Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 11. Príncipes, Princesas y Villanos

12 de septiembre del 2020

Mi Final Feliz... - Capítulo 11. Príncipes, Princesas y Villanos

Once Upon a Time / Descendants
Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

Capítulo 11
Príncipes, Princesas y Villanos

Los príncipes presentes en aquel museo aún eran ignorantes del grupo tan peculiar que estaba por acercárseles. De momento su atención seguía puesta la Reina de las Hadas, o al menos la de dos de ellos lo estaba.

—Vamos a saludar a Jane antes de que se vaya, ¿te parece? —Le propuso Ben a Emma cuando el Hada Azul y su escolta estaban ya emprendiendo la retirada. La princesa de Florian sólo asintió, y ambos comenzaron a abrirse paso entre las personas para acercársele.

—¡Esperen! —Exclamó Audrey detrás de ellos con apuro, y comenzó rápido a intentar seguirlos, dejando a Chad un poco detrás.

—Oye, yo no quiero hablar con hadas —refunfuñó Chad molesto, aunque al final no le quedó otra que seguir a su grupo, principalmente porque no quería quedarse sólo entre la multitud.

El esfuerzo fue un poco arduo, pero al final los próximos reyes de Auradon pudieron interceptar la fila de Hadas justo antes de que salieran de la sala.

—¡Jane! —Gritó Ben con fuerza para que lo oyera, y al parecer resultó.

El Hada Azul, que iba al frente de la fila, se detuvo en seco, provocando que aquella que iba detrás de ella se tuviera que detener también, y la que seguía, y la que seguía, haciendo que al menos cinco de ellas chocaran entre sí, y una cayera de sentón al suelo. Algunas risas se hicieron notar entre la multitud al ver aquello, provocando que las mejillas de las hadas se ruborizaran de la pena; excepto las del Hada Azul, pues ella no se dio cuenta en el momento del caos que había provocado. Su mirada se había fijado en el chico que acababa de gritar su (inusual para un Hada) nombre de pila.

Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios rosados, y sus ojos se llenaron de una singular luz que definitivamente no tenía consigo mientras daba su discurso.

—¡Ben!, ¡Emma! —Exclamó alegre la Reina de las Hadas, y rápidamente le sacó la vuelta a sus acompañantes, que la miraron entre molestas y sorprendidas, para poder acercarse a los chicos reales.

Ben se paró firme delante de ella, e hizo una profunda reverencia inclinando su torso al frente.

—Bienvenida a Auradon, maje… —intentó pronunciar Ben con solemnidad, pero fue incapaz de concluir sus palabras pues el Hada Azul casi hizo caso omiso de su saludo y se fue directo a Emma, dándole un fuerte abrazo que tomó totalmente desprevenida a la joven princesa.

—¡Estoy tan feliz de verlos! —Pronunció Jane, tan contenta que casi daba saltitos en su lugar—. Me alegré tanto cuando me enteré que su compromiso ya era un hecho.

—Gracias… —pronunció Emma con tanto perpleja aún, y sólo le respondió su abrazo dándole un par de palmadas sobre su espalda—. Pero supongo que a ti no te tomó por sorpresa.

—¡Oh! —Exclamó Jane como si le hubieran hecho cosquillas. Se separó de Emma y se cubrió sus labios con sus manos, como si intentara amortiguar una risa—. No saben qué tantas veces les quise hablar de la profecía de mi madre. Pero eran tan jóvenes, y quería ver que tan bien progresaba todo sin intervención alguna. Y mírense ahora; cómo han crecido. Y tienen el destino de sus reinos… no, ¡de todos los reinos!, en sus hermosas manos…

Jane estaba tan entusiasmada y ensimismada en sus propias emociones, que no era consciente de lo mucho que sus palabras estaban incomodando a los dos jóvenes delante de ella. Ambos se miraron de reojo el uno al otro, y supieron bien que el mismo pensamiento cruzaba por la mente del otro sin necesidad de que lo dijeran.

—Gracias —respondió Ben cortésmente, asintiendo con su cabeza—. Nuestros padres también están muy contentos por esto.

—Los míos casi no han hablado de otra cosa —añadió Emma poco después, sólo un poco menos cortes que Ben.

