Original El Club de las Ánimas – Capítulo 07. Fue todo un éxito, ¿verdad?

31 de agosto del 2020
El Club de las Ánimas - Capítulo 07. Fue todo un éxito, ¿verdad?

El Club de las Ánimas

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 07
Fue todo un éxito, ¿verdad?

Diego, Juan y Ernesto eran tres amigos de doce años que una cálida noche de verano tenían una pijamada en la casa de Ernesto. Vivían en un pequeño pueblo, cerca de un terreno boscoso al sur y de unas altas montañas al norte. Los padres de Ernesto habían ido a una boda, y los tres niños tuvieron el privilegio de quedarse solos toda la noche; un sueño hecho realidad a esa edad.

Los planes de los muchachos para la noche eran bastante normales: pizza, videojuegos, quizás alguna película de terror si aguantaban hasta tarde. Y en un inicio todo parecía ir justo en esa dirección, pero el calor de la noche los tenía bastante incómodos. El cuarto de Ernesto no tenía aire acondicionado, y sólo contaban con dos abanicos viejos que parecían soltar más aire caliente que refrescar.

Diego fue el primero en expresar abiertamente su absoluta inconformidad. Una vez que terminó su última partida (en la cual Digo había quedado en último), y estando los tres con sus cuerpos pegajosos casi adheridos a los asientos delante del pequeño televisor de Ernesto, Diego soltó su control al suelo, profirió una maldición al aire y dijo:

—¡Ya no puedo más! Vamos al arroyo o meto mi cabeza a tu congelador, Ernesto.

—¿A esta hora? —Exclamó Juan con sus ojos pelones al oír tal propuesta.

El arroyo no estaba muy lejos de la casa de Ernesto; posiblemente unos diez a quince minutos caminando. Era pequeño, pero tenía la ventaja de siempre tener agua fresca, y por lo mismo los niños del pueblo acostumbran ir a refrescarse a él cada vez que podían… pero no de noche. Afuera estaba totalmente oscuro; ocuparían al menos un par de linternas para ver el camino. Además de que no había ningún adulto para que los pudiera acompañar.

—Mis padres no están, y aunque lo estuvieran no me dejarían —intentó excusarse Ernesto. Tanto Juan como él tenían evidentes dudas, pero Diego siempre había tenido más don de mando sobre sus amigos.

—¿Qué no se están derritiendo también? Está aquí en corto; vamos y venimos en menos de una hora. No sean niñitas cobardes. Si no vienen voy yo sólo.

Y sin más, Diego se paró y se dirigió a la puerta. Juan y Ernesto sólo vacilaron unos momentos, pero al final terminaron siguiendo a su amigo sin chistar más. Bueno, en realidad durante el camino sí intentaron convencerlo de regresar, pero él no los escuchó. Había otro motivo por el que Juan y Ernesto no querían ir a ese sitio a esa hora, más allá del permiso o la oscuridad. Sin embargo, ninguno se atrevía (aún) a decirlo en voz alta, por temor a recibir las burlas de los otros.

Había luna, así que el camino estaba bastante iluminado. Aun así, fueron con linternas y sus celulares marcando todo el camino hasta el pequeño arroyo. Como era de esperarse, Diego fue el primero en correr con emoción hacia él. Dejó sus zapatos y calcetines en la orilla y metió sus pies descalzos al agua fría, que en otro momento le hubiera parecido desagradable, pero esa noche lo sentía como gloria. Tomó también agua con sus manos y se remojó su sudada cara y cabello.

—Vamos, ¿qué esperan? —Les gritó Diego a sus dos amigos que estaban tiesos como tablas en la orilla. Ernesto y Juan se miraron el uno al otro, y sin decir nada decidieron imitarlo.

Ya estando los tres en el agua, y con las linternas en la orilla alumbrándolos, empezaron a refrescarse y a jugar un poco con ella. Sin embargo, Ernesto y Juan seguían nerviosos, sobre todo éste último.

—No creo que debamos estar aquí tan noche —musitó Juan, casi temblando, y no porque le hubiera comenzado a dar frío.

—¿Qué ocurre?, ¿te da miedo? —musitó Diego con tono burlón.

—Hablo enserio —espetó Juan con tono sólo un poco más seguro—, dicen que algo se aparece en este sitio durante las noches.

