Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 10. La Varita de Ébanos

7 de septiembre del 2020

Mi Final Feliz... - Capítulo 10. La Varita de Ébanos

Once Upon a Time / Descendants
Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

Capítulo 10
La Varita de Ébanos

A pesar de la sonrisa que siempre llevaba consigo, y el optimismo que intentaba transmitir a su alrededor, lo cierto es que esa mañana la Reina Belle se había levantado con un marcado cansancio acumulado. Le dolía un poco el cuello y los pies, y lo que más deseaba era quedarse unos minutos más en la cama; o mejor todo el día, mientras leía uno de los libros de su lista que para ese momento ya iba bastante atrasada. Pero aquello no era una opción. En contra de lo que muchos pudieran pensar, los Reyes y las Reinas no pueden darse ese lujo, principalmente (aunque sonara contradictorio) en días de fiesta.

El que Auradon fuera el reino anfitrión del Festival ese año ya sería por sí solo suficiente trabajo para tenerla estresada. Pero encima era una fecha especial, el Aniversario 20, y las expectativas de las personas eran altas. Y además lo peor era que, dadas las circunstancias, le tocaba a ella encargarse de todo ella sola… 

Bien, quizás decir eso sería un poco injusto. Cogsworth, Lumiere, la señora Potts, y el resto de los consejeros y sirvientes la habían estado apoyando majestuosamente; si no fuera por ellos de seguro nada de eso habría sido posible. Pero de todas formas se sentía bastante difícil tener que hacer su papel de Reina y anfitriona ella sola… sin su esposo a su lado. 

Cada uno de los reyes le había preguntado por él al llegar (incluidos Aurora y Philip que habían llegado esa misma mañana), y a todos tuvo que decirles que simplemente se sentía indispuesto, con la mayor naturalidad y despreocupación que le era posible fingir. Dicha respuesta no era del todo mentira, pero sí una verdad bastante a medias, pues no podía decirle a ninguno por completo lo que pasaba.

Belle sentía miedo y preocupación por su amado Adam. Desde que comenzó a ocurrir aquello (de nuevo), se retiró y se encerró en esa oscura y solitaria habitación del Ala Oeste, siendo Lumiere y ella misma los únicos que lo atendían. Y esa mañana, luego de recibir a Aurora y Philip e instalarlos en sus habitaciones, su siguiente acción fue dirigirse a esa misma habitación que tantos buenos y malos recuerdos le traía por igual.

El pasillo estaba oscuro y silencioso, y sus pasos contra la polvorienta alfombra resonaban en el eco. Belle había tenido que ir con su propio candelabro en mano para poder alumbrarse por esos sitios. Las puertas estaban fuertemente cerradas, y en su parte exterior las marcas diagonales de unas garras cruzaban la madera de un lado a otro. Belle, sin titubear ni un poco, llamó a la puerta con sus nudillos, haciendo que aquel sonido retumbara también.

—¿Adam?, ¿estás despierto? —murmuró despacio, pegando su oído a la madera para intentar escuchar, pero no logró percibir nada. Pero sabía que estaba ahí; no había estado en ningún otro sitio desde hace semanas—. Por favor, Adam, déjame entrar.

De nuevo silencio.

A veces no los dejaba entrar ni a Lumiere ni a ella, y se pasaba todo el día solo ahí adentro. El sólo imaginarlo de esa forma le rompía el corazón, pero su esposo era un terco cabeza dura difícil de hacer cambiar de opinión; siempre lo había sido. Así que muchas veces sólo quedaba respetar su decisión, por más que no le pareciera.

Belle suspiró resignada y se dispuso a retirarse, cuando entonces escuchó la voz grave y fría desde el interior pronunciar: 

—¿Vienes sola?

La reina de Auradon se detuvo en seco al oír aquello, y se giró de nuevo sobre sus pies de regreso a la puerta.

—Sí, sólo soy yo —pronunció apresurada.

Belle aguardó unos segundos, hasta que escuchó los cerrojos del otro lado de la puerta abriéndose uno por uno.

—Pasa —le indicó la misma voz mientras se alejaba.

La reina no perdió tiempo y rápidamente abrió la puerta sólo un poco y se introdujo grácilmente al interior del cuarto, cerrando detrás de sí.