—Enserio —exclamó Jane con la misma emoción de antes—. Estoy tan contenta que…

—Hada Azul —escuchó de pronto que pronunciaban a sus espaldas, y al girarse a ver sobre su hombro, Jane se encontró de frente con las miradas de las otras hadas, con marcadas expresiones de enojo en ellas. Al darse cuenta de que los príncipes también las veían, las diez rápidamente intentaron reparar su estado, volviendo a sonreír ampliamente como antes (en curiosa sincronía)—. ¿No cree que ya es hora de irnos? Rápido… Ahora…

A pesar de que sonreían, sus tonos no sonaban corteses, ni siquiera como los de Ben y Emma.

Por su parte, la alegría que se había desbordado en el rostro de Jane se apaciguó significativamente, tomando un semblante mucho más serio y, de cierta forma, melancólico.

—Sí, lo siento —se disculpó la joven hada con sus hermanas. Se viró entonces hacia los príncipes una vez más, volviéndoles a sonreír aunque con bastante menor brío—. Me alegró mucho de volver a verlos, chicos. Espero ansiosa su presentación en el baile de mañana.

—Gracias por recordárnoslo —murmuró Emma con un tono de molestia, pero intentando disimularlo.

Jane les ofreció una reverencia mucho más modesta, y ambos príncipes se la devolvieron de la misma forma. El Hada Azul se reunió de nuevo con su sequito, y una vez más en fila comenzaron a caminar hacia la salida hasta perderse poco a poco de sus vistas.

—Pobre Jane —murmuró Ben con algo de preocupación mientras la veía partir.

—No es divertido ser la reina, sin duda —añadió Emma con el mismo sentir.

Las Hadas no solían asistir seguido a ese tipo de festividades. Sin embargo, las veces que lo hacían siempre había sido un poco confuso para los príncipes y princesas de los Siete Reinos el cómo tratar a Jane. Ella era en la práctica ya una Reina, además de que fácil les doblaba la edad a todos ellos. Pero su apariencia, y sobre todo su forma de ser, la hacían parecer sin lugar a duda una chica de su misma edad. Y de hecho, cuando empezaron a rondar los quince o dieciséis años, la nueva Hada Azul parecía buscar alguna forma de hablar con ellos, quizás incluso de pasar el tiempo en su compañía por encima de con el resto de los reyes. Pero ni siquiera Ben o Emma tenían claro si aquello era correcto. De todas formas, siempre habían intentado ser corteses y amigables con ella, incluso llamarla por su nombre para más cordialidad; esto parecía agradarle.

—Qué grosera —exclamó Chad de pronto, notoriamente molesto—, ni siquiera nos saludó.

—Por mí mejor —resopló Audrey, al parecer aliviada—. Mientras menos tenga que convivir con las Hadas, será mejor.

—¿No fue tu madre criada por tres hadas, Audrey? —Le cuestionó Emma de forma seca, virándose hacia ella.

—Pero yo no, gracias al cielo —le respondió Audrey con dureza, y comenzó entonces a andar en dirección al pedestal de la dichosa varita, la cual Ben de seguro aún quería ver de cerca. El grupo comenzó a seguirla por mera inercia—. De hecho es probable que ellas tres estén por aquí junto con la comitiva del Hada Azul. Son lindas, pero se toman demasiadas confianzas indebidas. Sin mencionar el hecho obvio de que son hadas…

El grupo no avanzó muchos pasos antes de que la voz de Cora se hiciera notar entre la multitud.

—Princesa Audrey, espere por favor —pronunció la mujer mayor con fuerza. La aludida princesa se sobresaltó un poco, y se viró en dirección a dónde había oído pronunciar su nombre, y sus acompañantes hicieron lo mismo. Cora se paró delante de ella con una radiante sonrisa en su nuevo rostro. Tomó su vestido con ambas manos y le hizo una profunda reverencia bajando su cuerpo lo más posible—. Es todo un honor conocerla en persona, majestad. Soy la Duquesa de Hearts, del Reino de Hendrieth.

—¿Duquesa de Hearts? —murmuró Audrey, un tanto aturdida. En su cabeza parecía estar recorriendo la lista de nobles que había en su reino,  pero al parecer sin dar con el paradero de dichas tierras que mencionaba—. Lo siento, no creo haber oído de usted.

—No se preocupe, majestad —asintió sonriente la Maga Negra disfrazada—. Somos pequeños, pero no por eso insignificantes.

Audrey asintió, al parecer satisfecha con la explicación; no tenía en realidad motivo aparente para dudar de su palabra.

—Disculpe que la moleste —prosiguió Cora—, sólo quería…

En ese momento se giró hacia los chicos que se le aproximaban a sus espaldas, tomando de pronto a Evie y Carlos para colocarlos justo delante de ella. Los dos chicos parecían un tanto confundidos por el cambio tan repentino, y a la vez intimidados por de un abrir y  cerrar de ojos estar de pie delante de cuatro príncipes que los contemplaban directamente con curiosidad.

