Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 76. Maldigo el momento

26 de agosto del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 76. Maldigo el momento

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 76.
Maldigo el momento

Una temblada tarde de noviembre, Mabel se encontraba tomando un poco de aire fresco, mientras se enfocaba en los trazos de su nuevo dibujo: un retrato del rostro de su amado James, que ya conocía tan bien que casi siempre había logrado hacer de memoria. Sin embargo, en esa ocasión le estaba resultando relativamente complicado. Y es que en el paso de los últimos años, la expresión de su compañero había cambiado demasiado, en especial su mirada. Nunca había sido precisamente el ser más expresivo del mundo, pero ahora la presión de su situación parecía haberlo  vuelto aún más cerrado en sí mismo que nunca.

Mabel se cuestionaba si acaso algo parecido había ocurrido con ella sin que se diera cuenta.

Había pasado cerca de una semana y media desde que James se fue a Los Ángeles para atender el llamado de… ese estúpido mocoso. Él no quería despegarse de su lado, especialmente porque en los últimos días la debilidad que le causaba su enfermedad aún latente había vuelto, y temía que pudiera empeorar en su ausencia. Pero ambos sabían muy bien que desobedecer a ese chico no era una opción; sus vidas estaban en sus manos, como bien les había hecho saber en más de una ocasión.

Así que a James la Sombra le tocaba acudir ante su benefactor, por no llamarlo captor, y a Mabel la Doncella quedarse sola unos días en su ya no tan nueva MotorHome, estacionada desde hace un par de meses en aquel pequeño parque de remolques a las afueras de Roswell, Nuevo México. Habían tenido que quedarse ahí ya que, extrañamente, una pareja viajando sola en una casa rodante llamaba bastante más la atención que una caravana numerosa, cosa que ya no eran. En un sitio así podían mezclare y pasar más desapercibidos. Eso, y además el hecho de que la persona que James había ido a ver los quería fijos en un sitio para cuando los ocupara.

Mabel odiaba estar en ese sitio. Apestaba demasiado a los ruidosos y entrometidos paletos que ahí vivían. Su enfermedad, que iba y venía, le había servido de excusa para mantenerse alejada de ellos la mayoría del tiempo. Sin embargo, no podía permanecer encerrada en su casa por siempre; eso terminaría despertando aún más sospechas tarde o temprano.

Pero además de todo, siempre se había considerado un alma libre que no se quedaba más de lo necesario en un sólo lugar. Le gustaba viajar y recorrer las carreteras, que para ese momento de su muy larga vida, quizás ya las conocía todas. Y el tener que estar ahí estancada, y encima a la fuerza, no hacía más que irritarla.

La tarde en que James volvió al fin a su lado, Mabel se encontraba sentada en una silla plegable afuera de su camper, oculta debajo de una malla sombra colocada a un costado de su vehículo, y con dos grandes lentes oscuros cubriéndole los ojos. Tenía sus pies arriba de la silla y su bloc de dibujo apoyado contra sus piernas mientras trazaba las líneas del rostro de James. Delante de ella, un grupo de cinco niños, tres niños y dos niñas, jugaban con una pelota de soccer delante de los ojos observadores de sus madres, sentadas también en sillas plegables mientras cuchicheaban y se reían entre ellas. Mabel había sido invitada a sentarse con ellas, pero había rechazado tal ofrecimiento de la manera más cordial posible.

«Lo que menos deseo es sentarme cerca de ustedes, vacas apestosas» pensaba la Doncella al tiempo que les sonreía radiante.

Durante toda esa semana habían intentado acercársele, quizás aprovechando que James no estaba. No lo demostraban abiertamente, pero estaba segura que a más de una de esas señoras le escandalizaba la idea de una pareja joven interracial viviendo en aparente unión libre tan cerca de ellas. Lo notaba en sus miradas, o en lo poco que percibía de sus pensamientos al verlos.

Algunas se espantaban, claro que sí, mientras que otras parecían de hecho fascinadas y curiosas por la situación. Tampoco lo dirían abiertamente, pero apostaría a qué les gustaría preguntarle qué tal era acostarse con un hombre tan grande y fuerte como James.

«Qué vidas tan tristes, patéticas y aburridas tienen los paletos» pensaba la Doncella al tiempo que una sonrisita burlona le adornaba el rostro. Aún en su desgracia actual, se seguía sintiendo mejor que cualquiera de esas insulsas personas.

Escuchó de pronto los gritos de los niños, y un golpe fuerte contra la tierra cerca de ella. No le puso importancia, hasta que notó por encima la orilla de su bloc como el balón con el que jugaban los niños se acercaba a ella rebotando y luego rodaba hacia sus pies. Como si se tratara de algún animal rastrero, el reflejo de Mabel fue alejar sus pies del esférico, que se detuvo casi por completo debajo de su silla.

—¡Lo siento! —Exclamó con fuerza la voz de una de las niñas. Cuando alzó su mirada, Mabel distinguió los grandes anteojos redondos y el peinado de trencitas castañas de Velma… no sabía su apellido, pero vivía en el remolque de enfrente con su mamá, su hermano mayor, y ocasionalmente con el novio de su mamá relativamente más joven que ella y que se paraba por ahí de vez en cuando.

La pequeña de ocho años corría apresurada hacia ella, de seguro con la intención de recuperar la pelota. Mabel sonrió; una de las pocas sonrisas sinceras que era capaz de esbozar en ese sitio.

Antes de que la niña llegara a enfrente de ella, Mabel dejó el bloc a un lado, se agachó y estiró su mano hacia debajo de su silla, sacando el gastado y rasposo balón; de seguro debía doler mucho si te golpeaban en la cara con algo como eso.

—Aquí tienes, Velma —murmuró al tiempo que le extendió el balón a la pequeña, que lo recibió gustosa.

—Gracias, Mabel. ¿Ya te sientes mejor?

—¿Por qué lo preguntas? —preguntó Mabel con aparente ignorancia, inclinando su cabeza hacia un lado.

—Mi mami dice que estás enferma, y por eso te la pasas siempre dentro de tu casa.

Mabel sonrió más ampliamente y pensó: «tu mami es una chismosa entrometida que debería preocuparse más por lo mucho que al asqueroso de su novio le gusta verme las piernas, y quizás hasta cogérsela pensando en ellas» Pero claro, no lo dijo en voz alta.

