Original El Club de las Ánimas – Capítulo 05. Ayudar a las personas es lo que hago

3 de agosto del 2020
El Club de las Ánimas - Capítulo 05. Ayudar a las personas es lo que hago

El Club de las Ánimas

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 05
Ayudar a las personas es lo que hago

Lloro salió cabizbaja del despacho de Roja, y Eulalia se apresuró a alcanzarla y se paró a su lado izquierdo. Ambas avanzaron cautelosamente por el pasillo en dirección a la puerta principal del hotel, la misma por la que habían ingresado hace sólo unos minutos. Lloro parecía andar en automático y viendo sus propios pies, sino fuera porque estos estaban ocultos bajo su largo vestido. Eulalia la observaba con preocupación, intentando no ser demasiado evidente.

—¿Cómo estás, Lloro? —Se atrevió la enfermera a preguntar cuando ya estaban a la mitad del pasillo.

—Bien… —susurró Lloro muy despacio—. Pero creo que eso no salió muy bien, ¿cierto?

—Roja hará todo lo que esté en sus manos, vas a ver —declaró Eulalia, procurando sonar más entusiasmada de lo que realmente se sentía—. Quizás le tome un poco de tiempo, pero dará con alguna pista. Tú confía, ¿sí?

El espectro de negro sólo asintió lentamente, pero no parecía genuinamente estar de acuerdo con la afirmación de su acompañante. Quizás sin querer Eulalia había despertado demasiadas esperanzas en su nueva amiga, aún a pesar de que ella misma no supiera con anticipación si realmente Roja podría hacer algo o no.

¿Debería entonces haberse esforzado por mostrarse más reservada y mantener bajas las expectativas? Quizás sí. Para bien o para mal, a veces solía dejarse llevar más de la cuenta.

Había sido un error, pero aquello ya estaba hecho y debía dejarlo atrás. Después de todo, los espíritus se lamentaban de demasiadas cosas provenientes de su vida, como para sumarle también las de la no-vida. Ahora debía enfocarse en una solución.

Mientras se acercaban al lobby, la música proveniente del salón se hizo más notoria. Ellas giraron por completo en la dirección contraria a la fiesta, hacia la salida. Sin embargo, a mitad del lobby escucharon como alguien pronunciaba con fuerza a sus espaldas:

—¡Señora Llorona!, hola.

Ambas se detuvieron y se giraron. Dos hombres no-vivos se aproximaban desde la dirección del salón, con amplias sonrisas de emoción en sus rostros. Eulalia notó que con tan sólo ver que se le acercaban, Lloro volvió a ponerse a la defensiva, e incluso se colocó un poco detrás de ella, quizás sin darse cuenta.

—Señora, queríamos preguntarle si le gustaría… —comenzó a pronunciar uno de los hombres que se aproximó, pero Eulalia se apresuró a intervenir.

—Disculpen, pero ya nos tenemos que retirar —pronunció la enfermera con dureza, pero al mismo tiempo con su rostro reflejando esa habitual amabilidad, lo que lo volvía una confusa combinación. Los dos hombres se detuvieron en su sitio, un tanto vacilantes—. Ambas tenemos trabajo que hacer, así que no podemos quedarnos más tiempo. Pasen buena noche, ¿sí?

Los dos hombres parecieron ponerse un poco nerviosos y se miraron entre ellos. Esta reacción confundió un poco a Lloro. Uno los hombres le susurró algo al otro al oído, mientras señalaba directo a Eulalia. Ésta los miraba impaciente, aunque sin dejar de sonreírles.

—Claro, como usted diga, señorita Planchada —comentó uno de ellos al fin, retrocediendo un poco y agachando la cabeza—. Que ustedes también pasen una buena noche.

—Gracias, muy amables —respondió Eulalia rápidamente, y entonces tomó a Lloro de su brazo y ambas comenzaron a caminar hacia la puerta, atravesándola sin mayor contratiempo.

Una vez que pusieron un pie afuera, algo parecido a lo ocurrido en el edificio de departamentos ocurrió. Ambos espectros ya no se encontraron en el jardín exterior de aquel hotel (o escuela), sino muy lejos de ahí, de nuevo a un poco más o poco menos de 250 kilómetros. Lloro volteó sobre su hombro. Detrás de ellas se encontraba la fachada de otro hospital, aunque éste se veía más grande e iluminado que el anterior. Miró entonces de nuevo al frente; a lo lejos, los primeros vestigios del amanecer comenzaban a hacerse notar.

Al contrario de lo que muchos podrían creer, la luz del día no le hace ningún daño a los no-vivos, y de hecho les es posible salir y caminar en pleno día sin ningún problema. Pero la mayoría de sus habilidades son más débiles durante ese momento, incluyendo su facilidad de movimiento. Además de que los vivos los notan mucho menos, hasta el punto de sólo ser percibidos como una sensación fría en su cercanía y poco más. Por esto es más cómodo para ellos pasar el día en algún lugar tranquilo en el que se sientan seguros.