—…presentarle a mis nietos, Evie y Carlos. —Cora colocó sus manos sobre los hombros de ambos, lo que provocó una incómoda sensación de amenaza en el joven Conde de Feinberg. Al menos había pronunciado bien su nombre esa vez.

—Es un placer, majestad… majestades —balbuceó Carlos, inclinando su cuerpo al frente como señal de respeto.

—Es un honor, mis príncipes —le secundó Evie, ya un poco más calmada, y sonriéndoles ampliamente, en especial a los dos apuestos príncipes.

—Igualmente —les respondió Audrey con un ademán de su cabeza, pero sin mucho interés en realidad. Por el contrario, Ben dio un paso al frente para darles la bienvenida de una forma más calurosa a su reino.

—Estamos encantados de tenerlos aquí —señaló el joven príncipe, acercándose primero a Cora para tomar su mano y darle un pequeño beso en ella. La mujer lo permitió sin mucho problema—. Yo soy Benjamín, príncipe de Auradon. —Comentó justo después, dirigiéndose ahora a Evie para estrecharle y besarle también su mano.

—Yo sé quién es usted, majestad —musitó Evie, contemplando al joven príncipe con expresión soñada. Incluso se quedó con su mano alzada en la misma posición aún después de que se la hubiera besado, como congelada en el tiempo. Ben sólo le sonrió con gentileza y se dirigió entonces hacia Carlos.

—No vas a besarme la mano también, ¿o sí, viejo? —Exclamó el joven Conde, apartando un poco las manos. Ben rio divertido.

—No si no quieres —bromeó y entonces estrechó su mano en un firme apretón.

—Así está mejor —asintió el joven de cabellos blancos, al parecer algo aliviado.

—Yo soy Jay —pronunció de pronto el chico corpulento de traje de sirviente, rodeando el cuello de Carlos con bastante confianza y extendiendo su mano libre hacia Ben—. De seguro ya has oído hablar de mí, ¿o no?

Este acto causó un pequeño sobresalto en Cora e Evie, e incluso en Carlos al sentirse incómodo por tal acercamiento. Ben, por su lado, sólo volvió a reír.

—No he tenido el gusto aún, Jay —le respondió con entusiasmo, estrechando también su mano, aunque aparentemente con algo más de fuerza para intentar igualar la que Jay había aplicado.

—Buen apretón, Príncipe —señaló Jay con auténtica admiración—. ¿Cómo ejercitas esa mano, eh?

—Combate con espada y tiro al arco. El tuyo tampoco está nada mal.

Ambos se soltaron, y todavía después Jay se tomó la libertad de darle un par de palmadas en su brazo al joven monarca.

—Pero cuánta confianza se toma la servidumbre en estos días —susurró Chad despacio con tono molesto.

—Es que Ben es… muy amable —respondió Audrey, igualmente inconforme—. A veces demasiado…

Una vez que terminó de saludar a Jay, Ben se disponía a volver con sus compañeros, cuando sus ojos se posaron sutilmente en una quinta persona, parada un poco por detrás de Jay y Carlos, pero lo suficientemente cerca como para indicar que en efecto venía con ellos. Parecía algo molesta. Estaba de pie con sus brazos cruzados, mirando hacia otra dirección, y sus cabellos morados quebrados cayendo sobre sus hombros por debajo de su cofia. Al inicio pareció no darse cuenta de que la miraba, pero unos segundos después se giró en su dirección y sus centellantes ojos verdes se fijaron en él, y los suyos en ella.

Mal no se sintió precisamente incómoda, sino… en realidad, no sabría cómo describirlo. Quizás sólo “extraña.” Fueron sólo un par de segundos, pero para ella se sintieron como más que eso.

—Mal —murmuró Evie, intentando llamar la atención de su amiga—. ¿No vas a saludar al príncipe Ben?

Mal miró de reojo a Evie y Cora, luego observó una vez más a Ben, y posteriormente se volvió de nuevo a la misma dirección que miraba originalmente, cruzando aún más los brazos, tomando una posición claramente defensiva.

—No es necesario que lo haga, majestad —murmuró de mala gana y cortante—. Sólo soy una sirvienta, ¿ve? —Extendió en ese momento sus manos hacia abajo para señalar su propio vestido.