—Se podría decir que mi cuerpo ya no es tan joven y fuerte… como el tuyo.

La Verdadera extendió sutilmente su mano derecha al rostro de la niña, rozando sus dedos apenas un poco con sus dedos. Velma se contrajo un poco y rio debido a las pequeñas cosquillas que aquel pequeño toque le había causado.

—Yo no soy fuerte —respondió con tono divertido.

—Sí lo eres —asintió Mabel—. Bueno, he visto a niñas más fuertes antes. —Tomó en ese momento una de sus colitas castañas, acariciándola lentamente entre sus yemas—. Pero en estos días, hasta una pequeña como tú bastaría.

—¿A qué te refieres? —Preguntó Velma, notablemente confundida, y Mabel sólo sonrió.

Los niños paletos le eran más tolerables que los adultos, pero aquello era bastante esperado. Su aroma era fresco y joven, e incluso el más tonto y lleno de mocos de ellos tenía al menos una pizca de aquello que tanto añoraba devorar, aunque ninguno estuviera siquiera cerca del promedio. Pero dada su situación, incluso las migajas que pudiera arrancarle al pequeño cuerpecito de Velma serían bien recibidas. Había pensado en ello más de una vez, incluso fantaseado con la idea. Pero no era un arrebato que pudiera tomarse a la ligera, pues ya no podían huir tan fácil como antes. Y en un sitio así, la extraña pareja interracial serían los principales sospechosos, aunque llevarán ahí ya unos cuantos meses.

Así que habían tenido que conformarse con obtener sus pequeñas dosis de vapor en puntos muy lejos de ahí. Pero Mabel estaba convencida de que tarde o temprano se alimentaría de todos ellos; incluso de los adultos, aunque su sabor fuera rancio y añejo. Y la pequeña Velma, con sus ojos viscos y cachetes pecosos, sería la primera en el menú.

—¡Velma!, ¡la pelota! —gritó molesto otro de los niños con exigencia, haciendo que la niña se sobresaltara como si la hubieran despertado abruptamente de un trance.

—Ya no estés molestando a la señora O’Hara, niña —se unió al grito la voz de la madre de Velma desde el aquelarre de señoras en sillas plegables al otro lado.

—Descuide, no me molesta —pronunció Mabel con fuerza alzando su mano como saludo. Luego se inclinó hacia la niña delante de ella, susurrándole muy despacio—: Hablamos después, Velma. ¿Sí?

—¿Y me haces un dibujo? —Preguntó risueña.

—Por supuesto. Ahora ve antes de que tus amigos y tu madre se enojen más.

Velma asintió y se alejó corriendo hacia los otros niños, arrojándoles la pelota con fuerza a medio camino. Uno de los niños la recibió con el pecho, la detuvo con sus pies, y luego la pateó hacia otro de sus compañeros de juego. Los cinco retomaron justo en donde se quedaron, y Mabel decidió hacer lo mismo pues el dibujo iba a menos de la mitad.

Aunque estaba comenzando a sentirse débil otra vez.

Y tenía hambre…

Unos veinte minutos después, Mabel escuchó claramente el reconocible sonido de la vieja camioneta de James, aproximándose por el camino de entrada del parque. La Doncella alzó rápidamente su mirada expectante, y vio por encima del grueso armazón de sus lentes oscuros el vehículo de su pareja. Aquello la hizo cerrar de momento su bloc y olvidarse del dibujo. Se paró rápidamente de su silla, y al hacerlo se sintió algo mareada por lo que decidió sentarse de nuevo y aguardar ahí.

La camioneta se estacionó justo delante de ella. Por los vidrios polarizados no podía ver a James al volante, pero pudo sentirlo. Escuchó como la puerta del conductor se abría del otro lado y un rato después se cerraba.

—Hey, James —pronunció Fred, el dueño de un camper a lado del de Velma, que en aquel momento parecía estar haciendo unas reparaciones en el techo de éste. Mabel notó como agitaba su mano para llamar la atención del recién llegado—.  Llegas justo a tiempo. ¿Me echas una mano con esto?

—Ahora no, lo siento —pronunció la voz gruesa de James la Sombra, intentando sonar lo más cordial posible, al tiempo que le sacaba la vuelta al vehículo—. Fue un viaje largo y estoy agotado.

Para todos James se había ido unos días a realizar un trabajo fuera del estado. Y, ciertamente, eso no era mentira.

A Mabel le agradó verlo caminando tan seguro y firme para variar. Además, en su hombro derecho cargaba una mochila que no recordaba habérsela visto cuando se fue. Cuando él la miró, Mabel le sonrió ampliamente con entusiasmo, mas él por algún motivo no se la devolvió.

—Volviste —musitó la Doncella, y cuando lo tuvo lo suficientemente cerca extendió su mano para estrechar la de él. La sintió tan firme y cálida como siempre, pero su tacto se notaba algo distante—. ¿Estás bien?

James la observó, callado.

—Entremos, por favor.

Mabel asintió, aún extrañada por su actitud. Se puso de pie, con cuidado para no volver a marearse, tomó su bloc y se dirigió junto con él al interior de su hogar; el último pedacito de ese mundo que podía llamar así.

—¿Por qué tardaste tanto? —Le preguntó una vez que estuvieron a puerta cerrada—. ¿Qué quería ese paleto ahora?, ¿qué te pidió?

—Nada extraño —respondió James con simpleza, y colocó entonces su mochila sobre la mesa para comer y la abrió—. Lo importante es que no vine con las manos vacías esta vez.

James introdujo su mano en el interior de la mochila y sacó de ésta el bien preciado que transportaba con tanto cuidado. Colocó parado el cilindro plateado sobre la mesa dejándolo a la vista de Mabel, que se quedó estupefacta al verlo.

—No puede ser… —murmuró despacio, y se aproximó con paso cauteloso a la mesa, como si aquello fuera un animal salvaje que pudiera saltarle encima en cualquier momento—. ¿Es de…?

—De la reserva secreta para emergencias de Rose —pronunció James antes de que ella tuviera que hacerlo—, la que sólo tocaríamos si era cuestión de vida o muerte, ¿recuerdas? Y el momento parece bastante adecuado.