—¿Algo cómo qué? —Bufó Diego, restándole importancia.

Juan balbuceó un poco, pero al final no dijo nada.

—Una mujer de vestido negro, y rostro pálido y demacrado —respondió de pronto Ernesto en su lugar, tomando a sus dos amigos por sorpresa—. Yo también lo escuché. Dicen que te acecha desde abajo del agua, y de repente surge y te grita en la cara abriendo su mandíbula grande como si quisiera morderte la cara con sus afilados dientes.

—¡Eso último no lo sabía! —Exclamó Juan, ahora más asustado que antes.

—¿Una mujer de negro acechando desde abajo? —Rio Diego—. Qué babosos, ¿no ven que el agua no nos llega ni a las rodillas? ¿Cómo va a estar alguien viéndonos desde abajo? Por favor…

El chico estaba bastante confiado y enfocado en sus palabras, que no reparó en la oscuridad la mancha negra que se comenzaba a formar en el agua justo detrás de él. Sin embargo, Juan y Ernesto sí lo notaron.

—Die… Diego… —tartamudeó Juan nervioso, señalando hacia atrás pero su amigo no lo escuchó.

—Los dos han estado viendo muchos videos de terror, niñitos.

—Di… Di… Die… go… —pronunció Ernesto incluso más nervioso y pálido que Juan, pues aquella mancha negra comenzaba a alzarse lentamente, tomando forma a espaldas del chico.

—Si ya saben que todo les da pesadillas, bebés…

—¡Diego! —Gritaron Ernesto y Juan al mismo tiempo, armándose de todo el valor que les fue posible reunir.

—¿Qué?, ¿qué tienen ahora? —Les cuestionó Diego, aun mofándose de ellos. Los dos señalaron temblorosos a la extraña silueta oscura sin forma aún definida a sus espaldas.

La sonrisa de Diego se esfumó por completo, y entonces él mismo se volvió consciente de la extraña presencia que radiaba detrás de él. Dudoso, se dio la media vuelta lentamente, hasta que sus ojos se posaron en aquella forma negra y alargada que sobresalía por encima de su cabeza. Se quedó quieta ahí unos momentos, y entonces los tres niños notaron cómo avanzaba abruptamente hacia ellos, casi como si hubiera saltado.

Fue entonces cuando la luz de una de las linternas alcanzó a tocarla, y se dieron cuenta que las descripciones que habían oído no le hacían justicia. Aquello, fuera lo que fuera, parecía ser en efecto una horrible mujer huesuda de largo y demacrado vestido negro, con rostro alargado, con su piel pegada a su cráneo dibujando la forma de éste. Sus ojos eran oscuros y vacíos, como dos grandes agujeros.

Diego, que era el más cercano a ella, se quedó paralizado ante tal aparición y no pudo evitar que aquella criatura se le acercara y lo tomara de los hombros.

—No deberían estar aquí —escuchó como el espectro susurraba con una voz carrasposa que no parecía en lo absoluto humana. Entonces aproximó su rostro, colocándolo justo enfrente del suyo, y abrió su boca enorme mostrando sus dientes afilados—. ¡¡¿Qué no saben que podrían ahogarse?!!

El Club de las Ánimas - Capítulo 07. Fue todo un éxito, ¿verdad? - Lloro

Aquel fue un grito ensordecedor que retumbó en sus oídos, casi destruyéndoselos. Aun así, aquello pareció ser suficiente para que los tres niños reaccionaran aunque fuera un poco.

—¡¡Aaaaaaah!! —Gritaron los tres con todas las fuerzas de sus pulmones, y sin espera comenzaron a correr despavoridos, incluso Diego que se había soltado del agarre de aquellas afiladas manos (¿o acaso la mujer lo había soltado por su cuenta?).

Los tres estaban tan asustados que se olvidaron por completo de sus zapatos y linternas, y sólo corrieron hacia los árboles.

—¡Corran!, ¡rápido! —Exclamó Ernesto que iba al frente—. ¡No se detengan!, ¡por nada del mundo…!

De pronto, alguien o algo les cortó el camino, haciendo que los tres tuvieran que frenar abruptamente.