—Nada de eso —señaló Ben con un tono serio que sorprendió un poco a la joven de ojos verdes. Se aproximó entonces hacia ella con paso firme, parándose delante y extendiéndole su mano, ofreciéndosela. Mal la contempló unos momentos como si acaso no supiera qué se suponía que debía de hacer exactamente. Él la aguardó, paciente.

—No seas grosera, niña —le murmuró Cora, con un ligero rastro de amenaza no muy disimulado en sus voz.

Mal frunció un poco su ceño, y extendió entonces su mano hacia el frente, colocándola sobre la que el príncipe le ofrecía. Ben se inclinó hacia ella, pegando sus labios al dorso expuesto de su mano y dándole un pequeño beso.

Aquello causó sus respectivas reacciones de asombro, por no decir de espantó, en Audrey y Chad, mientras que en el caso de Emma pareció más intrigada que otra cosa.

Por su parte, en cuanto percibió la sensación de aquel roce en su piel, Mal apartó su mano rápidamente por mero reflejo, pegando su mano hacia su pecho como si quisiera protegerla de algún peligro. Casi parecía que le hubiera quemado o dolido, pero… en realidad había sido una sensación muy diferente. Ben pareció percibir su reacción como si quizás la había ofendido, así que retrocedió con cuidado, agachando su cabeza como disculpa. Por algún motivo, a Mal le preocupó que él pensara tal cosa.

Ejem —escucharon de pronto un carraspeó cerca de ellos, haciendo que tanto Mal como Ben saltaran como si los hubieran sorprendido en una travesura. Al virarse, Ben se encontró de frente con el rostro de Emma, que lo miraba con una curiosa sonrisa burlona—. ¿Todo bien, Ben?

—Sí, sí, claro… —Murmuró Ben casi tartamudeando—. Ah, sí… Ella es mi… mi… —extendió su mano hacia Emma con la intención de presentarla pero las palabras parecían no salirle.

—¿Prometida? —susurró Emma, casi como si estuviera a punto de soltarse riendo.

—¡Prometida! —Exclamó Ben con más fuerza de la debida, notándose avergonzado por ello—. Eso, gracias…

La chica de cabellos rubios ya no pudo evitar más soltar una pequeña risilla. Colocó además su mano sobre el hombre de Ben, dándole un par de palmadas. Le parecía realmente divertido ver al siempre confiado y centrado Ben perdiendo la compostura de esa forma para variar.

—Soy Emma, Princesa de Florian —se presentó a sí misma, haciendo una pequeña reverencia a todo el grupo—. Es un placer conocerlos a todos, y bienvenidos a Auradon…

Al recorrer su vista por todos ellos, se detuvo unos momentos al llegar a la jovencita que la Duquesa había presentado como Evie, pues notó que ésta la miraba fijamente de una forma que le apreció… bastante agresiva. Antes de que pudiera reaccionar o decir algo más, la joven de cabello azul pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo, por lo que su rostro rápidamente cambió a uno mucho más neutral.

—También es un placer, princesa —susurró Evie sonriendo, tomando su vestido y ofreciéndole igualmente su pequeña reverencia. Sin embargo, a pesar de su sonrisa, en su voz Emma sintió todo menos alegría—. He oído mucho sobre usted. Me alegra al fin conocerla en persona…

—Sí, lo veo —susurró Emma sarcástica, sin darse cuenta de lo que estaba siendo.

El aire se volvió bastante tenso de pronto, y sobre todo incómodo.

—Creo que es hora de irnos, ¿no crees, Ben? —murmuró Chad de pronto, rompiendo el silencio.

—Sí, será lo mejor —respondió Ben rápidamente. Sin embargo, se viró una última vez hacia la Duquesa y sus acompañantes—. Bueno, espero que disfruten su estancia en nuestro reino. Apropósito, mañana por la mañana tendremos una pequeña reunión de jóvenes líderes en los jardines del palacio, para que todos convivamos un poco antes del baile de inauguración en la noche. Nada complicado, sólo un poco de Croquet, té… muy casual. Será la primera de una serie de actividades de convivencia planeadas para los días del Festival. Nos encantaría que nos acompañaran.

Chad y Audrey, de nuevo, reaccionaron algo alarmados.

—Ben, cariño —susurró Audrey y se le aproximó por un lado, susurrándole entre dientes—: ¿No eran esas reuniones un poco exclusivas y para pocas personas?

—De seguro podremos hacerles un espacio —señaló Ben despreocupado—. Son nietos de una Duquesa de tu reino, después de todo.