Mabel aproximó sus dedos al termo, recorriendo su superficie lisa y fría con sus dedos. Lo tomó con sumo cuidado entre sus manos, sintiendo su peso. Estaba lleno, de eso estaba segura. Hacía años que no sentía un termo siquiera cerca de tener tanto vapor. Y era uno muy fuerte; podía sentirlo con tan sólo cargarlo.

—Esto es increíble —pronunció Mabel tan feliz que estaba al borde de las lágrimas—. ¿Cómo lo conse…?

Alzó su mirada hacia James, y sus palabras se cortaron cuando se volvió evidente para ella que su compañero no compartía su misma alegría. En su rostro, en lugar de ello, se percibía una sombría frustración y enojo. Aquello le dio suficiente pista a la Doncella, y su sonrisa también se esfumó.

—Fue él, ¿no? Él te lo dio —Musitó cortante, y colocó el cilindro de regreso a la mesa, ahora repudiándolo casi como si le quemara—. ¿Cómo lo encontró? Ni siquiera nosotros sabíamos dónde Rose los tenía guardados.

—Ya debemos dejar de preguntarnos cómo es que hace lo que hace —suspiró James—. Eran tres —explicó y entonces sacó el segundo termo de su mochila—. De éste… sólo queda muy poco. Pero ese está lleno, y es todo para ti. Consúmelo todo, y de seguro te pondrás bien. Puede que incluso te cure por completo.

Mabel contempló en silencio el cilindro con escepticismo, dejando de lado todo el entusiasmo que la había acompañado en un inicio.

Por supuesto que quería consumirlo todo; su cuerpo entero se lo exigía. Podría al fin ser su oportunidad de recuperar por completo su salud y su añorada seguridad; el último regalo que Rose la Chistera, su maestra y amiga, les habría dejado. Pero otra parte de ella más profunda se resistía a la idea, debido a la manera en la que ese termo había llegado a sus manos.

—Tomar ese termo es aceptar nuestra subyugación a ese sujeto —declaró Mabel tajantemente. James sabía que era cierto, y por ello no pronunció nada como respuesta. Después de todo, él prácticamente ya había hecho justo eso—. Dijiste que eran tres —señaló Mabel justo después—. ¿Dónde está el tercero?

—Aún lo tiene —explicó James—. Nos lo dará si te llevo con él. Al parecer te quiere pedir que  rastrees a alguien por él.

No hubo sorpresa alguna en la expresión de Mabel.

—Y no podemos negarnos, ¿verdad? —musitó la Verdadera con hastío, mientras observaba atentamente el cilindro metálico y brillante—. Seguiremos siempre a su merced, recibiendo las migajas que él decida darnos bajo la mesa. Maldigo el momento en el que nos cruzamos con ese bastardo. Hubiera sido mejor haber muerto con Doug, Phil, Marty… y con Hugo….

Aquellos nombres fueron como una apuñalada profunda en el estómago de James. En más de una ocasión él mismo había pensado lo mismo. Quizás hubiera sido mejor morir en aquel momento, unos meses atrás.

* * * *

Pasada cerca de una hora luego de la muerte de Marty, Hugo dejó al fin aquel hermoso claro en el bosque, y volvió cabizbajo y en silencio a la casa rodante. En sus manos sujetaba las pocas prendas de ropa que Marty había traído consigo antes desaparecer; lo único que había quedado de él.

Al pasar a su lado, James tuvo el reflejo de preguntarle si estaba bien, aun a pesar de que él mismo sabía lo estúpida que era la pregunta. Hugo de todas formas no respondió nada y siguió de largo, entró al vehículo y se recostó en la misma cama en la que Marty había estado reposando no hace mucho, y ahí se quedó. James igualmente subió poco después de él. Mabel seguía sentada en el asiento del copiloto, justo como la había dejado, en un estado casi tan letárgico como el de Hugo.

—Debemos iros —indicó James en voz baja. Hugo no respondió nada, y Mabel sólo murmuró despacio: “será lo mejor.”

Se pusieron en marcha de inmediato, regresando por el camino para volver a la carretera principal. La paranoia de James por el enemigo desconocido había aminorado durante esa hora, pero igual no por eso se sentía confiado. Le comentó a Mabel su idea de ir hacia el este y luego cruzar a Canadá para quedarse allá un tiempo. Ella siguió igual de indiferente e ida, o incluso algo molesta, pero no se opuso a su plan.

Con Hugo y Mabel en ese estado, para bien o para mal le tocaba a él tomar las decisiones necesarias para sobrevivir. Porque quizás a sus dos compañeros la idea de seguir viviendo ya no les era tan relevante como antes, pero no por eso él les permitiría darse por vencido. Los protegería a ambos, en especial a Mabel, aún a costa de su propia salud.

Siguieron por la ruta elegida por unos cuarenta minutos más. Ya estaba comenzando a atardecer, y James se sentía un poco cansado y consideraba la posibilidad de que pararan en alguna zona de descanso o motel para pasar la noche; pero tendría que ser uno que no estuviera tan visible. Mabel, por su parte, estaba a punto de quedarse dormida en su asiento. Se abrazaba a sí misma, con su frente pegada por completo contra el vidrio, mirando el reojo el pasar de la orilla de la carretera. Sus ojos poco a poco se iban venciendo, cerrándose por unos segundos sólo para volver  abrirse de nuevo. No quería, pero también estaba muy cansada y débil. Era probable que los malditos síntomas de la enfermedad estaban próximos a volverle en cualquier momento.

Estaba a punto de dejarse vencer por el sueño, y de cerrar sus parpados quizás por varias horas. Cuando de pronto, retumbó en su cabeza como un intenso terremoto:

“¡Aléjate de mí!, ¡no me toqueees!”

Mabel abrió sus ojos abruptamente, y todo su cuerpo fue sacudido con fuerza.

—¡Para! —Gritó de pronto, alertando tanto James a su lado como a Hugo en la habitación.

Por mero reflejo, y preocupado de que quizás hubiera visto algún peligro inminente, James pisó el freno hasta el fondo. Las llantas de la MotorHome rechinaron con el pavimento, y varios objetos no asegurados terminaron cayendo al suelo; incluso el propio Hugo estuvo a punto de caer de la cama. Por suerte no había un vehículo detrás de ellos en ese momento, pues de seguro los hubiera chocado por haberse detenido tan abruptamente.