Todas las cortinas estaban corridas, por lo que el cuarto estaba casi en completas penumbras a excepción de algunas velas esparcidas por diferentes puntos y que alumbraban todo con un fulgor anaranjado. Entre ese juego de luces y sombras, logró distinguir la enorme e imponente figura de la persona que había ido a ver, que avanzaba de regreso a su silla. Sus enormes pies hacían retumbar el suelo, y su respiración resonaba con fuerza en aquel silencio. La figura de aquel ser se dejó caer sobre su silla, haciéndola crujir, y quedando casi ocultó por completo en la oscuridad.

Belle dejó cuidadosamente su candelabro sobre un mueble a lado de la puerta, y entonces avanzó lentamente hacia él. No era que le tuviera miedo en realidad, sino más bien deseaba no perturbarlo más de lo necesario. 

—¿Cómo estás? —le preguntó con gentileza, mas él no le respondió de la misma forma.

—¿Cómo crees que estoy? —espetó secamente. Sus ojos azules y agresivos brillaron con el fulgor de las velas—. Claramente ha empeorado.

—El Hada Azul ya está aquí junto con su corte —le indicó Belle, aproximándose con algo más de confianza hacia él—. Como prometió ha traído la varita con ella. En cuanto pueda haré que venga a verte; ella sabrá qué hacer…

—¡¿Y si no?! —Soltó de golpe como un gruñido, alzándose rápidamente de su silla, volviendo a revelar su enorme estatura y complexión. Por un segundo Belle tuvo el reflejo de retroceder, pero se mantuvo firme, sosteniéndole su mirada.

El ser delante de ella no le era en lo absoluto desconocido. Hace más de veinte años atrás lo había conocido, y era justamente como lo recordaba: grande y corpulento, con su cuerpo cubierto por completo de pelaje castaño oscuro con enormes garras y colmillos, e incluso dos cuernos que sobresalían de la parte superior de su cabeza. Pero entre toda aquella apariencia que a cualquier otro hubiera aterrorizado (y ciertamente lo hizo en más de una ocasión), se encontraban esos hermoso ojos azules, tan brillantes, profundos y, sobre todo, humanos.

Ese era su amado Adam, al que había conocido hace mucho tiempo como la solitaria Bestia de ese castillo.

Adam respiraba agitadamente, pero poco a poco se fue calmando al notar la forma en que ella lo miraba, y al ser consciente de cómo le acababa de gritar.

—Lo siento —pronunció avergonzado desviando su mirada hacia otro lado para no verla—. Me es difícil controlar mi ira en estos momentos… En verdad esperaba nunca volver a tener que pasar por esto.

—Vencimos esto una vez, y lo haremos de nuevo —pronunció Belle con absoluta confianza, y entonces se le aproximó sin miedo, tomando una de sus manos (una enorme garra de uñas afiladas como cuchillos)—. Te lo prometo.

Lo miró fijamente hacia arriba y le sonrió de la forma dulce y cándida que era propia sólo de ella. Si alguien era capaz de apaciguar la ira de esa bestia, esa era ella. Los labios de Adam dibujaron una mueca que asemejaba a una sonrisa, y rodeó delicadamente la mano de su esposa alrededor de sus dedos, intentando no lastimarla.

La maldición que tanto lo había hecho sufrir por años había comenzado a resurgir poco a poco. Su cuerpo comenzó a cambiar, comenzando por el cabello y los colmillos. Previendo lo que pasaría, el Rey había decidido irse a refugiar a aquel cuarto para que nadie lo viera en aquel estado; especialmente su hijo. No sabían por qué había comenzado a ocurrido justo en ese momento, pero sí sabían el originen de ello y, sobre todo, al culpable. Creyeron que aquella última amenaza lanzada aquella noche jamás los alcanzaría, pero debieron saber que tarde o temprano el pasado se presentaría en su puerta, poniéndoles de nuevo una difícil prueba por delante.

—Aurora y Philip acaban de llegar —le indicó Belle con tranquilidad—, y las hadas arribaron más temprano. Ya están todos aquí.

—Y de seguro se la han pasado preguntando por mí, ¿o no? —Masculló Adam de mala gana, mirando con desdé hacia las cortinas cerradas.

—No te preocupes, me las he arreglado para alejar cualquier sospecha.