—Esperen, no tienen que huir —pronunció una voz dulce y tranquilizadora entre las sombras, y por unos momentos los niños llegaron a sentir un poco de alivio. Pero cuando aquella persona avanzó hacia ellos y fue alumbrada por la luz de la luna y las estrellas, pudieron ver su rostro y todo ese alivio desapareció.

Su rostro era verde pálido, con sus mejillas hundidas, y su único ojo visible parecía vacío y los observaba penetrantemente. Su rostro rubio y pajoso se caía alrededor de su cabeza como marañas, y estaba extendiendo hacia ellos una mano de dedos alargados con uñas puntiagudas.

—Todo está bien… —pronunció justo después aquella otra mujer, pero su voz ya sonaba más ajena y distante, como un frío eco.

El Club de las Ánimas - Capítulo 07. Fue todo un éxito, ¿verdad? - Eulalia

—¡¡¡Aaaaaaaaaaaaah!!! —gritaron los niños con incluso más fuerza que antes, perdiendo todo el color de sus rostros.

Presas del pánico, los tres corrieron en diferentes direcciones, sin dejar de aullar e incluso llorar en todo el trayecto, y perdiéndose entre las sombras. Pocos segundos después, sus gritos también dejaron de escucharse en la lejanía.

El segundo espectro se quedó de pie en su sitio, mirando sorprendida, y algo impotente, cómo los chicos huían de esa forma. 

—Supongo que sólo puedo tranquilizar a la gente cuando están en un hospital —dejó escapar un denso suspiro de frustración, aderezado con algo de cansancio.

El miedo, la imaginación y los rumores influyen mucho en la manera en la que los vivos perciben a los no-vivos. Si quizás hubieran tenido la calma suficiente, y luz adecuada, para detenerse a observarla con más cuidado, aquellos niños podrían haberse dado cuenta de que aquel espectro no era tan aterrador como creían. Su rostro no estaba tan demacrado, sus ojos no estaban hundidos, y su cabello rubio… había tenido mejores días, pero de hecho tampoco estaba tan descuidado. Y claro, podrían haber apreciado el impecable uniforme blanco de enfermera, limpio y planchado, que incluso en sus peores apariciones no podía verse desarreglado.

—¿Viste, Eulalia? —Escuchó la voz de su acompañante pronunciar a sus espaldas, por lo que se volteó y pudo observar a Lloro, saliendo del arroyo con sus ropas y su velo secos, y una pequeña e inusual sonrisa de emoción en sus labios. Ella tampoco se veía precisamente como aquellos niños la habían percibido, aunque tampoco era del todo diferente—. Ninguno se ahogó. Fue todo un éxito, ¿verdad?

—Sí, bueno… —balbuceó Eulalia, un poco ambigua, y tuvo en ese momento que mirar hacia otro lado para evitar mirarla directamente—. Técnicamente sí, el resultado fue el esperado… Es una forma positiva de verlo…

Demasiado positiva, en realidad.

Habían pasado un par de semanas desde que Lloro, alias La Llorona, había comenzado a quedarse regularmente en el departamento de Eulalia, alias La Planchada. En ese tiempo, la enfermera había intentado encaminar a su nueva y famosa amiga hacia un camino diferente al que había estado tomando los últimos trescientos años y que comenzara a intentar ayudar a los vivos, en lugar de sólo matarlos del susto (literal y figurativamente). Como su mayor pena parecía recaer en el hecho de que sus hijos hubieran muerto ahogados, Eulalia concluyó que quizás pudiera dedicarse a justamente evitar eso: hacer que las personas, especialmente niños, no se ahoguen en los ríos, lagos, y cualquier cuerpo de agua similar. Eso a la larga podría quizás aliviar su pena.

Sin embargo, esa idea no estaba resultando del todo bien…

Todos sus intentos habían salido muy similar a ese último (o peor). La presencia de Lloro era todo menos reconfortante o tranquilizadora para las personas. Todas sin excepción terminaban espantadas (o peor), que ya hasta se estaba esparciendo el rumor de aquella mujer que se aparecía en los ríos para gritarle a las personas. Eso era totalmente lo contrario a lo que Eulalia deseaba conseguir con ello.

—Creo que fue suficiente por hoy —señaló Eulalia, intentando mostrarse más optimista—. Volvamos a casa, ¿sí?