—¿Qué ocurre? —le preguntó James sobresaltado, pero Mabel parecía no reaccionar. Su mirada estaba fija al frente, como si observara alguna aterradora aparición que sólo ella era capaz de ver. Y, en parte, así era.

Sin responder nada aún, la Doncella se quitó el cinturón de seguridad, se paró de su asiento y corrió hacia la puerta lateral del vehículo. Bajó apresurada los escalones y se paró firme a la orilla de la carretera, alzando su mirada hacia el cielo como si buscara algo entre las nubes. James y Hugo se asomaron confundidos desde la puerta. Mabel se quedó quiera en su sitio un rato, y luego le sacó la vuelta al vehículo y cruzó la carretera hasta el otro lado, volviendo a mirar hacia arriba como intentando divisar algún avión perdido.

—Sentí algo —pronunció con fuerza para que pudieran oírla—. Algo muy grande.

—¿Qué cosa? —Preguntó Hugo, notándosele preocupado, pero Mabel no supo qué responder.

Cerró sus ojos unos momentos y respiró profundamente intentando concentrarse. Sin embargo, parte del sueño que la había invadido anteriormente le volvió, haciéndola tambalearse un poco.

—Estoy débil —masculló mientras volvía de nuevo hacia la puerta—. Necesito un poco vapor.

Extendió su mano en dirección a James, indicando que le pasara el cilindro que tenían guardado. Éste se dispuso a cumplir su petición de inmediato, pero Hugo lo tomó rápidamente del brazo, deteniéndolo.

—Espera, ese termo es lo último que nos queda —señaló Hugo con aprehensión—. ¿Qué piensas hacer exactamente?

—¡Te digo que sentí algo grande! —Exclamó Mabel con exigencia—. Creo que fue un vaporero, o tal vez dos. Fuera lo que fuera era grande, muy grande. Y si no nos damos prisa, perderé su rastro.

Hugo pareció dudar, pero James no. Rápidamente se soltó del agarre de Hugo y se dirigió a compartimiento secreto en el suelo. Sacó de ahí el termo metálico y volvió con Mabel. Ésta lo tomó entre sus manos y lo abrió sólo un poco, dejando que apenas un pequeño rastro de vapor blanco se escapara. Ella lo aspiró profundamente, y la sustancia penetró en su cuerpo, causándole una sensación agradable.

Las energías volvieron a su cuerpo y su mente se despejó. Pudo ver con más claridad lo que había visto o creer ver. Pero de momento eran sólo dos figuras borrosas, y una intensa energía emanando de ambos y chocando, creando lo equivalente a una explosión en su cabeza. No sabía quiénes eran o qué había ocurrido, pero estaban cerca.

—Suban, rápido —les indicó Mabel como una orden. Los tres volvieron al interior del vehículo, y James comenzó a conducir siguiendo las indicaciones de Mabel.

James no estaba seguro si era el mejor momento para hacer eso. Por un lado, tenían a ese enemigo misterioso que podría estárseles acercando sin que lo supieran, y lo mejor era alejarse lo más posible y rápido. Pero por el otro, tras la pérdida de los termos que Doug guardaba, estaban totalmente escasos de vapor, e incluso acababan de perder a Marty. Los vaporeros, y en especial los poderosos, no eran muy abundantes para ellos. Y si Mabel había sentido uno, pasarlo de largo podría significar su perdición. Además de que esto parecía haberle devuelto su entusiasmo a Mabel, e incluso a Hugo. Quizás una pequeña desviación no sería tal malo.

—Toma la siguiente salida —le indicó la Doncella señalando al frente, luego de unos diez minutos de andar derecho. James lo hizo, siguiendo la flecha blanca del cartel verde sobre ellos que indicaba la dirección a la ciudad de Manchester.

Aquello alarmó un poco a James.

—¿Quieres que vayamos a la ciudad?

—Confía en mí —fue la única respuesta de Mabel mientras miraba atenta adelante. Y no quedaba de otra más que hacer justo eso.

Condujeron en dirección al sur por unos veinte minutos, quizás una media hora, antes de adentrarse cautelosos en la ciudad, esperando no llamar demasiado la atención y procurando no parar más de lo necesario en los semáforos. Mabel estuvo guiando a James todo el rato, sentada en su asiento con sus ojos fijos sin parpadear. Ya la había visto así antes; estaba totalmente concentrada y enfocada en percibir lo que estaba rastreando.

Ya estaba prácticamente anocheciendo cuando su camino los sacó de nuevo de la ciudad, hacia una pequeña colina ubicada a las afueras que al parecer servía como mirador. Desde ahí se tenía una buena vista del pueblo, así como del atardecer. Un sitio ideal para parejas, de seguro. Mabel le indicó a James un sitio exacto en el cual debía parar. James hizo el vehículo hacia un lado del camino, cerca del barandal de protección.

Mabel se bajó apresurada del vehículo en cuanto James apagó el motor, y éste la siguió rápidamente; Hugo hizo lo mismo poco después, pero con considerable menor apuro. La Doncella caminó cautelosa por aquel sitio mientras Hugo y James la observaban desde un costado de la casa rodante. Miraba a todas direcciones en busca de algo, a pesar de que ya la oscuridad inminente de la noche posiblemente no le permitiría verlo. Aun así pareció encontrarlo, pues rápidamente se agachó al suelo en un punto cerca de un árbol, pasando sus dedos por la tierra. Ahí en efecto había algo: muchos pedazos de los vidrio de un auto, esparcidos por todas partes.

Tomó entonces algunos de esos pedazos en su puño izquierdo, y los apretó fuertemente hasta que los pedazos la lastimaron un poco. Cerró los ojos e intentó visualizar lo que había ocurrido, y en esa ocasión logró verlo con un poco más de claridad.

Definitivamente eran dos, pero ella sólo podía ver a escena desde la perspectiva de uno de ellos. Dicha persona miraba a la otra, gritó algo con fuerza, y la otra persona salió volando en dirección a una camioneta negra que estaba justo detrás de ella. Chocó fuertemente contra la puerta de la camioneta (había un logo en la puerta, pero no lograba verlo con claridad), y podía escuchar el sonido de los vidrios estallando en pedazos.