—Sí, Audrey —secundó Emma—. Sé más educada con tu pueblo.

La princesa de Hendrieth miró de reojo con molestia a Emma, que sólo le sonrió de forma indiferente. Se viró hacia Chad en busca de algo de apoyo, pero éste sólo se encogió de hombros, al parecer no muy dispuesto contradecir Ben y Emma por un motivo como ese. Al verse acorralada, no le quedó más que aceptar.

—Claro, por supuesto —susurró esbozando la sonrisa más sincera que le fue posible, mientras miraba a Carlos e Evie—. Me encantaría que nos acompañaran…

—Ah… —balbuceó Carlos dudoso, volteando a ver a Evie, en busca de alguna pista sobre qué debía responder.

—Yo no creo que… —susurró Evie, vacilando un poco pues tampoco tenía claro qué debían hacer.

Sin embargo, para bien o para mal, Cora intervino en ese momento.

—Estarán felices de asistir, majestades —comentó la mujer del vestido rojo, colocando gentilmente sus manos sobre los hombros de sus supuestos nietos—. Gracias por su gentileza.

Carlos e Evie miraron desconcertados a su supuesta abuela, pero no dijeron nada para contradecirla.

—Grandioso —exclamó Ben con optimismo—. Entonces nos vemos mañana… —En ese momento Audrey lo tomó del brazo y comenzó a jalarlo para alejarlo de una buena vez—. ¡Disfruten de la exhibición!

Y los cuatro se viraron hacia la salida y se alejaron de sus vistas rápidamente.

—Entiendo que saludaras a la Duquesa y a su nieta —comentó Audrey con seriedad mientras seguía jalando a Ben por el pasillo—, ¿pero tenías que besarle su mano también a su sirvienta?

—¿Tiene eso algo de malo? —Cuestionó Ben intentando reflejar tranquilidad.

—Para mí no…. Pero tal vez Emma quiera opinar algo al respecto.

—No, en realidad no —respondió la Princesa de Florian, aún con expresión divertida y burlona en su rostro, la cual hizo que el rostro de Ben se ruborizara.

—Por favor, ¿podemos ya ir a otro sitio? —Exclamó Chad con fastidio—. Si me quedo un segundo más aquí caeré dormido en una esquina.

Todos parecieron estar de acuerdo con la propuesta, y se dirigieron apremiantes hacia la calle. La mente de Ben estaba tan ocupada con otras cosas, que sólo hasta que ya estuvieron bastante lejos recordaría que en realidad no había podido ver de cerca la varita antes de retirarse.

— — — —

Una vez que estuvieron solos, los “invasores” escondidos pudieron relajarse un poco del temor de ser descubiertos… al menos de momento.

Evie, se viró hacia sus compañeros lentamente con sus labios esbozando aún esa gélida sonrisa. Pero cuando ya estuvo totalmente volteada hacia ellos, dicha sonrisa se esfumó, y su rostro tomó un aire mucho, mucho más molesto.

—La odio —susurró despacio la joven de cabellos azules.

—¿A quién? —Preguntó Jay, un poco perdido.

—A esa… princesita presumida, que de seguro ni siquiera es rubia natural.

—Si apenas y cruzaste media palabra con ella —añadió Carlos, con la misma sensación de confusión de Jay—. A mí me pareció agradable.

—Pues no me importa —respondió Evie con una inusual dureza en ella—. Debe ser una experta en escudarse en su cara de niña buena para salirse con la suya en todo, igual que su madre. Ellas dos le arrebataron todo a mi madre, y ahora se pasea por aquí regodeándose como si fuera la reina del lugar.

—Bueno, es una princesa y se va a casar con el Príncipe de Auradon —señaló Carlos—, así que técnicamente dentro de poco será literalmente la reina del lugar…

Evie volteó a verlo con molestia, y esta repentina actitud asertiva en ella lo hizo por primera vez sentirse intimidado por la Princesa Malvada… Bueno, la segunda si contaban esa vez en el bosque con la ballesta y la bola de fuego.

—Al menos intentó o fingió ser amable —añadió Mal poco después, secundando el repudio de Evie—. Pero a como esa estirada de la princesa de Hendrieth nos veía, parecía que iba a pedirle a los guaridas en cualquier momento que nos sacaran a patadas de aquí sólo por hablarle. ¿Y oyeron como hablaba con orgullo de la espada de su padre y de que la tenían sobre su chimenea? Maldita… calabaza petulante.

—¿Calabaza? —pronunció Jay mofándose, pero ella no le prestó atención.

