas de comida en el concreto—. Creo que de noche no lo había notado…

Lloro estaba igualmente bastante incómoda y cohibida por el ambiente tan pesado. Desde hace rato había comenzado a caminar muy pegada a Eulalia, como si temiera por un momento que la fuera a dejar sola en ese lugar que, a sus ojos, se sentía tan agresivo.

—¡Fíjate por dónde vas! —Exclamó un hombre justo a la diestra de ambas cuando una mujer pasó corriendo a su lado, casi empujándolo a un lado para abrirse camino. Ésta siguió de largo sin prestarle atención.

—Creo que hacía mucho que yo tampoco paseaba por las calles de día —señaló Eulalia, un tanto perpleja pero procurando sonreír despreocupada—, casi siempre estoy dentro de mis hospitales. Supongo que los tiempos actuales son algo estresantes para las personas vivas, y muchas veces no saben cómo lidiar con ello…

Acababa de terminar su oración, cuando justo delante de ellas un chico que corría sin mirar chocó de frente con un hombre robusto que cargaba un gran pastel en sus manos. El impacto fue tan grande que el muchacho cayó al suelo, el pastel se escapó de las manos del hombre y le cayó encima al chico en el piso, embarrándolo casi por completo.

—¡Pero mira lo que hiciste, chamaco estúpido! —le gritó furioso el hombre, con su rostro enrojecido y sus ojos casi saltándose de su lugar.

—¡Usted se puso en mi camino, viejo! —le respondió igual de molesto el joven, parándose mientras se limpiaba los restos de pastel en su ropa.

Ambos comenzaron a gritarse cada vez más alto, y con palabras más fuertes (e incluso a empujarse mutuamente), pero Eulalia y Lloro siguieron de largo con rapidez.

—O tal vez elegimos un mal día —suspiró Eulalia—. ¿Hoy es lunes, de casualidad?

Eso no era ni de cerca el tipo de cosas que Eulalia esperaba mostrarle a Lloro en su pequeña excursión. ¿Siempre era así ahí afuera?, le era difícil creerlo. Quizás sólo en efecto habían elegido un mal día… o alguien les estaba jugando una broma pesada.

Como fuera, debía pensar en algo antes de que su acompañante terminara asustándose por todo ello.

—Quizás debamos ir al hospital —propuso Eulalia de pronto—, ahí todo es más… callado y limpio, al menos.

Lloro se detuvo de pronto en ese momento, tomando un poco por sorpresa a la enfermera.

—¿Y si vamos ahí? —Propuso Lloro repentinamente, señalando en una dirección específica.

Eulalia se detuvo también y volteó hacia donde Lloro señalaba. Lo que se divisaba a lo lejos era una barda blanca y larga, con unas puertas grandes y un arco alto de piedra blanca, con columnas gruesas y unas letras doradas justo encima de las puertas. Al primer vistazo no lo identificó bien, pero al segundo Eulalia reconoció de qué se trataba: la entrada principal de un panteón.

—¿Quieres ir ahí? —Cuestionó La Planchada, vacilante—. No lo sé, eso es un…

Un intenso impacto resonó a sus espaldas justo en ese momento, haciendo que Eulalia saltara. Al virarse, ambas vieron a dos vehículos que habían chocado en la esquina más cercana a ellas, uno de lleno contra el costado de otro. Los puntos de impacto habían quedado en muy feo estado, pero los ocupantes se veían bien. Tan bien que a cómo les fue posible se bajaron furiosos de sus vehículos para encararse.

—¡¿Qué le pasa, señor?! —Gritó furioso uno de ellos, aproximándose al otro involucrado—. ¡Mire lo que hizo!

—¡¿Yo?! —Respondió el otro, incluso más furioso aún—. ¡¿A qué velocidad ibas p&#$?*o?!

