Original El Club de las Ánimas – Capítulo 03. Los famosos y su privacidad

27 de julio del 2020
El Club de las Ánimas - Capítulo 03. Los famosos y su privacidad

El Club de las Ánimas

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 03
Los famosos y su privacidad

—¡Roja! —Exclamó Eulialia con fuerza, mientras agitaba una mano en el aire y se abría paso entre la multitud—. ¡Oye!, ¡Roja!, ¡soy yo!

La elegante mujer de vestido rojo no reparó en su presencia hasta que ya estuvo lo suficientemente cerca, y sus ojos se posaron en el rostro pálido de la enfermera. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, tan rojos como su atuendo. Dejó a la mitad lo que fuera que estuviera charlando con aquellos hombres, y se viró hacia la recién llegada.

—Ah, pero si es mi enfermera favorita —señaló la mujer de rojo, expulsando algo de humo blanco de su boca al hablar. Su voz era pícara, pero agradable—. Discúlpenme un momento, caballeros —le indicó a los hombres que la acompañaban, y entonces se aproximó hacia la joven de cabellos rubios. No se había dado cuenta aún de que no venía sola—. ¿Cómo estás, cariño?

—Oh, muy bien —respondió Eulalia, una vez que logró llegar hasta ella. Si pudiera sudar, habría tenido que limpiarse su frente por todo el esfuerzo que aquello había significado—. Trabajando duro, como siempre. ¿Y tú?

—Mi trabajo es un deleite, así que todo marcha bien —respondió La Dama de Rojo, e introdujo entonces su boquilla entre sus labios, aspirando algo de ese vapor blanco y luego expulsándolo deliberadamente sobre su cabeza—. No sabía que vendrías hoy. ¿Tienes reservación? Si no, igual te conseguiré un bonito cuarto.

—No vine a quedarme esta vez, lo siento —musitó Eulalia, sonriente—. Mañana tengo que trabajar. Vine porque quiero presentarte a una nueva amiga que necesita pedirte un favor.

Eulalia se hizo entonces a un lado, dejando al descubierto a la mujer de negro que, consciente o inconscientemente, se había parado detrás de ella como queriendo protegerse. Sin embargo, ahora se encontraba totalmente expuesta a la mirada inquisitiva de aquella mujer de rojo, que la observó de arriba abajo. Al inicio su expresión era bastante neutral, incluso se podría describir como fría. Pero luego pasó a un estado de confusión, para paulatinamente cubrirse de un ferviente asombro que casi la hizo soltar su boquilla. La Llorona notó esto, y no hizo más que empeorar su nerviosismo. 

—Ella es… —intervino Eulalia intentando presentar a su acompañante, pero Roja no le dio oportunidad de terminar.

—Oh, Virgen Santísima —exclamó la mujer, alzando de más la voz. Su mano izquierda se posó sobre su pecho, acto que fue acompañado de un pequeño sobresalto—. Yo sé muy bien quién eres tú. —Señaló entonces a la mujer de negro con su cigarrillo—. ¡Eres La Llorona! 

Eulalia y el espectro de negro se sobresaltaron, sorprendidas y asustadas por aquel repentino comentario. ¿Cómo la había reconocido tan rápido?

Como fuera que hubiera sido, aquella última afirmación fue captada por varios de los no-vivos que las rodeaban, y que de inmediato voltearon a mirar a la mujer de negro. Cuchicheos comenzaron a brotar de sus bocas, y sus ojos curiosos no hicieron más que ponerla más nerviosa de lo que ya estaba.

—En realidad no le gusta mucho que la llamen… —intentó explicar Eulalia, pero una vez más la evidente emoción de Roja se interpuso.

—Esto es increíble —exclamó la mujer de Rojo, y se aproximó La Llorona. Colocó una mano detrás de su espalda y comenzó a guiarla para que caminara con ella. Ésta no opuso mucha resistencia—. Por mi hotel han pasado los no-vivos más influyentes e importantes de la historia. Presidentes, artistas, héroes de la patria… Pero sólo faltaba que vinieras tú. ¡Soy una gran admiradora!, enserio.