Adam soltó la mano de su esposa y se aproximó hacia las cortinas, abriendo una sólo un poco. La luz del luz que entró por ella le lastimó un poco los ojos. Desde su vista podía ver el mar alzándose a la distancia, y algunos de los edificios de la ciudad. Y aunque no escuchaba nada, podía sentir la alegría y el ajetreo que el Festival había traído consigo a la ciudad, mientras él estaba encerrado en prácticamente su mazmorra personal.

—Es imperdonable que te haya tenido que dejar a ti sola con todo esto —gruñó molesto, principalmente con él mismo—. Debimos haber cancelado el Festival.

—Eso hubiera despertado muchas más sospechas —señaló Belle, aproximándosele por detrás—. Además es un momento muy importante: el Aniversario Número 20, y la presentación oficial de Emma como la prometida de Ben.

La mención de su hijo logró un cierto efecto en Adam, tanto para bien como para mal. No hacía mucho que habían acordado el compromiso, y además que ambos tendrían que presentarse en el festival ante el pueblo. Y ahora que Ben lo necesitaba para darle su apoyo y consejo, estaba ahí escondido como un cobarde. ¿Qué clase de ejemplo podía darle así?

—¿Y Ben cómo está? —Preguntó en voz baja mientras seguía mirando por la ventana.

—Está preocupado de que su padre se sienta mal, por supuesto. Pero se ha distraído atendiendo a Emma y a sus otros amigos. Es un chico fuerte, lo sabes.

Adam cerró abruptamente la cortina de nuevo, quedando de nuevo envueltos en la oscuridad del cuarto.

—Él no debe enterarse de esto —señaló tajante virándose de nuevo a su esposa—. Ni él ni nadie. Se supone que vivimos en un mundo pacífico; sin magia negra, sin maldiciones… y sin bestias.

—Él no se enterará —asintió Belle—. Pero mientras más tiempo pasé, más difícil será ocultarlo… Pero tú no te preocupes, confiemos en que el Hada Azul pueda ayudarnos.

Adam no pareció optimista ante esa posibilidad, pero no era como si tuvieran muchas otras de las cuales elegir.

Sintió entonces como Belle tomaba de nuevo su mano y la alzaba hacia su rostro, dándole un cariño beso en su palma.

—Debo ir a atender a los otros Reyes —dijo la reina con una amplia, aunque un poco forzada, sonrisa—. Volveré más tarde, ¿sí?

Adam asintió, y ella se dispuso a retirarse de una vez.

—Gracias, Belle —pronunció la Bestia con algo de fuerza mientras ella se iba—. Por todo…

Belle lo miró unos momentos sobre su hombro, e hizo un ademán de asentimiento con su cabeza. Tomó el candelabro con el que había entrado y abrió la puerta de nuevo sólo lo necesario para poder salir.

Organizar ese festival sola ya era suficientemente agotador, como para tener que esconderle esto a todos, sin mencionar la gran preocupación que le provocaba el estado de su esposo. Y, por supuesto, le preocupaba más el horrible origen detrás de esa nueva maldición.

— — — —

La presencia de los príncipes y princesas no pasó en lo absoluto desapercibida en cuanto los cuatro ingresaron por las puertas principales del Museo del Centro Cultural. Las personas los recibieron con bastante júbilo, con aplausos y reverencias. Muchos se atrevían a intentar estrecharles las manos en su trayecto por los amplios pasillos, y en su mayoría los aceptaban (especialmente Ben). A diferencia del próximo regente de Auradon, Chad y Audrey se sentían un tanto más cohibidos por la multitud. Ninguno estaba precisamente acostumbrado a estar tan cerca de la gente sin tener una escolta entre ellos. Emma, por su parte, era un poco más abierta a ese tipo de situaciones, pero definitivamente no estaba tan cómoda con ello como lo estaba Ben.

Los jóvenes reales se abrieron paso poco a poco a la sala principal del museo, en dónde más gente se había congregado para el evento principal de ese día. A pesar de que el sitio estaba muy lleno, la gente se las arregló para darles un lugar, lo más cerca posible del pedestal en el centro de la sala.

—Bien, parece que llegamos a tiempo —musitó Ben con entusiasmo al ver que la varita no estaba aún en su lugar. Sin embargo, sus tres acompañantes no parecían compartir su entusiasmo.

—Literalmente hay fiesta en cada rincón de esta ciudad, y Ben nos trae al sitio más aburrido de todos —se quejó Chad de manera poco disimulada.