Pero ya no logró ver más, y en cuanto volvió en sí se sintió aún más cansada que antes. Intentó ponerse de pie pero sus piernas le fallaron y cayó de rosillas de nuevo. James se apresuró sin dudarlo hacia ella para ayudarla.

—Estuvieron aquí no hace mucho —comentó Mabel mientras James la auxiliaba—, prácticamente acaban de irse. Fueron dos, muy poderosos; los más poderosos que he sentido nunca. Estaban peleando o discutiendo… Fue como un choque de voluntades.

Se viró pensativa hacia la ciudad, distinguiendo ya varias de las luces encendidas de ésta.

—Aún siguen por aquí.

—¿Dónde? —cuestionó Hugo apremiante.

Mabel, aún en los brazos de James, intentó enfocarse más, intentar ver con claridad quienes eran esas dos personas, cualquier pista sobre su identidad o ubicación, pero era inútil. Cada vez que intentaba concentrarse su mente se le nublaba como la estática de un viejo televisor.

—No puedo —susurró con debilidad, tomándose su cabeza—. Necesito más vapor.

—Ya no queda casi nada —comentó James.

—Y Marty se sacrificó para dejárnoslo a los tres, no para que tú lo acapares —añadió Hugo con brusquedad.

—¡Te estoy diciendo que eran dos vaporeros increíblemente fuertes! —Exclamó Mabel con ímpetu, a pesar de su apariencia desvalida—. Si son como creo, sólo uno de ellos nos bastaría para estar bien alimentados por mucho tiempo. Pero si los perdemos ahora, moriremos de hambre o por esta maldita enfermedad en cuestión de días. Y el sacrificio de Marty habrá sido por nada. ¿Eso es lo que quieres?

Hugo enmudeció, al parecer incapaz de responderle de manera efectiva. Se viró hacia James como si buscara de alguna forma su apoyo, aún a sabiendas de que él haría justo lo que Mabel quisiera.

—¿Y estás segura que los encontraras si te damos el vapor? —Cuestionó Hugo al final, casi desafiante.

—Lo voy a intentar con todo mi ser —le respondió Mabel lo más firme posible—. Pero mientras más esperamos, más pierdo el rastro.

James y Mabel miraron a Hugo expectantes, y fue claro para él que ya no tenía como tal un voto en ello. Resignado, se dio media vuelta y caminó hacia el vehículo para traer de nuevo el cilindro metálico.

—Y trae mi bloc y lápices, por favor —pronunció Mabel rápidamente justo antes de que Hugo atravesar la puerta, lo que él sólo respondió alzando una mano perezosamente.

Hugo volvió un rato después con el termo, el bloc de dibujo y los lápices. James tomó el bloc y los lápices, y le pasó el termo a Mabel. Ésta lo sujetó entre sus manos y comenzó a caminar al punto exacto en dónde le parecía que una de aquellas personas había estado parada. James intentó ayudarla, pero ella le indicó que se mantuviera alejado.

La Doncella se paró firme en su sitio, entre los vidrios rotos y el árbol. Intentó visualizar la silueta del auto y la de la persona enfrente de éste. Respiró hondo, cerró sus ojos, y entonces abrió el termo, dejando que una bocanada más grande de vapor se filtrara al exterior. Inhaló profundamente y de nuevo todo ese dulce vapor la impregnó por completo, llenándola de energía. Volvió a cerrar el termo, y teniendo aún los ojos cerrados se lo extendió a James. Éste lo tomó, y le pasó el bloc y los lápices. Mabel sostuvo estos firmemente contra ella, mientras seguía cuidando su respiración. Lenta, muy lenta, enfocando todo su ser en ese momento, intentando ver todos los remanentes que pudieron haber quedado ahí flotando.

“¿Qué viste? ¡¿Qué fue lo que viste?! ¡Dímelo!”, gritó con fuerza una voz en su cabeza.

Y entonces, lo sintió, como una descarga eléctrica recorriéndole el cuerpo entero. Al abrir sus ojos de nuevo notó que no estaba viendo a través de sus ojos, sino de nuevo a través de los de alguien más.

Estaba en el interior del vehículo, eso lo supo bien. Cerca de ella, bastante cerca, se encontraba un chico. Podía ver su rostro con suma claridad: piel blanca y rostro afilado, ojos azules intensos, cabello negro corto y brillante. Le estaba apretando fuertemente la muñeca y le dolía. Aun así, sin salir de su transe, Mabel abrió su bloc y comenzó a dibujar apresuradamente sobre el papel el rostro de aquel muchacho.

“¡Suéltame!”, gritó Mabel, sólo que en realidad no había sido ella sino la voz de alguien más. Y al hacerlo, el cuerpo de aquel muchacho fue lanzado contra la puerta opuesta del vehículo, con tanta fuerza que el vidrio se rompió.

La otra persona se bajó apresurada del vehículo comenzando a correr, y Mabel inevitablemente la tuvo que seguir. Afuera estaba atardeciendo y el cielo se había puesto anaranjado. Cayó al suelo raspándose un poco las manos, pero se paró de inmediato para alejarse del vehículo.

“¡Abra!”, gritó la voz del muchacho a sus espaldas, aunque sonaba diferente… “¡Detente ahora mismo!”

La otra persona no se detuvo, hasta que de pronto, como salidos de la nada, delante de ella aparecieron dos enormes perros negros, ladrándole fuertemente martillándole los oídos. Mabel pudo sentir el miedo y confusión que la había invadido en ese momento; aquellos animales no se veían normales; no parecían ser perros realmente…

Se viró entonces de regreso al vehículo. En ese momento Mabel pudo ver más claramente el logotipo que había en la puerta: un globo terráqueo con la palabra THORN en letras grandes y blancas. Rápidamente comenzó a dibujarlo también al costado de la hoja de su dibujo.

Mientras tenía su atención en el logo, pudo notar al muchacho de ojos azules que se bajaba del auto y comenzaba a rodearlo desde el lado del conductor hacia ella. Y de nuevo Mabel compartió el mismo miedo que la persona a través de la cual veía todo eso sentía. Mientras se le aproximaba, Mabel pudo verlo más claramente de los pies a su cabeza. Era joven, pero no un niño; de seguro tenía menos de veinte. Usaba un elegante traje negro.