—Gracias, pero yo sólo… —balbuceó temerosa la mujer de negro, pero no alcanzó a decir mucho más.

—Atención, todos —espetó con fuerza la Dama de Rojo, girándose hacia la multitud. La música se detuvo, y en ese momento La Llorona se dio cuenta de que  su anfitriona la había guiado justo al centro de la pista de baile, donde los ojos curiosos de todos los presentes se centraron en ellas dos; más en ella.

Una vez que se aseguró de tener las miradas de todos, Roja continuó hablando, con fuerza para que todos pudieran oírla con claridad.

—Escúchenme, por favor —profirió—. Gracias a todos por venir a verme esta hermosa noche. Especialmente porque hoy tenemos a una visitante sorpresa muy especial. Luego de tantos años, el Hotel Suspiro Rojo se honra en recibir la visita de uno de los fantasmas más famosos del mundo entero…

—¿Del mundo…? —Musitó La Llorona, atónita.

—Les presento a todos, a La Llorona.

El Club de las Ánimas - Capítulo 03. Los famosos y su privacidad - Llorona y la Dama de Rojo

Roja extendió su brazo hacia la mujer a su lado para que todos pudieran verla con más claridad. Y en efecto todos los presentes la miraron. La Llorona pudo sentir claramente como sus ojos se posaban en su ser, la inspeccionaban, la juzgaban y exclamaban asombrados. 

—¿Es ella?

—¡SÍ!, ¡es ella!

—Increíble, nunca la había visto de cerca.

—¿Qué estará haciendo aquí?

—¿Crees que me dé un autógrafo si se lo pido?

La mujer de negro sentía que su cuerpo entero le temblaba, y su mente se volvía un revoltijo sin sentido ni forma, incapaz de hilar un sólo pensamiento claro.

—Un aplauso por favor —escuchó como Roja pidió con entusiasmo, y ella misma comenzó a aplaudir. La gente no tardó en seguirla, y todo ese salón se cubrió con el eco de los aplausos, retumbando como lluvia contra el tejado.

Todo le dio vueltas, y los temblores de su cuerpo se incrementaron. Se abrazó a sí misma con sus delgados brazos, y apretó sus ojos con fuerza queriendo desaparecer.

La gente comenzó a aproximarse a la pista y pararse a su alrededor, intentando verla de cerca y hablarle.

—Mucho gusto, señora Llorona.

—Soy su fan, de verdad.

—La vi una vez que se apareció en Chihuahua, no sé si me recuerde.

—¿Podría firmarme mi libro, por favor?

—¿Le invito una veladora, señora?

Todo aquello no hizo más que empeorar y empeorar, hasta que no pudo más…

—¡¡ALÉJENSE DE MÍ!! —Gritó La Llorona con un intenso chillido agudo que retumbó fuertemente en todo el salón, y una intensa energía, como un ventarrón, empujó a los más cercanos lejos de ella y directo al suelo, incluso a la propia Roja. 

El Club de las Ánimas - Capítulo 03. Los famosos y su privacidad - La Llorona gritando

Las luces del lugar parpadearon dos veces, y luego se apagaron por completo. Y entre las sombras, sólo se escuchaban los profundos llantos de la mujer de negro, desgarrando el aire y los corazones muertos de todos los presentes, que inconscientemente se iban alejando de ella, temerosos de haberla hecho enojar.

Pero quien no se alejó, sino más bien todo lo contrario, fue Eulalia. Y una vez que la gente le abrió pasó, logró acercarse a la pista.

—Hey, tranquila —susurró despacio la enfermera, tomando a la mujer de negro de su brazo y su hombro—. Todo está bien, todo está bien —susurraba mientras la guiaba hacia una de las mesas—. Por favor, aléjense de ella —le ordenó a la gente que aún seguía cerca, y estos de inmediato la obedecieron.