—Esto no es aburrido —se defendió Ben—. El Hada Azul está por revelar la varita que puso fin a la Guerra y acabó con todos los villanos de los Siete Reinos. Es un pedazo de historia, como todo en este lugar.

—Sí suena un poco aburrido, Ben —le susurró Emma despacio, pero no lo suficiente como para que los otros dos no la escucharan, en especial el príncipe Chad.

—¿Lo ves? Hasta Emma está de acuerdo conmigo.

—Yo no lo diría de esa forma… —intentó explicarse Emma, pero Chad continuó sin prestarle atención.

—Esto es sólo para deslumbrar un poco al pueblo, amigo. Eso, y para que las hadas se luzcan como siempre. —Al pronunciar esa última frase, una marcada expresión de desagrado se dibujó en su rostro.

Ben no dijo nada más. En su lugar sólo giró un poco sus ojos con frustración y centró su atención en la vitrina vacía delante de ellos. No le importaba lo que ellos pensaran, pues él realmente deseaba ver la famosa varita de cerca, además de estar ahí presente para darle la cálida bienvenida al Hada Azul; alguien de su familia debía hacerlo, en su opinión.

—Pues a mí me parece interesante —pronunció Audrey de pronto, haciendo que los tres la voltearan a ver un poco confundidos.

—¿Enserio? —cuestionó Emma, incrédula.

—Claro —exclamó Audrey con alumbradora confianza.

Audrey miró discretamente a su alrededor intentando buscar algo en algún punto de la sala. Al encontrarlo, sonrió satisfecha y se acercó con cuidado hacia aquel punto en dónde se encontraba una vitrina con una peculiar espada oscura en ella. Al aproximarse hacia ese punto, no se dio cuenta que de hecho había pasado a lado de un grupo en específico de observadores que no le habían quitado los ojos de encima desde que entró.

—Digo, ¿qué tan seguido puedo ver la Espada con la que mi padre derrotó a la malvada Maléfica? —Señaló colocado sus dedos contra el vidrio tras el cual reposaba la espada del Rey Philip, que igualmente habían prestado para ser exhibida durante esos días—. Es increíble que esta arma haya acabado con esa desagradable bruja que tanto dolor nos provocó a todos, ¿no lo creen?

—¿Que tu padre no a tiene colgada sobre su chimenea o algo así? —Señaló Chad, escéptico ante el repentino interés de Audrey. Ésta sólo lo miró de reojo con marcada y tajante molestia, por lo que el príncipe de Austrix simplemente se volteó hacia otro lado, disimulando.

—Como sea, lo importante es que comparto tu interés en la historia, Ben —declaró Audrey con elocuencia, volviendo de nuevo con su grupo, y estando aún bajo la mirada inquisitiva de aquel pequeño grupo, especialmente la de los penetrantes ojos verdes de una de ellos.

Mal había estado lo suficientemente cerca para escuchar lo que esa chica había dicho con tanto orgullo; sobre la espada de su “padre” que había matado a la “desagradable bruja” de Maléfica. La rabia se había apoderado tanto de ella que había sentido el reflejo de acercársele y estrellarle su puño en la cara. Al parecer Cora se dio cuenta de eso, pues antes de que pudiera hacer cualquier movimiento la tomó firmemente del hombro con su mano, apretándoselo hasta casi lastimarla.

—No puedo creer que cuatro príncipes estén aquí como si nada —murmuró Carlos, más curioso que sorprendido.

—No se ven tan rudos, si me lo preguntan —añadió Jay con cierto orgullo.

—Son príncipes, no tienen que verse rudos —aclaró Evie—, sólo apuestos, elegantes, hermosos…

—¿Apuestos y hermosos no es lo mismo? —Cuestionó Jay, algo confundido.

Antes de que Evie pudiera responderle, unas puertas laterales de la sala se abrieron, y por éstas penetró una fuerte y fresca ventisca, acompañada de brillos y algunas hojas de árboles. Las personas que estaban cerca de ellas instintivamente se hicieron a un lado, dejando el camino libre. Aquello fue justo a tiempo, pues un segundo después entraron por esa puerta un grupo de personas, casi marchando en línea recta. Eran alrededor de diez mujeres, todas vestidas con atuendos azules y blancos, con largas cabelleras coloridas y rizadas, y con singulares brillos en sus rostros. Todas sonreían ampliamente. Una extraña estela de brillos como estrellas las seguían a su paso y, quizás lo más sobresaliente, era que de hecho no estaban caminando. Las diez avanzaban con sus pies suspendidos unos centímetros en el aire, moviéndose como si se deslizaran sobre hielo.