Los autos chocaron prácticamente a la mitad de la intersección, y vehículos de todas direcciones estaban parados, sonando sus cláxones y comenzado a gritar también. Las cosas parecían a punto de ponerse violentas…

—Sí, está bien, vamos —pronunció Eulalia rápidamente, empujando a su acompañante hacia el mencionado panteón sin espera—. Sólo un rato…

Aquel panteón, como casi todos los otros sitios similares a éste, era muy silencioso y tranquilo. Las tumbas decoradas con cruces, ángeles y lápidas ceremoniales, flanqueaban cada costado del camino principal. Había muy pocos vivos en las cercanías, y en general no se oían muchos sonidos más allá del movimiento de las ramas de los árboles colocados estratégicamente entre las tumbas.

El contraste con las calles de afuera era significativo, y resultó reconfortante para las dos espectros, incluso para Eulalia. Ella en realidad no había estado en un lugar como ese desde… desde que estaba viva, ¿quizás? Debía ser así, pues en sus más de ochenta años de no-vida, no recordaba haber tenido nunca que visitar un cementerio, y ciertamente se sentía un poco extraño hacerlo. Como la mayoría de los no-vivos, tampoco recordaba todo de su vida (aunque sí recordaba aspectos importantes que otros no), pero aun así estaba convencida de que no era la misma sensación que le habría provocado visitar un sitio así estando viva.

—Aquí es mucho más tranquilo y cómodo —susurró Lloro, suspirando aliviada mientras ambas avanzaban entre las lápidas, apenas echándole un ojo rápido a lo que algunas decían.

—Es natural, es un cementerio —le respondió Eulalia, sonriendo—. Hay pocos vivos por aquí, y los que están prefieren guardar silencio. Y te recuerdo que la intención de esta salida era precisamente que observaras a personas vivas.

—Lo sé, pero quizás pueda conocer a algún no-vivo interesante aquí, ¿no crees?

—Lo veo difícil —dijo Eulalia, encogiéndose de hombros—. A diferencia de lo que se cree, en los cementerios no hay muchos no-vivos. Sólo aquellos que se sienten más cómodos en sitios silenciosos como éste y vienen a pasear un rato; como nosotras en este momento. Pero normalmente no es…

—¡Oigan!, ¡ustedes dos! —Escucharon de pronto como alguien gritaba con fuerza, y sintieron de inmediato que, a diferencia de todos los gritos que escucharon antes en la calle, esos iban directamente dirigidos a ellas dos.

Eulalia y Lloro se detuvieron y se voltearon al mismo tiempo en la misma dirección, y divisaron rápidamente a quién, aparentemente, les gritaba. Sentado sobre la cruz de granito de una tumba cercana, se encontraba quien claramente era un no-vivo, pero no precisamente como ellas. Aquella persona parecía ser un niño, de cabellos castaños oscuros, piel pálida grisácea, y usaba un trajecito de saco negro y pantalones cortos cafés, con una gran corbata de moño negro adornando su cuello. El niño las miraba fijamente con una expresión bastante dura para estar en los ojos de un niño.

Aquella repentina aparición ciertamente las desconcertó a ambas.

—¿Qué hacen aquí?, ¿eh? —les preguntó el niño con un tono agresivo—. Más les vale no estar tramando nada raro, o se las verán conmigo, ¿oyeron?

Aquello en verdad parecía una amenaza…

Eulalia no esperaba realmente encontrarse con otro no-vivo ahí, y mucho menos a un niño.

—Bueno, parece que me equivoqué —declaró La Planchada, mirando a Lloro y encogiéndose de hombros.

El niño se bajó en ese momento de un salto de la cruz de la tumba, plantando sus dos pies en tierra, y entonces se colocó sobre su cabeza una boina negra que sujetaba en su mano izquierda. Eulalia se viró entonces de regreso a él, alzando una mano a modo de saludo.

—Hola, buenas tardes. Disculpa la intromisión. Yo soy Eulalia, y ella…

Antes de que la enfermera terminara con la presentación, Lloro comenzó a avanzar apresuradamente hacia  el niño, tomando por sorpresa tanto a éste como a la propia Eulalia.