—Pero aún es temprano, ¿o no? —cuestionó Lloro confundida, mirando hacia el cielo estrellado.

—Sí, pero… —Eulalia comenzó a pensar rápidamente en la excusa más creíble que tuviera a la mano—. Mañana tengo guardia en uno de mis hospitales, y tengo algunas cosas que preparar.

—Está bien —asintió Lloro, sin intención aparente de querer seguir replicando.

Ambas se aproximaron a la orilla del arroyo. Lloro tomó a Eulalia firmemente de su mano, respiró hondo, y entonces ambas saltaron juntas al agua. Sus cuerpos se sumergieron por completo a pesar de que, en apariencia, el agua de ese sitio no debería ser tan profunda. Estuvieron suspendidas unos segundos, y entonces sacaron sus cabezas a la superficie. Ya no se encontraban en aquel vado del arroyo cerca del pueblo de Diego, Juan y Ernesto. Ahora estaban en el agua de aquel canal, cercano a la casa de Eulalia; el mismo sitio en donde ambas se habían conocido.

Era una ventaja para ambas complementar sus respectivas habilidades de movimiento.

Los dos espectros salieron del agua, con sus ropas secas casi de inmediato, y comenzaron a caminar de regreso al departamento en silencio; un incómodo silencio.

—¿Crees que lo hice mal? —preguntó de pronto Lloro, notándosele bastante preocupada.

Aquello alertó un poco a Eulalia.

—No, no es eso —respondió la enfermera rápidamente—. Es sólo que es difícil quitarse los viejos hábitos, ¿no?

Lloro la contempló, y en su mirada era notable que no entendía bien a qué se refería. Eso de seguro se debía a que asustaba a las personas sin siquiera darse cuenta de que lo hacía.

—Lloro, ¿te puedo preguntar algo? —comentó Eulalia tras un rato de meditación.

—Eso creo…

—¿Cuándo fue la última vez que conviviste con los vivos?

—Oh, yo convivo con ellos todo el tiempo —respondió Lloro con más confianza—. Me la paso apareciendo y asustándolos, y siempre gritan o me ruegan que no les haga nada…

—No, no —pronunció Eulalia rápidamente, agitando sus manos—, me refiero a… observarlos, conocerlos, hablarles…

Lloro se le quedó viendo, de nuevo con una expresión de incertidumbre hacia sus palabras.

—Ah… ¿Por qué haría eso? —Cuestionó la Llorona con confusión—. ¿Tú lo haces? 

—Claro que sí. En los hospitales que visito suelo estar cerca de los enfermos y de sus familias. Quizás lo que te hace falta es conocer un poco más cómo es la vida de los vivos en esta época; cuáles son sus problemas y preocupaciones. Quizás así encuentres mejores formas de poder ayudarlos.

Lloro no pareció en lo absoluto feliz con dicha idea, sino más bien todo lo contrario.

—No lo sé… —susurró despacio, frotándose su brazo nerviosa—. ¿En verdad crees que esto sea lo mío? A ti te sale casi natural, pero a mí…

—Créeme, para mí tampoco fue sencillo al inicio —le respondió Eulalia—. ¿Qué tal si me acompañas mañana más temprano y damos un paseo por las calles? Así podremos ver a las personas un rato.

—¿Te refieres… cuando todavía hay sol? —Cuestionó Lloro, algo asustada por la idea—. Yo no acostumbro salir de día.

—Es mejor de esa forma. Así los vivos nos perciben menos y no se asustarán. Y podrás verlos conviviendo con naturalidad entre ellos. Confía en mí, será divertido, y sobre todo educativo…

Y en verdad lo fue, pero quizás no de la forma que Eulalia esperaba.

CONTINUARÁ…

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El Club de las Ánimas. Lloro es uno de los fantasmas más famosos del mundo, pero siempre se ha mantenido sola y alejada de las personas, tanto vivas como muertas. Pero eso cambia cuando conoce a Eulalia, el simpático fantasma de una enfermera que dedica su no-vida a ayudar a la gente, y que hará lo posible para que Lloro logre hacer amigos, y encuentre además un nuevo propósito en su muerte.

+ Historia y Arte © Eliacim Dávila

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