Las diez mujeres avanzaron hacia el centro de la sala, girando alrededor del pedestal ante los ojos sorprendidos de todo el púbico, que admiraba su fragante belleza y elegancia. Muchos de ellos era la primera vez que veían a personas como ellas, pero todos sabían exactamente lo que eran.

—¿Esas son hadas? —Cuestionó Carlos, entre curioso y emocionado.

—No creo que sean pavorreales —respondió Mal de mala gana, aún afectada por su mal humor de hace rato.

—Qué hermosas —susurró Evie, maravillada por el pequeño espectáculo de brillos y luces que se cernía delante de ella.

—Hermosas, engreídas, y engañosas —añadió Cora, al parecer no impresionada en lo absoluto por esa entrada.

Las diez hadas terminaron de dar unas cinco vueltas al pedestal, y entonces se pararon alrededor de éste. Alzaron sus varitas al mismo tiempo al cielo, y todo el techo sobre la multitud se cubrió de explosiones de colores, y pequeñas estelas de colores comenzaron a caer como copos de nieve entre las personas. 

Todos comenzaron a aplaudir al unísono con entusiasmo, y las diez hadas se giraron hacia ellos, haciéndoles una profunda reverencia.

—No me van a decir eso fue aburrido, ¿o sí? —Preguntó Ben al tiempo que aplaudía junto con el resto.

—Sólo un poco menos aburrido de lo esperado, no te creas tanto —comentó Chad con tono irónico.

Una vez que los aplausos cesaron, las hadas se incorporaron de nuevo al mismo tiempo, en perfecta sincronía. Una de ellas dio un paso al frente, juntando sus manos delante de ella y sonriéndoles a todos.

—Muchas gracias por recibirnos tan calurosamente, pueblo de los Siete Reinos —pronunció con entusiasmo el Hada—. Ahora permítanme presentarles a todos, a nuestra matriarca y regente del Reino de las Hadas. —Extendió entonces su mano hacia la misma puerta por la que habían entrado, y sus compañeras la imitaron con el mismo movimiento—. Con ustedes, el Hada Azul…

Aquello sorprendió enormemente a los cuatro infiltrados en aquel momento. ¿El Hada Azul? ¿La reina de las hadas? ¿Ella en persona estaba ahí? Evie, Mal, Carlos y Jay no podían creerlo, por mero reflejo centraron su atención en la puerta, expectantes. Ellos y, de hecho, todos los presentes.

Una ligera neblina azulosa y brillante entró la puerta, poco a poco cubriendo el suelo como si se tratara de una alfombra. Pájaros cantando ingresaron también revoloteando por la sala. La figura de una persona más se fue materializando en aquel umbral, quedando poco a poco a la vista de todos los espectadores. Igualmente era la primera vez que muchos la veían en persona, y por ello… su apariencia dejó un poco desconcertados a algunos.

La que se suponía era el hada más poderosa del mundo, era una jovencita bajita de cabello café oscuro muy rizado, de complexión un poco gruesa y rostro redondo, con dos grandes y brillantes ojos azul cielo. Usaba un vestido largo color azul con las mangas transparentes y una larga capa. Caminaba con su espalda recta y el rostro alzado, pero tenso; miraba fijamente al frente como no queriendo ver a las personas a su alrededor. Y, además de todo, caminaba de manera normal en el suelo, en lugar de flotar como las otras.

Ciertamente no se veía tan imponente como muchos esperaban.

—¿Ella es el Hada Azul? —Cuestionó Carlos, un tanto sorprendido y a la vez… decepcionado. Y no era que no fuera bonita y elegante como esperaba, sino que… parecía bastante normal. Podría fácilmente pasar por cualquier chica promedio con un bonito vestido.

—La quinta en su linaje —susurró Cora mientras seguía la recién llegada con la mirada—. Tomó el trono luego de que su madre se sacrificará hace veinte años para acabar con el Oscuro. Y comenzó su reinado con el pie derecho, lanzando el hechizo que le arrebató su magia a todos los villanos y acabando con la Guerra.

—¿Enserio ella fue quien lo hizo? —Inquirió Mal, notablemente escéptica.