—Apuesto que no sería tan engreída si le arreglara ese feo cabello que tiene con un poco de calor…

Mal miró fijamente en la dirección a la que se habían ido. Alzó en ese momento su mano derecha a la altura de su pecho y frotó un poco sus dedos. Algunas chispas verdosas saltaron de sus puntas como pequeños destellos. Cora entonces la tomó abruptamente de su muñeca con fuerza, jalándola de forma violenta hacia un rincón.

—¿Te has vuelto loca? —Susurró molesta la mujer mayor, encarándola.

—No iba a hacerlo enserio… —intentó defenderse Mal, pero Cora no le dio oportunidad de hablar.

—No interesa. No vuelvas a tener el poco sentido común de usar tu magia en público otra vez, ¿entendiste, mocosa?

Mal frunció el ceño molesta, y entonces agitó con fuerza su mano, soltándose de la de Cora.

—Entendido, anciana —le respondió de una forma condescendiente que hizo enojar aún más a la mujer, pero ésta decidió dejarlo pasar de momento.

—Eso también va para ti —comentó Cora justo después, señalando a su nieta—. No me importa qué clase de enemistadas piensas que existe entre tú y la princesa de Florian, no volverás a tratarla cómo lo hiciste. ¿Está claro? De ahora en adelante, cada vez que la veas la tratarás con admiración y respeto.

—Pero abuela —masculló Evie—, esa chica es la hija de Blanca Nieves, ella…

Cora se aproximó rápidamente hacia ella tomándola fuertemente de su rostro hasta apachurrar sus mejillas con sus dedos, y mirándola severamente a los ojos.

—Y te lo repito, no me importa. Ya habrá tiempo para venganzas, después de que cumplamos nuestra misión. Hasta entonces, actuarás ante ella como si quisieras besarle los pies y se su mejor amiga.  ¿Está claro? —repitió con un tono autoritario que no dejaba cabida a otra respuesta que no fuera “sí”, misma que Evie ofreció asintiendo con su cabeza. Cora la soltó justo después, e Evie se frotó sus mejillas adoloridas por aquel apretón.

La mujer de rojo se giró entonces hacia Jay y Carlos, que se sobresaltaron al sentirse en su mira.

—¿Y ustedes?, ¿tienen alguna otra queja que compartir?

Jay y Carlos se miraron entre ellos vacilantes.

—Yo… —balbuceó Carlos—. Sólo quisiera saber, ¿por qué dijo que iríamos a esa boba reunión que mencionaron? Creí que la misión sería pasar desapercibidos mientras encontramos la forma de robar la varita —señaló entonces al pedestal donde flotaba la (supuesta) varita mágica del Hada Azul.

—Que Evie y tú asistan a esa reunión y convivan con los príncipes, es precisamente parte de esa misión —explicó Cora aparentemente más tranquila. Carlos e Evie se miraron ente ellos, confundidos—. Los elegí a ambos para que se hicieran pasar por los nietos de una Duquesa precisamente porque sabrán cómo engañar a esos chiquillos y ganarse su confianza.

—Nunca me quejaría de ponerme un vestido bonito e ir tomar el té con la realeza, abuela —comentó Evie—. Pero estoy de acuerdo con Carlos. ¿No sería eso… exponernos demasiado?

—¿Nunca han oído sobre tener a tus enemigos cerca? —Comentó Cora con un tono astuto, pero las caras perplejas de los cuatro jóvenes le indicó que muy probablemente en efecto no lo habían oído. Cora resopló, algo resignada—. Aunque no lo crean, no estoy improvisando aquí; todo lo que estamos haciendo está detalladamente pensado.

—Lo sabemos, Abuela —afirmó Evie, aunque el resto no la apoyó en su declaración—. Sólo creo que nos serviría saber un poco más sobre lo que tenemos que hacer con los príncipes, para así poder hacerlo bien. ¿Quieres que enamoré a uno de ellos para convertirme en su reina? Porque si es eso, yo estoy más que preparada para…

Cora alzó una mano delante del rostro de Evie, indicándole que callara de inmediato, y la chica de cabellos azules así lo hizo. Cora bajó de nuevo su mano y respiró hondo.

—Si tanto quieren saberlo, la verdad es que hice mi propia investigación antes de que siquiera llegáramos aquí —les indicó fríamente, mientras avanzaban hacia un punto menos concurrido de la sala—. Fuentes confiables me indicaron que la varita no pasará las noches aquí en la Galería. Al cerrarse la exhibición, las hadas la moverán a una ubicación secreta que el Rey Adam les proporcionó, y la regresarán al día siguiente antes de que abran las puertas del museo.