“¡Aléjate de mí!, ¡no me toqueees!”, gritó aquella otra persona en ese momento, justo el mismo grito que había escuchado cuando iban en la carretera.

Y entonces comprendió qué había sido aquella intensa sacudida que había sentido. Había sido como una explosión de energía dispersa en todas direcciones. Los dos perros a sus espaldas, y el chico delante de ella, salieron volando golpeados por dicha fuerza. El muchacho se estrelló contra la puerta, y justo como había visto antes los vidrios de la camioneta también estallaron en pedazos. Parte de eso al parecer era lo que la había alcanzado a la distancia.

La persona se giró y comenzó a correr con todas sus fuerzas, agitándose intensamente pero sin detenerse ni un poco. Mabel intentó seguirla, intentar ver hasta donde se había ido y quizás en dónde se encontraba en ese momento. Pero conforme se fue alejando, la imagen fue más complicada de retener en su mente, hasta que fue abruptamente sacada de aquella visión.

Mabel se estremeció, volviendo al lugar y momento actual. De nuevo su cuerpo fue sacudido, sus piernas temblaron, y volvió a caer soltando su cuaderno y sus lápices. James se acercó a ella preocupado, pero Mabel extendió una mano hacia él para indicarle que se detuviera.

—¡Estoy bien! —Pronunció con fuerza, casi molesta. Señaló entonces a su bloc mientras intentaba recuperar el aliento—. Ese es el rostro de uno de ellos, y ese logo estaba en el vehículo que conducía.

Dudoso, James se agachó a tomar el bloc y le echó un vistazo. Hugo también se acercó a un lado de James para ver el dibujo. El dibujo era bastante similar al rostro del muchacho que Mabel había visto en su visión, casi como si se tratara de una fotografía a blanco y negro.

—¿Alguna pista de dónde está ahora? —preguntó James.

—No lo sé —respondió Mabel, al parecer un poco más calmada. Pareció querer decir algo, pero se contuvo al final—. La otra corrió por allá —señaló entonces colina abajo—. Pero no sé hacia donde habrá ido.

—Si vamos en esa dirección podrías encontrarla —propuso Hugo.

—Tal vez pero… —Mabel se sentó en la tierra y ocultó su rostro entre sus rodillas para intentar amortiguar el dolor y el mareo que sentía—. Estoy muy cansada… necesito unos momentos para recuperarme.

James le pasó el bloc a Hugo, y ahora sí se aproximó a su compañera para ayudarla a pararse. Hugo miró con más detenimiento el dibujo, pero principalmente el logo en la esquina.

—Éste es el logo de Thorn Industries —afirmó señalando con su dedo—. Es una empresa muy grande, y muy rica. Quizás sea empleado de ahí, pero debe tener miles en todo el país.

—Podría intentar ubicarlo —declaró Mabel fervientemente mientras se ponía de pie—. Sólo necesito descansar un poco…

—Ya no te fuerces, por favor —indicó James—. Moveré el vehículo a un lugar seguro, y una vez que estés mejor veremos qué hacer.

Mabel sólo asintió y no pronunció más comentarios. James la llevó al interior del vehículo para que pudiera dormir un poco, y a medio camino fue más evidente que lo ocupaba, pues prácticamente se había quedado dormida contra el hombro de la Sombra. Se fueron de ahí casi de inmediato, alejándose un poco de la ciudad para perderse entre los bosques cercanos.

— — — —

Caída la noche, los Verdaderos armaron su pequeño campamento. Mabel continuaba durmiendo, y Hugo armó una fogata, colocó una silla delante de ésta, y con una de sus laptops sobre las piernas, el dibujo de Mabel a su lado, y el internet satelital de la casa móvil, se dispuso a realizar su investigación.

James, por su lado, seguía preocupado por los asesinos de Doug y Phil. Tomó uno de los rifles de asalto que siempre traían consigo, y estuvo un buen rato haciendo rondas alrededor, alerta ante cualquier sonido. Ya cerca de la media noche comenzó a pensar que quizás, al menos por ese día, no había en realidad nadie acechando entre los árboles. Estaba agotado, y de vez en cuando sentía algunos calambres y debilidad, de seguro originados por los síntomas de la enfermedad que comenzaba a azorarlo.

Cuando James volvió de nuevo a la aparente seguridad del fuego, Hugo continuaba en su computadora. Era al menos reconfortante verlo haciendo algo más que pensando en lo ocurrido con Marty, aunque James sospechaba que aquello no era del todo así.

—Parece que todo está tranquilo —informó James con voz neutra—. Pero sigo sintiendo que estamos muy expuestos en ese sitio.

—Ya no es como si importara, ¿o sí? —respondió Hugo, indiferente—. ¿En verdad crees que todo eso sea cierto? ¿Conveniente justo ahora siente a un vaporero tan poderoso?

—¿Y tú de verdad crees que haya algo conveniente en lo que ocurrió este día? —Le respondió James un poco a la defensiva. Suspiró con agotamiento, y entonces tomó asiento a un lado de él, teniendo el rifle apoyado a un costado de su silla. Contempló en silencio el fuego unos minutos, antes de tener la claridad mental de continuar con su contestación—. No tenemos muchas alternativas en estos momentos. Si lo que  Mabel dijo es cierto, ese vaporero podría ser nuestra única oportunidad de sobrevivir.

—¿Por cuánto tiempo? —Masculló Hugo con pesadez—, ahora que estamos solos y tenemos aparentemente a alguien cazándonos. Y no hay que olvidar qué pasó la última vez que encontramos a un “vaporero muy poderoso que sería nuestra única oportunidad de sobrevivir.”

James comprendió de inmediato que aquello era una síntesis de las palabras de Rose, y su justificación para ir de tal forma detrás de aquella niña que tanto le había obsesionado. La comparación de aquello con la situación actual no le era ajena; él mismo había llegado a pensar en ello en el transcurso de esas horas.