—Pero se ve tan… joven… —Fue lo único que a Jay se le ocurrió decir, aunque en realidad se le venían a la mente otros adjetivos.

—Las hadas tienen un ritmo de envejecimiento diferente al nuestro —señaló Evie de pronto con soltura—. Durante sus primeros años crecen y se desarrollan casi igual que los humanos. Sin embargo, cada año que pasa ese ritmo se va haciendo cada vez menor, hasta que prácticamente llegan a un punto en el que envejecen en cinco años lo que un humano promedio lo hace en uno.

—Alguien se puso a estudiar —comentó Jay con tono burlón, haciendo que de nuevo el rostro de la Princesa Malvada se ruborizara. 

—No la molestes —exclamó Mal, dándole un golpecito en su brazo a Jay. 

—En años humanos —murmuró Cora para intentar complementar la explicación de su nieta—, debe de tener en realidad… Alrededor de cuarenta y cinco.

—¡¿Cuarenta y cinco?! —Exclamaron los cuatro chicos al mismo tiempo, quizás más alto de lo que debían, pues algunos de los que los rodeaban los voltearon a ver algo molestos.

—Sin embargo —continuó Cora—, en tiempo de vida de las hadas, debe de tener la edad física y mental de una chica de dieciséis años. Sólo una pequeña y tonta niña de dieciséis, con un gran peso sobre sus hombros.

—Yo tengo dieciséis, abuela —comentó Evie, un tanto perpleja.

Cora la volteó a ver, le sonrió con cierta gentileza, y acercó entonces su mano a su mejilla, dándole un par de palmadas en ella.

—Por eso lo digo, querida.

Evie se quedó sin palabras, preguntándose a sí misma cómo se suponía que debía interpretar eso.

Por su parte, los dos príncipes y las dos princesas presentes igualmente admiraban la entrada de la reina de las Hadas, cada uno con su respectivo grado de interés.

—¿Jane se ve hermosa, no creen? —Susurró Emma justo cuando la joven Hada pasó justo delante de ellos, aunque sin mirarlos.

—Al fin encontraron el hechizo correcto para arreglar su cabello —añadió Audrey despacio, acompañada de una pequeña risilla que sólo Chad le correspondió.

El Hada Azul siguió andando con paso continuó, aunque no precisamente seguro. Se paró entonces firme delante del pedestal en el centro y del resto de las hadas que habían entrado primero, y por consiguiente dándole la espalda al público. Las aves de plumaje azulado que habían entrado con ella descendieron, posándose sobre sus hombros con completa tranquilidad. Los aplausos terminaron, y poco a poco todo se envolvió en silencio.

Pasaron unos segundos… luego varios segundos, y nada más pasaba. Cerca del medio minuto, algunos de los presentes comenzaban a preguntarse qué ocurría.

—Jane —pronunció entre dientes una de las hadas alrededor del pedestal, viendo de reojo a al recién llegada—. Reacciona, niña…

—Termina rápido con esto y vayámonos de una vez  —añadió despacio otra hada a su lado, aunque sin borrar la sonrisa de su rostro.

—Ya voy —respondió cabizbaja el Hada Azul, bautizada por su propia madre con un nombre tan humano, y por lo tanto tan inusual, como  Jane.

Luego de eso respiró profundamente, forzó una amplia sonrisa de entusiasmo en sus labios, y entonces se giró rápidamente hacia la multitud, haciendo que la falda de su vestido girara con el movimiento, y las aves en sus hombros emprendieran de nuevo el vuelo. Agitó justo después su mano hacia un lado girando su muñeca, y en un parpadeo apareció en sus manos una larga vara blanca y brillante; su varita.

—Pueblo de los Siete Reinos —comenzó a proclamar Jane con la mayor claridad posible—, nos complace gratamente estar con ustedes en estos días de fiesta, para celebrar en unión la gran amistad que une a nuestras especies, y la paz que logramos construir y mantener juntos durante estos veinte años. Y en honor a esta ocasión, es un gran placer para mí, y para todo el Reino de las Hadas, presentarles a todos ustedes…

Se giró de nuevo hacia el pedestal y apuntó con su varita hacia la vitrina vacía. Destellos de luz azulados surgieron de la punta y se dirigieron directo al centro de la vitrina, juntándose un punto y luego estallando en todas direcciones, volviendo a cubrir todo de colores y luces. Y una vez que todo aquello se difuminó, en su lugar quedó un objeto suspendido en el aire rodeado por las paredes de cristal transparente de la vitrina a la vista de todos.