Eulalia de seguro estaba ansiosa por volver a su departamento antes de que el sol saliera, pero igualmente su andar por las calles aún oscuras era bastante calmado, quizás para no dejar atrás a Lloro que igualmente no demostraba mucho apuro en sus pasos.

—¿A ti también te conocen? —preguntó la mujer de negro de pronto, rompiendo abruptamente el silencio y tomando un poco desprevenida a la enfermera.

La pregunta sin lugar a duda venía a raíz de lo que acababa de pasar cuando salían del hotel, y cómo esos dos hombres habían reaccionado ante ella.

Eulalia miró reflexiva al frente.

—Un poco… —susurró despacio tras un rato—. Lamento que hayas tenido que pasar por ese mal rato en el salón. Fue mi culpa por no prever que la gente se pondría así al verte, especialmente Roja.

—No, descuida; tú no hiciste nada malo —declaró Lloro, aunque de inmediato miró de reojo hacia otro lado, como si se sintiera avergonzada—. Pero sigo sin entender cómo es que todos ellos me conocen a mí, y hasta venden fotos mías… ¿Por qué es todo eso?

La Planchada se viró a mirarla, bastante asombrada de escuchar esa pregunta.

—¿En verdad no lo sabes? —Pronunció con un tono casi jocoso. Parte de su buen humor habitual parecía estar regresando—. Te lo dije, ¡eres famosa!, de los fantasmas más famosos del mundo.

—Eso es lo que dicen, pero… ¿por qué? —Inquirió Lloro, genuinamente confundida.

—¿Por qué?, pues…

Eulalia alzó su mirada al cielo estrellado sobre ella para intentar pensar en la forma más adecuada de responder a esa pregunta y que pudiera entenderle. Le resultaba bastante extraño que un espíritu de menos de cien años como ella, tuviera que explicarle ese tipo de cosas a la mismísima Llorona.

—Bueno, en primer lugar porque eres un espíritu de tres siglos —señaló Eulalia con entusiasmo. Lloro la escuchaba, aún con su mirada en otra dirección—. Y en todo ese tiempo, has aparecido en cientos de sitios ante miles de vivos, y tu nombre, o más bien tu sobrenombre, se ha vuelto conocido por personas de diferentes partes del mundo. Para los no-vivos, ese tipo de cosas son muy importante. El que tan conocida y difundida es tu Leyenda define aspectos de tu persona, como el estatus o, como insinuó Roja, qué tanto valor tienen tus favores. Roja y yo podemos considerarnos fantasmas conocidos, pero estamos lejos de ser como tú. Como te mencioné antes, eres casi como una Leyenda de Leyendas, y por eso la gente te admira y respeta…

—Pues no deberían hacer tal cosa —soltó Lloro de pronto, tomando a Eulalia por sorpresa.

La Llorona miraba melancólica hacia el suelo. Sin embargo, a diferencia de ocasiones pasadas, no parecía estar a punto de llorar, o siquiera que el sentimiento principal que le embargara fuera precisamente la tristeza. Para Eulalia, aquella mujer parecía más… ¿molesta?

—Nunca he hecho nada que sea digno de admirar o respetar —musitó Lloro con el mismo tono y emoción que antes—. Todo lo que he hecho durante mi no-vida ha sido buscar a mis hijos, y no he logrado siquiera acercarme a encontrarlos. Estos sólo han sido 300 años de sufrimiento, tristezas y fracasos… ¿Qué hay de admirable en eso? Incluso cuando estaba viva nunca hice nada bien. Lo único que recuerdo de lo que podía sentirme orgullosa, eran mis pequeños. Y aun así yo…

El Club de las Ánimas - Capítulo 05. Ayudar a las personas es lo que hago - Lloro y Eulalia

Lloro guardó silencio, un lúgubre silencio, y Eulalia hizo lo mismo pues aquello la había dejado sin palabras.

Sabía que aquello no era como tal un reclamo hacia ella, pero de todas formas Eulalia se culpó a sí misma por haber tomado tan a la ligera todo aquello. Estuvo hablando tan casualmente sobre todo el tiempo que aquella mujer había pasado como no-viva, sobre su fama y lo mucho que los otros la admiraban, sin pensar seriamente en lo que todo eso significaba para ella. Después de todo, todos los no-vivos, incluida ella misma, no eran otra cosa más que Ánimas en Pena, atrapadas en ese mundo por penitencias que cumplir, arrepentimientos, rencores, y más sentimientos que no podían traer consigo ninguna connotación positiva.

Era increíble lo fácil que aquello podía olvidarse a veces.

La Llorona cerró sus ojos y suspiró pesadamente, como dejando salir un pesado dolor que le oprimía el pecho.

—Bueno, ya no importa —susurró despacio—. Muchas gracias por tu ayuda, Eulalia, y por guiarme en todo esto.

—Descuida —respondió la enfermera, algo insegura—, pero… ¿qué piensas hacer ahora?

Lloro se encogió de hombros.