Recordó claramente que unos cuatro años atrás, cuando ya estaban viajando sólo Doug, Phil, Annie, Marty y ellos tres, Mabel había sentido una explosión en su cabeza muy parecida a la de esa tarde, proveniente de algún punto de Maine. Les había dicho de la misma forma que había sido un vaporero muy fuerte. Sin embargo, en aquel momento se encontraba en uno de sus episodios graves de la enfermedad y no fue capaz de ubicar con claridad de dónde había venido. Doug y los otros usaron aquello como excusa para descartar la idea como demasiado arriesgada, y decidieron ir en otra dirección. Pero James sabía que su verdadero motivante había sido el miedo. Temían ir tras otro vaporero que pareciera demasiado poderoso, y terminar justo como habían terminado Rose y los otros.

Mabel también fue consciente de ello, y le asqueaba la idea de que se hubieran convertido en un grupo de cobardes que preferían robar migajas y ocultar sus cabezas en la tierra antes de ir por una presa de verdad. James compartía en parte su enojo, pero al mismo tiempo comprendía la preocupación y los miedos de los otros.

Pero, ¿y ahora qué pensaba? ¿Creía que debían ir a la cacería de este misterioso muchacho?, ¿o debían dar media vuelta y alejarse como lo habían hecho hace cuatro años… y como hace cinco?

—¿Cuándo comenzaste a tener los síntomas? —Escuchó de pronto que Hugo pronunciaba, sacándolo de su cavilación. Se dio cuenta de que parte de su antebrazo estaba expuesto, dejando a la vista parte de aquel molesto y desagradable salpullido. Por reflejó corrió la manga de su chaqueta para cubrirse, pero ya no tenía mucho sentido seguirlo ocultado dadas las circunstancias.

—Hace un par de semanas —respondió con tosquedad.

Hugo chisteó y se volvió de nuevo a la pantalla de la computadora.

—Alimentándote bien podrás durar unos cuantos años más, así como Marty —comentó el Cirujano, no mostrando pesar ante la mención de su compañero, sino una inusual frialdad—. Pero no creo que seas del tipo que te gustaría irte así como él. No, estoy seguro de que James la Sombra se irá de una forma espectacular y memorable. Espero estar aún por aquí para verlo.

James no entendió lo que significaban esas palabras. ¿Era algún tipo de reclamo?, ¿hacia él?, ¿o hacia Marty?

—Mira esto —comentó Hugo de pronto, cambiando totalmente de tono. Le extendió entonces la computadora para que James la tomara—. Intenté buscar todo lo que pudiera que relacionara a Thorn Industries y Mancheter. Hay unas oficinas administrativas y de ventas, además de una  planta de enlatados aquí y un centro de distribución en Concord. Pensé que quizás el chico pudiera trabajar en alguno de esos sitios, pero entonces me crucé con esa noticia —señaló entonces con su índice a la pantalla—. Justo hoy se está llevando a cabo un Congreso de Economía aquí en Manchester, y la CEO de Thorn Industries en persona vino a participar en una conferencia. Mucha coincidencia, ¿no? Busqué algunas fotos de ella en el evento, y encontré esa que me pareció interesante.

Al tiempo que Hugo hablaba, James revisaba el artículo que había abierto, publicado hace sólo unas horas. En ella se veía en el centro a una elegante mujer de traje morado y cabello negro, acompañada de diferentes personas, entre ellos guardias de seguridad, mientras iban entrando a lo que parecía ser el salón de eventos. Pero entre todas las personas, una saltó de inmediato a la atención de James: un muchacho de traje negro que caminaba a lado de la mujer, y de cuyo cuello colgaba una cámara fotográfica.

James extendió su mano rápidamente para tomar el dibujo, y Hugo sin mucho problema se lo pasó. Agrandó la foto lo más que pudo y colocó el dibujo aun lado de la pantalla para compararlos. Lo foto no era muy buena, pero por lo menos a simple vista se podía apreciar un gran parecido.

—¿Es él? —preguntó James, sorprendido.

Hugo se encogió de hombros.

—Se parece bastante. Pero si es él, tenemos un grave problema.

La Sombra no comprendió a qué se refería, hasta que leyó con cuidado el pie de la foto:

La CEO de Thorn Industries, Ann Thorn, entrando al Centro de Convenciones. La acompaña su cuerpo de seguridad y comitiva, entre ellos el joven heredero de diecisiete años, Damien Thorn.

—Damien Thorn —pronunció James, leyendo aquel último nombre.

—¿Así se llama? —Escucharon de pronto la reconocible voz de Mabel a sus espaldas. James y Hugo se viraron en su dirección, y divisaron su figura casi traslucida en el la puerta del tráiler, casi como una extraña aparición—. ¿Lo encontraron?

—Eso creemos —se apresuró a responder Hugo—. Pero no son buenas noticias. El chico que viste al parecer es rico, muy rico. Es una figura pública, y su desaparición llamaría demasiado la atención de las autoridades, por no decir de su familia que, por si acaso no quedó claro, es muy rica e influyente. Y eso si acaso podemos acércanos a él lo suficiente, pues por lo que se ve siempre está rodeado de guardaespaldas armados. Es totalmente lo opuesto a una presa segura.

—Pero puede ser el mejor vapor que hayamos consumido en décadas —señaló Mabel, manteniéndose firme en su convicción—. Tú no sentiste lo que yo sentí. El premio bien vale el riesgo.

—Pues yo no estoy muy seguro de eso. ¿Qué hay del otro?, dijiste que eran dos. Deberías mejor enfocarte en intentar rastrear a ese, quizás resulte ser un blanco más sencillo.

Mabel los observó en silencio un largo rato sin responder. Se sentó entonces en los escalones de la casa, y agachó su mirada pensativa al suelo.

—Creo que la otra persona que sentí… es la niña —comentó después de unos momentos en voz baja.

—¿Cuál niña? —cuestionó Hugo, sin entender, y James se encontraba en un estado bastante similar.

—¡La niña! —Exclamó Mabel con fuerza, mirándolos de nuevo—. ¡La maldita niña paleta que mató a Rose, a Cuervo y a los otros!

Aquello dejó atónitos a sus dos compañeros, dudosos de incluso de estar comprendiendo bien lo que ella decía.

—Mabel, ¿estás segura? —Inquirió James cauteloso, poniéndose de pie.