—La Varita de Ébanos —Exclamó con ímpetu el Hada Azul, señalando aún hacia el objeto que recién acababa de aparecer y que… no era precisamente las personas esperaban.

Aquello era en efecto una varita, o eso parecía ser. Pero a diferencia de la que Jane tenía en la mano, blanca, pura, brillante y reluciente, aquella en la vitrina era más… como un pedazo de madera alargado y chueco, de color oscuro y sin un sólo brillo en ella. Pero encima se veía gastada y vieja, incluso como si se le hubieran caído algunos pedazos.

Las caras de confusión de todos los presentes no se hicieron esperar, preguntándose con la sola mirada si aquello se trataba de una broma. Incluso el propio Ben parecía desconcertado, pero logró reponerse lo suficiente para ser el primero en aplaudir, intentando romper el incómodo momento. Emma, Audrey y Chad lo secundaron, aunque no tan entusiastas como él, y el resto de la sala poco a poco los fue acompañando; todos, excepto los cuatro jóvenes recién llegado a la ciudad.

—¿Esa es la varita? —Cuestionó Mal, atónita pero a la vez divertida.

—Parece la rama de un árbol que cortaron en el camino —añadió Carlos, por segunda vez con ferviente decepción.

Los cuatro descendientes de villanos, incluida Evie, parecían bastante reticentes a creer que esa era la varita que el Hada Azul había usado para arrebatarles su magia a todos los Magos Negros, incluidos sus padres. Y, sobre todo, que fuera el objeto tan preciado que habían ido a robar con tanta urgencia.

Quien no se veía ni sorprendida, y mucho menos decepcionada, era Cora. De hecho, en cuanto aquel artefacto mágico se materializó ante sus ojos, ella pareció bastante contenta.

—No todo es siempre lo que parece —les susurró Cora despacio a sus jóvenes acompañantes—. Recuerden que a pesar de su apariencia, es el arma más poderosa que los supuestos Héroes tienen en sus manos en esos momentos, capaz de arrebatarles su magia a cualquier Mago Negro; incluidos a ustedes.

Si ella lo decía debía ser cierto. Aun así, les era difícil sentirse intimidados por ese pedazo de madera vieja.

—Como bien… todos saben —prosiguió el Hada Azul tras unos momentos, notándosele un poco de tartamudeo al principio, pero rápidamente intentó recuperarse—, esta varita fue usada hace exactamente veinte años para pronunciar un conjuro único, que le arrebató su magia negra a los enemigos más peligrosos y mortales que los Siete Reinos habían conocido. Esta varita puso punto final a esa cruenta Guerra, y trajo veinte años de paz. Y durante los días del Festival, estará aquí en exhibición para que todos puedan apreciarla junto con el resto de los objetos en exhibición. Por favor, pasen a verla de cerca… ¡pero no tan cerca! —Advirtió de golpe alzando sus manos delante de ella—. Quiero decir… sólo tengan cuidado, ¿sí? 

Jane sonrió entonces de forma nerviosa, y se quedó quieta en su lugar como si se hubiera congelado. Una de las otras hadas la empujó un poco con su mano, de una forma poco discreta, para indicarle que avanzara. Jane se tambaleó un poco, pero pareció reaccionar y entonces comenzó andar por el camino por el que habían entrado, seguida por las demás hadas y las aves que la habían acompañado.

Mal y los demás observaron atentamente al Hada Azul durante su partida (que casi parecía una huida). Notaron entonces que los príncipes a interceptaban a medio camino para saludarla de frente. Ella pareció feliz, y sobe todo más tranquila, al verlos; incluso tuvo la confianza de darle un fuerte abrazo a Emma, quizás felicitándola por su compromiso. Fuera lo que fuera, la joven de Florian parecía algo incómoda por tal acto.

—Ya tenemos la varita ante nosotros —comentó Jay, susurrándole a sus nuevos amigos y señalando hacia la vitrina—. Golpeemos a todos estos tipos y tomémosla. 

—¿Hechizo Protector Impenetrable te recuerda a algo? —Señaló Mal con dureza, dándole un pequeño golpecito con su mano en su pecho.

—Ah, sí —asintió Jay, recordando lo que Cora les había comentado en el carruaje. Las Hadas tenían protegida aquella vitrina con un hechizo que no podían atravesar; quizás de ahí venía la advertencia tan repentina del Hada Azul.