—¿Qué fuentes le dijeron eso exactamente? —Cuestionó Mal, escéptica.

—¿Y para qué tomarse tantas molestias si tienen su hechizo impenetrable o lo que sea? —Añadió Jay justo después.

Cora se encogió de hombros.

—Les dije que eran recelosas con sus cosas, y  sobre todo desconfiadas de los humanos en general, por más lindas que se vean. Como sea, lo que mis fuentes no saben es cuál será ese lugar secreto, y parece que sólo las hadas y la realeza de Auradon lo saben. Cuando tengamos nuestro método para romper el hechizo protector, necesitaremos descubrir donde esconden la varita en las noches. Y como dije, las Hadas son totalmente desconfiadas por naturaleza, así que su misión es hacerse amigos de los Principitos y las Princesitas, y ver si alguno sabe qué lugar es ese.

—¿Enserio? —Exclamó Mal, mucho más escéptica que antes—. ¿Realmente cree que alguno se los dirá sólo por qué sí? Si descubren quienes son…

—No lo harán —se apresuró Evie a señalar rápidamente—. Puedes confiar en nosotros dos, abuela. Nos haremos sus mejores amigos.

—¿Enserio? —Cuestionó Carlos, bastante desconfiado.

A Mal aquel plan no le agradaba en lo más mínimo. Le parecía demasiado arriesgado, sin la garantía real de que alguno de los príncipes supiera el lugar que buscaban. ¿Realmente valía la pena exponerse así?, ¿no habría alguna otra forma?

—Y mientras ellos juegan a tomar el té con los estirados —musitó Jay, alzando una mano para llamar la atención de Cora, y luego usándola para señalarse a sí mismo y a Mal—, ¿nosotros dos qué haremos?

Cora sonrió, y entonces dio unos pasos, alejándose un poco de la multitud en torno a la varita, hacia otra vitrina de exhibición.

—Ustedes se encargarán de otra importante pieza que necesitamos para cumplir nuestro cometido —explicó Cora, señalando con su mirada hacia el objeto principal exhibido en la vitrina, un objeto que de hecho los cuatro ya habían visto anteriormente.

—¿La espada? —Cuestionó Mal sorprendida al posar sus ojos de nuevo en la infame espada del Rey Philip; la espada que mató a Maléfica.

—Toda una reliquia de la historia —señaló Cora, contemplando aquella arma envuelta en negrura—. Y necesito que ustedes dos la roben. —Aquella afirmación dejó atónita a la joven de ojos verdes—. Ustedes tienen experiencia en eso, ¿no?

—Oiga, yo estafaba personas, no les robaba —respondió Mal un poco a la defensiva.

—Ese no es un gran argumento —señaló Carlos, casi burlón.

Cora prosiguió con su explicación:

—La espada no tiene ningún hechizo protector y pasa la noche aquí mismo. Sin embargo, la complicación es que el robo debe de ser totalmente discreto. Nadie debe de darse cuenta de que la espada no está, al menos no pronto.

—¿Y cómo se supone que haremos eso? —Inquirió Jay, confundido.

—Ese es su problema —les respondió la mujer de rojo, encogiéndose de hombros—. Así que vayan pensando en algo.

—¿Y para qué necesitamos la espada? —inquirió Mal, asertiva—. Creí que sólo ocupábamos la varita.

Cora suspiró con cansancio, y se talló sus ojos con sus dedos en una pose un tanto melodramática.

—Dejen ya de hacer preguntas estúpidas y hagan lo que les digo por una vez —masculló la Maga Negra. Señaló entonces a Evie y Carlos—. Ustedes los príncipes y la ubicación de la varita durante las noches. —Se viró entonces a Mal y Jay también señalándolos—. Y ustedes robar la espada discretamente sin que nadie se dé cuenta. ¿Hay alguna duda de lo que les acabo de decir?

Los cuatro se miraron entre ellos, y casi al mismo tiempo abrieron sus bocas con la intención de decir algo, pero Cora los ignoró por completo, dándose media vuelta y comenzando caminar.

—Excelente. Nos vemos en un par de días.

—¿Un par de días? —Exclamaron Jay, Carlos y Mal al mismo tiempo. Evie simplemente tardó un poco más en reaccionar.

—Pero, ¿a dónde vas, abuela? —Cuestionó la joven de cabellos azules con preocupación, apresurándose para alcanzarla.