—No, segura no —negó la Doncella—. Es más un fuerte presentimiento, una sensación que de rabia y asco que me provocaba el estar viendo las cosas desde su perspectiva. El poder que sentí era tan grande que bien podría asemejar a cómo Rose describía su capacidad. Además, estamos en New Hampshire, a dónde Papá Cuervo y los otros vinieron por ella, ¿recuerdan? —Ninguno respondió, pero claro que lo recordaban—. Y escuché claramente que ese otro chico la llamaba “Abra.” Me parece recordar que Rose o Papá Cuervo mencionaron ese nombre en algún momento, casi podría apostarlo.

—Pero no estás segura —señaló Hugo con escepticismo—. Al fin de cuentas son sólo conjeturas.

—¡Te estoy diciendo que es ella!, ¡lo sé! —Gritó Mabel con fuerza, parándose y aproximándose hacia él, aunque a medio camino James la detuvo.

—¡¿Y qué si lo es?! —Le respondió Hugo con agresividad—. Con más motivo entonces deberíamos de dejarla en paz, como Rose debió de haberlo hecho hace cinco años. Ahora podría incluso ser más poderosa que antes.

—No quieres ir tras el chico, no quieres ir tras la asesina de nuestros hermanos. ¡¿Qué demonios quieres, Hugo?!

—¡¿Quieres saber qué demonios quiero?! —Espetó Hugo con ímpetu, aproximándosele. James se apresuró a detenerlo también, prácticamente colocándose entre ambos—. ¡Quiero tener a Marty aquí a mi lado!, vivo y sano. Dejé el Nudo para salvarlo, ¡y no pude! ¿Tú me lo puedes regresar?, ¿alguno de ustedes dos puede? ¿O podría alguno de estos dos vaporeros?, ¡¿eh?!

Tanto James como Mabel enmudecieron ante tal arrebato, aunque no era que Hugo realmente esperaba una respuesta de su parte. En su lugar, el Cirujano agitó una mano delante de él y se apartó.

Las emociones estaban muy fuertes, y por ello el toca a James otra vez servir de algún tipo de mediador.

—Hugo tiene razón en algo, Mabel —susurró la Sombra—. Si es verdad que esa otra persona es esa niña, no podemos arriesgarnos a enfrentarla, en especial estando tan débiles. Y si ese otro chico es igual de poderoso que ella…

—Entonces mejor quedémonos aquí a morir —señaló Mabel tajantemente—. Tirémonos al suelo para que los insectos se den un festín con nosotros antes de ciclar y desaparecer de una vez por todas. En nuestro estado actual y con nuestra prácticamente nula reserva de vapor, ¿qué más nos queda? ¿Para eso abandonamos el Nudo Verdadero?, ¿para morir como perros hambrientos a un lado de la carretera?, ¿eh? —Miró a ambos en espera de alguna respuesta que nunca vino—. Bastardos cobardes… quédense aquí a esperar su fin entonces…

Mabel caminó apresurada hacia la silla en la que James había estado sentado, tomando la laptop y su dibujo y colocándose ambos bajo el brazo. Y sin decir nada, comenzó a andar por el camino para internarse en la oscuridad.

—¡Mabel!, ¡¿a dónde crees que vas?! —Chilló James, y rápidamente la tomó del brazo.

—¡Suéltame! —Se quejó Mabel, zarandeándose—. ¡Este chico sabe dónde está la tal Abra! Yo mismo iré por él, lo obligaré a que me lo diga, y luego me alimentaré de su vapor hasta la última gota. Si tengo que hacerlo sola, lo haré.

—¡Sólo lograrás que te maten!

—¡Prefiero morir intentando vengar a mis hermanos que aquí escondiéndome como lombriz en la tierra con ustedes!

Aquel forcejó duró por un buen rato, en el cual Mabel intentaba alejarse y James intentaba detenerla, tanto con su fuerza como con sus palabras. Hugo vio todo aquello desde su silla con cierta apatía, incluso bebiendo en el trascurso lo que quedaba de su botella de cerveza. Una vez que la botella estuvo vacía, el cirujano la arrojó con fuerza contra un árbol, haciendo que se estrellara contra su tronco y se hiciera pedazos.

—¿Eso quieres, Mabel? —Musitó con fuerza, parándose de su asiento. James y Mabel se detuvieron para mirarlo—. ¿Quieres suicidarte yendo tras estos dos paletos? Perfecto, hagámoslo entonces. De todas formas me hiciste ver que en realidad no tengo nada más para qué seguir con esta maldita y tediosa inmortalidad. Así que vayámonos todos con estilo, ¿eh?

—Hugo… —James intentó detenerlo de segur hablando, pero él lo ignoró.

—Conozco la droga que el Nueces le consiguió a Papá Cuervo y que iban a usar en la niña. Podemos adquirirla, pero por las prisas tendrá que ser de forma directa y sin intermediarios. Nos arriesgamos a que nos rastreen pero, ¿qué más da?, ¿cierto? Compramos además todas las armas de asalto que podamos; vaciemos las cuentas del Nudo, que luego de esto ya nadie las va a ocupar. Vayamos a la puerta del hotel del tan Damien Thorn, y matemos a tiros a todos sus guardias y a su tía. Y a él lo dejamos al final para darle la mejor o peor tortura de su vida. ¿Qué tal?, ¿les gusta mi plan? ¿Es igual o menos suicida que el de Rose? ¿Eh?

Sus dos oyentes lo observaron silenciosos, ignorantes de si acaso estaba hablando enserio o no. Pero incluso en toda su ironía, parecía que les estaba expresando el único camino que tenían si realmente decidían hacerlo: adquirir muchas armas, junto con la droga de Papá Cuervo. Y quizás no atacar el hotel de su objetivo, pero sí observarlo hasta encontrarlo en un momento vulnerable y emboscarlo. Incluso para James cobraba bastante sentido, si acaso estaban seguros que ya no tenían nada que perder, que al parecer era el caso de Mabel y Hugo.

—Les debemos a todos al menos intentarlo —señaló Mabel—. A Rose, a Cuervo, también a Marty.

—Es una locura —susurró James, intentando mantener el mínimo de sentido común en esa conversación.

—Todos estos cinco años han sido una maldita locura —ironizó Hugo, acompañado de un par de carcajadas—. ¿No te dije que tú terminarías yéndote de una forma espectacular, amigo? Quizás será más pronto de lo que ambos esperábamos..

FIN DEL CAPÍTULO 76

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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