—Necesitamos una forma de atravesar dicho hechizo —comentó Evie, expresando en voz alta lo que todos pensaban.

—Dejen que yo me preocupe de esos detalles —señaló Cora con elocuencia y entonces comenzó a andar lentamente entre la multitud—. Ustedes tienen otra misión 

—¿Qué misión? —Cuestionó Mal confundida, pero Cora siguió de largo. No supieron si esperaba que la siguieran, pero igual lo hicieron.

A mitad del camino se dieron cuenta de a dónde se dirigía: justo a donde los príncipes y el Hada Azul se encontraban. Aquello puso nerviosos a los cuatro chicos, que pensaron por un momento en detenerla. «¡Esta vieja ya está senil!, ¡¿Qué cree que hace?!» pensó Mal con preocupación.

FIN DEL CAPÍTULO 10

Notas del Autor: 

Similar al caso de Belle/Bella, el personaje de Bestia (que como se había mencionado antes su verdadero nombre será Adam) será una combinación de varias de sus versiones, pero siendo las dos fuentes principales de inspiración la de la película de Disney La Bella y la Bestia, y en menor medida de su versión de Descendientes. Para este personaje en particular no se tomará en cuenta ninguna inspiración de su versión de Once Upon a Time, que como aquellos que hayan visto la serie sabrán uso aspectos de éste para la caracterización del personaje de Rumpelstiltskin. Para esta versión de la historia, ambos serían dos personajes separados y diferentes.

—Similar a Mal, Evie, Carlos y Jay, el personaje de Jane (alias la actual Hada Azul en esta historia), está inspirada en el respectivo personaje de la película Descendientes. Sin embargo, a diferencia de los otros personajes de esta película que en esencia son bastante parecidos a su versión original, Jane tiene algunos detalles adicionales. Por ejemplo, en esta historia se le considerará como hija de la antigua Hada Azul (el personaje de Reul Ghorm de la serie Once Upon a Time) en lugar del Hada Madrina de Cinderella. Se considera por lo tanto que es de la raza de las hadas y no humana, y tiene poderes mágicos correspondientes a su raza y título. Aspectos de las hadas mencionados en este capítulo como su ritmo de envejecimiento o el hecho de que el título de Hada Azul se herede de madres a hijas, son invenciones de mi parte que no están basadas en alguna de las películas o series involucradas.

Sé lo que están pensando: ¿un capítulo nuevo luego de…? ¿Dos años?, qué locura… Si les sirve de consuelo, no es el tiempo más largo que he tenido parada una historia.

Les seré honesto, me he replanteado muchas veces qué hacer con esta historia, pues muchas cosas han pasado desde que comencé a escribirla en aquel lejano 2015. Once Upon a Time llegó a su final (con unas últimas temporadas bastante cuestionables), y Descendientes tuvo dos secuelas (con sus cosas buenas y cosas malas), terminando también el año pasado. Pero lo que nunca cambió fue que siempre hubo al menos una o dos personas preguntándome seguido sobre esta historia, y pidiéndome que la continuara. Recientemente me puse a releer los capítulos ya publicados, y las notas de todo lo que seguía, y realmente hay mucho que quiero contar de estos personajes y de este universo. Así que quiero hacer el intento de darle un cierre a esto como es debido.

Así que si aún hay personas con el suficiente interés para ver cómo esta historia continúa, y especialmente como acaba, déjenme sus comentarios, sus votos, y sobre todo compártanla con todo aquel que consideren le pueda gustar, por favor. Su apoyo y sus palabras serán mi mayor motivación para que lleguemos juntos hasta el final.

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Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ «Once Upon a Time» © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ «Descendants» © Disney Channel, The Walt Disney Company.

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2 pensamientos en “Mi Final Feliz… – Capítulo 10. La Varita de Ébanos

  1. Candy Mendoza

    Pensé que nunca continuarías esto, gracias por seguirlo que es una de las historias que más me entusiasman. Amo a estos muchachos y ver otras historias sobre ellos es asombroso.

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    1. WingzemonX Autor

      Hola Candy 🙂 Muchas gracias por tu comentario, y por tu paciencia. Me llegó la inspiración para esto, así que espero poder llevar la historia a su termino. Espero la sigas leyendo. ¡Gracias!

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