Las luces se encendieron de nuevo en ese momento.

Ambas mujeres se sentaron en una mesa vacía (o al menos ahora lo estaba) ante los ojos expectantes de todos, incluidos los de La Dama de Rojo. Ésta no fue del todo consciente de que se encontraba tirada en el suelo, hasta que uno de los invitados le extendió su mano para ayudarla, y ella la aceptó. Se alzó entonces y se acomodó su vestido y cabello con rapidez.

—Sigan con la fiesta, damas y caballeros —pronunció con una renovada sonrisa despreocupada, mirando a todos los invitados—. No pasa nada, ya saben cómo son los famosos y su privacidad. Así que no la agobien más, por favor.

Su última instrucción fue un ademán de su mano para indicarles a los músicos que reanudaran la música, y así lo hicieron. Poco a poco la gente fue regresando a lo que hacían antes de aquel penoso incidente, pero de seguro sería imposible olvidarlo. 

Roja suspiró, intentando liberar con ello las preocupaciones, y entonces se aproximó con paso firme y rostro arriba a la mesa de Eulalia y su famosa acompañante. La mujer de negro tenía su rostro apoyado en sus manos, mientras respiraba lentamente. Eulalia pasaba su mano por su espalda mientras le susurra despacio, intentando tranquilizarla. Cuando sintieron la presencia de Roja en sus cercanías, ambas alzaron sus miradas hacia ellas. La Llorona parecía aún asustada y sus ojos seguían llorosos. Eulalia, por su lado, se veía más molesta que otra cosa.

—Roja, eso no fue muy amable de tu parte —masculló Eulalia a tono de regaño.

La dueña del hotel soltó un quejido casi exagerado de indignación ante su comentario. 

—¿Qué cosa?, ¿yo qué hice?

Ambas mujeres sentadas la miraron en silencio, cada una con su respectiva dosis de desaprobación. Roja farfulló, aspiró algo más de humo de su boquilla y lo soltó de mala gana hacia un lado.

—Oh, vamos —lanzó intentando mantenerse digna—. La Llorona viene por primera vez a mi hotel, ¿y me culpas por emocionarme un poquito?

—Para empezar, a ella no le gusta ese nombre —aclaró Eulalia tajantemente.

—¿Cuál? ¿La Llorona? —Roja se viró hacia la mujer de negro, que sólo asintió lentamente con su cabeza—. Pero, ¿qué tiene de malo? Es tan reconocible y pegajoso, incluso un poco jocoso; podría ser una marca registrada. Como La Planchada —extendió su mano hacia Eulalia, señalándola—. Es atractivo y divertido, aunque a veces siento que intentas insinuar otra cosa…

—Oye —exclamó Eulalia, un poco ofendida.

—Sólo bromeo, querida; es adorable.

—Como sea, a ella le parece despectivo que la llamen Llorona. Siente que se están burlando de ella.

Eulalia miró de reojo a La Llorona unos momentos, y entonces se puso sigilosamente de pie y se aproximó a la mujer de rojo para susurrarle más despacio, como un secreto.

—Intenta tratarla con más delicadeza, por favor —le dijo—. Es una persona muy reservada, y al parecer ha pasado mucho tiempo sola.

Roja miró discretamente hacia la mujer en la mesa, que ya se veía más tranquila. 

Viéndola con más cuidado, le pareció que tenía la apariencia de una mujer bastante… común, para ser de hecho uno de los fantasmas más famosos del mundo, como bien la había presentado. Pero lo referente a que era una persona solitaria debía ser cierto. Había oído pocas veces en las que otro no-vivo afirmaba haber interactuado con ella directamente, y muchas de esas declaraciones sonaban bastante falsas. Era casi insólito que se hubiera aparecido así como así de manera tan pública luego de… ¿un par de siglos?