—Yo también tengo mi propia misión —le indicó la mujer mayor sin detenerse—. Puedo confiar en que se pueden encargar solos de esto sin que tenga que estar respirándoles en la nuca, ¿verdad? —Se detuvo entonces y los volteó a ver sobre su hombro con prepotencia en su mirada—. ¿O necesitan que los lleve de la mano como niños pequeños?

—No, no, por supuesto que no —respondió Evie rápidamente, agitando sus manos delante de ella—. Yo me encargaré de que todo salga bien, abuela. Descuida.

—¿Tú? —Cuestionó Jay, no muy convencido.

—Me alegra escuchar eso, querida —comentó Cora, extendiendo su mano para darle un par de caricias en su mejilla a su nieta, las cuales la hicieron sonreír con júbilo—. Bien, cuídense y pórtense bien… o no.

Teniendo según ella todo concluido, Cora se dio media vuelta con la intención de irse de una vez. Sin embargo, para uno de los chicos no todo estaba dicho.

—Oiga, espere un minuto —masculló Mal con fuerza; quizás demasiada fuerza—. Usted aún me debe algo.

—¿Qué cosa? —Masculló Cora con fastidio.

—Me dijo que si venía con usted podría reunirme con mi madre, ¿lo recuerda? Pero hasta ahora no me ha dicho nada sobre cómo eso podrá ser posible.

—¡¿Qué cosa?! —Exclamó Carlos, casi aterrado por tal afirmación—. ¿Reunirte con Maléfica? Pero si ella está… muerta… ¿o no?

Nadie le respondió su duda, aunque ciertamente eso era lo que todos ahí tenían entendido, incluso la propia Mal. Pero aquella mujer había lanzado su promesa con bastante seguridad cuando se conocieron, y no iba a permitir que se olvidara cumplírsela.

Cora y Mal se miraban mutuamente con bastante intensidad en sus ojos. Aquel tenso momento se alargó por un rato, hasta que por fin Cora rompió el silencio.

—¿No te acabo de pedir acaso que robes esa espada? —le indicó la Maga Negra con seriedad, extendiendo una mano hacia la vitrina que estaban viendo hace un momento.

Mal se sobresaltó extrañada por tal afirmación. Se viró entonces lentamente de regreso hacia la vitrina, y hacia aquella maldita arma que tanto orgullo le había dado a la princesita de Hendrieth.

—¿La espada? —susurró Mal despacio—. ¿La espada tiene que ver con eso?

—Te diré esto, querida —expresó Cora, con confidencia—. Obtenme esa espada, y te aseguro que más pronto de lo que crees… verás a tu madre…

Aquellas palabras resonaron en la cabeza de Mal como un fuerte eco. No sabía qué se traía entre manos esa mujer, ni qué de todo lo que decía podía tomarse enserio y qué no. Pero Mal elegía creer en que todo aquello era con el fin de alcanzar su propósito, de por fin obtener las respuestas que quería… y mucho más. Ya había llegado lo suficientemente lejos como para ponerse a cuestionar sus opciones.

Cuando al parecer Mal ya estuvo conforme con su explicación, Cora continuó su partida.

—Nos vemos después —pronunció por último antes de girarse y comenzar a andar. Poco a poco su figura se fue perdiendo entre la multitud, hasta que ninguno de ellos la vio más.

Los cuatro se quedaron ahí de pie, mirando en la misma dirección en silencio, cada uno pensando en algo diferente, y quizás intentando digerirlo a todo su ritmo. Porque hasta hace unos días ninguno de ellos se conocía, pero ahora… al parecer les tocaba trabajar juntos, como una pequeña pandilla.

—¿Y bien? —Masculló Jay luego de pasado el tiempo debido de silencio—. ¿Ahora qué, Jefa?

Aquel comentario, un tanto sarcástico, iba dirigido a Evie, que estaba de pie delante de todos, sonriendo y mirando aún en dirección a donde su abuela se había ido. La Princesa Malvada guardó silencio unos momentos, luego respiró profundamente y pronunció con toda la confianza que tenía en su cuerpo:

—No tengo idea…

Sus tres compañeros soltaron un largo quejido de preocupación.

—Todos vamos a morir aquí… —masculló Carlos con pesimismo, y ninguno de los otros lo contradijo en realidad.

FIN DEL CAPÍTULO 11

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ «Once Upon a Time» © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ «Descendants» © Disney Channel, The Walt Disney Company.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Deja un comentario