—Hola, pequeño —exclamó Lloro con un tono armonioso, casi cantando, que Eulalia no le había escuchado pronunciar en el tiempo que llevaba de conocerla. La Llorona se arrodilló justo enfrente del pequeño no-vivo, observándolo fijamente con una larga sonrisa de oreja a oreja—. ¿Cómo estás? ¿Dónde están tus padres? ¿Estás perdido?

La cercanía y actitud de la mujer claramente incomodaron al chico, que rápidamente dio un paso hacia atrás, alzando sus brazos al frente de forma protectora.

—Mis padres murieron hace muchísimo tiempo, señora —le respondió de forma cortante—. ¡Y no soy un pequeño! Me llamo Ignacio, pero todos me conocen como Nachito. Y soy un poderoso espíritu de más de cien años…

—Claro que sí, chiquito —pronunció Lloro con tono aún más dulce que el anterior, alzando sus manos hacia él para tomar su rostro, mientras éste la miraba atónito—, claro que lo eres. Eres tan adorable que podría pellizcarte estas mejillas…

—¡No! —Gritó el niño, presentado como Nachito, y rápidamente apartó las manos de la mujer y retrocedió aún más para alejarse de ella—. ¡¿Y a usted qué es lo que le pasa?!

—Lo siento —se disculpó Eulalia rápidamente, y se aproximó entonces hacia Lloro, tomándola de sus hombros para que no intentara acercársele de nuevo—. Es que… tiene ciertos instintos maternales que necesita controlar…

O eso suponía ella, pues realmente era la primera vez que la veía comportarse de esa forma.

De todas formas, esa ambigua explicación no pareció ser suficiente para calmar la molestia del muchacho.

—¡Pues que lo haga en otro lado! —lanzó Nachito bastante molesto—. Y les advierto, que si están aquí con alguna mala intención…

Su aparente amenaza fue cortada cuando su atención fue atraída hacia otro punto. A lo lejos en otro camino del cementerio, un grupo de vehículos comenzó a avanzar lentamente, siendo guiados por uno más oscuro y alargado; una carrosa fúnebre. Los miembros de aquella caravana avanzaron hasta perderse detrás de algunas lápidas y árboles.

—Ya es hora —susurró para sí mismo. Se acomodó entonces su boina y comenzó a correr entre las tumbas en la dirección del cortejo fúnebre—. Cuando vuelva ya no las quiero ver por aquí, ¿oyeron? —les gritó alto mientras se alejaba.

Eulalia y Lloro se quedaron quietas en su sitio. Y tras unos minutos, su pequeña figura se perdió de sus vistas.

—Qué niño tan lindo —musitó Lloro bastante feliz, al parecer sin darse cuenta del efecto que había tenido su actitud en el muchacho.

Eulalia seguía sorprendida por verla comportarse de esa forma; era un gran contraste a la actitud tranquila, afligida y poco expresiva que solía caracterizarla, al menos en lo que ella había visto en ese tiempo que llevaban juntas. De seguro sólo era capaz de comportarse de esa forma con los niños no-vivos. ¿Sería debido a lo mucho que extrañaba a sus propios hijos?

Pero dejando eso de lado, le confundía también un poco la presencia de aquel niño en ese sitio… comenzando por el hecho de que, efectivamente, era un niño no-vivo.

—¿A dónde habrá ido con tanta prisa? —Musitó Eulalia, contemplando en la dirección que se había ido el muchacho—. ¿Y por qué nos habrá  preguntado si tramábamos algo raro?

Lloro se incorporó de nuevo, viendo también pensativa hacia el mismo lado. ¿Qué estaría haciendo aquel pequeñín?

CONTINUARÁ…

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El Club de las Ánimas. Lloro es uno de los fantasmas más famosos del mundo, pero siempre se ha mantenido sola y alejada de las personas, tanto vivas como muertas. Pero eso cambia cuando conoce a Eulalia, el simpático fantasma de una enfermera que dedica su no-vida a ayudar a la gente, y que hará lo posible para que Lloro logre hacer amigos, y encuentre además un nuevo propósito en su muerte.

+ Historia y Arte © Eliacim Dávila

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