Si alguien era capaz de ese milagro, sólo podía ser la buena de Eulalia, y su magia especial para encantar a la gente.

—De acuerdo —aceptó Roja resignada, y tomó asiento en otra silla, del extremo contrario de La Llorona. Eulalia también volvió a sentarse, quedando prácticamente entre ambas—. Entonces, ¿cómo te gusta que te llamen, linda?

La Llorona vaciló.

—No sé… no suelen decirme de otra forma…

—¿Qué tal Lloro? —propuso Eulalia de pronto, tomando por sorpresa a ambas mujeres.

—¿Lloro?

—Suena lindo, y es corto —añadió la enfermera, sonriéndole a la mujer de negro con optimismo—. ¿Te gusta?

—Lloro… —repitió el espectro, y una pequeña sonrisita se dibujó en sus delgados labios—. Creo que sí.

—Lloro, claro —añadió Roja algo sarcástica, y agitó su boquilla en el aire como si fuera un pincel, y el humo dibujó una figura sin definir delante de ella—. Eso es totalmente diferente a La Llorona. Pero si así te sientes más cómoda, pues bueno. Estoy encantada de conocerte al fin, Lloro. —Un poco de su entusiasmo inicial se hizo notar de nuevo—. He oído tanto, pero taaanto de ti. Por mí parte, a mí me conocen como La Espectacular Dama de Rojo.

—Nunca había oído lo de “Espectacular” —comentó Eulalia sin condescendencia, sino como un genuino cuestionamiento.

—Pero mis allegados me llaman sólo Roja. Así que tú puedes llamarme así, ya que somos amigas ahora.

—Sí… —asintió Lloro, algo insegura—. Encantada, señora.

—Señorita, por favor —le corrigió Roja, apuntándola con su cigarrillo—. Oficialmente nunca me casé en vida, a pesar de lo que digan algunas versiones.

Colocó de nuevo su boquilla en sus labios y volvió a aspirar un poco del humor. Lloro se preguntó a qué recuerdo le sabía a ella aquel vapor.

Eulalia aprovechó aquel momento para intervenir y aclarar de una vez su presencia en ese sitio.

—Vinimos a verte porque… —la enfermera dudó unos momentos pues estuvo a punto de decir La Llorona, pero logró corregirse a sí misma antes de hacerlo—, porque Lloro necesita pedirte un favor.

Roja dejó escapar un pequeño jadeo de sorpresa.

—¿La Llorona en persona quiere pedirle un favor a mí, La Dama de Rojo? Esta noche se pone cada vez mejor. Pues yo encantada, señoritas. Cómo saben bien —algo de humo blanco se escapó de sus labios al hablar, cubriendo todo a su alrededor con una neblina blanquizca y densa—, los favores son la posesión más valiosa de nosotros los no-vivos. 

Roja se paró entonces de su silla, señalando con su mano hacia la entrada del salón.

—Pasemos a mi estudio para hablar con más calma, ¿sí? 

Dicho eso, comenzó a andar con paso ligero y su espalda recta hacia la salida. Lloro miró insegura a Eulalia, pero ésta asintió, indicándole que todo estaba bien.

—No te dejes llevar por la primera impresión. Te aseguro que puedes confiar en ella. Vamos.

Eulalia se puso también de pie, y Lloro la siguió muy de cerca. Las miradas curiosas de algunos invitados las siguieron durante toda su retirada.

CONTINUARÁ…

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El Club de las Ánimas. Lloro es uno de los fantasmas más famosos del mundo, pero siempre se ha mantenido sola y alejada de las personas, tanto vivas como muertas. Pero eso cambia cuando conoce a Eulalia, el simpático fantasma de una enfermera que dedica su no-vida a ayudar a la gente, y que hará lo posible para que Lloro logre hacer amigos, y encuentre además un nuevo propósito en su muerte.

+ Historia y Arte © Eliacim Dávila

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