—Supongo que seguir donde me quede. Saltar al primer río que encuentre, seguir buscando a mis hijos, andar por las calles oscuras llorando y asustando de muerte a algunos vivos. Creo que me va bien haciendo eso…

Se detuvo en ese momento de pronto, provocando que Eulalia también lo hiciera. 

—Pero antes de irme, supongo que ahora te debo un favor a ti también —señaló Lloro, dibujando una apenas notable sonrisa en sus labios—. Por todo lo que hiciste por mí esta noche…

Lloro extendió en ese momento su mano hacia ella, esperando que ella la estrechara así como Roja acababa de hacerlo en su despacho.

Eulalia contempló en silencio aquella mano que le extendían, con la misma fascinación y duda con la que Lloro había contemplado la de Roja. No era que dudara en aceptar o no aquel ofrecimiento (eso lo tenía claro). Pero aquello le sonaba casi como un intento de dar por terminado todo, y Eulalia no estaba lista para hacer tal cosa.

Aquellas palabras que Lloro había pronunciado hace poco seguían retumbándole en la cabeza, zumbando como abejas. Y el qué quería, y qué debía, hacer derivado de aquello era lo que le causaba más duda.

Al final, una pequeña sonrisita, pero mucho más notoria que la de Lloro, se hizo presente en los pálidos labios de la enfermera. Extendió su mano hacia el frente, pero no para estrechar la de La Llorona, sino para colocarla en su muñeca y empujarla con cuidado para que la bajara.

—No, nada de eso —señaló Eulalia con particular convicción—. No necesito que me pagues absolutamente nada.

—¿Estás segura? —inquirió Lloro, confundida. Creía ya haber comprendido cómo funcionaba ese asunto—. Por lo que entendí, un favor de alguien famoso como yo vale mucho, ¿no? Podrías pagar tu renta o comprar  veladoras… o lo que se haga con eso…

Eulalia sonrió más ampliamente ante la casi inocencia que desbordaba aquel “famoso” espectro.

—Estoy muy segura —asintió La Planchada—. No puedo aceptar un pago por ayudarte, especialmente porque aún no te he ayudado lo suficiente.

—Yo creo que hiciste bastante…

—Pues aún no me he rendido —declaró Eulalia rápidamente, casi interrumpiéndola. Se le aproximó entonces y entrelazó su brazo con el de ella, tomando por sorpresa a Lloro, e incomodándola un poco—. Si Roja no encuentra nada, nosotras veremos alguna otra forma de encontrar a tus niños, ¿sí? —propuso Eulalia con optimismo, mirándola fijamente.

El Club de las Ánimas - Capítulo 05. Ayudar a las personas es lo que hago - Lloro y Eulalia

—¿De verdad…? —Respondió Lloro, temerosa—. ¿Por qué te preocupas tanto por mí? Y sin un favor a cambio…

—¿No te lo dije? —Rio divertida Eulalia, haciendo en ese momento que ambas comenzaran a caminar una vez más calle abajo, aún con sus brazos entrelazados—. Soy La Planchada; ayudar a las personas es lo que hago… 

Lloro no estaba segura de qué significaba aquello. Pero la verdad era que no recordaba haber escuchado antes de un espectro cuya labor en su no-vida fuera ayudar a las personas; la mayoría del tiempo era todo lo contrario. ¿Qué clase de persona era Eulalia, alias La Planchada?

Tras caminar un rato en silencio, Eulalia volvió a hablar y comentó:

—Mientras esperamos información de Roja, ¿por qué no te quedas en mi departamento unas semanas?

—No es necesario… —respondió Lloro con voz temblorosa—. No quisiera molestarte…

—No me molestas en lo absoluto. Además, quería plantearte la posibilidad de cambiar tu enfoque.

—¿Mi enfoque? —pronunció Lloro, algo perdida.

Eulalia asintió.

—Como Roja mencionó, es probable que tus hijos ya hayan pasado al Otro Lado. Si es así, quizás tu labor en esta no-vida no sea tener que buscarlos eternamente. Quizás puedas, como yo, intentar ayudar a las personas. Quizás ayudar a los niños como tus hijos.

—¿Ayudarlos cómo? —preguntó Lloro, aún más perdida que antes.

La Planchada alzó su mirada pensativa de nuevo hacia el cielo estrellado sobre ellas, buscando entre todos aquellos puntos de luz la mejor respuesta.

—A ver, déjame pensar… 

Su plática y su caminata siguieron hasta que ambas llegaron al departamento. 

Aquella noche pasó rápidamente, sin que ninguna supiera con absoluta claridad lo importante que todo aquello sería para ambas de ahí en adelante.

CONTINUARÁ…

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El Club de las Ánimas. Lloro es uno de los fantasmas más famosos del mundo, pero siempre se ha mantenido sola y alejada de las personas, tanto vivas como muertas. Pero eso cambia cuando conoce a Eulalia, el simpático fantasma de una enfermera que dedica su no-vida a ayudar a la gente, y que hará lo posible para que Lloro logre hacer amigos, y encuentre además un nuevo propósito en su muerte.

+ Historia y Arte © Eliacim Dávila

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